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Categorías: Roberto J. Lovera de Sola, Taller Crítico

Pedro Carmona: Derecho de aclaratoria al Sr. Roberto Lovera De-Sola

por Otras Fuentes

Literanova publica esta nota del Dr. Pedro Carmona Estanga, relacionada con “Una polémica inconclusa (Eddie Ramírez Roberto J. Lovera De-Sola)“, publicada el 3 de los corrientes, como aclaratoria del Dr. Carmona, sin ánimo de que se convierta en una polémica y dentro del mayor espíritu de amplitud democrática.

Derecho de aclaratoria al Sr. Roberto Lovera De-Sola

Señor Lovera De-Sola:

No tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero ayer 9 de marzo de 2010, leí su cruce de correspondencia con el Dr. Eddie Ramírez a través de Literanova, tocando entre otros los hechos del 11 de abril, razón por la cual he estimado del caso hacer uso de un derecho único de aclaratoria, con el fin de expresarle lo siguiente:

  1. Es fácil juzgar hechos históricos difíciles desde la barrera y a casi ocho años de distancia, con visiones parciales o sesgadas. La vida me ha enseñado, y quizás usted lo comparta como escritor, que toda situación compleja amerita ser analizada con profundidad y mesura antes de emitir juicios, para evitar caer en la inveterada costumbre venezolana de buscar chivos expiatorios, canibalizarnos o hacer afirmaciones cuando no es posible propiciar un debate serio.
  2. Los acontecimientos del 11 A no constituyeron una comedia montada por Carmona y los militares como usted afirma. Es conocido que la larga crisis política se inició en el propio 1999, pero fue agudizada por el gobierno a partir de noviembre de 2001, a raíz de la aprobación inconsulta de 49 Decretos-Leyes, dando lugar al primer paro nacional liderado por mí en nombre del empresariado el 10 de diciembre de 2001, hecho que estimuló la posterior toma de la calle por la oposición. Luego, la politización de PDVSA coincidió con el paro convocado por la CTV el 9 de abril, con apoyo de Fedecámaras, y condujo a la multitudinaria manifestación que marchó pacíficamente a Miraflores el 11 de abril para solicitar la renuncia del Presidente de la República. Como es sabido, dicha marcha fue recibida por las hordas violentas convocadas por líderes del régimen, causando numerosos muertos y heridos que ahora se pretende negar reescribiendo la historia, y a partir de allí, se produjo el desacato militar a las órdenes del Presidente de invocar el Plan Ávila, la renuncia presidencial anunciada al país por el General Lucas Rincón y la entrega voluntaria del Presidente ante sus colegas militares en Fuerte Tiuna. Es bueno informarle que desde la tribuna de PDVSA en Chuao, la única voz que responsablemente se levantó en contra de la prosecución de la marcha hasta Miraflores fue la mía, dados los riesgos que ello suponía, planteando públicamente la opción de llegar hasta la Avenida Bolívar, como consta en los videos de dicho acto, mientras que numerosos líderes presentes se sumaban al clamor de continuar la marcha hasta el Palacio.
  3. Algunos testigos piensan que el 12 A ocurrió un autogolpe del gobierno, pero ello es una conjetura. Lo que sí es real es que el 12 A, antes de yo recibir la encomienda de formar un gobierno provisional para llamar a rápidas y limpias elecciones, en plazos menores que los registrados en el caso de Honduras, ocurrió el error capital determinado por firme la postura de varios altos oficiales de las FAN, únicos que según testimonios verbales, escritos y gráficos tuvieron contacto con el Presidente renunciante, de negarse a que Chávez saliera a Cuba y confirmara por escrito su renuncia en la escalerilla del avión, alegando que ello no tendría presentación ante el país, dando así pie a que luego Chávez negara por escrito la renuncia desde Turiamo, manifestando que era un Presidente detenido y no renunciante, y que ello alentara un reflujo de los cuadros leales al mismo, que presionaban al General Vásquez Velasco por verificar la renuncia de Chávez. Ello condenó de entrada el futuro de la provisionalidad, y le habría ocurrido a cualquiera que tuviera la responsabilidad de asumir la conducción de dicha etapa. El General Vásquez Velasco, y también el General Alfonzo Martínez, fueron débiles o estuvieron presionados en momentos que se requería claridad y determinación. Otros no percibieron la gravedad del momento, sin que faltaran incomprensibles ambiciones personales.
  4. Su afirmación de que el Dr. Enrique Tejera París tenía preparados los análisis jurídico-constitucionales para formar una junta cívico-militar a eso de las 8 de la noche del 11 de abril puede ser cierta, pero jamás fue de mi conocimiento. Fui llamado por los militares reunidos en Fuerte Tiuna hacia la medianoche del 11 de abril, cuando ya hasta José Vicente Rangel había informado al General Vásquez que Chávez renunciaría, para proponerme la delicada encomienda de formar un gobierno interino, y de allí que lo primero que hice fue solicitar a los militares que informaran al país de dónde y por qué venía ese pedido, para que no se interpretara que se derivaba de planes o intereses diferentes o propios. Habría agradecido a Dios que el elegido fuese el calificado jurista y ex Ministro Tejera para dar ese paso, pues no lo busqué pero no lo evadí, por un sentido de responsabilidad ante el país. Según su afirmación, el Dr. Tejera estaba activo en labores previas, mientras que yo cumplía con mis obligaciones como dirigente de la sociedad civil a través del organismo de cúpula empresarial venezolano.
  5. Usted me tilda de inepto, calificación impropia y desconsiderada, quizás por le hecho de no haber tenido ejecutorias políticas. ¿Considera usted también ineptos por ejemplo a Martinelli, Presidente de Panamá, a Piñera Presidente Electo de Chile, o a tantos otros líderes que no han tenido responsabilidades políticas convencionales? En cualquier caso, mi propósito era único y breve: convocar a rápidas y transparentes elecciones cuando se podía, para relegitimar los poderes públicos conculcados, la primera de ellas, la parlamentaria en 90 días y la segunda, la presidencial, en diciembre de 2002, con lo cual se habría salvado la democracia, hoy tristemente destruida en Venezuela, todo ello con prohibición expresa de que yo pudiera presentarme como candidato. De todas formas, sin presumir, y sólo por el hecho de no conocernos, le informo que he sumado una formación profesional, internacional, gubernamental, gremial, académica y empresarial, con una visión múltiple poco común, de la cual me enorgullezco. Es cierto que nunca actúe en la política tradicional, y que me mantuve siempre como independiente. Pero ya que usted y otros piensan que se necesitaban políticos avezados para asumir la conducción del país, le pregunto –sin compartir en absoluto posturas antipolíticas- ¿qué han logrado los políticos profesionales en estos once años de catástrofe nacional para asegurar la unidad opositora, construir un mensaje alternativo creíble y ocupar los espacios que se ofrecen cada vez más auspiciosos como consecuencia del fracaso y abusos de este oprobioso régimen?
  6. Señor Lovera: cuídese de no hacer afirmaciones falsas. No fui jamás subordinado del Sr. Pérez Recao en ninguna actividad en mi vida. En mi libro “Mi Testimonio ante la Historia”, Editorial Actum, 2004, aclaro que Pérez Recao representaba a un pequeñísimo lote de acciones en Industria Venoco C.A., empresa en la cual fui directivo (cerca de 4%), sin que ello supusiera vínculo laboral o de dependencia alguno, sino como uno de los más de 800 accionistas de la empresa.
  7. Hacia Carlos Ortega y la CTV no tuve a lo largo de mis ejecutorias sino gestos de consideración, desde la etapa de las reformas a la Ley Orgánica del Trabajo y al Sistema de Seguridad Social logradas como un “milagro” de entendimiento tripartito en 1997, hasta el reconocimiento público del triunfo de Ortega como Presidente de la CTV, cuando el gobierno pretendía desconocerlo. La madrugada del 12 de abril, encontrándome ya en Fuerte Tiuna, insistí en la necesidad de la presencia de Ortega en el lugar, pues estaban ocurriendo acontecimientos en los cuales su presencia habría quizás influido de manera relevante, pero eludió hacerlo por una decisión que respeto, pues pertenece al ámbito de su conciencia. Mi primera reunión en Miraflores el 12 de abril a las 10 a.m. fue con el Comité Ejecutivo de la CTV presidido por Ortega, a quienes garanticé respeto, participación, consulta permanente en la corta transitoriedad que se abría y luego llegué a ofrecer a Manuel Cova, segundo en la CTV, la Vicepresidencia Ejecutiva de la República.
  8. Es probable que algún oficial de las FAN haya considerado que la situación estaba el 12 de abril del todo bajo control y hasta que haya bajado la guardia en sus responsabilidades, pero jamás se sirvió licor en Miraflores durante el tiempo en que se tuvo el control del Palacio, ni creo que nadie haya llegado ebrio como le comentó alguno de sus amigos.


Es todo por el momento, Señor Lovera. No es mi intención abrir polémicas, sino ejercer esta única oportunidad de dirigirle estas aclaratorias. Espero que algún día, cuando los venezolanos podamos reunirnos de nuevo en suelo patrio, tener la oportunidad de hablar personalmente del tema. Retorno pues a mi actitud prudente de exiliado, aunque de angustia ante la grave situación nacional, confíando que su aporte intelectual ante la grave crisis, sea más productiva que sólo mirar hacia el pasado.

Reciba un atento saludo,

Pedro Carmona E.

Nota del Editor: Esta aclaratoria corresponde al artículo publicado en este mismo blog bajo el título Una polémica inconclusa (Eddie Ramírez Roberto J. Lovera De-Sola)

 
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Una polémica inconclusa (Eddie Ramírez – Roberto J. Lovera De-Sola)

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Nota de Literanova: A pesar de no compartir algunas de las afirmaciones contenidas en el intercambio entre nuestro colaborador Roberto J. Lovera De-Sola y el experto petrolero Eddie Ramírez, lo publicamos por considerarlo de gran interés en la actualidad y porque el intercambio refleja los puntos de vista de dos personas valiosas ligadas a la democracia venezolana:

COMENTARIO A UN MENSAJE DE EDDIE RAMIREZ

EL E-MAIL
17-2-2010

Distinguido amigo Roberto, a través de nuestra común amiga Elsa Montes recibí tu artículo sobre los once años de Chávez. Te felicito es un excelente análisis y resumen, el cual comparto casi totalmente. Al respecto me permito exponerte mi punto de vista en algunos aspectos. Quizá calificar a Carmona de pacotilla y risible pareciera duro, aunque el acto de juramentación sí lo fue. Pienso que los generales y almirantes tuvieron mayor culpa y a ellos sí los he tildado de pacotilla. En reciente conversación con Ramírez Pérez (no es familia), en Costa Rica, me dijo “no pudimos manejar el caos". Baduel no fue factor decisivo en el regreso de Chávez, sino Vásquez Velasco y los comandantes y capitanes que se reunieron en el Batallón Ayala el sábado. Baduel se pronunció tardíamente cuando ya era prácticamente un hecho el fracaso en establecerse el nuevo gobierno. Caldera no le impuso la banda presidencial porque no le correspondía, esa es una responsabilidad del presidente del Congreso; por otra parte, en ningún video se aprecia que abriera la boca para rechazar lo de moribunda. En ese Congreso los demócratas contábamos con 149 parlamentarios, entre senadores y diputados, mientras que Chávez solo tenía 95 y no fuimos capaces de frenarlo. Pienso que a Carter y a Gaviria no les quedó otro remedio que avalar los resultados porque nadie en la oposición tenía ninguna prueba del fraude; de hecho todavía no las tiene, salvo un buen trabajo estadístico de profesionales de Esdata que concluyen que hubo irregularidad en los resultados, pero sin precisión numérica. Antes de las parlamentarias del 2005 tuve oportunidad de participar en reuniones de la Mesa de Reflexión (Quirós, Tarre, Salgueiro, Bruni Celli, Pedro Pablo Aguilar, Latuff y otros), con todos los principales dirigentes de los partidos, quienes estimaron que de ir a las elecciones (antes de que tomara cuerpo el abstencionismo) solo sacaríamos entre siete y once diputados; ante este panorama creo que lo mejor que se hizo fue abstenernos, pero activarnos en contra del CNE, lo cual no se hizo. Hasta aquí mis modestas reflexiones, saludos y gracias por compartir ese excelente trabajo.

18-2-2010

Gracias mi estimado Eddie por tus comentarios, los tendré en cuenta al reescribir mis trabajos. No olvides que como todo venezolano estoy siempre con nuestra gente de Pedevesa. La huelga hecha por Uds. fue el ejercicio de un derecho constitucional. Y un día nuestra elite petrolera deberá ser vuelta a llamar, a pagarle todos sus salarios caídos y devolverles sus ahorros robados, mientras no podremos seguir produciendo el petróleo que el país necesita para armar su desarrollo. Y te reitero lo que te dije el día que nos dimos la mano por vez primera: tú y tus compañeros petroleros son los que siempre nos ha dado aliento en medio de estos días trágicos.
Estos son mis comentarios a tu e-mail de ayer, sobre mi artículo “El onceno de Chávez”, ahora como “Chávez: once años en el poder” (www.analitica.com: Febrero 29,2010) uno de mis intentos de interpretar estos terribles días, tan lejanos de lo que siempre ha sido la vida de Venezuela desde muy atrás. He intentado escribirlo lejos del elogio y de la diatriba como en él lo digo: única manera de cultivar la historia de lo contemporáneo.
Estas son apenas unas reflexiones más a lo leíste en mi trabajo, son complementos a partir de tus ideas. Nunca hay que olvidar hasta que punto hemos estamos inmersos en estas dolorosas vivencias, yo desde el propio 4 de Febrero de 1992 cuando me opuse al pronunciamiento, más aun más cuando escuché el “Por ahora”: ¡cómo podía un oficial vencido con las armas en la mano hablar así e incluso convocar a un nuevo golpe usando los canales oficiales!. Y además: cómo le habían permitido hablar, eso nunca lo hace ningún gobierno con un insurgente vencido armado. Contradijeron incluso un principio de Maquiavelo, sabio como todos los suyos. Escribió el florentino en El Príncipe:”quien procura que otro devenga poderoso se arruina”. Hoy sabemos, para nuestra desgracia que los generales, en contra de la orden presidencial, también errada, lo dejaron hablar porque ellos, incluso el general Ministro de la Defensa, estaban en el complot. Lee el libro del general Herminio Fuenmayor “Estos Hombres enterraron la democracia”, publicado bajo mi cuidado, y verás los elementos que encuentras. Lo que explica las observaciones que el general Ochoa Antich dice en sus memorias “Así se rindió Chávez”, solo, en este caso, sin argumentar con verdaderas pruebas válidas que pudieran probar su supuesta inocencia.
La democracia venezolana el 4 de Febrero de 1992 estaba aquejada de grandes males. Pero el camino del golpe no era el necesario. A poco apareció el libro “Cuando se jodió Venezuela” en donde está un ensayo mío, “Las vicisitudes y el desasosiego de un país”, junto con otros de personalidades como Teodoro Petkoff y maestros venezolanos como el doctor Ramón J. Velásquez donde analizábamos el suceso. Yo condené en el mío el golpe: esa no era el camino. Ese trabajo está también en mi libro “El oficio de ser venezolano” (1992). Los males de la democracia se combaten sino con más democracia. Si deseas leer mi trabajo, ya que ambos libros están agotados, dímelo para mandártelo por estas vías del ciber-espacio.
Ahora, en orden cronológico: en verdad el presidente Rafael Caldera, de forma muy discreta pero contundente como era su manera de ser, dijo las palabras que señalo. Y además por ello fue el único en protestar dentro de su forma peculiar de ser, se puede ver claramente en el video cuando le dice al presidente del Congreso que le ponga la banda él. De todo esto tengo constancia directa pues a lo largo de toda mi vida, hasta este 24 de Diciembre pasado en que falleció, siempre me mantuve al lado del doctor Caldera, y ello desde 1964 cuando tenía dieciocho años, no fui al único que dijo que aquel día había sido para él “horroroso”: él había sido el presidente de la Comisión que redactó la Constitución de 1961, la surgida como consecuencia del Pacto de Punto Fijo (1958) que nos dio la estabilidad política (y el crecimiento económico) de cuarenta años de que gozamos y el régimen más largo de todo nuestra historia (más que el paecismo, el guzmancismo y el gomecismo). La Constitución aquel día no estaba “moribunda”, estaba en vigencia plena. Imagínate como se sentiría además el doctor Caldera en aquella hora, un hombre a quien siempre rodeó el respeto en la política, incluso entre sus opositores y adversarios, y en nuestra vida cultural, no olvides que además de jurista destacado, fue uno de los redactores, ¡a los veinte años!, de nuestra primera Ley del Trabajo, asunto que era su especialidad jurídica. Fue también nuestro primer bellista del siglo XX. Y tuvo discípulos entre los que me honro en pertenecer. Y tuvo millones de seguidores políticos que lo llevaron dos veces a la presidencia, fue por ello el político que más tiempo ejerció la presidencia, por elección popular, en el siglo XX. Aquel día de la “moribunda” fue tan estelar para él como la tarde del 4 de Febrero de 1992 cuando pronunció su célebre discurso, todavía objeto de controversia. Tan demócrata fue que nos dejó como legado, entre los mil de su personalidad, el pedido de no aceptar honores públicos a la hora de su deceso, a los que tenía derecho no sólo como presidente sino por ser una de las cinco grandes figuras de nuestro siglo XX (Uslar, Betancourt, Velásquez, Prieto Figueroa). Pero no los quiso tener, como lo han escrito sus hijos, porque consideró que el gobierno actual “deshora de continuo los valores de nuestra historia y que representa lo contrario de la lucha de su vida por la democracia, la libertad, la justicia social, la paz y el Estado Derecho” como se lee en el folleto “En las exequias de Rafael Caldera”, editado por su familia, que circuló esta semana.
Coincido contigo que en 1999 los diputados y senadores democráticos, que eran la mayoría, fueron incapaces de frenar a Chávez. Y ello por una dolorosa razón: nuestra clase política estaba muerta, ya no tenía ni siquiera mensaje e ideales. Por ello sigue urgiendo la reforma de los partidos, sin ellos no puede haber vida democrática.
En cuanto al 11 de Abril que pasó de ser, por la gran manifestación, una insurrección popular, como la calificó Jorge Olavarria, a la tragedia de la masacre, a la supuesta renuncia de Chávez o la gran comedia montada en aquella gravísima hora por los militares y Carmona, que para ser presidente lo único que tenía era la cara. Nada más.
Tú dices, mi estimado Eddie, que más culpa tuvieron los militares. Lo creo. Y por partida doble o triple. Primero por algo que nunca podré entender: cómo fue posible que los oficiales de un ejército latinoamericano, el venezolano lo es, no supieran como dar un golpe de Estado. Segundo porque no se ha respondido por qué no se formó la Junta cívico militar que se ofreció crear cerca de las 8 de la noche del 11 de Abril cuando se supo que Chávez se iba. Ese era el camino. El proceso de una transición constitucional ya había estudiado y preparado por el doctor Enrique Tejera París, constitucionalista de excepción. Y ello fue dejado de lado. ¿Por qué? Fue el segundo golpe de aquella noche y madrugada. Esa Junta debió ser presidida por Tejera. Tercero: ¿quien tomó la decisión de colocar en la presidencia a un solo hombre, el más inepto, ni siquiera era político, como Carmona?, sin duda el Alto Mando Militar. Por ello lo que sucedió fue una “Carmonada”, todo risible. Grave error de Carmona no fue solo la grotesca auto juramentación sino el “Acta constitutiva”, que circulaba por Caracas hacia días, y que al leerla Jorge Olavarría les dijo a los que preparaban el golpe que “aquello era un adefesio jurídico”. No debió ser usada, sus consecuencias las conocemos. Pero hubo más: Carmona por prejuicios de empresario servidor de la gente rica de Caracas, era apenas un empleado de los Pérez Recao, maltrató a quienes eran uno de los sostenes de aquel paso, junto con Fedecámaras y la Iglesia: los sindicalistas, representados por Carlos Ortega. Siempre he pensado que cuando Carlos Ortega fue a Miraflores a entrevistarse con Carmona y se fue de Miraflores y de Caracas al no poderse entender con él de hecho en ese momento cayó Carmona, esto no ha sido examinado como se debiera. Y en las horas que faltaban siempre que los periodistas se acercaban a Carmona para preguntarle de sus decisiones respondía “eso lo resolveremos mañana”, cosa imposible en aquella circunstancias, había que decidir inmediatamente. Además, esto tampoco se lo señala, pero lo observó un psiquiatra amigo que estaba presente en Miraflores: los oficiales del ejército se pasaron el día tomando y estaban más que borrachos cuando Carmona habló y se juramentó así mismo.
El fatídico 15 de Agosto de 2004 tú dices que Carter y Gaviria no les quedó más remedio. Pero, sé de buena fuente, que ese momento el asistente de Gaviria, al comprender lo que estaba sucediendo en el CNE llamó a Enrique Mendoza y lo conminó a sacar a la gente a la calle en ese mismo momento, esa misma madrugada. Era lo que había que hacer. Pero Mendoza y los demás no se atrevieron: ¿qué hubiera sucedido? No lo sabemos, está confinado al cementerio de los sueños.
Y termino: sigo creyendo que la abstención del 2005 fue un error porque significó la renuncia a la voz presente de la oposición en el parlamento. Muchos de nuestros políticos están arrepentidos de haber tomado aquella decisión. Acuérdate que en el 2007 volvieron a predicar la abstención y la gente no los escuchó sino que fue a votar: y ganamos. Tan triunfamos que el CNE nunca ha dado el resultado final, aunque lo conocemos gracias a la gente de Súmate.
En fin: estas son mis observaciones a tu reflexiones, estimado amigo.

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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Y El Libertador: ¿Qué?

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Héroes de Paul JohnsonLos libros que publica el notable historiador británico Paul Jonhson (1928) son siempre dignos de toda atención. Ahora ha publicado, en el espacio de pocos meses, dos sugerentes libros, dos obras que son hermanas siamesas. Nos referimos a “Creadores” (Barcelona: Ediciones B, 2008. 345 p.) y a “Héroes” (Barcelona: Ediciones B, 2009. 328 p.). “Creadores” es a la vez complementario de otro anterior, lleno de interés y de sugerencias, que es “Intelectuales” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1990. 381 p.).
Pese a que Jonhson es conocedor de la época a la cual nos vamos a referir, más o menos situada entre 1815 y 1830, aunque en verdad se inició hacia 1780, de hecho es autor de un libro insoslayable y fundamental sobre ese período “El nacimiento del mundo moderno” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1992. 969 p.).
Pese a ello al menos en un pasaje de “Héroes” la incomprensión de la historia de América Latina le hace caer en un grave error, tan alto que deseamos corregirlo hoy a la luz de nuestra historia. Con su afirmación Jonhson nos demuestra una vez más, punto al cual nos hemos referido en otros de nuestros apuntes de lector, a la forma como nuestra América Latina no es bien comprendida por parte de los europeos, estamos nosotros siempre excluidos, lo somos. Tanto que de tenerla en cuenta se ampliaría su comprensión de esa época decisiva para la humanidad que es la de la revoluciones de independencia hispanoamericanas, que significó el fin del absolutismo monárquico español, con la presencia de sus grandes figuras: Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1769-1854), Andrés Bello (1781-1865), Simón Bolívar (1783-1830) y Antonio José de Sucre (1795-1830). Y lo decimos, y nuestros lectores lo van a comprobar ahora, porque si bien Jonhson en “El nacimiento del mundo moderno” se refiere a Miranda y Bolívar y menciona a Sucre como el general victorioso en Ayacucho (Diciembre 9,1824) en ningún momento alude a Miranda como un intelectual, como un diarista, como un pensador; nunca cita a Bello, quien logró la Independencia cultural latinoamericana, de hecho fue sustancial su acción en la literatura, la educación, el derecho y las relaciones internacionales muchas de cuyas pautas fijó. Y menos parece Jonhson haber advertido la existencia del gran filósofo de aquella época, Simón Rodríguez, el de las máximas para la autonomía. Y mientras no se entienda el carácter de la cultura hispanoamericana no se podrá estimar el significado de la gran transmutación que vivió nuestro continente a partir del 19 de Abril de 1810 cuando la emancipación fue proclamada en Caracas, antes esto no se había logrado en ninguna parte. Miranda al “inventar” nuestra libertad política había puesto sus bases, antes que el ningún otro. Y los intentos anteriores, como la sublevación de Picornell, Gual y España en Caracas (1797) o la de Quito (1809) habían fracasado, habían sido vencidos: sólo el de Caracas triunfó y se ha mantenido, sin solución de continuidad, pese a las alternativas del período 1814-1821, días del régimen realista en Caracas, sin solución de continuidad. Y además las vidas de Miranda, Bolívar y Bello estuvieron presentes en nuestra experiencia política y cultural a lo largo de más de medio siglo: el paso de una generación a otra, la entrega del fuego sagrado de la libertad lo puso Miranda en las manos de Bolívar, el libertador político, y de Bello, el emancipador cultural, en Londres, cuando se encontraron en 1810 allá. Y cuando Miranda murió en 1816 el Libertador estará en plena acción, logrando realizar lo que aquel planeó y dejó escrito. Y cuando Bolívar fallezca será Bello quien actué, desde Chile, irradiando su magisterio a todo el continente, hasta 1865 cuando dejó de vivir. Y desde ese momento actuaron sus discípulos y más tarde los alumnos de sus alumnos. Así tendremos más de una centuria de proyección. Todo esto hay que conocerlo para poder entender a nuestra América Latina.
En el punto al cual nos vamos a referir Jonhson hierra por no conocer a fondo, y por no haber logrado “sentir” la historia de los países hispanoamericanos a los cuales siempre hay que añadir al Brasil y a la multitud de islas que forman el multicolor mar Caribe, países tan latinoamericanos como los que hablan castellano. De hecho fue una nación caribeña, Haití, el primer país del continente en obtener su Independencia, en este caso de Francia, en 1804, seis años antes que la declaración caraqueña del año diez.
En el caso de “Héroes” al cual nos vamos a referir cita Jonhson a las figuras militares del norteamericano Jorge Washington (1732-1799) y las de los ingleses almirante Horacio Nelson (1758-1805) y Arthur Wellington (1769-1852). No le parece que sea correcto tratar en su capítulo sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821) ni se refiere a Bolívar. No se da cuenta que además de Goethe (1749-1832) las grandes figuras de aquellos días fueron Napoleón, el almirante Nelson, el duque de Wellington, Bolívar, el pintor español don Francisco de Goya (1746-1828) y dos mujeres: Mary Woltonecraft (1759-1797), la fundadora del feminismo (1792) y la novelista Jane Austen (1775-1817). No se refiere a Francisco de Miranda, lo cual es otro error, pese a que el gran proyectista de la emancipación participó, en puestos protagónicos, en las tres revoluciones de su tiempo: la de los Estados Unidos, la Francesa y la latinoamericana. Y el Libertador y Goya fueron, en los años de su más lograda acción, las grandes figuras hispanas de su tiempo, no había nadie que pudiera acercárseles. Incluso como hombre de letras, que también lo era, el Libertador escribía mucho mejor que los creadores españoles e hispanoamericanos de sus días. En el campo de la lengua fue un innovador, esa fue otra de sus revoluciones.
Ahora bien Jonhson refiriéndose a Wellington anota: “del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de Estado periódicos y a los gobiernos militares” (p.304), es lo que denomina el “camino bonapartista” (p.304) que no es otro para él que cuando “el militar se somete al jefe de Estado electo, con la completa aprobación de la nación” (p.304). Esto, como lo veremos nada tiene que con Bolívar, todo lo contrario, pese a lo que a veces se propala, incluso en alguna obra en la cual el público cae incautamente en sus conclusiones al creer que por haber sido escrita por un historiador profesional es certera, pero se equivocan por no darse cuenta que aquellas son las obras de lo que hemos denominado el “bolivarianismo escuálido” tan pernicioso como el chavista porque ambos utilizan al Libertador como arma de combate en vez de verlo, como debe ser, como una criatura de la historia.
Para aclarar el entuerto de Jonhson, un lunar en tan sabia obra, debemos ir un poco más atrás, para seguir la cronología de los acontecimientos.
Ante Napoleón, y esto no se ha visto como se debía, el punto de vista de Bolívar coincide con el de Jonhson, cosa que el británico ignora. El mismo expresó, el mismo año de la derrota del corso, por Wellington, en Waterloo lo que sigue. Lo hizo al divulgarse en nuestra América la noticia de que Napoleón pasaría a vivir en Nueva Orleáns, en donde incluso se le había preparado una casa. Expresó el Libertador (agosto 22,1815): “Si es la América del Sur herida del rayo, por la llegada de Bonaparte, ¡desgraciados de nosotros, para siempre, si nuestra patria lo acoge con amistad!. Su espíritu de conquista es insaciable: él ha segado la flor de la juventud europea en los campos de batalla para llenar sus ambiciosos proyectos; iguales designios lo conducirán al Nuevo Mundo” (“Escritos del Libertador” Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p.69).
Para entender esto, que no se cita como se debiera, deben examinarse las visiones que tuvo el Liberador del general galo. Al principio, cuando era un destacado oficial republicano, Bolívar lo admiró. Pero cuando se hizo Emperador, en 1804, Bolívar estaba en París el día de la coronación, lo adversó porque no lo podía considerar un republicano cuando tenía una corona sobre las sienes. Sobre él, en los siguientes, veinte y cuatro años guardó silencio, pese a conocer bien su máxima creación el “Código napoleónico” y haber leído con atención el “Memorial de Santa Elena” del conde de Las Cases (1766-1842). Pero se abstuvo de mencionarlo. Tal era su antagonismo con Napoleón que cuando el grupo paecista de Caracas le propuso coronarse en 1825 el Libertador, que rechazó tal proyecto enfáticamente, lo denominó proyectos napoleónicos. Solo fue en 1828 cuando conversó sobre el Corso con su edecán Louis Perú de Lacroix (1780-1837), quien consignó sus opiniones en su “Diario de Bucaramanga”. El Libertador ignoró siempre que aquel oficial escribía cada día el recuento de las conversaciones que tenía con Bolívar. Allí, en el “Diario de Bucaramanga”, vemos la idea que Bolívar tenía de él y por qué no lo mencionaba: para él, que era un republicano pleno, como siempre lo fue, el haber abandonado la república para hacerse Emperador lo separaba plenamente del oficial galo. Así fue.
Y por ello, y en esto también se equivoca Jonhson, jamás pensó actuar en forma bonapartista. Por bonapartismo se entiende, como lo indica el político-historiador venezolano Domingo Alberto Rangel: ”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho la revolución. En cierto modo sigue siendo jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartista” (“Los andinos en el poder”. 2ª. ed. Caracas: Vadell, 1974, p.131).
Ahora bien, y este es el centro del asunto que deseamos exponer, pese a lo que Jonhson expresa, no fue nunca el Libertador un caudillo de montoneras, ni propició golpes del Estado, ni sometió el gobierno civil al mando de los militares. La dictadura de 1828 fue un gobierno de emergencia, hecho para salvar la Independencia.
Tampoco es cierto lo que expresa Jonhson que los latinoamericanos, como consecuencia de la presencia de la acción de Bolívar, nos convertimos un “desgraciado continente” (p. 304): con hombre como el Caraqueño, pese a no haber sido escuchado, lo que hay por delante es progreso, lento arribo hacia normas civilizadas de vida. Todo lo contrario de lo que dice el escritor inglés a quien corregimos.
Primero no fue el Libertador un caudillo sino un político civilizador por haber sido él el primero que avizoró el caudillismo, sus sesgos y las desgracias que traería a nuestros pueblos. Y no podía dejar de verlo quien siempre estuvo, ojo avizor, analizando los sucesos de cada día.
Por ello cuando en su célebre carta a Pedro Gual (1783-1862), a treinta días exactos de la batalla de Carabobo (Mayo 24,1821), le dijo a Gual: “Estos no son los que Uds. conocen: son los que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988, t. XX, p.62. El subrayado es del propio Libertador). Allí comprendió lo que será el caudillismo. Y por ello también expresó, reglones más abajo, “estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más a la paz que la guerra” (“Escritos del Libertador”, t. XX, p.62).
Allí ya está dicho todo. Y fue expresado por un político que tras los difíciles años de 1813-1819 siempre fue presidente por elección en comicios (1819, 1821, 1825), por quien escuchó siempre la voz de los más capacitados, quien redactó Constituciones, para quien la ley era la norma de vida de los pueblos, para quien si bien la guerra fue ocupación de la mayor parte de su vida también lo fueron, y grande supremo, la educación del pueblo y la atención a la vida internacional a través de la civilizada diplomacia que creó.
Por ello no se puede considerar un caudillo, menos de montoneras, como las que aparecieron en nuestra América Latina después de su muerte, ni puede pensarse que fue cabeza del militarismo cuando él mismo pensaba (mayo 25,1826): “El destino del Ejército es guarecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos” y en su última proclama (Diciembre 10,1830): “y los militares empleando su espada en defender de las garantías sociales” (“Proclamas y discursos del Libertador”, Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983, p.407).
No fue ni caudillo militarista, pese a haber estado a cabeza del suyo, porque siempre propuso, e impuso a través de las leyes, el gobierno de los civiles, la presencia constante de la sociedad civil que él fue el primer venezolano en invocar en significativo pasaje de su Carta de Jamaica (“Escritos del Libertador”, t. VIII, p.232).
Y para terminar: es lastimoso que Jonhson no se haya tomado el trabajo de explorar más lo relativo al asunto Wellington-Bolívar porque fue el alto oficial inglés uno de los pocos que en vida del Libertador reconoció su grandeza. También lo hicieron en sus días Goethe, Byron (1788-1824) y Humbodlt (1769-1859). Esto lo pudo leer en inglés el autor de “Héroes” en la magnífica biografía del alemán Gerhard Masur impresa en 1948 (“Simón Bolívar”, Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p.579). Y es una lástima que para hacer la exploración del Libertador no haya leído también la biografía de éste, escrita y publicada en inglés el año 2006, por el notable historiador británico John Lynch. Sin duda ambas estupendas obras se encuentran en la biblioteca del Museo Británico en Londres donde pudo haberlas leído. Hubiera sido una forma de entender lo que la gente del Viejo Mundo no ha querido comprender: la peculiaridad de la América Latina.

Octubre 15,2009

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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Para leer a Manuel Caballero

por Roberto J. LOVERA DE SOLA
“En el ensayo… su real carácter está en el acto mismo de discutir, en la invitación al debate, no en la asertividad incuestionable”.
Manuel Caballero: “No más de una cuartilla”.
Caracas: Alfa, 2009, p.17

Gracias, amigos y amigas, para acudir a esta sesión de los “Tertulieros se reúnen” para conversar con Manuel Caballero sobre sus libros. Gracias también a la historiadora María Elena González Delucca y a la antropóloga Michelle Ascensio para ayudarnos hoy en el proceso mayeútico de alumbrar los por qué de la escritura de este vasto escritor venezolano, quien al hacer su autorretrato señaló: “Sólo he amado con pasión dos cosas en mi vida: los libros y las mujeres… Nunca he logrado expresarme de otra forma que no sea emborronando cuartillas. Por eso, creo tener autoridad suficiente para decir que la de escritor no es una profesión ni un oficio, sino un destino. Y nadie huye a su destino” (“Defensa e ilustración de la pereza”, Caracas: Alfadil, 1998,p.21). A lo cual añadió una observación fundamental: “Hay una idea corriente de que ‘escritor’ solo puede llamarse quien produce obras de ficción. Pero una prolongada relación con la mesita y la máquina de escribir me ha llevado a concluir que no existe escritura que no lo sea” (p.22). A lo cual habría que añadir que no es sólo escritor el que escribe poemas, narraciones u obras de teatro. También escritores son los críticos literarios porque sin la imaginación andando es imposible comprender y analizar las obras literarias. Así todo crítico también es un creador.
Pero caminado hacia nuestro invitado de esta tarde debemos confesar, después de mucho leerlo, siempre con aquella fruición que aconsejaba Jorge Luis Borges (1899-1986), que no deja de ser tarea dificilísima definir los contornos de su obra porque como humanista todo lo humano le interesa y sus intereses, por ello, son múltiples.
Ante Manuel Caballero cabe una constatación que nos hemos hecho ante el espectáculo del escribir venezolano: a fines del siglo pasado o al principios de este se extinguieron, por razones biológicas, los pensadores y ensayistas del siglo XX. El maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001), el hombre siglo, el hombre país, los presidió. Dejaron también de vivir cinco figuras que ahora tanta falta nos hacen, para hacer luz en todo lo que nos sucede, Juan Nuño (1927-1995), Carlos Rangel (1929-1988), José Ignacio Cabrujas (1937-1995), Tomás Polanco Alcántara (1927-2003) y el patrón de esta casa Francisco Herrera Luque (1927-1991). Pero fallecidos todos han venido los que debían tomar sus banderas en las manos y seguir iluminándonos. Para nosotros, y no es un elogio vacío, ni una expresión de afecto, sino una constatación crítica, quien los encabeza hoy es Manuel Caballero. Después vienen los demás.
Y está frente a todos porque igual que aquellos que se nos fueron es Manuel Caballero por sobre todo un humanista. Lo es, entre las muchas definiciones que esta posición ante el mundo ha sido bautizada, porque, como dijo el francés Pierre Henri Simón (1903-1972), es el que ejerce esa “actitud del pensamiento que comporta dos afirmaciones esenciales: existe una naturaleza humana; y lo humano se caracteriza por la vida del espíritu” (“Proceso al hombre”, Caracas: Universidad Central de Venezuela,1962,p.9). Y es desde esa atalaya que Caballero mira al mundo y expresa con su palabra su comprensión de ese universo.
Pero Caballero, con ser siempre un humanista, se expresa vaciando sus textos en diversos modos, sólo que sin bajarse nunca, ni siquiera en sus llamados libros orgánicos, de la actitud del ensayista, de la mirada del ensayista. Siempre cuando redacta los suyos, cuando ejerce como columnista político, como crítico literario, que lo es aunque pocas personas se hayan dado cuenta de ello, como historiador, como biógrafo, es siempre un ensayista. Por ello no es casual que una de las mejores exploraciones del género entre nosotros haya sido concebida por él, tal “El desorden de los refugiados”, que dio título a un libro suyo. Esto de ser siempre ensayista lo hermana con el mayor de todos los que hemos tenido: Mariano Picón Salas (1901-1965).
Y, desde luego, es el coralario, Caballero escribe bien, muy bien, inmejorablemente, porque es un estilista, la mas alta escala del ser escritor. Uno de esa gran familia que hay en nuestra literatura y entre nuestros historiadores: Rafael María Baralt (1810-1860), a quien José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) aconsejaba como modelo para aprender a escribir, José Gil Fortoul (1861-1943), Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), Eduardo Arcila Farías (1912-1996), Guillermo Morón (1926), José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005). Y, ahora, Manuel Caballero, cuyo lenguaje siempre acaricia la mente y el corazón de quien lo lee.
Y en cuanto a su método de trabajo debemos señalar que él, todo escritor sabe que debe hacerlo, ha señalado, que el arte de tachar forma parte del trabajo de todo escritor (“Defensa e ilustración de la pereza”, p. 6-8) tiene este modo de trabajar, que hay que subrayarlo para mejor comprenderlo: siempre así se trate de una reedición reescribe sus libros, los pule, de punta a punta, por lo cual los resultados son óptimos. A veces algunas de las nuevas ediciones de sus libros no son tales, como sería el caso de la segunda aparición de “El orgullo de leer” o de “La pasión de comprender”, en los cuales eliminó algunos textos, introdujo otros y a todos los volvió a revisar desde la primera la última línea. Hizo aquello que Octavio Paz (1914-1998) llamaba “Edición corregida y disminuida”. Y, claro al final, sólo podemos decir de sus libros: por sus frutos los conoceréis. Los suyos vienen del grano de mostaza bien cultivada, aquella de la parábola del Evangelio.
Y dicho esto, porque lo que nos proponemos esta tarde es dar una mirada al conjunto de su escribir, debemos señalar que no es nada fácil trazar segmentos al examinar la obra de Manuel Caballero. Si lo hacemos es por mero afán de precisar y describir porque toda ella se nos presenta como una unidad, como un conjunto pese a su diversidad.
Hay en su escribir libros que podríamos denominar orgánicos. Tal “El desarrollo desigual del socialismo y otros ensayos polémicos” (Caracas: Editorial Fuentes, 1970. 235 p.) que tiene un gran valor, y resiste una lectura actual, lo hemos comprobado hace poco. Y su sentido es, aunque no sabemos si todos saben que el gran debate sobre el socialismo, tras los sucesos de Praga en 1968, fueron hechos desde Venezuela y por tres pensadores venezolanos: Caballero en el libro que hemos citado, Teodoro Petkoff en “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” (Caracas: Editorial Fuentes,1969) y Ludovico Silva en “Sobre el socialismo y los intelectuales” (Caracas: Ediciones Bárbara, 1970. 85 p.). Esto sólo nos daría materia para toda una aproximación. Y está vivo, más allá del hecho de que Leonid Brezhnev (1906-1982) haya apostrofado públicamente el de Petkoff, lo que le dio relevancia mundial a aquel planteamiento. Tiene presencia viva el libro de Caballero hoy por el debate sobre el socialismo que se realiza entre nosotros desde que el Hegemón actual inventó algo que no existe en la teoría política: el Socialismo del siglo XXI y ello nos llevó a volver a los estantes en donde teníamos guardados nuestros libros sobre socialismo y marxismo, los cuales hemos releído para replicar a tanta descarada, e inculta, proposición. Por ello ya que el libro de Teodoro Petkoff haya sido reeditado, como “El socialismo irreal” (Caracas: Alfa, 2007. 307 p.), debe hacerse tanto con el Manuel Caballero, plenamente vivo y con el breve del inolvidable Ludovico Silva (1937-1988). Y por cierto pronto deberá corregir Teodoro Petkoff la injusta referencia que hace en ese libro (p.125) del poeta Joseph Brodsky (1940-1996): torcida y falsa en todo sentido. Brodsky era en aquel momento un disidente y un perseguido. Y el inmenso Brodsky es ahora Premio Nobél de Literatura (1987). Y cerremos: los sucesos checos del sesenta y ocho significaron el inicio del fin del socialismo autoritario, así lo creemos.
Creemos que podemos decir hoy que Manuel Caballero es un postcomunista pero una persona que estudió hondamente el marxismo, en el que militó, y se preocupó de su influencia en nuestro continente. De allí dos libros suyos tan destacados como “La internacional Comunista y la revolución latinoamericana” (Caracas: Ediciones Nueva Sociedad, 1987. 271 p.), originalmente escrito y publicado en inglés, fue su tesis de doctorado. Tal exploración había sido anticipada, a nuestro entender, por “La Internacional Comunista y América Latina: La sección venezolana” (México: Siglo XXI Editores, 1978. 175 p.) después, muy corregido, llamado ahora “Entre Gómez y Stalin” (Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1989. 286 p.). Estos asuntos aparecen incluso, desde otros ángulos, en muy largos pasajes de “El discurso del desorden” (Caracas: Alfadil, 1987. 189 p.).
Y ya que hemos hablado sobre su versación en el marxismo debemos añadir otra, para nosotros, un humanista cristiano, notable, es esta: es Manuel Caballero uno de los mejores conocedores entre nosotros, sobre todo entre los de su generación y entre los de la de izquierda, del hecho religioso, de las diversas religiones, de los asuntos teológicos y bíblicos. Es casi imposible encontrarle un gazapo, más bien lo que nos hace es alimentarnos con su saber en ese campo.
Entre los que hemos denominado sus libros orgánicos se encuentra “Las crisis en la Venezuela contemporánea” (Caracas: Monte Ávila Editores, 1998. X,177 p.), el cual nos permite mirar casi toda la historia de nuestro siglo XX atravesándolo con el estudio de sus crisis, fenómeno previamente tan bien precisado en la teoría por él. Al leerlo a veces uno está tentado a pensar que su génesis de esta obra está en “Las Venezuelas del siglo XX” (Caracas: Grimaldo, 1989. 306 p.) aunque en este hay mas que las solas crisis.
“Por qué no soy bolivariano” (Caracas: Alfadil, 2006. 219 p.), es libro unitario, aunque concebido a lo largo de mucho tiempo, meditando largamente en su tema central: el culto venezolano al Libertador. Y consideramos orgánico también los ocho ensayos de “Contra la abolición de la historia” (Caracas: Alfa, 2008. 195 p.) por tocar temas y asuntos focales para el entendimiento de nuestro tiempo venezolano. Allí, en el palique final, deja establecido el esquema para un libro que podría titularse “Venezuela en el siglo XX” y que nadie mejor que él está destinado a escribirlo.
Hemos dejado para el final la mención a un libro suyo magnífico, pero mal titulado, no por su culpa sino por los intereses comerciales de su editor madrileño. Es “La gestación de Hugo Chávez”, (Madrid: Catarata, 2000. 167 p.) en el cual el Poseso, como lo llama el gran Zapata, sólo aparece en las páginas del golpe del noventa y dos y en las últimas diez y nueve hojas. En verdad el nombre de este libro es el que aparece como subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana” y ello porque es el más comprensivo examen que se haya publicado sobre la democracia nacida el cincuenta y ocho. Por ello debemos pedir a su autor que lo reedite con ese cognomento para que así sea apreciado, leído y discutido por los venezolanos. Es obra singular en el tratamiento de su tema.
Caballero se llama así mismo “historiador de lo político”. Esto puede verse en las dos apariciones, no son exactamente dos ediciones, de “La pasión de comprender” (Caracas: Ariel,1983. 175 p.; Caracas: Alfadil, 2005. 243 p.), en el inmensamente incitante “Ni Dios y Ni Federación” (Caracas: Planeta, 1995. 307 p.) e incluso en su “Revolución, reacción y falsificación” (Caracas: Alfadil, 2002. 223 p.).
El columnista de opinión, siempre culto y zahorí, aparece en obras como “El mundo no se acaba en diciembre” (Caracas: Ediciones Centauro, 1973. 278 p.), “Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil” (Caracas: Edciones Centauro, 1998. 176 p.), cuya reedición urge porque todo lo sucedido desde 1992 acá esta allí apuntado con verdadera anticipación, como lo está también, en su cara militarista, en “La peste militar” (Caracas: Alfa, 2007. 219 p.).
Al imprimir en volúmenes sus trabajos políticos deseamos hacerle una sugerencia: que como se trata de escritos políticos, hijos de sus horas, al editarlos les ponga las fechas en que fueron impresos por vez primera. Con ello adquirirían mayor sentido y porque todo el que escribe sobre el suceder de cada jornada lo hace en día y hora fija, puesta a andar la pluma por sus acontecimientos.
El biógrafo lo encontramos en “Gómez, el tirano liberal” (Caracas: Monte Avila Editores, 1993. 383 p.), el quinto gran libro sobre aquel personaje que tenemos. Los otros son los de Domingo Alberto Rangel (“Gómez, el amor del poder”, 1975), Ramón J. Velásquez (“Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez”, 1979), Tomás Polanco Alcántara (“Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía”, 1992) y Jorge Olavarría (“Gómez, un enigma histórico”, 2007).
Igual singularidad tiene “Rómulo Betancourt, político de nación” (Caracas: Alfadil, 2004. 477 p.). Allí se ha vuelto a cumplir un hecho: los mayores estudiosos del hombre de Guatire han sido sus adversarios, marxistas o socialcristianos, entre los últimos cabe muy bien el padre Arturo Sosa Abascal.
Creemos que el amplio estudio sobre este líder se originó en su “Rómulo Betancourt: política y populismo en Venezuela” (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina,1971), aquí leído en su reedición como “Rómulo Betancourt” (Caracas: Ediciones Centauro, 1977.302 p.) ya que el folleto original circuló muy poco en nuestro país, tenemos en nuestras estanterías una de esas raras copias.
El renglón del biógrafo lo cierran, en este momento, los perfiles insertos en su Dramatis personae.
Caballero, y lo hemos dicho es un crítico literario, tiene la cultura y buril para hacerlo. Quien desee comprobarlo deberá repasar sus escrituras. El primer conjunto de ensayos, diríamos que más literarios, están en su “Ve y toma el libro que está en la mano de Ángel” (Caracas: Editorial Ateneo de Caracas, 1979. 248 p.), otros están en su “Defensa e ilustración de la pereza”, (Caracas: Alfadil, 1998.160 p.), “El orgullo de leer” (Caracas: Alfadil, 2003. 238 p.), cuya reedición no puede considerarse segunda edición, según su método de trabajo, excluyó algunos textos e incluyo otros que no estaban en la primera (1988), en “El desorden de los refugiados” (Caracas: Alfadil, 2004. 255 p.), en la primera parte de sus “Polémicas y otras formas de escritura” (Caracas: Alfa,2008. 191 p.) y en el sabroso “No más de una cuartilla” (Caracas: Alfa, 2009. 316 p.), la que nos ha dado motivo para nuestra reunión de esta tarde.
Creemos que aquí está Manuel Caballero. Es mucho lo que de su escribir se ha ordenado en libros, aunque sin duda en su archivo aun quedan muchos papeles. No lo dudamos.
Y para cerrar apenas una idea de los porqués de esa preciosa y deliciosa obra que es “No más de una cuartilla”. Dice Caballero “Nos proponemos reducir el ensayo a su mínima expresión, sin convertirlo en aforismo, así llegue a veces a contenerse en apenas una línea” (p.17). A la vez él, lo dice en la página final, no desea se vea este libro “como una simple libreta de anotaciones, un fichero o una red para no dejar las ideas de cada día” (p.316). Si es cierto que son ensayos contiene también aquellas ideas que todo escritor redacta, a la vez que trabaja sobre otros asuntos, dejando consignado un pensamiento que le viene y no desea perder, a veces se levanta de la cama para anotarlo y así no pederlo. Son ideas para más adelante, pero bien atrapadas siempre. Todos los escritores tienen, ahora en el disco duro de sus computadoras, ese especial memorial de todo aquello que viene a su mente cuando leen o escriben, y a veces cuando sueñan. Este libro a la vez, que es distinto a los “mini-ensayos” de nuestro querido maestro Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) y tiene un hondo sentido y grande valor dentro de la meditación ensayística venezolana.
En el libro de Caballero “El discurso del desorden” está la famosa frase que le dirigió (junio 16,1983) Gonzalo Barrios (1902-1993): “Los adversarios suelen ser amigos que no se conocen” (p.7): lo cual fue una grande confesión de tolerancia, la cual poseyó en grado sumo el político adeco, hombre de excepción, lo supimos bien quienes los tratamos con afecto y gozamos de su conversar, de su sabia intuición política, de sus mucho saberes surgidos de sazonadas lecturas y de sus consejos gastronómicos. Pero además esta frase también empapa las reflexiones, exploraciones y análisis de Manuel Caballero: él piensa por sí mismo y siempre está lejano a pretender imponer sus conclusiones a nadie. No en vano ha sido buen lector de Voltaire (1694-1778).

(Leído en la sesión de “Los tertulieros se reúnen” en la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del Jueves 19 de Noviembre de 2009 en la cual también participaron la historiadora María Elena González Delucca y la antropóloga Michelle Ascensio).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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Para un balance de la Democracia de 1958

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

ESTE DIA

Han sido tales los sucesos que hemos visto sucederse en la última década que el país democrático, el que se opone a la militarada en el poder, debió volver a su historia e interrogarla para poder así hacer luz en tan confuso panorama como el que vivimos. Es por ello que hemos calificado a este tiempo la hora de la introspección nacional. La intervención que sigue desea ser un nuevo jalón en esta meditación. Pero hecha como nos lo pidió Augusto Mijares (1897-1979) cuando se refirió a que los venezolanos tenemos “La necesidad de estudiarnos sin disimular nuestras culpas, pero también sin exagerarlas” (“Lo afirmativo venezolano”. Caracas: Dimensiones, 1980, p.339). Y sobre todo la necesidad que tenemos, creemos que cada día, de que nuestro vicio colectivo más practicado, el cual nos ha impedido vernos tal cual somos y entender nuestros logros colectivos. Eso es el que Manuel Caballero ha llamado “la autodenigración nacional” (“Polémicas y otras formas de escritura”. Caracas: Alfa, 2008, p.153) o el propio don Augusto de detener la persistencia “ hasta extremos grotescos aquella manía de auto-acusación” (“Lo afirmativo venezolano”, p.310).

PARA ABRIR

Una observación previa: nos proponemos exponer la esencia, o el esquema para el estudio, de lo sucedido en Venezuela en los cuarenta años del proceso democrático cerrado en las elecciones del 6 de Diciembre de 1998 de las cuales se cumplen hoy once años, que son el mismo onceno de la presencia de Hugo Chávez en el poder. Nadie antes, solo nuestros grandes dictadores como Antonio Guzmán Blanco (1829-1899) o Juan Vicente Gómez (1857-1935), han estado tanto tiempo en el poder.
Pero para entrar en nuestro tema debemos señalar que nos llamamos a este período “Cuarta República”, como se ha propalado desde 1999, porque tal período no existe en nuestro devenir, no hay tal “Cuarta República”. Este es una etiqueta política dada por el chavismo a los regímenes que los antecedieron. Denominación puesta para denigrar de un proceso tan importante en nuestra experiencia colectiva. Cuarta República es término tan denigrante como el epíteto de “conservador” puesto por Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) a los que encabezaron los gobiernos más creadores que tuvo Venezuela en el siglo XIX. Gobiernos verdaderamente liberales y progresistas. Pero el nombre tuvo suerte hasta el punto de que al estudiar esos primeros diez y siete años (1830-1847) José Gil Fortoul (1861-1943), en su Historia constitucional de Venezuela (3ra.ed. Caracas: Librería Las Novedades, 1942. 3 vols) los denominó “oligarquía conservadora”. En verdad fueron los días del “gobierno deliberativo” como con mayor propiedad los bautizó Augusto Mijares (La evolución política de Venezuela. 5ª. ed. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 2004, p.103-124). Así no hubo la tal Cuarta República como en verdad tan poco hubo ni Primera, ni Segunda, ni Tercera: estos son términos utilizados por los historiadores para delimitar los espacios de tiempo a ser examinados por ellos.
En verdad lo único que sucedió a partir del 23 de Enero de 1958, y o hasta el 6 de Diciembre de 1998, triunfo electoral de Chávez, o el 2 de Febrero de 1999, toma de posesión del mismo oficial. Lo que hubo desde el 23 de Enero de 1958 fue que el país retomó el hilo democrático.

PARA ESTE ESTUDIO

Todo el proceso que vamos a mirar (Enero 23, 1958-Diciembre 6, 1998 o Febrero 2, 1999) puede ser visto ahora al menos a través del libro de Manuel Caballero: “La gestación de Hugo Chávez” (Madrid: Catarata, 2000), obra al cual su editor madrileño le cambió el título, por razones comerciales, debió titularse con su subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana”. El otro es el del político socialcristiano Ramón Guillermo Aveledo: “La 4ta.República”. (Caracas: Editorial Libros Marcados, 2007. 299 p.) donde los hitos y logros del período están señalados, el de Ramón Escovar Salom: “Los demonios de la democracia”. (Caracas: Los Libros de El Nacional, 2006. 370 p.) y algunas observaciones sobre el por qué de la crisis de aquel sistema que aparecen en sus “Memorias de ida y vuelta”. (Caracas: Los Libros de El Nacional, 2007.416 p.) e incluso muchas de las acotaciones que aparecen en el largo diálogo de Ramón Hernández con Germán Carrera Damas (“El asedio inúti”l. Caracas: Editorial Los Libros Marcados, 2009. 236 p.) donde es evidente, desde su título, como ha perdido su tiempo Chávez al querer defenestrar la democracia.

DEMOCRACIA SIEMPRE

Para entender lo que significa este período hay que tener en cuenta que Democracia siempre hubo en Venezuela y está arraigada a la psiquis de los venezolanos que lo somos porque tal conducta más allá del ordenamiento constitucional hasta arraigado en nuestra psiquis. Los venezolanos siempre hemos sido un pueblo democrático y tolerante.
Lo hemos sido desde la decisiones de 1810 y 1811, momento de nuestra primera Constitución, de cuyos principios pendemos aún; desde la Constitución de 1858 que terminó con el sistema censitario de elección y aprobó el votó universal directo y secreto utilizado dos años más tarde para elegir a Manuel Felipe Tovar (1803-1866); desde el 18 de Agosto de 1863, día del “Decreto de Garantías”, donde está expresadas las bases de lo que debe ser una democracia y, ya en el siglo XX, a los cincuenta y siete días de la muerte del general Gómez, con la gran manifestación del 14 de Febrero de 1936 en la cual participaron todos los adultos, hombres y mujeres, que vivían en Caracas aquel día. Con razón ha propuesto Manuel Caballero llamado Día de la Democracia (“Revolución, reacción y revolución”. Caracas: Alfadil, 2002, p.195-198).
Y democracia tuvimos desde el 23 de Enero de 1958, día de su reinstalación. Y la continuaremos teniendo. Lo que entró en crisis en 1977, ya veremos por qué, no fue la democracia sino el sistema de administración del Estado. La gente confundió entonces, y es lamentable, la democracia, que no dejó de estar, con la crisis de un pésimo Estado administrador. Y se fue por el atajo de creer que un militar pondría orden en el desorden. Y ya sabemos que ha pasado.

LAS CUATRO DECADAS

Tenemos la necesidad de comprender estas cuatro décadas, pero dejando de lado la autodenigración nacional, que es lo que nos ha impedido comprender ese período de logros indiscutibles y de legítimo progreso para el país.
Así la expresión, que tanto se repite hoy, “éramos felices y no lo sabíamos” es válida y gráfica. Por ello hay que comprender que políticamente esos cuarenta años nos dieron: cuatro décadas de estabilidad política dentro el régimen político más largo de nuestra historia, un tiempo más largo que el paecismo, el guzmancismo y el gomecismo.
Pero hay más: ”donde no hay proyecto no hay mérito” dijo don Simón Rodríguez (1769-1854). Y la democracia de 1958 lo tuvo: el proyecto democrático delineado por Rómulo Betancourt (1908-1981) desde su exilio bajo el gomecismo: desde el “Plan de Barranquilla” (Marzo 22, 1931) y más delineado aun su columna “Economía y finanzas” del diario caraqueño “Ahora”, que redactó entre 1937-1939. Al proyecto se sumó pronto el socialcristianismo, con Rafael Caldera a la cabeza, quienes tenían los mismos deseos democráticos para el país. Así si Betancourt expuso su programa desde el exilio (1928-1936) y a su regreso. Caldera expuso, antes de cumplir los veinte años, en dos artículos publicados en “El Universal”, lo que debía ser la política social del país (“Los grandes problemas nacionales: Enero 15 y ”Preparando el mañana”: Enero 22, 1936), que en su caso cuajó al ser coautor de la Ley del Trabajo (Abril 28, 1936), en la larga exposición que constituyó su “Derecho del trabajo” (Caracas: Tipografía La Nación, 1939.XXIX,867 p.) y sus exposiciones como las que están en sus “Reflexiones de La Rábida” (Barcelona: Seix Barral, 1976. 112 p.) o en Los causahabientes (Caracas: Panapo, 1999. 203 p.).
Betancourt y Caldera se encontraron por vez primera en mayo de 1945, luego vino el entendimiento y la convicción del propio Betancourt que el nuevo régimen iniciado tras los hechos del 18 de Octubre de 1945 requería de un partido de oposición. Así fue. Ambos terminaron siendo los fundadores de dos partidos de masas, fundamentales en el período democrático. Luego vino en la reunión en Nueya York el 23 de Enero de 1958 de ambos y Jóvito Villalba (1908-1989), de allí salió lo que sería el “Pacto de Punto Fijo”. En la reunión neoyorkina estuvieron presentes también el expresidente Eleazar López Contreras (1883-1973) y el industrial Eugenio Mendoza Goiticoa (1906-1979).
Betancourt formó un partido policlasista, siguió exponiendo sus ideas a través de numerosos trabajos, que están en sus libros. De hecho Venezuela: política y petróleo (México: Fondo de Cultura Económica, 1956.887 p.) es el más extenso análisis concebido por un Presidente venezolano de la realidad del país. También, el presidente López Contreras, otro intelectual, escribió los suyos. Los otros expresidentes escribieron sus memorias, tal la Autobiografía (1867) de Páez o la de Guzmán Blanco, aun inédita u hojas de polémica y combate. Pero libros orgánicos para interpretar la realidad nacional, concebidos como unidades, solo López, Betancourt y Caldera, también este último tratadista de su concepción política en su “Especificidad de la democracia cristiana”. (7ª.ed.Caracas: Dimensiones, 1979. 140 p.).
Si para los cuarenta años de democracia el “Pacto de Punto Fijo” (Octubre 31, 1958) es esencia, su proyecto fue luego vaciado en la Constitución de 1961, la de más larga vigencia en nuestra historia, fundamental tanto como la de 1811 como la de 1830.
Agente fundamental de todo ese período, y de la Venezuela del siglo XX, ha sido el petróleo, “el rey petróleo” (Domingo Alberto Rangel” que nos trajo “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez). “Don” porque ha sido esencial en la construcción de la nación: nos permitió su edificación del país moderno. Pero “daño” porque el país se desbarrancó desde 1974: cuando la decisión de 1973 de subir sus precios era para ofrecer la plataforma de desarrollo y no para llevarnos a la corrupción. Pero no supimos o no pudimos manejar el llamado “efecto Venezuela” como denominó Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) a la súper abundancia de recursos.
Hay otra característica, que no se señala, en la elite de 1958: el entralazamiento entre “intelligentzia” y política: Betancourt, Caldera, Luis Beltrán Prieto Figueroa (1902-1993), Gonzalo Barrios (1902-1993), Ramón Escobar Salom (1926-2008) o Enrique Tejera París (1909) son buen ejemplo de la interacción entre la formación para la acción y el propio dominio de la preparación intelectual. Demostraron que la función política no podía estar alejada de la formación constante, que no se podía gobernar sin estar preparados para ello, sin un estudio constantes de sucesos, de hechos, de cambios, máxime con la rotunda transformación operada en todos los órdenes del vivir universal durante la década del sesenta, en la que apareció incluso la pastilla anti conceptiva y cambiar costumbres y hasta se reinventó la ética del vivir. Sin formación hay que decirlo no se puede gobernar, menos sin conocer la historia. Es eso lo que se define con el concepto sociológico de “intelligentzia”.
Piénsese sino, cuando nos asomamos a estos hombres, que el régimen de 1958 cayó de las manos del más impreparado de los presidentes. Un político de inteligencia natural, con suerte (que lo abandonó un día para siempre) pero que no escuchaba a nadie. Menos a las voces prudentes. Rechazaba los consejos desciendo a los interlocutores que lo que le hacían era incordiarlo. Y entonces lo cercó el anillo de la adulancia que no le permitió ver correctamente el suceder. Nos referimos a Carlos Andrés Pérez.
Los gobiernos instalados desde1958, no solo fueron democráticos sino tolerantes, tanto que Gonzalo Barrios, otro más de aquella elite de políticos cultos, todos grandes lectores, llegó a decirle en una carta a Manuel Caballero que “los adversarios son los amigos que no conocemos”.

LOGROS

Estamos muy cerca del período 1958-1998 para poder arribar a completas conclusiones, todavía todo es apenas solo aproximación. Pero hay que anotar entre los logros los siguientes: restauración de la República Liberal Democrática, convivencia política entre los políticos de diversas tendencias, lucha contra los que se opusieron, con armas en la mano a aquel proyecto: los militares golpistas y la izquierda marxista, los guerrilleros, que no supieron leer el libro de nuestra realidad. Era imposible imponer una dictadura marxista, copiada de la Cuba castrista, en un país que acaba de recuperar la democracia y es más: no podía triunfar una guerrilla rural en un país en pleno proceso de urbanización, cuyo centro eran las ciudades. No convencieron a nadie. Cuando dieron la consigna de abstención en las elecciones de 1963 todos votaron por elegir a los candidatos democráticos. Raúl Leoni (1905-1972) triunfó.
El período fue de constantes logros institucionales, la educación se masificó. Los precios del petróleo dominaban pero hubo logros como subida de los precios en 1973, nacionalización en 1976 y creación de Pedevesa, que logró llegar a ser una de las grandes empresas multinacionales del mundo, la novena. Detrás de ella estuvo uno de los grandes civilizadores contemporáneos de Venezuela: el general Rafael Alfonzo Ravard (1919-2006).
Pero por sobre todo hubo democracia y práctica de los derechos humanos. Y el país fue madurando hasta cierto punto, no todo lo que debía por eso se equivocó en 1992, al aplaudir el “por ahora”, y sobre todo en 1998 al votar por Chávez.
Llegó a haber incluso un camino abierto en ese período hacia la concertación de las decisiones, como lo pidió Caldera en sus “Reflexiones de La Rábida” (p.82).
No era aquella democracia el mejor de los mundos posibles pero el más acertado que podíamos tener, al que habíamos arribado después de muchas búsquedas, e incluso de sueños. Ese régimen es el que nos haría arribar, modificándolo cuando fuera necesario, no alterándolo y resolviendo paulatinamente sus problemas un camino hacia un país mejor.
Y tal fue el significado de nuestro proceso que fuimos la democracia más antigua del continente porque la democracia revivió en Venezuela en 1936, y la dictadura de los años cincuenta fue un paréntesis en que los logros sociales no se perdieron. Así fuimos una democracia más longeva que la de Costa Rica, iniciada en 1948. Y ello por la mexicana no puede ser considerada tal: fue la dictadura de un partido, el PRI. Y nuestra democracia fue tan fecunda que nuestro “Pacto de Punto Fijo” fue fundamental tanto en los “Pactos de La Moncloa” (Octubre 25, 1977) de la recién nacida democracia española como a la hora de vertebrar de nuevo la democracia chilena: vencido el dictador en el Plebiscito (Octubre 5, 1988). ¡Imagínense los hijos que dio nuestra democracia de 1958!

PERO

Pero vino la vicisitud, subieron los precios del petróleo y vino la erosión. Caldera al final de su primera presidencia dejó al país rico en recursos económicos, producto de sus decisiones. Siempre se ha dicho que los precios de nuestro oro negro subieron como consecuencia de la guerra del Yon Kiupur (Octubre 10-Noviembre 11, 1973) cuando en verdad subieron como consecuencia de la política petrolera desarrollada por el presidente Caldera con su ministro Hugo Pérez La Salvia. En verdad antes de la decisión de la elevación del 50% del precio (Octubre 26, 1973) hubo aumentos el 2 de Junio, el 27 de Julio y el 28 de Septiembre. Sólo que las fechas de la guerra y de la decisión venezolana coincidieron y nadie se ha tomado el trabajo de revisar los hechos con atención a través de la documentación y la prensa de aquellos meses finales de 1973, días que alteraron el destino de Venezuela. De allí en adelante todo dependería de la forma como los cuantiosos nuevos recursos fueran utilizados. Al inicio de 1974 Venezuela era prácticamente el único país latinoamericano, y del Tercer Mundo, que podía asegurar su desarrolló. Para quien tomó el poder el 11 de Marzo de 1974 no supo guiar la nave del Estado, pese a que ya graves voces prudentes, Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) y Manuel Egaña (1900-1985) habían hablado en los meses anteriores, llamando la atención sobre la necesidad de planificar los gastos que se harían en el futuro, Egaña. En la incapacidad de absorber tan altos recursos por la economía del país, Pérez Alfonzo.
Y vino la erosión, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, se presentó el agente, viejo en los anales venezolanos, tan antiguo que nos venía del régimen español: la corrupción. Analizarla es obligación de cualquier historiador. Es una variable de ese período que debe ser examinada tanto como una segunda que también se presentó: el deterioro del país, desde el político, el institucional e incluso el territorial, que se inició entonces.
Para analizar la corrupción, que sigue indetenible, contamos con la documentación organizada por la historiadora y politóloga Ruth Capriles Méndez y su equipo de investigación en el “Diccionario de la corrupción en Venezuela” (Caracas: Consorcio de Ediciones Capriles, 1989-92. 3 vols.). Arroja esta obra la presencia de numerosos delitos y sobre todo un balance apocalíptico: a la corrupción fueron a dar hasta 1992: 19.700.000.000 millones de dólares. Muchos de estos dolos fueron denunciados, algunos juzgados, pero la mayoría, son numerosísimos, quedaron en la más absoluta impunidad, el resquebrajamiento ético de la política vino por ese camino. Y surgió un nuevo actor en nuestro país: el denunciólogo. Se hizo ante esto verdad otra vez la frase del historiador Ramón J. Velásquez: “lo viejo es la corrupción, lo nuevo es la democracia”.
Pero en medio de esto el 31 de Diciembre de 1977 al sacar las cuentas fiscales del año se descubrió contablemente es hecho: no había habido superávit fiscal, eso era la primera vez que ello sucedía desde la muerte del general Gómez. Y sucedía en el momento en que el país tenía la mayor suma de recursos económicos que había tenido en toda su historia. Dice Manuel Caballero: “se comienzan a sentir los primeros síntomas del agotamiento del modelo económico y social, y cuando, por primera vez, desde 1936, comienza a producirse un deterioro en el nivel de vida de los venezolanos, pese a la plétora de petrodólares” (“La gestación de Hugo Chávez”, p.166), ”el país parece volteado hacia atrás, e, incapaz de dejar de soñar en los años dorados” anota el mismo analista en el mismo libro suyos que hemos citado antes (p.166).
Para nosotros, en aquella grave hora del 31 de Diciembre de 1977, a nuestro entender cayó la democracia de 1958, porque son los problemas económicos los que engendran las crisis políticas, piénsese sino en la Alemania de la República Weimar (1919-1933) cuyas crisis final, empujada por la situación económica, dio paso al nazismo.
En el suceder de 1977 el presidente Pérez, el responsable, actuó “sin sabiduría de estadista y de un modo atolondrado e inmaduro” como indica Escovar Salom, testigo de excepción entonces (“Memorias de ida y vuelta”, p.302).
La deuda externa se acrecentó, surgió la inflación y comenzamos a andar, por falta también de previsión hacia el “viernes negro” (Febrero 18, 1983).
Pero la crisis comenzó a tener otros frentes: frente al espectáculo de la corrupción la gente íntegra abandonó la gestión pública.
Y comenzó la erosión de los partidos políticos: perdieron sus ideales y doctrinas, se convierte en agrupaciones de puro pragmatismo, ya para ganar elecciones, ya para hacer negocios, porque después de AD bajo Luis Herrera Campíns (1925-2007) también Copie se entregó a la corrupción.
Y desde los gobiernos que siguieron no se gobernó más, no se hizo presente la consigna: “prever para proveer” sin la cual es imposible gobernar.
En crisis, sin que la clase política diera ejemplo de lo que exigía a los ciudadanos, se presentó Caracazo (Febrero 27, 1989), el segundo régimen de Pérez quedó sin piso alguno. El paquete económico, pese a tener cierto sentido, fue adversado por el país.
Con toda la información de la conspiración en la mano el presidente no hizo caso, su megalomanía se lo impidió. Se fue de viaje a Suiza. El 4 de 1992 se produjo el golpe.
Más tarde las acusaciones de corrupción hechas al propio presidente terminaron con su gobierno. Fue suspendido, juzgado y detenido.
El país llamó como salvadores a dos de sus más ancianos y veteranos políticos, Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera, quienes actuaron dentro de graves dificultades, muchas, difíciles de analizar con detenimiento aun hoy por su cercanía. Pero pasado el tiempo necesario se comprenderán los por qué de sus acciones.
El final fue que ”La democracia se perdió en manos de la inacción, de la indiferencia, de la frivolidad para mirar el escenario crítico que se tenía ante la vista y que fue haciéndose crecientemente presente desde 1977”, como acotó Escovar Salom (“Memorias de ida y vuelta”, p.270).
Como sigue siendo necesarios analizar las razones de la caída del régimen de 1958, creemos que por su propio peso y por imprevisión, citamos las principales rezones de sus males anotadas precisamente por Escovar Salom en su iluminador libro “Los extravíos de la democracia”, autentico libro coyuntural, quizá el mejor, junto con el de Manuel Caballero, como reflexión de todo este acaecer.
Apunta Escobar que las razones de la caída del régimen son: “El sistema político se fue anquilosando y tal vez envejeciendo. Algunos componentes de esta situación podrían enumerarse: 1) no se desarrolló institucionalmente la Constitución (1961). Se dejaron de aprobar las leyes que la completaran; 2) la pereza judicial impidió que se desarrollara la jurisprudencia. La Corte Suprema de Justicia la mayor parte del tiempo careció de liderazgo intelectual y de presencia activa para estimular las bases éticas de la legalidad; 3) los partidos políticos, los gremios y los sindicatos impidieron el funcionamiento normal de las instituciones;4) Se pensó que la salud de la democracia dependía solamente de la normalidad de los calendarios electorales y de la sucesión ordenada del poder;5) los modelos de sustitución de importaciones, la anarquía poblacional, la urbanización anárquica, alteraron la relación de la ciudad con el territorio; 6) no hubo lo que Montesquieu denominó la administración de las cosas; la infraestructura y el equipamiento se fueron agotando sin renovación ni mantenimiento. Los servicios públicos colapsaron hasta llegar al paroxismo de la incompetencia; 7) no hubo una política de población. El más grande acierto de los años cuarenta y cincuenta fue la inmigración europea; 8) La corrupción se hizo conspicua y ubicua haciendo que la democracia y las instituciones perdieran prestigio especialmente el poder judicial penetrado por el gangsterismo profesional tribal con respaldo político; 9) parálisis de la circulación intergeneracional, crisis de renovación, oxigenación y ventilación; 10) destrucción del Estado por incompetencia y corrupción. La constitución se quedó sola sin el Estado. (“Los extravíos de la democracia”, p.32-33).
Y así llegamos a 1998. Anota el mismo Escovar: “la controversia de 1998 fue la confrontación entre un liderazgo fatigado y sin iniciativa histórica y una proposición emergente cuyo galope venía desde muy lejos, puesto que se nutría del acervo del partido más antiguo de la historia nacional: el partido militar y autoritario” (“Los extravíos de la democracia”, p.35).
En 1998, año final del régimen iniciado en 1958, se impuso el analfabetismo político, la salida mágica, la gente se confundió, en medio de desesperación, ya anotada por nosotros, por poner fin a una mala administración pero clausurando el sistema político. Y el problema estaba en lo primero: en la pésima motorización del Estado, no en régimen, en verdad que los males de la democracia se corrigen con más democracia, radicalizándola, como lo propusimos nosotros mismos cuando el régimen arribaba a sus veinte años y ya las graves señales se veían, más para quien en ese momento vivía en el exterior y observaba con angustia lo que sucedía en Venezuela (ver nuestro “La Venedemocracia”, El Nacional: Octubre 23, 1978).
En aquella hora de las elecciones de 1998 el país no supo escoger, nadie, o muy pocos, analizaron lo que ya se observaba: nacería un régimen fascista y militarista, tomarían el poder los ayatolas del ejército, como los llamó el general Carlos Julio Peñaloza la noche del golpe cuando habló a través de Venevisión, él era, aquel día, uno de los pocos, no el único, que sabía quien era Chávez y su gente.
Lo que venía, desde aquel 6 de Diciembre de 1998, estaba claro para agudos analistas, se puede comprobar en una obra que publicó Manuel Caballero ese mismo año (“Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil”. Caracas: El Centauro Ediciones, 1998. 173 p.). Y por ello tenemos lo que tenemos por nuestra propia colectiva culpa.
Y para cerrar hay que decir que el régimen de 1958 es ya historia. No volverá ni retornará como lo desean los dinosaurios de ese período. Y especialmente porque la historia no se repite. Lo que surgirá cuando concluya el régimen de Chávez, ese será un día porque el poder no dura para siempre, será una nueva situación que soñamos democrática. Aunque lo puede venir también es una fuerte dictadura que ponga orden y reoriente el país. Como lo hizo Gómez desde 1908. Una autocracia que nos sirva de expiación de todos los errores colectivos que todos hemos cometido, incluso los que nunca hemos votado por Chávez y condenado el golpe de 1992, firmando con nuestro propio nombre y apellido. Pero la gran equivocación de celebrar el “por ahora” y elegir a Chávez lo pagaremos los venezolanos: un error del calibre del cometido solo se logra curar a través de la acción de una generación entera, veinte y cinco años.
Tal las meditaciones políticas, empapadas de historia venezolana, que pueden hacerse este mediodía en que se cumplen once años del inicio del gobierno de Chávez. En Venezuela hasta hora los que más habían gobernado eran nuestros grandes dictadores: Guzmán Blanco y Gómez. Que un presidente, siempre haciendo triquiñuelas, esté en el gobierno once años después de su elección es una rara excepción, hasta la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) sólo logró remontar un quinquenio (1953-1958).

(Exposición hecha para cerrar el foro realizado en la Galería de D’Museo, Las Mercedes Caracas, convocado por la Fundación Venezuela Positiva la mañana del domingo 6 de Diciembre de 2009. Intervinieron también Nora Bustamante, Domingo Irwin, María Teresa Romero, Luis Alberto Butto, José Amando Mejía, Manuel Felipe Sierra, Rafael Durán y Carlos Alarico Gómez. Fue moderador: Heraclio Atencio Bello).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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Un sermón por Venezuela

por Roberto J. LOVERA DE SOLA
 
“Todo lo que él toca, se vuelve falso. Su aliento es como la peste”.
Sandor Marai:
“La herencia de Eszter”,
ed.2001, p.28

MOTIVACION

Cuando el 11 de Septiembre de 2001 las “Torres Gemelas” de Nueva York fueron destruidas la periodista italiana Oriana Fallaci (1929-2006), quien residía en la ciudad, al darse cuenta de la gravedad de lo sucedido, el terrorismo había actuando en la principal urbe de la primera democracia del mundo, la intolerancia musulmana había asentado un duro golpe al mundo de la tolerancia. Por ello, con lágrimas en los ojos, se fue a su apartamento y redactó aquel rotundo artículo que los pocos días se publicó en “Il corriere de la Sera”, periódico milanés del cual era reportera. Inmediatamente el diario madrileño “El mundo” lo publicó en castellano y con la fuerza de la luz sus renglones cruzaron el mundo a través de Internet. Eran aquellas quince cuartillas, un alegato escrito con odio, como lo pensamos cuando sobrecogidos las leímos en el monitor de nuestra computadora. Pero esto no le bastó a la gran Fallaci, una de las grandes testigos de nuestra época, sino que se dio a la tarea de desarrollar las ideas expuestas en su artículo, de allí brotó su conmovedor ensayo “La rabia y el orgullo” (Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 2002. 184 p.). Mientras trabajaba en él un profesor norteamericano amigo, Howard Gotlieb, le preguntó qué era lo que escribía y ella le respondió: “un sermón” porque sintió que debía escribir, como Emilio Zola (1840-1902), un nuevo “Yo acuso” como el aparecido en el diario parisino “Aurora” (Enero 13,1898), el escrito propio de una coyuntura, “Una requisitoria o más bien un sermón dirigido a los italianos y demás europeos” (p. 19-20). Pero como vivimos en un mundo globalizado el mensaje de la autora de “Entrevista con la historia” (1974, 2ª. ed. aum. Barcelona: Noguer,1980. 615 p.) llegó a todas partes, a todos los hombres y mujeres que necesitan una palabra de explicación en aquella hora, en que todavía se levantaban los cadáveres de entre los escombros de aquellos edificios.
Es por ello que esta mañana lo que deseamos dirigir a ustedes amigos y amigas que nos acompañan, a los venezolanos todos, en esta graves horas de nuestro vivir, momento lleno de angustia, de congoja y de preguntas, es un sermón más que para la enseñanza y la admonición, como quiere decir esta palabra, para la reflexión en nuestras conciencias. Una amonestación que nos lleve a recuperar la esperanza y nos permita a los ciudadanos salir de la anestesia en que estamos desde hace meses, desde que el Hegemón declaró su presidencia perpetua como si no estuviéramos en una república, que es lo que somos, sino en medio de una autocracia de la estepa asiática.

¿POR QUE?

Es por ello que al presentar de nuevo el libro colectivo “Tierra nuestra” (Caracas: Fundación Venezuela Positiva, 2009. 2 vols) que hemos concebido cuarenta y nueve autores gracias a la serena mirada y dirección de Heraclio Atencio Bello, obra para cuya concepción nuestro querido maestro el doctor Ramón J. Velásquez, el gran guía en la comprensión de nuestro tiempo venezolano, sugirió cuales deberían ser sus contenidos.
Los dos volúmenes de “Tierra nuestra” fueron obra pensada para hacernos volver a leer nuestra historia, registra sus 511 once años, desde la llegada a Cristóbal Colón (1451-1506) a Macuro a las 9 de la mañana del 3 de Agosto de 1498, día sin duda de la fundación de Venezuela, hasta estos días que corren. Es una obra para conocer nuestra historia, para comprenderla, para sentirla, porque sin ella, sin la historia que es camino y espejo, no podremos andar con certeza en este momento de grave turbación nacional pero a la vez este es el tiempo, como la hemos definido desde tiempo atrás, desde que se inició el gran boom histórico que vivimos, la hora de la introspección nacional, de la búsqueda de respuestas a través del suceder de nuestra memoria colectiva.
Mientras los autores de “Tierra nuestra” trabajamos en nuestros textos, cada uno escribió un punto, un asunto, sobre un momento o un personaje de nuestra historia, mientras todos nosotros al unísono interrogábamos el alma de Venezuela, nuestra admirado Heraclio Atencio Bello tuvo la idea, gracias al correo electrónico, de enviarnos a cada autor los diversos capítulos a medida que iban llegando a la Fundación Venezuela Positiva. Y gracias al doctor Atencio pudimos leer cada capítulo y sugerir observaciones. Se formó así, gracias a Heraclio, una especie de parlamento de discusión de, por y sobre Venezuela, diálogo en que unos a otros pudimos escucharnos. Fue un ágora democrática que actuaba en las mismas horas en que la llamada Asamblea Nacional desarrollaba, obedeciendo al César imperante, lo que hemos denominado “la disolución constitucional de Venezuela”. A diferencia de quienes se reúnen en la esquina de San Francisco en nuestra duma, dirigida por ti Heraclio, nosotros pudimos hablar, ser escuchados, respetar nuestras discrepancias, a veces sugerir documentación no bien vista o interpretaciones a tener en cuenta. El resultado ha sido óptimo: está en los dos tomos, en las novecientas noventa y dos páginas de la obra.

NUESTRA PROPOSICION

Viendo lo que estaba significando el trabajo de escritura que está ya indeleble en “Tierra nuestra” creemos que como la historia es siempre lección y aprendizaje caben, en esta nueva presentación de obra, algunas reflexiones más, sobre todo, insistimos en el punto, algunas ideas más que la realidad de estos dolorosos y trágicos días nos impone: por qué los venezolanos, los conscientes, los que aman a Venezuela, los que no somos “venezolanos efímeros” que alguna vez describió Francisco Herrera Luque (“La historia fabulada”, Tercera Serie. Barcelona: Pomaire, 1983, p.124), que son los que pasan sin dejar huella, frase que puede aplicarse a los que están hoy en el poder, debemos pensar en el proyecto del país por venir. Sobre todo porque hay que decírselo a esta nueva generación prodigiosa que ha aparecido en Venezuela, la que puja en todos los rincones de nuestra geografía. Hay que decirles que entren en acción, que el camino es de ellos, pero hay que decirles que es imposible actuar en política sin conocer la historia porque aquella sería una acción hueca y nosotros en Venezuela tenemos fundamento muy hondo en lo que a ciudadanía y democracia se refiere, tanto que la democracia es nuestro modo de vida y el mayor pecado del Poseso, como lo llama nuestro gran Zapata, es haber conspirado contra nuestro modo de vida. La democracia, hay que subrayarlo cada día, cada hora, es modo de convivir desde el articulado de la Constitución de 1811, sobre todo cuando describe los derechos de los ciudadanos, todo ello ratificado al final de la Guerra Federal, el 18 de Agosto de 1863, en el “Decreto de garantías” del presidente Juan Crisóstomo Falcón (1820-1870) hecho confirmado por la gente en la gran manifestación de la tarde del 14 de Febrero de 1936, en la cual participaron todos los adultos, hombres y mujeres, que vivían en Caracas entonces. Día de la democracia ha sido llamado con razón.

OSCILANDO

Se ha dicho que Venezuela siempre ha oscilado entre dos polos: entre Martín Tinajero, la bondad, y el Tirano Aguirre (1511-1561), la eclosión de violencia, la misma propiciada por los “taitas” José Tomás Boves (1782-1814) y Ezequiel Zamora (1817-1860), quienes llenaron de sangre, de horror y de dolor a la nación; también ha marchado la nación entre el “bochinche” del general Francisco de Miranda (1750-1816) y “el mundo es del hombre justo” del sabio José María Vargas (1786-1854). Por ello a la altura en que estamos, viviendo el gran hiato colectivo en que estamos metidos, la Venezuela que deseamos alumbrar debe atarse a los principios del venerable de la conquista, al de la admonición del doctor Vargas y a la búsqueda de cómo vamos a administrar el bochinche.

LA HISTORIA

Y para que la historia sea “camino, espejo y mensaje” como lo señaló el historiador Ramón J. Velásquez (“Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez”, 8ª. ed. Caracas: Centauro, 1981, p.29) es necesario estudiarla. Pero a la real, a la verdadera, a que se hace con documentos, la que escucha además la voz de sus protagonistas, aquella que no está al servicio del poder político, más en estos días que la interpretación de nuestra historia ha sido llena de falacias, incluso se ha pretendido borrarla, alterarla, acercándose a lo que Manuel Caballero ha llamado su “abolición” (“La abolición de la historia”, Caracas: Alfa, 2008,p.9-54).
Así para entender la historia, para que nos ilumine, para que sirva de acicate a la lucha política, esta debe ser interpretada tal cual es y siempre “sin ira, ni prejuicios” como lo observó el papa Pio XII, Eugenio Pacelli (1876-1958).

LA COYUNTURA

Hay que pensar que estamos ante una coyuntura, hay que superar el hiato en que nos encontramos al menos desde el 4 de Febrero de 1992 aunque los sucesos que lo partearon, ahora lo veremos, fue anterior, sucedieron tres lustros antes. Y lo llamamos cesura, corte o pausa porque lo que hemos visto sucederse en esta última década muy poco tiene que ver con lo que somos y aspiramos los venezolanos que no es otra cosa que la pervivencia del sistema democrático. Lo que hemos visto es solo el deseo de aquel solo que solo desea “poder, poder y más poder”. Y no poder para servir y encaminar a la nación.
¿Por qué se presentó esa ruptura? porque la elite política en el poder estaba agotada y sobre todo no encontró la opinión pública la forma de convencerlos de que eran necesarias numerosas reformas, quirúrgicas algunas, que eran impostergables y que la disolución ética, producto de la corrupción, debía ser detenida. Así como lo observó Ramón Escovar Salom (1926-2008):”La democracia se perdió en manos de la inacción, de la indiferencia, de la frivolidad para mirar el escenario crítico que se tenía a la vista y que fue haciéndose crecientemente presente desde 1977” (“Memorias de ida y vuelta”, Caracas: Los libros de El Nacional, 2007, p.270).
Tampoco esa elite encontró la forma de renovar la dirigencia y dejar pasar a la nueva generación. Optó por lo largos liderazgos, muy comunes en nuestra América Latina, pese a tener al lado el ejemplo de Colombia donde una nueva generación de políticos, conservadores y liberales, se habían puesto a la cabeza de los dos partidos y pronto accedieron a la presidencia. Y el ejemplo de España en donde un político de edad, el profesor y político Manuel Fraga Irribarne, se dio cuenta que debía dejar pasar a los nuevos, como ya había sucedido en el PESOE con Felipe González, facilitó así el animoso e inteligente Fraga la entrada en la escena una nueva promoción: así el Partido Popular pudo gobernar con José María Aznar y se convirtió en la segunda gran corriente política de la vida española. Y por cierto, Fraga no salió de la política, por un largo período gobernó su galicia natal, siempre ganando cada elección a la que presentada, y lo que es mejor dejando obra firme construida para el servicio de sus paisanos. Tal los ejemplos que nuestros líderes no supieron entender. Eran ambos ejemplos que aquí no tuvieron desgraciadamente eco.
Pero no sólo no hubo alternabilidad generacional sino que los partidos perdieron sus ideales, sus principios y sus convicciones. La política se volvió solo activismo vacuo, los políticos y los funcionarios honestos, ante el espectáculo de la corrupción, se retiraron de la escena pública. Y esta quedó en manos de los peores. De allí el desbarrancadero por el cual nos fuimos. Y en medio de todo: las más altas figuras nacionales hablaron, en todos los tonos, con todos los consejos necesarios, entre ellos la voz siempre admonitoria del maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001). No fueron escuchados. Vayan ustedes hoy a la Hemeroteca Nacional y repasen las páginas de política y las columnas de opinión del diario El Nacional y de la revista “Resumen”, aunque no fueron los únicos, y encontraran todos estos testimonios a los que nos referimos, verán todo lo que pudo ser evitado si se hubiera escuchado a los conscientes que hablaron a tiempo. E incluso a destiempo.
Pero además se presentó, y allí entramos en la coyuntura de la cual no pudimos salir ilesos: eso sucedió, y ya ha sido registrado por nuestros historiadores, cuando el 31 de Diciembre de 1977, al sacar las cuentas del año, se comprendió que por primera vez desde la muerte del general Juan Vicente Gómez (1857-1935) no había habido superavit fiscal en el país. Allí, para nosotros, empezó la crisis y, no crean que exageramos, allí cayó la democracia del cincuenta y ocho porque las crisis económicas producen las crisis políticas. Y lo que es más grave: en aquel momento Venezuela tenía los mayores recursos económicos recibidos, gracias al oro negro, en toda su historia. Pero la ausencia de criterio se impuso, y la gravísima voz de Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) no fue escuchada. Peor, desde Miraflores se alentó la campaña contra él llamándolo “loco”, que es el epíteto que siempre se ha utilizado en Venezuela en contra de los prudentes, de los que saben que hay que prever para proveer.

CRISIS

Y allí entramos en las crisis que se expresó primero el “Viernes negro” (Febrero 18, 1983), luego en el “Caracazo” (Febrero 27-Marzo 1, 1989) y tres años después en la insurgencia, catapultada por la idea falaz de dejar hablar al cabecilla, y se hizo contraviniendo incluso un principio que está en “El Príncipe” (1513) de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), el tratado fundador de las ciencias políticas que a la vez un libro de historia. Nunca se da la palabra al adversario vencido con las armas en la mano. Quien lo hace, nos enseñó el florentino, pierde el poder,”De aquí se extrae una regla general, la cual nunca o rara vez falla: quien procura que otro devenga en poderoso se arruina” (El Príncipe. Caracas: Los Libros de El Nacional, 1999, p.29).
La crisis que vivimos, afianzada en el mal gobierno iniciado en 1999, en la conversión del país democrático en una dictadura constitucional desde el 15 de diciembre de 1999 al aprobarse la Constitución, concebida ad hoc, al igual que lo hecho a lo largo de nuestra historia por todos los caudillos llegados al gobierno. Y no lo olvidemos el actual mandatario es un neo-caudillo, un hombre que solo mira hacia el pasado y el sucederse de cada sociedad es siempre hacia adelante. Y ello porque tan grave como desconocer la historia es vivir obsesionado por ella, solo mirándola, solo pensando, lo que es una falacia, que ella se está escribiendo con sus actos. No. La historia tiene sus propios fueros y a veces de seres que han hecho mucha bulla lo único que queda en los libros de historia es una nota a pie de página. Pero ello lo que urge hoy es el rescate del país democrático, que es donde se expresa lo que somos.

¿CÓMO?

El futuro debe ser construido por medios pacíficos, constituciones y electorales. Y nuestra bandera debe ser la Constitución vigente, ratificada por la mayoría de los venezolanos en el referendo del 2 de diciembre de 2007. Todo lo decidido después por el dictador y su Asamblea Nacional de funcionarios que no discuten las leyes sino que obedecen a los dictados de Miraflores, es írrito. La Constitución de 1999 es nuestro camino: estatuto democrático y plural, que algún día deberá ser revisado y corregido en sus aspectos autocráticos, devolviéndole el nombre al país, instaurando otra vez el parlamento bicameral, revisando la extensión del período presidencial, prohibiendo la reelección absoluta de los que ejercen la primera magistratura. Y sobre todo corrigiendo su falsa definición según la cual Venezuela es un país “multiétnico y pluricultural” como se lee en su Preámbulo: Venezuela en verdad es una nación mestiza, el “pequeño género humano” que dijo el Libertador en la Carta de Jamaica (Escritos del Libertador. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p. 232). Y una advertencia: pese a que lo que se propala no somos una nación socialista sino la nación democrática y pluralista como se la define en el artículo 2 de esa Carta. Pero la tenemos y con ella en la mano debemos luchar. Sobre la marcha corregiremos sus entuertos.

UN PLAN

Pero a la vez para la nueva nación que deberá nacer, lejos de las corruptuelas, con una nueva generación al frente, con los políticos, sobre todo los corruptos desterrados. Y sobre ellos siempre hay que indicar que la llamada hoy Cuarta República terminó, no volverá porque la historia no se repite. Son esos mismos políticos viejos, los que llevaron a Venezuela a lo que sucedió, también el presidente Chávez es uno de ellos, el hijo bastardo. Son ellos los que tienen hoy entrabada la oposición, que no ha logrado vertebrarse a lo largo del último decenio. Son estos políticos gente que no desean nuestro bienestar y nuestra unión para nada: sólo son un grupo de políticos desempleados en busca de cargos y que para nada están dispuestos a formar, lo que nos urge, según el pensamiento de Augusto Mijares (1897-1979), “una generación dispuesta a vivir por la patria” (Longitud y latitud. Caracas: Seguros Horizonte, 1971, p. 139). Una generación que esté dispuesta a servirla y no a servirse de ella. Y ello porque la esencia de todo ejercicio político descansa sobre la vocación de servicio, a todos, a la gente, al colectivo.
Para esa alborada que soñamos necesitamos tener un plan de acción, un proyecto, del cual ya existen los que podríamos denominar sus varios borradores, algunos impresos en libros, programas dignos de estudiarse y analizarse.
Y debemos despertar: el chavismo nos ha anestesiado y por ello estamos a la deriva, sin gobierno, en medio del caos, del desorden, de la anarquía, rodeados por los cientos de cadáveres de personas asesinadas, muchas de estas muertes son sin duda homicidios políticos, entre ellos están nuestros desaparecidos. Sabemos el camino y debemos comprender que la respuesta y la solución no nos vendrá de afuera ni nadie nos la dará: porque la respuesta está en nosotros los venezolanos, en solo nuestros hombres y mujeres. Es de allí que hay que hacerla nacer. Para ello es necesario mantener viva la esperanza, nuestros mejores hombres y nuestros mejores libros de literatura y de historia así nos lo indican. No hemos fenecido, no nos hemos acabado: el futuro de volvernos a parir, de reinventarnos, está ante nosotros: siempre habrá Venezuela.

(Leído en la Galería de Museo, Las Mercedes, Caracas, en el acto organizado por la Fundación Venezuela Positiva, el mediodía del domingo 22 de Noviembre de 2009).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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Memoria de Lucila Velásquez

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

La muerte en Caracas (Septiembre 28, 2009) de nuestra poeta Lucila Velásquez resta a las letras venezolanas y a la Venezuela cívica de una de sus figuras más altas y pierde la mujer venezolana a una de las féminas a través de la cual se hizo presente la feminidad en nuestro vivir contemporáneo, literario, político y diplomático.
Lucila Velásquez fue el seudónimo con el cual Olga Lucila Carmona Borjas firmó toda su obra literaria. Ella era llanera, vio la luz en San Fernando de Apure, Apure (marzo 24, 1928), bajo el signo de Aries, el propio de los que luchan sin tregua, de aquellos que si para pasar de un lado al otro deben tumbar una pared con la cabeza lo hacen pese a que sangren.
Deja Lucila Velásquez todo el esplendor de su obra de creación poética, la cual se puede seguir muy bien hoy en día tanto a través de su “Antología poética,1949-1989”. (Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1990. 401 p.) como por medio del volumen “Lucila Velásquez: 50 años de creatividad de la palabra, poesía 1949-1999” (Caracas: Fundarte, 1998. 255 p.) publicado este último en el dintel del desbarrancadero nacional. Si seguimos su largo trabajo creador la hallamos amorosa en sus primeros poemas; más tarde en vela angustiada por la patria en Poesía resiste (México: Cuadernos Americanos, 1955. 126 p.) y luego agobiada, en sus composiciones más densas, como “El árbol de Chernobyl”. (Caracas: Monte Avila Editores, 1989. 235 p.), por la carrera atómica y armamentista, por las formas como el hombre destruye el medio en el cual vive y a sí mismo. Esa conjugación de ciencia y poesía llena buena parte de su trabajo poético último. Este denso poemario, testimonio de una ardua hora, fue publicado primero en edición bilingüe castellano-inglesa y luego traducido al alemán, y extensamente comentado fuera de nuestras fronteras.
Ahora, al decirle adiós a persona siempre tan estimulante, con la que trabajamos tantas horas a favor de la cultura venezolana, debemos detenernos al evocarla en algunos singulares momentos de su trayectoria humana, siempre a partir de decir que la esencia existencial de ella fue siempre la poesía, la palabra, que es lo único que los escritores poseen. Y ello pese a lo que pensaba Ludwig Wittegestein (1889-1951), el mayor filósofo del siglo XX, que éstas son resbaladizas, inestables, ambiguas y traicioneras, como lo indica su biógrafo el británico Paul Johnson (“Héroes”. Barcelona: Ediciones B, 2009,p.207). Porque estas son, como lo escribió Winston Churchill (1874-1965), no solo notable político, el mas grande de la centuria pasada, sino gran intelectual, “Las palabras son lo único para dura para siempre”. Las palabras siempre permanecen más allá que cualquier otra cosa. Y ella lo supo y practicó desde “Color de tu recuerdo” (Caracas: Ávila Gráfica, 1949. 23 p.), su poemario inicial hasta “Se hace la luz”, (Caracas: Círculo de Escritores de Venezuela, 2004) en donde están los últimos pálpitos de su alma.
Tan honda fue su conciencia de las palabras que fue precisamente el desastre nuclear de la ciudad entonces soviética de Chenobyl la que le llevó a crear su canto más dramático, trágico y lúcido en “El árbol de Chenobyl”, producto del sentir la terrible explosión nuclear de aquella ciudad de Ucrania (Abril 26,1986). Lucila Velásquez era en aquel momento nuestra embajadora de Dinamarca y quedó afectada para siempre, psicológica y fisiológicamente, por aquel detonador cataclismo. De allí brotaron sus palabras. Y su estremecedor poemario colocó a su poesía, y a la venezolana, en el ámbito universal. Se convirtió así Lucila Velásquez en una poeta intensamente escuchada a lo largo de las naciones. Tal el eco de su llanto por aquellas víctimas, una de las cuales era ella misma. En estas décadas sólo ella logró un hondo eco mundial en el escribir de la poesía. Lucila Velásquez lo obtuvo, con el hondo acento, porque en “El árbol de Chernobyl” se conjugaban poesía y lamento, dolor y evocación. Y, recordemos, sólo se evoca a los muertos.
Tal es lo que define a esta parte de su obra poética. Su angustia por la carrera nuclear, iniciada el 6 de Agosto de 1945 cuando el Enola Gay dejó caer su bomba, bautizada sarcásticamente Litle boy, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, que ello estuvo presente siempre en su poesía, comenzada a publicar cuatro años después del suceso de asiático. Esto lo documentó plenamente el crítico Oscar Sambrano Urdaneta en las páginas que leyó la noche de la presentación en Caracas de “El árbol de Chenobyl”, que su editor puso al frente de la “Antología poética” de nuestra aeda (p.9-17).
Este es un punto. El otro, que hay que señalar al hablar hoy ante los despojos yertos de Lucila Velásquez, es el relativo a la ciudadana demócrata que hubo en ella. Fue unas de las valientes mujeres que encabezó la lucha contra la tiranía de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001). Esto lo llevó a concebir aquel gran alegato, de hondo coraje cívico, que es su poemario Poesía resiste, ayer y hoy pregonero de la lucha venezolana por la libertad y por los derechos de las personas.
Ese aspecto cívico de Lucila Velásquez puede ser seguido en el último libro que publicó en vida, su ““Memoria de mis días””, (Prólogo: Juan Carlos Zapata. Caracas: Grijalbo, 2008. 539 p.) que tiene varios valores como testimonio histórico. Este al cual nos referimos, que nos parece la esencia de esta obra, es su relato de sus los sucesos de años cincuenta, su lucha contra la autocracia de aquella hora, sus valientes acciones en Caracas, su persecución, su exilio en México. Para esa historia esta “Memoria de mis días” es fundamental, lo cual avala además los numerosos documentos de primera mano que copia allí su autora.
Pero esta “Memoria de mis días” es también un testimonio latinoamericano de aquella hora. Y esto hay que subrayarlo también. Es un testimonio hispanoamericano de la búsqueda por instaurar la democracia, cosa que logramos los venezolanos en 1958 y la presencia de la otra posición, la marxista, encabezada por dos queridos e íntimos amigos de Lucila Velásquez: Fidel Castro Rus y Ernesto Guevara de La Serna (1928-1967) a quienes conoció y trató hondamente en Ciudad de México y cuya amistad cultivó siempre pese a los antagonismos políticos, a los puntos de vista de cada uno de ellos: ella demócrata, ellos dos creadores de una dictadura stalinista.
Tan fiel y leal fue Lucila Velásquez a estos afectos, a todo lo largo de su vivir, que resultó impactante la necrología de Guevara que publicó en El Nacional, “Aquel amigo Ernesto Guevara”, a las pocas semanas de su deceso en Bolivia (Octubre 9,1967). Todavía permanece en el recuerdo aquella gallarda despedida, aquellos recuerdos. Y escrita en aquella hora, en aquel año, no dejó de ser un acto de valentía, sobre todo hecho por una adeca raigal que como fue siempre Lucila Velásquez. Tanto que dentro de Acción Democrática fue hondamente criticada por sus compañeros pese a ser aquel suyo un acto de hidalguía y la confesión pública que no hay forma de amor más alta que la amistad, que sin ella los humanos, hombres y mujeres, no podemos vivir. No entendimos porque ella no reprodujo este artículo en sus memorias, aunque el capítulo sobre Guevara que allí leemos está trazado sobre las ideas en aquella hora expuesta.
Con el tiempo los dirigentes de Acción Democrática lograron que Lucila Velásquez no pudiera dar otro testimonio de compañerismo pleno al impedirle escribiera el prólogo a las memorias, Testigo de excepción, de Jorge Dáger, su compañero en la clandestinidad y la resistencia. Quedan hoy, al llorarla, estos dos testimonios suyos de honda amistad, inalterable, como esta debe ser.
Hubo sin embargo, Lucila Velásquez no las refiere en su “Memoria de mis días”, un momento de grande actividad cultural durante las elecciones de 1988 cuando convocó a un nutrido grupo de intelectuales de todas las tendencias, para elaborar, bajo su dirección, un programa cultural de gobierno para el candidato de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez. Más allá de todo lo sucedido después, el engaño de que fuimos objeto muchos de los que estuvimos allí presentes en creerle a Pérez que ya no deseaba otra cosa sino la historia, que había cambiando, que pondría fin a la corrupción: nada de lo cual cumplió. Perdió al poder. Los hados que siempre lo cuidaron le dieron la espalda, la suerte lo abandonó.
Pero más allá de ello: la participación de cuantos estuvimos allí fue muy amplia, incluso de varios social cristianos quienes habían quedado liberados por su líder Rafael Caldera de votar por Eduardo Fernández. Por ello varios estuvieron allí porque Acción Democrática, por la que votaron, era un partido democrático.
Y en aquellos meses, dirigidos por Lucila Velásquez, casi sin recursos económicos, fuera de la oficina del arquitecto Sigfrido Riber, ella convocó a los más granado del arte y las letras venezolanas para elaborar aquel programa, tan hondo que replanteaba desde sus raíces el proceso de la cultura nacional. Fue tan importante lo hecho en aquellos meses que nosotros le propusimos a Lucila Velásquez que debía buscar la forma de editar todo aquel texto dado que era mucho más que un simple esquema de acción. Es lástima que no se haya hecho. Toda la parte relativa al libro, a las bibliotecas y al manejo editorial de la nación fue nuestra contribución.
Tal aquella empeñosa mujer, quien siempre trabajó, ayer como hasta anteayer, por alumbrar un nuevo destino para la nación venezolana, y siempre lo hizo ilustrando su acción “con el agua de la gracia poética, Gracia de Dios en la palabra, y cuya clarideces me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta” (“Memoria de mis días”, p.21). Por ello hizo verdad, y hay que citarlo al echar las paletadas de tierra sobre sus huesos y piel, lo que expresó su amado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) al escribir: “Para vivir sin pausa, para morir sin prisa, vivir es desvivirse por lo justo y lo bello”. Así lo hizo Lucila Velásquez. Y en ello estriba su legado.

Septiembre 30, 2009

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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Taller Crítico - LA ÉPICA DEL DESENCANTO

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Para entrar en “La épica del desencanto”. (Caracas: Alfa, 2009. 254 p.) de Tomás Straka (1972), una obra en la cual él desea desentrañar de nuevo los rasgos del culto venezolano a Simón Bolívar (1783-1830) y tratar de explorar las interacciones y entrelazamientos entre bolivarianismo, historiografía y política entre nosotros, se requieren a nuestro entender unos presupuestos básicos porque siempre se nos presenta a los venezolanos que a la hora de estudiar al Libertador que nos encontramos con este hecho básico: es, como escribió Germán Carrera Damas (1930): “Imposible dar un paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bolívar” (“El Culto a Bolívar”. 2ª.ed. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1973,p.21) o el maestro Pedro Grases (1909-2004): “Es difícil, si no imposible, dedicarse en Venezuela a temas de índole histórico cultural, sin tropezarse con la personalidad de Simón Bolívar, el Libertador” (“Obras”. Barcelona: Seix Barral, 1981, t. IV, p. XVII).
Y hay un solo camino para interpretarlo bien. Así lo señaló Grases al anotar “Hay que leer directamente los textos. A Bolívar no hay que defenderlo; Bolívar se defiende solo, lo que hay que hacer es estudiarlo, asimilarlo, comprenderlo, como hombre. Entenderlo en su grandeza, sin bajarlo a nuestra mediocridad. No hay que apearlo de su caballo. Está muy bien en su caballo en tanto que la devoción sea un magisterio y no simple admiración. A Bolívar hay que interpretarlo en el drama de la acción que quiso realizar, entonces es una de las piezas esenciales de la civilización universal” (“Reflexiones personales” en Obras. Barcelona: Seix Barral, 1989, t. XVIII, p.365). Y ello sin olvidar la insinuación de don Augusto Mijares (1897-1979), en la primera línea de su biografía del Caraqueño: “Exigir a un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (“El Libertador”. Caracas: Editorial Arte, 1964, p.1).

LA SOMBRA DE BOLIVAR

Y ello porque Bolívar siempre será para nosotros el héroe, la figura tutelar bajo cuya sombra ha vivido la nación, el siempre presente, el gran intuitivo de Venezuela, el primer caraqueño, el alero al cual se acogió Venezuela en sus horas más graves. Bolívar el constantemente interrogado, sobre todo en las instantes más difíciles, el siempre invocado. Héroe no solo por las grandes estrategias de sus campañas sino porque forma parte de esa familia seres humanos, de todas partes del mundo, que nos cautivan porque “causan asombro, admiración o respeto, y en algunos casos compasión” como indica el historiador británico Paul Johnson en su caracterización de estos seres (Héroes. Barcelona: Ediciones B,2009,p.14), personas, hombres o mujeres, que se caracterizaron por su virtud, generosidad y valentía.
Nos hemos referido a aquellas oscuras horas de la disolución nacional en el siglo XIX: tal durante la Guerra Federal (1859-1863), en esos caóticos siete años que van de 1863 a 1870, aun apenas mirados como se debiera, o desde la ruptura de la paz en 1892 hasta la llegada de los andinos a Caracas en 1899, e incluso hasta 1903. En esas horas el Libertador estuvo presente en las conciencias de las gentes, tanto que pudo escribir Guillermo Morón que entonces: “Tal vez porque las profundas raíces de la unidad de la cultura popular, la igualación social del viejo mestizaje y los nexos del idioma español, fueron suficientemente sólidos; tal también por el culto a la heroicidad, la sombra de Bolívar, el recuerdo de los héroes epónimos, un patriotismo a la antigua, convocó en las plazas públicas, en las pocas escuelas, en la voz de algunos hombres ejemplares y en la tradición popular, las escasas fuerzas de la soberanía histórica” (“Breve historia de Venezuela”. Madrid: Espasa Calpe, 1979, p. 181-182), notables frases estas que deberían esculpirse en las paredes de nuestra ciudades para que las gentes las lean cada día. Allí la presencia del Libertador fue acicate para esperar días mejores.

PARA ESTUDIARLO

Pero para comprenderlo hay que estudiarlo, directamente, en sus papeles, leídos como el indicó deseaba ser comprendido, tal como él pidió ser leído en su carta a su amigo Guillermo White (c1764-1834), “Tenga Ud. la bondad de leer con atención mi discurso, sin atender a sus partes, sino al todo de él” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983, t. XVII, p.416). Pero a la vez que hay que partir de este principio, considerado por J.L. Salcedo Bastardo (1926-2005) el método preciso para leerlo, hay que añadir los siguientes materiales que nosotros sugerimos: 1) atención en todo momento a los sucesos de su biografía y no sólo a sus ideas. 2) debemos acotar que sus concepciones tienen gran importancia, diríamos que esencial, porque el fue un intelectual y serlo es darle más importancia a las ideas que a las personas, como sugiere el historiador británico Paúl Jonhson. Pero si seguimos sólo sus ideas, que es lo que hacen los historiadores de las ideas, equivocándose muchas veces porque estudian línea a línea sus renglones pero dejan de lado la acción que en un político como el Libertador es fundamental, él era un activista. Y fue el primer político nuestro, esto tampoco hay que perderlo de vista, en que hubo un flujo constante entre ideas y acción. Pero él no se explica sin mirar cada uno de sus pasos. Es en este punto donde El contrato social (1762) de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) es básico, allí está el tipo de sociedad que él quiso crear: democrática y liberal; 3) pero el análisis del Libertador además de lo ya indicado debe detenerse en sus grandes momentos psicológicos, en todo lo que le enseñaron los avatares de su acción; 4) por ello siempre que se estudie a Bolívar hay que tener a la mano, al lado, sobre nuestra mesa de trabajo, un ejemplar de “El príncipe” (1513) de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) para entender al político. Y si bien Bolívar criticó a su edecán Daniel Florencio O’Leary (1801-1854) por leer “El Príncipe” él lo había hecho desde muy atrás, con atención, tanto que su frase “si la naturaleza de opone” la ha encontrado, no textual, Manuel Caballero en el penúltimo capítulo de “El Príncipe”; 5) hay verlo como una criatura de la historia; 6) buscando siempre lo sustantivo en él, dejando de lado la red de adjetivos que nada explican. Sin el realismo político que no enseña Maquiavelo y que él utilizó no se le puede comprender, esa la tarea que hay que hacer ante él.

EL CULTO A BOLIVAR

El libro de Tomás Straka es relativo al culto al Libertador, pero él ha encontrado tal ángulo de expectación, de análisis, que nos ha logrado ofrecer un libro sustancial y sustancioso, el cual se aleja completamente de aquellas obras que utilizan a Bolívar como un arma política, la cual siempre nos impide el análisis porque ante el Libertador, insistimos, estamos ante una criatura de la historia. Un personaje, también es verdad, que ha logrado atravesar la barrera de los siglos, por ser su vivir y sus experiencias esenciales para un pueblo. ¡Y hay de la nación que no tenga a su Héroe¡ Los que a esos sucede no tienen identidad.
Y hay que insistir en el punto, como lo hace Straka, que si bien las manifestaciones falsas del culto a Bolívar deben siempre se criticadas y abandonadas, tal como aquella que él cita: “Todo está sintetizado en el Libertador. Sencillamente todo” (p.196) como se leyó un día en las columnas de “El Heraldo” caraqueño.
Pero la devoción venezolana a nuestro hombre tiene otra cara: fue, y creemos que es su mensaje lo que dio unidad a Venezuela, por ello vivimos bajo esa ala, bajo el cual todos los pueblos viven porque todos tienen su figura egregia. Y pobre el país, repetimos porque ese esencial, que no tenga su héroe, porque no tendrá ni dirección hacia donde dirigirse, ni entidad.
Y todos los pueblos han rendido culto a sus héroes, a sus figuras egregias, a sus hombres representativos. Si bien el Panteón Nacional puede ser visto como la máxima representación del culto oficial a Bolívar en verdad es más, es el lugar donde está la huesa que hay que recordar. La iglesia laica de la plaza del Panteón vale tanto para nosotros como la abadía de Westminster en Londres, El Escorial, en las afueras de Madrid, el Cementerio de Arlington en Washington o la Valhalla alemana, cuyas filas de tumbas miran al río Rin.
Es por esto mismo que observa Straka “a veces estas críticas a la ‘religión bolivariana’ van al otro extremo y descuidan lo que, también, de positivamente inspirador pueda tener el Libertador para los venezolanos” (p.164).Y reitera “el culto a Bolívar… (es) rasgo esencial de nuestra memoria nacional” (p.208-209). Y añade: “siguiendo a Luis Castro Leiva (1943-1998)… la base de nuestro ethos republicano es una combinación original, ingeniosa del catolicismo y ese conjunto de ideas cívicas que nosotros encerramos, descubrimos y no pocas veces atribuimos al bolivarianismo” (p.209).

EL LIBRO

Casi al abrir “La épica del desencanto” nos indica Tomás Straka insiste en la importancia que los venezolanos hemos dado al historicismo. Historicismo es la “Tendencia intelectual a reducir la realidad humana a su historicidad o a su condición histórica” como leemos en el Diccionario esencial de la lengua española (Madrid: Espasa, 2006, p. 782). Fue esto lo que llevó a decir a Carrera Damas: “La historia es quizá el ramo del conocimiento que más ha pesado hasta el presente en el complejo cultural venezolano. Las diversas expresiones de nuestra cultura histórica exhiben huellas de una fuerte carga histórica, manifiesta no solamente en la que sería normal integración de sus componentes, sino también en la presencia de la Historia como disciplina básica en la elaboración de los múltiples productos culturales” (Historia de la historiografía venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1961, p. X). Todo lo observamos los venezolanos a través del tamiz de la historia, por ello ante todo suceso siempre nos preguntamos de dónde viene, por qué sucede esto, cuál fue su génesis, de allí lo amplio de nuestra bibliografía histórica. Y de allí también la abundancia de obras con registros históricos en nuestra literatura, en nuestro teatro, en nuestras artes plásticas, en nuestro cine. En verdad la historia es el centro de Venezuela. No se puede entender a Venezuela sin ella y sin interrogar los libros de nuestra literatura en muchos de los cuales nuestra historia está imaginada, vista más allá del documento, logrando muchos veces más penetración que la que logran los libros de historia porque los creadores logran llegar al meollo del suceder humano, a lo que no pueden atrapar los papeles de la historia y sí la intuición del escritor de ficción.
Tomás Straka ha vuelto a mirar el culto a Bolívar porque, como él lo escribe, “cada generación escribe su historia” (p.223). Esto es tan importante que el maestro dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) indicaba “Cada generación debe justificarse críticamente rehaciendo las antologías, escribiendo de nuevo la historia literaria y traduciendo nuevamente a Homero” (Obra crítica. México: Fondo de Cultura Económica, 1960, p. 232). Por eso cada promoción venezolana vuelve a redactar la vida de Bolívar desde que Felipe Larrazábal (1816-1873), un hombre de la generación de 1830, escribió la suya que fue el libro más popular en Venezuela a todo lo largo del siglo XIX, aparecido el mismo año de la primera edición, en la Revista Literaria, de la “Biografía de José Félix Rivas” de Juan Vicente González (1810-1866), el segundo más famoso libro de esa centuria, a lo que se unió más tarde Eduardo Blanco (1838-1912) con “Venezuela heroica”. ¿Y no nos debe llamar la atención que los tres libros más leídos por los venezolanos en el siglo XIX hayan sido tres libros de historia y no una novela como sucede en tantas naciones? Y de allí, desde “La vida de Bolívar” de don Felipe Larrazábal, desde 1865, podemos seguir el caminar de las generaciones escribiendo la historia de Bolívar: Luis López Méndez (1863-1891) redactó la de los positivistas; Augusto Mijares (1897-1979) la de los hombres de 1918 y 1928, que son una misma generación en dos etapas, como acotó Fernando Paz Castillo (1893-1981); José Luis Salcedo Bastardo, Tomás Polanco Alcántara (1927-2002) y José Luis Silva Luongo (1930-2007) la de aquellos que actuaron en nuestra vida pública desde mediados del siglo XX hasta que se presentó la militarada en 1992. Y estos últimos no ha podido volverlo a hacer: no se han logrado escribir ningún libro de valor porque el de J.R. Nuñez Tenorio, que examina Straka con buen ojo, fue impreso en Caracas en 1975 y no en Chile, en donde apareció su segunda edición, y no es para nada una contribución a algo porque para nada su autor conocía y manejaba la documentación bolivariana. Y Nuñez Tenorio no pasó de ser una medianía como profesor de filosofía, no le conocemos ninguna contribución ni siquiera al marxismo. Murió en paz y nos dejó en paz, como Federico Brito Figueroa (1922-2000), para utilizar la frase del general Gómez al enterarse de la muerte de un antagonista. XXX
Y esto sin contar la inmensa bibliografía sobre el Libertador: en 1942 don Pedro Grases registró 1546 impresos de y sobre Bolívar en un repertorio (Catálogo de la exposición de libros bolivarianos. Caracas: Biblioteca Nacional, 1943. 239 p.) y en 1986 solo la entraba “Bolívar, Simón” de otra obra, compilada por el maestro Manuel Pérez Vila (1922-1991) y Horacio Jorge Becco (1946-2005), registraba 681 títulos (Bibliografía directa de Simón Bolívar. Caracas: Universidad Simón Bolívar,1986. XXIII, 405 p.). Y en el epígrafe del mismo volumen don Manuel citaba este pasaje de Guillermo Morón (p.XV):”Seguramente habría que dedicar toda la vida de trabajo de una docena de especialistas para poner en orden de la lectura la inmensa Bibliografía Bolivariana” (“Reflexión heterodoxa a propósito de Simón Bolívar”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 250,1983,p.121-133).

SU ESENCIA

La esencia de “La épica del desencanto” la hallamos cuando al leerla, es un libro apasionante, tanto que por momentos los hemos leído como si siguiéramos las pista de los personajes de una novela, nos damos cuenta que Straka nos ofrece sus análisis sin ningún tipo de prejuicios, que son siempre juicios previos, sin rencores sociales de ningún tipo, que desgraciadamente aparecen tantas veces en las obras sobre Bolívar. En cambio él lo hace diáfanamente, aceptado al triunfador que fue Bolívar, lo fue porque fue fiel al proyecto vital y por haber sido uno de los pocos que logró realizar sus sueños. Y todo lo hace aquí Straka también lejos del “bolivarianismo escuálido”, tan nefasto como el chavista: porque ambos usan al Libertador como arma política en su combate por el poder. Y eso, desde el punto de vista de la investigación histórica es erróneo. Hay obras actuales en las cuales se intenta examinar a Bolívar pero quien aparece, así no lo mencionen, es el presidente Chávez, aunque a veces sólo sea visible su espectro, como sucede también en el Cesarismo democrático (Caracas: Empresa El Cojo, 1919. VIII,307 p.;2ª.ed.aum.Caracas: Tipografía Universal, 1929. VIII,349 p.) de Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) quien nunca cita Gómez pero Don Juan Bisonte está presente siempre tras sus renglones.
Y esto es importante porque las obras sobre el Libertador están llenas de los recovecos psicológicos de sus autores, a veces parecen memorias personales.
Hay quien ha negado toda la posibilidad de que los venezolanos sintamos afecto por Bolívar, pasión por sus acciones, que él pueda ser para los venezolanos, y lo ha sido, y lo es hoy en medio de la anarquía que vivimos, consuelo, refugio y acicate, cosa que explicitó Carrera Damas en el controvertido capítulo IV de El culto a Bolívar, tanto que el tutor de su tesis, el doctor Joaquín Gabaldón Márquez (1906-1984), debió hacerle una acotación aclaratoria, la conocemos por haber copiado Carrera al inicio de su obra en señal de comprensión. Y esta observación del querido don Juaco las que nos hace comprender cual es el significado del afecto que sentimos los venezolanos por Bolívar. En otras es la aflicción por el país, tan válida psicológicamente como el desencanto del que nos habla Straka.
Hay otros casos en que los autores usan a Bolívar en sus combates políticos con otros. Y entonces visten a Bolívar con las ideas, que no tienen que ver con el Caraqueño, de aquellos a quienes adversan, aplicándole al Libertador concepciones que él no tuvo. Sabemos que estas observaciones nos darían materia para todo un ensayo.
En tal trabajo habría también que dedicar espacio a un hecho: la mayor parte de los autores de libros sobre Bolívar, salvo las excepciones lógicas, se han copiado unos de otros, fíjese que no decimos plagiado, porque ese es otro asunto. Y las copias son tantas que el verdadero estudioso de Bolívar debe leer con atención para darse cuenta de quien ha sido tomada tal o cual idea, tal o cual desarrollo, muchas veces hechos sin consultar la documentación bolivariana, que es de donde hay que partir. Esto es tan grave que prácticamente en aquella inmensa masa de papel solo se salvan hasta hoy 303 títulos, según nuestra propia observación, que son en verdad los que hay que leer para estudiar a nuestro hombre. Desde ellos es que hay comenzar la interpretación, previa la lectura, sino es imposible, de los papeles del propio Libertador que el la edición actual de los Escritos del Liberador, que llega en este momento hasta el 28 de agosto de 1824 se encuentran 9749 documentos, los cuales hay que leer para poder conocerlo, sin hacerlo toda interpretación que se intente sería inválida.
Y unos autores se han copiado a otros porque los venezolanos, esta es una gran falacia nacional, creen que por haber estudiado a Bolívar en la escuela primaria y en la educación media conocen al grande hombre. Grave error: para ser certeros en el análisis de Bolívar hay que dedicar o toda la vida o una muy buena parte de la faena intelectual para poder llegar al meollo de las razones que lo hicieron actuar.
Y esto es importante porque muchas veces las obras sobre el Libertador parecen más bien autobiografías de sus autores y no discretas obras históricas. Sucede muchas veces, demasiadas, aquello que observó la agudeza de Germán Arciniegas (1900-1999), “El caso ha venido repitiéndose como una constante desoladora sencillamente porque cada cual hace su propia historia cuando escribe la de otros” (“Bolívar:¿un misterio?”, El Nacional, Caracas: Octubre 19,1983, Cuerpo A,p.6). Y esto hay que evitarlo.

EN SU ENTRAÑA

Por qué llegamos a donde estamos es la pregunta central de “La épica del desencanto”, esta es la base del desencanto latinoamericano. No nos gusta la sociedad que tenemos pero tampoco no hemos puesto a crear la que deseamos. De allí el abismo en que estamos, habitamos en “los días de caos” que alguna vez advirtió José Ignacio Cabrujas (1937-1995).
Tomás Straka en “La épica del desencanto” nos muestra como ha leído la documentación y las obras en la cual se basa su análisis leyéndola “con calma y el sentido crítico que merece” (p.204), mira así con extremo cuidado “el culto a Bolívar, esa épica fundacional de nuestra República” (p.139) porque “Venezuela ha hecho del historicismo la base ideológica de su proyecto como nación. Sin importar cuán raídas estén, en ellas, como recuerdo de tiempos mejores, encontramos inspiración y consuelo” (p.9).
Anota Straka sobre la entraña de los que nos desea mostrar es: “El problema de la relación entre historia y política, de la relación entre las lecturas políticas de la historia y las justificaciones historiográficas de lo político, es el que ocupará estas páginas” (p.9), “La necesidad de entender cómo fue que llegamos a donde estamos, qué es un concreto lo que encierra el Libertador, cuyo nombre al parecer es un ensalmo que sirve para todo; cómo es posible que con base en su gesta de hace dos siglos se pretenda construir un futuro, ha hecho que más de uno repase lecciones olvidadas en sus días escolares o se ponga, cosa impensable hace años, a leer libros de historia” (p.10).
Por ello la necesidad de “estudiar el historicismo bolivariano, adentrarnos en algunos de los caminos y fases que se nos insinúan, es estudiar algo que en Venezuela va bastante más allá de los ideológico, lo político e incluso lo historiográfico. El país que busca lustre con el uniforme apolillado del abuelo, tiene una relación mucho más honda, sociocultural, psíquica, vivencial con él, que cualquier otro que simplemente evoca a un héroe o a un pasado primordial para un fin político determinado” (p.10).
Así “el problema no es si Bolívar está o no de acuerdo con algo, el problema es: ¿por qué debe estarlo?¿Por qué hacerle tanto caso a lo pensado por un hombre, cuyas virtudes que por demás no negamos, de dos siglos atrás? ¿Por qué un venezolano no puede simplemente disentir de Bolívar, como en efecto lo hemos hecho tantas veces, como lo hicimos en 1826 y 1830, y por eso no convertirse es una especie de traidor a al patria?¿Por qué toda propuesta debe buscar coincidencias con el Libertador para que sea legítima?” (p.11).
De allí este libro: “son dos…los objetivos de los trabajos que acá se presentan: primero, demostrar cómo el debate en torno a la memoria de Bolívar ha sido, pero sobre todo sigue siendo, fundamental en el diseño de la república venezolana…Segundo…el de la historia como forma de ‘representación social’ y la historiografía como parte de la historia cultural, es decir, no solo como ‘historia de la historia’ sino como la de toda la cultura que la produjo” (p.13-14). Así intenta su libro “ser una especie de anverso y reverso del Bolivarianismo viéndolo en ambas caras de su curva: cuando empezó a cuestionársele…y cuando se erigió como gran lenitivo para nuestros males en el siglo XIX” (p.14). Y continúa: “La hipótesis que esperamos delinear…es que se trata de un problema de envergadura: el de la redefinición de nuestro proyecto como país, el del modelo de democracia que en cuanto tal queremos y del rol que la memoria del Libertador puede tener en la misma” (p.24), “Del bolivarianismo como fundamento ideológico del proyecto nacional venezolano desde el siglo XIX, y sus encuentros y desencuentros con el proyecto democrático del siglo XX” (p.62), “Se trata de una bipolaridad nacional…de la ‘oposición entre el optimismo lírico y el pesimismo sistemático’, que nos caracteriza” (p.113)

LOS GRANDES LOGROS

JUAN VICENTE GONZALEZ

Entre los grandes logros analíticos que encontramos en “La épica del desencanto” deseamos destacar algunos. Tal su estudio sobre Juan Vicente González (1810-1866), el verdadero fundador del culto a Bolívar, cosa que no se le ha reconocido. Nos explicamos: el culto a Bolívar no se inicia en 1842 con el traslado de los restos del Libertador a Caracas ni a los pocos meses, ya en 1843, con la Descripción de aquellos actos redactada por Fermín Toro (1806-1865). El culto a Bolívar lo comenzó el licenciado González, hombre tan sabio que en Caracas lo llamaban “tragalibros”, también “el literato monstruo”. Gonzalez fundó el culto a Bolívar cuando, desde 1831, inició la publicación de los textos con los que formó en 1842 su libro Mis exequias a Bolívar (Caracas: Imprenta de El Venezolano, 1842. 104 p.). Y había que ser valiente para haber hecho aquello desde 1831 años en que imperaban al más cerril anti-boliviarianismo en nuestra elite política, la que se negó por años en reconocer aquella figura esencial de la venezolanidad, e incluso a cumplir el voto del propio Libertador en su testamento en ser enterrado en Caracas. Pero mientras aquello acaecía González publicaba cada año una de aquellas espléndidas prosas, fundamento de nuestro romanticismo literario. Por ello fue él quien fundó el culto a Bolívar, “la naturaleza me ha hecho boliviano” dijo una vez, boliviano, como se decía entonces, no por Bolivia sino por Bolívar. Así en 1842 fue González quien fundó y aclimató la devoción bolivariana entre nosotros. En 1827, joven estudiante universitario, había visto al Liberador en Caracas y quedó fascinado, fue gracias a las reformas de la universidad hechas por el Libertador que González se pudo graduar porque era hijo natural y no podía probar su limpieza de sangre, asunto eliminado por Bolívar en la reforma republicana de nuestra alma mater. El 17 de diciembre 1842 cuando Gonzalez, en la esquina de la Trinidad, recitó unos versos alusivos aquel día, ante el féretro de Bolívar, debió sentirse feliz porque aquel era un acto de justicia.
Pero era Juan Vicente González, y esto nos lo hace ver Straka muy bien, un gran desencantado de Venezuela, había visto aquella “edad de oro” caer, como llamó al gobierno deliberativo, vio la tiranía de los Monagas, que lo sacó de su cátedra universitaria, el horror de la Guerra Federal (1859-1863), durante la cual él fue el corifeo de los centrales y la gran disolución ética. Estaba tan desencantado al final de sus días que al morir su amigo Fermín Toro dijo que había muerto el último venezolano olvidándose de si mismo quien también lo era, lo sería once meses más tarde, como indica el ojo zahorí de Straka.

AQUELLA TRILOGIA

Un segundo hecho que deseamos destacar es la forma como Straka explora la trilogía de grandes hombres formada por Eduardo Blanco, Vicente Lecuna (1870-1954) y Tito Salas (1887-1974): el primero escribió con emoción nuestra epopeya, el segundo la documentó con los papeles en la mano, el tercero pintó esa historia. A Blanco y a Tito los denomina Straka “los rapsodas” (p.99) quizá por la razón que primero hay que relatar lo que pasa de boca en boca, como entre los griegos lo hizo Homero, y mas tarde interpretar, que fue lo que hizo el doctor Lecuna en esta caso, después que aquellos dos o se habían fascinando por la epopeya, caso Blanco o la habían imaginado con el pincel, caso Tito Salas. Ellos trataron a poner al desencanto latinoamericano la luz de aquellos logros, reaccionaron contra el canto del “fines patriae”, dicho incluso por el Libertador en su grave y depresiva carta a Juan José Flores (1800-1864), treinta y siete días antes de morir (Noviembre 9,1830), y luego por Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) en la última línea de Ídolos rotos y por el maestro Rómulo Gallegos (1884-1969) en un pasaje de El último Solar, su primera novela. Y ellos no fueron los únicos. Todo ello rematado en nuestros días por un pensador venezolano, quien como Cabrujas, Juan Nuño (1927-1995) y Francisco Herera Luque (1927-1991) tanta faltan nos hacen en estos días trágicos. Carlos Rangel (1929-1988), a quien nos referimos, escribió en las primeras tres líneas de su libro más difundido: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser” (Del buen salvaje al buen revolucionario. 15.ed. Caracas: Criteria,2005,p.29).
Hay que decir hoy que Eduardo Blanco fue con Venezuela heroica (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XII,266 p.), y con su novela Zárate (Caracas:Imprenta Bolívar, 1882.2 vols), publicada meses más tarde, el fundador también del tratamiento de la violencia en nuestra literatura. Y hay que recordar que Venezuela heroica fue de tal forma acogido que en 1881, el año de su publicación tuvo dos ediciones, lo cual fue un grandísimo logro en aquella Venezuela donde poca gente sabía leer. Pero la segunda edición tiene el significado de ser la definitiva por en ella don Eduardo le añadió varios capítulos que no estaban en la primera, que solo recogía los “cuadros históricos”, así los llamó, de La Victoria, San Mateo, Las Queseras, Boyacá y Carabobo. En la segunda (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XXII,599 p.) colocó además de las mencionadas los “cuadros históricos” de El sitio de Valencia, Maturín, La invasión de los seiscientos, La Casa Fuerte, San Felix y Matasiete, por ello si la primera edición tenía 266 páginas la segunda tenía casi el doble: 599 páginas. Y hay que añadir también que ambas ediciones fueron editadas en la Imprenta Sanz, propiedad de don Felipe Tejera (1846-1924), quien mucho ayudó a Blanco a corregir y pulir aquel libro impar. En la imprenta de don Felipe estaba la Independencia entera presente: el era nieto del licenciado Miguel José Sanz (1756-1814). Y apenas habían pasado en aquel año sesenta años de la batalla de Carabobo. Por lo tanto la edición de Venezuela heroica aparecida en 1883 no fue la segunda sino la tercera edición. Y desde allí no ha dejado de editarse.
También don Eduardo, que fue lo que los anglosajones llaman un “good looking man”, posó para Arturo Michelena (1863-1898) cuando este pintó su legendario “Miranda en La Carraca”, cuadro tan perfecto que siempre que lo volvemos a mirar sentimos que el Precursor está a punto de pararse del camastro y venir a darnos la mano.

¿HISTORIOGRAFIA MARXISTA O VALLENILLISTA?

Un tercer hecho que deseamos recalcar ante “La épica del desencanto” es el estudio que realiza Straka de la génesis de la historiografía marxista venezolana, tendencia de escasos logros, solo deberíamos apuntar a Carlos Irazabal (1907-1991) y a Miguel Acosta Saignes (1908-1989) porque Federico Brito Figueroa casi no se le puede considerar historiador porque lo que hizo fue desfigurar nuestra historia, como lo hizo en el caso de Ezequiel Zamora (1817-1860), su libro sobre aquel caudillo es sólo un arma política, todo lo cambió y alteró para probar una tesis preconcebida e inexistente, como ha sido bien probado por Adolfo Rodríguez (La llamada del fuego. Caracas: Academia Nacional de la Historia,2005. 377 p.) y además se han encontrado documentos zamoristas por él citados a los que le agregó renglones que no estaban en sus originales, como lo ha demostrado Asdrúbal González (Noticias de la Guerra Larga. Caracas: Feduez,2005,p.64-65).
Y en el caso de la historiografía marxista lo que Straka ha logrado ver no puede ser más agudo: más influyó en su formación la presencia de las obras de don Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) grande historiador que el barbudo gruñón de Traveris, observación zahorí de Straka y muy bien probada.
Pero, claro, que si hubo, y era imposible que ello no haya sucedido, influencia del pensamiento de Carlos Marx (1818-1883), y el uso de sus metodología en algunos historiadores venezolanos, entre los cuales hay muy diestros conocedores del marxismo como Manuel Caballero o el italo-venezolano Alberto Filippi e incluso el propio Carrera Damas. Pero a varios de ellos les sucede, como pasó a Carlos Irazabal con el mejor de sus libros, Venezuela: esclava y feudal (Caracas: Pensamiento Vivo, 1964. 233 p.), que cuando se separaban de las anteojeras del marxismo veían mejor nuestra experiencia colectiva y podían interpretar mejor nuestra realidad.

EL GENERAL LOPEZ

Subrayaríamos el capítulo sobre Eleazar López Conteras (1883-1973), uno de los pocos intelectuales que han ocupado la presidencia del país, verdadero estudioso de Bolívar por lo cual el general López vio en las ideas de Bolívar un elemento de cohesión para la nación, que en los días de su gobierno recuperaba las libertades democráticas. Y además aplicó, como nos lo hace ver muy bien Straka las ideas militares del Libertador a la institucionalización del Ejército Nacional que para el momento en que él gobernó tenía apenas treinta y cinco años de haberse formado como un verdadero Ejército Nacional profesional, había comenzado a actuar en 1910. Hay que pensar bien este hecho: en 1901, por ejemplo, nuestras Fuerzas Armadas sólo estaban compuestas por trescientos hombres, casi todos provenientes de las “tropas colecticias” (Santiago Gerardo Suarez) de las guerras civiles. Por ello que la Academia Militar de Venezuela se haya fundado en 1810 no puede ser citado como señal de un ejército con doscientos años de existir porque las tropas existentes fueron escasas, la formación de muchos oficiales casi nula hasta el siglo XX. Lo que hubo desde el momento en que se iniciaron las treinta y nueve revoluciones que hubo en el país, guerras civiles desde que Julián Infante, el año 1830, se alzó en los llanos hasta, setenta y cuatro años más tarde, con la batalla de Ciudad Bolívar (Julio 21,1903) hubo en el país guerras civiles que muchas veces fueron motines y sublevaciones, los contingentes que pelearon en ellas fueron armados por los propios caudillos, véase lo que fueron en el pasaje de Vicente Cochocho de Las memorias de mamá Blanca (París: Le libre libre,1929. 285 p.) de Teresa de la Parra (1889-1936) y antes en El sargento Felipe (Caracas: Tipografía Herrera Irigoye, 1899. 187 p.) de Gonzalo Picón Febres (1860-1918) o en El recluta (Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Falconianos, 1978. 191 p.) de Virginia Gil de Hermoso (1857-1913), obra que estaba escrita al morir su autora aunque fue publicada sesenta años más tarde. Es por ello que terminadas estas contiendas con la batalla de Ciudad Bolívar se impuso la necesidad de organizar un ejército nacional disciplinado y bien formado. Y como la doctrina castrense del Libertador era coherente el general López la usó y divulgó. El era, hay que reconocerlo siempre, además de la inmensa deuda que Venezuela tiene con él, un bolivariano auténtico. Bolivariano en el sentido que da a este término el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua,”perteneciente o relativo a Simón Bolívar… a su historia, a su política” (Diccionario de la Lengua española,ed.2001,t.II,226). Ser bolivariano no es pertenecer a una facción política, es ser venezolano, por ello Venezuela siempre ha sido una república bolivariana sin que ello hubiera que decirlo explícitamente porque tácitamente es así. El Libertador es el padre, el gestor, el fundador. Y lo hizo con la espada en una mano y con la Constitución en la otra, por él formulada, en la otra.

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO

El capítulo del libro de Straka sobre la Iglesia y Bolívar, más bien sobre los historiadores de la Iglesia venezolana, hecho a partir de lo esculcado por el jesuita vasco Pedro Leturia (1891-1955) en el Archivo Vaticano. Nos hace ver como no son menores las contribuciones de monseñor Nicolás Eugenio Navarro (1867-1960) y del propio arzobispo José Humberto Quintero (1902-1984) a quien nada le gustaba mas que ser llamado “cardenal bolivariano”. Quintero logró también rematar en 1964 con la firma del “modus vivendi” con la sede apostólica lo que su gran antecesor Ramón Ignacio Méndez (1773-1839) había iniciado y no logrado. Fue Méndez prócer y hombre de Iglesia, en la diestra llevaba la espada y en la otra el breviario, de hecho peleó sobre su caballo en la batalla de El Yagual (Octubre 11,1816). Esta parte de “La épica del desencanto” no podía haber sido concebida sino por un católico, quien como Straka es también historiador eclesiástico y creyente, de hecho este libro suyo ha sido puesto bajo la advocación de San Fidel y Santa Caliopa. Straka sabe entender lo que significan las ideas religiosas en la vida de los pueblos, en este caso con relación a nuestra vida pública, la política incluso. Y a todo lo largo de esta parte Straka, con gran ingenio, analiza, comprende y precisa, llegando incluso entender, con las pruebas en la mano, que no fue un acto conservador, derechista dirían hoy, del Libertador cuando se dirigió al Papa en plena guerra, en 1820, a través de Fernando Peñalver (1765-1837) y José María Vergara (1792-1857), previo paso por Londres de ambos para que don Andrés Bello (1781-1865) redactara en latín el documento de acercamiento a la sede romana (Marzo 27,1820) que se pueden leer en los escritos del sabio (Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, 1981,t.VIII,p.457-469). Y el Libertador se acercó a la jerarquía y pidió al Pontífice el nombramiento de los nuevos Obispos, entre los cuales hubo dos patriotas, Méndez y Mariano de Talavera y Garcés (1777-1861), sino que fue una acción política muy bien pensada porque sabía claramente el significado que el cristianismo tenía para el pueblo grancolombiano. Se insinúa aquí por Straka otra forma de mirar los días de la “dictadura” de Bolívar en 1828, gobierno de emergencia que sigue pidiendo otros análisis, menos prejuiciados.
Y además, el Libertador terminó romanista, e incluso teólogo como indica Straka, cuando hizo pública, en su proyecto de Constitución para Bolivia (1826), su concepción de que “En una constitución política no debe prescribirse una profesión religiosa… La religión es la ley de la conciencia” (p.226-227) por lo cual, según el cardenal Quintero, se acercó a las concepciones del Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando esta asamblea consagró en una de sus declaraciones el derecho a la libertad religiosa (ver su Bolívar. Caracas: Editorial Arte,1980,p.14), asunto impulsado por el obispo polaco Karol Wotjyla, mas tarde Juan Pablo II (1920-2005). Todo este tan interesante fragmento de su libro es una contribución, y no pequeña, de Straka, a “la historia del pensamiento teológico venezolano, capítulo esencial en la historia de nuestras ideas, insólitamente descuidado hasta el momento” (p.238). Porque además, su correlato, la historia eclesiástica, como apunta, “no es un capítulo aislado y sin interés para el resto del colectivo, sino que es el reflejo de ese colectivo en las reflexiones de sus pastores” (p.242).

(Leído en la sesión inaugural de “Los tertulieros se reúnen”, celebrado en la Fundación Francisco Herrera Luque, en Caracas, la tarde del Jueves 22 de Octubre de 2009).

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DIAZ SANCHEZ CUATRO DECADAS DESPUES

por Roberto J. LOVERA DE SOLA
“El poderoso creador y paciente escritor…
el hombre que venía casi de la nada
y que a golpes de coraje y de corazón,
en abierta lucha contra la adversidad
y apenas con la ayuda ajena,
se había abierto con decoro un sitio
de primer orden en la inteligencia venezolana”.
Oscar Sambrano Urdaneta.

LA EVOCACION DE ESTA TARDE:

“Honrar, honra” escribió José Martí (1853-1895). Para hacerlo sobre una de las figuras más entrañables de Venezuela nos hemos reunido. Y no podemos olvidar hoy dos cosas que sucedieron la tarde que llevamos sus cenizas a sembrarse en la tierra madre, nosotros éramos apenas un jovencito aspirante a escritor de apenas veinte y dos años, a quien don Ramón al conocer sus primeros escorzos había estimulado. Llegamos al Cementerio General del Sur. Alrededor de la tumba comenzó a llover en el mismo instante en que el humanista Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) tomó la palabra. Dijo el maestro de las “Candideces”, “Estamos trayendo aquí a uno de los hijos de la pródiga democracia social venezolana. Un hombre que surgió de los más pobre de su pueblo de Puerto Cabello y que por su tesón, por el estudio, por su capacidad para escribir y su sentido comprensivo del ser venezolano, sirvió a su país con el afecto con que lo amó, con su pluma con que la sirvió, con su entera imaginación que la que iluminó, mirando su pasado para entender su presente. Y siempre con la entereza de su carácter que le permitió alzarse desde aquel niño porteño cuya familia tenía escasos recursos hasta el gran maestro que fue cuando creó las grandes palabras con las que nos enriqueció. Por ello hasta el cielo llora por él en este atardecer”.
Quisiéramos poder recoger ahora otra vez las palabras peroradas por aquel tan pródigo hombre de letras, quien también se encumbró con sacrificio y llegó a ser lo que fue, persona venida también del lejano horizonte de la provincia. Que Cándido, el que se hizo bueno leyendo de don Antonio Machado (1875-1939), nos inspire ahora.

ISABELITA

Pero no podemos empezar sin evocar también a Isabelita Jiménez Arráiz, más que la esposa la compañera de todos los sueños de don Ramón. Mujer valiente y de arrojo fue ella. Antes de conocer a Díaz Sánchez, dentro de los sucesos de la “Semana de Estudiante, de 1928, en la que también tuvo papel protagónico su hermano José Tomás (1904-1981), le tocó a aquella hidalga mujer, a quien mucho tratamos y mucho quisimos, actuar cuando ya los estudiantes estaban presos por decisión de don Juan Bisonte. Un domingo entró corajuda en la iglesia de San Francisco, sin pedir permiso se subió al púlpito y desde él, con aquella forma tan suya de actuar, arengó a los feligreses presentes y dirigió la oración “por nuestros estudiantes presos”.
A los pocos años conoció a Díaz Sánchez, y ambos divorciados, se casaron. Y allí fue siempre para aquel su gran estímulo cuando en silencio trabajaba en sus obras. Y cuando sus libros aparecían, muchos de ellos, tal era nuestra situación intelectual, impresos en ediciones pagadas del propio bolsillo de Díaz Sánchez, era precisamente Isabelita la que salía a distribuirlos en las librerías y a venderlos a todos aquellos que lo desearan leer. Fue pues la celosa guardiana del marido, de aquel hombre de excepción. Todavía la recordamos en el velorio poniendo en el féretro, donde yacía el amado compañero, ejemplares de cada uno de sus libros para que se fuera el cielo con ellos. Por ello no es imposible comenzar a hablar hoy sin mencionar a la tenaz Isabelita, la que muerto el esposo siguió promoviendo su obra, logrando que se hicieran todas las reediciones que circularon desde 1968 hasta el año de su deceso. Esta mujer hay que contarla entre nuestras féminas luchadoras contemporáneas. Y ella es uno de los ejemplos, junto con María Teresa Castillo (1908) o Antonia Palacios (1904-2001), de la presencia de la mujer en los días del veinte ocho, cuando las tres, y muchas otras, apoyaron a la hora del sacrificio a hermanos y novios.

ESTE ENCUENTRO

Y ahora enumeremos las razones de este encuentro. Quizá sobran porque a altas figuras como Díaz Sánchez siempre hay que estudiarlas y siempre examinarlas. Pero el año 2003 se cumplió el centenario del nacimiento de don Ramón. En el pasado 2008 los cuarenta años de su deceso, en Caracas. Y en el 2010 se cumplirán sesenta años de la publicación de sus obras claves: su esplendida novela “Cumboto” y su magistral biografía “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, libros ambos fundamentales de la venezolanidad. Auque lo que decimos teniendo en cuenta que Díaz Sánchez es siempre uno de nuestros mayores escritores e historiadores del siglo XX. Y uno de los grandes testigos de nuestro siglo ya que fue de los primeros en avizorar, en su novela “Mene” (1936), la significación del petróleo en nuestro vivir, al observar surgir en ella tanto la menecracia y el oro negro existencial. Petróleo es una de las tres palabras con las que se puede escribir la historia de nuestra economía. Las otras dos son Cacao y Café. Es Díaz Sánchez figura notable, ayer, hoy y mañana, de las letras y pensamiento venezolano.
El profesor Manuel Bermúdez al escoger el nombre para este encuentro quiso subrayar el sentido ético de la política que le dio don Ramón al sustrato más profundo de su biografía de los dos Guzmanes, padre e hijo. Sintió, y con él estamos, que el poder, el gobernar, debía hacerse como una práctica de la vocación de servicio, cuya esencia estriba en escuchar a la gente. Los que se sirven del poder como aquellos dos hombres, lo que quieren sólo “poder, poder y más poder” se equivocan y llevan a sus pueblos por los caminos extraviados. Sólo los políticos dispuestos a servir son los que valen, cosa que las multitudes democráticas de este país y otros sitios están intuyendo en el presidente norteamericano Barack Obama. Este es el sentido del foro de esta tarde.

EL HOMBRE:

Ramón Díaz Sánchez fue uno de los principales escritores contemporáneos de nuestro país. Trataremos aquí de hacer luz, gracias a la lectura de su obra, sobre aquello que movió a Díaz Sánchez a lo largo de casi medio siglo de acción intelectual, ya que su primera publicación en forma de libro “Los impecables” (Puerto Cabello: spi, 1923. 10 p.) data de los años veinte del siglo XX y su parábola como creador la cerró cuarenta y cinco años mas tarde, en 1967, cuando dio a la luz tanto su biografía “El caraqueño” (Caracas: Edición Especial del Círculo Musical, 1967. 135 p.) como sus “Obras selectas”. (Caracas: Edime, 1967. 1547 p.). Póstumos fueron “El Líbano: una historia de hombres y pueblos” (Caracas: Ediciones de la Colonia Libanesa, 1969. 465 p.) y “La historia y sus historias” (Caracas: Panapo, 1989. 291 p.).
Como lo anotó Asdrúbal González en su libro sobre este escritor a Díaz Sánchez lo inspiró a todo lo largo de su vida una honda ambición de saber. Su aventura vital la entendemos cuando nos acercamos a su escribir y descubrimos cómo logró realizar aquella ansia de conocer. Nos daremos entonces cuenta qué fue aquello que impulsó a Díaz Sánchez a todo lo largo de su vida, comprenderemos como al darse cuenta de aquello que debería ser, la conciencia de su vocación, lo empujó a realizarse. Nada lo detuvo en la puesta en práctica de su ideal. Así podemos vislumbrar, como lo indica González, que la elipse de Díaz Sánchez fue, al contrario de lo indica la palabra, “una línea ascendente, vertical y hacia el infinito (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber” Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, p. 91). Es decir fue una órbita, una espiral, una amplia parábola.
Para entender a un escritor de la importancia del autor de “Guzmán, elipse de una ambición de poder” (Caracas: Ministerio de Educación, 1950. 609 p.), con la cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1951), o de “Cumboto” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1950. 248 p.) es necesario ir hilvanando sus memorias, sus recuerdos, aquello que consignó en el pórtico de sus “Obras selectas” o en las evocaciones que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) como ahora lo veremos. Es esta la única manera de presentar su peripecia.
Y si seguimos al protagonista en su rememoración lo encontraremos de niño deambulando por las calles de su pueblo natal Puerto Cabello, Carabobo, donde vio la luz (agosto 14,1903). Es allí donde creció, donde se hizo hombre, donde tomó su sendero vital. Es allí donde se hizo el “estudiante perpetuo” que dice su biógrafo (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 30). Allí fue donde publicó su primer libro en 1923. Ese mismo año se trasladó al Zulia. Allí actuó. Participó en política. Entre 1928-30 estuvo preso por razones políticas junto a sus compañeros del grupo “Seremos”. Si bien volvió al puerto en 1930, donde se casó por vez primera con Rosa Flores, pronto retornó al Zulia. Allí va a tomar fuerza tanto el pensador, el cual se expresó por vez primera a través del ensayo Cam. (Maracaibo: El País, 1932. 39 p.), como el inventor de ficciones. De esa etapa es la primeras de sus novelas “Mene” (Caracas: Cooperativa de Artes Gráficas, 1936. 136 p.).
En 1936 pasó a Caracas. Aquí casó por segunda vez. Lo hizo con Isabel Jiménez Arráiz. Aquí escribió sus libros fundamentales: el “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, su silueta de Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) y su vástago Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), cara y cruz de una misma moneda, que González considera “la mejor biografía escrita en Venezuela” (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 60). Aquí concibió “Cumboto”, su principal libro de ficción. En Caracas trabajó al unísono tanto en el campo del ensayo, de la historia o de la biografía al alimón con la composición de sus invenciones narrativas o teatrales. Entre estas últimas se destaca su drama “La casa” (Caracas: Ediciones Reflejos, 1957. 32 p.). En ello le llevó la vida. La parca se le presentó súbitamente, estaba prendiendo su automóvil para dirigirse al trabajo. Ello acaeció en Caracas (noviembre 8, 1968).

EL TESTAMENTO:

Siempre se siente la ausencia de Díaz Sánchez y no cabe duda que la mejor manera de recordarle es volviendo a leer sus novelas y cuentos, sus ensayos y biografías. Todo lo que un escritor tiene que decir se encuentra en su obra, por ella pervive siempre, la única forma de comprender su mensaje es volver a él una y otra vez.
Quisiéramos llamar la atención sobre una serie de trabajos que publicó Díaz Sánchez en los días finales de su vivir. Varios de ellos apenas conocidos o entrevistos por la crítica.
Meses antes de su deceso entraron en circulación sus “Obras selectas”. El prólogo que escribió para ellas, quince meses antes de su deceso (julio 5,1967), puede ser tenido como su testamento. Se trata de una larga confesión autobiográfica en la que como en pocos lugares se definió así mismo y explicó las diversas motivaciones de la obra por él escrita en el decurso de su vida.
En ese breve ensayo comenzó Díaz Sánchez por decir que su vida hasta ese momento podía definirse como “cuarenta años de aprendizaje” (p. 9) y que su experiencia vital podía dividirse en tres etapas y de la misma forma su actividad como escritor. Esos ciclos vitales habían transcurrido así: “la primera, incipiente, se desenvuelve en terruño nativo”, frente a la costa, en Puerto Cabello; “la segunda en tierras del Zulia y de preferencia en la región petrolera sacudida en aquellos momentos por el espasmo de un redescubrimiento brutal” (p. 9); la tercera la había pasado en Caracas y en esas mismas páginas denomina a esta etapa “la revelación de Caracas” (p. 9).
Esos tres períodos se han reflejado en su obra. El mismo insiste en señalar que “Cumboto” y “Borburata” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1960. 274 p.) son novelas surgidas de la primera época y son evocadoras “de los tiempos a la orilla del mar” (p. 9), que “Mene” es la novela del surgimiento del petróleo, que el “Guzmán, elipse de una ambición de poder” corresponde a la etapa caraqueña de su hacer.
Más adelante hace unas observaciones sobre sus libros al anotar que “No sería de extrañar que el lector avisado advirtiese en mi labor literaria, junto con la irregularidad de estilo, ciertas ondulaciones del pensamiento. Ello es consecuencia de la ondulación de la propia vida, es decir de la peripecia del choque violento entre el espíritu y la carne” (p. 9) porque “mi irrupción en el campo de las letras fue como la del toro que salta a la plaza impulsado por la simple voluntad de embestir” (p. 9).
Más adelante señala cuál fue su programa vital: “El mío fue sencillo y sincero: seguir amando lo creado en su doble valoración espiritual y biológica; detestar la demagogia sin disimulos y ocultaciones; preferir la soledad a la compañía de los falsos apóstoles, de los payasos del circo y de los bellacos que fingen rendir culto al espíritu para dar satisfacción a sus vientres. En una palabra: conservar el valor de ser antipático” (p. 10).
En estas notas definió Díaz Sánchez como nunca lo había hecho su posición personal ante las letras y ante la historia. Y es interesante ver con calma la aventura intelectual de este hombre. Merece detenerse en algunas cosas dichas para valorar a fondo: la primera que salta a la vista fue el hecho de que Díaz Sánchez fue un testigo angustiado de la Venezuela cuya economía cambió bajo el impulso de aquella riqueza que nos ha traído “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez) y cuyas mutaciones se reflejan en los diversos aspectos de nuestra cultura. De allí la verdad de “Mene”, donde contó, en un lenguaje sencillo pero directo, lo que sucedía en la zona petrolera. Su preocupación continuó, de allí las largas especulaciones que aparecen en “Casandra” (Caracas: Ediciones Hortus, 1957. 417 p.), novela publicada muchos veinte años después de “Mene”. Sin embargo la influencia del petróleo en la vida venezolana y las transformaciones que la explotación monopolista del petróleo trajo a nuestro país le angustiaron de veras. En ese mismo prólogo escribió “junto a la economía petrolera nos llegó el pragmatismo norteamericano y todo quedó desnaturalizado y mostrenco: el arte, la universidad, las relaciones humanas, el amor, la política. A esto se debe a que en la actualidad los venezolanos transitemos un solo camino, eso sí, muy bien asfaltado, hacia el horizonte de la cultura” (p. 13); pensaba a su vez que los intelectuales de nuestro país tenían la obligación de levantar su voz en contra de esta situación. Pero insistía que no se trataba de denunciar el suceder sino de señalar soluciones o nuevos caminos frente al fenómeno. Apunta “aunque la mayoría de nuestras gentes no se den cuenta de ello, éste es el más grave de los problemas venezolanos de nuestros tiempos” (p.13). Estas graves admoniciones, estas angustiadas palabras de este escritor, que nunca se desligó de nuestra realidad concreta, no deberían haber pasado por debajo de la mesa. Venezuela tiene que plantearse este tipo de problemas entre los cuales está lo que va a ser en el futuro, donde va a ir su cultura que tiene quinientos años de arraigo, que procede de otras formas diversas de la anglosajona. Y esto le preocupaba a Díaz Sánchez, historiador de nuestra cultura.
Otras observaciones no menos importantes en ese prólogo fue su particular preocupación sobre el destino de nuestro idioma (p. 11). También señala el por qué de su interés por ciertos temas y por qué no le interesan otros (p. 12).
Al final se abría para él una cuarta etapa vital que denominó la del “exorcismo de los fantasmas o la lucha contra las máscaras”, a su edad, en la plenitud de sus facultades y de sus dones intelectuales, con aliento juvenil, prometía seguir peleando tras la verdad. Sentía la necesidad de seguir escribiendo en la soledad, que es el único sitio en que puede hacer un intelectual en un país como el nuestro; se obligaba a seguir estudiando la influencia del petróleo en nuestra sociedad.
En las notas autobiográficas, escritas tres años antes de su partida (Caracas: Febrero 13, 1965), que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) creemos que está la esencia de su legado.
Y especialmente en dos pasajes en aquel escrito que deseamos citar. En el primero de ellos, tras contar las diversas aventuras de su vivir y la formación personal que se dio así mismo, porque niño pobre solo pudo culminar la primaria, pero nunca dejó de prepararse porque entre otras cosas en aquella casa de pocos recursos de sus padres encontró los libros, porque ambos, el papá y la mamá, eran lectores impenitentes que pronto contagiaron al hijo. Por ello pudo confiar en aquella libreta de anotaciones escritas a mano: “Todas estas peripecias fueron para mi provechosas. Me depararon un aprendizaje profundo. En San Carlos había hecho el bachillerato; en Cumaná hice el doctorado en humanidades. Solo que sin grados, títulos ni diplomas. Leyendo, estudiando, meditando hasta que me dolían la cabeza y el corazón” (p. 30). Así la cárcel, el Castillo San Carlos, en medio del Lago de Maracaibo, del que habla y el confinamiento en Cumaná por razones políticas a la caída de Medida Angarita, por el delito de pensar distinto, fueron momentos de grande aprendizaje, de muchas lecturas y escritura, porque él nunca dejó de estudiar, prepararse, solo con los libros.
Pero el remate de aquel escrito no puede ser mejor, no tiene perdida. Allí está su manda, codicilo lleno de vida que deberían aprenderse de memoria las nuevas generaciones de jóvenes venezolanos. Leemos allí: “No he hecho promesas que no haya cumplido. He sido discutido, negado, vilipendiado. Pero creo tener razón para estar contento. Mi labor, hasta aquí, ha sido la de un estudiante a destajo, la vida de un aprendiz de la ciencia del mundo. Mi panorama interior ha cambiado constantemente pero sin torcer mi concepto ético. Creo que la moral juega un papel de primera clase en el arte, en el pensamiento y en la historia. Hay quienes piensan que no, que se puede ser un pillo y a la vez un buen escritor o un buen gobernante. Hay quienes creen que se nace predestinado y que se puede engañar impunemente a las gentes. La crisis de nuestro tiempo tiene su origen en este falso concepto. Esta crisis es el desenlace de una lucha multisecular: la lucha de clases” (p. 31).
Esto explica por qué nos hemos reunido en esta tarde, siempre para celebrar su vida creadora.

(Palabras leídas en el foro que en homenaje a Ramón Díaz Sánchez organizó la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del miércoles 12 de Agosto de 2009 en el cual participamos junto a los escritores Guillermo Morón y Asdrúbal González).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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Trazos - EL PATRÓN DE LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

A cien años de Enrique Chaumer

Que la corrupción administrativa, y todas las formas de disolución ética en la vida pública, no se combaten con palabras ni con discursos sino con acciones y con buenos ejemplos lo demostró el caraqueño Enrique Chaumer, de quien pocos venezolanos saben hoy quien fue. Esta semana se ha cumplido el primer siglo de su sacrifico heroico.
Fue Enrique Chaumer un héroe si su vida la seguimos en el sentido que dio Augusto Mijares (1897-1979) a ese término al escribir: “La humanidad ha dado siempre el título de heroísmo no al combatir vulgar, sino a una íntima condición ética, que es lo que pone al hombre por encima de sus semejantes: héroe es el que resiste cuando los otros ceden; el que cree cuando los otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen” (“Lo afirmativo venezolano”. Caracas: Ediciones Dimensiones, 1980, p.32-33). En estas palabras está pintado Enrique Chaumer.
La vida límpida de Henrique Chaumer se cuenta en pocas palabras. Esta figura, quien escribió con su testimonio y con su propia vida una de las más hermosas páginas de la historia de la honradez y el decoro público, nació en Caracas en 1854.
Tuvo inclinación por la literatura. Fue autor de algunos poemas insertos en el volumen “Ahora y siempre” (1938). Interesado por el teatro escribió el diálogo “Amor y celos”, el cual fue estrenado en 1881 por un grupo infantil dirigido por nuestro actor Teófilo Leal. En este montaje actuó Ignacia Villasana, famosa actriz venezolana de la época. Ignoramos si esta pieza llegó a imprimirse.
En la vida pública Chaumer tuvo diversas actuaciones: fue presidente de la Cámara de Diputados (1897-1898). En 1909 era director de la “Asociación de obreros y artesanos del Distrito Federal” y miembro del Concejo Municipal de Caracas.
Fue en este último cargo que testimonió su actitud sobre la forma como debían manejarse los bienes municipales. En la sesión del 24 de septiembre de 1909, el Concejo analizó el “estado desastroso” de las rentas municipales. En ese momento el “Administrador de Rentas” era Vicente Marturet, quien había sucedido en el cargo a Eleuterio García, pariente del general Juan Vicente Gómez (1857-1935), hacía pocos meses llegado al poder. Eleuterio García había ejercido el cargo en forma inescrupulosa. No llevaba las cuentas como se debía sino que lo hacía de forma arbitraria y sin control alguno. A García lo había sucedido Marturet, quien se dirigió inmediatamente al gobernador para informarle que al tomar posesión no había encontrado dinero ni libros en los cuales se asentara los gastos. Era, por lo tanto, comunicó Marturet al gobernador, imposible formular en que estado se encontraban las cuentas.
Al comprobar estos hechos, el Concejo designó una comisión de la cual formaba parte Chaumer. Al darse a la tarea de esclarecer la situación, los concejales sólo encontraron un libro de contabilidad del cual habían sido arrancadas varias hojas. Al rendir el informe de tan inauditos hechos, Chaumer pidió que se hiciera una investigación alrededor del asunto. Fue así como se demostró que el responsable de la situación había sido el antiguo administrador. Sucedido eso, Chaumer salió del Concejo esa tarde y se dirigió hacia su casa situada en la esquina de Amadores.
Al día siguiente en la mañana, es decir el 25 de septiembre de 1909, Chaumer salió de su casa. En la esquina de Salas se detuvo y cruzó unas palabras con un niño, Andrés Eloy Blanco (1896-1955), quien relataría el hecho y haría su elogio veinte y ocho años mas tarde, en 1937, después de la muerte del dictador Gómez. Al llegar Chaumer a la esquina de Carmelitas fue asesinado por Eleuterio García, el ex director de Rentas a quien Chaumer había pedido se investigara. El límpido Chaumer cayó sin vida al lado de los niños y las niñas que en ese momento se dirigían hacia la escuela.
Al día siguiente, en el entierro de Chaumer, tomó la palabra J.M. Olivo Martínez, quien por este hecho fue detenido por orden del gobierno gomecista. Olivo debió pagar, durante treinta y nueve meses, en el “Castillo” de Puerto Cabello, su elogio de la actitud de Chaumer.

Septiembre 25, 2009

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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Glosas sobre Federico Vegas como ensayista

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

“Y hablo del caos en las ciudades que, pese a su desorden, generalmente construyen el paisaje que nos acompañará toda la vida”.
Boris Izaguirre

Pese a ser casi imposible, ni lejanamente, poder competir con las palabras que hemos escuchado a Oscar Tenreiro sobre Federico Vegas el arquitecto, que consideramos no se puede desligar del narrador, porque ambos son sus puntos de mira vitales, nosotros quisiéramos añadir unas observaciones sobre la significación literaria de algunos escritos suyos, sobre todo lo que se encuentran en esa precioso tomo de ensayos que es “La ciudad y el deseo” (Caracas: Fundación Bigott, 2007. 238 p.) y sobre su fascinación, que compartimos, por todo lo relacionado con el tema de la ciudad, más en nuestro caso, con lo que hemos denominado, en algunos de nuestros apuntes de lector, la ciudad interior.
Pero antes queremos decir unas palabras sobre un libro de Federico Vegas en cuyo encanto caímos al leerlo. Es “Pueblos” (Caracas: Fundación Polar, 1984. 155 p.), y esto sin quitarle un ápice a “La Vega, una casa colonial” (Prólogo: Arturo Uslar Pietri. Caracas: Armitano, 1988. 170 p.), que tenemos vivísima por haberla repasado hace pocas semanas cuando nos solicitaron una semblanza de uno de sus dueños: aquel gran señor caraqueño llamado Manuel Felipe Tovar (1803-1866), uno de nuestros “grandes cacaos”, el primer presidente elegido, en 1860, por votación directa de todos los venezolanos.
Creemos que lo que suscitó nuestra querencia por “Pueblos” es que a través de sus páginas Federico Vegas nos hizo viajar hacia la Venezuela profunda, la más entrañable, por en su libro nos mostró los últimos rasgos del país interiorano en proceso de desaparición, por lo que leer ese libro, o releerlo, es como hacer un bello ejercicio de nostalgia.
Esos pueblos, todos aquellos lugares en donde viven menos de dos mil personas, si miramos desde el Oriente al Occidente de nuestro país, siguiendo el mapa que está en el volumen, son: el que está en el archipiélago de Los Roques; en la isla de Margarita: Guayacán, Pedro González, Tacarigua y La Guardia; en el estado Sucre: Unare, San Juan de Las Galdonas, Morro de Puerto Santo, Araya y Manicuare, donde murió el poeta Cruz Salmerón Acosta (1892-1929) consumido por el mal de Lázaro; en Anzoátegui: Píritu, Guanepe, Clarines, San Lorenzo, Aragua de Barcelona; en Guárico: Ortiz, donde sucede la novela “Casas muertas” de Miguel Otero Silva (1908-1985), tan cara a Federico Vegas que la usó una de sus líneas para titular una de sus novelas, El Pao, San Francisco de Tiznados, donde nació Juan Germán Roscio (1763-1821), que ya no existe porque fue anegado en la construcción de la represa del Guárico (y con lo cual Roscio debe ser el único prócer que no tiene estatua en su pueblo, ni casa natal), El Sombrero, El Rastro; en la península de Paraguaná: Pueblo Nuevo, Sebastopol, Casa de Carlos Hurtado, Santa Ana y Jadacaquiva; todavía en Falcón Mitare, Catapatrida, Agua Clara, San Luis de la Sierra, Casigua, Pedregal; Quisiro, Piedra Grande, los Puertos de Altagracia y Agua Larga en el Zulia; Quibor y Barbacoas en Lara; los muchos pueblos de Trujillo: Carache, San Isidro de Ceuta, Torococo, La Ceiba, Santa Ana, San Lázaro, Niquitao, Jajó, Las Mesitas; Torondoy, Tuñame, Piñango y los de la Sierra Nevada de Mérida: El Morro, San José, Pueblo Nuevo del Sur, Mucuquí, Mucutuy, Aricagua, Mucuchachí y Canagua.
Ahora vayamos brevemente a “La ciudad y el deseo”, siempre con la idea de la cuartilla que prometimos para esta tarde para no impedir con nuestro empecinamiento literario la reflexión sobre el arquitecto Vegas, motivo del palabreo de hoy. Pero, debemos señalarlo, después de recorrer, con nunca turbada emoción, “La ciudad y el deseo” nos dimos cuenta que este libro Federico Vegas había escrito varios magníficos ensayos, algunos de los cuales algún día habrá que incluirlos en la antología de este género. Ensayos, porque lo son con toda propiedad, porque no pasan de ser “confesiones y asombros” (p. 55) como él mismo anota, sitio en donde siempre se posa la mirada del ensayista. Pero cuando escribe: “Este ha sido mi lema, hablar sólo de lo que me gusta” (p. 69): ¿y es que acaso esta no es una de las mejores definiciones del ensayo que pueden darse? O, y es complementario, no se sale del perigeo del ensayo, en estos trazos: “confieso que jamás seré parcial; son amores viejos y saboreadas preferencias las que llevo a cuestas” (p. 212). Y, claro, al redactar sus textos, después de pensar en sus asuntos, siempre la acompañan “las estimulantes dudas” (p. 75), como a Michel de Montaigne (1533-1592), el padre del género allá en el siglo XVI. De allí esta confidencia suya: ”una reflexión solo es contemporánea cuando establece un lazo entre el pasado y el futuro” (p. 103), aunque no hay que olvidar que si bien, él lo dice también, citando a otro arquitecto, “El pasado nos da lecciones, pero no todas las respuestas” (p. 55).
Y ya en su asunto predominante, en el impecable texto “El príncipe verde” nos confía: ”convertir una realidad pasajera en una fantasía perdurable, un sueño individual en una ofrenda pública; transfigurar una vida romántica es una obra singular” (p. 61) es su deseo.
Y aunque a Federico Vegas, como a todos los caraqueños raigales de hoy, los natos y netos que decía el gran Caremis, le duele lo feo que ve en su ciudad, en esta tan amada en la que estamos, cerca del pie del Ávila, Federico Vegas en estos esbozos busca siempre lo bello, porque como dice esta es una necesidad, algo “capaz de calmar y descansar el ojo” (p. 185). Por ello piensa que la arquitectura debe ser hecha como un acto de seducción (p. 30), un llamado a vivir en un lugar hermoso (y plácido, añadimos), como aquella descripción de la casa que desea le construya un arquitecto amigo el protagonista de su bellísimo cuento “Marcelino”. Esto le dijo: “Techos altos.
Puertas también altas, para que no le mochen el aura a quien llega.
A las brisas hay que permitirles entrada y salida.
Un buen árbol al poniente que apacigüe el sol de la tarde.
Aleros generosos para que no haga falta cerrar las ventanas cuando arrecie la lluvia.
Nada de esos frisos carrasposos que arañan a los niños cuando corren por el jardín.
Ningún escalón. Recuerda que ésta será una casa para borrachos que llegan de la playa encandilados” (“La carpa y otros cuentos”. Caracas: Alfaguara, 2008, p. 184).
Y lo negro que ve le duele porque sabe que “una ciudad mezquina, ruin, grosera y vil no puede generar una sociedad civil, generosa, sociable, atenta y urbana” (p. 165).
Y la ciudad es también el sitio del deseo, del ayuntamiento de los cuerpos. De allí aquellas meditaciones sobre urbe y eros que aparecen en “La ciudad y el deseo” que son no solo incitantes y bellas sino certeras. Tal cuando se refiere a los coitodromos de la metrópolis (p. 27), como él dice, a los que añadiríamos, los besódromos que hay por allí, sobre todo el de la Cota Mil. Pero esto tiene que ver con la casa porque no hubo erotismo, lo ha indicado con su agudeza permanente Manuel Caballero, “Es en la casa donde nace entonces la poesía amatoria; es en la casa donde nace el erotismo” (“El desorden de los refugiados”. Caracas: Alfadil, 2004, p. 239). Y ello fue así hasta que se hizo la primera casa y para construirla se necesitaba un arquitecto.
Pero nosotros insistiríamos también, al leer “La ciudad y el deseo”, subrayar aquellos pasajes en los cuales su autor menciona el significado del trópico (p. 40 y 55), nuestro mar Caribe y por ende nuestra caribiñedad (p. 54), demasiado poco recalcada pese a ser nuestra esencia, casi ontológica. Igual es su elogio de los años cincuenta: “La década de los cincuenta hoy parece tan lejana y maravillosa como el Barroco o el Gótico; con una sustancial diferencia: parece tener algo de futuro perdido, de cultura extraviada. Ciertamente es enigmático el que un pasado tan reciente hoy tenga sabor a utopía” (p. 107). Y esto porque en todas sus cogitaciones Federico Vegas nunca deja de ser arquitecto, ser sensible, como los de su gremio. Y ello porque “la sensualidad visual es inmensurable, es decir, siempre parcial e insatisfecha” (p. 216) porque siempre hay que continuar viendo, moviendo el “ojo que mira” que dijo Juan Calzadilla.
Tal un puñadito de reflexiones que se pueden hacer ante este libro de Federico Vegas.

(Texto leído en la sede de la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del jueves 3 de Septiembre de 2009).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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El crepúsculo del hebraísta

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Estamos ante un libro bien singular en nuestras letras: la novela El crepúsculo del hebraísta (Caracas: Alfa, 2008. 303 p.) de Atanasio Alegre(1930). Pero antes de entrar en ella debemos reparar en un hecho literario que está sucediendo entre nosotros uno de cuyos protagonistas es él. Dentro del vigoroso panorama creador, en lo que a literatura se refiere, que el país está viviendo, instante luminoso lo hemos llamado más de una vez, también están apareciendo algunos escritores quien han esperado la madurez plena para publicar, han impreso sus libros después de los cincuenta años, Francisco Suniaga, Elisa Arraiz Lucca, Gisela Cappellin y nuestro invitado de esta tarde. Con ello no nos estamos proponiendo formar una teoría relativa a qué edad se debe publicar el primer libro sino constatar un hecho. No es que haya una edad determinada para entregar al editor el primer libro que se decide publicar, que en muchos casos no es el primero que se ha escrito. Quizá sea de la juventud las otras dos cosas que califican al ser humano: sembrar un árbol y tener un hijo, lo cual hacen trilogía con la publicación de un libro. De las tres cosas se dice que deben ser las que todo ser humano haga.
Pero en estos casos el sueño de escribir una novela estaba implantado en ellos. Sólo esperaron en el momento. En el caso de Atanasio Alegre han sido fecundos sus años de creación después de su jubilación de su cátedra universitaria. Le llegó así el “tiempo de soñar” que decía nuestro Carlos Eduardo Frías (1906-1986).
Pero El crepúsculo del hebraísta es una de las pocas novelas venezolanas que tocan asuntos universales. Hay que colocarla en este sentido junto a las del maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) La visita del tiempo (Bogota: Norma, 1990. 338 p.) que se desarrolla alrededor a la figura de don Juan de Austria(1545-1578), el hijo natural de Carlos V (1500-1558), en la España del siglo XVI; La ilusión del miedo perenne (Caracas: Planeta, 1992. 224 p.) de Antonio García Ponce (1929) sobre la segunda esposa de Stalin dentro del tejido de la Revolución de Octubre (1917); junto a la de David Alizo (1941-2008), que se nos acaba de ir, Nunca más Lilli Marleen (Caracas: Mondadori,2008. 647 p.) sobre un asesino nazi y sobre la tragedia del holocausto, El último fantasma (Caracas: Alfagura,2008. 198 p.) de Eduardo Liendo (1941), escrita alrededor de Lenin (1870-1924) o mucho más atrás la de Simón Barceló (1873-1938) en una novela tan desconocida hoy, guardamos un raro ejemplar de la biblioteca de nuestros bisabuelos en nuestras estanterías, tanto que el acucioso historiador de nuestra novela histórica no la tomó en cuenta, es La última tentación de Ramón Berenguer (Barcelona: Prometeo,1929. 314 p.) ambientada en España en los días del Cid, plena Edad Media. Quizá quiso Barceló rendir con su libro emocionado tributo a uno de los libros más amados de su generación, La gloria de don Ramiro (1908), del argentino Enrique Larreta (1875-1961), el cual sucede en la España de Felipe II(1527-1598), que es la mejor novela del modernismo latinoamericano.

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