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A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.
EN LOS DÍAS DE MIRANDA
El valle del Edén
Cuando Cristóbal Colón, con los ojos enfermos y la imaginación vibrante, se encontró por vez primera con lo que hoy es Venezuela, proclamó que se trataba del Paraíso Terrenal. Ante el espectáculo magnífico de la desembocadura del Orinoco en el océano, exclamó maravillado: “Yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así adentro e vecina de la salada, y en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia; y si de allí del Pa¬raíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan hondo”. Era el comienzo de agosto de 1498, tiempo de cielos azules, de un azul profundo que parece cantar una eterna primavera, y Colón y sus hombres sintieron que estaban en realidad llegando al Edén. Lo que nunca supo el Almirante es que el verdadero valle del Edén estaba en aquel tiempo relativamente cerca de allí, hacia el norte y hacia el occidente, separado del mar de los Caribes por unas montañas verdes y hermosas, y habitado entonces por indígenas fuertes y recios que resistieron con valor la invasión de aquellos dioses de barbas pobladas de insectos y pieles de metal que llegaban a matarlos a ellos y a sus dioses. Ese valle del Edén, que tomó su nombre de un arbusto que a su vez nombró a los indígenas caracas, empezó a poblarse de españoles en 1564, cuando Diego de Losada, extremeño, al frente de ciento cincuenta y tres españoles y ochocientos indígenas derrotó a Guacaipuro y los suyos en la batalla de San Pedro, y a mediados de abril fundó en el sitio la villa de Santiago de León de Caracas, que en muy poco tiempo se convertiría en la capital de la Provincia de Venezuela, y, en mucho, capital de la república de Venezuela.
A ese valle, el valle del Edén, llegaría. En la primera mitad del siglo XVIII, proveniente de su nativa Orotava, en las islas Canarias, Sebastián de Miranda y Ravelo. Es muy posible que haya atravesado el océano a causa de las dificultades que vivían los canarios después de la erupción del Teide (1704), cuyas consecuencias negativas duraron varias décadas. Tomás Polanco Alcántara, en el comienzo de su biografía de Miranda, habla de que en 1718 salieron de las antiguas Islas Afortunadas más de ciento veinte mil colonos y pobladores hacia América. Fue ese un tiempo difícil, tiempo de diáspora para los canarios, como vendrían después muchos más. Y los grandes beneficiarios de aquella presión centrípeta fueron Cuba, Venezuela, Santo Domingo y Puerto Rico. Y entre esas regiones, Venezuela fue la que sacó la mejor parte.
Por las corrientes y los vientos predominantes, ir de Canarias al mar Caribe era el viaje más sencillo, y los canarios encontraron en esos lugares climas parecidos a sus climas y gentes parecidas a sus gentes. Muy pocos de ellos se emplearon, como los peninsulares, en cargos de la administración colonial. Los peninsulares viajaban con ánimos de enriquecerse y regresar a sus predios, aunque muchos de ellos debieron conformarse con trabajos marginales y quedarse para siempre a este lado de la mar océana. Algunos, ya de segunda o tercera generación, lograron grandes fortunas y hasta terminaron adquiriendo títulos nobiliarios, pero la gran mayoría entró a formar parte de lo que entonces se llamaba “blancos de orilla”. En cuanto a los canarios, principalmente ocuparon Caracas y sus zonas cercanas. Y justamente en Caracas se quedaron los Miranda.
El acento, los modismos y hasta el tono del habla de la gran mayoría de los venezolanos, en especial de los caraqueños, es una clara demostración de la influencia y la presencia de los canarios en Venezuela. Llamar “invierno” a la temporada de lluvias prueba que quienes trasladaron el idioma español al país de Miranda y de Bolívar no conocían en propiedad el invierno de nieve y de frío. La ausencia del “ceceo”, según Ángel Rosenblat, es la prueba más clara de que el español que viajó a las costas americanas era fundamentalmente andaluz y canario. Y ciertamente, andaluces y canarios fueron la mayoría de los que poblaron Venezuela entre 1500 y 1800. Después de 1800 la presencia canaria se haría aún más formidable y marcaría todavía más las similitudes entre Venezuela y las islas, pero ese es tema para otro costal.
Los marqueses del Toro y varias de las familias importantes de la Caracas colonial tenían antepasados en las Canarias. Francisco de Miranda, Andrés Bello, Miguel José Sanz, José Antonio Páez, los Ribas, los Monagas, José María Vargas y muchos otros personajes que entraron a la Historia desde el comienzo de Venezuela como país independiente, eran de origen canario.
Sebastián de Miranda y Ravelo era descendiente, seguramente, de gentes de Castilla, de la provincia de Burgos, establecidos en las Canarias desde tiempo atrás. En los documentos que se conocen de su parentela se menciona a Gabriel Miranda y Díaz, Nicolás de Miranda y Marquesa, Francisco Simón de Miranda, que eran, como se decía en esos tiempos, cristianos viejos y limpios de toda mala raza. El padre de Francisco de Miranda debe haber llegado a Caracas entre 1740 y 1743. De ello no hay constancia alguna ni se puede saber la fecha exacta, pero fue en los tiempos en que era capitán general y gobernador de la provincia el Brigadier Gabriel José de Zuloaga y Moyua, que ocupó esos cargos entre 1737 y 1747, cuando dejó el cargo a su sucesor, Luis de Castellanos, que pronto tendría un problema grave con un canario: Juan Francisco de León.
Esa Caracas, en donde la presencia de canarios ya era muy importante, al extremo de que tenían un barrio propio, La Candelaria, y en el que la amenaza de piratas ingleses y el monopolio de la Compañía Guipuzcoana eran hechos concretos, y en la que empezaba a aparecer en un horizonte lejano la idea de la independencia, aun como un reflejo que nadie entendía ni se atrevía a mencionar, fue la que recibió, entre 1740 y 1743 a aquel nativo de Orotava, de familia principal, Sebastián de Miranda y Ravelo, que en 1749 se casó con una joven que no era de su mismo rango social allá en las Canarias, pero que tenía fortuna, y, sobre todo, varias casas: Francisca Antonia Rodríguez González, hija de los canarios Antonio Rodríguez y Catalina González. El matrimonio fue el 24 de abril en la iglesia Catedral de Caracas, y ofició un cura canario, Tomás Bautista de Melo. Ya para entonces Sebastián Miranda era un comerciante conocido, bien establecido en Caracas, cuyos lienzos de Castilla tenían, entre otros clientes, a los Tovar y los Toro y los Bolívar y casi todas las familias de mantuanos de Caracas, que le trataban con cierta cordialidad no exenta de desdén, por aquello de que no era para ellos sino un simple mercachifle. Ni siquiera agricultor, como aquel otro canario que nació unos treinta años antes que el hijo mayor de Sebastián, y que dejó su nombre en la historia local de Venezuela por algo muy importante que ocurrió poco antes del nacimiento de Francisco de Miranda.
Capítulos Publicados de En los días de Miranda:
Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
Plausible esta iniciativa de Eduardo Casanova de traernos a Miranda y su gesta milagrosa en América y el mundo. El Precursor de nuestra independecia merece ser conocido por loa jóvenes que muchas veces ignoran todo de nuestra historia. Sin la historia veraz no hay futuro de valor.
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