Categoría: Libros
El Paraíso Burlado
por Eduardo CASANOVAA partir de hoy, domingo 11 de mayo de 2008, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Eduardo Casanova
El Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
¿Cómo era Venezuela antes de la Independencia? ¿Por qué, en menos de medio siglo a partir de 1750, nacieron en lo que hoy es Venezuela Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre?, cuatro de los más importantes personajes de la América, y cuatro de los cinco personajes más importantes del proceso de Independencia de la América española.
Francisco de Miranda, el más universal de todos los americanos, nació en Caracas en 1750 y fue el verdadero ideólogo, el verdadero “inventor” de la Independencia hispanoamericana. Fue también el creador del nombre “Colombia”, que debía aplicarse a toda la antigua América española, y el impulsor de todo el proceso independentista. Hombre de ideas más que de acción, fracasó cuando trató de convertir su gran idea en realidad, y fue apartado bruscamente del camino por Simón Bolívar, nacido, como él, en Caracas, pero treintaitrés años más tarde, en 1783. Bolívar, para enfrentar a los terribles y salvajes caudillos tropicales con los que España combatió a los independentistas, se convirtió en caudillo tropical y alentó a todos los caudillos tropicales que surgieron como malas hierbas, con lo cual la guerra civil en la que se enfrentaban de un lado los españoles partidarios de la Independencia y del otro los españoles enemigos de la Independencia, se convirtió en una contienda de horrores y crueldades, en la que vencía quien fuese capaz de cometer más tropelías y maldades. Convertido ya en el Libertador, Bolívar, influenciado por Antonio José de Sucre, que nació en Cumaná en 1795, trató de reorientar aquella guerra, y para ello apeló al noble proceso de Regularización de la Guerra, del cual surgió uno de los instrumentos más admirables que se haya hecho en el mundo entero. Pero no pudo el Libertador Bolívar evitar que sus émulos, los caudillos tropicales independentistas, lo apartaran a él del camino y asesinaran a Sucre, con lo cual Venezuela quedó en manos de esos caudillos, tal como quedaría en mayor o menor grado toda la antigua América española. La fuerza, la crueldad, la astucia, la deshonestidad y el egoísmo de esos caudillos es lo que ha impedido la felicidad de los pueblos. Una clara excepción a esa regla es Andrés Bello (1781-1865), civilizador y humanista nacido como Miranda y Bolívar en Caracas, que contribuyó como nadie a que parte de la antigua América española alcanzara un grano altísimo de felicidad y jamás se ensució las manos con un sable.
Me parece evidente que el caso de Venezuela desmiente en buena medida la “leyenda negra”, que nació más por defender a los ingleses que por atacar a los españoles. La presencia de España en lo que hoy se conoce como América significó la incorporación de los habitantes de ese continente, que para los europeos era nuevo, a un proceso bastante más avanzado que el que hasta entonces habían vivido. Lamentablemente también significó una cantidad de muertes terrible, no sólo a causa de la violencia militar, sino motivadas por la biología. Es imposible saber qué habría pasado con esos pueblos, que no conocían la rueda ni muchos de los adelantos de Europa en los siglos XVI y XVII, y que estaban divididos por cerca de 500 idiomas y muchas costumbres que bien podrían merecer el calificativo de bárbaras. Imaginar lo que podría haber ocurrido no pasa de ser un ejercicio de ocio que no conduce a nada. Lo que pasó, pasó, y es muy importante conocerlo. Es posible que pudiesen superar esos atrasos, si es que en realidad son atrasos, pero también es posible que no. España, dentro de los límites de su tiempo, sí se preocupó por la educación de los habitantes de la América Española, al extremo de que en los españoles americanos nació el deseo de ser independientes, como le ocurre a cualquier hijo muy a pesar del amor de sus padres. La falla estuvo en el proceso de esa Independencia, que convirtió aquel Paraíso que intuyó Colón en un Paraíso Partido. Y bien parecería que un Paraíso Partido no puede ofrecer nada bueno a sus habitantes. Sin embargo, allí podría estar la solución: la felicidad de los pueblos de la antigua América española estaría en abandonar definitivamente el camino que aceptó Simón Bolívar, y retomar el que ideó Miranda o el que habrían querido Sucre y Bello. Y para eso es conveniente mirar con detenimiento lo que existía en la actual Venezuela antes de la Independencia, que es una forma de entender que el sueño de Miranda anunciaba un buen camino, del que se alejó la realidad el 31 de julio de 1812, cuando se cometió con Francisco de Miranda la más terrible injusticia que podría haberse cometido, que fue el día en que el posible Paraíso se partió en muchos pedazos, en muchos pedazos en los que no se ha logrado otra cosa que pobreza y frustración.
En Venezuela se ha impuesto una religión bolivariana, y como consecuencia, parecería que a los venezolanos no nos gusta hurgar más atrás de Bolívar. Es como si todo empezara en los tiempos heroicos, cuando se forjó la Independencia. Y no es así. Antes de la Independencia, mucho antes, desde antes del momento en que Colón creyó haber llegado al Paraíso Terrenal en agosto de 1498, pasando por los tiempos en que España creó un formidable mundo nuevo, y hasta que los jóvenes mantuanos, entre ellos Bolívar, impusieron su voluntad de crear un país independiente en el territorio de ese Paraíso que ya se había convertido en Paraíso partido ocurrieron muchísimas cosas que hicieron posible a Bolívar y todo lo que ha ocurrido después. En el territorio que hoy ocupa Venezuela, una vez que llegaron los españoles, se crearon varias entidades políticas que en 1777 se unificaron, y, sobre todo, existió una economía que, a fines del siglo XVIII era bastante próspera, a tal grado, que convirtió ese territorio en el epicentro de ese gran terremoto, destructor como todo terremoto, que se llamó la Independencia de la América española. Ese terremoto no podría haber nacido en un territorio descuidado, inculto, deliberadamente atrasado, habitado sólo por personas cuya educación se había descuidado deliberadamente, como suelen sugerir los defensores de leyendas oscuras.
Curiosamente, ninguno de los que han impuesto el culto a Bolívar, o de los defensores de la “leyenda negra” se ha detenido a pensar que en estricta realidad Simón Bolívar, tal como Miranda, Andrés Bello y Sucre, es un héroe español, tanto como lo es El Cid y tan español como Cervantes o Don Quijote o La Celestina o el Don Juan. Bolívar nació español y luego se hizo voluntariamente colombiano.
La historia de un país se hace todos los días. Los hombres no se sientan a esperar que ocurran grandes acontecimientos para aparecer en las fotos o en las películas o en los libros. Para entender un proceso hay que enterarse de todos sus antecedentes. Bolívar no habría podido hacer lo que hizo sin Francisco de Miranda, que también nació español, o sin Manuel Gual y José María España, como tampoco habría podido hacerlo sin José Leonardo Chirino, sin Juan Francisco de León, sin el Negro Miguel. Pero más importante aún: tampoco habría podido hacer nada sin los peninsulares de pura cepa Diego de Losada y Alonso Andrea de Ledesma, o Garcí González de Silva y Juan de Pimentel y todos los que, piedra a piedra, fueron fabricando el edificio que conoció Bolívar al nacer. Y no hay que olvidar que antes había otro mundo, el de los aborígenes, pero, dada nuestra realidad, ese mundo pertenece a la prehistoria, que en distintos grados ha dejado una huella, mucho más hermosa que lo que la gran mayoría cree, que está a la vista y los honra por permanecer muy cerca de la naturaleza. De manera que para entender lo que somos hoy, hay que entender a Francisco de Miranda, o mejor dicho, lo que soñó y por qué soñó Francisco de Miranda, pero también hay que entender lo que hizo Bolívar, y para entender lo que hizo Bolívar, hay que conocer la historia de esos tres siglos contra los que Bolívar se alzó, y para visualizar la historia de esos tres siglos hay que saber qué había antes.
En verdad, muy poca gente ha querido echar luz sobre aquellos tiempos. Quienes se han dedicado a contar la Historia de Venezuela han tocado esos primeros tres siglos con absoluto desgano. Los caudillos exuberantes que han impuesto sus voluntades en el país quisieron convertir al Libertador en un dios, y antes de la existencia de los dioses no debería haber nada. Se niegan a que se vea al Bolívar humano, que no sólo cometió muchos errores, sino que al final de su vida tuvo que afrontar uno de los más tristes fracasos de la historia. No quieren aceptar que Bolívar fue un hombre, un hombre de carne y hueso que tenía que satisfacer sus necesidades fisiológicas como cualquier otro, que tuvo padres y abuelos y bisabuelos, y que se formó en una cultura determinada, que lo precedió en el tiempo. Y ese es el mundo que hay que ver, paso a paso y con cuidado, para entender lo que ha ocurrido después y tratar de afrontar lo que aún no ha ocurrido. Hay que tratar de que todo esté en la luz para que la luz, por fin, se imponga. Todo lo que podemos saber acerca de las Expediciones Parianas, o de la explotación de perlas en Cubagua, o de la fundación de Cumaná (tiempo del Oriente), está oculto en la penumbra, tal como el alquiler del territorio a los Welser y la fundación de Coro, de El Tocuyo, de Barquisimeto, de Barinas, de Trujillo o de Mérida (tiempo de Occidente), y las muchas aventuras y desventuras de los conquistadores, los colonizadores y sus víctimas. Tampoco se percibe mucha claridad en los tiempos posteriores a la fundación de Caracas (tiempo del Centro), en que se alzaron Juan Francisco de León, o Manuel Gual y José María España, o los mantuanos de 1808 y 1810. De manera que podría creerse que antes de la Independencia todo parece como sin luz, como sin música, como sin vida.
También hay que aceptar que la mayoría de los libros de historia, en cuanto a los tiempos anteriores a Bolívar, son fastidiosísimos. Sus autores hablan de instituciones y de formas, y apenas narran algunos hechos porque no les queda otro remedio, pero lo hacen entre bostezos capaces de tragarse una montaña, y así se reafirma la idea colectiva de que la Historia comienza en Bolívar. Hay grandes excepciones, por supuesto, como Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, de Luis Alberto Sucre, un libro lleno de información valiosísima, pero que parece escrito exclusivamente para otros historiadores y carece de aliento vital. Y, desde luego, están esas otras excepciones, más que grandes, enormes, de Isaac J. Pardo y Francisco Herrera Luque, que escribieron obras divertidas y a la vez didácticas, pero que no cubren esos tres siglos anteriores al Libertador, sino fragmentos, muy interesantes, pero sólo fragmentos. Falta, pues, que se escriba sobre todo el tiempo que transcurrió entre 1498 y 1810 en forma que todo el mundo lo entienda.
¿Podrían haber nacido Miranda, Bello, Bolívar y Sucre en un país muerto? ¿Podría haberse vivido el movimiento independentista en un país sin una vida intensa? La existencia de esa vida intensa fue lo que permitió que existieran esos grandes hombres. Así que, de una vez por todas, rechacemos la tesis de que no hay mucho qué contar acerca de ese mundo, español y americano anterior a la llegada de Simón Bolívar: Hay mucho y vamos a verlo. La generación de Bolívar creció en un país próspero, luego no había necesidad alguna de intentar un cambio de situación y sin embargo sacrificaron hasta sus vidas para lograrlo y lo consiguieron, no por lo material, sino por lo espiritual. Eso también hay que contarlo, pero pienso que hay que contarlo para que todo el mundo se divierta.
Por eso, debo insistir en que El Paraíso Partido (Venezuela antes de la Independencia) no es un sesudo libro de Historia. No es tampoco un libro que acepte con facilidad de insecto una clasificación. Para escribirlo, para que pasara de la musa al papel, recurrí a tres elementos: Los libros ajenos, la memoria y la imaginación. Libros ajenos de personas que dedicaron tiempo y esfuerzo a transmitir hechos, ideas y conocimientos a los que venían después que ellos en el tiempo. Memoria para recordar muchas cosas interesantes que me contaron mis parientes mayores, o mis profesores del Colegio Santiago de León de Caracas. Y la imaginación, que me ha permitido visualizar e interiorizar todo lo que leí o escuché, para luego transformarlo en palabras mías, en materia prima para este libro.
Pero eso sí, cuando digo la memoria y la imaginación me refiero a memoria e imaginación, no a investigación ni indagación a través de la lectura crítica de amarillos papeles con la ayuda de un criptógrafo, un paleógrafo y un señor de gruesos lentes que sabe mucho de eso. Lo que me propuse es hacer es llevar de paseo a unos amigos y enseñarles muchos sitios y hablar sin parar, tratando de recordar lo que acabo de leer o lo que he sabido a lo largo de muchos años sobre esos lugares. Durante el camino nos encontraremos con muchos personajes, que son los que han actuado en esos trescientos y tantos años, y cuyas acciones u omisiones trataré de narrar, bien de memoria o bien leyendo, con prudente disimulo, cualquiera de los casi cuarenta libros de los que me valí para poder contar todo lo cuento. Lo que no encuentre en ellos o no recuerde o no haya sabido nunca, lo invento, y aquello sobre lo cual tenga alguna duda, lo decido con la mayor de las arbitrariedades posibles. ¿No fue eso, mutatis mutandi lo que hizo Cayo Suetonio Tranquilo? O Plutarco de Queronea, que inventó cuanto quiso. Al fin y al cabo, en muchos casos la historia se escribía para complacer a quiénes tenían el poder. El poder político y el poder de alimentar a quienes la escribían. Por eso se inventaba a más y mejor, para complacer a quien había que complacer o castigar a quien había que castigar. Y, aunque por razones diferentes, no era muy distinto lo que solía hacer cualquiera de nuestros viejos historiadores, que en vista de que a su tía Panchita el general Hipias José Fulanítez, héroe ínclito de la batalla de Jobomojado, la vio feo o con pecadora codicia, descalifican al general Fulanítez de un olímpico plumazo, o le inventan cuanta historia sea posible para que ni siquiera desde la tumba ose ver feo o con pecadora codicia a tía alguna, por muy buenas piernas y mejores pechos que haya podido tener la tía.
Hoy la Historia es otra cosa: Los historiadores hurgan en papeles apolillados y confrontan y revuelven y revisan, y publican libros en los que las notas de pie de página ocupan más espacio que el texto.
No se espere eso de mí. Afortunadamente, nací en diciembre y a mediodía
Caraballeda, Venezuela, 2008.
Lecciones de una guerra que no fue
por ColaboracionesAnálisis de Fernando Mires de su libro Al Borde del abismo. Editorial Debate.
(Cuatro tesis)
Tesis 1
En la guerra que desde hace tanto tiempo mantiene el estado colombiano en contra de la organización terrorista llamada FARC, tuvo lugar una acción militar que efectivamente violó la soberanía nacional de Ecuador. El tema, sin embargo, no puede ser entendido sólo desde una perspectiva jurídica sino que, además, a partir de otras dos perspectivas: la militar y la política. Argumentar a favor o en contra de una perspectiva en el contexto de la otra, como ha ocurrido quizás por equivocación de parte del gobierno ecuatoriano, o por premeditación por parte del gobierno venezolano, lleva a una radical confusión de los hechos.
Desde una perspectiva jurídica el gobierno colombiano no podía tener la razón, hecho que ha sido reconocido por todos los gobiernos latinoamericanos, e incluso por el colombiano, que pidió las disculpas correspondientes al gobierno ecuatoriano recibiendo en cambio una andanada de injurias que va mucho más allá de la polémica y de la confrontación política. La agresividad empleada por el Presidente ecuatoriano quien ha hado pruebas en otras ocasiones de dominar el idioma político, sólo es posible explicar a partir de ciertas implicancias extra -jurídicas.
El gobierno colombiano hasta entonces muy cuidadoso en el manejo de los temas fronterizos, se vio probablemente conminado a tomar una decisión. Por una parte, el problema jurídico de traspasar las fronteras. Por otra parte, la posibilidad de asestar un golpe estratégico a su enemigo militar, localizado en las selvas de Ecuador. De acuerdo a la fría lógica que ha mostrado en diversas situaciones, el Presidente colombiano calculó probablemente que la decisión militar debía tener primacía por sobre el tema de la jurisdiccionalidad territorial. Hay dos razones obvias que explican esa decisión, y las dos son militares. La primera, es que el gobierno de Colombia se encuentra en guerra en contra de las FARC, y en la guerra se impone la lógica militar sobre la jurídica. La segunda es, dado que las FARC como toda organización terrorista es extremadamente centralizada, la pérdida de la jefatura era clave para entrar a una segunda fase que es el desmantelamiento de las demás estructuras.
Que lo militar tenga primacía sobre lo jurídico es bajo condiciones normales algo impensable. Pero la guerra no es una condición normal. La guerra tampoco es un hecho jurídico pues apunta a la anulación del adversario. En la guerra declarada por las FARC al Estado colombiano, su objetivo es la destrucción del orden republicano de la nación. A su vez, la guerra del Estado colombiano, está orientada a la destrucción de las FARC.
Uribe calculó probablemente que la acción militar originaría serias controversias con el gobierno ecuatoriano. Lo que al parecer no calculó fue la sobre-dimensionalización de esa controversia de parte de Correa. Quizás Uribe pensó que a pesar del desacato jurídico cometido, en Correa encontraría sino un mínimo de solidaridad, por lo menos algo de comprensión para su lucha en contra de las FARC. Después de todo, las FARC no son un grupo de idealistas samaritanos sino una de las más crueles y sanguinarias organizaciones terroristas de nuestro tiempo. Por otra parte, la agresión colombiana no ponía en riesgo la seguridad interna ni externa de Ecuador ni tampoco la vida de ningún ecuatoriano. Pero Colombia y Ecuador no son España y Francia, cuyos gobiernos, a pesar de las muchas diferencias que los separan, colaboran estrechamente en la lucha contra el terrorismo vasco.
No el gobierno colombiano pero sí las FARC son una amenaza para la soberanía territorial y para la estabilidad política de la nación ecuatoriana. Mientras Correa no se dé cuenta de esa verdad elemental, será siempre sobrepasado; incluso por el mismo.
Tesis 2
La agresividad, la virulencia y el activismo empleados por Rafael Correa en contra del gobierno colombiano transgreden normas y formas. Si Uribe cometió delito de transgresión de límites geográficos, Correa ha transgredido los límites de la diplomacia y de la política. El lenguaje de Correa no apuntaba ni a una salida ni a una solución, hecho que hace posible pensar que su gobierno no estaba interesado en una desactivación del problema sino que en un plan coordinado tendiente a aislar, “por ahora” políticamente, a la nación colombiana. Si Correa era parte consciente o inconsciente de ese plan no lo podemos saber. Es posible suponer, sin embargo, que el origen de ese plan no estaba en Quito, sino que en Caracas y, además, casi con seguridad, en La Habana.
Que el Presidente Correa rechazara enérgicamente la intromisión de tropas colombianas, cabía esperarlo. Esa debe ser parte del oficio de quien detenta el cargo presidencial. Pero la enorme magnitud de ese rechazo no la esperaba nadie. Hubiera bastado una declaración, quizás una interpelación frente a los tribunales internacionales, una queja frente a la OEA y el llamado a consultas del embajador ecuatoriano.
Correa no ha dicho, por ejemplo, que fueron las FARC las que violaron primero los límites de Ecuador y que la violación limítrofe del ejército colombiano sólo fue un efecto secundario. Las injuriosas referencias de Correa a Uribe podrían haber sido incluso interpretadas como la retórica de un presidente emocionado, si es que paralelamente hubiese hecho algunas propuestas para combatir a aquel enemigo de la humanidad que son las FARC y así evitar que volvieran a repetirse hechos tan lamentables. Pero no. Leyendo las diversas alocuciones de Correa, se obtiene la impresión de que para él las FARC son un grupo de marcianos que aterrizaron por casualidad en las selvas ecuatorianas.
Podría pensarse que el descontrol de Correa tiene un pie en su política interior. En efecto, la intromisión colombiana dejó al descubierto que no sólo circulaban terroristas colombianos en su país como Pedro por su casa, sino que, además, éstos estaban establecidos en la zona, a la que habían convertido en un centro de operaciones en contra de Colombia con la posibilidad adicional de que los de las FARC también agredieran o secuestraran a ciudadanos ecuatorianos. Que eso es lo que hacen con ciudadanos venezolanos en la frontera con Venezuela. Frente a la oposición política, e incluso, frente a algunos de sus partidarios, Correa hizo un pésimo papel.
¿Cómo es que el Presidente no había sido informado que una parte del territorio nacional estaba ocupado por terroristas extranjeros? O una de dos: O Correa lo sabía, o su administración militar es absolutamente ineficiente. En los dos casos (el primero es mucho peor) Correa apuntaba a un fracaso que su agresividad verbal no sólo no ocultaba, sino que, además, delataba. Como suele ocurrir en algunas ocasiones, sus invectivas en contra de Uribe podrían haber sido interpretadas como una “huída hacia adelante". Sin embargo, cuando el presidente Chávez determinó la expulsión del embajador colombiano y enviar tropas a la frontera, la idea de que había una conjura entre Caracas-Quito en contra de Bogotá, comenzó a tomar fuerza. Correa, en lugar de distanciarse de la posición chavista, elevó aún más el tono de sus invectivas en contra de Uribe, la que, junto a Chávez, culminaría en un violento dúo de injurias en Caracas (6.03.2008). A ellas se sumó la voz de Fidel Castro, quien cada vez que escucha hablar de guerra, resucita. Siempre obsecuente, Ortega anunció al día siguiente la ruptura de relaciones entre Nicaragua y Colombia. De un día a otro, Colombia amaneció cercada.
Tesis 3
Aparentemente Colombia se encontraba situada en una mala posición. Cercada por tres países, más las FARC que operan desde el interior y a través de los límites, y por si fuera poco, sectores estudiantiles que protestaban en las calles por los procedimientos empleados por los grupos para-militares, a los que se supone en conexión con el gobierno. No obstante, esa es sólo la apariencia. El país que tenía las mejores cartas militares y políticas en ese absurdo juego era Colombia.
Desde una perspectiva militar, el poderío de Colombia en la zona es muy superior en un sentido cuantitativo, pero sobre todo, cualitativo al de los tres países del ALBA. No se entrará aquí a analizar la cantidad de armamentos que posee cada país, bastando decir que el de Colombia es muy superior al de los tres países del ALBA unidos. Además, no se trata sólo de la cantidad de armas. Los militares colombianos saben, además, usarlas. De tal modo que los presidentes del ALBA habrían tenido que perder el juicio los tres al mismo tiempo si hubieran decidido embarcarse en una aventura militar en contra del país vecino. Sabían, además, que Colombia recibiría la ayuda directa de los EE UU país que, al tomar una decisión, no tiene como equivocarse. Y no por defender los intereses del “imperio", ni nada por el estilo. Mucho más dependiente del imperio que Colombia es Venezuela cuya “revolución” es financiada directamente desde los EE UU, ya sea por venta de petróleo, ya sea por compra de alimentos. El problema es que, por razones que nadie entiende, el ALBA, en especial Venezuela, ha buscado el apoyo de los enemigos naturales de los EE UU en otras regiones, sobre todo en Bielorusia e Irak. Esa habría sido la ocasión propicia para que Bush hubiera terminado su mandato con un triunfo militar al menos, empresa en la que con toda seguridad habría sido apoyado sin reservas por la señora Clinton y el señor Obama quienes tendrían así un problema menos al comenzar el gobierno, que seguramente compartirán ambos.
Desde una perspectiva económica quienes más habrían perdido en el cerco a Colombia, son Ecuador y Venezuela. En todo caso, mucho más que Colombia.
Ahora bien, donde reside la mayor fuerza de Uribe es en el frente político interno. Más del ochenta por ciento de la población colombiana lo apoya y lo apoyará en la guerra en contra de las FARC y, si se da el caso, en contra de los eventuales aliados externos del terrorismo local. La mayor parte de la clase política colombiana, incluyendo a la izquierda, está y estará de su lado. En cambio, de los tres Presidentes adversarios de Uribe, el único que está todavía en la cima de su popularidad es Rafael Correa. El gobierno de Chávez se encuentra en una situación política miserable y el de Nicaragua también en rápido descenso. De tal modo que en un conflicto externo, el ganador político habría sido el gobierno de Uribe. Por si fuera poco, de los cuatro gobernantes envueltos en el conflicto, el más inteligente, y con mucha distancia, es Alvaro Uribe. Y tanto en la guerra como en la política, la inteligencia juega un papel importante.
Si Maquiavelo hubiera querido encontrar su equivalencia a El Príncipe en una región lejana, Uribe habría sido el candidato ideal. Nunca habla demasiado, sólo lo preciso y lo justo. Sabe tender trampas al adversario (caso Emanuel), tiene paciencia y una frialdad impresionante para dejarse insultar sin responder. Nunca pierde de vista el objetivo principal. Si es necesario, sabe ser también cruel, lo que en una zona políticamente civilizada es un gran defecto, pero en las condiciones pre-políticas que subsisten en Colombia, y sobre todo en los países vecinos, se convierte en una virtud. Sus relaciones con el paramilitarismo lo han ensuciado bastante, de eso no cabe duda, pero no lo suficiente como para que la mayor parte de la población colombiana que detecta que el enemigo principal son las FARC, deje de restarle su apoyo.
La que vive Colombia es una guerra. Y todas las guerras son sucias. Solamente a los chavistas que parece que de táctica militar entiende menos que de política se les puede ocurrir que el hecho de abatir a un terrorista como Raúl Reyes fue un asesinato. En las guerras no hay asesinatos. Hay ejecutados y abatidos. Raúl Reyes fue abatido por sorpresa, y el militar que no sabe que en la guerra hay que atacar por sorpresa, mejor que se dedique a coser y a bordar.. O a cantar y a bailar.
Raúl Reyes murió en su ley.
Pero si todas las guerras son sucias, las guerras en contra de grupos terroristas son más sucias aún. Es que uno de los propósitos de los comandos terroristas es el de ensuciar al enemigo hasta el punto de llegar a convertirlo en alguien irrepresentable. El gobierno socialdemócrata alemán de Helmuth Schmidt por ejemplo, se ensució tanto, que para salvar a los rehenes que mantenía la Rote Armee en Mogadicho, tuvo que ocupar aeropuertos africanos y pagar las debidas compensaciones. Una de las razones del declive del gobierno de Felipe Gonzáles en España, tuvo que ver con la responsabilidad indirecta del gobernante en actos ilegales (ejecuciones y torturas) cometidos en contra de los terroristas de la ETA. El gobierno de Israel tiene que responder a los ataques de las fracciones terroristas del Hama con medios que con toda seguridad nunca desearían emplear sus gobernantes. En Colombia, las FARC han igualmente logrado no solamente ensuciar políticamente a Uribe, sino que a la mayoría de los presidentes que lo antecedieron.
Después del terrorismo, no hay nada que sea moralmente más repugnante que el para-militarismo. Sin embargo, y esto es lo que cuesta entender a muchos, no el terrorismo es una consecuencia del para-militarismo, sino que el para-militarismo es una consecuencia del terrorismo. Si las FARC desaparecieran, más temprano que tarde el para- militarismo se desintegraría. Si el para-militarismo desapareciera, el terrorismo de las FARC continuaría actuando. Esa es la relación, y no otra.
Lo cierto es que pese sus abusos de poder, a la ilegalidad de los para-militares, y a la violencia, a veces excesiva de los policías que en algunos casos han hecho suya la lógica de los terroristas, Uribe continúa siendo el gobernante más popular de la región. Más aún: Chávez lo ha hecho más popular que nunca. Ahora bien, en caso de guerra, la solidez del frente interno es la condición más importante para un triunfo, más importante aún que la cantidad de armas. Eso lo sabe cualquier militar, y Chávez es militar.
La solidez de ese frente interno no la tiene Chávez ni en sueños, ni siquiera entre sus propios partidarios quienes cada cierto tiempo, como ahora está ocurriendo, libran luchas verdaderamente caníbales. El resto de la población venezolana, o es oposición, o es absolutamente indiferente al gobierno. Con Daniel Ortega ocurre algo parecido, más de la mitad de Nicaragua lo adversa. Y además, Ortega … Digámoslo así: Ortega no es uno de los gobernantes más prestigiosos del mundo.
Sólo Correa mantiene su popularidad, entre otras cosas porque es un político talentoso, cualidad que lamentablemente no ha mostrado en los últimos acontecimientos.
Desde una perspectiva internacional, Uribe ha sabido ganar el respeto de los gobiernos europeos. Cuenta, está de más decirlo, con el apoyo incondicional de los EE UU, con Bush o sin Bush. A Brasil le interesa Venezuela sólo como socio comercial, y a las tímidas y asustadizas democracias del Cono Sur, el gobierno de Chávez les causa más problemas de los que quisieran tener. En fin, tanto la correlación nacional como internacional de fuerzas, favorecía, casi sin contrapeso, al gobierno de Uribe. Chávez, cuyo instinto político es innegable, se dio cuenta a tiempo, y decidió frenar, y como ya es su costumbre, en el mismo borde del abismo.
Tesis 4.
El principal enemigo del gobierno de Uribe, que es el de Chávez, se encuentra, POR AHORA, políticamente neutralizado.
Por ahora, es el antiguo lema de Chávez. Eso lo dijo el Chávez joven cuando fracasó su golpe de Estado: por ahora. Por ahora, el gobierno de Chávez se encuentra en una posición defensiva. Está siendo atacado por todos lados, incluyendo el propio. Un día son los buhoneros a quienes les entregó las calles y a quienes quiere erradicar de las calles. Otro día los obreros y empleados de Sidor. Una vez, y casi siempre, los estudiantes. Cuando menos se espera, los ultraizquierdistas “a la Lina Ron” le echan a perder sus escenas cinematográficas. La corrupción de sus aliados le comen el gobierno por dentro. Tascón, el eterno delator: Delator de profesión, delata a los otros, hoy a los suyos. Los motociclistas y batallones siniestros que amedrentan a la población y le restan cada día más votos para unas elecciones que nadie sabe si tendrán lugar y en las cuales, chavistas y antichavistas, todos juntos, quieren ser candidatos. Chávez los vuelve locos, los locos vuelven loco a Chávez.
Chávez quiere salvar la revolución ¿Cuál revolución?
La revolución después de nueve años no ha comenzado, y antes de nueve años ya había terminado, antes de que comenzara. Mucho antes: la revolución de Chávez fue derrotada en 1990, cuando cayó el muro de Berlín.
El 2 de diciembre del 2007, Chávez perdió no una consulta popular. Perdió un proyecto de toma de poder. Después del 2.12.07, no tenía más alternativa que gobernar, aunque no tenía ningún programa de gobierno. Ni siquiera tiene un personal administrativo idóneo para gobernar. El Estado está ocupado por cuadros ideológicos y militares que rotan de un puesto en otro. Los verdaderos cuadros de gobierno están en la oposición. Es cierto que en un arranque de extrema lucidez inventó Chávez tres R. que nadie se acuerda ahora que significan. Al día siguiente se olvidó de todo y creyó de nuevo no en el gobierno, sino que en el poder eterno, aquel que no está en este mundo pero que lo obsesiona. Ese poder nunca lo podrá tener. Ni él ni nadie. Entonces inventó una guerra. “Cortinas de humo", dijo el hábil Rosales. “Evadir la realidad", afirma el general Baduel, quien pesa cada palabra como si las palabras tuvieran plomo. Ambos tenían razón. Todavía es tiempo de que el gobierno rectifique, pero el problema es que, a diferencias de Uribe, el Presidente venezolano se encuentra en una estado de extrema ideologización, alteración que le impide desarrollar sus ideas y pensar con libertad.
En cierto modo, el Presidente Uribe –que ironía de la historia – ha salvado con su accionar práctico la continuidad del gobierno venezolano. ¿Qué habría pasado si Uribe se hubiese dejado llevar por el falso orgullo y por las emociones que hizo gala el joven Presidente Correa? Es mejor que ni lo pensemos. Gracias a que en Colombia hay un Presidente que piensa políticamente, vale decir, alguien que es un político de profesión (y de vocación), ha sido evitado el hecho trágico de que muchas vidas humanas hubieran sido inútilmente segadas.
Leon Tolstoi
por Eduardo CASANOVA
“Guerra y Paz” fue la primera novela larga que leí en mi vida. Acababa de cumplir catorce años y estudiaba tercer año de bachillerato cuando compré aquel tomo grueso, empastado en tela verde, en la Librería del Este, en el hoy demolido Edificio Galipán. Todavía lo conservo. Volví a leerlo recién casado, en un mínimo apartamento que alquilamos Natalia y yo, en El Hatillo, cuando aún no tenían en ese bucólico pueblecito teléfonos de red, sino una central telefónica en una casa, desde donde comunicaban con los teléfonos de manigueta (el de la casa en donde vivíamos era el 12). Después cometí el error de ver la película, y así perdí los rostros y las voces que les había puesto en mi imaginación a los personajes. Cuando empecé a escribir novelas, “Guerra y Paz” era el modelo, y la Guerra de Independencia la ubicación. Afortunadamente no publiqué nada de aquello, que habría estado un tanto atrasado en el tiempo. Todavía en Caracas leí “La Sonata Kreutzer”, con la Sonata de Beethoven, obsesivamente repitiéndose una y otra vez, hasta que se dañó el disco. En Buenos Aires, en 1965, leí “Ana Karénina”, y ahí sí me negué a ver película alguna. También en Buenos Aires empecé a escribir una novela monumental a lo Tolstoi, que a la larga se convirtió en una cantera personal de escenas que ubiqué en otras, como “Hacia la noche”, “Las alegres campanas de la muerte”, “La noche de Abel” y “La última muerte de Simón el triste”, en las que ni el más sagaz de los investigadores y críticos ha notado la influencia del gran novelista ruso, que nació en Yásnaya Poliana, en Tula, en agosto de 1828, en el seno de una familia noble. Liev Nicolaievich Tolstoi era descendiente directo de los grandes príncipes Volkonski por parte de madre. Su padre era el Conde Tolstoi, título que heredó él mismo cuando el padre murió diez años después de su nacimiento (su madre había muerto cuando él tenía apenas dos años). Con sus hermanos se fue a vivir a Kazán, a la casa de un tío, perteneciente también a la más rancia nobleza rusa. Viviría también en Moscú y viajaría por buena parte de Rusia. Luego de una experiencia militar, empezó a escribir. En 1863 publicó “Los cosacos”, obra eminentemente realista. Después vendría la más importante y conocida de todas, “Guerra y Paz”, un inmenso mural en el que aparecen centenares de personajes cuyas vidas se alteran por la invasión a Rusia de Napoleón Bonaparte. Luego salió a la luz su “Ana Karénina”, que lo ratificaría definitivamente como un gran novelista. La obra se basó en un hecho verdadero de su tiempo, y en ella se puso a sí mismo como personaje, como un terrateniente con ideas avanzadas que intentaba mejorar las vidas de sus siervos. “Confesión”, “La muerte de Iván Ilich” y “La Sonata Kreutzer” completaron la lista de sus grandes obras. La última refleja su frustración conyugal, que se manifestó sobre todo por la oposición de su esposa a sus ideas libertarias y a que entregara sus tierras a los campesinos. En realidad, fue un anarquista militante que quiso renunciar a sus privilegios. Vegetariano, pacifista y profundamente cristiano, fue excomulgado por las críticas que hizo a la iglesia ortodoxa en su obra “Resurrección”. Murió en 1910, mientras huía, a pie, de su gran latifundio de Yásnaya, donde había vivido como un simple campesino en aplicación de sus ideas de cristianismo primitivo. Había tenido intercambios espistolares importantísimos con varios personajes de su tiempo, entre ellos con Gandhi, en quien tuvo una notable influencia.
Ocurre a diario
por Alberto HERNÁNDEZ
Seis son los libros de Miguel Marcotrigiano que respiran en las páginas de Ocurre a diario (poesía reunida 1991-2005) publicadas por Ediciones Mucuglifo (Mérida, 2005). Se trata de Concierto vegetal a la luz de la luna, De arcanos y otros signos, El mismo juego, Dípticos, Esta sombra que nos habita y De sombras y otras especies.
La poesía de Marcotrigiano vive anudada al hecho humano. El yo de quien teje esta invención verbal habita en cada vibración de unos versos finamente construidos. Quien escribe se mimetiza, se hace imagen y suena al arbitrio de una presencia terrenal. En Hábito de oficio lo encontramos hecho serpiente entre los vocablos de una duda permanente: “He estado formulando súplicas/ para poder franquear tus veladas/ y nada// no sé de respiraciones/ ni de vértigos/ ni siquiera del tímido ofidio/ que me figuro”. He aquí el ahogo, la búsqueda de quien desde a ras de la soledad le imprime un tono acechante a la vigilia, a la vulnerabilidad del humano ser. He aquí quien habita a plena intemperie, a plena desnudez de un “cuerpo de reptil”, cerca del “penoso crecimiento/ de las ramas de tus piernas”. Y como toda culebra, no es nada inocente. La carne tibia e interior se revela eros sin “paraísos”. La imagen de Eva -escondida entre las ramas de su propio deseo- modela ante quien la imagina.
(Llego descuidado a la página 62, donde “Ahora es tiempo de abandonar los árboles/ del olvido vegetal de esta tierra sin abono/ de la infancia los hombrecitos los estanques/ y los helechos”. ¿Qué impulsa al poeta a tratar de borrar el impulso primigenio, la niñez de la historia, el devenir del recuerdo?)
Sigue: “La puerta blanca se entreabre// A lo lejos/ sólo se escucha el llanto de las flores/ y la risa ocre de las hierbas desdentadas”).
La sierpe quedó atrás. La imagen de quien habitaba los árboles es la misma imagen de quien –un cualquiera fuera del poema- mira por una ventana desde el piso 35 de un edificio. ¿Cuántas puertas, cuántos visillos será suficientes para a mucha distancia entender que el paraíso ya no es, que las flores y las hierbas son asunto olvidado? Un poema puede ser la confusión, la hecatombe, el olvido. Un concierto vegetal podría aportar suficientes voces a la luz de la luna.
Códigos, barajas, intentos de adivinación, el Tarot, las profundidades, los ecos, la misma superficie de la mirada. De arcanos y otros signos concita la ausencia, la reprime a través de numerosas imágenes o figuras entre interrogantes sin respuestas aparentes. La referencia, la búsqueda de significados. Una poética, el trasunto del misterio verbal: “Juega con las letras/ las combina/ y crea/ finalmente/ de una masa informe/ al portador de la palabra// Pero éste/ no las usa/ Tan sólo las esconde/ detrás de sus dientes” (Poeta-Golem).
La constante animal, la prefiguración del tiempo, la convulsión de quien viene del mismo árbol genésico. Marcotrigiano viaja hacia él mismo, bajo la piel de quien lo obsede: “Precisamente/ allí pienso quedarme// en nadie// persistiendo en mi oficio/ de animal forjado en secreciones ventrales/ de ser oculto en otras pieles/ infinitamente más suaves/ que la tuya”. ¿El abandono, la mimesis, el dolor de la ausencia, de la soledad, “en nadie”?
¿Qué mandala frecuenta esta voz, este rigor de lo profundo, este empeño?
Nuevamente, como quien recoge los pasos, el poeta insiste en las mismas claves: “Esperaré por ti/ todo oscurecido/ todo hondura/ todo fisura en la piel// Reconstruiré el vértigo/ a las grietas// porque lo único que salva/ es esta extraña vocación de la memoria// el preciso itinerario de quien desanda los recuerdos// Esperaré por ti// Estoy dispuesto”. ¿No son cotidianos, no ocurre a diario, el recuerdo, la pérdida, la ausencia, el vértigo, la profundidad o la memoria? Alguien se asoma al poema, lo lee en silencio, vierte luz sobre sus sonidos. Se extravía.
Una confesión lo advierte, lo coloca en esa diaria precisión: quien hace poesía siempre regresa o vuelve la cara hacia la destrucción, desde los ojos de la mujer de Lot. El amor sacrifica el pecado, al orden de no mirar el incendio. Quien hace poesía lleva una alforja plena de vacíos, de “planetas callados”. El hombre, poeta o Golem, rebusca entre los significados.
Un largo poema inédito cierra este empeño. La prosa y el verso se combinan para consolidar las imágenes, un mensaje donde quien se ahoga, sale a flote. Estos textos inadvierten, desenlazan, aturden. La ausencia de signos de separación señalan el vértigo, la falta de aire, una pausa riesgosa. Allí, entre la luz y la sombra, la mujer, el vientre, la misma señal de los poemas anteriores, el mismo animal husmeando.
“Todavía caen las tardes y se hunden en tus mejillas mientras
yo –recostado a un mal sueño- me cercioro de las miradas
tristes que me acosan
de rodillas frente al bosque
abro las puertas que ocultan las fuentes
y bebo
-animal sediento-
de las primeras aguas
que manan en silencioso arroyo
desde el cálido vientre
y aún cuando no alcanzo la muerte disfruto un instante de la
noche viva del aroma que desciende a esta página de luna que
no me atrevo a doblar semejante a dulces olores de olvidadas
lluvias que adormecen la sonrisa de invierno del niño que ago-
niza en el lecho de mi peor poema”
Este adentro biográfico, esta fuente que no cesa de manar, nos revela la fuerza de esta poesía, entregada en cuerpo y verbo a sobrevivir ante las sombras. La muerte es el vértigo, el precipicio, el ocurre a diario de este instante de la poesía.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Emily Dickinson: existencia vivida en el poema
por Carmen Cristina WOLFDaría mi vida, naturalmente.”
Emily Dickinson nació en Massachussets, en 1830. No escribía para deslumbrar a nadie, ponerse de moda ni obtener algún premio. No se exhibió en los salones. Se guardaba en casa, viviendo, no aparentando que vivía. Escribiendo, no aparentando escribir.
Fue su elección, tan válida como cualquier otra, o tal vez fueron las circunstancias que la llevaron a una existencia casi solitaria. No obstante, su soledad no la esconde, la revela en una manera propia de transformar su mundo en belleza.
Hoy entro en el jardín de Emily Dickinson, sembrado de violetas y tréboles, bordeado de “juncos de azul flexible”. Imagino que ella se asoma a la puerta y mira a lo lejos “un aire alterado en las colinas”. Siempre está en la cabecera de mi cama la selección y traducción de Silvina Ocampo, con prefacio de Jorge Luis Borges quien escribe: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo … Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor; después de su muerte, que acaeció en 1886, encontraron en sus cajones más de mil piezas manuscritas … No es cotidiano el hecho de un poeta traducido por otro poeta …la cadencia , la entonación, la pudorosa complejidad de Emily Dickinson aguardan al lector de estas páginas, en una suerte de venturosa transmigración. ”
Así dice uno de sus poemas:
Es todo lo que tengo hoy para traer
esto y mi corazón además.
…
No puedo bailar
en puntas de pie
nadie me lo enseñó
pero, a menudo, en mi mente
un júbilo me posee
que si tuviera conocimiento de ballet
-lo demostraría-
en piruetas para palidecer una compañía de ballet
o enloquecer a una prima donna. “
Quiero creer que ella escribió este poema en uno de esos días, en los cuales se sintió tan feliz que todo fue motivo de celebración: estrenar unas zapatillas de lazo azul, o recibir una carta con un poema. En ese instante único, surge el deseo de atrapar el sentimiento para que no se vaya. Las palabras se entrelazan y ocurre la necesidad de revelar ese instante de pequeño gozo. Impulso de fijar aquellas cosas hechas de fugacidades:
“Algo en un día de verano
una profundidad -un azul-
un perfume
trasciende éxtasis.
(…)
¡Es tanta la alegría!
Si tuviera que desfallecer ¡Qué pobreza!”
En un día así provoca instalarse en la alegria. La vida es la vida, sólo eso, cada cosa es lo que es, sin eufemismos. No queremos ir más allá: “Arrobamiento es sólo arrobamiento.” La felicidad y el dolor no están en conflicto. Se alimentan la una del otro. Cuando nos sentimos felices, de pronto, igual a un fantasma que gime desde el fondo de la casa, nos asalta el temor a perder la dicha que no puede asirse y no permanece.
Y cuando se apodera de nosotros la tristeza, una mínima estrella envía señales: mañana será diferente. Habrá un motivo para sonreír de nuevo: es la esperanza. Algo ha de suceder, otra vez él o ella vendrá y nos dirá:
“Vine a comprar una sonrisa -hoy-
una sola sonrisa, la más pequeña de tu cara
me agradará lo mismo”.
En la poesía de Emily Dickinson se percibe una existencia alimentada por el anhelo, aquello que aún no se ha cumplido. Nada más interesa al cuerpo, las cosas se desdibujan, pierden sus dimensiónes de realidad y se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo bosquejado.
Pareciera que sólo importa él, el amado, su pulso, su respiración:
“¿Qué daría yo por ver su rostro?
Daría mi vida, naturalmente.
¡Pero eso no es bastante!”
Se está dispuesto a entregarlo todo, lo demás llega a ocupar un lugar secundario. Y el amado lo ignora, no conoce la entrega de ese corazón porque está distraído en otras cosas, sumergido en su propia existencia. Dickinson está decidida a traerle “rosas de Zanzibar, abejas -por millas- / desfiladeros azules, / ejércitos de mariposas.
Para el ser humano, el anhelo se convierte en el centro de la existencia, de penas y alegrías. Se enquista en el corazón una … “dolencia de amor que no se cura / sino con la presencia y la figura”, como escribió San Juan de la Cruz, del cual Emily estuvo siempre enamorada según lo revelan sus versos. Nada calma la sed ni remedia el mal. El adolecido de amor apenas respira, se quiebra, aguarda, desespera:
“¡Qué importa si digo que no voy a esperar!
¡Qué importa si violento la puerta carnal
y escapo hacia ti!”
En los versos de E. Dickinson, la sed no se lee. no se piensa, se muere uno de sed. La angustia no es un concepto, no es de papel, de cuento, se muere uno de angustia. El desasosiego somete, muerde, desespera, ya no se quiere nada, no se sabe nada, no existe nada que interese al cuerpo. Cuando E. D. dice “angustia” no narra, no explica, es la propia angustia. Uno no puede permanecer impasible cuando lee un poema escrito por ella, no deja de sentir un estremecimiento. Ella no ha escrito poemas que hablan sobre el dolor y cuando vamos a leerlos, no sentimos la garra del dolor.
El poema es sufrimiento o alegría sin trampas de lenguaje, se dice a sí mismo como una palabra que “lleva una espada” y “puede atravesar a un hombre”. El poema deja sentir el rapto de la pasión, “como los hombres ciegos conocen el sol”. E. D. agoniza de sed, y sabe que corren arroyos por las praderas, pero esa no es su agua y la deja correr. Ella quiere la suya, no otra.
Los poemas de Emily Dickinson: un corazón en palabras de una belleza terrible y leve. Su corazón, es todo. Sin cartas de presentación, sin buenas referencias ni códigos aprendidos sobre cómo debe escribirse un poema en tal o cual época, sin recetas literarias.
El poema que es un verdadero poema se adentra siete centímetros en el pecho: suficiente, mucho, demasiado. Dickinson ofrece, muy segura, muy tranquila: “todos los campos”, “todas las praderas”, por si acaso no basta con su alma. Se aprende a no decir aquello que se quiere decir, se aprende a callar la frase exacta. Pero el poema no miente.
Y si no le aceptan su entrega, musita, susurra, canta y dice “Traigo mi rosa”.
El que ama le pierde el temor a la muerte, se acostumbra a ella. Su agonía no viene por el asalto de la muerte. Viene “en un cierto sesgo de luz / en las tardes de invierno / que oprime como / la profundidad de las catedrales”. El abatimiento conduce al sacrificio. Sus poemas están impregnado de una suave ironía y una prontitud de lenguaje que causa escalofríos:
“Morir
lleva sólo un corto tiempo
dicen que no duele
es sólo un desmayo - por etapas …”
Uno se queda en suspenso, suavemente quieto, parece que morir no es algo amenazante ni tenebroso, tampoco duele. Y es un orgullo morir sin hacer ruido, sin alharacas ni lamentos. Estar presto en esa hora:
No lo menciones por esas calles
porque las tiendas me mirarían
que alguien tan tímido - tan ignorante -
tenga el descaro de morir.
Algunos “entendidos”que leyeron sus poemas,
menospreciaron su obra porque no obedeció a las tendencias que prevalecían en su época. Su escritura no estaba “de moda”.
Emily Dickinson, ella que se guardaba en casa casi siempre, nos permitió entrar en su mundo. Es imposible leer sus versos y permanecer indiferentes.
* Las cursivas son versos de Emily Dickinson
Traducción de Silvina Ocampo
Carmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog http://literaturayvida.blogsome.com













ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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