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Categoría: Extractos

La Alborada del Tirano

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Alborada del Tirano

William I. Buchanan, Alto Comisionado de los Estados Unidos, llegó a las costas venezolanas con una considerable fuerza de la Armada a brindarle a Gómez, que lo había pedido, todo el respaldo de Washington a cambio de un giro dramático en la política del país con relación a las inversiones extranjeras. Y el entendimiento se dio de inmediato. Gómez era distinto, era más civilizado que el salvaje Castro y respetaría las normas internacionales para que el capital, especialmente el norteamericano, se sintiera a gusto.
Gómez, que va a ser el sepulturero de los partidos, no se opone, aparentemente a la existencia de partidos. Pero la realidad distorsiona lo que hasta 1899 había existido. Ya no parece haber liberales y godos ni amarillos y mochistas, sino unionistas y no-unionistas, es decir, gomistas y antigomistas. Todos son ardientemente anticastristas, y se percibe en el aire una sospecha que se traduce en repudio a la idea de la dictadura, lo que a su vez parece canalizarse en un apoyo al planteamiento de que debe buscarse una reforma de la Constitución vigente que había sido la base del poder castrista.
Y el agosto de 1909 se produjo una reforma constitucional que acortó el período presidencial a cuatro años y creó un Consejo de Gobierno en donde participarían varios de los retornados al país. Se estableció igualmente un período provisional hasta el 19 de abril del 10, fecha en la cual entraría en vigor la reforma. Para variar, Juan Vicente Gómez es elegido presidente provisional de la República, el 11 de agosto, para que cubra el lapso que va hasta que se nombre un nuevo presidente constitucional que, extrañamente, será Juan Vicente Gómez, designado además general en jefe y comandante de los ejércitos venezolanos, lo cual, en la antigua Roma, se llamaría Emperador. Con las variantes del caso, ese será el esquema que usarán varios de los tiranos de la América Latina, hasta el chileno Augusto Pinochet. Es el sistema de los gobiernos totalitarios, autoritarios e unipersonales de nuestra pobre América.
Ya en 1909, a pocos meses de la defenestración de Castro, el compadre Gómez empezó a sacar las uñas. Pocas son, pero evidentes, las muestras que lo prueban. La más clara fue una reunión convocada para el 7 de marzo de 1909 por el gobernador de Caracas, Aquiles Iturbe, a la que debieron asistir los jefes de los periódicos de la capital, y en la que se les dio a entender que cada día se les cerraría más el ámbito de sus libertades. Como se hará mucho tiempo después, el gobierno se sentía molesto ante “el extravío y exageraciones de algunos periodistas,” cuenta Manuel Caballero. Ya entonces la “información veraz” preocupaba a quienes tenían que someterse al escrutinio de los periodistas. Pronto empezarían a solucionarlo de manera radical: Aquel que dijera algo que no le gustara al jefe o a sus colaboradores, iría preso sin contemplaciones.
Poco después la realidad pondría a prueba el sistema. El 25 de septiembre de 1909 Eleuterio García, tachirense y pariente de Juan Vicente Gómez, asesinó en la esquina de Carmelitas a Enrique Chaumer, concejal, intelectual y, sobre todo, hombre de una probidad intachable. Chaumer había denunciado públicamente a García por las irregularidades graves que éste cometió como administrador de rentas de la municipalidad de Caracas, irregularidades que habían sido descubiertas por Vicente Marturet, sucesor de García. Chaumer demostró en el Concejo la culpabilidad de García y eso le costó la vida. Tenía sesenta y tres años. El parentesco de García con Gómez, la irregular absolución del primo Eustoquio y la filiación liberal de Chaumer, además de su merecida fama de hombre honrado, hicieron del caso algo de primera importancia, y casi todos los periódicos lo comentaron hasta la saciedad. Sólo El Universal se abstuvo de convertir el tema en dominante. Gómez reacciona pidiendo la armonía y el apaciguamiento de la exaltación. Gómez es “el hombre de la paz. El hombre que no conoce enemigos entre sus compatriotas, que quiere gobernar con los mejores, cualquiera que haya sido su partido, incluso si ese partido era el de los anti-andinos de la Revolución Libertadora. Su único enemigo es Castro,” narra también Caballero. Esa tesitura durará hasta que esa libertad de expresión se oponga a los intereses inmediatos del jefe.
Una de las bases de esa Pax gomana es la preparación de la guerra (Si vis pacem, para bellum; o, para los puristas: si vis pacem, bellumpara), que en este caso es simple y sencillamente la posibilidad de guerras internas. Gómez, mediante su fiel seguidor Félix Galavís y con la ayuda del coronel chileno Samuel Mac Gill, traído al país especialmente para eso, creó la Academia Militar, para formar un cuerpo de oficiales profesionales, “científicos” les dirían en su tiempo, capaz de contrarrestar plenamente a los que como él y su compadre se improvisaron en la lucha más guerrillera que guerrera. Galavís y Mac Gill también organizaron el ejército nacional, que acabaría con las montoneras y, por ende, con los caudillos locales y las guerras civiles. Pronto fueron virtualmente ocupadas y desarmadas varias regiones del país y derrotadas todas las intentonas de viejo estilo, como las de Horacio Ducharne, Juan Pablo Peñaloza, Emilio Arévalo Cedeño, Patrocinio Peñuela, Rafael Simón Urbina, Gustavo Machado, José Rafael Gabaldón, Norberto Borges y unos cuantos más. Y la que más se prestaría a una novela de aventuras o a una película bien hecha: El triste intento de invasión de Cumaná a bordo del Falke, en el que participaron dos generaciones y muchos anacronismos, además de Román Delgado Chalbaud, Panchito Alcántara, José Rafael Pocaterra, Armando Zuloaga, Rafael Vegas y, desde tierra, Pedro Elías Aristeguieta y su familia. Con el Falke y el alzamiento de Gabaldón, ambos en 1929, finalizarían los últimos restos de una forma de hacer política en la nación venezolana. El general Gómez, para defenderse, había creado así, por vez primera y para siempre, la institución armada de Venezuela que tanto daño le ha hecho al país. Su período presidencial, de acuerdo a la nueva Constitución, sería de 1910 a 1914. Y en 1913 empezaron de verdad los problemas y se terminó la Alborada. La sucesión y el continuismo, las mismas enfermedades provocadas por el veneno de la ambición en Páez, en Monagas, en Guzmán Blanco, en Andueza Palacio, en Crespo, se convirtieron en el detonante de un cuarto de siglo de tiranía. La Alborada había sido un espejismo.
Sin embargo, independientemente de su condición de dictador, hay que reconocerle a Gómez su increíble habilidad para seleccionar gente capaz y ubicarla en puestos en donde rendirían grandes beneficios para el país. Tal fue el caso de Román Cárdenas (1862-1950), ingeniero tachirense a quien Gómez nombró Ministro de Obras Públicas en 1910 y en 1912 quiso designar Ministro de Hacienda. Cárdenas, antes de aceptar, pidió que se le permitiera estudiar lo relativo a las finanzas públicas en Londres, y así lo hizo antes de encargarse del Ministerio de Hacienda en enero de 1913. Fue el verdadero creador de la Hacienda Pública, y entre sus muchísimos otros logros está el haber establecido la unidad del tesoro y haber creado un fondo de estabilización macroeconómica que le permitió a país, entre otras cosas, no sufrir las consecuencias de la I Guerra Mundial, y que por mantenerse durante muchísimo tiempo sirvió también para palear las consecuencias de la Gran Crisis de 1929. La muy sana política hacendística de Cárdenas duró hasta la década de 1970, cuando la aparente bonanza petrolera acabó con la prudencia y catapultó el país hacia el desastre.
No hay que descartar, desde luego, lo que con mucho acierto señala Tomás Polanco Alcántara: La dictadura unipersonal de Gómez se inicia en tiempos en los que el idealismo del presidente norteamericano Woodrow Wilson pone en jaque a las dictaduras latinoamericanas, y buena parte de las acciones y omisiones de Gómez en esos años tienen esa causa. Esa situación hará crisis en 1917, en plena Gran Guerra, cuando, habiendo renacido el fantasma de las ganas alemanas de ponerse en la Isla de Margarita y ante la germanofilia de Gómez, la diplomacia venezolana tiene que hacer milagros, y los hace, para que el general tachirense no vea su país invadido y pueda seguir adelante, según Tomás Polanco Alcántara.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada
La Alborada del Tirano

 

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El Preludio de La Alborada

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Preludio de La Alborada

Parecería que uno de los objetivos de la “Aclamación” es el de enterrar la cabeza, como los avestruces, ante la realidad del país. Ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia, suspensión de servicios a causa de la deuda pública, una imagen horrible fuera de las fronteras. Todo conforma un cuadro nada halagüeño mientras se gastan recursos enormes en aquella absurda y falaz fiesta colectiva, en aquel “plebiscito” que anuncia, agorero, una caricatura que se producirá algo más de medio siglo después. Fiestas, óperas, arcos de triunfo, estreno de valses, toda una explosión de alegrías que no dicen nada. Ni podrán evitar lo que ya está en marcha.
No es sólo la caída política, sino la física de Castro, lo que aquellas falsas fiestas no podrán disimular. El doctor José Rafael Revenga, médico de cabecera del pequeño dictador, se volvió uno de los hombres más poderosos del país. A comienzos de agosto ya no era posible disimular que el hombre tenía los riñones en muy mal estado. Producto de sus excesos y sus locuras. Fue a Macuto a buscar una salud que lo había abandonado. Revenga lo acompañaba, e hizo viajar a Macuto varias veces a los mejores médicos disponibles. La economía de la nación se paralizaba día a día. Dependía en buena parte de la bacinica del señor presidente de la república. La política también. Y empezaron a perfilarse candidaturas, por si acaso. Gracias a la actitud altiva y digna de doña Zoila, Juan Vicente Gómez crecía. Cuando los ambiciosos y serviles se quedaban afuera porque el presidente no atendía a nadie, el compadre estaba adentro conversando con la señora. A Gómez, sin duda, lo había picado ya la extraña ponzoña que riega en las venas la ambición y hace que los hombres cambien, que se conviertan en personas distintas, capaces de traicionar a sus propias madres por alcanzar esa tal “gloria” que los hace verse héroes invencibles.
Había ya una guerra soterrada con múltiples formas de desarrollarse. Los tachirenses, quiérase o no, o son castristas o son gomistas. Y los demás tendrán que seguir a quien gane la guerra.
La fractura andina se hará ya inevitable, y hasta definitiva, con el llamado Movimiento de la Conjura. Porque es entonces cuando extraños hacen quebrar una amistad de años y siembran la desconfianza y hasta el odio entre dos compadres paisanos y coetáneos, que hasta entonces se habían complementado a la perfección. Los “conjurados” se han propuesto conseguir que, en caso de que falle la augusta ciencia de Revenga, no sea Gómez el sucesor de Castro, sino Panchito Alcántara. Los principales alentadores del movimiento, además de Panchito, son el propio Revenga y Román Delgado Chalbaud.
Las cosas se complican más aún con el asesinato del gobernador del Distrito Federal, Luis Mata Illas, margariteño nacido en 1865, que era médico y fue cónsul de Venezuela en Cúcuta cuando Castro estuvo exiliado, ocasión en la que se hicieron amigos. Después de ocupar varios cargos, entre los que llama la atención el que haya sido ministro de Obras Públicas, fue nombrado gobernador de Caracas. Fue uno de los más activos organizadores de la Aclamación de Castro, y quizá por ello lo buscó en un botiquín de Puente hierro Eustoquio Gómez, que gritaba vivas a su primo. Después de matar al gobernador, el primo del Vicepresidente, acompañado por una nutrida escolta de tachirenses armados, se fugó por los lados de El Valle. Poco después fue capturado y condenado a quince años de prisión, pero apenas estuvo en La Rotunda algo más de dos. Fue liberado por su primo hermano en 1909, mediante en viejo y actual recurso de influir en una decisión de la Corte Suprema (que anuló el veredicto de primera instancia) y con el nombre de Evaristo Prato, quedó encargado de una lóbrega prisión del Zulia, el famoso Castillo de San Carlos. Tales fueron sus desafueros, que debió dejar el cargo y refugiarse en Maracaibo. Luego será gobernador del Táchira, la tierra de los Gómez, en donde paralelamente hizo un gobierno de algún progreso material y de la más feroz represión, al extremo de que nuevamente su primo debió separarlo del cargo. En 1929, a raíz del alzamiento del general José Rafael Gabaldón, fue nombrado gobernador de Lara con instrucciones de no dejar títere con gorra. A la muerte de su primo, fue protagonista de uno de los hechos más importantes de aquel momento, del que hablaremos a su debido tiempo. En aquel febrero de 1907, al Gobernador Mata Illas lo sustituyó inmediatamente su segundo, el general Domingo Antonio Carvajal, que murió de un infarto a las pocas horas, en pleno velorio de su antecesor, por lo que el Gobierno designó Gobernador al Doctor Ángel Carnevali Monreal (que moriría preso en La Rotunda muchos años después). Circuló entonces en Caracas una divertida copla de humor negro, que decía: Mataron a Mata Illas / y se murió Carvajal; / y tenemos en capilla / a Carnevali Monreal.
Y quizá haya sido producto de aquel florecimiento de violencia la decisión radical de Castro de hacerse operar. El 9 de febrero de 1907 los doctores Pablo Acosta, José Antonio Baldó, Adolfo Bueno, Eduardo Celis, Lino Antonio Clemente, David Lobo y José Rafael Revenga tomaron en sus asépticas manos la vida de la nación. Con éxito. Pero apenas tres días después el enfermo decreta su propia muerte política cuando ordena, desde su cama el asesinato del general Antonio Paredes, el único enemigo que no le ha pedido cuartel, que ha sido apresado con quince oficiales en El Rosario, cerca de Morichal Largo, por los lados del Orinoco. Un extraño telegrama que dice DECADACTILO, UTERINO, DATA, INMINENCIA, OREBEL, DEBILMENTE, FUSTE, ABADEJO, PARURO, HUSMEO, SUBCLASE, OFRECIMIENTO. Aviseme recibo. HUSMEO CUÑA. D. y F. Cipriano Castro, fechado el 13 de febrero de 1907 se va a convertir poco después en la prueba central de que el presidente ordenó el asesinato. Vertido a lenguaje abierto el telegrama dice: Debe usted dar inmediatamente orden de fusilar a Paredes y su oficialidad. Avíseme recibo. Y cumplimiento. D. y F. Cipriano Castro. Otro telegrama miente al pretender que Paredes y los suyos intentaron escapar y murieron en el intento, como para ratificar que había culpa en quienes los mataron. Héctor Luis Paredes, hermano del general asesinado, no le tiene miedo al que mató a su hermano y se convierte en tenaz acusador del Cabito. En cierta forma se logra un equilibrio ante la historia, porque si valencianos fueron los del triste “Círculo” que encumbraron y desviaron a Castro, valencianos eran los hermanos Paredes, que desde un círculo de valentía lo bajaron de su ridículo pedestal. Y en ese camino, la figura de Juan Vicente Gómez empieza a crecer como el anti-Castro. Poco más de un mes después de su operación, el 18 de marzo, Castro está de nuevo en Miraflores. Pero en verdad no ha recuperado la salud. Ni la física ni la espiritual. Según Picón Salas, “parece un neurótico personaje de Suetonio; un César enfermo de fiebre y hastío.” Quizá lo persigue la maldición de Antonio Paredes. Pronto se formaliza la acusación ante la Corte Federal y de Casación contra Cipriano Castro “por el homicidio intencional ejecutado en la persona del general Antonio Paredes y de varios individuos de tropa en la madrugada del 15 de febrero de 1907.” Manuel Paredes, otro hermano de Antonio, lleva adelante el proceso, en el que se probará más allá de toda duda la culpabilidad de Castro, aunque formalmente no se le haga pagar condena alguna, salvo el terrible fracaso que desde entonces le pesará como un Potosí sobre su exilada y enferma cabeza.
No hay que perder de vista que Castro, lejos de representar un cambio de rumbo de la Venezuela del fin del siglo XIX, es la exacerbación de todos los vicios que tanto daño le habían hecho al país. No sólo no cumplió con aquellos de “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, sino que todo lo que hizo fue ratificar y hasta aumentar lo viejo. El sencillo y centrado Juan Vicente Gómez se fue convirtiendo, poco a poco, en algo así como la antítesis de Castro, y ello explicado mucho de lo que pasó entonces.
Pésimas relaciones con el extranjero, un brote de peste bubónica, la supuración renal de Castro, jalonan el año de 1908. Parecería como si su buena suerte se hubiera alejado para siempre. Doña Zoila insiste en que su marido debe ir a buscar salud a otras latitudes y dejar al compadre, que es andino y no centrano, a cargo de la ponzoñosa silla. Cuidándosela para cuando regrese ya curado. Y el 24 de noviembre de 1908, a bordo del buque francés “Guadaluope”, el Cabito parte rumbo a Europa. A despedirlo baja hasta el “Zig-Zag” de la carretera el compadre Juan Vicente. El Cabito ha dejado públicamente sus instrucciones: “Rodeadlo y prestadle vuestra consideración como si fuera a mí mismo, y habréis cumplido con vuestro deber.” Gómez, de quien se afirmaba que cuando un tachirense iba a quejarse de algo que le habían hecho Castro o los “centranos” le decía: “Esta la ganamos de a pa’trás, ya las ganaremos de a pa’lante”, el 19 de diciembre de 1908, cuando se completó el proceso de desplazamiento de su compadre, las ganó todas de a pa’lante. La excusa, si es que la hubo, fue un telegrama apócrifo que se dijo le había dirigido Castro a Pedro María Cárdenas, gobernador del Distrito Federal, con un texto que, evidentemente, no se parece a los de Castro: La culebra se mata por la cabeza. Todo indica que en ningún momento Castro envió el mensaje, y aun si lo hubiese enviado, ¿por qué ese refrán tan común y campesino tenía que ser una orden para que se asesinara a Gómez? Se ha dicho que quien dirigió aquella conspiración, quien llevó de la mano a Juan Vicente Gómez a la silla, fue su tío José Rosario García Bustamante, cucuteño, hijo legítimo de su abuelo paterno, abogado y sibilino, y tres años menor que su sobrino, puesto que nació en Cúcuta en 1860. Fue buen asesor de Gómez, aunque posiblemente se haya exagerado en cuanto a la influencia que en realidad ejerció. Pero, en cualquier caso, parece ser que sí fue él quien inventó el famoso telegrama ofidio.
Cierto o falso el telegrama, real o imaginaria la amenaza de Castro, Juan Vicente Gómez, compadre, amigo y sucesor de Castro que apartó del camino con muchas dudas, el 19 de diciembre de 1908 a su amigo, compadre y antecesor. Seis días antes, como parte de ese proceso hamletiano y en medio de las presiones que lo conminaban a dar el gran paso, prácticamente fue obligado a salir al balcón de la Casa Amarilla porque en la plaza el pueblo se había concentrado para auparlo y a rechazar al viajero, y que entonces pronunció el discurso más breve que haya dicho un político en Venezuela. La parquedad del discurso (¡Pues cómo le parece a los amigos que el pueblo está callado!, según Pocaterra, o El pueblo está en calma, el pueblo está tranquilo, según otros (Manuel Caballero), puede haberse debido a esas dudas, a ese no decidirse a darle el zarpazo a Castro, no sólo porque era su amigo y su compadre, su pariente espiritual, sino porque no dejaba de tenerle respeto a la habilidad de aquel que sabía capaz de urdir cualquier trama, y todo podía ser una celada. “El pueblo está callado”, o “el pueblo está tranquilo”, aun cuando Leopoldo Baptista y Juan Pietri hacían de Madariagas e incitaban a ese pueblo a manifestar el apoyo que ellos aseguraban tener, bien podría indicar que no veía ese entusiasmo del que le habían hablado los conspiradores. Los testimonios que hay sobre el momento no son muy de confiar y es algo que no podrá saberse jamás, pero que fue, como dice Manuel Caballero “uno de esos momentos decisivos en los que nadie quiere decidirse.” Dado el golpe, ganado todo de a pa’lante, para facilitar el reconocimiento exterior, discretamente hace llegar a la Corte Suprema el material sobre el intento de asesinato dispuesto por Castro y acelera el proceso que se le sigue al viajero de Berlín por el asesinato de Antonio Paredes. La Corte (no será la primera ni la última vez) obedece al jefe del ejecutivo y pronto la destitución de Castro estaría arropada por un manto de legalidad. Y hasta se le dictará auto de detención al hombre de los riñones supurantes, que ya ha sido suspendido del cargo de presidente, por el homicidio del honorable y valiente general asesinado en el Orinoco.
Consumado todo, mucha gente creyó que la luz había vuelto al país, entre ellos Rómulo Gallegos, sus amigos, y el gobierno de los Estados Unidos. En el Superego de los venezolanos había un rechazo al militarismo (Ya Venezuela no quiere guerra / porque esta tierra se va a arruinar…), y a Gómez, a pesar de su título de general, no se le percibía como un militar, sino como una ganadero, una hacendado parco en palabras y fértil en hijos (97, y hasta 100, dicen que tuvo, y llevaba un registro casi contable de todas las mujeres con las que tuvo relaciones, indicando en cada caso los hijos que le habían dado), la contrafigura de Castro, que desde entonces y hasta su muerte, que fue en Santurce, Puerto Rico, el 5 de diciembre de 1924, vagó como un ánima en pena perseguido por la saña de los norteamericanos, los europeos y su compadre y trató por todos los medios de explicarse, de hacerse ver como el que quiso salvar a la América humana sin que lo dejaran.
Y en verdad los primeros días de Gómez fueron de equilibrio y hasta de luz. Por esas extrañas piruetas de la política, en su primer gabinete había viejos castristas, viejos gomistas, liberales amarillos, mochistas, personajes de la “Revolución Libertadora” y hasta integrantes de la célebre “Conjura” (nada menos que Panchito Alcántara). Bien se podía hablar de una auténtica reconciliación nacional que se hacía, además, en medio de un ambiente de libertad de prensa y de tolerancia. Volvían los exilados, salían los presos de las cárceles. Todo era sonrisas. Se conjugaban el deseo de paz (Ya Venezuela no quiere guerra…) y el contraste de personalidades existente entre Gómez y Castro.
Prácticamente todo el mundo estaba convencido de que Venezuela había logrado la perfección: el gobierno de un padre sabio y bondadoso. Pocos, muy pocos, fueron los capaces de prever lo que se les venía encima.
La Alborada, que fue como calificaron Rómulo Gallegos y sus amigos aquella Luna de miel inicial, pronto se convertirá en antesala del infierno, cuando el hacendado, el kulak de La Mulera, haga del país su feudo.
La diosa Caudilla, llamada también Ambición, volvía a triunfar en el Olimpo venezolano.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
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En la cumbre de la guerra y de la paz
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La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
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El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
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El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada

 

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La guerra con Colombia

por Gonzalo PALACIOS G.

VENEZUELA XXI: La Revolución de la Estupidez es el título del libro más reciente de Gonzalo Palacios Galindo. Lo que sigue es continuación de VENEZUELA XXI: CHÁVEZ Y SUS ARMAS NUCLEARES (LITERANOVA, 20 febrero 2010).

Como decía más arriba, la ESTUPIDEZ se cura en silencio, adueñándonos de la Realidad a nuestro alrededor por medio de la acción del intelecto, que es una actividad espiritual, es decir, del alma (psyche) y no del cuerpo (soma). El cuerpo hace todo tipo de ruidos cuando funciona (bien o mal); no así el alma. Los ruidos del cuerpo interrumpen las actividades del alma. Buscar la incógnita de una simplísima ecuación (2x=4), la respuesta a una fácil pregunta de literatura (¿Porqué no especificó Cervantes el “lugar de la Mancha”?), o la fecha en la que Bolívar tiró la toalla (“he arado en el mar”) implican un breve momento de silencio en el que nuestro intelecto encuentra la solución archivada entre las neuronas cerebro.1 Basta que alguien pee en ese instante, así sea el que está pensando, para que esa acción somática interrumpa el silencio de la psíquica, ya sea por su ruido o por su olor. En tal caso, se deshace el proceso curativo de la inteligencia y se afianza aún más la ESTUPIDEZ. Así le ocurre a Hugo Chávez en relación a Colombia:
“Cada vez se está hablando más de una posible guerra con Venezuela. ¿Cómo se llegó a semejante insensatez?”2

Se ha escrito hasta la saciedad sobre el estado mental del dictraidor Chávez, que si sufre de paranoia, de delirios de grandeza, complejos de inferioridad o superioridad, esquizofrenia, demencia, o, como decimos los viejos venezolanos, que “perdió la chaveta:” simplemente es un ESTÚPIDO. Cuando las relaciones entre los dos países se reducen a las comerciales, por las que todos nos beneficiamos, la tranquilidad reina en la frontera colombo-venezolana. Recuerde el lector que la ESTUPIDEZ no soporta el silencio ni la tranquilidad que nos permite pensar; entonces el nuevo “cabito” de la VENEZUELA XXI, abatido por la enfermedad que lo acosa, la ESTUPIDEZ crónica, grita y vocifera que vamos a la guerra con nuestros hermanos colombianos 3. Suenan las armas, se escucha el ruido de los aviones, del temblor de los tanques de guerra, y hasta un mal entonado Himno Nacional interrumpen el silencio de la paz auténticamente bolivariana, esencial para curarnos en salud. La ESTUPIDEZ del dictraidor contagia al que fuera un bravo pueblo:
¿Guerra con Venezuela? Hasta hace muy poco esa noción era totalmente absurda para cualquier colombiano. Un conflicto armado con un país hermano con el cual se tiene una dependencia comercial y vínculos históricos que datan desde la independencia, no tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, al comenzar 2010 ese imposible comienza a ser objeto de discusión. Y sin que nadie entienda muy bien por qué [la definición de ESTUPIDEZ], en los últimos días se está hablando más y más de guerra.4

Hugo Chávez, un ESTÚPIDO no puede regir a Venezuela: ¡RENUNCIE YA!

Las actuaciones del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela son las de un ESTÚPIDO a quien le “falla el coco”. Todos esos artículos escritos por médicos psiquiatras 5, por psicólogos y por reconocidos intelectuales venezolanos y extranjeros prueban claramente que “Chacumbele” 6 dejó de razonar, que ya no entiende ni su propio discurso pues lo contradice casi a diario.7

DEPENDER: INDEPENDENCIA y DEPENDENCIA de la ESTUPIDEZ.

Hablemos un poco sobre Bolívar. Mi primo cuarto de pendejo no tenía un pelo; lamentablemente, como muchos oligarcas, por flojo y díscolo permitió que su inteligencia dejase de funcionar en numerosas ocasiones. ¿De qué o de quiénes dependía la ESTUPIDEZ de Simón Bolívar y la frecuencia de sus manifestaciones? Sí, amigo lector, el Padre de la Patria cometió tamañas ESTUPIDECES que legó a quienes nos consideramos sus descendientes. Sin tener los conocimientos científicos para identificar cabalmente las razones por las cuales el cerebro de este gran hombre dejase de funcionar de vez en cuando y de cuando en vez 8, podemos afirmar que desde niño la personalidad de Bolívar era tipo Alpha 3. 9


Ingenio de Bolívar,
San Mateo, Estado Aragua.

La muerte de su esposa, la joven española María Teresa Toro (1803), lo obligó a guardar un breve y doloroso silencio durante el cual Don Simón ejercitó su cerebro y llegó a conclusiones inteligentes y hasta sabias (juramento en el Monte Sacro, 1805). Estaba en Francia cuando la cacofonía de los triunfos militares de Napoleón quien en 1805 había cometido las ESTUPIDECES de auto-coronarse, y de instalar a su hermano José como rey de España, en lugar de informar al joven viudo lo que hizo fue aturdir el cerebro del Libertador. El hecho es que al regresar a Venezuela (1807) no ejecutó su promesa de “no descansar” hasta ver la libertad de su tierra natal y más bien evitó involucrarse en el quehacer político y militar que había iniciado Miranda desde 1806. Tampoco participó nuestro Héroe en la Conspiración de los Mantuanos en Caracas (1808), refugiándose en su hacienda en San Mateo (Estado Aragua) hasta verse obligado a seguir los consejos de sus maestros Andrés Bello y Simón Rodríguez de dedicarse a la causa de la Independencia.

1 “El pensamiento supone siempre un repliegue, un retraimiento o retiro a las soledades de uno mismo, a su intimidad silenciosa,” Julián Marías, El Oficio del Pensamiento, Austral, 1969, pag. 12.

2 Así abre BOMBA DE TIEMPO, excelente artículo, en Semana, 12/01/2010.

3 BOMBA DE TIEMPO: “El primer interrogante es si Chávez está loco o no. Según Néstor Marchant, presidente de la Asociación Argentina de Siquiatras, en entrevista con La Noche, el Presidente de Venezuela “no es un alienado mental. Que se hace el loco, sí, se hace el loco, pero no entra en la categoría de alienado mental. Donde sí entra es en la sicopatía de los trastornos suaves o graves de la personalidad".

4 Ibid.

5 Por ejemplo: “Los PSICÓPATAS CARISMÁTICOS: son mentirosos encantadores y atractivos. Por lo general están dotados de uno u otro talento, y lo utilizan a su favor para manipular a otros. Son generalmente compradores, y poseen una capacidad casi demoníaca de persuadir a otros para que abandonen todo lo que poseen, incluso hasta sus vidas. Los líderes de sectas o de cultos religiosos, por ejemplo, podrían ser psicópatas si conducen a sus seguidores a causar su propia muerte:” Robert Hare, siquiatra. Dudosa proveniencia, el autor.

6 “Cuando desde TalCual lo apodamos “Chacumbele” queríamos subrayar que, como en la guaracha cubana, “él mismito se mataba", con su incapacidad, su irresponsabilidad y sus desatinos. Lo hemos hecho para mostrar el camino del barranco en el cual terminaría por hundir al país de continuar administrando con tal falta de sindéresis.” Teodoro Petkoff.

7 El 15 de enero del 2010, ante la Asamblea Nacional, “Chacumbele” declara que en su Gobierno “no están dispuestos “a callar ante la arremetida de un grupo de obispos en Venezuela”, que se subordinan a la “burguesía venezolana…” y a continuación contradice el ataque a la Iglesia: “Esta revolución es profundamente cristiana”. El 17 de enero, en “ALO Presidente” Chávez plantea un argumento para expropiar un importante centro comercial que contradice el motivo que dio para su expropiación inicial ya que señaló que, como centro comercial, causaba daños urbanísticos en la zona de la Candelaria. La instalación de Comerso generaría el mismo supuesto problema.

8 “…la infrecuencia del pensamiento lo hace cada vez más infrecuente;” Marías, op. cit. pag. 16.

9 El tipo con personalidad activa/práctica siempre está ocupado con varias actividades y o con la búsqueda de metas al mismo tiempo. Es una personalidad con poco interés por los sentimientos de los demás. Tienden a ser super-ejecutivos sin importarles las reglas y normas burocráticas. Sacrifican amistades y relaciones personales por dedicarse a su trabajo. Son personas intensas a quienes les gustan los desafíos y se fastidian a menos que confronten relaciones dinámicas y cambiantes. Los hombres con personalidad tipo A-3 dan por alto sus relaciones personales. Psychology of Relationships by Roger Moore.

Capítulos publicados:
VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ
VENEZUELA XXI: Chávez y sus armas nucleares

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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La Cordillera Partida

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Cordillera Partida

Juan Vicente Gómez, el tercero de los “cuatro ases” de Francisco Herrera Luque (los otros son Páez, Guzmán Blanco y Betancourt) nació oficialmente el 24 de julio de 1857. Uno de sus mejores biógrafos, Manuel Caballero, lo pone en duda, o lo convierte en tema de discusión con razones bastante sólidas. Esa fecha se haría muy importante para el modus vivendi de los adulantes, al extremo de hacer cambiar una antiquísima costumbre: la de celebrar el santo, puesto que antes de que los incensadores de Gómez impusieron el 24 de julio como fecha natal del Libertador, la importante era el 28 de octubre, día de San Simón, que era la que el propio Bolívar y sus amigos y parientes celebraban. Para exaltar la coincidencia de días se dejó de lado la costumbre y se adoptó la nueva, apoyada en la adulancia a Gómez. Y a los norteamericanos.
Su infancia y su juventud fueron las normales de un propietario rural de la zona fronteriza entre Venezuela y Colombia. Tenía parientes y amigos a ambos lados de la frontera y se ganaba la vida vendiendo los productos de sus tierras, que heredó a los veintidós o veintitrés años de su padre, Pedro Cornelio Gómez, que era hijo natural de un colombiano, José Rosario García Bustamante, quien a su vez era sobrino de un prócer de segunda línea neogranadino. Junto con las tierras, Gómez heredó la responsabilidad de ser jefe de familia y producir para el mantenimiento de la madre y ocho hermanos (Indalecia, Juancho, Elvira, Regina, Ana, Pedro, Emilia y Aníbal). Tenía cerca de treinta años cuando conoció a Castro, que ya se había convertido en un personaje local y localista, y aún tardó varios años en entrar en la política (que en ese tiempo era casi sinónimo de guerra) como firme y fiel segundo del Cabito. Su “bautizo de fuego”, que fue en la bellísima ciudad de Colón, al Norte de San Cristóbal, se produjo a los treinta y cinco años, y su camino en firme hacia el poder, cuando ya su entorno excitó abiertamente su ambición y ya pasaba largamente los cuarenta.
El joven Gómez apenas recibió una educación elemental, pero no era, como quisieron hacer ver sus enemigos políticos, analfabeta. Caballero le atribuye “una letra clara, firme y vigorosa, incluso al final de su vida, aunque su ortografía y su sintaxis sean pésimas.”
Como hemos podido ver, Juan Vicente Gómez acompaña a Cipriano Castro en toda su gran aventura, desde el exilio hasta el Capitolio Nacional en Caracas. En febrero de 1901, cuando la asamblea nacional constituyente aprueba la constitución castrista, designa a Cipriano Castro presidente de la república, a Ramón Ayala primer vicepresidente y a Juan Vicente Gómez segundo vicepresidente. Jerárquicamente, su compadre ha puesto a un general liberal, guzmancista, continuista y que a última hora se unió a la “restauración”, nacido en Falcón en 1850, por encima de Gómez. Un mes después Castro corrige el desaguisado y nombra primer vicepresidente a Gómez, pero sabe que es algo transitorio, y en julio el hombre de la Mulera deja su cargo, pero no su posición de segundo hombre del régimen. Pronto tendrá otros bastante más importantes.
Mucho se ha hablado del proceso que llevó a Gómez a tumbar a Castro. Se ha dicho que Gómez actuó agazapado y de acuerdo a un plan. Se ha dicho que Castro humilló a Gómez y generó en él un resentimiento que se materializó en el golpe de mano. Se han dicho demasiadas cosas para explicar algo que no necesita explicación. Manuel Caballero sostiene una tesis que es, por decir lo menos, muy atractiva: “Gómez y Castro no son dos personas diferentes: Son una sola.” Tomás Polanco Alcántara (Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía, Ediciones Ge, C.A., Caracas, Venezuela, 1995), por su parte, describe con mucha agudeza el proceso del montañés que sabe esperar a que pase la neblina y no se precipita nunca, que es, en realidad, lo que hizo Gómez en ese complicado período de espera, de cacería, de búsqueda.
Castro, que era unos meses menor que Gómez, lo consideraba su hombre de confianza, su discípulo y su amigo, pero siempre su subalterno, su segundo. Gómez, a pesar de ser unos meses mayor que Castro, lo consideró su maestro, su mentor, su superior, durante mucho tiempo, hasta que cambió y resolvió dar el paso adelante y desplazarlo. Muchos fueron los factores de ese cambio, pero creo que el más importante fue el concepto que uno y otro tenían de los andinos. Hay muchas manifestaciones de esas ideas, entre las cuales es especialmente importante la contenida en la correspondencia de Gómez a Castro durante el ejercicio del poder local de Gómez Táchira, cuando se atreve a colocar a Castro en la disyuntiva de escoger entre él y Celestino Castro, hermano de Cipriano y enemigo de Gómez. Allí Gómez no sólo expresa opiniones propias y, como dice Caballero, se pone de igual a igual con su compadre, sino que demuestra que, para él, el tachirismo es un partido político que genera obligaciones. Castro, que había dicho “no cobro andinos ni pago caraqueños,” no prefirió a los andinos para gobernar. Al contrario, se apoyó en caraqueños y “centranos”. Gómez, en cambio, tenía a los andinos por mejores, por superiores al resto de los venezolanos. Es obvio que le molestaba que su compadre gobernara con los no andinos y en muchas formas lo manifestó, con el resultado de que se convirtió en el jefe de la mayoría tachirista cuando los andinos se dividieron. Cuando volvió al Táchira como jefe civil y militar, después del triunfo de la “restauración”, no se cansó de proclamar su tachirismo, y ese tachirismo fue creciendo en la medida en que su compadre y mentor le iba encomendando misiones. En todo informe que pasa al gobierno, Gómez destaca a los tachirenses por encima de todo. Por cierto que aquí se nos presenta otra de esas paradojas que jalonan la historia de quinientos años de Venezuela: Gómez fue el que integró al país, no solamente por medio de las vías de comunicación, sino que un poco al estilo de los tiempos más antiguos, movió poblaciones y repartió andinos por todo el territorio; pero, paralelamente, creó una grave división entre andinos y no andinos, entre tachirenses y el resto de la población. Ese tachirismo tendrá graves consecuencias para el país, no sólo durante la vida de Juan Vicente Gómez, sino hasta después de su muerte: en 1945 y en 1952. Y hasta en 1992.
En otro plano, los triunfos de Gómez contra la “Libertadora”, exaltados por el propio Castro, le dieron a Gómez una dimensión que muchos quisieron y supieron explotar. La quisieron explotar los gomistas para llevar a la cumbre a su jefe y la quisieron explotar los castristas para adular al suyo y tratar de apartar del camino al otro. La más clara manifestación de lo segundo fue la “Aclamación” de Castro, que en cierta forma fue el punto de partida para que se cumpliera lo primero.
La historia de la “Aclamación” de Castro es caricaturescamente simple y se parece a cualquiera de las otras “aclamaciones” que se han producido en el mágico mundo de nuestra América humana: un Cipriano Castro física y realmente enfermo, pero rodeado de adulantes y trepadores, decidió dejar por un tiempo la presidencia y encargar a su compadre del cargo. El 9 de abril de 1906 anunció, mediante una alocución pública un tanto decimonónica y cursi, que se veía en el “imprescindible caso, para la conservación de mi salud quebrantada, de separarme de la Primera Magistratura”, por lo que llamaba “al ejercicio del Poder al señor general Juan Vicente Gómez, meritísimo ciudadano, de virtudes cívicas conocidas, que en mi ausencia llenará a cabalidad los deberes de mi cargo.” Todo lo cual se ve coronado con una lacrimoso y pedantísimo autoelogio en la más pedestre de las prosas: “Quien así ha laborado tiene derecho aunque sea a un ligero descanso el cual no puede verificarse sino en el seno del retiro y de la soledad.”
El 10 de abril en el primer tren partió, como un ciudadano cualquiera y ligero de equipaje, desde la estación de Palogrande rumbo a Los Teques. El general Gómez fue a despedirlo sin pompa alguna. Castro era un pasajero más en aquel tren que iba por túneles y barrancos, subidas y montañas, al pueblo salutífero que después será capital del estado Miranda y finalmente perderá su perfil y hasta su clima al convertirse en ciudad dormitorio de Caracas.
Picón Salas, en un arranque que tiene mucho de humor del bueno, lo pinta en busca de los balsámicos efluvios de los pinares tequenses; el oxigenado aire fresco que le evoca el de sus montañas de Capacho; la larga siesta al Sol en el corredor enladrillado mientras la vista se fuga deleitosamente por el dorado horizonte de colinas, y el festival de luz, música y frescura que esparcen por el patio los verdes helechos, los bravos turpiales cantores de la pajarera, las trinitarias y el vivo manchón de orquídeas que se revientan y parecen volar como pájaros, a lo que agrega una bonita pizca de mala intención para ponerlo a oír en el fonógrafo “de corneta” un fragmento de zarzuela o cierta canción que le recuerda los melancólicos bambucos de su juventud:
Pajarillo errante que anda perdido
que anda perdido, que anda perdido.

Pero el cuadro bucólico se rompe rápidamente cuando interviene la malvada diosa política con sus sacerdotisas, la ambición y la codicia y siembran, para cosechar ganancias, la discordia. El “Círculo valenciano”, que ha ido ampliándose hasta convertirse en “Círculo centrano,” (dice Manuel Caballero) empieza a calentarle la oreja a su jefe, oreja que debe haberse enfriado por el clima de Los Teques. Empieza a rumorearse que la enfermedad de Castro puede ser más grave de lo que se ha dicho, y a plantearle al enfermo que su compadre está agazapado y forma su propio ejército político. Castro, cansado del eglógico paisaje tequeño se muda a La Victoria, y con él se mudan las intrigas. Se comenta que Gómez cambió gabinete y puso de ministro del interior a Leopoldo Baptista. Algo hay detrás de aquello. Se habla también de que Gómez está acopiando material bélico quién sabe con qué propósitos.
Y el 23 de mayo, glorioso aniversario de la invasión de los sesenta, estalla la tragicomedia. Circula un volante firmado por Castro con el título de Ofrenda a mi Patria, en el que entre otras cursilerías dice: “La fatiga necesaria y hasta el hastío, si así se me permite decirlo, me obligaron a separarme transitoriamente del Poder, única y exclusivamente con el objeto de adquirir un reposo indispensable a mis fuerzas y ánimo un tanto decaídos” (pero la gratitud de los pueblos) “no se hizo esperar en el sentido de excitarme a volver lo más presto posible a regir los destinos de la república.” La petulancia y la prosa ramplona se mezclan explosivamente en una pésima imitación de Bolívar, cuando dice: “si mi retiro que acaso pueda ser temporal, contribuye a la unión y confraternidad de todos los venezolanos, para el completo engrandecimiento de la Patria,” está dispuesto a prolongarlo. Y el dardo contra el compadre y su grupo, su propio partido, viene en seguida, cuando plantea que todo ese amor de los pueblos y ese efecto hacia su persona debe herir “susceptibilidades cuyo desarrollo podría traer consecuencias fatales y acaso hasta la paralización de la Causa de la Restauración y con ella la de la República.” Cerca del mediodía de ese 23 de mayo de 1906 se produce la mascarada organizada por Panchito Alcántara, presidente de Aragua e hijo del “Gran Demócrata”. Desfiles, cursísimos discursos de Ramón F. Bastidas, M. E. Toro Chimíes y dos hombres del pueblo. El Concejo de La Victoria convoca a todos los de la república a realizar un plebiscito para exigir al héroe de Tocuyito y La Victoria que regrese a su puesto, que se siga sacrificando por la patria, et-cétera & compañía.
El 28 de mayo Gómez invita a Castro a un almuerzo en Los Teques para fundir todo aquello en un nuevo abrazo viril. El 27 Castro había llegado al extremo teatral y ridículo de ofrecerse como secretario de Gómez. Gómez quiere que se encuentren “sin doctores”, y sin “centranos”. Castro evita la confrontación y ni siquiera le contesta a su compadre, y ante aquella realidad Gómez reacciona con inteligencia: decide movilizarse a La Victoria acompañado sólo con su edecán, el también tachirense Félix Galavís, y, como dice Picón Salas, “Allí se perfecciona la gran farsa nacional de la Aclamación.” El ahora aclamado de los pueblos regresará a la presidencia luego de que se lo “rueguen” las asambleas legislativas y los ayuntamientos, amén de centenares, miles de particulares. Y hasta el presidente encargado, su compadre Juan Vicente Gómez. En La Victoria se concentra aquella apoteosis de la adulación, con las inevitables cursilerías de Toro Chimíes y de muchos otros que cantaban loores al héroe, al caudillo indispensable. Se equivocó, definitivamente, don Jorge Manrique: Cualquiera tiempo pasado no fue mejor.
Para Manuel Caballero Gómez salió humillado y fortalecido a la vez, y lo demostró en 1908, cuando se fracturó la cordillera del Táchira.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida

 

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Venezuela XXI: Chávez y sus armas nucleares

por Gonzalo PALACIOS G.

¿Habrase visto ESTUPIDEZ más grande, Venezuela con armas nucleares? 1


¿Caracas? ¿Qué necesidad tienen de armas
nucleares?

Tan sólo desear que la nación adquiera la capacidad tecnológica de asesinar a cientos de miles de seres humanos, hermanos y hermanas en nuestro propio país y en los vecinos, es desearle el peor de los males a la Patria. Si se tratase de una familia, abuelos, padres y cinco hijos, es como si la abuela tomara en sus manos una ametralladora, lista para disparar. Había sido un regalo para que se defendiera de los “malandros”. Sólo que ahora la abuela sufre de demencia senil y ya ni sabe quién es ella ni los miembros de su familia. “¿Para qué servirá esto?” se pregunta la anciana en su aposento y lleva el arma al comedor donde el resto de su familia está a punto de almorzar. “Miren esto,” dice la viejita y al levantarla, el arma se dispara matando o hiriendo a más de uno…

Quizá Chávez no sufra de demencia senil pero la ESTUPIDEZ le robó la capacidad de pensar lógicamente desde muy temprana edad. Como la viejita del cuento, el dictraidor venezolano no se conoce a sí mismo por lo menos desde que era un adolescente: no supo decidir si tenía condiciones para ser beisbolero, o cantante popular, o agricultor, o soldado. Con su cerebro ya afectado por la ESTUPIDEZ, es evidente que Hugo Chávez se aleja cada día más de la realidad. Ahora confunde mesianismo con narcisismo, patriotismo con subversión, audacia con temeridad, a sí mismo con personalidades de la historia universal.2 Ni del dictraidor ni de sus compinches podemos esperar un comportamiento guiado por la inteligencia y la voluntad iluminadas por la Verdad (la expresión espacio-temporal de la Realidad).

Un aspecto de la Realidad, siempre presente, es que la autoridad (moral) puede conferir poder (militar, por ejemplo) pero lo contrario es una ESTUPIDEZ. Es decir, el poder no confiere autoridad, sino temor y terror. El Autor de la Realidad (la/el/lo Presente) que experimentamos, permanece presente en toda nuestra existencia temporal. El Presente (Autor) nos mantiene en el movimiento del espacio-tiempo (la Creación) producto de su voluntad creativa. Quien desee armarse – nuclear o convencionalmente – no sabe distinguir entre el poderío (militar, temporal, material) y la autoridad (moral, eterna, espiritual). Del poderío resulta la opresión: de la autoridad, la libertad de lo creado. Ninguna nación (ente creado, temporal y material) tiene Autoridad (ente Creador, eterno, espiritual) para causar la muerte a sus congéneres, inocentes o criminales. El poderío de una nación no es otra cosa que su capacidad de opresión y de eliminar la libertad: los ESTÚPIDOS lo confunden con la Autoridad, la cual confiere libertad a los ciudadanos. Quienes sostienen que una sociedad o su gobernante tiene autoridad sobre la vida y la muerte de sus conciudadanos han dejado de pensar lógicamente y cometen una grave ESTUPIDEZ. Sobre la vida y la muerte de los seres humanos no tiene autoridad ningún gobierno nacional, que sí tiene el poder de promover su bienestar o de condenarlos a muerte. Solamente el Autor del proceso creativo, la Evolución Cósmica, que literalmente anima a cada ser humano, tiene autoridad sobre la vida y la muerte de sus criaturas. No existe raciocinio válido que concluya en la pena capital o que justifique la guerra en el siglo que vivimos. La inutilidad de algunos sistemas de justicia contemporáneos hace que los ESTÚPIDOS sean incapaces de reconocer la venganza o la injusticia. Le cambian el nombre, pensando que ese truco semántico justifica sus ESTÚPIDAS acciones (la pena de muerte y la guerra): civil justice (en Estados Unidos), sharia (mundo islámico), ley del talión (tradición judía), o confunden la ira (deseo de venganza) con la pasión erótica (deseo de amar).

En suma, ni en Venezuela ni en ningún otro país se nos garantiza la paz ni el bienestar social con el poderío de las armas. Mientras más capacidad de opresión adquiera un gobierno, menos libertad tendrá la ciudadanía y menos dinero se podrá invertir para eliminar la ESTUPIDEZ. La educación y la alimentación son instrumentos esenciales para que la nación regrese a la cordura, para que el pueblo deje de creer las ESTUPIDECES que dictraidorzuelos como Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Fidel Castro confunden con la Realidad. ¡¿Habrase visto ESTUPIDEZ más grande que Venezuela con armas nucleares?!

1) “Los acuerdos secretos entre Chávez y Ahmadineyad […] encaminado al desarrollo de armas nucleares para los arsenales de ambos países.” Carlos Alberto Montaner, “La Amenaza Chavista.”

2) “La gran frustración de Chávez es su ineptitud como militar, la profesión con la que sustituyó su deseo de llegar a la Grandes Ligas o de convertirse en animador de TV o en actor de teatro. Su fracaso como militar, a pesar de haber llegado a la presidencia, lo atormenta. Paracaidista al que tuvieron que dar una patada en el trasero para que se lanzara del avión. Burla de todos sus compañeros. Golpista frustrado en una operación militar que, afortunadamente, fracasó gracias a su ineptitud militar y a su cobardía personal.” EL PATTON DE SABANETA, Joaquín Chaffardet

Capítulos publicados:
VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

El punto más bajo y más alto del gobierno de Cipriano Castro es la Revolución Libertadora, de la que puede decirse que fue de victoria en victoria hasta la derrota final. El solo inicio de las acciones bélicas ya da mucho que pensar: el banquero, político y hasta militar Manuel Antonio Matos, casado con María Ibarra Urbaneja, hermana de Ana Teresa Ibarra Urbaneja, la esposa de Guzmán Blanco, y nacido en 1847 en una hacienda de su padre en la zona de Carabobo, fue un hombre de mérito, pero, como el general Paredes, de mala suerte. Por lo menos en cuanto a su figura histórica. Molesto con Castro luego del incidente en que los banqueros fueron exhibidos como monos de circo, y acicateado por las infaltables fuerzas ocultas de los Estados Unidos y otras potencias, se dedicó a organizar partidas de billar en su casa de Caracas o en la que tenía en Macuto, muy cerca de La Guzmania, y en ellas fue reclutando gente para su causa, muy especialmente caudillos militares derrotados, caudillos de provincia y personas ligadas a las altas finanzas, con lo que logró uno de los ejércitos más disparatados que pueda uno imaginar. Aquella “revolución” podría haber sido una más entre muchísimas, a no ser porque estaba impulsada por la General Asphalt, a través de su filial venezolana, New York and Bermudez Co., que otorgó a Matos un crédito blando de ciento cuarenta y cinco mil dólares, de los cuales éste utilizó cien mil para comprar un barco, el Ban Righ, por medio del colombiano Rodolfo de Paula, que le sirvió de testaferro. A la empresa americana se sumaron, entre otras, la Compañía Francesa del Cable Interoceánico y la alemana del Gran Ferrocarril de Venezuela, que darían apoyo logístico al movimiento. Ello, evidentemente, significa que, conscientemente o no, Matos no era otra cosa que una pieza en el juego de ajedrez de quienes se preparaban a convertir al país en parte de algún auténtico imperio. Para la operación Matos requirió la colaboración del gobierno colombiano, que hastiado de las locuras de Castro y en pago al intento de invasión por La Guajira, se prestó a decirle a los ingleses que sí eran ellos los compradores del barco, pues a las autoridades londinenses no les gustó nada aquello de que en el Victoria Dock de Londres se convirtiera un simple carguero de 1.500 t., construido para la Aberdeen Steamship Company, en buque de guerra. Así, con una tripulación bajo engaño y a cargo del capitán C.L. Willis, que tampoco sabía la verdad, el Ban Righ se hizo al agua el 21 de noviembre del año 1901, para navegar hacia Colón, en Panamá, con un toque previo en Amberes, Bélgica. En ese puerto recibió una carga de doscientas sesenta y tantas toneladas, y cuando el capitán Willis descubrió que se trataba de armas y municiones estuvo a punto de crear un incidente serio, a pesar de que De Paula le aseguró que se trataba de un cargamento comprado por el gobierno colombiano para proteger la zona del futuro Canal de Panamá. Poco después, en Fort de France, en Martinica, subieron a bordo casi seiscientos hombres entre oficiales y tropas de la revolución y el 1º de enero de 1902, en ceremonia especial, se le cambió el nombre por el de Libertador. Empezó entonces a descargar armas, municiones y hombres en diferentes puntos de la costa venezolana. A fines de enero debió llegarse hasta Cartagena de Indias, en Colombia, por una avería, y allí aprovechó para escapar el capitán Willis, que un año después publicará un folleto titulado The cruise of the Ban Righ or how I became a pirate ("El viaje del Ban Righ o cómo me convertí en pirata"). El 21 de mayo, Matos desembarcó por fin en Güiria, en el estado Sucre (extremo nororiental de Venezuela) y desde allí se desplazó en plan de conquista hacia el centro del país. Quería, posiblemente, igualar la hazaña de Castro desde la otra punta de la geografía venezolana. Pero no le fue posible. Generalmente se le presenta con guantes y ropas carísimas, protegido del Sol por una sombrilla y oteando el horizonte con un cierto gesto de bwanna en la meseta africana. Es lo que impusieron sus enemigos, pero no es justo. Debió usar la sombrilla, sí, pero por orden médica, a causa de una neuralgia que lo acosaba día y noche. De eso dio fe su yerno don Enrique Pérez Matos, en una entrevista periodística en 1983 (Ver: Pérez, Ana Mercedes, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Era un hombre de carácter, pero nunca llegó a dominar aquel mundo de salvajes, más acostumbrados que él a los golpes físicos, de frente o a traición. Luciano Mendoza, Antonio Fernández, Luis Loreto Lima, Domingo Monagas, Nicolás Rolando, Zoilo Vidal, Horacio Ducharne, Gregorio Segundo Riera, Amábile Solagnie, Juan Pablo Peñaloza y Rafael Montilla, el Tigre de Guaitó, fueron los generales de la nueva contienda. Todo un anacrónico museo de dinosaurios del siglo XIX que llegaron, aunque boqueando, al XX.
Castro no se equivocó: prácticamente le encargó la defensa de su gobierno a Juan Vicente Gómez, con el grado de general de División. Gómez movió cielo y tierra e hizo verdaderos milagros. Hasta resultó herido en acción. Llegó un momento en que todo parecía perdido para Castro y los suyos: sólo controlaban los Andes y Zulia, y, aunque con muchas dificultades por la presencia de guerrillas, Miranda, Aragua y Carabobo. El 5 de julio de 1902, Castro, con gran aparato y pompa, anuncia a la nación que queda encargado de la Presidencia de la República el general Juan Vicente Gómez porque él sale en campaña hacia Oriente, a dominar a los facciosos. Su expedición es un desastre y debe regresar, presuroso y con la cola prensil entre las piernas, a presentar un frente defensivo, casi desesperado, en La Victoria. Entretanto, ha soltado al Mocho Hernández, que en una nueva demostración de inconsistencia, le presta su apoyo y pierde así el que él tenía (después será Ministro Plenipotenciario en Washington, renunciará peleado, se aliará con Gómez y también se peleará, y finalmente morirá con pena y sin gloria en Estados Unidos, en agosto de 1921, a los sesenta y ocho años). En Villa de Cura, Matos y los suyos, cargados de optimismo, se preparan al asalto final. Matos llega a creer que en cualquier momento se presentará ante él alguien a cumplir el mismo papel que él cumplió con Castro en Valencia. Pero nadie llega. En La Victoria espera Castro con los suyos, Diego Bautista Ferrer, Leopoldo Baptista, Manuel Salvador Araujo, Régulo Olivares, Emilio Rivas, Pedro María Cárdenas, a quienes se une el comienzo de la batalla Juan Vicente Gómez. A pesar de que el veterano Domingo Monagas, ya en trance de morir, le aconsejó enfáticamente a Matos que no pasara por La Victoria, que hiciese un rodeo y llegara a Caracas por los Valles del Tuy porque “la culebra se mata por la cabeza” (refrán que tiempo después tendrá una gran importancia, no para Matos sino para Castro), Matos prefirió seguir el consejo de los que quedaron vivos y marchó con ánimos de liquidar las fuerzas del gobierno, quizá pensando que ocurriría lo mismo que en Tocuyito. Y ocurrió lo contrario. Veintitrés días duró el combate, que se convirtió en la más importante de todas las batallas de guerras civiles venezolanas. Y fue la derrota final de Matos. Se inició el 12 de octubre, día del descubrimiento de América y del cumpleaños de Castro, y concluyó el 3 de noviembre de 1902. Castro siguió titulándose “Presidente de la República en Campaña” y “Comandante en Jefe de los Ejércitos", sobre todo porque el 9 de diciembre de ese mismo año, quince buques ingleses y alemanes asaltaron el puerto de La Guaira, y en los próximos días tomaron también Puerto Cabello y otros puntos de la costa venezolana. El Káiser alemán tenía planes de apropiarse de la Isla de Margarita, lo cual fue impedido por presión de los Estados Unidos, pero a la larga los alemanes y sus aliados se aprovecharon de la deuda venezolana para intentar ponerse en Venezuela por otra vía. Fue entonces cuando Castro lanzó su célebre proclama en la que dijo: ¡Venezolanos!: La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria. En cambio su propio suelo, su piso político, aumentó con aquel bárbaro intento anglo-alemán al que se sumaron como aves de rapiña los italianos, seguidos por franceses, holandeses, belgas, españoles y mexicanos. Hay en el país un verdadero brote espontáneo de nacionalismo que se convierte en apoyo a Castro, con lo cual su régimen se afianza y se consolida, en tanto que sus enemigos se convierten, virtualmente, en traidores a la patria. En toda la América del Sur y buena parte de Centroamérica se producen fuertes manifestaciones de apoyo a Castro, y el gobierno argentino protesta expresamente mediante un documento que suscribe su Canciller, José María Drago, que dará nombre a una doctrina en contra del cobro de deudas por la fuerza. Una proeza venezolana es celebrada como homérica, cuando desde los viejos cañones del Castillo de San Carlos, a la entrada del Lago de Maracaibo, se averió seriamente al buque Panther de la armada alemana, que trató, junto en el Vineta, de forzar el paso. Los alemanes, en venganza, bombardearon con toda su artillería el castillo y lograron dañarlo y hasta incendiarlo parcialmente, pero no pudieron pasar. Los Estados Unidos intervienen en defensa de Venezuela y el 13 de febrero de 1903 se firma el Protocolo de Washington que pone fin al bloqueo. Matos ha escapado hacia Curazao, de donde regresa, por Tucacas, en un intento por revivir la Revolución, que llega a su final el 23 de mayo de 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez le propina la última derrota, el 3 de junio de 1903, en Matapalo. A su paso quedan dos vencedores: Castro, que por la intervención imperialista se afianzó como presidente de la república, y Gómez, que al combatir la Revolución Libertadora se estableció como el liquidador del caudillismo en el país e inició su avance incontenible a la presidencia de la república. De ella salieron los andinos divididos en castristas y gomistas, lo cual convirtió, curiosamente, a Gómez, en el verdadero jefe de la oposición desde el poder.
Manuel Antonio Matos soportó cinco años de exilio y la confiscación de sus bienes como traidor a la patria. Una patria que no la pasa muy bien. Las orgías y los abusos del “Círculo Valenciano” del Cabito Castro, sus manejos turbios, sus locuras, despedazan su gobierno, que cae el 19 de diciembre de 1908, cuando su compadre Juan Vicente Gómez, da un golpe con apoyo de los Estados Unidos y de varias potencias extranjeras. Durante la Alborada de Gómez, que se ha convertido en el gobernante con más apoyo real de la historia, las puertas se abren de nuevo para Matos, que será Ministro de Relaciones Exteriores de 1910 a 1912 y finalmente se retirará para dedicarse exclusivamente a sus actividades de banquero y escribir, de paso, sus Memorias. Murió en París, en mayo de 1929.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

 

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VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ (1)

por Gonzalo PALACIOS G.

Dada mi edad y mis circunstancias personales, lo que sigue posiblemente sea la última vez que me dirija a quienes fueron mis compatriotas antes de que el Dictraidor Hugo Chávez acabara con la patria que me vio nacer y por la que yo trabajé la mejor parte de mi vida.

No cabe duda: dentro de poco tiempo Venezuela perderá lo que definió su identidad nacional hasta llegar Chávez al poder. Antes de 1998, la nacionalidad venezolana incluía características como la voluntad de regirse democráticamente, como el respeto a instituciones básicas del país (el gobierno, las fuerzas armadas, la educación, la religión, la familia), una moral cívica fundamentada en el bien común, y otras virtudes personales y comunitarias demasiado numerosas para describirlas aquí. En menos de una década, “Yo El Supremo” Chávez extirpó dichas características sustituyéndolas con los vicios opuestos a cada una de ellas. Así, por ejemplo, en lugar de respetar las instituciones nacionales, tenemos que aceptar como gobierno los caprichos del dictraidor 2 . Chávez ha identificado los tres poderes fundamentales de una democracia (legislativo, ejecutivo y judicial) consigo mismo y, finalmente, ha corrompido totalmente los mecanismos sociales y gubernamentales del país.

Que se le haya permitido a un hombre sólo, mal ciudadano y soldado mediocre, convertirse en el Hugo Chávez que conocemos a partir de 1999, revela el lado opuesto a las virtudes que habían definido a nuestra Nación hasta ese entonces. Además de nuestros numerosos vicios, Chávez nos ha revelado que esa enfermedad mental que aflige al mundo hoy día, la ESTUPIDEZ 3 , ha conquistado el territorio nacional afectando a casi todos sus residentes, venezolanos y extranjeros. Los síntomas de la ESTUPIDEZ son innumerables: al perder el uso de la razón, toda actividad humana se desvirtúa a tal punto que deja de ser humana para convertirse meramente en animal. Cada capítulo de este opúsculo ofrecerá ejemplos de los efectos de la ESTUPIDEZ en Venezuela, enfermedad que se introdujo en el país durante el tercer viaje de Colón. La estupidez del Navegante (“Llegaremos a la India y a China…”) se fundió con la de Isabel la Católica (“… y haremos de sus indígenas fieles Católicos”) y pronto se vieron los primeros resultados de la fusión de la enfermedad. Por lo menos a partir de 1492 los españoles y los indígenas fueron incapaces de razonar lógicamente, y comenzó un largo proceso según el cual se les ha hecho imposible reconocer la realidad (i.e., utilizar el intelecto correctamente). Colón dejó de ser Genovés para convertirse en español; a los nativos se les llamó “indios” en lugar de caribes, caracas, cumanagotos, etc.), y a su genocidio se le denominó “colonización.” A partir de entonces hasta hoy, la ESTUPIDEZ, congénita o temporal, ha aumentado y se ha refinado hasta el punto que el cerebro de quien haya vivido en el Nuevo Mundo (ni “nuevo” ni “mundo”), sufre en mayor o menor grado de la enfermedad 4.


Le Penseur de Auguste Rodin

Hay varias curas comprobadas efectivas para eliminar la ESTUPIDEZ o al menos disminuir significativamente sus síntomas: todas involucran 1) el ejercicio físico diario del cerebro y 2) la actividad espiritual perenne y constante de la energía creadora de la Evolución Cósmica. El cerebro se ejercita y se fortalece pensando, entendiendo los datos que los otros órganos le suministran analíticamente para sintetizarlos inmediata y simultáneamente. Cabe señalar que mientras más sanos y directos sean los datos suministrados por los sentidos (percibidos de la Realidad del Presente y no del pasado o del futuro), mejor se desarrollará la capacidad del órgano pensante. La meditación, los diálogos (internos y externos), la oración y toda actividad epistemológica ayudan a eliminar la ESTUPIDEZ.

La actividad espiritual perenne y constante (durante toda nuestra presencia en el tiempo y el espacio), manifiesta la Energía Cósmica a través del “yo” individual (el alma) y único existente en cada uno de nosotros. Ese “yo” no es más que un reflejo del Original; una imagen de ese Yo cuya Energía se vierte permanentemente en su Acción Creativa (el Cosmos). Las actividades espirituales (la inteligencia y la voluntad) permanecen en el espacio-tiempo gracias a la presencia omnipresente, omnímoda y omnipotente de la Energía del [Yo] Creador en su Creación:
“… si no hubiera sido mi mente iluminada por un fulgor que satisfizo su deseo.
A la alta fantasía le faltaron aquí las fuerzas; pero ya giraban mi deseo y mi voluntad como rueda que igualmente es movida por el Amor que mueve el sol y las demás estrellas.5

Para Dante, eliminar la ESTUPIDEZ (“l’alta fantasia qui mancò possa”) implica abrazar voluntariamente el fulgor del Amor que mantiene en movimiento a la Creación. Para Chávez y sus compinches, la ESTUPIDEZ se cura echándole la culpa a Uribe, a los oligarcas (de cualquier país), a “la oposición”, pero sobretodo a los diablos yanquis. Como todos los ESTÚPIDOS de la historia, en Chávez y sus camaradas el cerebro ya no les funciona y son incapaces de distinguir entre “irresponsabilidad propia” y la del “chivo expiatorio.” Por supuesto, la enfermedad no sólo continúa su curso sino que cada vez se difunde entre un mayor número de personas.

Las actividades mencionadas arriba, ejercitar el cerebro y permitir la iluminación de nuestra vida cotidiana, disminuirán la ESTUPIDEZ de nuestros alrededores paulatinamente hasta lograr eliminarla completamente. Gautama Sidarta debajo del árbol, Jesús y Mahoma en el desierto, Francisco de Asís en un bosque toscano, John Smith en Nueva York: todos “iluminados” por un fulgor divino que irónica y contradictoriamente les impidió ser ESTÚPIDOS (i.e., perder el uso de la razón). “Irónica y contradictoriamente” porque hay quienes identifican la “iluminación” o inspiración divina con una especie de locura o éxtasis.

Cada vez que deduzcamos lógicamente alguna verdad de la realidad que nos rodea perennemente, nuestro yo único y solitario se sentirá iluminado y experimentará una profunda alegría al identificarse con su Origen, el Yo Creador. Para lograr ese estado anímico es esencial el silencio, en el que confrontamos al Eterno Presente del que procede todo el tiempo-espacio. Los ESTÚPIDOS no pueden soportar el silencio pues al perder la razón dejan de entender la realidad del Eterno Presente que nos rodea. El silencio es la ausencia del tiempo-espacio cuya existencia comenzó, nos lo dicen los científicos, con una explosión ocurrida hace millones de años y cuyo ruido todavía podemos escucharlo.

1 Estupidez. (De estúpido y -ez). 1. f. Torpeza notable en comprender las cosas.> 2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido. Real Academia Española © Todos los derechos reservados

2 “Dictraidor”, palabra compuesta de dictador y traidor: cuando en una sola persona se conjugan los significados de ambas, se trata de un dictraidor. Los dictraidores son comunes en América Latina.

3 Estupidez: (De estúpido y -ez). 1. f. Torpeza notable en comprender las cosas. 2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido. Real Academia Española.

4 Ver Francisco Herrera Luque, La Huella Perenne, Caracas, 1969.

5 “…se non che la mia mente fu percossa/da un fulgore in che la sua voglia venne./ A l’alta fantasia qui mancò possa;/ ma già volgeva il miodisio e ‘l velle, / si come rota ch’ igualmente è mossa,/ l’Amor che move il sole e l’altre stelle.” Dante, La Divina Comedia, El Paraiso, Canto 33, 140-145.

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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La Corte de los Milagros

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Corte de los Milagros

El jueves 16 de 1899 de mayo se produjo uno de los grandes milagros castristas: el general Cipriano Castro, el ambicioso y caricaturesco Napoleoncito andino hizo su entrada triunfal a la ciudad de Valencia, como preludio de su llegada a Caracas.
Tres días antes, en el anochecer del día de la batalla, estaba derrotado. Si aquello fue una victoria, lo fue a lo Pirro. Él mismo había quedado afectado, no por una herida sino porque al caerse de su caballo se lujó un pie. Si el presidente Andrade le hubiese hecho caso a Antonio Paredes, habría bastado con amenazar a Castro el 14 para que sus maltrechas fuerzas se dispersaran y se acabara así aquella aventura loca. Pero, o Andrade no recibió el telegrama de Paredes, como alegó después, o no confiaba en aquel valiente y honorable oficial que era la única luz militar en su bando. Pero el presidente Andrade intrigó hasta contra sí mismo, y ni se dio cuenta de que aquella “Revolución” de Castro estaba derrotada. En el texto de Paredes hay demasiados condicionales, demasiados “si” que no encontraron respuesta en su momento. Parecería que Castro y él fueron los dos extremos de un sistema de suerte: para Castro, toda la buena, para Paredes, toda la mala. Salvo la mala que le tocó a Andrade, que fue bastante. También Andrade, además de que no estaba preparado para el cargo, no tenía la menor fortuna: fue vencido por su propia incapacidad y por una inmensa red de deslealtades. Entre otras la de su ministro de Guerra, Ferrer, la del general Luciano Mendoza y, aunque en mucho menor grado, la de Manuel Antonio Matos, el banquero, concuñado de Guzmán Blanco, fundador de los bancos Caracas y de Venezuela.
Jacinto López, que fue el último secretario de gobierno antes de que se le entregara vilmente el país a Castro, escribió en 1908 desde New York: Pactar el Gobierno constitucional con el inválido que acaudillaba la rebelión en Valencia era absurdo y de un oprobio insuperable. Nada explicaba ni justificaba aquellos tratos que encontraron sin embargo mensajero en el señor Manuel A. Matos, y que solo podrían servir para disolver la resistencia en todas sus partes y deshonrar a Andrade y dar a su autoridad personal golpe de muerte. Castro en Valencia era más que nunca un jefe anonadado; sin parque, sin dinero, sin bandera, absolutamente incapaz de combatir, ni de expedicionar, ni de ninguna acción de guerra de importancia. Este fué el mayor error de Andrade, tratar con Castro. Inseguro de la lealtad del ejército de La Victoria, y resuelto ya a abdicar, su sola desaparición decorosa del poder era la transmisión legal de la Presidencia al Vice-Presidente, a condición de que la paz fuera en el acto restablecida por el ejército de la República, y se consolidara el orden constitucional. ¿Por qué en lugar de aquellas tentativas de transacción con el desconocido expedicionario, impotente en Valencia, no trató Andrade con el general Víctor Rodríguez, su sucesor legal? (Ante Verba, en Cómo llegó Cipriano Castro al poder).
El propio López da la respuesta un par de párrafos más adelante: tampoco Víctor Rodríguez supo qué hacer. No entendió que con la huida de Andrade él era presidente de la República, y en vez de formar gabinete con un grupo de notables que López había comprometido, creyó que su papel era el de entregar la silla a Cipriano Castro. Dejó que su mente se sometiera a la de Manuel Antonio Matos, que no quería ofender al pequeño capachero quien, seguramente, no podía creer en su propia suerte, o empezaría a suponerse escogido de Dios.
Castro, escogido no por Dios sino por dioses deleznables, ya era atendido y adulado por lo que desde entonces se llamó el “Círculo Valenciano”, formado por unos cuantos hombres civiles, sin valor político alguno, como Ramón Tello Mendoza, quien hasta entonces había vivido de lo que le producía un tren de carros, y quien había tenido alojado en su casa a Ferrer durante la permanencia de éste en Valencia. Cuando Supo este señor Tello que Andrade pensaba ir a tomar el mando del ejército acantonado en Valencia, decoró su casa lujosamente para ofrecérsela; mas como los acontecimientos tomaron un rumbo diferente del que había previsto, y como al fin fué Castro quien se presentó en la ciudad, ofreció la casa a éste y le prodigó las mismas atenciones que reservaba para Andrade; Manuel Corao, quien aseguran estaba al presentarse en quiebra en un pequeño negocio que tenía; Julio Torres Cárdenas, M. Arias Sandoval y Manuel Pimentel Coronel, redactores de unos periodiquillos sin importancia, quienes hasta el día anterior al del combate habían estado pregonando las mayores adulaciones a Andrade y diciendo en todos los tonos que Castro era un facineroso; y por último los dos hermanos Francisco y Santiago González Guinán, ambos inteligentes y de alguna ilustración, pero que, de tiempo atrás, estaban en una especie de degredo moral por haberse exhibido excesivamente serviles y bajos en sus relaciones con los gobiernos de Guzmán Blanco y otros (Cómo llegó Cipriano Castro al poder). Dicho en otras y más cortas palabras: un grupo de adulantes que no buscaban otra cosa que su propio provecho. Aunque siempre los ha habido, posiblemente ningún “círculo” ha sido tan descarado ni tan dañino como el que rodeó al caudillo tachirense y lo aisló de la realidad. La adulancia es la prostitución de la política. Y aquel grupo de pelanduscos ha sido uno de los peores entre los que se han aprovechado entre sonrisas y elogios al jefe, de las debilidades del jefe.
El 22 de octubre de 1899 entra a Caracas Cipriano Castro, y el 23 saca de la silla de una sonora patada por el trasero a Víctor Rodríguez para ponerse él como jefe de Estado de facto. Cierto es que para algunos puede haber sonado esperanzador aquello que proclamó Castro: “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, pero también es indudable que desde el mismo comienzo se vio que no tenía la más mínima intención de cumplirlo. Su primer gabinete está formado por Juan Francisco Castillo (el que fue candidato liberal, en de las mozas), como ministro del Interior; Andueza Palacio (el liberal ex-presidente que quiso continuar en el poder), ministro de Relaciones Exteriores; José Ignacio Pulido (viejo caudillo militar que fue ministro de Guerra dos o tres veces y hasta encargado de la presidencia de la República), ministro de Guerra; Víctor Rodríguez (el que le entregó el poder a Castro), ministro de Obras Públicas, Manuel Clemente Urbaneja (sobrino del Premier de Guzmán Blanco y viejo liberal amarillo), ministro de Instrucción; Ramón Eduardo Tello, cabecilla del “Círculo valenciano”, ministro de hacienda; el Mocho Hernández ministro de Fomento, y Celestino Peraza y Julio Sarría secretario general de la presidencia y gobernador del Distrito Federal. Con la excepción de Tello, que está allí por adulante y para que el dinero se maneje como quiere el jefe, todos son viejos hombres de la ya vieja política del siglo XIX, no los nuevos que trajo desde la frontera, entre quienes había personas tan honorables como Manuel Antonio Pulido y gente de gran carácter como Juan Vicente Gómez, por ejemplo. En un acto eminentemente demagógico, Castro va en persona a La Rotunda a liberar al Mocho Hernández, que irá de la cárcel al escritorio de ministro de Fomento, pero el Mocho tiene otros planes y el 28 de octubre, el día de San Simón, tras haber sido ministro por cinco días, se alza en armas, sólo para demostrar otra vez su poca solidez y ser derrotado y humillado unos siete meses después. En Puerto Cabello el general Paredes mantiene el único foco de dignidad del país, pero calcula a partir de una lógica militar que Castro, ante el peligro del Mocho no va a desviarse para tomar Puerto Cabello, y con Castro esos cálculos no funcionan. Se desvía, toma Puerto Cabello, a pesar de una palabra empeñada hace preso a Paredes y de nuevo la suerte le funciona.
Castro, desde el comienzo, se convierte en dictador unipersonal. Más que ocupar la Casa Amarilla, que era la residencia presidencial, la invade, y sus famosos “chácharos” duermen suspendidos en sus corredores y usan su patio como retrete. Desde muy pronto corren por Caracas rumores de los abusos sexuales del hombre de Capacho, y su sentencia: “no cobro andinos ni pago caraqueños” habla muy mal de su visión del país. Son recurrentes las historias de jóvenes de todas las clases sociales lo “visitaron", como en la colonia ocurría con don José Francisco Cañas y Merino, gobernador y capitán general de Venezuela entre 1711 y 1714, famoso por sus costumbres disipadas, que incluían la violación y seducción de niñas. Castro, obnubilado por la alta sociedad, invadió la Casa Amarilla y la convirtió en sitio de grandes fiestas y alegres encuentros. Fiestas en las que, como cuenta Carmen Clemente Travieso, en los corredores del alto se servía un ‘buffet’ con 500 pavos y otros tantos jamones y postres que aderezaban las familias caraqueñas para las fiestas de la Casa Amarilla. (…) El señor Maury era el encargado del adorno de la casa que tenía el aspecto de un palacio encantado.
De inicios de su gobierno es también una de las situaciones que más afectó su imagen: El 29 de octubre de 1900 Castro tenía un año y una semana en el poder, y ya era detestado por muchos en la capital. Y esa madrugada, a las 4 y cuarenta y dos minutos, un movimiento de la tierra derrumbó no menos de veinte casas, mató a una veintena de personas y dejó heridos a más de cincuenta. Al sentir el temblor, el presidente Castro perdió la compostura y saltó en paños menores y pantuflas de uno de los balcones de la Casa Amarilla. Una altura respetable, aun para un hombre menudo y liviano. Además del ridículo y las burlas del pueblo, el general Castro sufrió la lujación de un tobillo. Fue entonces cuando decidió mudarse al Palacio de Miraflores, la edificación que el general Joaquín Crespo no pudo terminar. Estaba construida a prueba de terremotos. Y el miedo es libre.
Pero retrocedamos en el tiempo. Los comienzos del (des)gobierno de aquel hombrecillo no podrían haber sido peores. Castro consigue un préstamo y pide un segundo crédito, confiado en que el hombre que tanto lo ayudó a llegar a la cumbre, Manuel Antonio Matos, va a obedecer dócilmente. Pero no es así: los banqueros niegan el dinero. Y allí se produce otra escena trágica de película cómica: los banqueros son encadenados y exhibidos públicamente como monos de circo, y encerrados en La Rotunda. Así consigue el dinero Castro, pero también el odio de los banqueros y de lo que hoy llamamos el “sector privado”. Eso hubiese sido suficiente para quitarle el piso político, sobre todo si consideramos que en el Táchira se alzó Rangel Garbiras, en Guayana Nicolás Rolando, en los Llanos Celestino Peraza, en Oriente Pedro Julián Acosta, en Carabobo Juan Pietri, en fin, el país se le incendiaba. Pero de nuevo, como veremos pronto, acude en su ayuda la suerte, en las manos de Manuel Antonio Matos, el banquero mayor de su tiempo.
Las locuras de Castro no se limitan a sus relaciones con los banqueros. También quiere restablecer la Gran Colombia y convertirse en el Bolívar del siglo XX. Y así, ignorando la Historia, promueve una alianza liberal latinoamericana con el fin de invadir Colombia, derrocar al gobierno conservador de José Manuel Marroquín, el dictador académico que va a derrotar a los liberales luego de años de guerra; sueña con reunir la Gran Colombia y, por qué no, lograr lo que imaginaron Miranda y Bolívar. El jefe del partido liberal colombiano lo apoya, así como Eloy Alfaro y José Santos Zelaya, presidentes liberales de Ecuador y de Nicaragua. El 25 de julio de 1901, un pequeño ejército colombiano, mandado por el venezolano Carlos Rangel Garbiras, invade el Táchira y Castro lo vence con un ejército venezolano, uno de cuyos estrategas es el colombiano Rafael Uribe Uribe, jefe de los liberales. Como respuesta, Castro envía una grotesca invasión venezolana por la Guajira que muere en una emboscada, en Carazúa, el 13 de septiembre de 1901, después de que varios centenares de soldados venezolanos son engullidos por el desierto y la disentería. Allí fallecieron, también de diarrea, los sueños bolivarianos de Castro.
No conforme con pelearse con los ricos y con los conservadores (y gobernantes) colombianos, Castro inicia una acción contra las empresas norteamericanas y europeas, y fustiga especialmente a la New York and Bermudez Co., que había adquirido los derechos de explotación del asfalto del lago de Guanoco, inicialmente concedidos al norteamericano Horacio Hamilton en 1883, y que por diversas razones (y entre otras cosas respondiendo a intereses tan poderosos como los de la empresa asfaltera) había motivado acciones de varios gobiernos, pero ninguna tan enfática como la de Castro.
Esos ingredientes, mezclados entre sí, proveyeron el punto de partida de una de las más singulares revoluciones de nuestra historia, que bien podría ser también la última de su estilo: La Revolución Libertadora.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable

 

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La Batalla Deleznable

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Batalla Deleznable

El extraño ejército de Castro, ahora con unos mil seiscientos hombres, pasó por Cabudare, Yaritagua, Urachiche, Boraure y Santa María. Supo que el general Rosendo Medina (padre de Isaías Medina Angarita) estaba en la región para enfrentarlo, pero había vuelto las grupas a punto de encontrarse con él. El 9 de septiembre pasó por Nirgua, cuyos fantasmas deben haber torcido la nariz al recordar a los que pasaron, también rumbo al valle de Caracas, en 1567. Allí se apoderó de buena parte del parque de Medina sin que en realidad se llegara formalmente a pelear y siguió hacia Miranda y Bejuma, por donde pasó el 10, y tres días más tarde acampó en Tocuyito.
Allí vería acción el general Antonio Paredes, que se había ofrecido como voluntario sin encontrar otra respuesta que el eco de su voz. Lo que cuenta parece la antimateria de lo que cuenta León Tolstoi. Se impuso como voluntario a pesar de la reticencia de los jefes militares del gobierno. Lo hizo cuando de manera irresponsable el encargado de llevar armas de refresco con su correspondiente escolta a las fuerzas que combatían a Castro en Tocuyito, cerca de Valencia, aceptó dejar la comisión en manos de aquel hombre que insistía en sumarse a ellas. “Cuando llegué donde llaman Mucuruparo –narra el estupefacto voluntario–, a una legua de Valencia, ya se veía un cordón de desertores casi contínuo por el camino. Al mismo tiempo podía observarse que las tropas del gobierno venían de retirada, porque los fuegos se acercaban cada vez más. (…) En ese momento ví que por una estrechura o portachuelo del camino de Nirgua, a alguna distancia hacia mi derecha, iba desembocando en la sabana un grupo de tropas bastante grueso; y creyendo que pudieran ser de las de Castro que vinieran a cortar la retirada a las que huían por acá, hice detener los carros y me preparé a resistir colocándolos contra la empalizada de un corral de ganados y situando la escolta detrás. (…) Mas como al examinar con el anteojo comprendiera que eran derrotados de las fuerzas del Gobierno, puse de nuevo los carros en movimiento con la mayor celeridad, y mandé un Ayudante a caballo que fuera a escape hasta donde encontrara a Ferrer y le dijera que yo llevaba un parque; que si él creía que en lugar de serle útil podía serle embarazoso para la retirada, me lo avisara para contramarchar con tiempo y que aquel no fuera a caer en poder del enemigo; pero que mientras él no dispusiera otra cosa yo seguiría la marcha. (…) Después de la detención a que me he referido, que había durado apenas unos minutos, había seguido yo por la sabana paralelamente al camino por ser más fácil a la marcha de los carros, y porque aquel estaba lleno de tropas en desórden que iban hacia Valencia. (…) Fernández, Terife y otros Generales pasaron hacia aquella ciudad, y cuando el primero me vió, gritó: “adiós, tocayo”…. (…) Los batallones marchaban mezclados; los Jefes a caballo en medio del tumulto parecían no inquietarse de lo que ocurría porque no hacían la menor tentativa para restablecer el orden. (…) Cuando hube andado como una milla más, no pudiendo seguir fuera del camino a causa de los matorrales que había en esa parte de la sabana, volví de nuevo a aquel que estaba casi solo por haber pasado ya el grupo mayor de derrotados y poco después me crucé con un joven, que según entiendo era Ayudante de Ferrer y al parecer iba huyendo con los otros. Al reconocerme contuvo un poco su caballo y me dijo: “vuélvase, General, si no quiere caer prisionero con ese parque”. Mas le contesté que no lo haría mientras Ferrer no me lo ordenara por medio del Ayudante que le había enviado, y nos separamos en direcciones opuestas. (…) Apenas había avanzado dos o trescientos metros cuando regresó mi comisionado, y, con señales de grande alarma me dijo: ‘el General Ferrer que contramarche, que todo está perdido.’ ”
Esa es la versión apasionada de un enemigo irreductible de Cipriano Castro, y además valenciano. Aunque es la visión de un militar, es también la de un hombre que ha visto sólo la periferia de la batalla. Llegó tarde al sitio, no estuvo en realidad en el lugar de los hechos ni quiso escuchar a quienes sí lo estuvieron. Escribe para golpear a quien quiere destruir, y casi lo logra. Un andino, aunque no tachirense sino merideño, dueño de la mejor prosa de su tiempo, Mariano Picón Salas, que no estuvo allí, describe casi cinematográficamente lo que ese día ocurrió en Tocuyito desde una óptica diferente a la de Paredes, aunque coincidente en algunos aspectos:
“Acaso en Tocuyito los soldados del gobierno que estrenaban sus piezas de artillería, fueron más valientes que los jefes. Antonio Fernández traía el lastimoso recuerdo de la derrota que Castro le infligió en Cordero. Diego bautista Ferrer fué agasajado huésped del caudillo en la casa de Bellavista el año 95, y no parecía con demasiada voluntad de exponerlo todo por la causa de Andrade. Pocas semanas después (cuando Castro entre a Caracas) aparecerá en un banquete castrista brindando por la Restauración. La batalla, sinembargo, fue excepcionalmente sangrienta. Una mala metáfora de Guerrero (Se refiere a Emilio Constantino Guerrero, que acompañó a Castro en su marcha hacia Caracas y publicó después su “Campaña Heroica”, ditirámbica y habitada por una prosa decimonónica que al gran maestro merideño le causa algo muy parecido a la grima), describe a Castro como ‘el jinete eléctrico’ y ‘como proyectil disparado de una a otra parte para mantener la actividad, la fé y el valor’. Nunca como en ese instante jugó toda su vida a la fortuna. El cañoncito de Parapara ha derribado el reducto llamado ‘Casa Fuerte’ a la entrada del pueblo, que es nido de ametralladoras y granadas enemigas. Ahora, por los paredones desgarrados, se deslizan legiones de hombres heridos, posesos de pánico. Y Cipriano va en su caballito de paso, flotante la chamarreta, repartiendo sus gentes y adelantándose a la estrategia de los generales enemigos. Miguelón Contreras vino a pedir más parque; hace ya una hora que su escuadrón está vaciando los fusiles frente a las líneas gobiernistas, y dice a su Jefe con palabras que recuerdan las del ‘Negro Primero’ en Carabobo: –‘General le digo adiós, porque me van a matar’. Pocos minutos después cae acribillado en la primera fila del combate. Castro ordena a su viejo corneta, Jesús Parra, ‘El Chavalo” que no cese de tocar carga. ‘Era mi mejor cortador’, dice el caudillo como epitafio homérico al saber la muerte de Miguelón. Ahora se le ve por la sabana, casi diabólico, con la barba negra y la chamarreta blanca, saltando vallas, empujando a los lentos y los remisos. Fué su mejor momento épico. Al dar un salto brusco, cae el jinete y sufre fuerte lujación de una pierna. Acuden los hombres a asistir a su General. Pero él está allí, apretando su dolor, asido a un matapalo y reiterando las órdenes de carga: ‘¡Avance el ‘23 de Mayo’! ¡Que entre el batallón ‘Tovar’! Ferrer y Fernández ordenan sorpresiva retirada. Afirma su victoria el ‘Ejército Restaurador’ sobre más de un millar de cadáveres. Al caer la noche, Castro hace melancólica entrada triunfal en el pueblo de Tocuyito sobre camilla de impedido. Sus oficiales cuentan los muertos y empiezan a recoger el parque.
¿Qué había pasado en realidad ese lunes 13 de septiembre de 1899? En la llanura de Tocuyito, al frente de unos dos mil hombres, se había ubicado Cipriano Castro, a quien acompañaban como oficiales de estado mayor Juan Vicente Gómez, Emilio Fernández, Manuel Antonio Pulido, Pedro María Cárdenas, José Antonio Cárdenas y “Miguelón” Contreras. Todos los expertos coinciden en que había sido un error de Castro, pues el sitio le daba la ventaja a sus contrarios, que además tenían más de cinco mil combatientes y mejor armamento. Esas fuerzas que debían defender el gobierno de Ignacio Andrade estaban bajo el doble comando del ministro de guerra, general Diego Bautista Ferrer y el general Antonio Fernández (doble comando porque Andrade no confiaba en ninguno de los dos, y optó por esa medida suicida), con un estado mayor formado por los generales Francisco Linares Alcántara, hijo (Panchito Alcántara, hijo del que fue presidente, es el primer oficial venezolano que estudió en West Point, en los Estados Unidos. Estuvo a cargo de la artillería en Tocuyito; se unió a Castro y tuvo después una pálida actuación política; murió en 1958, a los ochenta y dos años), Jesús María Arvelo, Simeón Colmenares y Candelario Mata. Ferrer y Fernández no hicieron otra cosa que pelearse entre sí. La batalla empezó como a la una del mediodía. Ferrer se empeñó en atacar a Castro por el centro, cuando los flancos estaban al descubierto, y Panchito Alcántara, con sus cañones, sólo causó bajas en su propia fuerza. Al final se corrió la voz de que estaban derrotados y en el anochecer sólo se preocupaban por huir y tratar cada quién de salvar su pellejo. Como resultado, en unas siete horas aquella montonera desordenada de Castro puso en fuga al ejército gubernamental. Castro perdió en la acción unos setecientos hombres, es decir, el 35%, mientras que sus contrarios, con pérdidas proporcionalmente mucho menores, le cedieron el terreno y dejaron totalmente indefenso al pobre presidente Ignacio Andrade que a esa hora andaba, desinformado y saboteado, por los Valles de Aragua.

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(Venezuela antes de la Independencia)

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(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

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El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Campaña Deleznable

La marcha de Cipriano Castro desde la frontera entre Colombia y Venezuela hasta Caracas probó dos cosas: que aquel pequeño hombre de Capacho era el más sortario del mundo, y que Venezuela estaba en estado de descomposición.
Sus errores y disparates deberían haberlo anulado desde el comienzo de aquella locura, pero los errores y los disparates de sus contrarios los compensaron con creces.
Dicho de otra manera: buena parte de la suerte de Castro no fue otra cosa que la incapacidad de Andrade y de quienes podrían haberlo detenido a tiempo. Por ejemplo, cuando Castro se apareció en el Táchira en la madrugada del 23 de mayo del 99, seguido apenas por sesenta hombres, casi todos oficiales, según la información que da el general Antonio Paredes, “había cincuenta hombres en San Antonio, cerca de la frontera, al mando del general Leopoldo Sarría, y hasta sesenta Mausers y algunas cajas de cápsulas en el parque. En San Cristóbal, capital de la Sección Táchira, a veintiuna millas de distancia hacia el interior, el general Juan Pablo Peñaloza tenía un parque de alguna consideración, que había ocultado cuando Andrade en sus desconfianzas había querido dejar inerme la localidad, pero sólo había cincuenta soldados como custodios de un presidido, y de consiguiente no podía disponerse de ellos para defensa de la plaza. En Mérida, capital del Estado, a ciento cincuenta millas de allí, el general Espíritu Santo Morales, tenía una guarnición de cien hombres y algunos Mausers y cápsulas en el parque, y en Trujillo, tercera Sección del Estado, a noventa millas de Mérida y doscientos cuarenta de San Cristóbal, había una guarnición de cincuenta hombres dependientes del general Rafael González Pacheco y unos pocos Mausers y cápsulas en el cuartel. Esa era la situación militar: Trescientos hombres distribuidos en cuatro guarniciones a grandes distancias, sin ninguna conexión entre ellos.” En pocas palabras, Andrade se había preparado su propia trampa.
Aun así, Castro no supo aprovechar aquella ventaja. Al enterarse de que San Cristóbal no había sido tomada por sus partidarios, como estaba previsto, no se dirigió a hacerlo él, sino que empezó a revolotear por los alrededores durante doce días, con apenas una acción contra un mínimo grupo de defensores del gobierno en la que capturó al general Sarría, con lo que le dio tiempo a Peñaloza a preparar la defensa que habría sido imposible de otra manera.
Enterado de que el presidente del Estado, Espíritu Santo Morales, se acercaba, dejó en Táriba a Juan Vicente Gómez y subió hacia el páramo de El Zumbador a esperar a su viejo enemigo, que casi lo derrota el 11 de junio, a no ser por una intervención a última hora y providencial de “Miguelón” Contreras, que obligó a Morales a una retirada improvisada y a dejar en el campo muchos prisioneros y un buen parque. En julio se presentó el general Antonio Fernández, personaje semibárbaro que muchas veces humilló a Mérida “con sus sargentones bárbaros, con aquellos negros de machete terciado insoportable para el racismo local” (Mariano Picón Salas, Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900), Ediciones Garrido, Caracas, Venezuela, 1953), al frente de fuerzas del ejército nacional y se estableció en San Juan de Colón, mientras Castro, desde las alturas de Borotá, observaba la noble ciudad de San Cristóbal en donde esperaba, fortificado y atrincherado, el general Peñaloza. Casi dos meses llevaba Castro en tierra venezolana y todo le había salido bien, por pura suerte. Ahora se dio cuenta de que Fernández no pensaba atacarlo a pesar de que comandaba fuerzas mucho mayores y mejores que las del “revolucionario”. Parece obvio que Andrade no tenía quien quisiese batirse por él o por su causa. De hecho, hoy se sabe que el poco feliz presidente de la república todos los días le enviaba telegramas a Fernández conminándolo a que entrara en acción, sin encontrar otra respuesta que la nada. El 24 de julio Fernández avanzó hasta Michelena, más cerca de San Cristóbal y de Borotá. Tres días después se produce una acción que Paredes califica de “la escena más ridícula que pueda imaginarse,” y es que los dos jefes, a distancia, ponen a sus fuerzas a dispararse a ciegas en las montañas de Cordero, como si fueran dos boxeadores lanzándose puñetazos a diez pasos cada uno del otro. Tres días después Castro se retira sin que aquella grotesca batalla tenga consecuencia alguna. Fernández, a quien se ha unido Peñaloza, en vez de perseguir a Castro, que se había refugiado en Capacho casi sin parque, fue a celebrar su “victoria” en el oasis de San Cristóbal.
Castro pensaba escapar hacia Colombia, pero la inacción de Fernández lo hizo tomar una resolución insólita: Iría, como Bolívar, hacia Caracas. Entendió que los hombres del gobierno no defenderían al régimen, y así nació aquella caricatura de la Campaña Admirable del Libertador.
En 1892 Cipriano Castro, partidario de Andueza y del continuismo, derrotó a los trujillanos que al mando de Eliseo Araujo fueron a combatirlo en nombre del “legalismo”, y no conforme con eso, también batió a Espíritu Santo Morales y a Esteban Chalbaud Cardona, con lo cual su fama se regó por toda la cordillera andina, y para colmo siguió su marcha hacia el Norte y tomó la ciudad de Mérida. Desde allí propuso la idea de seguir hacia Caracas, idea que al parecer horrorizó hasta al propio presidente Andueza, que pidió a sus colaboradores en la zona que convencieran a Castro de no seguir adelante. Pero esta vez no estaba defendiendo a otro sino imponiéndose él, y el 3 de agosto de 1899 aquel extrañísimo ejército que prácticamente no había conocido la victoria, se puso en marcha hacia Caracas. En La Grita, con ventaja de cinco a uno, atacó e inutilizó al general Rafael González Pacheco, que se dirigía a reforzar al inmóvil Fernández. De allí siguió a Mérida, capital del Estado, que se le rindió sin un solo tiro y le proporcionó descanso y dinero. Luego pasó lo mismo en Valera, aunque en Mérida algunos de sus hombres habían desertado. El general Leopoldo Baptista no defendió en lo más mínimo la plaza. Del 22 al 26 de agosto estuvo en Carora, sin que se le hiciera resistencia alguna. El 27, en la aldea de Parapara, su vanguardia se topó con la de las fuerzas del gobierno, al mando del general Elías Torres Aular, y se produjo otra escena de película cómica: Los del gobierno, al ver a los de la “revolución”, echaron a correr como almas que el diablo llevaba y dejaron hasta un cañón Krupp en el campo no precisamente de batalla. Y, sin embargo, le informaron a Andrade que habían derrotado a Castro, por lo que el pobre presidente, al enterarse de la verdad, perdió la poca fe que tenía en sus militares.
“Lo que Castro llevaba –cuenta Paredes– no tenía la menor apariencia de ejército. Marchaban las tropas en pequeños grupos, con largos intervalos, sin formación ni orden de ninguna especie. Mezclados con los soldados iban mujeres y niños en gran número, a pie, en burros y en todas partes se veían estos cuadrúpedos con cargas de varias formas y tamaños. Muchos oficiales subalternos iban también montados en ellos, en enjalmas, o en pelo, otros en mulas o caballos con toda clase de aperos improvisados”.
Basta ver las fotos que se conservan de aquella montonera para darse cuenta de que Paredes no exagera, aunque quizá sí lo haga al afirmar que los generales que debían haberlos dispersado y no lo hicieron “eran sencillamente unos miserables, dignos de ser fusilados por la espalda, por cobardes o por traidores, o por ambas cosas a la vez.”
La realidad es que a Castro lo dejaron transitar sin problemas por dondequiera que fue pasando. Los hombres de Andrade no tenían la más mínima voluntad de defenderse, y el propio Andrade estaba, según Paredes, “en un estado de atonía.”

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(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Duendecillo entre titanes

La zona comprendida entre La Grita, San Juan de Colón, San Cristóbal, capital del estado Táchira de Venezuela, Rubio y Cúcuta, capital del departamento Norte de Santander, de Colombia, es una de las más bellas del Nuevo Mundo. Montañas que no son demasiado altas y se ofrecen a la vista como bellas colinas redondeadas, de un verde sereno, muchas veces cubiertas por nubes de un gris claro que también es sereno. Casas de tejas que evocan algunas partes de España. Personas con “ponchos” o “ruanas” que traen a la memoria el origen indígena de la mayoría de sus pobladores. Iglesias chatas en las que se mezclan lo español y lo indígena. Rostros con mejillas rojas que recuerdan el frío de las madrugadas, que a veces contrasta con el calor de los mediodías. Carreteras y caminos que semejan riachuelos cavados en la tierra verde. Selvas. Sabanas. Valles. Ríos y arroyuelos que se divierten fabricando cascadas. Los Andes venezolanos, especialmente la zona de Táchira, a diferencia de las tierras bajas, no tuvieron ni latifundios ni esclavos, lo cual hizo que sus habitantes vivieran de su propio trabajo, generalmente de los productos de pequeñas fincas, y tuviesen un carácter muy especial, que, tal como la riqueza material de que disfrutaban, los colocó en una situación muy distinta al resto de los venezolanos. Hacia fines del siglo XIX tenían muchas razones para sentirse la zona privilegiada del país. En ese mínimo espacio de cielo nacieron varios de los hombres destinados a tener más influencia y presencia en la Venezuela del siglo XX: Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Marcos Pérez Jiménez, Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velásquez, entre muchos otros.
Capacho Nuevo o Independencia (en la vía de San Cristóbal a San Antonio del Táchira) es un pequeño y bellísimo pueblo montado en la fila del cerro, justamente sobre una de las mayores fallas geológicas de la cordillera. El villorrio surgió después de que un terremoto arrasara el viejo poblado de Capacho. Su Mercado, con sus leones en las esquinas, es una construcción graciosa y la vista que lo rodea es sencillamente impresionante. A pasos de allí existió, murió y renació Capacho Viejo o Libertad, cuya iglesia tiene una característica única: es divisoria de aguas entre las cuencas del Orinoco y del Lago de Maracaibo. En ese ambiente bucólico nació, el 12 de octubre de 1858, Cipriano Castro, hijo del agricultor Carmelo Castro y de Pelagia Ruiz. Todo el que lo vio asegura que tenía rasgos aindiados y era de muy baja estatura, que es algo común entre los habitantes prehispánicos de los Andes. Estudió de niño en su pueblo y en San Cristóbal, y a los catorce años fue enviado por sus padres al seminario de Pamplona, para que siguiera la carrera religiosa que, por desgracia para el país, no siguió. En cambio dedicó su tiempo a entusiasmarse con los liberales colombianos, especialmente con el panfletario y excéntrico José María Vargas Vila, bogotano nacido en 1860 y muerto en Barcelona de España a los setenta y dos años, luego de haber hecho un poco de todo, hasta de revolucionario, y de haber vivido en Venezuela entre 1885 y 1891, cuando fue expulsado por Andueza Palacio, sólo para regresar el 92 con el triunfo de Crespo, de quien fue nada menos que secretario privado. Vivió en Nueva York como cónsul de Venezuela entre 1894 y 1898, año en el que se fue a Roma como ministro plenipotenciario de Ecuador. Regresó a Nueva York en 1903 y allí vivió hasta 1908, y de paso publicó una revista anarquista. Cónsul de Nicaragua en Madrid con residencia en París, hasta su muerte repartió su tiempo entre París, Madrid y Barcelona, en donde murió. De una excéntrica cursilería y una cursi excentricidad, tuvo gran influencia entre los jóvenes venezolanos de fines de siglo, y en uno de sus libros habló horrores del país y de su gente, lo que no le impidió aceptar una pensión que le dio el general Juan Vicente Gómez entre 1925 y 1930.
Ese sería el primer maestro político y literario del joven Cipriano Castro, que en 1873, a los quince años, dejó definitivamente el seminario y se instaló en San Cristóbal como empleado de una casa exportadora de café. Desde los diez y ocho años participó en la política regional, que en muchos casos implicaba tomar las armas. Pero lo que lo llevó a la cárcel no fue la política sino un pleito personal con el cura de Capacho, Juan Ramón Cárdenas, contra quien empuñó un revólver con las correspondientes amenazas verbales que hicieron que las autoridades lo apresaran y se lo llevaran a la capital de la sección, San Cristóbal. Seis meses pasó encerrado hasta que se escapó y fue a tener a Cúcuta (1884) en donde conoció a Zoila Rosa Martínez, la que sería su esposa. Su regreso a tierra venezolana se produjo en 1886, a los veintisiete años, con las fuerzas de Carlos Rangel Garbiras, Segundo Prato y Buenaventura Macabeo Maldonado, autonomistas, que combatían al gobernador Espíritu Santo Morales, federalista, a quien Castro derrotó en Capacho viejo, y con quien se enfrentará de nuevo cuando Morales luche en el bando legalista y Castro en el continuista en 1892. Ello implica que Castro no era liberal al llegar a la madurez. Al parecer, había dejado de serlo “por razones puramente geográficas” (Así dice Manuel Caballero En su libro Gómez, el tirano liberal, Monte Ávila Latinoamericana, C. A., 3ª edición, Caracas, Venezuela, 1994), pues los habitantes de Capacho Nuevo, bajo la tutela política de Rangel Garbiras, eran antiliberales. En 1886, en el entierro de un personaje político, conoce a Juan Vicente Gómez, que va a convertirse en su segundo, en su compadre, en su más eficiente defensor y, finalmente, en el que lo quite de la silla presidencial. En 1888, con Rangel Garbiras de presidente del Gran estado de los Andes, Castro se convierte en gobernador de la sección Táchira e inicia su carrera política y clientelar. Será diputado por el Táchira y se relacionará con Andueza Palacio, además de conocer Caracas y darse a conocer por los caraqueños como un fogoso orador. Especialmente le llama la atención al godísimo Domingo Antonio Olavarría, quien alentará su ambición al nombrarlo entre los posibles presidenciables de su tiempo. De regreso en su patria chica se hace continuista, con el apoyo de Gómez, Antonio Colmenares Pacheco y Emilio Fernández, obtiene varias victorias que le agregan cierta fama a la que ya tenía como político y llega hasta Mérida, desde donde planeaba seguir a Caracas, pero la victoria de Crespo y de la revolución lo obliga a retroceder y a exilarse en tierras colombianas. Cerca de Cúcuta, en la hacienda Bellavista, se establece con Juan Vicente Gómez como próspero vecino que lo ayudará de manera formidable. Cuando el nuevo episodio continuista, pero en el que es Crespo el que quiere forzar las cosas a su favor, Castro le envía una carta escrita en términos firmes, y al leerla, Crespo “profiere su olímpica respuesta: ‘Digan a ese hombre que es demasiado tarde para el consejo y demasiado temprano para la amenaza’.” No podía imaginarse cuán equivocado estaba.
En el último año del siglo XIX, después de siete años de exilio, y luego de haber organizado por correspondencia toda una red de partidarios que hasta llegan a pensar en lanzarlo como candidato a presidente del estado, Castro inicia su gran aventura. La excusa se la da Ignacio Andrade al poner en efecto una reforma constitucional sin esperar a que se iniciara un nuevo período, como lo establecía la Constitución cambiada. Previamente Castro había pasado por Caracas, y algún burócrata lo obligó a soportar un “plantón”, o una “amansadora”, que es como solía llamar las esperas interminables en una antesala en presidente argentino Hipólito Irigoyen. Castro se indigna, dice dos palabrotas y se va de la casa de gobierno dispuesto a volver como volvió, tras tumbar al presidente Andrade que tan descortés y desconsiderado había sido con él. Soberbia mata soberbia. Antes de iniciar su aventura había tratado de emprender una acción conjunta con Rangel Garbiras, pero no hubo acuerdo, por lo que, acompañado por Santiago Briceño Ayesterán, Emilio Fernández, Juan Vicente Gómez, Régulo Olivares, Froilán Prato y Manuel Antonio Pulido, entre otros, la noche del 22 de mayo de 1899 inició una de las más singulares aventuras de nuestra historia: La “revolución restauradora”.
Un gnomo con suerte y audacia se preparaba a conquistar un mundo de titanes.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes

 

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La Muerte del Siglo

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Muerte del Siglo

Entre el 1º de septiembre de 1897 y el 2 de marzo de 1898 ocurrieron muchas cosas. La primera reacción del Mocho Hernández y de Alejandro Urbaneja, presidente del partido burlado, fue perfectamente apegada a la ley: Buscaron testimonios y pruebas para llevarlos a la Corte Federal y pedir la nulidad de las pretendidas elecciones, pero los “legalistas”, que tal como ocurrirá en el comienzo del siglo XXI eran defensores de la ilegalidad, no sólo se dedicaron a obstaculizar aquel intento, sino que usaron la violencia abierta, por lo que Hernández y los suyos vieron que aquella vía no llevaba a ninguna parte y cayeron en el inevitable error de combatir el fuego con fuego. Y en noviembre ya casi todos los jefes del llamado liberalismo nacionalista estaban detenidos.
Crespo no quería presos ese 28 de febrero de 1898, cuando Ignacio Andrade recibió la silla de Manuel Guzmán Álvarez, Vocal Nº 1 del Consejo de Gobierno, y por eso el Mocho y sus amigos salieron de las cárceles el 20, y contaron con una semana para organizar su reacción armada al abuso que se había cometido. La casa del Mocho, de Miguelacho a Misericordia, en el canario barrio de La Candelaria, se llenó de amigos y espías y se vio rodeada de espías y amigos. Desde octubre del año anterior habían ido organizando todo para lanzarse a la lucha armada, el burlado candidato había decidido que la acción empezaría en Carabobo y Cojedes, en donde tenían grandes compinches que estaban dispuestos a formar parte de su ejército, como Luis Loreto Lima y Evaristo Lima, primos hermanos entre sí, los hermanos Salvador, Félix, Froilán y Modesto Barreto, Samuel Acosta y otros. Si un novelista narrara, tal como fue, fuga del Mocho Hernández más de un crítico tacharía la novela de inverosímil. El 23 de febrero del 98 se corrió la voz de que el general Hernández estaba enfermo, y su médico, David Lobo, fue a verlo. Al poco tiempo, escoltado por dos señoras y en coche de alquiler llegó a la casa Eloy Escobar, disfrazado con levita, sombrero alto, anteojos oscuros y una espesa barba postiza. Un espía para despistar a los espías. Al cabo de un rato salió el Mocho con el mismo disfraz de Escobar y las mismas señoras y se montaron en el coche de alquiler. Minutos después el jefe cambiaba de vehículo en la casa de Felipe Llamozas, y al rato llegaba a la casa de Escobar, de Reducto a Miranda, a unas catorce cuadras (nueve y media al Oeste y tres y media al Sur) de la casa del Mocho. Allí lo esperaba el joven Vicente Lecuna. Se les reunieron el doctor Lobo, Eloy y José María Escobar y Juan José Michelena. A la una de la madrugada salieron hacia la casa del conductor del tren que saldría a primera hora de la mañana rumbo a Valencia. Les costó encontrar la casa y el general Hernández despertó al dueño de la botica del lugar (Palo Grande, al Oeste de la ciudad), que era conocido, para preguntarle dónde vivía el ferrocarrilero. Superado ese obstáculo, el conductor metió a Hernández en un escaparate que se usaba para transportar picos, palas y azadones, y a la hora debida lo llevó a la estación central, en Caño Amarillo, a pocos pasos de la casa de Crespo, que esa mañana regaba tranquilamente en el jardín sin sospechar lo que se hacía tan cerca de él. Cuando el tren partió, rumbo a los Valles de Aragua y Valencia, en él iban, como inocentes pasajeros, Vicente Lecuna y José María Escobar. Al pasar Los Teques, el maquinista, Rafael Ramos, sacó a Hernández de su ataúd y le permitió moverse con alguna libertad en un vagón de carga convenientemente cerrado. A las tres de la tarde, luego de que la policía en Maracay había buscado en el tren a un político de segunda que viajaba también en segunda, llegaron a Valencia, y a las ocho de la noche, el general Hernández salió de su escondite escoltado por el doctor José de Jesús Arocha, al que después llamarían El Tigre Arocha, fundador del Liceo San José y uno de los hombres más honorables del país, que había nacido en Montalbán treinta y siete años antes (Ver: Otero, Luis Enrique, El Tigre Arocha, Colección “Venezuela Salesiana”, Ensayo 1, Los Teques, 1986) y, aunque médico, se había dedicado por completo a la educación. Esa misma noche el doctor Arocha y el Mocho se trasladaron a Queipa, en donde el 2 de marzo del 97, dos días después de la toma de posesión de Andrade, iniciaría su curiosa revolución.
El principal resultado de aquella revolución fue la muerte de Joaquín Crespo, y su subproducto, la llegada de los andinos al poder. Al comienzo se regó como una alegre tormenta por buena parte del país. Arrancó especialmente en el estado Cojedes con muy poca gente, pero pronto se vio que los miles de estafados por la burda maniobra electoral del gobierno estaban resueltos a cobrarse la afrenta con saña. A imitación de Páez cuando la “Revolución de las Reformas”, Crespo, gobernador titular del estado Miranda (que cubría los actuales estados Miranda, Aragua, Guárico y Nueva Esparta y era, desde luego, el más importante del país) y como jefe de la primera circunscripción militar, salió en defensa de las autoridades constituidas, con dos diferencias fundamentales: el presidente seguía en su lugar y en el fondo los alzados tenían más legitimidad que los gobernantes. El 9 de marzo llegó Crespo a Valencia y decidió ir a “cazar” al Mocho por los lados de Bejuma y Montalbán, tierra de los Arocha, mientras el general Manuel Modesto Gallegos iría con una fuerza importante hacia Cojedes. Gallegos lo hizo con toda la calma del mundo, y Hernández, con un golpe de audacia tomó Tinaquillo y se apoderó de un buen parque. Los de Crespo seguían dando golpes de ciego mientras Hernández les daba empujoncitos y se preparaba a enfrentarlos en serio, para lo cual la suerte escogió una “mata” en el hato El Carmelero, cerca del pueblo de Cojedes, hacia el Oeste del estado, a mitad de camino entre San Carlos y las ciudades hoy unidas de Acarigua y Araure. El lugar entró a la historia como la Mata Carmelera.
El 16 de abril de 1897, en la mañana, una bala anónima hirió de muerte en el pecho al general Joaquín Crespo. El mestizo se convirtió en blanco por un fatal instante, El niño prodigio había vivido cincuenta y seis años y ya no era ni niño ni prodigio, sino un hombre que había errado demasiado y persistía en errar. “El general Crespo se había desmontado de la mula que cabalgaba y hacía ensillar su caballo peruano. El gran jefe era demasiado visible, expuesto fatalmente a los certeros disparos de los cazadores que subidos en los árboles de ‘La mata Carmelera’ tenía apostados el general Hernández, acechando la vida del General Crespo”, cuenta el doctor José Rafael Núñez, citado por Rondón Márquez. Eran las ocho de la mañana cuando la bala de algún mochista le entró a Crespo “más abajo de la clavícula derecha y le salió un poco detrás del cuadril izquierdo”, como precisa en coronel Antonio Martínez Sánchez, también citado por Rondón Márquez. Una bala anónima, como la que mató a Zamora unos kilómetros al Este de la Mata Carmelera, o como la lanza que quitó a Boves del reino de los vivos en Urica. Y todas causaron extraños meandros en la historia.
También allí murió, aunque no físicamente, el Mocho Hernández, que no supo aprovechar lo que había ocurrido, y en vez de irse a la capital a tomar el poder, se quedó caracoleando hasta que cayó en manos del general Ramón Guerra. Era el rey indiscutido del error.
Andrade no pudo con el paquete que le dejó entre manos la muerte de Crespo. Designó para sustituirlo como jefe militar a Ramón Guerra, pero Guerra quería suceder a Crespo también como gobernador del estado Miranda, en lo cual competía con el otro jefe militar de la campaña contra el Mocho, el general Antonio Fernández. Andrade, para evitar un pleito, decidió dividir Miranda en tres sin esperar, como indicaba la Constitución vigente, el final del período constitucional, y designó a Fernández gobernador de Aragua y a Guerra gobernador de Guárico. Guerra aceptó a regañadientes y se fue a su nuevo destino, pero pronto se produjo el rompimiento, cuando Andrade envió al general Celestino Peraza a exigir a Guerra que anulara unos nombramientos que había hecho y Guerra se negó a hacerlo. Andrade envió entonces una fuerza armada al mando de Martín Muguerza, que se dio cuenta de que el otro tenía más fuerza y se unió a él en una guerrita que no tuvo el más mínimo éxito. En marzo del 99 Guerra había fracasado y emprendía el camino de Colombia. Y justamente de Colombia saldría, en sentido contrario, Cipriano Castro. El 23 de mayo de ese mismo año de 1899, Castro invadió Venezuela, y el 22 de octubre llegó triunfante a Caracas.
También en 1899 Gonzalo Picón Febres, en su novela El sargento Felipe (Biblioteca Popular Venezolana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, Nº 60, Caracas, Venezuela, 1956) ponía en boca de su personaje, Felipe Bobadilla, lo siguiente: ¿sabe usté, amigo en lo que paran estas cosas de la guerra? En llenarse el país de generales mucho más de lo que por desgracia está, generales de cuartajo que todo se lo roban, que a todo el mundo insultan, que por todo se insolentan cuando cargan el machete en la cintura, y que a pesar de ser tan animales como yo, que lo soy pa que se vea, llegan pronto a presidente, y hacen lo que se les da la gana, y los letrados les adulan que da asco; mientras que nosotros nos pasamos la vida trabajando pa ganar una miseria, ellos se hacen ricos en sólo cuatro día. Todavía los escritores actuaban como conciencia del país. Una conciencia que entonces gritó con toda claridad: Venezuela no quería guerra.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

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Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
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El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo

 

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