Categoría: Crítica
Y El Libertador: ¿Qué?
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Los libros que publica el notable historiador británico Paul Jonhson (1928) son siempre dignos de toda atención. Ahora ha publicado, en el espacio de pocos meses, dos sugerentes libros, dos obras que son hermanas siamesas. Nos referimos a “Creadores” (Barcelona: Ediciones B, 2008. 345 p.) y a “Héroes” (Barcelona: Ediciones B, 2009. 328 p.). “Creadores” es a la vez complementario de otro anterior, lleno de interés y de sugerencias, que es “Intelectuales” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1990. 381 p.).
Pese a que Jonhson es conocedor de la época a la cual nos vamos a referir, más o menos situada entre 1815 y 1830, aunque en verdad se inició hacia 1780, de hecho es autor de un libro insoslayable y fundamental sobre ese período “El nacimiento del mundo moderno” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1992. 969 p.).
Pese a ello al menos en un pasaje de “Héroes” la incomprensión de la historia de América Latina le hace caer en un grave error, tan alto que deseamos corregirlo hoy a la luz de nuestra historia. Con su afirmación Jonhson nos demuestra una vez más, punto al cual nos hemos referido en otros de nuestros apuntes de lector, a la forma como nuestra América Latina no es bien comprendida por parte de los europeos, estamos nosotros siempre excluidos, lo somos. Tanto que de tenerla en cuenta se ampliaría su comprensión de esa época decisiva para la humanidad que es la de la revoluciones de independencia hispanoamericanas, que significó el fin del absolutismo monárquico español, con la presencia de sus grandes figuras: Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1769-1854), Andrés Bello (1781-1865), Simón Bolívar (1783-1830) y Antonio José de Sucre (1795-1830). Y lo decimos, y nuestros lectores lo van a comprobar ahora, porque si bien Jonhson en “El nacimiento del mundo moderno” se refiere a Miranda y Bolívar y menciona a Sucre como el general victorioso en Ayacucho (Diciembre 9,1824) en ningún momento alude a Miranda como un intelectual, como un diarista, como un pensador; nunca cita a Bello, quien logró la Independencia cultural latinoamericana, de hecho fue sustancial su acción en la literatura, la educación, el derecho y las relaciones internacionales muchas de cuyas pautas fijó. Y menos parece Jonhson haber advertido la existencia del gran filósofo de aquella época, Simón Rodríguez, el de las máximas para la autonomía. Y mientras no se entienda el carácter de la cultura hispanoamericana no se podrá estimar el significado de la gran transmutación que vivió nuestro continente a partir del 19 de Abril de 1810 cuando la emancipación fue proclamada en Caracas, antes esto no se había logrado en ninguna parte. Miranda al “inventar” nuestra libertad política había puesto sus bases, antes que el ningún otro. Y los intentos anteriores, como la sublevación de Picornell, Gual y España en Caracas (1797) o la de Quito (1809) habían fracasado, habían sido vencidos: sólo el de Caracas triunfó y se ha mantenido, sin solución de continuidad, pese a las alternativas del período 1814-1821, días del régimen realista en Caracas, sin solución de continuidad. Y además las vidas de Miranda, Bolívar y Bello estuvieron presentes en nuestra experiencia política y cultural a lo largo de más de medio siglo: el paso de una generación a otra, la entrega del fuego sagrado de la libertad lo puso Miranda en las manos de Bolívar, el libertador político, y de Bello, el emancipador cultural, en Londres, cuando se encontraron en 1810 allá. Y cuando Miranda murió en 1816 el Libertador estará en plena acción, logrando realizar lo que aquel planeó y dejó escrito. Y cuando Bolívar fallezca será Bello quien actué, desde Chile, irradiando su magisterio a todo el continente, hasta 1865 cuando dejó de vivir. Y desde ese momento actuaron sus discípulos y más tarde los alumnos de sus alumnos. Así tendremos más de una centuria de proyección. Todo esto hay que conocerlo para poder entender a nuestra América Latina.
En el punto al cual nos vamos a referir Jonhson hierra por no conocer a fondo, y por no haber logrado “sentir” la historia de los países hispanoamericanos a los cuales siempre hay que añadir al Brasil y a la multitud de islas que forman el multicolor mar Caribe, países tan latinoamericanos como los que hablan castellano. De hecho fue una nación caribeña, Haití, el primer país del continente en obtener su Independencia, en este caso de Francia, en 1804, seis años antes que la declaración caraqueña del año diez.
En el caso de “Héroes” al cual nos vamos a referir cita Jonhson a las figuras militares del norteamericano Jorge Washington (1732-1799) y las de los ingleses almirante Horacio Nelson (1758-1805) y Arthur Wellington (1769-1852). No le parece que sea correcto tratar en su capítulo sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821) ni se refiere a Bolívar. No se da cuenta que además de Goethe (1749-1832) las grandes figuras de aquellos días fueron Napoleón, el almirante Nelson, el duque de Wellington, Bolívar, el pintor español don Francisco de Goya (1746-1828) y dos mujeres: Mary Woltonecraft (1759-1797), la fundadora del feminismo (1792) y la novelista Jane Austen (1775-1817). No se refiere a Francisco de Miranda, lo cual es otro error, pese a que el gran proyectista de la emancipación participó, en puestos protagónicos, en las tres revoluciones de su tiempo: la de los Estados Unidos, la Francesa y la latinoamericana. Y el Libertador y Goya fueron, en los años de su más lograda acción, las grandes figuras hispanas de su tiempo, no había nadie que pudiera acercárseles. Incluso como hombre de letras, que también lo era, el Libertador escribía mucho mejor que los creadores españoles e hispanoamericanos de sus días. En el campo de la lengua fue un innovador, esa fue otra de sus revoluciones.
Ahora bien Jonhson refiriéndose a Wellington anota: “del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de Estado periódicos y a los gobiernos militares” (p.304), es lo que denomina el “camino bonapartista” (p.304) que no es otro para él que cuando “el militar se somete al jefe de Estado electo, con la completa aprobación de la nación” (p.304). Esto, como lo veremos nada tiene que con Bolívar, todo lo contrario, pese a lo que a veces se propala, incluso en alguna obra en la cual el público cae incautamente en sus conclusiones al creer que por haber sido escrita por un historiador profesional es certera, pero se equivocan por no darse cuenta que aquellas son las obras de lo que hemos denominado el “bolivarianismo escuálido” tan pernicioso como el chavista porque ambos utilizan al Libertador como arma de combate en vez de verlo, como debe ser, como una criatura de la historia.
Para aclarar el entuerto de Jonhson, un lunar en tan sabia obra, debemos ir un poco más atrás, para seguir la cronología de los acontecimientos.
Ante Napoleón, y esto no se ha visto como se debía, el punto de vista de Bolívar coincide con el de Jonhson, cosa que el británico ignora. El mismo expresó, el mismo año de la derrota del corso, por Wellington, en Waterloo lo que sigue. Lo hizo al divulgarse en nuestra América la noticia de que Napoleón pasaría a vivir en Nueva Orleáns, en donde incluso se le había preparado una casa. Expresó el Libertador (agosto 22,1815): “Si es la América del Sur herida del rayo, por la llegada de Bonaparte, ¡desgraciados de nosotros, para siempre, si nuestra patria lo acoge con amistad!. Su espíritu de conquista es insaciable: él ha segado la flor de la juventud europea en los campos de batalla para llenar sus ambiciosos proyectos; iguales designios lo conducirán al Nuevo Mundo” (“Escritos del Libertador” Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p.69).
Para entender esto, que no se cita como se debiera, deben examinarse las visiones que tuvo el Liberador del general galo. Al principio, cuando era un destacado oficial republicano, Bolívar lo admiró. Pero cuando se hizo Emperador, en 1804, Bolívar estaba en París el día de la coronación, lo adversó porque no lo podía considerar un republicano cuando tenía una corona sobre las sienes. Sobre él, en los siguientes, veinte y cuatro años guardó silencio, pese a conocer bien su máxima creación el “Código napoleónico” y haber leído con atención el “Memorial de Santa Elena” del conde de Las Cases (1766-1842). Pero se abstuvo de mencionarlo. Tal era su antagonismo con Napoleón que cuando el grupo paecista de Caracas le propuso coronarse en 1825 el Libertador, que rechazó tal proyecto enfáticamente, lo denominó proyectos napoleónicos. Solo fue en 1828 cuando conversó sobre el Corso con su edecán Louis Perú de Lacroix (1780-1837), quien consignó sus opiniones en su “Diario de Bucaramanga”. El Libertador ignoró siempre que aquel oficial escribía cada día el recuento de las conversaciones que tenía con Bolívar. Allí, en el “Diario de Bucaramanga”, vemos la idea que Bolívar tenía de él y por qué no lo mencionaba: para él, que era un republicano pleno, como siempre lo fue, el haber abandonado la república para hacerse Emperador lo separaba plenamente del oficial galo. Así fue.
Y por ello, y en esto también se equivoca Jonhson, jamás pensó actuar en forma bonapartista. Por bonapartismo se entiende, como lo indica el político-historiador venezolano Domingo Alberto Rangel: ”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho la revolución. En cierto modo sigue siendo jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartista” (“Los andinos en el poder”. 2ª. ed. Caracas: Vadell, 1974, p.131).
Ahora bien, y este es el centro del asunto que deseamos exponer, pese a lo que Jonhson expresa, no fue nunca el Libertador un caudillo de montoneras, ni propició golpes del Estado, ni sometió el gobierno civil al mando de los militares. La dictadura de 1828 fue un gobierno de emergencia, hecho para salvar la Independencia.
Tampoco es cierto lo que expresa Jonhson que los latinoamericanos, como consecuencia de la presencia de la acción de Bolívar, nos convertimos un “desgraciado continente” (p. 304): con hombre como el Caraqueño, pese a no haber sido escuchado, lo que hay por delante es progreso, lento arribo hacia normas civilizadas de vida. Todo lo contrario de lo que dice el escritor inglés a quien corregimos.
Primero no fue el Libertador un caudillo sino un político civilizador por haber sido él el primero que avizoró el caudillismo, sus sesgos y las desgracias que traería a nuestros pueblos. Y no podía dejar de verlo quien siempre estuvo, ojo avizor, analizando los sucesos de cada día.
Por ello cuando en su célebre carta a Pedro Gual (1783-1862), a treinta días exactos de la batalla de Carabobo (Mayo 24,1821), le dijo a Gual: “Estos no son los que Uds. conocen: son los que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988, t. XX, p.62. El subrayado es del propio Libertador). Allí comprendió lo que será el caudillismo. Y por ello también expresó, reglones más abajo, “estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más a la paz que la guerra” (“Escritos del Libertador”, t. XX, p.62).
Allí ya está dicho todo. Y fue expresado por un político que tras los difíciles años de 1813-1819 siempre fue presidente por elección en comicios (1819, 1821, 1825), por quien escuchó siempre la voz de los más capacitados, quien redactó Constituciones, para quien la ley era la norma de vida de los pueblos, para quien si bien la guerra fue ocupación de la mayor parte de su vida también lo fueron, y grande supremo, la educación del pueblo y la atención a la vida internacional a través de la civilizada diplomacia que creó.
Por ello no se puede considerar un caudillo, menos de montoneras, como las que aparecieron en nuestra América Latina después de su muerte, ni puede pensarse que fue cabeza del militarismo cuando él mismo pensaba (mayo 25,1826): “El destino del Ejército es guarecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos” y en su última proclama (Diciembre 10,1830): “y los militares empleando su espada en defender de las garantías sociales” (“Proclamas y discursos del Libertador”, Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983, p.407).
No fue ni caudillo militarista, pese a haber estado a cabeza del suyo, porque siempre propuso, e impuso a través de las leyes, el gobierno de los civiles, la presencia constante de la sociedad civil que él fue el primer venezolano en invocar en significativo pasaje de su Carta de Jamaica (“Escritos del Libertador”, t. VIII, p.232).
Y para terminar: es lastimoso que Jonhson no se haya tomado el trabajo de explorar más lo relativo al asunto Wellington-Bolívar porque fue el alto oficial inglés uno de los pocos que en vida del Libertador reconoció su grandeza. También lo hicieron en sus días Goethe, Byron (1788-1824) y Humbodlt (1769-1859). Esto lo pudo leer en inglés el autor de “Héroes” en la magnífica biografía del alemán Gerhard Masur impresa en 1948 (“Simón Bolívar”, Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p.579). Y es una lástima que para hacer la exploración del Libertador no haya leído también la biografía de éste, escrita y publicada en inglés el año 2006, por el notable historiador británico John Lynch. Sin duda ambas estupendas obras se encuentran en la biblioteca del Museo Británico en Londres donde pudo haberlas leído. Hubiera sido una forma de entender lo que la gente del Viejo Mundo no ha querido comprender: la peculiaridad de la América Latina.
Octubre 15,2009
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Órbita
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
Dejé el libro. Lo dejé agónico una mañana y al día siguiente ya era cadáver. Lo dejé morir mientras imaginaba la cara de Miguel Serrano Larraz en Valencia, Venezuela, una noche de confesiones y lecturas nerviosas. Imaginé la radiografía -o tomografía- de la portada y me deshice bajo el calor de estas horas de octubre.
Convertida la imagen en polvo cósmico, regresé a Órbita (Editorial Candaya, Barcelona, España, marzo 2009) y vacilé. Ya me había consumido 174 páginas. Volví a dejarlo, materia insepulta, sobre la mesa que orbita alrededor de varios tomos que esperan la visita de quien esto rasguña.
Y me até a unas declaraciones del autor: “Cada individuo es como un cuerpo celeste. Cada amigo, cada miembro de mi familia, es como un satélite que gira a nuestro alrededor…”.
Ciertamente, se trata de nueve relatos que dan vueltas alrededor de un tema. Se trata de nueve relatos que se recogen y vuelven a expandirse, como unos asteroides que buscan estrellarse en algún lugar, pero no lo logran. Entonces, se mueven sin descanso frente a la boca de un hueco negro, hasta que se esfuman.
El libro, sucio de realidad, me advierte a través de un muy realista Miguel Serrano Larraz:
-El tema central es la pérdida de la inocencia, el momento en que nos damos cuenta de que vamos a morir. Es el retrato de mis heridas y de mis alegrías.
Mientras repaso el eco de estas palabras, imagino a Serrano Larraz en Zaragoza -bajo el alero de un edificio- en búsqueda de algún contemporáneo de los años 90 o de alguien de décadas anteriores para convertirlo en sus heridas y alegrías.
2.-
Esta lectura de Órbita se me hace el relato de un “vacío insalvable”. Aquí respiro y abro los ojos mientras Samuel Soriano (“Órbita”) declara tener 14 años y no querer morirse nunca. ¿Pérdida de la inocencia o la revelación de que la eternidad no está en una carta ni en los números finales de un problema de álgebra? Las motivaciones intelectuales de Soriano son el apresto de un Bernardo R., quien ha sido sometido a la gravedad de la insistencia de un joven que –al fin- ha dado con la cara de un personaje con quien ha tenido una relación lejana, epistolar, científica.
Se me ocurre, sin ningún ánimo literatoso, acudir a La cantante calva o a Buscando a Godot. No recuerdo si Serrano tiene entre sus preferencia a Ionesco y a Beckett. Lo cierto es que Soriano sí halló a su Godot y se pudo comunicar con su vecino de autobús o de edificio. “No hablaron más”. ¿Es que acaso lograron hacerlo como soñaba el muchacho? “…Bernardo R. estaba viejo o enfermo, o tal vez viejo y enfermo, y supo también que en algún momento de la noche, en algún momento de las tres o cuatro horas siguientes, tendrían que despedirse, y que esa despedida sería tal vez para siempre, y que jamás ya iba a poder hacerle ninguna de las preguntas que llevaba años preparando”. Pese a todo eso, sentía que podía morirse tranquilo, porque “es la única persona que podría entender mi vida, y no hemos hablado porque no era necesario, porque no es necesario decir nada más”. ¿”El vacío insalvable”? No sé, habría que preguntarle a Bernardo R. O a Godot.
La única razón para sellar el relato está en que “el final era lo único que siempre había tenido claro, que el final era siempre lo primero que consideraba al enfrentarse a cualquier proyecto”. Cerrado el círculo.
3.-
Hay juegos, saltos u obviedades. En todo caso, Órbita es una aventura donde confluyen elementos tradicionales y contemporáneos, más allá de Cortázar, Bolaño, “nocillas” o reglamentos viales. Se trata, pues, de un libro de cuentos donde la inteligencia de su autor se vale de un humor volátil, agónico, sugerente, quien busca “la revelación, la respiración” de historias que emergen sin necesidad de empujarlas, de añadirles adjetivos innecesarios. Órbita es un tratado de emergencias en el que el lector termina fascinado.
El relato “Y sólo del amor queda el veneno” abre con Ionesco. Entonces, la rubia del tercero, una muchachota llamada María Luisa, desencadena toda una aventura que no asoma el olor de hormona alguna. ¿O sí? Sólo el ojo agrimensor del narrador. Un voyeur dedicado a “enamorar” o a fabricar una historia dentro de otra, una historia que se desanda en los anónimos que recibe la mujer. La soledad –tema que hace de la muerte un aviso- es el momento para descifrar que el oficinista, quien le escribe y la invita a salir, no es más que un oficioso de las letras, un engañador. Después de tantos papeles, de haberla sonsacado para llevarla a cenar, deslizó un sobre azul bajo la puerta:
“No se engañe, señora, yo a usted no la quiero. Yo sólo estoy haciendo literatura”. Sólo el gato de la joven, Bartolo, fue testigo de la reacción de la rubia. Perverso el chaval, ¿no?
4.-
Pasaron unas semanas. El libro de Serrano permanecía en silencio, como un muerto. Me engrané con una hora. Tomé el tomo y me senté a digerir “Últimas señales”, para mí el relato cuya argumentación se sometió a la vida “bastante monótona” del autor, tanto que “he tenido que hacer literatura”. Se trata de una historia donde se unen la ironía con una ternura extraña. O digamos, cierta alevosía que conduce a confirmar la existencia de unos sujetos, dos hijos, que le regalan a sus jubilados padres un contestador automático, el cual se convierte en su razón de vida, toda vez que descubren el mundo y hasta la tragedia.
“Antes de marcharse, aquella tarde, los hijos obligan a los padres a grabar un mensaje con su voz, a dúo, para el contestador automático. Estamos de viaje (han dicho los padres, muy serios, como si fuera una declaración oficial, con algo del respeto atávico hacia todo lo que nos va a sobrevivir, recitando, como escolares de posguerra que fueron), quién sabe cuándo volveremos. Déjanos un mensaje después de la señal y concertaremos una cita a nuestro regreso”.
Así, “Los padres se han acostumbrado tanto y tan rápido al aparato que lo han convertido en el centro de sus vidas (…) La idea del contestador automático fue del hijo pequeño. Ahora, cada vez que van a visitar a los padres, vuelven (los hijos) un tanto confusos, pero al mismo tiempo divertidos, expectantes, emocionados. Nunca habían visto a los padres comportarse así, tan vivos, tan adolescentes, tan locos”.
Para ellos, el mejor regalo de cumpleaños para uno de los hijos fue grabar todos los mensajes en un cassette, donde hay noventa minutos con su voz. El final conmueve, más allá de la escena irreal, aquella que convierte la voz de un muerto en la consagración de la eternidad. El hijo mayor se ha matado en una carretera, pero ha quedado la voz grabada en el aparato, un poco antes del accidente. El lector queda pasmado con la voz de la madre, golpeada por la tragedia. El teléfono no fue levantado. Un poco antes del choque, la madre se quedó con el eco del hijo. La paradoja: “El que conducía era el otro, el amigo. Iban a ver un museo, creo. El amigo está vivo. Tu tío se está ocupando de todo (ha dicho la madre) lo traerán mañana, o pasado mañana, y lo enterraremos el miércoles. ¿Te das cuenta? Me ha dicho que no me preocupe, y que no ha sufrido”. La cita no se logró concertar.
Estas “últimas señales” nos conducen a una actualidad desconcertante, que orbita alrededor de símbolos que tuercen la realidad. O la reinventan.
Un poco más allá de la lectura, descalabrado yo, coloco el libro y me echo a recoger las imágenes flotantes en esta órbita sin fin.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Para leer a Manuel Caballero
por Roberto J. LOVERA DE SOLAManuel Caballero: “No más de una cuartilla”.
Caracas: Alfa, 2009, p.17
Gracias, amigos y amigas, para acudir a esta sesión de los “Tertulieros se reúnen” para conversar con Manuel Caballero sobre sus libros. Gracias también a la historiadora María Elena González Delucca y a la antropóloga Michelle Ascensio para ayudarnos hoy en el proceso mayeútico de alumbrar los por qué de la escritura de este vasto escritor venezolano, quien al hacer su autorretrato señaló: “Sólo he amado con pasión dos cosas en mi vida: los libros y las mujeres… Nunca he logrado expresarme de otra forma que no sea emborronando cuartillas. Por eso, creo tener autoridad suficiente para decir que la de escritor no es una profesión ni un oficio, sino un destino. Y nadie huye a su destino” (“Defensa e ilustración de la pereza”, Caracas: Alfadil, 1998,p.21). A lo cual añadió una observación fundamental: “Hay una idea corriente de que ‘escritor’ solo puede llamarse quien produce obras de ficción. Pero una prolongada relación con la mesita y la máquina de escribir me ha llevado a concluir que no existe escritura que no lo sea” (p.22). A lo cual habría que añadir que no es sólo escritor el que escribe poemas, narraciones u obras de teatro. También escritores son los críticos literarios porque sin la imaginación andando es imposible comprender y analizar las obras literarias. Así todo crítico también es un creador.
Pero caminado hacia nuestro invitado de esta tarde debemos confesar, después de mucho leerlo, siempre con aquella fruición que aconsejaba Jorge Luis Borges (1899-1986), que no deja de ser tarea dificilísima definir los contornos de su obra porque como humanista todo lo humano le interesa y sus intereses, por ello, son múltiples.
Ante Manuel Caballero cabe una constatación que nos hemos hecho ante el espectáculo del escribir venezolano: a fines del siglo pasado o al principios de este se extinguieron, por razones biológicas, los pensadores y ensayistas del siglo XX. El maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001), el hombre siglo, el hombre país, los presidió. Dejaron también de vivir cinco figuras que ahora tanta falta nos hacen, para hacer luz en todo lo que nos sucede, Juan Nuño (1927-1995), Carlos Rangel (1929-1988), José Ignacio Cabrujas (1937-1995), Tomás Polanco Alcántara (1927-2003) y el patrón de esta casa Francisco Herrera Luque (1927-1991). Pero fallecidos todos han venido los que debían tomar sus banderas en las manos y seguir iluminándonos. Para nosotros, y no es un elogio vacío, ni una expresión de afecto, sino una constatación crítica, quien los encabeza hoy es Manuel Caballero. Después vienen los demás.
Y está frente a todos porque igual que aquellos que se nos fueron es Manuel Caballero por sobre todo un humanista. Lo es, entre las muchas definiciones que esta posición ante el mundo ha sido bautizada, porque, como dijo el francés Pierre Henri Simón (1903-1972), es el que ejerce esa “actitud del pensamiento que comporta dos afirmaciones esenciales: existe una naturaleza humana; y lo humano se caracteriza por la vida del espíritu” (“Proceso al hombre”, Caracas: Universidad Central de Venezuela,1962,p.9). Y es desde esa atalaya que Caballero mira al mundo y expresa con su palabra su comprensión de ese universo.
Pero Caballero, con ser siempre un humanista, se expresa vaciando sus textos en diversos modos, sólo que sin bajarse nunca, ni siquiera en sus llamados libros orgánicos, de la actitud del ensayista, de la mirada del ensayista. Siempre cuando redacta los suyos, cuando ejerce como columnista político, como crítico literario, que lo es aunque pocas personas se hayan dado cuenta de ello, como historiador, como biógrafo, es siempre un ensayista. Por ello no es casual que una de las mejores exploraciones del género entre nosotros haya sido concebida por él, tal “El desorden de los refugiados”, que dio título a un libro suyo. Esto de ser siempre ensayista lo hermana con el mayor de todos los que hemos tenido: Mariano Picón Salas (1901-1965).
Y, desde luego, es el coralario, Caballero escribe bien, muy bien, inmejorablemente, porque es un estilista, la mas alta escala del ser escritor. Uno de esa gran familia que hay en nuestra literatura y entre nuestros historiadores: Rafael María Baralt (1810-1860), a quien José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) aconsejaba como modelo para aprender a escribir, José Gil Fortoul (1861-1943), Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), Eduardo Arcila Farías (1912-1996), Guillermo Morón (1926), José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005). Y, ahora, Manuel Caballero, cuyo lenguaje siempre acaricia la mente y el corazón de quien lo lee.
Y en cuanto a su método de trabajo debemos señalar que él, todo escritor sabe que debe hacerlo, ha señalado, que el arte de tachar forma parte del trabajo de todo escritor (“Defensa e ilustración de la pereza”, p. 6-8) tiene este modo de trabajar, que hay que subrayarlo para mejor comprenderlo: siempre así se trate de una reedición reescribe sus libros, los pule, de punta a punta, por lo cual los resultados son óptimos. A veces algunas de las nuevas ediciones de sus libros no son tales, como sería el caso de la segunda aparición de “El orgullo de leer” o de “La pasión de comprender”, en los cuales eliminó algunos textos, introdujo otros y a todos los volvió a revisar desde la primera la última línea. Hizo aquello que Octavio Paz (1914-1998) llamaba “Edición corregida y disminuida”. Y, claro al final, sólo podemos decir de sus libros: por sus frutos los conoceréis. Los suyos vienen del grano de mostaza bien cultivada, aquella de la parábola del Evangelio.
Y dicho esto, porque lo que nos proponemos esta tarde es dar una mirada al conjunto de su escribir, debemos señalar que no es nada fácil trazar segmentos al examinar la obra de Manuel Caballero. Si lo hacemos es por mero afán de precisar y describir porque toda ella se nos presenta como una unidad, como un conjunto pese a su diversidad.
Hay en su escribir libros que podríamos denominar orgánicos. Tal “El desarrollo desigual del socialismo y otros ensayos polémicos” (Caracas: Editorial Fuentes, 1970. 235 p.) que tiene un gran valor, y resiste una lectura actual, lo hemos comprobado hace poco. Y su sentido es, aunque no sabemos si todos saben que el gran debate sobre el socialismo, tras los sucesos de Praga en 1968, fueron hechos desde Venezuela y por tres pensadores venezolanos: Caballero en el libro que hemos citado, Teodoro Petkoff en “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” (Caracas: Editorial Fuentes,1969) y Ludovico Silva en “Sobre el socialismo y los intelectuales” (Caracas: Ediciones Bárbara, 1970. 85 p.). Esto sólo nos daría materia para toda una aproximación. Y está vivo, más allá del hecho de que Leonid Brezhnev (1906-1982) haya apostrofado públicamente el de Petkoff, lo que le dio relevancia mundial a aquel planteamiento. Tiene presencia viva el libro de Caballero hoy por el debate sobre el socialismo que se realiza entre nosotros desde que el Hegemón actual inventó algo que no existe en la teoría política: el Socialismo del siglo XXI y ello nos llevó a volver a los estantes en donde teníamos guardados nuestros libros sobre socialismo y marxismo, los cuales hemos releído para replicar a tanta descarada, e inculta, proposición. Por ello ya que el libro de Teodoro Petkoff haya sido reeditado, como “El socialismo irreal” (Caracas: Alfa, 2007. 307 p.), debe hacerse tanto con el Manuel Caballero, plenamente vivo y con el breve del inolvidable Ludovico Silva (1937-1988). Y por cierto pronto deberá corregir Teodoro Petkoff la injusta referencia que hace en ese libro (p.125) del poeta Joseph Brodsky (1940-1996): torcida y falsa en todo sentido. Brodsky era en aquel momento un disidente y un perseguido. Y el inmenso Brodsky es ahora Premio Nobél de Literatura (1987). Y cerremos: los sucesos checos del sesenta y ocho significaron el inicio del fin del socialismo autoritario, así lo creemos.
Creemos que podemos decir hoy que Manuel Caballero es un postcomunista pero una persona que estudió hondamente el marxismo, en el que militó, y se preocupó de su influencia en nuestro continente. De allí dos libros suyos tan destacados como “La internacional Comunista y la revolución latinoamericana” (Caracas: Ediciones Nueva Sociedad, 1987. 271 p.), originalmente escrito y publicado en inglés, fue su tesis de doctorado. Tal exploración había sido anticipada, a nuestro entender, por “La Internacional Comunista y América Latina: La sección venezolana” (México: Siglo XXI Editores, 1978. 175 p.) después, muy corregido, llamado ahora “Entre Gómez y Stalin” (Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1989. 286 p.). Estos asuntos aparecen incluso, desde otros ángulos, en muy largos pasajes de “El discurso del desorden” (Caracas: Alfadil, 1987. 189 p.).
Y ya que hemos hablado sobre su versación en el marxismo debemos añadir otra, para nosotros, un humanista cristiano, notable, es esta: es Manuel Caballero uno de los mejores conocedores entre nosotros, sobre todo entre los de su generación y entre los de la de izquierda, del hecho religioso, de las diversas religiones, de los asuntos teológicos y bíblicos. Es casi imposible encontrarle un gazapo, más bien lo que nos hace es alimentarnos con su saber en ese campo.
Entre los que hemos denominado sus libros orgánicos se encuentra “Las crisis en la Venezuela contemporánea” (Caracas: Monte Ávila Editores, 1998. X,177 p.), el cual nos permite mirar casi toda la historia de nuestro siglo XX atravesándolo con el estudio de sus crisis, fenómeno previamente tan bien precisado en la teoría por él. Al leerlo a veces uno está tentado a pensar que su génesis de esta obra está en “Las Venezuelas del siglo XX” (Caracas: Grimaldo, 1989. 306 p.) aunque en este hay mas que las solas crisis.
“Por qué no soy bolivariano” (Caracas: Alfadil, 2006. 219 p.), es libro unitario, aunque concebido a lo largo de mucho tiempo, meditando largamente en su tema central: el culto venezolano al Libertador. Y consideramos orgánico también los ocho ensayos de “Contra la abolición de la historia” (Caracas: Alfa, 2008. 195 p.) por tocar temas y asuntos focales para el entendimiento de nuestro tiempo venezolano. Allí, en el palique final, deja establecido el esquema para un libro que podría titularse “Venezuela en el siglo XX” y que nadie mejor que él está destinado a escribirlo.
Hemos dejado para el final la mención a un libro suyo magnífico, pero mal titulado, no por su culpa sino por los intereses comerciales de su editor madrileño. Es “La gestación de Hugo Chávez”, (Madrid: Catarata, 2000. 167 p.) en el cual el Poseso, como lo llama el gran Zapata, sólo aparece en las páginas del golpe del noventa y dos y en las últimas diez y nueve hojas. En verdad el nombre de este libro es el que aparece como subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana” y ello porque es el más comprensivo examen que se haya publicado sobre la democracia nacida el cincuenta y ocho. Por ello debemos pedir a su autor que lo reedite con ese cognomento para que así sea apreciado, leído y discutido por los venezolanos. Es obra singular en el tratamiento de su tema.
Caballero se llama así mismo “historiador de lo político”. Esto puede verse en las dos apariciones, no son exactamente dos ediciones, de “La pasión de comprender” (Caracas: Ariel,1983. 175 p.; Caracas: Alfadil, 2005. 243 p.), en el inmensamente incitante “Ni Dios y Ni Federación” (Caracas: Planeta, 1995. 307 p.) e incluso en su “Revolución, reacción y falsificación” (Caracas: Alfadil, 2002. 223 p.).
El columnista de opinión, siempre culto y zahorí, aparece en obras como “El mundo no se acaba en diciembre” (Caracas: Ediciones Centauro, 1973. 278 p.), “Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil” (Caracas: Edciones Centauro, 1998. 176 p.), cuya reedición urge porque todo lo sucedido desde 1992 acá esta allí apuntado con verdadera anticipación, como lo está también, en su cara militarista, en “La peste militar” (Caracas: Alfa, 2007. 219 p.).
Al imprimir en volúmenes sus trabajos políticos deseamos hacerle una sugerencia: que como se trata de escritos políticos, hijos de sus horas, al editarlos les ponga las fechas en que fueron impresos por vez primera. Con ello adquirirían mayor sentido y porque todo el que escribe sobre el suceder de cada jornada lo hace en día y hora fija, puesta a andar la pluma por sus acontecimientos.
El biógrafo lo encontramos en “Gómez, el tirano liberal” (Caracas: Monte Avila Editores, 1993. 383 p.), el quinto gran libro sobre aquel personaje que tenemos. Los otros son los de Domingo Alberto Rangel (“Gómez, el amor del poder”, 1975), Ramón J. Velásquez (“Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez”, 1979), Tomás Polanco Alcántara (“Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía”, 1992) y Jorge Olavarría (“Gómez, un enigma histórico”, 2007).
Igual singularidad tiene “Rómulo Betancourt, político de nación” (Caracas: Alfadil, 2004. 477 p.). Allí se ha vuelto a cumplir un hecho: los mayores estudiosos del hombre de Guatire han sido sus adversarios, marxistas o socialcristianos, entre los últimos cabe muy bien el padre Arturo Sosa Abascal.
Creemos que el amplio estudio sobre este líder se originó en su “Rómulo Betancourt: política y populismo en Venezuela” (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina,1971), aquí leído en su reedición como “Rómulo Betancourt” (Caracas: Ediciones Centauro, 1977.302 p.) ya que el folleto original circuló muy poco en nuestro país, tenemos en nuestras estanterías una de esas raras copias.
El renglón del biógrafo lo cierran, en este momento, los perfiles insertos en su Dramatis personae.
Caballero, y lo hemos dicho es un crítico literario, tiene la cultura y buril para hacerlo. Quien desee comprobarlo deberá repasar sus escrituras. El primer conjunto de ensayos, diríamos que más literarios, están en su “Ve y toma el libro que está en la mano de Ángel” (Caracas: Editorial Ateneo de Caracas, 1979. 248 p.), otros están en su “Defensa e ilustración de la pereza”, (Caracas: Alfadil, 1998.160 p.), “El orgullo de leer” (Caracas: Alfadil, 2003. 238 p.), cuya reedición no puede considerarse segunda edición, según su método de trabajo, excluyó algunos textos e incluyo otros que no estaban en la primera (1988), en “El desorden de los refugiados” (Caracas: Alfadil, 2004. 255 p.), en la primera parte de sus “Polémicas y otras formas de escritura” (Caracas: Alfa,2008. 191 p.) y en el sabroso “No más de una cuartilla” (Caracas: Alfa, 2009. 316 p.), la que nos ha dado motivo para nuestra reunión de esta tarde.
Creemos que aquí está Manuel Caballero. Es mucho lo que de su escribir se ha ordenado en libros, aunque sin duda en su archivo aun quedan muchos papeles. No lo dudamos.
Y para cerrar apenas una idea de los porqués de esa preciosa y deliciosa obra que es “No más de una cuartilla”. Dice Caballero “Nos proponemos reducir el ensayo a su mínima expresión, sin convertirlo en aforismo, así llegue a veces a contenerse en apenas una línea” (p.17). A la vez él, lo dice en la página final, no desea se vea este libro “como una simple libreta de anotaciones, un fichero o una red para no dejar las ideas de cada día” (p.316). Si es cierto que son ensayos contiene también aquellas ideas que todo escritor redacta, a la vez que trabaja sobre otros asuntos, dejando consignado un pensamiento que le viene y no desea perder, a veces se levanta de la cama para anotarlo y así no pederlo. Son ideas para más adelante, pero bien atrapadas siempre. Todos los escritores tienen, ahora en el disco duro de sus computadoras, ese especial memorial de todo aquello que viene a su mente cuando leen o escriben, y a veces cuando sueñan. Este libro a la vez, que es distinto a los “mini-ensayos” de nuestro querido maestro Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) y tiene un hondo sentido y grande valor dentro de la meditación ensayística venezolana.
En el libro de Caballero “El discurso del desorden” está la famosa frase que le dirigió (junio 16,1983) Gonzalo Barrios (1902-1993): “Los adversarios suelen ser amigos que no se conocen” (p.7): lo cual fue una grande confesión de tolerancia, la cual poseyó en grado sumo el político adeco, hombre de excepción, lo supimos bien quienes los tratamos con afecto y gozamos de su conversar, de su sabia intuición política, de sus mucho saberes surgidos de sazonadas lecturas y de sus consejos gastronómicos. Pero además esta frase también empapa las reflexiones, exploraciones y análisis de Manuel Caballero: él piensa por sí mismo y siempre está lejano a pretender imponer sus conclusiones a nadie. No en vano ha sido buen lector de Voltaire (1694-1778).
(Leído en la sesión de “Los tertulieros se reúnen” en la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del Jueves 19 de Noviembre de 2009 en la cual también participaron la historiadora María Elena González Delucca y la antropóloga Michelle Ascensio).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Memoria de Lucila Velásquez
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
La muerte en Caracas (Septiembre 28, 2009) de nuestra poeta Lucila Velásquez resta a las letras venezolanas y a la Venezuela cívica de una de sus figuras más altas y pierde la mujer venezolana a una de las féminas a través de la cual se hizo presente la feminidad en nuestro vivir contemporáneo, literario, político y diplomático.
Lucila Velásquez fue el seudónimo con el cual Olga Lucila Carmona Borjas firmó toda su obra literaria. Ella era llanera, vio la luz en San Fernando de Apure, Apure (marzo 24, 1928), bajo el signo de Aries, el propio de los que luchan sin tregua, de aquellos que si para pasar de un lado al otro deben tumbar una pared con la cabeza lo hacen pese a que sangren.
Deja Lucila Velásquez todo el esplendor de su obra de creación poética, la cual se puede seguir muy bien hoy en día tanto a través de su “Antología poética,1949-1989”. (Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1990. 401 p.) como por medio del volumen “Lucila Velásquez: 50 años de creatividad de la palabra, poesía 1949-1999” (Caracas: Fundarte, 1998. 255 p.) publicado este último en el dintel del desbarrancadero nacional. Si seguimos su largo trabajo creador la hallamos amorosa en sus primeros poemas; más tarde en vela angustiada por la patria en Poesía resiste (México: Cuadernos Americanos, 1955. 126 p.) y luego agobiada, en sus composiciones más densas, como “El árbol de Chernobyl”. (Caracas: Monte Avila Editores, 1989. 235 p.), por la carrera atómica y armamentista, por las formas como el hombre destruye el medio en el cual vive y a sí mismo. Esa conjugación de ciencia y poesía llena buena parte de su trabajo poético último. Este denso poemario, testimonio de una ardua hora, fue publicado primero en edición bilingüe castellano-inglesa y luego traducido al alemán, y extensamente comentado fuera de nuestras fronteras.
Ahora, al decirle adiós a persona siempre tan estimulante, con la que trabajamos tantas horas a favor de la cultura venezolana, debemos detenernos al evocarla en algunos singulares momentos de su trayectoria humana, siempre a partir de decir que la esencia existencial de ella fue siempre la poesía, la palabra, que es lo único que los escritores poseen. Y ello pese a lo que pensaba Ludwig Wittegestein (1889-1951), el mayor filósofo del siglo XX, que éstas son resbaladizas, inestables, ambiguas y traicioneras, como lo indica su biógrafo el británico Paul Johnson (“Héroes”. Barcelona: Ediciones B, 2009,p.207). Porque estas son, como lo escribió Winston Churchill (1874-1965), no solo notable político, el mas grande de la centuria pasada, sino gran intelectual, “Las palabras son lo único para dura para siempre”. Las palabras siempre permanecen más allá que cualquier otra cosa. Y ella lo supo y practicó desde “Color de tu recuerdo” (Caracas: Ávila Gráfica, 1949. 23 p.), su poemario inicial hasta “Se hace la luz”, (Caracas: Círculo de Escritores de Venezuela, 2004) en donde están los últimos pálpitos de su alma.
Tan honda fue su conciencia de las palabras que fue precisamente el desastre nuclear de la ciudad entonces soviética de Chenobyl la que le llevó a crear su canto más dramático, trágico y lúcido en “El árbol de Chenobyl”, producto del sentir la terrible explosión nuclear de aquella ciudad de Ucrania (Abril 26,1986). Lucila Velásquez era en aquel momento nuestra embajadora de Dinamarca y quedó afectada para siempre, psicológica y fisiológicamente, por aquel detonador cataclismo. De allí brotaron sus palabras. Y su estremecedor poemario colocó a su poesía, y a la venezolana, en el ámbito universal. Se convirtió así Lucila Velásquez en una poeta intensamente escuchada a lo largo de las naciones. Tal el eco de su llanto por aquellas víctimas, una de las cuales era ella misma. En estas décadas sólo ella logró un hondo eco mundial en el escribir de la poesía. Lucila Velásquez lo obtuvo, con el hondo acento, porque en “El árbol de Chernobyl” se conjugaban poesía y lamento, dolor y evocación. Y, recordemos, sólo se evoca a los muertos.
Tal es lo que define a esta parte de su obra poética. Su angustia por la carrera nuclear, iniciada el 6 de Agosto de 1945 cuando el Enola Gay dejó caer su bomba, bautizada sarcásticamente Litle boy, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, que ello estuvo presente siempre en su poesía, comenzada a publicar cuatro años después del suceso de asiático. Esto lo documentó plenamente el crítico Oscar Sambrano Urdaneta en las páginas que leyó la noche de la presentación en Caracas de “El árbol de Chenobyl”, que su editor puso al frente de la “Antología poética” de nuestra aeda (p.9-17).
Este es un punto. El otro, que hay que señalar al hablar hoy ante los despojos yertos de Lucila Velásquez, es el relativo a la ciudadana demócrata que hubo en ella. Fue unas de las valientes mujeres que encabezó la lucha contra la tiranía de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001). Esto lo llevó a concebir aquel gran alegato, de hondo coraje cívico, que es su poemario Poesía resiste, ayer y hoy pregonero de la lucha venezolana por la libertad y por los derechos de las personas.
Ese aspecto cívico de Lucila Velásquez puede ser seguido en el último libro que publicó en vida, su ““Memoria de mis días””, (Prólogo: Juan Carlos Zapata. Caracas: Grijalbo, 2008. 539 p.) que tiene varios valores como testimonio histórico. Este al cual nos referimos, que nos parece la esencia de esta obra, es su relato de sus los sucesos de años cincuenta, su lucha contra la autocracia de aquella hora, sus valientes acciones en Caracas, su persecución, su exilio en México. Para esa historia esta “Memoria de mis días” es fundamental, lo cual avala además los numerosos documentos de primera mano que copia allí su autora.
Pero esta “Memoria de mis días” es también un testimonio latinoamericano de aquella hora. Y esto hay que subrayarlo también. Es un testimonio hispanoamericano de la búsqueda por instaurar la democracia, cosa que logramos los venezolanos en 1958 y la presencia de la otra posición, la marxista, encabezada por dos queridos e íntimos amigos de Lucila Velásquez: Fidel Castro Rus y Ernesto Guevara de La Serna (1928-1967) a quienes conoció y trató hondamente en Ciudad de México y cuya amistad cultivó siempre pese a los antagonismos políticos, a los puntos de vista de cada uno de ellos: ella demócrata, ellos dos creadores de una dictadura stalinista.
Tan fiel y leal fue Lucila Velásquez a estos afectos, a todo lo largo de su vivir, que resultó impactante la necrología de Guevara que publicó en El Nacional, “Aquel amigo Ernesto Guevara”, a las pocas semanas de su deceso en Bolivia (Octubre 9,1967). Todavía permanece en el recuerdo aquella gallarda despedida, aquellos recuerdos. Y escrita en aquella hora, en aquel año, no dejó de ser un acto de valentía, sobre todo hecho por una adeca raigal que como fue siempre Lucila Velásquez. Tanto que dentro de Acción Democrática fue hondamente criticada por sus compañeros pese a ser aquel suyo un acto de hidalguía y la confesión pública que no hay forma de amor más alta que la amistad, que sin ella los humanos, hombres y mujeres, no podemos vivir. No entendimos porque ella no reprodujo este artículo en sus memorias, aunque el capítulo sobre Guevara que allí leemos está trazado sobre las ideas en aquella hora expuesta.
Con el tiempo los dirigentes de Acción Democrática lograron que Lucila Velásquez no pudiera dar otro testimonio de compañerismo pleno al impedirle escribiera el prólogo a las memorias, Testigo de excepción, de Jorge Dáger, su compañero en la clandestinidad y la resistencia. Quedan hoy, al llorarla, estos dos testimonios suyos de honda amistad, inalterable, como esta debe ser.
Hubo sin embargo, Lucila Velásquez no las refiere en su “Memoria de mis días”, un momento de grande actividad cultural durante las elecciones de 1988 cuando convocó a un nutrido grupo de intelectuales de todas las tendencias, para elaborar, bajo su dirección, un programa cultural de gobierno para el candidato de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez. Más allá de todo lo sucedido después, el engaño de que fuimos objeto muchos de los que estuvimos allí presentes en creerle a Pérez que ya no deseaba otra cosa sino la historia, que había cambiando, que pondría fin a la corrupción: nada de lo cual cumplió. Perdió al poder. Los hados que siempre lo cuidaron le dieron la espalda, la suerte lo abandonó.
Pero más allá de ello: la participación de cuantos estuvimos allí fue muy amplia, incluso de varios social cristianos quienes habían quedado liberados por su líder Rafael Caldera de votar por Eduardo Fernández. Por ello varios estuvieron allí porque Acción Democrática, por la que votaron, era un partido democrático.
Y en aquellos meses, dirigidos por Lucila Velásquez, casi sin recursos económicos, fuera de la oficina del arquitecto Sigfrido Riber, ella convocó a los más granado del arte y las letras venezolanas para elaborar aquel programa, tan hondo que replanteaba desde sus raíces el proceso de la cultura nacional. Fue tan importante lo hecho en aquellos meses que nosotros le propusimos a Lucila Velásquez que debía buscar la forma de editar todo aquel texto dado que era mucho más que un simple esquema de acción. Es lástima que no se haya hecho. Toda la parte relativa al libro, a las bibliotecas y al manejo editorial de la nación fue nuestra contribución.
Tal aquella empeñosa mujer, quien siempre trabajó, ayer como hasta anteayer, por alumbrar un nuevo destino para la nación venezolana, y siempre lo hizo ilustrando su acción “con el agua de la gracia poética, Gracia de Dios en la palabra, y cuya clarideces me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta” (“Memoria de mis días”, p.21). Por ello hizo verdad, y hay que citarlo al echar las paletadas de tierra sobre sus huesos y piel, lo que expresó su amado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) al escribir: “Para vivir sin pausa, para morir sin prisa, vivir es desvivirse por lo justo y lo bello”. Así lo hizo Lucila Velásquez. Y en ello estriba su legado.
Septiembre 30, 2009
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Alejo Urdaneta, el escritor
por Eduardo CASANOVAEn un texto previo hablé de la pasión literaria de Alejo Urdaneta (Caracas, 1944), que sorprende en pleno siglo XXI, cuando Venezuela parece haber perdido el rumbo y los venezolanos, ante el mundo, no son otra cosa que o nuevos ricos petroleros o pobres resentidos, incapaces de nada profundo. La realidad es otra: el petróleo, la falsa riqueza del petróleo, le ha hecho un daño inmenso a Venezuela y a los venezolanos, y la imagen del país y de sus habitantes está deformada y es ajena a lo real. Lo real es que en Venezuela hay nuevos ricos que no sirven para nada, y también hay pobres que no tienen, no han tenido, la más mínima oportunidad de crecer, pero hay también, como en todo país, gentes de bien, que se desarrollan, que aportan mucho a su sociedad.
Uno de ellos es Alejo Urdaneta, el escritor, que habiendo podido conformarse con ser un abogado que gana y pierde causas y que puede hacer buen dinero ganando y perdiendo causas, se ha dedicado a enriquecer el patrimonio de todos los venezolanos con sus trabajos literarios, y para ello se ha dedicado no sólo a escribir, sino a leer, a estudiar, a cultivarse, hasta ser uno de los venezolanos más cultos de nuestro tiempo. Eso lo apreció, por ejemplo, Arturo Uslar Pietri (que quedó gratamente sorprendido al leer el cuento “La Tebaida”, de Urdaneta, que no sólo combina teatro y narrativa sino que tiene un manejo exquisito del ambiente), y lo apreciamos especialmente todos los que solemos conversar con Alejo, compartir su buen gusto musical y literario, que es grande como una cordillera, o simplemente compartir ratos de buen humor y buenas copas, en los que se recorre el universo de punta a punta y algo más. Y buena parte de esa cultura ha aflorado en su obra literaria. Inicialmente en sus cuentos, y luego en sus ensayos.
Entre sus cuentos uno de los que más me llama la atención es “El despojo”, premiado en su momento en un importante concurso del país y publicado inicialmente en el Papel Literario del diario El Nacional, un cuento que puede confundir a un lector no avezado y ubicarlo en la corriente superada del criollismo literario, pero que en realidad es un muy elaborado relato que se apoya, como los ensayos de Urdaneta, en una cultura sólida y vastísima, no sólo humanística, sino jurídica (en este caso). “Despaciosa y certera la mano de Pedro Burguillo. Afilado el machete, vuela entre la maraña de mosquitos para trozar la maleza, o para desbrozar el matorral y permitir que la cosecha sea buena. Así se lo ha dicho Andrés Díaz: que la limpieza sea completa y pueda justificar el salario que le paga generosamente (Hazlo así, Pedro Burguillo. Con precisión y firmeza. Al término de cada semana tendrás la paga. Limpia bien, Pedro Burguillo; que no quede matorral ni zarza). El brote es rebelde y hace sudar a Pedro Burguillo…” Así empieza “El despojo”, como si se tratara de una trama ruralista, que es lo que podría inducir a la confusión inicial del lector desprevenido. Pero en realidad es una trama compleja en la que se enfrentan y compiten tres astucias, la del dueño del terreno, la del funcionario judicial y la de Pedro Burguillo, el campesino, que bien podría vencer a los tres y quedarse con la propiedad. Sin embargo, en narrativa más importante que el tema es el lenguaje, y en este caso, Urdaneta maneja el lenguaje literario como pocos: “Suena un silbido que alerta la hojarasca y pronuncia perfiles de extraña tensión en el ánimo del rustico atador de brozas. Lo escucha y advierte el sentido que exhala el llamado…” Hay allí poesía, estructura, un excelente manejo de la palabra que nada tiene que ver con corrientes ya superadas. “Se hace pájaro Pedro Burguillo con otro silbido, el suyo más agudo, más de tierra. (No te distraigas en la labor, Pedro Burguillo. Este terreno debe estar listo para el banqueo y debes terminar de segar y limpiar. Recoge la gavilla y quémala, Pedro Burguillo, pero no te entretengas. Pronto tendremos lluvia, largo invierno). El murmullo de la tarde ya avanzada no permite saber si el silbido de los gruesos labios es de hombre o animal”. Bien podría decirse que en este cuento se conjugan dos de las corrientes que el autor maneja con toda propiedad: la literatura y el derecho: “No se pudo constatar el despojo. No procede la aplicación del interdicto". Es posible que el Juez esté desilusionado y la tierra que Pedro Burguillo cultiva con tanto esfuerzo siga en la posesión de Andrés Díaz. Podría también ser posible que él mismo, en la labor de banqueo y en la quema de la gavilla de brozas, atraiga más cada vez hacia si mismo el amor de la tierra; que a la tierra él la fecunde para que sea suya. (Yo no tengo tiempo para ocuparme de mi heredad; por eso te la he encomendado, Pedro Burguillo. Cuídamela bien). Podría morir Andrés Díaz y no existir más esa persona a quien el Juez llama “el poseedor legitimo". Debe estar él, sólo él, arropado con la maleza, con la fibra de su mano tendida sobre el machete certero”. Y, sin embargo, no es un cuento-ensayo, sino un cuento puro. Es la narración de esa situación en la que tres fuerzas se encuentran y sólo una vencerá. Y lo más importante: es un tema urbano que se desarrolla en un medio rural. Por encima de todo, es un cuento con un peso específico nada común, que nos revela la gran calidad de Alejo Urdaneta como cuentista.
Otro texto que da luces sobre la cuentística de Urdaneta es “Florencia Niña” (Cuento alegórico en dos tiempos, dos espacios), en donde el autor, también con un lenguaje poético, lleva al lector, en efecto, por dos espacio y dos tiempos abiertamente contrastantes, pero lo mantiene dentro de una sola situación. El texto se inicia con la ubicación del personaje dual, con las siguientes pinceladas: “Escuchabas en la cocina de la pobre vivienda la salmodia del agua en el fregadero. Con delantal y cofia percudida, la mujer, madre y patrona, repite el consejo y la orden que advierten del escarmiento y la estrechez, el inútil arrepentimiento por la pobreza no aceptada. Junto a los panes que ayudas a moldear, extendidos en el fogón, se confunden la ternura y la amenaza”. Es un ambiente de pobreza, pero pintado con tal maestría que no hay nada sórdido en él. Lo que hay es poesía, atmósfera, buena literatura y, de nuevo, una gran capacidad para plasmar varias realidades superpuestas que pueden engañar al lector. Pero de repente, con un recurso cinematográfico, el lector ya no está en el ambiente sórdido de un barrio pobre, sino en una de las ciudades más bellas del mundo, que durante siglos ha sido el centro del humanismo: “Al salir y cerrar la puerta de la cocina, estás en Florencia, en un cuartucho desde donde ves el Baptisterio y la Galería, los enigmas de Medusa desmembrada por Perseo, la fuente limpia tan diferente de la que adorna el patio de la casa. Y entras en la plaza del color del pan que llevarás ahora al mercader para venderlo como tus recuerdos perdidos en el polvillo con que dibujaste a Florencia niña, Florencia puente. Después, las monedas echadas con indiferencia, recibidas para llevarlas a la madre y patrona que reprende y prepara de nuevo el manjar desabrido que habrá de servirte en el refectorio de oración y recogimiento”. El elemento pobreza subsiste, pero ahora se mezcla con la más importante de las riquezas: la espiritual. Allí está el Arno, el Baptisterio, los puentes y, sobre todo, Beatriz, la amada del Dante, que es la poesía, todo en un espacio en el que el nombre Florencia lo determina todo. Todo es onírico, el lector, llevado de la mano con suavidad por el poeta, por la reencarnación de Virgilio, vuelve a recorrer los espacios de la “Comedia” dantina, sólo que no se despega de la cocina humilde, de las paredes manchadas, de la plancha, del espacio en donde manipula la harina para dibujar a Florencia niña, “para que te acompañe con destino al mercader de los panes. Presientes que no serán rezos ni admoniciones lo que escucharás, sino voces dichas por labios que expresan deseo, apremio, y finalmente aceptación. Y todos los murmullos y campanas quedan lejos y sólo es Florencia niña que tiende un puente sobre el Arno”. Es la imaginación, la poesía, la que en realidad entra por los ojos del lector, que de repente vuelve a la realidad: “…y así el fogón y el refectorio se alejaron del ambiente para llevarte con Florencia al cuartucho desde cuya ventana no verán, el Baptisterio sino un fondo de techos de zinc oscurecidos de tempestad, trepidantes de viento y atardecer. El rugido de las aguas llega a oídos de Florencia niña, y ella se deja llevar por torrentes que arrastran perseos de lodo, reyes de cal, medallas desgastadas. La inundación del río llegó hasta Florencia puente, hasta el lecho que han destendido, y los anega de furiosas emociones”. Es la realidad la que se impone: la bella ciudad, el centro del mundo, sufrió la calamidad de las aguas, y la niña sufre la calamidad de su vida: “…del peso de la miseria con el aroma de mies y levadura”. Es la palabra lo que cuenta: Florencia es un nombre propio, nombre de la ciudad más bella del mundo, nombre de la joven que padece su realidad y escapa de ella en sueños. Nombre que lleva al lector, al mismo que alguna vez pudo ser llevado por Virgilio y por Dante a los espacios más sublimes, a los espacios de un cuento que también es poesía pura.
La poesía de Alejo Urdaneta, aún dispersa, es también digna de estudio. Refleja no sólo su lirismo, sino su capacidad de síntesis que es, al fin y al cabo, uno de los elementos realmente fundamentales de la poesía actual. Pero hoy no voy a tocar ese aspecto de la obra de Urdaneta. Como tampoco puedo referirme en propiedad a su ensayística, que requeriría un libro y no unas pocas páginas. Porque en ese campo Alejo Urdaneta ha logrado en plenitud lo que debe ser la meta de todo ensayista: brevedad, profundidad y poiesis. “El Arte: una apreciación personal”, publicada por Editorial Actum en el 2006, es un libro de apenas 130 páginas cuyo contenido bien podría llenar uno de 1.000 páginas. Pero el poder de síntesis, el ir al grano sin adornos innecesarios, el llamar las cosas por su nombre y evitar regodeos innecesarios, de esos que suelen alimentar la autoestima del autor pero no en ansia de conocer del lector, son algunos de los factores que hacen de ese ensayo un libro magnífico, en el que los ojos y entendimiento del lector se pasean por la historia, por la estética y por la esencia del Arte, que es una de las realidades que convierten al ser humano en ser humano, diferente al resto de las criaturas del Universo, tal como el lenguaje, que es el tema del otro libro fundamental de Urdaneta, “Forma e intenciones del lenguaje” (Ediciones Giluz, 2009, con prólogo del Académico Francisco Javier Pérez), un tomo de apenas 92 páginas de apretada e intensa prosa cargada de poiesis y de una erudición que en ningún momento se hace pesada. Por el contrario, recorrer su espacio es recorrer una geografía maravillosa y enriquecedora. Acierta sin duda el prologuista al afirmar que “…por la gracia divina del poeta y por los muchos aciertos del ensayista glorificador, que los dioses buenos inventaron el lenguaje para crear un mundo mejor; aquél en donde reine el arte de amar, en donde la palabra benéfica actúe y en donde esplendorosamente brille la luz de la vida”.
Esa “gracia divina del poeta”, ese “arte de amar”, y ese brillo de la luz de la vida, son los verdaderos alientos vitales de Alejo Urdaneta, el escritor.
Taller Crítico - LA ÉPICA DEL DESENCANTO
por Roberto J. LOVERA DE SOLAPara entrar en “La épica del desencanto”. (Caracas: Alfa, 2009. 254 p.) de Tomás Straka (1972), una obra en la cual él desea desentrañar de nuevo los rasgos del culto venezolano a Simón Bolívar (1783-1830) y tratar de explorar las interacciones y entrelazamientos entre bolivarianismo, historiografía y política entre nosotros, se requieren a nuestro entender unos presupuestos básicos porque siempre se nos presenta a los venezolanos que a la hora de estudiar al Libertador que nos encontramos con este hecho básico: es, como escribió Germán Carrera Damas (1930): “Imposible dar un paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bolívar” (“El Culto a Bolívar”. 2ª.ed. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1973,p.21) o el maestro Pedro Grases (1909-2004): “Es difícil, si no imposible, dedicarse en Venezuela a temas de índole histórico cultural, sin tropezarse con la personalidad de Simón Bolívar, el Libertador” (“Obras”. Barcelona: Seix Barral, 1981, t. IV, p. XVII).
Y hay un solo camino para interpretarlo bien. Así lo señaló Grases al anotar “Hay que leer directamente los textos. A Bolívar no hay que defenderlo; Bolívar se defiende solo, lo que hay que hacer es estudiarlo, asimilarlo, comprenderlo, como hombre. Entenderlo en su grandeza, sin bajarlo a nuestra mediocridad. No hay que apearlo de su caballo. Está muy bien en su caballo en tanto que la devoción sea un magisterio y no simple admiración. A Bolívar hay que interpretarlo en el drama de la acción que quiso realizar, entonces es una de las piezas esenciales de la civilización universal” (“Reflexiones personales” en Obras. Barcelona: Seix Barral, 1989, t. XVIII, p.365). Y ello sin olvidar la insinuación de don Augusto Mijares (1897-1979), en la primera línea de su biografía del Caraqueño: “Exigir a un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (“El Libertador”. Caracas: Editorial Arte, 1964, p.1).
LA SOMBRA DE BOLIVAR
Y ello porque Bolívar siempre será para nosotros el héroe, la figura tutelar bajo cuya sombra ha vivido la nación, el siempre presente, el gran intuitivo de Venezuela, el primer caraqueño, el alero al cual se acogió Venezuela en sus horas más graves. Bolívar el constantemente interrogado, sobre todo en las instantes más difíciles, el siempre invocado. Héroe no solo por las grandes estrategias de sus campañas sino porque forma parte de esa familia seres humanos, de todas partes del mundo, que nos cautivan porque “causan asombro, admiración o respeto, y en algunos casos compasión” como indica el historiador británico Paul Johnson en su caracterización de estos seres (Héroes. Barcelona: Ediciones B,2009,p.14), personas, hombres o mujeres, que se caracterizaron por su virtud, generosidad y valentía.
Nos hemos referido a aquellas oscuras horas de la disolución nacional en el siglo XIX: tal durante la Guerra Federal (1859-1863), en esos caóticos siete años que van de 1863 a 1870, aun apenas mirados como se debiera, o desde la ruptura de la paz en 1892 hasta la llegada de los andinos a Caracas en 1899, e incluso hasta 1903. En esas horas el Libertador estuvo presente en las conciencias de las gentes, tanto que pudo escribir Guillermo Morón que entonces: “Tal vez porque las profundas raíces de la unidad de la cultura popular, la igualación social del viejo mestizaje y los nexos del idioma español, fueron suficientemente sólidos; tal también por el culto a la heroicidad, la sombra de Bolívar, el recuerdo de los héroes epónimos, un patriotismo a la antigua, convocó en las plazas públicas, en las pocas escuelas, en la voz de algunos hombres ejemplares y en la tradición popular, las escasas fuerzas de la soberanía histórica” (“Breve historia de Venezuela”. Madrid: Espasa Calpe, 1979, p. 181-182), notables frases estas que deberían esculpirse en las paredes de nuestra ciudades para que las gentes las lean cada día. Allí la presencia del Libertador fue acicate para esperar días mejores.
PARA ESTUDIARLO
Pero para comprenderlo hay que estudiarlo, directamente, en sus papeles, leídos como el indicó deseaba ser comprendido, tal como él pidió ser leído en su carta a su amigo Guillermo White (c1764-1834), “Tenga Ud. la bondad de leer con atención mi discurso, sin atender a sus partes, sino al todo de él” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983, t. XVII, p.416). Pero a la vez que hay que partir de este principio, considerado por J.L. Salcedo Bastardo (1926-2005) el método preciso para leerlo, hay que añadir los siguientes materiales que nosotros sugerimos: 1) atención en todo momento a los sucesos de su biografía y no sólo a sus ideas. 2) debemos acotar que sus concepciones tienen gran importancia, diríamos que esencial, porque el fue un intelectual y serlo es darle más importancia a las ideas que a las personas, como sugiere el historiador británico Paúl Jonhson. Pero si seguimos sólo sus ideas, que es lo que hacen los historiadores de las ideas, equivocándose muchas veces porque estudian línea a línea sus renglones pero dejan de lado la acción que en un político como el Libertador es fundamental, él era un activista. Y fue el primer político nuestro, esto tampoco hay que perderlo de vista, en que hubo un flujo constante entre ideas y acción. Pero él no se explica sin mirar cada uno de sus pasos. Es en este punto donde El contrato social (1762) de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) es básico, allí está el tipo de sociedad que él quiso crear: democrática y liberal; 3) pero el análisis del Libertador además de lo ya indicado debe detenerse en sus grandes momentos psicológicos, en todo lo que le enseñaron los avatares de su acción; 4) por ello siempre que se estudie a Bolívar hay que tener a la mano, al lado, sobre nuestra mesa de trabajo, un ejemplar de “El príncipe” (1513) de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) para entender al político. Y si bien Bolívar criticó a su edecán Daniel Florencio O’Leary (1801-1854) por leer “El Príncipe” él lo había hecho desde muy atrás, con atención, tanto que su frase “si la naturaleza de opone” la ha encontrado, no textual, Manuel Caballero en el penúltimo capítulo de “El Príncipe”; 5) hay verlo como una criatura de la historia; 6) buscando siempre lo sustantivo en él, dejando de lado la red de adjetivos que nada explican. Sin el realismo político que no enseña Maquiavelo y que él utilizó no se le puede comprender, esa la tarea que hay que hacer ante él.
EL CULTO A BOLIVAR
El libro de Tomás Straka es relativo al culto al Libertador, pero él ha encontrado tal ángulo de expectación, de análisis, que nos ha logrado ofrecer un libro sustancial y sustancioso, el cual se aleja completamente de aquellas obras que utilizan a Bolívar como un arma política, la cual siempre nos impide el análisis porque ante el Libertador, insistimos, estamos ante una criatura de la historia. Un personaje, también es verdad, que ha logrado atravesar la barrera de los siglos, por ser su vivir y sus experiencias esenciales para un pueblo. ¡Y hay de la nación que no tenga a su Héroe¡ Los que a esos sucede no tienen identidad.
Y hay que insistir en el punto, como lo hace Straka, que si bien las manifestaciones falsas del culto a Bolívar deben siempre se criticadas y abandonadas, tal como aquella que él cita: “Todo está sintetizado en el Libertador. Sencillamente todo” (p.196) como se leyó un día en las columnas de “El Heraldo” caraqueño.
Pero la devoción venezolana a nuestro hombre tiene otra cara: fue, y creemos que es su mensaje lo que dio unidad a Venezuela, por ello vivimos bajo esa ala, bajo el cual todos los pueblos viven porque todos tienen su figura egregia. Y pobre el país, repetimos porque ese esencial, que no tenga su héroe, porque no tendrá ni dirección hacia donde dirigirse, ni entidad.
Y todos los pueblos han rendido culto a sus héroes, a sus figuras egregias, a sus hombres representativos. Si bien el Panteón Nacional puede ser visto como la máxima representación del culto oficial a Bolívar en verdad es más, es el lugar donde está la huesa que hay que recordar. La iglesia laica de la plaza del Panteón vale tanto para nosotros como la abadía de Westminster en Londres, El Escorial, en las afueras de Madrid, el Cementerio de Arlington en Washington o la Valhalla alemana, cuyas filas de tumbas miran al río Rin.
Es por esto mismo que observa Straka “a veces estas críticas a la ‘religión bolivariana’ van al otro extremo y descuidan lo que, también, de positivamente inspirador pueda tener el Libertador para los venezolanos” (p.164).Y reitera “el culto a Bolívar… (es) rasgo esencial de nuestra memoria nacional” (p.208-209). Y añade: “siguiendo a Luis Castro Leiva (1943-1998)… la base de nuestro ethos republicano es una combinación original, ingeniosa del catolicismo y ese conjunto de ideas cívicas que nosotros encerramos, descubrimos y no pocas veces atribuimos al bolivarianismo” (p.209).
EL LIBRO
Casi al abrir “La épica del desencanto” nos indica Tomás Straka insiste en la importancia que los venezolanos hemos dado al historicismo. Historicismo es la “Tendencia intelectual a reducir la realidad humana a su historicidad o a su condición histórica” como leemos en el Diccionario esencial de la lengua española (Madrid: Espasa, 2006, p. 782). Fue esto lo que llevó a decir a Carrera Damas: “La historia es quizá el ramo del conocimiento que más ha pesado hasta el presente en el complejo cultural venezolano. Las diversas expresiones de nuestra cultura histórica exhiben huellas de una fuerte carga histórica, manifiesta no solamente en la que sería normal integración de sus componentes, sino también en la presencia de la Historia como disciplina básica en la elaboración de los múltiples productos culturales” (Historia de la historiografía venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1961, p. X). Todo lo observamos los venezolanos a través del tamiz de la historia, por ello ante todo suceso siempre nos preguntamos de dónde viene, por qué sucede esto, cuál fue su génesis, de allí lo amplio de nuestra bibliografía histórica. Y de allí también la abundancia de obras con registros históricos en nuestra literatura, en nuestro teatro, en nuestras artes plásticas, en nuestro cine. En verdad la historia es el centro de Venezuela. No se puede entender a Venezuela sin ella y sin interrogar los libros de nuestra literatura en muchos de los cuales nuestra historia está imaginada, vista más allá del documento, logrando muchos veces más penetración que la que logran los libros de historia porque los creadores logran llegar al meollo del suceder humano, a lo que no pueden atrapar los papeles de la historia y sí la intuición del escritor de ficción.
Tomás Straka ha vuelto a mirar el culto a Bolívar porque, como él lo escribe, “cada generación escribe su historia” (p.223). Esto es tan importante que el maestro dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) indicaba “Cada generación debe justificarse críticamente rehaciendo las antologías, escribiendo de nuevo la historia literaria y traduciendo nuevamente a Homero” (Obra crítica. México: Fondo de Cultura Económica, 1960, p. 232). Por eso cada promoción venezolana vuelve a redactar la vida de Bolívar desde que Felipe Larrazábal (1816-1873), un hombre de la generación de 1830, escribió la suya que fue el libro más popular en Venezuela a todo lo largo del siglo XIX, aparecido el mismo año de la primera edición, en la Revista Literaria, de la “Biografía de José Félix Rivas” de Juan Vicente González (1810-1866), el segundo más famoso libro de esa centuria, a lo que se unió más tarde Eduardo Blanco (1838-1912) con “Venezuela heroica”. ¿Y no nos debe llamar la atención que los tres libros más leídos por los venezolanos en el siglo XIX hayan sido tres libros de historia y no una novela como sucede en tantas naciones? Y de allí, desde “La vida de Bolívar” de don Felipe Larrazábal, desde 1865, podemos seguir el caminar de las generaciones escribiendo la historia de Bolívar: Luis López Méndez (1863-1891) redactó la de los positivistas; Augusto Mijares (1897-1979) la de los hombres de 1918 y 1928, que son una misma generación en dos etapas, como acotó Fernando Paz Castillo (1893-1981); José Luis Salcedo Bastardo, Tomás Polanco Alcántara (1927-2002) y José Luis Silva Luongo (1930-2007) la de aquellos que actuaron en nuestra vida pública desde mediados del siglo XX hasta que se presentó la militarada en 1992. Y estos últimos no ha podido volverlo a hacer: no se han logrado escribir ningún libro de valor porque el de J.R. Nuñez Tenorio, que examina Straka con buen ojo, fue impreso en Caracas en 1975 y no en Chile, en donde apareció su segunda edición, y no es para nada una contribución a algo porque para nada su autor conocía y manejaba la documentación bolivariana. Y Nuñez Tenorio no pasó de ser una medianía como profesor de filosofía, no le conocemos ninguna contribución ni siquiera al marxismo. Murió en paz y nos dejó en paz, como Federico Brito Figueroa (1922-2000), para utilizar la frase del general Gómez al enterarse de la muerte de un antagonista. XXX
Y esto sin contar la inmensa bibliografía sobre el Libertador: en 1942 don Pedro Grases registró 1546 impresos de y sobre Bolívar en un repertorio (Catálogo de la exposición de libros bolivarianos. Caracas: Biblioteca Nacional, 1943. 239 p.) y en 1986 solo la entraba “Bolívar, Simón” de otra obra, compilada por el maestro Manuel Pérez Vila (1922-1991) y Horacio Jorge Becco (1946-2005), registraba 681 títulos (Bibliografía directa de Simón Bolívar. Caracas: Universidad Simón Bolívar,1986. XXIII, 405 p.). Y en el epígrafe del mismo volumen don Manuel citaba este pasaje de Guillermo Morón (p.XV):”Seguramente habría que dedicar toda la vida de trabajo de una docena de especialistas para poner en orden de la lectura la inmensa Bibliografía Bolivariana” (“Reflexión heterodoxa a propósito de Simón Bolívar”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 250,1983,p.121-133).
SU ESENCIA
La esencia de “La épica del desencanto” la hallamos cuando al leerla, es un libro apasionante, tanto que por momentos los hemos leído como si siguiéramos las pista de los personajes de una novela, nos damos cuenta que Straka nos ofrece sus análisis sin ningún tipo de prejuicios, que son siempre juicios previos, sin rencores sociales de ningún tipo, que desgraciadamente aparecen tantas veces en las obras sobre Bolívar. En cambio él lo hace diáfanamente, aceptado al triunfador que fue Bolívar, lo fue porque fue fiel al proyecto vital y por haber sido uno de los pocos que logró realizar sus sueños. Y todo lo hace aquí Straka también lejos del “bolivarianismo escuálido”, tan nefasto como el chavista: porque ambos usan al Libertador como arma política en su combate por el poder. Y eso, desde el punto de vista de la investigación histórica es erróneo. Hay obras actuales en las cuales se intenta examinar a Bolívar pero quien aparece, así no lo mencionen, es el presidente Chávez, aunque a veces sólo sea visible su espectro, como sucede también en el Cesarismo democrático (Caracas: Empresa El Cojo, 1919. VIII,307 p.;2ª.ed.aum.Caracas: Tipografía Universal, 1929. VIII,349 p.) de Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) quien nunca cita Gómez pero Don Juan Bisonte está presente siempre tras sus renglones.
Y esto es importante porque las obras sobre el Libertador están llenas de los recovecos psicológicos de sus autores, a veces parecen memorias personales.
Hay quien ha negado toda la posibilidad de que los venezolanos sintamos afecto por Bolívar, pasión por sus acciones, que él pueda ser para los venezolanos, y lo ha sido, y lo es hoy en medio de la anarquía que vivimos, consuelo, refugio y acicate, cosa que explicitó Carrera Damas en el controvertido capítulo IV de El culto a Bolívar, tanto que el tutor de su tesis, el doctor Joaquín Gabaldón Márquez (1906-1984), debió hacerle una acotación aclaratoria, la conocemos por haber copiado Carrera al inicio de su obra en señal de comprensión. Y esta observación del querido don Juaco las que nos hace comprender cual es el significado del afecto que sentimos los venezolanos por Bolívar. En otras es la aflicción por el país, tan válida psicológicamente como el desencanto del que nos habla Straka.
Hay otros casos en que los autores usan a Bolívar en sus combates políticos con otros. Y entonces visten a Bolívar con las ideas, que no tienen que ver con el Caraqueño, de aquellos a quienes adversan, aplicándole al Libertador concepciones que él no tuvo. Sabemos que estas observaciones nos darían materia para todo un ensayo.
En tal trabajo habría también que dedicar espacio a un hecho: la mayor parte de los autores de libros sobre Bolívar, salvo las excepciones lógicas, se han copiado unos de otros, fíjese que no decimos plagiado, porque ese es otro asunto. Y las copias son tantas que el verdadero estudioso de Bolívar debe leer con atención para darse cuenta de quien ha sido tomada tal o cual idea, tal o cual desarrollo, muchas veces hechos sin consultar la documentación bolivariana, que es de donde hay que partir. Esto es tan grave que prácticamente en aquella inmensa masa de papel solo se salvan hasta hoy 303 títulos, según nuestra propia observación, que son en verdad los que hay que leer para estudiar a nuestro hombre. Desde ellos es que hay comenzar la interpretación, previa la lectura, sino es imposible, de los papeles del propio Libertador que el la edición actual de los Escritos del Liberador, que llega en este momento hasta el 28 de agosto de 1824 se encuentran 9749 documentos, los cuales hay que leer para poder conocerlo, sin hacerlo toda interpretación que se intente sería inválida.
Y unos autores se han copiado a otros porque los venezolanos, esta es una gran falacia nacional, creen que por haber estudiado a Bolívar en la escuela primaria y en la educación media conocen al grande hombre. Grave error: para ser certeros en el análisis de Bolívar hay que dedicar o toda la vida o una muy buena parte de la faena intelectual para poder llegar al meollo de las razones que lo hicieron actuar.
Y esto es importante porque muchas veces las obras sobre el Libertador parecen más bien autobiografías de sus autores y no discretas obras históricas. Sucede muchas veces, demasiadas, aquello que observó la agudeza de Germán Arciniegas (1900-1999), “El caso ha venido repitiéndose como una constante desoladora sencillamente porque cada cual hace su propia historia cuando escribe la de otros” (“Bolívar:¿un misterio?”, El Nacional, Caracas: Octubre 19,1983, Cuerpo A,p.6). Y esto hay que evitarlo.
EN SU ENTRAÑA
Por qué llegamos a donde estamos es la pregunta central de “La épica del desencanto”, esta es la base del desencanto latinoamericano. No nos gusta la sociedad que tenemos pero tampoco no hemos puesto a crear la que deseamos. De allí el abismo en que estamos, habitamos en “los días de caos” que alguna vez advirtió José Ignacio Cabrujas (1937-1995).
Tomás Straka en “La épica del desencanto” nos muestra como ha leído la documentación y las obras en la cual se basa su análisis leyéndola “con calma y el sentido crítico que merece” (p.204), mira así con extremo cuidado “el culto a Bolívar, esa épica fundacional de nuestra República” (p.139) porque “Venezuela ha hecho del historicismo la base ideológica de su proyecto como nación. Sin importar cuán raídas estén, en ellas, como recuerdo de tiempos mejores, encontramos inspiración y consuelo” (p.9).
Anota Straka sobre la entraña de los que nos desea mostrar es: “El problema de la relación entre historia y política, de la relación entre las lecturas políticas de la historia y las justificaciones historiográficas de lo político, es el que ocupará estas páginas” (p.9), “La necesidad de entender cómo fue que llegamos a donde estamos, qué es un concreto lo que encierra el Libertador, cuyo nombre al parecer es un ensalmo que sirve para todo; cómo es posible que con base en su gesta de hace dos siglos se pretenda construir un futuro, ha hecho que más de uno repase lecciones olvidadas en sus días escolares o se ponga, cosa impensable hace años, a leer libros de historia” (p.10).
Por ello la necesidad de “estudiar el historicismo bolivariano, adentrarnos en algunos de los caminos y fases que se nos insinúan, es estudiar algo que en Venezuela va bastante más allá de los ideológico, lo político e incluso lo historiográfico. El país que busca lustre con el uniforme apolillado del abuelo, tiene una relación mucho más honda, sociocultural, psíquica, vivencial con él, que cualquier otro que simplemente evoca a un héroe o a un pasado primordial para un fin político determinado” (p.10).
Así “el problema no es si Bolívar está o no de acuerdo con algo, el problema es: ¿por qué debe estarlo?¿Por qué hacerle tanto caso a lo pensado por un hombre, cuyas virtudes que por demás no negamos, de dos siglos atrás? ¿Por qué un venezolano no puede simplemente disentir de Bolívar, como en efecto lo hemos hecho tantas veces, como lo hicimos en 1826 y 1830, y por eso no convertirse es una especie de traidor a al patria?¿Por qué toda propuesta debe buscar coincidencias con el Libertador para que sea legítima?” (p.11).
De allí este libro: “son dos…los objetivos de los trabajos que acá se presentan: primero, demostrar cómo el debate en torno a la memoria de Bolívar ha sido, pero sobre todo sigue siendo, fundamental en el diseño de la república venezolana…Segundo…el de la historia como forma de ‘representación social’ y la historiografía como parte de la historia cultural, es decir, no solo como ‘historia de la historia’ sino como la de toda la cultura que la produjo” (p.13-14). Así intenta su libro “ser una especie de anverso y reverso del Bolivarianismo viéndolo en ambas caras de su curva: cuando empezó a cuestionársele…y cuando se erigió como gran lenitivo para nuestros males en el siglo XIX” (p.14). Y continúa: “La hipótesis que esperamos delinear…es que se trata de un problema de envergadura: el de la redefinición de nuestro proyecto como país, el del modelo de democracia que en cuanto tal queremos y del rol que la memoria del Libertador puede tener en la misma” (p.24), “Del bolivarianismo como fundamento ideológico del proyecto nacional venezolano desde el siglo XIX, y sus encuentros y desencuentros con el proyecto democrático del siglo XX” (p.62), “Se trata de una bipolaridad nacional…de la ‘oposición entre el optimismo lírico y el pesimismo sistemático’, que nos caracteriza” (p.113)
LOS GRANDES LOGROS
JUAN VICENTE GONZALEZ
Entre los grandes logros analíticos que encontramos en “La épica del desencanto” deseamos destacar algunos. Tal su estudio sobre Juan Vicente González (1810-1866), el verdadero fundador del culto a Bolívar, cosa que no se le ha reconocido. Nos explicamos: el culto a Bolívar no se inicia en 1842 con el traslado de los restos del Libertador a Caracas ni a los pocos meses, ya en 1843, con la Descripción de aquellos actos redactada por Fermín Toro (1806-1865). El culto a Bolívar lo comenzó el licenciado González, hombre tan sabio que en Caracas lo llamaban “tragalibros”, también “el literato monstruo”. Gonzalez fundó el culto a Bolívar cuando, desde 1831, inició la publicación de los textos con los que formó en 1842 su libro Mis exequias a Bolívar (Caracas: Imprenta de El Venezolano, 1842. 104 p.). Y había que ser valiente para haber hecho aquello desde 1831 años en que imperaban al más cerril anti-boliviarianismo en nuestra elite política, la que se negó por años en reconocer aquella figura esencial de la venezolanidad, e incluso a cumplir el voto del propio Libertador en su testamento en ser enterrado en Caracas. Pero mientras aquello acaecía González publicaba cada año una de aquellas espléndidas prosas, fundamento de nuestro romanticismo literario. Por ello fue él quien fundó el culto a Bolívar, “la naturaleza me ha hecho boliviano” dijo una vez, boliviano, como se decía entonces, no por Bolivia sino por Bolívar. Así en 1842 fue González quien fundó y aclimató la devoción bolivariana entre nosotros. En 1827, joven estudiante universitario, había visto al Liberador en Caracas y quedó fascinado, fue gracias a las reformas de la universidad hechas por el Libertador que González se pudo graduar porque era hijo natural y no podía probar su limpieza de sangre, asunto eliminado por Bolívar en la reforma republicana de nuestra alma mater. El 17 de diciembre 1842 cuando Gonzalez, en la esquina de la Trinidad, recitó unos versos alusivos aquel día, ante el féretro de Bolívar, debió sentirse feliz porque aquel era un acto de justicia.
Pero era Juan Vicente González, y esto nos lo hace ver Straka muy bien, un gran desencantado de Venezuela, había visto aquella “edad de oro” caer, como llamó al gobierno deliberativo, vio la tiranía de los Monagas, que lo sacó de su cátedra universitaria, el horror de la Guerra Federal (1859-1863), durante la cual él fue el corifeo de los centrales y la gran disolución ética. Estaba tan desencantado al final de sus días que al morir su amigo Fermín Toro dijo que había muerto el último venezolano olvidándose de si mismo quien también lo era, lo sería once meses más tarde, como indica el ojo zahorí de Straka.
AQUELLA TRILOGIA
Un segundo hecho que deseamos destacar es la forma como Straka explora la trilogía de grandes hombres formada por Eduardo Blanco, Vicente Lecuna (1870-1954) y Tito Salas (1887-1974): el primero escribió con emoción nuestra epopeya, el segundo la documentó con los papeles en la mano, el tercero pintó esa historia. A Blanco y a Tito los denomina Straka “los rapsodas” (p.99) quizá por la razón que primero hay que relatar lo que pasa de boca en boca, como entre los griegos lo hizo Homero, y mas tarde interpretar, que fue lo que hizo el doctor Lecuna en esta caso, después que aquellos dos o se habían fascinando por la epopeya, caso Blanco o la habían imaginado con el pincel, caso Tito Salas. Ellos trataron a poner al desencanto latinoamericano la luz de aquellos logros, reaccionaron contra el canto del “fines patriae”, dicho incluso por el Libertador en su grave y depresiva carta a Juan José Flores (1800-1864), treinta y siete días antes de morir (Noviembre 9,1830), y luego por Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) en la última línea de Ídolos rotos y por el maestro Rómulo Gallegos (1884-1969) en un pasaje de El último Solar, su primera novela. Y ellos no fueron los únicos. Todo ello rematado en nuestros días por un pensador venezolano, quien como Cabrujas, Juan Nuño (1927-1995) y Francisco Herera Luque (1927-1991) tanta faltan nos hacen en estos días trágicos. Carlos Rangel (1929-1988), a quien nos referimos, escribió en las primeras tres líneas de su libro más difundido: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser” (Del buen salvaje al buen revolucionario. 15.ed. Caracas: Criteria,2005,p.29).
Hay que decir hoy que Eduardo Blanco fue con Venezuela heroica (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XII,266 p.), y con su novela Zárate (Caracas:Imprenta Bolívar, 1882.2 vols), publicada meses más tarde, el fundador también del tratamiento de la violencia en nuestra literatura. Y hay que recordar que Venezuela heroica fue de tal forma acogido que en 1881, el año de su publicación tuvo dos ediciones, lo cual fue un grandísimo logro en aquella Venezuela donde poca gente sabía leer. Pero la segunda edición tiene el significado de ser la definitiva por en ella don Eduardo le añadió varios capítulos que no estaban en la primera, que solo recogía los “cuadros históricos”, así los llamó, de La Victoria, San Mateo, Las Queseras, Boyacá y Carabobo. En la segunda (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XXII,599 p.) colocó además de las mencionadas los “cuadros históricos” de El sitio de Valencia, Maturín, La invasión de los seiscientos, La Casa Fuerte, San Felix y Matasiete, por ello si la primera edición tenía 266 páginas la segunda tenía casi el doble: 599 páginas. Y hay que añadir también que ambas ediciones fueron editadas en la Imprenta Sanz, propiedad de don Felipe Tejera (1846-1924), quien mucho ayudó a Blanco a corregir y pulir aquel libro impar. En la imprenta de don Felipe estaba la Independencia entera presente: el era nieto del licenciado Miguel José Sanz (1756-1814). Y apenas habían pasado en aquel año sesenta años de la batalla de Carabobo. Por lo tanto la edición de Venezuela heroica aparecida en 1883 no fue la segunda sino la tercera edición. Y desde allí no ha dejado de editarse.
También don Eduardo, que fue lo que los anglosajones llaman un “good looking man”, posó para Arturo Michelena (1863-1898) cuando este pintó su legendario “Miranda en La Carraca”, cuadro tan perfecto que siempre que lo volvemos a mirar sentimos que el Precursor está a punto de pararse del camastro y venir a darnos la mano.
¿HISTORIOGRAFIA MARXISTA O VALLENILLISTA?
Un tercer hecho que deseamos recalcar ante “La épica del desencanto” es el estudio que realiza Straka de la génesis de la historiografía marxista venezolana, tendencia de escasos logros, solo deberíamos apuntar a Carlos Irazabal (1907-1991) y a Miguel Acosta Saignes (1908-1989) porque Federico Brito Figueroa casi no se le puede considerar historiador porque lo que hizo fue desfigurar nuestra historia, como lo hizo en el caso de Ezequiel Zamora (1817-1860), su libro sobre aquel caudillo es sólo un arma política, todo lo cambió y alteró para probar una tesis preconcebida e inexistente, como ha sido bien probado por Adolfo Rodríguez (La llamada del fuego. Caracas: Academia Nacional de la Historia,2005. 377 p.) y además se han encontrado documentos zamoristas por él citados a los que le agregó renglones que no estaban en sus originales, como lo ha demostrado Asdrúbal González (Noticias de la Guerra Larga. Caracas: Feduez,2005,p.64-65).
Y en el caso de la historiografía marxista lo que Straka ha logrado ver no puede ser más agudo: más influyó en su formación la presencia de las obras de don Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) grande historiador que el barbudo gruñón de Traveris, observación zahorí de Straka y muy bien probada.
Pero, claro, que si hubo, y era imposible que ello no haya sucedido, influencia del pensamiento de Carlos Marx (1818-1883), y el uso de sus metodología en algunos historiadores venezolanos, entre los cuales hay muy diestros conocedores del marxismo como Manuel Caballero o el italo-venezolano Alberto Filippi e incluso el propio Carrera Damas. Pero a varios de ellos les sucede, como pasó a Carlos Irazabal con el mejor de sus libros, Venezuela: esclava y feudal (Caracas: Pensamiento Vivo, 1964. 233 p.), que cuando se separaban de las anteojeras del marxismo veían mejor nuestra experiencia colectiva y podían interpretar mejor nuestra realidad.
EL GENERAL LOPEZ
Subrayaríamos el capítulo sobre Eleazar López Conteras (1883-1973), uno de los pocos intelectuales que han ocupado la presidencia del país, verdadero estudioso de Bolívar por lo cual el general López vio en las ideas de Bolívar un elemento de cohesión para la nación, que en los días de su gobierno recuperaba las libertades democráticas. Y además aplicó, como nos lo hace ver muy bien Straka las ideas militares del Libertador a la institucionalización del Ejército Nacional que para el momento en que él gobernó tenía apenas treinta y cinco años de haberse formado como un verdadero Ejército Nacional profesional, había comenzado a actuar en 1910. Hay que pensar bien este hecho: en 1901, por ejemplo, nuestras Fuerzas Armadas sólo estaban compuestas por trescientos hombres, casi todos provenientes de las “tropas colecticias” (Santiago Gerardo Suarez) de las guerras civiles. Por ello que la Academia Militar de Venezuela se haya fundado en 1810 no puede ser citado como señal de un ejército con doscientos años de existir porque las tropas existentes fueron escasas, la formación de muchos oficiales casi nula hasta el siglo XX. Lo que hubo desde el momento en que se iniciaron las treinta y nueve revoluciones que hubo en el país, guerras civiles desde que Julián Infante, el año 1830, se alzó en los llanos hasta, setenta y cuatro años más tarde, con la batalla de Ciudad Bolívar (Julio 21,1903) hubo en el país guerras civiles que muchas veces fueron motines y sublevaciones, los contingentes que pelearon en ellas fueron armados por los propios caudillos, véase lo que fueron en el pasaje de Vicente Cochocho de Las memorias de mamá Blanca (París: Le libre libre,1929. 285 p.) de Teresa de la Parra (1889-1936) y antes en El sargento Felipe (Caracas: Tipografía Herrera Irigoye, 1899. 187 p.) de Gonzalo Picón Febres (1860-1918) o en El recluta (Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Falconianos, 1978. 191 p.) de Virginia Gil de Hermoso (1857-1913), obra que estaba escrita al morir su autora aunque fue publicada sesenta años más tarde. Es por ello que terminadas estas contiendas con la batalla de Ciudad Bolívar se impuso la necesidad de organizar un ejército nacional disciplinado y bien formado. Y como la doctrina castrense del Libertador era coherente el general López la usó y divulgó. El era, hay que reconocerlo siempre, además de la inmensa deuda que Venezuela tiene con él, un bolivariano auténtico. Bolivariano en el sentido que da a este término el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua,”perteneciente o relativo a Simón Bolívar… a su historia, a su política” (Diccionario de la Lengua española,ed.2001,t.II,226). Ser bolivariano no es pertenecer a una facción política, es ser venezolano, por ello Venezuela siempre ha sido una república bolivariana sin que ello hubiera que decirlo explícitamente porque tácitamente es así. El Libertador es el padre, el gestor, el fundador. Y lo hizo con la espada en una mano y con la Constitución en la otra, por él formulada, en la otra.
CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
El capítulo del libro de Straka sobre la Iglesia y Bolívar, más bien sobre los historiadores de la Iglesia venezolana, hecho a partir de lo esculcado por el jesuita vasco Pedro Leturia (1891-1955) en el Archivo Vaticano. Nos hace ver como no son menores las contribuciones de monseñor Nicolás Eugenio Navarro (1867-1960) y del propio arzobispo José Humberto Quintero (1902-1984) a quien nada le gustaba mas que ser llamado “cardenal bolivariano”. Quintero logró también rematar en 1964 con la firma del “modus vivendi” con la sede apostólica lo que su gran antecesor Ramón Ignacio Méndez (1773-1839) había iniciado y no logrado. Fue Méndez prócer y hombre de Iglesia, en la diestra llevaba la espada y en la otra el breviario, de hecho peleó sobre su caballo en la batalla de El Yagual (Octubre 11,1816). Esta parte de “La épica del desencanto” no podía haber sido concebida sino por un católico, quien como Straka es también historiador eclesiástico y creyente, de hecho este libro suyo ha sido puesto bajo la advocación de San Fidel y Santa Caliopa. Straka sabe entender lo que significan las ideas religiosas en la vida de los pueblos, en este caso con relación a nuestra vida pública, la política incluso. Y a todo lo largo de esta parte Straka, con gran ingenio, analiza, comprende y precisa, llegando incluso entender, con las pruebas en la mano, que no fue un acto conservador, derechista dirían hoy, del Libertador cuando se dirigió al Papa en plena guerra, en 1820, a través de Fernando Peñalver (1765-1837) y José María Vergara (1792-1857), previo paso por Londres de ambos para que don Andrés Bello (1781-1865) redactara en latín el documento de acercamiento a la sede romana (Marzo 27,1820) que se pueden leer en los escritos del sabio (Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, 1981,t.VIII,p.457-469). Y el Libertador se acercó a la jerarquía y pidió al Pontífice el nombramiento de los nuevos Obispos, entre los cuales hubo dos patriotas, Méndez y Mariano de Talavera y Garcés (1777-1861), sino que fue una acción política muy bien pensada porque sabía claramente el significado que el cristianismo tenía para el pueblo grancolombiano. Se insinúa aquí por Straka otra forma de mirar los días de la “dictadura” de Bolívar en 1828, gobierno de emergencia que sigue pidiendo otros análisis, menos prejuiciados.
Y además, el Libertador terminó romanista, e incluso teólogo como indica Straka, cuando hizo pública, en su proyecto de Constitución para Bolivia (1826), su concepción de que “En una constitución política no debe prescribirse una profesión religiosa… La religión es la ley de la conciencia” (p.226-227) por lo cual, según el cardenal Quintero, se acercó a las concepciones del Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando esta asamblea consagró en una de sus declaraciones el derecho a la libertad religiosa (ver su Bolívar. Caracas: Editorial Arte,1980,p.14), asunto impulsado por el obispo polaco Karol Wotjyla, mas tarde Juan Pablo II (1920-2005). Todo este tan interesante fragmento de su libro es una contribución, y no pequeña, de Straka, a “la historia del pensamiento teológico venezolano, capítulo esencial en la historia de nuestras ideas, insólitamente descuidado hasta el momento” (p.238). Porque además, su correlato, la historia eclesiástica, como apunta, “no es un capítulo aislado y sin interés para el resto del colectivo, sino que es el reflejo de ese colectivo en las reflexiones de sus pastores” (p.242).
(Leído en la sesión inaugural de “Los tertulieros se reúnen”, celebrado en la Fundación Francisco Herrera Luque, en Caracas, la tarde del Jueves 22 de Octubre de 2009).
DIAZ SANCHEZ CUATRO DECADAS DESPUES
por Roberto J. LOVERA DE SOLAel hombre que venía casi de la nada
y que a golpes de coraje y de corazón,
en abierta lucha contra la adversidad
y apenas con la ayuda ajena,
se había abierto con decoro un sitio
de primer orden en la inteligencia venezolana”.
Oscar Sambrano Urdaneta.
LA EVOCACION DE ESTA TARDE:
“Honrar, honra” escribió José Martí (1853-1895). Para hacerlo sobre una de las figuras más entrañables de Venezuela nos hemos reunido. Y no podemos olvidar hoy dos cosas que sucedieron la tarde que llevamos sus cenizas a sembrarse en la tierra madre, nosotros éramos apenas un jovencito aspirante a escritor de apenas veinte y dos años, a quien don Ramón al conocer sus primeros escorzos había estimulado. Llegamos al Cementerio General del Sur. Alrededor de la tumba comenzó a llover en el mismo instante en que el humanista Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) tomó la palabra. Dijo el maestro de las “Candideces”, “Estamos trayendo aquí a uno de los hijos de la pródiga democracia social venezolana. Un hombre que surgió de los más pobre de su pueblo de Puerto Cabello y que por su tesón, por el estudio, por su capacidad para escribir y su sentido comprensivo del ser venezolano, sirvió a su país con el afecto con que lo amó, con su pluma con que la sirvió, con su entera imaginación que la que iluminó, mirando su pasado para entender su presente. Y siempre con la entereza de su carácter que le permitió alzarse desde aquel niño porteño cuya familia tenía escasos recursos hasta el gran maestro que fue cuando creó las grandes palabras con las que nos enriqueció. Por ello hasta el cielo llora por él en este atardecer”.
Quisiéramos poder recoger ahora otra vez las palabras peroradas por aquel tan pródigo hombre de letras, quien también se encumbró con sacrificio y llegó a ser lo que fue, persona venida también del lejano horizonte de la provincia. Que Cándido, el que se hizo bueno leyendo de don Antonio Machado (1875-1939), nos inspire ahora.
ISABELITA
Pero no podemos empezar sin evocar también a Isabelita Jiménez Arráiz, más que la esposa la compañera de todos los sueños de don Ramón. Mujer valiente y de arrojo fue ella. Antes de conocer a Díaz Sánchez, dentro de los sucesos de la “Semana de Estudiante, de 1928, en la que también tuvo papel protagónico su hermano José Tomás (1904-1981), le tocó a aquella hidalga mujer, a quien mucho tratamos y mucho quisimos, actuar cuando ya los estudiantes estaban presos por decisión de don Juan Bisonte. Un domingo entró corajuda en la iglesia de San Francisco, sin pedir permiso se subió al púlpito y desde él, con aquella forma tan suya de actuar, arengó a los feligreses presentes y dirigió la oración “por nuestros estudiantes presos”.
A los pocos años conoció a Díaz Sánchez, y ambos divorciados, se casaron. Y allí fue siempre para aquel su gran estímulo cuando en silencio trabajaba en sus obras. Y cuando sus libros aparecían, muchos de ellos, tal era nuestra situación intelectual, impresos en ediciones pagadas del propio bolsillo de Díaz Sánchez, era precisamente Isabelita la que salía a distribuirlos en las librerías y a venderlos a todos aquellos que lo desearan leer. Fue pues la celosa guardiana del marido, de aquel hombre de excepción. Todavía la recordamos en el velorio poniendo en el féretro, donde yacía el amado compañero, ejemplares de cada uno de sus libros para que se fuera el cielo con ellos. Por ello no es imposible comenzar a hablar hoy sin mencionar a la tenaz Isabelita, la que muerto el esposo siguió promoviendo su obra, logrando que se hicieran todas las reediciones que circularon desde 1968 hasta el año de su deceso. Esta mujer hay que contarla entre nuestras féminas luchadoras contemporáneas. Y ella es uno de los ejemplos, junto con María Teresa Castillo (1908) o Antonia Palacios (1904-2001), de la presencia de la mujer en los días del veinte ocho, cuando las tres, y muchas otras, apoyaron a la hora del sacrificio a hermanos y novios.
ESTE ENCUENTRO
Y ahora enumeremos las razones de este encuentro. Quizá sobran porque a altas figuras como Díaz Sánchez siempre hay que estudiarlas y siempre examinarlas. Pero el año 2003 se cumplió el centenario del nacimiento de don Ramón. En el pasado 2008 los cuarenta años de su deceso, en Caracas. Y en el 2010 se cumplirán sesenta años de la publicación de sus obras claves: su esplendida novela “Cumboto” y su magistral biografía “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, libros ambos fundamentales de la venezolanidad. Auque lo que decimos teniendo en cuenta que Díaz Sánchez es siempre uno de nuestros mayores escritores e historiadores del siglo XX. Y uno de los grandes testigos de nuestro siglo ya que fue de los primeros en avizorar, en su novela “Mene” (1936), la significación del petróleo en nuestro vivir, al observar surgir en ella tanto la menecracia y el oro negro existencial. Petróleo es una de las tres palabras con las que se puede escribir la historia de nuestra economía. Las otras dos son Cacao y Café. Es Díaz Sánchez figura notable, ayer, hoy y mañana, de las letras y pensamiento venezolano.
El profesor Manuel Bermúdez al escoger el nombre para este encuentro quiso subrayar el sentido ético de la política que le dio don Ramón al sustrato más profundo de su biografía de los dos Guzmanes, padre e hijo. Sintió, y con él estamos, que el poder, el gobernar, debía hacerse como una práctica de la vocación de servicio, cuya esencia estriba en escuchar a la gente. Los que se sirven del poder como aquellos dos hombres, lo que quieren sólo “poder, poder y más poder” se equivocan y llevan a sus pueblos por los caminos extraviados. Sólo los políticos dispuestos a servir son los que valen, cosa que las multitudes democráticas de este país y otros sitios están intuyendo en el presidente norteamericano Barack Obama. Este es el sentido del foro de esta tarde.
EL HOMBRE:
Ramón Díaz Sánchez fue uno de los principales escritores contemporáneos de nuestro país. Trataremos aquí de hacer luz, gracias a la lectura de su obra, sobre aquello que movió a Díaz Sánchez a lo largo de casi medio siglo de acción intelectual, ya que su primera publicación en forma de libro “Los impecables” (Puerto Cabello: spi, 1923. 10 p.) data de los años veinte del siglo XX y su parábola como creador la cerró cuarenta y cinco años mas tarde, en 1967, cuando dio a la luz tanto su biografía “El caraqueño” (Caracas: Edición Especial del Círculo Musical, 1967. 135 p.) como sus “Obras selectas”. (Caracas: Edime, 1967. 1547 p.). Póstumos fueron “El Líbano: una historia de hombres y pueblos” (Caracas: Ediciones de la Colonia Libanesa, 1969. 465 p.) y “La historia y sus historias” (Caracas: Panapo, 1989. 291 p.).
Como lo anotó Asdrúbal González en su libro sobre este escritor a Díaz Sánchez lo inspiró a todo lo largo de su vida una honda ambición de saber. Su aventura vital la entendemos cuando nos acercamos a su escribir y descubrimos cómo logró realizar aquella ansia de conocer. Nos daremos entonces cuenta qué fue aquello que impulsó a Díaz Sánchez a todo lo largo de su vida, comprenderemos como al darse cuenta de aquello que debería ser, la conciencia de su vocación, lo empujó a realizarse. Nada lo detuvo en la puesta en práctica de su ideal. Así podemos vislumbrar, como lo indica González, que la elipse de Díaz Sánchez fue, al contrario de lo indica la palabra, “una línea ascendente, vertical y hacia el infinito (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber” Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, p. 91). Es decir fue una órbita, una espiral, una amplia parábola.
Para entender a un escritor de la importancia del autor de “Guzmán, elipse de una ambición de poder” (Caracas: Ministerio de Educación, 1950. 609 p.), con la cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1951), o de “Cumboto” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1950. 248 p.) es necesario ir hilvanando sus memorias, sus recuerdos, aquello que consignó en el pórtico de sus “Obras selectas” o en las evocaciones que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) como ahora lo veremos. Es esta la única manera de presentar su peripecia.
Y si seguimos al protagonista en su rememoración lo encontraremos de niño deambulando por las calles de su pueblo natal Puerto Cabello, Carabobo, donde vio la luz (agosto 14,1903). Es allí donde creció, donde se hizo hombre, donde tomó su sendero vital. Es allí donde se hizo el “estudiante perpetuo” que dice su biógrafo (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 30). Allí fue donde publicó su primer libro en 1923. Ese mismo año se trasladó al Zulia. Allí actuó. Participó en política. Entre 1928-30 estuvo preso por razones políticas junto a sus compañeros del grupo “Seremos”. Si bien volvió al puerto en 1930, donde se casó por vez primera con Rosa Flores, pronto retornó al Zulia. Allí va a tomar fuerza tanto el pensador, el cual se expresó por vez primera a través del ensayo Cam. (Maracaibo: El País, 1932. 39 p.), como el inventor de ficciones. De esa etapa es la primeras de sus novelas “Mene” (Caracas: Cooperativa de Artes Gráficas, 1936. 136 p.).
En 1936 pasó a Caracas. Aquí casó por segunda vez. Lo hizo con Isabel Jiménez Arráiz. Aquí escribió sus libros fundamentales: el “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, su silueta de Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) y su vástago Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), cara y cruz de una misma moneda, que González considera “la mejor biografía escrita en Venezuela” (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 60). Aquí concibió “Cumboto”, su principal libro de ficción. En Caracas trabajó al unísono tanto en el campo del ensayo, de la historia o de la biografía al alimón con la composición de sus invenciones narrativas o teatrales. Entre estas últimas se destaca su drama “La casa” (Caracas: Ediciones Reflejos, 1957. 32 p.). En ello le llevó la vida. La parca se le presentó súbitamente, estaba prendiendo su automóvil para dirigirse al trabajo. Ello acaeció en Caracas (noviembre 8, 1968).
EL TESTAMENTO:
Siempre se siente la ausencia de Díaz Sánchez y no cabe duda que la mejor manera de recordarle es volviendo a leer sus novelas y cuentos, sus ensayos y biografías. Todo lo que un escritor tiene que decir se encuentra en su obra, por ella pervive siempre, la única forma de comprender su mensaje es volver a él una y otra vez.
Quisiéramos llamar la atención sobre una serie de trabajos que publicó Díaz Sánchez en los días finales de su vivir. Varios de ellos apenas conocidos o entrevistos por la crítica.
Meses antes de su deceso entraron en circulación sus “Obras selectas”. El prólogo que escribió para ellas, quince meses antes de su deceso (julio 5,1967), puede ser tenido como su testamento. Se trata de una larga confesión autobiográfica en la que como en pocos lugares se definió así mismo y explicó las diversas motivaciones de la obra por él escrita en el decurso de su vida.
En ese breve ensayo comenzó Díaz Sánchez por decir que su vida hasta ese momento podía definirse como “cuarenta años de aprendizaje” (p. 9) y que su experiencia vital podía dividirse en tres etapas y de la misma forma su actividad como escritor. Esos ciclos vitales habían transcurrido así: “la primera, incipiente, se desenvuelve en terruño nativo”, frente a la costa, en Puerto Cabello; “la segunda en tierras del Zulia y de preferencia en la región petrolera sacudida en aquellos momentos por el espasmo de un redescubrimiento brutal” (p. 9); la tercera la había pasado en Caracas y en esas mismas páginas denomina a esta etapa “la revelación de Caracas” (p. 9).
Esos tres períodos se han reflejado en su obra. El mismo insiste en señalar que “Cumboto” y “Borburata” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1960. 274 p.) son novelas surgidas de la primera época y son evocadoras “de los tiempos a la orilla del mar” (p. 9), que “Mene” es la novela del surgimiento del petróleo, que el “Guzmán, elipse de una ambición de poder” corresponde a la etapa caraqueña de su hacer.
Más adelante hace unas observaciones sobre sus libros al anotar que “No sería de extrañar que el lector avisado advirtiese en mi labor literaria, junto con la irregularidad de estilo, ciertas ondulaciones del pensamiento. Ello es consecuencia de la ondulación de la propia vida, es decir de la peripecia del choque violento entre el espíritu y la carne” (p. 9) porque “mi irrupción en el campo de las letras fue como la del toro que salta a la plaza impulsado por la simple voluntad de embestir” (p. 9).
Más adelante señala cuál fue su programa vital: “El mío fue sencillo y sincero: seguir amando lo creado en su doble valoración espiritual y biológica; detestar la demagogia sin disimulos y ocultaciones; preferir la soledad a la compañía de los falsos apóstoles, de los payasos del circo y de los bellacos que fingen rendir culto al espíritu para dar satisfacción a sus vientres. En una palabra: conservar el valor de ser antipático” (p. 10).
En estas notas definió Díaz Sánchez como nunca lo había hecho su posición personal ante las letras y ante la historia. Y es interesante ver con calma la aventura intelectual de este hombre. Merece detenerse en algunas cosas dichas para valorar a fondo: la primera que salta a la vista fue el hecho de que Díaz Sánchez fue un testigo angustiado de la Venezuela cuya economía cambió bajo el impulso de aquella riqueza que nos ha traído “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez) y cuyas mutaciones se reflejan en los diversos aspectos de nuestra cultura. De allí la verdad de “Mene”, donde contó, en un lenguaje sencillo pero directo, lo que sucedía en la zona petrolera. Su preocupación continuó, de allí las largas especulaciones que aparecen en “Casandra” (Caracas: Ediciones Hortus, 1957. 417 p.), novela publicada muchos veinte años después de “Mene”. Sin embargo la influencia del petróleo en la vida venezolana y las transformaciones que la explotación monopolista del petróleo trajo a nuestro país le angustiaron de veras. En ese mismo prólogo escribió “junto a la economía petrolera nos llegó el pragmatismo norteamericano y todo quedó desnaturalizado y mostrenco: el arte, la universidad, las relaciones humanas, el amor, la política. A esto se debe a que en la actualidad los venezolanos transitemos un solo camino, eso sí, muy bien asfaltado, hacia el horizonte de la cultura” (p. 13); pensaba a su vez que los intelectuales de nuestro país tenían la obligación de levantar su voz en contra de esta situación. Pero insistía que no se trataba de denunciar el suceder sino de señalar soluciones o nuevos caminos frente al fenómeno. Apunta “aunque la mayoría de nuestras gentes no se den cuenta de ello, éste es el más grave de los problemas venezolanos de nuestros tiempos” (p.13). Estas graves admoniciones, estas angustiadas palabras de este escritor, que nunca se desligó de nuestra realidad concreta, no deberían haber pasado por debajo de la mesa. Venezuela tiene que plantearse este tipo de problemas entre los cuales está lo que va a ser en el futuro, donde va a ir su cultura que tiene quinientos años de arraigo, que procede de otras formas diversas de la anglosajona. Y esto le preocupaba a Díaz Sánchez, historiador de nuestra cultura.
Otras observaciones no menos importantes en ese prólogo fue su particular preocupación sobre el destino de nuestro idioma (p. 11). También señala el por qué de su interés por ciertos temas y por qué no le interesan otros (p. 12).
Al final se abría para él una cuarta etapa vital que denominó la del “exorcismo de los fantasmas o la lucha contra las máscaras”, a su edad, en la plenitud de sus facultades y de sus dones intelectuales, con aliento juvenil, prometía seguir peleando tras la verdad. Sentía la necesidad de seguir escribiendo en la soledad, que es el único sitio en que puede hacer un intelectual en un país como el nuestro; se obligaba a seguir estudiando la influencia del petróleo en nuestra sociedad.
En las notas autobiográficas, escritas tres años antes de su partida (Caracas: Febrero 13, 1965), que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) creemos que está la esencia de su legado.
Y especialmente en dos pasajes en aquel escrito que deseamos citar. En el primero de ellos, tras contar las diversas aventuras de su vivir y la formación personal que se dio así mismo, porque niño pobre solo pudo culminar la primaria, pero nunca dejó de prepararse porque entre otras cosas en aquella casa de pocos recursos de sus padres encontró los libros, porque ambos, el papá y la mamá, eran lectores impenitentes que pronto contagiaron al hijo. Por ello pudo confiar en aquella libreta de anotaciones escritas a mano: “Todas estas peripecias fueron para mi provechosas. Me depararon un aprendizaje profundo. En San Carlos había hecho el bachillerato; en Cumaná hice el doctorado en humanidades. Solo que sin grados, títulos ni diplomas. Leyendo, estudiando, meditando hasta que me dolían la cabeza y el corazón” (p. 30). Así la cárcel, el Castillo San Carlos, en medio del Lago de Maracaibo, del que habla y el confinamiento en Cumaná por razones políticas a la caída de Medida Angarita, por el delito de pensar distinto, fueron momentos de grande aprendizaje, de muchas lecturas y escritura, porque él nunca dejó de estudiar, prepararse, solo con los libros.
Pero el remate de aquel escrito no puede ser mejor, no tiene perdida. Allí está su manda, codicilo lleno de vida que deberían aprenderse de memoria las nuevas generaciones de jóvenes venezolanos. Leemos allí: “No he hecho promesas que no haya cumplido. He sido discutido, negado, vilipendiado. Pero creo tener razón para estar contento. Mi labor, hasta aquí, ha sido la de un estudiante a destajo, la vida de un aprendiz de la ciencia del mundo. Mi panorama interior ha cambiado constantemente pero sin torcer mi concepto ético. Creo que la moral juega un papel de primera clase en el arte, en el pensamiento y en la historia. Hay quienes piensan que no, que se puede ser un pillo y a la vez un buen escritor o un buen gobernante. Hay quienes creen que se nace predestinado y que se puede engañar impunemente a las gentes. La crisis de nuestro tiempo tiene su origen en este falso concepto. Esta crisis es el desenlace de una lucha multisecular: la lucha de clases” (p. 31).
Esto explica por qué nos hemos reunido en esta tarde, siempre para celebrar su vida creadora.
(Palabras leídas en el foro que en homenaje a Ramón Díaz Sánchez organizó la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del miércoles 12 de Agosto de 2009 en el cual participamos junto a los escritores Guillermo Morón y Asdrúbal González).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Eduardo Casanova - CUARTETO EN SOL: TODAS LAS MUERTES
por Alberto HERNÁNDEZ
Caminamos sobre la sombra.
Noción de una historia que corroe; gesto fácil de conocer porque las claves del espacio transitan trucadas y lanzadas a la mesa de juego. Noción de un país que se resuelve en las voces que no oye, supuestos equívocos que se hacen protagonistas de los secretos más extemporáneos.
Un hilo tenso, como el de una guitarra cubierta de polvo, agita el tiempo, lo verifica en el eco del memento mori. En reflejos difusos aparece Venezuela, un pequeño país amortajado, esa infamia de tantas decadencias.
En ese instante que es el país, llega Cuarteto en Sol (a la Generación Inútil), publicado por la Editorial Actum, Caracas 1993, una historia tan circular como el tiempo que la repite constantemente en la imagen de cuatro personajes que deambulan en igual número de movimientos. Cuatro sombras que nos pisan y nos hacen entrar en esta novela del escritor caraqueño, Eduardo Casanova.
(Todas las muertes, la muerte)
A la espera de las conquistas, a la espera de que el tiempo pase y se haga en cuatro adolescentes de aquellos años finales de la década quinta del siglo pasado de nuestra historia reciente, de aquellos días de la que creíamos la última dictadura, esta obra de Casanova vierte toda su fuerza en cuatro tonos que recogen las vidas y las muertes de Boris Gonzaga, Francisco Monroy, Serafín Arjona y Antonio Villa, este último encargado de hacer de ella (de la muerte) un símbolo tecnológico adosado a la memoria de una máquina que se desdobla en los dedos de un personaje/ narrador.
Caracas es la matriz de la muerte: el relato comienza en la niñez, en una clara y a la vez opaca ciudad, cuando la sombra que aún es memoria, hacía de los personajes visiones predestinadas: una violencia encajada en los dos primeros años de la década de los años noventa dejó al país envuelto en una guerra sin vencedores, toda vez que no logró superar la mentira, las promesas y las alusiones a la felicidad. Una ciudad, entonces, que se hizo país desde las heridas, desde los cadáveres, dolores, disparos y amarguras.
Abrimos el silencio. Cada uno de los personajes es una imagen que sugiere la presencia de otra, porque el carnaval, mímesis de muchas sombras y máscaras, también entrega el rictus del disimulo. La muerte es necesaria y veraz, tanto que existe en cada una de las cifras que aún no han sido aportadas por los organismos que se encargan de esas cuestiones. Una extraña peste respira la burocracia. La misma de Camus, pero en la sangre revuelta de quienes aún viven ensoñados por las consignas.
El país se ve en la muerte y huele el aliento que flota frente a un espejo. Toda ella en la violencia colectiva.
En Cuarteto en Sol es una sola: la memoria de cuatro sujetos que ocupan las páginas de un país desvirtuado. La simulación como engendro de una sociedad sin testimonios, sin posibilidades de desenmascararla.
Boris Gonzaga muere en plena calle, entre ruidos y espasmos, con la cabeza perforada. Una bala de Fal lo silencia en medio de una borrachera, luego de pasearse por los distintos mecanismos de la corrupción, por todos los caminos que llevan a la riqueza fácil, al poder.
Un hilo invisible conduce hacia Francisco Monroy, personaje que representa los valores ideológicos de los años sesenta. Fue encontrado en un hotel con la mirada fija y una sonrisa muy parecida al olvido.
El rostro de la ausencia se instala en Serafín Arjona, un invertido que prueba los sabores de la noche y el día. En el mar Caribe quedan sus huesos luego de la explosión de la lancha donde huía, acosado por sus propios errores y fantasmas.
Y Antonio Villa, el desprevenido escritor que anula la inutilidad, al menos desde esa decadencia dolorosa divisa sus propios adentros en esta novela, como la muñeca rusa, matriushka que se repite y se repite en una preñez casi infinita. El personaje/narrador hace del círculo la perfección de un final trágico, porque su muerte es la muerte de todos: borra (oculta) con premeditación la historia, la convierte en imagen difusa, lejana, en intimidad clandestina, en simple recuerdo. Permuta el borrón del diskette, amnesia de los signos por la suerte de una botella de whisky y por las emergentes notas del Cuarteto de las Reverencias o Cuarteto en Sol de Beethoven.
La sombra se instala en la pantalla. El país aparece en la ventana por la que Antonio Villa ve de nuevo el sol.
(Las claves del antihéroe)
Borrar la historia significa desnudar el fracaso, identificarlo con las distintas evoluciones que los dobles ejecutan (cada uno es una máscara, una oposición permanente: cuatro personajes que son ocho, por lo que la muerte se multiplica). La dualidad íntima e individual fracasa, porque el antihéroe se somete a un final claramente seleccionado. El fracaso, opuesto al héroe: la naturaleza de su condición terrena, su yo permanente, el viaje interior hacia él mismo.
Pero también resurge. Vuelta a la primera página, al círculo mareante que es el tiempo y a una historia que no se detiene nunca.
Blanchot dice del ocultamiento, la pantalla, la luz de la divinidad (los negocios sucios, la homosexualidad, la revuelta popular, el click del computador, el disparo, el infarto, la explosión, el click del computador): “portador de una claridad que no sólo triunfa de la noche”, el espejo oscuro, sin reflejo, que anula la pérdida, el fracaso del novelista, del hacedor/destructor de la historia dentro de la otra, taumaturgo que narra desde el vientre de la muerte, desde la muerte: “Héroe que no le debe nada sino a sí mismo, es por eso divino, pero, por eso, para siempre y desde siempre dios, y ya no es gloriosa su acción”, cuestión que despeja la presencia de este concepto en la medida en que una pequeña pantalla de computadora, renuente a romper su relación con la memoria de Antonio Villa, que también es la muerte. El héroe, según Blanchot, es una imagen en la que subsiste con el ciclo o con la tierra una connivencia maliciosa que no es unidad, pero supone un horizonte común: casi nunca está en lo vertical, sino en lo horizontal…
Héroe y antihéroe prometen acciones, pero no tienen futuro. El héroe busca alcanzar la gloria, la memoria de Dios. El antihéroe, por su parte, no asciende, baja a las sombras, al infierno, pero se queda en la memoria de los mortales, vive.
Aunque desaparezcan o no se sepa que ha muerto, sólo es, se queda en un sitio para ser sacralizado. El sitio (cementerio/ no lugar) para Antonio Villa es el monitor, la pantalla de la Samsung, el laberinto donde comenzó el temor, el miedo, la definitiva despedida de los nombres (digitalización contraria/ espejo invertido), ocurrencia que deviene número mosquetero, que no es tres sino cuatro, como en este caso no son cuatro muertes sino tres, pero a la vez cuatro por la desaparición del escritor al apagar la máquina que le permitirá retirarse hacia la botella de whisky.
El país y sus muertos, presos en una computadora en medio del fragor de un 27 de febrero. Muertos que sí manchan con sangre y letras, con sangre y miedo, con palabras y silencio. Ocurre que tanto el héroe como su contrario nunca mueren, se esconden en la memoria, en el mismo texto (intratexto, referente que no se lee), hasta debilitarse con la muerte de quien los crea o los intenta destruir.
(El imperio del Cuarteto y la voz de La Paideia)
Cuarteto en Sol es Beethoven, también Mozart, Bach, los Thibauld, cuatro jóvenes del trópico que regresan a diario desde las sombras y se instalan bajo el sol de Caracas. En el laberinto, donde el miedo es la performance de una ideologización, se hace clara la búsqueda permanente del conocimiento: la referencia está en Rafael Vegas, fundador del colegio donde estudian y relevante pedagogo venezolano. Una expresión humana que logra sembrar la tradición musical, sobre todo en Francisco Monroy. La muerte ejecuta una danza de jaguar en medio de los tres músicos, los clásicos, los modelos a seguir, fortalecida por la energía de Werner Jaeger en esa monumental memoria: La Paideia: los ideales de la cultura griega. Otra máscara que justifica la presencia de un personaje que se hunde en la ausencia en medio de una alejada sinfonía, como si el país –el que está y no está en la novela- comenzara a ser desde este momento la ficción más dolorosa.
La sombra llegó para cubrir la consagración de los personajes, que aún resuenan en el silencio de la última página.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
El cuerpo poético de Gabriel Jiménez Emán - Materias profanas
por Alberto HERNÁNDEZComo un reptil la ciudad se diseca bajo la sombra, entre inabarcables cementerios de automóviles, palabras y cuerpos desmembrados: “hay ojos, brazos, piernas, parachoques de venas negras/ y dentaduras de metal amargo”. Ciudad donde el crepúsculo huele y duele con la felicidad de quien sabe que un poco más allá de la mirada está el olvido.
Gabriel Jiménez Emán trabaja la sombra en medio del caos que significa tener un yo consagrado a establecer una ciudad donde se niegan el tiempo y el espacio. Yo urbano, ego sumergido en el magma verbal, como el trago más seguro y riesgoso.
Una ciudad tiende a hacerse por muchos caminos. Todas las miradas revisan las fronteras borradas para iniciar la materia de que está construida y sostenida. Una ciudad podría ser una sola palabra, y muchas más si ésta se toma como extravío, corrientes encontradas en calles y avenidas, bares y nombre difícilmente dibujados en la boca. Papeles viejos, testamentos, fotografías vencidas, epitafios, instantes y ebriedades para hacer de la inmortalidad el único momento, la inexplicable virtud de las metamorfosis.
Ese yo deambula sujeto al yo multiplicado en los otros, de un otro que se reconoce en una sola voz, la del poeta, en cada espacio deshabitado. Materias de Sombra (Monte Ávila Editores, Caracas, 1983) es la invención de ese espacio donde habla un silencio, ese espacio vacío, raya de sombras, raigal, poseído por todos los lenguajes que una ciudad puede proveer: la soledad, el miedo, el amor, la violencia, el abandono, la década como bálsamo de salvación o perdición, el cuerpo de adentro y las líneas exteriores re-creadas por una lectura imaginaria, ilusoria, velada, “real”.
La poesía -la metiche, la desfavorable intrusa- se sumerge en las vísceras de la polis. Un lenguaje que libera la corriente alterna de la sombra, discurso de la luz, que admite formar parte de los escondrijos. El valor sonoro del silencio se hace exaltación de la apariencia. Virtualidad, desmemoria, sólo un pañuelo indicativo de la despedida. Jiménez Emán sabe que su discurso tiene una multitud de signos provistos por la narratividad de su oficio. La poesía es una degeneración, no tiene la culpa de que ella lo sea todo: ciudad, metamorfosis, polisemia. Por eso siempre regresa a la madre huidiza, “escapada del no llegar nunca a poseerla”. Limo erótico, discurso en el que dos dimensiones provocan su existencia. La ciudad vegeta a la luz del día. De noche traiciona, apuñala, viaja por calles y cielos desprevenidos, mientras el cuerpo del habitante -la misma ciudad- se cierra a la sombra del cansancio, la muerte.
-El cuerpo, el canto-
Le llevo casi a todas partes, voy con él en el
/ autobús,
leo el periódico, bajo escaleras y me pongo la
/ camisa,
me marcho, regreso, con mi cuerpo.
El cuerpo del poema es el alma de quien habita el texto. La poesía es la deshabitanción, el abandono. Antes de la muerte, el cuerpo es capaz de vaciarse. El poeta tiene la capacidad de extrañarse de ese espacio, del cuerpo estorboso, de ese obstáculo miserable que al final se descompondrá en silencio. Antes de la muerte ya el cuerpo es la muerte. El espíritu/alma/imagen poética abandona el territorio corporal, mortal y advenedizo para conocer los secretos y superficies de la ciudad, la ciudad es el cuerpo. “Salí a pasear aquella tarde, traté de distraerme mirando las flores de octubre,/ me caía de los bancos en los parques,/ me quedaba mirando mi cuerpo sobre la hierba/ y volvía a insistir pisando con fuerzas en las aceras/ pero las calles ya no podían conmigo/ y tramaban situaciones para que las abandonara”.
Cuerpo/alma-poema/poesía. El cuerpo divertido, cómodo sin el aliento de quien desde afuera lo mira y lo teoriza. El alma, analista, la voz que construye el cuerpo animado. El poema, el cuerpo, el esqueleto productor de sonidos, saltos, sobresaltos, vacíos y polvaredas. La poesía: la voz que la da (quita) al poema el aliento. Desde ese reflejo, en el que lo místico y la teoría de Octavio Paz se encuentran, Gabriel Jiménez Emán elabora la mirada del texto (lo mira, lo tacta), porque la voz -la que siempre mantiene el discurso- volverá al cuerpo para “llevarlo de un costado a otro”. El dolor del cuerpo lo siente la ciudad, la poesía. La palabra conduce, asoma la posibilidad de cuerpo que se desdobla.
La orilla de la sombra, esa raya imposible de levantar la piel para descubrir los rostros y sonidos, deja de ser frontera en el instante en que la muerte, o ese invento de la conciencia, aparece como signo del comienzo. La muerte es el inicio de todo, hasta de la misma muerte: de allí la sombra, territorio marcable, mensurable, habitable. El placer de degustar el bar -el botiquín lo contiene todo, como la poesía-, sus inquietudes, lamer y sorber la espuma de la cerveza, donde se sintetizan lo apolíneo (nadar en una piscina de cebada, en una alberca olímpica) y la “muerte más bella” (el suicidio como culminación para el comienzo) también forman parte de ese aliento que abandona el cuerpo para hacerse la imagen que confronta el cuerpo de la ciudad, el cuerpo que se deja a un lado.
La bohemia, el hábito, la servilleta, la bebida helada, los ojos cuestionados por el azar, la ajenidad de la ciudad habitan en la búsqueda, en la angustia, esa dama promiscua que mantiene al poeta en la sombra. Como materia cierta, la sombra intuye el cuerpo, se instala en la fugacidad de la luz, de una palabra.
poemas poemas poemas poemas
algo que inventar en este día caluroso
una frase bien hecha para calmar mi
(aburrimiento
una pregunta para aumentar la confusión
un dedo en el gatillo y crecerán los
(muertos
Ars poética que canta porque es “lanzarse hacia el abismo”. La ciudad está descompuesta. Cantar significa golpear, amar, herir, deslizar el humor por el disparo que construye la niebla, ese “reino colgado en la soledad”.
El oficio del poeta, verbigracia Césare Pavesse, es cantar. Pero también oler los libros, tocar puertas, inventar el amor en el cuerpo de una mujer. La canción se hace con el tiempo a la espalda.
Instrumentos, voces, armonías, el patio lejano de una casa, el poema cuyo discurso viaja lentamente en la memoria hacen posible el “trobar”. El imaginario de este libro se instala en la figura del hermano, del padre, de alguna mujer perdida en una calle, en el “nervio óptico… acústico… sistemático” del jazz, para de nuevo tomar por la perchera el ars poética y hacer un llamado a la palabra, a ese diagnóstico o “señal que lo niega/ y lo hacer renacer tejiendo la coartada incomprensible”.
La vocación surreal en aquella manera de cantar y decir. Romper con la estructura. Desordenar el corazón del poema: sin signos vitales de puntuación, sin arabescos y movimientos de esgrima. Entonces la voz lideriza y se revela contra el “artefacto lingüístico” (Poor and sad Paz!), ese que para los pelos y esconde la inocencia. El poeta -al menos el discurso navega a la deriva-, es un reptil una ciudad que cambia y canta, que se quita la piel, “propia metamorfosis” de ese habitante solitario.
La ciudad/animal continúa en el afecto del que deja dicho sus afectos, desencantos, alaridos (Ginsberg muerto, muertos Kerouac y Burroughs). Una ciudad cuya generación nació y sigue naciendo en la década de los sesenta, entra amasijos de hierro, niples florales, bombas, traiciones, fusiles de anime, “maquetas del mundo”; la noche de esa década es una bestia vestida de sombras.
Con la urbe el poeta se desdobla, sigue siendo sombra. Su voz narrativa, libre de ataduras, de la medida funeraria, semeja “a un gran saurio bendito/ Reptil de entrañas fosforescentes/ Sin voz y sin familia/ pero con una piedra/ Más arbitraria que la locura…”.
Invisible, visible, roto contra una ventana, asomado a un espejo, se descubre que la poesía ha sido traicionada, mal cantada. Se hizo culpa de los hombres. La palabra como ilusión: el cuerpo sigue allí, ambulando, estático, el alma extraviada, sin dios, “respira por un hueco profundo”. La fugacidad nos cierra el paso. La inmortalidad también es parte de la miseria, la agonía de “la más luminosa mentira”.
-Baladas Profanas-
…vértigo del lenguaje…
Una distancia de diez años alargó el silencio de Gabriel Jiménez Emán. De nuevo, acosado, asordinado por ese vértigo, llega a nuestra puerta y nos entrega Baladas Profanas (Ediciones La Oruga Luminosa/Colección El Paso de la Danta, San Felipe, Yaracuy, 1993).
El territorio del yo de este libro está más cerca, más próximo a la intimidad de quien se aferra a otro tono, al verdadero vértigo. Regresa, vuelve -poseído por la misma/ otra ciudad y las obsesiones que el tiempo ha sembrado- y lo anuncia, como enlazando el anterior viaje con éste donde la lectura es menos enjundiosa.
Aquí estoy de nuevo, fundando
un minúsculo territorio.
Un departamento cambiado
por una casa
cambiada por un departamento
cambiado.
¿Nueva respiración para reconocer el vértigo de la palabra? ¿Qué altura seleccionó Jiménez Emán para girovagar? ¿Un viaje que ha tenido como espacio el lugar del origen, la aventura de auscultar la ciudad para reencontrarse con el follaje y la textura de otros humanos?
Desde esa altura la ciudad significa una pesadilla, el aturdimiento, el hastía hasta arribar redondo al texto, la vida. La “parcela anodina” de la polis traduce la mirada uniforme de quinientas vidas al borde de las ventanas. Es la fundación del ojo, de un parpadeo matemático que transita el pasado. Sin embargo, el poeta tiene los ojos bien asentados en la tierra, en el pavimento donde están sembrados el lugar de la agonía y la rutina incesantes.
La duda, desde las páginas el canto se multiplica, la pregunta, baladizada por el reojo de otros paisajes en los que están los olores del mar y el vacío del silencio. “De dónde este silencio/ que entra a mi madrugada/ y me arropa”.
La voz está entre la confusión de la ciudad y la paz de la comarca. La canción se aferra a un patio llovido, como aquel de Antonio Machado, ido, lejano, convertido en la Sevilla evocada. “Mientras tanto/ mi cuerpo cumple su destino de cuerpo/ por estos arrabales, va por antiguas callejas/ reconociendo fachadas en su paso nocturno./ Entra al cine, al bar./ Y bebe su ron solitario./ Tantas veces vine, tantas veces fui/ buscando esa Nada, sin saberlo”.
Pese a esa sensación, la infancia, aquel paseo entre la ciudad y el polvo de la geografía lejana, se acomoda bajo la sombra de un mango. “Los mangos duermen en los jardines”, confiesa Gabriel Jiménez, y de inmediato se desdobla: “Desear otra vida, fervientemente desearla/ es el mismo acto de dividir/ el espíritu en dos piezas idénticas”, el otro yo repetido, el que olvida, el que no deja trazo para obviar sin pasión la “diaria fuente”.
Para el autor de este libro hay una distancia entre el yo que habla y el que silencia el tiempo. Un deseo de escapar, de regresar -como el mismo retorno al poema- y darle forma al pasado.
Los huesos son más ellos en la
/ tierra de origen,
parecen comprender su espacio
/ por sí solos,
buscan la paz en el lugar de su
/ ascensión:
quieren lubricarse en la carne
como si fuesen ellos los únicos
/ depositarios
de todo lo vivido.
La sacralidad, la ascensión, la transmigración desde los huesos mismos. Vertiente del poeta regresar al origen, devengar el silencio con el sudor de la muerte, o de las piedras blanqueándose en el inicio de la “razón”. La carnadura del tiempo es el vestido que vigila desde adentro, desde la palabra, desde el silencio próximo a ser canjeado por puertas viejas, esa nada perfecta, las casas habladoras y cuyos zaguanes guardan los olores, el tejido de arañas y hojas secas. Siempre el patio, el poema salta la cuerda a la vista de alguna soga bajo el árbol benigno. El patio es una escritura repetida, un “lenguaje secreto” creado por sus más pequeños habitantes. Allí, en ese morar de la distancia, comienza el canto a construirse, a profanar la otredad, el amor, la noche, esa lectura que fragua el polvo, la ciudad detenida en una fijación permanente.
La fuente del canto se remonta al Cantar de los Cantares, a Francois Villon, a Kenyyam, al mester de juglaría y las tentaciones de una generación que vivió y resucitó sus huesos en la década luminosa y maldita. Fuentes de una danza detenida; poema que se desliza por una muy libre pronunciación, informal y tradicional inflexión en la que una voz presente evoluciona hacia el afuera del lector. Texto articulado desde la sacralidad de intimismos y desgarramientos reflejos. Esa tendencia se afinca en la vigorosa instancia del surrealismo en nuestra literatura de mediados de siglo (¿Quién aparte el Cáliz de Sánchez Peláez y Lira Sosa?). Muestra de esta insistencia es “Persecución de las neveras” (Materias de Sombra): “Las neveras me perseguían y yo les lanzaba besos/ de tirabuzón/ Neveras blancas que torturan con el color triunfal/ Que se desprende del témpano diminuto…”. En Baladas Profanas la fuente surreal se hace más legible en los ritmos interiores de las imágenes, la sangre del texto nos lleva a tocar la piel de Breton, los destellos de Duchamp y la rabia irónica de Víctor Valera Mora, entre el salto mortal en las calles y la metaforización sorpresiva.
los enamorados besándose como tapas
/ de botella arrancadas
al rincón del primer bar
la imaginación detenida en el ciclaje de
/ un montón de
miserias
las ensaladas tumefactas por el
/ sonido de los trenes
ultramarinos…
Una canción, un referente dislocado -muchas canciones donde los íconos musicales del siglo despiertan con el polvo del poema- vibrante, alocado, silbando, pronunciado con la pasión de la modernidad más nutritiva.
Toda escritura lleva una marca, la de Gabriel Jiménez Emán es tan carnal que salta entre los espíritus de una cultura a punto de evaporarse en los designios de este final de siglo frío y taciturno. “La idea de proponerme cierta escritura que no abogue por lo bello para ser/ y que la evaluación de su forma tampoco valga/ para el simple gozo de estar/ Una palabra sin decoro/ sin savia obligada/ una expresión más bien hueca de contenido/ nos hechiza a veces como quimera/ algo tan puro como el dolor/ o como esa extraña alegría/ de mirar otra vez a tu infancia/ único paraíso intransferible”. Teoría y confesión, valga el epílogo y las devociones de una poesía rubricada con la mano de tejer el cosmos, el salto a la sombra, con la canción profana en los ojos.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Elena Vera viaja en el lomo de un pez crisopterigio
por Alberto HERNÁNDEZ
Un pez crisopterigio se sumerge en el mar poético de Elena Vera. Pez de las profundidades; del fosforescente silencio marino, albergó en su fragilidad los misterios de las voces abisales que visitaron a la poeta en sus momentos más oscuros.
La palabra se oculta, rebasa la inmutabilidad de la muerte. Sin embargo, encierra en sus sonidos la piel que el tiempo le ha ido agregando. La palabra crece o se muere, así el celacanto, esa bestia aturdida por el sonar de la eternidad.
El mapa de sus andanzas comienza en este libro de Elena Vera, ganador de la V Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”, y que le hizo decir a Manuel Bermúdez el mismo silencio de la hondura. “Elena Vera se encontró un tema digno de Melville. La historia de un pez que se escapó de la Eternidad”.
El pez respira fuera del agua la primera impresión de la superficie. Dejó de ser profundo para encarar la luz, el siempre negador del sol. La voz de la poeta encarna el viaje desde los bajos marinos. Los ojos del animal son portadores de la maldición: la oscuridad. “No tenías que emerger / –declinador del sol – / criatura soledosa/ de profundidades/ abisales/ Nadie/ te obligó a ver la luz/…”.
Haber descubierto los destellos de las olas convierte al animal en la más solitaria de las bestias. Su soledad abisal, las más solidaria, se hace ahora un “sí mismo” develador. La soledad es para que se revele en la misma soledad, no en presencia del “otro”. La poesía desanuda es propuesta: para estar solo es necesario vivir con “otro”, estar con el otro desde su mirada. El Celacanto, en su mar distante, jamás lo estuvo. Estaba sin el otro. Al ser descubierto por la luz, ya es la soledad.
Su derrota consiste en haber salido del mar y mostrado los ojos. Ya fue mirado, dejó de ser leyenda.
Elena Vera “inventa” la criatura. Lo ciega con la palabra. La poesía siempre ha servido para ocultar. Arte poética que contiene el cuerpo hondo de una imagen dotada del misterio: “Corales retorcidos/ putrefactas aguas/ mascarones triunfantes al sol/ en otros días/ desafiantes quillas y masteleros/ chocando con el aire/ desafiando la luz…”. Un viaje desde abajo para reposar en una playa desafiante. El poema se vertebra con el pesimismo atacado por el tiempo: “Ah/ el tiempo/ que destruye/ y/ arruga/ y/ afea”. Los siglos en la armadura de la palabra, en las rugosidades de la muerte, en la parsimonia del dolor. Dentro del pez, el poema, otro pez que no hace preguntas. La crueldad circular de las mareas, de un océano que cambia de aspecto cada vez que la voz repite los asombros. Hay tantos “otros” en el tiempo. El infinito en el tono inflexivo del texto: hablar con las fauces del animal. Ser bestia desde el enigma, pero también bestiario de un océano único. Sólo el Celacanto es él, el solo, el que existe en la extinción. La palabra olvidada. Pez y voz en desuso. Arcaísmo donde la belleza recobra el significado del infinito.
Ningún espacio ha sido creado para no recorrerlo. La palabra se extravía, el pez forma parte del olvido, porque no había voz para definirlo, encontrarlo. Pieza de museo natural. Allá, escondido, representaba la fórmula de su estudio. Visto o nombrado por ojo y boca humanos se metamorfosea, desaparece, porque llega a ninguna parte: “Nosotros/ los abisales/ solemos perder el rumbo”.
Reconoce en la luna, en los hemisferios (sombra y luz), en el paisaje que recoge en su ojo oscuro, encerrado por la presencia de quien construye, la voz para exponerlos a los astros de la noche. Poesía oscura, venida de la noche crosopterigia, limpia el reflujo del mar. Pronuncia el silencio. Exige la muerte lejos del sol. La poesía pide un poco de silencio, el espacio donde la luz no haga falta. Elena Vera consiguió en las escamas del Celacanto la profundidad de su lejanía.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Glosas sobre Federico Vegas como ensayista
por Roberto J. LOVERA DE SOLA“Y hablo del caos en las ciudades que, pese a su desorden, generalmente construyen el paisaje que nos acompañará toda la vida”.
Boris Izaguirre
Pese a ser casi imposible, ni lejanamente, poder competir con las palabras que hemos escuchado a Oscar Tenreiro sobre Federico Vegas el arquitecto, que consideramos no se puede desligar del narrador, porque ambos son sus puntos de mira vitales, nosotros quisiéramos añadir unas observaciones sobre la significación literaria de algunos escritos suyos, sobre todo lo que se encuentran en esa precioso tomo de ensayos que es “La ciudad y el deseo” (Caracas: Fundación Bigott, 2007. 238 p.) y sobre su fascinación, que compartimos, por todo lo relacionado con el tema de la ciudad, más en nuestro caso, con lo que hemos denominado, en algunos de nuestros apuntes de lector, la ciudad interior.
Pero antes queremos decir unas palabras sobre un libro de Federico Vegas en cuyo encanto caímos al leerlo. Es “Pueblos” (Caracas: Fundación Polar, 1984. 155 p.), y esto sin quitarle un ápice a “La Vega, una casa colonial” (Prólogo: Arturo Uslar Pietri. Caracas: Armitano, 1988. 170 p.), que tenemos vivísima por haberla repasado hace pocas semanas cuando nos solicitaron una semblanza de uno de sus dueños: aquel gran señor caraqueño llamado Manuel Felipe Tovar (1803-1866), uno de nuestros “grandes cacaos”, el primer presidente elegido, en 1860, por votación directa de todos los venezolanos.
Creemos que lo que suscitó nuestra querencia por “Pueblos” es que a través de sus páginas Federico Vegas nos hizo viajar hacia la Venezuela profunda, la más entrañable, por en su libro nos mostró los últimos rasgos del país interiorano en proceso de desaparición, por lo que leer ese libro, o releerlo, es como hacer un bello ejercicio de nostalgia.
Esos pueblos, todos aquellos lugares en donde viven menos de dos mil personas, si miramos desde el Oriente al Occidente de nuestro país, siguiendo el mapa que está en el volumen, son: el que está en el archipiélago de Los Roques; en la isla de Margarita: Guayacán, Pedro González, Tacarigua y La Guardia; en el estado Sucre: Unare, San Juan de Las Galdonas, Morro de Puerto Santo, Araya y Manicuare, donde murió el poeta Cruz Salmerón Acosta (1892-1929) consumido por el mal de Lázaro; en Anzoátegui: Píritu, Guanepe, Clarines, San Lorenzo, Aragua de Barcelona; en Guárico: Ortiz, donde sucede la novela “Casas muertas” de Miguel Otero Silva (1908-1985), tan cara a Federico Vegas que la usó una de sus líneas para titular una de sus novelas, El Pao, San Francisco de Tiznados, donde nació Juan Germán Roscio (1763-1821), que ya no existe porque fue anegado en la construcción de la represa del Guárico (y con lo cual Roscio debe ser el único prócer que no tiene estatua en su pueblo, ni casa natal), El Sombrero, El Rastro; en la península de Paraguaná: Pueblo Nuevo, Sebastopol, Casa de Carlos Hurtado, Santa Ana y Jadacaquiva; todavía en Falcón Mitare, Catapatrida, Agua Clara, San Luis de la Sierra, Casigua, Pedregal; Quisiro, Piedra Grande, los Puertos de Altagracia y Agua Larga en el Zulia; Quibor y Barbacoas en Lara; los muchos pueblos de Trujillo: Carache, San Isidro de Ceuta, Torococo, La Ceiba, Santa Ana, San Lázaro, Niquitao, Jajó, Las Mesitas; Torondoy, Tuñame, Piñango y los de la Sierra Nevada de Mérida: El Morro, San José, Pueblo Nuevo del Sur, Mucuquí, Mucutuy, Aricagua, Mucuchachí y Canagua.
Ahora vayamos brevemente a “La ciudad y el deseo”, siempre con la idea de la cuartilla que prometimos para esta tarde para no impedir con nuestro empecinamiento literario la reflexión sobre el arquitecto Vegas, motivo del palabreo de hoy. Pero, debemos señalarlo, después de recorrer, con nunca turbada emoción, “La ciudad y el deseo” nos dimos cuenta que este libro Federico Vegas había escrito varios magníficos ensayos, algunos de los cuales algún día habrá que incluirlos en la antología de este género. Ensayos, porque lo son con toda propiedad, porque no pasan de ser “confesiones y asombros” (p. 55) como él mismo anota, sitio en donde siempre se posa la mirada del ensayista. Pero cuando escribe: “Este ha sido mi lema, hablar sólo de lo que me gusta” (p. 69): ¿y es que acaso esta no es una de las mejores definiciones del ensayo que pueden darse? O, y es complementario, no se sale del perigeo del ensayo, en estos trazos: “confieso que jamás seré parcial; son amores viejos y saboreadas preferencias las que llevo a cuestas” (p. 212). Y, claro, al redactar sus textos, después de pensar en sus asuntos, siempre la acompañan “las estimulantes dudas” (p. 75), como a Michel de Montaigne (1533-1592), el padre del género allá en el siglo XVI. De allí esta confidencia suya: ”una reflexión solo es contemporánea cuando establece un lazo entre el pasado y el futuro” (p. 103), aunque no hay que olvidar que si bien, él lo dice también, citando a otro arquitecto, “El pasado nos da lecciones, pero no todas las respuestas” (p. 55).
Y ya en su asunto predominante, en el impecable texto “El príncipe verde” nos confía: ”convertir una realidad pasajera en una fantasía perdurable, un sueño individual en una ofrenda pública; transfigurar una vida romántica es una obra singular” (p. 61) es su deseo.
Y aunque a Federico Vegas, como a todos los caraqueños raigales de hoy, los natos y netos que decía el gran Caremis, le duele lo feo que ve en su ciudad, en esta tan amada en la que estamos, cerca del pie del Ávila, Federico Vegas en estos esbozos busca siempre lo bello, porque como dice esta es una necesidad, algo “capaz de calmar y descansar el ojo” (p. 185). Por ello piensa que la arquitectura debe ser hecha como un acto de seducción (p. 30), un llamado a vivir en un lugar hermoso (y plácido, añadimos), como aquella descripción de la casa que desea le construya un arquitecto amigo el protagonista de su bellísimo cuento “Marcelino”. Esto le dijo: “Techos altos.
Puertas también altas, para que no le mochen el aura a quien llega.
A las brisas hay que permitirles entrada y salida.
Un buen árbol al poniente que apacigüe el sol de la tarde.
Aleros generosos para que no haga falta cerrar las ventanas cuando arrecie la lluvia.
Nada de esos frisos carrasposos que arañan a los niños cuando corren por el jardín.
Ningún escalón. Recuerda que ésta será una casa para borrachos que llegan de la playa encandilados” (“La carpa y otros cuentos”. Caracas: Alfaguara, 2008, p. 184).
Y lo negro que ve le duele porque sabe que “una ciudad mezquina, ruin, grosera y vil no puede generar una sociedad civil, generosa, sociable, atenta y urbana” (p. 165).
Y la ciudad es también el sitio del deseo, del ayuntamiento de los cuerpos. De allí aquellas meditaciones sobre urbe y eros que aparecen en “La ciudad y el deseo” que son no solo incitantes y bellas sino certeras. Tal cuando se refiere a los coitodromos de la metrópolis (p. 27), como él dice, a los que añadiríamos, los besódromos que hay por allí, sobre todo el de la Cota Mil. Pero esto tiene que ver con la casa porque no hubo erotismo, lo ha indicado con su agudeza permanente Manuel Caballero, “Es en la casa donde nace entonces la poesía amatoria; es en la casa donde nace el erotismo” (“El desorden de los refugiados”. Caracas: Alfadil, 2004, p. 239). Y ello fue así hasta que se hizo la primera casa y para construirla se necesitaba un arquitecto.
Pero nosotros insistiríamos también, al leer “La ciudad y el deseo”, subrayar aquellos pasajes en los cuales su autor menciona el significado del trópico (p. 40 y 55), nuestro mar Caribe y por ende nuestra caribiñedad (p. 54), demasiado poco recalcada pese a ser nuestra esencia, casi ontológica. Igual es su elogio de los años cincuenta: “La década de los cincuenta hoy parece tan lejana y maravillosa como el Barroco o el Gótico; con una sustancial diferencia: parece tener algo de futuro perdido, de cultura extraviada. Ciertamente es enigmático el que un pasado tan reciente hoy tenga sabor a utopía” (p. 107). Y esto porque en todas sus cogitaciones Federico Vegas nunca deja de ser arquitecto, ser sensible, como los de su gremio. Y ello porque “la sensualidad visual es inmensurable, es decir, siempre parcial e insatisfecha” (p. 216) porque siempre hay que continuar viendo, moviendo el “ojo que mira” que dijo Juan Calzadilla.
Tal un puñadito de reflexiones que se pueden hacer ante este libro de Federico Vegas.
(Texto leído en la sede de la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del jueves 3 de Septiembre de 2009).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
El crepúsculo del hebraísta
por Roberto J. LOVERA DE SOLAEstamos ante un libro bien singular en nuestras letras: la novela El crepúsculo del hebraísta (Caracas: Alfa, 2008. 303 p.) de Atanasio Alegre(1930). Pero antes de entrar en ella debemos reparar en un hecho literario que está sucediendo entre nosotros uno de cuyos protagonistas es él. Dentro del vigoroso panorama creador, en lo que a literatura se refiere, que el país está viviendo, instante luminoso lo hemos llamado más de una vez, también están apareciendo algunos escritores quien han esperado la madurez plena para publicar, han impreso sus libros después de los cincuenta años, Francisco Suniaga, Elisa Arraiz Lucca, Gisela Cappellin y nuestro invitado de esta tarde. Con ello no nos estamos proponiendo formar una teoría relativa a qué edad se debe publicar el primer libro sino constatar un hecho. No es que haya una edad determinada para entregar al editor el primer libro que se decide publicar, que en muchos casos no es el primero que se ha escrito. Quizá sea de la juventud las otras dos cosas que califican al ser humano: sembrar un árbol y tener un hijo, lo cual hacen trilogía con la publicación de un libro. De las tres cosas se dice que deben ser las que todo ser humano haga.
Pero en estos casos el sueño de escribir una novela estaba implantado en ellos. Sólo esperaron en el momento. En el caso de Atanasio Alegre han sido fecundos sus años de creación después de su jubilación de su cátedra universitaria. Le llegó así el “tiempo de soñar” que decía nuestro Carlos Eduardo Frías (1906-1986).
Pero El crepúsculo del hebraísta es una de las pocas novelas venezolanas que tocan asuntos universales. Hay que colocarla en este sentido junto a las del maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) La visita del tiempo (Bogota: Norma, 1990. 338 p.) que se desarrolla alrededor a la figura de don Juan de Austria(1545-1578), el hijo natural de Carlos V (1500-1558), en la España del siglo XVI; La ilusión del miedo perenne (Caracas: Planeta, 1992. 224 p.) de Antonio García Ponce (1929) sobre la segunda esposa de Stalin dentro del tejido de la Revolución de Octubre (1917); junto a la de David Alizo (1941-2008), que se nos acaba de ir, Nunca más Lilli Marleen (Caracas: Mondadori,2008. 647 p.) sobre un asesino nazi y sobre la tragedia del holocausto, El último fantasma (Caracas: Alfagura,2008. 198 p.) de Eduardo Liendo (1941), escrita alrededor de Lenin (1870-1924) o mucho más atrás la de Simón Barceló (1873-1938) en una novela tan desconocida hoy, guardamos un raro ejemplar de la biblioteca de nuestros bisabuelos en nuestras estanterías, tanto que el acucioso historiador de nuestra novela histórica no la tomó en cuenta, es La última tentación de Ramón Berenguer (Barcelona: Prometeo,1929. 314 p.) ambientada en España en los días del Cid, plena Edad Media. Quizá quiso Barceló rendir con su libro emocionado tributo a uno de los libros más amados de su generación, La gloria de don Ramiro (1908), del argentino Enrique Larreta (1875-1961), el cual sucede en la España de Felipe II(1527-1598), que es la mejor novela del modernismo latinoamericano.










ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

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