Categoría: Humor
La moneda del sastre (Cuento español tradicional)
por Alejo URDANETA
El pícaro y el tramposo son tipos de toda sociedad. Apenas se junten dos personas aunque sea para el juego, uno tendrá la habilidad de la trampa y el engaño, mientras que el otro sufrirá la pérdida. El que presta es también pícaro, pero se guarda; el que hace la trampa lo tiene por oficio, pide a sus vecinos y no paga a tiempo. Y aun así protesta cuando le reclaman su incumplimiento.
Como no cesaban los reclamos, un día el pícaro insolvente decidió la treta de fingir una enfermedad y se metió en cama. Los vecinos fueron de visita, compadecidos de su enfermedad, y le decían, quizás por compasión, pero también por cuidar sus monedas perdidas cuando el pícaro se recuperase: “Por mí no te preocupes. Yo te perdono lo que me debes”. Y otro: “pobrecito, qué mal estás. Yo también te perdono la deuda”. Y así decían muchos.
Menos el sastre del vecindario, que exigía al enfermo: “A mí me debe diez monedas y me las pagará”. A lo que los demás vecinos replicaban: “Ten caridad, sastre. ¿No ves que se muere el pobre hombre?” El sastre mantenía su actitud: “Si se muere, que se muera después de pagarme”.
El pícaro decidió aplicar una treta para evitar al Sastre. Fingió que se moría para que todos lo apoyaran contra la actitud de su obstinado acreedor. Creyendo los vecinos ingenuos que su deudor estaba muerto, lo metieron en la urna, lo cargaron y le hicieron la ceremonia del entierro. Colocaron la urna en la iglesia y rezaron con el cura las oraciones de la muerte. Pero el sastre, que no pensaba en otra cosa que en su dinero, se metió en el confesionario para no acompañar a los demás vecinos.
En esto estaban cuando durante la noche entraron diez ladrones a la iglesia y amenazaron con matar a los vecinos si no les entregaban lo que tuviesen en sus bolsillos. Para crear temor en los que oraban ante el falso cadáver, el ladrón principal dijo a sus secuaces: “Daré diez monedas al que finja apuñalar ese cadáver. Así nos darán todas sus pertenencias”.
Uno de los bandidos se acercó a la urna y sacó el puñal y fingió el gesto de apuñalarlo. El pícaro no se murió de miedo, pero ante el peligro dio un brinco y salió de la urna dando saltos por el templo. En ese instante se le ocurrió la idea de gritar al sastre escondido en el confesionario: “¡Vengan, difuntos¡”. El sastre, que comprendió la intención del pícaro, pero también que podía perder todo si los bandidos los robaban, salió de su escondite y también gritó: “¡Vamos todos, difuntos¡”. Con esta voz, los vecinos se dieron cuenta de la treta del pícaro y gritaron en protesta. Esto confundió a los bandidos, que echaron a correr aterrados y se metieron en el bosque, sin percatarse de que habían dejado en la iglesia el tesoro de sus fechorías. Entonces, al darse cuenta, el jefe de la pandilla envió a uno de los ladrones a buscar el tesoro olvidado.
El ladrón emisario regresó a la iglesia, lleno de miedo, y entró en el pórtico en el momento en que el cadáver y el sastre estaban repartiendo la fortuna dejada por los bandidos. Cuando hubo terminado el reparto, el sastre dijo al otro: “No he olvidado la deuda que tienes conmigo. Dame, pues, las diez monedas que me debes”.
El ladrón que había vuelto a buscar el tesoro vio y oyó lo que pasaba; se puso a temblar y huyó al bosque a reunirse con sus compañeros.
Les dijo, azorado: “¡Ni pensar en volver por el tesoro, pues son tantos los difuntos que hay en la iglesia que no alcanzará el dinero para todos!
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Nacer en Venezuela (Humor)
por Eduardo CASANOVA
Alguna vez Jorge Luis Borges dijo que habría preferido no nacer en Argentina y tener el inglés como lengua madre, en lugar del español. En lo segundo no estoy en absoluto de acuerdo. El español es una lengua mucho más expresiva que el inglés, y ofrece al escritor mil posibilidades más, con sus sinónimos, sus verbos, su amplitud y sus muchos giros, de hacer poesía, no sólo en poemas, sino en prosa. Es imposible traducir un buen texto del español a cualquier otro idioma sin que haya una verdadera merma de valores. Del español al inglés se pierde no menos de un cincuenta o sesenta por ciento, y por eso es tan difícil que los angloparlantes puedan apreciar en toda su grandeza la literatura escrita en español. Por eso prefiero mil veces escribir en español a escribir en cualquier otro idioma. Pero en cuanto a la primera parte de lo dicho por Borges, sí tengo muchas dudas. Quizás los que nacieron y viven en Escandinavia, o en cualquier país desarrollado del mundo, viven muchísimo mejor que los que nacimos en Venezuela. Pero eso tiene una compensación muy importante: si hay vida después de la muerte y se va a tener al cielo, la diferencia será tan grande que compensará todo lo que se sufrió en ésta. Y si se va al purgatorio, es cuestión de paciencia: pronto se irá al cielo y se aplicará lo mismo que si se hubiera ido al cielo en primera instancia, pero si se va al infierno, al reino de las tinieblas, ya uno estará acostumbrado del todo a lo que se tenga que padecer. Y eso, si se piensa que hablamos de vida eterna, tiene sus grandes ventajas.
¿Quién mató a Julio César?
por Eduardo CASANOVA
El Máximo y Magno Líder de la Gran Revolución Bolivariana, teniente Coronel Hugo Rafael Chávez Frías, ha ordenado que se investigue a fondo todo lo relativo a la muerte de Bolívar, que se averigüe, más allá de toda duda, quién mató a Bolívar y, si se confirman sus sospechas, que se castigue con fuerza a los herederos directos de los asesinos, que son los liberales colombianos y, aunque no es actualmente liberal, especialmente a Álvaro Uribe Vélez, por ser el que más se ha beneficiado del tan vil asesinato.
Noble inquietud la que ha motivado tan severas órdenes. Pero hay que reconocer que la muerte de Bolívar sólo afecta a seis países, en los que se habla apenas un idioma. En cambio la muerte de Cayo Julio César, o Gaius Iulius Caesar, que es como se dice en latín, afectó al Imperio Romano, que abarcaba una veintena de países actuales en los que se hablan como diez o doce idiomas, por lo menos. Eso nos obliga, muy a nuestro pesar, a aceptar que el asesinato de César es más importante que el de Bolívar. César nació en Roma el 13 de julio del año 101 antes de Jesucristo, y fue apuñalado en la entrada del Senado el 14 de marzo del año 44, también antes de Cristo. Los historiadores siempre han contado que fue una conspiración, y han hablado de varios conspiradores, pero llama mucho la atención que, en trance de morir, César sólo se haya referido a uno de ellos, a Bruto. “Tu quoque, Brute, fili mi”, fue lo que dijo el moribundo (“¿Tú también, Bruto, hijo mío?”, es la traducción al castellano), lo que bien puede indicar que sólo fue Bruto el asesino. Y en ese caso, si se confirma esa hipótesis más allá de toda duda, habría que hacer pagar ese crimen, ese horrendo crimen, a sus descendientes directos, que son los partidarios de Chávez, los que “están con el proceso”, y muy en especial al teniente Coronel Hugo Rafael Chávez Frías, porque todos son, también más allá de toda duda, Brutos. Muy Brutos.
De Paolo a Delpino y Lamas
por Alberto HERNÁNDEZ(Del humor también se vive, aunque la amargura amenace)
No creo necesaria dedicatoria alguna o algún que otro epígrafe gracioso. Más prefiero vieja lectura de la jarana humorística nacional de antaño para quemar el rato y hacerme el loco mientras pasa el cortejo. De nada vale, entonces, fabricar escobillas, que la casa está limpia.
En uno de esos días de pesado clima, me recogí a leer y entre páginas y páginas me tropecé con Paulo Emilio Romero, alias Paolo, un humorista de esos que ahora no se usan (como suele decir mi carnal Eduardo Casanova), nacido en Cagua en 1856. La croniquilla dice que Paolo era poeta, dibujante y escritor festivo, aunque muchos no lo hayan creído en ese pueblo antes. Nuestro personaje fundó “La caricatura, álbum cómico de Paolo”, al parecer el primer periódico de humor inventado en Venezuela, que nos alegra.
Así, para dejar algo de Paolo, extraído de una amarillenta antología publicada por el Ince, cuando creíamos tener país y lo dejamos escapar y aún el maestro Prieto Figueroa también hacía sus bromas. Dice el autor en sus “Informaciones Periodísticas”: Se avisa a los individuos de la raza canina que eviten en lo posible transitar por la esquina de San Lázaro, pues varios muchachos, ya creciditos, se divierten de noche atravesando una cuerda a lo ancho de la calle para hacer saltar hasta la altura del tejado a todo perro que pasa”. No sabía el amigo de Cagua que un siglo y medio después un Presidente de su país llamaría “perro bastardo” a sus colegas periodistas y mamadores de gallo, lo que seguramente no le concierne porque está muy muerto, pero como desde esta crónica respetamos a los difuntos, nos ha dado por salir por ellos a defendernos nosotros de las majaderías de quien ocupa la silla donde se sentó Joaquín Crespo, el “Cabito”, el Benemérito y demás caudillitos hasta estos tiempos que nos corren por la sangre.
Y como definitivamente somos perros y también bastardos, paso a regalarles otro de Paolo, que si bien no tiene nada que ver con periodistas, sigue con los perros de ayer que según el mandante son los periodistas de hoy. Escribe: Nos dicen que anoche derribaron a un respetable viejecito que tuvo la desgracia de pasar por allí, pues parece que lo tomaron por un perro de Terranova. ¡Vaya una cuerda¡”. De Terranova no somos, simplemente de esta tierra que ya no tiene nada de nueva aunque los europeos se empeñen, especialmente los Ramonet y demás revolucionarios de alcurnia, en descubrirla todos los días. Y fíjese, que siempre aparece una cuerda, la misma que el poder quiere colocarle en el cuello a los habladores de pendejadas en los periódicos, ¡esos mentirosos y herejes¡
Y si bien dicho estuvo por parte del señor Presidente, cabe decir, como otra cosa, que la vida de los perros es muy sabrosa, harto celebrada, y si no que le pregunten a Rintintín. Pero mucho más, que los bastardos tienen la ventaja de responder con apellido ajeno, razón por la cual generalmente no oyen las mentadas de madre. Salud.
Dejemos a Paolo tranquilo con sus perros, que ya nosotros como canes nos bastamos con nuestras bastardías.
El otro que alcancé a encontrar en el librito lleno de polvo, fue a Francisco Antonio Delpino y Lamas, el de La delpinada, que a la mano no tengo, desgraciadamente, pero sí “Otra metamorfosis” llamada la “La buena cosecha”: Sembrar un terreno es obra de mano,/ Lo difícil es hallar la semilla,/ Que dé flores finas y fruto sano/ Y para cosechar sin polilla”. Esta Delpinada, tan de suya horrible pero del absurdo que buscamos para estos tiempos en analógica remembranza, atina a dar en el corazón de los conucos zamoranos. Lastimosamente, “El Chirulí del Guaire”, que así le decían a don Francisco Antonio, aquel 14 de marzo de 1885 Chávez no había nacido, pero sí Guzmán, tan celebrado en estos días por la ignorancia oficial. Remata don Delpino: Siempre virtud que no tiene gusano,/ Y ésta es la familia moral que brilla/ En los terrenos del buen sentimiento/ Que para el alma es gustoso alimento”. No rima pero “jarta”, como dicen por ahí. Porque fíjese usted, amigo lector, virtud con gusano, moral con brillo y nada de alimento. Son las mismas palabras que la V República usa con tanto gozo que para muchos nada tiene de gustoso. Así son las cosas de la vida. Hasta los muertos se burlan de este gobierno.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Cuento Navideño
por Eduardo CASANOVA
El Doctor Pancracio Satúrnez estaba muy orgulloso de ser un verdadero erudito y comunista. Su carácter era tan temido que las autoridades aceptaron que no hubiese vacaciones de fin de año para compensar el tiempo que se perdió por lo del Referéndum. El 24 de diciembre inició su clase, a las siete en punto de tarde, hablando de sus tres doctorados, dos en la antigua Alemania Democrática y el tercero en Tierra Santa, dijo con una sonrisa socarrona: en la Universidad de Moscú cuando Moscú era la capital de la Gloriosa Unión Soviética (y lo pronunció con mayúsculas). Y sin cambiar de tono pasó a explicar a sus alumnos que la Navidad es un disparate. No sólo porque el tal Cristo no tenía nada de divino, sino porque no puede haber nacido en diciembre. El 25 de diciembre, explicó celebraban los romanos la fiesta del “Natalis Solis Invicti” o “Nacimiento del Sol invicto", asociada al nacimiento de Apolo y de la primavera. Era lo que llamaban bruma. Y de esa fiesta tomaron los primeros cristianos la idea de ubicar el nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre. Un disparate. Se habría muerto de frío, tal como los pastores. Eso del 25 de diciembre fue un invento más bien tardío, probablemente de Juan Crisóstomo en el año 386. Pero quien haya estudiado a fondo las Escrituras, porque al enemigo hay que estudiarlo a fondo para poder rebatirlo, sabe que en el momento posible de la concepción de Juan el Bautista, su padre, llamado Zacarías, que era del grupo de Abdías, oficiaba en el templo de Jerusalén, y la concepción de Jesús, el personaje histórico, fue seis meses después. Si se cuentan estrictamente los turnos de aquellos sacerdotes, puesto que al grupo de Abdías le tocó servir del 8 al 14 del tercer mes del calendario lunar hebrero, Juan tiene que haber nacido en marzo y Jesús en septiembre, gracias a lo cual ni Jesús ni los pastores, que cuidaban los rebaños al aire libre se congelaron. Los papas, afirmó, alteraron la realidad para que los cándidos campesinos veneraran el nacimiento de Jesús en una fecha en la que se celebraba el nacimiento de la primavera. Eso es un hecho indiscutible que les estoy demostrando, y mañana se los probaré en tal forma que nadie podrá tener la más mínima duda. Pero no pudo demostrarlo. Al día siguiente ni uno solo de los alumnos se presentó a su clase. Estaban todos disfrutando la Navidad, con sus familias, con sus alegrías, con sus sueños.
Presentaciones musicales, El Cuarteto Galzio, por Gonzalo Palacios Galindo
por Eduardo CASANOVAUna crónica en la que hay un toque de humor y mucho de verismo, escrita por mi buen amigo Gonzalo Palacios Galindo, es lo que se ofrece hoy a los lectores de “Literanova". En ella, por cierto, se refleja mucho de lo que es y ha sido por algún tiempo la realidad de la música venezolana.
Presentaciones musicales, El Cuarteto Galzio
Por Gonzalo Palacios Galindo
El Cuarteto Galzio, formado y radicado en Caracas (1952) por europeos llegados a Venezuela después de la Segunda Guerra Mundial, para los años 70 había alcanzado fama internacional. Cuando el cuarteto se fundó en Caracas sus integrantes eran personas ya adultas y formadas profesionalmente en importantes institutos y escuelas musicales del viejo mundo. No sé si por tratarse de diferentes nacionalidades, o por haber triunfado individualmente antes de constituirse como cuarteto, el hecho es que cada uno de ellos confirió nuevo significado a lo de “genio y figura, hasta la sepultura.” A continuación, lo que recuerdo sobre su presentación en Washington, DC a mediados de la década de 1970.
En el primer “Informe Anual de la Oficina de Información y Asuntos Culturales,1” fechado “Enero-Diciembre 1974”, aparece por primera vez el nombre del grupo en cuestión bajo el rubro “Programas en Preparación: Concierto del Cuarteto Galzio.” Estando de vacaciones en Caracas, mi viejo jefe, Don Pedro Grases, me había sugerido que presentara al Maestro Galzio y sus distinguidos colegas en la Embajada o en la sede de la [des]Organización de los Estados Americanos. Esa fue la razón por la cual aparecía aquella entrada en el informe anual de las actividades de mi oficina, en cuya segunda página también se reseñaba la “Toma de posesión del señor Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela,” y el fin de la misión diplomática del Dr. Andrés Aguilar M.
En el primer trimestre de 1976, superada la gran crisis política que se denominó “Watergate” que prácticamente dejó a los Estados Unidos en suspenso hasta que el Presidente Gerald Ford perdonara a Richard M. Nixon, fue cuando pude darle curso nuevamente a la petición de Don Pedro de presentar al Cuarteto Galzio en Washington. Hice los contactos académicos necesarios para presentarlos en tres universidades con escuelas de música que asegurarían excelentes facilidades técnicas, salones cuya acústica estaría a la par de la que diseñó Alejandro Calder en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria en Caracas, y un público garantizado en cada una de aquellas ciudades. Las instituciones patrocinadoras, el Ministerio de Educación Nacional y el CONAC, justificaban plenamente la programación en recintos universitarios que además llenaba de satisfacción a los integrantes del cuarteto por ser ellos también profesores de sus respectivos instrumentos en Caracas. Llegarían a Washington a mediados de la primavera, unos dos meses antes de finalizar el año académico para proceder a las otras dos ciudades. Lamentablemente, la primera lección vinculada con la gira del cuarteto la recibí yo: en Venezuela cada vez que cambia el gobierno – sea resultado de elecciones populares o de un “tenientazo” – todo comienza de nuevo. El concierto del Cuarteto Galzio quedó relegado al limbo burocrático del Consejo Nacional de la Cultura o al del Ministerio de Educación, que se habían comprometido con los cuatro músicos a sufragar los costos de su gira, que comenzaría en Washington DC. Parece que la incertidumbre política que dejó Nixon en los Estados Unidos después de su renuncia a la Presidencia en Agosto de 1974, afectó tardíamente a ciertos personajes del nuevo régimen en Venezuela y el Cuarteto Galzio no llegaría a esta capital en la fecha planeada.
Una tarde aparecieron los cuatro en mi oficina, de golpe y porrazo, poco después de la hora de almuerzo. El maestro Galzio y sus tres acompañantes entraron en la Biblioteca de la Embajada en la cual conversaba con mi asistente para asuntos de prensa, “Mister” Harold Horan. Ponía punto final a mi “lunch” con un café y mi acostumbrado Negro Primero. En realidad, no entraron ni al edificio ni a la Biblioteca: irrumpieron en uno y otro espacio ya que ni siquiera esperaron a que mi secretaria anunciara su visita.
“¿Usted es el encargado de asuntos culturales?” me preguntó.
“Sí,” le contesté, “¿Y ustedes, de dónde son?” aludiendo al acento de mi interlocutor. “¿Qué desean?”
Fue entonces que el director y fundador del grupo, algo molesto porque no lo había reconocido al verlo, se identificó debidamente como el “Maestro Corrado Galzio” y a sus acompañantes como “mi cuarteto, el Cuarteto Galzio,” sin permitirle a ninguno de ellos hablar por cuenta propia. Para indicarle al Maestro que este funcionario de la Embajada tenía el nivel cultural que justificaba su cargo, continué la conversación en Italiano, y al profesor Ilzins, que resultó ser el más comedido de ellos, me dirigí en Francés. El Maestro me explicó cómo, después de una serie de trámites, diligencias y visitas a las kafkianas dependencias del Ministerio de Educación, había logrado que le pagaran los gastos de transportación en los que incurrirían los integrantes del grupo en su gira por los Estados Unidos y dos o tres países europeos. Era la segunda semana del mes de mayo y comenzaba el calor sofocante que caracteriza la capital estadounidense durante los meses del verano.

Les ofrecí café, el cual aceptaron. Tomaron asiento alrededor de la mesa central de la Biblioteca, yo apagué mi cigarrillo y comencé la conversación con una aclaratoria que no le cayó bien a los ilustres visitantes.
“Nosotros los esperábamos a finales de Marzo, Maestro,” le dije, “ustedes hicieron quedar muy mal a la Embajada. Y, como es lógico, yo quedé como un irresponsable…” El maestro Galzio no me dejó terminar, interrumpiéndome bruscamente. Afortunadamente en ese momento entraba mi secretaria con la bandeja de café y galletitas dulces. Galzio se vio obligado a ponerle atención al café, y dado que no habían almorzado, a las galletitas. Pero una vez que Nelly salió de la Biblioteca, Corrado Galzio continuó lo que había comenzado.
“Dr. Palacios,” me dijo, “usted no se imagina por lo que hemos pasado para poder venir. Humillante, ¿No es cierto?” preguntó retóricamente a sus compañeros. “Pero aquí estamos, listos para presentarnos…” Me tocó a mi interrumpir la conversación.
“¿Presentarse? ¿Dónde?” pregunté, sorprendido de que el Maestro pensara que su retardo en viajar a los Estados Unidos no hubiese tenido consecuencias. “Maestro,” bajé el tono de voz para indicarle que no estaba molesto con él,”yo había programado tres conciertos en lo que quedaba del año académico. Créame que no fue nada fácil, pues en todo país serio, como, usted bien sabe, hay que programar estas cosas con uno o dos años de anticipación,”
“Comprendemos perfectamente,” contestó, utilizando el plural por primera vez para incluir a los otros tres músicos,”pero ahora es que estamos aquí y usted tiene la obligación de ayudarnos. Tenemos que dar un concierto en Washington antes de seguir nuestra gira a Europa.” Me molestó que me hablara de mi “obligación de ayudarlos.” Miré de reojo al Sr. Horan a ver qué reacción manifestaba su rostro en el que cada uno de los últimos treinta y cinco años había dejado su marca. Plus ça change, plus c’est la même chose, parecía decirme con una leve sonrisa enmarcada por un labio inferior suavemente oblicuo al superior, bien escondido debajo de un espeso bigote casi blanco. La mera presencia de Harold Horan siempre me calmaba: me imagino que así le pasaría a los jóvenes que perseguían al viejo Sócrates por las calles de Atenas. La diferencia de edad y de sabiduría entre Sócrates y sus discípulos era la misma que nos separaba a Horan y a mí.
“Maestro Galzio,” me dirigí nuevamente al famoso músico italo-venezolano, “créame que haré todo lo posible por lograr que se presente su Cuarteto en Washington antes de proseguir viaje a Madrid.” Saqué otro Negro Primero, lo encendí y llamé a Nelly. “¿Quieren otro café?” pregunté a los presentes. Todos aceptaron y no tuve que repetirme ya que Nelly había escuchado todo. “No por eso,” continué hablando, “es algo seguro. ¿Cuánto tiempo van a quedarse aquí?”
“Salimos para Madrid el primero de junio,” me dijo.
“Eso me da exactamente una semana para conseguir el auditorio, hacerle propaganda para que asista un público selecto, y programar los ensayos para lo que van a interpretar. ¡Y ni siquiera hemos hablado de eso!”
Galzio volteó hacia uno de sus colegas que ya estaba listo para entregarle un papel. “Aquí tiene el programa, Dr. Palacios,” me dijo, “No se preocupe por nosotros. Usted proceda y verá que no lo defraudaremos. Y dígale al Embajador que lo saludaremos personalmente esta noche. Ahora, al hotel, pues todos estamos cansados. Nos hablamos mañana, d’accordo?“ El señor Horan bajó las escaleras con nosotros hasta la entrada del edificio de “la California” de la Embajada de Venezuela en el que se albergaban las oficinas de información y asuntos culturales, la Biblioteca, la administración, y la de asuntos petroleros.
Finalmente llegó la tarde del concierto, a mediados de Mayo. No por influencia diplomática sino por tratarse de un ex-alumno (había estudiado arquitectura y posteriormente me había doctorado en filosofía en esa universidad), logré que la Escuela de Música de la Universidad Católica de América facilitara su teatro/sala de conciertos para la presentación del Cuarteto Galzio. Todo esto en menos de cuatro días, por lo cual no hubo tiempo para invitar al público general ni a los representantes de los medios de comunicación. Redacté un comunicado de prensa en el que incluía el Programa que interpretaron esa tarde y que apareció, resumido a siete líneas, una semana más tarde en el diario The Washington Star. El Embajador nos dio la tarde libre para que todos los funcionarios asistieran al concierto (“¿La Universidad Católica? ¿Cómo se llega a esa vaina? ¡Qué embarque, Palacios!”). Total que iríamos unos 50 “amantes de la música clásica venezolana” ya que el programa incluyó piezas de Juan Bautista Plaza y Rhazés Hernández López.
“Señor Embajador, señora de Iribarren, señores y señoras, muchas gracias por compartir estos momentos con el Cuarteto Galzio. No me extiendo en presentar a cada uno de los integrantes ya que el programa (levanté las dos hojas de papel engrapadas) tiene toda esa información. “ A continuación dije lo mismo en Inglés pues habían venido varios estudiantes y profesores de la Escuela de Música. De repente, a mis espaldas se escuchó un ruido como de algo que se hubiese desprendido de una pared. Afortunadamente no era nada en el escenario. Me despedí de los presentes con el motivo evidente de traer a los artistas y me fui acercando al salón de clases que había hecho las veces de camerino. Antes de entrar escuché claramente los gritos del Maestro Corrado. Abrí y cerré rápidamente para evitar que se escucharan los gritos en el teatro, y… ¡ algo increíble! Una escena digna de Buñuel: un par de escritorios por el suelo, los distinguidos visitantes en mangas de camisa, los trajes de gala encima de un piano, y, para finalizar aquella grotesca escenografía en los minutos previos al concierto, uno de ellos, no diré cuál para salvaguardar su imagen profesional, levantaba otro escritorio con la intención de lanzarlo hacia sus colegas.
“¡Señores!” grité. “¡Tienen tres minutos para enfrentarse al público!” Agarré una de las camisas y se la tiré al descamisado. El Maestro y los otros se pusieron sus respectivos trajes, enderezaron las corbatas de lazo de rigor, y comenzaron su marcha en absoluto silencio hacia el teatro. “Un momento, señores. Se detuvieron a oír mi voz: “Yo los presento. Entren cuando oigan el aplauso del público.” Entré al escenario, enfrenté a los presentes y anuncié:
“¡Con ustedes, el Cuarteto Galzio!” y aparecieron los afamados músicos. Todavía no me habían abandonado mis temores: ¿continuarán peleando? ¿se notará el rasguño en la cara de…? Y el profesor… no tuvo tiempo de meterse la camisa! Se sentaron, se hizo silencio, y a medida que bajé del escenario para sentarme al lado del Embajador, pude observar en las caras de aquellos artistas que todo estaba bajo control. Fue un gran éxito: un dominio total de sus instrumentos y una profundidad espiritual interpretativa sin igual, en especial para los compositores venezolanos.
En Europa parece que dejaron de pelear, como buenos profesionales de la música.
Bolívar le dijo a Chávez
por Eduardo CASANOVA
Simón Bolívar, indignado ante los desmanes de Hugo Chávez y por el uso abusivo que hace de su nombre, se decidió a hablarle a Chávez y le dijo: “Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública. El talento sin probidad es un azote. Los intrigantes corrompen los pueblos, desprestigiando la autoridad. No hay esperanza de justicia donde no se encuentra ni equidad ni talento para manejar los grandes negocios, y negocios de que depende la vida del Estado. La dictadura es el escollo de las Repúblicas. No conviene que el Gobierno esté en las manos del hombre más peligroso; no conviene que la opinión y la fuerza estén en las mismas manos y que toda la fuerza esté concentrada en el Gobierno; no conviene que el jefe de las armas sea el que administre justicia. La soberanía del pueblo no es ilimitada, porque la justicia es su base y la utilidad perfecta le pone término. En moral como en política hay reglas que no se deben traspasar, pues su violación suele costar caro. La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.” Todo eso dijo Bolívar, y los jenízaros rojos rojitos le dictaron auto de detención por tenencia de armas verbales y amenaza de hiperventilación contra al Señor Presidente y lo encerraron en una mazmorra y lo amenazaron con echárselo a los de los círculos bolivarianos, y Chávez negó que se le estuvieran violando sus derechos humanos y quince veces dijo en “Aló Presidente” que ese tal Simón Bolívar Palacios, “sediciente” (sic) libertador, estaba detenido legalmente por golpista, por guarimbero, por escuálido, por oligarca…
29/9/2007
De cómo se frustró mi carrera teatral
por Eduardo CASANOVA
Sí, se frustró para siempre ¡Oh!, por culpa de Elisa Lerner. O mejor dicho, de su mamá. La mamá que Elisa haría célebre en su muy celebrada Vida con Mamá, que fue estrenada en 1975 por el Nuevo Grupo, en la sala Juana Sujo de Caracas, es decir, por lo mejor que ha tenido el teatro caraqueño a lo largo de su historia. La cosa fue así: en noviembre de 1962 se presentó Barrabasalia, una comedia escrita a cuatro manos por Arturo Uslar Braun y yo, que estuvo en cartelera un par de meses, en parte porque algunas funciones fueron vendidas en bloque. Y a una de esas funciones vendidas asistió Elisa Lerner. Con su mamá. La función debía haber sido suspendida porque el deuteragonista, o coprotagonista, como suelen llamarlo aquí, había tenido un accidente de tránsito el día anterior y estaba detenido. Pero el director, Guillermo Montiel, se negó a cancelarla, y decidió que yo tendría que hacer el papel. O, para decirlo con toda propiedad, que leer el papel, puesto que como coautor, y por haber asistido a todos los ensayos y todas las funciones, debía estar familiarizado con el texto. El caso es que me maquillaron y salí a escena, libreto en mano y después de la indispensable explicación al público. Dos o tres apuntadores, ocultos detrás del Ciclorama, me ayudaron en aquella tarea realmente titánica. Y llegué a sentirme bien, convencido de que todo marchaba sobre ruedas. Hasta que la mamá de Elisa Lerner, la famosa mamá de la excelente obra de Elisa Lerner, llegó, con su sonriente hija, a los camerinos, y me felicitó con piquete al revés: “Por lo que usted decía –me comentó– me di cuenta de que su papel era el de un hombre de carácter, pero usted lo hizo como un Lord inglés tomando una tacita de té…” Poco después entré al Servicio Exterior, en donde podría tomar tacitas de te sin tener que llevar un libreto en la mano ni ocupar a dos o tres apuntadores detrás del Ciclorama.
25/9/2007
Les Luthiers
por Eduardo CASANOVA
No sé si fue en 1966 o en 1967. Vivía en Buenos Aires y disfrutaba enormemente de la suma inmensa de talento que se vertía en la televisión argentina, tan distinta a la venezolana. Los programas de humor no tenían nada de chabacanos ni de idiotas, en especial uno llamado “Telecataplúm”, que se hacía un día en Buenos Aires y otro en Montevideo (no había aún forma de grabar y todo tenía que ser en vivo). Había en el programa un espacio estupendo llamado “Noches cultas”, en el que un actor flaco y solemne, vestido de “smoking” presentaba auténticos “gags” de gente culta y para gente culta. Y una noche pudimos ver un grupo excelente, que hacía humor para melómanos, de una calidad sorprendente. El grupo se llamaba “I Musicisti” (que debe pronunciarse “I Musichisti”), con unos instrumentos originalísimos y que lo que presentaba era para gente que tenía que conocer algo de música. En esa primera presentación anunciaban un Concierto para Piano y Orquesta de un músico ruso, se formaba la orquesta y el pianista, al entrar, tropezaba con uno de los músicos y le reclamaba su torpeza. Mientras el pianista, muy pagado de sí mismo, saludaba al público con reverencias, el músico increpado le cambiaba la partitura. Empezaba un concierto muy a lo Tchaikovsky, y al entrar el solo de piano lo que tocaba era el inicio del Concierto de Grieg, que es algo muy característico pero requiere que el público sepa de qué se trata (Tiempo después lo modificaron para agregarle varios "gags", y cambiaron a Grieg por "La Cumparsita"). Ante el desconcierto del pianista y del director, el músico que había cambiado la partitura se reía con gran picardía de su travesura. Eso es humor de bueno, del grande, del fino. Poco después leí que se trataba de un grupo nacido en el medio universitario y que se había presentado con gran éxito en festivales universitarios. Y poco después también me enteré de que cuatro de aquellos genios del humor y la música, Gerardo Masana –que era el ideólogo de todo aquello-, Marcos Mundstock, Jorge Maronna y Daniel Rabinovich, se habían separado del grupo original y habían formado otro llamado “Les Luthiers” (los fabricantes de instrumentos) en honor a los instrumentos exóticos y divertidísimos que hacían y usaban. De regreso en Venezuela, varios años después, Pilar Medina de López Contreras, prima hermana de mi esposa y dueña de un talento y humor excepcionales, me trajo de Buenos Aires un casette de “Les Luthiers” en donde estaba la “Cantata Laxatón”, una auténtica Cantata a lo Bach, con orquesta y coros, y cuyos textos son “extraídos de un conocido producto medicinal”. El humor no era sólo verbal, sino estrictamente musical, y lo hice oír por un grupo de músicos académicos que al principio se quedaron extasiados ante aquella obra de Bach que nunca habían oído, pero pronto se desconcertaron ante el sonido de los instrumentos inventados por el grupo, y después reventaron a reír al escuchar los textos (“Laxatón garantiza una evacuación fluida”, “Organiza y estimula la función intestinal”, por ejemplo). Era algo único en el mundo, hecho con un gran talento y una gran profesionalidad. Poco después pudimos verlos por vez primera en Caracas, hasta reventar las butacas de los teatros por saltar mientras se reía.
Los cuatro originales pronto se convirtieron en cinco, al agregarse el pianista de “I Musicisti”, Carlos Núñez Cortés, mientras “I Musicisti” declinaba hasta morir. Después se incorporarían Carlos López Puccio y Ernesto Archer. Su carrera fue en ascenso, hasta convertirlos en el mejor grupo de su género, no sólo en Argentina, sino en el mundo entero. En 1986 se presentaron con un éxito absoluto en el Teatro Colón, y poco después Archer dejó el conjunto, que terminó siendo el quinteto que es hoy. En 1969 se unió también al grupo José Luis Barberis, que terminó convertido en una especie de gerente, aun cuando entró como utilero.
Una de las características más importantes del grupo es la actuación de Mundstock como locutor-presentador. Usa las mismas inflexiones de los locutores de rad













ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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