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A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.
EN LOS DÍAS DE MIRANDA
El vuelo de los canarios
Ese canario, nacido en El Hierro en 1692, casi treinta años antes que Sebastián de Miranda, fue el protagonista de uno de los hechos más importantes vividos en Venezuela antes de que Francisco de Miranda entrara como protagonista de la Historia. Se trata de Juan Francisco de León, que debe haber llegado a las costas venezolanas no mucho después de la erupción del Teide, cuando empezaba la crisis económica de las Islas Canarias. En Caracas se estableció en el barrio canario de La Candelaria, justo frente a la iglesia, plaza de por medio, con su esposa, también canaria, llamada Lucía García. Allí tendrían, que se sepa, catorce hijos. Y desde allí partió hacia Barlovento, zona cálida y feraz en donde se dedicó a sembrar y cosechar cacao, y en donde, junto con Juan Rodríguez Camejo, Cristóbal Izquierdo y Diego Núñez de Aguiar se convirtió en fundador de una población llamada Panaquire. León, que llegó a Venezuela analfabeto, aprendió a firmar, y posiblemente a leer y escribir, en la Tierra de Gracia, y don Gabriel de Zuloaga, el gobernador y capitán general vasco de Venezuela, en tiempos en que la Compañía Guipuzcoana se había convertido en monopolizadora del comercio exterior de Venezuela, lo nombró, ya en 1744, Comisario de la jurisdicción real del valle de Panaquire, con facultades de juez, por lo que se estableció definitivamente en Barlovento y emprendió acciones destinadas a poblar la zona en la región de El Guapo. Y todo habría sido estupendo, a no ser porque la famosa Guipuzcoana, representada en Caracas por Juan Manuel Goyzueta, decidió intervenir, y haciendo valer sus influencias ante el nuevo gobernador y capitán general, Luis Francisco Castellanos, nombró al vasco Juan Martín Echeverría cabo de guerra y teniente de justicia de Panaquire, con lo cual quedaba destituido el canario Juan Francisco de León. Eso fue en marzo de 1749 y, sencillamente, se armó la grande. Jamás se imaginaron los vascos de la Guipuzcoana que aquel acto los sacaría de Venezuela, ni mucho menos que, a la larga, terminaría sacando también al gobierno español del continente americano.
No era ningún misterio que los jefes de la Guipuzcoana solían sobornar con “honorarios” y “contribuciones” a los funcionarios de alto rango de la administración colonial. Y, por supuesto, entre ellos se contaba, en 1749, el gobernador y capitán general de Venezuela, Maestre de Campo don Luis Francisco de Castellanos, que tomó posesión de su cargo el 12 de junio de 1747. En consecuencia, tampoco es ningún misterio que por eso Castellanos apoyó sin chistar la propuesta de destituir a León y poner en su lugar a Echeverría, que no tenía nexo alguno con la gente que durante muchos años se había dedicado a desarrollar la zona de Barlovento, inhóspita por feraz, que aquellos canarios poco a poco habían ido venciendo hasta convertirla en zona agrícola. No había razón válida para destituir a Juan Francisco de León, como no sea la decisión de la Guipuzcoana de controlar todo el territorio y de acaparar en lo posible el poder en las zonas más productivas del país. El nombramiento del vizcaíno Echeverría, que tenía entonces treinta y un años, como Cabo de Guerra y Teniente de Justicia de Panaquire, fue muy mal recibido por los canarios. Echeverría, sin previo aviso, se presentó en Caucagua y ordenó la destitución de otro canario, Pedro José Ortiz, que era delegado de Juan Francisco de León y estaba, justamente con León, de viaje en esos días. Luego, el inflado Echeverría siguió viaje hasta Panaquire, acompañado por una escolta de catorce vascos, y el 23 de marzo de 1749 tomó posesión del sitio, convencido de que había logrado su propósito. Pero varios vecinos dieron aviso de lo ocurrido a León, que llegó el 2 de abril al pueblo que había fundado, e hizo saber al vizcaíno que no reconocía su autoridad. Nada habría pasado, a no ser porque el canario ya había reunido y armado una fuerza bastante superior a la del hombre de la Guipuzcoana, que ante la superioridad del otro optó por las armas del venado y se alejó por la sombrita. En cuanto se sintió a buen recaudo, escribió, envalentonado, un par de cartas y las mandó en direcciones contrarias: una a Caracas, informando a las autoridades establecidas la actitud de Juan Francisco de León, y otra a Juan Francisco de León, conminándolo a que se rindiera en el acto o asumiera las consecuencias. El canario asumió las consecuencias y salió de Panaquire en pie de guerra, con un puñado de hombres dispuestos a jugárselo todo, y la seguridad de que, en el camino, se le unirían otros para que los vascos no siguieran molestando. Era una reacción, bastante decidida, contra el monopolio y los atropellos de la Compañía Guipuzcoana, que ya llevaba veintiún años abusando de los productores agrícolas de Venezuela. Echeverría se dio cuenta de que lo que se le venía encima no era juego, y arrancó cual alma que lleva el diablo, rumbo a Caracas a informar personalmente a Castellanos, no sólo de su situación, sino de las intenciones de Juan Francisco de León. Eso fue el 19 de abril de 1749, y nadie podía imaginarse entonces que, exactamente sesenta y un años después, empezaría un proceso que a la larga o a la corta se convertiría en la consecuencia más importante de lo que pasaba ese día. Y ese mismo 19, pero desde Panaquire, emprendió el empecinado canario Juan Francisco de León su marcha al frente de un notable contingente de hombres arma¬dos y dispuestos a no tolerar lo que se había pretendido en su contra. Viajaban con él varios pobladores de Panaquire y El Guapo, así como habitantes de Caucagua, Guatire, Guarenas y muchos otros poblados que lo acompañaban, y llegaron a marchas forzadas el 20 de abril a Tócome, casi a un tiro de piedra de Chacao, en las afueras de Caracas. Las autoridades se dieron cuenta de que aquello se había convertido en una verdadera rebelión, y que tendrían que vérsela con un pequeño ejército de unos ochocientos hombres, para lo cual no estaban preparadas. Los señores directores de la Guipuzcoana, que no las tenían todas consigo, se pusieron a buen recaudo y el gobernador convocó al Ayuntamiento para organizar la defensa heroica de la capital. Una comisión del cabildo viajó rauda al pequeño poblado de Chacao para encontrarse con el rebelde, que le mandó una carta al gobernador en la que exigía la disolución de la Compañía y la expulsión de los vizcaínos. Sólo se había detenido a coger aliento y a dictar escritos a su amanuense, y en cuanto la carta salió hacia Caracas, él y sus hombres siguieron su marcha triunfal. Al llegar a La Candelaria se detuvo, no se sabe si porque se lo pidieron unos sacerdotes o a aprovechar que allí estaba su esposa y su casa y era un sitio propicio para reposar antes del combate decisivo, o para hacer el decimoquinto rorro. Pero la noticia de que el gobernador y los vizcaínos habían emprendido una táctica huida hacia el mar lo hizo avanzar más rápido que antes y llegar a la Plaza Mayor, en donde montó campamento. Los jefes canarios se instalaron en el Palacio Episcopal, al lado de la Catedral, que en esos días estaba vacío, y para mostrar su buena voluntad, León ordenó a sus hombres que colocaran todas las armas recostadas de la pared, en la fachada del templo. Allí las verían los caraqueños y estarían a mano en caso de que se necesitaran. En cierta forma, así perdió León la iniciativa y quedó su destino en manos de los hombres de la Compañía Guipuzcoana, mucho más hábiles que él en materia de triquiñuelas. El gobernador convocó, el 22 de abril, una asamblea de notables presidida por los alcaldes Nicolás de Ponte y Miguel Blanco Uribe, que convino en que León tenía toda la razón y debía el gobernador atender sus pedidos. El 23 se publicó un “bando” que informaba a la población de Caracas la resolución de la asamblea, y Juan Francisco de León y los suyos levantaron campamento. El yerno del rebelde canario, llamado Juan Álvarez de Ávila, en vez de ir a Panaquire o a La Candelaria se embarcó a la cabeza de una pequeña comisión que iría a España a llevar sus quejas y sus propuestas. Muchos de los notables, los mantuanos de Caracas, contribuyeron en efectivo para que ese viaje se realizara. Pero el gobernador Castellanos nunca había tenido la intención de cumplir lo convenido, y pocos días después, cuando León regresaba en son de paz a sus tierras, trató de escaparse con varios vizcaínos por el puerto de La Guaira. León se indignó y reunió, ahora sí, un ejército que podía derrotar a quien se le pusiera enfrente. Nueve mil hombres formaban aquella fuerza formidable. Pero los honestos campesinos volvieron a caer por inocentes. Castellanos fingió la expulsión de los jefes de la Compañía, León se retiró a Panaquire convencido de que había ganado su pequeña guerra, y el incorregible Castellanos le escribió, muy orgulloso al rey que había dominado toda una sublevación contra España y contra Su Majestad, mediante sacrificios que bien valían todos los premios que puedan concedérsele, Señor. Los resultados de su grafomanía fueron extrañísimos: Castellanos fue destituido y regresó a España, a morir de olvido, y a Caracas llegó un hombre de mucho más fuste, Frey don Julián de Arriaga y Rivera, que a toda vela atravesó el pedazo de mar entre Santo Domingo y La Guaira al frente de mil quinientos hombres y en pie de guerra. Pero pronto se dio cuenta de que Castellanos, quizás para servir mejor a los que habían alquilado sus servicios, le mintió al rey cuando habló de una sublevación general. Dictó Arriaga una amnistía, a la que se acogieron, entre otros, León y sus hijos, y trató de calmar el país. Pero la Guipuz¬coana, decididamente inconforme con la actuación de Arriaga, intrigó en la corte para sacarlo, al darse cuenta de que no se dejaba alquilar ni comprar. Y lo consiguió. Como resultado, el 22 de junio de 1751 llegó a Caracas, al frente de doscientos soldados veteranos y muy bien entrenados, don Felipe Ricardos, nuevo gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, que no disimulaba en absoluto su relación con la Guipuzcoana. En su caso no era un hombre alquilado, como Castellanos, sino directamente comprado. Consecuente con su posición, Ricardos no sólo restableció todos los abusos de la Compañía, sino que decidió que había que vengarse de los canarios que crearon el problema, y los canarios, en respuesta, decidieron alzarse de nuevo, para ocupar Caracas, deponer al gobernador y cerrar la Guipuzcoana. Nicolás de León, hijo de Juan Francisco, atacó Caucagua, y derrotó al jefe militar de la región, que se llamaba nada menos que Obeso, y si no era obeso en carnes debe haberlo sido en torpeza y quedó sembrado en el campo. León, paralelamente, se alzó en Panaquire, y sus seguidores lo hicieron también en los valles de Aragua y en el resto de la región barloventeña, relacionada con Aragua a través del río Tuy. La idea era concentrarse en algún punto y atacar Caracas con todas sus fuerzas, pero Ricardos era un militar profesional, y no permitió que los enemigos se reunieran, reforzó todos sus puntos débiles y en un dos por tres derrotó a los bisoños alzados. Las fuerzas de los canarios sublevados se desordenaron, Juan Francisco de León pudo esconderse por algún tiempo, y finalmente se entregó, confiado en la promesa de Ricardos de que extendería un perdón general a los insurrectos. Promesa que no fue cumplida. Juan Francisco de León, su hijo Nicolás, Gaspar y Lorenzo de Córdova, Pablo Cazorla y Matías de Ovalle fueron remitidos con grillos y cadenas a España. En la península recobraron la libertad en poco tiempo, pero con la condición de que se alistaran en un ejército que iba al África. Todos pudieron regresar a Venezuela, menos Juan Francisco, que murió a los sesenta años en Cádiz, en agosto de 1752, sin sospechar que en el mismo puerto moriría en 1816 un hijo de canarios nacido dos años antes de la muerte de León y que le dio mucha importancia a su alzamiento, al extremo de convertirlo en la razón de su vida y de su muerte, y sin sospechar (León) que había pasado a la historia como un héroe, cuya memoria es exaltada en una pequeña estela en la Plaza La Candelaria, en donde estuvo su casa caraqueña y por un busto en una quieta y arbolada plaza triangular, en Panaquire, no lejos de un río que refresca las tardes y los recuerdos amables.
Juan Francisco de León no fue un militar ni un combatiente, y es muy posible que haya sido utilizado por otros que no tuvieron la valentía suficiente como para luchar en defensa ni siquiera de sus intereses, por no hablar de principios. León sólo era un comerciante que se sintió atropellado por los factores de la Compañía Guipuzcoana, pero fue tan cándido que no llegó a enterarse de que había logrado lo que se propuso. Tampoco pudo saber que había triunfado, pues la Compañía Guipuzcoana, para derrotar a aquellos hacen¬dados y campesinos convertidos en generales y soldados, tuvo que dejarse ver tal como era, y lo que vieron los encargados de conducir las Españas, las de ambos lados del Océano Atlántico, era detestable, de manera que no mucho después de la aparente derrota de los canarios, en 1781, la Guipuzcoana perdió el monopolio del comercio venezolano y en 1785, después de soportar por algún tiempo la cesación de sus privilegios, quedó disuelta mediante Real Cédula del 10 de marzo. Sus bienes pasaron a formar parte de la Compañía de Filipinas, que no tenía el comercio exclusivo, pero sí el favor oficial y un capital que ningún otro grupo podría reunir. Se convirtió esta nueva empresa en el vehículo de exportación del café venezolano, pero su trabajo no bastó para evitar lo inevitable. Veinticinco años después de la muerte de la Guipuzcoana, no lejos de su sede caraqueña en la esquina de Socie¬dad, los caraqueños echarían también al poder español. Y en ello tuvo una influencia decisiva Francisco de Miranda, hijo de canarios, nacido en Caracas en aquellos días maravillosos y terribles en que los canarios echaron a volar de Barlovento hacia Caracas.
Pero eso no fue lo único. Poco después de los hechos protagonizados por Juan Francisco de León, en 1765, se produjo en Quito un alzamiento popular que entró a la historia como la “Revolución de los Estancos”, y cuya causa fue el monopolio del aguardiente y la aduana de víveres, que eliminó ese monopolio. Otra vez el comercio y la avidez de las autoridades fiscales llevaba a una parte importante de la población a alzarse contra el mando español. Y en Yucatán, en México, por razones muy distintas, se alzó Jacinto Canek en protesta por los malos tratos a los indios. Poco a poco se iba armando el mundo que Miranda quería para su proyecto, que entonces no había nacido todavía. Pero las noticias que se iban acumulando, como la expulsión de los jesuitas, la rebelión de los esclavos en la parte francesa de Santo Domingo, y, sobre todo, la independencia norteamericana, preparaban aquel camino que aún no se había iniciado.
Capítulos Publicados de En los días de Miranda:
Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
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