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Categoría: Música

Concierto de música Barroca Boliviana en Copenhague

por Régulo VILLARREAL DOLORES

El día viernes 11 de abril (2008) horas 7-9 PM, se presentó en la Iglesia Metodista Jerusalem de Copenhague (Rigensgade 19, 1610 Copenhague, K), la Orquesta de los Moxos, de (Chiquitana-Beni) Bolivia, auspiciada por la Embajada de su país en Dinamarca, la Embajada de Dinamarca en Bolivia, Residentes bolivianos en este Reino y Verdenskulturcentret (Centro de cultura internacional) Dinamarca.

Acostumbrado a los estereotipos sobre Bolivia: música enérgica y sutil a base de charangos, ronrocos, quenas, zampoñas, tarkas, etc., etc. al estilo de Sabia Andina, Karqas, Rumillacta y sus seguidores; oír de repente, concierto de música barroca boliviana, suscita de inmediato una curiosidad extraña; y, como la curiosidad es madre de la noticia, no soporté la tentación de ir a escuchar el concierto de marras y salí contento y casi sublimizado con ese mensaje de tesitura espiritual más que religioso; porque en el transcurso del concierto se entabló una especie comunión de naturalezas: músicos y oyentes dialogando en un idioma sin palabras, cuyo mensaje era la expresión de la armonía como equilibrio de sentimientos para el entendimiento.

El Embajador de Bolivia, excelentísimo Sr. Eugenio Poma, al presentar al grupo mixto, compuesto por 19 músicos, cuyas edades oscilan entre los 14-21 años; y, tras identificarse él mismo, como parte de la Iglesia Metodista, informó que la música barroca (SXVII –XVIII) había llegado a las selvas bolivianas de mano de los misioneros religiosos, jesuitas; quienes, utilizando la música como parte del mecanismo de colonización del reino español a nuestros pueblos, ocupaban mentes y corazones a través del temor al infierno como arma política de sojuzgación, en tanto que el brazo militar de la invasión, diezmaba habitantes, ocupaba y se repartían territorios y se acaparaban de las riquezas materiales de nuestro continente logradas en muchos siglos de trabajo organizado. Y esa misma música que formó parte del mecanismo de despersonalización de nuestras culturas originarias, se transformó con el tiempo, en la expresión de la resignación, más que de fe en un mundo mejor mediante el diálogo.

En un escenario improvisado delante del altar mayor de la Iglesia Metodista y flanqueado por una enorme cruz de madera de aspecto rústico y enormes clavos provocadores y, una más pequeña, decorada con una tela blanca, el concierto comenzó con unos suaves repiques de dos campanas colgadas en una suerte de caballete y, el redoble una tarola como anunciando la hora la liturgia o de debate comunal de tipo social. Y en medio de ese símil de solipsismo, interrumpido de vez en cuando por las indiscretas toses de fumadores o asmáticos entre el público, hicieron su aparición los músicos vestidos de Tipoy (parecido a la Kushma de los habitantes de la selva peruana, traje de tela rústica, blanca, de una sola pieza, suelta, casi igual para hombres y mujeres) las integrantes femeninas de la Orquesta, con cabellos repartidos en dos trenzas y adornadas con semillas secas, propia de zonas tropicales, portaban en las manos: violines, unas y, otras, flautas dulces. A esa orquesta con predominancia bombos de diversos tamaños, flautas dulces y violines, se fueron incorporando el arpa, contrabajos y guitarras, incluso, una especie pito, para imitar el gorjeo matutino de los pájaros selváticos.

En el transcurso del concierto, no era difícil identificar reminiscencias de Vivaldi, que fue dotándole de alma y pigmentándole de color y calor, a una iglesia desprovista de todo decorado, de toda representación bíblica al estilo cristiano: católico-protestante etc. A lo mejor, por la circunstancia, noche de lluvia y vientos fuertes y helados, afuera, la iglesia Metodista Jerusalem de Copenhague, alumbrada por luces mortecinas, parecía un antro para conjurar tristezas que, felizmente, acariciada por esa música delicada, casi transparente, transmitida por el talento de esos jóvenes músicos de aspecto temerosos y miradas huidizas, se fue transformando en una manifestación de vida retozada por aplausos sonoros con que el público premiaba cada pieza ejecutada por el grupo.

La directora de la orquesta; Raquel Maldonado, una mujer mestiza de aproximadamente 30-35 años de edad, (con el pelo recogido en una sola trenza y adornada con semillas secas de la amazonía boliviana, al igual que las demás féminas del elenco) con su peculiar forma de dirigir la orquesta, era un espectáculo dentro del concierto: con su cuerpo delgado y penetrantes ojos negros, parecía marcar el ritmo; en tanto que con sus inquietos y delgados dedos, dibujaba el tiempo. “los músicos son alumnos de una Escuela de la zona tropical de Chiquitana, Provincia del Beni, Bolivia. La música que practicamos corresponde a una larga tradición dejada por los misioneros jesuitas que habían llegado a colonizar a los indígenas de las selvas bolivianas en los SXVII- XVIII”. La congregación fundada por San Ignacio de Loyola, por unas desavenencias con los monarcas españoles, fueron expulsados en el S XVII, de todo el continente americano, y, al verse forzados de abandonar sus ministerios en el continente nuestro, dejaron también como herencia cultural, la música barroca que había formado parte de sus bagajes misionales, la misma que ahora, la Orquesta De los Moxos, ha convertido en un ingrediente más de la vasta cultura popular boliviana, manteniendo las raíces histórico culturales de su procedencia europea

Los momentos más sublimes del concierto fueron el diálogo entre los violines, las voces (cantando en latín y lenguas nativas) y el arpa, casi diseñados por el ineludible y cimbreante cuerpo de Raquel, que dirigía las ondas sonoras de los instrumentos que emitían mensajes ocultos de la naturaleza, al alma humana. Hubo varios momentos del concierto, donde el público sintió la presencia del grupo como si se tratase de un sol locuaz e intenso de las selvas sur americanas, con la perla bulliciosa de su lluvia cayendo sobre las hojas plácidas, la fragancia alquímica de su flora misteriosa y seductora, y, la frescura de sus ríos temerarios como notas celestiales. El arte, como el amor, si es auténtico, es la reencarnación del espíritu de la naturaleza sin tiempo, no importa el lugar en donde se manifieste, ni el color de la piel de los receptores-transmisores de su encanto; lo auténtico siempre es universal. La Orquesta De Los Moxos, con la juventud y brío de sus integrantes, con la pericia y candor de sus melodías, parecieran ser el largo camino de la poesía con que afina la historia sus líquenes de fábula en las páginas del tiempo. Felicitaciones jóvenes músicos De los Moxos y gracias por elevar el espíritu de nuestro continente, al sitial del arte universal, como pálpito de esperanza de la globalización formando parte de nuestra identidad Latinoamericana o Amerindia.

Régulo Villarreal DoloresRÉGULO VILLARREAL DOLORES nació el 30 de marzo 1949, en el Departamento Ancash, Perú. Muy joven, luego de seguir estudios en el Instituto Superior de Periodismo JAIME BAUSATE Y MESA, en Lima, emigró a Dinamarca, en donde se estableció definitivamente. Es Co-fundador del Grupo Cultural NUCLEO DE POETAS Y ESCRITORES RADICALES - NEPER- Lima, y ha obtenido, entre otros, el 1er Premio de poesía en los JUEGOS FLORALES del Colegio Nacional Nocturno San Marcos, Lima 1972, el 1er Premio de poesía XXXIII Aniversario del Ministerio de Salud Pública, Lima. Es Miembro de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas - ANEA – Lima, Perú y de la Asociación de Escritores Daneses.

 

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Arturo Uslar Pietri y los escritores jóvenes

por Eduardo CASANOVA

Muchas veces y a mucha gente le he oído decir que Arturo Uslar Pietri nunca alentó ni ayudó ni apoyó a algún escritor joven. Mi experiencia desmiente esa conseja. Conocí a Arturo cuando yo tenía trece o catorce años. Arturito, su hijo, y yo, éramos condiscípulos en el Colegio Santiago de León de Caracas, y nos hicimos muy amigos. Me dediqué a guiar a Arturito por el mundo de la música clásica, y pronto empezamos a frecuentarnos casi todos los días, bien en mi casa, en donde usábamos mi discoteca, que ya era notable, bien en la suya, en donde se iba construyendo día a día una colección de discos que llegó a ser inmensa. Y casi todos los fines de semana los pasábamos en Tanaguarena, inicialmente en la casa de los Planchart y luego, cuando se construyó, en la de los Uslar. Arturo (padre), nos hablaba de literatura, nos contaba muchas cosas de su amistad con Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, y, sobre todo, nos recomendaba lecturas. Gracias a su guía conocí a Goethe, a Hesse, a Thomas Mann, a Sarte, a Celine, a Camus, a Pirandello, a Jorge Luis Borges, a Bioy Casares, a Germán Arciniegas, a Rómulo Gallegos, a José Rafael Pocaterra, a Guillermo Meneses, a Adriano González León, que era también entonces un joven que apenas empezaba, y a muchos otros. Y muchas fueron las horas de auténtica tertulia que disfruté en esa casa. Y no puedo decir que se trataba de que Arturo instruía a su hijo y yo estaba allí y aprovechaba la ocasión. Porque fueron muchas las conversaciones que mantuve con Arturo mientras Arturito estudiaba en el extranjero. Y varias las ocasiones en las que Arturo asistió a las presentaciones de mis libros. También sé de más de un escritor que recibió oportunas palabras de aliento de parte de Arturo. Alejo Urdaneta, por ejemplo. Pero, para que no haya duda alguna, me basta citar lo que, a modo de dedicatoria, escribió Arturo en el ejemplar de “Un retrato en la geografía” que me dio en 1962, cuando yo tenía veintidós años y aún no había publicado mi primer libro: “Para Eduardo Casanova, con la fé de que la promesa se cumpla, y en afecto de Arturo Uslar Pietri.” Si eso no es alentar y apoyar a un joven escritor, estaría dispuesto a comerme el ejemplar en cuestión, y sin aceite ni sal.

Dedicatoria de Aruro Uslar Pietri
“Para Eduardo Casanova, con la fé de que la promesa se cumpla, y en afecto de Arturo Uslar Pietri.”

11/12/2007


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Enlace permanente 11/12/2007 08:06:58 am Email , Categorías Semblanzas, Música, Arte, Venezuela, Libros, Cultura, Novela, • 7 comentarios »

Una carta de Rosario Marciano, por Gonzalo Palacios Galindo

por Eduardo CASANOVA

Con la mayor satisfacción ofrezco a los visitantes y lectores de “Literanova” esta nueva crónica de Gonzalo Palacios Galindo, en la que habla de Rosario Marciano, la excelente pianista que tuve el gusto de ratificar como Directora del Museo del Teclado (creado en 1972) cuando asumí la Presidencia de Fundarte, en 1974. Rosario había hecho una excelente labor durante la puesta en marcha del Museo, y así lo reconocí públicamente entonces. Para mí la crónica de Gonzalo tiene el elemento adicional de mencionar a Simón Mittler, que fue mi amigo en mi adolescencia, en aquellos tiempos en los que ambos formamos parte del grupo de jóvenes que en vez de reunirse a hacer fiestecitas se reunía a hacer buena música y a hablar de arte y literatura, en las casas de Maria Antonia Frías o María Elena Coronil. Simón era un excelente pianista e interpretaba con especial maestría la obra pianística de Bach. Ha podido dedicarse profesionalmente al arte, pero prefirió el camino de la ciencia, con lo cual la ciencia ganó mucho.

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Una carta de Rosario Marciano
Por Gonzalo PALACIOS GALINDO

“Mis queridos Anne y Gonzalo!” Todavía me llena de orgullo leer esas palabras: el nombre de mi esposa y el mío en segundo lugar, como lo exige el protocolo epistolar clásico. Son detalles que, unidos a su caligrafía, manifiestan la calidad de persona que nos recordaba desde su hogar en Alemania. Mi compatriota; bella e inteligente; culta como pocas personas que he conocido; joven, aunque de futuro incierto dada la inseguridad de su estado físico (1). Escrita a mano, en aquello que llamaban “papel cebolla,” la carta de mi amiga llevaba su nombre a lo largo del margen superior, ROSARIO MARCIANO, su dirección, MÜHLSTRASSE 25, D-7302 OSTFILDERN 4 (KEMNAT BEI STUTTGART), y luego, el número telefónico. Utilizaba el mismo papel timbrado para sus negociaciones relacionadas con su vida artística como lo eran la programación de sus conciertos, las publicaciones de sus composiciones, y la edición de sus escritos sobre las grandes estrellas que la precedieron en el pianoforte. Es bien conocida la historia de cómo Rosario Marciano salvó el piano de nuestra máxima artista de todos los siglos, Teresa Carreño, su maestra y mentora espiritual. En parte, fueron esas gestiones las que trajeron a la Marciano a Washington, DC. Para aquella época, aquí se encontraba quien fuera mi amigo, el doctor Simón Mittler, en pleno ejercicio de la medicina. Simón se había especializado en la prognosis oncológica y, gracias a su calidad intelectual y a su formación profesional, había logrado gran éxito en el Hospital “George Washington,” el mismo en el que años más tarde le salvarían la vida al Presidente Ronald Reagan. Mittler conocía a Rosario desde que ambos eran niños recibiendo lecciones de piano en la Caracas del perezjimenato. Parece que ella le escribió a su viejo amigo para averiguar si él podría orientarla para contratar los servicios de una firma que hiciera el mantenimiento al instrumento que había pertenecido a su admirada Teresa Carreño una vez que este llegase a Caracas. A pesar de su dedicación total a su profesión, Mittler nunca perdió su sensibilidad estética ni su amor por la música: apenas pudo, llamó a nuestra artista para indicarle a quién debía dirigirse, pero antes de hacerlo, nos consultó a mi esposa y a mí si la podríamos alojar en nuestra casa ya que su apartamento resultaría demasiado chico. Además, Simón era soltero y respetuoso de instituciones como el matrimonio (Rosario estaba casada).
Y fue así que el “20 Dic 76,” fecha de la carta, Rosario nos escribía “Quiero reiterarles mis gracias por la bella estadía en vuestra lindísima casa y por todo el ‘trouble’ (2) que puedo haberles causado!!” Aunque hacía solamente mes y medio que nosotros nos habíamos mudado a esta casa, Rosario no había sido problema alguno para nosotros. Llegó acompañada de nuestro común amigo, Simón Mittler, que la había recibido en el aeropuerto Dulles, para aquel entonces el único de la capital estadounidense al que llegaban vuelos de Europa. Simón bajó del taxi y, caminando rápidamente, llegó a tiempo para abrirle la puerta a su amiga. Yo me había acercado al automóvil, saludé a la recién llegada a la vez que aceptaba un maletín de manos del taxista que había depositado las maletas de Rosario a la entrada de los carros de mi casa.
“Ya le pagamos, Gonzalo,” me dijo Simón, “Rosario, te presento a Gonzalo y a Anne.”
“Bienvenida, Rosario,” le dije, mientras que Anne abrazaba a nuestra honorable huésped. Rosario no soltaba para nada un largo estuche de cuero negro cuyo contenido yo no podía imaginar. Medía poco más de un metro de largo, unos 20 centímetros de ancho y diez de grueso.
“Permíteme,” le dije, y traté de tomar el estuche de entre sus manos.
“¡No, no! Gracias, Gonzalo, esto no pesa nada,” y se apresuró a agarrar el estuche con las dos manos. Dedos largos, más blancos que el color de su cara que de por sí parecía porcelana.
“No te preocupes, Gonzalo,” repicó Simón que ya había llegado a la puerta de mi casa, “Rosario no permite que nadie toque su teclado.”
“Es un ‘teclado mudo’,” explicó la artista, “y es una superstición mía. Si alguien que no sea yo lo manosea, algo falla en mi próximo concierto.” Después la vería “tocando” su teclado en silencio, con la concentración y seriedad como si estuviese delante del mejor piano de cola del mundo. Entramos a la casa y lo primero que oímos fueron las voces de mis dos hijos mayores, Roberto y Esteban, de 9 y 8 años respectivamente.
“No te preocupes, Rosario, tendrás paz y tranquilidad mientras estés aquí” le aseguré. Anne había subido a la habitación de los “muchachos” y ya se había hecho silencio. Bajaron y, siguiendo instrucciones recibidas previamente, saludaron a Rosario en Castellano. Se disculparon y salieron a jugar a pesar de que avanzaba el otoño. Rosario se encariñó con mis tres hijos como sólo una artista de fina sensibilidad y de gran amabilidad – capacidad de amar y de ser amada – podría hacerlo (3):
“Debo disculparme de mis amigos queridos (tus dos hijos mayores), por no haberles enviado ‘ni una piche latica’ todavía…”
Se refería a unas laticas de golosinas alemanas que había compartido con nosotros. Estas líneas figuran entre las primeras ocho de la primera página, es el segundo pensamiento que expresaba Rosario en su carta. Menciono este dato porque las palabras que escribió a continuación demuestran claramente cómo esta gran mujer se preocupaba más por sus amigos que por sí misma.
“…pero deben perdonarme, pues desde el 29 de noviembre he debido guardar cama estrictamente bajo peligro de perder a vuestro ‘ahijado’ ya que después de un examen médico que yo sin pena alguna califico de ‘brutal’, me comenzó una terrible hemorragia, y por ello he debido retrasar todos mis planes; el viernes hube de salir por primera vez y esto pareció no sentarme bien, puesto que he tenido una recaída seria que me obliga a seguir cuidándome estrictamente… por ello les ruego excusarme, y en cuanto me sea permitido saldré y tendré el enorme gusto de mandarles esos regalitos que he querido !! En cuanto a vuestro Michael (4), sólo les ruego darle un enorme beso de mi parte!!”
Así era Rosario Marciano, la amiga, la madre, la mujer: un ser cuyo Rosario Marciano y su hija Carola en Kemnat bei Stuttgart, 1976.valor humano superó todos sus triunfos profesionales y todos sus logros artísticos que no fueron pocos ni desdeñables. En la intimidad de mi familia, después de cenar y antes de acostarse con su “teclado mudo,” nos contaba tan sólo aquellos capítulos de su brevísima vida – había cumplido 32 años unos meses antes, el 5 de julio – que describían experiencias positivas. Su hija Carola era el centro de su existencia, sin que por ello la malcriase, como suele ocurrir con hijas o hijos únicos.
El viaje que Rosario hacía en esta ocasión formaba parte de sus gestiones relativas a la recuperación del piano de Teresa Carreño. A las pocas horas de haber llegado, Rosario se puso a mi disposición para dar un concierto durante su estadía en mi casa. No le importaba dónde ni cuándo: lo que quería era aprovechar su tiempo al máximo. Una presentación privada en Washington la beneficiaría en su vida profesional y sin presentar nada negativo que pudiese preocuparle en el futuro.
Universidad Católica de AméricaLe expliqué que lo más probable era que no lográsemos un número suficiente de personas que mereciera el nombre de “público,” que contaríamos solamente con el personal de la Embajada y de algunos amigos míos, que no habría “taquilla” dado que no podríamos alquilar un local; no hubo manera de disuadirla. Con aquel concierto Rosario expresaba su agradecimiento hacia sus anfitriones: “es lo menos que puedo hacer, Gonzalo,” me dijo más de una vez.
Pues bien, el concierto se dio. Utilicé los mismos mecanismos que seis meses antes me habían sido útiles en la presentación del Cuarteto Galzio en la Escuela de Música de la Universidad Católica de América. Tuvimos mejor suerte en cuanto al público: además de casi todo el personal de la Embajada y algunos de nuestra misión ante la [des]Organización de los Estados Americanos, asistieron numerosos estudiantes que tomaban clases ese semestre de otoño.

Mi querida amiga quedó satisfecha con su presentación en Washington aquel martes en la tarde. El programa incluyó un par de composiciones de la Carreño – la Canción de Cuna y el Himno a Bolívar, lo cual complació a los diplomáticos venezolanos que asistieron y a los estudiantes “feministas” presentes. Ni el embajador Ignacio Iribarren Borges, ni su esposa, pudieron asistir: “compromisos previos,” claro está, pero dado que Don Ignacio me había confesado su desagrado porque “ella es amiga de Caldera,” creo que los compromisos previos eran los que él había contraído con el Presidente Pérez en Caracas. Después de pasar por casa a despedirse de mis hijos y recoger su equipaje, no aceptó comer nada porque el vuelo incluía la cena. Grandes besos y abrazos para toda mi familia, promesas de escribirnos, y, finalmente, partida hacia el aeropuerto. Simón Mittler la acompañó. Esa noche partió rumbo a Alemania, de regreso a su hogar y a su querido esposo Christian y su hija Carola. Un viaje relámpago, en el que estableció contacto con su agente en Estados Unidos, ofreció un bellísimo concierto, y realizó algunos trámites relacionados con el futuro mantenimiento del piano Weber de la Teresa Carreño (5), para entonces, en ruta a Caracas, debidamente reparado y listo para formar parte del Museo del Piano que Rosario creó en su ciudad que la vio nacer. Rosario también estudió la posibilidad de recuperar el magnífico piano “Chickering” en el que la niña Teresa Carreño hizo su debut en la ciudad de Nueva York (6) 114 años antes.
En su carta, Rosario me agradecía la mía del 24, escrita al día siguiente de su partida, pues le había dado “gran alegría e impulso!!” Rosario Marciano nunca permitió que sus dolencias físicas ni las espirituales disminuyeran su optimismo ni el dinamismo de su profesión. Oigan estas palabras de quien llevaba casi un mes en cama:
“Exceptuando mi estadía forzosa en cama, todo marcha muy bien y ‘we are all in good spirits’. Nos preparamos a celebrar unas pascuas muy íntimas, acompañadas de unas buenas hayacas venezolanas, y muchos buenos deseos. Christian está como siempre y hay una linda atmósfera sobre todo. En enero debo cumplir muchos compromisos y espero mi estado físico me ayude a hacerlo. Estaré entre Austria y Suiza bastante ocupada. Hasta marzo daré conciertos en público y a partir de ese mes me dedicaré a grabar los discos programados. Así que ya ven, todo se presenta de lo mejor…” [¡!]
Anne y yo nunca supimos a ciencia cierta si nació nuestro “ahijado,” mencionado en la primera página de su carta; dado el estado de salud de nuestra querida amiga, preferimos recordar sus palabras de despedida:
“Bien, un besote y gran abrazo para las Pascuas y el ’77 que pronto comenzará. Como siempre los quiere…”

”Rosario”. Firma de Rosario Marciano.
”Rosario”. Firma de Rosario Marciano.

1 Rosario Marciano nació (5 julio 1944) y murió (9 septiembre 1998) en Caracas.
2 Pude comprobar que Rosario Marciano dominaba no menos de cinco idiomas.
3 Rosario parecía ser la respuesta a las siguientes palabras de Carlos Marx: “Si amas sin evocar amor de vuelta, i.e., si no puedes, por la manifestación de ti mismo como persona amante convertirte en persona amada, entonces tu amor es impotente y desafortunado.” En Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844).
4 Mi tercer y último hijo, Michael, de tres años de edad en 1976.
5 Instrumento fabricado en Canadá.
6 “La bella y pequeña niña se inclinaba sonriendo graciosamente. El público, más de mil doscientos cincuenta personas… repletaba el Irving Hall de Nueva York aquel martes 25 de noviembre de 1862…” en Revolución a la venezolana, Teresa Carreño, mujer libertaria.

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Armando Barrios

por Eduardo CASANOVA

Eduardo Casanova junto a Armando Barrios (1957)En 1950, el doctor Rafael Vegas, que había sido Ministro de Educación y había visto su obra destruida por los errores de los políticos, fundó el Colegio Santiago de León de Caracas. Solía decir que era mejor tratar de salvar a un puñado de niños a dejar que todos se hundieran en las “fábricas de salchichas”, de mediocridad, en las que las autoridades querían convertir a todas las escuelas y todos los colegios del país. Seleccionó un grupo muy especial de profesores y maestros y decidió que en su colegio se darían materias no contempladas en los “programas oficiales” del Ministerio de Educación. El seleccionado para que enseñara Arte y pintura a los niños que se salvarían en aquella hermosa “Arca de Rafael”, fue Armando Barrios. No sólo era profesor de Educación Artística, sino que creó un taller de pintura y daba clases extraordinarias de Historia del Arte, pero además colaboraba con Antonio Lauro en el Coro y en las clases de música, y con Reina Rivas de Barrios, su esposa, en las actividades teatrales del colegio. Y a los que tuvimos la suerte de ser sus alumnos, nos dejó una huella imborrable. A mí, estuvo a punto de hacerme pintor. No lo fui porque terminé escogiendo la literatura como medio de expresión, pero siempre quedé interesado en el mundo de las artes, gracias a sus enseñanzas.

Las Planchadoras de Armando Barrios, Galería Acquavella, Caracas

Había nacido en Caracas, hijo de padres canarios, en agosto de 1920. Entre los doce y los diecisiete años estudió en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas, donde fue alumno de Marcos Castillo Pedro Ángel González, Rafael Ramón González, Luis Alfredo López Méndez y Antonio Edmundo Monsanto. A los veintidós años, luego de exhibir en Bogotá, obtuvo un premio por su obra La niña en azul en el III Salón Oficial Anual de Arte Venezolano. Luego de numerosos triunfos y de haber vivido exitosamente en París, Carlos Raúl Villanueva le encargó varios murales en mosaico, para su proyecto de Síntesis de las Artes en la Ciudad Universitaria de Caracas, en 1952. Fue entonces cuando colaboró con el Doctor Vegas en el Colegio Santiago de León de Caracas. En 1956 representó a Venezuela en la Bienal de Venecia, y entre ese año y 1958 fue Director del Museo de Bellas Artes de Caracas. Muchos éxitos nacionales e internacionales jalonaron su carrera, en Nueva York, en Roma, en Jerusalén y, sobre todo, en su propio país, que lo valoró como uno de los nombres más importantes de las Artes Plásticas contemporáneas y de todos los tiempos. Murió en diciembre de 1999, y curiosamente, fue velado en la misma casa en donde en 1950 se fundó el Colegio Santiago de León de Caracas, y la capilla mortuoria que se usó fue el mismo espacio en donde había funcionado su taller pintura en la década de 1950.

8/11/2007

Reloj y Mural de Armando Barrios, Universidad Central de Venezuela
Reloj y Mural de Armando Barrios, Universidad Central de Venezuela


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Presentaciones musicales, El Cuarteto Galzio, por Gonzalo Palacios Galindo

por Eduardo CASANOVA

Una crónica en la que hay un toque de humor y mucho de verismo, escrita por mi buen amigo Gonzalo Palacios Galindo, es lo que se ofrece hoy a los lectores de “Literanova". En ella, por cierto, se refleja mucho de lo que es y ha sido por algún tiempo la realidad de la música venezolana.

Presentaciones musicales, El Cuarteto Galzio
Por Gonzalo Palacios Galindo

El Cuarteto Galzio, formado y radicado en Caracas (1952) por europeos llegados a Venezuela después de la Segunda Guerra Mundial, para los años 70 había alcanzado fama internacional. Cuando el cuarteto se fundó en Caracas sus integrantes eran personas ya adultas y formadas profesionalmente en importantes institutos y escuelas musicales del viejo mundo. No sé si por tratarse de diferentes nacionalidades, o por haber triunfado individualmente antes de constituirse como cuarteto, el hecho es que cada uno de ellos confirió nuevo significado a lo de “genio y figura, hasta la sepultura.” A continuación, lo que recuerdo sobre su presentación en Washington, DC a mediados de la década de 1970.
En el primer “Informe Anual de la Oficina de Información y Asuntos Culturales,1” fechado “Enero-Diciembre 1974”, aparece por primera vez el nombre del grupo en cuestión bajo el rubro “Programas en Preparación: Concierto del Cuarteto Galzio.” Estando de vacaciones en Caracas, mi viejo jefe, Don Pedro Grases, me había sugerido que presentara al Maestro Galzio y sus distinguidos colegas en la Embajada o en la sede de la [des]Organización de los Estados Americanos. Esa fue la razón por la cual aparecía aquella entrada en el informe anual de las actividades de mi oficina, en cuya segunda página también se reseñaba la “Toma de posesión del señor Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela,” y el fin de la misión diplomática del Dr. Andrés Aguilar M.
En el primer trimestre de 1976, superada la gran crisis política que se denominó “Watergate” que prácticamente dejó a los Estados Unidos en suspenso hasta que el Presidente Gerald Ford perdonara a Richard M. Nixon, fue cuando pude darle curso nuevamente a la petición de Don Pedro de presentar al Cuarteto Galzio en Washington. Hice los contactos académicos necesarios para presentarlos en tres universidades con escuelas de música que asegurarían excelentes facilidades técnicas, salones cuya acústica estaría a la par de la que diseñó Alejandro Calder en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria en Caracas, y un público garantizado en cada una de aquellas ciudades. Las instituciones patrocinadoras, el Ministerio de Educación Nacional y el CONAC, justificaban plenamente la programación en recintos universitarios que además llenaba de satisfacción a los integrantes del cuarteto por ser ellos también profesores de sus respectivos instrumentos en Caracas. Llegarían a Washington a mediados de la primavera, unos dos meses antes de finalizar el año académico para proceder a las otras dos ciudades. Lamentablemente, la primera lección vinculada con la gira del cuarteto la recibí yo: en Venezuela cada vez que cambia el gobierno – sea resultado de elecciones populares o de un “tenientazo” – todo comienza de nuevo. El concierto del Cuarteto Galzio quedó relegado al limbo burocrático del Consejo Nacional de la Cultura o al del Ministerio de Educación, que se habían comprometido con los cuatro músicos a sufragar los costos de su gira, que comenzaría en Washington DC. Parece que la incertidumbre política que dejó Nixon en los Estados Unidos después de su renuncia a la Presidencia en Agosto de 1974, afectó tardíamente a ciertos personajes del nuevo régimen en Venezuela y el Cuarteto Galzio no llegaría a esta capital en la fecha planeada.
Una tarde aparecieron los cuatro en mi oficina, de golpe y porrazo, poco después de la hora de almuerzo. El maestro Galzio y sus tres acompañantes entraron en la Biblioteca de la Embajada en la cual conversaba con mi asistente para asuntos de prensa, “Mister” Harold Horan. Ponía punto final a mi “lunch” con un café y mi acostumbrado Negro Primero. En realidad, no entraron ni al edificio ni a la Biblioteca: irrumpieron en uno y otro espacio ya que ni siquiera esperaron a que mi secretaria anunciara su visita.
“¿Usted es el encargado de asuntos culturales?” me preguntó.
“Sí,” le contesté, “¿Y ustedes, de dónde son?” aludiendo al acento de mi interlocutor. “¿Qué desean?”
Fue entonces que el director y fundador del grupo, algo molesto porque no lo había reconocido al verlo, se identificó debidamente como el “Maestro Corrado Galzio” y a sus acompañantes como “mi cuarteto, el Cuarteto Galzio,” sin permitirle a ninguno de ellos hablar por cuenta propia. Para indicarle al Maestro que este funcionario de la Embajada tenía el nivel cultural que justificaba su cargo, continué la conversación en Italiano, y al profesor Ilzins, que resultó ser el más comedido de ellos, me dirigí en Francés. El Maestro me explicó cómo, después de una serie de trámites, diligencias y visitas a las kafkianas dependencias del Ministerio de Educación, había logrado que le pagaran los gastos de transportación en los que incurrirían los integrantes del grupo en su gira por los Estados Unidos y dos o tres países europeos. Era la segunda semana del mes de mayo y comenzaba el calor sofocante que caracteriza la capital estadounidense durante los meses del verano.

El Cuarteto Galzio: Olaf Ilzins, violín; Mario Méscoli, viola; Nicolae Sarpe, violoncello, Corrado Galzio, Piano
El Cuarteto Galzio: Olaf Ilzins, violín; Mario Méscoli, viola; Nicolae Sarpe, violoncello, Corrado Galzio, Piano

Les ofrecí café, el cual aceptaron. Tomaron asiento alrededor de la mesa central de la Biblioteca, yo apagué mi cigarrillo y comencé la conversación con una aclaratoria que no le cayó bien a los ilustres visitantes.
“Nosotros los esperábamos a finales de Marzo, Maestro,” le dije, “ustedes hicieron quedar muy mal a la Embajada. Y, como es lógico, yo quedé como un irresponsable…” El maestro Galzio no me dejó terminar, interrumpiéndome bruscamente. Afortunadamente en ese momento entraba mi secretaria con la bandeja de café y galletitas dulces. Galzio se vio obligado a ponerle atención al café, y dado que no habían almorzado, a las galletitas. Pero una vez que Nelly salió de la Biblioteca, Corrado Galzio continuó lo que había comenzado.
“Dr. Palacios,” me dijo, “usted no se imagina por lo que hemos pasado para poder venir. Humillante, ¿No es cierto?” preguntó retóricamente a sus compañeros. “Pero aquí estamos, listos para presentarnos…” Me tocó a mi interrumpir la conversación.
“¿Presentarse? ¿Dónde?” pregunté, sorprendido de que el Maestro pensara que su retardo en viajar a los Estados Unidos no hubiese tenido consecuencias. “Maestro,” bajé el tono de voz para indicarle que no estaba molesto con él,”yo había programado tres conciertos en lo que quedaba del año académico. Créame que no fue nada fácil, pues en todo país serio, como, usted bien sabe, hay que programar estas cosas con uno o dos años de anticipación,”
“Comprendemos perfectamente,” contestó, utilizando el plural por primera vez para incluir a los otros tres músicos,”pero ahora es que estamos aquí y usted tiene la obligación de ayudarnos. Tenemos que dar un concierto en Washington antes de seguir nuestra gira a Europa.” Me molestó que me hablara de mi “obligación de ayudarlos.” Miré de reojo al Sr. Horan a ver qué reacción manifestaba su rostro en el que cada uno de los últimos treinta y cinco años había dejado su marca. Plus ça change, plus c’est la même chose, parecía decirme con una leve sonrisa enmarcada por un labio inferior suavemente oblicuo al superior, bien escondido debajo de un espeso bigote casi blanco. La mera presencia de Harold Horan siempre me calmaba: me imagino que así le pasaría a los jóvenes que perseguían al viejo Sócrates por las calles de Atenas. La diferencia de edad y de sabiduría entre Sócrates y sus discípulos era la misma que nos separaba a Horan y a mí.
“Maestro Galzio,” me dirigí nuevamente al famoso músico italo-venezolano, “créame que haré todo lo posible por lograr que se presente su Cuarteto en Washington antes de proseguir viaje a Madrid.” Saqué otro Negro Primero, lo encendí y llamé a Nelly. “¿Quieren otro café?” pregunté a los presentes. Todos aceptaron y no tuve que repetirme ya que Nelly había escuchado todo. “No por eso,” continué hablando, “es algo seguro. ¿Cuánto tiempo van a quedarse aquí?”
“Salimos para Madrid el primero de junio,” me dijo.
“Eso me da exactamente una semana para conseguir el auditorio, hacerle propaganda para que asista un público selecto, y programar los ensayos para lo que van a interpretar. ¡Y ni siquiera hemos hablado de eso!”
Galzio volteó hacia uno de sus colegas que ya estaba listo para entregarle un papel. “Aquí tiene el programa, Dr. Palacios,” me dijo, “No se preocupe por nosotros. Usted proceda y verá que no lo defraudaremos. Y dígale al Embajador que lo saludaremos personalmente esta noche. Ahora, al hotel, pues todos estamos cansados. Nos hablamos mañana, d’accordo?“ El señor Horan bajó las escaleras con nosotros hasta la entrada del edificio de “la California” de la Embajada de Venezuela en el que se albergaban las oficinas de información y asuntos culturales, la Biblioteca, la administración, y la de asuntos petroleros.
Finalmente llegó la tarde del concierto, a mediados de Mayo. No por influencia diplomática sino por tratarse de un ex­-alumno (había estudiado arquitectura y posteriormente me había doctorado en filosofía en esa universidad), logré que la Escuela de Música de la Universidad Católica de América facilitara su teatro/sala de conciertos para la presentación del Cuarteto Galzio. Todo esto en menos de cuatro días, por lo cual no hubo tiempo para invitar al público general ni a los representantes de los medios de comunicación. Redacté un comunicado de prensa en el que incluía el Programa que interpretaron esa tarde y que apareció, resumido a siete líneas, una semana más tarde en el diario The Washington Star. El Embajador nos dio la tarde libre para que todos los funcionarios asistieran al concierto (“¿La Universidad Católica? ¿Cómo se llega a esa vaina? ¡Qué embarque, Palacios!”). Total que iríamos unos 50 “amantes de la música clásica venezolana” ya que el programa incluyó piezas de Juan Bautista Plaza y Rhazés Hernández López.
“Señor Embajador, señora de Iribarren, señores y señoras, muchas gracias por compartir estos momentos con el Cuarteto Galzio. No me extiendo en presentar a cada uno de los integrantes ya que el programa (levanté las dos hojas de papel engrapadas) tiene toda esa información. “ A continuación dije lo mismo en Inglés pues habían venido varios estudiantes y profesores de la Escuela de Música. De repente, a mis espaldas se escuchó un ruido como de algo que se hubiese desprendido de una pared. Afortunadamente no era nada en el escenario. Me despedí de los presentes con el motivo evidente de traer a los artistas y me fui acercando al salón de clases que había hecho las veces de camerino. Antes de entrar escuché claramente los gritos del Maestro Corrado. Abrí y cerré rápidamente para evitar que se escucharan los gritos en el teatro, y… ¡ algo increíble! Una escena digna de Buñuel: un par de escritorios por el suelo, los distinguidos visitantes en mangas de camisa, los trajes de gala encima de un piano, y, para finalizar aquella grotesca escenografía en los minutos previos al concierto, uno de ellos, no diré cuál para salvaguardar su imagen profesional, levantaba otro escritorio con la intención de lanzarlo hacia sus colegas.
“¡Señores!” grité. “¡Tienen tres minutos para enfrentarse al público!” Agarré una de las camisas y se la tiré al descamisado. El Maestro y los otros se pusieron sus respectivos trajes, enderezaron las corbatas de lazo de rigor, y comenzaron su marcha en absoluto silencio hacia el teatro. “Un momento, señores. Se detuvieron a oír mi voz: “Yo los presento. Entren cuando oigan el aplauso del público.” Entré al escenario, enfrenté a los presentes y anuncié:
“¡Con ustedes, el Cuarteto Galzio!” y aparecieron los afamados músicos. Todavía no me habían abandonado mis temores: ¿continuarán peleando? ¿se notará el rasguño en la cara de…? Y el profesor… no tuvo tiempo de meterse la camisa! Se sentaron, se hizo silencio, y a medida que bajé del escenario para sentarme al lado del Embajador, pude observar en las caras de aquellos artistas que todo estaba bajo control. Fue un gran éxito: un dominio total de sus instrumentos y una profundidad espiritual interpretativa sin igual, en especial para los compositores venezolanos.
En Europa parece que dejaron de pelear, como buenos profesionales de la música.


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Enlace permanente 03/11/2007 07:54:53 am Email , Categorías Política, Semblanzas, Colaboradores, Música, Humor, Crónica, • 2 comentarios »

Olaf Ilzins

por Eduardo CASANOVA

Olaf IlzinsA raíz de algunas cosas que dije en público acerca de algunos músicos, y de otras que otros dijeron, incluso de algunas dichas en defensa de esos músicos, una persona me escribió haciéndome una pregunta que podría implicar cosas muy graves. La pregunta era: “¿Existen músicos venezolanos verdaderamente honestos?” Le respondí que claro que hay músicos venezolanos que son honestos. Como también hay abogados honestos, pintores honestos, médicos honestos, escritores honestos. Que haya algunos que se aprovechan del erario público y los petrodólares, no significa que todos hagan lo mismo. Sinvergüenzas y amorales hay en todos los gremios, en todas las profesiones, en todos los oficios. A vuelta de e-mail (ahora es difícil aquello de “vuelta de correos”) me pidió que le nombrara algunos músicos honestos, y tuve que contestarle que sería una lista muy larga, que prefiero no hacer para no dejar a nadie afuera, pero le cité un caso emblemático. Le nombré al músico más honrado, más honesto, más ejemplar, que conozco: Olaf Ilzins. Olaf nació en Letonia en 1923, y en su infancia fue un verdadero niño prodigio, que dio mucho que hablar y cuya fama cubrió varios países. La Segunda Guerra Mundial se atravesó en su carrera, y, sin embargo, cuando volvió la paz, su maestría se hizo oír en varios lugares de Europa. Por fortuna para Venezuela, vino a tener a nuestras tierras, en donde se enteró de que el día de su cumpleaños (5 de julio) es Día de Fiesta Nacional, se hacen desfiles vistosos y se toca el Himno Nacional (suele decir que esa fue la razón por la que decidió quedarse, sin seguir hacia USA o hacia Brasil, que eran las otras posibilidades que se había planteado). El hecho es que, pudiendo establecerse en donde quisiera gracias a su fama y su talento universalmente reconocidos, se quedó entre nosotros, fundó una familia y se convirtió, a pesar de las mezquindades y los egoísmos que trataron de ahuyentarlo, en la máxima estrella del violín de nuestro país, lo que ha sido una auténtica bendición para la música venezolana. Cuando estuvo en Dinamarca, siendo yo embajador, la prensa y la crítica musical saludaron su presencia con auténticas manifestaciones de admiración. Y las circunstancias me han permitido verificar esa misma admiración en muchos lugares del mundo. A título de muestra, aquí mismo se puede oír La Ronde des Lutins de Antonio Bazzini (1818-1897), una de las piezas que demuestran la verdadera maestría, el virtuosismo, de quien la toca. Acompaña a Olaf Ilzins en el piano el norteamericano Peter Vinograde, uno de los más importantes pianistas de la actualidad, ganador de varios premios y considerado un gran especialista en la música pianística de Bach. La grabación fue hecha el 07/09/1980 en el Carnegie Recital Hall de Nueva York, sin que para ello interviniera el gobierno de Venezuela ni hubiese que engrasar voluntad alguna. Simplemente, el Maestro Ilzins, violinista de primera línea, siempre es bienvenido en los lugares importantes para la música del mundo entero, y es siempre ovacionado, como lo fue en esa oportunidad por el público de Nueva York. Pero Olaf sigue siendo el hombre sencillo, incapaz de aprovecharse de su fama para obtener ganancias indebidas o ventajas inmerecidas. Tendría todo el derecho del mundo a actuar como quisiera, y actúa con sencillez, con honestidad, con verdadero profesionalismo y, sobre todo, con una rectitud inquebrantable. Merece como nadie el título de Maestro. Y hasta de santo, diría yo, porque santo significa ejemplo.

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02/10/2007


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Enlace permanente 02/10/2007 06:02:15 am Email , Categorías Opinión, Semblanzas, Música, Arte, Venezuela, Audio, • 10 comentarios »

Segundo Debut, o los rostros de Bach

por Eduardo CASANOVA

Los nervios lo hacían sentirse como un árbol en el valle del Neckar durante una tormenta de verano, y, sin embargo logró, a la larga, vestirse hasta con propiedad. Quería lucir a la vez elegante y casual, aunque sin afectación. El mínimo y oscuro espacio de su dormitorio de suspiros y sueños truncados, en la vieja pensión de Heidelberg, cerca de la Escuela de Música, se le hizo aún más pequeño. Y la torre de la Peterkirke, que era lo único que veía por el ventanuco, más grande. Como en una película de autor, su vida de músico fue pasando lentamente por su estragada memoria. Imágenes borrosas que de pronto se convertían en imágenes persistentes, iban proyectándose en la pantalla de sus ojos, una detrás de la otra, pausadamente, con calma de moribundo. Aquellas primeras tendencias que su padre, y especialmente su tío, el hermano mayor de su padre, notaron de inmediato. Aquellas primeras y muy pesadas lecciones de piano en la casa de la vieja y jorobada profesora que vivía a dos calles de la suya. Aquellas primeras sesiones de Teoría y Solfeo, compases, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, comas, calderones, espacios, formas y tiempos que poco a poco se convirtieron en su verdadero idioma. La entrada a la Escuela de Música, en donde la simpatía de uno de los profesores lo llevó a estudiar violín, a pesar de que la flauta o el oboe o el clarinete o el fagote le habrían permitido llegar más rápido y mejor. Mucho más rápido y mucho mejor. Las interminables y fastidiosísimas sesiones de escalas, de subir y bajar por las colinas sembradas de viejos y jóvenes árboles en los que el viento no tenía efecto alguno. Recorrer con los ojos, los dedos y los oídos los mismos caminos una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. La buena pronunciación del instrumento al oído. Una y otra vez. Arriba y abajo. Y luego los trucos, los pequeños trucos que hacían las grandes diferencias. Y las audiciones, en las que, por fortuna, contó con el apoyo del tío. Después, el integrarse a la pequeña orquesta, hasta llegar a la grande, sentado en la última fila, mirando de reojo, a la vez, el atril, al director y al vecino, siempre tratando de no adelantarse ni atrasarse. Y, por fin, la primera graduación, en la que el viejo profesor, que ya estaba sordo y murió no mucho después, les aseguró que llegaría a ser un virtuoso, un verdadero virtuoso, si persistía en estudiar y no se desviaba del camino. Los estudios superiores en la Unión Soviética, en la escuela más importante de Moscú, en donde muchos latinoamericanos hacían carrera. Los inviernos terribles y los veranos cargados de insectos y desfiles. Las escapadas veraniegas e ilegales a la vieja y capitalis