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Categoría: Poesía

Muerte

por Guillermo CASANOVA

En cualquier momento llega, y no sé cómo será; como un lento apagarse o un rasgado de recuerdos y un violento despertar por no querer dejarlo así.
La muerte.
No tengo nada qué decir, nada qué hacer. No he vivido y no viviré. Mi dedo señala hacia adelante, hacia arriba, hacia algún finito que no conocí, que no conoceré.
Dame la mano pero estoy solo. Aprieto con fuerza pero ya no tengo. Alza mi mano pero ya no es mía; no tengo nada.
Las voces son ondas inteligibles que cantan a diferentes frecuencias y no afinan. Quiero entender pero se van y regresan.
Es lento y me cuesta. Quiero decir; quiero decir que alejen esto de mí, pero balbucean melodías. Coros que están aquí pero no son de aquí. Voces de bocas que no tienen forma, que deforman sonidos, que vienen, que brillan. Ojos que ven y una lágrima que explota en mi cama. ¿Qué es ya una lágrima?
Es lento…

 

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Ocurre a diario

por Alberto HERNÁNDEZ
I

Seis son los libros de Miguel Marcotrigiano que respiran en las páginas de Ocurre a diario (poesía reunida 1991-2005) publicadas por Ediciones Mucuglifo (Mérida, 2005). Se trata de Concierto vegetal a la luz de la luna, De arcanos y otros signos, El mismo juego, Dípticos, Esta sombra que nos habita y De sombras y otras especies.
La poesía de Marcotrigiano vive anudada al hecho humano. El yo de quien teje esta invención verbal habita en cada vibración de unos versos finamente construidos. Quien escribe se mimetiza, se hace imagen y suena al arbitrio de una presencia terrenal. En Hábito de oficio lo encontramos hecho serpiente entre los vocablos de una duda permanente: “He estado formulando súplicas/ para poder franquear tus veladas/ y nada// no sé de respiraciones/ ni de vértigos/ ni siquiera del tímido ofidio/ que me figuro”. He aquí el ahogo, la búsqueda de quien desde a ras de la soledad le imprime un tono acechante a la vigilia, a la vulnerabilidad del humano ser. He aquí quien habita a plena intemperie, a plena desnudez de un “cuerpo de reptil”, cerca del “penoso crecimiento/ de las ramas de tus piernas”. Y como toda culebra, no es nada inocente. La carne tibia e interior se revela eros sin “paraísos”. La imagen de Eva -escondida entre las ramas de su propio deseo- modela ante quien la imagina.

II

(Llego descuidado a la página 62, donde “Ahora es tiempo de abandonar los árboles/ del olvido vegetal de esta tierra sin abono/ de la infancia los hombrecitos los estanques/ y los helechos”. ¿Qué impulsa al poeta a tratar de borrar el impulso primigenio, la niñez de la historia, el devenir del recuerdo?)
Sigue: “La puerta blanca se entreabre// A lo lejos/ sólo se escucha el llanto de las flores/ y la risa ocre de las hierbas desdentadas”).
La sierpe quedó atrás. La imagen de quien habitaba los árboles es la misma imagen de quien –un cualquiera fuera del poema- mira por una ventana desde el piso 35 de un edificio. ¿Cuántas puertas, cuántos visillos será suficientes para a mucha distancia entender que el paraíso ya no es, que las flores y las hierbas son asunto olvidado? Un poema puede ser la confusión, la hecatombe, el olvido. Un concierto vegetal podría aportar suficientes voces a la luz de la luna.

III

Códigos, barajas, intentos de adivinación, el Tarot, las profundidades, los ecos, la misma superficie de la mirada. De arcanos y otros signos concita la ausencia, la reprime a través de numerosas imágenes o figuras entre interrogantes sin respuestas aparentes. La referencia, la búsqueda de significados. Una poética, el trasunto del misterio verbal: “Juega con las letras/ las combina/ y crea/ finalmente/ de una masa informe/ al portador de la palabra// Pero éste/ no las usa/ Tan sólo las esconde/ detrás de sus dientes” (Poeta-Golem).
La constante animal, la prefiguración del tiempo, la convulsión de quien viene del mismo árbol genésico. Marcotrigiano viaja hacia él mismo, bajo la piel de quien lo obsede: “Precisamente/ allí pienso quedarme// en nadie// persistiendo en mi oficio/ de animal forjado en secreciones ventrales/ de ser oculto en otras pieles/ infinitamente más suaves/ que la tuya”. ¿El abandono, la mimesis, el dolor de la ausencia, de la soledad, “en nadie”?
¿Qué mandala frecuenta esta voz, este rigor de lo profundo, este empeño?

IV

Nuevamente, como quien recoge los pasos, el poeta insiste en las mismas claves: “Esperaré por ti/ todo oscurecido/ todo hondura/ todo fisura en la piel// Reconstruiré el vértigo/ a las grietas// porque lo único que salva/ es esta extraña vocación de la memoria// el preciso itinerario de quien desanda los recuerdos// Esperaré por ti// Estoy dispuesto”. ¿No son cotidianos, no ocurre a diario, el recuerdo, la pérdida, la ausencia, el vértigo, la profundidad o la memoria? Alguien se asoma al poema, lo lee en silencio, vierte luz sobre sus sonidos. Se extravía.
Una confesión lo advierte, lo coloca en esa diaria precisión: quien hace poesía siempre regresa o vuelve la cara hacia la destrucción, desde los ojos de la mujer de Lot. El amor sacrifica el pecado, al orden de no mirar el incendio. Quien hace poesía lleva una alforja plena de vacíos, de “planetas callados”. El hombre, poeta o Golem, rebusca entre los significados.

V

Un largo poema inédito cierra este empeño. La prosa y el verso se combinan para consolidar las imágenes, un mensaje donde quien se ahoga, sale a flote. Estos textos inadvierten, desenlazan, aturden. La ausencia de signos de separación señalan el vértigo, la falta de aire, una pausa riesgosa. Allí, entre la luz y la sombra, la mujer, el vientre, la misma señal de los poemas anteriores, el mismo animal husmeando.

“Todavía caen las tardes y se hunden en tus mejillas mientras
yo –recostado a un mal sueño- me cercioro de las miradas
tristes que me acosan

            de rodillas frente al bosque
            abro las puertas que ocultan las fuentes
            y bebo
                                                -animal sediento-
            de las primeras aguas
            que manan en silencioso arroyo
            desde el cálido vientre

y aún cuando no alcanzo la muerte disfruto un instante de la
noche viva del aroma que desciende a esta página de luna que
no me atrevo a doblar semejante a dulces olores de olvidadas
lluvias que adormecen la sonrisa de invierno del niño que ago-
niza en el lecho de mi peor poema”

Este adentro biográfico, esta fuente que no cesa de manar, nos revela la fuerza de esta poesía, entregada en cuerpo y verbo a sobrevivir ante las sombras. La muerte es el vértigo, el precipicio, el ocurre a diario de este instante de la poesía.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.


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Emily Dickinson: existencia vivida en el poema

por Carmen Cristina WOLF
“¿Qué daría por ver su rostro?
Daría mi vida, naturalmente.”

Emily Dickinson nació en Massachussets, en 1830. No escribía para deslumbrar a nadie, ponerse de moda ni obtener algún premio. No se exhibió en los salones. Se guardaba en casa, viviendo, no aparentando que vivía. Escribiendo, no aparentando escribir.
Fue su elección, tan válida como cualquier otra, o tal vez fueron las circunstancias que la llevaron a una existencia casi solitaria. No obstante, su soledad no la esconde, la revela en una manera propia de transformar su mundo en belleza.
Hoy entro en el jardín de Emily Dickinson, sembrado de violetas y tréboles, bordeado de “juncos de azul flexible”. Imagino que ella se asoma a la puerta y mira a lo lejos “un aire alterado en las colinas”. Siempre está en la cabecera de mi cama la selección y traducción de Silvina Ocampo, con prefacio de Jorge Luis Borges quien escribe: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo … Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor; después de su muerte, que acaeció en 1886, encontraron en sus cajones más de mil piezas manuscritas … No es cotidiano el hecho de un poeta traducido por otro poeta …la cadencia , la entonación, la pudorosa complejidad de Emily Dickinson aguardan al lector de estas páginas, en una suerte de venturosa transmigración. ”
Así dice uno de sus poemas:

Es todo lo que tengo hoy para traer
esto y mi corazón además.

No puedo bailar
en puntas de pie
nadie me lo enseñó
pero, a menudo, en mi mente
un júbilo me posee
que si tuviera conocimiento de ballet
-lo demostraría-
en piruetas para palidecer una compañía de ballet
o enloquecer a una prima donna. “

Quiero creer que ella escribió este poema en uno de esos días, en los cuales se sintió tan feliz que todo fue motivo de celebración: estrenar unas zapatillas de lazo azul, o recibir una carta con un poema. En ese instante único, surge el deseo de atrapar el sentimiento para que no se vaya. Las palabras se entrelazan y ocurre la necesidad de revelar ese instante de pequeño gozo. Impulso de fijar aquellas cosas hechas de fugacidades:

“Algo en un día de verano
una profundidad -un azul-
un perfume
trasciende éxtasis.
(…)
¡Es tanta la alegría!
Si tuviera que desfallecer ¡Qué pobreza!”

En un día así provoca instalarse en la alegria. La vida es la vida, sólo eso, cada cosa es lo que es, sin eufemismos. No queremos ir más allá: “Arrobamiento es sólo arrobamiento.” La felicidad y el dolor no están en conflicto. Se alimentan la una del otro. Cuando nos sentimos felices, de pronto, igual a un fantasma que gime desde el fondo de la casa, nos asalta el temor a perder la dicha que no puede asirse y no permanece.
Y cuando se apodera de nosotros la tristeza, una mínima estrella envía señales: mañana será diferente. Habrá un motivo para sonreír de nuevo: es la esperanza. Algo ha de suceder, otra vez él o ella vendrá y nos dirá:
“Vine a comprar una sonrisa -hoy-
una sola sonrisa, la más pequeña de tu cara
me agradará lo mismo”.


En la poesía de Emily Dickinson se percibe una existencia alimentada por el anhelo, aquello que aún no se ha cumplido. Nada más interesa al cuerpo, las cosas se desdibujan, pierden sus dimensiónes de realidad y se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo bosquejado.
Pareciera que sólo importa él, el amado, su pulso, su respiración:
“¿Qué daría yo por ver su rostro?
Daría mi vida, naturalmente.
¡Pero eso no es bastante!”

Se está dispuesto a entregarlo todo, lo demás llega a ocupar un lugar secundario. Y el amado lo ignora, no conoce la entrega de ese corazón porque está distraído en otras cosas, sumergido en su propia existencia. Dickinson está decidida a traerle “rosas de Zanzibar, abejas -por millas- / desfiladeros azules, / ejércitos de mariposas.

Para el ser humano, el anhelo se convierte en el centro de la existencia, de penas y alegrías. Se enquista en el corazón una … “dolencia de amor que no se cura / sino con la presencia y la figura”, como escribió San Juan de la Cruz, del cual Emily estuvo siempre enamorada según lo revelan sus versos. Nada calma la sed ni remedia el mal. El adolecido de amor apenas respira, se quiebra, aguarda, desespera:
“¡Qué importa si digo que no voy a esperar!
¡Qué importa si violento la puerta carnal
y escapo hacia ti!”

En los versos de E. Dickinson, la sed no se lee. no se piensa, se muere uno de sed. La angustia no es un concepto, no es de papel, de cuento, se muere uno de angustia. El desasosiego somete, muerde, desespera, ya no se quiere nada, no se sabe nada, no existe nada que interese al cuerpo. Cuando E. D. dice “angustia” no narra, no explica, es la propia angustia. Uno no puede permanecer impasible cuando lee un poema escrito por ella, no deja de sentir un estremecimiento. Ella no ha escrito poemas que hablan sobre el dolor y cuando vamos a leerlos, no sentimos la garra del dolor.
El poema es sufrimiento o alegría sin trampas de lenguaje, se dice a sí mismo como una palabra que “lleva una espada” y “puede atravesar a un hombre”. El poema deja sentir el rapto de la pasión, “como los hombres ciegos conocen el sol”. E. D. agoniza de sed, y sabe que corren arroyos por las praderas, pero esa no es su agua y la deja correr. Ella quiere la suya, no otra.

Los poemas de Emily Dickinson: un corazón en palabras de una belleza terrible y leve. Su corazón, es todo. Sin cartas de presentación, sin buenas referencias ni códigos aprendidos sobre cómo debe escribirse un poema en tal o cual época, sin recetas literarias.
El poema que es un verdadero poema se adentra siete centímetros en el pecho: suficiente, mucho, demasiado. Dickinson ofrece, muy segura, muy tranquila: “todos los campos”, “todas las praderas”, por si acaso no basta con su alma. Se aprende a no decir aquello que se quiere decir, se aprende a callar la frase exacta. Pero el poema no miente.
Y si no le aceptan su entrega, musita, susurra, canta y dice “Traigo mi rosa”.

El que ama le pierde el temor a la muerte, se acostumbra a ella. Su agonía no viene por el asalto de la muerte. Viene “en un cierto sesgo de luz / en las tardes de invierno / que oprime como / la profundidad de las catedrales”. El abatimiento conduce al sacrificio. Sus poemas están impregnado de una suave ironía y una prontitud de lenguaje que causa escalofríos:
“Morir
lleva sólo un corto tiempo
dicen que no duele
es sólo un desmayo - por etapas …”
Uno se queda en suspenso, suavemente quieto, parece que morir no es algo amenazante ni tenebroso, tampoco duele. Y es un orgullo morir sin hacer ruido, sin alharacas ni lamentos. Estar presto en esa hora:

No lo menciones por esas calles
porque las tiendas me mirarían
que alguien tan tímido - tan ignorante -
tenga el descaro de morir.

Algunos “entendidos”que leyeron sus poemas,
menospreciaron su obra porque no obedeció a las tendencias que prevalecían en su época. Su escritura no estaba “de moda”.

Emily Dickinson, ella que se guardaba en casa casi siempre, nos permitió entrar en su mundo. Es imposible leer sus versos y permanecer indiferentes.

* Las cursivas son versos de Emily Dickinson
Traducción de Silvina Ocampo

Carmen Cristina WolfCarmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog http://literaturayvida.blogsome.com

 

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Con la calavera en la mano

por Alberto HERNÁNDEZ

(Teatro y Poesía)

1.-
En vísperas de cualquier muerte surge la imagen, el gesto del actor. Más allá del telón de fondo, donde el horizonte se confunde con el infinito, oculta en el misterio, está la palabra. Un acto perverso la esconde, porque la acción, el desplazamiento de cierta entonación, aludida por los mecanismos de la luz, la hacen voluble. Pero es que esa palabra, adherida al silencio que la puesta en escena precisa, es la que hacía falta cuando el actor -asediado por la duda y las preguntas- era enconado por todos los fantasmas.
La tradición del yo, el embargo de esa búsqueda que nos atenaza hasta desaparecernos es, sin menor duda, la raíz de aquellos hombres cuyas máscaras tenían gesto fijo, coturno para intentar alcanzar el cielo y una voz –la escondida- que no llegaba a los espectadores, porque el universo estaba comenzando.

2.-
Fue posible la mano del hombre, también la calavera que la ocupaba. Fue el instante en que el vacío, el silencio, comenzaba a entregarle al gesto la necesidad, sin abusar del discurso, de aquel to be or not to be que sigue planteando la duda, la que renueva al otro, al que está, sonriente, entre los dedos de Hamlet, a la espera de la vieja confirmación verbal. Fue preciso abordar el género, aquel lenguaje oscuro y sensible de los más alejados preámbulos de la metáfora. Aquí se hinca pausadamente la tentación por no dejar que el silencio de la calavera conduzca al profanador al más inquietante despojo. Habló, con el teatro en la mano, porque desde sus inicios el teatro fue el silencio. Shakespeare –esa reflexión de todos los tiempos- nos inclina a pensar que después de la conocida expresión vinieron las oraciones que le entregarían a la acción la voz que Dios fundó en aquel intento por crear el mundo. Fiat lux, antes del verbo, porque este segundo la contiene: vinieron las sombras y los pensamientos, las hojas sueltas y la danza sobre la tierra baldía y fértil, las dos tierras. Sombra y luz se contienen, como los pasos de Hamlet frente al público, mirando desde el vacío el cráneo pulido de una historia que se sigue repitiendo.

3.-
El espectro en la mano. Ocultos –en silencio-, El Rey y Polonio. Hay palabras, entonces, que atemorizan. O más, causan extrañeza, lástima o hilaridad. El teatro, pasión de la sombra y del símil, se hace palabra para siempre. Y se repite en los lugares donde la escena es los hombres y sus circunstancias. Esa doble inflexión, contradictoria, es estar en palabras o en el vacío de su propio sonido. Es la muerte y la vida. Es la contemplación de al cual emerge la poesía, el sabor de una entonación que eleva y hace del gesto asunto de observación.

4.-
La práctica del gesto, aludida por la palabra, crea una atmósfera declamatoria, pero no entendida desde la visión de la voz, sino de los desplazamientos. Es decir, de las imágenes: teatro del Siglo de Oro, símil de Dios. La poesía española hecha acción en las tablas, elaboración de un largo texto que tiene en el tiempo una acumulación de acciones: la reiteración periódica de la metamorfosis cuya trama es una estructura ausente: la voz, la estética atomizada por la luz, el sonido, la mirada, el incesto de una escritura que regresa a la memoria y recae en los espectadores.

5.-
El ritual, la representación en sí mismo dentro del texto que se vacía, que culmina en la escena, rompiendo todos los ecos.
La poesía es un sintagma oculto del teatro. Que como dice Meyerhold se trata de una plástica, de una imagen, de un espacio que se imagina desde un espejo en el tiempo sensible, en la condición de los gestos. Del texto declamado, como dice el mismo Meyerhold, hasta la capacidad de “una plástica que no corresponde a las palabras”. Un texto mudo, sugerido desde la sombra, apocado por la única salida del actor: desplazarse.
¿Cómo hacerlo, desplazarse, sin palabras? Sólo sería posible con las imágenes que las palabras tienen en un precepto, en un antes sensible, vivo. Un antecedente que coloca al sujeto/ actor frente a la realidad imaginada.
El diálogo de los adentros, esas palabras que casi no se perciben, que van hilvanando el canto. El texto regresa al antiguo ritual: nos fundamos –entonces- en la soledad poética de Quevedo, Góngora, Lope de Vega, para llegar a las inflamadas pasiones de Machado, García Lorca y restablecer el desorden de una inteligencia que no niega ni afirma, sólo señala el vocablo que, finalmente, se encuentra con el espectador.
Una sombra se desplaza por el escenario. Las cuencas de la calavera indagan en quien, con los ojos muy abiertos, intenta entrar en la ficción del silencio.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Cantábrico

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
Los astros y los hombres, la vida de los primeros, no la de quienes respiran en la tierra, los angustiados, los reposados, los que con Matthew Arnold se revelan en la poesía como una crítica de la existencia. Desde esta premisa, desde “El poeta de Recanati/ contempla el espacio// Conoce muy bien/ la vida de los astros/ no la de los hombres…”, Leopardi, el mismo de Miscelánea del pensamiento, se pasea por estos versos para hacerse el Otro, pese a la distancia. O desconocerse.
Un lugar, una línea geográfica, un clima, la temperatura metafísica de Pirrón de Elis, dispensado por el dogma del escepticismo. Dos solitarios, entonces, en estos primeros versos de Cantábrico (Taller editorial El Pez soluble, Caracas 2003), de María Clara Salas.
La lectura delinea a quien se allega a estas páginas: “Si escoges morir/ prefieres/ y eso no es/ lo que predica/ la santa indiferencia”. Entonces, quien lee, vertebra el escepticismo de una segunda persona agitada por el polvo del desierto, en una ¿felicidad? que se apresta a la risa:

Cuando tú
algún día
leyendo el criptograma
descubras el origen de la momia
y atravieses Egipto con los ojos
soltarás la risa
como prueba
de lo poco serio que es el amor

Cuando empieces a rescatar
el cuerpo
con los debidos cuidados
y leas la historia
enrollada en el papiro
volverás a reír
sólo la risa
es digna de repetirse
muchas veces

¿Qué no se cree, el paisaje que los ojos atrapan durante la travesía? ¿A quién apuesta ese viajero que no conoce el carácter festivo del amor? Denso en su andar, el poema se decanta en la insistencia del sonido que ocupa el silencio de los muertos, ese que las momias, el silencio, ofrece en medio de la quietud de los médanos árabes.

2.-

La poeta duda, sufre un extravío. Viaja y se pierde: una épica personal designa el no-lugar (parecido al olvidado por el flaco caballero de La Mancha), pero sabe trazada la ruta que habrá de tomar, aunque desconozca el destino. El tiempo también hace lo suyo, borra y se extiende.
Correlato: el cuerpo y el espíritu se detienen en un lugar y a un tiempo no determinado.

“No hace falta saber/ a dónde vamos// Las sombras de las hojas tejen/ el borde del camino// Somos viajeros sin meta/ nos detenemos/ en lugares donde la sed/ nos detiene// Hacemos alto/ a cualquier hora”.

La coherencia temática nos advierte de una línea invisible por donde se conduce la poeta, la viajera de estos poemas cantábricos, cercanos al mar, al inmenso desierto marino, próximos al suelo mitológico. La ceguera empuja a la adivinación, a los poderes proféticos perfilados por Apolo en la carne invisible de la Sibila de Cumas. En algún lugar de esa costa, de esas montañas, María Clara Salas siente esos pálpitos, esos augurios. De allí “el lado oscuro”, las presencias malignas, la búsqueda de la vida a través de la “reconciliación del cielo y de la tierra”.

3.-
Como Anteo, quien escribe baja a la tierra, regresa del tiempo y de los astros, de esos sonidos anclados en la magia, en la sabiduría de la sombra, y se asienta en las calles, en el estadio donde la gente se hace colectivo, grupo, rostros sin cédula de identidad: “Cuando alguien/ pretende negar/ el lado irracional del alma/ me arrojo en una de tus calles (…) El paso se acomoda/ a la luz/ de otros rostros/ lentamente/ a la guarida/ se vuelve”. ¿A cuál guarida, a la cueva de la prehistoria o a la caverna platónica?
Por estas páginas también la Biblia: la mujer de piedra, la de Lot, la estatua de esos días de fuego celestial. Nos traduce la permanencia, el silencio de quien recibió “semejante castigo”.
La realidad, tan presente: “Tropezamos con la realidad/ y nos sentimos heridos”. Las mujeres, la ciudad que lo contiene todo, el mundo y sus tribulaciones: “La esperanza es demasiado ágil/ para nosotros”.

4.-
La poesía –“crítica de la vida”, como afirma Arnold- se anota en un espacio para alcanzar el nombre de un lugar: Zarauz, en la costa de Guipúzcoa, donde la villa se convierte en fiesta, en orfandad nobiliaria, en densidad de olvido:

Retrocedo a las columnas de agua
del Cantábrico

a las playas perforadas
por la lluvia
al vals Mefisto

en aquel mirador de la casa de Zarauz
visitado también por la reina sin hijos

Algas y peces
subían
del mar
lecturas
propiciaban encuentros
gris
la piel descubre
sus olvidos.

5.-
Los signos de rotación de este bello poemario no tienen nada que ver con la desmesura. Amplían sus argumentos mediante la presencia de quienes se trasladan desde la memoria, desde viejas lecturas, antiguas felicidades íntimas. Novalis “en lo oscuro/ guarda/ su rostro”. Lynch “resuelve/ en la crispación de aquella mano/ su teoría…”, y “el destino/ nos sella”. Retorna a los personajes que cualquiera podría conseguir en las calles ya avistadas: Safo de Lesbos, mejor Clodia la bisexual, y así Propercio, el mismo Sexto Aurelio, el elegíaco: “Por favor/ no perturbes más el descanso/ de mis vecinos/ o acabarás con la paciencia de todos”. Pasado en el presente. La orgía de la memoria.
Quedan muchas imágenes, aventuras que corren por la sangre: La casa, los familiares, los rincones donde abundan los muertos, los “espíritus de mi raza/ mujeres guerreras/ vendrán a buscarme”. Un lugar, Tonoro, donde se reunían para el “rito sagrado”. De allí que sea “insoportable/ lo irreal”.
Penélope, la tejedora, la desbaratadora de la labor, comienzo y fin de la espera. El tiempo, el enigma de un sustantivo, Rosebud, mito de la pantalla en el trineo del ciudadano Kane. ¿Quién habrá quedado en el Monte Urgull de San Sebastián, agitado por el mar, por las alas de la memoria? Recuerdos cantábricos, poemas cántabros.

6.-
Una segunda parte se aleja de la costa española y entra airosa en Elí Galindo, en San Sebastián de los Reyes, en el barco fantasma que aún navega en las viejas casas del pueblo aragüeño. Un poema que desnuda el amor, que plena la reciedumbre del afecto:
“Lo más sensato/ es el silencio// de nada sirve/ hablar/ Cuando somos explícitos/ la confusión/ es mayor// Mejor decir/ tenemos tigres en los ojos/ nuestra piel es una habitación sin armas// La sed requiere lo fugaz/ tender las manos/ a las nubes/ obedecer las instrucciones del viento”.
Dos versos sellan la creencia de que “alguien”, ese alguien amado, está instalado en el espíritu de los cercanos a Elí: “La belleza de los estagiritas/ no fue hecha para ti”. Dice de los santones aristotélicos, los del más viejo cristianismo, los que vagaban por el desierto, en la imagen de quien camina “de un lado a otro”.
En esa traslación, en la tierra movediza del poema, María Clara Salas retorna a la región de güetaria, la de Juan Sebastián Elcano, para recuperar “tus fuerzas”. Allí le fue devuelto “el candelabro de oro”.
Y así Tres elegías, la última parte del libro, donde abrevan la tristeza, el recuerdo. ¿Quién se pasea por este dolor casi inadvertido?: “las idas y venidas/ de tanto afecto/ sobre tus hombros”.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Dos notas sobre Pepe Barroeta

por Alberto HERNÁNDEZ

 

DE TODAS MANERAS VAMOS A MORIR

I
Un dejo de ausencia culmina con la tarde del domingo. El poeta José Barroeta, el muy querido Pepe, el pana del Chino Valera Mora, Salvador Garmendia, Caupolicán Ovalles y otros, nos acaba de enseñar que antes de la muerte, la unión, porque de todas maneras esta señora llegará con sus bártulos para cargarnos al infinito.
“Pero creo, quiero creer, debo creer, en la unidad. Por favor, no demos tantas vueltas. Mi esperanza está en la unidad, apuesto a ella para llegar todos juntos a ese gran enigma que es la muerte. Para allá vamos y allá nos vemos”.
Siento a Eclesiastés en las palabras del poeta trujillano. Tanta vanidad, tantas ansias por el poder, por alcanzar la gloria si la eternidad nos espera a la vuelta de la esquina con su carga de silencio, con su misterio.
Escribo esta nota con la misma tristeza con que Pepe habla de la división. Duele y apena sentir en la calle, a la puerta de algunas casas identificadas, palabras hirientes contra quienes vivimos de la palabra. Cosa aparte, dirá alguien, porque se trata de los periodistas. Pero bueno, si de todas maneras nos vamos a morir. El poeta recuerda a Nicolás Guillén: “Amigos, nada más. El resto es selva”. Pero, al parecer, hasta la amistad será convertida en motivo de división, de pesadumbre.
II
Quiero –y lo digo en primera persona- reincidir (probablemente vuelvan a pintar grafitis contra quien dice esto): la cordura, la vuelta a la racionalidad. Todos estamos expuestos a ser mirados de lado, a ser conminados a portarnos bien, porque si no. Pero, si de todas maneras nos vamos a morir. La unidad, aunque pensemos distinto. Cada cabeza es un universo, un mundo. En la diversidad está el sabor de la vida. Lugares comunes, pero tan sabios como solicitar la unidad, la calma.
Como “para allá vamos y allá nos vemos”, preciso es hacer la vida menos cuantiosa, menos agresiva, menos dolorosa. Claro, la justicia social. No es desdeñable. Pero se impone la inteligencia, la cordura para no perder esa justicia. De ocurrir lo contrario se repiten los errores de los gobernantes anteriores. El equilibrio, he allí el secreto.
La historia es un pedazo de muerte. Un trozo de esa memoria fácilmente olvidable. En ese adjetivo está el error. Si olvidamos la historia corremos el riesgo de repetir los errores que otros acarrearon para convertirse en reos de la crítica.
Una pregunta de Rubén Wisotzki a nuestro juglar trujillano: “¿Somos un país?. ¿Si somos un país? Sí, somos un país, todos somos país, pero creo que formamos parte de una tierra confundida, extraviada. En lo personal, tal y como lo escribo en un poema, me asusta el cielo limpio”. La voz de la tribu, la del poeta convoca a hacernos país desde adentro, desde lo más amplio del cielo interior, de ese que nos habita lleno de astros y misterios. Somos un país en la medida en que queramos ser un país, en la medida en que nos alejemos de lo que nos podría unir.
III
¿Miedo? Sí, miedo. No el cotidiano. Hay un miedo que está más allá de él. Más allá del susto, de la cobardía o del temor corporal. Hay un miedo a lo que no se sabe va a ocurrir. Un miedo a no saberse. Un miedo a no saberse estar, a saber que vamos a morir pero no cómo. Aunque ella es un miedo, es el que todos llevamos bajo la ropa. Allí va bien. Pero el que nos prometen, el que con una sola palabra nos convierte en sujetos de sospecha, en manotazo sobre las ideas. Ese es el miedo que nos impulsa a regresar a la inocencia, a estar en absoluto silencio, alejado del mundanal ruido que decía Darío. No se trata de bajar la cerviz y dejar que el cogotazo caiga sin protesto. Se trata de que el cogotazo nunca sea propiciado. Se trata de que la palabra esté por encima de los malos sentimientos, del sentirme superior, de creerme dueño del mundo. De saberme ilímite, aún así mirar desde un devenir resentido. El país que tenemos nos cabe entero en el alma. El día que comencemos a repartirlo en pedacitos por ser distintos, ese día la muerte hablará con todos sus dientes.
Y digo miedo, porque se siente desde los hijos cuando a alguien se le ocurre vociferar y rayar para provocarlo, para incentivar un odio sin sentido, aunque el odio no lo tiene. Cuando los inocentes son los que invocan el dolor para despedirse, perderse en la sombra de la total indolencia.
Lo digo con mi querido poeta, con el Pepe Barroeta de los sueños. De aquella revolución de la palabra en la que todos cabemos con nuestras alegrías, tristezas y dolores. Que el miedo no nos domine, porque de todas maneras vamos a morirnos. Pero, por favor, no nos adelanten el silencio. (Este texto fue publicado originalmente el 3 de febrero de 2002)

LA VIDA SIEMPRE DE PEPE BARROETA

I
“A veces se me escapa de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado”. Bajo las marcas de la insistencia, José Barroeta nos revuelve el espíritu. El poema, en el que porfía, nos pasa su ojo climático por la angustia y allí se queda instalado, como la eternidad de quien lo traza.
José Barroeta, el tan querido poeta Pepe, nos persigue hasta el ocaso sin reposar bajo los árboles de Pampanito. Su poesía -viva por personalmente elegíaca- promete no dejarnos quietos. Por eso nos leemos con él: “Ella duerme/ en ataúd de hierba./ A veces se me escapa/ de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado./ En esa enorme movilidad del primer amor/ la veo a ella/ en el radiante perenne de la cripta/ llamándose a sí y a mí luego./ Ella duerme,/ dialéctica siempre sobre mi cabeza/ y el fuego late en los campos dormidos./ Ella duerme en ataúd de hierba./ A veces se me escapa de la muerte,/ no hace sombra en los espejos,/ sino en mi piel./ Como hace sol la dejo en sus lugares/ y vuelve a ser la única,/ muerta en tanto paisaje”.
II
Esta crónica se recorre silenciosa. Todos los días de la vida de Pepe Barroeta se resienten en ella por abordarlo desde mi lejana ingrimitud. Un saludo en la silla que lo sostiene, en un café de París desde una foto de Gregory Zambrano. Un apretón de manos en aquella Sabana Grande de la adolescencia, para saberme parte de la voz del poeta trujillano. Una sonrisa en medio de un ruidoso bar. Las palabras de afecto de Luis Alberto Crespo por aquellos comienzos de los ochenta. La lectura de un poema. La vida y la muerte juntas, mientras el Chino Valera Mora, el otro trujillano de San Juan de los Morros, inclina el eje de la tierra. Todo en presente. Y entonces lo oigo: “Conozco la región donde el abandono ha fijado con precisión las líneas superiores y elementales de tu espíritu. Por las rasgaduras de tus pupilas descubro que has pasado de la inercia a los humos prohibidos. Un vértigo desolado te atrapa y el mundo de la infancia vierte, torpe, sílabas a mis oídos”.
Habría que preguntarle a Efraín Hurtado o a Baica Dávalos por el clima, por la eternidad de quienes hacían de la noche el único lugar posible, como tocara el título de un libro de tragedias literarias. Caracas era aún sultana del cerro que la vigila y una extraña felicidad recorría los huesos del mundo. Y allá, en el más seguro recodo de la avenida: “En las horas de duermevela, cuando sentíamos las evidencias de la muerte, la solemnidad del fantasma sustraía lo poco que nos quedaba del porvenir”. ¿Con qué nombre se identifica ese fantasma? ¿qué mundo recorremos en este futuro que no llega? Por un rato le vi el rostro apacible a Orlando Araujo, el otro que se confunde con las hondonadas de Trujillo y habla golpeado sobre un caballo de madera. La muerte, esa cosa que pesa y desaparece: “Tú estás de espalda al viento de diciembre y a sabiendas de que no debes alimentar tus propios fracasos…”
III
Han sido tantos los paisajes, tantos los desganos e iglesias en vilo. El amor irrumpe. Un surrealismo devorado por ventarrón del trópico adormece el momento. De este modo aparece el texto: “Meditando el poema del pájaro/ una mujer de otra época rumbo hacia la/ catedral./ Iba tan ajena/ que no me sorprendió en el sitio de la calle/ donde la espiaba/ y eso que yo había estado en los nidos del monte/ mientras ella pensaba el poema del pájaro”. ¿Sería la misma de aquella tarde? ¿la que vimos en el centro de Caracas y que era la misma de la revista de modas que surtía la mirada en la vitrina? “Sol de cuello cortado”, te oí decir en un momento y sentí los pasos livianos de Ramón Palomares, desconocido para mí porque Escuque aún era nombre de paraíso, de reino rural. Pero allí estaba la mujer: “No me cautivó su beatitud;/ yo había dormido entre lámparas/ en un templo humilde./ Amanecí con aves de la mañana en las pestañas;/ abajo la ciudad,/ la lluvia, las gentes y frutos olvidados/ sobre las mesas en el mediodía”. Y así fue. Estuvimos allí, invisibles, ausentes, vacíos de tiempo. Pepe nos sabía hechos de sombras. Lectura de sus anónimos amigos. Siempre eternos en él.
Mientras tanto, “la mujer no detuvo sus ojos en mis pasos/ ni vio mi sombra que era la suya bajo/ el sol”. Pero el resto de los mortales que éramos sí la vimos. Desnuda, agotada de tanta mirada, de tanto paisaje acumulado.
IV
En Mérida, la mansedumbre del universo lo hace cantar: “Una vaca pasta./ En el recodo la miro bajar/ y siento lamer su cielo de rocío./ Está viva,/ tan viva como yo y nada absurda,/ tan limpia y alegre”. El centro de Caracas, los desvaríos de esta Maracay ojerosa, nos lleva en ataúd de sombras. Y el poeta, nuestro querido Pepe, nos señala con un poema el penúltimo escalón de este paisaje: “Nos hemos quedado debajo del sol/ frenéticos./ Es de tu corazón de donde sale el mar,/ la música de agua que nos asombra”. Siempre será así, desde el pozo profundo del poema.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.


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Lecturas Nómadas

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
Lecturas Nómadas de Eduardo Moga¿Cómo se le “entra” a un libro como éste, de crítica, y más si se trata de un compendio de reflexiones nómadas, movedizas?. Habría entonces que centrarse o descentrarse, revelarse o rebelarse ante el espejo o contra cualquier imposición. Nada. Es un libro de crítica que logró cohesionar a quien a final de cuentas “a cierta edad (…) sólo puede leer versos”, venido e ido en reversa o de frente, sin residencia fija.
Es así, Lecturas nómadas, de Eduardo Moga, editado por Candaya, Barcelona, España, 2007, tomo que recoge cinco años de “reseña tras reseña durante algún tiempo”, y que se hizo público de la mano de Olga Martínez y Paco Robles, responsables de tanto acierto de este y de aquel lado del océano.
¿Cómo “entrarle” entonces a un libro que habla de otros libros, los arma, los desbarata, lo que nos hace culpables de algún desliz, de alguna culpa deshilachada por quien se cree inocente? Nada, entremos sin ningún complejo, como si saliéramos, por la primera y la última página, con índice y todo, para guiarnos si nos extraviamos.

2.-
Lecturas nómadas se escribe entre escritores españoles, pero también entre españoles e hispanoamericanos, para concluir la apuesta con otros idiomas y temas que conciernen a las palabras y se tienen seguras de su autor.
Esa primera parte es la de una España desconocida (pese a tanto esfuerzo personal) para quienes buceamos en la Península y en otros terronales literarios. Digamos que estamos desconectados. Esa es una de las bondades de este inventario del barcelonés Eduardo Moga (1962): insistir en que no nos conocemos, que seguimos sin encontrar el hilo del encuentro entre los pueblos que hablamos castellano. Ciertamente, este “Sobre autores españoles” nos acerca a nombres y títulos que están muy lejos de nosotros: apenas Antonio Gamoneda, José Ángel Valente y Carlos Vitale nos suenan en los oídos de leer y dolernos. Muy lejanos: Juan Pastor, Marta Agudo, Manuel Álvarez Ortega, Jordi Balló y Xavier Pérez, así como Juan Luis Calbarro, Pedro Casariego Córdoba, sólo para mencionar a algunos que forman parte de nuestra parcela de ignorancia. Las políticas editoriales de nuestros países, sobre todo las del nuestro, son anuncios para dentífricos. Lamentablemente, se pierde la gracia crítica frente a la ausencia de lecturas de los libros comentados. ¿Somos lectores nómadas, movidos de lugar para no enterarnos de las destrezas o torpezas del mundo literario hispano?

3.-
Nos toca muy de cerca el segundo capítulo de Lecturas nómadas. Allí nos vemos en Pepe Barroeta, Gustavo Guerrero, Eugenio Montejo, tres venezolanos que han logrado llegar al sitio de esas páginas y dejar dicho en boca de otro que existen “caminos de palabras” para sabernos unos y todos. Allí también Pedro Serrano, Tomás Segovia, Rosamel del Valle, Humberto Díaz-Casanueva y Javier Bello. Nos queda en la memoria: “La literatura es un diálogo infinito: un “escuchar con los ojos a los muertos”, como escribió Quevedo –muerto ya, y que habla, no obstante, con nosotros…”, para hacerse semilla en Borges, Azorín, Ortega, Octavio Paz, Otero Silva, Roque Dalton, Darío, Lugones, Huidobro, Neruda, quienes se sostienen en estas palabras de Eduardo Moga, pronunciadas en la Universidad Autónoma de México en 2005: “Cada vez es más rara, no obstante, la recompensa institucional, lo que resulta lamentable. Pero ni un ápice ha declinado la recompensa personal, ésa que nos aguarda tras la ejecución de un verso hermoso y verdadero, como sin duda sentía, a tenor de las palabras de su hermoso y verdadero discurso, Miguel de Cervantes Saavedra”. En el clavo, todos herederos de Don Miguel, como de nuestro otro padre, Don Francisco Quevedo.

(Un salto de mata: una lectura a “Senos” de Pepe Barroeta nos empuja a limitarnos en la estimación de Moga, quien abrevia en una semántica prevista desde un “lejos” al que se le podría añadir otra mirada. Pero esta es materia para otro día, con miche, calentaíto y demás curiosidades andinas.

Tus senos locos
como el descubrimiento de América.
Bienaventurados como la Pinta, la Niña
y la Santa María.).

Tus dos senos hechos de láminas de barcos
y de hélices en vibración.
Hermosos como la conquista del espacio).

4.-
La tercera parte nos instala en las otras lenguas que dice el autor: Ambrose Bierce y su infaltable Diccionario del diablo; John Milton y su Paraíso perdido; Arthur Rimbaud y su Temporada en el infierno. Igual, Eugenio Montale, visto en Huesos de sepia, Las ocasiones y Diario póstumo. Y otros más que desvelan a Moga y lo crecen en este trabajo de rigor intelectual, casi extremo, hermosamente escrito, toda vez que la crítica, eso que llaman crítica como si se tratara de una receta de médico de pueblo, no debe estar despistada de la sonoridad, de registros que la eleven y que la hagan también discurso estético.
Sigue el viaje indagatorio. Un breve ensayo, escribir, editar, nos deja un rato instalado como en casa: “Escribir es el reino de la libertad. La escritura, es decir, la permutación infinita de las palabras, se dispone como un territorio sin fronteras (…) La realidad es el insomnio; la poesía el sue&