Categoría: Cultura
¿Ha muerto la Literatura?
por Alejo URDANETAIntroducción
El escritor Alvin Kernan ha vaticinado la muerte de la literatura. Para sustentar su afirmación ha recurrido a Sir Walter Raleigh, que no es el corsario inglés sino un modesto profesor de letras. “Los profetas no sirven para nada; encuentran discípulos e imitadores e inician modas tontas. ¡Que Dios nos perdone a todos! Si se me acusa un día de haber enseñado literatura, diré en mi descargo que nunca creí en eso y que tenía mujer e hijos que mantener…”
Era una buena razón.
Kernan sostiene que tal como lo afirmó Nietzsche, también la literatura morirá, como le ha ocurrido a Dios. Ya vemos que todo es juego, incluso el ejercicio de las letras, y sobre todo darle rango de arte, junto a las artes plásticas, la arquitectura, la música y muchas otras actividades humanas sin las cuales el hombre pasaría el día tomando sol como los otros animales.
La anunciada extinción de la Literatura
¿Para qué el romanticismo o el modernismo? ¿Para qué Shakespeare o Cervantes? Lo que hace el escritor de hoy es una composición de palabras, para ensamblarlas en retazos y crear un collage cultural de textos. Nadie podrá indagar el origen de la creación inesperada, tallada en un cuarto cerrado y con poca luz.
Los grandes autores parecen hoy día incomprensibles. Sus obras están plagadas de sentidos infinitos o carecer de todo sentido, que pudiera ser lo mismo. El lenguaje del siglo XVI es extraño, y sólo ha podido rescatarse por el esfuerzo de eruditos y epígonos que sacan provecho de la hermenéutica.
La tesis de la caducidad literaria establece que la influencia de los poetas anteriores, los grandes creadores de la palabra, es fuente de angustia y debilidad. Pero comete un desliz esta teoría cuando afirma esto: “Cualquier sentido que puedan tener (las obras literarias del pasado) resulta meramente provisional y conferido por el lector” Aquí se revela la incongruencia de Alvin Kernan, porque toda creación del espíritu depende del espectador o el escucha: el otro que juzgará la obra a su libre entender. El lenguaje puede aparecer indeterminado o contradictorio, y sus estructuras ser malabarismos. Eso ocurre en toda actividad humana: nada tiene un sentido unívoco. La función del intérprete es justamente conferir sentido al texto literario, lo mismo que a una imagen pictórica o escultórica.
Pensadores e industriales de la comunicación han atribuido por igual a la literatura el ser elitesca y represiva. En el fondo puede advertirse una intención ideológica en defensa del poder político o la riqueza obtenida en la explotación de los medios masivos de comunicación, representados en la televisión y la transmisión electrónica.
Las ideologías no expresan ideas como tales: son el vehículo para realizarlas; pero ha de notarse que ninguna idea puede llegar a realizarse en su totalidad, porque es en sí misma un proyecto ideal. Es lo mismo que ocurre con la música: un intérprete puede ofrecer sólo algunos y determinados aspectos de la música en una única ejecución de la obra. La esencia destilada de una idea es infinita nunca puede realzarse.
El remplazo del libro impreso, como medio establecido de comunicar ideas y sentimientos y su forma idealizada en la literatura, es la intención de la nueva era. Afirma Kernan: “El alfabetismo, del que dependen los textos literarios, ha disminuido hasta el punto en que es un lugar común hablar de la ‘la crisis del analfabetismo’.” El estudio de las letras se confina a pocos ámbitos eruditos, departamentos de literatura en las universidades, y lo que se ha llamado ‘literatura seria’ está destinada al consumo de un pequeño público. Se afirma también que los autores de obras literarias han sufrido de crisis de confianza respecto de los valores tradicionales del arte literaria.
La tradición imponía la continuidad de su importancia, y las cualidades del artista y del escritor debían ser la aplicación ferviente, el amor por lo real. El patrón de las escuelas dictaba el sentido y las formas en el arte, apoyadas en el tradicionalismo en sus expresiones consagradas: la tierra natal, el orden natural. Los términos usuales eran buen gusto, belleza, instinto, oficio; y frente a estas categorías se contraponían el mal gusto, el cosmopolitismo, la decadencia, el hermetismo.
El principio fundamental era la virtud, que simbolizaba el bien, frente a las expresiones del mal que perturbaban la quietud como si fuese un complot y una condenación. El arte eterno producto de una mitología ancestral se oponía a las nuevas tendencias abstractas del arte moderno y de la literatura surgida a comienzos del siglo XX. En el fondo se veía la ideología política, y quienes adversaban las nuevas expresiones artísticas afirmaban que tales producciones pertenecían a un pequeño grupo de iniciados, mientras que la obra maestra debía alcanzar y conmover a todos los hombres, sea porque ella expresase o fuese el resumen de una civilización, o porque estimulara la apertura a una cultura nueva.
¿Hay una tradición estática? El sólo nombre implica movimiento, traslado, y no puede defenderse la permanencia de las ideas o las costumbres que retratan las letras.
El movimiento del lenguaje como atributo de la Literatura
Desde la perspectiva de los antiguos griegos, el lenguaje es el trayecto y la tentativa de explicar el sentido de las palabras. El postulado principal es la identidad entre la palabra y la cosa que ella nombra.
Es ésta la conclusión casi unánime de la concepción griega acerca del lenguaje: La rectitud de los nombres. Si puede establecerse a través del nombre una relación directa con la cosa denominada, hay allí rectitud, y el nombre es verdadero porque representa la esencia de la cosa significada.
La idea de correspondencia estable entre la palabra y la cosa que ella designa, es válida en el lenguaje común que nos sirve para comunicar lo inmediato de la existencia. El trato diario que necesita el hombre social para nombrar las cosas y satisfacer las necesidades que lo apremian.
Pero hay una rectitud de los nombres que no es necesaria, y, por el contrario, es variable y contingente: son simples atribuciones que pone el hablante, sin vínculo necesario con la cosa designada, salvo la relación accidental. Fue objeto de un estudio de primitiva lingüística por Hermógenes, discípulo de Sócrates, y denominada por él: Teoría Convencionalista. Tiene como objetivo la reducción del rigor de la norma que dirige el orden o, como también se dice, ley como imperativo y principio filosófico del lenguaje, para dar cabida a la convención o acuerdo entre personas y pueblos. Según esta teoría, el lenguaje no posee una índole absoluta y necesaria. Es la libre manifestación de opiniones, en las que se sitúa el conocimiento, la fugaz impresión sensible y el movimiento que la pasión da a la palabra y le atribuye ambigüedad y sentidos distintos.
La literatura como arte poética tiene esa cualidad de expresar con los signos del lenguaje múltiples sentidos expresivos.
La libre opinión es el dominio donde se ubican la metafísica y las disciplinas que tratan del espíritu, y también el arte. ¿Cómo explicamos con palabras a Dios si no es por lo que no es Dios; y de qué modo nos acercamos al arte si no es mediante la perplejidad que nos conduce al silencio? Lo que vemos o escuchamos, ¿está allí de verdad, de una manera definitiva? Eso que expresemos mediante la palabra, entonces, serán nuestras opiniones individuales, y el sentido que ellas tengan será el que cada uno conceda a la expresión aparentemente compartida. Y la mayoría de las veces todo ocurre de modo inconsciente.
George Steiner, en su obra: Después de Babel, trató del cambio de sentido del discurso verbal: “Todo acto de lenguaje contiene un determinante temporal. Leer de un modo completo es restaurar todo lo que uno puede de las inmediateces de valor en medio de las cuales el hablar ocurre efectivamente. Ninguna forma semántica es intemporal”.
Disquisiciones coloreadas
Afirma Kernan que la desintegración de la literatura ha traído los Best Sellers. Y lo más grave de su dicho es que se ha puesto la mirada en los autores de los grandes clásicos: Todas esas obras han sido escritas por hombres blancos muertos. Esta posición racista de quienes propugnan la pureza humana en todo ha inducido a los institutos académicos a reemplazar a escritores como Homero y Dickens con libros como El segundo sexo, de Simone Beauvoir. Se había dado un paso a la crítica social y no a la literaria: La igualdad entre las razas y los sexos, representados por obras de menor prestigio.
El problema de fondo está en el deterioro de la educación, sobre todo la de las letras. ¿Qué debemos leer para adquirir una cultura más humana y de mayor sentido espiritual y práctico?
Motivos hay suficientes para cuestionar a muchos de los llamados clásicos: lo que Dante escribió en La Comedia trata de la oposición política entre Güelfos y Gobelinos, dentro de una selección humana de los errores humanos, en un estilo poético que a los lectores de hoy parece oscuro. Shakespeare es desde siempre el modelo de la creatividad, y su lectura o compresión teatral está reservada a una élite que puede acceder a la simbología que no expone abiertamente. El relativismo ha penetrado en la formación del nuevo estudiante que no quiere oír de los grandes temas de la humanidad y elige permanecer en un espacio conocido y muchas veces sin trascendencia.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
¿POR QUÉ ESCRIBO?
por Eduardo CASANOVAHoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.
Del turismo rural y vivencial de Hatun Kolla (Pueblo Grande) en la región Puno - Perú
por Régulo VILLARREAL DOLORES
Los días 16, 17 y 18 de Julio 2009, estuve en Puno en compañía de mi pequeño grupo familiar danés, que había viajado conmigo al Perú. Del Cuzco partimos en bus. Durante el viaje los ojos a dialogaron con el imponente paisaje andino; y, luego de unas horas agradables de viaje, arribamos de noche, a la ciudad de Puno. En el terminal de buses de la ciudad fuimos recibidos por el Coordinador General de la Unidad Operativa de la Red Peruana Europa en Puno y Director de IDRA, profesor Eliseo Fernández.
No conocía personalmente a Eliseo sino a través de los múltiples correos electrónicos cursados recíprocamente relacionados con nuestra Institución. Eliseo es un hombre andino de mediana edad, estatura, 1.62, estándar en los peruanos, de piel cobriza, de mirada amigable, de movimientos pausados y de hablar parsimonioso. Como sabía que iba delicado de salud (en estado de convalecencia luego de una operación en el colon) el buen compañero Eliseo y su esposa, me habían esperado con la idílica ofrenda fraternal traducida en medias, guantes, bufandas y gorros de lana (para 8 visitantes que conformaba mi comitiva) para enfrentar mejor el inclemente frío de 3.860 msnm de su región. Durante el tiempo que estuvimos en Puno, recibimos en todas partes, ese mismo trato cordial de amigos que nos deparó Eliseo y su familia en el terminal de buses de Puno.
Para el siguiente día de nuestra llegada a Puno, Eliseo nos tenía organizado un tour a la isla Taquile. En el trayecto que dura aproximadamente dos horas Lago Titicaca adentro, pasamos compartiendo vivencias con los Uros, en sus islas flotantes. Degustamos la parte tierna, blanca, la que está en contacto con el agua, de la infalible totora, que sabe casi, a espárragos frescos; compramos artesanías e hicimos paseos en los famosos caballitos de totora (pequeñas balsas a remo). En mi visita de julio 2009 al mítico Lago y sus misteriosos habitantes, noté un cambio reconfortante en relación a mi pasada visita del año 2004. Los pequeños poblados por donde pasamos, no eran los mismos de antes estando en el mismo lugar (El Lago). El botón de muestra del cambio que saltaba a la vista era la presencia de unos paneles solares para capturar calor, y, antenas satelitales, que conectan ahora, vía internet, a los Uros con el resto del mundo.
A mi regreso a Puno, comentando con Eliseo sobre mi observación, éste me informó que debido a los abusos de las agencias de turismo, los enroscamientos de los guías turísticos con algunos restaurantes y hospedajes que privilegiaban con los ingresos generados por el turismo, dejando al margen de la participación, a la mayoría de los habitantes del lugar, las autoridades, por presión de los pobladores organizados, habían determinado beneficiar a todos los pueblos al interior del Lago, canalizando por turnos, los pasos de las pequeñas embarcaciones que transporta a turistas con destino a Amantan o Tequila, las islas más grandes dentro del Lago Titi Caca. Así pues, ahora no son las agencias, ni los guías que deciden a qué restaurante conducir a sus grupos, sino, un comité de administración que fija los turnos de una manera democrática, comunitaria, compartimentada, de los beneficios generados por el Lago Titi Caca, patrimonio de todos los puneños.
En ese aspecto, Puno ha superado a otros destinos turísticos del sur del Perú, como Cuzco y Arequipa, en donde los ingentes ingresos de divisas dejadas por el turismo, solo beneficia a los empresarios del sector y condena a la inmensa mayoría de su población, a la humillante condición de pedigüeños implorando “one dollar” a los turistas, para subsistir.
La experiencia democrática en la administración colectiva de los recursos y legados culturales emprendida por Puno, debería cohesionar más en todo el País, en donde la población organizada, exija, a las empresas de turismo, a separar, por lo menos el 25% de las utilidades netas a favor de la población de las regiones. El dinero que ingresaría por ese rubro, serviría para generar trabajo para la población; mejorar las infraestructuras, proteger los santuarios, mejorar las escuelas, crear y subvencionar guarderías infantiles y casas de ancianos/as desprotegidos/as, entre otras cosas. Esa falencia de organización y conciencia de respeto por usufructuar recursos del país sin invertir y sin aportar, se ha visto claramente, en la reciente tragedia sufrida por los habitantes de Aguas Calientes de Cuzco. Es inconcebible que las empresas turísticas del lugar, no tengan un fondo de socorro inmediato para su región, separando aunque que sea el 1% de los millones de dólares que ingresa (más que a ninguna parte del Perú) al Cuzco, por concepto de turismo.
Durante el Estado Confederado de los Incas, Atún Kolla (Pueblo Grande) fue la capital del Collasuyu, los vestigios arqueológicos (en Sillastani, Patas, Cacsi) sembrados en forma de chullpas cilíndricas o los Intiwatanas (Lugares en donde se amarraba el sol para aprehender su luz y calor) en las vastas estepas del Departamento altiplánico del Perú, son las evidencias del garbo como sello grandioso del pasado cultural e histórico del lugar. Por alguna razón que nunca se sabrá; del enigmático Lago Titi Caca surgieron las expresiones culturales más grandes de nuestro país y continente, las mismas que han quedado graficadas en la arquitectura, cerámica, agricultura planificada, domesticación de auquénidos, de tubérculos, etc.
Así mismo quedará flotando en la imaginación como una bola de cristal de acertijos, porqué la zona Atún Kolla, especialmente Sillustani, fue escogido como el lugar del eterno descanso de Tiawanacos, Qollas y Quechuas. Se considera a Sillustani - ¿Reposo de las garras o Asiento delicado cogido con la yema de los dedos? (Sillu = Uña + Tani = Asiento o Reposo) uno de los necrópolis más grandes del mundo, que guarda celosamente signos de historia y se hace inolvidable para cualquier visitante, por sus enormes torres funerarias. Los españoles al ocupar militarmente la capital del Tawantinsuyu, no encontraron cementerios que justiciasen la Capital de un Estado poderoso como el de los Incas; y la creencia apunta a que Sillustani, como el Campo Santo real de los creadores del Estado Confederado de los Incas .
Partimos de Puno con dirección a Atún Kolla, en dos camionetas. La ruta que tomamos fue hacia Juliaca, hasta un lugar de desvío a Sillustani; y, de ahí, continuamos hacia el lugar de nuestro destino, por un camino asfaltado. Atún Kolla queda a unos 30 Km al norte de la ciudad de Puno.
Sillustani, luego de invitar a una caminata entre piedras y silenciosos insulares, empuja de repente al sorprendente impacto de las cristalinas aguas la laguna Umayo (a lo mejor ¿Lago con Cabeza? Uma = Cabeza, sufijo Yo, como genitivo = De o Con). Y, como todo en los Andes se explica mediante mitos y leyendas, los lugareños aseguran que la laguna es el resultado de las lágrimas de una desconsolada princesa que había llorado hasta exprimirse totalmente y quedar convertida en una piedra. Nadie dice porqué, ni por quien lloraba la pobre princesa, a lo mejor por su príncipe, porque este se decidiera estudiar para sapo, para despertar luego con besos pegajosos, a las bellas durmientes. La Laguna Umayo misma, parece una bella durmiente, retozando de vez en cuando con los románticos vuelos de las garzas. El caso es que el color azul del lago, en medio en una planicie con protuberancia de cerros como rostros quemados por el frío y el sol, penetra al espíritu con la fuerza seductora de una mirada nórdica, encandilando cielos y soledades.
El paquete turístico que ofrece el tour a Atun Kolla comprende: Visita a museos de sitio; Caminata con Llamas, Participación en la elaboración de artesanía, Preparación de comida con productos del lugar; competencia a remo en la laguna Umayo, participación en labores agrícolas y, socialización con los pobladores del lugar participando de sus fiestas. Mis compañeros daneses quedaron fascinados por el lugar, la experiencia de comer pan de quinua, papas con queso fresco y carne de alpaca; y, sobre todo, el buen trato de los compañeros del Turismo Rural Vivencial de Atun Kolla. Nuestra anfitriona en Sillustani fue la casa Alli Wasi (Buena Casa) de la señora María Valdivia Chávez y esposo. El joven Abelyan Roque Valdivia, hijo del matrimonio, estudiante de turismo, nos acompañó todo el tiempo juntamente con Eliseo; informándonos e indicándonos lugares y hechos interesantes de su comunidad.
En Sillustani nos cupo la suerte de participar en la multitudinaria y colorida fiesta de la Virgen de la Candelaria, con varios grupos de danzantes de diabladas, llameradas, cullahuadas etc., enmarcados dentro de un ambiente competitivo comunal que exalta el trabajo en equipo, el prestigio de su colectivo en los vestuarios de sus danzantes, el profesionalismo de sus músicos, e incluso, en el mejor trato a sus visitantes. Las competencias comunitarias que inciden mucho en la emulación, son totalmente diferentes a la “competitividad” rapaz y salvaje del capitalismo que desencadena envidias, odiosidades y venganzas por ser el endiosamiento del individualismo ramplón, cuya máxima aspiración es la ganancia monetaria a como de lugar, sin importar ni métodos ni medios para lograrlo.
Las competencias comunitarias manifestadas en sus fiestas populares, empiezan a aplicarse en el control colectivo de los bienes y recursos naturales e históricos de las comunidades y en la generación de Turismos rurales y vivenciales. No cabe duda que sólo los pueblos organizados y en movimiento, detendrán la corrupción que genera pobreza e injusticias en nuestro país. De los pobres saldrá la respuesta contra la pobreza y no de los políticos rastreros, ni de los gerentes del hambre, los economistas neoliberales. Y es obligación moral de los peruanos de adentro y de afuera, alentar, estimular y ayudar a crecer experiencias como la de Puno, cuya iniciativa tiende a generar fuentes de trabajo por los propios peruanos. Y la forma de apoyar esas iniciativas colectivas, es solidarizándonos, recomendando a amigos y conocidos de Europa, Asia, Norte América, etc., para que vayan visitar a nuestros pueblos, que conozcan nuestra cultura, que paguen a nuestros hermanos por sus servicios, en lugar de enviar representantes con sueldos en dólares, sólo para sacar fotos de la pobreza material de nuestros pueblos y exhibirlos luego, en lugares de lujos, con ínfulas de “redentores”.
Lo destacable y aleccionador del Turismo Rural Vivencial de Atun Kolla para todo el Perú, es la participación colectiva y comunitaria en el cuidado de su fauna y flora locales, y, la explotación racional de sus recursos y herencias arqueológicas.
Si bien es cierto que los lugares arqueológicos del país, en su vigilancia y guardianía legal está a cargo del Estado peruano a través del INC, el cuidado y mejoramiento de caminos de acceso, seguridad y mantención de limpieza de los santuarios y buen trato a los visitantes, etc. es cosa de los habitantes de cada lugar, región o zona, por ser permanentes y directos responsables de sus legados, y no de los yermos burócratas temporales sin otro interés que calentar sus asientos y refrescarse con la esperanza mensual de sus sueldos.
En ese contexto, la Asociación Asturis e IDRA Perú, hacen un trabajo loable para su región. La comunidad organizada ha construido hospedajes vivenciales consistentes en 15 casas (por ahora) de aspectos rústicos, de piedras y barro, pero, muy cómodos y funcionales interiormente. Los hospedajes, pequeños, con techos bajos, concebidos para amortiguar el frío kollawino, son muy agradables, con dormitorios con baños privados. Y lo mejor de esa experiencia de turismo rural y vivencial, es que los anfitriones, a pesar de su excelente amabilidad, cuidan la intimidad de sus familias. Los turistas se llevan la imagen y el recuerdo del buen trato y la mejor acogida, y no el morbo de haber convividos con gente muy pobre. En muchos lugares observé con indignación y dolor, cómo, los arrogantes guías turísticos, por comunicarse en inglés con los visitantes, se creían diferentes y con derechos a mostrar, sin ningún pudor y sin el consentimiento de los anfitriones, las intimidades de las familias, metiéndose hasta la cocina en donde se refugian los cuyes por no entender idiomas extraños, para decir “así viven estos indios”.
Es un honor para la Red Peruana Europea, tener al compañero Eliseo Fernández y su organización Idra Perú, como Coordinador de su Unidad Operativa en Puno. Idra Perú, juntamente con la Asociación Asturis y las diferentes comunidades campesinas del lugar, están impulsando el dignificador Turismo Rural Vivencial en Atun Kolla y ojalá se extendiera por todo el altiplano, primero, por todo el país, después. Las organizaciones de peruanos en el exterior están invitadas a participar en estas cruzadas concretas de lucha contra la pobreza y la corrupción, en lugar de fabricar órdagos triunfalistas u oraciones de consuelos anuales en forma de chocolatadas de la caridad, que no conducen a ninguna parte, ni a los caritativos, ni a los destinatarios de la lástima.
Régulo Villarreal Dolores
Coordinador Colegiado de la Red Peruana Europea y Red Peruana Mundial, Dinamarca.
Contacto con Turismo Rural Vivencial en Atun Kolla- Puno.
Contactos:
Idra Perú idraperu@hotmail.com
Julio Vilca qollawasi@hotmail.com
Serafín Colca Ayrampuwasi@hotmail.com
Román Paredes rumiwasi@hotmail.com
Santiago Monteagudo santiwasi@hotmail.com
María Valdivia Chávez Alywasi@hotmail.com
Hugo Colca Cel. 051-951502640
Martín Montiel martinwasi@hotmail.com
Nicolás Colca arcowasi@hotmail.com
RÉGULO VILLARREAL DOLORES nació el 30 de marzo 1949, en el Departamento Ancash, Perú. Muy joven, luego de seguir estudios en el Instituto Superior de Periodismo JAIME BAUSATE Y MESA, en Lima, emigró a Dinamarca, en donde se estableció definitivamente. Es Co-fundador del Grupo Cultural NUCLEO DE POETAS Y ESCRITORES RADICALES - NEPER- Lima, y ha obtenido, entre otros, el 1er Premio de poesía en los JUEGOS FLORALES del Colegio Nacional Nocturno San Marcos, Lima 1972, el 1er Premio de poesía XXXIII Aniversario del Ministerio de Salud Pública, Lima. Es Miembro de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas - ANEA – Lima, Perú y de la Asociación de Escritores Daneses.
Dos notas de Manuel Bermúdez
por ColaboracionesSobre Valles de Aragua, la Comarca Visible
ASI NACE LA JERGA
-Manuel Bermúdez-
Uno sabe cómo hablan los andinos y los llaneros, los orientales y los maracuchos. Pero resulta difícil cogerle el tono y la pasá al habla de los aragueños; no obstante ser los Valles de Aragua, la comarca visible. Así se titula el libro de Alberto Hernández, poeta y periodista nacido en Calabozo y residenciado en Maracay, donde ha realizado toda su obra intelectual, de creación y divulgación de lo culto y lo popular. Este libro, que apadrinamos en el teatro de la Opera de la capital aragueña, junto con los poetas Antonio Trujillo y Luis Alberto Crespo, es una edición de Impresos Urbina. Y recoge una serie de reportajes publicados en El Periodiquito, del cual Alberto es director del suplemento cultural Contenido. Los reportajes son una muestra de lo geográfico, lo histórico, lo popular y lo lingüístico de las ciudades, poblaciones y aldeas del estado Aragua, las cuales tienen una misma identidad político-territorial. Pero son completamente diferentes unas de otras.
Como dice Alberto, “la cruz bautiza con su verbo añejo. Pero cobrizos y blancos quemados por el sol comenzaron a sentirse a través de raros vocablos difíciles de decir”.
Por ejemplo, los garabatos que usaban en San Francisco de Asís, para colgar la carne, según Esteban León, no son los mismos del maracayero asimilado Hugo Chávez, cuando llama así, en lenguaje beisbolero, a una curva prolongada. Maracay es, junto con Valencia, la metrópoli de la región Centro-Sur venezolana. San Francisco de Asís es “un pueblito de potreros y tunales”, “dos vainas de casas regadas por allí”, como dice Esteban León.
A través de la conversa con la gente vieja de los pueblos, Alberto va construyendo la historia de los mismos. Pero para sacarle lo que saben o recuerdan los pures, hay que manejar términos antiguos y propios de cada lugar. Cuando entrevistaba al señor León, de 98 años, dice que había un rapio de sol que “derrumbaba el polvo que se levanta frente a la casa de su hija”. Rapio es un sol arrecho, que no registran los diccionarios de venezolanismos. Pero eso le da pie para que el entrevistado le diga metafóricamente: “Aquí lo que quedan son ramitos de las primeras gentes”, con lo cual la visión de pobreza y desolación del lugar queda expresada con una carga significativa, más elocuente que el cuadro estadístico de los sociólogos o los demógrafos.
(Tomado de Así Es La Noticia, Caracas, 1999)
CUATRO POETAS CALABOCEÑOS
(Lecturas de memoria)
-Manuel Bermúdez-
Pienso que una lectura de memoria es el acto de recordar algo que se ha leído hace tiempo o hace poco, sin la presencia del texto escrito.
De los poetas calaboceños el que más recuerdo y memorizo es Francisco Lazo Martí, autor de la Silva criolla y las Crepusculares. Claro. Está ligado al liceo de Apure, donde yo estudié, y el cual lleva su nombre. De la Silva recuerdo de memoria la introducción, muy formal y neoclásica, con “mirto y rosa y pálidos jazmines”. También versos sueltos, referentes al verano, la sequía y la trashumancia del ganado. Así como la llegada de las lluvias, época en la que el llano reverdece.
Florecer es amar, dice el poeta. Y por allí va desarrollando la esencia de la vida llanera, y la va mezclando a la intimidad de su existencia. De las Crepusculares siempre me acuerdo textualmente de aquella que comienza: “A través del discreto claroscuro/ mirándolo abultar bajo el corpiño/ con la turgencia del anón maduro”. Me gusta el juego sintáctico de ocultar el seno de la mujer, objeto amoroso, en el lo enclítico, del verbo miraba. Así mismo el juego semántico y al forma como reaparece freudianamente en sus sueños, “cada vez que maduran los anones”.
De Luis Barrios Cruz no he logrado aprenderme ningún verso completo. Pero sí tengo flashes verbales y metafóricos. Imágenes de la realidad nativa entrelazadas con giros estilísticos de poetas españoles contemporáneos, como García Lorca, Alberti o Aleixandre. En sus romances, Federico García, refiriéndose a una corrida de toros, dice: “La plaza como la tarde/ giraba como un zodíaco”, y encontraba en el pensamiento de los guardias civiles: “una vaga astronomía/ de pistolas inconcretas”. Barrios Cruz viaja en “la sombra de un avión”; da “respuesta a las piedras”, mientras un humo azul sale a buscar un lucero. Barrios mezcla su existencia y su paisaje con reminiscencias poéticas.
A Efraín Hurtado lo conocí cuando dio un curso de posgrado en el Pedagógico. Estaba recién llegado de París. Y andaba inmerso en Althusser y Foucault. “¡Dios ha muerto¡”, dijo en un curso de sociología de la Universidad Central. Y los estudiantes creyeron que era el Anticristo. Después Luis Alberto Crespo le publicó unos poemas en el Papel Literario y apareció el llano de su infancia. Nada de Francisco Lazo. No de barrios Cruz. El paisaje volaba en palabras. Era viento que golpeaba unas puertas maltrechas. Atravesaba un espacio y seguía hasta perderse en el infinito. Así mismo se fue Efraín. Lo leí. Y no sé cómo memorizarlo.
En cambio con el poeta Alberto Hernández empecé a leerlo conversando con él. Habla poco, pero silabea silencios. El paisaje es él. Y lo que escribe es el mundo que ha visto y ha leído. Presentando su última obra en la librería del Ateneo de Caracas, su amigo, el poeta Crespo, habló de un discurso que está afuera y adentro de una ventana. No es el Jesucristo que se le presenta a William Blake en una de sus visiones metafísicas. Pero sí una fotografía del propio Alberto, que aparece en una pestaña de su libro Nortes. Leyendo Nortes, Bestias de superficie y Fragmentos de la misma memoria de Alberto Hernández, he logrado memorizar que la existencia del poeta se convierte en esencia vital. Y el paisaje se transforma en escritura. Mientras que la vida no es más que un discurso, donde Dante, Shakespeare, Eliot y Ligia andan de la mano con el lector. Y si a usted, como lector, se le ocurre preguntarme: Bueno, ¿y qué tiene que ver Alberto Hernández con los poetas Lazo Martí, Barrios Cruz y Efraín Hurtado? Me limitaré a responderle que son Fragmentos de la misma memoria.
Ginsberg: Una voz en la tierra
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:
When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.
Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on the land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.
2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.
3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”
4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.
Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
MANUEL BERMÚDEZ
por Eduardo CASANOVA
Hoy vi salir el sol con tristeza. A las cinco y media abrí el correo electrónico, y uno de los mensajes me llamó la atención. Era de mi muy querido amigo Alberto Hernández, poeta llanero radicado en Maracay, y el título era “El Negro Bermúdez”. El texto breve y conciso –llanero– decía “Hace rato se murió Manuel”, y la fecha y hora, martes 15 de diciembre a las 8:28 de la noche. De un golpe pasaron por mi mente casi cuarenta años de amistad. Nos conocimos en la que fue la última verdadera peña literaria de Caracas, “El Gusano de Luz”, la librería en la que oficiaban Freddy Cornejo y Néstor Tablante y Garrido, a donde me llevó a fines de 1970 Pedro Francisco Lizardo. Quedaba en un viejo edificio de La Candelaria, en la venida México, frente al Liceo Andrés Bello, y allí se reunían, especialmente los viernes, dos o tres generaciones de amantes de la literatura, desde Don Julio Garmendia hasta Roberto José Lovera De Sola, pasando por Augusto Germán Orihuela, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, Alexis Márquez Rodríguez, Oscar Sambrano Urdaneta, Domingo Miliani y una veintena más, entre ellos yo, que estaba por cumplir treinta y un años y tenía una novela que estaba a punto de salir a la luz. Uno de los que más me llamó la atención entre todos fue Manuel, con su acento llanero, su picardía, su profundo conocimiento de la palabra y su genuina humildad que hacía parecer su erudición como lo más natural del mundo. De allí salió un sello editorial, “En la raya”, que entre otros publicó tres o cuatro años después mi tercer libro (“La región desapacible”) y amistades que han resistido el tiempo y el espacio. A Manuel me lo encontraría en los escenarios más diversos, invariable, simpático, llanerazo, amable y discreto, y sobre todo, buen amigo. Más de una vez me llamó la atención el que dijera una disertación académica y profunda con acento apureño rajado. Sabía que era de origen muy humilde, y que había frecuentado en su Apure natal medios que rozaban la delincuencia común, y de allí salió a convertirse en un profesional de la palabra, en semiólogo y académico, autor de varios libros, como Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y la Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007). Con el tiempo llegó a ser académico de la lengua, y no un simple académico, sino Secretario de la Academia, y entonces valía la pena oír sus convocatorias y sus lecturas de actas solemnes, dichas con su acento apureño intacto, incontaminado. Porque eso fue Manuel, un hombre puro, que no se dejó contaminar por la ciudad tentadora e indigna. Un hombre digno por sobre todas las cosas. Mucho tiempo dedicó a tratar de mejorar el lenguaje de la televisión, a instruir a quienes escribían telenovelas, a tratar de llenar por canales menos malos lo mucho de malo que hay en los medios masivos, y es algo que tarde o temprano el país entero tendrá que agradecer. Como agradecemos a la vida los que pudimos conocerlo y disfrutar su amistad. La amistad de un hombre ejemplar, cuya vida nos permite comprobar por qué fue tan importante el llanero en la formación de la patria verdadera, aunque hoy en día otro llanero, que es la antítesis de Manuel Bermúdez, trate de dañarla. En verdad, la patria de Manuel, de Alberto Hernández, de los Delgado Estévez, de Alexis Márquez, de Víctor Mazzei y de tanto llanero bueno que anda por los horizontes, no la puede dañar nadie.
Fotografía: Sandra Bracho - El Nacional
García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción
DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN Y ENRIQUE KRAUZE
(Entrevista/ Juego)
por Alberto HERNÁNDEZ
La vida no es la que uno vivió, sino la
que uno recuerda y cómo la recuerda
para contarla.
(Declaración de García Márquez al comienzo
de Vivir para contarla)
Cuando me llegó el mensaje electrónico, entendí que las palabras que emergían de la lectura podrían servir de justificación para seguir cultivando la idea de que las paredes de la antigüedad prescribían mensajes místicos a quienes se aferraban a creencias y misterios. Una especie de Muro de los Lamentos, pero sin los lamentos, suerte de graffiti que deslumbra por lo que contiene de sonidos del pasado. Y por lo que tiene de tanto estropicio en los tiempos que vivimos. Por esa vía, hicimos contacto para hablar de ese pasado y de estos días de páginas biográficas y reacciones inencontradas.
La nota, proveniente de algún solapado internauta, me envolvió con el eco de un acento que me hace recordar la conversación de Gabriel García Márquez con Roberto Pombo.
Como entrevista, bien. Me revolví en la inquietud por hacer de ella una propuesta personal bajo la luna de las calles y veredas de la otrora violentísima Cali. Y entonces, la mirada de GGM perforó el silencio y comenzó a hablar acerca de su –en aquel borroso tiempo- más reciente libro, un reportaje sin adornos literarios, sin fraseos de la ficción que siempre nos entrega en sus novelas y cuentos. Esta vez, el Nobel colombiano se metió en una historia real, extraída de la tragedia interminable de su país: Noticia de un secuestro.
Por una de esas calles caminamos en franca conversación. La noche caleña silbaba una ambulancia, una patrulla policial. El rostro sombrío de algún delincuente que quiere mi cartera o la del “Gabo” (a esta altura ya puedo hacer uso de la confianza), quien se burlaba del miedo que siempre cargo en cualquier calle del mundo, por muy segura que ésta sea.
Llegamos a una casa donde una lámpara miraba con pesadez el número que nos guiaría a la tranquilidad. Nadie paseaba por Cali de noche, excepto García Márquez y yo, asustado hasta la inmortalidad. Pero la esperanza de sacarle algo a este hombre que ya hizo historia, era mi mayor ambición.
El periodismo, un regreso
Esta vez el autor de El coronel no tiene quien le escriba se dejó de ficciones y entró en una de contar la historia verdadera de nueve secuestros:
-Mira, no escogí el tema. El tema me escogió a mí, cosa que sucede tanto en el periodismo como en la literatura. Lo importante es que hace muchos años que vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura. Gracias a él puedo fantasear, hacer todo lo que quiero en literatura, y también mantener los pies sobre la tierra.
Sobre la tierra andábamos, pero inseguros, hace un rato. Parecíamos dos personajes extraviados, salidos de una novela cuyo mejor argumento tenía en Jack London una especie de selva citadina, nocturna jungla para posibilitar una teoría en formación sobre la muerte y el periodismo; la libertad y la censura en este país. Durante la caminata recordé un antiquísimo poema árabe: “El siglo nos ha disparado sus nefastos dardos, / cual flechas de fuego rasgando la noche oscura”, y me entró otro miedo, el no volver vivo a Maracay. Sin embargo, García Márquez , a quien no me atrevía a llamar “Gabo” en su presencia, aunque si lo hubiese hecho habría sonreído pensando en el abuso de muchos que así lo nombran sin haber jugado metras con él, me reconfortó.
Retomó el hilo y me dijo -mientras oteaba hacia lo alto de un edificio a oscuras- cuando lo abordé acerca de ficción y periodismo: “Es decir, no separo los dos géneros. Creo que el reportaje es un género literario como lo son la novela, el cuento, el teatro, la poesía. Digo que me encontró el tema porque andaba, durante años, buscando uno para hacer un reportaje y no lo encontraba. Un día, de pronto, Maruja Pachón y Alberto Villamizar me dijeron que ellos andaban en lo mismo, pero no tenían suficiente entrenamiento literario. Les pedí un año para resolver la historia, pero no quería terminar en el tema del narcotráfico. Durante ese año lo pensé y fue precisamente el año en que se fugó Escobar y que lo mataron… lo que más importaba no era el narcotráfico sino el secuestro”.
Un vallenato sonó detrás de la altísima verja. El novelista sacudió las manos e hizo ritmo con los pies. Me miró y sonrió plácidamente, como lo habría hecho en alguna plaza de Caracas en sus primeros tiempos de periodista extranjero en un país donde era venezolano. La música lo impulsó a palmearme el hombro izquierdo. La calle tenía su boca de lobo dispuesta a tragarnos. “Afuera se sabe a qué hora lo secuestraron –volvió con el tema-, cómo, qué están pidiendo, qué están haciendo, qué están negociando, pero no se sabe cómo están sufriendo los secuestrados, los familiares, cómo –seguramente- están sufriendo los secuestradores, cómo sufren las autoridades de las cuales depende de alguna manera la resolución de los secuestrados, cómo sufre el país. La cantidad de sufrimiento que genera un secuestro era lo que me interesaba, el secuestro por dentro”.
Periodismo y ficción
Gabriel García Márquez, quien tuvo que pelear con Aureliano Buendía para poder entender que la ficción es autónoma y, aún más, que la autonomía de la realidad está supeditada a la ficción, siguió moviendo el cuerpo en la medida en que el vallenato se iba hundiendo en la lejanía de la madrugada:
-Siempre he creído que un escritor, novelista o periodista, puede decir lo que quiera siempre que logre hacerlo creer. Si no se lo creen, ahí no vale ni la verdad. Por eso, la mejor estructura para esta historia es cómo sucedió en la vida: que no se sepa afuera lo que sucede adentro y que no se sepa adentro lo que sucedía afuera (…) Hay una frase que ya no se dice porque está amelcochada de tanto repetirse: la realidad se pasa a la ficción. Pero en todo este trabajo me propuse utilizar un solo dato que no era real y comprobado, y una prosa en la que no me permití ni una sola metáfora para conservar el lenguaje austero de una crónica de periódico”.
Los personajes
Llegado el momento de salir a la luz del día, García Márquez comenzó a parecerse a su abuelo, el personaje que lo dobla como Aureliano Buendía, con el mismo coronel que tenía en el gallo la empresa de la esperanza. El gallo de ese militar llevaba en el buche todas las noticias que nunca llegaron hasta que pronunció la famosa palabra al final de la novela.
Me miró con una sonrisa torcida.
-Si tú partes de la base de que el sacrificio de cada uno de esos personajes contribuyó a la entrega de Escobar y a la solución del drama de Escobar y al desmantelamiento de gran parte del narcotráfico, que es una desgracia del país, te das cuenta de que en cierto modo cada caso, cada persona, estaba sometida a un holocausto, era una inmolación de la estaba siendo objeto cada uno de esos personajes”.
Me estrechó la mano nuevamente y me despidió. Lo dejé aún con la convicción de que pasarían otras cosas antes de llegar al último vagón de la existencia.
Después de ayer
Las canas de “Gabo” lo hacen ver anciano. Ya han pasado la imagen del ojo morado, los abrazos con Fidel Castro, la entrevista aérea a Hugo Chávez, que tanto amargó al venezolano de Sabaneta de Barinas. Han pasado muchas cosas, la celebración de la caída del Muro de Berlín, parecido al de los Lamentos, sólo que era demasiado terrenal.
Hoy, cuando el mundo es casi cuadrado, “Gabo” sigue siendo noticia. Su Memoria de mis putas tristes pasó casi inadvertido. Su Vivir para contarla se quedó en un capítulo de Cien años de soledad. García Márquez es noticia por su muy ficcionada existencia diaria. Pero lo que más ha sonado en las vísceras del autor de La hojarasca ha sido la biografía “tolerada” por él mismo y diseñada por el británico Gerald Martín. Ella ha generado reacciones contra el biógrafo y contra el biografiado. Así, Gabriel García Márquez. Una vida ha abierto una herida que no termina de cerrarse: la relación del Nobel con el poder, su fascinación por un hombre que lleva 50 años al frente de un desprestigio: Fidel Castro.
Para llegar a esta amargura personal, nos topamos con Enrique Krauze, el ensayista mexicano que ha sacudido también las entrañas del presidente Chávez con el libro El poder y el delirio.
“Una vida”, varias vidas: la fascinación por el poder
“Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel también”, escribe Enrique Krauze en reciente artículo que revisa las páginas de Martin, donde García Márquez coloca a su abuelo como figura principal, emblema del poder que impulsaría al novelista a no despegarse de Castro. Más adelante Krauze escribe:
“En el coronel Márquez “está la semilla de sus fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor”.
Cuando nombra la palabra diccionario, el mexicano se refiere a un fragmento aparecido en Vivir para contarla, las memorias que han pasado por debajo de un puente de aguas mansas:
“Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. El niño preguntó:
“¿Cuántas palabras tiene?”.
“Todas, respondió el abuelo”.
Enrique Krauze afincado en el libro de Martín precisó:
“Si García Márquez se acerca al déspota no es para expresar o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir comprensión por un pobre diablo, viejo y solitario”. Sobran imágenes.
Y para cerrar esta “vida”, describe una costumbre que ya es tragedia:
“El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad”. Sobran imágenes, palabras y hechos.
Prevalido de esa realidad, el ensayista mexicano clava la puntilla:
“De macondo a La Habana, un milagro del realismo mágico”.
De este modo, llegamos a la conclusión de que ese tal realismo de la magia no es más que un acto de reverencia ante el poder. Verdades y mentiras de una cultura que se deshace en las manos de quien detenta la gloria de haber sido puesto en ese lugar por los abusos de una ficción que es absolutamente real.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Heredarás los vientos
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Heredarás los vientos
Guzmán Blanco no quiso correr riesgo alguno. En 1874 había hecho cambiar la Constitución para que el período presidencial durara sólo dos años, tras los cuales él pensaba retornar a la silla. Su plan era muy sencillo. Ido él, dejaría en la silla presidencial a alguien que no le hiciese sombra y estuviera dispuesto a devolvérsela cuando él se hiciera nombrar presidente de nuevo. Él llegó al poder en 27 de abril de 1870 por la vía de las armas, se hizo elegir por una “asamblea de plenipotenciarios” el 22 de julio de ese mismo año, y el 27 de abril del 73, cuando ya llevaba tres en la silla, se hizo elegir mediante sufragio “universal” de varones, en donde, tal como en los tiempos de Páez y de Soublette y de los Monagas, los varones que votaban eran amigos del gobierno o se llevaban un buen planazo, cuando no un tiro. Entre abril del 73 y febrero del 77 (que fue cuando se completó el llamado Septenio), Guzmán colocó en posición de ensayo, es decir, sentó en la silla como encargados, a Francisco Linares Alcántara, Jacinto Gutiérrez, Diego Bautista Urbaneja, hijo, Manuel Gil y Joaquín Crespo. Entre ellos estaba el sucesor. Es muy posible que el favorito fuese Urbaneja, primo de Ana Teresa Ibarra, la esposa de Guzmán Blanco. Pero el tercer matrimonio de ese posible favorito se interpuso en el camino. Manuel Alfredo Rodríguez, en El Capitolio de Caracas, un Siglo de Historia de Venezuela (Ediciones del Congreso de la República, Caracas, Venezuela, 1974) nos cuenta que “Hubo un momento en que la guerra estuvo a punto de tomar un matiz religioso de tipo carlista a consecuencia del conflicto inicialmente planteado entre el ‘Premier’ Diego Bautista Urbaneja h. –’el doctor’ por antonomasia del guzmancismo– y el Arzobispo de Caracas y de Venezuela Monseñor Guevara y Lira. La crisis estalló cuando el Arzobispo condicionó la celebración de un Te Deum conmemorativo de la batalla de Guama a la concesión de ‘una franca y perfecta amnistía’. Asuntos personales y de conciencia se movían, sin embargo, tras la querella de los jerarcas. El prelado se había negado a casar al Ministro con su hijastra y obligándoles a celebrar un matrimonio civil en el extranjero. En tal virtud Monseñor Guevara consideraba que Urbaneja vivía en concubinato en la ocasión del Jueves Santo de 1868 había preferido echarse al cuello la llave del Monumento antes de colocársela al entonces gobernador del Distrito Federal y representante del gobierno del Presidente Falcón en la ceremonia de la Catedral de Caracas. El pleito culminó con la deportación del prelado (28-IX-1870), la conversión de la disputa entre el Estado y la Iglesia y la iniciación de un proceso de sometimiento de la Iglesia Católica al Poder Civil, sumamente parecido al ‘Kulturkampf’ o lucha por la cultura suscitado simultáneamente por Bismarck en el novísimo Imperio Alemán.” La catedral de Caracas se convierte en epicentro de un terremoto político, por el cual llegó a temerse un cisma religioso en el país, algo nada imposible, puesto que en le intriga intervenían Guzmán, que se sentía emperador, Urbaneja Alayón, que se sentía premier y en pleno lío se casó en terceras nupcias con Margarita Sanderson Rubio, hija de Juana Margarita Rubio, que fue su segunda esposa, y de Jaime Roberto Sanderson, difunto prócer, el Obispo Guevara y Lira, de recia personalidad, etcétera. Los temores (reforzados por hechos como el de que Guzmán Blanco, a pesar de ya estar casado desde 1867, se casó civilmente con su misma esposa el 14 de febrero de 1874) tenían una base cierta, tan cierta, que, en 1876, el Congreso, bajo la presidencia de Antonio Leocadio Guzmán, aprobó la propuesta del ejecutivo de crear una Iglesia Católica Venezolana, separada de Roma, en la que los feligreses “elegirían” los obispos y tendrían otros derechos. El Vaticano optó, a la larga, por no apoyar con demasiado énfasis al Arzobispo que defendía sus intereses. Guevara y Lira, refugiado aún en la isla de Trinidad y convencido de que la razón lo asistía, debe haber sufrido una fuerte desilusión cuando fue forzado a renunciar por orden del Sumo Pontífice. De inmediato, entre Guzmán y el Delegado Apostólico, Roque Cocchia, eligieron nuevo Arzobispo, que fue el doctor José Antonio Ponte. Esa fue una de las causas fundamentales de que el barcelonés-caraqueño Urbaneja tuviese que ceder el delfinato al turmereño y orillero Francisco Linares Alcántara. No es difícil ver que la soberbia y la megalomanía de los caudillos operaba de la misma forma en la década de 1870 y en la del año 2000 de la era Cristiana. Cristiana a pesar de los “brillantes” caudillos venezolanos.
Francisco Linares Alcántara, en cuanto a su nombre, es un caso único. Nosotros, a diferencia de la mayoría de los europeos, usamos como primer apellido el del padre y como segundo el de la madre. Linares Alcántara hizo lo contrario. Él era Francisco Linares, hijo de Francisco de Paula Alcántara y de Trinidad Linares, que no estaban casados cuando él nació en Turmero el 13 de abril de 1835. Y cuando su padre lo reconoció y le exigió que usara su apellido, el mozo se lo puso de segundo. El reconocimiento había llegado tarde. A los veintiún años se hizo soldado en el bando contrario a Zamora que estaba alzado. Luego se haría liberal monaguero, para después ser federalista y finalmente guzmancista, aunque siempre alcantarista. En 1854 fue diputado al congreso por Aragua y durante el Septenio fue uno de los posibles delfines del hombre fuerte. En realidad, su suerte se decidió por causas nimias. Guzmán pensó seriamente en él como su sucesor, pero tuvo serias dudas cuando se dio cuenta de que sus enemigos se acercaban a Alcántara y Alcántara no los rechazaba. La intervención de Ana Teresa Ibarra Urbaneja de Guzmán Blanco inclinó la balanza en favor de Alcántara. Aunque también intervino el hecho de que el posible rival de Alcántara en las elecciones, Hermenegildo G. Zavarce, gobernador de Coro, tuvo que ser llevado a Macuto gravemente enfermo. La campaña fue muy agresiva y partidarios de uno y otro se mataron entre sí a granel. Al final ganó Linares Alcántara, y a Zavarce le dieron una fortuna “por sus servicios a la patria”, como para que ciertos rumores pudiesen crecer y multiplicarse.
El 2 de marzo de 1877 se juramentó Alcántara, y casi desde el comienzo de su gobierno empezó a hacerse sospechoso ante Guzmán Blanco. Alcántara manifestó en un discurso su disposición de apertura, que fue considerada por los áulicos del guzmancismo como una declaración de su voluntad de actuar por su cuenta y sin atender a los deseos del amo.
Ello se acentuó con el Decreto de la Paz, del 24 de mayo del 77, que permitía el retorno a Venezuela de todos los exiliados políticos, entre ellos monseñor Guevara y Lira, la decisión de tumbar las estatuas que de Guzmán que el propio Guzmán se hizo poner frente al antiguo convento de San Francisco y en el Calvario, y una propuesta del presidente para que se dictara una amnistía y se soltara a los presos de Guzmán. Más grave aún fue la propuesta de revisar las leyes guzmancistas contra la iglesia. No hay duda de que el corto gobierno de Linares Alcántara fue una reacción contra Guzmán y un claro intento de Linares de desplazar a Guzmán del poder y ponerse él. Linares, como para dejar claro lo que quería, se hizo llamar el “Gran Demócrata”, título que se opondría al de “Ilustre Americano”, y sus partidarios llamaban a Guzmán sacrílego, ladrón, malhechor y otras lindezas, sin que el gobierno moviera una paja para impedir tamaños desaguisados. El 9 de mayo del 77 Guzmán se fue del país como ministro plenipotenciario ante varios países europeos, cargo al que renunciaría poco después de llegar a París, desde donde, por correspondencia, empezó a organizar su retorno. Pero la reacción antiguzmancista crecía, alentada por los partidarios de Linares Alcántara, dispuestos a convertir a su jefe en nuevo amo absoluto del país, para lo cual pidieron que se regresara a la Constitución de 1864, que permitiría al presidente estar cuatro años en la silla. Cada día parecía más evidente la intención continuista de Alcántara, pero un viaje decidió otra cosa: Linares, camino de La Guaira, se sintió mal. Una fuerte infección bronquial lo obligó a guardar cama y, lejos de mejorar, murió el 30 de noviembre de 1878, a los cincuenta y tres años. En un intento por lograr el equilibrio, la Asamblea Nacional Constituyente eligió como Primer Designado, que de hecho sería Presidente, a José Gregorio Valera, medio hermano del difunto, y Segundo Designado al general Gregorio Cedeño, antiguo carpintero y comerciante, guzmancista de uña en el rabo. Pero no lo consiguieron. Cedeño, a instancias de su facción, se negó a viajar a Caracas a juramentarse y el 29 de diciembre de 1878 lanzó un manifiesto en el que proclamaba la autonomía de Carabobo y desconocía en gobierno de Caracas. Era la Revolución Reivindicadora, que buscaba poner las cosas en su lugar. No querían los reivindicadores el desorden que los alcantaristas habían propiciado, y una vez triunfantes, llamaron al general Antonio Guzmán Blanco para que viniera a poner orden. Guzmán regresó a Venezuela y fue proclamado Director Supremo. Poco después se encargó de nuevo de la Presidencia para iniciar el Quinquenio. Nombró a Cedeño Ministro de Guerra y Marina, pero Cedeño sufría de visiones y sufría delirios, por lo que renunció. Trece años después murió en Valencia, enajenado mental, mientras su jefe seguía pidiendo y consiguiendo los aplausos de la patria.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
William Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO”
por Alberto HERNÁNDEZ
Fotos: Luis “Pito” Peralta
** Maracay lo recibió en los brazos de “Los Madrigalistas de Aragua”, de esa experiencia se llevó la alegría y el permanente orgullo de haber cantado con un coro de extraordinarias voces.
Después de varias vueltas, de una espera que nublaba la vista, logramos dar con una mesa. “Aquí hay una”, dijo una muchacha uniformada. Y nos sentamos. En el cuerpo de cada uno se agitaba un silencio lento, apacible. “Yo quiero un café”.
William Alvarado sacó de un maletín un rollo de papeles. La conversación se había iniciado ya. Sorbe el café y mira hacia la calle a través de la ventana de cristal, en una suerte de presente simple que no deja de actualizarse: afuera llueve en silencio.
-Yo nací en Barquisimeto en 1954. Pero tengo referencias e imágenes de Trujillo, de un pueblecito llamado Linares y de El Tocuyo, más que todo de Cabudare donde nos asentamos en una casona, una hacienda de café. La historia es muy parecida a esas historias comunes de este país. El doctor Julio Alvarado Silva estuvo preso cuatro años en el Castillo de Puerto Cabello, cuando Gómez. Pertenecía a la guerrilla del general Gabaldón. Luego que sale de la cárcel se va a Linares y allí conoció mamá. Se casan, se vienen a Lara, donde nacemos todos. Y todo, para ellos, comenzó en 1934”.
Aquella fotografía
Una mosca se precipita sobre el tercer montón de gente que mira a través de la araña de una lámpara. Hay una luz amarilla que se pega de las paredes de la Opera de Filadelfia. La revista está sobre la mesa. La mosca –aturdida- baja y se posa sobre la palabra “voice”, muy cerca del nombre de Luciano Pavarotti. Luego, como si no le importara el Concurso Internacional de Canto, le imprime velocidad a las alas y se deja caer sobre la nariz rosada de una niñita. La espanta y desaparece. La memoria vuelve al sitio: uno se imagina la casa donde el doctor Alvarado construyó una familia. Su hijo William ingresa al Colegio la Salle de Barquisimeto, y allí comienza la escena: el 25 de mayo de 1962, a los ocho años, actúa en público.
-Sí, por allí hay una foto que mi familia conserva con rigor. Aparezco muchachito con otros dos amigos, frente a aquellos micrófonos raros, parecidos a la cabeza de una extraterrestre. Bueno, ahí comenzó la vaina. Después me vine a Valencia. Tendría doce años cuando ingresé como tamborero a un grupo de gaitas. No teníamos instrumentos, sólo voz y tambor. Te podrás imaginar. Ya estudiando en el Liceo “Pedro Gual” ingreso, luego de cumplir los catorce, por aquello del cambio de voz, al coro del liceo.
Otra mosca: ésta tiene los ojos encendidos. Se parece a las de Monterroso. Es posible que esté borracha porque revolotea irregularmente sobre el café de William. Se despide. La perdemos de vista. La voz metálica del barítono asoma inflexiones distintas. Alude a la revista de Pavarotti. La gente que está en la portada guarda silencio, mientras la lámpara se balancea, como si fuese a caer sobre la orquesta.
-En el liceo me oyó el profesor Federico Núñez Corona, quien me invitó a cantar en el Orfeón del Ateneo de Valencia. El profesor Núñez dirigía en el liceo y también el orfeón. Luego, en una presentación en Maracay, invitado por el Coro de Ceproaragua, dirigido también por Núñez, comienzo a vincularme con esa ciudad. Ese coro primero lo dirigió Rafael Suárez. Ya yo conocía a Roberto Marín, porque Roberto cantaba en Valencia. En el año 1971 asisto al Concierto del III Aniversario de Los Madrigalistas y me quedé asombrado por su calidad, la belleza de esa agrupación. Recuerdo que ese concierto se realizó en el Teatro de la Ópera cuando éste era una ruina, totalmente abandonado. Parecía un edificio del ghetto de Varsovia. Me di cuenta de que ese coro tenía las voces más acomodadas, colocadas en el exacto lugar. Y en 1963, por insistencias de amigos, ingresé a Los Madrigalistas. Allí conocí a Isidro Moreno, Sergio García, Abner Silva, Norma Herrera, Sara Peralta y toda esa gente que eternamente ha estado en el mundo de la música.
Maracay y los viajes
En 1973, William Alvarado, siendo alumno del Liceo “Martín J. Sanabria” de Valencia, asiste al IV Concurso Voz Liceísta, que se celebró en Acarigua. Ganó y su compañera de liceo, Gisela Rojas, obtuvo otro galardón. La voz femenina ganadora ese año fue Miriam Williams. “Ese fue el año de los Williams”.
-Pero la primera cosa realmente peligrosa que hice fue mi participación en La Misa de Schubert con la Filarmónica Carabobo en 1973. Allí comienza un gusanito a decirme, a picarme, y mis estudios de bachillerato se resienten, aunque los continúo. En 1974, con la Coral Filarmónica de Aragua hacemos el Réquien de Mozart, bajo la batuta de Roberto Marín. Estuvo en el piano José Antonio Abreu. Las voces las hicimos Norma Herrera, Manuel Marín, Elvira Yajure y yo. Hicimos una gira por Maracaibo, Caracas y, finalmente, lo montamos en Maracay. Con Isabel Palacios, Norma y Manuel hicimos El Mesías de Häendel, con la Orquesta Juvenil en 1975. Después, con la Filarmónica fuimos a México y llevamos La Pasión según San Mateo, de Bach. Estuvo Juan Carlos Núñez, Federico Núñez y Roberto Marín. Fue un trabajo excitante. Un trabajo que nos llenó de experiencias, porque la música es eso, una experiencia cada vez que se trabaja.
William Alvarado toma aliento:
-En enero de 1976 llega al país, para dar unas clases el profesor Samuel Jones. Trabaja Carmina Burana. Me hace una audición. Le digo a Jones mis aspiraciones, y me pongo a buscar fondos para viajar a los Estados Unidos. Ese mismo año ya he reunido los churupos, 4 ó 5 mil bolívares, y me voy a ese país donde logro la audición. Regreso con una carta de aceptación y varias recomendaciones. Pero no tengo dinero para volver al Norte. Mis amigos de Valencia, Caracas y Maracay comienzan a realizar actividades para mi viaje y hacen una cena a beneficio en Valencia. Logran reunir diez mil bolívares. En el 77, entonces, viajo a la Universidad de Lousiana para estudiar inglés con la intención de irme a Wisconsin donde estaba Jones. En la primera recibo clases del profesor Víctor Klimash, con él aprendo mucho. Luego, el maestro Antonio Estévez, a través de los rumores de mis amigos, me llama para que trabaje en la Cantata Criolla y haga el Diablo. En Venezuela, en ese tiempo, participo con Juan Carlos Núñez en la película “Se solicita muchacha de buena presencia…”, y al fin, en agosto del 77 obtengo una beca de la universidad, pero sólo para la matrícula, de modo que lo demás debo costearlo yo. En diciembre de ese mismo año hacemos la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
En nota marginal William Alvarado confiesa que cuando tenía 15 años un amigo le prestó unos discos: “Me metí en el cuarto y puse uno en el pick up. Cerré la puerta, las ventanas y apagué la luz. La habitación se llenó de imágenes: caballos, jardines, confluencias de la sangre. Y no me di cuenta, sino un rato después, de que estaba llorando. Era la Sexta de Beethoven. Es extraño darse cuenta de que un hombre que tiene tanto tiempo fuera del mundo te haga llorar. Me sentí con él, sentado a mi lado. Y creo que los dos lloramos porque era una oscuridad donde no había el color y el olor de siempre. Allí había un color distinto. Desde ese día marqué mi destino: la música”.
De nuevo a viajar: parte del repertorio
-Luego, en el extranjero vivo en una cooperativa internacional de estudiantes, donde aprendo muchas cosas. En 1981 terminé la licenciatura en música, y ya para el 82 me vinculé con la Ópera de Caracas. También con la Escuela Federico Villena, aquí en Maracay. A través de la Fundación Neumann y del señor Valentine pude viajar a Francia en el 85, a realizar trabajos con el profesor Schuyler Hamilton.
Distintos escenarios nacionales e internacionales han tenido como protagonista a este artista venezolano, donde Mozart, Donizetti, Häendel, Haydn, Stravinsky, Bach, Menotti, Rossini, Milhaud, Bellini, Estévez, Beethoven, Ricci, Orff, Brahms y Puccini, entre otros, han sido algunos de los autores interpretados por William Alvarado. Y lo ha hecho con los distintos grupos que se han mencionado, también como solista.
Y la historia continúa.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
En la Feria del Libro del Colegio Santiago de León de Caracas
por Eduardo CASANOVAEl viernes 27, de 10 AM a 4 PM, estaré en la Feria del Libro del Colegio Santiago de León de Caracas (Calle San Carlos, La Floresta) firmando ejemplares del libro “RAFAEL VEGAS", de la Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional.

Mancho Roo
por Eduardo CASANOVAHerman Roo Gómez, “Mancho” Roo, acaba de irse hacia esas regiones que a todos nos gustaría saber cómo son, pero no podemos. Nadie regresa a contarnos cómo son. Muchas veces he tratado de imaginar cómo son y no logro pasar de especulaciones que, diez minutos después, me parecen absurdas. Ya Mancho debe saber cómo son. Ya debe haberlas comprendido. Su inteligencia, simplemente extraordinaria, de una sola mirada las descifró. Se encontró con el Viti Méndez (o Vitis, que era el apodo oficial de Alberto Méndez Arocha, aunque creo que nadie pronunciaba esa “ese” final) otro ser de inteligencia especial, que se fue también hace poco, y deben estar intercambiado ideas y experiencias. Ambos fueron ingenieros y ambos se especializaron en lo eléctrico. Y ambos fueron humanistas, interesados en todo lo que convierte al ser humano en un ser muy especial. A Mancho lo conocí hace por lo menos cincuenta y cinco años, en una Caracas que, como diría Jorge Manrique, “fue mejor”. Su gusto por la buena música, la buena literatura y la vida plena nos hizo amigos, a pesar de que nos separaban cuatro años de vida en una etapa en la que cuatro años de vida parecen un abismo insalvable. Era Mancho el amigo más cercano de Carlos Armando Figueredo, que no mucho después se convirtió en mi cuñado, además de mi amigo. Fue también compañero de estudios de Pablo Casanova, mi primo, otro ingeniero de inteligencia nada común y también aficionado a la buena música, la buena literatura y la vida plena. En 1984, cuando Ignacio Iribarren Borges me designó Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) y me permitió escoger a los miembros de la directiva, uno de los primeros que llamé fue a Mancho y, para mi fortuna, aceptó. Muchos fueron sus aportes, no sólo como directivo del Celarg, sino como miembro de la Directiva de la Fundación Celarg, que junto con Isaac J. Pardo (a quien llamaba “tío Saco”) y otros valiosísimos intelectuales de nuestro tiempo, integró para poner en marcha aquella iniciativa que había recibido, entre otras, la responsabilidad de inaugurar la Casa de Rómulo Gallegos. Allí verifiqué que la inteligencia, bien usada, es una bendición. Hoy lamento hasta las lágrimas la ausencia definitiva de un amigo, de un buen amigo, aunque supongo que ya debe haber descubierto la más importante de todas las verdades, y eso debe tenerlo feliz.
El Gran Arquitecto del Universo
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Gran Arquitecto del Universo
Antonio Guzmán Blanco es uno de los dos o tres personajes más interesantes de la pequeña historia que empezó a funcionar a partir de la Independencia. Un auténtico caudillo tropical, con manía de constructor, muy parecido a otros caudillos y jefecitos de Hispanoamérica. Pero también un excelente administrador y hombre de visión como pocos. Con él desaparece definitivamente de la escena el mundo de los próceres de la Independencia, que se convierte en un inmenso fresco, lejano y alto, al que se apela no por méritos propios, sino para tratar de hacerlos.
Era un hombre excepcionalmente inteligente, y fue el primer caudillo civil de Venezuela, aunque usara el título de general. Debió afrontar, en una época en la que todavía las cuestiones de abolengo se tomaban muy en cuenta, un pasado lleno de lunares. Su abuelo, Antonio de Mata Guzmán, oficial español, liberal, nacido en Jaén (España) en 1769, llegó al país en 1799 con el gobernador y capitán general Manuel Guevara y Vasconcelos cuando empezaba ya a descomponerse definitivamente el poder español en Venezuela. En 1810, con el grado de capitán, sirvió a las órdenes de la Junta establecida el 19 de abril, pero en octubre participó en la conspiración de los españoles acaudillada por Francisco, Manuel y José González de Linares, con quienes compartió la prisión. Tras las rejas legitimó a sus dos hijos, Antonio Leocadio y Juana, al casarse con la madre de ellos, Agueda García, a quien apodaban, según contaban mucho tiempo después los disminuidos mantuanos, la Tiñosa. En 1812, encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, el capitán estuvo entre los que encabezaron una nueva sublevación contra la República, y específicamente contra el entonces coronel Simón Bolívar. Quedó como segundo comandante de la plaza y de allí en adelante se dedicó a combatir a los republicanos con las armas. En 1815 fue ascendido a teniente-coronel. En 1816 fue el encargado de trasladar a Caracas a la heroína Luisa Cáceres de Arismendi cuando la internaron en el convento que el nieto haría demoler años más tarde. En 1821 fue designado Teniente de Rey en la gobernación y capitanía general de Venezuela, es decir, segundo en autoridad de los españoles, y como tal debió defender a Caracas contra las fuerzas de Bermúdez. Luego de Carabobo, se fue a vivir a Puerto Rico con su segunda esposa y los tres hijos que con ella tuvo. En Santa Cruz de Bayamón, en la isla que todavía conservaban los españoles, murió en 1828. En noviembre de 1801, en un tiempo que se complicaba cada vez más, había nacido su hijo Antonio Leocadio, el niño, destinado a figurar en la mínima y complicada historia de Venezuela como un hombre que no pudo llegar a las alturas. A los 11 años fue enviado a España para que no padeciera los rigores de la guerra que ya se apoderaban de Venezuela. Recibió educación de preceptores abiertamente liberales y regresó a Caracas un par de años después de la batalla de Carabobo (y de la partida de su padre). Tenía apenas veintidós años cuando se dedicó a la política. Llevaba en el alma una fuerte carga de natural resentimiento. No podía exhibir algo parecido a abolengo ni nada parecido a gloria militar, pero sí una inteligencia excepcional acompañada por una clara falta de escrúpulos. Peligrosa combinación, sin duda. Enfrentó el militarismo que dominaba al país después de tantos años de guerra y fue encarcelado por Páez en 1824. Sus críticas al neogranadino Santander, Vicepresidente de la Gran Colombia, lo hicieron muy popular en Venezuela y le ganaron el aprecio de Páez, quien lo envió en misión ante Bolívar, que estaba en Perú. Allí se ganó también la confianza y la amistad de Bolívar, lo cual no obstó para que se contara entre los conspiradores de La Cosiata. Ocupó altos cargos en los gobiernos venezolanos hasta que estalló, en 1835, la Revolución de las Reformas, ante la cual su actitud fue tan ambigua que el Presidente Vargas lo alejó del poder. Volvería a un cargo público llamado por Páez en 1839, pero no por mucho tiempo: a los nueve meses fue destituido. Fundó entonces la Sociedad Liberal de Caracas y dirigió el periódico El Venezolano, órgano de los liberales. Desde allí, con las armas de la demagogia y una gran habilidad para crear apodos, lemas y formas variadas de agresión por la palabra, arremetió contra Páez y los conservadores, y en buena parte sus escritos constituyeron la base del Partido Liberal, la primera agrupación de masas que conoció el país fuera del Ejército Libertador. Fue uno de los primeros en usar el término “oligarca”, que después reivindicaría Gil Fortoul, para referirse a los gobiernos de su tiempo. A causa de unos versos de Rafael Arvelo, protagonizó un juicio incoado en su contra, por difamación, por el Director del Banco Nacional de Venezuela, Juan Pérez, que le valió a Guzmán un triunfo público al ser sacado del tribunal por una multitud que lo paseó en hombros por las calles de Caracas. En 1846 promovió su candidatura presidencial, y por su participación en un intento revolucionario, casi socialista, fue condenado a muerte, en marzo del 47. La pena de muerte fue conmutada por el nuevo Presidente, José Tadeo Monagas, por el exilio vitalicio, hasta que en enero de 1848, por la ruptura entre Monagas y Páez, fue indultado. En 1849 fue Ministro del Interior y Justicia y luego Vicepresidente de la República. En 1851 aspiró a la Presidencia, pero los Monagas lo derrotaron fácilmente y José Gregorio Monagas obtuvo el cargo por 203 votos frente a 65 de Guzmán. De 1853 a 1858 actuó como diplomático en Sudamérica y en Estados Unidos. Después apoyó el derrocamiento de los Monagas, pero volvió a sus trincheras de periodista y la emprendió contra Julián Castro, que lo expulsó a Trinidad. Desde el exterior vio la Guerra Federal (1859-63), así como el ascenso de su hijo, Antonio Guzmán Blanco, cuya carrera política ya se asomaba con fuerza en los horizontes venezolanos. En Colombia fundó otro periódico, El Colombiano, dedicado a difundir las tesis liberales y la idea de la reconstrucción de la Gran Colombia. Fue diputado por el Departamento del Cauca a la Convención de Río Negro. En 1863 volvió a Caracas; luego a Lima de nuevo como Ministro Plenipotenciario; en el 64 estaba en Caracas, incorporado al Congreso Constituyente de la Federación, que presidió. Después volverá a Perú y pasará a Inglaterra en misión oficial relacionada con la deuda pública venezolana. En 1868, luego de haberse reincorporado a Congreso y hacer otro viaje a Europa, es exilado a Curazao por el gobierno de la Revolución Azul, pero el 70 vuelve, cuando su hijo Antonio se pone en la presidencia con la Revolución de Abril. Ha llegado el turno a su heredero, que opaca la estrella de su padre aunque lo colma de honores. En 1884 Antonio Leocadio Guzmán se convirtió en uno de los primeros huéspedes del Panteón Nacional que creó su hijo en donde estuvo la Iglesia de la Trinidad. En la tierra quedaba su fruto: Antonio Guzmán Blanco, otro medio-mantuano o mantuano a medias, destinado a ocupar un lugar protagónico en nuestra historia.
El Ilustre Americano debe haber pasado una infancia agitada y desconcertante. Los saltos de su padre, el saberse nieto de un oficial que combatió contra Bolívar, sin imaginarse (el oficial realista) que con el tiempo iba a ser pariente cercano de sus descendientes, el oír los cuentos que corrían acerca de las hermanas de su abuela, las Nueve Musas, cuentos que alentaban los enemigos de Bolívar y del liberalismo y que se repetían en las iglesias y en los salones por igual; ser el hijo de una mantuana de ilustre linaje que, un tanto preñada, se casó con un político apasionado que más de una vez había cambiado de bando, y a quien sin piedad y con la fuerza de su pluma atacaban hombres como Juan Vicente González, sin escatimarle epítetos, debe haber sido una escuela nada fácil, pero que a la vez puede haberle sido más útil para lo que fue después su carrera, que la de don Feliciano Montenegro y Colón, en la que inició sus estudios. En 1848, cuando no había cumplido todavía los veinte años (nació el 20 de febrero de 1829), ingresó al servicio exterior venezolano, como Jefe de Sección. Paralelamente estudiaba derecho (en 1856 recibió el título de Licenciado y al año siguiente el de Abogado). Era a la vez masón y miembro de la Sociedad de María. Relacionado con todo el mundo político de su tiempo. Quiso casarse con Luisa Teresa Giuseppi, nieta del general José Tadeo Monagas, pero no pudo vencer la barrera de la oposición de todos los Monagas, que no querían en la familia a un nieto de La Tiñosa. Salió de Venezuela, no precisamente al exilio sino como Cónsul de Venezuela en Filadelfia, de donde pasó a Nueva York. Luego será Secretario de la Legación de Venezuela en los Estados Unidos de América. En 1858, al caer los Monagas, regresa a Venezuela. Su padre es exilado junto con otros liberales por el nuevo gobernante, el general Julián Castro, y él mismo es acusado de participar en La Galipanada, el movimiento liberal que debía producirse el 16 de agosto de 1858 para traer al país al general Juan Crisóstomo Falcón y que fue vencido en el Cerro del Ávila, cerca de Galipán, por su pariente, Carlos Soublette. A pesar de que fue absuelto en el juicio, el gobierno decidió expulsarlo del país, y de poco valieron sus protestas y que se escondiera: fue capturado y expatriado, con lo cual se inició su carrera hacia la Presidencia de la República. Se unió a los revolucionarios de Zamora y Falcón, en las Antillas. No participó en la primera invasión, pero fue enviado a Caracas a mantener conversaciones sobre la amnistía propuesta por Julián Castro. El 24 de julio de 1859 Guzmán Blanco acompañaba a Falcón en su desembarco por Palma Sola, cerca de Morón y Puerto Cabello. El Licenciado Antonio Guzmán Blanco actuaba como Auditor General del Ejército. Poco después era teniente-coronel y hasta participaba en acciones bélicas. Como coronel actuó en la Batalla de Santa Inés, la única victoria importante de los federalistas en una guerra sin batallas, y el 10 de enero de 1860 se encontraba a pocos pasos del general Ezequiel Zamora en el momento de su muerte, cerca de la torre de la iglesia de San Carlos, en Cojedes. Luego de la derrota de Coplé (segunda y última batalla de la Guerra Larga, el 17 de febrero del 60), huyó junto con Falcón hacia Bogotá. De allí se dirigieron a Cartagena y desde ahí se embarcaron a la isla de Saint Thomas. En julio de 1861 el coronel Antonio Guzmán Blanco, Secretario General de la Expedición Militar, desembarcó cerca de Coro. Empezaban tiempos mejores. Ya convertido en general, acompañó a Falcón al Campo de Carabobo a la conferencia de paz propuesta por el general Páez, que había asumido la dictadura en Caracas. Allí conferenció activamente con Pedro José Rojas, Secretario General del Gobierno de Caracas, sin que se obtuviera ningún resultado. En 1862 ya el general Guzmán Blanco era definitivamente caudillo federalista y uno de los principales consejeros políticos de Falcón. El 20 de septiembre de 1862, desde Guatire, anunció que asumía la dirección general de la guerra en los estados Carabobo, Guárico, Aragua y Caracas, y a la acción militar sumó la de persuasión, cuando escribió a numerosas personalidades de Caracas, como Fermín Toro, sugiriéndoles que contribuyeran con su prestigio para derrocar al dictador José Antonio Páez. Después de varias acciones en las que se acercaba a la capital, y cuando dispuso sus tropas para tomarla por asalto, recibió un mensaje que lo llevó a la Hacienda Coche, entre El Valle y San Antonio de los Altos, a sostener conversaciones de paz con Pedro José Rojas. El 24 de abril de 1863 firmó el “Tratado de Coche", que entraría en vigencia el 22 de mayo. Ya la cumbre estaba ante sus ojos y Caracas lo vio desfilar al frente de las tropas triunfantes. Era un hombre orgulloso, de apenas treinta y cuatro años de edad, consciente de su relación con Bolívar y con los más encumbrados mantuanos criollos, pero también de que su padre fue hijo natural de un oficial enemigo de la Independencia y de una mujer que las mantuanas no habrían recibido a gusto en sus salones. Poco después fue proclamado por la Asamblea, reunida en La Victoria, Vicepresidente de Venezuela, casi que con derecho a sucesión, como los prelados que pronto enfrentaría. El 25 de julio del 63 fue designado Ministro de Relaciones Exteriores y viajó a Europa a contratar un empréstito, por el cual, por cierto, cobró una comisión en efectivo nada desdeñable, que declaró abiertamente como lícita. En noviembre, de nuevo en Caracas, presidió la Asamblea Nacional Constituyente, ante la cual renunció a su cargo de Vicepresidente. En febrero del 64 fue designado por el Presidente Falcón Ministro Plenipotenciario ante las cortes de Madrid, París y Londres, pero no era un exilio dorado, sino parte de su camino a la cumbre. Conoció entonces al Emperador Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia, y un mundo que le fascinó y lo hizo imaginarse el Gran Arquitecto del Universo. El 3 de noviembre estaba de regreso en Caracas, con sus sueños y sus contradicciones. Bonaparte, al fin y al cabo, era un corso de no muy noble origen y llegó a ser Emperador de Francia y a emparentarse con los reyes de antiquísimas casas, cuyos ascendientes alguna vez fueron también guerreros de ignotos antepasados. Y el sobrino de Napoleón era también Emperador. Caracas podía convertirse en la Nueva París. La luz de nuestra América. Y de repente, Falcón lo encargó de la Presidencia. Era la voz del destino que resonaba de nuevo en sus oídos. Conoció entonces a Ana Teresa Ibarra Urbaneja, hija del general Andrés Ibarra Toro, edecán del Libertador, y de Anastasia Urbaneja Barbas, hija del prócer Diego Bautista Urbaneja. Al casarse con ella será pariente cercano de los Toro y de los Sucre y muchísimas de las familias mantuanas de Venezuela. En marzo del 65, cuando Juan Crisóstomo Falcón fue nombrado Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela, Antonio Guzmán Blanco se convirtió en Primer Designado, cargo equivalente al de los antiguos Vicepresidentes, y que sustituía al Presidente durante sus ausencias, que en el caso de Falcón serían notables. A partir de 1866 es también Comandante en Jefe del Ejército. La mesa está lista. Viajará de nuevo, polemizará, se hará notar, y el 13 de junio de 1867, en la Catedral, se celebraría su matrimonio con Ana Teresa Ibarra, boda que bendijo el Arzobispo de Caracas, Monseñor Silvestre Guevara y Lira, a quien el novio de ese día se enfrentará violentamente poco después. A fines del 67 Guzmán se empieza a distanciar abiertamente de Falcón, al oponerse a que sea reelecto. Sin embargo, Falcón lo nombra de nuevo Ministro Plenipotenciario en Europa. Recorre entonces, casi como Miranda, media Europa, y aprovecha para depositar parte de su inmensa fortuna en bancos del viejo mundo. En Venezuela triunfa la Revolución Azul y Falcón pasa al exilio. José Tadeo Monagas ejerce la Presidencia. Guzmán Blanco regresa al país en septiembre del 68, y junto con su padre organiza una Unión Liberal y funda un periódico con el mismo nombre para preparar su retorno al poder. El 14 de agosto del 69 los Azules atacan con piedras y palos, y otros proyectiles bastante más fétidos, la casa de Guzmán, que ha organizado una fiesta. La violencia domina la noche y Guzmán Blanco, indignado, se asila en la Legación de Estados Unidos (su padre en la de Brasil). De allí, a Curazao, como a empezar de nuevo. El 14 de febrero desembarca en Curamichate (estado Falcón) e inicia una campaña que termina con su triunfo en Caracas el 27 de abril de 1870. Desde entonces hasta 1888 dominará, con uno que otro altibajo, la escena política del país. Primero será el Septenio (1870-1877), después el Quinquenio (1879-1884) y por último el Bienio (1886-1888), que en realidad duró poco menos de un año. Caracas no será, a partir de entonces, la misma. Murió en París el 28 de julio de 1899. Tenía setenta años, y la muerte le economizó el saber que su ciudad, lejos de convertirse en el París de América y la capital de la inmensa república soñada por Bolívar, caería en manos de un personaje a quien él, como buen político, conocedor (y manipulador) de hombres que era, jamás habría dejado ascender del cargo de gobernador de la Sección Táchira del Gran Estado de los Andes: Cipriano Castro.
Guzmán Blanco presidió uno de los períodos de bonanza del país, y gracias a eso y a su capacidad pudo transformar la capital. Fue, como casi todos los dictadores latinoamericanos un gran constructor. Hizo ferrocarriles, avenidas, paseos, caminos y hasta dos famosos monumentos que se dedicó a sí mismo: El Saludante y el Manganzón, erigidos en dos de los más divertidos actos de inmodestia y arrogancia que haya conocido Venezuela. Según don Bartolomé López de Ceballos, el “bautizo” de las dos estatuas se debió al ingenio de una dama caraqueña, doña Dolores Soublette, viuda de Hernáiz (Ana Mercedes Pérez, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Un decreto del Congreso, del 3 de abril de 1873, ordenó que se erigiera la estatua en lo que se llamaría, naturalmente, la Plaza Guzmán Blanco, frente al antiguo Convento de San Francisco. Fue entonces, también, cuando el mal gusto acabó con la fachada colonial del Convento, logro perpetrado por el arquitecto del régimen, Juan Hurtado Manrique (Ver: Gasparini, Graziano, en: Gasparini, Graziano y Juan Pedro Posani, Caracas a través de su Arquitectura, Fundación Fina Gómez, Caracas, Venezuela, 1969). Para Uslar Pietri “Hasta los Monagas, la pobreza del país lo salva de las tentaciones del mal gusto. Con Guzmán Blanco las cosas empiezan a cambiar. Guzmán conoce una de las Europas de peor gusto. La de la Inglaterra victoriana y de la Francia del Segundo Imperio. De allí trae la inclinación a las imitaciones pomposas. Del falso gótico, el falso pompeyano y el falso corintio. En un país de ladrillo y tapia, quiere disfrazar el ladrillo con yeso. De allí la fachada de la Universidad con su fraudulento gótico de confitería y la no menos objetable del Capitolio con su cariátides de yeso y sus capiteles de hojalata” (“El mal gusto en Caracas”, en: Crónica de Caracas, Nº 11, Julio-Septiembre de 1952, Caracas, Venezuela). La cursilería militar de Pérez Jiménez sería la guinda de esa torta.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo










ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.


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