Categoría: Semblanzas
El dulce oficio de “dirigente opositor”
por Alberto LOSSADA SARDI
Siempre me ha llamado la atención que, en los rededores de la Política seria, así, con mayúscula, pulula una subespecie muy característica: el autoproclamado “dirigente opositor”. Esta es una subespecie con características muy particulares. La forman auténticos “personajes”-como “personaje” pueda ser un payaso, un saltimbanquis o un recogelatas- producto de las bajas camadas de la política. Entendamos bien, bajas camadas porque son producto de una formación política muy elemental, como puede ser la de escuelas, de ciertos niveles de sindicalismo o de algún u otro carguito burocrático mejorados por las bondades del servilismo y no por la educación o la experiencia –que en estos casos hasta vale más que la educación- y que le han tomado a gusto al “olor a multitudes” que creen despertar entre sus correligionarios. Son ellos los que han adecuado su vida a las prebendas que el partido de turno les ofrece y que le serán fieles mientras ellas duren.
Es un “personaje” a quien poco o nada le importa el país (¿y para qué?, su vida se la han resuelto), una ideología determinada o la existencia de principios. Y como la vida le ha sido leve, se cree con un derecho natural a aspirar a posiciones que el mismo pueblo por el que dice hablar le ha negado una y otra vez. Se niega a aceptar que el cuarto de hora que asignaba Warhol a todo bicho con uñas lo dejó atrás hace rato, y, de tanto aspirar, se encuentra, sin darse cuenta, hinchado.
No le interesa triunfar en una elección (¿para qué? No sabría qué hacer). Su único interés es SER DIRIGENTE Y CANDIDATO OPOSITOR. Esto es, para él, SU carrera, SU profesión. No es “político”, es “dirigente y candidato de oposición”, y lo seguirá siendo, ad nauseam, gane quien gane las elecciones de turno. Aparecer en televisión, hacer ruedas de prensa, conceder entrevistas son su leit-motiv. Con tal de ser mencionado, lo demás es lujo; aparecer como el gran experto en perinolas psicotomiméticas o el cultivo hidropónico de ostras terrestres lo llena de orgullo y, generalmente, llena álbumes de recortes de prensa con sus hazañas para venideras generaciones. Ahora bien, cuídese mucho de aparecer alguien talentoso y con deseos de hacer algo. Es la peor ofensa que se le puede hacer. ¿Otro que le dispute su lugar preferencial ante la opinión pública? ¿E inteligente, o competente (que no siempre son lo mismo)? No, eso no lo puede permitir. Y comienza la intriga… “Yo, que me he sacrificado por mi pueblo”, “yo el combatiente por la democracia”, “yo, el hombre dedicado al bienestar de mi patria”, y a serrucharle las piernas al “nuevo”.
Este espécimen es el más peligroso de todos cuantos merodean por la política, pues es capaz de vender a su familia por satisfacer ese descomunal ego que bien cultiva. Y no desprecia un buen soborno ofrecido por sus rivales políticos (claro, hay que pensar en el mañana, cuando ya no se pueda ser “dirigente y candidato opositor” [autoproclamado]), Y a fin de cuentas, “qué me importa a mí lo que le pase a los demás mientras no se metan conmigo”.
Lo más triste es que abundan en nuestro medio. Y no nos queremos dar cuenta…
El Paraíso Burlado
por Eduardo CASANOVAA partir de hoy, domingo 11 de mayo de 2008, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Eduardo Casanova
El Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
¿Cómo era Venezuela antes de la Independencia? ¿Por qué, en menos de medio siglo a partir de 1750, nacieron en lo que hoy es Venezuela Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre?, cuatro de los más importantes personajes de la América, y cuatro de los cinco personajes más importantes del proceso de Independencia de la América española.
Francisco de Miranda, el más universal de todos los americanos, nació en Caracas en 1750 y fue el verdadero ideólogo, el verdadero “inventor” de la Independencia hispanoamericana. Fue también el creador del nombre “Colombia”, que debía aplicarse a toda la antigua América española, y el impulsor de todo el proceso independentista. Hombre de ideas más que de acción, fracasó cuando trató de convertir su gran idea en realidad, y fue apartado bruscamente del camino por Simón Bolívar, nacido, como él, en Caracas, pero treintaitrés años más tarde, en 1783. Bolívar, para enfrentar a los terribles y salvajes caudillos tropicales con los que España combatió a los independentistas, se convirtió en caudillo tropical y alentó a todos los caudillos tropicales que surgieron como malas hierbas, con lo cual la guerra civil en la que se enfrentaban de un lado los españoles partidarios de la Independencia y del otro los españoles enemigos de la Independencia, se convirtió en una contienda de horrores y crueldades, en la que vencía quien fuese capaz de cometer más tropelías y maldades. Convertido ya en el Libertador, Bolívar, influenciado por Antonio José de Sucre, que nació en Cumaná en 1795, trató de reorientar aquella guerra, y para ello apeló al noble proceso de Regularización de la Guerra, del cual surgió uno de los instrumentos más admirables que se haya hecho en el mundo entero. Pero no pudo el Libertador Bolívar evitar que sus émulos, los caudillos tropicales independentistas, lo apartaran a él del camino y asesinaran a Sucre, con lo cual Venezuela quedó en manos de esos caudillos, tal como quedaría en mayor o menor grado toda la antigua América española. La fuerza, la crueldad, la astucia, la deshonestidad y el egoísmo de esos caudillos es lo que ha impedido la felicidad de los pueblos. Una clara excepción a esa regla es Andrés Bello (1781-1865), civilizador y humanista nacido como Miranda y Bolívar en Caracas, que contribuyó como nadie a que parte de la antigua América española alcanzara un grano altísimo de felicidad y jamás se ensució las manos con un sable.
Me parece evidente que el caso de Venezuela desmiente en buena medida la “leyenda negra”, que nació más por defender a los ingleses que por atacar a los españoles. La presencia de España en lo que hoy se conoce como América significó la incorporación de los habitantes de ese continente, que para los europeos era nuevo, a un proceso bastante más avanzado que el que hasta entonces habían vivido. Lamentablemente también significó una cantidad de muertes terrible, no sólo a causa de la violencia militar, sino motivadas por la biología. Es imposible saber qué habría pasado con esos pueblos, que no conocían la rueda ni muchos de los adelantos de Europa en los siglos XVI y XVII, y que estaban divididos por cerca de 500 idiomas y muchas costumbres que bien podrían merecer el calificativo de bárbaras. Imaginar lo que podría haber ocurrido no pasa de ser un ejercicio de ocio que no conduce a nada. Lo que pasó, pasó, y es muy importante conocerlo. Es posible que pudiesen superar esos atrasos, si es que en realidad son atrasos, pero también es posible que no. España, dentro de los límites de su tiempo, sí se preocupó por la educación de los habitantes de la América Española, al extremo de que en los españoles americanos nació el deseo de ser independientes, como le ocurre a cualquier hijo muy a pesar del amor de sus padres. La falla estuvo en el proceso de esa Independencia, que convirtió aquel Paraíso que intuyó Colón en un Paraíso Partido. Y bien parecería que un Paraíso Partido no puede ofrecer nada bueno a sus habitantes. Sin embargo, allí podría estar la solución: la felicidad de los pueblos de la antigua América española estaría en abandonar definitivamente el camino que aceptó Simón Bolívar, y retomar el que ideó Miranda o el que habrían querido Sucre y Bello. Y para eso es conveniente mirar con detenimiento lo que existía en la actual Venezuela antes de la Independencia, que es una forma de entender que el sueño de Miranda anunciaba un buen camino, del que se alejó la realidad el 31 de julio de 1812, cuando se cometió con Francisco de Miranda la más terrible injusticia que podría haberse cometido, que fue el día en que el posible Paraíso se partió en muchos pedazos, en muchos pedazos en los que no se ha logrado otra cosa que pobreza y frustración.
En Venezuela se ha impuesto una religión bolivariana, y como consecuencia, parecería que a los venezolanos no nos gusta hurgar más atrás de Bolívar. Es como si todo empezara en los tiempos heroicos, cuando se forjó la Independencia. Y no es así. Antes de la Independencia, mucho antes, desde antes del momento en que Colón creyó haber llegado al Paraíso Terrenal en agosto de 1498, pasando por los tiempos en que España creó un formidable mundo nuevo, y hasta que los jóvenes mantuanos, entre ellos Bolívar, impusieron su voluntad de crear un país independiente en el territorio de ese Paraíso que ya se había convertido en Paraíso partido ocurrieron muchísimas cosas que hicieron posible a Bolívar y todo lo que ha ocurrido después. En el territorio que hoy ocupa Venezuela, una vez que llegaron los españoles, se crearon varias entidades políticas que en 1777 se unificaron, y, sobre todo, existió una economía que, a fines del siglo XVIII era bastante próspera, a tal grado, que convirtió ese territorio en el epicentro de ese gran terremoto, destructor como todo terremoto, que se llamó la Independencia de la América española. Ese terremoto no podría haber nacido en un territorio descuidado, inculto, deliberadamente atrasado, habitado sólo por personas cuya educación se había descuidado deliberadamente, como suelen sugerir los defensores de leyendas oscuras.
Curiosamente, ninguno de los que han impuesto el culto a Bolívar, o de los defensores de la “leyenda negra” se ha detenido a pensar que en estricta realidad Simón Bolívar, tal como Miranda, Andrés Bello y Sucre, es un héroe español, tanto como lo es El Cid y tan español como Cervantes o Don Quijote o La Celestina o el Don Juan. Bolívar nació español y luego se hizo voluntariamente colombiano.
La historia de un país se hace todos los días. Los hombres no se sientan a esperar que ocurran grandes acontecimientos para aparecer en las fotos o en las películas o en los libros. Para entender un proceso hay que enterarse de todos sus antecedentes. Bolívar no habría podido hacer lo que hizo sin Francisco de Miranda, que también nació español, o sin Manuel Gual y José María España, como tampoco habría podido hacerlo sin José Leonardo Chirino, sin Juan Francisco de León, sin el Negro Miguel. Pero más importante aún: tampoco habría podido hacer nada sin los peninsulares de pura cepa Diego de Losada y Alonso Andrea de Ledesma, o Garcí González de Silva y Juan de Pimentel y todos los que, piedra a piedra, fueron fabricando el edificio que conoció Bolívar al nacer. Y no hay que olvidar que antes había otro mundo, el de los aborígenes, pero, dada nuestra realidad, ese mundo pertenece a la prehistoria, que en distintos grados ha dejado una huella, mucho más hermosa que lo que la gran mayoría cree, que está a la vista y los honra por permanecer muy cerca de la naturaleza. De manera que para entender lo que somos hoy, hay que entender a Francisco de Miranda, o mejor dicho, lo que soñó y por qué soñó Francisco de Miranda, pero también hay que entender lo que hizo Bolívar, y para entender lo que hizo Bolívar, hay que conocer la historia de esos tres siglos contra los que Bolívar se alzó, y para visualizar la historia de esos tres siglos hay que saber qué había antes.
En verdad, muy poca gente ha querido echar luz sobre aquellos tiempos. Quienes se han dedicado a contar la Historia de Venezuela han tocado esos primeros tres siglos con absoluto desgano. Los caudillos exuberantes que han impuesto sus voluntades en el país quisieron convertir al Libertador en un dios, y antes de la existencia de los dioses no debería haber nada. Se niegan a que se vea al Bolívar humano, que no sólo cometió muchos errores, sino que al final de su vida tuvo que afrontar uno de los más tristes fracasos de la historia. No quieren aceptar que Bolívar fue un hombre, un hombre de carne y hueso que tenía que satisfacer sus necesidades fisiológicas como cualquier otro, que tuvo padres y abuelos y bisabuelos, y que se formó en una cultura determinada, que lo precedió en el tiempo. Y ese es el mundo que hay que ver, paso a paso y con cuidado, para entender lo que ha ocurrido después y tratar de afrontar lo que aún no ha ocurrido. Hay que tratar de que todo esté en la luz para que la luz, por fin, se imponga. Todo lo que podemos saber acerca de las Expediciones Parianas, o de la explotación de perlas en Cubagua, o de la fundación de Cumaná (tiempo del Oriente), está oculto en la penumbra, tal como el alquiler del territorio a los Welser y la fundación de Coro, de El Tocuyo, de Barquisimeto, de Barinas, de Trujillo o de Mérida (tiempo de Occidente), y las muchas aventuras y desventuras de los conquistadores, los colonizadores y sus víctimas. Tampoco se percibe mucha claridad en los tiempos posteriores a la fundación de Caracas (tiempo del Centro), en que se alzaron Juan Francisco de León, o Manuel Gual y José María España, o los mantuanos de 1808 y 1810. De manera que podría creerse que antes de la Independencia todo parece como sin luz, como sin música, como sin vida.
También hay que aceptar que la mayoría de los libros de historia, en cuanto a los tiempos anteriores a Bolívar, son fastidiosísimos. Sus autores hablan de instituciones y de formas, y apenas narran algunos hechos porque no les queda otro remedio, pero lo hacen entre bostezos capaces de tragarse una montaña, y así se reafirma la idea colectiva de que la Historia comienza en Bolívar. Hay grandes excepciones, por supuesto, como Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, de Luis Alberto Sucre, un libro lleno de información valiosísima, pero que parece escrito exclusivamente para otros historiadores y carece de aliento vital. Y, desde luego, están esas otras excepciones, más que grandes, enormes, de Isaac J. Pardo y Francisco Herrera Luque, que escribieron obras divertidas y a la vez didácticas, pero que no cubren esos tres siglos anteriores al Libertador, sino fragmentos, muy interesantes, pero sólo fragmentos. Falta, pues, que se escriba sobre todo el tiempo que transcurrió entre 1498 y 1810 en forma que todo el mundo lo entienda.
¿Podrían haber nacido Miranda, Bello, Bolívar y Sucre en un país muerto? ¿Podría haberse vivido el movimiento independentista en un país sin una vida intensa? La existencia de esa vida intensa fue lo que permitió que existieran esos grandes hombres. Así que, de una vez por todas, rechacemos la tesis de que no hay mucho qué contar acerca de ese mundo, español y americano anterior a la llegada de Simón Bolívar: Hay mucho y vamos a verlo. La generación de Bolívar creció en un país próspero, luego no había necesidad alguna de intentar un cambio de situación y sin embargo sacrificaron hasta sus vidas para lograrlo y lo consiguieron, no por lo material, sino por lo espiritual. Eso también hay que contarlo, pero pienso que hay que contarlo para que todo el mundo se divierta.
Por eso, debo insistir en que El Paraíso Partido (Venezuela antes de la Independencia) no es un sesudo libro de Historia. No es tampoco un libro que acepte con facilidad de insecto una clasificación. Para escribirlo, para que pasara de la musa al papel, recurrí a tres elementos: Los libros ajenos, la memoria y la imaginación. Libros ajenos de personas que dedicaron tiempo y esfuerzo a transmitir hechos, ideas y conocimientos a los que venían después que ellos en el tiempo. Memoria para recordar muchas cosas interesantes que me contaron mis parientes mayores, o mis profesores del Colegio Santiago de León de Caracas. Y la imaginación, que me ha permitido visualizar e interiorizar todo lo que leí o escuché, para luego transformarlo en palabras mías, en materia prima para este libro.
Pero eso sí, cuando digo la memoria y la imaginación me refiero a memoria e imaginación, no a investigación ni indagación a través de la lectura crítica de amarillos papeles con la ayuda de un criptógrafo, un paleógrafo y un señor de gruesos lentes que sabe mucho de eso. Lo que me propuse es hacer es llevar de paseo a unos amigos y enseñarles muchos sitios y hablar sin parar, tratando de recordar lo que acabo de leer o lo que he sabido a lo largo de muchos años sobre esos lugares. Durante el camino nos encontraremos con muchos personajes, que son los que han actuado en esos trescientos y tantos años, y cuyas acciones u omisiones trataré de narrar, bien de memoria o bien leyendo, con prudente disimulo, cualquiera de los casi cuarenta libros de los que me valí para poder contar todo lo cuento. Lo que no encuentre en ellos o no recuerde o no haya sabido nunca, lo invento, y aquello sobre lo cual tenga alguna duda, lo decido con la mayor de las arbitrariedades posibles. ¿No fue eso, mutatis mutandi lo que hizo Cayo Suetonio Tranquilo? O Plutarco de Queronea, que inventó cuanto quiso. Al fin y al cabo, en muchos casos la historia se escribía para complacer a quiénes tenían el poder. El poder político y el poder de alimentar a quienes la escribían. Por eso se inventaba a más y mejor, para complacer a quien había que complacer o castigar a quien había que castigar. Y, aunque por razones diferentes, no era muy distinto lo que solía hacer cualquiera de nuestros viejos historiadores, que en vista de que a su tía Panchita el general Hipias José Fulanítez, héroe ínclito de la batalla de Jobomojado, la vio feo o con pecadora codicia, descalifican al general Fulanítez de un olímpico plumazo, o le inventan cuanta historia sea posible para que ni siquiera desde la tumba ose ver feo o con pecadora codicia a tía alguna, por muy buenas piernas y mejores pechos que haya podido tener la tía.
Hoy la Historia es otra cosa: Los historiadores hurgan en papeles apolillados y confrontan y revuelven y revisan, y publican libros en los que las notas de pie de página ocupan más espacio que el texto.
No se espere eso de mí. Afortunadamente, nací en diciembre y a mediodía
Caraballeda, Venezuela, 2008.
Leon Tolstoi
por Eduardo CASANOVA
“Guerra y Paz” fue la primera novela larga que leí en mi vida. Acababa de cumplir catorce años y estudiaba tercer año de bachillerato cuando compré aquel tomo grueso, empastado en tela verde, en la Librería del Este, en el hoy demolido Edificio Galipán. Todavía lo conservo. Volví a leerlo recién casado, en un mínimo apartamento que alquilamos Natalia y yo, en El Hatillo, cuando aún no tenían en ese bucólico pueblecito teléfonos de red, sino una central telefónica en una casa, desde donde comunicaban con los teléfonos de manigueta (el de la casa en donde vivíamos era el 12). Después cometí el error de ver la película, y así perdí los rostros y las voces que les había puesto en mi imaginación a los personajes. Cuando empecé a escribir novelas, “Guerra y Paz” era el modelo, y la Guerra de Independencia la ubicación. Afortunadamente no publiqué nada de aquello, que habría estado un tanto atrasado en el tiempo. Todavía en Caracas leí “La Sonata Kreutzer”, con la Sonata de Beethoven, obsesivamente repitiéndose una y otra vez, hasta que se dañó el disco. En Buenos Aires, en 1965, leí “Ana Karénina”, y ahí sí me negué a ver película alguna. También en Buenos Aires empecé a escribir una novela monumental a lo Tolstoi, que a la larga se convirtió en una cantera personal de escenas que ubiqué en otras, como “Hacia la noche”, “Las alegres campanas de la muerte”, “La noche de Abel” y “La última muerte de Simón el triste”, en las que ni el más sagaz de los investigadores y críticos ha notado la influencia del gran novelista ruso, que nació en Yásnaya Poliana, en Tula, en agosto de 1828, en el seno de una familia noble. Liev Nicolaievich Tolstoi era descendiente directo de los grandes príncipes Volkonski por parte de madre. Su padre era el Conde Tolstoi, título que heredó él mismo cuando el padre murió diez años después de su nacimiento (su madre había muerto cuando él tenía apenas dos años). Con sus hermanos se fue a vivir a Kazán, a la casa de un tío, perteneciente también a la más rancia nobleza rusa. Viviría también en Moscú y viajaría por buena parte de Rusia. Luego de una experiencia militar, empezó a escribir. En 1863 publicó “Los cosacos”, obra eminentemente realista. Después vendría la más importante y conocida de todas, “Guerra y Paz”, un inmenso mural en el que aparecen centenares de personajes cuyas vidas se alteran por la invasión a Rusia de Napoleón Bonaparte. Luego salió a la luz su “Ana Karénina”, que lo ratificaría definitivamente como un gran novelista. La obra se basó en un hecho verdadero de su tiempo, y en ella se puso a sí mismo como personaje, como un terrateniente con ideas avanzadas que intentaba mejorar las vidas de sus siervos. “Confesión”, “La muerte de Iván Ilich” y “La Sonata Kreutzer” completaron la lista de sus grandes obras. La última refleja su frustración conyugal, que se manifestó sobre todo por la oposición de su esposa a sus ideas libertarias y a que entregara sus tierras a los campesinos. En realidad, fue un anarquista militante que quiso renunciar a sus privilegios. Vegetariano, pacifista y profundamente cristiano, fue excomulgado por las críticas que hizo a la iglesia ortodoxa en su obra “Resurrección”. Murió en 1910, mientras huía, a pie, de su gran latifundio de Yásnaya, donde había vivido como un simple campesino en aplicación de sus ideas de cristianismo primitivo. Había tenido intercambios espistolares importantísimos con varios personajes de su tiempo, entre ellos con Gandhi, en quien tuvo una notable influencia.
Emily Dickinson: existencia vivida en el poema
por Carmen Cristina WOLFDaría mi vida, naturalmente.”
Emily Dickinson nació en Massachussets, en 1830. No escribía para deslumbrar a nadie, ponerse de moda ni obtener algún premio. No se exhibió en los salones. Se guardaba en casa, viviendo, no aparentando que vivía. Escribiendo, no aparentando escribir.
Fue su elección, tan válida como cualquier otra, o tal vez fueron las circunstancias que la llevaron a una existencia casi solitaria. No obstante, su soledad no la esconde, la revela en una manera propia de transformar su mundo en belleza.
Hoy entro en el jardín de Emily Dickinson, sembrado de violetas y tréboles, bordeado de “juncos de azul flexible”. Imagino que ella se asoma a la puerta y mira a lo lejos “un aire alterado en las colinas”. Siempre está en la cabecera de mi cama la selección y traducción de Silvina Ocampo, con prefacio de Jorge Luis Borges quien escribe: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo … Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor; después de su muerte, que acaeció en 1886, encontraron en sus cajones más de mil piezas manuscritas … No es cotidiano el hecho de un poeta traducido por otro poeta …la cadencia , la entonación, la pudorosa complejidad de Emily Dickinson aguardan al lector de estas páginas, en una suerte de venturosa transmigración. ”
Así dice uno de sus poemas:
Es todo lo que tengo hoy para traer
esto y mi corazón además.
…
No puedo bailar
en puntas de pie
nadie me lo enseñó
pero, a menudo, en mi mente
un júbilo me posee
que si tuviera conocimiento de ballet
-lo demostraría-
en piruetas para palidecer una compañía de ballet
o enloquecer a una prima donna. “
Quiero creer que ella escribió este poema en uno de esos días, en los cuales se sintió tan feliz que todo fue motivo de celebración: estrenar unas zapatillas de lazo azul, o recibir una carta con un poema. En ese instante único, surge el deseo de atrapar el sentimiento para que no se vaya. Las palabras se entrelazan y ocurre la necesidad de revelar ese instante de pequeño gozo. Impulso de fijar aquellas cosas hechas de fugacidades:
“Algo en un día de verano
una profundidad -un azul-
un perfume
trasciende éxtasis.
(…)
¡Es tanta la alegría!
Si tuviera que desfallecer ¡Qué pobreza!”
En un día así provoca instalarse en la alegria. La vida es la vida, sólo eso, cada cosa es lo que es, sin eufemismos. No queremos ir más allá: “Arrobamiento es sólo arrobamiento.” La felicidad y el dolor no están en conflicto. Se alimentan la una del otro. Cuando nos sentimos felices, de pronto, igual a un fantasma que gime desde el fondo de la casa, nos asalta el temor a perder la dicha que no puede asirse y no permanece.
Y cuando se apodera de nosotros la tristeza, una mínima estrella envía señales: mañana será diferente. Habrá un motivo para sonreír de nuevo: es la esperanza. Algo ha de suceder, otra vez él o ella vendrá y nos dirá:
“Vine a comprar una sonrisa -hoy-
una sola sonrisa, la más pequeña de tu cara
me agradará lo mismo”.
En la poesía de Emily Dickinson se percibe una existencia alimentada por el anhelo, aquello que aún no se ha cumplido. Nada más interesa al cuerpo, las cosas se desdibujan, pierden sus dimensiónes de realidad y se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo bosquejado.
Pareciera que sólo importa él, el amado, su pulso, su respiración:
“¿Qué daría yo por ver su rostro?
Daría mi vida, naturalmente.
¡Pero eso no es bastante!”
Se está dispuesto a entregarlo todo, lo demás llega a ocupar un lugar secundario. Y el amado lo ignora, no conoce la entrega de ese corazón porque está distraído en otras cosas, sumergido en su propia existencia. Dickinson está decidida a traerle “rosas de Zanzibar, abejas -por millas- / desfiladeros azules, / ejércitos de mariposas.
Para el ser humano, el anhelo se convierte en el centro de la existencia, de penas y alegrías. Se enquista en el corazón una … “dolencia de amor que no se cura / sino con la presencia y la figura”, como escribió San Juan de la Cruz, del cual Emily estuvo siempre enamorada según lo revelan sus versos. Nada calma la sed ni remedia el mal. El adolecido de amor apenas respira, se quiebra, aguarda, desespera:
“¡Qué importa si digo que no voy a esperar!
¡Qué importa si violento la puerta carnal
y escapo hacia ti!”
En los versos de E. Dickinson, la sed no se lee. no se piensa, se muere uno de sed. La angustia no es un concepto, no es de papel, de cuento, se muere uno de angustia. El desasosiego somete, muerde, desespera, ya no se quiere nada, no se sabe nada, no existe nada que interese al cuerpo. Cuando E. D. dice “angustia” no narra, no explica, es la propia angustia. Uno no puede permanecer impasible cuando lee un poema escrito por ella, no deja de sentir un estremecimiento. Ella no ha escrito poemas que hablan sobre el dolor y cuando vamos a leerlos, no sentimos la garra del dolor.
El poema es sufrimiento o alegría sin trampas de lenguaje, se dice a sí mismo como una palabra que “lleva una espada” y “puede atravesar a un hombre”. El poema deja sentir el rapto de la pasión, “como los hombres ciegos conocen el sol”. E. D. agoniza de sed, y sabe que corren arroyos por las praderas, pero esa no es su agua y la deja correr. Ella quiere la suya, no otra.
Los poemas de Emily Dickinson: un corazón en palabras de una belleza terrible y leve. Su corazón, es todo. Sin cartas de presentación, sin buenas referencias ni códigos aprendidos sobre cómo debe escribirse un poema en tal o cual época, sin recetas literarias.
El poema que es un verdadero poema se adentra siete centímetros en el pecho: suficiente, mucho, demasiado. Dickinson ofrece, muy segura, muy tranquila: “todos los campos”, “todas las praderas”, por si acaso no basta con su alma. Se aprende a no decir aquello que se quiere decir, se aprende a callar la frase exacta. Pero el poema no miente.
Y si no le aceptan su entrega, musita, susurra, canta y dice “Traigo mi rosa”.
El que ama le pierde el temor a la muerte, se acostumbra a ella. Su agonía no viene por el asalto de la muerte. Viene “en un cierto sesgo de luz / en las tardes de invierno / que oprime como / la profundidad de las catedrales”. El abatimiento conduce al sacrificio. Sus poemas están impregnado de una suave ironía y una prontitud de lenguaje que causa escalofríos:
“Morir
lleva sólo un corto tiempo
dicen que no duele
es sólo un desmayo - por etapas …”
Uno se queda en suspenso, suavemente quieto, parece que morir no es algo amenazante ni tenebroso, tampoco duele. Y es un orgullo morir sin hacer ruido, sin alharacas ni lamentos. Estar presto en esa hora:
No lo menciones por esas calles
porque las tiendas me mirarían
que alguien tan tímido - tan ignorante -
tenga el descaro de morir.
Algunos “entendidos”que leyeron sus poemas,
menospreciaron su obra porque no obedeció a las tendencias que prevalecían en su época. Su escritura no estaba “de moda”.
Emily Dickinson, ella que se guardaba en casa casi siempre, nos permitió entrar en su mundo. Es imposible leer sus versos y permanecer indiferentes.
* Las cursivas son versos de Emily Dickinson
Traducción de Silvina Ocampo
Carmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog http://literaturayvida.blogsome.com
Thomas Mann
por Eduardo CASANOVA
Cuando tenía quince años, y a pesar de que varias personas me advirtieron que “La montaña mágica” de Thomas Mann era de muy difícil lectura, decidí entrar de lleno en sus páginas, y lo logré con sorprendente facilidad. Me sentí encantado con los personajes, el ambiente, los diálogos, las discusiones filosóficas y, allá como un telón de fondo que se acerca y se aleja, la Guerra Europea. Muchos años después, en agosto de 1967, cuando por una auténtica gripe viral el médico me ordenó quince días de reposo, justo cuando acababa de llegar a Buenos Aires Frank Iturbe, que podía hacerse cargo del Consulado de Venezuela durante mi ausencia, aproveché para hacer una segunda lectura que me gustó aún más que la primera. Y la leí por tercera vez en Beijing, en China, en el invierno de 1991, para llenar las larguísimas noches en una ciudad en la que no podía leer televisión ni ir al cine o al teatro ni hacer otra cosa de noche que leer o dormir. La trama de la novela es sencilla: narra la visita de Hans Castorp a su primo, recluido en un sanatorio antituberculoso en las montañas suizas, que debía ser de tres semanas pero se convirtió casi en una vida, pues Castorp, a causa de unas fiebres, termina internado. Y allí emprende magníficas discusiones en las que trata temas como la política de su tiempo, la medicina, el pensamiento, etcétera. Hacia el final se queda solo porque el primo, a pesar de su enfermedad, decide abandonar el lugar para incorporarse a la Gran Guerra, en donde seguramente, o por una bala o por la acción de los bacilos de Koch, encontrará la muerte. En realidad se trata de un inmenso paseo por la civilización europea de su tiempo, realizado con la auténtica maestría de uno de los más grandes novelistas de la historia. Otras de sus obras, como “Los Buddenbrook”, “Muerte en Venecia” y “Doctor Faustus”, las leí en distintos sitios. En 1968, en el otoño, fui especialmente a conocer Lübeck, la pequeña y bellísima ciudad en donde nació Mann en junio de 1875, y me encontré con la sorpresa de que nadie sabía nada sobre el gran novelista. Descubrí la auténtica casa de los Buddenbrook, que era la sede de un banco y sobre la puerta principal tenía una gran placa en donde se decía que era una casa del renacimiento y que allí vivieron a lo largo de muchos años varias familias, entre las que citaban a los Buddenbrook y muy de paso a los Mann. Siete años después, también en otoño, vi que habían puesto una placa especial en la misma casa en homenaje a Mann, y que frente a donde estuvo su casa natal (destruida por los bombardeos americanos) también había un monumento de mármol indicando que allí había nacido el escritor. Eso fue por su centenario, y muy afortunado. Mann, que pertenecía a una familia importante, se fue de Lübeck todavía niño, a München en donde estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Muy joven publicó varios trabajos en “Simplissimus”. Su primera novela fue “Los Buddenbrook”, que trata sobre la decadencia de la familia burguesa en cuya casa vivió parte de su infancia. Luego vendrían “Tristán”, “Muerte en Venecia”. Durante la Primera Guerra Mundial, inicialmente defendió las ideas de los nacionalistas, pero pronto se hizo ferviente defensor de la democracia, por lo que escribió y publicó “La montaña mágica”. En 1933, a raíz de la llegada de los nazis al poder, se exiló en Suiza, hasta 1938, cuando se trasladó a los Estados Unidos, en donde vivió hasta su muerte, que fue en agosto de 1955, justo en los días en los que yo leía su obra monumental por vez primera. Su “Doctor Faustus”, que trata de un músico que le vende su alma al diablo, explica los porqués de que Alemania cayera en manos de los bárbaros nazis. En 1929 recibió el Premio Nobél de Literatura.
Hermann Hesse
por Eduardo CASANOVA
En rápida sucesión, y por recomendación de Arturo Uslar Pietri, leí “Peter Camezind”, ”Bajo la rueda”, “Demián”, “El lobo estepario”, “Narciso y Goldmundo” y “El juego de abalorios”, en ese orden, que fue el mismo de su publicación entre 1904 y 1943. De inmediato me di cuenta de que el autor tenía que haber tenido problemas mentales muy fuertes. Tres palabras que me impresionaron: “Sólo para locos”, podrían haber precedido no uno, sino todos los textos. Fue una lectura fuerte, muy fuerte, para un joven de dieciocho o diecinueve años, que no se sentía nada seguro, que más que por realidades se dejaba llevar por sueños y que, en busca de un camino (“sólo para locos”),pasaba las noches y buena parte de los días leyendo,había estudiado un año en la Escuela de Artes Plásticas, había recibido clases de música de Emil Friedman y José Antonio Calcaño, luego de dejar los estudios formales en 1956 para dedicarse a estudiar por su cuenta y a luchar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y, sobre todo a soñar. La vida de Hesse no era el mejor ejemplo para ese joven pero su obra sí. Hermann Hesse nació en la región de Baden-Wurtenberg, en Alemania, en julio de 1877. Por el oficio de su padre (y de su abuelo) viajó extensamente por la India, lo que tuvo no poca influencia en su temática, y también por Italia. Sufrió serios padecimientos psiquiátricos y recibió tratamientos de Jung, que es algo que se nota en toda su obra. Sus comienzos como autor no fueron ni fáciles ni exitosos, pero en 1904, con “Peter Camezind”, se hizo notar por la crítica y por el público. Diez años después, su posición ante la Guerra Mundial, su rechazo a la posición alemana, lo convirtieron en blanco de numerosos ataques y lo llevaron a establecerse definitivamente en Suiza, cuya nacionalidad adquirió. Se casó tres veces y tuvo tres hijos. En 1946 recibió el Premio Nobél de Literatura, y en 1962, a los ochenta y cinco años de edad, murió repentinamente cerca de Tesino, en Suiza.
Simpatía y afecto por Bolívar
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Mucho se ha criticado, con razón, las exageraciones que sobre la figura del Libertador han hecho algunos historiadores y escritores de historia, quienes han suplido la falta de documentación por una serie de adjetivos y de elogios sin justificación. Pero además del “culto a Bolívar” practicado por el Estado venezolano como una política, algo estudiado con pormenor, muy acuciosamente, por Germán Carrera Damas (El culto a Bolívar, 1969), Luis Castro Leiva (De la patria boba a la teología bolivariana, 1991), Elías Pino Iturrieta (El divino Bolívar, 2003) y Manuel Caballero (Por qué no soy bolivariano, 2006) hay también los verdaderos estudiosos de Bolívar, lo que lo examinan como una figura histórica, a veces en la soledad del trabajo del escritor sedentario conmoviéndose, con un ser que nació un día y murió otro cuarenta y siete años más tarde, cuyos rasgos vitales y sus ideas estudian. Hay también aquellos que han dedicado mucho tiempo de su labor intelectual a reunir los documentos de Bolívar que son los que nos permiten analizar su figura y comprender su trascendencia en la historia latinoamericana, en la memoria de Venezuela, incluso en su época, en las reacciones que en los Estados Unidos y en la Europa de su tiempo produjo su personalidad y acción, a veces en los documentos secretos de las cancillerías. Estos documentalistas, historiadores o biógrafos nos permiten penetrar en el personaje. Muchos de ellos han sido muy criticados por la emoción que tal estudio les da, por el afecto que el análisis de aquella vida despierta en ellos. Se cumple en ellos, muchas veces, el apotegma de Augusto Mijares “Exigir de un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (El Libertador, ed. 1964, p.1). Diremos en defensa de ellos que es imposible no entusiasmarse con el estudio de una vida llena de brillantes aristas, de un escritor político como el Libertador, quien llega hondamente con las palabras de sus documentos y sobre todo por los renglones de sus cartas hasta nosotros, especialmente por ser un personaje del romanticismo, cuando esta escuela no era aun un movimiento totalmente literario, como lo fue a partir de 1827 y sobre todo desde 1830, gracias en ambos casos a Víctor Hugo. Pero Bolívar fue un romántico de actitudes. Y ello se comunica desde la lectura de sus papeles a los estudiosos que hagan su análisis basados en buenos fundamentos. Y además es imposible pedir que no haya alguna forma de emoción, como la “aflicción”, como lo acotó el doctor Joaquín Gabaldón Márquez al leer uno de los capítulos de El Culto a Bolívar de Carrera Damas. Su opinión está impresa como epígrafe de ese angular libro (ed. 1973, p.7). Pero también hay que decir algo más: a los escritores, y esto es válido para los historiadores también, hay temas que los eligen a ellos, temas que por alguna honda razón autobiográfica no los escogen ellos. Esto sucede a muchos de los autores de los diversos libros sobre los mil temas que han tratado los grandes escritores, para nosotros, gente del mundo occidental, desde la literatura griega hasta el último volumen reciente que apenas desde hace pocos días se exhibe en las librerías. A veces a sus autores les es difícil explicar por qué los escribieron, que los empujó a tratar sus temas. Esto es válido tanto para la ficción como para los ensayos, los tratados y la crítica literaria. Y también para las obras de historia. Y por ello también el mucho estudiar un tema por el cual sentimos inclinación lleva a los escritores a amar, una emoción muy grande, las muchas fuentes que debe examinar para poderlos escribir, los cientos de libros que debe leer para hacerlo, cosa que a veces les lleva muchos años. Así el afecto por el tema o el interés por el personaje elegido surgen al unísono, son como el afecto por un amigo o el amor por una mujer sostenido a lo largo de mucho tiempo, de una vida.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.














ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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