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Los primeros vuelos de un canario criollo

A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.

EN LOS DÍAS DE MIRANDA

Los primeros vuelos de un canario criollo

La capacidad del joven Miranda para conquistar mujeres quedaba pálida al lado de su facilidad para conseguirse enemigos. Creo que se quedó corto don Gálvez en aquello de que algunos le envidian y sueñan con verle arruinado en su carrera y en su honor. Nada hay que cause más envidia que el talento, y si el hombre talentoso es, además, brillante, como lo era Francisco de Miranda, está fatalmente condenado a recibir los golpes de los envidiosos a cada paso, con cada nuevo día, con cada cambio de brisa y de sol.
Según los admiradores de Miranda, ese podría haber el caso del tal Juan Roca, que después de haber sido amigo del joven caraqueño se convirtió en su enemigo implacable, y para colmo fue nombrado jefe del regimiento donde servía Miranda, y justo cuando don Juan Manuel Cagigal, amigo y protector del joven capitán, estaba por otros paisajes. Desde luego, los biógrafos de Francisco de Miranda, por lo general, no cuestionan su versión de los hechos, según la cual un flautista napolitano le robó diez mil reales de vellón de una gaveta, cuando Miranda lo invitó a su habitación para hacer música y compartir un rato de diversión. Lo cierto es que Roca, coronel y jefe del regimiento, prácticamente acusó al joven capitán de haberse robado el dinero e inventar la historia del flautista, y aunque el acusado finalmente repuso el faltante, aquello, además de generar su enemistad ya declarada con su jefe, le causó mil incomodidades y problemas. Luego vendrían otras acusaciones relacionadas con malos tratos de Miranda a un soldado y otros asuntos de poca monta. Como para complicarle las cosas al caraqueño, en el lío intervino O’Reilly, que no debía estar muy satisfecho con aquello de que un inferior lo hubiese acusado de incompetente, y debe haberse frotado las manos por la oportunidad de vengarse del audaz subalterno. Para hacer el cuento corto, el joven capitán, preso en Madrid, terminó defendiéndose por escrito, y por vez primera se demostró su habilidad para razonar en blanco y negro. El resultado fue que, tras la intervención del propio ministro de guerra, y hasta del rey, el capitán caraqueño, hijo de canarios, fue trasladado a otro batallón, ahora en Cádiz, hacia donde salió, después de recibir un regaño por su tardanza, el primer día de abril de 1780. Desafortunadamente, siempre queda en el aire una posibilidad: ¿y si Roca tenía razón?
Lo único de lo que hay constancia oficial es que el ayudante de Roca no encontró indicio alguno del supuesto robo de que fue objeto Miranda, y, peor aún, ante los hechos cumplidos, el venezolano quedó prácticamente confeso cuando accedió a pagar la cantidad desaparecida, para lo cual tuvo que pedir un préstamo. Luego se sentó, como vimos, a escribir un memorial, actividad en la que se destacó como una verdadera estrella a lo largo de toda su vida, y sólo así consiguió salirse de la suerte… con mucha suerte.
Hizo entonces otra de las suyas, pues el viaje a su nuevo destino lo realizó con toda la calma del mundo, al extremo de molestar a su nuevo jefe, el mariscal Victoriano de Navia, que seguramente ya había sido informado de sus antecedentes y lo acusó nada menos que de querer “subvertir las leyes del reino” (Manuel Gálvez), no obstante lo cual, muy posiblemente con la ayuda de Cagigal, poco después Pancho de Miranda emprenderá su segunda navegación para cruzar el océano Atlántico, esta vez en sentido este-oeste y como parte de una fuerza enviada por el gobierno español, y casi al término de la distancia estará instalado en La Habana, en la hermosa isla de Cuba que debe haberle recordado por más de una razón la tierra en donde nació, y, para su gran fortuna como edecán de su protector y amigo Cagigal, que había sido ascendido y nombrado capitán general y gobernador de la isla.
Y en realidad fue en La Habana, y en el comienzo de la década de 1780, cuando empezó la verdadera aventura de don Francisco de Miranda. Y cuando se iniciaron de verdad sus tribulaciones. Aun cuando en su paso por la Península no sólo fue acusado por los militares, sino que nada menos que la Santa Inquisición le abrió una causa por posesión de libros e imágenes prohibidos. Nadaba ya en un mar de tiburones.
Desde luego, es en esos días cuando Miranda se hizo liberal y republicano, y es muy posible, como también afirma Manuel Gálvez, que la idea de la independencia de la América española haya aparecido en su mente en esos días habaneros, aun cuando de ello no hay ni siquiera un indicio. Pero no es insensato pensar que Pancho Miranda, tal como ocurrirá con Simón Bolívar un tiempo después, se haya sentido a disgusto en Madrid, al sufrir en huesos propios los abusos de las autoridades. Allá en la Caracas que dejó atrás, los mantuanos parecían afianzar la autoridad española en ultramar, y Miranda tenía que estar resentido contra los mantuanos (y por lo tanto contra las autoridades españolas) por lo de su padre. El ejemplo de las colonias inglesas en América del norte, que en 1776 habían proclamado la república y su derecho a la independencia, así como los derechos del hombre, y que ya tenían casi cinco años guerreando contra los británicos cuando Miranda llegó a La Habana, no debe haber dejado indiferente al joven capitán caraqueño, cuya imaginación no necesitaba mucho estímulo para echar a volar por sobre los mares y los cerros y los valles de la vida cotidiana.
Como parte del complicado juego de ajedrez de las potencias europeas, España favorecía a los patriotas estadounidenses porque estaban peleando contra los ingleses, que eran enemigos de los franceses, que a su vez eran amigos de los españoles. Don Bernardo Gálvez, el joven gobernador de Luisiana (tenía apenas veintidós años, pero era sobrino del poderoso ministro de Indias, don José Gálvez), participaba desde 1779 en la contienda norteamericana, y a mediados de 1780 planeaba atacar a los ingleses en Pensacola, acción que de inmediato contó con el apoyo de don José Solano y Bote, que era el jefe de la flota en la que viajó Miranda a Cuba (Solano y Bote, en tiempos de Carlos III, fue gobernador y capitán general de Venezuela; asumió el cargo en 1763 y lo entregó en 1771; fue un gran propulsor de la militarización del gobierno local y, por cierto, fue durante su gestión que se produjo el enfrentamiento entre los mantuanos de Caracas y don Sebastián de Miranda, el padre del capitán. Varios de los hijos de Solano nacieron en Caracas).
El 20 de abril el capitán Miranda, como segundo ayudante del gobernador y mariscal de campo Juan Manuel de Cagigal tocaba tierra norteamericana en las afueras de Pensacola. El 9 de mayo el comandante inglés, general John Campbell, rindió la plaza y se entregó a los españoles, que lo llevaron a La Habana con ánimos de repatriarlo después. El caraqueño, sociable como era, de inmediato se acercó al inglés, que también era un hombre de mundo y hablaba bastante bien el francés. Muy lejos estaba Miranda de imaginarse que aquel general, con el que apenas mantuvo una relación superficial, le causaría un problema de tal magnitud que lo obligaría convertirse en prófugo de la muy dudosa justicia de la madre España, dudosa aun en tiempos de uno de los mejores reyes españoles: Carlos III.
Francisco de Miranda, a raíz de su desempeño en aquel sitio, fue ascendido a teniente coronel por el propio Cagigal. Todo parecía sonreírle, pero los hados malignos le estaban preparando varias trampas que pronto le complicarían la vida hasta convertirlo en personaje histórico.
Entretanto, en su nativa Venezuela y en sus tierras vecinas, ocurrían hechos graves que, a la larga, tendrían serias consecuencias sobre su vida. En el Nuevo Reino de Granada se producía una auténtica rebelión contra la legislación fiscal impuesta por el gobierno de Carlos III, que encontró un claro eco en Venezuela, quizá a causa de la eficiencia y frialdad del intendente de la provincia, don José de Ábalos, que era capaz de sacarle jugo a un limón que ya había sido exprimido por diez personas. Ábalos estableció el estanco de los naipes, el del aguardiente y el del tabaco, tres de los vicios socialmente aceptados, y con ello tocó intereses poderosos que desembocaron en la rebelión abierta de los afectados, que tenían poder y, sobre todo, dinero. Lo cierto es que la rebelión de los Comuneros, cuando pasó de Nueva Granada a Venezuela, adoptó, tal como ocurriría en la revolución de Caracas de 1810, con una consigna ambigua: “Viva el Rey y muera el mal gobierno”. Ese fue el grito que se escuchó por vez primera en el Táchira y pronto se expandió hacia el resto de los Andes venezolanos. Juan José García de Hevia, Alcalde de la Santa Hermandad y arrendatario del estanco de Aguardiente, fue designado capitán general de los alzados en mayo de 1771. El movimiento se generalizó en lo que hoy es Táchira y Mérida, que así se unían a los pobladores de Cúcuta y Pamplona. Los alzados aspiraban a llegar en armas hasta Caracas, con lo cual aquello se habría convertido en una auténtica revolución independentista. Pronto se desviaron por el camino de la demagogia, repartieron el tabaco de La Grita entre el pueblo y arrestaron a los españoles. A mediados de julio llegaron a Bailadores, y el 25 ocuparon Ejido, el pueblo que está casi llegando a Mérida desde el suroeste. Formaron un gobierno rebelde, integrado en su mayoría no por campesinos y pequeños cultivadores. El 27 de julio ocuparon Mérida, y el merideño Francisco Javier Uzcátegui encabezó políticamente el movimiento que en lo militar estaba a cargo de García de Hevia. El 5 de agosto, el gobernador de Maracaibo, Manuel de Ayala, envió tropas para contenerlos y evitar que llegaran a Trujillo. Pero inmediatamente, alertado por el alcalde de Ejido, Antonio Ignacio Dávila, el gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, Luis Unzaga y Amézaga (que algún tiempo después tendría mucho que ver con Francisco de Miranda, o para decirlo mejor, con las desgracias de Francisco de Miranda en Cuba), envió una fuerza de 130 hombres, cien de ellos de caballería, hacia Barinas, para así envolver a los rebeldes, que el 8 de agosto de 1781 ocuparon Timotes, al noreste de Mérida. Los habitantes de Trujillo, hoy capital del primero de los estados andinos de Venezuela (primero por ser el más cercano a la capital), no se sumaron a la rebelión, y en septiembre Caracas envió un verdadero ejército de más de mil hombres a aplastar la insurrección. No había la más mínima unidad entre los sublevados, en tanto que sí la había entre los defensores de la corona española, que terminaron por imponerse en octubre de 1781. Los llamados Comuneros fueron juzgados y condenados a diversas penas, hasta que el 31 de enero de 1783 el rey Carlos III concedió un indulto a casi todos los implicados, con excepción de García de Hevia (que consiguió evadir la justicia por mucho tiempo y murió cerca de Bailadores, en un accidente, en 1809) y otros tres. En aquellos hechos se anunciaron, a la vez, la independencia de la América española y la unión de Venezuela y Nueva Granada, la Colombia que crearía Bolívar con un nombre imaginado por Miranda. Y es lógico pensar que Miranda, que ya había echado a volar su imaginación inventando el porvenir, se enterara de todo lo que había pasado. Pronto estaría escrito y pronto tendría que ser.

Capítulos Publicados de “En los días de Miranda":

Obertura (para orquesta de soñadores)
El valle del Edén
El vuelo de los canarios
Un canario que cantaba los versos del Niño Dios
El canario enjaulado
El joven canario que dejó su nido
Cambio de nombre, cambio de rumbo
Los primeros vuelos de un canario criollo

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