de Eduardo Casanova

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Categorías: Alberto Hernández, Crónicas del Olvido

Simón en huesos

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
Me costó llegar a la hermosa casa, elevada por alguna mano en un sitio privilegiado. No me costó ver caballos y mulas en un corral desprovisto de gracia. Desde lejos, vi salir a un muchacho si camisa con un jarrón, cuyo contenido lanzó contra una de las paredes invictas de una ruina vecina.
Ya cerca del final del viaje, luego de sortear todos los obstáculos, climas y a gente de mala índole, desde Maracay, pasando por Barquisimeto, Coro, Maracaibo, darle cara a una frontera invisible, hasta llegar a Santa Marta, sentí la desolación del paisaje. El silencio de la tarde me empujaba a cobijarme del sol. Una sombra benigna me hizo detener un rato, a unos pocos pasos de San Pedro Alejandrino. Algo me decía que en el interior del inmueble el mundo se agitaba tristemente.
Tuve la suerte de ser atendido en el momento en que mi mano se alzó para tocar la rugosa madera de la puerta. Un hombre de estatura mediana, de complexión fuerte pero cansada, canoso y perfilado, me miró con ojos alejados. Le dije que quería hablar con el enfermo. El hombre me contestó que el Libertador estaba un poco sofocado, pero si podía esperar, quizás más tarde podría atenderme. Asentí con la cabeza. Me hizo pasar a la antesala y allí dormité un poco.

2.-
Oí la voz que emergía de una pequeña habitación. Entonces salió el mismo hombre que me atendió y me hizo pasar al sitio donde aún agoniza Simón Bolívar.
-No te conozco, ¿quién eres? -me preguntó con voz cansada.
-No es necesario que sepa de mí, General, soy alguien que anda por allí recogiendo historias, dolores, alegrías. No sé, los huesos de los hombres grandes-, le respondí algo asustado.
El enfermo, pálido, extremadamente delgado pero con la mirada encendida por una pasión que aún su interior defiende, levantó levemente la mano e hizo que me aproximara.
-¿Acaso eres uno de esos sujetos extraviados y vulgares que tratan de salvarse a través de la eternidad de los que vamos a morir pronto?-preguntó agotado.
-Vulgar no, General, extraviado sí. Vengo de donde usted viene, de donde usted es una estatua, un muñeco de bronce, hierro o barro. Vengo de revolcones más que de revoluciones, de escaramuzas callejeras, banderitas y piedras de lado y lado. Vengo de un lugar que no quiere ser lugar. Vengo, General Bolívar, de un sitio donde usted ha sido convertido en instrumento de odio -sostuve.
-¿Qué lugar tan deprimente, alejado y tenebroso es ese? -inquirió hondamente.
-Su Caracas, señor. Su esquina de San Francisco, su ciudad natal -le soplé quedamente.
-¿Acaso Boves vive aún, está ese carajo revolucionando Venezuela para opacar una vez mi nombre? –casi gritó.
-No, General. Boves está muerto. Páez, con quien usted tuvo escozores, también. ¿Sabe usted que Venezuela es paecista, que la Gran Colombia nunca fue por inviable? –le dije.
-¿Inviable, qué palabreja es esa? -esta vez logró alcanzar el grito, chillón.
-Sí, General Bolívar. El mundo finalmente es redondo como nuestros olvidos. El país es el que usted pronosticó, de no contar con líderes preclaros. Venezuela anda en la anarquía callejera, en las ambiciones y pasiones más alejadas de la realidad que usted soñó -justifiqué con temor.
-¿Entonces mi tiempo se perdió? -pronunció con la boca pegada de la almohada.
Lo sacudió la tos y un ronquido cavernoso lo aquejó un buen rato. Entonces me atreví a decirle:
-Aún no, General. Es preciso que usted hable desde su lugar como hombre de carne y hueso. Como hombre que sabemos algún día morirá tísico, venéreo y enloquecido, alucinado y perseguido por sus fantasmas -precisé.

3.-
-¿Quién dijo que yo era un dios, de dónde carajo sacaron eso? -casi en susurro.
-Todos los que han pasado por el poder en Venezuela. Desde su comienzo de viaje usted fue una maldición en boca de la gente de patriotas y realistas. Después, cada jefe del poder hizo de usted una apostasía, una moneda, estado sin fundamento, una estatua de harina en cada pueblo, y hasta una ideología -afirmé.
-Pero, ¿de dónde han sacado que yo dejé una ideología? Sólo dije y escribí para dejar las bases de unos países miserables para que comenzaran a verse en ellos mismos y fundar una nacionalidad. Nada más. Carajo, yo no soy Carlos Marx, ese engreído que llenó el mundo de pústulas y dioses de barro. ¿Dónde está Manuela? ¿Qué se hizo el loco de Simón Rodríguez? Yo sé quienes mataron a Sucre. ¿Dónde está Totoño el cumanés? En una gusanera, como estaré yo dentro de poco. Como estoy desde hace siglos -habló con mucho esfuerzo.
-General, no todo está perdido. Desnúdese, muera con las costillas al sol. Quítese esa camisa prestada. Enséñele el sexo al mundo, búrlese de su muerte, échese un trago de este aguardiente que traigo. Quítele al poder esas imágenes suyas de santo que no es. Derribe sus propias estatuas. Reclame sus espadas repartidas en medio mundo entre malandrines, dictadores y sinvergüenzas, para que América, pero sobre todo Venezuela, salga del marasmo -alargué.
-¿Marasmo, anarquía, indolencia, disfraces, vulgaridad, analfabetismo, locura política? Oh, divina Providencia, ¿qué hice, en qué me convertí, en qué me convirtieron? ¿Dónde están mis pantuflas, Manuela? Coño, ¿hacia dónde va mi muerte? -pregunta tras pregunta.
El enfermo cayó en un sopor pesado, lento. Su respiración asaltó la habitación. Abrió un poco los ojos, me miró desde su opacidad y me extendió los huesos de su mano derecha. “Váyase tranquilo, que no hay remedio en este cuerpo para aliviar los males de ese país que ya no es mío. Váyase, no quiero estar más aquí. Esta agonía ya se ha prolongado demasiado. No termino de morirme. ¿Dónde están mis huesos, Antonio José? Montilla, no me des más agua. ¿Dónde estoy que no me veo? ¿Dónde estás don Quijote? ¡Santander¡, ¿qué hemos hecho? ¿Qué han hecho?”.
Me hicieron salir de la habitación y de la casa. Caminé hacia el corral. El día caía pesadamente cerca del mar de Santa Marta. Un olor a despojo marino entró con violencia en mi nariz. “El mundo se está acabando”, me dije y comencé a andar el mismo camino hacia la desolación.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Huayra: La transparencia
(Viaje de Freddy Hernández Álvarez en una novela con Armando Reverón)

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-


Freddy Hernández Alvarez

Un mar verbal dilata la mirada de quien narra a través de una máscara de carnaval, de héroe de lucha libre, mientras en el Castillete la luz se difumina en el silencio de Armando Reverón.

Juanita aguarda –detenida en el tiempo, suspendida en el aire- el último relámpago de las manos del loco de Macuto. Por ese tejido frecuenta Freddy Hernández Álvarez, quien con Huayra: la transparencia regresa al pintor, constante en sus afanes como narrador de largo aliento y de porfiado navegar por las aguas de su costa natal.

Publicada por la editorial En Ancas, esta novela de Hernández Álvarez obtuvo el Primer Premio de Narrativa de la VIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre” y fue finalista del Premio Planeta “Miguel Otero Silva”.

Lamentablemente, la difusión y la crítica en nuestro país son demasiado mezquinas y displicentes. Sin embargo, el silencio en que la han mantenido enriquece su vigencia, la coloca en el sitio de las buenas y extrañas novelas dedicadas al país.

El narrador, que se desdobla en muchos personajes y multiplica en el tiempo, recorre el territorio de una nación desleída, un imaginario en el que la costa se funda desde un nombre de profunda sangre indígena, y en el que mora la luz de quien fragua la transparencia plástica.

2.-

“Juanita me dice: “Una rosa tan roja, tan roja como la sangre, tan rojo como el amor de Armando Reverón”, y se acercan desde El Playón Armando y César y yo le digo a Juanita que los dejemos solos, tienen mucha luz que decirse, que eso de hablar de la luz es muy serio. Ese sueño del globo azul fue vespertino, hay otros sueños tan azules, quizás más brillantes, los de la ciudad nocturna, los azules infinitos del neón. Es otra ciudad y también aprendemos a soñarla”.

En este segmento podría estar el centro de la novela de Freddy Hernández Álvarez. El sueño, una realidad que cuestiona el olvido, fecunda las acciones que el narrador usa como justificación para mostrarnos la pequeña arcadia a la orilla del Caribe: En el sueño, invadido por una intensa luz, los actantes de la historia de un territorio visible: Armando Reverón, César Rengifo, Juanita y las múltiples voces o personajes que estructuran este trabajo del escritor guaireño radicado en Puerto la Cruz.

El discurso de un país por donde vemos pasar el poder en la figura de Presidentes que discurren por las páginas como manchas, como simples susurros, como un eco ininteligible, y dejan un momento estático, rodeado por la efervescencia lúdica del niño que frecuenta las acciones. Relata el narrador sus andanzas por Macuto, el niño que aprende de un loco, que entra y sale de la mirada extraviada del barbudo. El niño -¿será el mismo Freddy?- que sube al techo del Castillete, juega con el mono y con las muñecas y se imagina el mar en los colores de Reverón. Prevalido de una rica historia, el autor juega con el tiempo, con su tiempo, lo traspone, carnavaliza eventos, los desubica: en esta pertinencia metaficcional Freddy Hernández Álvarez revisa la magia doméstica de una voz ajena que se inserta en los acontecimientos colaterales de un espacio histórico que lo atrapa, lo obsesiona, lo remueve y lo extrema.

3.-

A esta novela se entra y se sale por el mar. El personaje crece en la medida en que el tiempo hace su labor. La Caracas de los años 50, la de los techos rojos dibujados por la prosa de Enrique Bernardo Núñez, relata sus avatares, sumerge a los personajes en el fárrago de una ciudad festiva, aturdida por los primeros brotes de la violencia urbana.

Las referencias a la realidad de la época fortalecen el contenido de esta obra: Enrique Bernardo Núñez se revela en la transparencia de Reverón, y Guillermo Meneses es circundado por los hallazgos de su propio imaginario: la Balandra Isabel se libra del silencio, vacía la tripulación en los burdeles de aquella vieja Guaira donde una mano toca los muros de la sombra, el azul escondido en los placeres de la nocturnidad inundada por el salitre y el olor a pescado. Muchas son las historias que navegan en esta excelente novela de Freddy Hernández Álvarez, cuya armazón es una sola voz multiplicada.

Coda: Hace poco se marchó el pariente, como él mismo me saludaba, por aquello de venir del mismo apellido, como hacíamos con Montejo. El hígado de Freddy, su templo de la bohemia, sucumbió, como el de Orlando, como el cerebro de Pepe Barroeta, como las entrañas de Eugenio. Una muerte que se nos anota en el alma, porque en este país de olvidos y desdenes el amor por los amigos, sobre todo por los poetas, se ha convertido en una navaja silenciosamente amolada.
La muerte de mi pariente Freddy es también una forma de silenciar las horas. De cavilar frente al mar de su eternidad.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Lugar común la muerte

por Alberto HERNÁNDEZ
 
Desde 1975, todo mi país se transfiguró en una sola muerte
numerosa que al principio pareció intolerable y que luego fue
aceptada con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos.

Tomás Eloy Martínez.

1.-

El momento antes de la muerte. El ahogo o los días de agonía, los de saberse en la puerta de las sombras o a la entrada del dolor más terrible. Este es un libro de muchas muertes que, como afirma su autor, fue escrito “para vivir un día o una semana, y perecer por olvido”. Pero no fue así, Tomás Eloy Martínez acaba de morir bien lejos del olvido, vengado por su talento, por los lectores y por los miles de difuntos que aún doblan campanas por quienes los llevaron a la fosa común de la intolerancia. O aquellos que sucumbieron en sus camas en medio de reflexiones y punzadas en la carne.
Y aunque no se trataba de su olvido, los muertos que escribió, los que sacó de la fiebre para hablarles, gozan de buena salud. O de señalamientos por haber sido parte de infamias terrenales. En el libro que recogemos del polvo están vivos, atenuados por los días, pero vivos, a pesar de algunos haber sido fabricantes de muertos.
Lugar común la muerte, Monte Ávila Editores, Caracas, 1979, respira a un costado del silencio de Tomás Eloy. Trazado metódicamente, su autor recorrió ciudades, pueblos, habitaciones, patios, estancias llenas de susurros…Tomás Eloy Martínez entrevistó, consultó páginas, lápidas, ecos y voces petrificadas. Se trata de un compendio de muertes donde entraron José Antonio Ramos Sucre, un Vicente Gerbasi biografiado desde la memoria; un Guillermo Meneses ubicado en otro lugar; Saint- John Perse, Martin Buber, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Juan Manuel Rosas, Juan Domingo Perón, así como eventos que promueven la destrucción humana como la bomba atómica y los testimonios de la gente de La Pastora sobre vivos y muertos. Y La Rubiera, aquel espanto en los ojos de los cuivas asesinados en el hato que aún se nombra en Guárico y Apure. Eso es este libro, que con el pasar de los años ha crecido en historias y páginas. La edición de Monte Ávila nos trajo hasta estos que hoy releemos para recordar a un hombre que legó talento y profesionalismo a un pueblo que aún se debate entre tantos lugares comunes, entre ellos el de la muerte cotidiana, la que se para en una esquina y silba el momento de su llegada.

2.-

Estos “humores de la escritura” llegaron a nuestras manos el mismo mes de su publicación en Monte Ávila. Estaba aún Tomás Eloy en El Diario de Caracas, y aquí en Maracay la vida casi apacible se transformaba en crisis. Luego hubo otra lectura, menos creciente, más de sencillez por las líneas que ciegan: ya en los ochenta la muerte despegaba para instalarse como reina de bastos en el corazón de una nación que no sabía qué destino le esperaba a la vuelta de esa esquina vigilada. Y así fue.
Tomás Eloy Martínez entró en la vida y la muerte de Ramos Sucre. Buceó en sus secretos, en la angustia de un insomne que “Desde hacía seis meses vagaba de sanatorio en sanatorio…”. Era una enfermedad “de una tenacidad inverosímil”, como le escribiera a un amigo. Fueron días, semanas de viajes y clínicas, de paisajes y un cuadro permanente a través de la ventana del Consulado en Ginebra. Hasta que el frasco de veneno fue vertido en su garganta. La muerte andaba de puntillas. El poeta de Cumaná venció el insomnio para entrar definitivamente en el sueño definitivo.

3.-

“…hace quince días yo iba en busca de un hombre que estaba por morir”, escribe Tomás Eloy Martínez para iniciar el texto “Saint-John Perse desaparece”, que fue enriquecido años después a través de una entrevista con el poeta de Anábasis y Pájaros, que se llevó a cabo a instancias de Gloria Alcorta. Antes, para alcanzarlo antes de la muerte, Martínez tuvo que viajar al pueblo de Hyéres en la península de Giens. En un salto de la memoria el autor recordó la presencia de Perse en Buenos Aires, al lado de Silvina Ocampo, en el Festival de Cine de 1960. Lo describe silencioso, aún joven, de bigote negro y calva avanzada. Tomás Eloy lo oye: “Perse hablaba obsesivamente del mar aquella tarde: de la furia y de la fiebre con que el Atlántico castigaba la costa, y de las horas que había pasado contemplándolo…”. El viaje a la casa de Perse fue accidentado, pero dio con ella. La puerta de la casa la abrió la esposa, ama de llaves y mujer pendiente del más mínimo detalle y de los llamados de un hombre enfermo. Martínez se sentó frente a él: “El cuerpo se le batía en retirada”. Era, como afirma, un hombre que se apagaba. Crónica que despeja los últimos días de un hombre, como los de muchos que viajaron por este libro y se hicieron mito y realidad.

4.-

Lugar común la muerte es el destino más humano que recuerde, luego de lecturas y muertes cercanas. Cada página de este libro se tropieza con una agonía distinta. La agonía de esperar el viaje definitivo. Como el de Juan Domingo Perón vigilado por López Rega, el brujo del dictador argentino y de la tragedia de ese país. El eclipse más oscuro de Macedonio Fernández. Los pataleos de Rosas. Cada muerte o agonía es un relevo, un cambio de clima interior. Tomás Eloy Martínez supo tocar la herida abierta del moribundo, desde lejos y desde cerca. Desde la mirada atenuada y desde la tentación de recoger las palabras que los personajes se llevaron a la tumba.
Un largo poema que desviste el instante en que las pupilas se contraen. Y así el corazón del lector, las manos tiemblan porque la muerte es tan individual que perfila el rostro y avisa en los dedos renegridos por la ausencia de circulación. Pero –sobre todo- porque quien la ve está en ella.

Nota bene: Tomás Eloy Martínez vivió la muerte tan cerca cuando fue atropellada Susana Rotker. Él le vio los ojos, se vio los ojos, se vio en la eternidad, como ahora, donde se encuentre.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Órbita

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-


Órbita de Miguel Serrano Larraz

Dejé el libro. Lo dejé agónico una mañana y al día siguiente ya era cadáver. Lo dejé morir mientras imaginaba la cara de Miguel Serrano Larraz en Valencia, Venezuela, una noche de confesiones y lecturas nerviosas. Imaginé la radiografía -o tomografía- de la portada y me deshice bajo el calor de estas horas de octubre.
Convertida la imagen en polvo cósmico, regresé a Órbita (Editorial Candaya, Barcelona, España, marzo 2009) y vacilé. Ya me había consumido 174 páginas. Volví a dejarlo, materia insepulta, sobre la mesa que orbita alrededor de varios tomos que esperan la visita de quien esto rasguña.
Y me até a unas declaraciones del autor: “Cada individuo es como un cuerpo celeste. Cada amigo, cada miembro de mi familia, es como un satélite que gira a nuestro alrededor…”.
Ciertamente, se trata de nueve relatos que dan vueltas alrededor de un tema. Se trata de nueve relatos que se recogen y vuelven a expandirse, como unos asteroides que buscan estrellarse en algún lugar, pero no lo logran. Entonces, se mueven sin descanso frente a la boca de un hueco negro, hasta que se esfuman.
El libro, sucio de realidad, me advierte a través de un muy realista Miguel Serrano Larraz:
-El tema central es la pérdida de la inocencia, el momento en que nos damos cuenta de que vamos a morir. Es el retrato de mis heridas y de mis alegrías.

Mientras repaso el eco de estas palabras, imagino a Serrano Larraz en Zaragoza -bajo el alero de un edificio- en búsqueda de algún contemporáneo de los años 90 o de alguien de décadas anteriores para convertirlo en sus heridas y alegrías.

2.-

Esta lectura de Órbita se me hace el relato de un “vacío insalvable”. Aquí respiro y abro los ojos mientras Samuel Soriano (“Órbita”) declara tener 14 años y no querer morirse nunca. ¿Pérdida de la inocencia o la revelación de que la eternidad no está en una carta ni en los números finales de un problema de álgebra? Las motivaciones intelectuales de Soriano son el apresto de un Bernardo R., quien ha sido sometido a la gravedad de la insistencia de un joven que –al fin- ha dado con la cara de un personaje con quien ha tenido una relación lejana, epistolar, científica.
Se me ocurre, sin ningún ánimo literatoso, acudir a La cantante calva o a Buscando a Godot. No recuerdo si Serrano tiene entre sus preferencia a Ionesco y a Beckett. Lo cierto es que Soriano sí halló a su Godot y se pudo comunicar con su vecino de autobús o de edificio. “No hablaron más”. ¿Es que acaso lograron hacerlo como soñaba el muchacho? “…Bernardo R. estaba viejo o enfermo, o tal vez viejo y enfermo, y supo también que en algún momento de la noche, en algún momento de las tres o cuatro horas siguientes, tendrían que despedirse, y que esa despedida sería tal vez para siempre, y que jamás ya iba a poder hacerle ninguna de las preguntas que llevaba años preparando”. Pese a todo eso, sentía que podía morirse tranquilo, porque “es la única persona que podría entender mi vida, y no hemos hablado porque no era necesario, porque no es necesario decir nada más”. ¿”El vacío insalvable”? No sé, habría que preguntarle a Bernardo R. O a Godot.
La única razón para sellar el relato está en que “el final era lo único que siempre había tenido claro, que el final era siempre lo primero que consideraba al enfrentarse a cualquier proyecto”. Cerrado el círculo.

3.-
Hay juegos, saltos u obviedades. En todo caso, Órbita es una aventura donde confluyen elementos tradicionales y contemporáneos, más allá de Cortázar, Bolaño, “nocillas” o reglamentos viales. Se trata, pues, de un libro de cuentos donde la inteligencia de su autor se vale de un humor volátil, agónico, sugerente, quien busca “la revelación, la respiración” de historias que emergen sin necesidad de empujarlas, de añadirles adjetivos innecesarios. Órbita es un tratado de emergencias en el que el lector termina fascinado.
El relato “Y sólo del amor queda el veneno” abre con Ionesco. Entonces, la rubia del tercero, una muchachota llamada María Luisa, desencadena toda una aventura que no asoma el olor de hormona alguna. ¿O sí? Sólo el ojo agrimensor del narrador. Un voyeur dedicado a “enamorar” o a fabricar una historia dentro de otra, una historia que se desanda en los anónimos que recibe la mujer. La soledad –tema que hace de la muerte un aviso- es el momento para descifrar que el oficinista, quien le escribe y la invita a salir, no es más que un oficioso de las letras, un engañador. Después de tantos papeles, de haberla sonsacado para llevarla a cenar, deslizó un sobre azul bajo la puerta:
“No se engañe, señora, yo a usted no la quiero. Yo sólo estoy haciendo literatura”. Sólo el gato de la joven, Bartolo, fue testigo de la reacción de la rubia. Perverso el chaval, ¿no?

4.-
Pasaron unas semanas. El libro de Serrano permanecía en silencio, como un muerto. Me engrané con una hora. Tomé el tomo y me senté a digerir “Últimas señales”, para mí el relato cuya argumentación se sometió a la vida “bastante monótona” del autor, tanto que “he tenido que hacer literatura”. Se trata de una historia donde se unen la ironía con una ternura extraña. O digamos, cierta alevosía que conduce a confirmar la existencia de unos sujetos, dos hijos, que le regalan a sus jubilados padres un contestador automático, el cual se convierte en su razón de vida, toda vez que descubren el mundo y hasta la tragedia.
“Antes de marcharse, aquella tarde, los hijos obligan a los padres a grabar un mensaje con su voz, a dúo, para el contestador automático. Estamos de viaje (han dicho los padres, muy serios, como si fuera una declaración oficial, con algo del respeto atávico hacia todo lo que nos va a sobrevivir, recitando, como escolares de posguerra que fueron), quién sabe cuándo volveremos. Déjanos un mensaje después de la señal y concertaremos una cita a nuestro regreso”.
Así, “Los padres se han acostumbrado tanto y tan rápido al aparato que lo han convertido en el centro de sus vidas (…) La idea del contestador automático fue del hijo pequeño. Ahora, cada vez que van a visitar a los padres, vuelven (los hijos) un tanto confusos, pero al mismo tiempo divertidos, expectantes, emocionados. Nunca habían visto a los padres comportarse así, tan vivos, tan adolescentes, tan locos”.
Para ellos, el mejor regalo de cumpleaños para uno de los hijos fue grabar todos los mensajes en un cassette, donde hay noventa minutos con su voz. El final conmueve, más allá de la escena irreal, aquella que convierte la voz de un muerto en la consagración de la eternidad. El hijo mayor se ha matado en una carretera, pero ha quedado la voz grabada en el aparato, un poco antes del accidente. El lector queda pasmado con la voz de la madre, golpeada por la tragedia. El teléfono no fue levantado. Un poco antes del choque, la madre se quedó con el eco del hijo. La paradoja: “El que conducía era el otro, el amigo. Iban a ver un museo, creo. El amigo está vivo. Tu tío se está ocupando de todo (ha dicho la madre) lo traerán mañana, o pasado mañana, y lo enterraremos el miércoles. ¿Te das cuenta? Me ha dicho que no me preocupe, y que no ha sufrido”. La cita no se logró concertar.
Estas “últimas señales” nos conducen a una actualidad desconcertante, que orbita alrededor de símbolos que tuercen la realidad. O la reinventan.
Un poco más allá de la lectura, descalabrado yo, coloco el libro y me echo a recoger las imágenes flotantes en esta órbita sin fin.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Aquel 28 de agosto de 1968
DE “LA PRIMAVERA DE PRAGA”, DEL SOCIALISMO COMO PROBLEMA, A LA PERSONA NON GRATA DE JORGE EDWARDS

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
Muchos fueron los eventos que se desprendieron de aquel ya lejano 21 de agosto de 1968. Muchos fueron los acontecimientos que cimbraron el mundo y lo colocaron en una suerte de balanza, en una especie de cálculo vital en procura de un equilibrio que tardaría unos años más para despejar el camino hacia las libertades públicas e individuales, secuestradas por el “socialismo real” impuesto por Stalin y sus perros rabiosos instalados en el Pacto de Varsovia.
Todos estos hechos del 68 incidieron en nuestros golpeados pueblos de América Latina, hundidos en dictaduras, unos, y otros en la línea de flotación de frágiles procesos democráticos, los cuales se fundieron con la molestia provocada por las tropas rusas cuando penetraron en la hermosa ciudad de Praga, envuelta en la “Primavera” creada por el primer ministro Dubček y celebrada por todo el mundo civilizado.
Venezuela no fue la excepción. Ese año -y el que le siguió- destacaron en una efemérides que recuerda el nacimiento del libro Checoslovaquia. El socialismo como problema, editado por el sello “Domingo Fuentes” en una Caracas aún respirable, con aires campechanos y muchos de los techos rojos que la hacían la Sultana del Ávila.
En efecto, el libro de Teodoro Petkoff iluminó el campo minado de la política venezolana, toda vez que se encargó de vitalizar la discusión en el campo de la izquierda nacional. Petkoff, militante del Partido Comunista de Venezuela, abrió las espitas para que se hablara de un “socialismo con rostro humano”. De esa experiencia, de ese ensayo nació posteriormente la organización bautizada con el nombre de Movimiento al Socialismo. Pero antes sucedieron muchas cosas que aún resuenan en nuestros oídos.

2.-
200 mil soldados y 5 mil tanques del Pacto de Varsovia invaden el país. La emoción provocada por los cambios que Alexander Dubček había impulsado desde el 5 de enero de 1968 quedó grabada en las mentes de los jóvenes que voceaban las consignas contra la represión. En ese marco nace Checoslovaquia. El socialismo como problema, del economista y militante comunista para la época, Teodoro Petkoff, quien abrió una discusión cuyo punto de origen estuvo en esa remota ciudad europea, agredida por los partidos comunistas, con la excepción del de Rumania. La buscada independencia de los checos y eslovacos fue duramente golpeada por los líderes soviéticos, quienes –sin querer- anunciaron que la Guerra Fría también podía ser arrasada por las fuerzas antes apagadas por la propaganda oficial. Se anunciaba, entonces, un “Socialismo con rostro humano”, fondo también del libro de Petkoff, quien dividió las opiniones de la izquierda venezolana y partió por la mitad la poca argumentación de un PCV desleído. Así, nace el MAS y una nueva manera de ver el mundo.
En el prólogo para la edición de Monte Ávila Editores de 1991, Petkoff afirmó: “Personas de distintas franjas del espectro político nacional, buena parte contemporáneos del autor, pero también muchos jóvenes curiosos, aprovechan cada episodio de los que vertiginosamente se producen en el mundo comunista, para recordar la que alguno de ellos denominara “esa notable anticipación”, y para inquirir por la posibilidad de una reedición”.
Esa notable anticipación es lo que hace relevante el libro del político y pensador venezolano. Precisamente porque rompe el claustro de aquella izquierda anquilosada, vieja, anacrónica, repetitiva, aduladora y convencida de que en Moscú estaba el paraíso, como actualmente otros creen que se halla en Cuba.
Venezuela fue un verdadero revuelo de ideas. Petkoff se llevó parte de la juventud mejor dotada. Crea una organización y favorece la discusión para la invención de una izquierda democrática, sí, “con rostro humano”. Es decir, “la idea de un proyecto socialista alternativo al burocrático policial y totalitario que desde la URSS se había extendido a todo el llamado “campo socialista” –que luego comenzó a ser denominado “socialismo real” y que para el ciudadano común era, simple y llanamente, “el comunismo”.
No en vano el autor de Checoslovaquia. El socialismo como problema (*) llegó a decir que “la tragedia checoslovaca constituye un hito miliar en la larga historia de la teoría y la práctica del socialismo y del cambio revolucionario”.

3.-
Mientras tanto, Cuba insistía en la locura soviética. Pocos años antes, la crisis de los misiles la había convertido en protagonista de la misma estupidez llevada adelante por el Comité Central del PCUS. Nada, la isla de Fidel Castro estaba sometida a los designios de los dinosaurios de Moscú, razón por la cual –atendiendo a los rigores de la Guerra Fría- intentaba extender por Sur América y parte de África una experiencia a todas luces fracasada, una dictadura que se ha quedado sola en el concierto de las naciones. Mientras tanto, volvemos, en Venezuela la mayoría de la militancia comunista tomaba otros rumbos. En ese interregno, dos años después, se dieron los hechos de los intelectuales cubanos, la llegada al poder de Salvador Allende y el arribo del escritor y diplomático Jorge Edwards a la isla como embajador de Chile en esa desportillada nación caribeña. Comenzaría otra experiencia con claro origen “checo”, toda vez que los protagonistas no podían despegarse de las esperanzas creadas por Dubčeks y por aquellos jóvenes cuya primavera aún resuena, pasados cuarenta años, en los oídos del mundo.
Persona non grata es un claro ejemplo de aquellos movimientos que despertaron la política latinoamericana. Jorge Edwards, a raíz de los acontecimientos internos con los escritores de la Isla, encarcelados, unos, silenciados otros por el aparato policial del régimen. En este marco, donde Fidel, Allende, Neruda, Lezama Lima, entre otros, resaltan en la acción no ficticia, conforman este libro que –sin la menor duda- es hijo de aquellos acontecimientos de Praga que se sembraron en América Latina y el resto del mundo.

El libro fue iniciado en los primeros días de abril de 1971, cuando Heberto Padilla continuaba preso, en lo que parecía el comienzo de una represión en mayor escala contra los medios intelectuales cubanos, y yo, sin que hubiera existido una declaración formal de persona non grata, pero considerado, sí, por primera vez en mi carrera, como persona poco grata e incómoda, acababa de salir de Cuba e iniciaba mi trabajo de ministro consejero en París…

Estas líneas, tomadas de Persona non grata (Barral editores, Barcelona, España, 1973), revelan eventos que estaban concatenados: los intelectuales cubanos estaban conectados con los sucesos de Praga y con los de París. El llamado Mayo francés también había provocado en este lado del mundo un pequeño incendio que se convertiría con los años en un gran incendio ideológico.
A 40 años de aquellos hechos, en Venezuela se sienten las palabras escritas por Teodoro Petkoff en su ensayo:

Desde ese momento mismo se abrió un debate que aún no cesa. Las aguas se dividieron entre quienes rescataron, para sí y para el movimiento mundial que contribuyeron a crear, el antiguo nombre de “comunistas”, que alguna vez Marx mismo había utilizado durante un breve período y con el cual había apellidado a su famoso Manifiesto, y quienes permanecieron fieles a la tradición evolutiva y electoral de la social-democracia occidental…

La Doctrina Brezhnev dio pie, con la invasión a Checoslovaquia y el atentado criminal contra la Primavera de Praga, a la Doctrina Sinatra, liderada por Mijail Gorbachov en los años 80, que cerraría –con la ayuda también de muchos dirigentes políticos y el Vaticano- las puertas del Pacto de Varsovia y el régimen comunista entronizado en parte de Europa. No en vano, el polvo levantado por la caída del Muro de Berlín también tuvo su impulso en aquellos sucesos de agosto de 1968, hace cuarenta años.

(Texto traducido al checo)

(*) Este ensayo fue publicado posteriormente en el tomo El socialismo irreal, Editorial Alfa, Caracas 2007).

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Dos notas de Manuel Bermúdez

por Colaboraciones

Sobre Valles de Aragua, la Comarca Visible
ASI NACE LA JERGA

-Manuel Bermúdez-

Uno sabe cómo hablan los andinos y los llaneros, los orientales y los maracuchos. Pero resulta difícil cogerle el tono y la pasá al habla de los aragueños; no obstante ser los Valles de Aragua, la comarca visible. Así se titula el libro de Alberto Hernández, poeta y periodista nacido en Calabozo y residenciado en Maracay, donde ha realizado toda su obra intelectual, de creación y divulgación de lo culto y lo popular. Este libro, que apadrinamos en el teatro de la Opera de la capital aragueña, junto con los poetas Antonio Trujillo y Luis Alberto Crespo, es una edición de Impresos Urbina. Y recoge una serie de reportajes publicados en El Periodiquito, del cual Alberto es director del suplemento cultural Contenido. Los reportajes son una muestra de lo geográfico, lo histórico, lo popular y lo lingüístico de las ciudades, poblaciones y aldeas del estado Aragua, las cuales tienen una misma identidad político-territorial. Pero son completamente diferentes unas de otras.
Como dice Alberto, “la cruz bautiza con su verbo añejo. Pero cobrizos y blancos quemados por el sol comenzaron a sentirse a través de raros vocablos difíciles de decir”.
Por ejemplo, los garabatos que usaban en San Francisco de Asís, para colgar la carne, según Esteban León, no son los mismos del maracayero asimilado Hugo Chávez, cuando llama así, en lenguaje beisbolero, a una curva prolongada. Maracay es, junto con Valencia, la metrópoli de la región Centro-Sur venezolana. San Francisco de Asís es “un pueblito de potreros y tunales”, “dos vainas de casas regadas por allí”, como dice Esteban León.
A través de la conversa con la gente vieja de los pueblos, Alberto va construyendo la historia de los mismos. Pero para sacarle lo que saben o recuerdan los pures, hay que manejar términos antiguos y propios de cada lugar. Cuando entrevistaba al señor León, de 98 años, dice que había un rapio de sol que “derrumbaba el polvo que se levanta frente a la casa de su hija”. Rapio es un sol arrecho, que no registran los diccionarios de venezolanismos. Pero eso le da pie para que el entrevistado le diga metafóricamente: “Aquí lo que quedan son ramitos de las primeras gentes”, con lo cual la visión de pobreza y desolación del lugar queda expresada con una carga significativa, más elocuente que el cuadro estadístico de los sociólogos o los demógrafos.
(Tomado de Así Es La Noticia, Caracas, 1999)

CUATRO POETAS CALABOCEÑOS
(Lecturas de memoria)

-Manuel Bermúdez-

Pienso que una lectura de memoria es el acto de recordar algo que se ha leído hace tiempo o hace poco, sin la presencia del texto escrito.
De los poetas calaboceños el que más recuerdo y memorizo es Francisco Lazo Martí, autor de la Silva criolla y las Crepusculares. Claro. Está ligado al liceo de Apure, donde yo estudié, y el cual lleva su nombre. De la Silva recuerdo de memoria la introducción, muy formal y neoclásica, con “mirto y rosa y pálidos jazmines”. También versos sueltos, referentes al verano, la sequía y la trashumancia del ganado. Así como la llegada de las lluvias, época en la que el llano reverdece.
Florecer es amar, dice el poeta. Y por allí va desarrollando la esencia de la vida llanera, y la va mezclando a la intimidad de su existencia. De las Crepusculares siempre me acuerdo textualmente de aquella que comienza: “A través del discreto claroscuro/ mirándolo abultar bajo el corpiño/ con la turgencia del anón maduro”. Me gusta el juego sintáctico de ocultar el seno de la mujer, objeto amoroso, en el lo enclítico, del verbo miraba. Así mismo el juego semántico y al forma como reaparece freudianamente en sus sueños, “cada vez que maduran los anones”.
De Luis Barrios Cruz no he logrado aprenderme ningún verso completo. Pero sí tengo flashes verbales y metafóricos. Imágenes de la realidad nativa entrelazadas con giros estilísticos de poetas españoles contemporáneos, como García Lorca, Alberti o Aleixandre. En sus romances, Federico García, refiriéndose a una corrida de toros, dice: “La plaza como la tarde/ giraba como un zodíaco”, y encontraba en el pensamiento de los guardias civiles: “una vaga astronomía/ de pistolas inconcretas”. Barrios Cruz viaja en “la sombra de un avión”; da “respuesta a las piedras”, mientras un humo azul sale a buscar un lucero. Barrios mezcla su existencia y su paisaje con reminiscencias poéticas.
A Efraín Hurtado lo conocí cuando dio un curso de posgrado en el Pedagógico. Estaba recién llegado de París. Y andaba inmerso en Althusser y Foucault. “¡Dios ha muerto¡”, dijo en un curso de sociología de la Universidad Central. Y los estudiantes creyeron que era el Anticristo. Después Luis Alberto Crespo le publicó unos poemas en el Papel Literario y apareció el llano de su infancia. Nada de Francisco Lazo. No de barrios Cruz. El paisaje volaba en palabras. Era viento que golpeaba unas puertas maltrechas. Atravesaba un espacio y seguía hasta perderse en el infinito. Así mismo se fue Efraín. Lo leí. Y no sé cómo memorizarlo.
En cambio con el poeta Alberto Hernández empecé a leerlo conversando con él. Habla poco, pero silabea silencios. El paisaje es él. Y lo que escribe es el mundo que ha visto y ha leído. Presentando su última obra en la librería del Ateneo de Caracas, su amigo, el poeta Crespo, habló de un discurso que está afuera y adentro de una ventana. No es el Jesucristo que se le presenta a William Blake en una de sus visiones metafísicas. Pero sí una fotografía del propio Alberto, que aparece en una pestaña de su libro Nortes. Leyendo Nortes, Bestias de superficie y Fragmentos de la misma memoria de Alberto Hernández, he logrado memorizar que la existencia del poeta se convierte en esencia vital. Y el paisaje se transforma en escritura. Mientras que la vida no es más que un discurso, donde Dante, Shakespeare, Eliot y Ligia andan de la mano con el lector. Y si a usted, como lector, se le ocurre preguntarme: Bueno, ¿y qué tiene que ver Alberto Hernández con los poetas Lazo Martí, Barrios Cruz y Efraín Hurtado? Me limitaré a responderle que son Fragmentos de la misma memoria.

 
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Ginsberg: Una voz en la tierra

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:

When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.

Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on the land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.

2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.

3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”

4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.

I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.

Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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LA CURVA DEL RÍO LO IMAGINA,
LA PALABRA LO NOMBRA

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Tatiana Hernández Cobo

Manuel Bermúdez

La lisura del río Portuguesa lo empuja hacia nosotros. Un espejo de agua quieta, de un color que revela su hondura, nos aproxima a la mirada de Manuel Bermúdez. Fue el 13 de septiembre de 1997. Éramos tres en medio del paisanaje llanero en Camaguán: Manuel, Sael Ibáñez y quien esto escribe.
-¡Anda, acompáñame a Camaguán a hablar de un libro de Sael. Así decimos cosas, vente¡-, me invitó por teléfono con aquella manera muy particular de hablar, de pronunciarse, de decirse Llano.
Y nos fuimos. Entonces Manuel, mi profesor de posgrado de la Universidad Simón Bolívar, abrió los ojos para grabarse la planicie guariqueña y habló largo rato sobre una novela de Sael Ibáñez, también de Camaguán, como Manuel. Allá quedó el río, el que lo imagina. Y las palabras que hilvanó siempre lo nombran, porque quedaron en la corteza de los árboles, en la inquieta e irreverente orilla de la lenta serpiente líquida.
Casi dos años después, el 20 de mayo de 1999, hicimos una fiesta para celebrar el advenimiento de un libro, Valles de Aragua, la comarca visible. Y se hizo en el Teatro de la Ópera de Maracay, donde se concentraron la familia de Manuel y la mía, los amigos, alumnos y lectores.
Hace pocos meses nos reunimos aquí en esta ciudad calurosa y cálida para acompañar a un viejo llanero casi centenario, amigo de la familia, afecto de esa apureñidad que en Maracay se concentra para vivir y celebrarse. Esa noche, Manuel habló de la vida y de la muerte, de la inmortalidad, “también la del cangrejo porque ese animalito, es una vaina: camina de lado”.
Fue la última vez que lo vi, aunque lo oí por teléfono porque lo llamé para sabernos el uno del otro.
Un día, de esto hace ya varios años, con Edgar Colmenares del Valle, bautizamos una biblioteca en esta ciudad, en la casa del también académico apureño, cuya madre fue una insigne maestra de muchos montes llaneros. Manuel estaba pleno, porque cuando hablaba de su barrio Perro Seco y de sus habitantes se le inflaban el pecho y las emociones.
Manuel acaba de marcharse. Y duele decirlo. Escuece reconocerlo.
Fue nuestro profesor de semiología en la USB a comienzos de la década de los 80. Con esa experiencia de un año, la amistad se estrechó y nos hicimos familia por la vía del afecto y “porque tú no eres un poeta sifrino”.
Ese hombre llano, abierto e informal, era, no sólo miembro de la Academia de la Lengua de nuestro país, sino su magistral secretario. Fue alumno de Umberto Eco en Roma, profesor del Pedagógico de Caracas y de varias universidades, insigne conferencista, sabio del monte, aprendiz de malandrín a lo Lazarillo de Tormes, entre otros oficios donde el temple y la sabiduría mostraban sus dones.
Con el narrador Denzil Romero, su carnal, en ocasión del bautizo de una de sus novelas en la Ciudad Jardín, amanecimos borrachos y alucinados -de tanto Apure y Aragua de Barcelona juntos- en las puertas de una tasca de Las Delicias. Entonces, Manuel comenzó a hablar del sol, de tanto “astro prendido”. Horas antes, en el interior del bar, trataron de ubicarnos pegados de la bisectriz de una pared. El apureño, apuradito, dijo:
-¡No señor, a nosotros no nos arrincona nadie¡ Yo no sé tú, compadre Denzil.
-A mí tampoco-, pronunció el oriental.
Entre las carcajadas de los presentes, nos colocaron en una mesa sin rincón.
Sí, Manuel acaba de marcharse con sus libros, sus inteligentes salidas, su buen humor, su paciencia de buen maestro, su amistad infinita.
Vuelvo a la curva del río, al río material y filosófico. El tiempo retrocede: allá lejos vi su perfil de indio y negro –mezclados- frente a don Julio Garmendia, en la librería “El gusano de luz”, donde también pude acercarme, con timidez, a Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Domingo Miliani, Néstor Tablante y Garrido, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, entre otros. Era otro país, otros los sueños.
Manuel Bermúdez dejó muchos artículos de prensa, ensayos que acaban de ser recogidos en libro por el Pedagógico de Caracas, su pedagógico. Entre sus publicaciones orgánicas están Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007).
Manuel acaba de tomar la canoa. Cruza los ríos de Heráclito: el Apure, el Portuguesa, el Tiznados, el Guárico. Todos los ríos que surcan la vida y la eternidad.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción
DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN Y ENRIQUE KRAUZE
(Entrevista/ Juego)

por Alberto HERNÁNDEZ

La vida no es la que uno vivió, sino la
que uno recuerda y cómo la recuerda
para contarla.

(Declaración de García Márquez al comienzo
de Vivir para contarla)

Cuando me llegó el mensaje electrónico, entendí que las palabras que emergían de la lectura podrían servir de justificación para seguir cultivando la idea de que las paredes de la antigüedad prescribían mensajes místicos a quienes se aferraban a creencias y misterios. Una especie de Muro de los Lamentos, pero sin los lamentos, suerte de graffiti que deslumbra por lo que contiene de sonidos del pasado. Y por lo que tiene de tanto estropicio en los tiempos que vivimos. Por esa vía, hicimos contacto para hablar de ese pasado y de estos días de páginas biográficas y reacciones inencontradas.
La nota, proveniente de algún solapado internauta, me envolvió con el eco de un acento que me hace recordar la conversación de Gabriel García Márquez con Roberto Pombo.
Como entrevista, bien. Me revolví en la inquietud por hacer de ella una propuesta personal bajo la luna de las calles y veredas de la otrora violentísima Cali. Y entonces, la mirada de GGM perforó el silencio y comenzó a hablar acerca de su –en aquel borroso tiempo- más reciente libro, un reportaje sin adornos literarios, sin fraseos de la ficción que siempre nos entrega en sus novelas y cuentos. Esta vez, el Nobel colombiano se metió en una historia real, extraída de la tragedia interminable de su país: Noticia de un secuestro.

Por una de esas calles caminamos en franca conversación. La noche caleña silbaba una ambulancia, una patrulla policial. El rostro sombrío de algún delincuente que quiere mi cartera o la del “Gabo” (a esta altura ya puedo hacer uso de la confianza), quien se burlaba del miedo que siempre cargo en cualquier calle del mundo, por muy segura que ésta sea.
Llegamos a una casa donde una lámpara miraba con pesadez el número que nos guiaría a la tranquilidad. Nadie paseaba por Cali de noche, excepto García Márquez y yo, asustado hasta la inmortalidad. Pero la esperanza de sacarle algo a este hombre que ya hizo historia, era mi mayor ambición.

El periodismo, un regreso
Esta vez el autor de El coronel no tiene quien le escriba se dejó de ficciones y entró en una de contar la historia verdadera de nueve secuestros:
-Mira, no escogí el tema. El tema me escogió a mí, cosa que sucede tanto en el periodismo como en la literatura. Lo importante es que hace muchos años que vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura. Gracias a él puedo fantasear, hacer todo lo que quiero en literatura, y también mantener los pies sobre la tierra.
Sobre la tierra andábamos, pero inseguros, hace un rato. Parecíamos dos personajes extraviados, salidos de una novela cuyo mejor argumento tenía en Jack London una especie de selva citadina, nocturna jungla para posibilitar una teoría en formación sobre la muerte y el periodismo; la libertad y la censura en este país. Durante la caminata recordé un antiquísimo poema árabe: “El siglo nos ha disparado sus nefastos dardos, / cual flechas de fuego rasgando la noche oscura”, y me entró otro miedo, el no volver vivo a Maracay. Sin embargo, García Márquez , a quien no me atrevía a llamar “Gabo” en su presencia, aunque si lo hubiese hecho habría sonreído pensando en el abuso de muchos que así lo nombran sin haber jugado metras con él, me reconfortó.
Retomó el hilo y me dijo -mientras oteaba hacia lo alto de un edificio a oscuras- cuando lo abordé acerca de ficción y periodismo: “Es decir, no separo los dos géneros. Creo que el reportaje es un género literario como lo son la novela, el cuento, el teatro, la poesía. Digo que me encontró el tema porque andaba, durante años, buscando uno para hacer un reportaje y no lo encontraba. Un día, de pronto, Maruja Pachón y Alberto Villamizar me dijeron que ellos andaban en lo mismo, pero no tenían suficiente entrenamiento literario. Les pedí un año para resolver la historia, pero no quería terminar en el tema del narcotráfico. Durante ese año lo pensé y fue precisamente el año en que se fugó Escobar y que lo mataron… lo que más importaba no era el narcotráfico sino el secuestro”.

Un vallenato sonó detrás de la altísima verja. El novelista sacudió las manos e hizo ritmo con los pies. Me miró y sonrió plácidamente, como lo habría hecho en alguna plaza de Caracas en sus primeros tiempos de periodista extranjero en un país donde era venezolano. La música lo impulsó a palmearme el hombro izquierdo. La calle tenía su boca de lobo dispuesta a tragarnos. “Afuera se sabe a qué hora lo secuestraron –volvió con el tema-, cómo, qué están pidiendo, qué están haciendo, qué están negociando, pero no se sabe cómo están sufriendo los secuestrados, los familiares, cómo –seguramente- están sufriendo los secuestradores, cómo sufren las autoridades de las cuales depende de alguna manera la resolución de los secuestrados, cómo sufre el país. La cantidad de sufrimiento que genera un secuestro era lo que me interesaba, el secuestro por dentro”.

Periodismo y ficción
Gabriel García Márquez, quien tuvo que pelear con Aureliano Buendía para poder entender que la ficción es autónoma y, aún más, que la autonomía de la realidad está supeditada a la ficción, siguió moviendo el cuerpo en la medida en que el vallenato se iba hundiendo en la lejanía de la madrugada:
-Siempre he creído que un escritor, novelista o periodista, puede decir lo que quiera siempre que logre hacerlo creer. Si no se lo creen, ahí no vale ni la verdad. Por eso, la mejor estructura para esta historia es cómo sucedió en la vida: que no se sepa afuera lo que sucede adentro y que no se sepa adentro lo que sucedía afuera (…) Hay una frase que ya no se dice porque está amelcochada de tanto repetirse: la realidad se pasa a la ficción. Pero en todo este trabajo me propuse utilizar un solo dato que no era real y comprobado, y una prosa en la que no me permití ni una sola metáfora para conservar el lenguaje austero de una crónica de periódico”.

Los personajes
Llegado el momento de salir a la luz del día, García Márquez comenzó a parecerse a su abuelo, el personaje que lo dobla como Aureliano Buendía, con el mismo coronel que tenía en el gallo la empresa de la esperanza. El gallo de ese militar llevaba en el buche todas las noticias que nunca llegaron hasta que pronunció la famosa palabra al final de la novela.
Me miró con una sonrisa torcida.
-Si tú partes de la base de que el sacrificio de cada uno de esos personajes contribuyó a la entrega de Escobar y a la solución del drama de Escobar y al desmantelamiento de gran parte del narcotráfico, que es una desgracia del país, te das cuenta de que en cierto modo cada caso, cada persona, estaba sometida a un holocausto, era una inmolación de la estaba siendo objeto cada uno de esos personajes”.
Me estrechó la mano nuevamente y me despidió. Lo dejé aún con la convicción de que pasarían otras cosas antes de llegar al último vagón de la existencia.

Después de ayer
Las canas de “Gabo” lo hacen ver anciano. Ya han pasado la imagen del ojo morado, los abrazos con Fidel Castro, la entrevista aérea a Hugo Chávez, que tanto amargó al venezolano de Sabaneta de Barinas. Han pasado muchas cosas, la celebración de la caída del Muro de Berlín, parecido al de los Lamentos, sólo que era demasiado terrenal.
Hoy, cuando el mundo es casi cuadrado, “Gabo” sigue siendo noticia. Su Memoria de mis putas tristes pasó casi inadvertido. Su Vivir para contarla se quedó en un capítulo de Cien años de soledad. García Márquez es noticia por su muy ficcionada existencia diaria. Pero lo que más ha sonado en las vísceras del autor de La hojarasca ha sido la biografía “tolerada” por él mismo y diseñada por el británico Gerald Martín. Ella ha generado reacciones contra el biógrafo y contra el biografiado. Así, Gabriel García Márquez. Una vida ha abierto una herida que no termina de cerrarse: la relación del Nobel con el poder, su fascinación por un hombre que lleva 50 años al frente de un desprestigio: Fidel Castro.
Para llegar a esta amargura personal, nos topamos con Enrique Krauze, el ensayista mexicano que ha sacudido también las entrañas del presidente Chávez con el libro El poder y el delirio.

“Una vida”, varias vidas: la fascinación por el poder
“Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel también”, escribe Enrique Krauze en reciente artículo que revisa las páginas de Martin, donde García Márquez coloca a su abuelo como figura principal, emblema del poder que impulsaría al novelista a no despegarse de Castro. Más adelante Krauze escribe:
“En el coronel Márquez “está la semilla de sus fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor”.
Cuando nombra la palabra diccionario, el mexicano se refiere a un fragmento aparecido en Vivir para contarla, las memorias que han pasado por debajo de un puente de aguas mansas:
“Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. El niño preguntó:
“¿Cuántas palabras tiene?”.
“Todas, respondió el abuelo”.
Enrique Krauze afincado en el libro de Martín precisó:
“Si García Márquez se acerca al déspota no es para expresar o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir comprensión por un pobre diablo, viejo y solitario”. Sobran imágenes.
Y para cerrar esta “vida”, describe una costumbre que ya es tragedia:
“El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad”. Sobran imágenes, palabras y hechos.
Prevalido de esa realidad, el ensayista mexicano clava la puntilla:
“De macondo a La Habana, un milagro del realismo mágico”.

De este modo, llegamos a la conclusión de que ese tal realismo de la magia no es más que un acto de reverencia ante el poder. Verdades y mentiras de una cultura que se deshace en las manos de quien detenta la gloria de haber sido puesto en ese lugar por los abusos de una ficción que es absolutamente real.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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William Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO”

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Luis “Pito” Peralta

** Maracay lo recibió en los brazos de “Los Madrigalistas de Aragua”, de esa experiencia se llevó la alegría y el permanente orgullo de haber cantado con un coro de extraordinarias voces.

Después de varias vueltas, de una espera que nublaba la vista, logramos dar con una mesa. “Aquí hay una”, dijo una muchacha uniformada. Y nos sentamos. En el cuerpo de cada uno se agitaba un silencio lento, apacible. “Yo quiero un café”.
William Alvarado sacó de un maletín un rollo de papeles. La conversación se había iniciado ya. Sorbe el café y mira hacia la calle a través de la ventana de cristal, en una suerte de presente simple que no deja de actualizarse: afuera llueve en silencio.

-Yo nací en Barquisimeto en 1954. Pero tengo referencias e imágenes de Trujillo, de un pueblecito llamado Linares y de El Tocuyo, más que todo de Cabudare donde nos asentamos en una casona, una hacienda de café. La historia es muy parecida a esas historias comunes de este país. El doctor Julio Alvarado Silva estuvo preso cuatro años en el Castillo de Puerto Cabello, cuando Gómez. Pertenecía a la guerrilla del general Gabaldón. Luego que sale de la cárcel se va a Linares y allí conoció mamá. Se casan, se vienen a Lara, donde nacemos todos. Y todo, para ellos, comenzó en 1934”.

Aquella fotografía
Una mosca se precipita sobre el tercer montón de gente que mira a través de la araña de una lámpara. Hay una luz amarilla que se pega de las paredes de la Opera de Filadelfia. La revista está sobre la mesa. La mosca –aturdida- baja y se posa sobre la palabra “voice”, muy cerca del nombre de Luciano Pavarotti. Luego, como si no le importara el Concurso Internacional de Canto, le imprime velocidad a las alas y se deja caer sobre la nariz rosada de una niñita. La espanta y desaparece. La memoria vuelve al sitio: uno se imagina la casa donde el doctor Alvarado construyó una familia. Su hijo William ingresa al Colegio la Salle de Barquisimeto, y allí comienza la escena: el 25 de mayo de 1962, a los ocho años, actúa en público.

-Sí, por allí hay una foto que mi familia conserva con rigor. Aparezco muchachito con otros dos amigos, frente a aquellos micrófonos raros, parecidos a la cabeza de una extraterrestre. Bueno, ahí comenzó la vaina. Después me vine a Valencia. Tendría doce años cuando ingresé como tamborero a un grupo de gaitas. No teníamos instrumentos, sólo voz y tambor. Te podrás imaginar. Ya estudiando en el Liceo “Pedro Gual” ingreso, luego de cumplir los catorce, por aquello del cambio de voz, al coro del liceo.

Otra mosca: ésta tiene los ojos encendidos. Se parece a las de Monterroso. Es posible que esté borracha porque revolotea irregularmente sobre el café de William. Se despide. La perdemos de vista. La voz metálica del barítono asoma inflexiones distintas. Alude a la revista de Pavarotti. La gente que está en la portada guarda silencio, mientras la lámpara se balancea, como si fuese a caer sobre la orquesta.

-En el liceo me oyó el profesor Federico Núñez Corona, quien me invitó a cantar en el Orfeón del Ateneo de Valencia. El profesor Núñez dirigía en el liceo y también el orfeón. Luego, en una presentación en Maracay, invitado por el Coro de Ceproaragua, dirigido también por Núñez, comienzo a vincularme con esa ciudad. Ese coro primero lo dirigió Rafael Suárez. Ya yo conocía a Roberto Marín, porque Roberto cantaba en Valencia. En el año 1971 asisto al Concierto del III Aniversario de Los Madrigalistas y me quedé asombrado por su calidad, la belleza de esa agrupación. Recuerdo que ese concierto se realizó en el Teatro de la Ópera cuando éste era una ruina, totalmente abandonado. Parecía un edificio del ghetto de Varsovia. Me di cuenta de que ese coro tenía las voces más acomodadas, colocadas en el exacto lugar. Y en 1963, por insistencias de amigos, ingresé a Los Madrigalistas. Allí conocí a Isidro Moreno, Sergio García, Abner Silva, Norma Herrera, Sara Peralta y toda esa gente que eternamente ha estado en el mundo de la música.

Maracay y los viajes
En 1973, William Alvarado, siendo alumno del Liceo “Martín J. Sanabria” de Valencia, asiste al IV Concurso Voz Liceísta, que se celebró en Acarigua. Ganó y su compañera de liceo, Gisela Rojas, obtuvo otro galardón. La voz femenina ganadora ese año fue Miriam Williams. “Ese fue el año de los Williams”.

-Pero la primera cosa realmente peligrosa que hice fue mi participación en La Misa de Schubert con la Filarmónica Carabobo en 1973. Allí comienza un gusanito a decirme, a picarme, y mis estudios de bachillerato se resienten, aunque los continúo. En 1974, con la Coral Filarmónica de Aragua hacemos el Réquien de Mozart, bajo la batuta de Roberto Marín. Estuvo en el piano José Antonio Abreu. Las voces las hicimos Norma Herrera, Manuel Marín, Elvira Yajure y yo. Hicimos una gira por Maracaibo, Caracas y, finalmente, lo montamos en Maracay. Con Isabel Palacios, Norma y Manuel hicimos El Mesías de Häendel, con la Orquesta Juvenil en 1975. Después, con la Filarmónica fuimos a México y llevamos La Pasión según San Mateo, de Bach. Estuvo Juan Carlos Núñez, Federico Núñez y Roberto Marín. Fue un trabajo excitante. Un trabajo que nos llenó de experiencias, porque la música es eso, una experiencia cada vez que se trabaja.

William Alvarado toma aliento:
-En enero de 1976 llega al país, para dar unas clases el profesor Samuel Jones. Trabaja Carmina Burana. Me hace una audición. Le digo a Jones mis aspiraciones, y me pongo a buscar fondos para viajar a los Estados Unidos. Ese mismo año ya he reunido los churupos, 4 ó 5 mil bolívares, y me voy a ese país donde logro la audición. Regreso con una carta de aceptación y varias recomendaciones. Pero no tengo dinero para volver al Norte. Mis amigos de Valencia, Caracas y Maracay comienzan a realizar actividades para mi viaje y hacen una cena a beneficio en Valencia. Logran reunir diez mil bolívares. En el 77, entonces, viajo a la Universidad de Lousiana para estudiar inglés con la intención de irme a Wisconsin donde estaba Jones. En la primera recibo clases del profesor Víctor Klimash, con él aprendo mucho. Luego, el maestro Antonio Estévez, a través de los rumores de mis amigos, me llama para que trabaje en la Cantata Criolla y haga el Diablo. En Venezuela, en ese tiempo, participo con Juan Carlos Núñez en la película “Se solicita muchacha de buena presencia…”, y al fin, en agosto del 77 obtengo una beca de la universidad, pero sólo para la matrícula, de modo que lo demás debo costearlo yo. En diciembre de ese mismo año hacemos la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
En nota marginal William Alvarado confiesa que cuando tenía 15 años un amigo le prestó unos discos: “Me metí en el cuarto y puse uno en el pick up. Cerré la puerta, las ventanas y apagué la luz. La habitación se llenó de imágenes: caballos, jardines, confluencias de la sangre. Y no me di cuenta, sino un rato después, de que estaba llorando. Era la Sexta de Beethoven. Es extraño darse cuenta de que un hombre que tiene tanto tiempo fuera del mundo te haga llorar. Me sentí con él, sentado a mi lado. Y creo que los dos lloramos porque era una oscuridad donde no había el color y el olor de siempre. Allí había un color distinto. Desde ese día marqué mi destino: la música”.

De nuevo a viajar: parte del repertorio
-Luego, en el extranjero vivo en una cooperativa internacional de estudiantes, donde aprendo muchas cosas. En 1981 terminé la licenciatura en música, y ya para el 82 me vinculé con la Ópera de Caracas. También con la Escuela Federico Villena, aquí en Maracay. A través de la Fundación Neumann y del señor Valentine pude viajar a Francia en el 85, a realizar trabajos con el profesor Schuyler Hamilton.

Distintos escenarios nacionales e internacionales han tenido como protagonista a este artista venezolano, donde Mozart, Donizetti, Häendel, Haydn, Stravinsky, Bach, Menotti, Rossini, Milhaud, Bellini, Estévez, Beethoven, Ricci, Orff, Brahms y Puccini, entre otros, han sido algunos de los autores interpretados por William Alvarado. Y lo ha hecho con los distintos grupos que se han mencionado, también como solista.
Y la historia continúa.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Reencuentro con Adriano González León
LA EDAD ES UN LENGUAJE QUE RETIENE EL OLVIDO

por Alberto HERNÁNDEZ

Solo, encerrado en un cuarto, el Viejo se muere. Adriano lo escribe para anclar la memoria en recuerdos ya idos, en el parpadeo de ciertas voces que ya no están. Una novela que aún busca lectores. Una novela que se olvida en los estantes, como el anciano que escribió desde su cercana muerte.

El tiempo enmudece cuando oye:
-Un juicio es siempre defectuoso porque lo que uno juzga es el pasado-, dice entre el follaje verbal de Gran Sertón: Veredas la savia de Guimaraes Rosa. Tono de edad oculta, la imagen que consigue corporizar la desolación en una suerte de espiral que reclama otra voz, la que crece en las páginas de Viejo (Alfaguara/ Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, Colombia, 1995), novela que Adriano González León trazó casi para despedirse.
Viejo es el espejo de la muerte, la imagen que despierta la aversión, el enlace entre la conciencia y el cuerpo vencido, listo para la danse macabre.

En febrero de 1995, mes de salida al público del libro, Adriano reveló parte de la motivación de esa historia mientras repasaba las páginas de algunas publicaciones de La liebre libre:
-¿Saberse viejo no es fácil?
-No, y te respondo con el mismo comienzo de la novela: Sobre todo, porque nunca quiere saberse.
Después de esa afirmación, el autor de País portátil, entre bromas y momentos de una extraña seriedad, comentó sentir reticencia –en ese momento- para hablar del tema, pese a que “la vejez forma parte de la mirada pública y llega un momento en que no puedes ocultarla, deshacerte de ella”.
-¿Estamos condenados al olvido?
-Afortunadamente. Sí, estamos, porque la memoria se agota, se desvanece, se pierde en el silencio. Y eso es el olvido-, deja en el aire.
-Es decir, ¿nos olvidamos desde nosotros mismos?
-Hace rato citabas a Huizinga. Creo que el tiempo gotea demasiado sobre nosotros. En estos tiempos es más fácil perder la memoria, que es perder la vida, llegar al sitio donde es imposible avanzar. ¿Cómo decía Huizinga?
-En El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga escribió: “Tres temas suministran la melodía de las lamentaciones que no se dejaban de entonar sobre el término de todas las glorias terrenales. Primero, este motivo, ¿dónde han venido a parar todos aquellos que antes llenaban el mundo con su gloria? Luego, el motivo de la pavorosa consideración de la corrupción de cuanto había sido un día la belleza humana. Finalmente, el motivo de la danza de la muerte, la muerte arrebatando a los hombres de toda edad y condición”.
-¡Uff…Me siento viejo…-, eco del libro. Adriano parpadea y sonríe.

La edad es un lenguaje
La estación de Adriano es el lenguaje y con él vigoriza la memoria. La presencia de un personaje que teje una trama hacia el pasado, indica la elaboración de un espacio en el que un lenguaje muy particular también es personaje.
-Claro, afirma el escritor, si recorremos nuestras lecturas, si las revisamos, nos daremos cuenta de que hemos vivido con él, con la voz de los otros, con el lenguaje ajeno, el eco de alguien que nos habla.
-¿Tiene edad la palabra, el lenguaje?
-Tenemos edad con él. Si somos lenguaje, palabra o silencio, morimos con él. Morimos con la edad de la palabra que hemos usado.

“El héroe, hombre activo por excelencia, sólo le debe su ser al lenguaje”, confiesa Blanchot, y desde esa perspectiva, sumada al hecho de que el viejo se desdobla en el tiempo a través del “flujo de la conciencia digresiva”, nuestro autor ha construido –con la pasión característica del novelista- un canto simbólico en el que prevalece el uso de un tiempo que se detiene a veces y que se precipita no tanto hacia delante, sino hacia los lados referenciales de una evocación fragmentada, en una instantánea fractura de una historia diseminada por la imaginación, de naturaleza trágica, “elegíaca”, para decirlo con Julio Ortega.
-¿De cuánto olvido estamos hechos?
-Si hablamos así, llegaremos a pensar que la acumulación de datos, la cultura, es un vacío, el olvido que esperamos, la muerte. Somos la suma de todas esas muertes.
La edad habla, la vejez es un habla cuya particularidad radica en un tono más espiritual que físico, atado a una conciencia recurrente, a veces designada por los tropiezos de un extenso paseo por los recuerdos.
-Como lector, creo entender ese largo “olvido” del viejo al regresar a los lugares e imágenes borrosas, inseguras de unas anotaciones cuyos límites están en la tensión lograda, precisamente, por el tono de despedida que rezuma la coherencia de ese cuaderno nuclear. El viejo escribe, mejor, se escribe para sobrevivir a su propia historia-, afirmo.
-No, escribe para morirse -, dice Adriano.

Los dos espacios
“Siempre de regreso en los caminos del tiempo, no adelantaremos ni atrasaremos: tarde es temprano, cerca lejos”, repite Blanchot, y en este intento del narrador venezolano por deshacerse de la coherencia rítmica del tiempo, está el paisaje de la insuficiencia, del fracaso, de la indolencia, de la desolación.
-Para crear el mundo debo dividirlo. Para fundar las imágenes del tiempo debo confrontarlas, recurrir al espejo donde la palabra se corporiza, se mueve-, musita Adriano.

La ficción repite la imagen. Dentro de ella, en ese vientre ajeno, un relato engendra otro relato. Memoria migratoria que revela el momento en que la palabra se detiene. Hay un lugar, costura que conjuga las vueltas del tiempo, donde el narrador reconoce la eternidad: la muerte, esa cotidianidad del vacío, del silencio total, de la descarnadura, de la palabra ausente.
¿Quién traduce el viaje hacia el pasado? ¿Es la nostalgia la última apreciación, el intento por alejarse del cuerpo y hacer de la conciencia el remedio para el olvido? ¿O acaso el miedo atávico es la meta del desaliento?
Entre el olvido y los dolores físicos se debate esta historia que Adriano González León construyó con el tiempo, con su tiempo, y con los deslizamientos de la evocación.
Un allá, un acá. El acá es la decadencia, la advertencia que “De pronto se me vinieron los pasos…”, en el vuelo de las aves, en los espíritus emplumados que conquistaron el cielo para alejarse de la tierra, para dejar de ser cuerpo físico y acercarse a Dios.
Dos miradas en el tiempo: una finita, otra eterna, la más precaria es la entonación de un texto inconcluso, prefigurado por un discurso que es el testimonio de un hombre acabado, paideia del desencanto, de la transmigración: el texto fragmentado de esta novela de Adriano da la idea de un espacio donde todo puede ser posible, hasta la muerte.
-Me quedo con lo que dijo Huizinga-, remata el novelista.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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LA NOCHE DE VICENTE

por Alberto HERNÁNDEZ

 
1.-
Aquí comienza la noche.

Una lámpara vacía de luz determina los pasos de Vicente Gerbasi
en el destino de su padre
barco anclado en Canoabo.

Aquí comienza la noche a desvestirse.

Aquí la noche inventa sus poemas.
A darse selva eterna en los cuidos finiseculares

en los tiempos
y piedras gastadas por todos los caminos andados.

El hombre siempre solo, con su mirada suya
en el largo sueño metafísico:
Vicente toma el paraguas y bajo el sol conquista
los relámpagos
anida gavilanes en sus ojos perdidos.
Lamenta con cuidado la orilla de su río.

La noche ha comenzado y será la más larga.

 
2.-
Consuelo Orta, ¿dónde estás?
Tienes visita.
Ahí llega un caballero que viene de muy lejos.
                                                            Agotado

Viene lleno de brisas,
el pelo alborotado y con el amor fuera de todas
sus edades.

Consuelo Orta, ha llegado Vicente.

Ya Caracas no es aquel día.
Aquel que con Eduardo, Natalia, Vicente, Consuelo, el yerno nórdico
y todos los pájaros atentos en las ventanas
aprovechando helechos
rosas y frescos de palabras.
Oyendo el poema y las zarandas que los niños
pequeños leían en los ojos del poeta
aquel día como a las seis de la tarde.

Y Consuelo, alarmada y feliz, sentada a mi lado
con su mano generosa puesta en uno de mis hombros
y la tarde moría en el amarillo inocente
de los primeros sorbos.

 
3.-
Aquí está la noche, cansada.

Aquí, Vicente Gerbasi, silbando unos poemas.
El río Capa en sus ojos y un leopardo cercano espera la caricia.
A la puerta de la casa
en la bodega
la vela de aquel santo y el padre con la Biblia y los clásicos rusos.

Los caballos salpican las calles de viejos fuegos fatuos
el gallo pierde el tono en medio de las sombras.

Vicente pide agua y lo llevan al pan donde el padre señala
la luz de la ventana: el paisaje se abre y señala los signos
de las bestias perdidas.

Aquí está en la noche, sin camisa.

Las cajas, quesos, papelones, ratones filosóficos y granos merecidos
para la boca diestra. El muchacho desteje la mazorca
y sienta su perfil en la sombra recién llegada.

La noche hace silencio y vuelve lentamente a la página
que el padre marca para otra lectura.

La noche pierde el tino.

 
4.-
La casa de Vicente revisa sus retratos
carteles, platillos de adornos, sillas y canciones
las raciones del mimbre.

La naturaleza muerta de un busto.

Las botellas regresan triunfales al balcón donde la noche nueva
la de ahora
cae suavemente sobre una ebriedad develada por el silencio.

Por el poema suelto, alocado.

Vicente lee con voz de piedra y mira hacia la calle
donde la madrugada comienza a contar sus horas.

Ha llegado el momento de borrar el río.
Entonces caminamos hacia la puerta.

Consuelo lleva mi cintura en su brazo.
Vicente avanza y deja en mi mejilla el beso para siempre.

La puerta se cierra y volvemos a un mundo
que no nos pertenece.

Es otra la noche.

Enero de 1993.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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