Categoría: José Tomás Angola
CHRIRIMOYA FLAT
por Eduardo CASANOVA
El miércoles 15 de abril, en el auditorio del Colegio Emil Friedman, va a estrenarse mi comedia Chirimoya Flat, con un elenco formidable que incluye a Laureano Márquez, Cayito Aponte, Levy Rosell, Crisol Carabal, José Manuel Vieira, Liliana Meléndez, Ramón Góliz, José Roberto Díaz, el Mago Sandro y Luis Carreño, entre otros. Un grupo capaz de hacer reír a todas las estatuas de un mismo cementerio, y que estará acompañado por el Cuarteto Becuadro, el flautista Miguel Pineda y un intérprete del cuatro. Todos dirigidos por José Tomás Angola Heredia, uno de los más talentosos hombres de teatro de la actualidad, además de poeta, dramaturgo, narrador y ensayista, fundador y cabeza de La Máquina Teatro, que es la organización que engloba todo el esfuerzo. La comedia, que nació con un curioso merengue caraqueño que se me ocurrió, o mejor dicho, se metió en la cabeza mientras viajaba en Metro, en Santiago de Chile, la escribí en varias sesiones de trabajo en Santiago y en Viña del Mar, entre noviembre de 2003 y febrero de 2004, mientras visitábamos a nuestro amigo y compadre Alejandro Leighton y su adorable familia, inmediatamente después del final de mi largo tratamiento de quimioterapia y radioterapia, que estuvo precedido por cirugía mayor (vainas del Zodíaco, del signo de Cáncer). Luego, ya en Venezuela, la revisé más de treinta veces, como es mi costumbre con todo lo que escribo. Es el final de la historia de Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela entre 1700 y 1704, de bragueta alegre y trágica llegada al sueño eterno, generada, según cuentan, por la pócima de una bruja que primero lo volvió loco. La había manejado desde que emprendí la tarea de escribir tres tomos que abarcan la historia de Venezuela desde 1498 hasta nuestros días (El Paraíso Burlado). La encontré en el libro Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, de mi tío abuelo Luis Alberto Sucre, y me fascinó desde el primer instante. Desde luego, en mi pieza casi todo está cambiado, salvo el hecho de que Don Nicolás fue el primero gobernante que se volvió loco en Venezuela en ejercicio del poder (aunque, evidentemente, no fue el único ni el último). No es precisamente teatro histórico, sino una comedia hecha con fines sanitarios: para hacer reír, porque la risa es lo más sano de que dispone el arsenal de posibilidades de la humanidad, especialmente en tiempos de crisis. No es mi primera incursión en teatro. A los quince y dieciséis años escribí varias piezas para teatro guiñol, influenciado por La viveza de Pedro Rimales, de Arturo Uslar Pietri, en cuyo estreno (1954) actué como Pedro Rimales. Y antes de los veinte escribí varios “pasos” que nunca se estrenaron. Cuando estaba por cumplir veintitrés vi estrenarse Barrabasalia, que escribí en colaboración (al alimón o a cuatro manos) con Arturo Uslar Braun, y en 1975, gracias a la amabilidad de Levy Rosell, se estrenó El solo de saxofón, llevado a escena por Arte de Venezuela. En el 2000, El Quijote cuerdo, un drama con elementos de comedia, recibió un premio por los 250 años del natalicio de Francisco de Miranda. En cuanto a Chirimoya Flat, dos o tres años después de mi regreso a Venezuela, en Caraballeda, cerca del mar, se la di a leer a Levy Rosell, y se entusiasmó con la idea de estrenarla. Pronto se combinó con José Tomás Angola, para que La Máquina Teatro la llevara a escena, y entre el miércoles 15 y el domingo 19 de abril (de 2009) será vista y oída por el público caraqueño. Ojalá mis parientes, amigos y corresponsales que viven en Caracas puedan verla y oírla. Para que comprueben que, aun en la situación en que nos tiene a los venezolanos, un rato de buena risa es mucho más eficiente y más barato que muchas sesiones de psicoterapia, y los que hacemos teatro, bien sea escribiéndolo, dirigiéndolo o actuándolo, a veces somos hasta más útiles que los psiquiatras, con el perdón de mis admirados amigos psiquiatras. Locos somos todos, pero quizá no lo estemos tanto.
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VENCIENDO a los pesimistas
por José Tomás ANGOLAOigo y leo a muchas personas que se identifican con la oposición venezolana sosteniendo un discurso más que pesimista. Argumentan que Chávez, con esta última victoria, logra todo lo que su proyecto ansiaba. Que tendremos revolución hasta el 2021 y que todo está perdido. No sé cuál es la motivación para sostener tales argumentos radicales y desubicados. La elección del 15 de febrero sirvió para muchos objetivos que eran necesarios alcanzar del lado de la oposición. Primero era de imperiosa urgencia demostrar que por mucho dinero con que cuente el Gobierno, por mucha manipulación, chantaje o presión que le imponga a sus cuadros y a los empleados públicos, de ahora en adelante ninguna victoria está segura. A la revolución le costó un puyero, anímico y de verdad, sacar los votos que sacó. Y con todo y eso nunca alcanzaron los obtenidos durante los comicios que enfrentaron a Hugo y a Rosales. Ya el Gobierno no es el invencible mastodonte llevándose por delante a la hormiga de la oposición. La acera contraria sumó más de cinco millones de votos, sin tiempo para preparar una campaña, sin la plata grosera del contrario, sin la unidad militar que tienen los revolucionarios con su único dios, y con todo y eso el trabajo se cumplió y se exhibe hoy ante el país una fuerza que hasta el cínico profesional de José Vicente Rangel se vio obligado a reconocer.
La malacrianza y la soberbia del socialismo del siglo XXI son una debilidad que habrá que aprovechar. Chávez gobierna como si se tratara de un juego de bolas criollas o una caimanera de softball. Nunca tiene una estrategia medida y sustanciada. Todo es apelar a su discurso de confrontación, su carisma aún potente, la millonada que vulgarmente saca de las arcas de la nación, la presencia de grupos radicales y extremistas de delincuentes que buscan inocular miedo, el chantaje y la coerción inmoral con los empleados públicos y sus familiares, con los que tengan un tetero gubernamental en el pico, con los que de alguna manera viven o dependen de las dádivas revolucionarias. Esa es toda la estrategia electoral de Chávez y hasta el momento ha rendido sus beneficios. Pero nada es eterno. La gente empieza a dar síntomas de agotamiento con la confrontación. Su carisma sirve para algunas cosas pero no para todo, como lo demostraron las elecciones regionales cuando perdió Caracas aún y su imagen todopoderosa y siempre constante. Ni qué decir de apelar como quiera a la millonada del Estado. Chávez sigue congelado para reaccionar contra el palo de agua que se le viene, y por muchas reservas internacionales que se tengan, se debe entender que la tragedia del petróleo por debajo de los cuarenta dólares es un constante gancho al hígado que lentamente nos está llevando a las cuerdas, para usar el argot boxístico. Si se trata de los grupos de facinerosos que sirven de brigada de choque, Hugo mismo se está dando cuenta de que controlarlos es una tarea titánica y poco a poco el gobierno empieza a ser un pobre secuestrado más. O les pone una parada y los lanza a la cuneta del camino o pronto tendrá a Lina Ron regañándolo en público y mandándolo a callar. Y finalmente el tema del chantaje y la manipulación contra los cercanos del gobierno también da señales de agotamiento. No se puede tener por diez años a una persona contra la pared, amenazándolo, obligándolo y creer que jamás reaccionará, que nunca se sacudirá y con la misma fuerza con que lo empujan, empujará. Un querido amigo, intelectual, buen actor y mejor humorista me decía que él estaba seguro de que la táctica de Chávez para enfrentar unos comicios era la del jugador de dominó que, sin contar las piedras ni medir las consecuencias, se tiraba al tranque. Desarticular a la oposición, desgastarlos en un duelo que estos creen es de cabezas y sólo resulta de intestinos ha logrado hasta ahora darle réditos a la revolución. Pero comienzan a mermar los beneficios. En cambio la oposición demócrata, manteniendo un pulso preciso para convencer con un discurso pacífico, demostrando la ineptitud y la mediocridad gubernamental, acercándose a la gente, sintiendo y comprendiendo sus verdaderos problemas y lo que justo falta ahora, construyendo y presentando un proyecto de país posible y mejor, logrará caminar el sendero correcto.
La paciencia debe ser una virtud a ejercitar. La ejerció la generación del 28 que tuvo que esperar treinta años antes de consolidar un proyecto democrático de nación. Así que cuando escuche a esas aves agoreras con su lamento plañidero, no se deprima ni se desestimule. Usted con su participación, con su voto, se ha vuelto un fiero contendor que hace rabiar a un Chávez incluso cuando gana. No le tema al fraude electoral. Si no lo permitimos, no sucederá. Mejor que vencer, que es lo que hace Chávez, es convencer. Y esa batalla, el líder máximo, la está perdiendo.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
LAS DOS Venezuela
por José Tomás ANGOLALuego de una derrota, el ejercicio más sano es analizar y reflexionar sobre lo sucedido. Es cada vez más habitual en el país que las contiendas electorales sean definidas por porcentajes muy pequeños entre ganadores y perdedores. Esta constante, al menos en las últimas tres votaciones, sólo confirma lo que es una conclusión que se puede sentir en la calle. Venezuela está dividida en dos facciones, en dos grupos casi del mismo tamaño. Obviamente no es una división exacta, matemática o inamovible, nada en lo humano es así de definitivo, pero llega a dar una comprensión bastante clara de cómo se siente esta sociedad. Chávez y su revolución vinieron a dividir y separar. Esa ha sido una estrategia política que le ha rendido buenos frutos.
Enfrentar un grupo contra otro es capitalizar el ánimo exacerbado, es crear solidaridades y lealtades más o menos fuertes. Sin embargo ese plan es insostenible en el tiempo sin cometer excesos. O se termina creando una zanja tan insalvable entre los dos toletes que se puede caer en la tragedia de una guerra civil, o el desgaste por la pugnacidad termina aglutinando en el centro de la opinión a los electores, diluyendo los radicalismos y acabando las fidelidades automáticas. Esto último parece que es lo que está ocurriendo. Tras diez años desperdiciados, el socialismo del siglo XXI se muestra cansado y con señales inequívocas de haber alcanzado su techo. La estadística permite ver que el chavismo no ha crecido en las últimas contiendas. O está estancado o lentamente parece decrecer. Sorprende esta revelación pues en cada nueva consulta la inversión del Gobierno para comprar adeptos, manipular, chantajear y movilizar al ciudadano se ha hecho a un costo mayor. Ahora los votos a favor de la revolución son mucho más caros que antes.
Pero en la acera contraria el resultado, aún cuando suponga un revés, debe ser tomado como algo positivo. Es cierto que el referéndum fue aprobado contrariando lo que se había decidido un año antes, pero también es cierto que cuantitativamente los votantes que se oponían a las ideas de Chávez han estado creciendo consistentemente desde esa elección del 2 de diciembre. Es importante recordar que se ganó en aquella oportunidad porque el voto chavista en gran medida no quiso expresarse en contra de su líder máximo. Prefirió abstenerse aunque no estuviera de acuerdo con lo que se proponía. Este 15F se logró más votos que en aquella primera cita pero también es cierto que el Gobierno pudo empujar y llevar más simpatizantes a las urnas. Chávez sabe que no fue que estos votantes cambiaron mágicamente su posición de disentimiento sobre la materia, sino que más bien la operación de remolque se cumplió más eficientemente. Este dato debe causar cierto temor entre los ideólogos de la revolución.
Otra reflexión interesante es que cuando se creía que la clase media ya había llegado a su número mágico, a su techo, se está experimentando ahora la presencia de nuevos electores de este lado que, viniendo de clases humildes y del propio chavismo, están discrepando de las órdenes cuarteleras del presidente. Caracas, por ejemplo, a pesar de la tenaz campaña oficialista dio una muestra de independencia aún siendo una de las ciudades aparentemente más beneficiadas por la revolución. Hoy por lo menos es un mito eso de que la capital es roja rojita. Si acaso la mitad lo es y las tendencias señalan que lentamente está dejando de serlo. En la otra cara de la moneda y como verdad taxativa está el hecho de que en el interior aún se mantienen unos fuertes lazos de fidelidad con Chávez. Quizá la razón sea porque en esos lugares no hay más nada sino la presencia gubernamental. Esos poblados dependen casi en exclusiva del estado para subsistir. Hacia allá se deberá entonces concentrar la labor de la oposición si quiere destrabar el juego y alcanzar más simpatizantes.
No hay por qué sentirse derrotado o deprimido. Se logró alcanzar para la oposición una cifra histórica sin los recursos que tiene el estado, sin liderazgos sólidos que dieran la cara, sin racionales profundos que convencieran, sin siquiera elementos de motivación reales. Y eso fue así no porque la maquinaria opositora estuviera creciendo en eficiencia, organización o poder de convencimiento. No. Lo que ocurrió es que el ciudadano de a pie está empezando a distanciarse del presidente de una manera personal, solo, por su propio juicio y reflexión. Si los políticos contrarios a este proceso destructivo de la revolución entienden eso y se orientan en profundizar un proyecto real de país, que tenga la bandera de la inclusión y con la honestidad de llegarle de cerca a los problemas de la gente, toda la situación se acelerará hacia la contundente victoria que busca la democracia venezolana.
Chávez ahora tiene que pensarse las cosas muy bien. Ganó, es cierto, pero está viendo que no fue fácil, que el encantamiento no fue suficiente, que cada vez más la victoria le cuesta mucho más dinero y que frente a él, hoy más que nunca, tiene medio país firmemente en contra.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
VENEZUELA NACIÓ CON EL NO
por José Tomás ANGOLAA pocas horas de una cita en la que el país decidirá si quiere vivir arrodillado o de pie, evoco lo que puede quedar como uno de los primeros gestos verdaderos de independencia en Venezuela: el 19 de abril de 1810. En la historia, al poseer ésta los mismos resortes pues es protagonizada por el hombre, se suelen repetir los hechos y de allí que acudir al pasado siempre ayude a comprender el presente y decidir el futuro. Desde 1808 cuando Napoleón invadió a España, la incertidumbre rondaba las colonias, muy distantes y desconectadas de los sucesos peninsulares. Lo cierto es que noticias fragmentadas que llegaban en los buques que anclaban en La Guaira, permitieron componer la verdadera dimensión de lo que ocurría. Fernando VII se hallaba en Valencia y había abdicado en favor de José Bonaparte, hermano del invasor. Eran ahora las Juntas Supremas las que intentaban oponerse a la monarquía usurpadora en todas las regiones de España. En mayo de 1809 arribó a Caracas el nombrado Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Vicente Emparan. La nueva autoridad, quien ya había ejercido de Gobernador de Cumaná, era el puntillazo que esperaba la aristocracia venezolana, los Bolívar, los Ribas, los Palacios, los Toro, para revelar sus ideas independentistas. Dos corrientes de la sociedad de entonces se aliaron en una sola vía: los que despreciaban al usurpador Bonaparte y defendían con ahínco los derechos de Fernando VII y los que buscaban visionariamente la independencia total del país.
Emparan se tropezó con una Provincia arisca, rebelde, inquieta y agitada. Supongo que entendió prontamente que su mando sin respaldo popular, salvo por los sables militares, tendría un final lamentable. El 17 de abril de 1810 llega a La Guaira la confirmación definitiva de que Francia era dueña de España. Se disolvían las Juntas Supremas y era ahora un Consejo de Regencia en Cádiz, acorralado y hostigado, la única instancia que defendía los derechos reales de Fernando VII. Con una misiva entregada al Capitán General y que éste decidió no revelar, Cádiz misma sentaba las bases para decirle NO al mandato ilegítimo. La indignación cundió. Se hicieron demostraciones públicas de adhesión al genuino monarca Borbón, llamado por cierto El Deseado. Todo concluye el 19 de abril, jueves santo para más señas, cuando se emplaza a don Vicente, presente en las celebraciones religiosas, a que asista a un Cabildo abierto en donde Caracas indignada y sacudida le exigiría que jurara fidelidad al depuesto rey. Allí patriotas como Lino de Clemente, Martín Tovar y Ponte, Nicolás de Anzola, José Rafael Revenga o Feliciano de Palacios y Blanco, tío del Libertador, logran echar a andar el plan que venían fraguando desde que se recibiera aquella carta gaditana que entre muchas cosas daba un mensaje demoledor: “Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres.”
La anécdota es harto conocida. Los jóvenes, siempre los jóvenes, entre los que destacaban un enardecido Diego Bautista Urbaneja con escasos 27 años o un Francisco Salias aún más joven, con tan sólo 25 años, y que había sido quien tomó por el brazo al Capitán General y lo llevó al Cabildo, agitaron al pueblo de Caracas. Emparan viendo lo que se le venía, comenzando la tarde y tras la maratónica sesión del Cabildo se juega la última carta. Hay que preguntarle al pueblo si lo quieren a él, a su poder que viene de una invasión, a su autoridad que es fraudulenta y mal avenida. Frente a la plaza mayor, desde ese balcón que aún hoy se puede ver en el segundo piso de la Casa Amarilla, el Capitán General le preguntó a los venezolanos congregados y eufóricos si querían que se quedara en el mando hasta que lo dispusiera el usurpador o Dios, y fue entonces cuando el chileno de nacimiento, pero venezolano por luchas, José Cortés de Madariaga hizo aquel mudo gesto, aquel movimiento de brazo, de lado a lado. Fue cuando un NO silencioso pero inolvidable se prendó del balcón del pueblo, el verdadero, no el de mentira. Y fue entonces cuando Caracas en pleno, soñando, sin miedo, dijo NO. No te queremos. Emparan sentenció todo con la memorable frase “Pues yo tampoco quiero mando", frase que no muchos gobernantes que conozco pronunciarían. Con ese NO había nacido el espíritu de Venezuela.
Querido lector, lo voy a invitar a un ejercicio. Siéntase el domingo como en 1810 en la plaza mayor. Véase frente a la máquina de votación como mirando el balcón con el gobernante soberbio queriendo perpetuarse eternamente, y recuerde el gesto de Madariaga en los ojos de su hijo, en el sacrificio de sus padres, en el sueño del país posible. ¿Qué dirá entonces?
Como ironía de la historia fue de ese segundo piso de la Casa Amarilla, donde está el balcón en el que Emparan oyó al país gritarle NO, que saltó un presidente loco, dicen los mamadores de gallo, con una sombrillita como paracaídas, aterrado por el terremoto que sentía bajo sus pies. Fue Cipriano Castro en 1900. ¡Qué vainas tiene la historia! ¿No?
CELEBRANDO la muerte y la violencia
por José Tomás ANGOLASomos un país invertido. Trastocado. Lo absurdo y lo desquiciado se asume como normal. Lo traidor y cobarde como épica y fiesta. Ayer ocurrió uno de esos días que nos humilla como seres humanos y venezolanos. El Gobierno, buscando cualquier disfraz posible, intentó celebrar el nefasto golpe de estado del 4 de febrero de 1992 tal como si se tratara de una fecha patria. ¿Bajo cuál argumento esto sería concebible? La revolución se entrampa en su propio discurso hipócrita. ¿Cómo ensalzar un golpe de Estado contra un gobierno legítimamente constituido, el de Carlos Andrés Pérez en ese entonces, y a la vez desaprobar y condenar cualquier intentona contra el actual? La tiene difícil Chávez para decir que hay golpes de estado buenos y otros malos. Que unos deben existir y otros no. ¿Quién juzga eso? ¿Por qué su intentona criminal sería menos diabólica que la de Pinochet, por ejemplo? ¿Quién podría asegurar que unos tuvieron razón y otros no? En el fondo el Gobierno revolucionario está en su cruzada desgraciada por celebrar la muerte y la violencia. En eso lleva ya 10 años. Con un cinismo que espero sea juzgado en el algún tribunal internacional de Derechos Humanos, Chávez le declara a CNN que la inseguridad es un tema de la década de los ochenta. ¿Con qué moral el ciudadano presidente puede mirar a los ojos a miles de huérfanos y viudas y decirles que los seres queridos que les mataron no existen sino que son un invento de la oligarquía? Cien mil muertos asesinados en 10 años de revolución, cien mil fallecidos violentamente desde que Chávez está en el poder es una cifra tan grotesca, tan aterradora, tan demoledora que no reconocerla, no asumirla como una gravísima e imperdonable falta lo convierte automáticamente en cómplice de los sicarios, de los desalmados que matan sin piedad.
Para poner en perspectiva la cantidad de asesinados que han ocurrido en esta década habría que decir que en la Guerra del Golfo de los años 1990 y 1991, con toda la tecnología militar americana en juego, todo el fanatismo estúpido de los seguidores de Saddam Hussein y una población civil desvalida y en el medio, no hubo ni la mitad de los decesos que han ocurrido aquí. En 22 días de invasión judía a Gaza, con el uso de cohetes, bombarderos, cañones y dementes palestinos vueltos bombas humanas, hubo menos muertos que en un mes normal en toda Venezuela. ¿Es eso comprensible? ¿Acaso entonces debemos suponer que vivimos una guerra no declarada desde hace diez años y no lo queremos aceptar?
La revolución es cómplice por ser la principal instigadora del odio, de la violencia. Por propiciar la lucha entre los hermanos, por convalidar con su apatía el crimen, por incluso justificarlo cuando le conviene. ¿Será que olvidaremos al “caballero” Gouveia, asesino convicto y confeso, grabado por cámaras de TV, y que recibió ese trato del propio presidente de la república mientras a los que se le oponían los llamaba escoria, escuálidos, fascistas, terroristas y oligarcas? ¿Podremos olvidar la brutalidad antisemita de destruir una Sinagoga como si este régimen y sus esbirros fueran los nazis del siglo XXI? Todas y cada una de las aberraciones que ha cometido Chávez y la ralea de lunáticos que lo acompañan en cargos de poder deberán pagarlas en la justicia internacional. De eso no tengan duda. Quizá tarde, quizá la paciencia no sea lo suficientemente resistente para esperar a verlo, pero de que llegará, llegará.
El 15 de febrero no está en juego una simple enmienda de la constitución. Chávez quiere imponer la monarquía absoluta, le está diciendo a todos los venezolanos que él quiere ser el que mande los destinos del país hasta que le dé la gana. Que quiere perpetuarse con su cinismo, con esta violencia que lo masacra a usted amigo, a usted amiga, no sólo en su barrio, sino en su urbanización, en la puerta de su casa, en su trabajo, en momentos que deberían ser sagrados como los velorios y los entierros, porque hasta ahí ha llegado la mano de la brutalidad para matar, en un acto de absoluto genocidio, a los parientes y a los amigos de los muertos.
¿Es ése el país que desea para usted y para sus hijos? ¿Una nación en donde salir todos los días de su hogar para ir al trabajo es casi jugar una ruleta rusa sin saber si en la próxima halada del gatillo le volarán los sesos? ¿Pregúntese doñita si puede soportar vivir con ese terror de que le maten a su hijo cualquier madrugada, cualquier atardecer?
Ante ese escenario de revolución indefinida hay que decir que no. Ante ese futuro miserable, lleno de víctimas y asesinos, hay que decir que no. Porque mientras Chávez se mantenga en el poder, la muerte dormirá en la puerta de su casa, de su rancho, de su apartamento como un perro rabioso dispuesto a morderlo apenas salga. Por eso hay que decir mil veces no.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
RAZONES para decir que no
por José Tomás ANGOLAEstas semanas por venir serán decisivas para los venezolanos. Más que una enmienda de la constitución, está en juego la perpetuación de un proyecto autoritario, hegemónico, sectario y corrupto. La democracia debe ser un sistema de gobierno en donde el poder no quede atado a las personas sino a las instituciones y las leyes. La alternabilidad, el ejercicio sano de cambiar de autoridades cada cierto tiempo mantiene en constante renovación a los países. Es como si usted, amigo, comiera todos los días pan y refresco. Llegaría un momento en el que estaría tan agotado de engullir lo mismo que lo aborrecería. Su salud andaría muy desmejorada e imagino que pesaría muchos kilos por arriba de lo normal. Digamos pues que el presidente y su revolución son pan y refresco, que si bien no alimenta seguro llena el estómago. Chávez argumenta que usted debe comer de aquí hasta el final de los tiempos pan y refresco porque resulta que es lo mejor para todos. Él ya decidió lo que le hará falta a este país en el futuro. Dictaminó que él mismo es lo único que necesita Venezuela para ser feliz. La revolución pensó por usted y ahora quiere convencerlo de lo que realmente le hace falta. Esa es la marca indeleble de todos los regímenes totalitarios, decretar el nivel de felicidad y expectativa que puede tener una sociedad. Como Cuba o China o la desaparecida Unión Soviética. Para esos gobiernos usted, por ejemplo, no necesita viajar al exterior para ser feliz, por ello no tiene permiso para hacerlo. Usted no requiere comer todos esos productos que le gusta comprar, así que le extiende una libreta de racionamiento para que sólo se alimente de lo que al Estado le dé la gana. Usted no tiene por qué gastar su dinero en lo que le plazca, entonces impone restricciones a los artículos que fija como de lujo. Cosas suntuosas como papel toilet o pasta de diente.
La cantaleta de quienes hacen campaña por el sí se vale de una verdad a medias. Dicen que de aprobarse la reelección indefinida y eterna, es el pueblo quien podrá al final seleccionar al candidato de su preferencia. Lo que no dice esa campaña es que permitir que el candidato eterno sea el mismo sujeto que tiene todos los recursos del estado bajo su control, que tiene todos los poderes públicos sometidos a su retorcer de tripas, que tiene toda la fuerza militar bajo su mando y posee la capacidad incuestionable de encadenar los medios cada vez que le dé la gana para decir las bolserías más inauditas, convertirá cada votación en una alevosa, injusta y desproporcionada elección, teniendo siempre las de ganar el candidato eterno que esté en el poder. Súmele a eso que el candidato eterno podrá coaccionar como le dé la gana y sin forma de pataleo a todos los empleados públicos, a todos los contratistas que trabajen para el Estado, a todos los que se beneficien de un subsidio, una beca o una misión del gobierno, a todos los extranjeros que esperen sus papeles, a los comerciantes que requieran algún trámite legal e incluso a cualquier venezolano inscrito en el sistema de impuestos nacionales a quien podrán perseguir y obligar a que vote como el super candidato quiera.
En los cargos regionales y municipales permitir la reelección indefinida implicará crear una suerte de feudos monárquicos en donde el “reyezuelo” que agarre el coroto se valdrá de todas las artimañas a su alcance, desde usar el erario público para comprar conciencias hasta mantenerse en una eterna campaña política, para aferrarse a su silla.
Pero por sobre todo, debajo de la pretensión de la reelección indefinida habita una idea que es humillante y vergonzosa para todos los venezolanos, y en especial para los seguidores de Chávez. Hugo con esa propuesta lo que está diciéndoles es que no existe ninguna revolución, que todo es embuste, que sólo está él, el chivo que más mea, el padrote, el caudillo, lo demás es una farsa porque cuando él falte todo se vendrá abajo. Nada entonces se ha construido en 10 años. Más duro es entender que Chávez cree que todos sus seguidores son unos imbéciles que no saben para dónde van, que no saben lo que quieren y que necesitan de sus sabias órdenes por toda la eternidad. Él no tiene substituto. No sólo es necesario sino que es indispensable. Ni siquiera en su círculo de afectos más cercanos hay alguien que pueda medio seguir su obra. Todos son unos fantoches sin talento ni carisma para sustituir al ídolo divino. La enmienda es pues la grosería más grande que nadie le ha hecho a este país y a sus habitantes.
La reelección indefinida es implantar indefinidamente el gobierno abusador y autoritario. Es ponerle los grilletes a la conciencia de los millones de venezolanos de hoy y de mañana. Lo más triste es que nosotros mismos nos pondremos esos grilletes por ingenuos, cobardes, ignorantes o cómplices si llega a ganar el sí. Piense, reflexione, escuche bien lo que dice Chávez y entienda que no sólo lo está insultando sino que le está anunciando que lo volverá un esclavo. Por eso ya le dijimos una vez No. Y se lo repetiremos. No. Porque No es No.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
Cuando la violencia se llama Chávez
por José Tomás ANGOLA
El señor presidente pasará a la historia patria como uno de los causantes más conspicuos de la violencia en el país. Su sola figura entraña violencia. Con violencia insurgió criminalmente contra un gobierno legal y legítimo en el golpe de estado del 4F, uno de los dos convictos y confesos que hemos sufrido en treinta años, el otro fue el del 27N. Con violencia hizo campaña política prometiendo arrasar con todo lo que sonara a pasado, como si del pasado de un pueblo no se pudiera aprender o acaso fuera motivo de vergüenza. Con violencia ha gobernado uno de los períodos más brutales y crueles que haya conocido esta república. No es fácil pronunciar la cifra de cien mil muertes violentas en diez años. Esa estadística es el resultado de una guerra no declarada pero asumida, es una lucha fratricida alentada, impulsada, estimulada y buscada por quien actualmente nos manda.
Venezuela inició el siglo XX con una dictadura de dos cabezas, Castro y Gómez. Padeció a mitad de la centuria la mano férrea y tiránica de Pérez Jiménez, y se despidió con el gobierno autocrático y abusivo de otro caudillo, Hugo Chávez. Su revolución es naturalmente roja porque está manchada con la sangre de miles de compatriotas que han quedado tendidos en las aceras del país. ¿Cuántas de esas muertes violentas que se reseñan semanalmente no son consecuencia del discurso de Chávez? ¿Cuántos de esos asesinatos no tienen un excitador político ubicado en la misma cabeza de la revolución?
Nuevamente los revolucionarios (no se les puede decir bolivarianos pues sería ensuciar la memoria del Libertador) se están valiendo de la violencia para amedrentar y aterrar. Chávez en eso es experto. En una década no ha gobernado, sino que se ha dedicado a asustar al país. Si sumáramos los muertos que hubo producto de las cárceles, las torturas y la represión en los períodos dictatoriales anteriores del siglo pasado, no alcanzaríamos ni a empatar la lista de asesinados en las Morgues durante un año . ¿En qué nos hemos vuelto? ¿Es que acaso tanta brutalidad, tanta crueldad puede ser tolerada como si nada ocurriera?
La seguidilla de ataques contra Globovisión, la UCV, la Nunciatura, el Ateneo de Caracas, las casas de Marcel Granier, Leopoldo Castillo y Marta Colomina, la represión injusta contra una marcha pacífica de los estudiantes que el martes pasado simplemente quería llegar al Tribunal Supremo para entregar un papel, la represión desproporcionada contra los universitarios en Mérida, Carabobo y Anzoátegui son parte de ese plan de brutalidad que Chávez en persona y a través de los medios ha iniciado. Por televisión le ordenó a sus seguidores enfrentar las marchas y las actividades de los jóvenes con toda la saña de la que fuera capaz este estado represor. Ese es el verdadero rostro del líder máximo, el de un autócrata que quiere que el país se arrodille y haga su voluntad. Así quiere imponer su mandato hasta la eternidad, así quiere hacer lo que le venga en gana con los dineros de la nación, así quiere modelar y adaptar las leyes a su libre albedrío. Venezuela jamás había vivido momentos tan desastrosos y ominosos como los presentes.
Pero aún hay esperanzas. El martes lo vimos en los rostros de esos muchachos que sin armas, sólo con consignas y honestidad trataron de marchar hasta el TSJ. A diferencia del otrora delincuente juvenil que ejerce de Ministro del Interior (porque él sí fue un tirapiedra profesional), los estudiantes de hoy se cuidan de crear violencia. Saben que ese camino de la bestia está reservado al gobierno y sus cómplices. Por eso el movimiento estudiantil causa tanto terror en Chávez y su revolución, por eso buscan agredirlo y destruirlo con inquina, por eso no tienen sino el argumento de la violencia para responderle. Porque saben que moralmente los estudiantes tienen razón y ante esa verdad espetada en la cara no queda sino el pánico como reacción.
Chávez pasará como esas enfermedades que se padecen y se recuerdan con grima. Un instante estúpido de nuestra historia en donde la mayoría perdió el rumbo y creyó en las mentiras y los cantos de sirena. Está llegando el doloroso tiempo del petróleo por debajo de los cuarenta dólares el barril, de la anarquía contagiante, de la anemia institucional, del quiebre de todo el aparato productivo, de la debacle económica. Todo lo que Chávez sembró, corrupción, flojera, odio, mediocridad, atraso, falsedad y miedo, se está volviendo contra él. ¿Qué pasará entonces? ¿Habremos perdido la capacidad de justicia ante la brutalidad que nos rodea? ¿Terminaremos convirtiéndonos en algún país africano donde la vida vale menos que la bala que la mata? Tengo fe en que no pues aunque vea en televisión la estampa convulsa del señor presidente y sus seguidores con su violencia, del otro lado de la pantalla están los rostros transparentes y sinceros de los miles y miles de jóvenes que heredarán esta tierra. Y definitivamente, los muchachos son más.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
DESMEMORIA y puro cuento
por José Tomás ANGOLA
Regreso a estas páginas teniendo la extraña sensación de que nada ha cambiado con el nuevo año. 2009 se inicia con las mismas necedades políticas y con las mismas mentiras reeditadas. El martes pasado, irónicamente 13, el país tuvo la mala suerte de oír por casi ocho horas una de las alocuciones más cínicas y embusteras que se han pronunciado en la república. Uno está acostumbrado a que los políticos en el ejercicio del poder se la pasen volteando las cifras para presentar defectos como logros. Así que antes de decir que hubo casi 100 mil asesinatos en una década de revolución socialista, dirán que hay 25 millones 900 mil venezolanos que no murieron a manos del hampa en ese período. Chávez en eso es un experto. Cada discurso que nos obliga a ver y oír está lleno de cifras mostradas hasta en sus decimales y si uno le hiciera caso a esa estrategia que busca obnubilar, terminaría concluyendo que nos va mejor que a Suecia o Japón. Y la realidad no es esa. Cada vez que uno en la mañana sale a la calle, el dinero que llevó a su casa el día anterior vale menos; puede apostar que tendrá menos productos en el mercado que la semana pasada; que la misma cantidad de plata que ganó ayer será mucho más difícil de conseguir hoy y que jamás tendrá la mínima certeza de regresar con vida a su hogar por la noche. Ese el país que tenemos.
Dudo que valga la pena enumerar la sarta de barbaridades que pronunció el presidente el martes 13 ante una audiencia de eunucos mentales. Pensar que en esas mismas sillas del parlamento se sentaron hombres como Andrés Eloy Blanco, Jóvito Villalba, Arturo Uslar Pietri, Moisés Moleiro, Gustavo Machado, Alfredo Tarre Murzi, Inocente Palacios o Luis Beltrán Prieto Figueroa, sería suficiente para entender el degredo en el que se ha vuelto la Asamblea. Quizá el mayor acto de cinismo fuese asegurar con una emoción hipócrita que ya no había niños de la calle. Posiblemente el señor Presidente ante el pánico patológico de un atentado, cosa jamás ocurrida, no ha salido a las calles de cualquier ciudad del país para constatar las bandas de muchachos de todas las edades que, abandonados y dando muestras de su profunda miseria, deambulan a su suerte por esos espacios sanguinarios que se han vuelto las avenidas de nuestras urbes. ¿Es que ese señor no tiene vergüenza? ¿Habrá podido dormir esa noche después de decirle al mundo una irresponsabilidad de tal tamaño?
En siete horas es mucho lo que un hombre como Chávez puede inventar con tal de llenar el profundo vacío que significa esta revolución. Su fijación obsesiva por la reelección indefinida lo lleva a sostenerle al país que él es necesario. Ni Bolívar que podría considerarse la máxima expresión de la nacionalidad se atrevió a decir algo semejante, cuando sí propuso cientos de veces en cartas como la del 4 de junio de 1826 al Presidente del Senado de la Gran Colombia, la necesidad de evitar la permanencia de un hombre muchos años en el gobierno. Ahora sale un sujeto que moralmente está incapacitado hasta para mencionar el nombre del Libertador, a decirle sin rubor alguno a Venezuela que él es necesario para la felicidad nacional. Si no fuera tan indignante sería chistoso.
Ya nada sorprende. Ni la afirmación de que en los barrios, por Mercal y Barrio Adentro, la gente tiene inflación cero, ni la tajante declaración de que 2 millones de seres han abandonado la pobreza extrema. El clímax de la comedia ocurrió cuando con el sarcasmo al máximo preguntó dónde estaba la crisis que él no la veía.
En 10 años la revolución no ha construido nada. Ni industria, ni cultura, ni educación. Sólo ha acostumbrado artificialmente a que la sociedad reciba dádivas sin producir nada. ¿Dónde nos deja eso ante el futuro? ¿Qué pasará cuando se acabe el chorro de petróleo? ¿Cómo se mantendrán a los miles y miles de sujetos que no están preparados para salir adelante y ahora dependen exclusivamente del estado?
Después de las siete horas de disparates quedó una sensación a fracaso. Venezuela ha perdido miserablemente 10 años de oportunidades, 10 años de estudio, de talento, de esperanza, de trabajo. Hemos puesto en el albañal una década completa. A la vuelta de la esquina hay un obligado y forzado evento electoral. Aunque la pregunta que se hará parece salida de la mente de un analfabeta funcional, usted tendrá que estar dispuesto a responderla. Yo por mi parte estoy claro. Le diré no a la mentira de esta revolución, le diré no a los abusos, a la corrupción, a los miles de asesinos que matan sin que nadie haga nada, le diré no al cinismo, le diré no a las agallas continuistas, le diré no a este hombre que sin la menor moral se sentó el martes 13 y le mintió y ofendió a Venezuela entera.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
¡Feliz Año Nuevo!
por Eduardo CASANOVA
Ojalá se cumpla el deseo de todos de que el 2009 sea mucho mejor que el 2008. Un año de felicidad que haga olvidar todos los problemas que han venido arrastrándose desde que empezó el Milenio. Y que convierta el Milenio en 992 años de Felicidad.
Es el deseo de todos los que hacemos LITERANOVA
Proclama desordenada para el Cadáver que es el Teatro venezolano
por José Tomás ANGOLA
El arte teatral en Venezuela es un continuo, una serpiente que se muerde la cola (Guillermo Meneses dixit). El que no lo crea o es un soberbio o un ignorante. En este principio de siglo los dramaturgos que cargamos el ataúd del teatro (no vayan a dudar que el teatro en Venezuela parece más un cadáver que un saludable hombre) somos los herederos de lo que escribieron Otazo, Ayala Michelena, Rafael Guinand, Leo, Luis Peraza, Rengifo, Aquiles Nazoa, Ida Gramcko, Pedro Berroeta, Uslar, Ricardo Acosta o José Ignacio Cabrujas. Negar eso sería como negar la influencia que hoy tienen, directa o indirectamente, Isaac Chocrón, José Antonio Rial, Gilberto Pinto, José Simón Escalona, Alejandro Lasser o Levy Rossell. En los últimos años se puede sentir ese nudo gentil que ata a los nuevos escritores con los que ya se han consagrado: De otra manera cómo se entendería el acompañamiento de Rodolfo Santana a la obra de Gustavo Ott o a Gerardo Blanco lanzando al ruedo a Mónica Montañés o incluso la estimulante presencia de Xiomara Moreno al lado de León Febres Cordero. Somos una silenciosa cofradía, sin escuelas formales para los dramaturgos, sin grandilocuentes gestos de filiación, pero con la certeza de que nada habría escrito Marcos Purroy, Gennys Pérez o Ana Teresa Sosa sin la lejana dramaturgia de Eduardo Calcaño o Aquiles Certad.
Pero si los dramaturgos reconocemos nuestra herencia, los directores son otra cosa. Existe un divorcio generacional y egomaníaco entre ellos. Al hablar con cualquier puestista nativo destacarán siempre las influencias de Peter Brook, Giorgio Strehler o Ronconi. Pueden analizar con admirado conocimiento la obra de Clurman o Kazan e incluso de Tomaz Pandur pero ¿y no son estos directores los mismos compatriotas de Ibrahim Guerra o de Carlos Giménez? Si bien el ascendiente internacional es saludable, el no valorar el origen, el olvidar tanto sendero recorrido por creadores que no tienen nada que envidiarle a los extranjeros es un acto de miopía. ¿Cómo un joven director con ánimos experimentales podrá obviar el trabajo de Orlando Arocha, Javier Vidal o Antonio Constante? ¿Cómo un director que le interese desarrollar el trabajo con los actores podría desconocer la labor de Horacio Peterson o Enrique Porte? No hace falta mirar a tantos kilómetros de distancia, todavía tenemos la posibilidad de hablar con verdaderos maestros, leyendas nuestras que son gratuitas linternas para los más jóvenes. Fernando Yvorsky es una de esas figuras o Kiddio España o Miguel Torrence. Nada más gratificante que una charla modesta e iluminadora con el Maestro Romeo Costea para entender la maravillosa experiencia que lo une a la evolución del teatro mundial. Pero el orgullo es una novia cruel y antojadiza. Mientras nuestros regidores sigan mirándose el ombligo, jamás entenderán que en cada nuevo montaje están repitiendo lo que alguien hizo dos o tres décadas atrás, que cada recurso que supongan nuevo no es más que la reedición de uno que usó alguien antes. Avanzar no significa partir de cero. Arrancar donde Alberto de Paz y Mateos, Juana Sujo o Juan Carlos Gené nos dejaron, es caminar con pies ajenos muchas horas de desvelo, de pasión creadora, de ensayo y error, de triunfo y fracaso.
Pero si pareciera que la soberbia se apropia de los responsables de montar en los escenarios lo escrito en un papel, también hay que mencionar el desprecio que estos tienen por la dramaturgia nacional. A Rodolfo Santana le oí decir que el problema era que nuestros directores no entendían lo que hacíamos los escritores venezolanos. Si nuestros coterráneos, con quienes compartimos imaginería, lengua y afectos, no nos entienden como sí lo han hecho españoles, alemanes, franceses, estadounidenses o gentes de otras latitudes donde se reponen las obras de Ott, Chocrón, Uslar y Santana, entonces estamos perdidos. A lo mejor es que nuestra dramaturgia no posee el reconocimiento necesario, sin embargo allí están Edilio Peña y Gustavo Ott ganando el Premio Tirso de Molina, quizá el galardón teatral más relevante para los hispanoparlantes, o las universidades norteamericanas estudiando a Chocrón y Rengifo o el cine filmando las obras de Mariela Romero o Chalbaud. Algún complejo nos embarga, el mismo que hace que al ir a una librería compremos una novela de Vargas Llosa o Sandor Marai antes que un libro de Garmendia o Adriano González León. ¿Qué misterio habrá para que nos deslumbremos por otras literaturas y desechemos lo que en realidad somos? Quizá en la propia pregunta está la respuesta. Quizá no queremos vernos como somos. Quizá nos da vergüenza reconocernos en esos espejos desgarradores que son “Lo que dejó la tempestad”, “El General Piar”, “La Revolución”, “El Juego”, “La Empresa perdona un momento de locura”, “Fotomatón”, “Acto Cultural” o “El día que me quieras”.
El teatro no puede ser un acto únicamente estético, de serlo sería vacío y fatuo. Algo hay que decir, algo hay que revelarle a los auditorios, algo hay que reflexionar en un tiempo de irreflexión.
Permítanme ahora una digresión, que me interne en el espacio de la dignidad de los artistas. Los creadores somos menos que viento sin los mecenas. Nadie habría oído jamás de Miguelángel sino hubiese tenido un Médicis apoyándolo. El trabajo del creador no es para producir riqueza material, al menos no como objetivo principal. Lo que él genera no tiene ninguna forma de ser tasado o cuantificado económicamente. ¿Alguien se atrevería a ponerle precio al “Ricardo III” de Shakespeare, alguien responsablemente me podría decir cuánto vale “Fuenteovejuna”? Lo confieso, este grito de rabia es para los burócratas gubernamentales que día a día atienden un horario rutinario de trabajo, que día a día se tropiezan con las solicitudes de grupos y artistas y que día a día sonríen con burla ante esas peticiones. En Venezuela, los creadores somos menos que recogelatas culturales. Gentes miserables que nos arrastramos por cuanto pasillo existe para pedir la limosna con la cual poder crear en un país cada vez más insensible y hueco. Culpa tenemos, culpa de permitir el irrespeto. Dejar que del gobierno, ese ineficiente y podrido organismo, que de esa masa amorfa de esquinas inmundas provengan todos los dineros para hacer arte, es volvernos cómplices de la indolencia, la parsimonia y el estancamiento que se come a la revolución por dentro. Hay que matar al gobierno subsidiador, hay que asesinar con el puñal de Otelo los miles de escritorios frente a los que ahora se paran muchos a mendigar la sobrevevivencia. La consigna es buscar nuevas fuentes, buscar otros mecenas que nos respeten, para los que no seamos unos “sin oficio que viven a costa del gobierno”. Nosotros somos los que hacemos el país. Y no lo digo demagógicamente. La invención del país nos pertenece. En cada sala de teatro, en cada texto teatral nace la patria, la visión universal, el retrato perenne. Abjurar de esa responsabilidad es aceptar el desprecio de esa ignorante clase gobernante que nada sabe del parto artístico. La historia se invierte: ellos son nada sin nosotros. ¿De qué vale un Ministerio de Cultura en un país sin autores?, ¿de qué valdría ser nación sin hombres y mujeres que la crearan todos los días? Por años, ni en la cuarta ni en la quinta república (división por demás maniquea y estúpida) los artistas hemos obtenido el respeto que nos merecemos. Ya es tiempo de que nos levantemos. Escribir de rodillas es muy penoso. Hacer teatro cuidando lo que decimos es vergonzoso. Con estas líneas quisiera decretar la muerte del gobierno narciso y paternal. Rompo esa prisión ignominiosa en la que nos humillan y proclamo abiertamente mi desprecio por la burocracia ruinosa. El que se respete que le escupa la cara a la revolución y me siga.
JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.
Hace mucho tiempo...
por LITERANOVA
Hace mucho tiempo, dos mil y tantos años, nació un niño en un pueblecito llamado Belén. Y con ese niño nacieron la esperanza y la caridad. Muchos son los que a lo largo de esos dos mil años han tratado de callar su mensaje y de matar la esperanza y la caridad. Ninguno lo ha logrado ni lo logrará. Ese niño está en ti, tal como la esperanza y la caridad. Y en ti y en todos nosotros está el porvenir. Nadie, ni con todo el poder del mundo, va a poder con nuestra fe.
Muy Felices Pascuas y un 2009 lleno de felicidad
Les deseamos todos los que hacemos LITERANOVA.
Eduardo Casanova
Alberto Hernández
Alberto Lossada Sardi
Alejo Urdaneta
Carmen Cristina Wolf
Gonzalo Palacios Galindo
Guillermo Casanova
José Tomás Angola
Régulo Villarreal Dolores
Roberto Lovera de Sola
Tres libros de tres autores de los tres últimos años
por José Tomás ANGOLAPongo el microscopio para revisar tres obras de autores nativos que bordean los cuarenta años. En Venezuela la juventud tradicionalmente aporta obras de impacto y de profunda influencia. Uslar Pietri escribió “Las lanzas coloradas” cuando apenas tenía 26 años, Andrés Mariño Palacio pergeñó “Los alegres desahuciados” cuando pisaba los 21 años y Pancho Massiani nos legó su memorable “Piedra de mar” cuando apenas marcaba 24 estaciones su calendario.
Así que sin atreverme a proclamarlas creaciones antológicas, he decidido ponerle el ojo a tres títulos aparecidos en los últimos años de escritores que dan sus primeros pasos.
NO HABRÁ FINAL de Roberto Echeto (Alfadil Editores, 2006)
La novela negra está de moda. Es difícil negarlo. Todos los libros que recientemente se pueden leer tienen su respectivo muerto, su investigador asomado o su misterio por resolver. Y no es que la literatura detectivesca sea muy reciente (Poe ya le metía al género hace más de un siglo), pero ahora se ha vuelto un comodín habitual en las tramas de cuanta narración se escribe. Con esto no queremos desautorizar el intento de Roberto Echeto con su primera novela. ¡Faltaba más!
“NO HABRÁ FINAL” sorprende por su desenfado y humor. Aclaremos algo. No hay novedad ni invención en eso, pero sí originalidad. Desde que el despreciado John Kennedy Toole creara ese portento incomprendido de “LA CONJURA DE LOS NECIOS” en 1962 (que sólo sería publicada póstumamente en 1980 obteniendo el Pullitzer al año siguiente), muchos son los que han coqueteado con personajes excéntricos en aventuras insólitas, plenas de humor y de misterio. Pero el caso de que Echeto, venezolano, en un agitado 2006, la emprenda en plan de iconoclasta y se valga de herramientas similares, pues es algo como para reseñarlo. En técnica, esta novela recurre a la narración de un mismo suceso desde varias ópticas, y lo más interesante es la creación de personajes tan fascinantes como Baba y Rabelais, malandros buenos para nada en el sentido más lato. Las citas de la música de Wagner, mezcladas con las asechanzas de una calle caraqueña absurda, confeccionan un llamativo material que Roberto (le diremos así porque tras conocerlo y leerlo, suena ridículo tratarlo por el apellido) amalgama con humor, grueso y elegante, escatología y mucha fantasía. ¿El resultado? Una novela entretenida como hacía tiempo no se conseguía. Sólo un comentario crítico (¿Cuándo no?). El título de la novela es de un anodino y simplón que desmejora lo que hay adentro. Le recuerdo entonces a Roberto el viejo cuento del modelo maracucho atractivo, fornido y con sentido del humor, que cuando llegó a Caracas, y por no conocer a nadie, vivió en la mayor de las soledades. ¿La razón? Es que siempre que le conseguían una cita a ciega, la interfecta huía sin siquiera llegar a saludarlo. ¡Se llamaba Plutarco!










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