Categoría: Crítica
Leer a Proust
por Roberto J. LOVERA DE SOLA(Apostilla para Eduardo Casanova)

En verdad a mi, mi querido Eduardo, también me pasó igual a ti. Leer La búsqueda del tiempo perdido fue para mi ocupación de mucho tiempo, llena de dificultades, tantas como es densa y a veces árida esta novela impar. Mis primeros intentos por leerla, porque era para mi imposible pasármela como estudiante de Letras en mi primer intento, como estudioso de la literatura y como crítico literario sin leer La búsqueda… la obra esencial de uno de los cuatro grandes escritores del siglo XX. Los otros son Franz Kafka, James Joyce y William Faulkner. Y muy posiblemente, como el quinto, Thomas Mann por La montaña mágica y La muerte en Venecia. Siguiendo la enumeración creemos que las obras a leer de cada uno son La metamorfosis, El castillo y El proceso en el caso del checo; el Ulises del dublinés y Absalón, Absalón del sureño norteamericao, sólo que en su caso es siempre difícil escoger un solo libro porque Santuario, Mientras agonizo y El sonido y la furia son ejemplares y porque todo el conjunto de su hacer es todo un universo, un mundo, como aquel condado imaginario por él inventado en donde transcurren sus ficciones. Pero Proust los encabeza a todos.
Como fue tu caso mi primer intento de lectura de la novela de Proust resultó frustrado por las dificultades ante las que me encontré, fue hecho en 1970, me recuerdo sentado en la sala de actos de la Asociación Venezolana de Escritores, en donde trabajaba, batallando cada mañana un rato con el primer tomo. Pero en aquel momento leer La búsqueda… no pudo ser posible como tampoco logró serlo en cada uno de los intentos hechos a través del tiempo. Lo yermo de La búsqueda… me detenía, pese a tener al lado devoradores de libros como mi amiga la escritora Lidia Rebrij que había leído La búsqueda… con fruición pese a confesarme siempre que la dificultades estaban en la sequedad de los muy largos pasajes de la novela. Podía sucederle al lector, como a mi me pasó, leer doscientas páginas seguidas y encontrar que los personajes seguían aun conversando en el mismo rincón de la sala en donde estaban al comienzo de esa parte del volumen que teníamos en nuestras manos.
Pero tenía que leer La búsqueda… integra. Hice varios intentos y no lograba finalizar el primer tomo. Vi una película francesa, por cierto muy mala, sobre los amores Swam, para tratar de estimularme y no logré nada. A la salida del cine me encontré con otra amiga, fascinada siempre por Proust, la poeta Yolanda Pantin. Fue entonces, cuando ya pasaba el año 2000 cuando tracé la estrategia que me llevó a la lectura completa de La búsqueda… Esta es la confidencia que te hago en esta cuartilla. Quizá sirva para alentar y estimular a futuros lectores de los siete tomos que tiene este libro sin igual.
Fue así como en 2002 decidí una estrategia: leería cada año un tomo hasta lograr terminar todo el ciclo, los leería sin preocuparme cuanto tiempo me llevaría hacerlo. De hecho costó varios años. Pero además todo formaba parte de un plan: cada día leería durante una hora, con un reloj enfrente de mi sillón de lectura, ello me permitiría, y así fue, poder enfrentarme a las dificultades. De hecho la estrategia de leer una hora cada día ciertos libros muy difíciles ya la había puesto en práctica antes. Fue ella la que me permitió leer libros tercos de entregarse a los lectores. Lo había hecho antes con Paradiso de José Lezama Lima, que tenía décadas tratando de entrarle, incluso con el Fausto de Goethe o el Ulises de Joyce para el cual conté con las magníficas traducciones del español José María Valverde, cuyas versiones son siempre impecables, tanto como aquellas que de las lenguas latinas que ha hecho el también español Angel Crespo al verter a Petrarca, a Pessoa y a ese milagro de la lengua que es el Gran Serton: veredas del brazileño Joao Guiamraes Rosa.
Así lo hice con Proust a partir del 12 de febrero de 2002, le fecha está escrita sobre el volumen utilizado. A ello me ayudó en parte la nueva traducción de la obra de Proust, A la búsqueda del tiempo perdido, del erudito proustiano hispano Mauro Armiño. En el primer están Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, fue hecha traduciendo de nuevo La búsqueda… pero no desde la ediciones de Gallimard como siempre se había realizado sino desde los originales manuscritos de Proust los cuales por suerte había adquirido la Biblioteca Nacional de París. Además la traducción de Armiño es una edición anotada cuidadosamente y tiene diversos añadidos, en el tomo primero, el único que hemos logrado encontrar en Caracas, que ayudan a la mejor comprensión de La búsqueda… Para el resto de los tomos utilicé la edición de Alianza Editorial (1966-1969), cuatro de cuyos volúmenes, del cuatro a siete, fueron vertidos al castellano por la impecable Consuelo Berges, gran conocedora y traductora de las eminencias de las letras galas como Stendhal. Así fue que lo pude hacer.
Así durante tres años, con calma, pausadamente, sin apuros, pude leer toda La búsqueda… Llegué al tomo siete, el último, el 6 de febrero de 2005. Cuando leí la última línea de este volumen no sólo respiré hondo por el logro sino que me sentí alegre: había leído toda La búsqueda… Inmediatamente me senté en el computador y envié un e-mail a todos mis amigos y amigas contándole la hazaña cumplida, porque intelectualmente lo era. Es una forma de graduarse de lector. Así fue mi queridísimo Eduardo.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Cantábrico
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
Los astros y los hombres, la vida de los primeros, no la de quienes respiran en la tierra, los angustiados, los reposados, los que con Matthew Arnold se revelan en la poesía como una crítica de la existencia. Desde esta premisa, desde “El poeta de Recanati/ contempla el espacio// Conoce muy bien/ la vida de los astros/ no la de los hombres…”, Leopardi, el mismo de Miscelánea del pensamiento, se pasea por estos versos para hacerse el Otro, pese a la distancia. O desconocerse.
Un lugar, una línea geográfica, un clima, la temperatura metafísica de Pirrón de Elis, dispensado por el dogma del escepticismo. Dos solitarios, entonces, en estos primeros versos de Cantábrico (Taller editorial El Pez soluble, Caracas 2003), de María Clara Salas.
La lectura delinea a quien se allega a estas páginas: “Si escoges morir/ prefieres/ y eso no es/ lo que predica/ la santa indiferencia”. Entonces, quien lee, vertebra el escepticismo de una segunda persona agitada por el polvo del desierto, en una ¿felicidad? que se apresta a la risa:
Cuando tú
algún día
leyendo el criptograma
descubras el origen de la momia
y atravieses Egipto con los ojos
soltarás la risa
como prueba
de lo poco serio que es el amor
Cuando empieces a rescatar
el cuerpo
con los debidos cuidados
y leas la historia
enrollada en el papiro
volverás a reír
sólo la risa
es digna de repetirse
muchas veces
¿Qué no se cree, el paisaje que los ojos atrapan durante la travesía? ¿A quién apuesta ese viajero que no conoce el carácter festivo del amor? Denso en su andar, el poema se decanta en la insistencia del sonido que ocupa el silencio de los muertos, ese que las momias, el silencio, ofrece en medio de la quietud de los médanos árabes.
2.-
La poeta duda, sufre un extravío. Viaja y se pierde: una épica personal designa el no-lugar (parecido al olvidado por el flaco caballero de La Mancha), pero sabe trazada la ruta que habrá de tomar, aunque desconozca el destino. El tiempo también hace lo suyo, borra y se extiende.
Correlato: el cuerpo y el espíritu se detienen en un lugar y a un tiempo no determinado.
“No hace falta saber/ a dónde vamos// Las sombras de las hojas tejen/ el borde del camino// Somos viajeros sin meta/ nos detenemos/ en lugares donde la sed/ nos detiene// Hacemos alto/ a cualquier hora”.
La coherencia temática nos advierte de una línea invisible por donde se conduce la poeta, la viajera de estos poemas cantábricos, cercanos al mar, al inmenso desierto marino, próximos al suelo mitológico. La ceguera empuja a la adivinación, a los poderes proféticos perfilados por Apolo en la carne invisible de la Sibila de Cumas. En algún lugar de esa costa, de esas montañas, María Clara Salas siente esos pálpitos, esos augurios. De allí “el lado oscuro”, las presencias malignas, la búsqueda de la vida a través de la “reconciliación del cielo y de la tierra”.
3.-
Como Anteo, quien escribe baja a la tierra, regresa del tiempo y de los astros, de esos sonidos anclados en la magia, en la sabiduría de la sombra, y se asienta en las calles, en el estadio donde la gente se hace colectivo, grupo, rostros sin cédula de identidad: “Cuando alguien/ pretende negar/ el lado irracional del alma/ me arrojo en una de tus calles (…) El paso se acomoda/ a la luz/ de otros rostros/ lentamente/ a la guarida/ se vuelve”. ¿A cuál guarida, a la cueva de la prehistoria o a la caverna platónica?
Por estas páginas también la Biblia: la mujer de piedra, la de Lot, la estatua de esos días de fuego celestial. Nos traduce la permanencia, el silencio de quien recibió “semejante castigo”.
La realidad, tan presente: “Tropezamos con la realidad/ y nos sentimos heridos”. Las mujeres, la ciudad que lo contiene todo, el mundo y sus tribulaciones: “La esperanza es demasiado ágil/ para nosotros”.
4.-
La poesía –“crítica de la vida”, como afirma Arnold- se anota en un espacio para alcanzar el nombre de un lugar: Zarauz, en la costa de Guipúzcoa, donde la villa se convierte en fiesta, en orfandad nobiliaria, en densidad de olvido:
Retrocedo a las columnas de agua
del Cantábrico
a las playas perforadas
por la lluvia
al vals Mefisto
en aquel mirador de la casa de Zarauz
visitado también por la reina sin hijos
Algas y peces
subían
del mar
lecturas
propiciaban encuentros
gris
la piel descubre
sus olvidos.
5.-
Los signos de rotación de este bello poemario no tienen nada que ver con la desmesura. Amplían sus argumentos mediante la presencia de quienes se trasladan desde la memoria, desde viejas lecturas, antiguas felicidades íntimas. Novalis “en lo oscuro/ guarda/ su rostro”. Lynch “resuelve/ en la crispación de aquella mano/ su teoría…”, y “el destino/ nos sella”. Retorna a los personajes que cualquiera podría conseguir en las calles ya avistadas: Safo de Lesbos, mejor Clodia la bisexual, y así Propercio, el mismo Sexto Aurelio, el elegíaco: “Por favor/ no perturbes más el descanso/ de mis vecinos/ o acabarás con la paciencia de todos”. Pasado en el presente. La orgía de la memoria.
Quedan muchas imágenes, aventuras que corren por la sangre: La casa, los familiares, los rincones donde abundan los muertos, los “espíritus de mi raza/ mujeres guerreras/ vendrán a buscarme”. Un lugar, Tonoro, donde se reunían para el “rito sagrado”. De allí que sea “insoportable/ lo irreal”.
Penélope, la tejedora, la desbaratadora de la labor, comienzo y fin de la espera. El tiempo, el enigma de un sustantivo, Rosebud, mito de la pantalla en el trineo del ciudadano Kane. ¿Quién habrá quedado en el Monte Urgull de San Sebastián, agitado por el mar, por las alas de la memoria? Recuerdos cantábricos, poemas cántabros.
6.-
Una segunda parte se aleja de la costa española y entra airosa en Elí Galindo, en San Sebastián de los Reyes, en el barco fantasma que aún navega en las viejas casas del pueblo aragüeño. Un poema que desnuda el amor, que plena la reciedumbre del afecto:
“Lo más sensato/ es el silencio// de nada sirve/ hablar/ Cuando somos explícitos/ la confusión/ es mayor// Mejor decir/ tenemos tigres en los ojos/ nuestra piel es una habitación sin armas// La sed requiere lo fugaz/ tender las manos/ a las nubes/ obedecer las instrucciones del viento”.
Dos versos sellan la creencia de que “alguien”, ese alguien amado, está instalado en el espíritu de los cercanos a Elí: “La belleza de los estagiritas/ no fue hecha para ti”. Dice de los santones aristotélicos, los del más viejo cristianismo, los que vagaban por el desierto, en la imagen de quien camina “de un lado a otro”.
En esa traslación, en la tierra movediza del poema, María Clara Salas retorna a la región de güetaria, la de Juan Sebastián Elcano, para recuperar “tus fuerzas”. Allí le fue devuelto “el candelabro de oro”.
Y así Tres elegías, la última parte del libro, donde abrevan la tristeza, el recuerdo. ¿Quién se pasea por este dolor casi inadvertido?: “las idas y venidas/ de tanto afecto/ sobre tus hombros”.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Simpatía y afecto por Bolívar
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Mucho se ha criticado, con razón, las exageraciones que sobre la figura del Libertador han hecho algunos historiadores y escritores de historia, quienes han suplido la falta de documentación por una serie de adjetivos y de elogios sin justificación. Pero además del “culto a Bolívar” practicado por el Estado venezolano como una política, algo estudiado con pormenor, muy acuciosamente, por Germán Carrera Damas (El culto a Bolívar, 1969), Luis Castro Leiva (De la patria boba a la teología bolivariana, 1991), Elías Pino Iturrieta (El divino Bolívar, 2003) y Manuel Caballero (Por qué no soy bolivariano, 2006) hay también los verdaderos estudiosos de Bolívar, lo que lo examinan como una figura histórica, a veces en la soledad del trabajo del escritor sedentario conmoviéndose, con un ser que nació un día y murió otro cuarenta y siete años más tarde, cuyos rasgos vitales y sus ideas estudian. Hay también aquellos que han dedicado mucho tiempo de su labor intelectual a reunir los documentos de Bolívar que son los que nos permiten analizar su figura y comprender su trascendencia en la historia latinoamericana, en la memoria de Venezuela, incluso en su época, en las reacciones que en los Estados Unidos y en la Europa de su tiempo produjo su personalidad y acción, a veces en los documentos secretos de las cancillerías. Estos documentalistas, historiadores o biógrafos nos permiten penetrar en el personaje. Muchos de ellos han sido muy criticados por la emoción que tal estudio les da, por el afecto que el análisis de aquella vida despierta en ellos. Se cumple en ellos, muchas veces, el apotegma de Augusto Mijares “Exigir de un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (El Libertador, ed. 1964, p.1). Diremos en defensa de ellos que es imposible no entusiasmarse con el estudio de una vida llena de brillantes aristas, de un escritor político como el Libertador, quien llega hondamente con las palabras de sus documentos y sobre todo por los renglones de sus cartas hasta nosotros, especialmente por ser un personaje del romanticismo, cuando esta escuela no era aun un movimiento totalmente literario, como lo fue a partir de 1827 y sobre todo desde 1830, gracias en ambos casos a Víctor Hugo. Pero Bolívar fue un romántico de actitudes. Y ello se comunica desde la lectura de sus papeles a los estudiosos que hagan su análisis basados en buenos fundamentos. Y además es imposible pedir que no haya alguna forma de emoción, como la “aflicción”, como lo acotó el doctor Joaquín Gabaldón Márquez al leer uno de los capítulos de El Culto a Bolívar de Carrera Damas. Su opinión está impresa como epígrafe de ese angular libro (ed. 1973, p.7). Pero también hay que decir algo más: a los escritores, y esto es válido para los historiadores también, hay temas que los eligen a ellos, temas que por alguna honda razón autobiográfica no los escogen ellos. Esto sucede a muchos de los autores de los diversos libros sobre los mil temas que han tratado los grandes escritores, para nosotros, gente del mundo occidental, desde la literatura griega hasta el último volumen reciente que apenas desde hace pocos días se exhibe en las librerías. A veces a sus autores les es difícil explicar por qué los escribieron, que los empujó a tratar sus temas. Esto es válido tanto para la ficción como para los ensayos, los tratados y la crítica literaria. Y también para las obras de historia. Y por ello también el mucho estudiar un tema por el cual sentimos inclinación lleva a los escritores a amar, una emoción muy grande, las muchas fuentes que debe examinar para poderlos escribir, los cientos de libros que debe leer para hacerlo, cosa que a veces les lleva muchos años. Así el afecto por el tema o el interés por el personaje elegido surgen al unísono, son como el afecto por un amigo o el amor por una mujer sostenido a lo largo de mucho tiempo, de una vida.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Semblanza de un editor: Leonardo Milla
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Leonardo Milla (1941-2008) nos ha dejado. Pero su legado de editor, distribuidor de libros y librero permanecerá entre nosotros. Fue uno de los tres de la dinastía de editores de su apellido porque ahora lo seguirá su hijo Ulises Milla Lacurcia. El fue el segundo. Los encabezó su papá don Benito Milla Navarro (1918-1987), fundador entre nosotros primero de Monte Avila Editores (1968), más tarde de “Tiempo Nuevo” (1971) y de “Alfadil” (ahora Alfa) y director de Laia en Barcelona, desde 1980 hasta su deceso. Alfa fue el nombre de la editorial montevideana en donde se engendró todo (1958).
Leonardo Milla cuyas acciones por el libro deseamos repasar aquí también fue poeta, sólo llegó a imprimir el volumen Vivo entre nosotros (Montevideo: Alfa, 1963.45 p.) aunque alguna vez en una página literaria nuestra se insertó un poema suyo (“Metro, París 1943”, El Nacional, Papel Literario: enero 19, 1992). Pero al parecer gustó del silencio con la palabra y de la lectura íntima de las obras que amaba porque también fue un lector particular, gozador constante de toda literatura y en especial de las novelas policiales. Y, claro, leía todos los manuscritos que se presentaban a su editorial, incluso antes de enviarlo al “Comité de lectura” que toda editorial posee desde que Gastón Gallimard (1881-1975) fundó (1921) el de su legendaria editorial parisiense (Pierre Assouline: Gastón Gallimard, ed.1987, p., 108-110).
Como distribuidor de libros es muy grande lo que nuestros lectores le deben: hay numerosos y magníficos libros que si él no los hubiera importado, como representante entre nosotros de las más selectas editoriales españolas y del Cono Sur, no hubiéramos podido leer. Y seríamos culturalmente truncos, chucutos.
Y para poner a circular mejor esos libros creó sus magníficas cuatro librerías en Caracas y la de Mérida. Estas no sólo se caracterizan por tener libros de primera sino en ser sus locales bellamente diseñados y organizados.
Y como editor fueron muy amplias sus tareas. Hay que ver lo que significa en este momento todo lo editado en las últimas dos décadas por “Alfadil” y “Alfa”. Así fueron muy bien miradas las transformaciones económicas que se vivieron entre nosotros desde los años setenta, desde la subida de los precios del petróleo (1973) y el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), cuando se inició además la gran corrupción que todavía nos sacude. Fue allí cuando se formaron varias grandes fortunas, esto lo registró Juan Carlos Zapata en Los midas del valle, editado por Alfadil. La locura dolarista y la gran crisis ética que arrasó con la democracia creció en la segunda administración de Pérez (1989-1993) cuyos inmensos errores fueron a dar a la gran crisis bancaria de 1994, donde aquellos inmensos peculios desaparecieron, para entenderlo Leonardo Milla editó entonces Los ricos bobos de Juan Carlos Zapata. En ese momento sólo lograron sobrevivir los grupos Cisneros y Polar, quizá los únicos que actuaron con prudencia.
Y la Venezuela que entró en crisis desde el 4 de febrero de 1992 no podría entenderse con seriedad y serenidad sin los libros que con talento y sus buenos ojos de editor hizo imprimir Leonardo Milla. Estos autores están en este momento en la vanguardia del examen de nuestra historia, pensamiento y política. Y llegaran al futuro, a los analistas del mañana. Es imposible dejar de lado obras como Dos izquierdas y El socialismo irreal de Teodoro Petkoff, Del Viernes negro al Referendo revocatorio de la ideóloga del chavismo Margarita López Maya, mujer de análisis penetrantes y agudos, la única entre su gente que le ha dicho la verdad a Hugo Chávez en su presencia, ante su propia cara y desde la atalaya de la televisión lo cual le permitió a la multitud seguirla en su peroración. Recordamos el orgullo que como editor sintió Leonardo Milla por haber editado el libro de Margarita López Maya, así nos lo confió.
Hay que registrar también el penetrante volumen escrito al alimón por dos antiguos comunistas quienes han sabido comprender la realidad de su tiempo, sus evoluciones, cambios y mutaciones. Nos referimos al de Freddy Muñoz y Américo Martin: Socialismo del siglo XXI: ¿huida en el laberinto?, central como análisis de ideas en su primera parte y como refutación de las teorías de Heinz Dieterich expuestas en Hugo Chávez y el socialismo del siglo XXI. Y en la segunda parte, de Martín, el examen del significado de la reforma constitucional propuesta por el Comandante para el referendo del 2 de diciembre de 2007: ampliamente rechazada por el voto generalizado de la población que es democrática. Lo es no sólo desde el 14 de febrero de 1936 sino desde el 18 de agosto de 1863.
Por cierto que al mismo Dieterich hay también que refutarle el libro Patriota y amante de Usted, relativo a Manuelieta Saenz, editado bajo su cuidado en México, al calor del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, por constituir la más grande falsificación de documentos históricos y creación de papeles apócrifos de los cuales se tenga constancia entre nosotros.
Y la historia de Venezuela nunca estuvo lejana a Leonardo Milla. Toda la serie de libros de Manuel Caballero publicados por él dan fe de ello. Sobresalen Gómez, el tirano liberal, Rómulo Betancourt, político de nación, Las crisis en la Venezuela contemporánea y ahora La peste militar. Y no sólo esos porque los libros de este historiador son siempre buenos. Y los de Elías Pino Iturrieta, entre los que sobresale ahora Nada sino un hombre, en donde no se cita en ningún momento a Chávez, como no nombró a Gómez Laureano Vallenilla Lanz en su Cesarismo democrático, pero cuya sombra está presente a lo largo de su análisis sobre el caudillismo que realiza Pino porque Hugo Chávez es un neocaudillo.
Volviendo a Leonardo Milla también nuestra literatura fue acogida y comprendida por él. En sus colecciones no sólo están varios de nuestros mejores narradores, dramaturgos y críticos literarios sino que él mismo comprendió las cualidades creadoras de la actual nueva generación. De hecho la antología De la urbe al orbe compilada por Ana Teresa Torres y Héctor Torres fue el primer registro de este pléyade de nuevos creadores. Y en algunos casos está ya impresas sus primeros hondos libros.
Decía mi amigo el cardenal José Humberto Quintero (1902-1984) que hablar de si mismo sólo era pecado venial. Y lo decimos al hacer memoria de nuestra colaboración constante con Leonardo Milla en la conformación de varios de sus proyectos que se iniciaron cuando se inició “Alfadil”, en los años ochenta. Para la colección “Ameritextos” preparamos y prologamos ediciones de Ifigenia, Memorias de mamá Blanca, Peonía y Venezuela heroica; después los Pensamientos del Libertador y Pensamientos de Andrés Bello; más tarde la antología Eróticos, erotómanos y otras especies, el título se lo puso el propio Leonardo Milla. Sigue siendo única entre nosotros. Y además hay que añadir que entre sus labores se contó esta: fue el único editor que tuvimos de textos eróticos, creador del premio “Letra erecta”.
Y siempre, por llamado suyo, le sugerimos obras que considerábamos debían ser editadas, incluso se han quedado los dos últimos proyectos por presentar, lo pusimos en contacto con autores cuyos volúmenes deseaba incorporar al catálogo de su editorial o cuidamos ediciones cuando nos las confió. En fin fueron décadas de trabajo por el libro y por los escritores venezolanos que él siempre encabezó. Y celebró los triunfos de sus autores en el exterior: de Denzil Romero al ganar con La esposa del doctor Thorne, nuestra mayor novela erótica, el galardón de la serie “La sonrisa vertical”, de Tusquets, en Barcelona. Eso mismo sucedió con Alberto Barrera al obtener el “Herralde” de la editorial “Anagrama” con su novela, de la cual obtuvo Leonardo Milla los derechos para su edición caraqueña.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
La otra Isla
por Roberto J. LOVERA DE SOLA“Fue mi primera visión de lo que me parecía que debía ser la vida más privilegiada, la del escritor: una vida de curiosidad y energía sin fin e incontables entusiasmos”.
Susan Sontag: Cuestión de énfasis, ed.2007, p.285
Una bella novela es La otra isla. (2ª.ed. Caracas: Todtmann,2006. 258 p.) de Francisco Suniaga (1954), impresa por vez primera en el 2005 y de la cual se edita en estos días su quinta edición. Su autor esperó su madurez para publicar. Y los lectores le han respondido: son escasas las primeras novelas nuestras que alcanzan rápidamente varias reimpresiones sucesivas. Y este escritor lo ha logrado. Es tan bien acabado libro como lo son ahora en nuestras letras, en el mismo año de la publicación de la suya, Nocturama de Ana Teresa Torres y La enfermedad de Alberto Barrera porque si es verdad que La otra isla si bien se imprimió hacia fines de 2005 no llegó a circular y ser leída sino meses más tarde, ya en el 2006 en el cual fueron publicadas también las otras dos novelas citadas.
La otra isla es una novela que a diferencia a la mayoría de las que se escriben entre nosotros no sucede en Caracas sino en la isla de Margarita. Esto le concede, pese a los muchos dones que la alumbran, una singularidad de la cual goza el lector como ha sentido placer, nos ha pasado a miles de venezolanos, cuando nos encontramos en esa ínsula, paseamos por frente a su mar u observamos una de esas bellos atardeceres como los que se pueden ver en Pampatar. Crepúsculos tan distintos y tan hermosos, pero muy diferentes, a los de Barquisimeto. Y con personajes que el turismo trae a la isla, alemanes sobre todo, o a esos margariteños con su bello hablar coloquial, “en el alegre tropel de sus voces y sus risas” (p.9): todo esto está en esta ficción. Y mucho más.
Margarita es para el narrador de esta historia un lugar inventado por un ser sobrenatural, ”Debió tratarse de una deidad caribeña que, arrebatada por algún delirio tropical de los tiempos cuando el arte no existía, compuso un paraje hermosamente absurdo: el mar, el cielo y hasta el olor del aire, azules” (p.7). Es aquí donde está “una playa extensa salpicada de sargazos tostados por el sol” (p.7).
Pero junto a ello el fabulador quiere ver el otro lado de la ínsula: ”era un individuo que vivía prestado en una isla caribeña de clima benigno y personas amables pero, adosada a ella, había otra realidad, otra isla donde la violencia era una savia que alimentaba lo cotidiano y se movía oculta bajo la aparente docilidad de la naturaleza y bondad de la gente. La otra isla que se presagiaba en el desafuero de los amaneceres, en la luz blanca del sol atroz de los mediodías y en la luz roja del sol colérico que en las tardes se resiste a desaparecer e incendia el cielo antes de morir. La isla de la violencia, la de la lluvia que inunda, el estío que seca y reseca la tierra, el viento que postra a los árboles y las olas del mar que baten contra la costa como una fiera celosa… Esa otra isla violenta estaba allí, yuxtapuesta, y era imposible no sucumbir a sus designios. Los gallos de pelea no eran sino una concreción noble e inocente de una violencia que era como Dios, estaba en todos los rincones” (p.174-175). En esta larga y bella cita, escrita en esplendora prosa, no sólo está la razón del título y del contenido de la novela, también está claramente expresado lo que es el trópico y aquello que define al Caribe por lo cual los que habitamos en este país, en su continente o en sus islas, pertenecemos a la cultura del calor que dijo Mariano Picón Salas (Comprensión de Venezuela, ed.1976,p.36). Para ella se ha promovido, por la pluma del historiador Germán Carrera Damas, la necesidad de crear “una tropicalogía” para estudiarla (Validación del pasado, ed.1975,p.55). A todo esto lo asoma Suniaga a través de su nutrida fantasía de hombre de letras.
Hay en ella la investigación de una muerte inexplicable, los contactos con los organismos policiales que no quieren hacer otra cosa sino pasarla bien, sentir el trópico que allá es peculiar. Hay también un abogado, el protagonista, más interesado en la literatura que en la abogacía y una serie de personajes populares, propios, nuestros, entrañables, uno de ellos enamorado de una bellísima alemana que transpira sexo por todos los lados y recodos de su cuerpo sorprendente.
Pero hay aquí un breve acercamiento a nuestra realidad actual en esta fabulación, en ese mismo soleado paisaje margariteño. Por ello llamamos la atención en torno a la lectura de este bello libro el cual nos entregó a un nuevo escritor, con mucho que decir, a la literatura venezolana.
Lo que vivimos hoy, llenos de estupor y dolor, está muy bien expresado en algunos pasajes de este libro. Y también sucesos de nuestro tiempo, “Antes ser comunista y ser de izquierda era una identidad. A partir de 1956, con lo de Hungría, unos pocos, los más preclaros o menos románticos, como tú quieras, dejaron de creer en eso. Después, en 1968, dejó de ser dogma para la mayoría de nosotros y quienes para 1989 no cambiaron su visión, ya no tienen remedio. ¿Qué es ser de izquierda a comienzos del siglo XXI? ¿Cómo ser de izquierda sin estar identificado con tanto salvador fallido devenido en tirano?” (p.99-100).
El sol, la luz del Caribe y la hamaca como lugar de expansión erótica están aquí, ”La hamaca colgada… les abrió el camino de las delicias de un sexo mecido como un bote entre las olas y a posiciones amatorias de revenido erotismo, impracticables en la rigidez de una cama” (p.132-133). Y lo hacían así porque sabían que “la felicidad era un patrimonio muy frágil”(p.93).
Están en La otra isla también los modos fraternos de ser del margariteño, las preocupaciones por la alta cultura (dos amigos buscan, Benitez el protagonista uno de ellos, donde está registrado un texto de Joseph Conrad (1875-1924) que este supone está en su nouvelle El corazón de las tinieblas (1902) pero que resulta ser de Juan Rulfo (1918-1986), unas líneas de su cuento “Luvina” (p.250), de su único libro de cuentos El llano en llamas: ”Yo diría que es lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla le revuelve, pero no se la lleva nunca. Está como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón” (El llano…, ed.1999, p.121-122). Y esto está aquí porque la lectura forma parte sustancial de este volumen. Y es por ello que está también el universo onírico(donde el protagonista sueña con un párrafo en inglés que luego debe buscar afanosamente, p.27).
El episodio de la pelea de gallos, que está en La otra isla, es también sensacional.
Ese párrafo que le parece de Joseph Conrad, a Benítez por evocar para él “la pesadez, la inmovilidad, la falta de alegría, la tristeza” (p.248) es: ”Subir por ese río era como viajar de regreso a los primeros comienzos del mundo, cuando la vegetación arrollaba la tierra y los árboles enormes eran reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire caliente, denso, pesado, inerte. No había alegría en el brillo del sol. La vastedad del río se perdía, desierta, en la tristeza de las distancias ensombrecidas” (p.248). Y Benítez confía a su amigo que creyó el fragmento de Conrad, que es de Rulfo, por encontrar en ambos “ciertas imágenes parecidas” (p.248). Allí su alter ego logra descubrir el enigma que tanto les apasionó a lo largo de muchos días: ”Lo que escuchaste en tu sueño ni lo leíste en inglés ni lo escuchaste en una película inglesa, fue una traducción al inglés de un párrafo de Rulfo” (p.251).
Pero hay más: hay algo que hermana La otra isla y El corazón de las tinieblas, obra mayor si las hay entre las del siglo XX: “el vinculo del mar”, como se lee en la traducción de Sergio Pitol (El corazón…, ed. 1986, p.13). Hecho que nos lleva a comprender la vasta influencia que tuvo Conrad sobre Suniaga al componer La otra isla de la cual el gran escritor inglés, nacido en Polonia, es uno de sus ascendentes.
Cuando el amigo hace el hallazgo Benítez le dice que eso puede suceder porque “el subconsciente es como los caminos de Dios” (p.252).
El hecho de que el protagonista sea un intelectual le da un cierto calor erudito a esta invención. Sobre él se dice “Poseía el cuestionable vicio de leer y releer por segmentos las obras de sus autores favoritos y saltar de uno a otro de acuerdo con su estado de ánimo o según se tropezara los libros en la quincallería sin anaqueles que era su estudio” (p.32-33), ”Era un lector furioso, indiscriminado, leía las cosas comunes y las más extravagantes, y su curiosidad no tenía límites” (p.51), se consideraba así mismo “disperso y anárquico en mis lecturas” (p.54). Además hay que añadir que estas divagaciones eruditas y hondamente intelectuales no son muy comunes, están más bien ausentes, de la ficción venezolana, sus únicas excepciones son las novelas El lugar del escritor (1993) de Victoria de Stefano y la de Christiane Dimitraides: Sabath (1997) y el cuento de José Balza: “Prólogo en curazao” (Ejercicios narrativos, ed.1995, p.63-74). Esto le añade otra característica destacada a la novela de Suniaga.
Todo lo antes señalado preside esta obra sobre la cual se podrían hacer muchas otras consideraciones fijándose en su paisaje, en el amor apasionado que registra, sólo en el posible crimen que allí aparece (¿o sólo fue un ahogamiento?), en la pelea de gallos o en la presencia del piélago visto por la imaginación desde una orilla caribeña.
(Leído en el “Círculo de Lectura” de la “Fundación Francisco Herrera Luque” en su sesión de la tarde del martes 4 de diciembre de 2007).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Lecturas Nómadas
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
¿Cómo se le “entra” a un libro como éste, de crítica, y más si se trata de un compendio de reflexiones nómadas, movedizas?. Habría entonces que centrarse o descentrarse, revelarse o rebelarse ante el espejo o contra cualquier imposición. Nada. Es un libro de crítica que logró cohesionar a quien a final de cuentas “a cierta edad (…) sólo puede leer versos”, venido e ido en reversa o de frente, sin residencia fija.
Es así, Lecturas nómadas, de Eduardo Moga, editado por Candaya, Barcelona, España, 2007, tomo que recoge cinco años de “reseña tras reseña durante algún tiempo”, y que se hizo público de la mano de Olga Martínez y Paco Robles, responsables de tanto acierto de este y de aquel lado del océano.
¿Cómo “entrarle” entonces a un libro que habla de otros libros, los arma, los desbarata, lo que nos hace culpables de algún desliz, de alguna culpa deshilachada por quien se cree inocente? Nada, entremos sin ningún complejo, como si saliéramos, por la primera y la última página, con índice y todo, para guiarnos si nos extraviamos.
2.-
Lecturas nómadas se escribe entre escritores españoles, pero también entre españoles e hispanoamericanos, para concluir la apuesta con otros idiomas y temas que conciernen a las palabras y se tienen seguras de su autor.
Esa primera parte es la de una España desconocida (pese a tanto esfuerzo personal) para quienes buceamos en la Península y en otros terronales literarios. Digamos que estamos desconectados. Esa es una de las bondades de este inventario del barcelonés Eduardo Moga (1962): insistir en que no nos conocemos, que seguimos sin encontrar el hilo del encuentro entre los pueblos que hablamos castellano. Ciertamente, este “Sobre autores españoles” nos acerca a nombres y títulos que están muy lejos de nosotros: apenas Antonio Gamoneda, José Ángel Valente y Carlos Vitale nos suenan en los oídos de leer y dolernos. Muy lejanos: Juan Pastor, Marta Agudo, Manuel Álvarez Ortega, Jordi Balló y Xavier Pérez, así como Juan Luis Calbarro, Pedro Casariego Córdoba, sólo para mencionar a algunos que forman parte de nuestra parcela de ignorancia. Las políticas editoriales de nuestros países, sobre todo las del nuestro, son anuncios para dentífricos. Lamentablemente, se pierde la gracia crítica frente a la ausencia de lecturas de los libros comentados. ¿Somos lectores nómadas, movidos de lugar para no enterarnos de las destrezas o torpezas del mundo literario hispano?
3.-
Nos toca muy de cerca el segundo capítulo de Lecturas nómadas. Allí nos vemos en Pepe Barroeta, Gustavo Guerrero, Eugenio Montejo, tres venezolanos que han logrado llegar al sitio de esas páginas y dejar dicho en boca de otro que existen “caminos de palabras” para sabernos unos y todos. Allí también Pedro Serrano, Tomás Segovia, Rosamel del Valle, Humberto Díaz-Casanueva y Javier Bello. Nos queda en la memoria: “La literatura es un diálogo infinito: un “escuchar con los ojos a los muertos”, como escribió Quevedo –muerto ya, y que habla, no obstante, con nosotros…”, para hacerse semilla en Borges, Azorín, Ortega, Octavio Paz, Otero Silva, Roque Dalton, Darío, Lugones, Huidobro, Neruda, quienes se sostienen en estas palabras de Eduardo Moga, pronunciadas en la Universidad Autónoma de México en 2005: “Cada vez es más rara, no obstante, la recompensa institucional, lo que resulta lamentable. Pero ni un ápice ha declinado la recompensa personal, ésa que nos aguarda tras la ejecución de un verso hermoso y verdadero, como sin duda sentía, a tenor de las palabras de su hermoso y verdadero discurso, Miguel de Cervantes Saavedra”. En el clavo, todos herederos de Don Miguel, como de nuestro otro padre, Don Francisco Quevedo.
(Un salto de mata: una lectura a “Senos” de Pepe Barroeta nos empuja a limitarnos en la estimación de Moga, quien abrevia en una semántica prevista desde un “lejos” al que se le podría añadir otra mirada. Pero esta es materia para otro día, con miche, calentaíto y demás curiosidades andinas.
Tus senos locos
como el descubrimiento de América.
Bienaventurados como la Pinta, la Niña
y la Santa María.).
Tus dos senos hechos de láminas de barcos
y de hélices en vibración.
Hermosos como la conquista del espacio).
4.-
La tercera parte nos instala en las otras lenguas que dice el autor: Ambrose Bierce y su infaltable Diccionario del diablo; John Milton y su Paraíso perdido; Arthur Rimbaud y su Temporada en el infierno. Igual, Eugenio Montale, visto en Huesos de sepia, Las ocasiones y Diario póstumo. Y otros más que desvelan a Moga y lo crecen en este trabajo de rigor intelectual, casi extremo, hermosamente escrito, toda vez que la crítica, eso que llaman crítica como si se tratara de una receta de médico de pueblo, no debe estar despistada de la sonoridad, de registros que la eleven y que la hagan también discurso estético.
Sigue el viaje indagatorio. Un breve ensayo, escribir, editar, nos deja un rato instalado como en casa: “Escribir es el reino de la libertad. La escritura, es decir, la permutación infinita de las palabras, se dispone como un territorio sin fronteras (…) La realidad es el insomnio; la poesía el sueño (…) La poesía, sin embargo, no está exenta de servidumbres (…) La edición, sin embargo, es el reino de la libertad…condicionada…”. Para remate: Yo, me temo, como poeta y como coeditor literario de una colección de poesía, participo de la doble perspectiva de autor y de editor, e incurro, en consecuencia, en los errores –y, quiero pensar también, en los aciertos- de ambos”. Esta doble cara enriquece, pese a “que es doloroso”.
Este compendio de artículos, de ensayos, permite una lectura coherente. No se trata de consignar –a despecho del prólogo muy personal- una idea íntima del libro. El lector es responsable de sus actos, y hasta se dejaría matar por dejar sentado que este trabajo de Eduardo Moga ya forma parte de una elección diaria.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.













ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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