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Simón en huesos
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-
Me costó llegar a la hermosa casa, elevada por alguna mano en un sitio privilegiado. No me costó ver caballos y mulas en un corral desprovisto de gracia. Desde lejos, vi salir a un muchacho si camisa con un jarrón, cuyo contenido lanzó contra una de las paredes invictas de una ruina vecina.
Ya cerca del final del viaje, luego de sortear todos los obstáculos, climas y a gente de mala índole, desde Maracay, pasando por Barquisimeto, Coro, Maracaibo, darle cara a una frontera invisible, hasta llegar a Santa Marta, sentí la desolación del paisaje. El silencio de la tarde me empujaba a cobijarme del sol. Una sombra benigna me hizo detener un rato, a unos pocos pasos de San Pedro Alejandrino. Algo me decía que en el interior del inmueble el mundo se agitaba tristemente.
Tuve la suerte de ser atendido en el momento en que mi mano se alzó para tocar la rugosa madera de la puerta. Un hombre de estatura mediana, de complexión fuerte pero cansada, canoso y perfilado, me miró con ojos alejados. Le dije que quería hablar con el enfermo. El hombre me contestó que el Libertador estaba un poco sofocado, pero si podía esperar, quizás más tarde podría atenderme. Asentí con la cabeza. Me hizo pasar a la antesala y allí dormité un poco.
2.-
Oí la voz que emergía de una pequeña habitación. Entonces salió el mismo hombre que me atendió y me hizo pasar al sitio donde aún agoniza Simón Bolívar.
-No te conozco, ¿quién eres? -me preguntó con voz cansada.
-No es necesario que sepa de mí, General, soy alguien que anda por allí recogiendo historias, dolores, alegrías. No sé, los huesos de los hombres grandes-, le respondí algo asustado.
El enfermo, pálido, extremadamente delgado pero con la mirada encendida por una pasión que aún su interior defiende, levantó levemente la mano e hizo que me aproximara.
-¿Acaso eres uno de esos sujetos extraviados y vulgares que tratan de salvarse a través de la eternidad de los que vamos a morir pronto?-preguntó agotado.
-Vulgar no, General, extraviado sí. Vengo de donde usted viene, de donde usted es una estatua, un muñeco de bronce, hierro o barro. Vengo de revolcones más que de revoluciones, de escaramuzas callejeras, banderitas y piedras de lado y lado. Vengo de un lugar que no quiere ser lugar. Vengo, General Bolívar, de un sitio donde usted ha sido convertido en instrumento de odio -sostuve.
-¿Qué lugar tan deprimente, alejado y tenebroso es ese? -inquirió hondamente.
-Su Caracas, señor. Su esquina de San Francisco, su ciudad natal -le soplé quedamente.
-¿Acaso Boves vive aún, está ese carajo revolucionando Venezuela para opacar una vez mi nombre? –casi gritó.
-No, General. Boves está muerto. Páez, con quien usted tuvo escozores, también. ¿Sabe usted que Venezuela es paecista, que la Gran Colombia nunca fue por inviable? –le dije.
-¿Inviable, qué palabreja es esa? -esta vez logró alcanzar el grito, chillón.
-Sí, General Bolívar. El mundo finalmente es redondo como nuestros olvidos. El país es el que usted pronosticó, de no contar con líderes preclaros. Venezuela anda en la anarquía callejera, en las ambiciones y pasiones más alejadas de la realidad que usted soñó -justifiqué con temor.
-¿Entonces mi tiempo se perdió? -pronunció con la boca pegada de la almohada.
Lo sacudió la tos y un ronquido cavernoso lo aquejó un buen rato. Entonces me atreví a decirle:
-Aún no, General. Es preciso que usted hable desde su lugar como hombre de carne y hueso. Como hombre que sabemos algún día morirá tísico, venéreo y enloquecido, alucinado y perseguido por sus fantasmas -precisé.
3.-
-¿Quién dijo que yo era un dios, de dónde carajo sacaron eso? -casi en susurro.
-Todos los que han pasado por el poder en Venezuela. Desde su comienzo de viaje usted fue una maldición en boca de la gente de patriotas y realistas. Después, cada jefe del poder hizo de usted una apostasía, una moneda, estado sin fundamento, una estatua de harina en cada pueblo, y hasta una ideología -afirmé.
-Pero, ¿de dónde han sacado que yo dejé una ideología? Sólo dije y escribí para dejar las bases de unos países miserables para que comenzaran a verse en ellos mismos y fundar una nacionalidad. Nada más. Carajo, yo no soy Carlos Marx, ese engreído que llenó el mundo de pústulas y dioses de barro. ¿Dónde está Manuela? ¿Qué se hizo el loco de Simón Rodríguez? Yo sé quienes mataron a Sucre. ¿Dónde está Totoño el cumanés? En una gusanera, como estaré yo dentro de poco. Como estoy desde hace siglos -habló con mucho esfuerzo.
-General, no todo está perdido. Desnúdese, muera con las costillas al sol. Quítese esa camisa prestada. Enséñele el sexo al mundo, búrlese de su muerte, échese un trago de este aguardiente que traigo. Quítele al poder esas imágenes suyas de santo que no es. Derribe sus propias estatuas. Reclame sus espadas repartidas en medio mundo entre malandrines, dictadores y sinvergüenzas, para que América, pero sobre todo Venezuela, salga del marasmo -alargué.
-¿Marasmo, anarquía, indolencia, disfraces, vulgaridad, analfabetismo, locura política? Oh, divina Providencia, ¿qué hice, en qué me convertí, en qué me convirtieron? ¿Dónde están mis pantuflas, Manuela? Coño, ¿hacia dónde va mi muerte? -pregunta tras pregunta.
El enfermo cayó en un sopor pesado, lento. Su respiración asaltó la habitación. Abrió un poco los ojos, me miró desde su opacidad y me extendió los huesos de su mano derecha. “Váyase tranquilo, que no hay remedio en este cuerpo para aliviar los males de ese país que ya no es mío. Váyase, no quiero estar más aquí. Esta agonía ya se ha prolongado demasiado. No termino de morirme. ¿Dónde están mis huesos, Antonio José? Montilla, no me des más agua. ¿Dónde estoy que no me veo? ¿Dónde estás don Quijote? ¡Santander¡, ¿qué hemos hecho? ¿Qué han hecho?”.
Me hicieron salir de la habitación y de la casa. Caminé hacia el corral. El día caía pesadamente cerca del mar de Santa Marta. Un olor a despojo marino entró con violencia en mi nariz. “El mundo se está acabando”, me dije y comencé a andar el mismo camino hacia la desolación.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
2 comentarios
SÓLO LLANTO Y ARRECHERA, CON NOSOTROS MISMOS.UNA ELEGÍA DE FUEGO Y DOLOR.
UN ABRAZO, QUERIDO ALBERTO.
ALEJO.
Que descripción tan perfecta de lo que sentiría nuestro Libertador Simón Bolivar, si le fuera posible regresar.Sooooooooooolo me queda felicitar al narrador Alberto Hernández y una vez más desearle a nuestro héroe de carne y hueso que fue Simón Bolivar QDEP
Lillian










ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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