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A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.
EN LOS DÍAS DE MIRANDA
El joven canario que dejó su nido
El joven Miranda fue alumno del Seminario de Caracas, cuya sede estaba a una cuadra exacta de su casa, y allí, según Tomás Polanco Alcántara, a los diecisiete años de edad “tenía que manejar bien el latín, ser conocedor de Virgilio y Cicerón, que después serán sus autores latinos preferidos, saber bastante de Lógica y estar preparado en las líneas generales de la Historia”. También se refiere Polanco Alcántara a algunos de los que fueron maestros de Miranda: Domingo Velásquez, catedrático de latinidad, Francisco José de Urbina, lector interino de teología y vísperas, Gabriel Lindo, Narciso Yépez y otro de apellido Santaella. Lo que sí no aprendió bien fue a escribir el castellano. No deben haber sido muy buenos sus maestros, pues tanto su ortografía como su gramática dejaba mucho que desear, y nunca corrigió esa falencia, a diferencia de Simón Bolívar, que llegó a ser un muy buen escritor a pesar de que, cuando salió de Venezuela, su ortografía y su gramática eran hasta peores que las de Miranda.
Justo en los días en que el pleito de los mantuanos con Sebastián de Miranda se iba convirtiendo en agua y arena por órdenes expresas del rey, su hijo Sebastián Francisco, canario por parte de padre y de madre, americano de nacimiento, hacía las gestiones necesarias para mudarse a la península española, seguramente en busca de aires más respirables. Quería volar alto y muy lejos, para imponerse desde la distancia a quienes no querían aceptarlo.
Y una mañana partió hacia el puerto. Había que remontar primero la montaña que está en el norte y, vista de cualquier lado, es impresionante, además de muy bella. Desde la cumbre miró la pequeña ciudad que estaba allá abajo, entre la bruma. La vio, aunque no lo sabía, por última vez en casi cuatro décadas, desde aquel mirador que en enero no está cubierto por nubes, en donde estaba uno de los “castillitos”, uno de los fuertes que según los expertos en asuntos militares convertían a Caracas en un sitio que nadie podría conquistar, pero en mayo de 1595 resultaron absolutamente inútiles cuando los piratas ingleses de “Milor Guatarral” (Walter Raleigh), al mando de uno de un tal Amyas Preston, no sólo tomaron a Caracas, sino que hicieron todo lo que les antojó y mataron al hidalgo caballero Alonso Andrea de Ledesma, hecho que le serviría a Miguel de Cervantes para inventar su famosísimo caballero de la triste figura. Allí, los ojos del joven Sebastián Francisco deben haber visto aquel horizonte quieto, que desde esa distancia no parece de agua salada, sino de cielo. Poco después zarparía del puerto de La Guaira a bordo de una pequeña nave sueca, una fragata llamada “Prince Frederick”, en donde por vez primera en su vida debe haber escuchado lenguas germánicas. Sólo eran cinco los pasajeros que viajaban en su pequeño mundo de madera y telas. Era a finales de enero, un tiempo en el que el cielo es de un azul intenso y profundo y el mar parece una ondeante e inquieta cordillera de agua aceitosa, a veces de un verde que juega con aquel color del cielo. Es tiempo de aves marinas que caen en picada en busca de peces, formando una extraña sinfonía de luces y cantos. Y al alejarse de las inmensas montañas debe haber suspirado el joven, seguro de que pronto volvería.
Fue entonces cuando empezó a anotar todo lo que veía y oía y pensaba en su diario, escrito con fuerza, pero sin el más mínimo sentido del estilo. Los ojos admirados del joven canario venezolano recogían todo lo que su mano anotaba. Con escaso conocimiento de las ciencias naturales y poco dominio de la escritura registra haber visto “monstruosísimos pexes que llaman ballenatos”, así como los delfines, que llama toninas y juegan y saltan en torno a la nave. Sus ojos, definitivamente, se maravillaron con el espectáculo del océano sin saber que pronto lo harían ante la obra de los seres humanos. Los sargazos, bellas serpientes doradas que parecían llamar a los seres humanos como las sirenas, y las antiguas leyendas que se fueron formando a lo largo de los siglos, lo llenaron de asombro, y lo impresionó vivamente la extraña ceremonia funeral de un marinero que murió a bordo, y en vez de enterrarlo lo lanzaron al agua envuelto en una mortaja y rodeado de oraciones y el canto del viento y las olas. La lengua de los marinos es extraña, aunque musical. Sus palabras no se parecen a las del castellano ni a las del latín, pero es un idioma grato al oído. La travesía, con viento y corriente favorables, aunque también con tormentas y avenidas de agua que le hacen temer un naufragio, no fue larga. Seis días de enero, todo febrero y uno de marzo estuvo el joven caraqueño anotando todo lo que veía, averiguando detalles de la navegación, preguntando y escribiendo con la seriedad de un muchacho que descubre el mundo, hasta que en ese primer día de marzo vio por vez primera las costas españolas en el puerto de Cádiz, aquel que unos cuarenta y cinco años después propiciaría su encuentro final con la muerte, una muerte que en esos días no era ni siquiera imaginable. Allí se hospedó la primera noche en una posada, y al día siguiente fue a visitar José de Añino. Llevaba una carta de su padre y otra de un corresponsal de Añino en Caracas, para que le entregara un dinero y lo apoyara en sus gestiones de viaje. Añino no sólo le dio el dinero y el apoyo, sino que lo alojó en su propia casa durante doce días, hasta que partió rumbo a Madrid. Rumbo a la Corte, a la ciudad desde donde se gobernaba toda América española. Previamente, con el dinero que le dio su anfitrión por el cacao que enviaba su padre, se compró ropa a la moda para sentirse elegante y protegerse del frío, un frío que nunca había sentido en su nativa Caracas, tan envuelta por un sol amable, y por una deliciosa tibieza que solamente se escondía cuando la niebla bajaba de la inmensa montaña. No había paisajes parecidos en el trayecto, que le tomó un par de semanas, aunque sí había gente parecida a su gente y rostros parecidos a los que veía en Caracas y en los campos cercanos a Caracas, a pesar de que el tiempo en que se movían fuese tan distinto. Por primera vez en su vida viajó en un coche. En Venezuela se hacía a caballo o en mula, o a lo sumo en rústicos carros que estaban diseñados para transportar objetos, no personas, no por el atraso de las colonias, sino porque Felipe II, muchos años antes, prohibió expresamente el uso de carruajes en América. Se sentía bien, muy bien, el joven Sebastián Francisco. Se sintió bien el Jerez, en Utrera y sobre todo en Córdoba. Y el 24 de marzo conoció por vez primera la nieve, con su canto de campanillas y sus brisas de alegría. Dos veces se dañó el carruaje y tuvieron los pasajeros que seguir a pie, a pesar de la nieve y el granizo. Y todo lo disfrutaba el mozo indiano a pesar de las quejas de los otros viajeros. Dos días después llegaba por fin a Madrid, la ciudad en donde vive y manda el rey, que es Carlos III, uno de los menos desafortunados de la historia de España.
Tal como en Jerez, Sebastián Francisco se instala al principio en una posada, y luego en la casa de una persona para quien llevaba cartas de presentación: Alfonso García Granados. Allí recibirá dinero que le envía Añino, pero también el señor García Granados, a cuenta de Sebastián de Miranda y Ravelo, le da cantidades sustanciosas. Es un indiano con todas las de la ley. Fue entonces cuando se compró una flauta y empezó a interesarse en la música, pero también más ropa, polvos, pomadas, papel, tinteros, plumas y su primer gran baúl para viajar por el mundo. Ya empezaba a ser don Francisco de Miranda, hombre de mundo, y no el mozalbete canario caraqueño que observaba y anotaba sin saber aún por qué anotaba y observaba. De París le llegó un maestro para enseñarle francés, y a la vez comenzó a armar lo que será con el tiempo una verdadera gran biblioteca. Y también son de esos días sus primeras visitas a palacios y a museos y a templos, para conocer en persona las grandes obras de arte que tan poca gente apreciaba. En el Escorial le llamaron la atención las pinturas de Miguel Ángel, Tiziano, Rafael, Perugino. Su diario empezaba a parecerse a una guía para turistas, de esas que se harán populares en los siglos XIX y XX. Y en abril, el joven Miranda se compró una plaza de capitán en los ejércitos del rey. La operación la hizo a través de un tal Juan Gaspar de Thurriegel, rubio y rudo teutón que a cambio de importar católicos alemanes y flamencos, disponía de cuatro plazas o patentes de capitán. Miranda compró la suya por ochenta y cinco mil reales. El joven canario caraqueño obtenía así, de un plumazo, el mismo grado que los mantuanos querían negarle a su padre.
Para el mozalbete Sebastián Francisco de Miranda su viaje tenía un propósito bien definido. Era, a la inversa, igual a los de la mayoría de los secundones y logreros que habían viajado a Indias para hacer fortuna y regresar, como indianos, a España. Sebastián Francisco iba a España a servir a Su Majestad, a convertirse en soldado de importancia, a hacerse rico para que después aquellos mismos mantuanos tuviesen que humillarse ante él. Quién quita que por sus servicios en las armas de sus Muy Católicas Majestades le dieran un título nobiliario, no uno de esos carnavalescos que se compraban los mantuanos, como marqués de Choroní, o conde de Tucusiapón de Abajo, o marqués de las Riberas de Río Chupulún, o conde de Yaguaraparo, o marqués de Casa Barata, o conde de Peluquines, sino Marqués de Miranda, por ejemplo. Y todo le sonreía. Todo era posible y ya lo había demostrado con su simpatía personal y su inteligencia superior. Desde que sus pies tocaron las tablas de Prince Frederick no hizo otra cosa que conquistar voluntades y ganarse amistades.
Pero esa búsqueda neurótica de éxito no podía conducirlo sin al fracaso. Llevaba en la frente una marca que era como una diana: ¡disparen a matar!…
Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":
Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
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