de Eduardo Casanova

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Categoría: Música

William Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO”

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Luis “Pito” Peralta

** Maracay lo recibió en los brazos de “Los Madrigalistas de Aragua”, de esa experiencia se llevó la alegría y el permanente orgullo de haber cantado con un coro de extraordinarias voces.

Después de varias vueltas, de una espera que nublaba la vista, logramos dar con una mesa. “Aquí hay una”, dijo una muchacha uniformada. Y nos sentamos. En el cuerpo de cada uno se agitaba un silencio lento, apacible. “Yo quiero un café”.
William Alvarado sacó de un maletín un rollo de papeles. La conversación se había iniciado ya. Sorbe el café y mira hacia la calle a través de la ventana de cristal, en una suerte de presente simple que no deja de actualizarse: afuera llueve en silencio.

-Yo nací en Barquisimeto en 1954. Pero tengo referencias e imágenes de Trujillo, de un pueblecito llamado Linares y de El Tocuyo, más que todo de Cabudare donde nos asentamos en una casona, una hacienda de café. La historia es muy parecida a esas historias comunes de este país. El doctor Julio Alvarado Silva estuvo preso cuatro años en el Castillo de Puerto Cabello, cuando Gómez. Pertenecía a la guerrilla del general Gabaldón. Luego que sale de la cárcel se va a Linares y allí conoció mamá. Se casan, se vienen a Lara, donde nacemos todos. Y todo, para ellos, comenzó en 1934”.

Aquella fotografía
Una mosca se precipita sobre el tercer montón de gente que mira a través de la araña de una lámpara. Hay una luz amarilla que se pega de las paredes de la Opera de Filadelfia. La revista está sobre la mesa. La mosca –aturdida- baja y se posa sobre la palabra “voice”, muy cerca del nombre de Luciano Pavarotti. Luego, como si no le importara el Concurso Internacional de Canto, le imprime velocidad a las alas y se deja caer sobre la nariz rosada de una niñita. La espanta y desaparece. La memoria vuelve al sitio: uno se imagina la casa donde el doctor Alvarado construyó una familia. Su hijo William ingresa al Colegio la Salle de Barquisimeto, y allí comienza la escena: el 25 de mayo de 1962, a los ocho años, actúa en público.

-Sí, por allí hay una foto que mi familia conserva con rigor. Aparezco muchachito con otros dos amigos, frente a aquellos micrófonos raros, parecidos a la cabeza de una extraterrestre. Bueno, ahí comenzó la vaina. Después me vine a Valencia. Tendría doce años cuando ingresé como tamborero a un grupo de gaitas. No teníamos instrumentos, sólo voz y tambor. Te podrás imaginar. Ya estudiando en el Liceo “Pedro Gual” ingreso, luego de cumplir los catorce, por aquello del cambio de voz, al coro del liceo.

Otra mosca: ésta tiene los ojos encendidos. Se parece a las de Monterroso. Es posible que esté borracha porque revolotea irregularmente sobre el café de William. Se despide. La perdemos de vista. La voz metálica del barítono asoma inflexiones distintas. Alude a la revista de Pavarotti. La gente que está en la portada guarda silencio, mientras la lámpara se balancea, como si fuese a caer sobre la orquesta.

-En el liceo me oyó el profesor Federico Núñez Corona, quien me invitó a cantar en el Orfeón del Ateneo de Valencia. El profesor Núñez dirigía en el liceo y también el orfeón. Luego, en una presentación en Maracay, invitado por el Coro de Ceproaragua, dirigido también por Núñez, comienzo a vincularme con esa ciudad. Ese coro primero lo dirigió Rafael Suárez. Ya yo conocía a Roberto Marín, porque Roberto cantaba en Valencia. En el año 1971 asisto al Concierto del III Aniversario de Los Madrigalistas y me quedé asombrado por su calidad, la belleza de esa agrupación. Recuerdo que ese concierto se realizó en el Teatro de la Ópera cuando éste era una ruina, totalmente abandonado. Parecía un edificio del ghetto de Varsovia. Me di cuenta de que ese coro tenía las voces más acomodadas, colocadas en el exacto lugar. Y en 1963, por insistencias de amigos, ingresé a Los Madrigalistas. Allí conocí a Isidro Moreno, Sergio García, Abner Silva, Norma Herrera, Sara Peralta y toda esa gente que eternamente ha estado en el mundo de la música.

Maracay y los viajes
En 1973, William Alvarado, siendo alumno del Liceo “Martín J. Sanabria” de Valencia, asiste al IV Concurso Voz Liceísta, que se celebró en Acarigua. Ganó y su compañera de liceo, Gisela Rojas, obtuvo otro galardón. La voz femenina ganadora ese año fue Miriam Williams. “Ese fue el año de los Williams”.

-Pero la primera cosa realmente peligrosa que hice fue mi participación en La Misa de Schubert con la Filarmónica Carabobo en 1973. Allí comienza un gusanito a decirme, a picarme, y mis estudios de bachillerato se resienten, aunque los continúo. En 1974, con la Coral Filarmónica de Aragua hacemos el Réquien de Mozart, bajo la batuta de Roberto Marín. Estuvo en el piano José Antonio Abreu. Las voces las hicimos Norma Herrera, Manuel Marín, Elvira Yajure y yo. Hicimos una gira por Maracaibo, Caracas y, finalmente, lo montamos en Maracay. Con Isabel Palacios, Norma y Manuel hicimos El Mesías de Häendel, con la Orquesta Juvenil en 1975. Después, con la Filarmónica fuimos a México y llevamos La Pasión según San Mateo, de Bach. Estuvo Juan Carlos Núñez, Federico Núñez y Roberto Marín. Fue un trabajo excitante. Un trabajo que nos llenó de experiencias, porque la música es eso, una experiencia cada vez que se trabaja.

William Alvarado toma aliento:
-En enero de 1976 llega al país, para dar unas clases el profesor Samuel Jones. Trabaja Carmina Burana. Me hace una audición. Le digo a Jones mis aspiraciones, y me pongo a buscar fondos para viajar a los Estados Unidos. Ese mismo año ya he reunido los churupos, 4 ó 5 mil bolívares, y me voy a ese país donde logro la audición. Regreso con una carta de aceptación y varias recomendaciones. Pero no tengo dinero para volver al Norte. Mis amigos de Valencia, Caracas y Maracay comienzan a realizar actividades para mi viaje y hacen una cena a beneficio en Valencia. Logran reunir diez mil bolívares. En el 77, entonces, viajo a la Universidad de Lousiana para estudiar inglés con la intención de irme a Wisconsin donde estaba Jones. En la primera recibo clases del profesor Víctor Klimash, con él aprendo mucho. Luego, el maestro Antonio Estévez, a través de los rumores de mis amigos, me llama para que trabaje en la Cantata Criolla y haga el Diablo. En Venezuela, en ese tiempo, participo con Juan Carlos Núñez en la película “Se solicita muchacha de buena presencia…”, y al fin, en agosto del 77 obtengo una beca de la universidad, pero sólo para la matrícula, de modo que lo demás debo costearlo yo. En diciembre de ese mismo año hacemos la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
En nota marginal William Alvarado confiesa que cuando tenía 15 años un amigo le prestó unos discos: “Me metí en el cuarto y puse uno en el pick up. Cerré la puerta, las ventanas y apagué la luz. La habitación se llenó de imágenes: caballos, jardines, confluencias de la sangre. Y no me di cuenta, sino un rato después, de que estaba llorando. Era la Sexta de Beethoven. Es extraño darse cuenta de que un hombre que tiene tanto tiempo fuera del mundo te haga llorar. Me sentí con él, sentado a mi lado. Y creo que los dos lloramos porque era una oscuridad donde no había el color y el olor de siempre. Allí había un color distinto. Desde ese día marqué mi destino: la música”.

De nuevo a viajar: parte del repertorio
-Luego, en el extranjero vivo en una cooperativa internacional de estudiantes, donde aprendo muchas cosas. En 1981 terminé la licenciatura en música, y ya para el 82 me vinculé con la Ópera de Caracas. También con la Escuela Federico Villena, aquí en Maracay. A través de la Fundación Neumann y del señor Valentine pude viajar a Francia en el 85, a realizar trabajos con el profesor Schuyler Hamilton.

Distintos escenarios nacionales e internacionales han tenido como protagonista a este artista venezolano, donde Mozart, Donizetti, Häendel, Haydn, Stravinsky, Bach, Menotti, Rossini, Milhaud, Bellini, Estévez, Beethoven, Ricci, Orff, Brahms y Puccini, entre otros, han sido algunos de los autores interpretados por William Alvarado. Y lo ha hecho con los distintos grupos que se han mencionado, también como solista.
Y la historia continúa.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Eduardo Casanova - CUARTETO EN SOL: TODAS LAS MUERTES

por Alberto HERNÁNDEZ
Cuarteto en Sol

1

Caminamos sobre la sombra.
Noción de una historia que corroe; gesto fácil de conocer porque las claves del espacio transitan trucadas y lanzadas a la mesa de juego. Noción de un país que se resuelve en las voces que no oye, supuestos equívocos que se hacen protagonistas de los secretos más extemporáneos.
Un hilo tenso, como el de una guitarra cubierta de polvo, agita el tiempo, lo verifica en el eco del memento mori. En reflejos difusos aparece Venezuela, un peque?o país amortajado, esa infamia de tantas decadencias.
En ese instante que es el país, llega Cuarteto en Sol (a la Generación Inútil), publicado por la Editorial Actum, Caracas 1993, una historia tan circular como el tiempo que la repite constantemente en la imagen de cuatro personajes que deambulan en igual número de movimientos. Cuatro sombras que nos pisan y nos hacen entrar en esta novela del escritor caraque?o, Eduardo Casanova.

2

(Todas las muertes, la muerte)
A la espera de las conquistas, a la espera de que el tiempo pase y se haga en cuatro adolescentes de aquellos a?os finales de la década quinta del siglo pasado de nuestra historia reciente, de aquellos días de la que creíamos la última dictadura, esta obra de Casanova vierte toda su fuerza en cuatro tonos que recogen las vidas y las muertes de Boris Gonzaga, Francisco Monroy, Serafín Arjona y Antonio Villa, este último encargado de hacer de ella (de la muerte) un símbolo tecnológico adosado a la memoria de una máquina que se desdobla en los dedos de un personaje/ narrador.
Caracas es la matriz de la muerte: el relato comienza en la ni?ez, en una clara y a la vez opaca ciudad, cuando la sombra que aún es memoria, hacía de los personajes visiones predestinadas: una violencia encajada en los dos primeros a?os de la década de los a?os noventa dejó al país envuelto en una guerra sin vencedores, toda vez que no logró superar la mentira, las promesas y las alusiones a la felicidad. Una ciudad, entonces, que se hizo país desde las heridas, desde los cadáveres, dolores, disparos y amarguras.
Abrimos el silencio. Cada uno de los personajes es una imagen que sugiere la presencia de otra, porque el carnaval, mímesis de muchas sombras y máscaras, también entrega el rictus del disimulo. La muerte es necesaria y veraz, tanto que existe en cada una de las cifras que aún no han sido aportadas por los organismos que se encargan de esas cuestiones. Una extra?a peste respira la burocracia. La misma de Camus, pero en la sangre revuelta de quienes aún viven enso?ados por las consignas.
El país se ve en la muerte y huele el aliento que flota frente a un espejo. Toda ella en la violencia colectiva.
En Cuarteto en Sol es una sola: la memoria de cuatro sujetos que ocupan las páginas de un país desvirtuado. La simulación como engendro de una sociedad sin testimonios, sin posibilidades de desenmascararla.
Boris Gonzaga muere en plena calle, entre ruidos y espasmos, con la cabeza perforada. Una bala de Fal lo silencia en medio de una borrachera, luego de pasearse por los distintos mecanismos de la corrupción, por todos los caminos que llevan a la riqueza fácil, al poder.
Un hilo invisible conduce hacia Francisco Monroy, personaje que representa los valores ideológicos de los a?os sesenta. Fue encontrado en un hotel con la mirada fija y una sonrisa muy parecida al olvido.
El rostro de la ausencia se instala en Serafín Arjona, un invertido que prueba los sabores de la noche y el día. En el mar Caribe quedan sus huesos luego de la explosión de la lancha donde huía, acosado por sus propios errores y fantasmas.
Y Antonio Villa, el desprevenido escritor que anula la inutilidad, al menos desde esa decadencia dolorosa divisa sus propios adentros en esta novela, como la mu?eca rusa, matriushka que se repite y se repite en una pre?ez casi infinita. El personaje/narrador hace del círculo la perfección de un final trágico, porque su muerte es la muerte de todos: borra (oculta) con premeditación la historia, la convierte en imagen difusa, lejana, en intimidad clandestina, en simple recuerdo. Permuta el borrón del diskette, amnesia de los signos por la suerte de una botella de whisky y por las emergentes notas del Cuarteto de las Reverencias o Cuarteto en Sol de Beethoven.
La sombra se instala en la pantalla. El país aparece en la ventana por la que Antonio Villa ve de nuevo el sol.

3

(Las claves del antihéroe)
Borrar la historia significa desnudar el fracaso, identificarlo con las distintas evoluciones que los dobles ejecutan (cada uno es una máscara, una oposición permanente: cuatro personajes que son ocho, por lo que la muerte se multiplica). La dualidad íntima e individual fracasa, porque el antihéroe se somete a un final claramente seleccionado. El fracaso, opuesto al héroe: la naturaleza de su condición terrena, su yo permanente, el viaje interior hacia él mismo.
Pero también resurge. Vuelta a la primera página, al círculo mareante que es el tiempo y a una historia que no se detiene nunca.
Blanchot dice del ocultamiento, la pantalla, la luz de la divinidad (los negocios sucios, la homosexualidad, la revuelta popular, el click del computador, el disparo, el infarto, la explosión, el click del computador): “portador de una claridad que no sólo triunfa de la noche”, el espejo oscuro, sin reflejo, que anula la pérdida, el fracaso del novelista, del hacedor/destructor de la historia dentro de la otra, taumaturgo que narra desde el vientre de la muerte, desde la muerte: “Héroe que no le debe nada sino a sí mismo, es por eso divino, pero, por eso, para siempre y desde siempre dios, y ya no es gloriosa su acción”, cuestión que despeja la presencia de este concepto en la medida en que una peque?a pantalla de computadora, renuente a romper su relación con la memoria de Antonio Villa, que también es la muerte. El héroe, según Blanchot, es una imagen en la que subsiste con el ciclo o con la tierra una connivencia maliciosa que no es unidad, pero supone un horizonte común: casi nunca está en lo vertical, sino en lo horizontal…
Héroe y antihéroe prometen acciones, pero no tienen futuro. El héroe busca alcanzar la gloria, la memoria de Dios. El antihéroe, por su parte, no asciende, baja a las sombras, al infierno, pero se queda en la memoria de los mortales, vive.
Aunque desaparezcan o no se sepa que ha muerto, sólo es, se queda en un sitio para ser sacralizado. El sitio (cementerio/ no lugar) para Antonio Villa es el monitor, la pantalla de la Samsung, el laberinto donde comenzó el temor, el miedo, la definitiva despedida de los nombres (digitalización contraria/ espejo invertido), ocurrencia que deviene número mosquetero, que no es tres sino cuatro, como en este caso no son cuatro muertes sino tres, pero a la vez cuatro por la desaparición del escritor al apagar la máquina que le permitirá retirarse hacia la botella de whisky.
El país y sus muertos, presos en una computadora en medio del fragor de un 27 de febrero. Muertos que sí manchan con sangre y letras, con sangre y miedo, con palabras y silencio. Ocurre que tanto el héroe como su contrario nunca mueren, se esconden en la memoria, en el mismo texto (intratexto, referente que no se lee), hasta debilitarse con la muerte de quien los crea o los intenta destruir.

4

(El imperio del Cuarteto y la voz de La Paideia)
Cuarteto en Sol es Beethoven, también Mozart, Bach, los Thibauld, cuatro jóvenes del trópico que regresan a diario desde las sombras y se instalan bajo el sol de Caracas. En el laberinto, donde el miedo es la performance de una ideologización, se hace clara la búsqueda permanente del conocimiento: la referencia está en Rafael Vegas, fundador del colegio donde estudian y relevante pedagogo venezolano. Una expresión humana que logra sembrar la tradición musical, sobre todo en Francisco Monroy. La muerte ejecuta una danza de jaguar en medio de los tres músicos, los clásicos, los modelos a seguir, fortalecida por la energía de Werner Jaeger en esa monumental memoria: La Paideia: los ideales de la cultura griega. Otra máscara que justifica la presencia de un personaje que se hunde en la ausencia en medio de una alejada sinfonía, como si el país ?el que está y no está en la novela- comenzara a ser desde este momento la ficción más dolorosa.
La sombra llegó para cubrir la consagración de los personajes, que aún resuenan en el silencio de la última página.

Alberto HernándezALBERTO HERN?NDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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GURRUFÍO

por Eduardo CASANOVA

Uno de los grupos que en mayor grado ha enriquecido la música venezolana, que nació pobretona pero hoy día está al nivel de las más ricas de nuestra América, es el Ensamble Gurrufío. Lo integran Cheo Hurtado, un auténtico mago del cuatro que también toca con maestría la bandola, el contrabajista David Peña, de altas ejecutorias por razones obvias, el excelente flautista Luis Julio Toro y Juan Ernesto Laya, maraquero de lujo. Se unieron en 1984 para explorar caminos en la música instrumental venezolana, y el resultado ha sido realmente asombroso. Su nacimiento ha sido para el país algo tan importante como la creación del famoso Quinteto Contrapunto, que le dio otro color y otra dimensión al arte venezolano. Se trata de cuatro auténticos virtuosos, cada uno en su instrumento, que logran integrarse de manera extraordinaria, pero que en muchas de sus actuaciones suelen hacer “solos” que dejan boquiabiertos a quienes tienen la fortuna de estar presentes. Luego de seis o siete años de arrancar aplausos en los escenarios venezolanos, iniciaron una serie de giras por el mundo, en las que han dado a conocer la música venezolana como nunca se había hecho antes. Se han presentado en varias ciudades de Japón, en Brasil, en las Antillas Neerlandesas, en el Festival Cervantino de México, en varios puntos de los Estados Unidos (en donde tuvo especial importancia su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York), en Francia, en España, en Alemania, en el Reino Unido, en Colombia, en Chile. Y, para alegría de la posteridad, han grabado varios discos compactos, uno de ellos con música latinoamericana. Con una orquesta sinfónica, Gurrufío convirtió ocho o nueve piezas folklóricas venezolanas y un potpurrí de “trabadedos” en nueve o diez obras que cualquier conocedor de la música académica puede apreciar en su justo valor gracias a los arreglos de, entre otros, Vinicio Ludovic, otro gran talento venezolano. Desde luego, nada menos podía esperarse de la genialidad de Cheo Hurtado, que buscó para integrar su Ensamble a los mejores. En mi caso, hago mención muy especial de Luis Julio Toro, no sólo un gran músico, sino un ser dotado de una simpatía grande como el Salto Ángel, hijo de Luis Toro, hombre excelente y también talentosísimo que fue mi profesor y mi amigo en el Colegio Santiago de León de Caracas en donde, por cierto, con motivo del Centenario del nacimiento de su fundador, el Doctor Rafael Vegas, pudimos disfrutar hasta la saciedad de esa maravilla que es el Ensamble Gurrufío.

 

Música Venezuela Opinión Ensamble+Gurrufío Actualidad Músicos+Venezolanos


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María Antonia Frías, mi amiga

por Eduardo CASANOVA

Era el 7 de octubre de 1941 cuando nació María Antonia Frías. Y era el carnaval de 1956 cuando la conocí. Yo tenía dieciséis años y ella apenas catorce. Nos hicimos amigos de inmediato. María Antonia era una niña prodigio, una pianista que anunciaba el renacimiento de los días de Teresita Carreño, y yo un melómano obsesivo y compulsivo que escuchaba música diez o doce horas diarias, y que era capaz de distinguir claramente distintas versiones de una misma obra sin error alguno. Si había oído una sonata de Beethoven en la versión de Wilhelm Kempff, la reconocería claramente y sabría que no era la de Claudio Arrau o la de Paul Badura-Skoda, cuyas versiones también reconocía claramente al oírlas (facultad que, por cierto, hoy he perdido). Nuestra amistad se potenció cuando ella estudiaba y ensayaba para un recital la Sonata Waldstein (Sonata para piano N° 21 en Do mayor de Beethoven conocida también como “Aurora”, y hacia el final del tercer movimiento (Rondó, allegreto moderato), en el comienzo de la Coda (Prestissimo Coda) cometió un error de tempo y yo se lo señalé. Quedó estupefacta al revisar la partitura y descubrir que yo tenía razón y ella se había equivocado, pero en vez de reaccionar con soberbia lo hizo con una gran honestidad, y me pidió que de ahí en adelante la ayudara cada vez que estudiara y ensayara alguna pieza, siempre y cuando, claro, yo la conociera. Allí nació una amistad inmensa y, sobre todo, pura. A pesar de ser dos adolescentes, nos convertimos en amigos íntimos, sin que en nuestra amistad se atravesara ningún otro sentimiento que la amistad propiamente dicha. Éramos parte de un grupito de muchachos que preferían reunirse a hacer música, a hablar de literatura, a conversar sobre teatro, pintura, escultura, y no a bailar ni mucho menos a beber. Allí estaban María Elena Coronil, Beatriz Gerbasi, Alonso Palacios, Antonio Padrón, Martín Toro, etcétera. Sólo pecábamos, entre chistes y veras, de petulantes, cuando nos decíamos “el ala juvenil del Sindicato de la Inteligencia” (Miguel Otero Silva, Inocente Palacios, Arturo Uslar Pietri, Carlos Eduardo Frías, Mariano Picón Salas, Alejo Carpentier, Isaac J. Pardo, Antonia Palacios, María Teresa Castillo, Josefina Juliac, y otro buen etcétera). María Antonia se fue a estudiar a Europa y nos escribimos, sin falta, todos los días. Conversábamos el uno con el otro día a día varias horas, nos hacíamos preguntas, nos respondíamos, comentábamos lo que leíamos, lo que escuchábamos lo que imaginábamos. Hablábamos de los amigos comunes, de sueños comunes, de un porvenir que no existía sino en nuestros sueños. A mis diecisiete, que eran sus quince, me vi de repente inmerso en una verdadera guerra. Luchábamos contra la dictadura de un personaje infame, un militar llamado Marcos Pérez Jiménez. Y María Antonia sufría doblemente desde Roma, o desde Viena. Sufría porque no estaba con nosotros y sufría porque temía por nosotros. Varias veces me pidió que no hiciera alguna de las cosas que hacíamos, porque el gobierno militar no tendría la más mínima compasión ni respeto y ella no quería llorar la muerte de un amigo. O la prisión. Celebramos juntos, a pesar de que el Atlántico nos separaba, la caída del dictador. Fueron tiempos de alegría, de una inmensa alegría que de pronto empezó a verse ensombrecida porque una enfermedad que entonces era invencible, la diabetes juvenil, se convirtió en enemiga personal de María Antonia. Cuando regresó de Europa todos admiramos su belleza, sin saber que en buena parte era producto de la muerte que envolvía sus facciones. Pero no era una muerte serena, sino activa y canallesca. Se encargó también de engañar a muchos de los jóvenes que habían luchado contra la dictadura, y de ofrecerles falsas luces para que también lucharan contra la democracia, a favor de una revolución universal que cantaba en tonos falsos desde falsos horizontes. Desde los muros de muchas cárceles que se fingían academias. Yo la vi llevarse a María Antonia sin un solo disparo, sin ninguna bomba. Una tarde estaba yo en el jardín de la casa de Natalia, que ya era mi novia formal, y vi llegar un rostro conocido. Era el chofer de los Frías y me contó que había tenido que hacer de detective para encontrarme. Y que María Antonia quería verme. Curiosamente estábamos a pocas cuadras, yo en la Tercera Avenida y ella en la Cuarta, en Los Palos Grandes. Yo en la parte alta, ella en la baja. Cuando la vi en aquel pequeño apartamento creí que la muerte me llevaría a mí también. Ya no era María Antonia, sino su sombra. Y apenas tres o cuatro días después volví a verla, ya muy quieta, ya serena, con los ojos muy cerrados. Antonia, su madre, al verme llegar a su casa en El Rosal, abandonó por un instante la fila protocolar del velorio y me llevó a ver a mi amiga muerta, encerrada en un cruel ataúd que no dejaría jamás escapar el porvenir que se había frustrado. Ya no habría más música. Ya no habría más alegría. Hoy el tiempo ha disipado la tristeza y, a la vez, ha consolidado aún más aquella bella amistad, aquella amistad pura, infantil, intelectual como pocas, que sigue llena de vida. Hoy María Antonia cumple sesenta y ocho años. Dentro de dos meses y cinco días yo cumpliré setenta. Nuestra amistad, pocos años menor que nosotros, es en nuestros tiempos un verdadero milagro: se ha conservado intacta. Vive.


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Entonces... ¿Quiénes Volverán?

por Eduardo CASANOVA

He allí el problema. Los que aparecen asociados a actos de corrupción y de abusos de poder no deben volver. No volverán. Y no hablo sólo de AD y Copei, sino también de los del MVR y el PSUV, que con la complicidad del Contralor Russián, de los diputados de la AN, de los magistrados del TSJ y de los Fiscales Generales y los Defensores del Pueblo han hecho del gobierno de Chávez Frías el régimen más corrompido y corruptor de la historia de Venezuela. Corrompido por el obsceno enriquecimiento ilícito que está a la vista. Los contratos milmillonarios sin licitación ni control, el famoso “Plan Bolívar 2.000”, que sirvió para que los militares se enriquecieran a costa de la ruina del pueblo, la multiplicación de las propiedades de la familia Chávez y muchos otros hechos que están a la vista. Y corruptor por sus planes demagógicos, sus dádivas y sus limosnas para comprar voluntades. En la historia de Venezuela hubo gobiernos que practicaron abiertamente la corrupción, como el de Andueza Palacio, que también se dedicó a sobornar y comprar voluntades para su reelección, o el de Pérez Jiménez, que por lo menos hizo muchísimas obras materiales importantes aunque a precios inflados para quedarse con las diferencias. Y la compra de voluntades con planchas de zinc y materiales para autoconstrucción fue una práctica casi común en los gobiernos de la democracia. Pero ninguno de ellos alcanzó los niveles de corrupción del gobierno del teniente coronel Chávez Frías, que además ha llevado su mano corruptora al extranjero para asegurarse clientes y apoyos para su egolátrico proyecto de convertirse en líder mundial. Y no sólo lo ha hecho con maletines y contratos jugosos, sino en terrenos como el de la cultura, en donde vemos un Oliver Stone y un Plácido Domingo sonrientes y felices, buchones como gallinas recién pisadas, pisadas por maletines de dólares que vienen del petróleo. Riquezas que no servirán para mejorar la calidad de vida de los venezolanos. Es por eso por lo que se da el fenómeno de que el teniente coronel Chávez Frías cada día pierda popularidad, pero sin que la gane la oposición. El militarcito pierde apoyo por su corrupción y su notable incompetencia, pero la oposición no lo gana porque en sus filas hay muchos que representan la corrupción de antaño. Sobre ese tema también habló Gustavo Adolfo Bécquer, cuando dijo:

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día…
ésas… ¡no volverán!

 

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ADIÓS A OTILIO GALÍNDEZ

por Eduardo CASANOVA

En la década de 1970, gracias a Oswaldo Lares y a Lilia Vera, descubrí la música y la poesía de Otilio Galíndez. Quiso la suerte que me encargara de la gestión cultural de la Gobernación del Distrito Federal en 1974, y una de las bazas de mi gestión fue, justamente, Lilia Vera, cuya voz magnífica recorrió, regando flores, los caminos de Caracas. Y entre las flores más bellas estuvieron las admirables canciones de Otilio. “Caramba”, “La Restinga”, “Pueblos Tristes”, “Mi tripón”, “Luna Dicembrina”, “Ahora”, “Flor de mayo”, “Son chispitas”, piezas armoniosas, llenas a poesía y a veces de un humor delicioso, se dieron a conocer entonces gracias a aquel plan que llevó la música a las plazas públicas caraque?as, en buena parte por el convenio que, sin ceremonias, hicimos Oswaldo Lares (“Convenezuela”) y yo, al que se sumaron, además de Lilia, Roberto y Cecilia Todd, entre muchos otros. Poco después, de aquella primavera musical de los 70, surgieron grabaciones que permitirían al gran público conocer la obra de Otilio. Compartimos amigos entra?ables en Maracay y en Caracas, y uno de ellos, el gran poeta Alberto Hernández, me avisó hoy, 14 de junio de 2009, que Otilio ya no podrá seguir cantando, ni sobrio ni entre las nubes del alma. De inmediato me vino a la memoria aquella tarde en la casa de Oswaldo Lares, en enero o febrero de 1974, cuando una se?ora amable y muy bella se le acercó a Otilio y le dijo: “Otilio: nunca te había oído cantar tan bien”, y Otilio, con una sonrisa de muchos cielos, le respondió: “Es que nunca me habías oído cantar tan borracho”. Nació el 13 de diciembre de 1935, día de Santa Lucía, en Yaritagua, en el estado Yaracuy, y como cuenta también con mucho humor Miguel Delgado Estévez, en realidad nunca fue bedel de la Universidad. Pero esa conseja era parte de su leyenda. A toda Venezuela le envío un auténtico mensaje de condolencia. Y a los ángeles del cielo, si es que existen, mi felicitación por ese nuevo ángel que en las alturas canta desde este 13 de junio de 2009.

 

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OTILIO, MUSICALMENTE GALINDEZ

por Alberto HERNÁNDEZ

Se marchó a uno de sus pueblos, cargado de alegrías
-Foto: Tatiana Hernández Cobo-

Persisto en la idea de que Otilio Galíndez vive ensimismado, porque la única manera de entender que ha dialogado con Dios está en lo que su espíritu produce, en lo que su numen revela a través de magias musicales y palabras.
Avivado por su talento, respiramos sorprendidos el vigor creativo de Otilio Galíndez, el del barrio yaritagüense donde el 13 de diciembre de 1935 viera la luz en medio de la algarabía navideña y la andariega precisión de su madre, de haberlo echado al mundo muy cerca de la fecha del nacimiento de aquel muchachito que todos los años nos mantiene pendientes de su llegada, allá en una pequeña aldea llamada Belén, rodeado de la humildad y las estrellas, de bueyes, jamelgos y camellos, campesinos y villancicos, de pastores borrachos que lo adoraron y dejaron la tradición en nosotros.
Entonces, Otilio, hijo de Rosa Felicita Gutiérrez de Galíndez, una mujer de esta tierra que a cada momento provoca pedirle la bendición, porque de alguna manera –gracias a su gracia tropical y cristiana y a la de su hijo por la estirpe de soñador- somos hijos de Rosa Felicita y hermanos de este muchachote, tan nuestro y tan querido llamado Otilio, que por nombre ha oído el susurro de los ángeles y nos lo ha traído a este lugar llamado tierra, donde hoy, precisamente, siempre celebramos felices.
Un hombre hijo de esta mujer tenía que nacer como es, musical, imaginativo, inteligente, amoroso, amigo de todos y propiedad de quienes afirmamos que Otilio es un patrimonio de nuestros afectos. Razón tiene el poeta Pedro Ruiz al decir de Rosa Felicita que “…sorprende la capacidad de recordar de Felicita en cuya voz escuchamos canciones antiguas, que a su vez ella escuchó allá en su niñez pueblerina. Luego va hasta la máquina de coser y allí, junto al dedal, agujas y lazos de colores que teje para sus nietas, encontró versos escritos “en los momentos en que me llega algo”.
Claro, por eso sigue tejiendo –como Penélope- las canciones que él lleva bajo la camisa y entrega a quienes no dejarán de repetirse el privilegio de vivir.
Con una madre así, con esa heredad, quién no logra ser Otilio. Si es que la música le viene del vientre, de esa sagrada cosmogonía que fue habitación fundacional que celebramos con todas las ganas.
Hablar de Otilo es tan fácil que se nos hace un placer. Fácil por lo que tiene de espíritu, como una vez dije en mi pueblo de Guardatinajas, mientras Dámaso Figueredo y todas las calles del caserío lo celebraban y se entregaban enteramente, en ocasión de hacerle una fiesta a Otilio en pleno corazón de Guárico, mientras la luna veranera del llano caía sin permiso sobre nosotros. Y es cierto, Otilio es puro espíritu.
No hay otra manera de abordarlo. No podemos convertirnos en críticos, en impenitentes académicos para llegar a la conclusión de que este señor de Yaracuy es un músico e imaginero magnífico, extraordinario ser humano que llevamos con lujo en el corazón.
Y para no olvidar lo que ha hecho, este caballero de Yaritagua ha sido amado musicalmente por voces como las de Morella Muñoz, Soledad Bravo, Lilia Vera, Cecilia Todd, Esperanza Márquez, María Teresa Chacín, Simón Díaz, Henry Martínez, Jesús Sevillano, Pablo Milanés, Mercedes Sosa y todas las corales del mundo que en Venezuela cantan, porque sin temor a cometer un desliz, Otilio es nuestra navidad y nuestro año entero en las canciones que nos ha regalado.
Me felicito por estar entre los amigos de este creador, quien nos ha entregado, a entre otros, Juan Carlos Núñez, Luis Ochoa, entre otros, todo el afecto para sentirnos orgullosos, así como a mis parientes calaboceños Miguel y Raúl Delgado Estévez, y a los siempre cordiales hermanos Naranjo, también de la yaracuyana tierra, de la hermosa villa de Guama.
Habitamos en plural las canciones de Otilio. ¿Quién no ha sentido que el mundo es mejor cuando escuchamos “Son chispitas”, “Caramba”, “Candelaria”, “Flor de mayo”,”Mi bella dama”? Y quién no ha visto con los ojos entrecerrados que existe un país donde los “Pueblos tristes” muestran sus más reveladoras miserias a través de un perro que nos enseña la presencia de Dios¿ ¿Quién no ha viajado con “Ahora”? ¿Quién no le cantado a los hijos “Mi tripón”? ¿Quién no ha sido feliz con Otilio?
La música de Otilio nos descubre, nos hace evidentes por lo complejo de su sencillez, por la poesía que contiene y seduce. La tierra y su gente, los pequeños milagros, la lluvia y el sol, los ríos y los pájaros que pueblan árboles gigantes, la mata frutal que revienta a diario en un patio, el niño que nos mira desde su inocencia y hambres, la muchacha que pila las ilusiones, el hombre bajo un sombrero y en cuyos ojos lleva a una dama. La dulzura de su trabajo artístico, sin dejar de lado el compromiso con él mismo y con su mundo, nos mantienen en constante avidez por saber qué otras creaciones nos entregará, porque este señor siempre está inventando, tanto es así que en este momento tiene entre las cejas el tempo y la armonía de una obra que está a punto de brotar en colores, alegrías, ensueños y pasiones, sólo posibles en alguien que jamás ha olvidado su origen.
Se marcha Otilio cargado de afectos, de amores regados por el mundo. Nos deja uno de los legados más hermosos que hombre alguno haya creado: sus canciones, su bondad, su inteligencia, sus bromas, su bohemia que tanto hicimos nuestra en su casa y en todas partes.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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La agonía de la cultura venezolana

por Eduardo CASANOVA

Publicado originalmente en Analítica Premium, 29 de mayo de 2009.

El intento de destrucción del Ateneo de Caracas y la sistemática negación del territorio más amplio de la cultura venezolana, que es el ocupado por los artistas, escritores, investigadores y en general trabajadores de la cultura que no apoyan en absoluto a quienes han gobernado del país desde 1999, son las líneas maestras de la política cultural, si es que se puede llamar así, de los seguidores del teniente coronel Chávez Frías. No es un fenómeno nuevo ni original. Los regímenes totalitarios, desde hace mucho tiempo, han sido destructores sistemáticos de la cultura. Así ocurrió en la Unión Soviética de Lenin y de Stalin, que se vendía como un medio en el que el hombre desarrollaría con toda libertad la creación artística en todas sus ramas, y terminó siendo un desierto que aplastaba con sus garras a todo artista que no se mostrara sumiso y servil a los poderosos. El resultado fue la muerte de la literatura rusa, que había sido uno de los movimientos literarios más notables del siglo XIX, y la muerte de la música rusa, que a comienzos del siglo XX prometía convertirse en la vanguardia de la música mundial, y la muerte de las artes plásticas rusas. Lo ruso pasó a ser un movimiento de exiliados que poco a poco perdieron sus raíces, y esa destrucción aún no ha podido ser superada. También Alemania, que en el primer tercio del siglo XX mostró una vitalidad casi inigualada, vio perecer todo lo que tenía algo de creación artística en manos del régimen totalitario nazi, lo mismo que la Italia de Mussolini (en menor grado) y la España de Franco, y más recientemente la Cuba de Castro, cuyo movimiento cultural sólo ha podido mantenerse en el exilio, condenado también a perder sus raíces y extinguirse. La insensatez de exigir una música revolucionaria, o una literatura revolucionaria, o una plástica revolucionaria, combinada con el mal gusto y el atraso de los capos de esos gobiernos, que generaron movimientos grotescos como aquel “realismo comunista” o los movimientos “nacionalistas” y “arios puros”, que generaron –los unos y los otros– quemas de libros y de obras de arte “degeneradas” y persecución de artistas, y hasta asesinatos.
Algo similar se vio en Venezuela durante los regímenes dictatoriales de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez, aunque en grado mucho menor, puesto que la persecución de la censura no alcanzó del todo a herir a los artistas plásticos ni a los músicos, por ejemplo. Por fortuna, las dictaduras venezolanas no seguían ideología alguna, y sólo condenaban a quienes elogiaban la democracia y la libertad o proclamaban su repudio a las dictaduras. Durante el gobierno dictatorial de Gómez, a pesar de la persecución contra los escritores que manifestaban abiertamente su repudio a la tiranía (Pocaterra, Blanco Fombona, Job Pim, Leo, etcétera), pudo crearse y establecerse el Ateneo de Caracas en 1931, y desde entonces, pasando por los difíciles tiempos de la dictadura perezjimenista, el Ateneo fue una auténtica tribuna de creadores, de artistas, de intelectuales, en su casi totalidad gentes de avanzada, que aun en el tiempo dictatorial no ocultaban su aspiración a que se estableciera para siempre un régimen democrático en el país.
La democracia, que se estableció por fin en 1958, fue terreno fértil para la creación y para todas las manifestaciones artísticas y culturales del país. Los gobiernos democráticos, en general, siempre se manifestaron abiertos y proclives al desarrollo cultural, a pesar de algunos lunares que no hicieron otra cosa que estimular a quienes los combatieron y derrotaron. Por lo regular, la política cultural de los regímenes democráticos buscó fomentar las artes y la cultura como un todo, bien mediante estímulos económicos o bien mediante la creación de plataformas para que las manifestaciones artísticas se conocieran y se difundieran. Los museos creados y desarrollados durante los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita, las colecciones bibliográficas de esos mismos tiempos, la creación, y en tiempos de la democracia plena, del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (inciba) y del Consejo Nacional de la Cultura (Conac), así como la creación de Fundarte, del Centro de Estudio Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) o del Instituto Autónomo de Biblioteca Nacional y de Servicios de Biblioteca y de toda una red de instituciones dedicadas al quehacer cultural, apuntan en ese sentido. La década de 1970 fue rica en ejemplos de descentralización cultural y de estímulo a la creación, con el positivo elemento de que a nadie se le preguntaba cuál era su tendencia política ni se le exigía favorecer una determinada ideología para recibir los beneficios de esas políticas culturales (aunque hubo casos en los que sí se hizo, que fueron muy criticados y generalmente repudiados hasta por los mismos gobernantes de turno). Me consta que las ayudas monetarias dadas por los organismos culturales del estado en forma de subsidios o subvenciones en un alto porcentaje eran recibidas por gentes nada cercanas a los partidos de gobierno (AD y Copei), y en muchos casos absolutamente identificadas con la izquierda, y hasta con la izquierda subversiva. Todo eso dio muchísimos frutos, y es evidente e innegable el crecimiento cultural de Venezuela durante los cuarenta años en los que imperó el sistema democrático.
Esa realidad empezó a cambiar en 1999, cuando llegó al poder un militar populista, demagogo y con muy poco apego a la democracia, y que poco a poco ha ido llevando al país a una situación cercana a la realidad que ha vivido Cuba en los últimos cincuenta años, a la que vivieron Alemania, Italia y España, o la Unión Soviética y sus satélites hasta la caída del muro de Berlín, o China aún en nuestros días. El régimen venezolano cada día pretende ideologizar más la cultura, hasta llevarla a ser una simple pieza de su máquina de propaganda, lo que equivale a matarla. Pronto se vio que se eliminaban o no se daban ni subsidios ni subvenciones a personas y organizaciones que no fuesen cercanas al gobierno, y sin la más mínima vergüenza los personeros del gobierno en el área de cultura afirmaron públicamente que no apoyarían sino a quienes defendieran el socialismo. Así desaparecieron muchas organizaciones apolíticas, cuya existencia dependía de esos subsidios y subvenciones, y muchos organismos oficiales dejaron de ser útiles a la población, al convertirse en simples marionetas del gobierno.
Por definición, aquellas entidades culturales que tienen vida propia, aun cuando en muchos casos se reforzaban con subsidios y subvenciones, pudieron seguir adelante. El Círculo de Escritores de Venezuela, el Pen Venezuela, por ejemplo, se bastan con sus propios recursos y han podido sobrevivir. Para extinguirlos tendrán que prohibirlos y ahogarlos expresamente. Y algo similar ocurre con los Ateneos, que son organizaciones privadas que viven porque sus integrantes quieran que vivan. El más importante de todos, el Ateneo de Caracas, fundado, como se sabe, por María Luisa escobar un grupo de personas interesadas en la cultura, en 1931, es el Ateneo por excelencia de Venezuela. El gobierno militarista decidió quitarle el subsidio, que ya se había visto mermado en más de una oportunidad. La respuesta de su directora fue contundente: el subsidio del Conac sólo era el 18% del total de sus ingresos, y no le es difícil seguir adelante con el 89% restante. Pero el gobierno, inspirado en la Alemania nazi, en la Unión Soviética y en la Cuba comunista, decidió dar un paso más hacia su destrucción, el 7 de mayo anunció que le quitaría el edificio que le fue otorgado en comodato en marzo de 1983. Un edificio que fue especialmente diseñado para el Ateneo, y que ha sido uno de los sitios más y mejor usados por la cultura venezolano. Y, para colmo, el gobierno anunció que se roba, así mismo hay que decirlo, que se roba el edificio para convertirlo en sede de un esperpento anunciado por aquel infeliz personaje que en mucho justifica los chistes sobre gallegos, el tal Farruco Sesto, que es la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte), cuya creación fue publicada en la Gaceta Oficial número 38.924, de fecha martes 6 de mayo de 2008, decreto presidencial número 6.050. Un esperpento que une al llamado Instituto Universitario de las Artes Plásticas Armando Reverón (Iuesapar), el Instituto Universitario de Danza (Iudanza), el Instituto Universitario de Teatro (Iudet) y el Instituto Universitario de Música (Iudem), todos, por decir lo menos, de dudosa reputación. Es una forma de convertir a los alumnos de esos colegios en cómplices del asesinato del Ateneo de Caracas. Cómplices que son víctimas de la política aberrante del gobierno en materia cultural, puesto que están condenados a no progresar jamás en un medio ahogado, oscurantista y mediocre.
Pero, a menos que usen la fuerza policial y encierren en mazmorras, como las de la Seguridad Nacional, que estaban cerca del Ateneo geográficamente, a todos los artistas e intelectuales de Caracas relacionados con el Ateneo de Caracas, no van a poder destruirlo. El Ateneo funcionará en casa particulares, funcionará en la calle, luchará y vivirá, porque tiene con qué.
Apenas anunciado el abusivo robo de su sede, se produjo la primera acción en defensa no sólo del Ateneo de Caracas, sino de la cultura venezolana: la creación del “Frente de Resistencia Cultural José Ignacio Cabrujas”. Ante una prensa interesada, en el acto en que se anunció su creación, Tulio Hernández dejó muy claro que la lucha apenas comienza: “Si la cúpula cívico-militar aprendió a gobernar totalitariamente en medio de un contexto de simulación institucional, -dijo- la disidencia tiene que aprender a responder en condiciones diametralmente análogas, la resistencia democrática, me gustaría llamarla”. (…) “Este zarpazo significa lo que significó para la libertad de expresión el cierre de RCTV y lo que significó para la democracia el nombramiento de Jacqueline Faría como autoridad única del Distrito Capital". Y no hay que olvidar que la brutal acción fascista del gobierno contra RCTV significó el inicio de una resistencia más seria y más coordinada contra el régimen del teniente coronel Chávez Frías. Eso permite pensar que el zarpazo contra el Ateneo implicará una resistencia más sólida por parte de la verdadera inteligencia venezolana, lo que a la larga nos permitirá tumbar, definitivamente, el Muro de Berlín convertido en Muro de Caracas.
El pésimo gobierno del teniente coronel Chávez Frías pretende que la cultura venezolana muera. La ha herido en varias partes y querría que el golpe final fuera el cierre del Ateneo de Caracas. Querría, pues, ver la agonía de la cultura venezolana como un paso previo a su muerte. Pero se equivoca: la palabra “agonía” (del Griego αγωνία, “el sufrimiento extremo") no significa final. Significa lucha, combate, y de la misma raíz griega viene la palabra protagonista (πρωταγωνιστής, protagonistes), “el que actúa la primer parte, actor jefe”. Y todo esto implica que, con el abusivo acto contra el Ateneo, el gobierno antidemocrático ha tocado una fibra muy sensible. Lo mejor de la inteligencia venezolana ha asumido, con la creación del “Frente de Resistencia Cultural José Ignacio Cabrujas”, el papel de protagonista en la lucha contra el totalitarismo, contra la oscuridad, contra el atraso y por un país definitivamente mejor. Y su cuartel general, para hablar en términos que el bárbaro quizás conozca: es el Ateneo de Caracas.


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Enlace permanente 30/05/2009 06:22:14 am Email , Categorías Opinión, Ideas, Política, Historia, Música, Arte, Venezuela, Crónica, Actualidad, Literatura, • 3 comentarios »

EL ATENEO NO ES UN LUGAR, ES UNA IDEA

por Carmen Cristina WOLF

Las ideologías excluyentes, sean de corte fascista o comunista, edifican sus regímenes sobre los escombros. Hacen loas sobre la destrucción de los valores, tradiciones y cultura anterior a sus “gestas”. Por eso, ¿cómo podría extrañarnos la decisión del gobierno actual de intentar desaparecer el Ateneo de Caracas? No sólo éste,
Sino todos los Ateneos de Venezuela.
Recordemos cómo se creó el Ateneo de Caracas. Fue fundado en 1931 por iniciativa de la pianista y compositora valenciana María Luisa Escobar, quien también creó la Asociación Venezolana de Autores y Compositores y luchó incansablemente por el reconocimiento a los Derechos de Autor. María Luisa González Gragirena, quien adoptó el apellido Escobar después de su segundo matrimonio con el violinista José Antonio Escobar Saluzzo, reunió en su casa a un grupo de mujeres con la intención de constituir una Junta que habría de fundar un Centro dedicado a la Cultura, el Arte y la Ciencia. El nombre de Ateneo de Caracas fue propuesto por Eva Mondolfi. La primera directiva la integraron Luisa del Valle Silva, Cachi de Corao, Enma Silveira y Ana Cristina Medina Jiménez. Los padrinos del acto de fundación fueron el maestro Pedro Antonio Ríos Reina y Eva Mondolfi.
La historia del movimiento cultural venezolano giraba en torno al Ateneo de Caracas. Congregó a pintores, escultores, novelistas, poetas, historiadores, músicos, el mundo del teatro y el ballet. Impulsó la cultura con proyección internacional. Desde sus inicios, el Ateneo fue un lugar de convergencia de destacados hombres y mujeres y era frecuentado por los escritores, en especial el Grupo Viernes, combatido, incomprendido en sus novísimas creaciones poéticas. Con los viernistas, escribe Lucila Palacios en su libro Espejo Rodante, se reunían los integrantes del Ateneo en la casa de habitación de María Luisa Escobar, para dar lectura a sus obras. Algunos de ellos, Pedro Grases, Pablo Rojas Guardia, Pascual Venegas Filardo, Manuel Felipe Rugeles, Aquiles Certad, Luis Fernando Álvarez y Ramón Díaz Sánchez
De las nuevas generaciones también frecuentaron el Ateneo Aquiles Nazoa, Rafael Clemente Arráiz, Juan Beroes, Ida Gramcko, Ramón González Paredes, Lucila Palacios, Luz Machado, Alirio Ugarte Pelayo, Ana Enriqueta Terán, Jean Aristiguieta, Pedro Antonio Vásquez, René D´Sola, Manuel Alfredo Rugeles y otros.
La historia, aunque algunos deseen sepultarla en el olvido, tiene la terquedad de los grandes ríos. Ellos siempre vuelven a su cauce natural aunque la voluntad humana trate de desviarlos. Este recuerdo documentado con notas de prensa, escritos de puño y letra y fotografías, viene a cuento a raíz de la intervención, por parte del Ministerio de la Cultura, en la administración de los Ateneos de Venezuela.
A propósito de estas declaraciones Carmen Ramia, Presidenta del Ateneo de Caracas, señala: “…El Ateneo de Caracas es una institución privada como lo son todos los ateneos del país y tenemos capacidad de decisión. La intervención es una aberración … La ley indica que somos un ente privado y no nos pueden intervenir, pero como aquí no se respeta la ley, todo es posible. A nosotros pueden quitarnos el edificio y el subsidio –que es sólo del 18 % del presupuesto-, esto lo que significaría es que entregamos el edificio y nos vamos a otra sede y seguimos trabajando como hasta ahora porque el Ateneo no es un edificio” … Por otra parte, Javier Martínez, al frente de la Federación de Ateneos de Ateneos, considera ilegal esta intervención, por ser estos instituciones de carácter privado, que sólo reciben una fracción de recursos del Estado para su financiamiento. Para Martínez, “el que los ateneos sean reductos privados para la cultura es positivo, puesto que los aleja de la politización” (El Nacional 8/08/07).
Desde su fundación hasta ahora, el Ateneo de Caracas es y ha sido un tributo a la excelencia, al amor por el país, donde han tenido cabida todas las tendencias políticas y las manifestaciones de la cultura venezolana, sus tradiciones, sus valores. Las señoras María Teresa Castillo, Carmen Ramia y sus colaboradores han realizado una valiosa labor que ha permitido a niños, jóvenes y adultos recrearse con los conciertos, el teatro, el cine, las exposiciones de artes plásticas, presentaciones de libros, foros, conferencias, recitales, en fin, no podría en una nota dar cuenta de lo que nos ha ofrecido siempre el Ateneo de Caracas, con unos precios casi irrisorios que han permitido a los ciudadanos de pocos recursos económicos conocer y disfrutar las manifestaciones culturales mas diversas.
Y regresando a los primeros años de funcionamiento del Ateneo de Caracas, de cuya iniciativa surgió la creación de Ateneos en todo el país, me entrego a la lectura de los diarios de la época, y leo que a partir de 1932 se dictan conferencias sobre la historia, se celebran festivales de poesía y música, con la participación de escritores venezolanos y extranjeros, entre ellos Andrés Eloy Blanco, Fernando Paz Castillo, Luisa del Valle Silva, Jacinto Bombona Pachano, Alberto Arvelo Torrealba y otros. El Ateneo creó la Exposición Anual de Artes Plásticas, a la que concurrió todo el país. Se expuso la obra de Armando Reverón, Federico Brandt y Francisco Narváez, entre otros. Mi biblioteca abunda en datos sobre la espléndida labor del Ateneo en sus primeros años de existencia, pero debo concluir con una reflexión: El Ateneo de Caracas siempre fue una institución de carácter privado, abierto a todos sin distinciones y sirvió de reducto a las luchas contra la dictadura. El 14 de febrero de 1936 se instala en su sede la Junta Patriótica Femenina y el día siguiente se instala en su sede la Guardia Cívica Venezolana. En el Ateneo se celebraron las Conferencias Venezolanistas. El país vivía momentos agitados a raíz de la muerte de Juan Vicente Gómez y en la clandestinidad se trabajaba por la libertad. Al finalizar la etapa gomecista se celebraron numerosos eventos literarios, uno de ellos en homenaje a Rómulo Gallegos a su regreso del exilio, con el concurso de escritores de la talla de Antonio Arráiz, Lucila Palacios y Julián Padrón.
Vivimos días de destrucción sistemática de la memoria histórica de Venezuela por parte de un régimen que se ha propuesto borrar todo lo que pertenezca al pasado, aunque sean las mejores manifestaciones de un pueblo inteligente, laborioso y creativo como el nuestro. Es importante tener presente lo que han significado y significan los Ateneos en Venezuela. No olvidemos tampoco a María Luisa Escobar y a todos aquellos hombres y mujeres que trabajaron con dedicación y honradez. Es necesario recordar sus luchas y su compromiso con el movimiento artístico, literario y musical del país.
La ciudadanía venezolana tiene mucho que decir con respecto al apoyo que merece el Ateneo de Caracas. Es y será siempre de todos los venezolanos, aunque sea acogido de nuevo en una casa humilde, en cualquier parte, porque el Ateneo no es un lugar, es la idea de la cultura en libertad de pensamiento, sin exclusiones de credo, nacionalidad, religión o color político.


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¡Basta ya!

por Eduardo CASANOVA

Que cante el niño en la escuela
Como el obrero en la fábrica
Y el empleado en la oficina
Y el campesino en el surco
Y que la madre sonría
No más odio
No más rabia
No más bombas lacrimógenas
¡Basta ya!

Que le estudiante en las aulas
Converse con el maestro
Y que la abuela recuerde
Y el sacerdote en el púlpito
Hable de Dios y de Paz
No más odio
No más rabia
No más bombas lacrimógenas
¡Basta ya!

Que el deportista compita
Que el mecánico repare
Y el profesor investigue
Y el artista invente mundos
Y alegre la vida el músico
No más odio
No más rabia
No más bombas lacrimógenas
¡Basta ya!

¡Basta ya!


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¡Formidable!

por Eduardo CASANOVA

Formidable: adj. 1. Magnífico, estupendo. 2. Enorme. 3. Admirable. Así define la Academia la palabra “formidable”. Pero como es costumbre, se queda corta. O por lo menos se quedó corta con respecto al estreno de mi comedia “Chirimoya Flat”, que fue anoche (15 de abril de 2009) en el auditorio del Colegio Emil Friedman, en Los Campitos. Los actores (Laureano Márquez, Cayito Aponte, Crisol Carabal, Levy Rossel, José Manuel Vieira, Liliana Meléndez, Luis Carreño, José Roberto Díaz, Ramón Góliz, El Mago Sandro) estuvieron formidables, el cuarteto de cuerdas clásico BECUADRO, el flautista Miguel Pineda y el cuatrista Luis Pino, estuvieron formidables. El vestuario de Marcos Prieto, la Escenografía de Freddy Belisario, el Diseño Gráfico y de Video de Gabi Valladares O., la Dirección Técnica y Producción de Video de Luis Sisinno, la Producción Ejecutiva de José Luis Morenza y Luis Carreño, y la Producción Artística de Carlos Silva estuvieron formidables. Y, sobre todo, la Dirección General y puesta en escena de José Tomás Angola Heredia estuvo formidable, más que formidable. La economía de recursos y el aporte de talento fueron notables, magníficos, estupendos, enormes, admirables, por decir lo menos. Y hasta el público, que disfrutó de aquello como pocas veces se ha visto, estuvo formidable. Es una clara demostración de que los gobiernos pueden hacer horrores, pueden destruirlo casi todo, pueden tener las peores intenciones, pero hay algo formidable que no pueden destruir y ni siquiera dañar: el talento.


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La Carta sobre la mesa

por Eduardo CASANOVA

Link: /La carta sobre la mesa

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

La carta sobre la mesa

Capítulo en formato PDF

En agosto, poco después de declarada la Independencia y de las primeras acciones bélicas que anunciaban la guerra, el Congreso se dedicó a estudiar el proyecto de Constitución, cuyo autor casi único fue Francisco Javier Ustáriz.
Francisco Javier Ustáriz es uno de esos casos extraordinarios de entrega y renunciación que dio Venezuela en aquellos complicados días. Era un mantuano, un aristócrata criollo con todas las de la ley, nacido en Caracas en 1772. Tendría, pues, treinta y nueve a?os cuando se convirtió en el redactor de la primera Constitución, no sólo de Venezuela, sino de toda la América espa?ola. Su familia estaba entre las más poderosas y ricas de Caracas, y él se distinguió como estudiante de derecho en la Universidad de Caracas, y como estudioso de todas las doctrinas jurídicas y políticas de su tiempo. Pero además era músico y humanista, interesado en todo lo que pudiera parecer positivo y digno de atención en su tiempo. En su casa organizó tertulias que atrajeron a todos los intelectuales y artistas de Caracas, como Andrés Bello. El 19 de abril estuvo entre los que formaron la Junta de Gobierno que sustituyó al gobernador y capitán general Emparan, y cuando se constituyó el Congreso, fue diputado por San Sebastián de los Reyes. Luego de presentar y defender su avanzadísimo proyecto constitucional de 1811, y después de que logró que se aprobara por una gran mayoría (y de que lo único en lo que no hubo una mayoría aplastante fue en lo relativo a los fueros y privilegios, a cuya eliminación se opusieron los curas), debería haber formado parte del Poder Ejecutivo con Francisco Espejo y Fernando Rodríguez del Toro, pero no pudo viajar a Valencia a incorporarse, razón por la cual el Triunvirato fue sólo de uno, o, en realidad de dos, gracias a que el suplente, Francisco Javier Mayz, que era diputado, sí estaba en Valencia y pudo incorporarse, para nada, porque ya la anarquía era el verdadero instrumento de gobierno. La caída de la primera república implicó su prisión, y estaba encerrado en las bóvedas de La Guaira cuando Simón Bolívar reconquistó Caracas luego de la Campa?a Admirable, gracias a lo cual reconquistó su libertad. Fue designado Síndico del Consulado y redactó un proyecto del gobierno para que se rigiera la nueva república, proyecto que no pudo ejecutarse debido a la reconquista del poder por parte de los realistas espa?oles en 1813. Con miles de venezolanos, Ustáriz huyó a Oriente (1814), y el 11 de diciembre de ese a?o fue asesinado por un soldado realista cerca de Maturín, poco después de la muerte de Boves en Urica. Tenía apenas cuarenta y dos a?os.
Esa primera Constitución, la de 1811, es en realidad un instrumento avanzadísimo, para el cual no estaba preparada la sociedad en forma alguna. No había precedente en qué apoyarse, y quizás por eso resultó un cuerpo extra?o y duró tan poco. Establecía la Federación como forma del Estado, y hablaba de Confederación. Esa forma de Estado se convirtió después en lo normal en la América espa?ola, y fue adoptada por los argentinos, los mexicanos, los brasile?os, los centroamericanos, y parece obvio que respondía al ejemplo de los americanos del Norte. En América del Norte funcionó, pero en el resto de América, no. La Constitución de Ustáriz, además, consagraba la separación de poderes, y establecía un Poder Legislativo, dividido en Cámara de Representantes y Cámara del Senado, con una forma que no es la usual en esta última, pues la representación senatorial no era igual por provincia, sino que se apoyaba en una base mayor que la usada para elegir los diputados, con lo que simplemente la Cámara del Senado era más peque?a que la Cámara de Representantes y por ello se perdía lo que generalmente implica la existencia de un Senado, que es la igualdad entre las provincias, independientemente de su población. En cuanto al Poder Ejecutivo, era colectivo, en forma de triunvirato. El Sistema Electoral era censitario, establecía claras limitaciones en cuanto al derecho a elegir y a ser elegido a partir del sexo y de las condiciones económicas de cada quién, tal como lo había sido en la elección del primer Congreso. Sin embargo, en ella se hizo una declaración expresa y solemne de los derechos del hombre, que enumera como libertad, igualdad, propiedad y seguridad, en lo que parece haber una seria contradicción, puesto que si sólo determinadas personas tenían derecho a elegir y a ser elegidos, mal podía hablarse de igualdad. Es, sin embargo, la aplicación de la doctrina del Estado liberal, que era en aquel tiempo la más avanzada que podía concebirse, y que reconoce unos derechos fundamentales que son anteriores y están por encima del Estado, y que pertenecen a cada individuo por naturaleza, mucho más allá de todo poder del Estado, que debe reconocer que los límites de su actuación están marcados por esos derechos fundamentales, y que su tarea esencial es la de servir de garante de esos derechos. Sin embargo, en esa Constitución no se reconoció, como derecho, la libertad de cultos, y más bien se estableció la religión católica, apostólica y romana como religión del Estado, lo cual parecería absolutamente inevitable en su momento. Uno de los puntos más delicados del proyecto era la abolición de todos los fueros personales, contemplada en el artículo 180, y que tendía, sí, a establecer la igualdad entre todos los seres humanos mediante la eliminación de determinados privilegios que existían para algunos grupos, como los nobles y los curas. A ello se opusieron radicalmente los curas que actuaban como diputados, y al firmar la aprobación de la Constitución, los sacerdotes Juan Nepomuceno Quintana, Manuel Vicente de Maya, José Luis Cazorla, Salvador Delgado, José Vicente de Unda, Luis Ignacio Mendoza y Juan Antonio Díaz Argote, así como el laico Luis José de Rivas y Tovar, declararon que protestaban contra la aprobación de aquel artículo 180. Francisco de Miranda, aunque aprobó abiertamente la eliminación de los fueros personales, dejó constancia de su inconformidad en otros aspectos, con las siguientes palabras: “Considerando que en la presente Constitución los poderes no se hallan en un justo equilibrio, ni la estructura u organización general suficientemente sencilla y clara que pueda ser permanente, que por otra parte no está ajustada con la población, uso y costumbres de estos países, de que puede resultar que, en lugar de reunirnos en una masa general o cuerpo social, nos divida y separe en perjuicio de la seguridad común y de nuestra Independencia, pongo estos reparos en cumplimiento de mi deber.” No mucho tiempo después, los hechos le dieron toda la razón. Pero en aquel preciso momento mucha gente creyó que lo hacía porque no lo habían elegido para integrar el Poder Ejecutivo.
El 21 de diciembre de 1811 fue la aprobación final de la primera Constitución que se aprobaba en Hispanoamérica, y que causó una honda herida y un terrible resentimiento en las autoridades espa?olas, que al condenar a muerte a la República Ni?a, condenaron a muerte al Imperio Espa?ol, que desaparecería del todo menos de un siglo después.

Capítulos Publicados:
La ni?a mopribunda

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro?jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Peque?a Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por Espa?a, contra Espa?a…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los ni?os felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Ni?a recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Ni?a enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa

 

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