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Categoría: Libros

¿POR QUÉ ESCRIBO?

por Eduardo CASANOVA

Eduardo Casanova Sucre

Hoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.

 
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La Alborada del Tirano

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Alborada del Tirano

William I. Buchanan, Alto Comisionado de los Estados Unidos, llegó a las costas venezolanas con una considerable fuerza de la Armada a brindarle a Gómez, que lo había pedido, todo el respaldo de Washington a cambio de un giro dramático en la política del país con relación a las inversiones extranjeras. Y el entendimiento se dio de inmediato. Gómez era distinto, era más civilizado que el salvaje Castro y respetaría las normas internacionales para que el capital, especialmente el norteamericano, se sintiera a gusto.
Gómez, que va a ser el sepulturero de los partidos, no se opone, aparentemente a la existencia de partidos. Pero la realidad distorsiona lo que hasta 1899 había existido. Ya no parece haber liberales y godos ni amarillos y mochistas, sino unionistas y no-unionistas, es decir, gomistas y antigomistas. Todos son ardientemente anticastristas, y se percibe en el aire una sospecha que se traduce en repudio a la idea de la dictadura, lo que a su vez parece canalizarse en un apoyo al planteamiento de que debe buscarse una reforma de la Constitución vigente que había sido la base del poder castrista.
Y el agosto de 1909 se produjo una reforma constitucional que acortó el período presidencial a cuatro años y creó un Consejo de Gobierno en donde participarían varios de los retornados al país. Se estableció igualmente un período provisional hasta el 19 de abril del 10, fecha en la cual entraría en vigor la reforma. Para variar, Juan Vicente Gómez es elegido presidente provisional de la República, el 11 de agosto, para que cubra el lapso que va hasta que se nombre un nuevo presidente constitucional que, extrañamente, será Juan Vicente Gómez, designado además general en jefe y comandante de los ejércitos venezolanos, lo cual, en la antigua Roma, se llamaría Emperador. Con las variantes del caso, ese será el esquema que usarán varios de los tiranos de la América Latina, hasta el chileno Augusto Pinochet. Es el sistema de los gobiernos totalitarios, autoritarios e unipersonales de nuestra pobre América.
Ya en 1909, a pocos meses de la defenestración de Castro, el compadre Gómez empezó a sacar las uñas. Pocas son, pero evidentes, las muestras que lo prueban. La más clara fue una reunión convocada para el 7 de marzo de 1909 por el gobernador de Caracas, Aquiles Iturbe, a la que debieron asistir los jefes de los periódicos de la capital, y en la que se les dio a entender que cada día se les cerraría más el ámbito de sus libertades. Como se hará mucho tiempo después, el gobierno se sentía molesto ante “el extravío y exageraciones de algunos periodistas,” cuenta Manuel Caballero. Ya entonces la “información veraz” preocupaba a quienes tenían que someterse al escrutinio de los periodistas. Pronto empezarían a solucionarlo de manera radical: Aquel que dijera algo que no le gustara al jefe o a sus colaboradores, iría preso sin contemplaciones.
Poco después la realidad pondría a prueba el sistema. El 25 de septiembre de 1909 Eleuterio García, tachirense y pariente de Juan Vicente Gómez, asesinó en la esquina de Carmelitas a Enrique Chaumer, concejal, intelectual y, sobre todo, hombre de una probidad intachable. Chaumer había denunciado públicamente a García por las irregularidades graves que éste cometió como administrador de rentas de la municipalidad de Caracas, irregularidades que habían sido descubiertas por Vicente Marturet, sucesor de García. Chaumer demostró en el Concejo la culpabilidad de García y eso le costó la vida. Tenía sesenta y tres años. El parentesco de García con Gómez, la irregular absolución del primo Eustoquio y la filiación liberal de Chaumer, además de su merecida fama de hombre honrado, hicieron del caso algo de primera importancia, y casi todos los periódicos lo comentaron hasta la saciedad. Sólo El Universal se abstuvo de convertir el tema en dominante. Gómez reacciona pidiendo la armonía y el apaciguamiento de la exaltación. Gómez es “el hombre de la paz. El hombre que no conoce enemigos entre sus compatriotas, que quiere gobernar con los mejores, cualquiera que haya sido su partido, incluso si ese partido era el de los anti-andinos de la Revolución Libertadora. Su único enemigo es Castro,” narra también Caballero. Esa tesitura durará hasta que esa libertad de expresión se oponga a los intereses inmediatos del jefe.
Una de las bases de esa Pax gomana es la preparación de la guerra (Si vis pacem, para bellum; o, para los puristas: si vis pacem, bellumpara), que en este caso es simple y sencillamente la posibilidad de guerras internas. Gómez, mediante su fiel seguidor Félix Galavís y con la ayuda del coronel chileno Samuel Mac Gill, traído al país especialmente para eso, creó la Academia Militar, para formar un cuerpo de oficiales profesionales, “científicos” les dirían en su tiempo, capaz de contrarrestar plenamente a los que como él y su compadre se improvisaron en la lucha más guerrillera que guerrera. Galavís y Mac Gill también organizaron el ejército nacional, que acabaría con las montoneras y, por ende, con los caudillos locales y las guerras civiles. Pronto fueron virtualmente ocupadas y desarmadas varias regiones del país y derrotadas todas las intentonas de viejo estilo, como las de Horacio Ducharne, Juan Pablo Peñaloza, Emilio Arévalo Cedeño, Patrocinio Peñuela, Rafael Simón Urbina, Gustavo Machado, José Rafael Gabaldón, Norberto Borges y unos cuantos más. Y la que más se prestaría a una novela de aventuras o a una película bien hecha: El triste intento de invasión de Cumaná a bordo del Falke, en el que participaron dos generaciones y muchos anacronismos, además de Román Delgado Chalbaud, Panchito Alcántara, José Rafael Pocaterra, Armando Zuloaga, Rafael Vegas y, desde tierra, Pedro Elías Aristeguieta y su familia. Con el Falke y el alzamiento de Gabaldón, ambos en 1929, finalizarían los últimos restos de una forma de hacer política en la nación venezolana. El general Gómez, para defenderse, había creado así, por vez primera y para siempre, la institución armada de Venezuela que tanto daño le ha hecho al país. Su período presidencial, de acuerdo a la nueva Constitución, sería de 1910 a 1914. Y en 1913 empezaron de verdad los problemas y se terminó la Alborada. La sucesión y el continuismo, las mismas enfermedades provocadas por el veneno de la ambición en Páez, en Monagas, en Guzmán Blanco, en Andueza Palacio, en Crespo, se convirtieron en el detonante de un cuarto de siglo de tiranía. La Alborada había sido un espejismo.
Sin embargo, independientemente de su condición de dictador, hay que reconocerle a Gómez su increíble habilidad para seleccionar gente capaz y ubicarla en puestos en donde rendirían grandes beneficios para el país. Tal fue el caso de Román Cárdenas (1862-1950), ingeniero tachirense a quien Gómez nombró Ministro de Obras Públicas en 1910 y en 1912 quiso designar Ministro de Hacienda. Cárdenas, antes de aceptar, pidió que se le permitiera estudiar lo relativo a las finanzas públicas en Londres, y así lo hizo antes de encargarse del Ministerio de Hacienda en enero de 1913. Fue el verdadero creador de la Hacienda Pública, y entre sus muchísimos otros logros está el haber establecido la unidad del tesoro y haber creado un fondo de estabilización macroeconómica que le permitió a país, entre otras cosas, no sufrir las consecuencias de la I Guerra Mundial, y que por mantenerse durante muchísimo tiempo sirvió también para palear las consecuencias de la Gran Crisis de 1929. La muy sana política hacendística de Cárdenas duró hasta la década de 1970, cuando la aparente bonanza petrolera acabó con la prudencia y catapultó el país hacia el desastre.
No hay que descartar, desde luego, lo que con mucho acierto señala Tomás Polanco Alcántara: La dictadura unipersonal de Gómez se inicia en tiempos en los que el idealismo del presidente norteamericano Woodrow Wilson pone en jaque a las dictaduras latinoamericanas, y buena parte de las acciones y omisiones de Gómez en esos años tienen esa causa. Esa situación hará crisis en 1917, en plena Gran Guerra, cuando, habiendo renacido el fantasma de las ganas alemanas de ponerse en la Isla de Margarita y ante la germanofilia de Gómez, la diplomacia venezolana tiene que hacer milagros, y los hace, para que el general tachirense no vea su país invadido y pueda seguir adelante, según Tomás Polanco Alcántara.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada
La Alborada del Tirano

 

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El Preludio de La Alborada

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Preludio de La Alborada

Parecería que uno de los objetivos de la “Aclamación” es el de enterrar la cabeza, como los avestruces, ante la realidad del país. Ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia, suspensión de servicios a causa de la deuda pública, una imagen horrible fuera de las fronteras. Todo conforma un cuadro nada halagüeño mientras se gastan recursos enormes en aquella absurda y falaz fiesta colectiva, en aquel “plebiscito” que anuncia, agorero, una caricatura que se producirá algo más de medio siglo después. Fiestas, óperas, arcos de triunfo, estreno de valses, toda una explosión de alegrías que no dicen nada. Ni podrán evitar lo que ya está en marcha.
No es sólo la caída política, sino la física de Castro, lo que aquellas falsas fiestas no podrán disimular. El doctor José Rafael Revenga, médico de cabecera del pequeño dictador, se volvió uno de los hombres más poderosos del país. A comienzos de agosto ya no era posible disimular que el hombre tenía los riñones en muy mal estado. Producto de sus excesos y sus locuras. Fue a Macuto a buscar una salud que lo había abandonado. Revenga lo acompañaba, e hizo viajar a Macuto varias veces a los mejores médicos disponibles. La economía de la nación se paralizaba día a día. Dependía en buena parte de la bacinica del señor presidente de la república. La política también. Y empezaron a perfilarse candidaturas, por si acaso. Gracias a la actitud altiva y digna de doña Zoila, Juan Vicente Gómez crecía. Cuando los ambiciosos y serviles se quedaban afuera porque el presidente no atendía a nadie, el compadre estaba adentro conversando con la señora. A Gómez, sin duda, lo había picado ya la extraña ponzoña que riega en las venas la ambición y hace que los hombres cambien, que se conviertan en personas distintas, capaces de traicionar a sus propias madres por alcanzar esa tal “gloria” que los hace verse héroes invencibles.
Había ya una guerra soterrada con múltiples formas de desarrollarse. Los tachirenses, quiérase o no, o son castristas o son gomistas. Y los demás tendrán que seguir a quien gane la guerra.
La fractura andina se hará ya inevitable, y hasta definitiva, con el llamado Movimiento de la Conjura. Porque es entonces cuando extraños hacen quebrar una amistad de años y siembran la desconfianza y hasta el odio entre dos compadres paisanos y coetáneos, que hasta entonces se habían complementado a la perfección. Los “conjurados” se han propuesto conseguir que, en caso de que falle la augusta ciencia de Revenga, no sea Gómez el sucesor de Castro, sino Panchito Alcántara. Los principales alentadores del movimiento, además de Panchito, son el propio Revenga y Román Delgado Chalbaud.
Las cosas se complican más aún con el asesinato del gobernador del Distrito Federal, Luis Mata Illas, margariteño nacido en 1865, que era médico y fue cónsul de Venezuela en Cúcuta cuando Castro estuvo exiliado, ocasión en la que se hicieron amigos. Después de ocupar varios cargos, entre los que llama la atención el que haya sido ministro de Obras Públicas, fue nombrado gobernador de Caracas. Fue uno de los más activos organizadores de la Aclamación de Castro, y quizá por ello lo buscó en un botiquín de Puente hierro Eustoquio Gómez, que gritaba vivas a su primo. Después de matar al gobernador, el primo del Vicepresidente, acompañado por una nutrida escolta de tachirenses armados, se fugó por los lados de El Valle. Poco después fue capturado y condenado a quince años de prisión, pero apenas estuvo en La Rotunda algo más de dos. Fue liberado por su primo hermano en 1909, mediante en viejo y actual recurso de influir en una decisión de la Corte Suprema (que anuló el veredicto de primera instancia) y con el nombre de Evaristo Prato, quedó encargado de una lóbrega prisión del Zulia, el famoso Castillo de San Carlos. Tales fueron sus desafueros, que debió dejar el cargo y refugiarse en Maracaibo. Luego será gobernador del Táchira, la tierra de los Gómez, en donde paralelamente hizo un gobierno de algún progreso material y de la más feroz represión, al extremo de que nuevamente su primo debió separarlo del cargo. En 1929, a raíz del alzamiento del general José Rafael Gabaldón, fue nombrado gobernador de Lara con instrucciones de no dejar títere con gorra. A la muerte de su primo, fue protagonista de uno de los hechos más importantes de aquel momento, del que hablaremos a su debido tiempo. En aquel febrero de 1907, al Gobernador Mata Illas lo sustituyó inmediatamente su segundo, el general Domingo Antonio Carvajal, que murió de un infarto a las pocas horas, en pleno velorio de su antecesor, por lo que el Gobierno designó Gobernador al Doctor Ángel Carnevali Monreal (que moriría preso en La Rotunda muchos años después). Circuló entonces en Caracas una divertida copla de humor negro, que decía: Mataron a Mata Illas / y se murió Carvajal; / y tenemos en capilla / a Carnevali Monreal.
Y quizá haya sido producto de aquel florecimiento de violencia la decisión radical de Castro de hacerse operar. El 9 de febrero de 1907 los doctores Pablo Acosta, José Antonio Baldó, Adolfo Bueno, Eduardo Celis, Lino Antonio Clemente, David Lobo y José Rafael Revenga tomaron en sus asépticas manos la vida de la nación. Con éxito. Pero apenas tres días después el enfermo decreta su propia muerte política cuando ordena, desde su cama el asesinato del general Antonio Paredes, el único enemigo que no le ha pedido cuartel, que ha sido apresado con quince oficiales en El Rosario, cerca de Morichal Largo, por los lados del Orinoco. Un extraño telegrama que dice DECADACTILO, UTERINO, DATA, INMINENCIA, OREBEL, DEBILMENTE, FUSTE, ABADEJO, PARURO, HUSMEO, SUBCLASE, OFRECIMIENTO. Aviseme recibo. HUSMEO CUÑA. D. y F. Cipriano Castro, fechado el 13 de febrero de 1907 se va a convertir poco después en la prueba central de que el presidente ordenó el asesinato. Vertido a lenguaje abierto el telegrama dice: Debe usted dar inmediatamente orden de fusilar a Paredes y su oficialidad. Avíseme recibo. Y cumplimiento. D. y F. Cipriano Castro. Otro telegrama miente al pretender que Paredes y los suyos intentaron escapar y murieron en el intento, como para ratificar que había culpa en quienes los mataron. Héctor Luis Paredes, hermano del general asesinado, no le tiene miedo al que mató a su hermano y se convierte en tenaz acusador del Cabito. En cierta forma se logra un equilibrio ante la historia, porque si valencianos fueron los del triste “Círculo” que encumbraron y desviaron a Castro, valencianos eran los hermanos Paredes, que desde un círculo de valentía lo bajaron de su ridículo pedestal. Y en ese camino, la figura de Juan Vicente Gómez empieza a crecer como el anti-Castro. Poco más de un mes después de su operación, el 18 de marzo, Castro está de nuevo en Miraflores. Pero en verdad no ha recuperado la salud. Ni la física ni la espiritual. Según Picón Salas, “parece un neurótico personaje de Suetonio; un César enfermo de fiebre y hastío.” Quizá lo persigue la maldición de Antonio Paredes. Pronto se formaliza la acusación ante la Corte Federal y de Casación contra Cipriano Castro “por el homicidio intencional ejecutado en la persona del general Antonio Paredes y de varios individuos de tropa en la madrugada del 15 de febrero de 1907.” Manuel Paredes, otro hermano de Antonio, lleva adelante el proceso, en el que se probará más allá de toda duda la culpabilidad de Castro, aunque formalmente no se le haga pagar condena alguna, salvo el terrible fracaso que desde entonces le pesará como un Potosí sobre su exilada y enferma cabeza.
No hay que perder de vista que Castro, lejos de representar un cambio de rumbo de la Venezuela del fin del siglo XIX, es la exacerbación de todos los vicios que tanto daño le habían hecho al país. No sólo no cumplió con aquellos de “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, sino que todo lo que hizo fue ratificar y hasta aumentar lo viejo. El sencillo y centrado Juan Vicente Gómez se fue convirtiendo, poco a poco, en algo así como la antítesis de Castro, y ello explicado mucho de lo que pasó entonces.
Pésimas relaciones con el extranjero, un brote de peste bubónica, la supuración renal de Castro, jalonan el año de 1908. Parecería como si su buena suerte se hubiera alejado para siempre. Doña Zoila insiste en que su marido debe ir a buscar salud a otras latitudes y dejar al compadre, que es andino y no centrano, a cargo de la ponzoñosa silla. Cuidándosela para cuando regrese ya curado. Y el 24 de noviembre de 1908, a bordo del buque francés “Guadaluope”, el Cabito parte rumbo a Europa. A despedirlo baja hasta el “Zig-Zag” de la carretera el compadre Juan Vicente. El Cabito ha dejado públicamente sus instrucciones: “Rodeadlo y prestadle vuestra consideración como si fuera a mí mismo, y habréis cumplido con vuestro deber.” Gómez, de quien se afirmaba que cuando un tachirense iba a quejarse de algo que le habían hecho Castro o los “centranos” le decía: “Esta la ganamos de a pa’trás, ya las ganaremos de a pa’lante”, el 19 de diciembre de 1908, cuando se completó el proceso de desplazamiento de su compadre, las ganó todas de a pa’lante. La excusa, si es que la hubo, fue un telegrama apócrifo que se dijo le había dirigido Castro a Pedro María Cárdenas, gobernador del Distrito Federal, con un texto que, evidentemente, no se parece a los de Castro: La culebra se mata por la cabeza. Todo indica que en ningún momento Castro envió el mensaje, y aun si lo hubiese enviado, ¿por qué ese refrán tan común y campesino tenía que ser una orden para que se asesinara a Gómez? Se ha dicho que quien dirigió aquella conspiración, quien llevó de la mano a Juan Vicente Gómez a la silla, fue su tío José Rosario García Bustamante, cucuteño, hijo legítimo de su abuelo paterno, abogado y sibilino, y tres años menor que su sobrino, puesto que nació en Cúcuta en 1860. Fue buen asesor de Gómez, aunque posiblemente se haya exagerado en cuanto a la influencia que en realidad ejerció. Pero, en cualquier caso, parece ser que sí fue él quien inventó el famoso telegrama ofidio.
Cierto o falso el telegrama, real o imaginaria la amenaza de Castro, Juan Vicente Gómez, compadre, amigo y sucesor de Castro que apartó del camino con muchas dudas, el 19 de diciembre de 1908 a su amigo, compadre y antecesor. Seis días antes, como parte de ese proceso hamletiano y en medio de las presiones que lo conminaban a dar el gran paso, prácticamente fue obligado a salir al balcón de la Casa Amarilla porque en la plaza el pueblo se había concentrado para auparlo y a rechazar al viajero, y que entonces pronunció el discurso más breve que haya dicho un político en Venezuela. La parquedad del discurso (¡Pues cómo le parece a los amigos que el pueblo está callado!, según Pocaterra, o El pueblo está en calma, el pueblo está tranquilo, según otros (Manuel Caballero), puede haberse debido a esas dudas, a ese no decidirse a darle el zarpazo a Castro, no sólo porque era su amigo y su compadre, su pariente espiritual, sino porque no dejaba de tenerle respeto a la habilidad de aquel que sabía capaz de urdir cualquier trama, y todo podía ser una celada. “El pueblo está callado”, o “el pueblo está tranquilo”, aun cuando Leopoldo Baptista y Juan Pietri hacían de Madariagas e incitaban a ese pueblo a manifestar el apoyo que ellos aseguraban tener, bien podría indicar que no veía ese entusiasmo del que le habían hablado los conspiradores. Los testimonios que hay sobre el momento no son muy de confiar y es algo que no podrá saberse jamás, pero que fue, como dice Manuel Caballero “uno de esos momentos decisivos en los que nadie quiere decidirse.” Dado el golpe, ganado todo de a pa’lante, para facilitar el reconocimiento exterior, discretamente hace llegar a la Corte Suprema el material sobre el intento de asesinato dispuesto por Castro y acelera el proceso que se le sigue al viajero de Berlín por el asesinato de Antonio Paredes. La Corte (no será la primera ni la última vez) obedece al jefe del ejecutivo y pronto la destitución de Castro estaría arropada por un manto de legalidad. Y hasta se le dictará auto de detención al hombre de los riñones supurantes, que ya ha sido suspendido del cargo de presidente, por el homicidio del honorable y valiente general asesinado en el Orinoco.
Consumado todo, mucha gente creyó que la luz había vuelto al país, entre ellos Rómulo Gallegos, sus amigos, y el gobierno de los Estados Unidos. En el Superego de los venezolanos había un rechazo al militarismo (Ya Venezuela no quiere guerra / porque esta tierra se va a arruinar…), y a Gómez, a pesar de su título de general, no se le percibía como un militar, sino como una ganadero, una hacendado parco en palabras y fértil en hijos (97, y hasta 100, dicen que tuvo, y llevaba un registro casi contable de todas las mujeres con las que tuvo relaciones, indicando en cada caso los hijos que le habían dado), la contrafigura de Castro, que desde entonces y hasta su muerte, que fue en Santurce, Puerto Rico, el 5 de diciembre de 1924, vagó como un ánima en pena perseguido por la saña de los norteamericanos, los europeos y su compadre y trató por todos los medios de explicarse, de hacerse ver como el que quiso salvar a la América humana sin que lo dejaran.
Y en verdad los primeros días de Gómez fueron de equilibrio y hasta de luz. Por esas extrañas piruetas de la política, en su primer gabinete había viejos castristas, viejos gomistas, liberales amarillos, mochistas, personajes de la “Revolución Libertadora” y hasta integrantes de la célebre “Conjura” (nada menos que Panchito Alcántara). Bien se podía hablar de una auténtica reconciliación nacional que se hacía, además, en medio de un ambiente de libertad de prensa y de tolerancia. Volvían los exilados, salían los presos de las cárceles. Todo era sonrisas. Se conjugaban el deseo de paz (Ya Venezuela no quiere guerra…) y el contraste de personalidades existente entre Gómez y Castro.
Prácticamente todo el mundo estaba convencido de que Venezuela había logrado la perfección: el gobierno de un padre sabio y bondadoso. Pocos, muy pocos, fueron los capaces de prever lo que se les venía encima.
La Alborada, que fue como calificaron Rómulo Gallegos y sus amigos aquella Luna de miel inicial, pronto se convertirá en antesala del infierno, cuando el hacendado, el kulak de La Mulera, haga del país su feudo.
La diosa Caudilla, llamada también Ambición, volvía a triunfar en el Olimpo venezolano.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
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La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada

 

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EDUARDO CASANOVA FINALISTA EN EL PREMIO IBEROAMERICANO DE LITERATURA ARTURO USLAR PIETRI

por Noticias

Informó el profesor Carlos Pacheco, presidente del Jurado del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri que la discusión final entre los integrantes del jurado, integrado además por Jordi Carrión, Francisca Noguerol, Miguel Gomes y María del Pilar Puig, se centró en las novelas “Blue Label”, de Eduardo Sánchez Rugeles, y “La jaula de los tigres”, de Eduardo Casanova, ambos venezolanos. Al final privó el criterio generacional y el premio le fue otorgado a Sánchez Rugeles, autor aún inédito de 31 años que utilizó un lenguaje juvenil en su obra. Sin embargo, destacó que la novela de Casanova impresionó vivamente a todos los integrantes del jurado, pero, desafortunadamente, las bases del premio no permiten que se divida entre dos participantes. El monto del Premio se había anunciado en 25 mil dólares americanos, pero por disposición del gobierno venezolano quedó finalmente reducido a menos de la tercera parte de esa cantidad.

 

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La guerra con Colombia

por Gonzalo PALACIOS G.

VENEZUELA XXI: La Revolución de la Estupidez es el título del libro más reciente de Gonzalo Palacios Galindo. Lo que sigue es continuación de VENEZUELA XXI: CHÁVEZ Y SUS ARMAS NUCLEARES (LITERANOVA, 20 febrero 2010).

Como decía más arriba, la ESTUPIDEZ se cura en silencio, adueñándonos de la Realidad a nuestro alrededor por medio de la acción del intelecto, que es una actividad espiritual, es decir, del alma (psyche) y no del cuerpo (soma). El cuerpo hace todo tipo de ruidos cuando funciona (bien o mal); no así el alma. Los ruidos del cuerpo interrumpen las actividades del alma. Buscar la incógnita de una simplísima ecuación (2x=4), la respuesta a una fácil pregunta de literatura (¿Porqué no especificó Cervantes el “lugar de la Mancha”?), o la fecha en la que Bolívar tiró la toalla (“he arado en el mar”) implican un breve momento de silencio en el que nuestro intelecto encuentra la solución archivada entre las neuronas cerebro.1 Basta que alguien pee en ese instante, así sea el que está pensando, para que esa acción somática interrumpa el silencio de la psíquica, ya sea por su ruido o por su olor. En tal caso, se deshace el proceso curativo de la inteligencia y se afianza aún más la ESTUPIDEZ. Así le ocurre a Hugo Chávez en relación a Colombia:
“Cada vez se está hablando más de una posible guerra con Venezuela. ¿Cómo se llegó a semejante insensatez?”2

Se ha escrito hasta la saciedad sobre el estado mental del dictraidor Chávez, que si sufre de paranoia, de delirios de grandeza, complejos de inferioridad o superioridad, esquizofrenia, demencia, o, como decimos los viejos venezolanos, que “perdió la chaveta:” simplemente es un ESTÚPIDO. Cuando las relaciones entre los dos países se reducen a las comerciales, por las que todos nos beneficiamos, la tranquilidad reina en la frontera colombo-venezolana. Recuerde el lector que la ESTUPIDEZ no soporta el silencio ni la tranquilidad que nos permite pensar; entonces el nuevo “cabito” de la VENEZUELA XXI, abatido por la enfermedad que lo acosa, la ESTUPIDEZ crónica, grita y vocifera que vamos a la guerra con nuestros hermanos colombianos 3. Suenan las armas, se escucha el ruido de los aviones, del temblor de los tanques de guerra, y hasta un mal entonado Himno Nacional interrumpen el silencio de la paz auténticamente bolivariana, esencial para curarnos en salud. La ESTUPIDEZ del dictraidor contagia al que fuera un bravo pueblo:
¿Guerra con Venezuela? Hasta hace muy poco esa noción era totalmente absurda para cualquier colombiano. Un conflicto armado con un país hermano con el cual se tiene una dependencia comercial y vínculos históricos que datan desde la independencia, no tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, al comenzar 2010 ese imposible comienza a ser objeto de discusión. Y sin que nadie entienda muy bien por qué [la definición de ESTUPIDEZ], en los últimos días se está hablando más y más de guerra.4

Hugo Chávez, un ESTÚPIDO no puede regir a Venezuela: ¡RENUNCIE YA!

Las actuaciones del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela son las de un ESTÚPIDO a quien le “falla el coco”. Todos esos artículos escritos por médicos psiquiatras 5, por psicólogos y por reconocidos intelectuales venezolanos y extranjeros prueban claramente que “Chacumbele” 6 dejó de razonar, que ya no entiende ni su propio discurso pues lo contradice casi a diario.7

DEPENDER: INDEPENDENCIA y DEPENDENCIA de la ESTUPIDEZ.

Hablemos un poco sobre Bolívar. Mi primo cuarto de pendejo no tenía un pelo; lamentablemente, como muchos oligarcas, por flojo y díscolo permitió que su inteligencia dejase de funcionar en numerosas ocasiones. ¿De qué o de quiénes dependía la ESTUPIDEZ de Simón Bolívar y la frecuencia de sus manifestaciones? Sí, amigo lector, el Padre de la Patria cometió tamañas ESTUPIDECES que legó a quienes nos consideramos sus descendientes. Sin tener los conocimientos científicos para identificar cabalmente las razones por las cuales el cerebro de este gran hombre dejase de funcionar de vez en cuando y de cuando en vez 8, podemos afirmar que desde niño la personalidad de Bolívar era tipo Alpha 3. 9


Ingenio de Bolívar,
San Mateo, Estado Aragua.

La muerte de su esposa, la joven española María Teresa Toro (1803), lo obligó a guardar un breve y doloroso silencio durante el cual Don Simón ejercitó su cerebro y llegó a conclusiones inteligentes y hasta sabias (juramento en el Monte Sacro, 1805). Estaba en Francia cuando la cacofonía de los triunfos militares de Napoleón quien en 1805 había cometido las ESTUPIDECES de auto-coronarse, y de instalar a su hermano José como rey de España, en lugar de informar al joven viudo lo que hizo fue aturdir el cerebro del Libertador. El hecho es que al regresar a Venezuela (1807) no ejecutó su promesa de “no descansar” hasta ver la libertad de su tierra natal y más bien evitó involucrarse en el quehacer político y militar que había iniciado Miranda desde 1806. Tampoco participó nuestro Héroe en la Conspiración de los Mantuanos en Caracas (1808), refugiándose en su hacienda en San Mateo (Estado Aragua) hasta verse obligado a seguir los consejos de sus maestros Andrés Bello y Simón Rodríguez de dedicarse a la causa de la Independencia.

1 “El pensamiento supone siempre un repliegue, un retraimiento o retiro a las soledades de uno mismo, a su intimidad silenciosa,” Julián Marías, El Oficio del Pensamiento, Austral, 1969, pag. 12.

2 Así abre BOMBA DE TIEMPO, excelente artículo, en Semana, 12/01/2010.

3 BOMBA DE TIEMPO: “El primer interrogante es si Chávez está loco o no. Según Néstor Marchant, presidente de la Asociación Argentina de Siquiatras, en entrevista con La Noche, el Presidente de Venezuela “no es un alienado mental. Que se hace el loco, sí, se hace el loco, pero no entra en la categoría de alienado mental. Donde sí entra es en la sicopatía de los trastornos suaves o graves de la personalidad".

4 Ibid.

5 Por ejemplo: “Los PSICÓPATAS CARISMÁTICOS: son mentirosos encantadores y atractivos. Por lo general están dotados de uno u otro talento, y lo utilizan a su favor para manipular a otros. Son generalmente compradores, y poseen una capacidad casi demoníaca de persuadir a otros para que abandonen todo lo que poseen, incluso hasta sus vidas. Los líderes de sectas o de cultos religiosos, por ejemplo, podrían ser psicópatas si conducen a sus seguidores a causar su propia muerte:” Robert Hare, siquiatra. Dudosa proveniencia, el autor.

6 “Cuando desde TalCual lo apodamos “Chacumbele” queríamos subrayar que, como en la guaracha cubana, “él mismito se mataba", con su incapacidad, su irresponsabilidad y sus desatinos. Lo hemos hecho para mostrar el camino del barranco en el cual terminaría por hundir al país de continuar administrando con tal falta de sindéresis.” Teodoro Petkoff.

7 El 15 de enero del 2010, ante la Asamblea Nacional, “Chacumbele” declara que en su Gobierno “no están dispuestos “a callar ante la arremetida de un grupo de obispos en Venezuela”, que se subordinan a la “burguesía venezolana…” y a continuación contradice el ataque a la Iglesia: “Esta revolución es profundamente cristiana”. El 17 de enero, en “ALO Presidente” Chávez plantea un argumento para expropiar un importante centro comercial que contradice el motivo que dio para su expropiación inicial ya que señaló que, como centro comercial, causaba daños urbanísticos en la zona de la Candelaria. La instalación de Comerso generaría el mismo supuesto problema.

8 “…la infrecuencia del pensamiento lo hace cada vez más infrecuente;” Marías, op. cit. pag. 16.

9 El tipo con personalidad activa/práctica siempre está ocupado con varias actividades y o con la búsqueda de metas al mismo tiempo. Es una personalidad con poco interés por los sentimientos de los demás. Tienden a ser super-ejecutivos sin importarles las reglas y normas burocráticas. Sacrifican amistades y relaciones personales por dedicarse a su trabajo. Son personas intensas a quienes les gustan los desafíos y se fastidian a menos que confronten relaciones dinámicas y cambiantes. Los hombres con personalidad tipo A-3 dan por alto sus relaciones personales. Psychology of Relationships by Roger Moore.

Capítulos publicados:
VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ
VENEZUELA XXI: Chávez y sus armas nucleares

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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La Cordillera Partida

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

La Cordillera Partida

Juan Vicente Gómez, el tercero de los “cuatro ases” de Francisco Herrera Luque (los otros son Páez, Guzmán Blanco y Betancourt) nació oficialmente el 24 de julio de 1857. Uno de sus mejores biógrafos, Manuel Caballero, lo pone en duda, o lo convierte en tema de discusión con razones bastante sólidas. Esa fecha se haría muy importante para el modus vivendi de los adulantes, al extremo de hacer cambiar una antiquísima costumbre: la de celebrar el santo, puesto que antes de que los incensadores de Gómez impusieron el 24 de julio como fecha natal del Libertador, la importante era el 28 de octubre, día de San Simón, que era la que el propio Bolívar y sus amigos y parientes celebraban. Para exaltar la coincidencia de días se dejó de lado la costumbre y se adoptó la nueva, apoyada en la adulancia a Gómez. Y a los norteamericanos.
Su infancia y su juventud fueron las normales de un propietario rural de la zona fronteriza entre Venezuela y Colombia. Tenía parientes y amigos a ambos lados de la frontera y se ganaba la vida vendiendo los productos de sus tierras, que heredó a los veintidós o veintitrés años de su padre, Pedro Cornelio Gómez, que era hijo natural de un colombiano, José Rosario García Bustamante, quien a su vez era sobrino de un prócer de segunda línea neogranadino. Junto con las tierras, Gómez heredó la responsabilidad de ser jefe de familia y producir para el mantenimiento de la madre y ocho hermanos (Indalecia, Juancho, Elvira, Regina, Ana, Pedro, Emilia y Aníbal). Tenía cerca de treinta años cuando conoció a Castro, que ya se había convertido en un personaje local y localista, y aún tardó varios años en entrar en la política (que en ese tiempo era casi sinónimo de guerra) como firme y fiel segundo del Cabito. Su “bautizo de fuego”, que fue en la bellísima ciudad de Colón, al Norte de San Cristóbal, se produjo a los treinta y cinco años, y su camino en firme hacia el poder, cuando ya su entorno excitó abiertamente su ambición y ya pasaba largamente los cuarenta.
El joven Gómez apenas recibió una educación elemental, pero no era, como quisieron hacer ver sus enemigos políticos, analfabeta. Caballero le atribuye “una letra clara, firme y vigorosa, incluso al final de su vida, aunque su ortografía y su sintaxis sean pésimas.”
Como hemos podido ver, Juan Vicente Gómez acompaña a Cipriano Castro en toda su gran aventura, desde el exilio hasta el Capitolio Nacional en Caracas. En febrero de 1901, cuando la asamblea nacional constituyente aprueba la constitución castrista, designa a Cipriano Castro presidente de la república, a Ramón Ayala primer vicepresidente y a Juan Vicente Gómez segundo vicepresidente. Jerárquicamente, su compadre ha puesto a un general liberal, guzmancista, continuista y que a última hora se unió a la “restauración”, nacido en Falcón en 1850, por encima de Gómez. Un mes después Castro corrige el desaguisado y nombra primer vicepresidente a Gómez, pero sabe que es algo transitorio, y en julio el hombre de la Mulera deja su cargo, pero no su posición de segundo hombre del régimen. Pronto tendrá otros bastante más importantes.
Mucho se ha hablado del proceso que llevó a Gómez a tumbar a Castro. Se ha dicho que Gómez actuó agazapado y de acuerdo a un plan. Se ha dicho que Castro humilló a Gómez y generó en él un resentimiento que se materializó en el golpe de mano. Se han dicho demasiadas cosas para explicar algo que no necesita explicación. Manuel Caballero sostiene una tesis que es, por decir lo menos, muy atractiva: “Gómez y Castro no son dos personas diferentes: Son una sola.” Tomás Polanco Alcántara (Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía, Ediciones Ge, C.A., Caracas, Venezuela, 1995), por su parte, describe con mucha agudeza el proceso del montañés que sabe esperar a que pase la neblina y no se precipita nunca, que es, en realidad, lo que hizo Gómez en ese complicado período de espera, de cacería, de búsqueda.
Castro, que era unos meses menor que Gómez, lo consideraba su hombre de confianza, su discípulo y su amigo, pero siempre su subalterno, su segundo. Gómez, a pesar de ser unos meses mayor que Castro, lo consideró su maestro, su mentor, su superior, durante mucho tiempo, hasta que cambió y resolvió dar el paso adelante y desplazarlo. Muchos fueron los factores de ese cambio, pero creo que el más importante fue el concepto que uno y otro tenían de los andinos. Hay muchas manifestaciones de esas ideas, entre las cuales es especialmente importante la contenida en la correspondencia de Gómez a Castro durante el ejercicio del poder local de Gómez Táchira, cuando se atreve a colocar a Castro en la disyuntiva de escoger entre él y Celestino Castro, hermano de Cipriano y enemigo de Gómez. Allí Gómez no sólo expresa opiniones propias y, como dice Caballero, se pone de igual a igual con su compadre, sino que demuestra que, para él, el tachirismo es un partido político que genera obligaciones. Castro, que había dicho “no cobro andinos ni pago caraqueños,” no prefirió a los andinos para gobernar. Al contrario, se apoyó en caraqueños y “centranos”. Gómez, en cambio, tenía a los andinos por mejores, por superiores al resto de los venezolanos. Es obvio que le molestaba que su compadre gobernara con los no andinos y en muchas formas lo manifestó, con el resultado de que se convirtió en el jefe de la mayoría tachirista cuando los andinos se dividieron. Cuando volvió al Táchira como jefe civil y militar, después del triunfo de la “restauración”, no se cansó de proclamar su tachirismo, y ese tachirismo fue creciendo en la medida en que su compadre y mentor le iba encomendando misiones. En todo informe que pasa al gobierno, Gómez destaca a los tachirenses por encima de todo. Por cierto que aquí se nos presenta otra de esas paradojas que jalonan la historia de quinientos años de Venezuela: Gómez fue el que integró al país, no solamente por medio de las vías de comunicación, sino que un poco al estilo de los tiempos más antiguos, movió poblaciones y repartió andinos por todo el territorio; pero, paralelamente, creó una grave división entre andinos y no andinos, entre tachirenses y el resto de la población. Ese tachirismo tendrá graves consecuencias para el país, no sólo durante la vida de Juan Vicente Gómez, sino hasta después de su muerte: en 1945 y en 1952. Y hasta en 1992.
En otro plano, los triunfos de Gómez contra la “Libertadora”, exaltados por el propio Castro, le dieron a Gómez una dimensión que muchos quisieron y supieron explotar. La quisieron explotar los gomistas para llevar a la cumbre a su jefe y la quisieron explotar los castristas para adular al suyo y tratar de apartar del camino al otro. La más clara manifestación de lo segundo fue la “Aclamación” de Castro, que en cierta forma fue el punto de partida para que se cumpliera lo primero.
La historia de la “Aclamación” de Castro es caricaturescamente simple y se parece a cualquiera de las otras “aclamaciones” que se han producido en el mágico mundo de nuestra América humana: un Cipriano Castro física y realmente enfermo, pero rodeado de adulantes y trepadores, decidió dejar por un tiempo la presidencia y encargar a su compadre del cargo. El 9 de abril de 1906 anunció, mediante una alocución pública un tanto decimonónica y cursi, que se veía en el “imprescindible caso, para la conservación de mi salud quebrantada, de separarme de la Primera Magistratura”, por lo que llamaba “al ejercicio del Poder al señor general Juan Vicente Gómez, meritísimo ciudadano, de virtudes cívicas conocidas, que en mi ausencia llenará a cabalidad los deberes de mi cargo.” Todo lo cual se ve coronado con una lacrimoso y pedantísimo autoelogio en la más pedestre de las prosas: “Quien así ha laborado tiene derecho aunque sea a un ligero descanso el cual no puede verificarse sino en el seno del retiro y de la soledad.”
El 10 de abril en el primer tren partió, como un ciudadano cualquiera y ligero de equipaje, desde la estación de Palogrande rumbo a Los Teques. El general Gómez fue a despedirlo sin pompa alguna. Castro era un pasajero más en aquel tren que iba por túneles y barrancos, subidas y montañas, al pueblo salutífero que después será capital del estado Miranda y finalmente perderá su perfil y hasta su clima al convertirse en ciudad dormitorio de Caracas.
Picón Salas, en un arranque que tiene mucho de humor del bueno, lo pinta en busca de los balsámicos efluvios de los pinares tequenses; el oxigenado aire fresco que le evoca el de sus montañas de Capacho; la larga siesta al Sol en el corredor enladrillado mientras la vista se fuga deleitosamente por el dorado horizonte de colinas, y el festival de luz, música y frescura que esparcen por el patio los verdes helechos, los bravos turpiales cantores de la pajarera, las trinitarias y el vivo manchón de orquídeas que se revientan y parecen volar como pájaros, a lo que agrega una bonita pizca de mala intención para ponerlo a oír en el fonógrafo “de corneta” un fragmento de zarzuela o cierta canción que le recuerda los melancólicos bambucos de su juventud:
Pajarillo errante que anda perdido
que anda perdido, que anda perdido.

Pero el cuadro bucólico se rompe rápidamente cuando interviene la malvada diosa política con sus sacerdotisas, la ambición y la codicia y siembran, para cosechar ganancias, la discordia. El “Círculo valenciano”, que ha ido ampliándose hasta convertirse en “Círculo centrano,” (dice Manuel Caballero) empieza a calentarle la oreja a su jefe, oreja que debe haberse enfriado por el clima de Los Teques. Empieza a rumorearse que la enfermedad de Castro puede ser más grave de lo que se ha dicho, y a plantearle al enfermo que su compadre está agazapado y forma su propio ejército político. Castro, cansado del eglógico paisaje tequeño se muda a La Victoria, y con él se mudan las intrigas. Se comenta que Gómez cambió gabinete y puso de ministro del interior a Leopoldo Baptista. Algo hay detrás de aquello. Se habla también de que Gómez está acopiando material bélico quién sabe con qué propósitos.
Y el 23 de mayo, glorioso aniversario de la invasión de los sesenta, estalla la tragicomedia. Circula un volante firmado por Castro con el título de Ofrenda a mi Patria, en el que entre otras cursilerías dice: “La fatiga necesaria y hasta el hastío, si así se me permite decirlo, me obligaron a separarme transitoriamente del Poder, única y exclusivamente con el objeto de adquirir un reposo indispensable a mis fuerzas y ánimo un tanto decaídos” (pero la gratitud de los pueblos) “no se hizo esperar en el sentido de excitarme a volver lo más presto posible a regir los destinos de la república.” La petulancia y la prosa ramplona se mezclan explosivamente en una pésima imitación de Bolívar, cuando dice: “si mi retiro que acaso pueda ser temporal, contribuye a la unión y confraternidad de todos los venezolanos, para el completo engrandecimiento de la Patria,” está dispuesto a prolongarlo. Y el dardo contra el compadre y su grupo, su propio partido, viene en seguida, cuando plantea que todo ese amor de los pueblos y ese efecto hacia su persona debe herir “susceptibilidades cuyo desarrollo podría traer consecuencias fatales y acaso hasta la paralización de la Causa de la Restauración y con ella la de la República.” Cerca del mediodía de ese 23 de mayo de 1906 se produce la mascarada organizada por Panchito Alcántara, presidente de Aragua e hijo del “Gran Demócrata”. Desfiles, cursísimos discursos de Ramón F. Bastidas, M. E. Toro Chimíes y dos hombres del pueblo. El Concejo de La Victoria convoca a todos los de la república a realizar un plebiscito para exigir al héroe de Tocuyito y La Victoria que regrese a su puesto, que se siga sacrificando por la patria, et-cétera & compañía.
El 28 de mayo Gómez invita a Castro a un almuerzo en Los Teques para fundir todo aquello en un nuevo abrazo viril. El 27 Castro había llegado al extremo teatral y ridículo de ofrecerse como secretario de Gómez. Gómez quiere que se encuentren “sin doctores”, y sin “centranos”. Castro evita la confrontación y ni siquiera le contesta a su compadre, y ante aquella realidad Gómez reacciona con inteligencia: decide movilizarse a La Victoria acompañado sólo con su edecán, el también tachirense Félix Galavís, y, como dice Picón Salas, “Allí se perfecciona la gran farsa nacional de la Aclamación.” El ahora aclamado de los pueblos regresará a la presidencia luego de que se lo “rueguen” las asambleas legislativas y los ayuntamientos, amén de centenares, miles de particulares. Y hasta el presidente encargado, su compadre Juan Vicente Gómez. En La Victoria se concentra aquella apoteosis de la adulación, con las inevitables cursilerías de Toro Chimíes y de muchos otros que cantaban loores al héroe, al caudillo indispensable. Se equivocó, definitivamente, don Jorge Manrique: Cualquiera tiempo pasado no fue mejor.
Para Manuel Caballero Gómez salió humillado y fortalecido a la vez, y lo demostró en 1908, cuando se fracturó la cordillera del Táchira.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida

 

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Venezuela XXI: Chávez y sus armas nucleares

por Gonzalo PALACIOS G.

¿Habrase visto ESTUPIDEZ más grande, Venezuela con armas nucleares? 1


¿Caracas? ¿Qué necesidad tienen de armas
nucleares?

Tan sólo desear que la nación adquiera la capacidad tecnológica de asesinar a cientos de miles de seres humanos, hermanos y hermanas en nuestro propio país y en los vecinos, es desearle el peor de los males a la Patria. Si se tratase de una familia, abuelos, padres y cinco hijos, es como si la abuela tomara en sus manos una ametralladora, lista para disparar. Había sido un regalo para que se defendiera de los “malandros”. Sólo que ahora la abuela sufre de demencia senil y ya ni sabe quién es ella ni los miembros de su familia. “¿Para qué servirá esto?” se pregunta la anciana en su aposento y lleva el arma al comedor donde el resto de su familia está a punto de almorzar. “Miren esto,” dice la viejita y al levantarla, el arma se dispara matando o hiriendo a más de uno…

Quizá Chávez no sufra de demencia senil pero la ESTUPIDEZ le robó la capacidad de pensar lógicamente desde muy temprana edad. Como la viejita del cuento, el dictraidor venezolano no se conoce a sí mismo por lo menos desde que era un adolescente: no supo decidir si tenía condiciones para ser beisbolero, o cantante popular, o agricultor, o soldado. Con su cerebro ya afectado por la ESTUPIDEZ, es evidente que Hugo Chávez se aleja cada día más de la realidad. Ahora confunde mesianismo con narcisismo, patriotismo con subversión, audacia con temeridad, a sí mismo con personalidades de la historia universal.2 Ni del dictraidor ni de sus compinches podemos esperar un comportamiento guiado por la inteligencia y la voluntad iluminadas por la Verdad (la expresión espacio-temporal de la Realidad).

Un aspecto de la Realidad, siempre presente, es que la autoridad (moral) puede conferir poder (militar, por ejemplo) pero lo contrario es una ESTUPIDEZ. Es decir, el poder no confiere autoridad, sino temor y terror. El Autor de la Realidad (la/el/lo Presente) que experimentamos, permanece presente en toda nuestra existencia temporal. El Presente (Autor) nos mantiene en el movimiento del espacio-tiempo (la Creación) producto de su voluntad creativa. Quien desee armarse – nuclear o convencionalmente – no sabe distinguir entre el poderío (militar, temporal, material) y la autoridad (moral, eterna, espiritual). Del poderío resulta la opresión: de la autoridad, la libertad de lo creado. Ninguna nación (ente creado, temporal y material) tiene Autoridad (ente Creador, eterno, espiritual) para causar la muerte a sus congéneres, inocentes o criminales. El poderío de una nación no es otra cosa que su capacidad de opresión y de eliminar la libertad: los ESTÚPIDOS lo confunden con la Autoridad, la cual confiere libertad a los ciudadanos. Quienes sostienen que una sociedad o su gobernante tiene autoridad sobre la vida y la muerte de sus conciudadanos han dejado de pensar lógicamente y cometen una grave ESTUPIDEZ. Sobre la vida y la muerte de los seres humanos no tiene autoridad ningún gobierno nacional, que sí tiene el poder de promover su bienestar o de condenarlos a muerte. Solamente el Autor del proceso creativo, la Evolución Cósmica, que literalmente anima a cada ser humano, tiene autoridad sobre la vida y la muerte de sus criaturas. No existe raciocinio válido que concluya en la pena capital o que justifique la guerra en el siglo que vivimos. La inutilidad de algunos sistemas de justicia contemporáneos hace que los ESTÚPIDOS sean incapaces de reconocer la venganza o la injusticia. Le cambian el nombre, pensando que ese truco semántico justifica sus ESTÚPIDAS acciones (la pena de muerte y la guerra): civil justice (en Estados Unidos), sharia (mundo islámico), ley del talión (tradición judía), o confunden la ira (deseo de venganza) con la pasión erótica (deseo de amar).

En suma, ni en Venezuela ni en ningún otro país se nos garantiza la paz ni el bienestar social con el poderío de las armas. Mientras más capacidad de opresión adquiera un gobierno, menos libertad tendrá la ciudadanía y menos dinero se podrá invertir para eliminar la ESTUPIDEZ. La educación y la alimentación son instrumentos esenciales para que la nación regrese a la cordura, para que el pueblo deje de creer las ESTUPIDECES que dictraidorzuelos como Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Fidel Castro confunden con la Realidad. ¡¿Habrase visto ESTUPIDEZ más grande que Venezuela con armas nucleares?!

1) “Los acuerdos secretos entre Chávez y Ahmadineyad […] encaminado al desarrollo de armas nucleares para los arsenales de ambos países.” Carlos Alberto Montaner, “La Amenaza Chavista.”

2) “La gran frustración de Chávez es su ineptitud como militar, la profesión con la que sustituyó su deseo de llegar a la Grandes Ligas o de convertirse en animador de TV o en actor de teatro. Su fracaso como militar, a pesar de haber llegado a la presidencia, lo atormenta. Paracaidista al que tuvieron que dar una patada en el trasero para que se lanzara del avión. Burla de todos sus compañeros. Golpista frustrado en una operación militar que, afortunadamente, fracasó gracias a su ineptitud militar y a su cobardía personal.” EL PATTON DE SABANETA, Joaquín Chaffardet

Capítulos publicados:
VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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Lugar común la muerte

por Alberto HERNÁNDEZ
 
Desde 1975, todo mi país se transfiguró en una sola muerte
numerosa que al principio pareció intolerable y que luego fue
aceptada con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos.

Tomás Eloy Martínez.

1.-

El momento antes de la muerte. El ahogo o los días de agonía, los de saberse en la puerta de las sombras o a la entrada del dolor más terrible. Este es un libro de muchas muertes que, como afirma su autor, fue escrito “para vivir un día o una semana, y perecer por olvido”. Pero no fue así, Tomás Eloy Martínez acaba de morir bien lejos del olvido, vengado por su talento, por los lectores y por los miles de difuntos que aún doblan campanas por quienes los llevaron a la fosa común de la intolerancia. O aquellos que sucumbieron en sus camas en medio de reflexiones y punzadas en la carne.
Y aunque no se trataba de su olvido, los muertos que escribió, los que sacó de la fiebre para hablarles, gozan de buena salud. O de señalamientos por haber sido parte de infamias terrenales. En el libro que recogemos del polvo están vivos, atenuados por los días, pero vivos, a pesar de algunos haber sido fabricantes de muertos.
Lugar común la muerte, Monte Ávila Editores, Caracas, 1979, respira a un costado del silencio de Tomás Eloy. Trazado metódicamente, su autor recorrió ciudades, pueblos, habitaciones, patios, estancias llenas de susurros…Tomás Eloy Martínez entrevistó, consultó páginas, lápidas, ecos y voces petrificadas. Se trata de un compendio de muertes donde entraron José Antonio Ramos Sucre, un Vicente Gerbasi biografiado desde la memoria; un Guillermo Meneses ubicado en otro lugar; Saint- John Perse, Martin Buber, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Juan Manuel Rosas, Juan Domingo Perón, así como eventos que promueven la destrucción humana como la bomba atómica y los testimonios de la gente de La Pastora sobre vivos y muertos. Y La Rubiera, aquel espanto en los ojos de los cuivas asesinados en el hato que aún se nombra en Guárico y Apure. Eso es este libro, que con el pasar de los años ha crecido en historias y páginas. La edición de Monte Ávila nos trajo hasta estos que hoy releemos para recordar a un hombre que legó talento y profesionalismo a un pueblo que aún se debate entre tantos lugares comunes, entre ellos el de la muerte cotidiana, la que se para en una esquina y silba el momento de su llegada.

2.-

Estos “humores de la escritura” llegaron a nuestras manos el mismo mes de su publicación en Monte Ávila. Estaba aún Tomás Eloy en El Diario de Caracas, y aquí en Maracay la vida casi apacible se transformaba en crisis. Luego hubo otra lectura, menos creciente, más de sencillez por las líneas que ciegan: ya en los ochenta la muerte despegaba para instalarse como reina de bastos en el corazón de una nación que no sabía qué destino le esperaba a la vuelta de esa esquina vigilada. Y así fue.
Tomás Eloy Martínez entró en la vida y la muerte de Ramos Sucre. Buceó en sus secretos, en la angustia de un insomne que “Desde hacía seis meses vagaba de sanatorio en sanatorio…”. Era una enfermedad “de una tenacidad inverosímil”, como le escribiera a un amigo. Fueron días, semanas de viajes y clínicas, de paisajes y un cuadro permanente a través de la ventana del Consulado en Ginebra. Hasta que el frasco de veneno fue vertido en su garganta. La muerte andaba de puntillas. El poeta de Cumaná venció el insomnio para entrar definitivamente en el sueño definitivo.

3.-

“…hace quince días yo iba en busca de un hombre que estaba por morir”, escribe Tomás Eloy Martínez para iniciar el texto “Saint-John Perse desaparece”, que fue enriquecido años después a través de una entrevista con el poeta de Anábasis y Pájaros, que se llevó a cabo a instancias de Gloria Alcorta. Antes, para alcanzarlo antes de la muerte, Martínez tuvo que viajar al pueblo de Hyéres en la península de Giens. En un salto de la memoria el autor recordó la presencia de Perse en Buenos Aires, al lado de Silvina Ocampo, en el Festival de Cine de 1960. Lo describe silencioso, aún joven, de bigote negro y calva avanzada. Tomás Eloy lo oye: “Perse hablaba obsesivamente del mar aquella tarde: de la furia y de la fiebre con que el Atlántico castigaba la costa, y de las horas que había pasado contemplándolo…”. El viaje a la casa de Perse fue accidentado, pero dio con ella. La puerta de la casa la abrió la esposa, ama de llaves y mujer pendiente del más mínimo detalle y de los llamados de un hombre enfermo. Martínez se sentó frente a él: “El cuerpo se le batía en retirada”. Era, como afirma, un hombre que se apagaba. Crónica que despeja los últimos días de un hombre, como los de muchos que viajaron por este libro y se hicieron mito y realidad.

4.-

Lugar común la muerte es el destino más humano que recuerde, luego de lecturas y muertes cercanas. Cada página de este libro se tropieza con una agonía distinta. La agonía de esperar el viaje definitivo. Como el de Juan Domingo Perón vigilado por López Rega, el brujo del dictador argentino y de la tragedia de ese país. El eclipse más oscuro de Macedonio Fernández. Los pataleos de Rosas. Cada muerte o agonía es un relevo, un cambio de clima interior. Tomás Eloy Martínez supo tocar la herida abierta del moribundo, desde lejos y desde cerca. Desde la mirada atenuada y desde la tentación de recoger las palabras que los personajes se llevaron a la tumba.
Un largo poema que desviste el instante en que las pupilas se contraen. Y así el corazón del lector, las manos tiemblan porque la muerte es tan individual que perfila el rostro y avisa en los dedos renegridos por la ausencia de circulación. Pero –sobre todo- porque quien la ve está en ella.

Nota bene: Tomás Eloy Martínez vivió la muerte tan cerca cuando fue atropellada Susana Rotker. Él le vio los ojos, se vio los ojos, se vio en la eternidad, como ahora, donde se encuentre.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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De cómo escribí el libro "Rafael Vegas"

por Eduardo CASANOVA

Este jueves 18 de febrero de 2010 se presenta en El Nacional mi libro “Rafael Vegas”. Es mi vigésimo tercer libro, pero quizás sea el que me da mayor satisfacción por lo que representa: porque es el pago parcial de una deuda impagable que adquirí con Rafael Vegas cuando, en 1953, entré al Colegio Santiago de León de Caracas. Era yo entonces un adolescente rebelde e indisciplinado, firme candidato a delincuente juvenil o a simple inútil. Pero el joven que salió años después del Colegio ya era alguien orientado a ser útil a su sociedad, a su país, que a la larga ha sido capaz de publicar veintitrés libros, y que hoy está jubilado después de haber servido en numerosos cargos, no sólo en el Servicio Exterior, sino en la administración cultural de Venezuela, y no solamente en el sector público, sino también en el sector privado. Y esa transformación se debe exclusivamente a la mano fuerte y amable a la vez de Rafael Vegas. Lo que sí nunca imaginé es que me iba a convertir en su biógrafo. Esa aventura empezó el 6 de junio de 2008, cuando faltaban unos meses para que se cumpliera el Centenario del nacimiento del más ilustre de los educadores que ha tenido el país (4/12/2008). Recibí ese día de junio un e-mail de Diana Zuloaga, educadora y una de las personas que más cerca estuvo del Doctor Vegas, que decía: “Eduardo: esta tarde estuve revisando tu sitio y me encontré con la breve biografía del Dr. Vegas. Desde hace tiempo he pensado que eres la persona adecuada para escribir esa biografía en la Colección Biblioteca Biográfica Venezolana. Me consta lo cerca que estuviste del Dr. Vegas y lo mucho que conversaste con él. Más de una vez comentábamos tus charlas. Ojalá pudieses escribir todo lo que tú bien sientes y conoces. Harías una justa historia del Dr. Vegas y a la vez de esa Venezuela que ahora estamos perdiendo. Mil cariños para Natalia. Un abrazo Diana”. El mensaje me llegó al alma, porque era cierto lo de mis diálogos de horas, todos los sábados, entre principios de 1971 y fines de 1973, es decir, desde que Natalia y yo regresamos de Dinamarca (en donde fui Primer Secretario de nuestra Embajada, y la muerte del Doctor Vegas, que fue el 30 de diciembre de 1973). Natalia, que se graduó de Bachiller en el Colegio en 1961, trabajaba en el Santiago como Cajera-Administradora, y los sábados llegábamos ambos muy temprano, ella se instalaba en su oficina a trabajar y yo en cualquier parte a conversar con mi antiguo maestro y segundo padre. Y a medio día nos reuníamos, Natalia, Diana Zuloaga (que se había convertido en Directora cuando el Doctor Vegas tuvo que dejar el puesto por su salud comprometida), el Doctor Vegas y yo, y los cuatro almorzábamos en la oficina que el Doctor tenía en la Planta Baja. Antes de que Natalia y yo en 1964, nos fuéramos a Buenos Aires, en donde yo fui Segundo Secretario de la Embajada inicialmente y luego Cónsul de Primera en el Consulado General, también solía visitar al Doctor Vegas los sábados por la mañana, de modo que era una costumbre vieja para ambos. Y en esos encuentros, ciertamente, me contó en detalles toda su vida, que quedó registrada en mi memoria, que él más de una vez calificó de asombrosa. Esa costumbre pervivió hasta que el Doctor Vegas ya no pudo volver al Colegio y debió quedarse en su apartamento en Caurimare a esperar una muerte que le llegó pronto. Pero entonces estuve, con Natalia, Diana, la Doctora Abigaíl Salgado, Antonio Silva Sucre y Friedrich Fanhert en el grupo de apoyo que se formó para que no estuviera solo ni un segundo y que se organizó en turnos de cuatro horas. En una de esas tenidas de cuatro horas, ya cuando era evidente que el final estaba muy cerca, me dijo que la única persona que de verdad estaba enterada de todo lo que él había vivido era yo, lo que bien podría interpretarse como que yo era el único que en verdad podía escribir su biografía, tal como me lo sugirió Diana en su amable e-mail del 6 de junio de 2008, que me hizo decidirme a emprender aquello de escribir una biografía, género que jamás me había tentado. Para hacer el cuento corto, sin dudar un instante me senté a escribir el libro, y el 24 de julio, es decir, poco más de mes y medio después, le escribí a Simón Alberto Consalvi proponiéndole la idea de que El Nacional lo incluyera en su estupenda Biblioteca Biográfica. Previamente Diana me había hecho una corrección importante de enfoque y Pedro José Mora, uno de los más importantes antiguos alumnos y hoy día Presidente de la Fundación Rafael Vegas, que es la propietaria del Colegio, me había dado todo su apoyo. Pocos días después recibí un e-mail de Diego Arroyo Gil, Coordinador de la Biblioteca Bibliográfica, en el que me anunciaba su anuencia y la de Simón Alberto y me informaba las condiciones por ellos impuestas para las biografías. Luego intercambiamos varios correos que sirvieron para que mi libro se adaptara perfectamente a esas condiciones, que son, por lo demás, muy sensatas. El 7 de enero de 2009, luego de algunas consultas con Francisco Kerdel Vegas, médico, científico y sobrino de Rafael Vegas, que me aportó muchos detalles a su vez ofrecidos por otros parientes, y de algunas correcciones aportadas por Diana Zuloaga y Pedro José Mora, pude enviarle a Diego Arroyo Gil el texto definitivo y final del nuevo libro, que fue publicado como el número 104 de la Biblioteca Biográfica de El Nacional y se presenta este jueves 18 de febrero de 2010 en la sede del periódico, a las 7 y media de la noche, con la intervención de Miguel Henrique Otero (que fue alumno del Colegio Santiago de León de Caracas), de Carlos Hernández Delfino (Presidente de la Fundación Bancaribe, que financia esa notable iniciativa del diario), mía y de otro antiguo alumno de destacada vida pública y privada: Eduardo Mayobre. Esa es la pequeña historia detrás de mi vigésimo tercer libro, única biografía que escribiré en mi vida, porque los libros que he escrito sobre Bolívar, Sucre y Miranda, no son biografías propiamente dichas, sino ensayos con más énfasis en la época de los personaje que en los personajes propiamente dichos. Y en ellos no hay ni la milésima parte de la carga emocional que hay en mi libro “Rafael Vegas”.

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El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

El punto más bajo y más alto del gobierno de Cipriano Castro es la Revolución Libertadora, de la que puede decirse que fue de victoria en victoria hasta la derrota final. El solo inicio de las acciones bélicas ya da mucho que pensar: el banquero, político y hasta militar Manuel Antonio Matos, casado con María Ibarra Urbaneja, hermana de Ana Teresa Ibarra Urbaneja, la esposa de Guzmán Blanco, y nacido en 1847 en una hacienda de su padre en la zona de Carabobo, fue un hombre de mérito, pero, como el general Paredes, de mala suerte. Por lo menos en cuanto a su figura histórica. Molesto con Castro luego del incidente en que los banqueros fueron exhibidos como monos de circo, y acicateado por las infaltables fuerzas ocultas de los Estados Unidos y otras potencias, se dedicó a organizar partidas de billar en su casa de Caracas o en la que tenía en Macuto, muy cerca de La Guzmania, y en ellas fue reclutando gente para su causa, muy especialmente caudillos militares derrotados, caudillos de provincia y personas ligadas a las altas finanzas, con lo que logró uno de los ejércitos más disparatados que pueda uno imaginar. Aquella “revolución” podría haber sido una más entre muchísimas, a no ser porque estaba impulsada por la General Asphalt, a través de su filial venezolana, New York and Bermudez Co., que otorgó a Matos un crédito blando de ciento cuarenta y cinco mil dólares, de los cuales éste utilizó cien mil para comprar un barco, el Ban Righ, por medio del colombiano Rodolfo de Paula, que le sirvió de testaferro. A la empresa americana se sumaron, entre otras, la Compañía Francesa del Cable Interoceánico y la alemana del Gran Ferrocarril de Venezuela, que darían apoyo logístico al movimiento. Ello, evidentemente, significa que, conscientemente o no, Matos no era otra cosa que una pieza en el juego de ajedrez de quienes se preparaban a convertir al país en parte de algún auténtico imperio. Para la operación Matos requirió la colaboración del gobierno colombiano, que hastiado de las locuras de Castro y en pago al intento de invasión por La Guajira, se prestó a decirle a los ingleses que sí eran ellos los compradores del barco, pues a las autoridades londinenses no les gustó nada aquello de que en el Victoria Dock de Londres se convirtiera un simple carguero de 1.500 t., construido para la Aberdeen Steamship Company, en buque de guerra. Así, con una tripulación bajo engaño y a cargo del capitán C.L. Willis, que tampoco sabía la verdad, el Ban Righ se hizo al agua el 21 de noviembre del año 1901, para navegar hacia Colón, en Panamá, con un toque previo en Amberes, Bélgica. En ese puerto recibió una carga de doscientas sesenta y tantas toneladas, y cuando el capitán Willis descubrió que se trataba de armas y municiones estuvo a punto de crear un incidente serio, a pesar de que De Paula le aseguró que se trataba de un cargamento comprado por el gobierno colombiano para proteger la zona del futuro Canal de Panamá. Poco después, en Fort de France, en Martinica, subieron a bordo casi seiscientos hombres entre oficiales y tropas de la revolución y el 1º de enero de 1902, en ceremonia especial, se le cambió el nombre por el de Libertador. Empezó entonces a descargar armas, municiones y hombres en diferentes puntos de la costa venezolana. A fines de enero debió llegarse hasta Cartagena de Indias, en Colombia, por una avería, y allí aprovechó para escapar el capitán Willis, que un año después publicará un folleto titulado The cruise of the Ban Righ or how I became a pirate ("El viaje del Ban Righ o cómo me convertí en pirata"). El 21 de mayo, Matos desembarcó por fin en Güiria, en el estado Sucre (extremo nororiental de Venezuela) y desde allí se desplazó en plan de conquista hacia el centro del país. Quería, posiblemente, igualar la hazaña de Castro desde la otra punta de la geografía venezolana. Pero no le fue posible. Generalmente se le presenta con guantes y ropas carísimas, protegido del Sol por una sombrilla y oteando el horizonte con un cierto gesto de bwanna en la meseta africana. Es lo que impusieron sus enemigos, pero no es justo. Debió usar la sombrilla, sí, pero por orden médica, a causa de una neuralgia que lo acosaba día y noche. De eso dio fe su yerno don Enrique Pérez Matos, en una entrevista periodística en 1983 (Ver: Pérez, Ana Mercedes, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Era un hombre de carácter, pero nunca llegó a dominar aquel mundo de salvajes, más acostumbrados que él a los golpes físicos, de frente o a traición. Luciano Mendoza, Antonio Fernández, Luis Loreto Lima, Domingo Monagas, Nicolás Rolando, Zoilo Vidal, Horacio Ducharne, Gregorio Segundo Riera, Amábile Solagnie, Juan Pablo Peñaloza y Rafael Montilla, el Tigre de Guaitó, fueron los generales de la nueva contienda. Todo un anacrónico museo de dinosaurios del siglo XIX que llegaron, aunque boqueando, al XX.
Castro no se equivocó: prácticamente le encargó la defensa de su gobierno a Juan Vicente Gómez, con el grado de general de División. Gómez movió cielo y tierra e hizo verdaderos milagros. Hasta resultó herido en acción. Llegó un momento en que todo parecía perdido para Castro y los suyos: sólo controlaban los Andes y Zulia, y, aunque con muchas dificultades por la presencia de guerrillas, Miranda, Aragua y Carabobo. El 5 de julio de 1902, Castro, con gran aparato y pompa, anuncia a la nación que queda encargado de la Presidencia de la República el general Juan Vicente Gómez porque él sale en campaña hacia Oriente, a dominar a los facciosos. Su expedición es un desastre y debe regresar, presuroso y con la cola prensil entre las piernas, a presentar un frente defensivo, casi desesperado, en La Victoria. Entretanto, ha soltado al Mocho Hernández, que en una nueva demostración de inconsistencia, le presta su apoyo y pierde así el que él tenía (después será Ministro Plenipotenciario en Washington, renunciará peleado, se aliará con Gómez y también se peleará, y finalmente morirá con pena y sin gloria en Estados Unidos, en agosto de 1921, a los sesenta y ocho años). En Villa de Cura, Matos y los suyos, cargados de optimismo, se preparan al asalto final. Matos llega a creer que en cualquier momento se presentará ante él alguien a cumplir el mismo papel que él cumplió con Castro en Valencia. Pero nadie llega. En La Victoria espera Castro con los suyos, Diego Bautista Ferrer, Leopoldo Baptista, Manuel Salvador Araujo, Régulo Olivares, Emilio Rivas, Pedro María Cárdenas, a quienes se une el comienzo de la batalla Juan Vicente Gómez. A pesar de que el veterano Domingo Monagas, ya en trance de morir, le aconsejó enfáticamente a Matos que no pasara por La Victoria, que hiciese un rodeo y llegara a Caracas por los Valles del Tuy porque “la culebra se mata por la cabeza” (refrán que tiempo después tendrá una gran importancia, no para Matos sino para Castro), Matos prefirió seguir el consejo de los que quedaron vivos y marchó con ánimos de liquidar las fuerzas del gobierno, quizá pensando que ocurriría lo mismo que en Tocuyito. Y ocurrió lo contrario. Veintitrés días duró el combate, que se convirtió en la más importante de todas las batallas de guerras civiles venezolanas. Y fue la derrota final de Matos. Se inició el 12 de octubre, día del descubrimiento de América y del cumpleaños de Castro, y concluyó el 3 de noviembre de 1902. Castro siguió titulándose “Presidente de la República en Campaña” y “Comandante en Jefe de los Ejércitos", sobre todo porque el 9 de diciembre de ese mismo año, quince buques ingleses y alemanes asaltaron el puerto de La Guaira, y en los próximos días tomaron también Puerto Cabello y otros puntos de la costa venezolana. El Káiser alemán tenía planes de apropiarse de la Isla de Margarita, lo cual fue impedido por presión de los Estados Unidos, pero a la larga los alemanes y sus aliados se aprovecharon de la deuda venezolana para intentar ponerse en Venezuela por otra vía. Fue entonces cuando Castro lanzó su célebre proclama en la que dijo: ¡Venezolanos!: La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria. En cambio su propio suelo, su piso político, aumentó con aquel bárbaro intento anglo-alemán al que se sumaron como aves de rapiña los italianos, seguidos por franceses, holandeses, belgas, españoles y mexicanos. Hay en el país un verdadero brote espontáneo de nacionalismo que se convierte en apoyo a Castro, con lo cual su régimen se afianza y se consolida, en tanto que sus enemigos se convierten, virtualmente, en traidores a la patria. En toda la América del Sur y buena parte de Centroamérica se producen fuertes manifestaciones de apoyo a Castro, y el gobierno argentino protesta expresamente mediante un documento que suscribe su Canciller, José María Drago, que dará nombre a una doctrina en contra del cobro de deudas por la fuerza. Una proeza venezolana es celebrada como homérica, cuando desde los viejos cañones del Castillo de San Carlos, a la entrada del Lago de Maracaibo, se averió seriamente al buque Panther de la armada alemana, que trató, junto en el Vineta, de forzar el paso. Los alemanes, en venganza, bombardearon con toda su artillería el castillo y lograron dañarlo y hasta incendiarlo parcialmente, pero no pudieron pasar. Los Estados Unidos intervienen en defensa de Venezuela y el 13 de febrero de 1903 se firma el Protocolo de Washington que pone fin al bloqueo. Matos ha escapado hacia Curazao, de donde regresa, por Tucacas, en un intento por revivir la Revolución, que llega a su final el 23 de mayo de 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez le propina la última derrota, el 3 de junio de 1903, en Matapalo. A su paso quedan dos vencedores: Castro, que por la intervención imperialista se afianzó como presidente de la república, y Gómez, que al combatir la Revolución Libertadora se estableció como el liquidador del caudillismo en el país e inició su avance incontenible a la presidencia de la república. De ella salieron los andinos divididos en castristas y gomistas, lo cual convirtió, curiosamente, a Gómez, en el verdadero jefe de la oposición desde el poder.
Manuel Antonio Matos soportó cinco años de exilio y la confiscación de sus bienes como traidor a la patria. Una patria que no la pasa muy bien. Las orgías y los abusos del “Círculo Valenciano” del Cabito Castro, sus manejos turbios, sus locuras, despedazan su gobierno, que cae el 19 de diciembre de 1908, cuando su compadre Juan Vicente Gómez, da un golpe con apoyo de los Estados Unidos y de varias potencias extranjeras. Durante la Alborada de Gómez, que se ha convertido en el gobernante con más apoyo real de la historia, las puertas se abren de nuevo para Matos, que será Ministro de Relaciones Exteriores de 1910 a 1912 y finalmente se retirará para dedicarse exclusivamente a sus actividades de banquero y escribir, de paso, sus Memorias. Murió en París, en mayo de 1929.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!

 

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VENEZUELA XXI, y la Revolución de la ESTUPIDEZ (1)

por Gonzalo PALACIOS G.

Dada mi edad y mis circunstancias personales, lo que sigue posiblemente sea la última vez que me dirija a quienes fueron mis compatriotas antes de que el Dictraidor Hugo Chávez acabara con la patria que me vio nacer y por la que yo trabajé la mejor parte de mi vida.

No cabe duda: dentro de poco tiempo Venezuela perderá lo que definió su identidad nacional hasta llegar Chávez al poder. Antes de 1998, la nacionalidad venezolana incluía características como la voluntad de regirse democráticamente, como el respeto a instituciones básicas del país (el gobierno, las fuerzas armadas, la educación, la religión, la familia), una moral cívica fundamentada en el bien común, y otras virtudes personales y comunitarias demasiado numerosas para describirlas aquí. En menos de una década, “Yo El Supremo” Chávez extirpó dichas características sustituyéndolas con los vicios opuestos a cada una de ellas. Así, por ejemplo, en lugar de respetar las instituciones nacionales, tenemos que aceptar como gobierno los caprichos del dictraidor 2 . Chávez ha identificado los tres poderes fundamentales de una democracia (legislativo, ejecutivo y judicial) consigo mismo y, finalmente, ha corrompido totalmente los mecanismos sociales y gubernamentales del país.

Que se le haya permitido a un hombre sólo, mal ciudadano y soldado mediocre, convertirse en el Hugo Chávez que conocemos a partir de 1999, revela el lado opuesto a las virtudes que habían definido a nuestra Nación hasta ese entonces. Además de nuestros numerosos vicios, Chávez nos ha revelado que esa enfermedad mental que aflige al mundo hoy día, la ESTUPIDEZ 3 , ha conquistado el territorio nacional afectando a casi todos sus residentes, venezolanos y extranjeros. Los síntomas de la ESTUPIDEZ son innumerables: al perder el uso de la razón, toda actividad humana se desvirtúa a tal punto que deja de ser humana para convertirse meramente en animal. Cada capítulo de este opúsculo ofrecerá ejemplos de los efectos de la ESTUPIDEZ en Venezuela, enfermedad que se introdujo en el país durante el tercer viaje de Colón. La estupidez del Navegante (“Llegaremos a la India y a China…”) se fundió con la de Isabel la Católica (“… y haremos de sus indígenas fieles Católicos”) y pronto se vieron los primeros resultados de la fusión de la enfermedad. Por lo menos a partir de 1492 los españoles y los indígenas fueron incapaces de razonar lógicamente, y comenzó un largo proceso según el cual se les ha hecho imposible reconocer la realidad (i.e., utilizar el intelecto correctamente). Colón dejó de ser Genovés para convertirse en español; a los nativos se les llamó “indios” en lugar de caribes, caracas, cumanagotos, etc.), y a su genocidio se le denominó “colonización.” A partir de entonces hasta hoy, la ESTUPIDEZ, congénita o temporal, ha aumentado y se ha refinado hasta el punto que el cerebro de quien haya vivido en el Nuevo Mundo (ni “nuevo” ni “mundo”), sufre en mayor o menor grado de la enfermedad 4.


Le Penseur de Auguste Rodin

Hay varias curas comprobadas efectivas para eliminar la ESTUPIDEZ o al menos disminuir significativamente sus síntomas: todas involucran 1) el ejercicio físico diario del cerebro y 2) la actividad espiritual perenne y constante de la energía creadora de la Evolución Cósmica. El cerebro se ejercita y se fortalece pensando, entendiendo los datos que los otros órganos le suministran analíticamente para sintetizarlos inmediata y simultáneamente. Cabe señalar que mientras más sanos y directos sean los datos suministrados por los sentidos (percibidos de la Realidad del Presente y no del pasado o del futuro), mejor se desarrollará la capacidad del órgano pensante. La meditación, los diálogos (internos y externos), la oración y toda actividad epistemológica ayudan a eliminar la ESTUPIDEZ.

La actividad espiritual perenne y constante (durante toda nuestra presencia en el tiempo y el espacio), manifiesta la Energía Cósmica a través del “yo” individual (el alma) y único existente en cada uno de nosotros. Ese “yo” no es más que un reflejo del Original; una imagen de ese Yo cuya Energía se vierte permanentemente en su Acción Creativa (el Cosmos). Las actividades espirituales (la inteligencia y la voluntad) permanecen en el espacio-tiempo gracias a la presencia omnipresente, omnímoda y omnipotente de la Energía del [Yo] Creador en su Creación:
“… si no hubiera sido mi mente iluminada por un fulgor que satisfizo su deseo.
A la alta fantasía le faltaron aquí las fuerzas; pero ya giraban mi deseo y mi voluntad como rueda que igualmente es movida por el Amor que mueve el sol y las demás estrellas.5

Para Dante, eliminar la ESTUPIDEZ (“l’alta fantasia qui mancò possa”) implica abrazar voluntariamente el fulgor del Amor que mantiene en movimiento a la Creación. Para Chávez y sus compinches, la ESTUPIDEZ se cura echándole la culpa a Uribe, a los oligarcas (de cualquier país), a “la oposición”, pero sobretodo a los diablos yanquis. Como todos los ESTÚPIDOS de la historia, en Chávez y sus camaradas el cerebro ya no les funciona y son incapaces de distinguir entre “irresponsabilidad propia” y la del “chivo expiatorio.” Por supuesto, la enfermedad no sólo continúa su curso sino que cada vez se difunde entre un mayor número de personas.

Las actividades mencionadas arriba, ejercitar el cerebro y permitir la iluminación de nuestra vida cotidiana, disminuirán la ESTUPIDEZ de nuestros alrededores paulatinamente hasta lograr eliminarla completamente. Gautama Sidarta debajo del árbol, Jesús y Mahoma en el desierto, Francisco de Asís en un bosque toscano, John Smith en Nueva York: todos “iluminados” por un fulgor divino que irónica y contradictoriamente les impidió ser ESTÚPIDOS (i.e., perder el uso de la razón). “Irónica y contradictoriamente” porque hay quienes identifican la “iluminación” o inspiración divina con una especie de locura o éxtasis.

Cada vez que deduzcamos lógicamente alguna verdad de la realidad que nos rodea perennemente, nuestro yo único y solitario se sentirá iluminado y experimentará una profunda alegría al identificarse con su Origen, el Yo Creador. Para lograr ese estado anímico es esencial el silencio, en el que confrontamos al Eterno Presente del que procede todo el tiempo-espacio. Los ESTÚPIDOS no pueden soportar el silencio pues al perder la razón dejan de entender la realidad del Eterno Presente que nos rodea. El silencio es la ausencia del tiempo-espacio cuya existencia comenzó, nos lo dicen los científicos, con una explosión ocurrida hace millones de años y cuyo ruido todavía podemos escucharlo.

1 Estupidez. (De estúpido y -ez). 1. f. Torpeza notable en comprender las cosas.> 2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido. Real Academia Española © Todos los derechos reservados

2 “Dictraidor”, palabra compuesta de dictador y traidor: cuando en una sola persona se conjugan los significados de ambas, se trata de un dictraidor. Los dictraidores son comunes en América Latina.

3 Estupidez: (De estúpido y -ez). 1. f. Torpeza notable en comprender las cosas. 2. f. Dicho o hecho propio de un estúpido. Real Academia Española.

4 Ver Francisco Herrera Luque, La Huella Perenne, Caracas, 1969.

5 “…se non che la mia mente fu percossa/da un fulgore in che la sua voglia venne./ A l’alta fantasia qui mancò possa;/ ma già volgeva il miodisio e ‘l velle, / si come rota ch’ igualmente è mossa,/ l’Amor che move il sole e l’altre stelle.” Dante, La Divina Comedia, El Paraiso, Canto 33, 140-145.

 

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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Y El Libertador: ¿Qué?

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Héroes de Paul JohnsonLos libros que publica el notable historiador británico Paul Jonhson (1928) son siempre dignos de toda atención. Ahora ha publicado, en el espacio de pocos meses, dos sugerentes libros, dos obras que son hermanas siamesas. Nos referimos a “Creadores” (Barcelona: Ediciones B, 2008. 345 p.) y a “Héroes” (Barcelona: Ediciones B, 2009. 328 p.). “Creadores” es a la vez complementario de otro anterior, lleno de interés y de sugerencias, que es “Intelectuales” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1990. 381 p.).
Pese a que Jonhson es conocedor de la época a la cual nos vamos a referir, más o menos situada entre 1815 y 1830, aunque en verdad se inició hacia 1780, de hecho es autor de un libro insoslayable y fundamental sobre ese período “El nacimiento del mundo moderno” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1992. 969 p.).
Pese a ello al menos en un pasaje de “Héroes” la incomprensión de la historia de América Latina le hace caer en un grave error, tan alto que deseamos corregirlo hoy a la luz de nuestra historia. Con su afirmación Jonhson nos demuestra una vez más, punto al cual nos hemos referido en otros de nuestros apuntes de lector, a la forma como nuestra América Latina no es bien comprendida por parte de los europeos, estamos nosotros siempre excluidos, lo somos. Tanto que de tenerla en cuenta se ampliaría su comprensión de esa época decisiva para la humanidad que es la de la revoluciones de independencia hispanoamericanas, que significó el fin del absolutismo monárquico español, con la presencia de sus grandes figuras: Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1769-1854), Andrés Bello (1781-1865), Simón Bolívar (1783-1830) y Antonio José de Sucre (1795-1830). Y lo decimos, y nuestros lectores lo van a comprobar ahora, porque si bien Jonhson en “El nacimiento del mundo moderno” se refiere a Miranda y Bolívar y menciona a Sucre como el general victorioso en Ayacucho (Diciembre 9,1824) en ningún momento alude a Miranda como un intelectual, como un diarista, como un pensador; nunca cita a Bello, quien logró la Independencia cultural latinoamericana, de hecho fue sustancial su acción en la literatura, la educación, el derecho y las relaciones internacionales muchas de cuyas pautas fijó. Y menos parece Jonhson haber advertido la existencia del gran filósofo de aquella época, Simón Rodríguez, el de las máximas para la autonomía. Y mientras no se entienda el carácter de la cultura hispanoamericana no se podrá estimar el significado de la gran transmutación que vivió nuestro continente a partir del 19 de Abril de 1810 cuando la emancipación fue proclamada en Caracas, antes esto no se había logrado en ninguna parte. Miranda al “inventar” nuestra libertad política había puesto sus bases, antes que el ningún otro. Y los intentos anteriores, como la sublevación de Picornell, Gual y España en Caracas (1797) o la de Quito (1809) habían fracasado, habían sido vencidos: sólo el de Caracas triunfó y se ha mantenido, sin solución de continuidad, pese a las alternativas del período 1814-1821, días del régimen realista en Caracas, sin solución de continuidad. Y además las vidas de Miranda, Bolívar y Bello estuvieron presentes en nuestra experiencia política y cultural a lo largo de más de medio siglo: el paso de una generación a otra, la entrega del fuego sagrado de la libertad lo puso Miranda en las manos de Bolívar, el libertador político, y de Bello, el emancipador cultural, en Londres, cuando se encontraron en 1810 allá. Y cuando Miranda murió en 1816 el Libertador estará en plena acción, logrando realizar lo que aquel planeó y dejó escrito. Y cuando Bolívar fallezca será Bello quien actué, desde Chile, irradiando su magisterio a todo el continente, hasta 1865 cuando dejó de vivir. Y desde ese momento actuaron sus discípulos y más tarde los alumnos de sus alumnos. Así tendremos más de una centuria de proyección. Todo esto hay que conocerlo para poder entender a nuestra América Latina.
En el punto al cual nos vamos a referir Jonhson hierra por no conocer a fondo, y por no haber logrado “sentir” la historia de los países hispanoamericanos a los cuales siempre hay que añadir al Brasil y a la multitud de islas que forman el multicolor mar Caribe, países tan latinoamericanos como los que hablan castellano. De hecho fue una nación caribeña, Haití, el primer país del continente en obtener su Independencia, en este caso de Francia, en 1804, seis años antes que la declaración caraqueña del año diez.
En el caso de “Héroes” al cual nos vamos a referir cita Jonhson a las figuras militares del norteamericano Jorge Washington (1732-1799) y las de los ingleses almirante Horacio Nelson (1758-1805) y Arthur Wellington (1769-1852). No le parece que sea correcto tratar en su capítulo sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821) ni se refiere a Bolívar. No se da cuenta que además de Goethe (1749-1832) las grandes figuras de aquellos días fueron Napoleón, el almirante Nelson, el duque de Wellington, Bolívar, el pintor español don Francisco de Goya (1746-1828) y dos mujeres: Mary Woltonecraft (1759-1797), la fundadora del feminismo (1792) y la novelista Jane Austen (1775-1817). No se refiere a Francisco de Miranda, lo cual es otro error, pese a que el gran proyectista de la emancipación participó, en puestos protagónicos, en las tres revoluciones de su tiempo: la de los Estados Unidos, la Francesa y la latinoamericana. Y el Libertador y Goya fueron, en los años de su más lograda acción, las grandes figuras hispanas de su tiempo, no había nadie que pudiera acercárseles. Incluso como hombre de letras, que también lo era, el Libertador escribía mucho mejor que los creadores españoles e hispanoamericanos de sus días. En el campo de la lengua fue un innovador, esa fue otra de sus revoluciones.
Ahora bien Jonhson refiriéndose a Wellington anota: “del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de Estado periódicos y a los gobiernos militares” (p.304), es lo que denomina el “camino bonapartista” (p.304) que no es otro para él que cuando “el militar se somete al jefe de Estado electo, con la completa aprobación de la nación” (p.304). Esto, como lo veremos nada tiene que con Bolívar, todo lo contrario, pese a lo que a veces se propala, incluso en alguna obra en la cual el público cae incautamente en sus conclusiones al creer que por haber sido escrita por un historiador profesional es certera, pero se equivocan por no darse cuenta que aquellas son las obras de lo que hemos denominado el “bolivarianismo escuálido” tan pernicioso como el chavista porque ambos utilizan al Libertador como arma de combate en vez de verlo, como debe ser, como una criatura de la historia.
Para aclarar el entuerto de Jonhson, un lunar en tan sabia obra, debemos ir un poco más atrás, para seguir la cronología de los acontecimientos.
Ante Napoleón, y esto no se ha visto como se debía, el punto de vista de Bolívar coincide con el de Jonhson, cosa que el británico ignora. El mismo expresó, el mismo año de la derrota del corso, por Wellington, en Waterloo lo que sigue. Lo hizo al divulgarse en nuestra América la noticia de que Napoleón pasaría a vivir en Nueva Orleáns, en donde incluso se le había preparado una casa. Expresó el Libertador (agosto 22,1815): “Si es la América del Sur herida del rayo, por la llegada de Bonaparte, ¡desgraciados de nosotros, para siempre, si nuestra patria lo acoge con amistad!. Su espíritu de conquista es insaciable: él ha segado la flor de la juventud europea en los campos de batalla para llenar sus ambiciosos proyectos; iguales designios lo conducirán al Nuevo Mundo” (“Escritos del Libertador” Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p.69).
Para entender esto, que no se cita como se debiera, deben examinarse las visiones que tuvo el Liberador del general galo. Al principio, cuando era un destacado oficial republicano, Bolívar lo admiró. Pero cuando se hizo Emperador, en 1804, Bolívar estaba en París el día de la coronación, lo adversó porque no lo podía considerar un republicano cuando tenía una corona sobre las sienes. Sobre él, en los siguientes, veinte y cuatro años guardó silencio, pese a conocer bien su máxima creación el “Código napoleónico” y haber leído con atención el “Memorial de Santa Elena” del conde de Las Cases (1766-1842). Pero se abstuvo de mencionarlo. Tal era su antagonismo con Napoleón que cuando el grupo paecista de Caracas le propuso coronarse en 1825 el Libertador, que rechazó tal proyecto enfáticamente, lo denominó proyectos napoleónicos. Solo fue en 1828 cuando conversó sobre el Corso con su edecán Louis Perú de Lacroix (1780-1837), quien consignó sus opiniones en su “Diario de Bucaramanga”. El Libertador ignoró siempre que aquel oficial escribía cada día el recuento de las conversaciones que tenía con Bolívar. Allí, en el “Diario de Bucaramanga”, vemos la idea que Bolívar tenía de él y por qué no lo mencionaba: para él, que era un republicano pleno, como siempre lo fue, el haber abandonado la república para hacerse Emperador lo separaba plenamente del oficial galo. Así fue.
Y por ello, y en esto también se equivoca Jonhson, jamás pensó actuar en forma bonapartista. Por bonapartismo se entiende, como lo indica el político-historiador venezolano Domingo Alberto Rangel: ”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho la revolución. En cierto modo sigue siendo jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartista” (“Los andinos en el poder”. 2ª. ed. Caracas: Vadell, 1974, p.131).
Ahora bien, y este es el centro del asunto que deseamos exponer, pese a lo que Jonhson expresa, no fue nunca el Libertador un caudillo de montoneras, ni propició golpes del Estado, ni sometió el gobierno civil al mando de los militares. La dictadura de 1828 fue un gobierno de emergencia, hecho para salvar la Independencia.
Tampoco es cierto lo que expresa Jonhson que los latinoamericanos, como consecuencia de la presencia de la acción de Bolívar, nos convertimos un “desgraciado continente” (p. 304): con hombre como el Caraqueño, pese a no haber sido escuchado, lo que hay por delante es progreso, lento arribo hacia normas civilizadas de vida. Todo lo contrario de lo que dice el escritor inglés a quien corregimos.
Primero no fue el Libertador un caudillo sino un político civilizador por haber sido él el primero que avizoró el caudillismo, sus sesgos y las desgracias que traería a nuestros pueblos. Y no podía dejar de verlo quien siempre estuvo, ojo avizor, analizando los sucesos de cada día.
Por ello cuando en su célebre carta a Pedro Gual (1783-1862), a treinta días exactos de la batalla de Carabobo (Mayo 24,1821), le dijo a Gual: “Estos no son los que Uds. conocen: son los que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988, t. XX, p.62. El subrayado es del propio Libertador). Allí comprendió lo que será el caudillismo. Y por ello también expresó, reglones más abajo, “estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más a la paz que la guerra” (“Escritos del Libertador”, t. XX, p.62).
Allí ya está dicho todo. Y fue expresado por un político que tras los difíciles años de 1813-1819 siempre fue presidente por elección en comicios (1819, 1821, 1825), por quien escuchó siempre la voz de los más capacitados, quien redactó Constituciones, para quien la ley era la norma de vida de los pueblos, para quien si bien la guerra fue ocupación de la mayor parte de su vida también lo fueron, y grande supremo, la educación del pueblo y la atención a la vida internacional a través de la civilizada diplomacia que creó.
Por ello no se puede considerar un caudillo, menos de montoneras, como las que aparecieron en nuestra América Latina después de su muerte, ni puede pensarse que fue cabeza del militarismo cuando él mismo pensaba (mayo 25,1826): “El destino del Ejército es guarecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos” y en su última proclama (Diciembre 10,1830): “y los militares empleando su espada en defender de las garantías sociales” (“Proclamas y discursos del Libertador”, Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983, p.407).
No fue ni caudillo militarista, pese a haber estado a cabeza del suyo, porque siempre propuso, e impuso a través de las leyes, el gobierno de los civiles, la presencia constante de la sociedad civil que él fue el primer venezolano en invocar en significativo pasaje de su Carta de Jamaica (“Escritos del Libertador”, t. VIII, p.232).
Y para terminar: es lastimoso que Jonhson no se haya tomado el trabajo de explorar más lo relativo al asunto Wellington-Bolívar porque fue el alto oficial inglés uno de los pocos que en vida del Libertador reconoció su grandeza. También lo hicieron en sus días Goethe, Byron (1788-1824) y Humbodlt (1769-1859). Esto lo pudo leer en inglés el autor de “Héroes” en la magnífica biografía del alemán Gerhard Masur impresa en 1948 (“Simón Bolívar”, Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p.579). Y es una lástima que para hacer la exploración del Libertador no haya leído también la biografía de éste, escrita y publicada en inglés el año 2006, por el notable historiador británico John Lynch. Sin duda ambas estupendas obras se encuentran en la biblioteca del Museo Británico en Londres donde pudo haberlas leído. Hubiera sido una forma de entender lo que la gente del Viejo Mundo no ha querido comprender: la peculiaridad de la América Latina.

Octubre 15,2009

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

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