de Eduardo Casanova

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Categoría: Arte

¿POR QUÉ ESCRIBO?

por Eduardo CASANOVA

Eduardo Casanova Sucre

Hoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.

 
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Y ya no amamos

por Alejo URDANETA

De repente,
la lluvia insiste,
y ya no amamos.

De repente,
a tu lado
hay un mundo de silencio:
Miramos por los cristales
sucios de tiempo perdido,
mañana de bruma lenta,
y el agua cae por las acequias
y se lleva las hojas.
Y ya no amamos.

Está oscuro el día,
alguien inocente duerme.
Guardas silencio
y miras la lluvia.
Sólo suena un respiro de brisa,
serena y pausada,
el respiro de alguien
que duerme
el sueño del desamor,
y tú eres el sueño.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

 
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Yoyiana Ahumada en Literanova

por Noticias

Yoyiana Ahumada Licea

Periodista y productora de contenido (Caracas,1964), Magister Literae (Universidad Simón Bolívar, 2001) Investigadora- especialista en la obra de José Ignacio Cabrujas-docente, guionista y actriz. Locutora 30996. Ha trabajado en el diario El Nacional como redactora de la revista Primicia, Papel Literario del diario El Nacional y la Edición Aniversaria de este diario de la cual ha sido editora en dos oportunidades. Colaboradora de una serie de diarios y revistas nacionales: Arsterisco (Ars Publicidad) (1986); Semanario Mujer-Mujer, El Diario de Caracas, (1989) la revista Viernes y El Ojo del huracán (1990) El Periódico del Teatro; D8 del diario Ultimas Noticias, Complot, El Nacional , El Mundo, Qué Leo, Diario Frontera; así como para la revista Ollantay Theater de Nueva York y los sites: www.teatroenmiami.com; www.scoladanoite.com; www.teatroenlinea.com; www.prometeodigital.com; www.informativos.net . Directora de Información del Festival Internacional de Teatro en dos ediciones (1992 y 1990) y de El Diario de El Festival (1990-1992). Gerente de prensa y eventos de la Galería Viva México (1986); Centro de Directores para el Nuevo Teatro (1990-1995) ; Editorial Planeta Venezolana y coordinadora de promoción de los autores: Jaime Baily, Marcela Serrano, Alonso Salazar, Covadonga O’Shea, Santiago Gamboa y Rosa Regás, Victor Guèdez; Docente del curso Iniciación al teatro (Consejo Nacional de la Cultura) (1989-2000); la materia Géneros televisivos (Universidad José María Vargas, 1997-1998) y el Seminario Cabrujas ese ángel terrible (Fundación para la Cultura Urbana 2005). Ponente en el 1er Seminario de Comunicación Audiovisual (1995) Guionista de telenovelas (Venevisión) (1992-1995) y RCTV (2004-2005); (2009-2010) y Telemundo (Decisiones -2006) guionista- productora de los documentales María Teresa Intensamente, sobre la vida de la gerente cultural venezolana María Teresa Castillo (1997); Perfiles de la música caraqueña del siglo XX (2003) y Toque a Caracas (2006)
Autora y /o/ compiladora de las publicaciones El mundo según Cabrujas (Alfa editores / 2009) Cabrujas ese angel terrible (Taller impartido en la Fundación para la Cultura Urbana); 50 Imprescindibles, (Fundación Cultura Urbana, 2002) Empresas de vida ambos de la Colección Econoinvest y del Primer Diccionario de la Televisión Venezolana (2003), Alucinados, visionarios e irreverentes, la idea escénica en Venezuela en los años 70 ( Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y CONAC, editado por el sello La Iguana Bohemia del Ecuador,2001) Voces Nuevas del Celarg Narrativa (1990) y la obra teatral Anatomía de un Viaje. (Fundarte, 1997) y Polvo de Hormiga Hembra (2007). Trabaja como periodista freelance y productora de contenido para las revistas Contrabando; el diario El Mundo; revista Claro, colabora con el blog literario loshermanoschang, emilioichikawa, Ideasdebabel.com y tiene su propio blog www.yoyiana.wordpress.com
Prepara un libro Portugal y Venezuela 20 testimonios para la Fundación de la Cultura Urbana y semanalmente participa en el programa Zonalibre de Alexandra Cariani en la radio FM Cultural 97.7; es Directora Ejecutiva de Cuarta Pared Producciones.

 

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EDUARDO CASANOVA FINALISTA EN EL PREMIO IBEROAMERICANO DE LITERATURA ARTURO USLAR PIETRI

por Noticias

Informó el profesor Carlos Pacheco, presidente del Jurado del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri que la discusión final entre los integrantes del jurado, integrado además por Jordi Carrión, Francisca Noguerol, Miguel Gomes y María del Pilar Puig, se centró en las novelas “Blue Label”, de Eduardo Sánchez Rugeles, y “La jaula de los tigres”, de Eduardo Casanova, ambos venezolanos. Al final privó el criterio generacional y el premio le fue otorgado a Sánchez Rugeles, autor aún inédito de 31 años que utilizó un lenguaje juvenil en su obra. Sin embargo, destacó que la novela de Casanova impresionó vivamente a todos los integrantes del jurado, pero, desafortunadamente, las bases del premio no permiten que se divida entre dos participantes. El monto del Premio se había anunciado en 25 mil dólares americanos, pero por disposición del gobierno venezolano quedó finalmente reducido a menos de la tercera parte de esa cantidad.

 

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Dos notas de Manuel Bermúdez

por Colaboraciones

Sobre Valles de Aragua, la Comarca Visible
ASI NACE LA JERGA

-Manuel Bermúdez-

Uno sabe cómo hablan los andinos y los llaneros, los orientales y los maracuchos. Pero resulta difícil cogerle el tono y la pasá al habla de los aragueños; no obstante ser los Valles de Aragua, la comarca visible. Así se titula el libro de Alberto Hernández, poeta y periodista nacido en Calabozo y residenciado en Maracay, donde ha realizado toda su obra intelectual, de creación y divulgación de lo culto y lo popular. Este libro, que apadrinamos en el teatro de la Opera de la capital aragueña, junto con los poetas Antonio Trujillo y Luis Alberto Crespo, es una edición de Impresos Urbina. Y recoge una serie de reportajes publicados en El Periodiquito, del cual Alberto es director del suplemento cultural Contenido. Los reportajes son una muestra de lo geográfico, lo histórico, lo popular y lo lingüístico de las ciudades, poblaciones y aldeas del estado Aragua, las cuales tienen una misma identidad político-territorial. Pero son completamente diferentes unas de otras.
Como dice Alberto, “la cruz bautiza con su verbo añejo. Pero cobrizos y blancos quemados por el sol comenzaron a sentirse a través de raros vocablos difíciles de decir”.
Por ejemplo, los garabatos que usaban en San Francisco de Asís, para colgar la carne, según Esteban León, no son los mismos del maracayero asimilado Hugo Chávez, cuando llama así, en lenguaje beisbolero, a una curva prolongada. Maracay es, junto con Valencia, la metrópoli de la región Centro-Sur venezolana. San Francisco de Asís es “un pueblito de potreros y tunales”, “dos vainas de casas regadas por allí”, como dice Esteban León.
A través de la conversa con la gente vieja de los pueblos, Alberto va construyendo la historia de los mismos. Pero para sacarle lo que saben o recuerdan los pures, hay que manejar términos antiguos y propios de cada lugar. Cuando entrevistaba al señor León, de 98 años, dice que había un rapio de sol que “derrumbaba el polvo que se levanta frente a la casa de su hija”. Rapio es un sol arrecho, que no registran los diccionarios de venezolanismos. Pero eso le da pie para que el entrevistado le diga metafóricamente: “Aquí lo que quedan son ramitos de las primeras gentes”, con lo cual la visión de pobreza y desolación del lugar queda expresada con una carga significativa, más elocuente que el cuadro estadístico de los sociólogos o los demógrafos.
(Tomado de Así Es La Noticia, Caracas, 1999)

CUATRO POETAS CALABOCEÑOS
(Lecturas de memoria)

-Manuel Bermúdez-

Pienso que una lectura de memoria es el acto de recordar algo que se ha leído hace tiempo o hace poco, sin la presencia del texto escrito.
De los poetas calaboceños el que más recuerdo y memorizo es Francisco Lazo Martí, autor de la Silva criolla y las Crepusculares. Claro. Está ligado al liceo de Apure, donde yo estudié, y el cual lleva su nombre. De la Silva recuerdo de memoria la introducción, muy formal y neoclásica, con “mirto y rosa y pálidos jazmines”. También versos sueltos, referentes al verano, la sequía y la trashumancia del ganado. Así como la llegada de las lluvias, época en la que el llano reverdece.
Florecer es amar, dice el poeta. Y por allí va desarrollando la esencia de la vida llanera, y la va mezclando a la intimidad de su existencia. De las Crepusculares siempre me acuerdo textualmente de aquella que comienza: “A través del discreto claroscuro/ mirándolo abultar bajo el corpiño/ con la turgencia del anón maduro”. Me gusta el juego sintáctico de ocultar el seno de la mujer, objeto amoroso, en el lo enclítico, del verbo miraba. Así mismo el juego semántico y al forma como reaparece freudianamente en sus sueños, “cada vez que maduran los anones”.
De Luis Barrios Cruz no he logrado aprenderme ningún verso completo. Pero sí tengo flashes verbales y metafóricos. Imágenes de la realidad nativa entrelazadas con giros estilísticos de poetas españoles contemporáneos, como García Lorca, Alberti o Aleixandre. En sus romances, Federico García, refiriéndose a una corrida de toros, dice: “La plaza como la tarde/ giraba como un zodíaco”, y encontraba en el pensamiento de los guardias civiles: “una vaga astronomía/ de pistolas inconcretas”. Barrios Cruz viaja en “la sombra de un avión”; da “respuesta a las piedras”, mientras un humo azul sale a buscar un lucero. Barrios mezcla su existencia y su paisaje con reminiscencias poéticas.
A Efraín Hurtado lo conocí cuando dio un curso de posgrado en el Pedagógico. Estaba recién llegado de París. Y andaba inmerso en Althusser y Foucault. “¡Dios ha muerto¡”, dijo en un curso de sociología de la Universidad Central. Y los estudiantes creyeron que era el Anticristo. Después Luis Alberto Crespo le publicó unos poemas en el Papel Literario y apareció el llano de su infancia. Nada de Francisco Lazo. No de barrios Cruz. El paisaje volaba en palabras. Era viento que golpeaba unas puertas maltrechas. Atravesaba un espacio y seguía hasta perderse en el infinito. Así mismo se fue Efraín. Lo leí. Y no sé cómo memorizarlo.
En cambio con el poeta Alberto Hernández empecé a leerlo conversando con él. Habla poco, pero silabea silencios. El paisaje es él. Y lo que escribe es el mundo que ha visto y ha leído. Presentando su última obra en la librería del Ateneo de Caracas, su amigo, el poeta Crespo, habló de un discurso que está afuera y adentro de una ventana. No es el Jesucristo que se le presenta a William Blake en una de sus visiones metafísicas. Pero sí una fotografía del propio Alberto, que aparece en una pestaña de su libro Nortes. Leyendo Nortes, Bestias de superficie y Fragmentos de la misma memoria de Alberto Hernández, he logrado memorizar que la existencia del poeta se convierte en esencia vital. Y el paisaje se transforma en escritura. Mientras que la vida no es más que un discurso, donde Dante, Shakespeare, Eliot y Ligia andan de la mano con el lector. Y si a usted, como lector, se le ocurre preguntarme: Bueno, ¿y qué tiene que ver Alberto Hernández con los poetas Lazo Martí, Barrios Cruz y Efraín Hurtado? Me limitaré a responderle que son Fragmentos de la misma memoria.

 
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William Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO”

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Luis “Pito” Peralta

** Maracay lo recibió en los brazos de “Los Madrigalistas de Aragua”, de esa experiencia se llevó la alegría y el permanente orgullo de haber cantado con un coro de extraordinarias voces.

Después de varias vueltas, de una espera que nublaba la vista, logramos dar con una mesa. “Aquí hay una”, dijo una muchacha uniformada. Y nos sentamos. En el cuerpo de cada uno se agitaba un silencio lento, apacible. “Yo quiero un café”.
William Alvarado sacó de un maletín un rollo de papeles. La conversación se había iniciado ya. Sorbe el café y mira hacia la calle a través de la ventana de cristal, en una suerte de presente simple que no deja de actualizarse: afuera llueve en silencio.

-Yo nací en Barquisimeto en 1954. Pero tengo referencias e imágenes de Trujillo, de un pueblecito llamado Linares y de El Tocuyo, más que todo de Cabudare donde nos asentamos en una casona, una hacienda de café. La historia es muy parecida a esas historias comunes de este país. El doctor Julio Alvarado Silva estuvo preso cuatro años en el Castillo de Puerto Cabello, cuando Gómez. Pertenecía a la guerrilla del general Gabaldón. Luego que sale de la cárcel se va a Linares y allí conoció mamá. Se casan, se vienen a Lara, donde nacemos todos. Y todo, para ellos, comenzó en 1934”.

Aquella fotografía
Una mosca se precipita sobre el tercer montón de gente que mira a través de la araña de una lámpara. Hay una luz amarilla que se pega de las paredes de la Opera de Filadelfia. La revista está sobre la mesa. La mosca –aturdida- baja y se posa sobre la palabra “voice”, muy cerca del nombre de Luciano Pavarotti. Luego, como si no le importara el Concurso Internacional de Canto, le imprime velocidad a las alas y se deja caer sobre la nariz rosada de una niñita. La espanta y desaparece. La memoria vuelve al sitio: uno se imagina la casa donde el doctor Alvarado construyó una familia. Su hijo William ingresa al Colegio la Salle de Barquisimeto, y allí comienza la escena: el 25 de mayo de 1962, a los ocho años, actúa en público.

-Sí, por allí hay una foto que mi familia conserva con rigor. Aparezco muchachito con otros dos amigos, frente a aquellos micrófonos raros, parecidos a la cabeza de una extraterrestre. Bueno, ahí comenzó la vaina. Después me vine a Valencia. Tendría doce años cuando ingresé como tamborero a un grupo de gaitas. No teníamos instrumentos, sólo voz y tambor. Te podrás imaginar. Ya estudiando en el Liceo “Pedro Gual” ingreso, luego de cumplir los catorce, por aquello del cambio de voz, al coro del liceo.

Otra mosca: ésta tiene los ojos encendidos. Se parece a las de Monterroso. Es posible que esté borracha porque revolotea irregularmente sobre el café de William. Se despide. La perdemos de vista. La voz metálica del barítono asoma inflexiones distintas. Alude a la revista de Pavarotti. La gente que está en la portada guarda silencio, mientras la lámpara se balancea, como si fuese a caer sobre la orquesta.

-En el liceo me oyó el profesor Federico Núñez Corona, quien me invitó a cantar en el Orfeón del Ateneo de Valencia. El profesor Núñez dirigía en el liceo y también el orfeón. Luego, en una presentación en Maracay, invitado por el Coro de Ceproaragua, dirigido también por Núñez, comienzo a vincularme con esa ciudad. Ese coro primero lo dirigió Rafael Suárez. Ya yo conocía a Roberto Marín, porque Roberto cantaba en Valencia. En el año 1971 asisto al Concierto del III Aniversario de Los Madrigalistas y me quedé asombrado por su calidad, la belleza de esa agrupación. Recuerdo que ese concierto se realizó en el Teatro de la Ópera cuando éste era una ruina, totalmente abandonado. Parecía un edificio del ghetto de Varsovia. Me di cuenta de que ese coro tenía las voces más acomodadas, colocadas en el exacto lugar. Y en 1963, por insistencias de amigos, ingresé a Los Madrigalistas. Allí conocí a Isidro Moreno, Sergio García, Abner Silva, Norma Herrera, Sara Peralta y toda esa gente que eternamente ha estado en el mundo de la música.

Maracay y los viajes
En 1973, William Alvarado, siendo alumno del Liceo “Martín J. Sanabria” de Valencia, asiste al IV Concurso Voz Liceísta, que se celebró en Acarigua. Ganó y su compañera de liceo, Gisela Rojas, obtuvo otro galardón. La voz femenina ganadora ese año fue Miriam Williams. “Ese fue el año de los Williams”.

-Pero la primera cosa realmente peligrosa que hice fue mi participación en La Misa de Schubert con la Filarmónica Carabobo en 1973. Allí comienza un gusanito a decirme, a picarme, y mis estudios de bachillerato se resienten, aunque los continúo. En 1974, con la Coral Filarmónica de Aragua hacemos el Réquien de Mozart, bajo la batuta de Roberto Marín. Estuvo en el piano José Antonio Abreu. Las voces las hicimos Norma Herrera, Manuel Marín, Elvira Yajure y yo. Hicimos una gira por Maracaibo, Caracas y, finalmente, lo montamos en Maracay. Con Isabel Palacios, Norma y Manuel hicimos El Mesías de Häendel, con la Orquesta Juvenil en 1975. Después, con la Filarmónica fuimos a México y llevamos La Pasión según San Mateo, de Bach. Estuvo Juan Carlos Núñez, Federico Núñez y Roberto Marín. Fue un trabajo excitante. Un trabajo que nos llenó de experiencias, porque la música es eso, una experiencia cada vez que se trabaja.

William Alvarado toma aliento:
-En enero de 1976 llega al país, para dar unas clases el profesor Samuel Jones. Trabaja Carmina Burana. Me hace una audición. Le digo a Jones mis aspiraciones, y me pongo a buscar fondos para viajar a los Estados Unidos. Ese mismo año ya he reunido los churupos, 4 ó 5 mil bolívares, y me voy a ese país donde logro la audición. Regreso con una carta de aceptación y varias recomendaciones. Pero no tengo dinero para volver al Norte. Mis amigos de Valencia, Caracas y Maracay comienzan a realizar actividades para mi viaje y hacen una cena a beneficio en Valencia. Logran reunir diez mil bolívares. En el 77, entonces, viajo a la Universidad de Lousiana para estudiar inglés con la intención de irme a Wisconsin donde estaba Jones. En la primera recibo clases del profesor Víctor Klimash, con él aprendo mucho. Luego, el maestro Antonio Estévez, a través de los rumores de mis amigos, me llama para que trabaje en la Cantata Criolla y haga el Diablo. En Venezuela, en ese tiempo, participo con Juan Carlos Núñez en la película “Se solicita muchacha de buena presencia…”, y al fin, en agosto del 77 obtengo una beca de la universidad, pero sólo para la matrícula, de modo que lo demás debo costearlo yo. En diciembre de ese mismo año hacemos la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
En nota marginal William Alvarado confiesa que cuando tenía 15 años un amigo le prestó unos discos: “Me metí en el cuarto y puse uno en el pick up. Cerré la puerta, las ventanas y apagué la luz. La habitación se llenó de imágenes: caballos, jardines, confluencias de la sangre. Y no me di cuenta, sino un rato después, de que estaba llorando. Era la Sexta de Beethoven. Es extraño darse cuenta de que un hombre que tiene tanto tiempo fuera del mundo te haga llorar. Me sentí con él, sentado a mi lado. Y creo que los dos lloramos porque era una oscuridad donde no había el color y el olor de siempre. Allí había un color distinto. Desde ese día marqué mi destino: la música”.

De nuevo a viajar: parte del repertorio
-Luego, en el extranjero vivo en una cooperativa internacional de estudiantes, donde aprendo muchas cosas. En 1981 terminé la licenciatura en música, y ya para el 82 me vinculé con la Ópera de Caracas. También con la Escuela Federico Villena, aquí en Maracay. A través de la Fundación Neumann y del señor Valentine pude viajar a Francia en el 85, a realizar trabajos con el profesor Schuyler Hamilton.

Distintos escenarios nacionales e internacionales han tenido como protagonista a este artista venezolano, donde Mozart, Donizetti, Häendel, Haydn, Stravinsky, Bach, Menotti, Rossini, Milhaud, Bellini, Estévez, Beethoven, Ricci, Orff, Brahms y Puccini, entre otros, han sido algunos de los autores interpretados por William Alvarado. Y lo ha hecho con los distintos grupos que se han mencionado, también como solista.
Y la historia continúa.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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En la Feria del Libro del Colegio Santiago de León de Caracas

por Eduardo CASANOVA

El viernes 27, de 10 AM a 4 PM, estaré en la Feria del Libro del Colegio Santiago de León de Caracas (Calle San Carlos, La Floresta) firmando ejemplares del libro “RAFAEL VEGAS", de la Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional.


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Mancho Roo

por Eduardo CASANOVA

Herman Roo Gómez, “Mancho” Roo, acaba de irse hacia esas regiones que a todos nos gustaría saber cómo son, pero no podemos. Nadie regresa a contarnos cómo son. Muchas veces he tratado de imaginar cómo son y no logro pasar de especulaciones que, diez minutos después, me parecen absurdas. Ya Mancho debe saber cómo son. Ya debe haberlas comprendido. Su inteligencia, simplemente extraordinaria, de una sola mirada las descifró. Se encontró con el Viti Méndez (o Vitis, que era el apodo oficial de Alberto Méndez Arocha, aunque creo que nadie pronunciaba esa “ese” final) otro ser de inteligencia especial, que se fue también hace poco, y deben estar intercambiado ideas y experiencias. Ambos fueron ingenieros y ambos se especializaron en lo eléctrico. Y ambos fueron humanistas, interesados en todo lo que convierte al ser humano en un ser muy especial. A Mancho lo conocí hace por lo menos cincuenta y cinco años, en una Caracas que, como diría Jorge Manrique, “fue mejor”. Su gusto por la buena música, la buena literatura y la vida plena nos hizo amigos, a pesar de que nos separaban cuatro años de vida en una etapa en la que cuatro años de vida parecen un abismo insalvable. Era Mancho el amigo más cercano de Carlos Armando Figueredo, que no mucho después se convirtió en mi cuñado, además de mi amigo. Fue también compañero de estudios de Pablo Casanova, mi primo, otro ingeniero de inteligencia nada común y también aficionado a la buena música, la buena literatura y la vida plena. En 1984, cuando Ignacio Iribarren Borges me designó Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) y me permitió escoger a los miembros de la directiva, uno de los primeros que llamé fue a Mancho y, para mi fortuna, aceptó. Muchos fueron sus aportes, no sólo como directivo del Celarg, sino como miembro de la Directiva de la Fundación Celarg, que junto con Isaac J. Pardo (a quien llamaba “tío Saco”) y otros valiosísimos intelectuales de nuestro tiempo, integró para poner en marcha aquella iniciativa que había recibido, entre otras, la responsabilidad de inaugurar la Casa de Rómulo Gallegos. Allí verifiqué que la inteligencia, bien usada, es una bendición. Hoy lamento hasta las lágrimas la ausencia definitiva de un amigo, de un buen amigo, aunque supongo que ya debe haber descubierto la más importante de todas las verdades, y eso debe tenerlo feliz.

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Reencuentro con Adriano González León
LA EDAD ES UN LENGUAJE QUE RETIENE EL OLVIDO

por Alberto HERNÁNDEZ

Solo, encerrado en un cuarto, el Viejo se muere. Adriano lo escribe para anclar la memoria en recuerdos ya idos, en el parpadeo de ciertas voces que ya no están. Una novela que aún busca lectores. Una novela que se olvida en los estantes, como el anciano que escribió desde su cercana muerte.

El tiempo enmudece cuando oye:
-Un juicio es siempre defectuoso porque lo que uno juzga es el pasado-, dice entre el follaje verbal de Gran Sertón: Veredas la savia de Guimaraes Rosa. Tono de edad oculta, la imagen que consigue corporizar la desolación en una suerte de espiral que reclama otra voz, la que crece en las páginas de Viejo (Alfaguara/ Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, Colombia, 1995), novela que Adriano González León trazó casi para despedirse.
Viejo es el espejo de la muerte, la imagen que despierta la aversión, el enlace entre la conciencia y el cuerpo vencido, listo para la danse macabre.

En febrero de 1995, mes de salida al público del libro, Adriano reveló parte de la motivación de esa historia mientras repasaba las páginas de algunas publicaciones de La liebre libre:
-¿Saberse viejo no es fácil?
-No, y te respondo con el mismo comienzo de la novela: Sobre todo, porque nunca quiere saberse.
Después de esa afirmación, el autor de País portátil, entre bromas y momentos de una extraña seriedad, comentó sentir reticencia –en ese momento- para hablar del tema, pese a que “la vejez forma parte de la mirada pública y llega un momento en que no puedes ocultarla, deshacerte de ella”.
-¿Estamos condenados al olvido?
-Afortunadamente. Sí, estamos, porque la memoria se agota, se desvanece, se pierde en el silencio. Y eso es el olvido-, deja en el aire.
-Es decir, ¿nos olvidamos desde nosotros mismos?
-Hace rato citabas a Huizinga. Creo que el tiempo gotea demasiado sobre nosotros. En estos tiempos es más fácil perder la memoria, que es perder la vida, llegar al sitio donde es imposible avanzar. ¿Cómo decía Huizinga?
-En El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga escribió: “Tres temas suministran la melodía de las lamentaciones que no se dejaban de entonar sobre el término de todas las glorias terrenales. Primero, este motivo, ¿dónde han venido a parar todos aquellos que antes llenaban el mundo con su gloria? Luego, el motivo de la pavorosa consideración de la corrupción de cuanto había sido un día la belleza humana. Finalmente, el motivo de la danza de la muerte, la muerte arrebatando a los hombres de toda edad y condición”.
-¡Uff…Me siento viejo…-, eco del libro. Adriano parpadea y sonríe.

La edad es un lenguaje
La estación de Adriano es el lenguaje y con él vigoriza la memoria. La presencia de un personaje que teje una trama hacia el pasado, indica la elaboración de un espacio en el que un lenguaje muy particular también es personaje.
-Claro, afirma el escritor, si recorremos nuestras lecturas, si las revisamos, nos daremos cuenta de que hemos vivido con él, con la voz de los otros, con el lenguaje ajeno, el eco de alguien que nos habla.
-¿Tiene edad la palabra, el lenguaje?
-Tenemos edad con él. Si somos lenguaje, palabra o silencio, morimos con él. Morimos con la edad de la palabra que hemos usado.

“El héroe, hombre activo por excelencia, sólo le debe su ser al lenguaje”, confiesa Blanchot, y desde esa perspectiva, sumada al hecho de que el viejo se desdobla en el tiempo a través del “flujo de la conciencia digresiva”, nuestro autor ha construido –con la pasión característica del novelista- un canto simbólico en el que prevalece el uso de un tiempo que se detiene a veces y que se precipita no tanto hacia delante, sino hacia los lados referenciales de una evocación fragmentada, en una instantánea fractura de una historia diseminada por la imaginación, de naturaleza trágica, “elegíaca”, para decirlo con Julio Ortega.
-¿De cuánto olvido estamos hechos?
-Si hablamos así, llegaremos a pensar que la acumulación de datos, la cultura, es un vacío, el olvido que esperamos, la muerte. Somos la suma de todas esas muertes.
La edad habla, la vejez es un habla cuya particularidad radica en un tono más espiritual que físico, atado a una conciencia recurrente, a veces designada por los tropiezos de un extenso paseo por los recuerdos.
-Como lector, creo entender ese largo “olvido” del viejo al regresar a los lugares e imágenes borrosas, inseguras de unas anotaciones cuyos límites están en la tensión lograda, precisamente, por el tono de despedida que rezuma la coherencia de ese cuaderno nuclear. El viejo escribe, mejor, se escribe para sobrevivir a su propia historia-, afirmo.
-No, escribe para morirse -, dice Adriano.

Los dos espacios
“Siempre de regreso en los caminos del tiempo, no adelantaremos ni atrasaremos: tarde es temprano, cerca lejos”, repite Blanchot, y en este intento del narrador venezolano por deshacerse de la coherencia rítmica del tiempo, está el paisaje de la insuficiencia, del fracaso, de la indolencia, de la desolación.
-Para crear el mundo debo dividirlo. Para fundar las imágenes del tiempo debo confrontarlas, recurrir al espejo donde la palabra se corporiza, se mueve-, musita Adriano.

La ficción repite la imagen. Dentro de ella, en ese vientre ajeno, un relato engendra otro relato. Memoria migratoria que revela el momento en que la palabra se detiene. Hay un lugar, costura que conjuga las vueltas del tiempo, donde el narrador reconoce la eternidad: la muerte, esa cotidianidad del vacío, del silencio total, de la descarnadura, de la palabra ausente.
¿Quién traduce el viaje hacia el pasado? ¿Es la nostalgia la última apreciación, el intento por alejarse del cuerpo y hacer de la conciencia el remedio para el olvido? ¿O acaso el miedo atávico es la meta del desaliento?
Entre el olvido y los dolores físicos se debate esta historia que Adriano González León construyó con el tiempo, con su tiempo, y con los deslizamientos de la evocación.
Un allá, un acá. El acá es la decadencia, la advertencia que “De pronto se me vinieron los pasos…”, en el vuelo de las aves, en los espíritus emplumados que conquistaron el cielo para alejarse de la tierra, para dejar de ser cuerpo físico y acercarse a Dios.
Dos miradas en el tiempo: una finita, otra eterna, la más precaria es la entonación de un texto inconcluso, prefigurado por un discurso que es el testimonio de un hombre acabado, paideia del desencanto, de la transmigración: el texto fragmentado de esta novela de Adriano da la idea de un espacio donde todo puede ser posible, hasta la muerte.
-Me quedo con lo que dijo Huizinga-, remata el novelista.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Alejo Urdaneta, el escritor

por Eduardo CASANOVA

En un texto previo hablé de la pasión literaria de Alejo Urdaneta (Caracas, 1944), que sorprende en pleno siglo XXI, cuando Venezuela parece haber perdido el rumbo y los venezolanos, ante el mundo, no son otra cosa que o nuevos ricos petroleros o pobres resentidos, incapaces de nada profundo. La realidad es otra: el petróleo, la falsa riqueza del petróleo, le ha hecho un daño inmenso a Venezuela y a los venezolanos, y la imagen del país y de sus habitantes está deformada y es ajena a lo real. Lo real es que en Venezuela hay nuevos ricos que no sirven para nada, y también hay pobres que no tienen, no han tenido, la más mínima oportunidad de crecer, pero hay también, como en todo país, gentes de bien, que se desarrollan, que aportan mucho a su sociedad.
Uno de ellos es Alejo Urdaneta, el escritor, que habiendo podido conformarse con ser un abogado que gana y pierde causas y que puede hacer buen dinero ganando y perdiendo causas, se ha dedicado a enriquecer el patrimonio de todos los venezolanos con sus trabajos literarios, y para ello se ha dedicado no sólo a escribir, sino a leer, a estudiar, a cultivarse, hasta ser uno de los venezolanos más cultos de nuestro tiempo. Eso lo apreció, por ejemplo, Arturo Uslar Pietri (que quedó gratamente sorprendido al leer el cuento “La Tebaida”, de Urdaneta, que no sólo combina teatro y narrativa sino que tiene un manejo exquisito del ambiente), y lo apreciamos especialmente todos los que solemos conversar con Alejo, compartir su buen gusto musical y literario, que es grande como una cordillera, o simplemente compartir ratos de buen humor y buenas copas, en los que se recorre el universo de punta a punta y algo más. Y buena parte de esa cultura ha aflorado en su obra literaria. Inicialmente en sus cuentos, y luego en sus ensayos.
Entre sus cuentos uno de los que más me llama la atención es “El despojo”, premiado en su momento en un importante concurso del país y publicado inicialmente en el Papel Literario del diario El Nacional, un cuento que puede confundir a un lector no avezado y ubicarlo en la corriente superada del criollismo literario, pero que en realidad es un muy elaborado relato que se apoya, como los ensayos de Urdaneta, en una cultura sólida y vastísima, no sólo humanística, sino jurídica (en este caso). “Despaciosa y certera la mano de Pedro Burguillo. Afilado el machete, vuela entre la maraña de mosquitos para trozar la maleza, o para desbrozar el matorral y permitir que la cosecha sea buena. Así se lo ha dicho Andrés Díaz: que la limpieza sea completa y pueda justificar el salario que le paga generosamente (Hazlo así, Pedro Burguillo. Con precisión y firmeza. Al término de cada semana tendrás la paga. Limpia bien, Pedro Burguillo; que no quede matorral ni zarza). El brote es rebelde y hace sudar a Pedro Burguillo…” Así empieza “El despojo”, como si se tratara de una trama ruralista, que es lo que podría inducir a la confusión inicial del lector desprevenido. Pero en realidad es una trama compleja en la que se enfrentan y compiten tres astucias, la del dueño del terreno, la del funcionario judicial y la de Pedro Burguillo, el campesino, que bien podría vencer a los tres y quedarse con la propiedad. Sin embargo, en narrativa más importante que el tema es el lenguaje, y en este caso, Urdaneta maneja el lenguaje literario como pocos: “Suena un silbido que alerta la hojarasca y pronuncia perfiles de extraña tensión en el ánimo del rustico atador de brozas. Lo escucha y advierte el sentido que exhala el llamado…” Hay allí poesía, estructura, un excelente manejo de la palabra que nada tiene que ver con corrientes ya superadas. “Se hace pájaro Pedro Burguillo con otro silbido, el suyo más agudo, más de tierra. (No te distraigas en la labor, Pedro Burguillo. Este terreno debe estar listo para el banqueo y debes terminar de segar y limpiar. Recoge la gavilla y quémala, Pedro Burguillo, pero no te entretengas. Pronto tendremos lluvia, largo invierno). El murmullo de la tarde ya avanzada no permite saber si el silbido de los gruesos labios es de hombre o animal”. Bien podría decirse que en este cuento se conjugan dos de las corrientes que el autor maneja con toda propiedad: la literatura y el derecho: “No se pudo constatar el despojo. No procede la aplicación del interdicto". Es posible que el Juez esté desilusionado y la tierra que Pedro Burguillo cultiva con tanto esfuerzo siga en la posesión de Andrés Díaz. Podría también ser posible que él mismo, en la labor de banqueo y en la quema de la gavilla de brozas, atraiga más cada vez hacia si mismo el amor de la tierra; que a la tierra él la fecunde para que sea suya. (Yo no tengo tiempo para ocuparme de mi heredad; por eso te la he encomendado, Pedro Burguillo. Cuídamela bien). Podría morir Andrés Díaz y no existir más esa persona a quien el Juez llama “el poseedor legitimo". Debe estar él, sólo él, arropado con la maleza, con la fibra de su mano tendida sobre el machete certero”. Y, sin embargo, no es un cuento-ensayo, sino un cuento puro. Es la narración de esa situación en la que tres fuerzas se encuentran y sólo una vencerá. Y lo más importante: es un tema urbano que se desarrolla en un medio rural. Por encima de todo, es un cuento con un peso específico nada común, que nos revela la gran calidad de Alejo Urdaneta como cuentista.
Otro texto que da luces sobre la cuentística de Urdaneta es “Florencia Niña” (Cuento alegórico en dos tiempos, dos espacios), en donde el autor, también con un lenguaje poético, lleva al lector, en efecto, por dos espacio y dos tiempos abiertamente contrastantes, pero lo mantiene dentro de una sola situación. El texto se inicia con la ubicación del personaje dual, con las siguientes pinceladas: “Escuchabas en la cocina de la pobre vivienda la salmodia del agua en el fregadero. Con delantal y cofia percudida, la mujer, madre y patrona, repite el consejo y la orden que advierten del escarmiento y la estrechez, el inútil arrepentimiento por la pobreza no aceptada. Junto a los panes que ayudas a moldear, extendidos en el fogón, se confunden la ternura y la amenaza”. Es un ambiente de pobreza, pero pintado con tal maestría que no hay nada sórdido en él. Lo que hay es poesía, atmósfera, buena literatura y, de nuevo, una gran capacidad para plasmar varias realidades superpuestas que pueden engañar al lector. Pero de repente, con un recurso cinematográfico, el lector ya no está en el ambiente sórdido de un barrio pobre, sino en una de las ciudades más bellas del mundo, que durante siglos ha sido el centro del humanismo: “Al salir y cerrar la puerta de la cocina, estás en Florencia, en un cuartucho desde donde ves el Baptisterio y la Galería, los enigmas de Medusa desmembrada por Perseo, la fuente limpia tan diferente de la que adorna el patio de la casa. Y entras en la plaza del color del pan que llevarás ahora al mercader para venderlo como tus recuerdos perdidos en el polvillo con que dibujaste a Florencia niña, Florencia puente. Después, las monedas echadas con indiferencia, recibidas para llevarlas a la madre y patrona que reprende y prepara de nuevo el manjar desabrido que habrá de servirte en el refectorio de oración y recogimiento”. El elemento pobreza subsiste, pero ahora se mezcla con la más importante de las riquezas: la espiritual. Allí está el Arno, el Baptisterio, los puentes y, sobre todo, Beatriz, la amada del Dante, que es la poesía, todo en un espacio en el que el nombre Florencia lo determina todo. Todo es onírico, el lector, llevado de la mano con suavidad por el poeta, por la reencarnación de Virgilio, vuelve a recorrer los espacios de la “Comedia” dantina, sólo que no se despega de la cocina humilde, de las paredes manchadas, de la plancha, del espacio en donde manipula la harina para dibujar a Florencia niña, “para que te acompañe con destino al mercader de los panes. Presientes que no serán rezos ni admoniciones lo que escucharás, sino voces dichas por labios que expresan deseo, apremio, y finalmente aceptación. Y todos los murmullos y campanas quedan lejos y sólo es Florencia niña que tiende un puente sobre el Arno”. Es la imaginación, la poesía, la que en realidad entra por los ojos del lector, que de repente vuelve a la realidad: “…y así el fogón y el refectorio se alejaron del ambiente para llevarte con Florencia al cuartucho desde cuya ventana no verán, el Baptisterio sino un fondo de techos de zinc oscurecidos de tempestad, trepidantes de viento y atardecer. El rugido de las aguas llega a oídos de Florencia niña, y ella se deja llevar por torrentes que arrastran perseos de lodo, reyes de cal, medallas desgastadas. La inundación del río llegó hasta Florencia puente, hasta el lecho que han destendido, y los anega de furiosas emociones”. Es la realidad la que se impone: la bella ciudad, el centro del mundo, sufrió la calamidad de las aguas, y la niña sufre la calamidad de su vida: “…del peso de la miseria con el aroma de mies y levadura”. Es la palabra lo que cuenta: Florencia es un nombre propio, nombre de la ciudad más bella del mundo, nombre de la joven que padece su realidad y escapa de ella en sueños. Nombre que lleva al lector, al mismo que alguna vez pudo ser llevado por Virgilio y por Dante a los espacios más sublimes, a los espacios de un cuento que también es poesía pura.
La poesía de Alejo Urdaneta, aún dispersa, es también digna de estudio. Refleja no sólo su lirismo, sino su capacidad de síntesis que es, al fin y al cabo, uno de los elementos realmente fundamentales de la poesía actual. Pero hoy no voy a tocar ese aspecto de la obra de Urdaneta. Como tampoco puedo referirme en propiedad a su ensayística, que requeriría un libro y no unas pocas páginas. Porque en ese campo Alejo Urdaneta ha logrado en plenitud lo que debe ser la meta de todo ensayista: brevedad, profundidad y poiesis. “El Arte: una apreciación personal”, publicada por Editorial Actum en el 2006, es un libro de apenas 130 páginas cuyo contenido bien podría llenar uno de 1.000 páginas. Pero el poder de síntesis, el ir al grano sin adornos innecesarios, el llamar las cosas por su nombre y evitar regodeos innecesarios, de esos que suelen alimentar la autoestima del autor pero no en ansia de conocer del lector, son algunos de los factores que hacen de ese ensayo un libro magnífico, en el que los ojos y entendimiento del lector se pasean por la historia, por la estética y por la esencia del Arte, que es una de las realidades que convierten al ser humano en ser humano, diferente al resto de las criaturas del Universo, tal como el lenguaje, que es el tema del otro libro fundamental de Urdaneta, “Forma e intenciones del lenguaje” (Ediciones Giluz, 2009, con prólogo del Académico Francisco Javier Pérez), un tomo de apenas 92 páginas de apretada e intensa prosa cargada de poiesis y de una erudición que en ningún momento se hace pesada. Por el contrario, recorrer su espacio es recorrer una geografía maravillosa y enriquecedora. Acierta sin duda el prologuista al afirmar que “…por la gracia divina del poeta y por los muchos aciertos del ensayista glorificador, que los dioses buenos inventaron el lenguaje para crear un mundo mejor; aquél en donde reine el arte de amar, en donde la palabra benéfica actúe y en donde esplendorosamente brille la luz de la vida”.
Esa “gracia divina del poeta”, ese “arte de amar”, y ese brillo de la luz de la vida, son los verdaderos alientos vitales de Alejo Urdaneta, el escritor.


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Una pifia inexplicable

por Eduardo CASANOVA

El gobierno de Chávez, que en materia de cultura no había hecho hasta ahora sino meter la pata, hizo algo que debería haberse hecho desde hace cien años: declaró bienes de interés cultural casas y edificios de real interés histórico y arquitectónico, para tratar de evitar su destrucción. Por no haberse hecho antes, Caracas perdió la casa en donde vivió Miranda, la casa en donde nació y vivió Andrés Bello, el Colegio Chávez y decenas de casas coloniales que deberían existir hasta por razones turísticas. Uno de los casos más lamentables es la verdadera casa de Simón Bolívar, la casa en la que vivió con su esposa, la casa en donde recibió a Miranda cuando lo invitó a regresar a Venezuela, la casa en la que se alojó en 1827, la última vez que estuvo en Caracas, que fue comprada por un italiano, tumbada a picotazos y sustituida por un adefesio en plena esquina de Las Gradillas. La casa natal de Bolívar es un caso parecido, pero por lo menos no se construyó en su lugar un adefesio, sino una casa que mete el gatazo, y si a la gente no se le explica que lo que hoy llamamos Casa Natal es un edificio construido en el primer tercio del Siglo XX en donde estuvo la verdadera casa que era de los Bolívar al nacer el niño Simón, todo el que la visita cree que es la original, que se destruyó por culpa, entre otros, de Antonio Guzmán Blanco, que siendo su propietario la alquiló para almacén y no le prestó la más mínima atención a pesar de proclamarse sumo sacerdote del culto a Bolívar. Recientemente se tumbaron varias obras de Manuel Mujica Millán, entre ellas su propia casa en Campo Alegre, con lo cual hubo algo de justicia divina, pues Mujica Millán deformó, con muy buena voluntad pero poca escuela, varios edificios históricos en Caracas (entre ellos el Panteón) y en Mérida (en donde, por cierto, se conservan muchos edificios históricos, como debe ser, aun cuando Mujica acabó, por ejemplo, con la ULA original y con el sitio en donde Bolívar fue proclamado Libertador), pero, aún así, no ha debido permitirse la destrucción de sus obras, y por no haber una ley como la que acaba de ser aprobada, que es una de las pocas cosas buenas que ha hecho el régimen chavista, terminaron derribadas por la picota mercantilista. Por eso es inexplicable la pifia de la oposición democrática al condenar sin estudiar la medida. Sobre todo de parte de abogados que en otras materias son excelentes, pero que en esto de arquitectura e historia, tienen mucho que aprender. Y es tonto que se desperdicien energías en condenar lo que debe aprobarse, porque la democracia puede tener muchos defectos, pero debe hacerse un esfuerzo especial por lograr que sea objetiva, para que se diferencie de la antidemocracia, que es sectaria, injusta y enemiga de la verdad.

 
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LA NOCHE DE VICENTE

por Alberto HERNÁNDEZ

 
1.-
Aquí comienza la noche.

Una lámpara vacía de luz determina los pasos de Vicente Gerbasi
en el destino de su padre
barco anclado en Canoabo.

Aquí comienza la noche a desvestirse.

Aquí la noche inventa sus poemas.
A darse selva eterna en los cuidos finiseculares

en los tiempos
y piedras gastadas por todos los caminos andados.

El hombre siempre solo, con su mirada suya
en el largo sueño metafísico:
Vicente toma el paraguas y bajo el sol conquista
los relámpagos
anida gavilanes en sus ojos perdidos.
Lamenta con cuidado la orilla de su río.

La noche ha comenzado y será la más larga.

 
2.-
Consuelo Orta, ¿dónde estás?
Tienes visita.
Ahí llega un caballero que viene de muy lejos.
                                                            Agotado

Viene lleno de brisas,
el pelo alborotado y con el amor fuera de todas
sus edades.

Consuelo Orta, ha llegado Vicente.

Ya Caracas no es aquel día.
Aquel que con Eduardo, Natalia, Vicente, Consuelo, el yerno nórdico
y todos los pájaros atentos en las ventanas
aprovechando helechos
rosas y frescos de palabras.
Oyendo el poema y las zarandas que los niños
pequeños leían en los ojos del poeta
aquel día como a las seis de la tarde.

Y Consuelo, alarmada y feliz, sentada a mi lado
con su mano generosa puesta en uno de mis hombros
y la tarde moría en el amarillo inocente
de los primeros sorbos.

 
3.-
Aquí está la noche, cansada.

Aquí, Vicente Gerbasi, silbando unos poemas.
El río Capa en sus ojos y un leopardo cercano espera la caricia.
A la puerta de la casa
en la bodega
la vela de aquel santo y el padre con la Biblia y los clásicos rusos.

Los caballos salpican las calles de viejos fuegos fatuos
el gallo pierde el tono en medio de las sombras.

Vicente pide agua y lo llevan al pan donde el padre señala
la luz de la ventana: el paisaje se abre y señala los signos
de las bestias perdidas.

Aquí está en la noche, sin camisa.

Las cajas, quesos, papelones, ratones filosóficos y granos merecidos
para la boca diestra. El muchacho desteje la mazorca
y sienta su perfil en la sombra recién llegada.

La noche hace silencio y vuelve lentamente a la página
que el padre marca para otra lectura.

La noche pierde el tino.

 
4.-
La casa de Vicente revisa sus retratos
carteles, platillos de adornos, sillas y canciones
las raciones del mimbre.

La naturaleza muerta de un busto.

Las botellas regresan triunfales al balcón donde la noche nueva
la de ahora
cae suavemente sobre una ebriedad develada por el silencio.

Por el poema suelto, alocado.

Vicente lee con voz de piedra y mira hacia la calle
donde la madrugada comienza a contar sus horas.

Ha llegado el momento de borrar el río.
Entonces caminamos hacia la puerta.

Consuelo lleva mi cintura en su brazo.
Vicente avanza y deja en mi mejilla el beso para siempre.

La puerta se cierra y volvemos a un mundo
que no nos pertenece.

Es otra la noche.

Enero de 1993.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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