Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « PUDREVAL es el Chavismo | LA RABOLUCIÓN - Capítulo 4 » |
A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.
EN LOS DÍAS DE MIRANDA
Cambio de nombre, cambio de rumbo
No es cierto, como han dicho algunos autores, que el joven Sebastián Francisco de Miranda decidió no utilizar su primer nombre, Sebastián, a raíz de la muerte del pequeño hermano Francisco Antonio, nacido en 1756 y muerto en 1758. El cambio de nombre definitivo se produjo catorce años después de la muerte de aquel Francisco, y en cierta forma puede haberse debido a su decisión de dejar atrás su pasado. De hecho, desde sus primeros años fuera de Venezuela apenas unas pocas veces se comunicó con su cuñado, Francisco Antonio Arrieta, y hacia el final de su vida, cuando regresó a Caracas, sus relaciones con sus parientes no fueron nada ejemplares. Cerca de la muerte todos sus pensamientos se dirigieron al porvenir, a sus hijos, y no al pasado.
En Madrid, en los días en que ingresó formalmente al ejército, el joven que de allí en adelante se llamaría Francisco de Miranda, además de estudiar matemáticas y artes militares, obtuvo (a pedido de su padre) del rey de armas de Madrid, un informe de hidalguía, en el que consta que proviene de familia noble de Asturias y describe el escudo nobiliario de la familia. Y el 28 de noviembre de 1772 se emite un decreto por medio del cual se le designa capitán de infantería de los Reales Ejércitos de Su Majestad. Nueve días después el capitán Francisco de Miranda, que ha conseguido en Madrid el éxito que en Caracas quiso negársele a su padre, ingresa al regimiento de la Princesa. Un mes después pagó los ochenta y cinco mil reales convenidos a Thurriegel y se preparó a atravesar el Estrecho de Gibraltar para iniciarse, en Marruecos, en la carrera militar. Y, a la chita callando, el joven Francisco de Miranda iba a conocer, además de América y Europa, el África.
Pero el soldado de aburre. En Melilla se siente encerrado. Encuentra poco que ver y poco que hacer. Se le ocurre que puede volver al otro lado del océano y aprovechar la oferta de ascenso para los oficiales que sirvan en territorio americano. Se ofrece, elogiándose a sí mismo, y afirma que en América puede ser más útil al rey. Su carta al conde de O’Reilly deja ver que es ambicioso y está decidido a avanzar, como sea.
Y pronto se le presenta la oportunidad de demostrar su valía cuando España entra en guerra contra el emperador marroquí Abdul Ahmid, que se opone a la presencia de cristianos en la zona. El 23 de octubre de 1774 el rey español declara la guerra y Miranda se entusiasma. El capitán, que había vuelto a España con su regimiento, va a entrar en acción y va a destacarse para ascender como lo prometen sus sueños y sus ambiciones. Parte de Málaga hacia el otro continente en diciembre, sólo para regresar a causa de una tormenta luego de que Miranda, en absoluta minoría, insistiera en que no había que rendirse ante la naturaleza. Por fin llega de nuevo a Melilla, que estaba sitiada desde varias semanas antes por los moros. La guerra debe ser su territorio, una guerra que vuelve a ser, como poco antes del descubrimiento del Nuevo Continente, entre moros y cristianos. Hay en su diario algo extraño, que es la repetición de párrafos enteros, como si se tratara de borradores de un libro que piensa publicar. Narra varias veces el mismo hecho, cambiando los énfasis y los enfoques, y, sobre todo, la redacción, que sigue siendo imperfecta. El 20 de enero de 1775 el ambicioso, petulante y joven capitán presentó a sus superiores un proyecto detallado, un plan de acción para romper el sitio mediante la acción sorpresiva, en la madrugada, de doscientos treinta españoles. Treinta, comandados por el capitán Miranda en acción casi suicida de comando, se encargarían de los guardias moros, y otros treinta destruirían los cañones enemigos. A los jefes, aquel plan que hoy tendría mucho de cinematográfico, les pareció demasiado fantasioso y lo archivaron sin mayores comentarios. Unos días después terminó el sitio y el capitán volvía a la inacción militar, ahora acompañada por una seria ofensiva epistolar que buscaba salir del estancamiento que suponía negativo para su carrera. No sólo pedía un cambio, sino que se atrevió a solicitar para sí una condecoración por sus servicios. Más de uno debe haber torcido el gesto en las alturas del poder. Se hacía notar demasiado y se dejaba ver la ambición, que en un noble madrileño o de provincia importante podría anunciar algo bueno, pero en aquel joven recién llegado de un rincón paupérrimo y desconocido de ultramar, no podía ser augurio sino de serios problemas. Para el joven.
En junio 1775 participó en una nueva acción, una expedición a Argel dirigida por el general O’Reilly. Fracasaron y debieron regresar a España, en donde Miranda escribió una memoria en la que constaba que había sido herido en el intento y había visto de cerca cómo los moros decapitaban cristianos. Poco después, aunque aseguraba que se iría a América, estaba de nuevo encerrado en el aburrimiento en el norte de África. Hasta que ocurrió algo que tendría una importancia que su propio protagonista no intuyó en el momento: Francisco de Miranda visitó durante un par de meses el Peñón de Gibraltar. Allí entró en contacto por vez primera con los ingleses, y entre ellos estaba un hombre de dinero que se haría su gran amigo: John Turnbull.
El capitán Miranda comete en esos tiempos la primera de sus muchas indiscreciones graves. Es un joven demasiado inteligente, demasiado ávido de gloria, demasiado codicioso, como para poder pasar inadvertido. Algo lo impulsa a buscar la notoriedad, a templarle a la fama los faldones, y no tiene mejor idea que criticar públicamente al general O’Reilly, que no era español sino irlandés, por el fracaso de su expedición argelina.
No es esa su única indiscreción. Se habla mucho de su afición por las mujeres, que más bien parecería en aquellos tiempos la afición de las mujeres por el joven y apuesto capitán indiano. Alguna vez tuvo que sufrir arresto por desobedecer las órdenes de sus superiores de usar únicamente el uniforme militar. Además ya se había hecho notar demasiado por su insistencia en irse de Cádiz o de donde quiera que estuviera, sobre todo en busca de un ascenso. Era un chaval osado, curioso, inquieto y demasiado vistoso. Y a la vez, ya era el grafómano que todo lo anotaba, que todo lo observaba. Y mucho criticaba.
En noviembre de 1778, en un servicio de rutina, el oficial Francisco de Miranda se topó por vez primera con una realidad que luego marcaría su vida: la fría espada de la injusticia. En una misión de escolta de la reina tuvo un incidente con el capitán Manuel Tarsis, que lo arrestó y lo denunció ante los superiores, y si nada le ocurrió a Miranda entonces, cuando más de una mano enemiga se frotó con otra, fue por la influencia del coronel Juan Manuel Cagigal, que poco antes había asumido el mando del regimiento y a lo largo de toda su vida dio muestras de gran simpatía por el caraqueño. Aquel no fue sino el primero de varios incidentes que acabaron con la carrera militar de Miranda en España.
Para Mariano Picón Salas, Miranda es víctima de la “jetta”, que es como llaman en el Cono Sur lo que en el norte de Sudamérica llamamos “pava” o “mabita”, y en general se conoce como mala suerte. Para Manuel Gálvez la explicación tiene que ver más bien con la personalidad del caraqueño: Los hombres se sienten atraídos por la brillantez de su talento, y las mujeres se enamoran de él. Mas, por esto mismo, algunos le envidian y sueñan con verle arruinado en su carrera y en su honor. Mientras Cagigal comande el regimiento, nada le pasará. Pero esta seguridad no va a durarle mucho al joven criollo.
Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":
Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
Cambio de nombre, cambio de rumbo
Comentarios recientes