Categoría: Cuento
La moneda del sastre (Cuento español tradicional)
por Alejo URDANETA
El pícaro y el tramposo son tipos de toda sociedad. Apenas se junten dos personas aunque sea para el juego, uno tendrá la habilidad de la trampa y el engaño, mientras que el otro sufrirá la pérdida. El que presta es también pícaro, pero se guarda; el que hace la trampa lo tiene por oficio, pide a sus vecinos y no paga a tiempo. Y aun así protesta cuando le reclaman su incumplimiento.
Como no cesaban los reclamos, un día el pícaro insolvente decidió la treta de fingir una enfermedad y se metió en cama. Los vecinos fueron de visita, compadecidos de su enfermedad, y le decían, quizás por compasión, pero también por cuidar sus monedas perdidas cuando el pícaro se recuperase: “Por mí no te preocupes. Yo te perdono lo que me debes”. Y otro: “pobrecito, qué mal estás. Yo también te perdono la deuda”. Y así decían muchos.
Menos el sastre del vecindario, que exigía al enfermo: “A mí me debe diez monedas y me las pagará”. A lo que los demás vecinos replicaban: “Ten caridad, sastre. ¿No ves que se muere el pobre hombre?” El sastre mantenía su actitud: “Si se muere, que se muera después de pagarme”.
El pícaro decidió aplicar una treta para evitar al Sastre. Fingió que se moría para que todos lo apoyaran contra la actitud de su obstinado acreedor. Creyendo los vecinos ingenuos que su deudor estaba muerto, lo metieron en la urna, lo cargaron y le hicieron la ceremonia del entierro. Colocaron la urna en la iglesia y rezaron con el cura las oraciones de la muerte. Pero el sastre, que no pensaba en otra cosa que en su dinero, se metió en el confesionario para no acompañar a los demás vecinos.
En esto estaban cuando durante la noche entraron diez ladrones a la iglesia y amenazaron con matar a los vecinos si no les entregaban lo que tuviesen en sus bolsillos. Para crear temor en los que oraban ante el falso cadáver, el ladrón principal dijo a sus secuaces: “Daré diez monedas al que finja apuñalar ese cadáver. Así nos darán todas sus pertenencias”.
Uno de los bandidos se acercó a la urna y sacó el puñal y fingió el gesto de apuñalarlo. El pícaro no se murió de miedo, pero ante el peligro dio un brinco y salió de la urna dando saltos por el templo. En ese instante se le ocurrió la idea de gritar al sastre escondido en el confesionario: “¡Vengan, difuntos¡”. El sastre, que comprendió la intención del pícaro, pero también que podía perder todo si los bandidos los robaban, salió de su escondite y también gritó: “¡Vamos todos, difuntos¡”. Con esta voz, los vecinos se dieron cuenta de la treta del pícaro y gritaron en protesta. Esto confundió a los bandidos, que echaron a correr aterrados y se metieron en el bosque, sin percatarse de que habían dejado en la iglesia el tesoro de sus fechorías. Entonces, al darse cuenta, el jefe de la pandilla envió a uno de los ladrones a buscar el tesoro olvidado.
El ladrón emisario regresó a la iglesia, lleno de miedo, y entró en el pórtico en el momento en que el cadáver y el sastre estaban repartiendo la fortuna dejada por los bandidos. Cuando hubo terminado el reparto, el sastre dijo al otro: “No he olvidado la deuda que tienes conmigo. Dame, pues, las diez monedas que me debes”.
El ladrón que había vuelto a buscar el tesoro vio y oyó lo que pasaba; se puso a temblar y huyó al bosque a reunirse con sus compañeros.
Les dijo, azorado: “¡Ni pensar en volver por el tesoro, pues son tantos los difuntos que hay en la iglesia que no alcanzará el dinero para todos!
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
1913, presente evocación
por Alejo URDANETA“1913, presente evocación” es la conmemoración de dos acontecimientos culturales: el estreno en el teatro des Champs Elysées de París de la obra La consagración de la Primavera de Strawinsky, el 29 de mayo de 1913, y la publicación del poema de Tagore: Gitanjali, ese mismo año en que recibió el premio Nobel. 1913, sin duda, un año memorable.
En mis manos la hoja del almanaque vacilaba: 29 mayo de 1913. Una tenue luz alegraba la tarde, en la vegetación blanquecina de tiempo. Sonaba el viento para aligerar más el paso del atardecer presuroso. Fragilidad de la arena sobre la cual algunos niños dejaban sus inquietudes, se mezclaba colorido ardiente de los árboles en amago de desnudez.
Casi un invierno dentro de mi espíritu, este tiempo de melancólico otoño recrea ambientes y emociones de tránsito hacia la tristeza, asentado en el vigoroso plenario de las hojas danzantes. Pero el almanaque tenía una vida propia al señalar con airoso gesto un año perdido en el recuerdo: 1913. Podía aún escucharse en la calle distante de la reja del parque, el fragor de una multitud que no tenía tristeza sino fuerza; que no pensaba en la veleidad de una hora sino en la lucha por el futuro. Y mientras tanto, yo permanecía con la fecha en mis manos, cavilando sobre el significado de aquel dato y despertando alguna reminiscencia en mi memoria. ¿Quién había dejado caer esa hoja amarilla como una hoja de otoño en aquel lugar y en aquel tiempo tan lejano de lo que indicaba? Miré cauteloso hacia la calle y noté el bullicio de la gente que transitaba ensimismada, desdiciendo lo que había en mi estancia vegetal. El atuendo que vestía no podía corresponder a esa fecha: 1913. Todo el aire miraba hacia un poniente estacional. Se aproximaba el invierno con sus pliegues de blanco. Entonces, ¿cómo entender que en un lugar tan concurrido y en mi realidad temporal, existiese un signo vital tan lejano?
Puse luego mi memoria a mover emociones dentro de los hechos de aquella distante fecha de 1913. Había en el aire el sonido plañidero de un fagot rumiando el cántico de una danza. Veía en el parque el rito gestual de los jóvenes que adoraban el tiempo mágico de una primavera pagana. Crecía el ritmo de la música mientras observaba que todo el ambiente se poblaba de ardor frenético. Como si el pausado caminar de los transeúntes en la calle hiciese de platea a un inmenso teatro donde se representaba la renovación de la vida y de la naturaleza toda. Desde allá afuera nadie notaba el crescendo que adquiría la vegetación. De un fondo otoñal que hacía mi entorno cuando tomé asiento, fue gradualmente convirtiéndose el cuadro desvaído de las hojas en una fulgurante primavera; y bailaba toda la numerosa plenitud del parque. Evolucionaba el mundo desde un principio de caos y yo era testigo de aquel veloz paso hacia las cimas de pasión, terror, desazón que poseía a los danzantes seres que acompañaban mi desconcierto. Y la hoja del calendario me señalaba que era 1913; me decía que yo era protagonista de aquella desenfrenada escena de baile. Se sacrificaban las doncellas a la primavera y se despertaban en sacudidas todas las fibras del espíritu contemplativo del tiempo 1913. ¿Cómo no saber que yo era un personaje de ese tiempo, si en la hoja del calendario estaba grabado el sentido de mi propia historia?
Venía del caos conmovido de la tierra. Linfas vegetales corrían por las venas de las plantas, y el pavoroso rugido de la tormenta anunciaba un retorno inevitable hacia la paz de los elementos. Yo también tenía la confluencia permanente de las locuras más contradictorias. Tenía el júbilo y el terror ante la naciente esperanza; y tenía un dato temporal en las manos: 1913. Era un símbolo que me colocaba el azar ante un escenario indiferente, cuando sin pensar en su importancia fue descubriéndose mi nacimiento y el anuncio de mi muerte, aturdido ante la violencia de la danza que hacían las doncellas a la primavera. El sacrificio vendría adornado de armonías; pero siempre el desenfreno del ritual conducía a la muerte que engendraría nueva vida.
En la búsqueda insaciable de una identidad, aprisionaba entre mis manos la desvaída hoja del calendario, que señalaba la fecha inalterable: 29 de mayo de 1913. La fiesta que habían presenciado mis ojos me hablaba de primavera, del comienzo de una alegre estación donde todas las máscaras de la naturaleza se despojaban de intrascendencias para celebrar un nacimiento. Era una consagración. Estaba, pues, seguro de que no podía haber coincidencia sino en cuanto a la precisión del año de esa consagración, de aquel nacimiento lejano de mi propia vida; y, sin embargo, todo era una figuración de mis ansias, o por lo menos trataba de entenderlo así. Recapitulé las escenas paganas que habían conmocionado el ambiente del parque: un anuncio quedo del fagot, una suma gradual de intensidades rítmicas y un sacrificio a la primera de las estaciones. Yo me colocaba en esa misma evolución para sumergirme en el torbellino de las pasiones que desde el inalcanzable año de 1913 habían dormitado por ratos, para luego estallar incontenibles en la presencia que hacía mi evocación en aquella tarde en el parque. La figura tenía nombre y había nacido en mí desde el año de 1913. Alentaba el camino que toma la naturaleza en el despliegue de sus fuerzas, se afianzaba segura en todas mis emociones y luego se tornaba obsesiva en formas.
Tomé entonces, del libro que me acompañaba, las palabras de Tagore
“Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida".
Se había celebrado una consagración de las fuerzas más intensas de la naturaleza. El sacrificio de la doncella y el canto del poeta hicieron fluencias en mi propia vida. Yo había recibido el mensaje de la hoja del calendario y lo hacía mío. Fui caos de engendramiento como el comienzo del mundo, como el inicio de la estación primigenia. Todas las linfas de las plantas habían corrido por mis venas, y el terror de todos los seres ante el nacimiento de la vida se conjugaba en mi certidumbre. Y volvía a juntar en la imaginación la palabra del poeta:
“Tu dádiva infinita sólo puedo tomarla con estas pobres manos. Y pasan los siglos y tú sigues derramando, y siempre hay en ellas sitio para llenar".
Se había efectuado la consagración de una pasión. Había comenzado aquel lejano año de 1913 la primavera de una felicidad. Ahora se aproximaba el invierno y la hoja del calendario anunciaba: 29 de mayo de 1913. Una fecha con elementos estacionales definidos en mi estancia de otoño: un parque pleno de bullicio de niños; un hálito de luz escurridiza, y el frío que se colaba entre mis manos y dejaba huellas de violeta.
Me levanté conmovido, estrujé aún más la hoja amarillenta del calendario y recogí el libro que había llevado para leer. Al salir por la puerta principal del parque, noté que el movimiento de los transeúntes había disminuido. Y ya para dejar el lugar mágico de mis evocaciones, volví la cabeza. Allá, en el mismo sitio donde había presenciado la ceremonia de la consagración de la primavera, fulguraba cada vez más tenue la presencia de los extraños visitantes que habían sido compañeros y confidentes. Guardé devotamente la hoja de calendario dentro del libro y regresé en busca de lo cotidiano.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
El destino de Lear
por Alejo URDANETA
“¡Hija, Cordelia, te exijo retractarte de tu conducta indiferente y de tu deslealtad! A todas he pedido reconocimiento y adhesión, devota humildad, y sólo tú has sido renuente. Has dicho, sí, que tu amor filial no necesita palabras, pero los reyes necesitamos el pronunciamiento solemne del amor, dicho en frases de fuego, con la pasión desembarazada; y tú no lo has hecho. Tus hermanas, en cambio, han renunciado a la vanidad y el orgullo y me han entregado sus vidas. Por eso, ellas tendrán mi trono y mis riquezas, mientras que a ti sólo daré mi desprecio. Yo, Lear".
Cordelia no se retractó y sufrió la abdicación de su honor en el hogar real. Sus hermanas recibieron landas inmensas, tesoros incalculables, y tuvieron acceso a la fortuna de la Corte.
Era Cordelia la más bella de las hijas de Lear. “Mi gracioso silencio", pudiera llamarla el padre, porque su pudor virginal le impedía expresarse abiertamente, así se tratara del amor filial que sentía hacia el gran señor de la familia y dueño de inmensa riqueza. En ella no había fingimiento.
El castigo impuesto por Lear se cumplió de modo inmediato y con crueldad. Cordelia padeció privaciones, fue echada del palacio y apareció desolada ante la arrogancia de sus hermanas, enriquecidas por la dimisión del Rey padre que puso su reino a subasta de alabanzas.
La alegría de Lear no fue duradera, y después de algunos años de afectos simulados, también el Rey sufrió la miseria por el desprecio de sus hijas. No tuvo en la vejez el auxilio de aquellas a quienes había legado su poder y riquezas. Quedó sometido a la ignominia y recibió la deshonra y el abandono.
Con el tiempo, Cordelia la despreciada jugó a las imposturas de la miseria con fina habilidad y prudente silencio, y ascendió desde su pobreza hasta alcanzar el poder que le habían quitado injustamente.
Lear no murió; se asoció con Cordelia.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
El Día y La Noche
por Alejo URDANETAAdaptación literaria de Alejo Urdaneta.
Al principio no había sol ni noche y las cosas no tenían color. Tanto la noche como el día eran patrimonio de dos magos indígenas llamados: “Señor de la Oscura Noche” y “Señor del Sol”. La oscuridad la tenía el “Señor de la Oscura Noche” envuelta en un pañuelo y escondida en una cesta de mimbre. Cuando salía de casa, el “Señor de la Oscura Noche” decía a los indios: “No toquen la cesta, porque si lo hacen desaparecerá la luz y no podrán ver las cosas y se perderán en los caminos”.
Un día el “Señor de la Oscura Noche” salió a pescar y dejó la cesta de la oscuridad en manos de su cuñado para que la cuidase. Le dijo: “Dejo mi cesta a tu cuidado. No andes con ella y no permitas que nadie la toque”.
Cuando se había marchado el “Señor de la Oscura Noche”, el cuñado se dijo: “¿Qué tendrá aquí mi cuñado para que siempre nos esté recomendando que no toquemos su cesta? Vamos a ver qué tiene adentro”.
Al abrir el cesto, comenzó a crecer y desenrollarse una cosita que estaba envuelta en un pañuelo: era una larga cuerda negra. Cuando la cuerda terminó de crecer, todo quedó a oscuras, como si fuera de noche. El muchacho rompió a llorar asustado y huyó por el monte sin saber adonde iba. Luego fue trasformándose en un búho para poder así estar en la noche.
En ese momento, El “Señor de la Oscura Noche” estaba en el palmar recogiendo palmas para su choza cuando de repente vio venir la oscuridad, y dijo al verla: “¡Caramba¡ Mi cuñado ha abierto la cesta que dejé para que la cuidara!”.
Alumbrándose con un manojo de hojas secas encendidas pudo salir del palmar y llegar al río. Cuando regresaba a su casa en la canoa, oyó música en un lugar cercano. Era una melodía de flautas y pitos acompañada de maracas de baile. Se acercó al lugar de la música y descubrió que ese lugar pertenecía al mago llamado: “Señor del Sol”, que tenía en la mano el extremo de una cuerda larga que llegaba desde el sol hasta su choza. Cuando el “Señor del Sol” quería que hubiese luz, solo tenía que tirar de la cuerda y aparecía el sol; pero no siempre podía llamar a la luz de esa manera, y ocurría que el sol permanecía oculto y era de noche. El “Señor de la Oscura Noche” se acercó al otro mago, el “Señor del Sol”, y le dijo: “Ya estoy fastidiado de tanta oscuridad. Te daré una mujer como esposa si logras que sea de día”.
Aceptada la petición del “Señor de la Oscura Noche”, el mago del Sol tiró de la cuerda y se hizo la luz; pero al pasar seis horas volvió a halar la cuerda y regresó la oscuridad.
Dijo entonces el “Señor de la Oscura Noche”: “Seis horas no son sino medio día. Te daré una nueva mujer para que vuelva a salir el sol por otras seis horas. Así tendremos doce horas de sol para hacer un día completo”.
El “Señor del Sol” aceptó la propuesta, pero ocurrió que el “Señor de la oscura Noche” no tenía otra mujer para cumplir su palabra.
“¿Qué haremos ahora?”, se preguntó el “Señor de la Oscura noche”. Y después de pensarlo cortó con un machete el tronco de un árbol y talló el cuerpo de una mujer muy hermosa.
La mujer tallada era de verdad muy hermosa y el “Señor del Sol” se enamoró de ella, pero como era de madera no pudo tomarla por esposa. Y se preguntaba cómo hacer para casarse con ella.
Pasó por el lugar un mono sabio y el “Señor del Sol” le dijo: “Mono sabio, haz que este palo de madera se convierta en mujer para casarme con ella”. No pudo el mono cumplir la petición porque no tenía poderes mágicos.
Llamó entonces el “Señor del Sol” al pájaro carpintero y le pidió lo mismo: que hiciese que la mujer de madera fuese mujer de verdad para casarse con ella.
El pájaro carpintero comenzó a dar picotazos en el tronco tallado y al llegar a cierto sitio del cuerpo de madera brotó un chorro de sangre. Con esa sangre se tiño la cabeza el pájaro carpintero. También el petirrojo tiño su pecho con la sangre que manaba del tronco, y vino el guacamayo e hizo lo mismo. Pronto notaron los pájaros que aquella sangre tenía la particularidad de cambiar de color, y todos los pájaros se teñían el cuerpo de muchos colores.
Al quedar el cuerpo de madera blanco, porque había perdido su sangre, vinieron las garzas y se pintaron de blanco, y otras aves también se tiñeron de blanco. Y por la virtud de aquella sangre de tener todos los matices del color, las cosas todas adquirieron colores diversos para adornar el mundo.
Como acto de gracia por haber brindado con su sangre los colores de la tierra, la mujer que había sido tallada en madera se hizo de carne y nueva sangre, y el “Señor del Sol” pudo casarse con ella.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Cristofué
por Alejo URDANETADe un simple cristofué
Rotundo
Como el último primer pájaro”
Armando Rojas Guardia
Entró al templo, oscuro a esta hora de la madrugada. El olor de incienso viejo y a moho de especies envitrinadas se quedó en los escaños, las paredes y los arcos encalados. Todo estaba envuelto en la bruma del amanecer y en el silencio del recinto. El hombre sabía que allí estaba el sacerdote que le daría la absolución, y a eso había venido a la iglesia. Quería decir su confesión con la brevedad del mismo hecho que deseaba exponer al cura, pocas palabras que quizás se hicieran después un torrente entre las columnas en esta hora prima que ni el mismo cura estaría dispuesto a soportar.
Adelantó los pasos hacia el interior, en busca de la sacristía en la que hallaría al sacerdote todavía dormido. Cada paso es una evocación del pecado que ha venido a confesar. Sentía todavía las manos del carcelero aprisionando las suyas, y en su angustia recuerda que huyó a la carrera y se internó en el bosque que bordea al pueblo, cerca de la cárcel donde quedó el castigo impune.
Quería dejar la culpa y recibir el perdón que buscaba en el cura que a esta hora dormía.
(¡Y mira qué impertinencia en estas laudes que hace tiempo no veía llegar; y menos maitines… A nadie sensato se le ocurre despertar a un ministro de Dios a estas horas…!).
El fugitivo está a la puerta del cuarto privado y su culpa parece disminuir tan sólo por haber llegado a la casa de Dios.
(“Es de noche: ¿por qué he de ser luz y sed de tinieblas y de soledad?”). Es la canción de la noche, en Zaratustra, que ha leído mil veces en busca de paz y ahora lo reconviene.
Voces de alquimia derretidas como cirios, con resplandores apenas. Porque el pecado se le había hecho grande y no podía llevarlo toda la noche. Fue entonces cuando pensó en el hombre consagrado que podría escucharlo, atender el balbuceo de su arrepentimiento en palabras extensas y terrosas. Allí en el confesionario se guardaría el secreto y tendría la absolución de la culpa que se confunde con la rabia en los devaneos de la conciencia y las omisiones del amor traicionado. Ya había sancionado el delito y ahora era un fugitivo.
Los golpes de aldaba quebrantaron el silencio y la paz; sólo se escuchaba el canto del cristofué que cada día interrumpe la calma del conticinio.
(¡Hasta los santos proclamarán su descontento por esta impertinencia!).
No sabe el hombre que el carcelero lo ha seguido y ha visto cuando entraba al templo. Supondrá el perseguidor que el otro se entregará en los brazos del confesor, y que será recibido con el amor y la comprensión cuando diga su confesión y su llanto se prenda de las columnas y de los arcos que sostienen los fastos del templo.
(“¿Qué me sucede, amigos míos? Estoy trastornado, aturdido, obediente contra mi voluntad, dispuesto a marcharme muy lejos de vosotros”). Palabras sin eco, cirios apagados para siempre.
Sí. Fuiste impertinente sin saber que yo te seguía con la orden de encarcelarte, para llevarte a la autoridad que te hará confesar la verdad, no con la falsedad de tu confesión de temor, tu atrición impenitente. No pensaste que tengo una confesión más valiosa que tu voz de perdón. Pero sé también que no eres más culpable que yo mismo ni que el cura abismado en cantos de cristofué, indiferente a tu desesperación y tu miedo. Otro sin sus atributos pudiera darte la absolución, y no éste hombre que ha despertado con la alarma de tu llegada y que vive pendiente de los goces sencillos del canto del cristofué.
Ven a mis manos de guardián del orden, piensa que sólo la voz natural del pájaro podrá decirte: “Yo perdono, yo perdono, soy la única absolución, la que comprende el discurso de la naturaleza y anuncia que amanece de nuevo y que este día será igualmente indiferente a tu pecado o tu dolor, a lo que haces o has hecho. En esta penumbra y ante el desagrado que le ha producido tu irrupción, el presbítero no podrá concederte lo que buscas. Todo volverá a su acomodo de siglos.
¿Huyó primero su cuerpo que su conciencia? Los pasos que lo trajeron a la iglesia hicieron eco en sombras temerosas de la luz, y en su mano colgaba el eslabón del castigo, como una huella de herrumbre. Su rostro congestionado por el temor y las lágrimas hablaba de su transgresión; y el pecado reconvenía:
(“Por la noche volverás a encontrarme; estaré sentado en tu propia caverna, paciente y pesado como un tronco, sentado allí, esperándote”)
Enmudecía todo en el templo, salvo su voz. Un rodeo por los ribetes de la luz le hizo parpadear. Pensó que estaba redimido por algo que no era el gesto indiferente del sacerdote, y en la salmodia que dictaba su conciencia creyó escuchar el melisma del cristofué. Se levantó con brusquedad y dejó al cura perplejo al verlo huir por otra puerta.
El carcelero vendría detrás.
Era la hora tercia y todavía es posible obtener el perdón. Pero no volvería a la sacristía ni al oficiante.
Ya no le dirá al cura:
No mires la ventana no escuches el canto del cristofué y permite que mi contrición sea verdadera. Estoy solo en la inmensidad de un rezo mientras tú no tendrás sosiego ni tus manos se cruzarán displicentes.
No le podrá decir:
Veo en tu rostro la sorpresa. Mi confesión es incomprensible y levantas la mirada y nuestros ojos se encuentran con asombro y el aturdimiento se rompe y te ves comprometido en la declaración de mi delito y mi dolor y el miedo y no ves el rosetón del ventanal pleno de día.
No lo dirá ahora porque no es necesario. El carcelero podrá venir y apresar al fugitivo que fue absuelto por la simple voz de un cristofué.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Dos cuentos
por Alejo URDANETAa Vicente Huidobro,
con un motivo
del pintor colombiano
Ricardo Borrero.
El hombre la ve llegar al portal de la casa. Ella va a subir las escaleras de piedra gris, iluminadas apenas por la incierta luz del atardecer. Parece que las flores en macetas recostadas de la pared exterior supieran del cansancio de la mujer: están mustias e inclinadas. En la mano tiene la escoba de trabajo diario, apretada contra el traje roído por la faena. Un escalón, dos… La mujer levanta los ojos y mira el farol en el arco de entrada, apagado, y aunque no lo estuviera sería igual, tan poca es su luz para vencer la oscuridad que se avecina. Al llegar al rellano, la mujer vira la cabeza y ve al hombre con indiferencia. La ha seguido, sin duda, hasta el hogar de ásperos contornos que la aguarda; la ha vigilado quizás todo el día mientras ella barre las calles y muladares, mientras come el pan y las lentejas en su plato de peltre. Pero nada pregunta al inquisitivo observador.
Cuando llega por fin a la vivienda, la mujer deja la escoba de un lado de la puerta y se sienta en la única silla del pequeño cuarto, en espera de que los ladrillos suenen a noche y sean su lecho de nuevo.
Quizás pensará aquel hombre que el reposo estará colmado de espejos de moho, pero no sabe que en el aposento de la mujer titila sin cesar una luz, no sabe que las horas de la mujer caen en fina lluvia en pos del sueño guardado en arcón donde sí hay flores frescas y faroles de fulgor inesperado y mañanas siempre nuevas. Tiene un caleidoscopio de perfume y música en el que estallan los colores de todos los jardines, peces tornasol de ríos exóticos, las estrellas que sólo se ven desde el fondo de un pozo.
El hombre la ve salir de la casa de piedra gris, la observa cuando desciende los escalones bajo el farol apagado.
“A mí, la más vieja,
hánme invitado ahora a hilar.
Mucho hay que meditar sobre el
tenue hilo de la vida”
Átropos, la parca.
(Goethe: Fausto. Segunda parte, acto I)
Ved este patio desierto, de arena amarilla, en el centro de un conjunto de edificios, también amarillos. Ved los árboles despojados sin otoño, grises y solitarios en el patio solitario y amarillo. Semejan hombres descarnados, o alambres de una prisión.
Las casas muestran pórticos y largos ventanales y claraboyas en el punto más alto de sus paredes; y cada claraboya parece un ojo humano que mira hacia el patio desolado. En los muros, rostros terribles: las costras del tiempo han dibujado en el encalado muecas y sarcasmos, ninguna sonrisa. Las sombras que el paso del día acentúan, suenan como ecos del viento; sombras como viento que silba entre las columnas. El patio polvoriento no guarda siquiera el trino de los pájaros.
¿Habrá alguna presencia humana en este escenario?
Allá, en una de las ventanas del edificio más distante, algo como una cabeza humana, encanecida, de mujer que mira hacia abajo y adentro de la casa, ignorando el patio seco. En la vastedad del eterno crepúsculo, la mujer parece atender su trabajo solitario: labrar minuciosamente los puntos de labor de un amplio tapiz amarillo.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
El río inmóvil en tus lágrimas
por Alejo URDANETA(Evocación de Buenos Aires)
Siempre iba a La Costanera, a la hora del almuerzo, y entraba al mismo restaurante. Esa hora muestra al río inmóvil como un lagarto marrón echado con las fauces abiertas, en busca de la luz que el sol imprime a los edificios que bordean la avenida. Después del almuerzo echaba a andar hacia la dársena mientras recordaba un poema de Lugones: “Allá en las dársenas quietas se mecen oscuras goletas soñando un lejano país…” No sabía si era así el poema, pero estaba seguro de la imagen que le hacía recordar el aceitoso río en aquel lugar quieto de turbulencia, pestilente hasta que lo limpiaron un día. Desde el muelle ve los barcos enormes, chorreados de brea, de chimeneas negras y largas como los días de verano, que imaginan viajes interminables a regiones desconocidas. Desconocidas para él en su Buenos Aires querido.
Este hombre solo que pasea al borde del río piensa en poemas que lo han emocionado, música que le ha dejado nostalgias. En pos de un amor perdurable pasan los años y continúa su rutina fluvial, río abajo hasta sentir el olor de los barrios cercanos, tocar con sus sentidos el rumor de lejanía que tiene La Boca.
Su ciudad, a la que ha querido descubrir, entrar en su secreto, se presentaba altiva, retadora frente a otros lugares que él desconocía. Era una adolescente cautivadora, con una lujuria escondida, no como la que ha visto en revistas de ciudades distantes: El Cairo, París… Su ciudad es seca y retraída, cerrada ante el asedio del amante impertinente, temerosa ante el extraño que desea develar su misterio. Por eso parece altanera. El dolor de la ciudad sale de bandoneones, de cantos tristes que esconden timidez. Observas a la gente de la calle y adviertes sus actitudes prevenidas, con la respuesta irónica como látigo; y si no es así, florece la melancolía de su hablar como un gemido. Y salen del pozo con rígida prestancia, para no admitir ningún abandono y justificar la frágil debilidad como un deber a lo ritual. Sabe que más allá de esta majestad de su manto se abre una enorme vastedad de silencio de dunas y viento, lugares en los que el desierto se agita y el hombre dialoga con la inmensidad.
Los que dicen conocerla, aman de ella su tristeza inconclusa, como una planicie amarilla olorosa a distancia. Aman su melancolía vaga como una pintura sin formas definidas. Aman un pensamiento hecho secreto.
Ya ha llegado a otro espacio del río donde se aprecia bonanza y riqueza. Lugares donde otros han cambiado sus hábitos y tienen lujo para sus almuerzos: Puerto Madero, antes tan popular y descuidado, amado de la gente del futbol, es ahora un lujoso paseo desde donde ve también la dársena quieta con sus oscuras goletas. Pero él no entra en los restaurantes de aquí, que ofrecen el vino de la mejor cosecha, el bife tierno. Aquí no puede llamar al mesero y cantarle una copla popular: “San Juan va borracho; yo también. Así como vamos, vamos bien…” Lo hizo muchas veces en la ciudad vieja, en un cafetín de plato fijo, y el mesero reía y copiaba la copla en sus notas de pedido.
Y no le queda otro destino que volver a La Costanera en la hora de la tarde de verano. El río permanece inmóvil e indiferente, y, como cada día, resuelve sentarse en un banco preguntándose por qué Buenos Aires le daba ganas de llorar.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Los viajeros inmóviles
por Alejo URDANETACada fin de año es para mí como un parque sereno y lleno de colorido y murmullo de aves. Se abre de nuevo el futuro y se termina un largo viaje con todas sus peripecias. No sabemos el destino del nuevo viaje que se nos impone a la voluntad: tenemos que hacerlo.
Es imposible hacer recuento de lo que pasó en ese recorrido de doce meses, con sus aventuras y su aburrimiento, sus locuras. Quedan retazos en la memoria, y permanecen allí mientras no los evoquemos. El pasado (ayer, anteayer, hace once meses y medio), real o ideal, lo colocamos en el cofre de la imaginación, y ese pasado turbio tiene que ser reinventado con todas las deformaciones que aporta el recuerdo al sacar de la memoria sucesos, emociones, pasiones. ¿Cómo recordar con exactitud lo vivido ayer? En una mezcla de sensaciones y aplicaciones intelectuales construimos lo vivido en el pasado, ayer mismo.
Es como el tren que llega a la estación. Hace minutos corría por sus rieles de siempre, repleto de gente, y de repente se detiene en el andén para vaciarse cuando todos los viajantes bajan y toma cada uno su rumbo. Pero pudiera ocurrir que el tren se detuviese abruptamente en su ruta, y el mundo, como el tiempo todo, se detuviera, y los hombres y las cosas quedaran inmóviles en el mismo punto donde estaban, con el mismo gesto inconcluso que estaban iniciando. Serían estatuas en todas las posiciones y rictus de aquellos hombres labrados cada uno en su pedestal, junto a las cosas que los acompañaban en el momento de la suspensión del movimiento y del tiempo. El pensamiento, sin embargo, no se detendría: los hombres seguirían pensando y recordarían y harían sus juicios de valor acerca de la vida, un balance histórico desde el primer atisbo de razón. El pensamiento también insistiría en lo que querían realizar en el momento en que fueron piedra. Supongo que la imaginación desesperaría ante el silencio en el mundo detenido.
El espíritu seguiría siendo inquieto y podría saber que éste hombre inmóvil trabajaba en el sudor del esfuerzo, y el otro jadeaba detrás de los sueños huidizos, y un tercero exaltaba el sexo en actitud de entrega desesperada a la pasión. Fantasmas pensantes y sufrientes. Sublimes algunos en la posición que tenían en el instante de la petrificación, ridículos otros ante la saciedad inalcanzable.
¿Cuál de esos hombres de piedra, o mejor expresado, su pensamiento, estarían satisfechos? Pensará alguien que le tocó el instante perpetuo de la felicidad, y su vecino sentirá el asco eterno que lo acompañará siempre que sea este mármol pensante. Ese momento de belleza o el de ignominia ya ha fijado el destino de los que venían en el tren. Ninguno tiene futuro.
Algún pensador traerá a su memoria las teorías que ahora serán inaplicables, porque en esta soledad de nómada detenido e inmóvil vive la desolación de lo humano y querrá engendrar a un dios que vivirá en el futuro, porque necesita el porvenir. Si ya no existen las creencias que transfieran el último y definitivo suceso a una vida desconocida, debe entonces asumir que él, hombre pensante, es tan solo la máscara del actor que recita su drama y después desaparece. En el futuro estaba su realidad, el lugar donde el superhombre tendría sentido.
Es curioso: Todos los viajeros de este curso detenido son pura conciencia, algo puramente humano; y la conciencia necesita de la soledad para poder instaurar su reinado no compartido. Ya están despojados de realidad, y no la quieren más. La vida suspendida de los peregrinos estáticos en el presente, envuelta cada una de ellas por la propia conciencia, desea lanzarse hacia el futuro, para vivir allí anticipadamente.
Y esto lo han perdido en el tiempo infinito que no puede contarse.
Despierto de este sueño y me digo que no importa el dolor ni la pérdida; me digo que todos vivimos para el futuro. Cada hecho, cada impresión que guardamos prepara otro momento posterior; y así se desarrolla la breve instancia de la conciencia: ideales, proyectos, todo está en el futuro, y el presente se nos hace chato, un largo prefacio al porvenir. Esta es la fe humana. Lo vivido por estos personajes fosilizados no importa para ellos mismos, porque el espejo del futuro se les ha apagado. Todo es un eterno presente sin que la conciencia pueda salir de sí misma y hacerse acto y movimiento. Inmenso dolor hasta en aquel que inmovilizó su vida en un acto de supuesta felicidad.
Digo, entonces, que el futuro no es tal por-venir; es una creación de nuestros deseos. Por el futuro soportamos la vida inquieta, la angustia y el dolor. Corremos como el tren hacia el difuso estar siempre en andanza hacia adelante.
Se nos pasa la vida en busca de lo imaginario. Cada día es un tranco igual al de ayer, una carrera ciega en busca de un espejo.
¿No es esto lo que dijo Hamlet?
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.













ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
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