Categoría: Alberto Hernández
Mea Culpa
por Alberto HERNÁNDEZde odio contra esto
como un judío contra Hitler:
irreductible, sin sosiego, final.
-Guillermo Cabrera Infante-
(Mea Cuba)
I
El morral del pasado aún pesa. Las botas embarradas de un pensamiento atascado en las blasfemias, en el estupor, continúan desandando aquella rabia contenida. Éramos una realidad literaria, plástica, romántica y peligrosa. Sospechosos de todo, hoy apuntados por voces que aturden y fusilan cualquier intento de disidencia, nos revolcamos en el estercolero del tiempo. Hace décadas bebíamos el mismo veneno, la misma angustia, traducida en aquello que hasta el más fascista llama justicia social. Toda revolución tiene su costado: uno derecho, otro izquierdo. Muchas veces se confunden y se tocan, como todo extremismo.
Todavía se siente el miedo de aquellos años, el temblor en los ojos. Y entonces recuerdo al poeta Virgilio Piñera, perseguido por pensar y por su condición de homosexual en la Cuba recién etiquetada de revolucionaria. Llegó a pronunciar públicamente, pocas horas después de las macabras “Palabras a los intelectuales”, vomitadas por Fidel Castro: “Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo ese miedo pero es eso todo lo que tengo que decir”. Y calló, no dijo más.
Después vino la noche de las “3 pes”, la redada del Ministerio del Interior contra los pederastas, prostitutas y proxenetas, el 11 de octubre de un viernes que ya no recuerdo el año. Pero no sólo fue Piñera. También acosaron a Lezama Lima. El dolor más prolongado fue el de Reinaldo Arenas, quien vivió y murió su “antes que anochezca” en los “orwellianos controles de la sociedad”, como lo definió Orlando Fondevile.
II
Los que creímos que el país podría ser otro lugar para la felicidad. Los que anduvimos de rostro de en rostro, de voz en voz fabricando ilusiones en nombre del socialismo, ese socialismo que lleva el fracaso en su propia sangre, no dejamos hoy de advertir que podríamos hundirnos en la desgracia, toda vez que quienes llevan el timón de este barco están llenos de pasado, de la negrura de esa intemperie cruel que tantas veces se nos montó en los hombros y nos hizo renegar de nosotros mismos, de nuestra familia y de Dios.
El escritor cubano, exiliado en Londres y laureado por su talento creativo, Guillermo Cabrera Infante, en el último libro que dejó escrito, Mea Cuba, señaló: “La culpa es mucha y es ducha: por haber dejado detrás a los que iban en la misma nave, que yo ayudé a echar al mar sin saber que era el mal”.
Un viejo guerrillero venezolano me dijo una noche con los ojos hundidos: “Gracias a Dios que no ganamos la guerra de guerrillas de los años 60. Qué desastre habríamos cometido. Cuántos venezolanos inocentes habríamos fusilado. Cuántas violaciones en nombre de Fidel, de Stalin, de Lenin, del Che habríamos tenido que cargar con nosotros… pero nada, hemos llegado a esto de hoy, tan absurdo, tan copiosamente falso, tan copionamente derrotado. Ojalá que no tengamos que arrepentirnos de los crímenes que aún no se han cometido, los que todavía llevan en la mente”.
Este mea culpa, tan de todos nosotros, abunda en reclamos, en autocríticas, en la búsqueda de un espacio para que la democracia no se pierda. Para que nuestros hijos y nietos, nuestros hermanos y amigos no sean arrastrados al sacrificio. Y decirle a los pocos compañeros de viaje que hoy están en el gobierno que no terminen de dejarse deslumbrar por el ejemplo de muerte de otras experiencias, tan bien conocidas por ellos, como terribles para los ignorantes.
Éramos personajes de novela, como aquel Manuel del libro de Cortázar, como el Barazarte de País portátil, como cualquier Roque Dalton fusilado por sus propios compinches, como el mismo Che abandonado de su hermano del alma en las alturas de Bolivia. Traiciones, delaciones, aberraciones. En eso tradujeron la revolución. A eso llegaron, a emparentarse con los grandes asesinos de la historia. Un mea culpa que atiende a la sombra de Hitler, Mussolini, Franco. ¿Qué diferencia existe entre los agujeros de los fusilados provocados por el sátrapa de España y el de Cuba? ¿En qué se diferencia el fascismo de izquierda al de derecha? La culpa es un morral lleno de pesadillas.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Ocurre a diario
por Alberto HERNÁNDEZ
Seis son los libros de Miguel Marcotrigiano que respiran en las páginas de Ocurre a diario (poesía reunida 1991-2005) publicadas por Ediciones Mucuglifo (Mérida, 2005). Se trata de Concierto vegetal a la luz de la luna, De arcanos y otros signos, El mismo juego, Dípticos, Esta sombra que nos habita y De sombras y otras especies.
La poesía de Marcotrigiano vive anudada al hecho humano. El yo de quien teje esta invención verbal habita en cada vibración de unos versos finamente construidos. Quien escribe se mimetiza, se hace imagen y suena al arbitrio de una presencia terrenal. En Hábito de oficio lo encontramos hecho serpiente entre los vocablos de una duda permanente: “He estado formulando súplicas/ para poder franquear tus veladas/ y nada// no sé de respiraciones/ ni de vértigos/ ni siquiera del tímido ofidio/ que me figuro”. He aquí el ahogo, la búsqueda de quien desde a ras de la soledad le imprime un tono acechante a la vigilia, a la vulnerabilidad del humano ser. He aquí quien habita a plena intemperie, a plena desnudez de un “cuerpo de reptil”, cerca del “penoso crecimiento/ de las ramas de tus piernas”. Y como toda culebra, no es nada inocente. La carne tibia e interior se revela eros sin “paraísos”. La imagen de Eva -escondida entre las ramas de su propio deseo- modela ante quien la imagina.
(Llego descuidado a la página 62, donde “Ahora es tiempo de abandonar los árboles/ del olvido vegetal de esta tierra sin abono/ de la infancia los hombrecitos los estanques/ y los helechos”. ¿Qué impulsa al poeta a tratar de borrar el impulso primigenio, la niñez de la historia, el devenir del recuerdo?)
Sigue: “La puerta blanca se entreabre// A lo lejos/ sólo se escucha el llanto de las flores/ y la risa ocre de las hierbas desdentadas”).
La sierpe quedó atrás. La imagen de quien habitaba los árboles es la misma imagen de quien –un cualquiera fuera del poema- mira por una ventana desde el piso 35 de un edificio. ¿Cuántas puertas, cuántos visillos será suficientes para a mucha distancia entender que el paraíso ya no es, que las flores y las hierbas son asunto olvidado? Un poema puede ser la confusión, la hecatombe, el olvido. Un concierto vegetal podría aportar suficientes voces a la luz de la luna.
Códigos, barajas, intentos de adivinación, el Tarot, las profundidades, los ecos, la misma superficie de la mirada. De arcanos y otros signos concita la ausencia, la reprime a través de numerosas imágenes o figuras entre interrogantes sin respuestas aparentes. La referencia, la búsqueda de significados. Una poética, el trasunto del misterio verbal: “Juega con las letras/ las combina/ y crea/ finalmente/ de una masa informe/ al portador de la palabra// Pero éste/ no las usa/ Tan sólo las esconde/ detrás de sus dientes” (Poeta-Golem).
La constante animal, la prefiguración del tiempo, la convulsión de quien viene del mismo árbol genésico. Marcotrigiano viaja hacia él mismo, bajo la piel de quien lo obsede: “Precisamente/ allí pienso quedarme// en nadie// persistiendo en mi oficio/ de animal forjado en secreciones ventrales/ de ser oculto en otras pieles/ infinitamente más suaves/ que la tuya”. ¿El abandono, la mimesis, el dolor de la ausencia, de la soledad, “en nadie”?
¿Qué mandala frecuenta esta voz, este rigor de lo profundo, este empeño?
Nuevamente, como quien recoge los pasos, el poeta insiste en las mismas claves: “Esperaré por ti/ todo oscurecido/ todo hondura/ todo fisura en la piel// Reconstruiré el vértigo/ a las grietas// porque lo único que salva/ es esta extraña vocación de la memoria// el preciso itinerario de quien desanda los recuerdos// Esperaré por ti// Estoy dispuesto”. ¿No son cotidianos, no ocurre a diario, el recuerdo, la pérdida, la ausencia, el vértigo, la profundidad o la memoria? Alguien se asoma al poema, lo lee en silencio, vierte luz sobre sus sonidos. Se extravía.
Una confesión lo advierte, lo coloca en esa diaria precisión: quien hace poesía siempre regresa o vuelve la cara hacia la destrucción, desde los ojos de la mujer de Lot. El amor sacrifica el pecado, al orden de no mirar el incendio. Quien hace poesía lleva una alforja plena de vacíos, de “planetas callados”. El hombre, poeta o Golem, rebusca entre los significados.
Un largo poema inédito cierra este empeño. La prosa y el verso se combinan para consolidar las imágenes, un mensaje donde quien se ahoga, sale a flote. Estos textos inadvierten, desenlazan, aturden. La ausencia de signos de separación señalan el vértigo, la falta de aire, una pausa riesgosa. Allí, entre la luz y la sombra, la mujer, el vientre, la misma señal de los poemas anteriores, el mismo animal husmeando.
“Todavía caen las tardes y se hunden en tus mejillas mientras
yo –recostado a un mal sueño- me cercioro de las miradas
tristes que me acosan
de rodillas frente al bosque
abro las puertas que ocultan las fuentes
y bebo
-animal sediento-
de las primeras aguas
que manan en silencioso arroyo
desde el cálido vientre
y aún cuando no alcanzo la muerte disfruto un instante de la
noche viva del aroma que desciende a esta página de luna que
no me atrevo a doblar semejante a dulces olores de olvidadas
lluvias que adormecen la sonrisa de invierno del niño que ago-
niza en el lecho de mi peor poema”
Este adentro biográfico, esta fuente que no cesa de manar, nos revela la fuerza de esta poesía, entregada en cuerpo y verbo a sobrevivir ante las sombras. La muerte es el vértigo, el precipicio, el ocurre a diario de este instante de la poesía.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Con la calavera en la mano
por Alberto HERNÁNDEZ(Teatro y Poesía)
1.-
En vísperas de cualquier muerte surge la imagen, el gesto del actor. Más allá del telón de fondo, donde el horizonte se confunde con el infinito, oculta en el misterio, está la palabra. Un acto perverso la esconde, porque la acción, el desplazamiento de cierta entonación, aludida por los mecanismos de la luz, la hacen voluble. Pero es que esa palabra, adherida al silencio que la puesta en escena precisa, es la que hacía falta cuando el actor -asediado por la duda y las preguntas- era enconado por todos los fantasmas.
La tradición del yo, el embargo de esa búsqueda que nos atenaza hasta desaparecernos es, sin menor duda, la raíz de aquellos hombres cuyas máscaras tenían gesto fijo, coturno para intentar alcanzar el cielo y una voz –la escondida- que no llegaba a los espectadores, porque el universo estaba comenzando.
2.-
Fue posible la mano del hombre, también la calavera que la ocupaba. Fue el instante en que el vacío, el silencio, comenzaba a entregarle al gesto la necesidad, sin abusar del discurso, de aquel to be or not to be que sigue planteando la duda, la que renueva al otro, al que está, sonriente, entre los dedos de Hamlet, a la espera de la vieja confirmación verbal. Fue preciso abordar el género, aquel lenguaje oscuro y sensible de los más alejados preámbulos de la metáfora. Aquí se hinca pausadamente la tentación por no dejar que el silencio de la calavera conduzca al profanador al más inquietante despojo. Habló, con el teatro en la mano, porque desde sus inicios el teatro fue el silencio. Shakespeare –esa reflexión de todos los tiempos- nos inclina a pensar que después de la conocida expresión vinieron las oraciones que le entregarían a la acción la voz que Dios fundó en aquel intento por crear el mundo. Fiat lux, antes del verbo, porque este segundo la contiene: vinieron las sombras y los pensamientos, las hojas sueltas y la danza sobre la tierra baldía y fértil, las dos tierras. Sombra y luz se contienen, como los pasos de Hamlet frente al público, mirando desde el vacío el cráneo pulido de una historia que se sigue repitiendo.
3.-
El espectro en la mano. Ocultos –en silencio-, El Rey y Polonio. Hay palabras, entonces, que atemorizan. O más, causan extrañeza, lástima o hilaridad. El teatro, pasión de la sombra y del símil, se hace palabra para siempre. Y se repite en los lugares donde la escena es los hombres y sus circunstancias. Esa doble inflexión, contradictoria, es estar en palabras o en el vacío de su propio sonido. Es la muerte y la vida. Es la contemplación de al cual emerge la poesía, el sabor de una entonación que eleva y hace del gesto asunto de observación.
4.-
La práctica del gesto, aludida por la palabra, crea una atmósfera declamatoria, pero no entendida desde la visión de la voz, sino de los desplazamientos. Es decir, de las imágenes: teatro del Siglo de Oro, símil de Dios. La poesía española hecha acción en las tablas, elaboración de un largo texto que tiene en el tiempo una acumulación de acciones: la reiteración periódica de la metamorfosis cuya trama es una estructura ausente: la voz, la estética atomizada por la luz, el sonido, la mirada, el incesto de una escritura que regresa a la memoria y recae en los espectadores.
5.-
El ritual, la representación en sí mismo dentro del texto que se vacía, que culmina en la escena, rompiendo todos los ecos.
La poesía es un sintagma oculto del teatro. Que como dice Meyerhold se trata de una plástica, de una imagen, de un espacio que se imagina desde un espejo en el tiempo sensible, en la condición de los gestos. Del texto declamado, como dice el mismo Meyerhold, hasta la capacidad de “una plástica que no corresponde a las palabras”. Un texto mudo, sugerido desde la sombra, apocado por la única salida del actor: desplazarse.
¿Cómo hacerlo, desplazarse, sin palabras? Sólo sería posible con las imágenes que las palabras tienen en un precepto, en un antes sensible, vivo. Un antecedente que coloca al sujeto/ actor frente a la realidad imaginada.
El diálogo de los adentros, esas palabras que casi no se perciben, que van hilvanando el canto. El texto regresa al antiguo ritual: nos fundamos –entonces- en la soledad poética de Quevedo, Góngora, Lope de Vega, para llegar a las inflamadas pasiones de Machado, García Lorca y restablecer el desorden de una inteligencia que no niega ni afirma, sólo señala el vocablo que, finalmente, se encuentra con el espectador.
Una sombra se desplaza por el escenario. Las cuencas de la calavera indagan en quien, con los ojos muy abiertos, intenta entrar en la ficción del silencio.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Cantábrico
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
Los astros y los hombres, la vida de los primeros, no la de quienes respiran en la tierra, los angustiados, los reposados, los que con Matthew Arnold se revelan en la poesía como una crítica de la existencia. Desde esta premisa, desde “El poeta de Recanati/ contempla el espacio// Conoce muy bien/ la vida de los astros/ no la de los hombres…”, Leopardi, el mismo de Miscelánea del pensamiento, se pasea por estos versos para hacerse el Otro, pese a la distancia. O desconocerse.
Un lugar, una línea geográfica, un clima, la temperatura metafísica de Pirrón de Elis, dispensado por el dogma del escepticismo. Dos solitarios, entonces, en estos primeros versos de Cantábrico (Taller editorial El Pez soluble, Caracas 2003), de María Clara Salas.
La lectura delinea a quien se allega a estas páginas: “Si escoges morir/ prefieres/ y eso no es/ lo que predica/ la santa indiferencia”. Entonces, quien lee, vertebra el escepticismo de una segunda persona agitada por el polvo del desierto, en una ¿felicidad? que se apresta a la risa:
Cuando tú
algún día
leyendo el criptograma
descubras el origen de la momia
y atravieses Egipto con los ojos
soltarás la risa
como prueba
de lo poco serio que es el amor
Cuando empieces a rescatar
el cuerpo
con los debidos cuidados
y leas la historia
enrollada en el papiro
volverás a reír
sólo la risa
es digna de repetirse
muchas veces
¿Qué no se cree, el paisaje que los ojos atrapan durante la travesía? ¿A quién apuesta ese viajero que no conoce el carácter festivo del amor? Denso en su andar, el poema se decanta en la insistencia del sonido que ocupa el silencio de los muertos, ese que las momias, el silencio, ofrece en medio de la quietud de los médanos árabes.
2.-
La poeta duda, sufre un extravío. Viaja y se pierde: una épica personal designa el no-lugar (parecido al olvidado por el flaco caballero de La Mancha), pero sabe trazada la ruta que habrá de tomar, aunque desconozca el destino. El tiempo también hace lo suyo, borra y se extiende.
Correlato: el cuerpo y el espíritu se detienen en un lugar y a un tiempo no determinado.
“No hace falta saber/ a dónde vamos// Las sombras de las hojas tejen/ el borde del camino// Somos viajeros sin meta/ nos detenemos/ en lugares donde la sed/ nos detiene// Hacemos alto/ a cualquier hora”.
La coherencia temática nos advierte de una línea invisible por donde se conduce la poeta, la viajera de estos poemas cantábricos, cercanos al mar, al inmenso desierto marino, próximos al suelo mitológico. La ceguera empuja a la adivinación, a los poderes proféticos perfilados por Apolo en la carne invisible de la Sibila de Cumas. En algún lugar de esa costa, de esas montañas, María Clara Salas siente esos pálpitos, esos augurios. De allí “el lado oscuro”, las presencias malignas, la búsqueda de la vida a través de la “reconciliación del cielo y de la tierra”.
3.-
Como Anteo, quien escribe baja a la tierra, regresa del tiempo y de los astros, de esos sonidos anclados en la magia, en la sabiduría de la sombra, y se asienta en las calles, en el estadio donde la gente se hace colectivo, grupo, rostros sin cédula de identidad: “Cuando alguien/ pretende negar/ el lado irracional del alma/ me arrojo en una de tus calles (…) El paso se acomoda/ a la luz/ de otros rostros/ lentamente/ a la guarida/ se vuelve”. ¿A cuál guarida, a la cueva de la prehistoria o a la caverna platónica?
Por estas páginas también la Biblia: la mujer de piedra, la de Lot, la estatua de esos días de fuego celestial. Nos traduce la permanencia, el silencio de quien recibió “semejante castigo”.
La realidad, tan presente: “Tropezamos con la realidad/ y nos sentimos heridos”. Las mujeres, la ciudad que lo contiene todo, el mundo y sus tribulaciones: “La esperanza es demasiado ágil/ para nosotros”.
4.-
La poesía –“crítica de la vida”, como afirma Arnold- se anota en un espacio para alcanzar el nombre de un lugar: Zarauz, en la costa de Guipúzcoa, donde la villa se convierte en fiesta, en orfandad nobiliaria, en densidad de olvido:
Retrocedo a las columnas de agua
del Cantábrico
a las playas perforadas
por la lluvia
al vals Mefisto
en aquel mirador de la casa de Zarauz
visitado también por la reina sin hijos
Algas y peces
subían
del mar
lecturas
propiciaban encuentros
gris
la piel descubre
sus olvidos.
5.-
Los signos de rotación de este bello poemario no tienen nada que ver con la desmesura. Amplían sus argumentos mediante la presencia de quienes se trasladan desde la memoria, desde viejas lecturas, antiguas felicidades íntimas. Novalis “en lo oscuro/ guarda/ su rostro”. Lynch “resuelve/ en la crispación de aquella mano/ su teoría…”, y “el destino/ nos sella”. Retorna a los personajes que cualquiera podría conseguir en las calles ya avistadas: Safo de Lesbos, mejor Clodia la bisexual, y así Propercio, el mismo Sexto Aurelio, el elegíaco: “Por favor/ no perturbes más el descanso/ de mis vecinos/ o acabarás con la paciencia de todos”. Pasado en el presente. La orgía de la memoria.
Quedan muchas imágenes, aventuras que corren por la sangre: La casa, los familiares, los rincones donde abundan los muertos, los “espíritus de mi raza/ mujeres guerreras/ vendrán a buscarme”. Un lugar, Tonoro, donde se reunían para el “rito sagrado”. De allí que sea “insoportable/ lo irreal”.
Penélope, la tejedora, la desbaratadora de la labor, comienzo y fin de la espera. El tiempo, el enigma de un sustantivo, Rosebud, mito de la pantalla en el trineo del ciudadano Kane. ¿Quién habrá quedado en el Monte Urgull de San Sebastián, agitado por el mar, por las alas de la memoria? Recuerdos cantábricos, poemas cántabros.
6.-
Una segunda parte se aleja de la costa española y entra airosa en Elí Galindo, en San Sebastián de los Reyes, en el barco fantasma que aún navega en las viejas casas del pueblo aragüeño. Un poema que desnuda el amor, que plena la reciedumbre del afecto:
“Lo más sensato/ es el silencio// de nada sirve/ hablar/ Cuando somos explícitos/ la confusión/ es mayor// Mejor decir/ tenemos tigres en los ojos/ nuestra piel es una habitación sin armas// La sed requiere lo fugaz/ tender las manos/ a las nubes/ obedecer las instrucciones del viento”.
Dos versos sellan la creencia de que “alguien”, ese alguien amado, está instalado en el espíritu de los cercanos a Elí: “La belleza de los estagiritas/ no fue hecha para ti”. Dice de los santones aristotélicos, los del más viejo cristianismo, los que vagaban por el desierto, en la imagen de quien camina “de un lado a otro”.
En esa traslación, en la tierra movediza del poema, María Clara Salas retorna a la región de güetaria, la de Juan Sebastián Elcano, para recuperar “tus fuerzas”. Allí le fue devuelto “el candelabro de oro”.
Y así Tres elegías, la última parte del libro, donde abrevan la tristeza, el recuerdo. ¿Quién se pasea por este dolor casi inadvertido?: “las idas y venidas/ de tanto afecto/ sobre tus hombros”.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Escritores al dente
por Alberto HERNÁNDEZNo se me ocurre imaginar a Franz Kafka o a Juan Carlos Onetti haciendo malabares para inscribirse en una red de escritores. Pudo haber pasado que formaran parte de una Liga de Suicidas. O en caso menos extremo, de la Asociación de Soñadores Perversos. Muy cercano a la realidad, el terrible Rimbaud. Y más al cielo, Francis Scott Fitzgerald, cargado de duendes, resacas y botellas.
La fantasmagoría nos conduce con la celeridad del bostezo. El andurrial onírico, más allá de la ilusión, lleva al voluntarismo, a la fragua del comisario político, a lo Lunacharsky. La bandeja de opciones separa sabores, géneros, pero más, el compromiso. Que Isaac Rosa vino a darnos lecciones con la anuencia de José Vicente, entregador de medallas. Y así, hasta la próxima metáfora, la Red de Escritores de Venezuela. Suerte de tabernáculo en el que se registrarán los nombres de quienes escriben, pergeñan, bostezan, sueñan y hasta apuestan a la reserva a paso de vencedores bajo el sol de Andrés Bello o Francisco Lazo Martí, apuraditos por el desdén de algún cronista militar metido a civilizador.
Más cerca, iluminados por la frecuencia de la justicia, José Antonio Ramos Sucre, Cruz María Salmerón Acosta o Tomás Ignacio Potentini, nuestro uniformado Rilke, orientados por un país que siempre nace por el Oriente y se despega las legañas a la vuelta de la esquina de alguna misión consagrada por la voz temible del líder.
Kafka, Onetti, nuestros Picón-Salas y Enrique Bernardo Núñez, descuadrados, fuera de la historia, relevados de su condición de imagineros: no pertenecieron a ninguna red, no tuvieron vocación de pescadores.
Al ritmo de este respiro leo a mi amigo Jorge Gómez Jiménez, quien en una nota ajustada al derecho de su talento, nos avisa: “Por estos días desarrolla el gobierno venezolano un proceso de registro de los ciudadanos que hacen literatura en nuestro país. Técnica y formalmente, un censo que ha sido definido como herramienta para la consagración de diversos derechos que históricamente le han sido negados a los escritores, como un sistema de protección social y la apertura de vías para la publicación. La organización bajo cuya responsabilidad corre la realización de este censo es una fundación, que sobre el papel es privada pero que públicamente se reconoce como una iniciativa gubernamental: la Red de Escritores de Venezuela”.
Hasta el aquí de la propuesta, vamos bien. Pero la piquiña no tarda en llegar. ¿Registrar para qué? ¿para asegurarle el futuro al poeta, narrador o maromero?, pero, afina Gómez, “literatura y burocracia no se llevan bien”. Tanto, que la primera reniega a veces de su existencia si la segunda cabalga las generalidades: “personas que escriben” desde recetas de cocina hasta edictos contra sus propios panas. Sí, compatriota, “que encarnen la autoridad”. Y por el mismo atajo, disidentes los que no acaten la orden o el saludo marcial.
Vuelvo, como hace días, a tomar prestada la idea de Vallejo: “Los artistas somos rebeldes, no revolucionarios”. O como bien lo trae a su costal el amigo Jorge Gómez de boca del escritor hispano José Manuel Caballero Bonald: “La literatura es de los desobedientes. El escritor siempre ha de oponerse al poder, sea éste el que sea”.
Cierto que “el apoyo de los intelectuales al poder le brinda un estatus de calidad moral, al menos a nivel superficial”, pero más, adorna el cuartel y los sables y hasta le sacude el polvo a la civilidad, cuando ésta –de escritores díscolos- se sale del carril y se hace respondona. Quienes fueron asaltados por la fascinación del poder, serán parte mañana de quebraderos de cabeza, despechos pleonásticos y sinrazones quijotescas, avaladas por aquella expresión, tan burdelera como divina: “Tú lo sabías, pero no te diste cuenta”. El olvido, invocado por el fraterno amigo de Letralia, es la más ingrata de las limosnas. Y aunque el tejido del alma use buen detergente o linimento, siempre habrá mancha o dolor que lo denuncie.
Las redes suelen enredar, y cuando el mar está movido, la resaca es el único consuelo. Más vale un buen trago en solitario o con el amigo más caro, que un verso vendido. Bella sin alma se llama la canción.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Dos notas sobre Pepe Barroeta
por Alberto HERNÁNDEZ
I
Un dejo de ausencia culmina con la tarde del domingo. El poeta José Barroeta, el muy querido Pepe, el pana del Chino Valera Mora, Salvador Garmendia, Caupolicán Ovalles y otros, nos acaba de enseñar que antes de la muerte, la unión, porque de todas maneras esta señora llegará con sus bártulos para cargarnos al infinito.
“Pero creo, quiero creer, debo creer, en la unidad. Por favor, no demos tantas vueltas. Mi esperanza está en la unidad, apuesto a ella para llegar todos juntos a ese gran enigma que es la muerte. Para allá vamos y allá nos vemos”.
Siento a Eclesiastés en las palabras del poeta trujillano. Tanta vanidad, tantas ansias por el poder, por alcanzar la gloria si la eternidad nos espera a la vuelta de la esquina con su carga de silencio, con su misterio.
Escribo esta nota con la misma tristeza con que Pepe habla de la división. Duele y apena sentir en la calle, a la puerta de algunas casas identificadas, palabras hirientes contra quienes vivimos de la palabra. Cosa aparte, dirá alguien, porque se trata de los periodistas. Pero bueno, si de todas maneras nos vamos a morir. El poeta recuerda a Nicolás Guillén: “Amigos, nada más. El resto es selva”. Pero, al parecer, hasta la amistad será convertida en motivo de división, de pesadumbre.
II
Quiero –y lo digo en primera persona- reincidir (probablemente vuelvan a pintar grafitis contra quien dice esto): la cordura, la vuelta a la racionalidad. Todos estamos expuestos a ser mirados de lado, a ser conminados a portarnos bien, porque si no. Pero, si de todas maneras nos vamos a morir. La unidad, aunque pensemos distinto. Cada cabeza es un universo, un mundo. En la diversidad está el sabor de la vida. Lugares comunes, pero tan sabios como solicitar la unidad, la calma.
Como “para allá vamos y allá nos vemos”, preciso es hacer la vida menos cuantiosa, menos agresiva, menos dolorosa. Claro, la justicia social. No es desdeñable. Pero se impone la inteligencia, la cordura para no perder esa justicia. De ocurrir lo contrario se repiten los errores de los gobernantes anteriores. El equilibrio, he allí el secreto.
La historia es un pedazo de muerte. Un trozo de esa memoria fácilmente olvidable. En ese adjetivo está el error. Si olvidamos la historia corremos el riesgo de repetir los errores que otros acarrearon para convertirse en reos de la crítica.
Una pregunta de Rubén Wisotzki a nuestro juglar trujillano: “¿Somos un país?. ¿Si somos un país? Sí, somos un país, todos somos país, pero creo que formamos parte de una tierra confundida, extraviada. En lo personal, tal y como lo escribo en un poema, me asusta el cielo limpio”. La voz de la tribu, la del poeta convoca a hacernos país desde adentro, desde lo más amplio del cielo interior, de ese que nos habita lleno de astros y misterios. Somos un país en la medida en que queramos ser un país, en la medida en que nos alejemos de lo que nos podría unir.
III
¿Miedo? Sí, miedo. No el cotidiano. Hay un miedo que está más allá de él. Más allá del susto, de la cobardía o del temor corporal. Hay un miedo a lo que no se sabe va a ocurrir. Un miedo a no saberse. Un miedo a no saberse estar, a saber que vamos a morir pero no cómo. Aunque ella es un miedo, es el que todos llevamos bajo la ropa. Allí va bien. Pero el que nos prometen, el que con una sola palabra nos convierte en sujetos de sospecha, en manotazo sobre las ideas. Ese es el miedo que nos impulsa a regresar a la inocencia, a estar en absoluto silencio, alejado del mundanal ruido que decía Darío. No se trata de bajar la cerviz y dejar que el cogotazo caiga sin protesto. Se trata de que el cogotazo nunca sea propiciado. Se trata de que la palabra esté por encima de los malos sentimientos, del sentirme superior, de creerme dueño del mundo. De saberme ilímite, aún así mirar desde un devenir resentido. El país que tenemos nos cabe entero en el alma. El día que comencemos a repartirlo en pedacitos por ser distintos, ese día la muerte hablará con todos sus dientes.
Y digo miedo, porque se siente desde los hijos cuando a alguien se le ocurre vociferar y rayar para provocarlo, para incentivar un odio sin sentido, aunque el odio no lo tiene. Cuando los inocentes son los que invocan el dolor para despedirse, perderse en la sombra de la total indolencia.
Lo digo con mi querido poeta, con el Pepe Barroeta de los sueños. De aquella revolución de la palabra en la que todos cabemos con nuestras alegrías, tristezas y dolores. Que el miedo no nos domine, porque de todas maneras vamos a morirnos. Pero, por favor, no nos adelanten el silencio. (Este texto fue publicado originalmente el 3 de febrero de 2002)
I
“A veces se me escapa de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado”. Bajo las marcas de la insistencia, José Barroeta nos revuelve el espíritu. El poema, en el que porfía, nos pasa su ojo climático por la angustia y allí se queda instalado, como la eternidad de quien lo traza.
José Barroeta, el tan querido poeta Pepe, nos persigue hasta el ocaso sin reposar bajo los árboles de Pampanito. Su poesía -viva por personalmente elegíaca- promete no dejarnos quietos. Por eso nos leemos con él: “Ella duerme/ en ataúd de hierba./ A veces se me escapa/ de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado./ En esa enorme movilidad del primer amor/ la veo a ella/ en el radiante perenne de la cripta/ llamándose a sí y a mí luego./ Ella duerme,/ dialéctica siempre sobre mi cabeza/ y el fuego late en los campos dormidos./ Ella duerme en ataúd de hierba./ A veces se me escapa de la muerte,/ no hace sombra en los espejos,/ sino en mi piel./ Como hace sol la dejo en sus lugares/ y vuelve a ser la única,/ muerta en tanto paisaje”.
II
Esta crónica se recorre silenciosa. Todos los días de la vida de Pepe Barroeta se resienten en ella por abordarlo desde mi lejana ingrimitud. Un saludo en la silla que lo sostiene, en un café de París desde una foto de Gregory Zambrano. Un apretón de manos en aquella Sabana Grande de la adolescencia, para saberme parte de la voz del poeta trujillano. Una sonrisa en medio de un ruidoso bar. Las palabras de afecto de Luis Alberto Crespo por aquellos comienzos de los ochenta. La lectura de un poema. La vida y la muerte juntas, mientras el Chino Valera Mora, el otro trujillano de San Juan de los Morros, inclina el eje de la tierra. Todo en presente. Y entonces lo oigo: “Conozco la región donde el abandono ha fijado con precisión las líneas superiores y elementales de tu espíritu. Por las rasgaduras de tus pupilas descubro que has pasado de la inercia a los humos prohibidos. Un vértigo desolado te atrapa y el mundo de la infancia vierte, torpe, sílabas a mis oídos”.
Habría que preguntarle a Efraín Hurtado o a Baica Dávalos por el clima, por la eternidad de quienes hacían de la noche el único lugar posible, como tocara el título de un libro de tragedias literarias. Caracas era aún sultana del cerro que la vigila y una extraña felicidad recorría los huesos del mundo. Y allá, en el más seguro recodo de la avenida: “En las horas de duermevela, cuando sentíamos las evidencias de la muerte, la solemnidad del fantasma sustraía lo poco que nos quedaba del porvenir”. ¿Con qué nombre se identifica ese fantasma? ¿qué mundo recorremos en este futuro que no llega? Por un rato le vi el rostro apacible a Orlando Araujo, el otro que se confunde con las hondonadas de Trujillo y habla golpeado sobre un caballo de madera. La muerte, esa cosa que pesa y desaparece: “Tú estás de espalda al viento de diciembre y a sabiendas de que no debes alimentar tus propios fracasos…”
III
Han sido tantos los paisajes, tantos los desganos e iglesias en vilo. El amor irrumpe. Un surrealismo devorado por ventarrón del trópico adormece el momento. De este modo aparece el texto: “Meditando el poema del pájaro/ una mujer de otra época rumbo hacia la/ catedral./ Iba tan ajena/ que no me sorprendió en el sitio de la calle/ donde la espiaba/ y eso que yo había estado en los nidos del monte/ mientras ella pensaba el poema del pájaro”. ¿Sería la misma de aquella tarde? ¿la que vimos en el centro de Caracas y que era la misma de la revista de modas que surtía la mirada en la vitrina? “Sol de cuello cortado”, te oí decir en un momento y sentí los pasos livianos de Ramón Palomares, desconocido para mí porque Escuque aún era nombre de paraíso, de reino rural. Pero allí estaba la mujer: “No me cautivó su beatitud;/ yo había dormido entre lámparas/ en un templo humilde./ Amanecí con aves de la mañana en las pestañas;/ abajo la ciudad,/ la lluvia, las gentes y frutos olvidados/ sobre las mesas en el mediodía”. Y así fue. Estuvimos allí, invisibles, ausentes, vacíos de tiempo. Pepe nos sabía hechos de sombras. Lectura de sus anónimos amigos. Siempre eternos en él.
Mientras tanto, “la mujer no detuvo sus ojos en mis pasos/ ni vio mi sombra que era la suya bajo/ el sol”. Pero el resto de los mortales que éramos sí la vimos. Desnuda, agotada de tanta mirada, de tanto paisaje acumulado.
IV
En Mérida, la mansedumbre del universo lo hace cantar: “Una vaca pasta./ En el recodo la miro bajar/ y siento lamer su cielo de rocío./ Está viva,/ tan viva como yo y nada absurda,/ tan limpia y alegre”. El centro de Caracas, los desvaríos de esta Maracay ojerosa, nos lleva en ataúd de sombras. Y el poeta, nuestro querido Pepe, nos señala con un poema el penúltimo escalón de este paisaje: “Nos hemos quedado debajo del sol/ frenéticos./ Es de tu corazón de donde sale el mar,/ la música de agua que nos asombra”. Siempre será así, desde el pozo profundo del poema.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Lecturas Nómadas
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
¿Cómo se le “entra” a un libro como éste, de crítica, y más si se trata de un compendio de reflexiones nómadas, movedizas?. Habría entonces que centrarse o descentrarse, revelarse o rebelarse ante el espejo o contra cualquier imposición. Nada. Es un libro de crítica que logró cohesionar a quien a final de cuentas “a cierta edad (…) sólo puede leer versos”, venido e ido en reversa o de frente, sin residencia fija.
Es así, Lecturas nómadas, de Eduardo Moga, editado por Candaya, Barcelona, España, 2007, tomo que recoge cinco años de “reseña tras reseña durante algún tiempo”, y que se hizo público de la mano de Olga Martínez y Paco Robles, responsables de tanto acierto de este y de aquel lado del océano.
¿Cómo “entrarle” entonces a un libro que habla de otros libros, los arma, los desbarata, lo que nos hace culpables de algún desliz, de alguna culpa deshilachada por quien se cree inocente? Nada, entremos sin ningún complejo, como si saliéramos, por la primera y la última página, con índice y todo, para guiarnos si nos extraviamos.
2.-
Lecturas nómadas se escribe entre escritores españoles, pero también entre españoles e hispanoamericanos, para concluir la apuesta con otros idiomas y temas que conciernen a las palabras y se tienen seguras de su autor.
Esa primera parte es la de una España desconocida (pese a tanto esfuerzo personal) para quienes buceamos en la Península y en otros terronales literarios. Digamos que estamos desconectados. Esa es una de las bondades de este inventario del barcelonés Eduardo Moga (1962): insistir en que no nos conocemos, que seguimos sin encontrar el hilo del encuentro entre los pueblos que hablamos castellano. Ciertamente, este “Sobre autores españoles” nos acerca a nombres y títulos que están muy lejos de nosotros: apenas Antonio Gamoneda, José Ángel Valente y Carlos Vitale nos suenan en los oídos de leer y dolernos. Muy lejanos: Juan Pastor, Marta Agudo, Manuel Álvarez Ortega, Jordi Balló y Xavier Pérez, así como Juan Luis Calbarro, Pedro Casariego Córdoba, sólo para mencionar a algunos que forman parte de nuestra parcela de ignorancia. Las políticas editoriales de nuestros países, sobre todo las del nuestro, son anuncios para dentífricos. Lamentablemente, se pierde la gracia crítica frente a la ausencia de lecturas de los libros comentados. ¿Somos lectores nómadas, movidos de lugar para no enterarnos de las destrezas o torpezas del mundo literario hispano?
3.-
Nos toca muy de cerca el segundo capítulo de Lecturas nómadas. Allí nos vemos en Pepe Barroeta, Gustavo Guerrero, Eugenio Montejo, tres venezolanos que han logrado llegar al sitio de esas páginas y dejar dicho en boca de otro que existen “caminos de palabras” para sabernos unos y todos. Allí también Pedro Serrano, Tomás Segovia, Rosamel del Valle, Humberto Díaz-Casanueva y Javier Bello. Nos queda en la memoria: “La literatura es un diálogo infinito: un “escuchar con los ojos a los muertos”, como escribió Quevedo –muerto ya, y que habla, no obstante, con nosotros…”, para hacerse semilla en Borges, Azorín, Ortega, Octavio Paz, Otero Silva, Roque Dalton, Darío, Lugones, Huidobro, Neruda, quienes se sostienen en estas palabras de Eduardo Moga, pronunciadas en la Universidad Autónoma de México en 2005: “Cada vez es más rara, no obstante, la recompensa institucional, lo que resulta lamentable. Pero ni un ápice ha declinado la recompensa personal, ésa que nos aguarda tras la ejecución de un verso hermoso y verdadero, como sin duda sentía, a tenor de las palabras de su hermoso y verdadero discurso, Miguel de Cervantes Saavedra”. En el clavo, todos herederos de Don Miguel, como de nuestro otro padre, Don Francisco Quevedo.
(Un salto de mata: una lectura a “Senos” de Pepe Barroeta nos empuja a limitarnos en la estimación de Moga, quien abrevia en una semántica prevista desde un “lejos” al que se le podría añadir otra mirada. Pero esta es materia para otro día, con miche, calentaíto y demás curiosidades andinas.
Tus senos locos
como el descubrimiento de América.
Bienaventurados como la Pinta, la Niña
y la Santa María.).
Tus dos senos hechos de láminas de barcos
y de hélices en vibración.
Hermosos como la conquista del espacio).
4.-
La tercera parte nos instala en las otras lenguas que dice el autor: Ambrose Bierce y su infaltable Diccionario del diablo; John Milton y su Paraíso perdido; Arthur Rimbaud y su Temporada en el infierno. Igual, Eugenio Montale, visto en Huesos de sepia, Las ocasiones y Diario póstumo. Y otros más que desvelan a Moga y lo crecen en este trabajo de rigor intelectual, casi extremo, hermosamente escrito, toda vez que la crítica, eso que llaman crítica como si se tratara de una receta de médico de pueblo, no debe estar despistada de la sonoridad, de registros que la eleven y que la hagan también discurso estético.
Sigue el viaje indagatorio.














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