Categoría: Crónicas del Olvido
Huayra: La transparencia
(Viaje de Freddy Hernández Álvarez en una novela con Armando Reverón)
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-

Un mar verbal dilata la mirada de quien narra a través de una máscara de carnaval, de héroe de lucha libre, mientras en el Castillete la luz se difumina en el silencio de Armando Reverón.
Juanita aguarda –detenida en el tiempo, suspendida en el aire- el último relámpago de las manos del loco de Macuto. Por ese tejido frecuenta Freddy Hernández Álvarez, quien con Huayra: la transparencia regresa al pintor, constante en sus afanes como narrador de largo aliento y de porfiado navegar por las aguas de su costa natal.
Publicada por la editorial En Ancas, esta novela de Hernández Álvarez obtuvo el Primer Premio de Narrativa de la VIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre” y fue finalista del Premio Planeta “Miguel Otero Silva”.
Lamentablemente, la difusión y la crítica en nuestro país son demasiado mezquinas y displicentes. Sin embargo, el silencio en que la han mantenido enriquece su vigencia, la coloca en el sitio de las buenas y extrañas novelas dedicadas al país.
El narrador, que se desdobla en muchos personajes y multiplica en el tiempo, recorre el territorio de una nación desleída, un imaginario en el que la costa se funda desde un nombre de profunda sangre indígena, y en el que mora la luz de quien fragua la transparencia plástica.
2.-
“Juanita me dice: “Una rosa tan roja, tan roja como la sangre, tan rojo como el amor de Armando Reverón”, y se acercan desde El Playón Armando y César y yo le digo a Juanita que los dejemos solos, tienen mucha luz que decirse, que eso de hablar de la luz es muy serio. Ese sueño del globo azul fue vespertino, hay otros sueños tan azules, quizás más brillantes, los de la ciudad nocturna, los azules infinitos del neón. Es otra ciudad y también aprendemos a soñarla”.
En este segmento podría estar el centro de la novela de Freddy Hernández Álvarez. El sueño, una realidad que cuestiona el olvido, fecunda las acciones que el narrador usa como justificación para mostrarnos la pequeña arcadia a la orilla del Caribe: En el sueño, invadido por una intensa luz, los actantes de la historia de un territorio visible: Armando Reverón, César Rengifo, Juanita y las múltiples voces o personajes que estructuran este trabajo del escritor guaireño radicado en Puerto la Cruz.
El discurso de un país por donde vemos pasar el poder en la figura de Presidentes que discurren por las páginas como manchas, como simples susurros, como un eco ininteligible, y dejan un momento estático, rodeado por la efervescencia lúdica del niño que frecuenta las acciones. Relata el narrador sus andanzas por Macuto, el niño que aprende de un loco, que entra y sale de la mirada extraviada del barbudo. El niño -¿será el mismo Freddy?- que sube al techo del Castillete, juega con el mono y con las muñecas y se imagina el mar en los colores de Reverón. Prevalido de una rica historia, el autor juega con el tiempo, con su tiempo, lo traspone, carnavaliza eventos, los desubica: en esta pertinencia metaficcional Freddy Hernández Álvarez revisa la magia doméstica de una voz ajena que se inserta en los acontecimientos colaterales de un espacio histórico que lo atrapa, lo obsesiona, lo remueve y lo extrema.
3.-
A esta novela se entra y se sale por el mar. El personaje crece en la medida en que el tiempo hace su labor. La Caracas de los años 50, la de los techos rojos dibujados por la prosa de Enrique Bernardo Núñez, relata sus avatares, sumerge a los personajes en el fárrago de una ciudad festiva, aturdida por los primeros brotes de la violencia urbana.
Las referencias a la realidad de la época fortalecen el contenido de esta obra: Enrique Bernardo Núñez se revela en la transparencia de Reverón, y Guillermo Meneses es circundado por los hallazgos de su propio imaginario: la Balandra Isabel se libra del silencio, vacía la tripulación en los burdeles de aquella vieja Guaira donde una mano toca los muros de la sombra, el azul escondido en los placeres de la nocturnidad inundada por el salitre y el olor a pescado. Muchas son las historias que navegan en esta excelente novela de Freddy Hernández Álvarez, cuya armazón es una sola voz multiplicada.
Coda: Hace poco se marchó el pariente, como él mismo me saludaba, por aquello de venir del mismo apellido, como hacíamos con Montejo. El hígado de Freddy, su templo de la bohemia, sucumbió, como el de Orlando, como el cerebro de Pepe Barroeta, como las entrañas de Eugenio. Una muerte que se nos anota en el alma, porque en este país de olvidos y desdenes el amor por los amigos, sobre todo por los poetas, se ha convertido en una navaja silenciosamente amolada.
La muerte de mi pariente Freddy es también una forma de silenciar las horas. De cavilar frente al mar de su eternidad.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Lugar común la muerte
por Alberto HERNÁNDEZnumerosa que al principio pareció intolerable y que luego fue
aceptada con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos.
Tomás Eloy Martínez.
1.-
El momento antes de la muerte. El ahogo o los días de agonía, los de saberse en la puerta de las sombras o a la entrada del dolor más terrible. Este es un libro de muchas muertes que, como afirma su autor, fue escrito “para vivir un día o una semana, y perecer por olvido”. Pero no fue así, Tomás Eloy Martínez acaba de morir bien lejos del olvido, vengado por su talento, por los lectores y por los miles de difuntos que aún doblan campanas por quienes los llevaron a la fosa común de la intolerancia. O aquellos que sucumbieron en sus camas en medio de reflexiones y punzadas en la carne.
Y aunque no se trataba de su olvido, los muertos que escribió, los que sacó de la fiebre para hablarles, gozan de buena salud. O de señalamientos por haber sido parte de infamias terrenales. En el libro que recogemos del polvo están vivos, atenuados por los días, pero vivos, a pesar de algunos haber sido fabricantes de muertos.
Lugar común la muerte, Monte Ávila Editores, Caracas, 1979, respira a un costado del silencio de Tomás Eloy. Trazado metódicamente, su autor recorrió ciudades, pueblos, habitaciones, patios, estancias llenas de susurros…Tomás Eloy Martínez entrevistó, consultó páginas, lápidas, ecos y voces petrificadas. Se trata de un compendio de muertes donde entraron José Antonio Ramos Sucre, un Vicente Gerbasi biografiado desde la memoria; un Guillermo Meneses ubicado en otro lugar; Saint- John Perse, Martin Buber, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Juan Manuel Rosas, Juan Domingo Perón, así como eventos que promueven la destrucción humana como la bomba atómica y los testimonios de la gente de La Pastora sobre vivos y muertos. Y La Rubiera, aquel espanto en los ojos de los cuivas asesinados en el hato que aún se nombra en Guárico y Apure. Eso es este libro, que con el pasar de los años ha crecido en historias y páginas. La edición de Monte Ávila nos trajo hasta estos que hoy releemos para recordar a un hombre que legó talento y profesionalismo a un pueblo que aún se debate entre tantos lugares comunes, entre ellos el de la muerte cotidiana, la que se para en una esquina y silba el momento de su llegada.
2.-
Estos “humores de la escritura” llegaron a nuestras manos el mismo mes de su publicación en Monte Ávila. Estaba aún Tomás Eloy en El Diario de Caracas, y aquí en Maracay la vida casi apacible se transformaba en crisis. Luego hubo otra lectura, menos creciente, más de sencillez por las líneas que ciegan: ya en los ochenta la muerte despegaba para instalarse como reina de bastos en el corazón de una nación que no sabía qué destino le esperaba a la vuelta de esa esquina vigilada. Y así fue.
Tomás Eloy Martínez entró en la vida y la muerte de Ramos Sucre. Buceó en sus secretos, en la angustia de un insomne que “Desde hacía seis meses vagaba de sanatorio en sanatorio…”. Era una enfermedad “de una tenacidad inverosímil”, como le escribiera a un amigo. Fueron días, semanas de viajes y clínicas, de paisajes y un cuadro permanente a través de la ventana del Consulado en Ginebra. Hasta que el frasco de veneno fue vertido en su garganta. La muerte andaba de puntillas. El poeta de Cumaná venció el insomnio para entrar definitivamente en el sueño definitivo.
3.-
“…hace quince días yo iba en busca de un hombre que estaba por morir”, escribe Tomás Eloy Martínez para iniciar el texto “Saint-John Perse desaparece”, que fue enriquecido años después a través de una entrevista con el poeta de Anábasis y Pájaros, que se llevó a cabo a instancias de Gloria Alcorta. Antes, para alcanzarlo antes de la muerte, Martínez tuvo que viajar al pueblo de Hyéres en la península de Giens. En un salto de la memoria el autor recordó la presencia de Perse en Buenos Aires, al lado de Silvina Ocampo, en el Festival de Cine de 1960. Lo describe silencioso, aún joven, de bigote negro y calva avanzada. Tomás Eloy lo oye: “Perse hablaba obsesivamente del mar aquella tarde: de la furia y de la fiebre con que el Atlántico castigaba la costa, y de las horas que había pasado contemplándolo…”. El viaje a la casa de Perse fue accidentado, pero dio con ella. La puerta de la casa la abrió la esposa, ama de llaves y mujer pendiente del más mínimo detalle y de los llamados de un hombre enfermo. Martínez se sentó frente a él: “El cuerpo se le batía en retirada”. Era, como afirma, un hombre que se apagaba. Crónica que despeja los últimos días de un hombre, como los de muchos que viajaron por este libro y se hicieron mito y realidad.
4.-
Lugar común la muerte es el destino más humano que recuerde, luego de lecturas y muertes cercanas. Cada página de este libro se tropieza con una agonía distinta. La agonía de esperar el viaje definitivo. Como el de Juan Domingo Perón vigilado por López Rega, el brujo del dictador argentino y de la tragedia de ese país. El eclipse más oscuro de Macedonio Fernández. Los pataleos de Rosas. Cada muerte o agonía es un relevo, un cambio de clima interior. Tomás Eloy Martínez supo tocar la herida abierta del moribundo, desde lejos y desde cerca. Desde la mirada atenuada y desde la tentación de recoger las palabras que los personajes se llevaron a la tumba.
Un largo poema que desviste el instante en que las pupilas se contraen. Y así el corazón del lector, las manos tiemblan porque la muerte es tan individual que perfila el rostro y avisa en los dedos renegridos por la ausencia de circulación. Pero –sobre todo- porque quien la ve está en ella.
Nota bene: Tomás Eloy Martínez vivió la muerte tan cerca cuando fue atropellada Susana Rotker. Él le vio los ojos, se vio los ojos, se vio en la eternidad, como ahora, donde se encuentre.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Ginsberg: Una voz en la tierra
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:
When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.
Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on the land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.
2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.
3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”
4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.
Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.










ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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