de Eduardo Casanova

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Categoría: Biografías

¿POR QUÉ ESCRIBO?

por Eduardo CASANOVA

Eduardo Casanova Sucre

Hoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.

 
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Yoyiana Ahumada en Literanova

por Noticias

Yoyiana Ahumada Licea

Periodista y productora de contenido (Caracas,1964), Magister Literae (Universidad Simón Bolívar, 2001) Investigadora- especialista en la obra de José Ignacio Cabrujas-docente, guionista y actriz. Locutora 30996. Ha trabajado en el diario El Nacional como redactora de la revista Primicia, Papel Literario del diario El Nacional y la Edición Aniversaria de este diario de la cual ha sido editora en dos oportunidades. Colaboradora de una serie de diarios y revistas nacionales: Arsterisco (Ars Publicidad) (1986); Semanario Mujer-Mujer, El Diario de Caracas, (1989) la revista Viernes y El Ojo del huracán (1990) El Periódico del Teatro; D8 del diario Ultimas Noticias, Complot, El Nacional , El Mundo, Qué Leo, Diario Frontera; así como para la revista Ollantay Theater de Nueva York y los sites: www.teatroenmiami.com; www.scoladanoite.com; www.teatroenlinea.com; www.prometeodigital.com; www.informativos.net . Directora de Información del Festival Internacional de Teatro en dos ediciones (1992 y 1990) y de El Diario de El Festival (1990-1992). Gerente de prensa y eventos de la Galería Viva México (1986); Centro de Directores para el Nuevo Teatro (1990-1995) ; Editorial Planeta Venezolana y coordinadora de promoción de los autores: Jaime Baily, Marcela Serrano, Alonso Salazar, Covadonga O’Shea, Santiago Gamboa y Rosa Regás, Victor Guèdez; Docente del curso Iniciación al teatro (Consejo Nacional de la Cultura) (1989-2000); la materia Géneros televisivos (Universidad José María Vargas, 1997-1998) y el Seminario Cabrujas ese ángel terrible (Fundación para la Cultura Urbana 2005). Ponente en el 1er Seminario de Comunicación Audiovisual (1995) Guionista de telenovelas (Venevisión) (1992-1995) y RCTV (2004-2005); (2009-2010) y Telemundo (Decisiones -2006) guionista- productora de los documentales María Teresa Intensamente, sobre la vida de la gerente cultural venezolana María Teresa Castillo (1997); Perfiles de la música caraqueña del siglo XX (2003) y Toque a Caracas (2006)
Autora y /o/ compiladora de las publicaciones El mundo según Cabrujas (Alfa editores / 2009) Cabrujas ese angel terrible (Taller impartido en la Fundación para la Cultura Urbana); 50 Imprescindibles, (Fundación Cultura Urbana, 2002) Empresas de vida ambos de la Colección Econoinvest y del Primer Diccionario de la Televisión Venezolana (2003), Alucinados, visionarios e irreverentes, la idea escénica en Venezuela en los años 70 ( Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y CONAC, editado por el sello La Iguana Bohemia del Ecuador,2001) Voces Nuevas del Celarg Narrativa (1990) y la obra teatral Anatomía de un Viaje. (Fundarte, 1997) y Polvo de Hormiga Hembra (2007). Trabaja como periodista freelance y productora de contenido para las revistas Contrabando; el diario El Mundo; revista Claro, colabora con el blog literario loshermanoschang, emilioichikawa, Ideasdebabel.com y tiene su propio blog www.yoyiana.wordpress.com
Prepara un libro Portugal y Venezuela 20 testimonios para la Fundación de la Cultura Urbana y semanalmente participa en el programa Zonalibre de Alexandra Cariani en la radio FM Cultural 97.7; es Directora Ejecutiva de Cuarta Pared Producciones.

 

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De cómo escribí el libro "Rafael Vegas"

por Eduardo CASANOVA

Este jueves 18 de febrero de 2010 se presenta en El Nacional mi libro “Rafael Vegas”. Es mi vigésimo tercer libro, pero quizás sea el que me da mayor satisfacción por lo que representa: porque es el pago parcial de una deuda impagable que adquirí con Rafael Vegas cuando, en 1953, entré al Colegio Santiago de León de Caracas. Era yo entonces un adolescente rebelde e indisciplinado, firme candidato a delincuente juvenil o a simple inútil. Pero el joven que salió años después del Colegio ya era alguien orientado a ser útil a su sociedad, a su país, que a la larga ha sido capaz de publicar veintitrés libros, y que hoy está jubilado después de haber servido en numerosos cargos, no sólo en el Servicio Exterior, sino en la administración cultural de Venezuela, y no solamente en el sector público, sino también en el sector privado. Y esa transformación se debe exclusivamente a la mano fuerte y amable a la vez de Rafael Vegas. Lo que sí nunca imaginé es que me iba a convertir en su biógrafo. Esa aventura empezó el 6 de junio de 2008, cuando faltaban unos meses para que se cumpliera el Centenario del nacimiento del más ilustre de los educadores que ha tenido el país (4/12/2008). Recibí ese día de junio un e-mail de Diana Zuloaga, educadora y una de las personas que más cerca estuvo del Doctor Vegas, que decía: “Eduardo: esta tarde estuve revisando tu sitio y me encontré con la breve biografía del Dr. Vegas. Desde hace tiempo he pensado que eres la persona adecuada para escribir esa biografía en la Colección Biblioteca Biográfica Venezolana. Me consta lo cerca que estuviste del Dr. Vegas y lo mucho que conversaste con él. Más de una vez comentábamos tus charlas. Ojalá pudieses escribir todo lo que tú bien sientes y conoces. Harías una justa historia del Dr. Vegas y a la vez de esa Venezuela que ahora estamos perdiendo. Mil cariños para Natalia. Un abrazo Diana”. El mensaje me llegó al alma, porque era cierto lo de mis diálogos de horas, todos los sábados, entre principios de 1971 y fines de 1973, es decir, desde que Natalia y yo regresamos de Dinamarca (en donde fui Primer Secretario de nuestra Embajada, y la muerte del Doctor Vegas, que fue el 30 de diciembre de 1973). Natalia, que se graduó de Bachiller en el Colegio en 1961, trabajaba en el Santiago como Cajera-Administradora, y los sábados llegábamos ambos muy temprano, ella se instalaba en su oficina a trabajar y yo en cualquier parte a conversar con mi antiguo maestro y segundo padre. Y a medio día nos reuníamos, Natalia, Diana Zuloaga (que se había convertido en Directora cuando el Doctor Vegas tuvo que dejar el puesto por su salud comprometida), el Doctor Vegas y yo, y los cuatro almorzábamos en la oficina que el Doctor tenía en la Planta Baja. Antes de que Natalia y yo en 1964, nos fuéramos a Buenos Aires, en donde yo fui Segundo Secretario de la Embajada inicialmente y luego Cónsul de Primera en el Consulado General, también solía visitar al Doctor Vegas los sábados por la mañana, de modo que era una costumbre vieja para ambos. Y en esos encuentros, ciertamente, me contó en detalles toda su vida, que quedó registrada en mi memoria, que él más de una vez calificó de asombrosa. Esa costumbre pervivió hasta que el Doctor Vegas ya no pudo volver al Colegio y debió quedarse en su apartamento en Caurimare a esperar una muerte que le llegó pronto. Pero entonces estuve, con Natalia, Diana, la Doctora Abigaíl Salgado, Antonio Silva Sucre y Friedrich Fanhert en el grupo de apoyo que se formó para que no estuviera solo ni un segundo y que se organizó en turnos de cuatro horas. En una de esas tenidas de cuatro horas, ya cuando era evidente que el final estaba muy cerca, me dijo que la única persona que de verdad estaba enterada de todo lo que él había vivido era yo, lo que bien podría interpretarse como que yo era el único que en verdad podía escribir su biografía, tal como me lo sugirió Diana en su amable e-mail del 6 de junio de 2008, que me hizo decidirme a emprender aquello de escribir una biografía, género que jamás me había tentado. Para hacer el cuento corto, sin dudar un instante me senté a escribir el libro, y el 24 de julio, es decir, poco más de mes y medio después, le escribí a Simón Alberto Consalvi proponiéndole la idea de que El Nacional lo incluyera en su estupenda Biblioteca Biográfica. Previamente Diana me había hecho una corrección importante de enfoque y Pedro José Mora, uno de los más importantes antiguos alumnos y hoy día Presidente de la Fundación Rafael Vegas, que es la propietaria del Colegio, me había dado todo su apoyo. Pocos días después recibí un e-mail de Diego Arroyo Gil, Coordinador de la Biblioteca Bibliográfica, en el que me anunciaba su anuencia y la de Simón Alberto y me informaba las condiciones por ellos impuestas para las biografías. Luego intercambiamos varios correos que sirvieron para que mi libro se adaptara perfectamente a esas condiciones, que son, por lo demás, muy sensatas. El 7 de enero de 2009, luego de algunas consultas con Francisco Kerdel Vegas, médico, científico y sobrino de Rafael Vegas, que me aportó muchos detalles a su vez ofrecidos por otros parientes, y de algunas correcciones aportadas por Diana Zuloaga y Pedro José Mora, pude enviarle a Diego Arroyo Gil el texto definitivo y final del nuevo libro, que fue publicado como el número 104 de la Biblioteca Biográfica de El Nacional y se presenta este jueves 18 de febrero de 2010 en la sede del periódico, a las 7 y media de la noche, con la intervención de Miguel Henrique Otero (que fue alumno del Colegio Santiago de León de Caracas), de Carlos Hernández Delfino (Presidente de la Fundación Bancaribe, que financia esa notable iniciativa del diario), mía y de otro antiguo alumno de destacada vida pública y privada: Eduardo Mayobre. Esa es la pequeña historia detrás de mi vigésimo tercer libro, única biografía que escribiré en mi vida, porque los libros que he escrito sobre Bolívar, Sucre y Miranda, no son biografías propiamente dichas, sino ensayos con más énfasis en la época de los personaje que en los personajes propiamente dichos. Y en ellos no hay ni la milésima parte de la carga emocional que hay en mi libro “Rafael Vegas”.

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Y El Libertador: ¿Qué?

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Héroes de Paul JohnsonLos libros que publica el notable historiador británico Paul Jonhson (1928) son siempre dignos de toda atención. Ahora ha publicado, en el espacio de pocos meses, dos sugerentes libros, dos obras que son hermanas siamesas. Nos referimos a “Creadores” (Barcelona: Ediciones B, 2008. 345 p.) y a “Héroes” (Barcelona: Ediciones B, 2009. 328 p.). “Creadores” es a la vez complementario de otro anterior, lleno de interés y de sugerencias, que es “Intelectuales” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1990. 381 p.).
Pese a que Jonhson es conocedor de la época a la cual nos vamos a referir, más o menos situada entre 1815 y 1830, aunque en verdad se inició hacia 1780, de hecho es autor de un libro insoslayable y fundamental sobre ese período “El nacimiento del mundo moderno” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1992. 969 p.).
Pese a ello al menos en un pasaje de “Héroes” la incomprensión de la historia de América Latina le hace caer en un grave error, tan alto que deseamos corregirlo hoy a la luz de nuestra historia. Con su afirmación Jonhson nos demuestra una vez más, punto al cual nos hemos referido en otros de nuestros apuntes de lector, a la forma como nuestra América Latina no es bien comprendida por parte de los europeos, estamos nosotros siempre excluidos, lo somos. Tanto que de tenerla en cuenta se ampliaría su comprensión de esa época decisiva para la humanidad que es la de la revoluciones de independencia hispanoamericanas, que significó el fin del absolutismo monárquico español, con la presencia de sus grandes figuras: Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1769-1854), Andrés Bello (1781-1865), Simón Bolívar (1783-1830) y Antonio José de Sucre (1795-1830). Y lo decimos, y nuestros lectores lo van a comprobar ahora, porque si bien Jonhson en “El nacimiento del mundo moderno” se refiere a Miranda y Bolívar y menciona a Sucre como el general victorioso en Ayacucho (Diciembre 9,1824) en ningún momento alude a Miranda como un intelectual, como un diarista, como un pensador; nunca cita a Bello, quien logró la Independencia cultural latinoamericana, de hecho fue sustancial su acción en la literatura, la educación, el derecho y las relaciones internacionales muchas de cuyas pautas fijó. Y menos parece Jonhson haber advertido la existencia del gran filósofo de aquella época, Simón Rodríguez, el de las máximas para la autonomía. Y mientras no se entienda el carácter de la cultura hispanoamericana no se podrá estimar el significado de la gran transmutación que vivió nuestro continente a partir del 19 de Abril de 1810 cuando la emancipación fue proclamada en Caracas, antes esto no se había logrado en ninguna parte. Miranda al “inventar” nuestra libertad política había puesto sus bases, antes que el ningún otro. Y los intentos anteriores, como la sublevación de Picornell, Gual y España en Caracas (1797) o la de Quito (1809) habían fracasado, habían sido vencidos: sólo el de Caracas triunfó y se ha mantenido, sin solución de continuidad, pese a las alternativas del período 1814-1821, días del régimen realista en Caracas, sin solución de continuidad. Y además las vidas de Miranda, Bolívar y Bello estuvieron presentes en nuestra experiencia política y cultural a lo largo de más de medio siglo: el paso de una generación a otra, la entrega del fuego sagrado de la libertad lo puso Miranda en las manos de Bolívar, el libertador político, y de Bello, el emancipador cultural, en Londres, cuando se encontraron en 1810 allá. Y cuando Miranda murió en 1816 el Libertador estará en plena acción, logrando realizar lo que aquel planeó y dejó escrito. Y cuando Bolívar fallezca será Bello quien actué, desde Chile, irradiando su magisterio a todo el continente, hasta 1865 cuando dejó de vivir. Y desde ese momento actuaron sus discípulos y más tarde los alumnos de sus alumnos. Así tendremos más de una centuria de proyección. Todo esto hay que conocerlo para poder entender a nuestra América Latina.
En el punto al cual nos vamos a referir Jonhson hierra por no conocer a fondo, y por no haber logrado “sentir” la historia de los países hispanoamericanos a los cuales siempre hay que añadir al Brasil y a la multitud de islas que forman el multicolor mar Caribe, países tan latinoamericanos como los que hablan castellano. De hecho fue una nación caribeña, Haití, el primer país del continente en obtener su Independencia, en este caso de Francia, en 1804, seis años antes que la declaración caraqueña del año diez.
En el caso de “Héroes” al cual nos vamos a referir cita Jonhson a las figuras militares del norteamericano Jorge Washington (1732-1799) y las de los ingleses almirante Horacio Nelson (1758-1805) y Arthur Wellington (1769-1852). No le parece que sea correcto tratar en su capítulo sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821) ni se refiere a Bolívar. No se da cuenta que además de Goethe (1749-1832) las grandes figuras de aquellos días fueron Napoleón, el almirante Nelson, el duque de Wellington, Bolívar, el pintor español don Francisco de Goya (1746-1828) y dos mujeres: Mary Woltonecraft (1759-1797), la fundadora del feminismo (1792) y la novelista Jane Austen (1775-1817). No se refiere a Francisco de Miranda, lo cual es otro error, pese a que el gran proyectista de la emancipación participó, en puestos protagónicos, en las tres revoluciones de su tiempo: la de los Estados Unidos, la Francesa y la latinoamericana. Y el Libertador y Goya fueron, en los años de su más lograda acción, las grandes figuras hispanas de su tiempo, no había nadie que pudiera acercárseles. Incluso como hombre de letras, que también lo era, el Libertador escribía mucho mejor que los creadores españoles e hispanoamericanos de sus días. En el campo de la lengua fue un innovador, esa fue otra de sus revoluciones.
Ahora bien Jonhson refiriéndose a Wellington anota: “del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de Estado periódicos y a los gobiernos militares” (p.304), es lo que denomina el “camino bonapartista” (p.304) que no es otro para él que cuando “el militar se somete al jefe de Estado electo, con la completa aprobación de la nación” (p.304). Esto, como lo veremos nada tiene que con Bolívar, todo lo contrario, pese a lo que a veces se propala, incluso en alguna obra en la cual el público cae incautamente en sus conclusiones al creer que por haber sido escrita por un historiador profesional es certera, pero se equivocan por no darse cuenta que aquellas son las obras de lo que hemos denominado el “bolivarianismo escuálido” tan pernicioso como el chavista porque ambos utilizan al Libertador como arma de combate en vez de verlo, como debe ser, como una criatura de la historia.
Para aclarar el entuerto de Jonhson, un lunar en tan sabia obra, debemos ir un poco más atrás, para seguir la cronología de los acontecimientos.
Ante Napoleón, y esto no se ha visto como se debía, el punto de vista de Bolívar coincide con el de Jonhson, cosa que el británico ignora. El mismo expresó, el mismo año de la derrota del corso, por Wellington, en Waterloo lo que sigue. Lo hizo al divulgarse en nuestra América la noticia de que Napoleón pasaría a vivir en Nueva Orleáns, en donde incluso se le había preparado una casa. Expresó el Libertador (agosto 22,1815): “Si es la América del Sur herida del rayo, por la llegada de Bonaparte, ¡desgraciados de nosotros, para siempre, si nuestra patria lo acoge con amistad!. Su espíritu de conquista es insaciable: él ha segado la flor de la juventud europea en los campos de batalla para llenar sus ambiciosos proyectos; iguales designios lo conducirán al Nuevo Mundo” (“Escritos del Libertador” Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p.69).
Para entender esto, que no se cita como se debiera, deben examinarse las visiones que tuvo el Liberador del general galo. Al principio, cuando era un destacado oficial republicano, Bolívar lo admiró. Pero cuando se hizo Emperador, en 1804, Bolívar estaba en París el día de la coronación, lo adversó porque no lo podía considerar un republicano cuando tenía una corona sobre las sienes. Sobre él, en los siguientes, veinte y cuatro años guardó silencio, pese a conocer bien su máxima creación el “Código napoleónico” y haber leído con atención el “Memorial de Santa Elena” del conde de Las Cases (1766-1842). Pero se abstuvo de mencionarlo. Tal era su antagonismo con Napoleón que cuando el grupo paecista de Caracas le propuso coronarse en 1825 el Libertador, que rechazó tal proyecto enfáticamente, lo denominó proyectos napoleónicos. Solo fue en 1828 cuando conversó sobre el Corso con su edecán Louis Perú de Lacroix (1780-1837), quien consignó sus opiniones en su “Diario de Bucaramanga”. El Libertador ignoró siempre que aquel oficial escribía cada día el recuento de las conversaciones que tenía con Bolívar. Allí, en el “Diario de Bucaramanga”, vemos la idea que Bolívar tenía de él y por qué no lo mencionaba: para él, que era un republicano pleno, como siempre lo fue, el haber abandonado la república para hacerse Emperador lo separaba plenamente del oficial galo. Así fue.
Y por ello, y en esto también se equivoca Jonhson, jamás pensó actuar en forma bonapartista. Por bonapartismo se entiende, como lo indica el político-historiador venezolano Domingo Alberto Rangel: ”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho la revolución. En cierto modo sigue siendo jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartista” (“Los andinos en el poder”. 2ª. ed. Caracas: Vadell, 1974, p.131).
Ahora bien, y este es el centro del asunto que deseamos exponer, pese a lo que Jonhson expresa, no fue nunca el Libertador un caudillo de montoneras, ni propició golpes del Estado, ni sometió el gobierno civil al mando de los militares. La dictadura de 1828 fue un gobierno de emergencia, hecho para salvar la Independencia.
Tampoco es cierto lo que expresa Jonhson que los latinoamericanos, como consecuencia de la presencia de la acción de Bolívar, nos convertimos un “desgraciado continente” (p. 304): con hombre como el Caraqueño, pese a no haber sido escuchado, lo que hay por delante es progreso, lento arribo hacia normas civilizadas de vida. Todo lo contrario de lo que dice el escritor inglés a quien corregimos.
Primero no fue el Libertador un caudillo sino un político civilizador por haber sido él el primero que avizoró el caudillismo, sus sesgos y las desgracias que traería a nuestros pueblos. Y no podía dejar de verlo quien siempre estuvo, ojo avizor, analizando los sucesos de cada día.
Por ello cuando en su célebre carta a Pedro Gual (1783-1862), a treinta días exactos de la batalla de Carabobo (Mayo 24,1821), le dijo a Gual: “Estos no son los que Uds. conocen: son los que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988, t. XX, p.62. El subrayado es del propio Libertador). Allí comprendió lo que será el caudillismo. Y por ello también expresó, reglones más abajo, “estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más a la paz que la guerra” (“Escritos del Libertador”, t. XX, p.62).
Allí ya está dicho todo. Y fue expresado por un político que tras los difíciles años de 1813-1819 siempre fue presidente por elección en comicios (1819, 1821, 1825), por quien escuchó siempre la voz de los más capacitados, quien redactó Constituciones, para quien la ley era la norma de vida de los pueblos, para quien si bien la guerra fue ocupación de la mayor parte de su vida también lo fueron, y grande supremo, la educación del pueblo y la atención a la vida internacional a través de la civilizada diplomacia que creó.
Por ello no se puede considerar un caudillo, menos de montoneras, como las que aparecieron en nuestra América Latina después de su muerte, ni puede pensarse que fue cabeza del militarismo cuando él mismo pensaba (mayo 25,1826): “El destino del Ejército es guarecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos” y en su última proclama (Diciembre 10,1830): “y los militares empleando su espada en defender de las garantías sociales” (“Proclamas y discursos del Libertador”, Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983, p.407).
No fue ni caudillo militarista, pese a haber estado a cabeza del suyo, porque siempre propuso, e impuso a través de las leyes, el gobierno de los civiles, la presencia constante de la sociedad civil que él fue el primer venezolano en invocar en significativo pasaje de su Carta de Jamaica (“Escritos del Libertador”, t. VIII, p.232).
Y para terminar: es lastimoso que Jonhson no se haya tomado el trabajo de explorar más lo relativo al asunto Wellington-Bolívar porque fue el alto oficial inglés uno de los pocos que en vida del Libertador reconoció su grandeza. También lo hicieron en sus días Goethe, Byron (1788-1824) y Humbodlt (1769-1859). Esto lo pudo leer en inglés el autor de “Héroes” en la magnífica biografía del alemán Gerhard Masur impresa en 1948 (“Simón Bolívar”, Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p.579). Y es una lástima que para hacer la exploración del Libertador no haya leído también la biografía de éste, escrita y publicada en inglés el año 2006, por el notable historiador británico John Lynch. Sin duda ambas estupendas obras se encuentran en la biblioteca del Museo Británico en Londres donde pudo haberlas leído. Hubiera sido una forma de entender lo que la gente del Viejo Mundo no ha querido comprender: la peculiaridad de la América Latina.

Octubre 15,2009

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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La Muerte del Siglo

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Muerte del Siglo

Entre el 1º de septiembre de 1897 y el 2 de marzo de 1898 ocurrieron muchas cosas. La primera reacción del Mocho Hernández y de Alejandro Urbaneja, presidente del partido burlado, fue perfectamente apegada a la ley: Buscaron testimonios y pruebas para llevarlos a la Corte Federal y pedir la nulidad de las pretendidas elecciones, pero los “legalistas”, que tal como ocurrirá en el comienzo del siglo XXI eran defensores de la ilegalidad, no sólo se dedicaron a obstaculizar aquel intento, sino que usaron la violencia abierta, por lo que Hernández y los suyos vieron que aquella vía no llevaba a ninguna parte y cayeron en el inevitable error de combatir el fuego con fuego. Y en noviembre ya casi todos los jefes del llamado liberalismo nacionalista estaban detenidos.
Crespo no quería presos ese 28 de febrero de 1898, cuando Ignacio Andrade recibió la silla de Manuel Guzmán Álvarez, Vocal Nº 1 del Consejo de Gobierno, y por eso el Mocho y sus amigos salieron de las cárceles el 20, y contaron con una semana para organizar su reacción armada al abuso que se había cometido. La casa del Mocho, de Miguelacho a Misericordia, en el canario barrio de La Candelaria, se llenó de amigos y espías y se vio rodeada de espías y amigos. Desde octubre del año anterior habían ido organizando todo para lanzarse a la lucha armada, el burlado candidato había decidido que la acción empezaría en Carabobo y Cojedes, en donde tenían grandes compinches que estaban dispuestos a formar parte de su ejército, como Luis Loreto Lima y Evaristo Lima, primos hermanos entre sí, los hermanos Salvador, Félix, Froilán y Modesto Barreto, Samuel Acosta y otros. Si un novelista narrara, tal como fue, fuga del Mocho Hernández más de un crítico tacharía la novela de inverosímil. El 23 de febrero del 98 se corrió la voz de que el general Hernández estaba enfermo, y su médico, David Lobo, fue a verlo. Al poco tiempo, escoltado por dos señoras y en coche de alquiler llegó a la casa Eloy Escobar, disfrazado con levita, sombrero alto, anteojos oscuros y una espesa barba postiza. Un espía para despistar a los espías. Al cabo de un rato salió el Mocho con el mismo disfraz de Escobar y las mismas señoras y se montaron en el coche de alquiler. Minutos después el jefe cambiaba de vehículo en la casa de Felipe Llamozas, y al rato llegaba a la casa de Escobar, de Reducto a Miranda, a unas catorce cuadras (nueve y media al Oeste y tres y media al Sur) de la casa del Mocho. Allí lo esperaba el joven Vicente Lecuna. Se les reunieron el doctor Lobo, Eloy y José María Escobar y Juan José Michelena. A la una de la madrugada salieron hacia la casa del conductor del tren que saldría a primera hora de la mañana rumbo a Valencia. Les costó encontrar la casa y el general Hernández despertó al dueño de la botica del lugar (Palo Grande, al Oeste de la ciudad), que era conocido, para preguntarle dónde vivía el ferrocarrilero. Superado ese obstáculo, el conductor metió a Hernández en un escaparate que se usaba para transportar picos, palas y azadones, y a la hora debida lo llevó a la estación central, en Caño Amarillo, a pocos pasos de la casa de Crespo, que esa mañana regaba tranquilamente en el jardín sin sospechar lo que se hacía tan cerca de él. Cuando el tren partió, rumbo a los Valles de Aragua y Valencia, en él iban, como inocentes pasajeros, Vicente Lecuna y José María Escobar. Al pasar Los Teques, el maquinista, Rafael Ramos, sacó a Hernández de su ataúd y le permitió moverse con alguna libertad en un vagón de carga convenientemente cerrado. A las tres de la tarde, luego de que la policía en Maracay había buscado en el tren a un político de segunda que viajaba también en segunda, llegaron a Valencia, y a las ocho de la noche, el general Hernández salió de su escondite escoltado por el doctor José de Jesús Arocha, al que después llamarían El Tigre Arocha, fundador del Liceo San José y uno de los hombres más honorables del país, que había nacido en Montalbán treinta y siete años antes (Ver: Otero, Luis Enrique, El Tigre Arocha, Colección “Venezuela Salesiana”, Ensayo 1, Los Teques, 1986) y, aunque médico, se había dedicado por completo a la educación. Esa misma noche el doctor Arocha y el Mocho se trasladaron a Queipa, en donde el 2 de marzo del 97, dos días después de la toma de posesión de Andrade, iniciaría su curiosa revolución.
El principal resultado de aquella revolución fue la muerte de Joaquín Crespo, y su subproducto, la llegada de los andinos al poder. Al comienzo se regó como una alegre tormenta por buena parte del país. Arrancó especialmente en el estado Cojedes con muy poca gente, pero pronto se vio que los miles de estafados por la burda maniobra electoral del gobierno estaban resueltos a cobrarse la afrenta con saña. A imitación de Páez cuando la “Revolución de las Reformas”, Crespo, gobernador titular del estado Miranda (que cubría los actuales estados Miranda, Aragua, Guárico y Nueva Esparta y era, desde luego, el más importante del país) y como jefe de la primera circunscripción militar, salió en defensa de las autoridades constituidas, con dos diferencias fundamentales: el presidente seguía en su lugar y en el fondo los alzados tenían más legitimidad que los gobernantes. El 9 de marzo llegó Crespo a Valencia y decidió ir a “cazar” al Mocho por los lados de Bejuma y Montalbán, tierra de los Arocha, mientras el general Manuel Modesto Gallegos iría con una fuerza importante hacia Cojedes. Gallegos lo hizo con toda la calma del mundo, y Hernández, con un golpe de audacia tomó Tinaquillo y se apoderó de un buen parque. Los de Crespo seguían dando golpes de ciego mientras Hernández les daba empujoncitos y se preparaba a enfrentarlos en serio, para lo cual la suerte escogió una “mata” en el hato El Carmelero, cerca del pueblo de Cojedes, hacia el Oeste del estado, a mitad de camino entre San Carlos y las ciudades hoy unidas de Acarigua y Araure. El lugar entró a la historia como la Mata Carmelera.
El 16 de abril de 1897, en la mañana, una bala anónima hirió de muerte en el pecho al general Joaquín Crespo. El mestizo se convirtió en blanco por un fatal instante, El niño prodigio había vivido cincuenta y seis años y ya no era ni niño ni prodigio, sino un hombre que había errado demasiado y persistía en errar. “El general Crespo se había desmontado de la mula que cabalgaba y hacía ensillar su caballo peruano. El gran jefe era demasiado visible, expuesto fatalmente a los certeros disparos de los cazadores que subidos en los árboles de ‘La mata Carmelera’ tenía apostados el general Hernández, acechando la vida del General Crespo”, cuenta el doctor José Rafael Núñez, citado por Rondón Márquez. Eran las ocho de la mañana cuando la bala de algún mochista le entró a Crespo “más abajo de la clavícula derecha y le salió un poco detrás del cuadril izquierdo”, como precisa en coronel Antonio Martínez Sánchez, también citado por Rondón Márquez. Una bala anónima, como la que mató a Zamora unos kilómetros al Este de la Mata Carmelera, o como la lanza que quitó a Boves del reino de los vivos en Urica. Y todas causaron extraños meandros en la historia.
También allí murió, aunque no físicamente, el Mocho Hernández, que no supo aprovechar lo que había ocurrido, y en vez de irse a la capital a tomar el poder, se quedó caracoleando hasta que cayó en manos del general Ramón Guerra. Era el rey indiscutido del error.
Andrade no pudo con el paquete que le dejó entre manos la muerte de Crespo. Designó para sustituirlo como jefe militar a Ramón Guerra, pero Guerra quería suceder a Crespo también como gobernador del estado Miranda, en lo cual competía con el otro jefe militar de la campaña contra el Mocho, el general Antonio Fernández. Andrade, para evitar un pleito, decidió dividir Miranda en tres sin esperar, como indicaba la Constitución vigente, el final del período constitucional, y designó a Fernández gobernador de Aragua y a Guerra gobernador de Guárico. Guerra aceptó a regañadientes y se fue a su nuevo destino, pero pronto se produjo el rompimiento, cuando Andrade envió al general Celestino Peraza a exigir a Guerra que anulara unos nombramientos que había hecho y Guerra se negó a hacerlo. Andrade envió entonces una fuerza armada al mando de Martín Muguerza, que se dio cuenta de que el otro tenía más fuerza y se unió a él en una guerrita que no tuvo el más mínimo éxito. En marzo del 99 Guerra había fracasado y emprendía el camino de Colombia. Y justamente de Colombia saldría, en sentido contrario, Cipriano Castro. El 23 de mayo de ese mismo año de 1899, Castro invadió Venezuela, y el 22 de octubre llegó triunfante a Caracas.
También en 1899 Gonzalo Picón Febres, en su novela El sargento Felipe (Biblioteca Popular Venezolana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, Nº 60, Caracas, Venezuela, 1956) ponía en boca de su personaje, Felipe Bobadilla, lo siguiente: ¿sabe usté, amigo en lo que paran estas cosas de la guerra? En llenarse el país de generales mucho más de lo que por desgracia está, generales de cuartajo que todo se lo roban, que a todo el mundo insultan, que por todo se insolentan cuando cargan el machete en la cintura, y que a pesar de ser tan animales como yo, que lo soy pa que se vea, llegan pronto a presidente, y hacen lo que se les da la gana, y los letrados les adulan que da asco; mientras que nosotros nos pasamos la vida trabajando pa ganar una miseria, ellos se hacen ricos en sólo cuatro día. Todavía los escritores actuaban como conciencia del país. Una conciencia que entonces gritó con toda claridad: Venezuela no quería guerra.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo

 

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El perdón de Caldera

por Eduardo CASANOVA

Fotografía: Frank Scherschel. Año 1958.
Rafael Caldera (1916-2009)

Ha muerto Rafael Caldera. Fue, junto con Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, una de las columnas basales de la democracia venezolana. Dos veces ganó en elecciones el derecho a ser Presidente de Venezuela. Para sus admiradores fue un gran hombre, para sus detractores no. Pero, al fin y al cabo, cuando en plena juventud y en tiempos muy complejos decidió ser político, eligió un camino nada fácil en el que no es difícil recibir todo tipo de insultos. Lo extraño de su caso es que, aun cuando fue el primer Presidente que no sustituyó a un compañero de partido, y durante diez años –en períodos distintos y separados– fue el jefe del Ejecutivo venezolano, parecería que sobre su larga y compleja historia política lo que más importa a la mayoría de los venezolanos es que haya otorgado el perdón a los golpistas de 1992, que tantos daños le han hecho al país. La defensa que de él hace su hijo Andrés es válida: Caldera puede haberle dado la libertad a Chávez, pero no lo hizo Presidente, ergo la culpa no es suya, sino de la mayoría de los venezolanos. Eso se discutirá por décadas y probablemente nadie convencerá a nadie de que cambie de opinión. Yo, en lo personal, prefiero recordarlo como un hombre que contribuyó como pocos al establecimiento de la democracia en nuestro país, o, mejor aún, como un padre de familia, como un hombre de grata conversación, con quien pude hablar más de una vez aun cuando sabíamos que no compartíamos ideas políticas. Que con su esposa, mujer amabilísima y cercana a la familia de mi mujer, fue a visitarnos a Dinamarca en donde pasamos ratos muy agradables. Y que, en el peor de los casos, merece el perdón de todos los venezolanos de buena fe.


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Más te Valiera Estar Duerme

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Más te Valiera Estar Duerme

El 15 de septiembre de 1886 el general y doctor Antonio Guzmán Blanco tomó posesión de la presidencia de la república de Venezuela otra vez. Había vuelto luego de hacerse rogar y estrenando un nuevo título: “Aclamado de los pueblos”. Ya era un hombre de cincuenta y siete años, que en esos tiempos se tenía por edad avanzada. Su padre había muerto el 14 de noviembre del 84 y él había mantenido a toda hora una gran actividad. Hasta había publicado un libro sobre Bolívar, además de un análisis sobre la vida política de Venezuela. En Madrid, a donde fue a los funerales de Alfonso XII, fue recibido por la Real Academia y homenajeado en distintos círculos. Mientras tanto, movía sus hilos con mucho sigilo para garantizarse la elección el 86. El movimiento, que se llamó “La Aclamación”, fue cuidadosamente planeado y dirigido por él desde donde quiera que se encontrara. Logrado su propósito y aún negando sus evidentes intenciones, Guzmán llegó a La Guaira el 27 de agosto, acompañado por su esposa, su hija y su yerno, un personaje de antología, Augusto, Duque de Morny, descendiente directo de Charles Maurice de Talleyrand-Perigord, que aunque era cura tenía sus muchas malas mañas, y de una hermana de la Emperatriz Josefina.
Al volver a sentarse en la silla de nuevo emprendió, como era su costumbre, todo un programa de obras públicas, en las que en muchos casos obtuvo jugosos contratos para el vistoso duque. Inauguró el Cuño o casa de la moneda y construyó numerosos puentes y avenidas, no sólo en Caracas sino en varios puntos del país. Y, desde luego, le dio un nuevo impulso a la construcción de vías férreas, con lo cual consiguió un repunte de la economía. También reorganizó la Imprenta Nacional, que había creado él mismo en 1877 y poco a poco se había ido deteriorando. En materia de política exterior su acción más notable fue la ruptura de relaciones diplomáticas con el Reino Unido a causa de la invasión de territorio venezolano desde la Guayana Inglesa, así como sus esfuerzos para solucionar los problemas causados por los límites con Colombia.
En lo interno repuntó la oposición antiguzmancista, se acentuaron las conspiraciones y los planes de alzamiento y hasta se descubrió un complot para asesinar al general, doctor y presidente que no le auguraba nada bueno en el porvenir.
Joaquín Crespo, que había recibido del Congreso guzmancista el título de “Héroe del Deber Cumplido” (aunque un humorista dijera que “héroe del pagar no ha sido”), estaba seguro de que lo había hecho muy bien al cuidarle la silla al jefe y que, por lo tanto, le tocaba suceder al jefe en cuanto se cumpliera el bienio 86-88. Obsecuente, así se lo propuso al jefe, pero el jefe no aceptó la idea. Una reunión de ambos, el 29 de junio de 1887, terminó mal. Guzmán no transigió. Desconfiaba de Crespo, que no era un buen administrador ni reprimió como era su deber a los insolentes jóvenes de la Delpinada que hasta tenían un periódico para insultar al Ilustre Americano y Aclamado de los Pueblos. Crespo sabía que no tenía la fuerza necesaria para combatir a Guzmán porque hasta entonces fue su incondicional y con ello se enajenó voluntades. Decidió irse de Venezuela, y partió para España dos días después del encuentro (8 de julio de 1887). Guzmán se sentía cansado, y decidió dejar también el escenario. Alegaba que no quería dirigir “una cruzada casi personal contra Crespo.” Y el 10 de agosto de ese mismo año de 1887 dejó para siempre el país, luego de encargar a su sucesor constitucional, Hermógenes López. Antes de irse propuso una “Convención de candidatos liberales”, en la cual participarían Juan Pablo Rojas Paúl, Francisco González Guinán, Raimundo Fonseca, Ovidio María Abreu y Manuel Antonio Matos, el concuñado de Guzmán que también se disgustó con él porque le retaceó el apoyo.
Una oferta de doscientos mil pesos y del ministerio de Relaciones Interiores decidió todo, y Francisco González Guinán, que estaba por cumplir los treinta y seis años y se había hecho célebre en el país en 1877 al publicar El Consejero de la Juventud, terminó apoyando a Juan Pablo Rojas Paúl, lo que prueba que éste tenía el apoyo de Guzmán. González Guinán se había distanciado de Crespo cuando éste lo sacó del gabinete y ahora se lo cobraba con altísimos intereses, pues como ministro de Relaciones Interiores hizo lo que quiso para impedir que los crespistas pudieran molestar la elección de Rojas Paúl.
Ahora sí que se equivocó del todo Guzmán Blanco. La elección de Rojas Paúl fue muy accidentada, y Crespo, ya abiertamente peleado con Guzmán Blanco viajó como una tromba a Trinidad y a Saint Thomas para organizar su invasión e imponer su voluntad. Francisco de Paula Páez, hijo del viejo caudillo llanero y antiguo subalterno de Crespo se lo impidió. El 2 de diciembre de 1888 Páez, a bordo del vapor “Libertador” capturó la goleta “Ana Jacinta” con la que Crespo pensaba llegar a Coro para invadir y tomar el poder. A los cuarenta y seis, el hombre que se convirtió en general cuando tenía la mitad, fue a tener a La Rotunda, la cárcel que construida entre 1844 y 1854, con un sistema de aislamiento individual que permitía la vigilancia permanente con una atención eficiente a cargo de muy pocos supervisores llamado Panopticón, inventado por Jeremías Bentham, inglés y amigo de Francisco de Miranda. Cuando entró en ella Crespo ya eran muchos los políticos que la habían conocido. Pero a pocos de ellos se ofrecieron las comodidades que conoció el antiguo presidente que, diez días después de entrar recibió la visita del presidente Juan Pablo Rojas Paúl, con quien convino solucionar todo sin atender las exigencias que Guzmán Blanco hacía casi a gritos desde París. El día de Navidad, Crespo salió exiliado, rumbo a Perú. Ya sin disimulo, Rojas Paúl emprendía su camino de claro alejamiento de las rutas guzmancistas.
Uno de los puntos más delicados de la acción de Rojas Paúl contra Guzmán fue la anulación de varios contratos en los que los guzmancistas ganaban un buen dinero. Pero más grave fue la constitución de una Junta para adquirir la casa natal de Bolívar, que era propiedad de Guzmán Blanco, que se negó a venderla sin una buena compensación monetaria, lo cual hizo que muchos hombres de pro escribieran denunciando la actitud antipatriótica y poco bolivariana del antiguo presidente, que se había proclamado sumo sacerdote del culto al Libertador y ahora se resistía a hacer un mínimo sacrificio por su dios.
Los universitarios llevaron adelante la campaña antiguzmancista. El 26, cuenta Manuel Alfredo Rodríguez, “un estudiante de matemáticas colocó un sombrero viejo entre las patas del caballo de Guzmán e instigado por sus compañeros despojó del sable al caballero. Otro estudiante golpeó con una piedra una de las espuelas del jinete y notó que la pieza cedía. Acto seguido se operó el fenómeno del contagio. La multitud se aglomeraba en las esquinas y los estudiantes gritaban: ‘¡Abajo la estatua! ¡Abajo Guzmán!’. (…) En seguida los universitarios se introdujeron al Templo de San Francisco y se apoderaron de varios cabestros utilizados para la reconstrucción del edificio. Esas cuerdas fueron atadas a varias partes del monumento pero sobre todo a la cabeza del caballo que miraba hacia el Este. (…) Saludante giró sobre el saliente del pedestal donde ajustaba la peana de bronce que la sostenía. Un nuevo esfuerzo y el monumento cayó frente a la sede actual de la Biblioteca Nacional, abriendo un agujero en el pavimento. Al producirse la caída de la estatua la multitud prorrumpió en aclamaciones, se congregó en el centro de la plazoleta y con las cuerdas que los ataban arrastró los fragmentos de bronce en una loca carrera por las calles de la ciudad.” También cayó la estatua de Antonio Leocadio Guzmán y fueron saqueadas muchas de las propiedades del ex-presidente y de algunos de sus más cercanos colaboradores. La casa natal de Bolívar se salvó por la campaña pública que se había desatado poco antes. Los episodios antiguzmancistas son la luz que no deja ver el resto de la actuación de Rojas Paúl en su bienio. El auge de los precios del café, inscrito dentro de una clara recuperación de la economía mundial, le permitió emprender un programa de construcción y reparación de iglesias que contrasta abiertamente con la política anticlerical de Guzmán. El más conocido de los templos de Rojas Paúl es el de San José, construido para sustituir un ranchón que se hizo para suplir el espacio de la catedral de Caracas, que quedó seriamente dañada, como casi todos los templos de la ciudad, cuando el terremoto de 1812. El de San Francisco también se dañó, pero no como la catedral, que tenía “desplomada la pared del naciente y con grandes grietas la bóveda del presbiterio” cuenta Enrique Bernardo Núñez en La Ciudad de los techos Rojos.
Pero Rojas Paúl también cayó en la trampa caudillista y trató de cambiar las disposiciones constitucionales para buscar su reelección. Ansiaba un pacto para retornar a la silla cuando puso todo el peso de su influencia en la elección de Raimundo Andueza Palacio, que fue designado para el cargo por el Consejo Federal el 6 de marzo de 1890 para el bienio 90-92, con lo que se inició otro accidentado capítulo de la historia del país, con su guerra, sus cantos y todos los aliños del caso.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
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La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
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El paseo de los muertos
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La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
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La Carta sobre la mesa
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Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
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La Campaña Abominable
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El héroe local
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Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

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(Venezuela después de la Independencia)

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Los Primeros Días de la Noche
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Peor que el Infierno
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LA CURVA DEL RÍO LO IMAGINA,
LA PALABRA LO NOMBRA

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Tatiana Hernández Cobo

Manuel Bermúdez

La lisura del río Portuguesa lo empuja hacia nosotros. Un espejo de agua quieta, de un color que revela su hondura, nos aproxima a la mirada de Manuel Bermúdez. Fue el 13 de septiembre de 1997. Éramos tres en medio del paisanaje llanero en Camaguán: Manuel, Sael Ibáñez y quien esto escribe.
-¡Anda, acompáñame a Camaguán a hablar de un libro de Sael. Así decimos cosas, vente¡-, me invitó por teléfono con aquella manera muy particular de hablar, de pronunciarse, de decirse Llano.
Y nos fuimos. Entonces Manuel, mi profesor de posgrado de la Universidad Simón Bolívar, abrió los ojos para grabarse la planicie guariqueña y habló largo rato sobre una novela de Sael Ibáñez, también de Camaguán, como Manuel. Allá quedó el río, el que lo imagina. Y las palabras que hilvanó siempre lo nombran, porque quedaron en la corteza de los árboles, en la inquieta e irreverente orilla de la lenta serpiente líquida.
Casi dos años después, el 20 de mayo de 1999, hicimos una fiesta para celebrar el advenimiento de un libro, Valles de Aragua, la comarca visible. Y se hizo en el Teatro de la Ópera de Maracay, donde se concentraron la familia de Manuel y la mía, los amigos, alumnos y lectores.
Hace pocos meses nos reunimos aquí en esta ciudad calurosa y cálida para acompañar a un viejo llanero casi centenario, amigo de la familia, afecto de esa apureñidad que en Maracay se concentra para vivir y celebrarse. Esa noche, Manuel habló de la vida y de la muerte, de la inmortalidad, “también la del cangrejo porque ese animalito, es una vaina: camina de lado”.
Fue la última vez que lo vi, aunque lo oí por teléfono porque lo llamé para sabernos el uno del otro.
Un día, de esto hace ya varios años, con Edgar Colmenares del Valle, bautizamos una biblioteca en esta ciudad, en la casa del también académico apureño, cuya madre fue una insigne maestra de muchos montes llaneros. Manuel estaba pleno, porque cuando hablaba de su barrio Perro Seco y de sus habitantes se le inflaban el pecho y las emociones.
Manuel acaba de marcharse. Y duele decirlo. Escuece reconocerlo.
Fue nuestro profesor de semiología en la USB a comienzos de la década de los 80. Con esa experiencia de un año, la amistad se estrechó y nos hicimos familia por la vía del afecto y “porque tú no eres un poeta sifrino”.
Ese hombre llano, abierto e informal, era, no sólo miembro de la Academia de la Lengua de nuestro país, sino su magistral secretario. Fue alumno de Umberto Eco en Roma, profesor del Pedagógico de Caracas y de varias universidades, insigne conferencista, sabio del monte, aprendiz de malandrín a lo Lazarillo de Tormes, entre otros oficios donde el temple y la sabiduría mostraban sus dones.
Con el narrador Denzil Romero, su carnal, en ocasión del bautizo de una de sus novelas en la Ciudad Jardín, amanecimos borrachos y alucinados -de tanto Apure y Aragua de Barcelona juntos- en las puertas de una tasca de Las Delicias. Entonces, Manuel comenzó a hablar del sol, de tanto “astro prendido”. Horas antes, en el interior del bar, trataron de ubicarnos pegados de la bisectriz de una pared. El apureño, apuradito, dijo:
-¡No señor, a nosotros no nos arrincona nadie¡ Yo no sé tú, compadre Denzil.
-A mí tampoco-, pronunció el oriental.
Entre las carcajadas de los presentes, nos colocaron en una mesa sin rincón.
Sí, Manuel acaba de marcharse con sus libros, sus inteligentes salidas, su buen humor, su paciencia de buen maestro, su amistad infinita.
Vuelvo a la curva del río, al río material y filosófico. El tiempo retrocede: allá lejos vi su perfil de indio y negro –mezclados- frente a don Julio Garmendia, en la librería “El gusano de luz”, donde también pude acercarme, con timidez, a Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Domingo Miliani, Néstor Tablante y Garrido, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, entre otros. Era otro país, otros los sueños.
Manuel Bermúdez dejó muchos artículos de prensa, ensayos que acaban de ser recogidos en libro por el Pedagógico de Caracas, su pedagógico. Entre sus publicaciones orgánicas están Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007).
Manuel acaba de tomar la canoa. Cruza los ríos de Heráclito: el Apure, el Portuguesa, el Tiznados, el Guárico. Todos los ríos que surcan la vida y la eternidad.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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MANUEL BERMÚDEZ

por Eduardo CASANOVA

Hoy vi salir el sol con tristeza. A las cinco y media abrí el correo electrónico, y uno de los mensajes me llamó la atención. Era de mi muy querido amigo Alberto Hernández, poeta llanero radicado en Maracay, y el título era “El Negro Bermúdez”. El texto breve y conciso –llanero– decía “Hace rato se murió Manuel”, y la fecha y hora, martes 15 de diciembre a las 8:28 de la noche. De un golpe pasaron por mi mente casi cuarenta años de amistad. Nos conocimos en la que fue la última verdadera peña literaria de Caracas, “El Gusano de Luz”, la librería en la que oficiaban Freddy Cornejo y Néstor Tablante y Garrido, a donde me llevó a fines de 1970 Pedro Francisco Lizardo. Quedaba en un viejo edificio de La Candelaria, en la venida México, frente al Liceo Andrés Bello, y allí se reunían, especialmente los viernes, dos o tres generaciones de amantes de la literatura, desde Don Julio Garmendia hasta Roberto José Lovera De Sola, pasando por Augusto Germán Orihuela, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, Alexis Márquez Rodríguez, Oscar Sambrano Urdaneta, Domingo Miliani y una veintena más, entre ellos yo, que estaba por cumplir treinta y un años y tenía una novela que estaba a punto de salir a la luz. Uno de los que más me llamó la atención entre todos fue Manuel, con su acento llanero, su picardía, su profundo conocimiento de la palabra y su genuina humildad que hacía parecer su erudición como lo más natural del mundo. De allí salió un sello editorial, “En la raya”, que entre otros publicó tres o cuatro años después mi tercer libro (“La región desapacible”) y amistades que han resistido el tiempo y el espacio. A Manuel me lo encontraría en los escenarios más diversos, invariable, simpático, llanerazo, amable y discreto, y sobre todo, buen amigo. Más de una vez me llamó la atención el que dijera una disertación académica y profunda con acento apureño rajado. Sabía que era de origen muy humilde, y que había frecuentado en su Apure natal medios que rozaban la delincuencia común, y de allí salió a convertirse en un profesional de la palabra, en semiólogo y académico, autor de varios libros, como Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y la Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007). Con el tiempo llegó a ser académico de la lengua, y no un simple académico, sino Secretario de la Academia, y entonces valía la pena oír sus convocatorias y sus lecturas de actas solemnes, dichas con su acento apureño intacto, incontaminado. Porque eso fue Manuel, un hombre puro, que no se dejó contaminar por la ciudad tentadora e indigna. Un hombre digno por sobre todas las cosas. Mucho tiempo dedicó a tratar de mejorar el lenguaje de la televisión, a instruir a quienes escribían telenovelas, a tratar de llenar por canales menos malos lo mucho de malo que hay en los medios masivos, y es algo que tarde o temprano el país entero tendrá que agradecer. Como agradecemos a la vida los que pudimos conocerlo y disfrutar su amistad. La amistad de un hombre ejemplar, cuya vida nos permite comprobar por qué fue tan importante el llanero en la formación de la patria verdadera, aunque hoy en día otro llanero, que es la antítesis de Manuel Bermúdez, trate de dañarla. En verdad, la patria de Manuel, de Alberto Hernández, de los Delgado Estévez, de Alexis Márquez, de Víctor Mazzei y de tanto llanero bueno que anda por los horizontes, no la puede dañar nadie.

Fotografía: Sandra Bracho - El Nacional


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El Gigante Doblado en Mérida

por Editorial ACTUM

El gigante doblado (volver a vivir)La crónica de una enfermedad que pudo resultar el fin de la obra y la vida de Eduardo Casanova Sucre, narrada en un libro ameno y a la vez serio y aleccionador, escrito para cualquier persona, sin importar su edad o condición.
Es el relato del regreso a la vida, de una lucha milimétrica contra el cáncer de colon y de otras complicaciones posteriores, escrito en un lenguaje llano y directo, con la única pretensión de que sea leído por el mayor número de personas para su propio bien editado por Actum en el libro El Gigante Doblado (volver a vivir).
El libro está ahora a la venta en la Librería Ludens II en el centro comercial Alto Prado, frente al cine, en la ciudad de Mérida.


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García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción
DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN Y ENRIQUE KRAUZE
(Entrevista/ Juego)

por Alberto HERNÁNDEZ

La vida no es la que uno vivió, sino la
que uno recuerda y cómo la recuerda
para contarla.

(Declaración de García Márquez al comienzo
de Vivir para contarla)

Cuando me llegó el mensaje electrónico, entendí que las palabras que emergían de la lectura podrían servir de justificación para seguir cultivando la idea de que las paredes de la antigüedad prescribían mensajes místicos a quienes se aferraban a creencias y misterios. Una especie de Muro de los Lamentos, pero sin los lamentos, suerte de graffiti que deslumbra por lo que contiene de sonidos del pasado. Y por lo que tiene de tanto estropicio en los tiempos que vivimos. Por esa vía, hicimos contacto para hablar de ese pasado y de estos días de páginas biográficas y reacciones inencontradas.
La nota, proveniente de algún solapado internauta, me envolvió con el eco de un acento que me hace recordar la conversación de Gabriel García Márquez con Roberto Pombo.
Como entrevista, bien. Me revolví en la inquietud por hacer de ella una propuesta personal bajo la luna de las calles y veredas de la otrora violentísima Cali. Y entonces, la mirada de GGM perforó el silencio y comenzó a hablar acerca de su –en aquel borroso tiempo- más reciente libro, un reportaje sin adornos literarios, sin fraseos de la ficción que siempre nos entrega en sus novelas y cuentos. Esta vez, el Nobel colombiano se metió en una historia real, extraída de la tragedia interminable de su país: Noticia de un secuestro.

Por una de esas calles caminamos en franca conversación. La noche caleña silbaba una ambulancia, una patrulla policial. El rostro sombrío de algún delincuente que quiere mi cartera o la del “Gabo” (a esta altura ya puedo hacer uso de la confianza), quien se burlaba del miedo que siempre cargo en cualquier calle del mundo, por muy segura que ésta sea.
Llegamos a una casa donde una lámpara miraba con pesadez el número que nos guiaría a la tranquilidad. Nadie paseaba por Cali de noche, excepto García Márquez y yo, asustado hasta la inmortalidad. Pero la esperanza de sacarle algo a este hombre que ya hizo historia, era mi mayor ambición.

El periodismo, un regreso
Esta vez el autor de El coronel no tiene quien le escriba se dejó de ficciones y entró en una de contar la historia verdadera de nueve secuestros:
-Mira, no escogí el tema. El tema me escogió a mí, cosa que sucede tanto en el periodismo como en la literatura. Lo importante es que hace muchos años que vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura. Gracias a él puedo fantasear, hacer todo lo que quiero en literatura, y también mantener los pies sobre la tierra.
Sobre la tierra andábamos, pero inseguros, hace un rato. Parecíamos dos personajes extraviados, salidos de una novela cuyo mejor argumento tenía en Jack London una especie de selva citadina, nocturna jungla para posibilitar una teoría en formación sobre la muerte y el periodismo; la libertad y la censura en este país. Durante la caminata recordé un antiquísimo poema árabe: “El siglo nos ha disparado sus nefastos dardos, / cual flechas de fuego rasgando la noche oscura”, y me entró otro miedo, el no volver vivo a Maracay. Sin embargo, García Márquez , a quien no me atrevía a llamar “Gabo” en su presencia, aunque si lo hubiese hecho habría sonreído pensando en el abuso de muchos que así lo nombran sin haber jugado metras con él, me reconfortó.
Retomó el hilo y me dijo -mientras oteaba hacia lo alto de un edificio a oscuras- cuando lo abordé acerca de ficción y periodismo: “Es decir, no separo los dos géneros. Creo que el reportaje es un género literario como lo son la novela, el cuento, el teatro, la poesía. Digo que me encontró el tema porque andaba, durante años, buscando uno para hacer un reportaje y no lo encontraba. Un día, de pronto, Maruja Pachón y Alberto Villamizar me dijeron que ellos andaban en lo mismo, pero no tenían suficiente entrenamiento literario. Les pedí un año para resolver la historia, pero no quería terminar en el tema del narcotráfico. Durante ese año lo pensé y fue precisamente el año en que se fugó Escobar y que lo mataron… lo que más importaba no era el narcotráfico sino el secuestro”.

Un vallenato sonó detrás de la altísima verja. El novelista sacudió las manos e hizo ritmo con los pies. Me miró y sonrió plácidamente, como lo habría hecho en alguna plaza de Caracas en sus primeros tiempos de periodista extranjero en un país donde era venezolano. La música lo impulsó a palmearme el hombro izquierdo. La calle tenía su boca de lobo dispuesta a tragarnos. “Afuera se sabe a qué hora lo secuestraron –volvió con el tema-, cómo, qué están pidiendo, qué están haciendo, qué están negociando, pero no se sabe cómo están sufriendo los secuestrados, los familiares, cómo –seguramente- están sufriendo los secuestradores, cómo sufren las autoridades de las cuales depende de alguna manera la resolución de los secuestrados, cómo sufre el país. La cantidad de sufrimiento que genera un secuestro era lo que me interesaba, el secuestro por dentro”.

Periodismo y ficción
Gabriel García Márquez, quien tuvo que pelear con Aureliano Buendía para poder entender que la ficción es autónoma y, aún más, que la autonomía de la realidad está supeditada a la ficción, siguió moviendo el cuerpo en la medida en que el vallenato se iba hundiendo en la lejanía de la madrugada:
-Siempre he creído que un escritor, novelista o periodista, puede decir lo que quiera siempre que logre hacerlo creer. Si no se lo creen, ahí no vale ni la verdad. Por eso, la mejor estructura para esta historia es cómo sucedió en la vida: que no se sepa afuera lo que sucede adentro y que no se sepa adentro lo que sucedía afuera (…) Hay una frase que ya no se dice porque está amelcochada de tanto repetirse: la realidad se pasa a la ficción. Pero en todo este trabajo me propuse utilizar un solo dato que no era real y comprobado, y una prosa en la que no me permití ni una sola metáfora para conservar el lenguaje austero de una crónica de periódico”.

Los personajes
Llegado el momento de salir a la luz del día, García Márquez comenzó a parecerse a su abuelo, el personaje que lo dobla como Aureliano Buendía, con el mismo coronel que tenía en el gallo la empresa de la esperanza. El gallo de ese militar llevaba en el buche todas las noticias que nunca llegaron hasta que pronunció la famosa palabra al final de la novela.
Me miró con una sonrisa torcida.
-Si tú partes de la base de que el sacrificio de cada uno de esos personajes contribuyó a la entrega de Escobar y a la solución del drama de Escobar y al desmantelamiento de gran parte del narcotráfico, que es una desgracia del país, te das cuenta de que en cierto modo cada caso, cada persona, estaba sometida a un holocausto, era una inmolación de la estaba siendo objeto cada uno de esos personajes”.
Me estrechó la mano nuevamente y me despidió. Lo dejé aún con la convicción de que pasarían otras cosas antes de llegar al último vagón de la existencia.

Después de ayer
Las canas de “Gabo” lo hacen ver anciano. Ya han pasado la imagen del ojo morado, los abrazos con Fidel Castro, la entrevista aérea a Hugo Chávez, que tanto amargó al venezolano de Sabaneta de Barinas. Han pasado muchas cosas, la celebración de la caída del Muro de Berlín, parecido al de los Lamentos, sólo que era demasiado terrenal.
Hoy, cuando el mundo es casi cuadrado, “Gabo” sigue siendo noticia. Su Memoria de mis putas tristes pasó casi inadvertido. Su Vivir para contarla se quedó en un capítulo de Cien años de soledad. García Márquez es noticia por su muy ficcionada existencia diaria. Pero lo que más ha sonado en las vísceras del autor de La hojarasca ha sido la biografía “tolerada” por él mismo y diseñada por el británico Gerald Martín. Ella ha generado reacciones contra el biógrafo y contra el biografiado. Así, Gabriel García Márquez. Una vida ha abierto una herida que no termina de cerrarse: la relación del Nobel con el poder, su fascinación por un hombre que lleva 50 años al frente de un desprestigio: Fidel Castro.
Para llegar a esta amargura personal, nos topamos con Enrique Krauze, el ensayista mexicano que ha sacudido también las entrañas del presidente Chávez con el libro El poder y el delirio.

“Una vida”, varias vidas: la fascinación por el poder
“Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel también”, escribe Enrique Krauze en reciente artículo que revisa las páginas de Martin, donde García Márquez coloca a su abuelo como figura principal, emblema del poder que impulsaría al novelista a no despegarse de Castro. Más adelante Krauze escribe:
“En el coronel Márquez “está la semilla de sus fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor”.
Cuando nombra la palabra diccionario, el mexicano se refiere a un fragmento aparecido en Vivir para contarla, las memorias que han pasado por debajo de un puente de aguas mansas:
“Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. El niño preguntó:
“¿Cuántas palabras tiene?”.
“Todas, respondió el abuelo”.
Enrique Krauze afincado en el libro de Martín precisó:
“Si García Márquez se acerca al déspota no es para expresar o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir comprensión por un pobre diablo, viejo y solitario”. Sobran imágenes.
Y para cerrar esta “vida”, describe una costumbre que ya es tragedia:
“El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad”. Sobran imágenes, palabras y hechos.
Prevalido de esa realidad, el ensayista mexicano clava la puntilla:
“De macondo a La Habana, un milagro del realismo mágico”.

De este modo, llegamos a la conclusión de que ese tal realismo de la magia no es más que un acto de reverencia ante el poder. Verdades y mentiras de una cultura que se deshace en las manos de quien detenta la gloria de haber sido puesto en ese lugar por los abusos de una ficción que es absolutamente real.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Breve y agradecida respuesta a Eduardo Mayobre

por Eduardo CASANOVA

Haciendo gala de una gran amabilidad y de mucha caballerosidad, Eduardo Mayobre ha publicado un artículo en el que comenta mi libro “Rafael Vegas”, biografía del gran hombre que fue nuestro maestro (“Rafael Vegas”, Colección Biográfica Venezolana, N° 104, Caracas, 2009, 117 pp.) Realmente agradezco los conceptos que allí emite. Pero (otro gran venezolano, Manuel Pérez Guerrero, decía que mientras un orador hable, uno puede hacer cualquier cosa, soñar, leer, hacer un crucigrama, etcétera, pero cuando use la palabra “pero”, hay que poner mucha atención, porque viene algo importante) hace dos observaciones que, en beneficio de los lectores y posibles lectores, me siento en la obligación de aclarar. La primera es sobre la oposición del Dr. Vegas a las Asociaciones de Estudiantes, que en vista de que en 1959 Eduardo creó y presidió una, encuentra que no debe ser cierta mi afirmación. La opinión, muy fuerte, del Dr. Vegas en contra de esas organizaciones (opinión que por cierto prevaleció en el Colegio hasta mucho después de la desaparición de su fundador) me fue expresada por él muchas veces entre 1970 y 1973. Había tolerado la que creó y dirigió Eduardo Mayobre por tres razones: primero, porque confiaba absolutamente en Eduardo, de quien tenía una excelente opinión; segundo, porque la consideró como un “club” y no como una organización más o menos gremial que pudiera devenir en política; y, tercero, porque en 1959 aún no se había desarrollado del todo la tendencia de los izquierdistas radicales a penetrar las asociaciones estudiantiles. La segunda observación es en torno al hecho de que algunas personas corrieron la voz de que el Colegio Santiago de León de Caracas era algo así como un nido de comunistas y, en opinión de mi tocayo, yo no lo reflejo en el libro. No sé qué le ocurrió como lector a mi amigo y comentarista, porque yo sí lo digo en la página 103, aunque no me pareció apropiado referirme a los curas, porque no me pareció prudente denostar de los curas en pleno siglo XXI, cuando hay intereses que no comparto en dividir la sociedad venezolana y en poner del lado de los malos a la Iglesia. Lo que cuenta Eduardo Mayobre es cierto y todos los que estuvimos cerca del Dr. Vegas lo supimos. Sólo aclaro que sí está dicho aunque con cierta delicadeza que a mí mismo me extrañó después, al releer. Será que el propio Dr. Vegas guió mi computadora (que no mi pluma), para evitar tremendismos. De resto, reitero, no tengo sino agradecimiento hacia mi tocayo y amigo, que, en efecto, es, como lo afirma, unos cuatro años menor que yo, pero fue mi condiscípulo por un breve período, por una razón que, por cierto, está explicada en el propio libro y se debió a la innegable combinación de justicia y bondad que regía los actos de nuestro gran educador, nuestro maestro, nuestro padre voluntario, Rafael Vegas Sánchez.

 
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