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Un canario que cantaba los versos del Niño Dios

A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.

EN LOS DÍAS DE MIRANDA

Un canario que cantaba los versos del Niño Dios

“¿Cómo es posible que los Vecinos y Naturales blancos de nuestra provincia admitan a su lado por individuos de su clase para alternar con él a un mulato descendiente de sus propios esclavos o de los de sus padres y mayores: a un mulato que pueda señalar sus parientes en cualquier servidumbre; a un mulato de un nacimiento afeado por un encadenamiento de bastardías y torpezas? ¿Cómo es posible que nuestra provincia no se persuada de que los informes que se han dado a Vuestra Majestad no son conformes a las verdaderas circunstancias de ella?”
El párrafo anterior contiene la esencia del razonamiento aportado por el Ayuntamiento de Caracas, bastión de la clase de los blancos criollos o “mantuanos” caraqueños, para oponerse a la legislación española que permitía que algunos pardos, mediante el pago de ciertas cantidades, ascendieran de clase social y pudiesen, por ejemplo, usar bastón o anteponer a su nombre el título de “Don”, todo ello en aplicación del Régimen de Gracias al Sacar (1795), que no era otra cosa que un sistema de la corte de Madrid para obtener recursos financieros apelando a la vanidad de los que, provenientes de clases menos favorecidas socialmente habían podido acumular riquezas. Los razonamientos allí contenidos nos pueden dar una idea de lo que se vivía en Caracas en materia de clases sociales en el siglo XVIII, en la época en que llegó a Caracas Sebastián de Miranda y Ravelo. Era una sociedad estratificada, de castas. Desde el punto de vista político sólo contaban dos clases: la de los blancos peninsulares, que acaparaba los puestos de mando real, y la de los blancos criollos o mantuanos, que se hizo fuerte en la administración municipal. Había, además, una cierta permeabilidad entre los peninsulares y los criollos, y muchos peninsulares se quedaron en el Nuevo Mundo y sus descendientes se convirtieron en mantuanos. La palabra mantuano, según Ángel Rosenblat, nació del derecho a usar mantos, y se usó por vez primera en algún documento de 1752, o sea, cuando Sebastián Francisco de Miranda tenía uno o dos años y su padre estaba a punto de tener su célebre pleito con los mantuanos, no por un manto, sino por el uso de uniforme y de bastón. Desde el punto de vista económico, los mantuanos posiblemente tenían más poder que los peninsulares, pero también existían y funcionaban los pardos o mestizos, que tenían sus propios negocios, y los blancos de orilla, que aunque no eran ricos, tenían algunas propiedades. La estratificación era sumamente rígida, y la escala de castas era así: en el vértice de la pirámide estaban las familias que tenían títulos de nobleza traídos de España, y que dominaban no sólo la política, sino el comercio exterior (hasta que en 1728 se estableció el monopolio de la Compañía Guipuzcoana); la segunda capa era la de los agricultores propiamente dichos, de donde salía, como una derivación natural y generalmente por vía de las relaciones extramaritales, la de los mestizos que servirían de mayordomos y vigilantes del orden; en ese punto comenzaba la escala de los llamados pardos, clasificada por la cercanía (o lejanía) del candidato con su más cercano antepasado blanco. Así, había tercerones (hijos de blancos con mulatos), cuarterones (de blancos y tercerones) y quinterones (de blancos con cuarterones); luego venía, siempre hacia abajo, la casta de los zambos, que eran producto de la mezcla de negros e indios y los “tente en el aire”, mezcla de zambos con tercerones o cuarterones o quinterones, y como penúltimos en la escala, estaban los “salto atrás”, que eran producto de la unión de cuarterones o quinterones con mulatos, que a su vez eran los que salían de la mezcla de blanco y negro; y como suele ocurrir en todos los sitios de influencia europea, los últimos en la escala eran los negros, los afrovenezolanos que habían llegado al país más como objetos que como personas. Los indios, de por sí, constituían una clase aparte, que tenía algunos privilegios, a pesar de todo, pues no podían ser esclavizados.
La Corona española, con su marcada tendencia al leguleyismo y ya hacia el siglo XVIII, estableció todo un sistema de excepciones, compra de títulos y anulación de restricciones, que es ese al que nos referíamos hace un instante y llamó Gracias al sacar, y que demuestra que la práctica de establecer castas como parte de la estructura jurídica imperante no tenía ninguna base, ni científica ni biológica ni mucho menos lógica, ni era defendible desde ningún punto de vista, puesto que con el simple pago de determinadas cantidades se podía ascender de una a otra, por mucho protestara la otra con razonamientos como los que citamos arriba.
Pero lo más extraordinario de lo que vivió Venezuela entre 1750 y 1810 es el hecho de que todos los redactores y firmantes de aquellas “representaciones” segregacionistas y antihumanas tendrían hijos y nietos que hasta dieron sus vidas por la independencia política, la igualdad social y una auténtica revolución bastante más filantrópica que casi todas las revoluciones que ha conocido la humanidad. Aunque sus resultados no hayan sido tan buenos como ellos lo desearon. Y en ello estuvo, entre otras, la mano de Miranda, el liberal, el demócrata.
En su visita a la ciudad de Caracas, hacia fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Alejandro de Humboldt observó que se había producido en Venezuela un cambio importante en el concepto de nobleza: En las colonias españolas la aristocracia tiene un contrapeso de otra suerte, cuya acción se hace de día en día más poderosa: entre los blancos ha penetrado un sentimiento de igualdad; y por donde quiera que se mira a los pardos, bien como esclavos, bien como manumitidos, lo que constituye la nobleza es la libertad hereditaria, la persuasión íntima de no contar entre los antepasados sino hombres libres, escribió el científico prusiano. La clase dominante de Caracas empezaba a diferenciarse de los criterios europeos, y de esa primera diferenciación a las que siguieron, bajo influencia de la Revolución de América del norte y la Revolución francesa, sólo había una línea frágil que les fue muy fácil a los mantuanos jóvenes de 1810 cruzar bajo el signo de la ilustración.
Pero la experiencia de Sebastián de Miranda y Ravelo fue dura, e influyó no poco en la vida de su hijo Francisco. Todo empezó cuando el comerciante canario, el 16 de abril de 1769 fue designado capitán de la sexta Compañía de Fusileros del batallón de Blancos, y el 22 del mismo mes se vio obligado a renunciar porque el Cabildo de Caracas había protestado el nombramiento, alegando que Miranda no reunía las condiciones para el cargo. Previamente, entre diciembre de 1764 y abril de 1769, que fue cuando se presentó el problema, había sido capitán de leva y recluta en la Compañía de Blancos Isleños. Los mantuanos del Cabildo llegaron a calificarlo de “mulato, comerciante e indigno” y otras lindezas. Era capitán general y gobernador de la provincia de Venezuela José Solano y Bote, llegado al país en noviembre de 1763 y gran alentador del militarismo. Fue el creador de la “Compañía de Nobles Aventureros”, formada por mantuanos, entre ellos los Berrotarán, Los Mijares de Solórzano, los Tovar, los Ponte, los Gedler, los Ibarra, los Jerez de Aristeguieta, los Rada, los Ustáriz, los Hermoso, los Blanco, los Monasterios, los Bolívar, los Ascanio, los Palacios, los Herrera, los Liendo, en fin, muchos de los que después se destacarían en la guerra de independencia. Señala el historiador Luis Alberto Sucre que ya para esa época se había acentuado la rivalidad entre criollos y europeos, y a medida que ésta iba tomando cuerpo y se hacía más ostensible el antagonismo entre ambos círculos, iba formándose el sentimiento de independencia en los criollos. Aspiraba cada uno de los grupos a la supremacía política, y para obtenerla, a ocupar con sus hombres todos los altos cargos civiles y militares. Contaban ya los caraqueños con los Alcaldes y con el Ayuntamiento, pues tenían la mayor parte de los Regidores; era necesario aumentar su poder en el ejército; y de aquí la intriga de que tanto se ha hablado en nuestra historia, contra Don Sebastián de Miranda; no como afirman algunos historiadores, porque Miranda fuera comerciante, que siempre lo había sido, ni porque no fuera noble, que bien conocían la hidalguía de su casa; sino porque era europeo, del círculo político contrario al criollo, y necesitaban para uno de su partido el puesto que ocupaba en el ejército. Los mantuanos fueron variando, y de la intransigencia y la necedad social avanzaron hacia la búsqueda de la independencia, que al principio, por obra del monopolio de la Guipuzcoana, se entendía sólo en el terreno de lo económico, pero que ya en los días del conflicto de Miranda y Ravelo empezaba a orientarse hacia lo político, y que en el tiempo del hijo ya no sólo era independencia política, sino que llegaba a ser búsqueda de la igualdad social, inspirada en los principios que se habían desarrollado en Europa y en la América del norte, y hasta a equipararse con el jacobinismo de la Revolución francesa, como producto de la cultura que había llegado a los privilegiados mantuanos por vía del contrabando de libros y de informaciones.
Grave, verdaderamente grave fue el enfrentamiento de Miranda, padre, con dos mantuanos de fuste, como Nicolás de Ponte y Martín Tovar Blanco, cuyos descendientes terminaron contándose entre los republicanos, enfrentamiento que sólo se solucionó cuando el rey Carlos III ordenó a los caraqueños que se le permitiera a Miranda el uso del uniforme y el bastón por considerársele hidalgo, lo cual ocurrió en 1772, cuando su hijo Sebastián Francisco ya tenía un año fuera de Venezuela. En verdad no fue otra cosa que un capítulo del proceso que llevaría a la independencia política y a la revolución social en Caracas y en Venezuela. Posiblemente haya sido el inicio de la burla de todos los dioses crueles en contra de aquel joven llamado Sebastián Francisco de Miranda, que había nacido en 1750, veinticinco años después que otro gran aventurero, otro personaje castigado por los dioses: Giacomo Casanova de Seingalt.

“Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":

Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios

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de Eduardo Casanova

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