Categoría: Roberto J. Lovera de Sola
Leer a Proust
por Roberto J. LOVERA DE SOLA(Apostilla para Eduardo Casanova)

En verdad a mi, mi querido Eduardo, también me pasó igual a ti. Leer La búsqueda del tiempo perdido fue para mi ocupación de mucho tiempo, llena de dificultades, tantas como es densa y a veces árida esta novela impar. Mis primeros intentos por leerla, porque era para mi imposible pasármela como estudiante de Letras en mi primer intento, como estudioso de la literatura y como crítico literario sin leer La búsqueda… la obra esencial de uno de los cuatro grandes escritores del siglo XX. Los otros son Franz Kafka, James Joyce y William Faulkner. Y muy posiblemente, como el quinto, Thomas Mann por La montaña mágica y La muerte en Venecia. Siguiendo la enumeración creemos que las obras a leer de cada uno son La metamorfosis, El castillo y El proceso en el caso del checo; el Ulises del dublinés y Absalón, Absalón del sureño norteamericao, sólo que en su caso es siempre difícil escoger un solo libro porque Santuario, Mientras agonizo y El sonido y la furia son ejemplares y porque todo el conjunto de su hacer es todo un universo, un mundo, como aquel condado imaginario por él inventado en donde transcurren sus ficciones. Pero Proust los encabeza a todos.
Como fue tu caso mi primer intento de lectura de la novela de Proust resultó frustrado por las dificultades ante las que me encontré, fue hecho en 1970, me recuerdo sentado en la sala de actos de la Asociación Venezolana de Escritores, en donde trabajaba, batallando cada mañana un rato con el primer tomo. Pero en aquel momento leer La búsqueda… no pudo ser posible como tampoco logró serlo en cada uno de los intentos hechos a través del tiempo. Lo yermo de La búsqueda… me detenía, pese a tener al lado devoradores de libros como mi amiga la escritora Lidia Rebrij que había leído La búsqueda… con fruición pese a confesarme siempre que la dificultades estaban en la sequedad de los muy largos pasajes de la novela. Podía sucederle al lector, como a mi me pasó, leer doscientas páginas seguidas y encontrar que los personajes seguían aun conversando en el mismo rincón de la sala en donde estaban al comienzo de esa parte del volumen que teníamos en nuestras manos.
Pero tenía que leer La búsqueda… integra. Hice varios intentos y no lograba finalizar el primer tomo. Vi una película francesa, por cierto muy mala, sobre los amores Swam, para tratar de estimularme y no logré nada. A la salida del cine me encontré con otra amiga, fascinada siempre por Proust, la poeta Yolanda Pantin. Fue entonces, cuando ya pasaba el año 2000 cuando tracé la estrategia que me llevó a la lectura completa de La búsqueda… Esta es la confidencia que te hago en esta cuartilla. Quizá sirva para alentar y estimular a futuros lectores de los siete tomos que tiene este libro sin igual.
Fue así como en 2002 decidí una estrategia: leería cada año un tomo hasta lograr terminar todo el ciclo, los leería sin preocuparme cuanto tiempo me llevaría hacerlo. De hecho costó varios años. Pero además todo formaba parte de un plan: cada día leería durante una hora, con un reloj enfrente de mi sillón de lectura, ello me permitiría, y así fue, poder enfrentarme a las dificultades. De hecho la estrategia de leer una hora cada día ciertos libros muy difíciles ya la había puesto en práctica antes. Fue ella la que me permitió leer libros tercos de entregarse a los lectores. Lo había hecho antes con Paradiso de José Lezama Lima, que tenía décadas tratando de entrarle, incluso con el Fausto de Goethe o el Ulises de Joyce para el cual conté con las magníficas traducciones del español José María Valverde, cuyas versiones son siempre impecables, tanto como aquellas que de las lenguas latinas que ha hecho el también español Angel Crespo al verter a Petrarca, a Pessoa y a ese milagro de la lengua que es el Gran Serton: veredas del brazileño Joao Guiamraes Rosa.
Así lo hice con Proust a partir del 12 de febrero de 2002, le fecha está escrita sobre el volumen utilizado. A ello me ayudó en parte la nueva traducción de la obra de Proust, A la búsqueda del tiempo perdido, del erudito proustiano hispano Mauro Armiño. En el primer están Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, fue hecha traduciendo de nuevo La búsqueda… pero no desde la ediciones de Gallimard como siempre se había realizado sino desde los originales manuscritos de Proust los cuales por suerte había adquirido la Biblioteca Nacional de París. Además la traducción de Armiño es una edición anotada cuidadosamente y tiene diversos añadidos, en el tomo primero, el único que hemos logrado encontrar en Caracas, que ayudan a la mejor comprensión de La búsqueda… Para el resto de los tomos utilicé la edición de Alianza Editorial (1966-1969), cuatro de cuyos volúmenes, del cuatro a siete, fueron vertidos al castellano por la impecable Consuelo Berges, gran conocedora y traductora de las eminencias de las letras galas como Stendhal. Así fue que lo pude hacer.
Así durante tres años, con calma, pausadamente, sin apuros, pude leer toda La búsqueda… Llegué al tomo siete, el último, el 6 de febrero de 2005. Cuando leí la última línea de este volumen no sólo respiré hondo por el logro sino que me sentí alegre: había leído toda La búsqueda… Inmediatamente me senté en el computador y envié un e-mail a todos mis amigos y amigas contándole la hazaña cumplida, porque intelectualmente lo era. Es una forma de graduarse de lector. Así fue mi queridísimo Eduardo.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Simpatía y afecto por Bolívar
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Mucho se ha criticado, con razón, las exageraciones que sobre la figura del Libertador han hecho algunos historiadores y escritores de historia, quienes han suplido la falta de documentación por una serie de adjetivos y de elogios sin justificación. Pero además del “culto a Bolívar” practicado por el Estado venezolano como una política, algo estudiado con pormenor, muy acuciosamente, por Germán Carrera Damas (El culto a Bolívar, 1969), Luis Castro Leiva (De la patria boba a la teología bolivariana, 1991), Elías Pino Iturrieta (El divino Bolívar, 2003) y Manuel Caballero (Por qué no soy bolivariano, 2006) hay también los verdaderos estudiosos de Bolívar, lo que lo examinan como una figura histórica, a veces en la soledad del trabajo del escritor sedentario conmoviéndose, con un ser que nació un día y murió otro cuarenta y siete años más tarde, cuyos rasgos vitales y sus ideas estudian. Hay también aquellos que han dedicado mucho tiempo de su labor intelectual a reunir los documentos de Bolívar que son los que nos permiten analizar su figura y comprender su trascendencia en la historia latinoamericana, en la memoria de Venezuela, incluso en su época, en las reacciones que en los Estados Unidos y en la Europa de su tiempo produjo su personalidad y acción, a veces en los documentos secretos de las cancillerías. Estos documentalistas, historiadores o biógrafos nos permiten penetrar en el personaje. Muchos de ellos han sido muy criticados por la emoción que tal estudio les da, por el afecto que el análisis de aquella vida despierta en ellos. Se cumple en ellos, muchas veces, el apotegma de Augusto Mijares “Exigir de un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (El Libertador, ed. 1964, p.1). Diremos en defensa de ellos que es imposible no entusiasmarse con el estudio de una vida llena de brillantes aristas, de un escritor político como el Libertador, quien llega hondamente con las palabras de sus documentos y sobre todo por los renglones de sus cartas hasta nosotros, especialmente por ser un personaje del romanticismo, cuando esta escuela no era aun un movimiento totalmente literario, como lo fue a partir de 1827 y sobre todo desde 1830, gracias en ambos casos a Víctor Hugo. Pero Bolívar fue un romántico de actitudes. Y ello se comunica desde la lectura de sus papeles a los estudiosos que hagan su análisis basados en buenos fundamentos. Y además es imposible pedir que no haya alguna forma de emoción, como la “aflicción”, como lo acotó el doctor Joaquín Gabaldón Márquez al leer uno de los capítulos de El Culto a Bolívar de Carrera Damas. Su opinión está impresa como epígrafe de ese angular libro (ed. 1973, p.7). Pero también hay que decir algo más: a los escritores, y esto es válido para los historiadores también, hay temas que los eligen a ellos, temas que por alguna honda razón autobiográfica no los escogen ellos. Esto sucede a muchos de los autores de los diversos libros sobre los mil temas que han tratado los grandes escritores, para nosotros, gente del mundo occidental, desde la literatura griega hasta el último volumen reciente que apenas desde hace pocos días se exhibe en las librerías. A veces a sus autores les es difícil explicar por qué los escribieron, que los empujó a tratar sus temas. Esto es válido tanto para la ficción como para los ensayos, los tratados y la crítica literaria. Y también para las obras de historia. Y por ello también el mucho estudiar un tema por el cual sentimos inclinación lleva a los escritores a amar, una emoción muy grande, las muchas fuentes que debe examinar para poderlos escribir, los cientos de libros que debe leer para hacerlo, cosa que a veces les lleva muchos años. Así el afecto por el tema o el interés por el personaje elegido surgen al unísono, son como el afecto por un amigo o el amor por una mujer sostenido a lo largo de mucho tiempo, de una vida.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Semblanza de un editor: Leonardo Milla
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Leonardo Milla (1941-2008) nos ha dejado. Pero su legado de editor, distribuidor de libros y librero permanecerá entre nosotros. Fue uno de los tres de la dinastía de editores de su apellido porque ahora lo seguirá su hijo Ulises Milla Lacurcia. El fue el segundo. Los encabezó su papá don Benito Milla Navarro (1918-1987), fundador entre nosotros primero de Monte Avila Editores (1968), más tarde de “Tiempo Nuevo” (1971) y de “Alfadil” (ahora Alfa) y director de Laia en Barcelona, desde 1980 hasta su deceso. Alfa fue el nombre de la editorial montevideana en donde se engendró todo (1958).
Leonardo Milla cuyas acciones por el libro deseamos repasar aquí también fue poeta, sólo llegó a imprimir el volumen Vivo entre nosotros (Montevideo: Alfa, 1963.45 p.) aunque alguna vez en una página literaria nuestra se insertó un poema suyo (“Metro, París 1943”, El Nacional, Papel Literario: enero 19, 1992). Pero al parecer gustó del silencio con la palabra y de la lectura íntima de las obras que amaba porque también fue un lector particular, gozador constante de toda literatura y en especial de las novelas policiales. Y, claro, leía todos los manuscritos que se presentaban a su editorial, incluso antes de enviarlo al “Comité de lectura” que toda editorial posee desde que Gastón Gallimard (1881-1975) fundó (1921) el de su legendaria editorial parisiense (Pierre Assouline: Gastón Gallimard, ed.1987, p., 108-110).
Como distribuidor de libros es muy grande lo que nuestros lectores le deben: hay numerosos y magníficos libros que si él no los hubiera importado, como representante entre nosotros de las más selectas editoriales españolas y del Cono Sur, no hubiéramos podido leer. Y seríamos culturalmente truncos, chucutos.
Y para poner a circular mejor esos libros creó sus magníficas cuatro librerías en Caracas y la de Mérida. Estas no sólo se caracterizan por tener libros de primera sino en ser sus locales bellamente diseñados y organizados.
Y como editor fueron muy amplias sus tareas. Hay que ver lo que significa en este momento todo lo editado en las últimas dos décadas por “Alfadil” y “Alfa”. Así fueron muy bien miradas las transformaciones económicas que se vivieron entre nosotros desde los años setenta, desde la subida de los precios del petróleo (1973) y el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), cuando se inició además la gran corrupción que todavía nos sacude. Fue allí cuando se formaron varias grandes fortunas, esto lo registró Juan Carlos Zapata en Los midas del valle, editado por Alfadil. La locura dolarista y la gran crisis ética que arrasó con la democracia creció en la segunda administración de Pérez (1989-1993) cuyos inmensos errores fueron a dar a la gran crisis bancaria de 1994, donde aquellos inmensos peculios desaparecieron, para entenderlo Leonardo Milla editó entonces Los ricos bobos de Juan Carlos Zapata. En ese momento sólo lograron sobrevivir los grupos Cisneros y Polar, quizá los únicos que actuaron con prudencia.
Y la Venezuela que entró en crisis desde el 4 de febrero de 1992 no podría entenderse con seriedad y serenidad sin los libros que con talento y sus buenos ojos de editor hizo imprimir Leonardo Milla. Estos autores están en este momento en la vanguardia del examen de nuestra historia, pensamiento y política. Y llegaran al futuro, a los analistas del mañana. Es imposible dejar de lado obras como Dos izquierdas y El socialismo irreal de Teodoro Petkoff, Del Viernes negro al Referendo revocatorio de la ideóloga del chavismo Margarita López Maya, mujer de análisis penetrantes y agudos, la única entre su gente que le ha dicho la verdad a Hugo Chávez en su presencia, ante su propia cara y desde la atalaya de la televisión lo cual le permitió a la multitud seguirla en su peroración. Recordamos el orgullo que como editor sintió Leonardo Milla por haber editado el libro de Margarita López Maya, así nos lo confió.
Hay que registrar también el penetrante volumen escrito al alimón por dos antiguos comunistas quienes han sabido comprender la realidad de su tiempo, sus evoluciones, cambios y mutaciones. Nos referimos al de Freddy Muñoz y Américo Martin: Socialismo del siglo XXI: ¿huida en el laberinto?, central como análisis de ideas en su primera parte y como refutación de las teorías de Heinz Dieterich expuestas en Hugo Chávez y el socialismo del siglo XXI. Y en la segunda parte, de Martín, el examen del significado de la reforma constitucional propuesta por el Comandante para el referendo del 2 de diciembre de 2007: ampliamente rechazada por el voto generalizado de la población que es democrática. Lo es no sólo desde el 14 de febrero de 1936 sino desde el 18 de agosto de 1863.
Por cierto que al mismo Dieterich hay también que refutarle el libro Patriota y amante de Usted, relativo a Manuelieta Saenz, editado bajo su cuidado en México, al calor del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, por constituir la más grande falsificación de documentos históricos y creación de papeles apócrifos de los cuales se tenga constancia entre nosotros.
Y la historia de Venezuela nunca estuvo lejana a Leonardo Milla. Toda la serie de libros de Manuel Caballero publicados por él dan fe de ello. Sobresalen Gómez, el tirano liberal, Rómulo Betancourt, político de nación, Las crisis en la Venezuela contemporánea y ahora La peste militar. Y no sólo esos porque los libros de este historiador son siempre buenos. Y los de Elías Pino Iturrieta, entre los que sobresale ahora Nada sino un hombre, en donde no se cita en ningún momento a Chávez, como no nombró a Gómez Laureano Vallenilla Lanz en su Cesarismo democrático, pero cuya sombra está presente a lo largo de su análisis sobre el caudillismo que realiza Pino porque Hugo Chávez es un neocaudillo.
Volviendo a Leonardo Milla también nuestra literatura fue acogida y comprendida por él. En sus colecciones no sólo están varios de nuestros mejores narradores, dramaturgos y críticos literarios sino que él mismo comprendió las cualidades creadoras de la actual nueva generación. De hecho la antología De la urbe al orbe compilada por Ana Teresa Torres y Héctor Torres fue el primer registro de este pléyade de nuevos creadores. Y en algunos casos está ya impresas sus primeros hondos libros.
Decía mi amigo el cardenal José Humberto Quintero (1902-1984) que hablar de si mismo sólo era pecado venial. Y lo decimos al hacer memoria de nuestra colaboración constante con Leonardo Milla en la conformación de varios de sus proyectos que se iniciaron cuando se inició “Alfadil”, en los años ochenta. Para la colección “Ameritextos” preparamos y prologamos ediciones de Ifigenia, Memorias de mamá Blanca, Peonía y Venezuela heroica; después los Pensamientos del Libertador y Pensamientos de Andrés Bello; más tarde la antología Eróticos, erotómanos y otras especies, el título se lo puso el propio Leonardo Milla. Sigue siendo única entre nosotros. Y además hay que añadir que entre sus labores se contó esta: fue el único editor que tuvimos de textos eróticos, creador del premio “Letra erecta”.
Y siempre, por llamado suyo, le sugerimos obras que considerábamos debían ser editadas, incluso se han quedado los dos últimos proyectos por presentar, lo pusimos en contacto con autores cuyos volúmenes deseaba incorporar al catálogo de su editorial o cuidamos ediciones cuando nos las confió. En fin fueron décadas de trabajo por el libro y por los escritores venezolanos que él siempre encabezó. Y celebró los triunfos de sus autores en el exterior: de Denzil Romero al ganar con La esposa del doctor Thorne, nuestra mayor novela erótica, el galardón de la serie “La sonrisa vertical”, de Tusquets, en Barcelona. Eso mismo sucedió con Alberto Barrera al obtener el “Herralde” de la editorial “Anagrama” con su novela, de la cual obtuvo Leonardo Milla los derechos para su edición caraqueña.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
La otra Isla
por Roberto J. LOVERA DE SOLA“Fue mi primera visión de lo que me parecía que debía ser la vida más privilegiada, la del escritor: una vida de curiosidad y energía sin fin e incontables entusiasmos”.
Susan Sontag: Cuestión de énfasis, ed.2007, p.285
Una bella novela es La otra isla. (2ª.ed. Caracas: Todtmann,2006. 258 p.) de Francisco Suniaga (1954), impresa por vez primera en el 2005 y de la cual se edita en estos días su quinta edición. Su autor esperó su madurez para publicar. Y los lectores le han respondido: son escasas las primeras novelas nuestras que alcanzan rápidamente varias reimpresiones sucesivas. Y este escritor lo ha logrado. Es tan bien acabado libro como lo son ahora en nuestras letras, en el mismo año de la publicación de la suya, Nocturama de Ana Teresa Torres y La enfermedad de Alberto Barrera porque si es verdad que La otra isla si bien se imprimió hacia fines de 2005 no llegó a circular y ser leída sino meses más tarde, ya en el 2006 en el cual fueron publicadas también las otras dos novelas citadas.
La otra isla es una novela que a diferencia a la mayoría de las que se escriben entre nosotros no sucede en Caracas sino en la isla de Margarita. Esto le concede, pese a los muchos dones que la alumbran, una singularidad de la cual goza el lector como ha sentido placer, nos ha pasado a miles de venezolanos, cuando nos encontramos en esa ínsula, paseamos por frente a su mar u observamos una de esas bellos atardeceres como los que se pueden ver en Pampatar. Crepúsculos tan distintos y tan hermosos, pero muy diferentes, a los de Barquisimeto. Y con personajes que el turismo trae a la isla, alemanes sobre todo, o a esos margariteños con su bello hablar coloquial, “en el alegre tropel de sus voces y sus risas” (p.9): todo esto está en esta ficción. Y mucho más.
Margarita es para el narrador de esta historia un lugar inventado por un ser sobrenatural, ”Debió tratarse de una deidad caribeña que, arrebatada por algún delirio tropical de los tiempos cuando el arte no existía, compuso un paraje hermosamente absurdo: el mar, el cielo y hasta el olor del aire, azules” (p.7). Es aquí donde está “una playa extensa salpicada de sargazos tostados por el sol” (p.7).
Pero junto a ello el fabulador quiere ver el otro lado de la ínsula: ”era un individuo que vivía prestado en una isla caribeña de clima benigno y personas amables pero, adosada a ella, había otra realidad, otra isla donde la violencia era una savia que alimentaba lo cotidiano y se movía oculta bajo la aparente docilidad de la naturaleza y bondad de la gente. La otra isla que se presagiaba en el desafuero de los amaneceres, en la luz blanca del sol atroz de los mediodías y en la luz roja del sol colérico que en las tardes se resiste a desaparecer e incendia el cielo antes de morir. La isla de la violencia, la de la lluvia que inunda, el estío que seca y reseca la tierra, el viento que postra a los árboles y las olas del mar que baten contra la costa como una fiera celosa… Esa otra isla violenta estaba allí, yuxtapuesta, y era imposible no sucumbir a sus designios. Los gallos de pelea no eran sino una concreción noble e inocente de una violencia que era como Dios, estaba en todos los rincones” (p.174-175). En esta larga y bella cita, escrita en esplendora prosa, no sólo está la razón del título y del contenido de la novela, también está claramente expresado lo que es el trópico y aquello que define al Caribe por lo cual los que habitamos en este país, en su continente o en sus islas, pertenecemos a la cultura del calor que dijo Mariano Picón Salas (Comprensión de Venezuela, ed.1976,p.36). Para ella se ha promovido, por la pluma del historiador Germán Carrera Damas, la necesidad de crear “una tropicalogía” para estudiarla (Validación del pasado, ed.1975,p.55). A todo esto lo asoma Suniaga a través de su nutrida fantasía de hombre de letras.
Hay en ella la investigación de una muerte inexplicable, los contactos con los organismos policiales que no quieren hacer otra cosa sino pasarla bien, sentir el trópico que allá es peculiar. Hay también un abogado, el protagonista, más interesado en la literatura que en la abogacía y una serie de personajes populares, propios, nuestros, entrañables, uno de ellos enamorado de una bellísima alemana que transpira sexo por todos los lados y recodos de su cuerpo sorprendente.
Pero hay aquí un breve acercamiento a nuestra realidad actual en esta fabulación, en ese mismo soleado paisaje margariteño. Por ello llamamos la atención en torno a la lectura de este bello libro el cual nos entregó a un nuevo escritor, con mucho que decir, a la literatura venezolana.
Lo que vivimos hoy, llenos de estupor y dolor, está muy bien expresado en algunos pasajes de este libro. Y también sucesos de nuestro tiempo, “Antes ser comunista y ser de izquierda era una identidad. A partir de 1956, con lo de Hungría, unos pocos, los más preclaros o menos románticos, como tú quieras, dejaron de creer en eso. Después, en 1968, dejó de ser dogma para la mayoría de nosotros y quienes para 1989 no cambiaron su visión, ya no tienen remedio. ¿Qué es ser de izquierda a comienzos del siglo XXI? ¿Cómo ser de izquierda sin estar identificado con tanto salvador fallido devenido en tirano?” (p.99-100).
El sol, la luz del Caribe y la hamaca como lugar de expansión erótica están aquí, ”La hamaca colgada… les abrió el camino de las delicias de un sexo mecido como un bote entre las olas y a posiciones amatorias de revenido erotismo, impracticables en la rigidez de una cama” (p.132-133). Y lo hacían así porque sabían que “la felicidad era un patrimonio muy frágil”(p.93).
Están en La otra isla también los modos fraternos de ser del margariteño, las preocupaciones por la alta cultura (dos amigos buscan, Benitez el protagonista uno de ellos, donde está registrado un texto de Joseph Conrad (1875-1924) que este supone está en su nouvelle El corazón de las tinieblas (1902) pero que resulta ser de Juan Rulfo (1918-1986), unas líneas de su cuento “Luvina” (p.250), de su único libro de cuentos El llano en llamas: ”Yo diría que es lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla le revuelve, pero no se la lleva nunca. Está como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón” (El llano…, ed.1999, p.121-122). Y esto está aquí porque la lectura forma parte sustancial de este volumen. Y es por ello que está también el universo onírico(donde el protagonista sueña con un párrafo en inglés que luego debe buscar afanosamente, p.27).
El episodio de la pelea de gallos, que está en La otra isla, es también sensacional.
Ese párrafo que le parece de Joseph Conrad, a Benítez por evocar para él “la pesadez, la inmovilidad, la falta de alegría, la tristeza” (p.248) es: ”Subir por ese río era como viajar de regreso a los primeros comienzos del mundo, cuando la vegetación arrollaba la tierra y los árboles enormes eran reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire caliente, denso, pesado, inerte. No había alegría en el brillo del sol. La vastedad del río se perdía, desierta, en la tristeza de las distancias ensombrecidas” (p.248). Y Benítez confía a su amigo que creyó el fragmento de Conrad, que es de Rulfo, por encontrar en ambos “ciertas imágenes parecidas” (p.248). Allí su alter ego logra descubrir el enigma que tanto les apasionó a lo largo de muchos días: ”Lo que escuchaste en tu sueño ni lo leíste en inglés ni lo escuchaste en una película inglesa, fue una traducción al inglés de un párrafo de Rulfo” (p.251).
Pero hay más: hay algo que hermana La otra isla y El corazón de las tinieblas, obra mayor si las hay entre las del siglo XX: “el vinculo del mar”, como se lee en la traducción de Sergio Pitol (El corazón…, ed. 1986, p.13). Hecho que nos lleva a comprender la vasta influencia que tuvo Conrad sobre Suniaga al componer La otra isla de la cual el gran escritor inglés, nacido en Polonia, es uno de sus ascendentes.
Cuando el amigo hace el hallazgo Benítez le dice que eso puede suceder porque “el subconsciente es como los caminos de Dios” (p.252).
El hecho de que el protagonista sea un intelectual le da un cierto calor erudito a esta invención. Sobre él se dice “Poseía el cuestionable vicio de leer y releer por segmentos las obras de sus autores favoritos y saltar de uno a otro de acuerdo con su estado de ánimo o según se tropezara los libros en la quincallería sin anaqueles que era su estudio” (p.32-33), ”Era un lector furioso, indiscriminado, leía las cosas comunes y las más extravagantes, y su curiosidad no tenía límites” (p.51), se consideraba así mismo “disperso y anárquico en mis lecturas” (p.54). Además hay que añadir que estas divagaciones eruditas y hondamente intelectuales no son muy comunes, están más bien ausentes, de la ficción venezolana, sus únicas excepciones son las novelas El lugar del escritor (1993) de Victoria de Stefano y la de Christiane Dimitraides: Sabath (1997) y el cuento de José Balza: “Prólogo en curazao” (Ejercicios narrativos, ed.1995, p.63-74). Esto le añade otra característica destacada a la novela de Suniaga.
Todo lo antes señalado preside esta obra sobre la cual se podrían hacer muchas otras consideraciones fijándose en su paisaje, en el amor apasionado que registra, sólo en el posible crimen que allí aparece (¿o sólo fue un ahogamiento?), en la pelea de gallos o en la presencia del piélago visto por la imaginación desde una orilla caribeña.
(Leído en el “Círculo de Lectura” de la “Fundación Francisco Herrera Luque” en su sesión de la tarde del martes 4 de diciembre de 2007).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Nocturama y nuestra novela urbana
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Ana Teresa Torres nos ofrece su octava novela en Nocturama.(Caracas: Alfa, 2006. 198 p.). En ella, un libro que sacude el ánimo de su lector, lo lleva hacia los infiernos de cualquier urbe porque en Nocturama entramos en una ciudad inominada de nuestro tiempo, que puede ser una y muchas a la vez, en donde siempre está oscuro o hay un hilo de luz, está recorrida por la violencia, huele a sangre derramada minutos antes, está deteriorada, está sacudida por el terrorismo encabezado por los “piqueros”, nadie sabe su historia, es “un reino perdido” (p.24). Una novela distinta a cuantas han concebido los escritores venezolanos, cuyo sombrío, sin memorias ni recuerdos, lleno de perplejidades y aterrorizado, protagonista se llama Ulises Zero. Es decir Ulises Nada, el protagonista. Nada, pese a que navega por la urbe como nuevo Odiseo pero quien nunca va a llegar a Itaca sino a un basurero, a un vertedero maloliente, ante un montón de cadáveres insepultos.
Pero parémonos ante unas observaciones que este volumen obliga a hacer: está novela cuyo estilo nos seduce y cuyo acontecer nos asusta, es una contribución más a nuestra narrativa de la ciudad, a lo urbano a quien Salvador Garmendia le dio carta de naturaleza entre nosotros en 1959 con Los pequeños seres, aunque ello se puede espigar en sus cuentos anteriores a ese año, aparecidos por ejemplo en la revista “Sardio”. Y en aquel novelín desaparecido El parque, que según los que pudieron leerlo en 1946 y publicaron sus impresiones en la prensa se dirigía hacia lo urbano. Por ello no es casual que hallamos encontrado entre los papeles de aquel creador muy admirado ya, hizo su obra entre los 17 y 21 años y enloqueció, Andrés Mariño Palacio, quien aboceteaba ya Los alegres desahuciados, una carta de un jovencísimo Salvador Garmendia. De Garmendia hay que citar también Los habitantes, Día de ceniza, La mala vida y Los pies de barro. Y decimos todo esto a propósito de Nocturama y porque hay en estos días unos liliputienses aprendices a escritores, y poco lectores, que creen que están creando nuestra prosa urbana como si esta no estuviera presente plenamente en nuestra novela y cuento (por ejemplo “La ciudad” de Uslar Pietri, de Los ganadores, donde en 1980 profetiza El Caracazo), en nuestra poesía (al menos desde Juan Calzadilla publicó Dictado por la jauría, 1962) y en nuestro teatro al menos desde Caín adolescente (1955) de Román Chalbaud. Si es verdad que la literatura venezolana llegó tarde a la narrativa urbana, como lo reconoció Domingo Miliani (Uslar Pietri, renovador del cuento venezolano. Caracas: Monte Avila Editores, 1969, p.28, nota 20), es verdad también que nuestra ciudad de Caracas, su epicentro, fue un pueblo grande durante mucho tiempo porque en 1935, cuando murió Gómez, tenía apenas ciento sesenta mil habitantes. Y las llamadas novelas urbanas, de Teresa de la Parra: Ifigenia, de José Rafael Pocaterra: La casa de los Abila o de Guillermo Meneses: El falso cuaderno de Narciso Espejo eran las propias de una pequeña urbe. En 1945 (Picón Salas dixit) comenzó el gran cambio urbano y fue sólo en 1955 cuando Caracas llegó al millón de habitantes. Antes de ese hecho socio-histórico no podíamos tener una novela urbana. Pero la tuvimos ya a los cuatro años del gran cambio, del paso a metrópolis. En 1948 Mariño Palacio había escrito el borrador de nuestra novela urbana en Los alegres desahuciados pero tuvimos una novela urbana plena con Los pequeños seres. Y al poco tiempo Asfalto infierno, aquel trepidante relato de Adriano González León que no sabemos por qué no volvió a publicar en sus Todos los cuentos más uno. Y además nueve años más tarde Alacranes de Rodolfo Izaguirre, una bella novela injustamente olvidada y nunca reeditada sin explicación alguna y a los pocos meses la parte urbana de País portátil nutrida de aquel Asfalto Infierno. Y desde allí ha sido un esfuerzo tesonero y sostenido el que hemos logrado, con muchos nombres. Y ahora Ana Teresa Torres con Nocturama, una narración lúcidamente urbana, lo ratifica, una ficción de una ciudad conmovida por la violencia. Vuelve así ella a nutrir el espacio urbano de nuestra ficción. Y seguiremos teniendo novelas urbanas sucedan donde suceden, como una reciente en Maracaibo (Corrector de estilo, de Milton Quero) y otra en Margarita (La otra isla, de Francisco Suniaga), porque ya lo sabemos, se ha divulgado hace poco, el 95% de los venezolanos vivimos en ciudades y millones de venezolanos no tenemos otras experiencias y recuerdos que urbanos, las urbes que más amamos no están en el campo, al cual somos ajenos la mayoría, sino en las ciudades.
Y otra observación más antes de entrar en Nocturama que está ligada a nuestra novela también, que tiene que ver con estas reflexiones: también desde la década del cuarenta para que pudiera contarse el mundo rural que comenzaba a desaparecer hubo de hacer una renovación del lenguaje para contarlo que encabezó Alfredo Armas Alfonzo desde Los cielos de la muerte. Le siguieron otros como Orlando Araujo, Ednodio Quintero o Eduardo Casanova en La agonía del Macho Luna. De tal manera que desde los años cincuenta cambió el país, se izo más innumerable su principal ciudad, pero también se alteró el modo de ver nuestro paisaje telúrico, interiorano, lo que quedaba de lo rústico, lo cual no podía ser narrado sino con nostalgia y hasta con melancolía. Y pocos se han dado cuenta pero El osario de Dios de Armas Alfonzo, padre de esta mutación, tiene el mismo significado para nosotros que Cien años de soledad de Gabriel García Márquez para los latinoamericanos, canta el fin del mundo campesino y de las guerras civiles rurales, aunque de hecho Cien años de soledad es la mejor novela escrita en lengua castellana, a los dos lados del océano, en el siglo XX.
Es Nocturama también, y esto nos ha fascinado, una novela en la novela, con diversas citas intertextuales, en donde hallamos los rasgos de una persona que registra con la palabra las huellas y pisadas del personaje central.
Ciudad sin nombre y sin señas, ya lo hemos apuntado, ”Leyó el diario sin ningún interés, dabas noticias de un lugar que no significaba nada para él, pero al menos sabía el nombre de la ciudad. Nunca había estado en ella, no era sino un punto más en el mapa, sin embargo, era el punto en el que estaba” (p.6-7). Pero Ulises seguía buscando el nombre de su ciudad, las memorias de sus otros tiempos, su posible Héroe, “Por eso, en los libros de viajes, encuentro la paz. Sé que en ellos está mi verdadera identidad, en alguna de sus páginas podría descubrirme a mí mismo, de alguna de sus descripciones podría construir mi memoria” (p.108).
Pero los interrogantes eran muchos en aquel ser de una ciudad desolada: “Entre mi vida en el Oasis y en las Urbex, ¿cuál era la primera y cuál la adquirida. Esta es una pregunta atormentadora” (p.155), “De hecho, la oscuridad representa todavía para muchas personas un territorio de misterio e inseguridad… Vivir la noche impone muchas restricciones sensoriales” (p.188), “El olor era insoportable y nos acometió la idea de matarnos juntos, pero ya no podíamos hacerlo porque estábamos desarmados. Era como debe ser el infierno, una noche oscura de vez en cuando iluminada por el fuego” (p.196). La Gran Montaña, lo único que distinguía a esa ciudad, “se desprendía a pedazos” (p.196), “La ciudad estaba completamente en tinieblas y solamente alumbraban los bombardeos que estallaban como haces de resplandor” (p.196).
En medio de esto esta Ulises, cuya historia nos cuenta Aspern, personaje sin identidad, desarraigado, sin recuerdos, quien desconoce su nombre, se le inventa una “vida aleatoria” (p.158), distinta, para que viva en ella, algo que es imposible: sólo tenemos una vida y por más difícil que sea debemos vivir en ella con todo lo que la vida nos trae al nacer y con todas las experiencias, dolorosas o alegres, que poseamos, ”no debo avergonzarme de mis fantasmas, aunque sean pocos y oscuro los amo” (p.171).
Pero en la estructura de Nocturama, en el discurrir de su historia, hallamos una serie de presencias literarias que son inevitables de señalar: tal el protagonista de la Odisea de Homero; Mary Shelley al autora de Frankestein, con la cual la autora subraya el horror; la novela puede constituir también el hallazgo de los pliegos que se buscaban en Los papeles de Aspern de Henry James, nouvelle perfecta, ”decía Aspern que había dicho Ulises” (p.145). Por ello frente a esto podemos preguntarnos ¿es Nocturama la novela en que se descubren lo que dicen aquellos folios celosamente guardados en Venecia?.
Y es evidente que el uso de Diaz Grey en el cuerpo de la ficción es un homenaje a Juan Carlos Onetti gran adelantado de la novelística de la ciudad, creador de una urbe inventada, Santa María, mezcla de Montevideo y Buenos Aires, en donde todos están angustiados. Como la de Onetti Nocturama puede o no ser Caracas o puede ser una de aquellas raras ciudades europeas, que pueden quedar en Holanda o Alemania, que aparecen en esta invención.
Está también nuestro admirado Chejov por El jardín de los cerezos en donde de alguna forma se anuncia el fin de una época y un futuro incierto.
También está Erzsébet Barthory, una vampiro que existió en la vida real, la “condesa sangrienta”, quien asesinaba jovencitas con cuya sangre se bañaba para rejuvenecerse: metáfora de la sangre sin parar que corre por la ciudad sin rastros de esta ejemplar novela, una urbe de la cual sus habitantes desean huir. Es también una muestra de cómo se puede escribir gozosamente, con bello estilo, una narración sobre un asunto terrible: un espacio en donde no hay lugar para la esperanza, para la felicidad humana, para la intimidad, para el amor, para los sentimientos nobles donde ni siquiera existe el afecto por los amigos y amigas.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Adiós pues, Adriano
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Fue inesperada la muerte de Adriano González León. Falleció (enero 12, 2008) en el restaurant “Amazona Grill” en Las Mercedes, cerca de donde vivió en los últimos años, desde el fin de su actividad diplomática en Europa, donde volvió a establecer “La República del Este”. Al saberlo comprendimos que el admirado escritor y querido maestro y amigo había expirado en su propia ley porque para él, impenitente bohemio, siempre hubo una relación íntima entre literatura, el vino, el amor y la mujer. Toda su obra literaria registra este hecho central de su vivir y de su escribir.
Conocimos a Adriano González León, nacido en Valera, Trujillo, en 1931, cuando aparecimos en nuestra vida literaria, en 1968, cargados ya de la decisión de ser crítico literario y siempre recibimos de él estimulo permanente y constante a lo largo de estas cuatro décadas cerradas ante sus cenizas. Tanto que llegó a llamarnos, en julio de 1981, en la dedicatoria de su Del rayo y de la lluvia,”gran compañero de la literatura y de los sueños, con la admiración y cercanía”. Tampoco podemos negar que él marcó nuestra generación del sesenta y ocho con su novela País portátil. Tampoco podemos olvidar que fue grande la influencia que él tuvo en nuestra formación literaria cuando fue invitado por los propios estudiantes, durante el rico proceso de la “Renovación” (1969) de la Escuela de Letras de la UCV, a impartir su cátedra allí. Ello fue consecuencia del célebre manifiesto Cervantes, camarada, tu muerte será vengada (mayo 12, 1969), del cual se cumplieran cuatro décadas el año que viene.
Y antes de repasar memoriosamente su obra debemos decir que como profesor, sobre todo en su tan célebre curso sobre “El Surrealismo”, tendencia en la cual era un maestro consumado, más que un scholar Adriano se nos mostró siempre como un creador que enseñaba literatura, quien contagiaba a sus alumnos con la pasión literaria, con el espíritu alto y hondo a donde nos llevan las letras. Esas mismas enseñanzas sobre tan bien conocido asunto las divulgó más tarde para todo público a través de su celebrado programa televisivo de la antigua Televisora Nacional, el Canal 5 (hoy Vale TV), “Contratema”.
Era tan importante su conocimiento del movimiento capitaneado por Andrés Breton (1896-1966) desde París que un día, curiosamente en un diálogo sostenido en las puertas de la funeraria “Vallés” en donde asistíamos al velorio de un escritor amigo, le insistiéramos que debía hacer transcribir sus programas en “Contratema” sobre “El Surrealismo”, de hecho acababa de terminar de dictar su famoso curso en la forma del grato palabreo, de lo cual era un maestro, desde la pantalla chica, y con ese material, bien corregido por él con detenimiento, cosa que siempre hacía con sus escritos, produjera un libro sobre aquel asunto tan caro a su espíritu.
De haber hecho eso y editado su libro sobre El Surrealismo hubiera habido en la obra de Adriano un segundo libro de crítica. El primero fue Señas de una generación (1972) en el cual imprimió, en las ediciones de la UCV, sus famosas crónicas de su columna “Señas de identidad”, publicadas en el “Papel Literario” de El Nacional con el seudónimo de Gabriel Zarcos, en las cuales hizo un repaso, nombre a nombre, libro a libro, de cada uno de los creadores de su generación y de aquellos críticos, como Juan Liscano (1915-2001), de quien habían recibido el estímulo necesario para la invención de sus obras. Lo que pensó Liscano de la gente de “Sardio” y de “El techo de la ballena”, el otro grupo liderado por Adriano, en 1961, al extinguirse “Sardio”, está en la obra de este acucioso interprete de nuestras letras: Panorama de la literatura venezolana actual (1973).
Recordamos vivamente el día de la presentación de País portátil tanto por la interpretación crítica que allí leyó, en la casa del viejo Ateneo de Caracas, de pie en las escaleras, Orlando Araujo (1927-1987). Ese análisis, que se puede leer en su libro Narrativa venezolana contemporánea (ed. 1972, p.203-228), es tan hondo que marcó desde entonces hasta hoy la crítica interpretativa hecha a las obras de González León. Es tan completa que ahora sólo faltaría completarla con el estudio de los volúmenes publicados por Adriano desde 1972 hasta ahora, lo cual no es poca cosa porque en el cuento está nada menos que su Linaje de árboles (1988) y en su escritura mayor su espléndida novela Viejo (1995). Tampoco podemos olvidar aquel día de la aparición en Caracas de País portátil porque el maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) estaba en la misma cola que hacíamos los presentes para comprar el libro que marcó época en la novela venezolana (El librero Moisés Hasman sacó una fotografía del autor de Las lanzas coloradas pagando el volumen). Conservamos nuestro ejemplar de la edición príncipe (1969) con la afectuosa dedicatoria que en su bella letra estampó allí Adriano.
Dentro del escribir de Adriano es imposible no referirnos a su trepidante Asfalto infierno (1963), reeditado años más tarde en las ediciones del Diario de Caracas como Asfalto infierno y otros textos demoníacos (1979) y a su segunda novela Viejo.
También el cultivo del cuento fue central en él. Lo comenzó en 1957 con la primera edición caraqueña de Las hogueras más altas que constituyó el inicio público de su generación literaria, la de “Sardio” (1958-61). Es imposible soslayar todo lo de telúrico que hay en tan bellos relatos y la forma como avizoró el mundo nuevo que abría al pie de la montaña tutelar, en el lago cercano: el del petróleo. Cuentos perfectos también los hubo más tarde en Hombre que daba sed (1967) en donde está el mejor de los suyos “Madam Clotilde” y luego dentro de un sesgo más poético en Linaje de árboles (1985) en donde lo lírico predomina. Allí está una sección de excelencia, memorable, que es Damas, editado originalmente (1979) por Elia Yépez de Briceño en un pequeño libro de diez centímetros que cabe en el bolsillo de una camisa o en la cartera de una fémina.
Los hogueras más altas, Hombre que daba sed y Linaje de árboles corren insertos en su Todos los cuentos más uno (1998), al leer este volumen nos preguntamos el por qué de la exclusión de Asfalto infierno de esta recolección, que es obra mayor dentro de su escribir no sólo por su visión de la ciudad sino porque allí adelantó la parte urbana de País portátil.
Igual es antológico dentro de nuestra literatura su cronicario Del rayo y de la lluvia (1981) e incluso su incursión en los años finales de esa vida tan creativa que ahora ha terminado, sin darse cuenta él que se acababa, en la poesía que a tantos lectores deslumbró. Bastaría citar su Hueso de mis huesos (1997), con sus textos llenos de barroquismo para dar fe de la honda corriente lírica que surgió de cada una de las líneas de estos poemas de excepción cuyos versos finales, “Acto final”, muy bien pueden inscribirse como epitafio en su tumba.
Proyectos irrealizados de sus últimos días fueron los trabajos preparatorios para la













ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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