Categoría: Poesía
Y ya no amamos
por Alejo URDANETA
De repente,
la lluvia insiste,
y ya no amamos.
De repente,
a tu lado
hay un mundo de silencio:
Miramos por los cristales
sucios de tiempo perdido,
mañana de bruma lenta,
y el agua cae por las acequias
y se lleva las hojas.
Y ya no amamos.
Está oscuro el día,
alguien inocente duerme.
Guardas silencio
y miras la lluvia.
Sólo suena un respiro de brisa,
serena y pausada,
el respiro de alguien
que duerme
el sueño del desamor,
y tú eres el sueño.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Tocar tu cuerpo...
por Alejo URDANETA
Es como tocar una guitarra
en el prado abierto a la luna.
Siento la caricia de las cuerdas
y doy la caricia de mis manos
a la forma curvada de tu cuerpo.
Tocarte
es hacer música
Con el aire
y el eco de la montaña;
Igual que
poner un arrullo en el silencio,
fluyendo como aceite de mis dedos
Lamer
la cabellera de trigo
de tu sagrario iluminado,
besar el instante del humo
que aparece como vendaval
de pájaros
adormecidos
de viaje,
adoloridos de viento.
Tallar tu figura
en mármol,
trazos de piedra franca
en mis manos:
Huesos lamidos por anillos,
tus dedos;
pulso tendido en el abrazo.
La oliva madura
exhala fragancia de lujuria.
Mondarla en un apretado
beso,
exprimir su jugo misterioso
oculto en sábanas de musgo.
Beber luego de tu vid
la sangre perfumada de la uva,
sorber de la axila de la rosa
aromas de campo y fértil tierra.
Y nos bañamos de luces,
relámpagos de lluvia
en nuestros cuerpos.
En tu cuello un cisne
y en el rumor del llanto
una llamada.
No hay descanso
para el sollozo.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Ginsberg: Una voz en la tierra
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:
When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.
Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on the land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.
2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.
3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”
4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.
Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Atavío de la tierra
por Carmen Cristina WOLF¿Será que es ciego el giro de la casa
tan solitaria y huérfana?
Será que se detiene algunos días
sin darnos cuenta
se acicala con campos de espigas
y brotan ellas solas
para traer consuelo a dolores antiguos
La mecedora de la abuela levita suavemente
la persiana se mueve
.-.-.-.- en clave morse
se balancea el móvil de corales
millones de mensajes cruzan el corredor
sin siquiera saludar los retratos
provenientes de los siete confines
y el aire se recrea con murmullos
salidos de laptops relucientes
El caserón de todos, no sé por qué, yo siento
que sonríe
desde su pétrea hondura
tal vez le gusta cambiarse los vestidos
lavarse la cara de pisadas maléficas
o besarse ella misma las memorias
Cientos de pies dejan huella impaciente
en sus portales, entran y van saliendo
para dejarse caer un día u otro
en sus pechos de textura infinita
Ella será el atavío de mi cuerpo
cuando regrese al inicio
Acostumbro, algunos días soleados
acariciar sus prados y dejarme cobijar por la sombra
de sus interminables filas de palmeras azules
Poema Inédito
Carmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog http://literaturayvida.blogsome.com
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
Como para burlarse de la historia, especialmente de la Guerra de Independencia, la batalla decisiva de la Revolución Reivindicadora fue nada menos que en La Victoria, y el 13 de febrero (de 1879), un día después del aniversario de la verdadera Batalla de La Victoria, los “reivindicadores” entraron triunfantes a Caracas, en tanto que el proclamado “Director Supremo” llegó a Puerto Cabello apenas ocho días después (21/02/1879) y el 25 arribó a La Guaira a recibir los homenajes y aclamaciones que le habían organizado en el camino, mientras sus más connotados enemigos, Nicanor Bolet Peraza y León Colina entre ellos, salían a la velocidad del rayo del país, por si las moscas. A Caracas entró en la tarde del mismo 25 y se encargó del mando. El 26 lanzó a los cinco vientos una pomposa proclama en la que anunciaba la llamada Constitución Suiza, que de suiza no tenía sino el apodo, y el hecho de contar con un “Consejo Federal". Cacareaba que sustituiría “el derecho político de la Confederación Helvética al Derecho Público de los Estados Unidos de la América del Norte que hasta ahora nos ha servido de norma sin el buen éxito alcanzado por nuestro modelo”. Apenas dos días después convocó un congreso de plenipotenciarios de los estados, otra vez “notables”, escogidos, por supuesto, a dedo y entre sus partidarios, para “legalizar” su gabinete y emprender las reformas que trajo en su portafolio.
El tal congreso se reunió un mes después, el 27 de abril de 1879, y lo único que hizo fue restaurar la Constitución de 1864, designar “oficialmente” a Guzmán Blanco como presidente provisional, anular las medidas antiguzmancistas del gobierno anterior y escuchar servilmente una perorata del jefe sobre las reformas que proponía.
Entonces, el Ilustre Americano, golpeados sus enemigos y demostrado que era él quien mandaba, tomó de nuevo su barco y se regresó a Europa, dejando en la silla a don Diego Bautista Urbaneja Alayón de quien sabía que, por aquello del tejado de vidrio y el rabo de paja, no se iba a atrever a volar por su cuenta.
El frágil encargado cumplió a la perfección las instrucciones del sólido jefe, convocó a dóciles elecciones y le entregó de nuevo el dúctil timón al invicto caudillo el 1º de diciembre, como para que pasara feliz Navidad y próspero, muy próspero año nuevo. Y en mayo, el día 5 (1880), los diputados votaron unánimemente por el general y doctor Antonio Guzmán Blanco, que se convirtió de nuevo en presidente constitucional de la república de Venezuela, y ¡guay de quien se quejara! Ahora sí que el Déspota Ilustrado no iba a tolerar que alguien tuviera ideas propias, que eran peligrosas por naturaleza.
Creo que estaría de más contar que la “Constitución Suiza” fue aprobada sin chistar por los mansos parlamentarios en abril de 1881. Según ella, el presidente duraría dos años en funciones y sería elegido por el Consejo Federal, cuyos miembros, tal como los congresantes, durarían en funciones cuatro años. El voto no sería secreto, sino público y firmado, como para que los jefes supieran a quién había que apretarle las clavijas por donde más le doliera por haber votado en contra. Se iniciaba ya en forma clara y evidente el reflujo en materia de federalismo, pues se le quitaban atribuciones a los estados y se creaba, aparte de la Corte Suprema, una Corte de Casación.
Como era y seguiría siendo el estilo de esas extrañas y hasta mágicas dictaduras latinoamericanas, el segundo gobierno de Guzmán Blanco se disfrazó siempre de legalista, trató de hacer creer fuera de las fronteras que todo provenía de la sagrada voluntad popular y dedicó lo mejor de su esfuerzo a las obras públicas. Inició la construcción del ferrocarril Caracas-La Guaira y continuó la del que unía a Puerto Cabello con Valencia, en ambos casos con contratos leoninos de nada menos que noventa y nueve años. También desarrolló el telégrafo, lo cual no sólo beneficiaría el comercio, sino las operaciones militares contra los enemigos del gobierno. Y para demostrar que era un hijo agradecido, el presidente Guzmán dispuso que se erigiera una estatua de su padre, en 1883, en lo que se llamaría, en honor al periódico de Antonio Leocadio, plaza El Venezolano, en San Jacinto. También repuso sus famosas estatuas, el Saludante y el Manganzón y se hizo colmar de honores, de nuevo, acentuando lo que hoy se llama el “culto a la personalidad”.
Asimismo estaría de más contar que Guzmán Blanco aceptó “a regañadientes” su postulación y elección como presidente de la república para el período 1882-1884.
Es el tiempo de la llegada del teléfono a Venezuela y del Centenario de Simón Bolívar. Lo más sensacional es la iluminación eléctrica, proveniente de una pequeña planta a vapor que es propiedad de Carlos Palacios, pariente de Bolívar. Es igualmente el tiempo en que se instala la Academia de la Lengua y Guzmán dice unos cuantos disparates, que motivan la Refutación y mentís. Algunas reflexiones sobre el discurso inaugural de la Academia correspondiente, de Víctor Antonio Zerpa, que debió publicar en Curazao en 1884, exilado por atreverse a decir que Guzmán Blanco no era infalible.
Y no lo era, especialmente en aquello de sus herederos y sucesores, aunque inicialmente parecería que no se equivocó entonces al elegir, como su nuevo sucesor, al general Joaquín Crespo, caudillo tropical de segunda categoría, pero también uno de los personajes más interesantes de la pequeña historia de Venezuela.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
América por descubrir
por Alejo URDANETA
Cuando con desagrado y asombro escuchamos que el nombre de nuestro continente ha sido despojado en parte de su título primigenio: AMÉRICA, sentimos que la posición de este lado del mundo ha sufrido una exacción espiritual. Que se nos llame Nuevo Mundo, Hispanoamérica, Latinoamérica o con una designación metafórica, no nos alivia del hecho de haber sido postergados en el suceso maravilloso del encuentro americano.
El mapa que dibujó la geografía de la América fue estampado en el borde de la masa continental del sur. Allí recibió su nombre. El hemisferio norte tuvo mucho después ese título a causa del sistema de gobierno adoptado por los pioneros venidos del Reino de Inglaterra, para establecerse con los mismos principios de Estado que traían de Europa, y se autoproclamaron: Estados Unidos de América.
América era la continuidad de la existencia precolombina, tanto así que los mexicanos dicen que su independencia aborigen fue vulnerada por la conquista en el siglo XVI. El nacimiento estaba en el reino de los aztecas. Hubo después la restauración de la vida indígena mexicana, al declararse la independencia en 1821. Y sin embargo, esta restauración no fue una vuelta al origen sino la apertura a una sociedad nueva, occidentalizada.
Pero era un camino que tuvo origen antes de la Nueva España y fue suspendido por cuatro siglos, hasta la independencia que abría otra aventura en el pueblo mexicano. Para el país el pasado es una red que envuelve y protege todos los modos de su existencia, pero lo desconoce en su esencia. El aborigen no fue uno sólo ni uno solo fue la comunidad de reinos. Eran múltiples los grupos, con ideas que crearon rivalidades opuestas, y todo había nacido en un tiempo todavía indeterminado.
De los pueblos de América quizás sean México y Perú los que han conservado mayor influencia aborigen. El descubrimiento por los conquistadores dejó la impresión de una cultura muy antigua. Los poemas del Perú dedicados al dios Vichama cantaron el nacimiento de la humanidad narrada por los aborígenes precolombinos, la vida creada sobre piedras y la pesca en la plenitud marina. Eran maestros artesanos, una estirpe creadora que labraba la roca y abría surcos para la siembra; era la música triste de la flauta y el aroma del maíz en el recinto del dios de la tierra, el que propiciaba los ritos del pueblo que nació antes de que nos llamásemos americanos.
El letargo del tiempo dominó en la mayoría de los pueblos indígenas de nuestra América, pero Perú y México crearon una cultura propia, y fue obra de los ascendientes de nuestro continente.
¿Importa algo que nuestro patronímico: AMÉRICA, haya sido olvidado? Tengo la seguridad de que es importante, ya que se trata de definirnos como un género distinto de los que pueblan el resto del continente americano. No somos como los herederos de los colonos venidos en el Myflower, el barco que transportó a los llamados Peregrinos desde Inglaterra, en el Reino Unido, hasta la costa de lo que hoy son los Estados Unidos de América, en 1620. Llegaron a lo que llamaron Nueva Inglaterra. Este suceso dio paso a la denominación que dieron los colonos a la nueva tierra.
En cambio, los pobladores originales de estas tierras sí tenemos un carácter nuevo y único que puede servirnos como rasgo de identidad.
Queda de nuestra América algo perdurable: la fusión de razas y costumbres que dan al medio un tono distinto. Aborígenes, españoles o portugueses, negros robados a su tierra africana para servir de esclavos: Todo ese conjunto se ha mezclado para dar paso a una cultura.
En el Cuzco nació el Inca Garcilaso, un mestizo americano hijo de conquistador y de una ñusta peruana. Su obra: Los comentarios reales es la historia de los incas y la del nuevo Perú, en una argamasa de sucesos que van formando la nueva población dominante.
Y observamos en otro paraje del continente la aparición de Benito Juárez, un indio zapoteca puro, sin sangre española. Juárez representó para el México que se repuso de una humillante monarquía, una bandera de libertad. Tenía el jurista zapoteca los valores de la cultura occidental, y no repudiaba su herencia indígena. Quizás por eso pudo desarrollar en México la extraordinaria labor de impedir la disolución del país.
La imagen real de nuestra América hispana, indígena y negra ha sufrido distorsiones. No hemos sabido juzgar el significado de estas personalidades representativas.
No era sólo el Inca Garcilaso, y no bastaba nombrar a Benito Juárez. En Centroamérica, otro espacio de culturas mezcladas, nació un poeta que nunca había salido de su país: Nicaragua. Rubén Darío era hispanoamericano y absorbía una variedad de culturas. Sin haber conocido Europa, imaginó como poeta el mundo de Francia y se llenó de la cultura de otros mundos. Un criollo americano que produjo la innovación literaria más sorprendente en el siglo XX: El modernismo. No era un poeta simbolista francés, ni era español ni indio ni negro. Rubén Darío era americano, nicaragüense.
El polígrafo venezolano y chileno don Andrés Bello se refirió a La Araucana y estas fueron sus palabras: “Chile es el único de los pueblos modernos, hasta ahora, cuya fundación ha sido inmortalizada por un poema épico”. Lo dijo un americano universal, creador de la gramática de nuestra lengua y de leyes civiles, poeta de mil voces americanas. En fin, un hombre a la altura de Goethe y de Alfonso Reyes, nacido en Caracas y cobijado por Chile.
Esas palabras de Bello podían estar dirigidas a otro gran poeta americano y universal: Pablo Neruda, para afirmar sin equívocos que Neptalí Reyes es digno continuador de don Alonso de Ercilla. El Canto General es una epopeya chilena y americana de proyección universal, un poema con alto sentido humanista.
De Simón Bolívar se ha dicho que tenía raza negra, o que era español puro, o zambo con indio. ¿Es que de España vino una raza pura, cuando toda la península es una mezcla de razas diversas: celtas, iberos, judíos, árabes, negros? Si de algún país europeo puede afirmarse que es un mapa étnico colorido de castas y linajes, ese país es España.
Los Bolívar vinieron a Venezuela siglos antes de que naciera El Libertador, y la estirpe venía de esas mezclas.
Arturo Uslar Pietri dictó una conferencia en 1992, para conmemorar el quinto centenario del encuentro entre Europa y la América del Sur. Se preguntaba Uslar: “Bolívar, ¿era español? ¿Era aborigen, o africano? Y su respuesta fue tajante: “No; Bolívar era un americano, venezolano”. Con eso quería decir una cosa distinta de El Libertador, es decir que podía representar la existencia de un hombre nuevo en nuestras latitudes de selva y llano, de tormentas y nieve, de mar interminable.
Bolívar conocía las raíces africanas, lo mismo que las españolas. La nodriza que lo alimentó con su leche negra también le enseñó los cantos y hábitos del Continente lejano. La personalidad de El Libertador estaba compuesta por el flujo nutricio de otras culturas.
La ingente tarea desplegada por un grupo cada día más grande de americanos, ha dado resultado: Hemos llegado caminando hasta cada lindero territorial, para ver más allá y reconocernos en nuestro semejante aborigen o criollo o inmigrante pegado a la tierra de esta dolida América.
Hoy día nos comunicamos por el internet y cruzamos experiencias, intelectuales y de orden práctico. Junto a ese conjunto de conocimientos puede colarse, como ave de nuestros bosques, un poema del venezolano Eugenio Montejo, lamentablemente fallecido hace pocos años. Al leerlo y comparar su obra con la de otros poetas de América, hallamos un tono común, una búsqueda repetida.
Escuchemos:
SI VUELVO ALGUNA VEZ
“Si vuelvo alguna vez
Será por el canto de los pájaros.
No por los árboles que han de partir conmigo
o irán después a visitarme en el otoño.
Ni por los ríos que, bajo tierra,
siguen hablándonos con sus voces más nítidas.
Si al fin regreso corpóreo o incorpóreo,
levitando en mí mismo,
aunque ya nada logre oír desde la ausencia,
sé que mi voz se hallará al lado de sus coros
y volveré, si he de volver, por ellos;
lo que fue vida en mí no cesará de celebrarse,
habitaré el más inocente de sus cantos.”
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Memoria de Lucila Velásquez
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
La muerte en Caracas (Septiembre 28, 2009) de nuestra poeta Lucila Velásquez resta a las letras venezolanas y a la Venezuela cívica de una de sus figuras más altas y pierde la mujer venezolana a una de las féminas a través de la cual se hizo presente la feminidad en nuestro vivir contemporáneo, literario, político y diplomático.
Lucila Velásquez fue el seudónimo con el cual Olga Lucila Carmona Borjas firmó toda su obra literaria. Ella era llanera, vio la luz en San Fernando de Apure, Apure (marzo 24, 1928), bajo el signo de Aries, el propio de los que luchan sin tregua, de aquellos que si para pasar de un lado al otro deben tumbar una pared con la cabeza lo hacen pese a que sangren.
Deja Lucila Velásquez todo el esplendor de su obra de creación poética, la cual se puede seguir muy bien hoy en día tanto a través de su “Antología poética,1949-1989”. (Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1990. 401 p.) como por medio del volumen “Lucila Velásquez: 50 años de creatividad de la palabra, poesía 1949-1999” (Caracas: Fundarte, 1998. 255 p.) publicado este último en el dintel del desbarrancadero nacional. Si seguimos su largo trabajo creador la hallamos amorosa en sus primeros poemas; más tarde en vela angustiada por la patria en Poesía resiste (México: Cuadernos Americanos, 1955. 126 p.) y luego agobiada, en sus composiciones más densas, como “El árbol de Chernobyl”. (Caracas: Monte Avila Editores, 1989. 235 p.), por la carrera atómica y armamentista, por las formas como el hombre destruye el medio en el cual vive y a sí mismo. Esa conjugación de ciencia y poesía llena buena parte de su trabajo poético último. Este denso poemario, testimonio de una ardua hora, fue publicado primero en edición bilingüe castellano-inglesa y luego traducido al alemán, y extensamente comentado fuera de nuestras fronteras.
Ahora, al decirle adiós a persona siempre tan estimulante, con la que trabajamos tantas horas a favor de la cultura venezolana, debemos detenernos al evocarla en algunos singulares momentos de su trayectoria humana, siempre a partir de decir que la esencia existencial de ella fue siempre la poesía, la palabra, que es lo único que los escritores poseen. Y ello pese a lo que pensaba Ludwig Wittegestein (1889-1951), el mayor filósofo del siglo XX, que éstas son resbaladizas, inestables, ambiguas y traicioneras, como lo indica su biógrafo el británico Paul Johnson (“Héroes”. Barcelona: Ediciones B, 2009,p.207). Porque estas son, como lo escribió Winston Churchill (1874-1965), no solo notable político, el mas grande de la centuria pasada, sino gran intelectual, “Las palabras son lo único para dura para siempre”. Las palabras siempre permanecen más allá que cualquier otra cosa. Y ella lo supo y practicó desde “Color de tu recuerdo” (Caracas: Ávila Gráfica, 1949. 23 p.), su poemario inicial hasta “Se hace la luz”, (Caracas: Círculo de Escritores de Venezuela, 2004) en donde están los últimos pálpitos de su alma.
Tan honda fue su conciencia de las palabras que fue precisamente el desastre nuclear de la ciudad entonces soviética de Chenobyl la que le llevó a crear su canto más dramático, trágico y lúcido en “El árbol de Chenobyl”, producto del sentir la terrible explosión nuclear de aquella ciudad de Ucrania (Abril 26,1986). Lucila Velásquez era en aquel momento nuestra embajadora de Dinamarca y quedó afectada para siempre, psicológica y fisiológicamente, por aquel detonador cataclismo. De allí brotaron sus palabras. Y su estremecedor poemario colocó a su poesía, y a la venezolana, en el ámbito universal. Se convirtió así Lucila Velásquez en una poeta intensamente escuchada a lo largo de las naciones. Tal el eco de su llanto por aquellas víctimas, una de las cuales era ella misma. En estas décadas sólo ella logró un hondo eco mundial en el escribir de la poesía. Lucila Velásquez lo obtuvo, con el hondo acento, porque en “El árbol de Chernobyl” se conjugaban poesía y lamento, dolor y evocación. Y, recordemos, sólo se evoca a los muertos.
Tal es lo que define a esta parte de su obra poética. Su angustia por la carrera nuclear, iniciada el 6 de Agosto de 1945 cuando el Enola Gay dejó caer su bomba, bautizada sarcásticamente Litle boy, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, que ello estuvo presente siempre en su poesía, comenzada a publicar cuatro años después del suceso de asiático. Esto lo documentó plenamente el crítico Oscar Sambrano Urdaneta en las páginas que leyó la noche de la presentación en Caracas de “El árbol de Chenobyl”, que su editor puso al frente de la “Antología poética” de nuestra aeda (p.9-17).
Este es un punto. El otro, que hay que señalar al hablar hoy ante los despojos yertos de Lucila Velásquez, es el relativo a la ciudadana demócrata que hubo en ella. Fue unas de las valientes mujeres que encabezó la lucha contra la tiranía de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001). Esto lo llevó a concebir aquel gran alegato, de hondo coraje cívico, que es su poemario Poesía resiste, ayer y hoy pregonero de la lucha venezolana por la libertad y por los derechos de las personas.
Ese aspecto cívico de Lucila Velásquez puede ser seguido en el último libro que publicó en vida, su ““Memoria de mis días””, (Prólogo: Juan Carlos Zapata. Caracas: Grijalbo, 2008. 539 p.) que tiene varios valores como testimonio histórico. Este al cual nos referimos, que nos parece la esencia de esta obra, es su relato de sus los sucesos de años cincuenta, su lucha contra la autocracia de aquella hora, sus valientes acciones en Caracas, su persecución, su exilio en México. Para esa historia esta “Memoria de mis días” es fundamental, lo cual avala además los numerosos documentos de primera mano que copia allí su autora.
Pero esta “Memoria de mis días” es también un testimonio latinoamericano de aquella hora. Y esto hay que subrayarlo también. Es un testimonio hispanoamericano de la búsqueda por instaurar la democracia, cosa que logramos los venezolanos en 1958 y la presencia de la otra posición, la marxista, encabezada por dos queridos e íntimos amigos de Lucila Velásquez: Fidel Castro Rus y Ernesto Guevara de La Serna (1928-1967) a quienes conoció y trató hondamente en Ciudad de México y cuya amistad cultivó siempre pese a los antagonismos políticos, a los puntos de vista de cada uno de ellos: ella demócrata, ellos dos creadores de una dictadura stalinista.
Tan fiel y leal fue Lucila Velásquez a estos afectos, a todo lo largo de su vivir, que resultó impactante la necrología de Guevara que publicó en El Nacional, “Aquel amigo Ernesto Guevara”, a las pocas semanas de su deceso en Bolivia (Octubre 9,1967). Todavía permanece en el recuerdo aquella gallarda despedida, aquellos recuerdos. Y escrita en aquella hora, en aquel año, no dejó de ser un acto de valentía, sobre todo hecho por una adeca raigal que como fue siempre Lucila Velásquez. Tanto que dentro de Acción Democrática fue hondamente criticada por sus compañeros pese a ser aquel suyo un acto de hidalguía y la confesión pública que no hay forma de amor más alta que la amistad, que sin ella los humanos, hombres y mujeres, no podemos vivir. No entendimos porque ella no reprodujo este artículo en sus memorias, aunque el capítulo sobre Guevara que allí leemos está trazado sobre las ideas en aquella hora expuesta.
Con el tiempo los dirigentes de Acción Democrática lograron que Lucila Velásquez no pudiera dar otro testimonio de compañerismo pleno al impedirle escribiera el prólogo a las memorias, Testigo de excepción, de Jorge Dáger, su compañero en la clandestinidad y la resistencia. Quedan hoy, al llorarla, estos dos testimonios suyos de honda amistad, inalterable, como esta debe ser.
Hubo sin embargo, Lucila Velásquez no las refiere en su “Memoria de mis días”, un momento de grande actividad cultural durante las elecciones de 1988 cuando convocó a un nutrido grupo de intelectuales de todas las tendencias, para elaborar, bajo su dirección, un programa cultural de gobierno para el candidato de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez. Más allá de todo lo sucedido después, el engaño de que fuimos objeto muchos de los que estuvimos allí presentes en creerle a Pérez que ya no deseaba otra cosa sino la historia, que había cambiando, que pondría fin a la corrupción: nada de lo cual cumplió. Perdió al poder. Los hados que siempre lo cuidaron le dieron la espalda, la suerte lo abandonó.
Pero más allá de ello: la participación de cuantos estuvimos allí fue muy amplia, incluso de varios social cristianos quienes habían quedado liberados por su líder Rafael Caldera de votar por Eduardo Fernández. Por ello varios estuvieron allí porque Acción Democrática, por la que votaron, era un partido democrático.
Y en aquellos meses, dirigidos por Lucila Velásquez, casi sin recursos económicos, fuera de la oficina del arquitecto Sigfrido Riber, ella convocó a los más granado del arte y las letras venezolanas para elaborar aquel programa, tan hondo que replanteaba desde sus raíces el proceso de la cultura nacional. Fue tan importante lo hecho en aquellos meses que nosotros le propusimos a Lucila Velásquez que debía buscar la forma de editar todo aquel texto dado que era mucho más que un simple esquema de acción. Es lástima que no se haya hecho. Toda la parte relativa al libro, a las bibliotecas y al manejo editorial de la nación fue nuestra contribución.
Tal aquella empeñosa mujer, quien siempre trabajó, ayer como hasta anteayer, por alumbrar un nuevo destino para la nación venezolana, y siempre lo hizo ilustrando su acción “con el agua de la gracia poética, Gracia de Dios en la palabra, y cuya clarideces me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta” (“Memoria de mis días”, p.21). Por ello hizo verdad, y hay que citarlo al echar las paletadas de tierra sobre sus huesos y piel, lo que expresó su amado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) al escribir: “Para vivir sin pausa, para morir sin prisa, vivir es desvivirse por lo justo y lo bello”. Así lo hizo Lucila Velásquez. Y en ello estriba su legado.
Septiembre 30, 2009
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Alejo Urdaneta, el escritor
por Eduardo CASANOVAEn un texto previo hablé de la pasión literaria de Alejo Urdaneta (Caracas, 1944), que sorprende en pleno siglo XXI, cuando Venezuela parece haber perdido el rumbo y los venezolanos, ante el mundo, no son otra cosa que o nuevos ricos petroleros o pobres resentidos, incapaces de nada profundo. La realidad es otra: el petróleo, la falsa riqueza del petróleo, le ha hecho un daño inmenso a Venezuela y a los venezolanos, y la imagen del país y de sus habitantes está deformada y es ajena a lo real. Lo real es que en Venezuela hay nuevos ricos que no sirven para nada, y también hay pobres que no tienen, no han tenido, la más mínima oportunidad de crecer, pero hay también, como en todo país, gentes de bien, que se desarrollan, que aportan mucho a su sociedad.
Uno de ellos es Alejo Urdaneta, el escritor, que habiendo podido conformarse con ser un abogado que gana y pierde causas y que puede hacer buen dinero ganando y perdiendo causas, se ha dedicado a enriquecer el patrimonio de todos los venezolanos con sus trabajos literarios, y para ello se ha dedicado no sólo a escribir, sino a leer, a estudiar, a cultivarse, hasta ser uno de los venezolanos más cultos de nuestro tiempo. Eso lo apreció, por ejemplo, Arturo Uslar Pietri (que quedó gratamente sorprendido al leer el cuento “La Tebaida”, de Urdaneta, que no sólo combina teatro y narrativa sino que tiene un manejo exquisito del ambiente), y lo apreciamos especialmente todos los que solemos conversar con Alejo, compartir su buen gusto musical y literario, que es grande como una cordillera, o simplemente compartir ratos de buen humor y buenas copas, en los que se recorre el universo de punta a punta y algo más. Y buena parte de esa cultura ha aflorado en su obra literaria. Inicialmente en sus cuentos, y luego en sus ensayos.
Entre sus cuentos uno de los que más me llama la atención es “El despojo”, premiado en su momento en un importante concurso del país y publicado inicialmente en el Papel Literario del diario El Nacional, un cuento que puede confundir a un lector no avezado y ubicarlo en la corriente superada del criollismo literario, pero que en realidad es un muy elaborado relato que se apoya, como los ensayos de Urdaneta, en una cultura sólida y vastísima, no sólo humanística, sino jurídica (en este caso). “Despaciosa y certera la mano de Pedro Burguillo. Afilado el machete, vuela entre la maraña de mosquitos para trozar la maleza, o para desbrozar el matorral y permitir que la cosecha sea buena. Así se lo ha dicho Andrés Díaz: que la limpieza sea completa y pueda justificar el salario que le paga generosamente (Hazlo así, Pedro Burguillo. Con precisión y firmeza. Al término de cada semana tendrás la paga. Limpia bien, Pedro Burguillo; que no quede matorral ni zarza). El brote es rebelde y hace sudar a Pedro Burguillo…” Así empieza “El despojo”, como si se tratara de una trama ruralista, que es lo que podría inducir a la confusión inicial del lector desprevenido. Pero en realidad es una trama compleja en la que se enfrentan y compiten tres astucias, la del dueño del terreno, la del funcionario judicial y la de Pedro Burguillo, el campesino, que bien podría vencer a los tres y quedarse con la propiedad. Sin embargo, en narrativa más importante que el tema es el lenguaje, y en este caso, Urdaneta maneja el lenguaje literario como pocos: “Suena un silbido que alerta la hojarasca y pronuncia perfiles de extraña tensión en el ánimo del rustico atador de brozas. Lo escucha y advierte el sentido que exhala el llamado…” Hay allí poesía, estructura, un excelente manejo de la palabra que nada tiene que ver con corrientes ya superadas. “Se hace pájaro Pedro Burguillo con otro silbido, el suyo más agudo, más de tierra. (No te distraigas en la labor, Pedro Burguillo. Este terreno debe estar listo para el banqueo y debes terminar de segar y limpiar. Recoge la gavilla y quémala, Pedro Burguillo, pero no te entretengas. Pronto tendremos lluvia, largo invierno). El murmullo de la tarde ya avanzada no permite saber si el silbido de los gruesos labios es de hombre o animal”. Bien podría decirse que en este cuento se conjugan dos de las corrientes que el autor maneja con toda propiedad: la literatura y el derecho: “No se pudo constatar el despojo. No procede la aplicación del interdicto". Es posible que el Juez esté desilusionado y la tierra que Pedro Burguillo cultiva con tanto esfuerzo siga en la posesión de Andrés Díaz. Podría también ser posible que él mismo, en la labor de banqueo y en la quema de la gavilla de brozas, atraiga más cada vez hacia si mismo el amor de la tierra; que a la tierra él la fecunde para que sea suya. (Yo no tengo tiempo para ocuparme de mi heredad; por eso te la he encomendado, Pedro Burguillo. Cuídamela bien). Podría morir Andrés Díaz y no existir más esa persona a quien el Juez llama “el poseedor legitimo". Debe estar él, sólo él, arropado con la maleza, con la fibra de su mano tendida sobre el machete certero”. Y, sin embargo, no es un cuento-ensayo, sino un cuento puro. Es la narración de esa situación en la que tres fuerzas se encuentran y sólo una vencerá. Y lo más importante: es un tema urbano que se desarrolla en un medio rural. Por encima de todo, es un cuento con un peso específico nada común, que nos revela la gran calidad de Alejo Urdaneta como cuentista.
Otro texto que da luces sobre la cuentística de Urdaneta es “Florencia Niña” (Cuento alegórico en dos tiempos, dos espacios), en donde el autor, también con un lenguaje poético, lleva al lector, en efecto, por dos espacio y dos tiempos abiertamente contrastantes, pero lo mantiene dentro de una sola situación. El texto se inicia con la ubicación del personaje dual, con las siguientes pinceladas: “Escuchabas en la cocina de la pobre vivienda la salmodia del agua en el fregadero. Con delantal y cofia percudida, la mujer, madre y patrona, repite el consejo y la orden que advierten del escarmiento y la estrechez, el inútil arrepentimiento por la pobreza no aceptada. Junto a los panes que ayudas a moldear, extendidos en el fogón, se confunden la ternura y la amenaza”. Es un ambiente de pobreza, pero pintado con tal maestría que no hay nada sórdido en él. Lo que hay es poesía, atmósfera, buena literatura y, de nuevo, una gran capacidad para plasmar varias realidades superpuestas que pueden engañar al lector. Pero de repente, con un recurso cinematográfico, el lector ya no está en el ambiente sórdido de un barrio pobre, sino en una de las ciudades más bellas del mundo, que durante siglos ha sido el centro del humanismo: “Al salir y cerrar la puerta de la cocina, estás en Florencia, en un cuartucho desde donde ves el Baptisterio y la Galería, los enigmas de Medusa desmembrada por Perseo, la fuente limpia tan diferente de la que adorna el patio de la casa. Y entras en la plaza del color del pan que llevarás ahora al mercader para venderlo como tus recuerdos perdidos en el polvillo con que dibujaste a Florencia niña, Florencia puente. Después, las monedas echadas con indiferencia, recibidas para llevarlas a la madre y patrona que reprende y prepara de nuevo el manjar desabrido que habrá de servirte en el refectorio de oración y recogimiento”. El elemento pobreza subsiste, pero ahora se mezcla con la más importante de las riquezas: la espiritual. Allí está el Arno, el Baptisterio, los puentes y, sobre todo, Beatriz, la amada del Dante, que es la poesía, todo en un espacio en el que el nombre Florencia lo determina todo. Todo es onírico, el lector, llevado de la mano con suavidad por el poeta, por la reencarnación de Virgilio, vuelve a recorrer los espacios de la “Comedia” dantina, sólo que no se despega de la cocina humilde, de las paredes manchadas, de la plancha, del espacio en donde manipula la harina para dibujar a Florencia niña, “para que te acompañe con destino al mercader de los panes. Presientes que no serán rezos ni admoniciones lo que escucharás, sino voces dichas por labios que expresan deseo, apremio, y finalmente aceptación. Y todos los murmullos y campanas quedan lejos y sólo es Florencia niña que tiende un puente sobre el Arno”. Es la imaginación, la poesía, la que en realidad entra por los ojos del lector, que de repente vuelve a la realidad: “…y así el fogón y el refectorio se alejaron del ambiente para llevarte con Florencia al cuartucho desde cuya ventana no verán, el Baptisterio sino un fondo de techos de zinc oscurecidos de tempestad, trepidantes de viento y atardecer. El rugido de las aguas llega a oídos de Florencia niña, y ella se deja llevar por torrentes que arrastran perseos de lodo, reyes de cal, medallas desgastadas. La inundación del río llegó hasta Florencia puente, hasta el lecho que han destendido, y los anega de furiosas emociones”. Es la realidad la que se impone: la bella ciudad, el centro del mundo, sufrió la calamidad de las aguas, y la niña sufre la calamidad de su vida: “…del peso de la miseria con el aroma de mies y levadura”. Es la palabra lo que cuenta: Florencia es un nombre propio, nombre de la ciudad más bella del mundo, nombre de la joven que padece su realidad y escapa de ella en sueños. Nombre que lleva al lector, al mismo que alguna vez pudo ser llevado por Virgilio y por Dante a los espacios más sublimes, a los espacios de un cuento que también es poesía pura.
La poesía de Alejo Urdaneta, aún dispersa, es también digna de estudio. Refleja no sólo su lirismo, sino su capacidad de síntesis que es, al fin y al cabo, uno de los elementos realmente fundamentales de la poesía actual. Pero hoy no voy a tocar ese aspecto de la obra de Urdaneta. Como tampoco puedo referirme en propiedad a su ensayística, que requeriría un libro y no unas pocas páginas. Porque en ese campo Alejo Urdaneta ha logrado en plenitud lo que debe ser la meta de todo ensayista: brevedad, profundidad y poiesis. “El Arte: una apreciación personal”, publicada por Editorial Actum en el 2006, es un libro de apenas 130 páginas cuyo contenido bien podría llenar uno de 1.000 páginas. Pero el poder de síntesis, el ir al grano sin adornos innecesarios, el llamar las cosas por su nombre y evitar regodeos innecesarios, de esos que suelen alimentar la autoestima del autor pero no en ansia de conocer del lector, son algunos de los factores que hacen de ese ensayo un libro magnífico, en el que los ojos y entendimiento del lector se pasean por la historia, por la estética y por la esencia del Arte, que es una de las realidades que convierten al ser humano en ser humano, diferente al resto de las criaturas del Universo, tal como el lenguaje, que es el tema del otro libro fundamental de Urdaneta, “Forma e intenciones del lenguaje” (Ediciones Giluz, 2009, con prólogo del Académico Francisco Javier Pérez), un tomo de apenas 92 páginas de apretada e intensa prosa cargada de poiesis y de una erudición que en ningún momento se hace pesada. Por el contrario, recorrer su espacio es recorrer una geografía maravillosa y enriquecedora. Acierta sin duda el prologuista al afirmar que “…por la gracia divina del poeta y por los muchos aciertos del ensayista glorificador, que los dioses buenos inventaron el lenguaje para crear un mundo mejor; aquél en donde reine el arte de amar, en donde la palabra benéfica actúe y en donde esplendorosamente brille la luz de la vida”.
Esa “gracia divina del poeta”, ese “arte de amar”, y ese brillo de la luz de la vida, son los verdaderos alientos vitales de Alejo Urdaneta, el escritor.
LA NOCHE DE VICENTE
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-
Aquí comienza la noche.
Una lámpara vacía de luz determina los pasos de Vicente Gerbasi
en el destino de su padre
barco anclado en Canoabo.
Aquí comienza la noche a desvestirse.
Aquí la noche inventa sus poemas.
A darse selva eterna en los cuidos finiseculares
en los tiempos
y piedras gastadas por todos los caminos andados.
El hombre siempre solo, con su mirada suya
en el largo sueño metafísico:
Vicente toma el paraguas y bajo el sol conquista
los relámpagos
anida gavilanes en sus ojos perdidos.
Lamenta con cuidado la orilla de su río.
La noche ha comenzado y será la más larga.
2.-
Consuelo Orta, ¿dónde estás?
Tienes visita.
Ahí llega un caballero que viene de muy lejos.
Agotado
Viene lleno de brisas,
el pelo alborotado y con el amor fuera de todas
sus edades.
Consuelo Orta, ha llegado Vicente.
Ya Caracas no es aquel día.
Aquel que con Eduardo, Natalia, Vicente, Consuelo, el yerno nórdico
y todos los pájaros atentos en las ventanas
aprovechando helechos
rosas y frescos de palabras.
Oyendo el poema y las zarandas que los niños
pequeños leían en los ojos del poeta
aquel día como a las seis de la tarde.
Y Consuelo, alarmada y feliz, sentada a mi lado
con su mano generosa puesta en uno de mis hombros
y la tarde moría en el amarillo inocente
de los primeros sorbos.
3.-
Aquí está la noche, cansada.
Aquí, Vicente Gerbasi, silbando unos poemas.
El río Capa en sus ojos y un leopardo cercano espera la caricia.
A la puerta de la casa
en la bodega
la vela de aquel santo y el padre con la Biblia y los clásicos rusos.
Los caballos salpican las calles de viejos fuegos fatuos
el gallo pierde el tono en medio de las sombras.
Vicente pide agua y lo llevan al pan donde el padre señala
la luz de la ventana: el paisaje se abre y señala los signos
de las bestias perdidas.
Aquí está en la noche, sin camisa.
Las cajas, quesos, papelones, ratones filosóficos y granos merecidos
para la boca diestra. El muchacho desteje la mazorca
y sienta su perfil en la sombra recién llegada.
La noche hace silencio y vuelve lentamente a la página
que el padre marca para otra lectura.
La noche pierde el tino.
4.-
La casa de Vicente revisa sus retratos
carteles, platillos de adornos, sillas y canciones
las raciones del mimbre.
La naturaleza muerta de un busto.
Las botellas regresan triunfales al balcón donde la noche nueva
la de ahora
cae suavemente sobre una ebriedad develada por el silencio.
Por el poema suelto, alocado.
Vicente lee con voz de piedra y mira hacia la calle
donde la madrugada comienza a contar sus horas.
Ha llegado el momento de borrar el río.
Entonces caminamos hacia la puerta.
Consuelo lleva mi cintura en su brazo.
Vicente avanza y deja en mi mejilla el beso para siempre.
La puerta se cierra y volvemos a un mundo
que no nos pertenece.
Es otra la noche.
Enero de 1993.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
LA PASIÓN LITERARIA DE ALEJO URDANETA
por Eduardo CASANOVA
Alejo Urdaneta (Caracas 1944) irrumpió con mucha discreción en el mundo literario venezolano en 1979 con “Ezequiel y Otras Visiones” (Cuadernos de la Asociación de Escritores de Venezuela, Nº 147. Caracas). Allí se hizo evidente que es uno de los más finos cultores del cuento en nuestro país, que se caracteriza por tener excelentes cuentistas. Esa impresión se ratificaría con “Juegos, Sombras y Transparencias” (Vinicio Romero Editor, Caracas, 1982), y se acentuaría con “La Falsa Ciudadela del Recuerdo” (Editorial Actum, Caracas, 1993) y “Frutos del Mismo Tiempo” (libro editado con el patrocinio de la Sociedad de Amigos del Círculo de Escritores de Venezuela y la sociedad Datos Information Resources, con el sello GILAVIL, Caracas), obras todas que aseguraron el nombre de Alejo Urdaneta entre los primeros de la cuentística de esta parte del mundo. En otros campos publicó obras de carácter jurídico (“Estudios sobre el Derecho de Autor”, Ediciones GILUZ, 1.998, “Estudios acerca de derecho de Familia: Divorcio y separación de cuerpos”, publicado por “Venezuela Positiva”, 2000, “La valoración jurídica como elemento fundamental de la creación del Derecho. Ensayo filosófico-jurídico”, Universidad Católica Andrés Bello, 2004), y más recientemente empezó a incursionar en el ensayo propiamente dicho, en donde se ha revelado como uno de los más finos y notables ensayistas de la actualidad. En ese campo se inició como con alguna timidez (“THOMAS MANN: Los Recuerdos primordiales, (Anotaciones a la situación ética del artista). En: “Conciencia Activa”, junio de 2005; “¿Es poesía el cuento?”, publicado en la Revista Banco Central de Venezuela, CULTURAL, número 18, 2006), para desembocar en dos obras fundamentales, que colocan su nombre también entre los mejores ensayistas del país: “El arte: Una apreciación personal” (Editorial Actum. Caracas, 2006) y, sobre todo, “FORMA E INTENCIONES DEL LENGUAJE” (Ediciones Giluz. Julio de 2009), una obra que, a pesar de su relativa brevedad (89 páginas) se sitúa, por su densidad y profundidad, entre los ensayos más importantes que se han publicado en Venezuela. Y aunque no ha publicado hasta ahora ningún tomo de poesía, a través de su obra dispersa ha marcado su presencia también notable entre los poetas venezolanos. Pocos venezolanos se han dedicado con tanta pasión al cultivo de las letras, y a pocos se les debe aún un verdadero reconocimiento público como a Alejo Urdaneta. Es ese uno de los muchos pasivos de la crítica literaria venezolana actual, que ojalá sea honrado pronto por quienes pueden y deben hacerlo.
DIAZ SANCHEZ CUATRO DECADAS DESPUES
por Roberto J. LOVERA DE SOLAel hombre que venía casi de la nada
y que a golpes de coraje y de corazón,
en abierta lucha contra la adversidad
y apenas con la ayuda ajena,
se había abierto con decoro un sitio
de primer orden en la inteligencia venezolana”.
Oscar Sambrano Urdaneta.
LA EVOCACION DE ESTA TARDE:
“Honrar, honra” escribió José Martí (1853-1895). Para hacerlo sobre una de las figuras más entrañables de Venezuela nos hemos reunido. Y no podemos olvidar hoy dos cosas que sucedieron la tarde que llevamos sus cenizas a sembrarse en la tierra madre, nosotros éramos apenas un jovencito aspirante a escritor de apenas veinte y dos años, a quien don Ramón al conocer sus primeros escorzos había estimulado. Llegamos al Cementerio General del Sur. Alrededor de la tumba comenzó a llover en el mismo instante en que el humanista Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) tomó la palabra. Dijo el maestro de las “Candideces”, “Estamos trayendo aquí a uno de los hijos de la pródiga democracia social venezolana. Un hombre que surgió de los más pobre de su pueblo de Puerto Cabello y que por su tesón, por el estudio, por su capacidad para escribir y su sentido comprensivo del ser venezolano, sirvió a su país con el afecto con que lo amó, con su pluma con que la sirvió, con su entera imaginación que la que iluminó, mirando su pasado para entender su presente. Y siempre con la entereza de su carácter que le permitió alzarse desde aquel niño porteño cuya familia tenía escasos recursos hasta el gran maestro que fue cuando creó las grandes palabras con las que nos enriqueció. Por ello hasta el cielo llora por él en este atardecer”.
Quisiéramos poder recoger ahora otra vez las palabras peroradas por aquel tan pródigo hombre de letras, quien también se encumbró con sacrificio y llegó a ser lo que fue, persona venida también del lejano horizonte de la provincia. Que Cándido, el que se hizo bueno leyendo de don Antonio Machado (1875-1939), nos inspire ahora.
ISABELITA
Pero no podemos empezar sin evocar también a Isabelita Jiménez Arráiz, más que la esposa la compañera de todos los sueños de don Ramón. Mujer valiente y de arrojo fue ella. Antes de conocer a Díaz Sánchez, dentro de los sucesos de la “Semana de Estudiante, de 1928, en la que también tuvo papel protagónico su hermano José Tomás (1904-1981), le tocó a aquella hidalga mujer, a quien mucho tratamos y mucho quisimos, actuar cuando ya los estudiantes estaban presos por decisión de don Juan Bisonte. Un domingo entró corajuda en la iglesia de San Francisco, sin pedir permiso se subió al púlpito y desde él, con aquella forma tan suya de actuar, arengó a los feligreses presentes y dirigió la oración “por nuestros estudiantes presos”.
A los pocos años conoció a Díaz Sánchez, y ambos divorciados, se casaron. Y allí fue siempre para aquel su gran estímulo cuando en silencio trabajaba en sus obras. Y cuando sus libros aparecían, muchos de ellos, tal era nuestra situación intelectual, impresos en ediciones pagadas del propio bolsillo de Díaz Sánchez, era precisamente Isabelita la que salía a distribuirlos en las librerías y a venderlos a todos aquellos que lo desearan leer. Fue pues la celosa guardiana del marido, de aquel hombre de excepción. Todavía la recordamos en el velorio poniendo en el féretro, donde yacía el amado compañero, ejemplares de cada uno de sus libros para que se fuera el cielo con ellos. Por ello no es imposible comenzar a hablar hoy sin mencionar a la tenaz Isabelita, la que muerto el esposo siguió promoviendo su obra, logrando que se hicieran todas las reediciones que circularon desde 1968 hasta el año de su deceso. Esta mujer hay que contarla entre nuestras féminas luchadoras contemporáneas. Y ella es uno de los ejemplos, junto con María Teresa Castillo (1908) o Antonia Palacios (1904-2001), de la presencia de la mujer en los días del veinte ocho, cuando las tres, y muchas otras, apoyaron a la hora del sacrificio a hermanos y novios.
ESTE ENCUENTRO
Y ahora enumeremos las razones de este encuentro. Quizá sobran porque a altas figuras como Díaz Sánchez siempre hay que estudiarlas y siempre examinarlas. Pero el año 2003 se cumplió el centenario del nacimiento de don Ramón. En el pasado 2008 los cuarenta años de su deceso, en Caracas. Y en el 2010 se cumplirán sesenta años de la publicación de sus obras claves: su esplendida novela “Cumboto” y su magistral biografía “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, libros ambos fundamentales de la venezolanidad. Auque lo que decimos teniendo en cuenta que Díaz Sánchez es siempre uno de nuestros mayores escritores e historiadores del siglo XX. Y uno de los grandes testigos de nuestro siglo ya que fue de los primeros en avizorar, en su novela “Mene” (1936), la significación del petróleo en nuestro vivir, al observar surgir en ella tanto la menecracia y el oro negro existencial. Petróleo es una de las tres palabras con las que se puede escribir la historia de nuestra economía. Las otras dos son Cacao y Café. Es Díaz Sánchez figura notable, ayer, hoy y mañana, de las letras y pensamiento venezolano.
El profesor Manuel Bermúdez al escoger el nombre para este encuentro quiso subrayar el sentido ético de la política que le dio don Ramón al sustrato más profundo de su biografía de los dos Guzmanes, padre e hijo. Sintió, y con él estamos, que el poder, el gobernar, debía hacerse como una práctica de la vocación de servicio, cuya esencia estriba en escuchar a la gente. Los que se sirven del poder como aquellos dos hombres, lo que quieren sólo “poder, poder y más poder” se equivocan y llevan a sus pueblos por los caminos extraviados. Sólo los políticos dispuestos a servir son los que valen, cosa que las multitudes democráticas de este país y otros sitios están intuyendo en el presidente norteamericano Barack Obama. Este es el sentido del foro de esta tarde.
EL HOMBRE:
Ramón Díaz Sánchez fue uno de los principales escritores contemporáneos de nuestro país. Trataremos aquí de hacer luz, gracias a la lectura de su obra, sobre aquello que movió a Díaz Sánchez a lo largo de casi medio siglo de acción intelectual, ya que su primera publicación en forma de libro “Los impecables” (Puerto Cabello: spi, 1923. 10 p.) data de los años veinte del siglo XX y su parábola como creador la cerró cuarenta y cinco años mas tarde, en 1967, cuando dio a la luz tanto su biografía “El caraqueño” (Caracas: Edición Especial del Círculo Musical, 1967. 135 p.) como sus “Obras selectas”. (Caracas: Edime, 1967. 1547 p.). Póstumos fueron “El Líbano: una historia de hombres y pueblos” (Caracas: Ediciones de la Colonia Libanesa, 1969. 465 p.) y “La historia y sus historias” (Caracas: Panapo, 1989. 291 p.).
Como lo anotó Asdrúbal González en su libro sobre este escritor a Díaz Sánchez lo inspiró a todo lo largo de su vida una honda ambición de saber. Su aventura vital la entendemos cuando nos acercamos a su escribir y descubrimos cómo logró realizar aquella ansia de conocer. Nos daremos entonces cuenta qué fue aquello que impulsó a Díaz Sánchez a todo lo largo de su vida, comprenderemos como al darse cuenta de aquello que debería ser, la conciencia de su vocación, lo empujó a realizarse. Nada lo detuvo en la puesta en práctica de su ideal. Así podemos vislumbrar, como lo indica González, que la elipse de Díaz Sánchez fue, al contrario de lo indica la palabra, “una línea ascendente, vertical y hacia el infinito (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber” Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, p. 91). Es decir fue una órbita, una espiral, una amplia parábola.
Para entender a un escritor de la importancia del autor de “Guzmán, elipse de una ambición de poder” (Caracas: Ministerio de Educación, 1950. 609 p.), con la cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1951), o de “Cumboto” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1950. 248 p.) es necesario ir hilvanando sus memorias, sus recuerdos, aquello que consignó en el pórtico de sus “Obras selectas” o en las evocaciones que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) como ahora lo veremos. Es esta la única manera de presentar su peripecia.
Y si seguimos al protagonista en su rememoración lo encontraremos de niño deambulando por las calles de su pueblo natal Puerto Cabello, Carabobo, donde vio la luz (agosto 14,1903). Es allí donde creció, donde se hizo hombre, donde tomó su sendero vital. Es allí donde se hizo el “estudiante perpetuo” que dice su biógrafo (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 30). Allí fue donde publicó su primer libro en 1923. Ese mismo año se trasladó al Zulia. Allí actuó. Participó en política. Entre 1928-30 estuvo preso por razones políticas junto a sus compañeros del grupo “Seremos”. Si bien volvió al puerto en 1930, donde se casó por vez primera con Rosa Flores, pronto retornó al Zulia. Allí va a tomar fuerza tanto el pensador, el cual se expresó por vez primera a través del ensayo Cam. (Maracaibo: El País, 1932. 39 p.), como el inventor de ficciones. De esa etapa es la primeras de sus novelas “Mene” (Caracas: Cooperativa de Artes Gráficas, 1936. 136 p.).
En 1936 pasó a Caracas. Aquí casó por segunda vez. Lo hizo con Isabel Jiménez Arráiz. Aquí escribió sus libros fundamentales: el “Guzmán, elipse de una ambición de poder”, su silueta de Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884) y su vástago Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), cara y cruz de una misma moneda, que González considera “la mejor biografía escrita en Venezuela” (“Ramón Díaz Sánchez, elipse de una ambición de saber”, p. 60). Aquí concibió “Cumboto”, su principal libro de ficción. En Caracas trabajó al unísono tanto en el campo del ensayo, de la historia o de la biografía al alimón con la composición de sus invenciones narrativas o teatrales. Entre estas últimas se destaca su drama “La casa” (Caracas: Ediciones Reflejos, 1957. 32 p.). En ello le llevó la vida. La parca se le presentó súbitamente, estaba prendiendo su automóvil para dirigirse al trabajo. Ello acaeció en Caracas (noviembre 8, 1968).
EL TESTAMENTO:
Siempre se siente la ausencia de Díaz Sánchez y no cabe duda que la mejor manera de recordarle es volviendo a leer sus novelas y cuentos, sus ensayos y biografías. Todo lo que un escritor tiene que decir se encuentra en su obra, por ella pervive siempre, la única forma de comprender su mensaje es volver a él una y otra vez.
Quisiéramos llamar la atención sobre una serie de trabajos que publicó Díaz Sánchez en los días finales de su vivir. Varios de ellos apenas conocidos o entrevistos por la crítica.
Meses antes de su deceso entraron en circulación sus “Obras selectas”. El prólogo que escribió para ellas, quince meses antes de su deceso (julio 5,1967), puede ser tenido como su testamento. Se trata de una larga confesión autobiográfica en la que como en pocos lugares se definió así mismo y explicó las diversas motivaciones de la obra por él escrita en el decurso de su vida.
En ese breve ensayo comenzó Díaz Sánchez por decir que su vida hasta ese momento podía definirse como “cuarenta años de aprendizaje” (p. 9) y que su experiencia vital podía dividirse en tres etapas y de la misma forma su actividad como escritor. Esos ciclos vitales habían transcurrido así: “la primera, incipiente, se desenvuelve en terruño nativo”, frente a la costa, en Puerto Cabello; “la segunda en tierras del Zulia y de preferencia en la región petrolera sacudida en aquellos momentos por el espasmo de un redescubrimiento brutal” (p. 9); la tercera la había pasado en Caracas y en esas mismas páginas denomina a esta etapa “la revelación de Caracas” (p. 9).
Esos tres períodos se han reflejado en su obra. El mismo insiste en señalar que “Cumboto” y “Borburata” (Buenos Aires: Editorial Nova, 1960. 274 p.) son novelas surgidas de la primera época y son evocadoras “de los tiempos a la orilla del mar” (p. 9), que “Mene” es la novela del surgimiento del petróleo, que el “Guzmán, elipse de una ambición de poder” corresponde a la etapa caraqueña de su hacer.
Más adelante hace unas observaciones sobre sus libros al anotar que “No sería de extrañar que el lector avisado advirtiese en mi labor literaria, junto con la irregularidad de estilo, ciertas ondulaciones del pensamiento. Ello es consecuencia de la ondulación de la propia vida, es decir de la peripecia del choque violento entre el espíritu y la carne” (p. 9) porque “mi irrupción en el campo de las letras fue como la del toro que salta a la plaza impulsado por la simple voluntad de embestir” (p. 9).
Más adelante señala cuál fue su programa vital: “El mío fue sencillo y sincero: seguir amando lo creado en su doble valoración espiritual y biológica; detestar la demagogia sin disimulos y ocultaciones; preferir la soledad a la compañía de los falsos apóstoles, de los payasos del circo y de los bellacos que fingen rendir culto al espíritu para dar satisfacción a sus vientres. En una palabra: conservar el valor de ser antipático” (p. 10).
En estas notas definió Díaz Sánchez como nunca lo había hecho su posición personal ante las letras y ante la historia. Y es interesante ver con calma la aventura intelectual de este hombre. Merece detenerse en algunas cosas dichas para valorar a fondo: la primera que salta a la vista fue el hecho de que Díaz Sánchez fue un testigo angustiado de la Venezuela cuya economía cambió bajo el impulso de aquella riqueza que nos ha traído “tanto don como daño” (Aníbal R. Martínez) y cuyas mutaciones se reflejan en los diversos aspectos de nuestra cultura. De allí la verdad de “Mene”, donde contó, en un lenguaje sencillo pero directo, lo que sucedía en la zona petrolera. Su preocupación continuó, de allí las largas especulaciones que aparecen en “Casandra” (Caracas: Ediciones Hortus, 1957. 417 p.), novela publicada muchos veinte años después de “Mene”. Sin embargo la influencia del petróleo en la vida venezolana y las transformaciones que la explotación monopolista del petróleo trajo a nuestro país le angustiaron de veras. En ese mismo prólogo escribió “junto a la economía petrolera nos llegó el pragmatismo norteamericano y todo quedó desnaturalizado y mostrenco: el arte, la universidad, las relaciones humanas, el amor, la política. A esto se debe a que en la actualidad los venezolanos transitemos un solo camino, eso sí, muy bien asfaltado, hacia el horizonte de la cultura” (p. 13); pensaba a su vez que los intelectuales de nuestro país tenían la obligación de levantar su voz en contra de esta situación. Pero insistía que no se trataba de denunciar el suceder sino de señalar soluciones o nuevos caminos frente al fenómeno. Apunta “aunque la mayoría de nuestras gentes no se den cuenta de ello, éste es el más grave de los problemas venezolanos de nuestros tiempos” (p.13). Estas graves admoniciones, estas angustiadas palabras de este escritor, que nunca se desligó de nuestra realidad concreta, no deberían haber pasado por debajo de la mesa. Venezuela tiene que plantearse este tipo de problemas entre los cuales está lo que va a ser en el futuro, donde va a ir su cultura que tiene quinientos años de arraigo, que procede de otras formas diversas de la anglosajona. Y esto le preocupaba a Díaz Sánchez, historiador de nuestra cultura.
Otras observaciones no menos importantes en ese prólogo fue su particular preocupación sobre el destino de nuestro idioma (p. 11). También señala el por qué de su interés por ciertos temas y por qué no le interesan otros (p. 12).
Al final se abría para él una cuarta etapa vital que denominó la del “exorcismo de los fantasmas o la lucha contra las máscaras”, a su edad, en la plenitud de sus facultades y de sus dones intelectuales, con aliento juvenil, prometía seguir peleando tras la verdad. Sentía la necesidad de seguir escribiendo en la soledad, que es el único sitio en que puede hacer un intelectual en un país como el nuestro; se obligaba a seguir estudiando la influencia del petróleo en nuestra sociedad.
En las notas autobiográficas, escritas tres años antes de su partida (Caracas: Febrero 13, 1965), que confió a Oscar Sambrano Urdaneta (“Autobiografía de Ramón Díaz Sánchez”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 186, 1968, p. 26-31) creemos que está la esencia de su legado.
Y especialmente en dos pasajes en aquel escrito que deseamos citar. En el primero de ellos, tras contar las diversas aventuras de su vivir y la formación personal que se dio así mismo, porque niño pobre solo pudo culminar la primaria, pero nunca dejó de prepararse porque entre otras cosas en aquella casa de pocos recursos de sus padres encontró los libros, porque ambos, el papá y la mamá, eran lectores impenitentes que pronto contagiaron al hijo. Por ello pudo confiar en aquella libreta de anotaciones escritas a mano: “Todas estas peripecias fueron para mi provechosas. Me depararon un aprendizaje profundo. En San Carlos había hecho el bachillerato; en Cumaná hice el doctorado en humanidades. Solo que sin grados, títulos ni diplomas. Leyendo, estudiando, meditando hasta que me dolían la cabeza y el corazón” (p. 30). Así la cárcel, el Castillo San Carlos, en medio del Lago de Maracaibo, del que habla y el confinamiento en Cumaná por razones políticas a la caída de Medida Angarita, por el delito de pensar distinto, fueron momentos de grande aprendizaje, de muchas lecturas y escritura, porque él nunca dejó de estudiar, prepararse, solo con los libros.
Pero el remate de aquel escrito no puede ser mejor, no tiene perdida. Allí está su manda, codicilo lleno de vida que deberían aprenderse de memoria las nuevas generaciones de jóvenes venezolanos. Leemos allí: “No he hecho promesas que no haya cumplido. He sido discutido, negado, vilipendiado. Pero creo tener razón para estar contento. Mi labor, hasta aquí, ha sido la de un estudiante a destajo, la vida de un aprendiz de la ciencia del mundo. Mi panorama interior ha cambiado constantemente pero sin torcer mi concepto ético. Creo que la moral juega un papel de primera clase en el arte, en el pensamiento y en la historia. Hay quienes piensan que no, que se puede ser un pillo y a la vez un buen escritor o un buen gobernante. Hay quienes creen que se nace predestinado y que se puede engañar impunemente a las gentes. La crisis de nuestro tiempo tiene su origen en este falso concepto. Esta crisis es el desenlace de una lucha multisecular: la lucha de clases” (p. 31).
Esto explica por qué nos hemos reunido en esta tarde, siempre para celebrar su vida creadora.
(Palabras leídas en el foro que en homenaje a Ramón Díaz Sánchez organizó la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del miércoles 12 de Agosto de 2009 en el cual participamos junto a los escritores Guillermo Morón y Asdrúbal González).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Elena Vera viaja en el lomo de un pez crisopterigio
por Alberto HERNÁNDEZ
Un pez crisopterigio se sumerge en el mar poético de Elena Vera. Pez de las profundidades; del fosforescente silencio marino, albergó en su fragilidad los misterios de las voces abisales que visitaron a la poeta en sus momentos más oscuros.
La palabra se oculta, rebasa la inmutabilidad de la muerte. Sin embargo, encierra en sus sonidos la piel que el tiempo le ha ido agregando. La palabra crece o se muere, así el celacanto, esa bestia aturdida por el sonar de la eternidad.
El mapa de sus andanzas comienza en este libro de Elena Vera, ganador de la V Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”, y que le hizo decir a Manuel Bermúdez el mismo silencio de la hondura. “Elena Vera se encontró un tema digno de Melville. La historia de un pez que se escapó de la Eternidad”.
El pez respira fuera del agua la primera impresión de la superficie. Dejó de ser profundo para encarar la luz, el siempre negador del sol. La voz de la poeta encarna el viaje desde los bajos marinos. Los ojos del animal son portadores de la maldición: la oscuridad. “No tenías que emerger / –declinador del sol – / criatura soledosa/ de profundidades/ abisales/ Nadie/ te obligó a ver la luz/…”.
Haber descubierto los destellos de las olas convierte al animal en la más solitaria de las bestias. Su soledad abisal, las más solidaria, se hace ahora un “sí mismo” develador. La soledad es para que se revele en la misma soledad, no en presencia del “otro”. La poesía desanuda es propuesta: para estar solo es necesario vivir con “otro”, estar con el otro desde su mirada. El Celacanto, en su mar distante, jamás lo estuvo. Estaba sin el otro. Al ser descubierto por la luz, ya es la soledad.
Su derrota consiste en haber salido del mar y mostrado los ojos. Ya fue mirado, dejó de ser leyenda.
Elena Vera “inventa” la criatura. Lo ciega con la palabra. La poesía siempre ha servido para ocultar. Arte poética que contiene el cuerpo hondo de una imagen dotada del misterio: “Corales retorcidos/ putrefactas aguas/ mascarones triunfantes al sol/ en otros días/ desafiantes quillas y masteleros/ chocando con el aire/ desafiando la luz…”. Un viaje desde abajo para reposar en una playa desafiante. El poema se vertebra con el pesimismo atacado por el tiempo: “Ah/ el tiempo/ que destruye/ y/ arruga/ y/ afea”. Los siglos en la armadura de la palabra, en las rugosidades de la muerte, en la parsimonia del dolor. Dentro del pez, el poema, otro pez que no hace preguntas. La crueldad circular de las mareas, de un océano que cambia de aspecto cada vez que la voz repite los asombros. Hay tantos “otros” en el tiempo. El infinito en el tono inflexivo del texto: hablar con las fauces del animal. Ser bestia desde el enigma, pero también bestiario de un océano único. Sólo el Celacanto es él, el solo, el que existe en la extinción. La palabra olvidada. Pez y voz en desuso. Arcaísmo donde la belleza recobra el significado del infinito.
Ningún espacio ha sido creado para no recorrerlo. La palabra se extravía, el pez forma parte del olvido, porque no había voz para definirlo, encontrarlo. Pieza de museo natural. Allá, escondido, representaba la fórmula de su estudio. Visto o nombrado por ojo y boca humanos se metamorfosea, desaparece, porque llega a ninguna parte: “Nosotros/ los abisales/ solemos perder el rumbo”.
Reconoce en la luna, en los hemisferios (sombra y luz), en el paisaje que recoge en su ojo oscuro, encerrado por la presencia de quien construye, la voz para exponerlos a los astros de la noche. Poesía oscura, venida de la noche crosopterigia, limpia el reflujo del mar. Pronuncia el silencio. Exige la muerte lejos del sol. La poesía pide un poco de silencio, el espacio donde la luz no haga falta. Elena Vera consiguió en las escamas del Celacanto la profundidad de su lejanía.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.










ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

Carmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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