Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « Los primeros vuelos de un canario criollo | El Cáncer de Chávez » |
A partir del sábado (19 de junio de 2010) Literanova publicará, semanalmente, el Ensayo titulado “Cómo hacer una novela”, de Eduardo Casanova, en el que ofrecerá a los lectores no sólo un método para escribir novelas, sino varias informaciones literarias sobre ese género literario.
Nota de LITERANOVA: A partir del sábado 31 de julio se publicará, capítulo por capítulo, la novela “La Rabolución”.
Eduardo Casanova
LA RABOLUCIÓN
Capítulo 5
La vida en Guayacuy, desde que se convirtió en un verdadero pueblo, se hizo lenta y sin ningún tipo de accidentes, más o menos como lo era en lo topográfico. Siete días de calor a la semana. Seis de trabajo y uno de misa. Siempre igual. Siempre lo mismo. A veces un nacimiento, a veces una muerte. No muchos más nacimientos que muertes ni muchas más muertes que nacimientos. A veces la llegada de alguien de afuera. A veces alguien de afuera que se quedaba adentro. A veces algún chisme que todos comentaban y que si era muy importante se recordaría siempre. Siempre igual. Siempre lo mismo. Era como avanzar poco a poco, muy poco a poco, en una llanura envuelta del todo por un solo horizonte circular sin accidentes geográficos, y sin accidentes, en la que cada pedacito de tierra era idéntico a todos los demás pedacitos de tierra, cubiertos todos por un monte que no variaba, salvo que dos veces al año se quemaba y dejaba el verde para hacerse negro. Y aunque el agua estaba allí mismo, a la vista, casi no había agua en la llanura. En la llanura del tiempo, del amanecer cada día en la misma forma en que se había amanecido el día anterior, salvo porque se había amanecido un día más viejo, o más vieja. Y esta última regla como que era ignorada únicamente por Alelí, la mujer de Olegario, que aunque paría una vez al año, cada año se veía más joven y encantadora. El vientre se le secó veinte años después del matrimonio, cuando había parido veinte veces. Y de los veinte niños que tuvo, cuatro llegaron a ser adultos y se casaron y le dieron nietos. El mayor de los cuatro, llamado Eleuterio, fue criado por su padre como un auténtico príncipe heredero, y hasta fue enviado a Guanoco para que estudiara, primero la primaria, después el bachillerato y por último la universidad, de donde salió abogado. Pero le gustó aquello de ser capitalino y nunca regresó a su pueblo, ni siquiera de visita. En Guanoco se casó con un joven de familia acomodada y abrió así en la capital la rama de los Langley capitalinos, que no siempre reconocían del todo su vínculo directísimo con los Langley de Guayacuy, aun cuando los Langley de Guayacuy llegaron a ser gente rica por el negocio del cacao. Y por la renuencia de Eleuterio, fue el segundo varón, Liborio Andrés Langley, el que tuvo que encargarse en Guayacuy de los negocios de la familia cuando Olegario murió, que fue en los días en que salió el Decreto que ordenaba la libertad de los esclavos. Sin ceremonia alguna, Liborio Andrés se instaló en la oficina de su padre e hizo saber a todo el mundo que desde ese día era él, y sólo él, el jefe, aunque todo el mundo se daba cuenta de que su madre ejercía sobre él una indiscutible autoritas que la convertía, por lo menos, en co-regente del reino a pesar de que no había príncipe en espera de la mayoría de edad, y el príncipe Liborio Andrés se había colocado él mismo la corona sobre la testa. Desde muy niño se había aficionado a visitar la hacienda y a ayudar a los esclavos en las tareas más duras relacionadas con el cacao, lo que lo hizo un buen conocedor de todo lo relacionado con el negocio de la familia. Aprendió a leer y escribir solo, y cuando entró a la escuela que su padre había abierto en el pueblo, estaba muy por delante de sus compañeros de aula, que eran apenas cuatro, pero también llevaba en sus talegas un mundo de malas mañas del que nunca pudo desprenderse. Escribía sin acentos y en muchos casos las palabras las fijaba al papel tal como le sonaban, y como en tierras americanas no se diferencia la “ese” de la “ce” o de la “zeta”, Liborio Andrés todo lo escribía con “ese”: “Pasiensia”, “toleransia”, “asertar”, “bosal” y muchas otras palabras. La “be” y la “ve corta” o “uve” para él era siempre “be” o “be larga”, de modo que siempre que llegaba “benía” de algún lado, y para él Venezuela era “Benesuela” y Bolivia era “Bolibia” y los pájaros “bolaban”, la avena era “abena” y cualquier actividad se convertía en “actibidad”. Y como la “hache” es áfona, también la sacó de por vida de su mundo, por lo que “asía” en vez de “hacía”, tenía “umor” en vez de “humor”, y “oi” sustituían al “hoy”, porque también la “ye” o “Y griega” jamás consiguió colarse en su grafía. Fue por eso por lo que, cuando debió encargarse de los negocios familiares, que para él eran “negosios”, debió contratar como secretario a uno de los Coqueto, que había estudiado comercio en Naranjia y había vuelto por nostalgia a su pequeño valle. Y fue a Liborio Andrés al que le tocó enfrentar en Guayacuy todo lo relativo a la Guerra Federal, la guerra civil que arruinó el país a partir de 1859, y por la cual el pueblo de Guayacuy se encontró francamente dividido, porque en general los Coqueto fueron partidarios del gobierno y los Langley de la revolución, y como Liborio Andrés, al empezar la Guerra Federal acababa de casarse con la menor de las hijas de Coqueto, resolvió que no tomaría partido y trataría de servir de árbitro entre los militantes de cada uno de los bandos. Aunque, en honor a la verdad, la guerra civil nunca se manifestó del todo en el pueblo, salvo por las simpatías o antipatías de sus habitantes, que para Liborio Andrés eran “abitantes”. Siempre se cuidaron de evitar que las cosas llegaran al extremo. Y ni los godos ni los liberales de afuera entraron jamás al pequeño territorio de Guayacuy. Lo que sí ocurrió es que varios de los antiguos esclavos se fueron del pueblo y se enrolaron en alguno de los ejércitos, o más bien de las bandas, que allá afuera peleaban entre sí. La mayoría de ellos, que habían sido “libertados” cuando se promulgó la ley que le aportó a los Langley un buen ingreso monetario y los liberó de la obligación de mantener y cuidar a los esclavos, prefirió ubicarse en el lado de los godos, sin que en realidad hubiese una razón para eso ni nadie estuviera en capacidad de entenderlo o explicarlo. Y casi ninguno de ellos regresó a Guayacuy, pero con los que se quedaron, que vivían todos en las chozas de sus antepasados, en la orilla derecha del riachuelo, fue más que suficiente para mantener el negocio del cacao, que cada día se le hacía más productivo a Liborio Andrés, especialmente desde que viajó a Europa y firmó varios contratos con casas inglesas y belgas productoras de chocolate, y lo que debía ser un viaje de luna de miel se le convirtió en viaje de negocios, o “negosios”, a pesar de las protestas de Ernestina Coqueto, su mujer, que era muy bella y tenía fama de tonta y murió un año justo después del casorio. Y el día en que Alelí Bonadíes, su madre, murió de repente mientras cantaba un viejo villancico, que para su hijo era “biiansico”, Liborio Andrés de convirtió definitivamente en el jefe de Guayacuy, pues nadie tendría desde entonces autoridad sobre él. Fue entonces cuando inmediatamente después de enviudar de su primera esposa, se casó con Micaela Langley, que era su sobrina y sobrina de su difunta, para lo cual debió viajar varias veces a Guanoco para conseguir la debida autorización del Papa, por el parentesco múltiple, gestión en la cual lo ayudó mucho su hermano Eleuterio, que se había casado, también en segundas nupcias, con una sobrina de un sacerdote muy influyente y se había convertido en un beato rezandero con muchos amigos de sotana. Pronto volvió al pueblo con el debido permiso y un obispo, Monseñor García, que los casó en una ceremonia que siempre sería recordada, no sólo porque fue la primera vez que Guayacuy vio a un obispo, sino porque la fiesta fue realmente suntuosa y contó con la asistencia de todos los habitantes del pueblo, unos dentro de la casa primera y otros afuera, como “barra”. Los de piel más blanca, que eran todos parientes entre sí, adentro y los de piel más oscura afuera, pero todos disfrutaron por igual a pesar de que hubo seis muertos –todos afuera– por la borrachera de ron que se convirtió en la dueña de la fiesta y de las almas de todos los de afuera, mientras los de adentro bailaban cuadrilla y suspiraban de amor.
Capítulos publicados de CÓMO HACER UNA NOVELA
1.- Antemateria
2.- ¿Qué es una novela?
3.- Clasificación o Tipología de la novela
4.- Para escribir una novela
5.- La división y subdivisión del proyecto
6.- La redacción de la novela
LA RABOLUCIÓN
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Comentarios recientes