Categoría: Novela
Leon Tolstoi
por Eduardo CASANOVA
“Guerra y Paz” fue la primera novela larga que leí en mi vida. Acababa de cumplir catorce años y estudiaba tercer año de bachillerato cuando compré aquel tomo grueso, empastado en tela verde, en la Librería del Este, en el hoy demolido Edificio Galipán. Todavía lo conservo. Volví a leerlo recién casado, en un mínimo apartamento que alquilamos Natalia y yo, en El Hatillo, cuando aún no tenían en ese bucólico pueblecito teléfonos de red, sino una central telefónica en una casa, desde donde comunicaban con los teléfonos de manigueta (el de la casa en donde vivíamos era el 12). Después cometí el error de ver la película, y así perdí los rostros y las voces que les había puesto en mi imaginación a los personajes. Cuando empecé a escribir novelas, “Guerra y Paz” era el modelo, y la Guerra de Independencia la ubicación. Afortunadamente no publiqué nada de aquello, que habría estado un tanto atrasado en el tiempo. Todavía en Caracas leí “La Sonata Kreutzer”, con la Sonata de Beethoven, obsesivamente repitiéndose una y otra vez, hasta que se dañó el disco. En Buenos Aires, en 1965, leí “Ana Karénina”, y ahí sí me negué a ver película alguna. También en Buenos Aires empecé a escribir una novela monumental a lo Tolstoi, que a la larga se convirtió en una cantera personal de escenas que ubiqué en otras, como “Hacia la noche”, “Las alegres campanas de la muerte”, “La noche de Abel” y “La última muerte de Simón el triste”, en las que ni el más sagaz de los investigadores y críticos ha notado la influencia del gran novelista ruso, que nació en Yásnaya Poliana, en Tula, en agosto de 1828, en el seno de una familia noble. Liev Nicolaievich Tolstoi era descendiente directo de los grandes príncipes Volkonski por parte de madre. Su padre era el Conde Tolstoi, título que heredó él mismo cuando el padre murió diez años después de su nacimiento (su madre había muerto cuando él tenía apenas dos años). Con sus hermanos se fue a vivir a Kazán, a la casa de un tío, perteneciente también a la más rancia nobleza rusa. Viviría también en Moscú y viajaría por buena parte de Rusia. Luego de una experiencia militar, empezó a escribir. En 1863 publicó “Los cosacos”, obra eminentemente realista. Después vendría la más importante y conocida de todas, “Guerra y Paz”, un inmenso mural en el que aparecen centenares de personajes cuyas vidas se alteran por la invasión a Rusia de Napoleón Bonaparte. Luego salió a la luz su “Ana Karénina”, que lo ratificaría definitivamente como un gran novelista. La obra se basó en un hecho verdadero de su tiempo, y en ella se puso a sí mismo como personaje, como un terrateniente con ideas avanzadas que intentaba mejorar las vidas de sus siervos. “Confesión”, “La muerte de Iván Ilich” y “La Sonata Kreutzer” completaron la lista de sus grandes obras. La última refleja su frustración conyugal, que se manifestó sobre todo por la oposición de su esposa a sus ideas libertarias y a que entregara sus tierras a los campesinos. En realidad, fue un anarquista militante que quiso renunciar a sus privilegios. Vegetariano, pacifista y profundamente cristiano, fue excomulgado por las críticas que hizo a la iglesia ortodoxa en su obra “Resurrección”. Murió en 1910, mientras huía, a pie, de su gran latifundio de Yásnaya, donde había vivido como un simple campesino en aplicación de sus ideas de cristianismo primitivo. Había tenido intercambios espistolares importantísimos con varios personajes de su tiempo, entre ellos con Gandhi, en quien tuvo una notable influencia.
Thomas Mann
por Eduardo CASANOVA
Cuando tenía quince años, y a pesar de que varias personas me advirtieron que “La montaña mágica” de Thomas Mann era de muy difícil lectura, decidí entrar de lleno en sus páginas, y lo logré con sorprendente facilidad. Me sentí encantado con los personajes, el ambiente, los diálogos, las discusiones filosóficas y, allá como un telón de fondo que se acerca y se aleja, la Guerra Europea. Muchos años después, en agosto de 1967, cuando por una auténtica gripe viral el médico me ordenó quince días de reposo, justo cuando acababa de llegar a Buenos Aires Frank Iturbe, que podía hacerse cargo del Consulado de Venezuela durante mi ausencia, aproveché para hacer una segunda lectura que me gustó aún más que la primera. Y la leí por tercera vez en Beijing, en China, en el invierno de 1991, para llenar las larguísimas noches en una ciudad en la que no podía leer televisión ni ir al cine o al teatro ni hacer otra cosa de noche que leer o dormir. La trama de la novela es sencilla: narra la visita de Hans Castorp a su primo, recluido en un sanatorio antituberculoso en las montañas suizas, que debía ser de tres semanas pero se convirtió casi en una vida, pues Castorp, a causa de unas fiebres, termina internado. Y allí emprende magníficas discusiones en las que trata temas como la política de su tiempo, la medicina, el pensamiento, etcétera. Hacia el final se queda solo porque el primo, a pesar de su enfermedad, decide abandonar el lugar para incorporarse a la Gran Guerra, en donde seguramente, o por una bala o por la acción de los bacilos de Koch, encontrará la muerte. En realidad se trata de un inmenso paseo por la civilización europea de su tiempo, realizado con la auténtica maestría de uno de los más grandes novelistas de la historia. Otras de sus obras, como “Los Buddenbrook”, “Muerte en Venecia” y “Doctor Faustus”, las leí en distintos sitios. En 1968, en el otoño, fui especialmente a conocer Lübeck, la pequeña y bellísima ciudad en donde nació Mann en junio de 1875, y me encontré con la sorpresa de que nadie sabía nada sobre el gran novelista. Descubrí la auténtica casa de los Buddenbrook, que era la sede de un banco y sobre la puerta principal tenía una gran placa en donde se decía que era una casa del renacimiento y que allí vivieron a lo largo de muchos años varias familias, entre las que citaban a los Buddenbrook y muy de paso a los Mann. Siete años después, también en otoño, vi que habían puesto una placa especial en la misma casa en homenaje a Mann, y que frente a donde estuvo su casa natal (destruida por los bombardeos americanos) también había un monumento de mármol indicando que allí había nacido el escritor. Eso fue por su centenario, y muy afortunado. Mann, que pertenecía a una familia importante, se fue de Lübeck todavía niño, a München en donde estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Muy joven publicó varios trabajos en “Simplissimus”. Su primera novela fue “Los Buddenbrook”, que trata sobre la decadencia de la familia burguesa en cuya casa vivió parte de su infancia. Luego vendrían “Tristán”, “Muerte en Venecia”. Durante la Primera Guerra Mundial, inicialmente defendió las ideas de los nacionalistas, pero pronto se hizo ferviente defensor de la democracia, por lo que escribió y publicó “La montaña mágica”. En 1933, a raíz de la llegada de los nazis al poder, se exiló en Suiza, hasta 1938, cuando se trasladó a los Estados Unidos, en donde vivió hasta su muerte, que fue en agosto de 1955, justo en los días en los que yo leía su obra monumental por vez primera. Su “Doctor Faustus”, que trata de un músico que le vende su alma al diablo, explica los porqués de que Alemania cayera en manos de los bárbaros nazis. En 1929 recibió el Premio Nobél de Literatura.
Leer a Proust
por Roberto J. LOVERA DE SOLA(Apostilla para Eduardo Casanova)

En verdad a mi, mi querido Eduardo, también me pasó igual a ti. Leer La búsqueda del tiempo perdido fue para mi ocupación de mucho tiempo, llena de dificultades, tantas como es densa y a veces árida esta novela impar. Mis primeros intentos por leerla, porque era para mi imposible pasármela como estudiante de Letras en mi primer intento, como estudioso de la literatura y como crítico literario sin leer La búsqueda… la obra esencial de uno de los cuatro grandes escritores del siglo XX. Los otros son Franz Kafka, James Joyce y William Faulkner. Y muy posiblemente, como el quinto, Thomas Mann por La montaña mágica y La muerte en Venecia. Siguiendo la enumeración creemos que las obras a leer de cada uno son La metamorfosis, El castillo y El proceso en el caso del checo; el Ulises del dublinés y Absalón, Absalón del sureño norteamericao, sólo que en su caso es siempre difícil escoger un solo libro porque Santuario, Mientras agonizo y El sonido y la furia son ejemplares y porque todo el conjunto de su hacer es todo un universo, un mundo, como aquel condado imaginario por él inventado en donde transcurren sus ficciones. Pero Proust los encabeza a todos.
Como fue tu caso mi primer intento de lectura de la novela de Proust resultó frustrado por las dificultades ante las que me encontré, fue hecho en 1970, me recuerdo sentado en la sala de actos de la Asociación Venezolana de Escritores, en donde trabajaba, batallando cada mañana un rato con el primer tomo. Pero en aquel momento leer La búsqueda… no pudo ser posible como tampoco logró serlo en cada uno de los intentos hechos a través del tiempo. Lo yermo de La búsqueda… me detenía, pese a tener al lado devoradores de libros como mi amiga la escritora Lidia Rebrij que había leído La búsqueda… con fruición pese a confesarme siempre que la dificultades estaban en la sequedad de los muy largos pasajes de la novela. Podía sucederle al lector, como a mi me pasó, leer doscientas páginas seguidas y encontrar que los personajes seguían aun conversando en el mismo rincón de la sala en donde estaban al comienzo de esa parte del volumen que teníamos en nuestras manos.
Pero tenía que leer La búsqueda… integra. Hice varios intentos y no lograba finalizar el primer tomo. Vi una película francesa, por cierto muy mala, sobre los amores Swam, para tratar de estimularme y no logré nada. A la salida del cine me encontré con otra amiga, fascinada siempre por Proust, la poeta Yolanda Pantin. Fue entonces, cuando ya pasaba el año 2000 cuando tracé la estrategia que me llevó a la lectura completa de La búsqueda… Esta es la confidencia que te hago en esta cuartilla. Quizá sirva para alentar y estimular a futuros lectores de los siete tomos que tiene este libro sin igual.
Fue así como en 2002 decidí una estrategia: leería cada año un tomo hasta lograr terminar todo el ciclo, los leería sin preocuparme cuanto tiempo me llevaría hacerlo. De hecho costó varios años. Pero además todo formaba parte de un plan: cada día leería durante una hora, con un reloj enfrente de mi sillón de lectura, ello me permitiría, y así fue, poder enfrentarme a las dificultades. De hecho la estrategia de leer una hora cada día ciertos libros muy difíciles ya la había puesto en práctica antes. Fue ella la que me permitió leer libros tercos de entregarse a los lectores. Lo había hecho antes con Paradiso de José Lezama Lima, que tenía décadas tratando de entrarle, incluso con el Fausto de Goethe o el Ulises de Joyce para el cual conté con las magníficas traducciones del español José María Valverde, cuyas versiones son siempre impecables, tanto como aquellas que de las lenguas latinas que ha hecho el también español Angel Crespo al verter a Petrarca, a Pessoa y a ese milagro de la lengua que es el Gran Serton: veredas del brazileño Joao Guiamraes Rosa.
Así lo hice con Proust a partir del 12 de febrero de 2002, le fecha está escrita sobre el volumen utilizado. A ello me ayudó en parte la nueva traducción de la obra de Proust, A la búsqueda del tiempo perdido, del erudito proustiano hispano Mauro Armiño. En el primer están Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, fue hecha traduciendo de nuevo La búsqueda… pero no desde la ediciones de Gallimard como siempre se había realizado sino desde los originales manuscritos de Proust los cuales por suerte había adquirido la Biblioteca Nacional de París. Además la traducción de Armiño es una edición anotada cuidadosamente y tiene diversos añadidos, en el tomo primero, el único que hemos logrado encontrar en Caracas, que ayudan a la mejor comprensión de La búsqueda… Para el resto de los tomos utilicé la edición de Alianza Editorial (1966-1969), cuatro de cuyos volúmenes, del cuatro a siete, fueron vertidos al castellano por la impecable Consuelo Berges, gran conocedora y traductora de las eminencias de las letras galas como Stendhal. Así fue que lo pude hacer.
Así durante tres años, con calma, pausadamente, sin apuros, pude leer toda La búsqueda… Llegué al tomo siete, el último, el 6 de febrero de 2005. Cuando leí la última línea de este volumen no sólo respiré hondo por el logro sino que me sentí alegre: había leído toda La búsqueda… Inmediatamente me senté en el computador y envié un e-mail a todos mis amigos y amigas contándole la hazaña cumplida, porque intelectualmente lo era. Es una forma de graduarse de lector. Así fue mi queridísimo Eduardo.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Hermann Hesse
por Eduardo CASANOVA
En rápida sucesión, y por recomendación de Arturo Uslar Pietri, leí “Peter Camezind”, ”Bajo la rueda”, “Demián”, “El lobo estepario”, “Narciso y Goldmundo” y “El juego de abalorios”, en ese orden, que fue el mismo de su publicación entre 1904 y 1943. De inmediato me di cuenta de que el autor tenía que haber tenido problemas mentales muy fuertes. Tres palabras que me impresionaron: “Sólo para locos”, podrían haber precedido no uno, sino todos los textos. Fue una lectura fuerte, muy fuerte, para un joven de dieciocho o diecinueve años, que no se sentía nada seguro, que más que por realidades se dejaba llevar por sueños y que, en busca de un camino (“sólo para locos”),pasaba las noches y buena parte de los días leyendo,había estudiado un año en la Escuela de Artes Plásticas, había recibido clases de música de Emil Friedman y José Antonio Calcaño, luego de dejar los estudios formales en 1956 para dedicarse a estudiar por su cuenta y a luchar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y, sobre todo a soñar. La vida de Hesse no era el mejor ejemplo para ese joven pero su obra sí. Hermann Hesse nació en la región de Baden-Wurtenberg, en Alemania, en julio de 1877. Por el oficio de su padre (y de su abuelo) viajó extensamente por la India, lo que tuvo no poca influencia en su temática, y también por Italia. Sufrió serios padecimientos psiquiátricos y recibió tratamientos de Jung, que es algo que se nota en toda su obra. Sus comienzos como autor no fueron ni fáciles ni exitosos, pero en 1904, con “Peter Camezind”, se hizo notar por la crítica y por el público. Diez años después, su posición ante la Guerra Mundial, su rechazo a la posición alemana, lo convirtieron en blanco de numerosos ataques y lo llevaron a establecerse definitivamente en Suiza, cuya nacionalidad adquirió. Se casó tres veces y tuvo tres hijos. En 1946 recibió el Premio Nobél de Literatura, y en 1962, a los ochenta y cinco años de edad, murió repentinamente cerca de Tesino, en Suiza.
Marcel Proust
por Eduardo CASANOVA
Uno de los novelistas que más me costó leer, al extremo de intentarlo diez o doce veces sin éxito, fue Marcel Proust. Lo intenté inmediatamente después de haber leído a Martin du Gard, y tuve la impresión de que era como el extremo contrario de una escala de valores literarios. Se me hizo pesado, fastidioso, impenetrable. Lo conseguí por fin en Buenos Aires, durante las interminables esperas de no hacer nada porque después del golpe de estado que tumbó a Illía, en junio de 1966, el Cónsul General de Venezuela, un tal Julio Luis Pagnini Sánchez, no nos permitió ni a Ernesto González ni a mí, que habíamos sido designados cónsules adjuntos, entrar al Consulado General para que no estorbáramos los muchos negocios ilegales que hacía. De julio a diciembre, ambos íbamos a la antigua Embajada, entonces clausurada, y en horas normales de oficina nos dedicábamos a reorganizar la biblioteca y los archivos, por ejemplo. Pero yo me quedaba después en espera de las clases de la Universidad, lo que me dejaba cuatro o cinco horas al día sin nada que hacer. En diciembre me quedé solo, porque a Ernesto lo destinaron a la Embajada de Venezuela en Chile, en donde hizo un excelente trabajo como Primer Secretario. Eso duró hasta marzo de 1967, cuando el Canciller Ignacio Iribarren Borges, un gran caballero en todo el sentido de la palabra, obligó al Cónsul renuente a admitirme en el Consulado, razón por la cual el Cónsul renuente picó los cabos, y tuve que encargarme de la oficina hasta enero de 1968, cuando llegó un Cónsul General en propiedad. Fue el tiempo en que me propuse, prácticamente como una tarea hercúlea, leer “En busca del tiempo perdido”, y, por fin lo logré. No puedo decir que me fascinó, pero tampoco que me disgustó. Le encontré valores muy importantes que en los intentos fallidos no había logrado descubrir, pero me siguió pareciendo pesado, como me ocurre con muchas realidades de la cultura francesa de su tiempo, especialmente la música. Pero ese es un problema exclusivamente mío, que no pretendo imponerle a nadie. Marcel Proust nació en París en julio de 1871, hijo de un epidemiólogo importantísimo y nieto de un antiguo ministro de Justicia. Burgués y hasta rico, nunca tuvo buena salud, y llegó a vivir de noche. En 1895 empezó a escribir la primera de sus novelas, que no vería publicada, pero que le dio fama de diletante elegantón. Fueron los tiempos en los que su amante era el músico venezolano Reinaldo Hahn Echenagucia, a quien ubicaría en su obra como el músico Vinteuil. “En busca del tiempo perdido” se publicó entre 1913 y 1927. Inicialmente fue rechazada por la editorial Gallimard, por lo que debió financiar él mismo su publicación. André Gide, con sólo leer los capítulos iniciales, fue el responsable de ese rechazo. Después la editorial reconsideraría, y Proust obtendría, en 1819, el Premio Goncourt. Su más famoso trabajo, que está formado por siete novelas: “Por el camino de Swann” (1913), “A la sombra de las muchachas en flor” (1919), “El mundo de Guermantes” I y II (1921–1922), “Sodoma y Gomorra I y II (1922–1923)”, “La prisionera” (póstuma, 1925), “La fugitiva” (póstuma, 1927), y “El tiempo recobrado” (póstuma 1927). En todas, en mayor o menor grado, está su vida. Publicó o dejó póstumas otras obras importantes. Murió en noviembre de 1922, dominado por sus problemas pulmonares y de distintas naturaleza.
Louis Ferdinand Céline
por Eduardo CASANOVA
La primera noticia que tuve acerca de Louis Ferdinand Céline me llegó a través de los libros de Henry Miller, que recibió de aquel médico y novelista nacido en 1894 una fuerte influencia. También leí alguna referencia de Sartre, y Arturo Uslar Pietri, que vivía en París cuando literalmente “estalló” la fama de Céline con la publicación de su “Viaje al fin de la noche”, me recomendó muy especialmente que leyera esa novela, creo que en 1957 ó 1959. Y su lectura me impresionó muchísimo. La simpleza con la que abre aquel viaje (“La cosa empezó así”) anuncia cosas muy importantes, que después se cumplen. Es una novela nihilista, autobiográfica sin narrar la vida del autor, pero escrita con verdadera maestría, en un lenguaje llano, a veces hasta vulgar, pero con un ritmo y una precisión admirables. Supe entonces que su verdadero nombre era Louis Ferdinand Destouches (“Céline” era el nombre de su madre, que adoptó como nombre literario), y que envió su novela al editor sin identificación de autor, envuelta en un papel de lavandería que permitió saber quién era él, entonces un perfecto desconocido que había sido soldado voluntario (y herido) en la I Guerra Mundial y había enfrentado el problema de negarse a dispararle a un desconocido contra quien no tenía nada, y que después de graduarse de médico había vivido en África y en Estados Unidos, tal como su personaje, que en distintas partes de la narración se encuentra con otro que es como un catalizador, o el detonante de sus aventuras. La novela fue publicada en París en 1932 y se convirtió en un verdadero acontecimiento literario, que en 1936 fue ratificado con su segunda obra, “Muerte a Crédito”, también de un terrible pesimismo. Su posición abiertamente antisemita y no democrática dio pie a que fuera acusado de colaboracionista de los nazis, por lo que después de la derrota alemana debió huir de su país y refugiarse en Alemania y Dinamarca, en donde vivió en un asilo de menesterosos. En 1950, luego de condenarlo en ausencia, el gobierno francés le otorgó un perdón que le permitió regresar a Francia en 1951, y después de publicar otras novelas (“Banda de Guignol”, “Norte”, “Rigodón”, etcétera) murió casi olvidado en 1961.

Óleo sobre táblex, por Alvaro Delgado
Saint-Exupéry
por Eduardo CASANOVA
Tendría yo dieciséis a diecisiete años cuando Mariantonia Frías, niña prodigio, pianista, amiga del alma (que por desgracia murió cinco o seis años después), me habló con enorme entusiasmo de “El Principito”, un libro de Antoine de Saint-Exupéry, un escritor francés que había muerto hacia el final de la II Guerra Mundial cuando su avión cayó en el Mediterráneo. Lo busqué ese mismo día en una librería de Sabana Grande y mi entusiasmo fue hasta mayor que el de Mariantonia. Días después ya había leído todos los libros que pude conseguir de Saint-Exupéry, y poco a poco iba descubriendo todo lo posible acerca de su vida y su obra. Por Augusto Márquez Cañizales, “Monseñor” Márquez, el padre de mi mejor amigo y esposo de Julia Brandt, prima de mi padre, descubrí que una importante empresa de perfumes franceses le puso el nombre de “Vol de Nuit” a uno de sus mejores productos en honor a la novela de Saint-Exupéry así llamada (“Vuelo de noche”, o “Vuelo Nocturno”), que ganó el Premio “Fémina” en 1931 (El Premio fue creado en 1904 por la revista “La Vie heureuse” –hoy “Fémina”-, entre otros lo han ganado Romain Rolland, Geoges Bernanos, etc.). Saint-Exupéry escribía sobre sus propias experiencias sin ser del todo autobiográfico. Su enfoque de la narración era muy parecido al de Louis Ferdinand Céline, uno de los mayores novelistas del siglo XX, con una enorme diferencia: Céline fue pro-nazi, colaboracionista y abiertamente pesimista, en tanto que Saint-Exupéry fue abiertamente pro-democrático, anti nazi y con una visión de la vida llena de belleza interior, como queda demostrado en “El Principito”, su única obra no basada en sus experiencias directas, cuyo protagonista es un niño que vive en un asteroide, con una flor, y recorre buena parte del universo. Es una obra poética y filosófica, con un importante elemento de crítica social, en especial del mundo adulto, que contrasta con la simplicidad y felicidad del niño. Sus otras obras, en general, se apoyan en sus experiencias como piloto que trabajó en América del Sur, en África y en Europa, y fue precursor de varias de las grandes experiencias mundiales en materia de aviación. El 31 de julio de 1944, luego de partir de Córcega, su avión fue derribado por el piloto alemán Horst Rippert (que así lo reconoció en una entrevista de prensa hace poco). Saint-Exupéry nació en Lyon en junio de 1900. Pertenecía a una familia noble, pero su carácter aventurero lo convirtió en piloto y a vivir una vida de aventuras. En 1931 se casó con la salvadoreña María Consuelo Suncini Sandoval. Vivió en Buenos Aires (en donde se quedó su viuda por mucho tiempo). Su obra literaria se compone de los siguientes títulos: “El Aviador” (1926), “Correo del Sur” (1929), “Vuelo nocturno” (1931), “Tierra de hombres” (1939), “Piloto de Guerra” (1942), “Carta a un rehén” (1943), “El Principito (1943)2, y “Ciudadela”, libro póstumo (1948).
La otra Isla
por Roberto J. LOVERA DE SOLA“Fue mi primera visión de lo que me parecía que debía ser la vida más privilegiada, la del escritor: una vida de curiosidad y energía sin fin e incontables entusiasmos”.
Susan Sontag: Cuestión de énfasis, ed.2007, p.285
Una bella novela es La otra isla. (2ª.ed. Caracas: Todtmann,2006. 258 p.) de Francisco Suniaga (1954), impresa por vez primera en el 2005 y de la cual se edita en estos días su quinta edición. Su autor esperó su madurez para publicar. Y los lectores le han respondido: son escasas las primeras novelas nuestras que alcanzan rápidamente varias reimpresiones sucesivas. Y este escritor lo ha logrado. Es tan bien acabado libro como lo son ahora en nuestras letras, en el mismo año de la publicación de la suya, Nocturama de Ana Teresa Torres y La enfermedad de Alberto Barrera porque si es verdad que La otra isla si bien se imprimió hacia fines de 2005 no llegó a circular y ser leída sino meses más tarde, ya en el 2006 en el cual fueron publicadas también las otras dos novelas citadas.
La otra isla es una novela que a diferencia a la mayoría de las que se escriben entre nosotros no sucede en Caracas sino en la isla de Margarita. Esto le concede, pese a los muchos dones que la alumbran, una singularidad de la cual goza el lector como ha sentido placer, nos ha pasado a miles de venezolanos, cuando nos encontramos en esa ínsula, paseamos por frente a su mar u observamos una de esas bellos atardeceres como los que se pueden ver en Pampatar. Crepúsculos tan distintos y tan hermosos, pero muy diferentes, a los de Barquisimeto. Y con personajes que el turismo trae a la isla, alemanes sobre todo, o a esos margariteños con su bello hablar coloquial, “en el alegre tropel de sus voces y sus risas” (p.9): todo esto está en esta ficción. Y mucho más.
Margarita es para el narrador de esta historia un lugar inventado por un ser sobrenatural, ”Debió tratarse de una deidad caribeña que, arrebatada por algún delirio tropical de los tiempos cuando el arte no existía, compuso un paraje hermosamente absurdo: el mar, el cielo y hasta el olor del aire, azules” (p.7). Es aquí donde está “una playa extensa salpicada de sargazos tostados por el sol” (p.7).
Pero junto a ello el fabulador quiere ver el otro lado de la ínsula: ”era un individuo que vivía prestado en una isla caribeña de clima benigno y personas amables pero, adosada a ella, había otra realidad, otra isla donde la violencia era una savia que alimentaba lo cotidiano y se movía oculta bajo la aparente docilidad de la naturaleza y bondad de la gente. La otra isla que se presagiaba en el desafuero de los amaneceres, en la luz blanca del sol atroz de los mediodías y en la luz roja del sol colérico que en las tardes se resiste a desaparecer e incendia el cielo antes de morir. La isla de la violencia, la de la lluvia que inunda, el estío que seca y reseca la tierra, el viento que postra a los árboles y las olas del mar que baten contra la costa como una fiera celosa… Esa otra isla violenta estaba allí, yuxtapuesta, y era imposible no sucumbir a sus designios. Los gallos de pelea no eran sino una concreción noble e inocente de una violencia que era como Dios, estaba en todos los rincones” (p.174-175). En esta larga y bella cita, escrita en esplendora prosa, no sólo está la razón del título y del contenido de la novela, también está claramente expresado lo que es el trópico y aquello que define al Caribe por lo cual los que habitamos en este país, en su continente o en sus islas, pertenecemos a la cultura del calor que dijo Mariano Picón Salas (Comprensión de Venezuela, ed.1976,p.36). Para ella se ha promovido, por la pluma del historiador Germán Carrera Damas, la necesidad de crear “una tropicalogía” para estudiarla (Validación del pasado, ed.1975,p.55). A todo esto lo asoma Suniaga a través de su nutrida fantasía de hombre de letras.
Hay en ella la investigación de una muerte inexplicable, los contactos con los organismos policiales que no quieren hacer otra cosa sino pasarla bien, sentir el trópico que allá es peculiar. Hay también un abogado, el protagonista, más interesado en la literatura que en la abogacía y una serie de personajes populares, propios, nuestros, entrañables, uno de ellos enamorado de una bellísima alemana que transpira sexo por todos los lados y recodos de su cuerpo sorprendente.
Pero hay aquí un breve acercamiento a nuestra realidad actual en esta fabulación, en ese mismo soleado paisaje margariteño. Por ello llamamos la atención en torno a la lectura de este bello libro el cual nos entregó a un nuevo escritor, con mucho que decir, a la literatura venezolana.
Lo que vivimos hoy, llenos de estupor y dolor, está muy bien expresado en algunos pasajes de este libro. Y también sucesos de nuestro tiempo, “Antes ser comunista y ser de izquierda era una identidad. A partir de 1956, con lo de Hungría, unos pocos, los más preclaros o menos románticos, como tú quieras, dejaron de creer en eso. Después, en 1968, dejó de ser dogma para la mayoría de nosotros y quienes para 1989 no cambiaron su visión, ya no tienen remedio. ¿Qué es ser de izquierda a comienzos del siglo XXI? ¿Cómo ser de izquierda sin estar identificado con tanto salvador fallido devenido en tirano?” (p.99-100).
El sol, la luz del Caribe y la hamaca como lugar de expansión erótica están aquí, ”La hamaca colgada… les abrió el camino de las delicias de un sexo mecido como un bote entre las olas y a posiciones amatorias de revenido erotismo, impracticables en la rigidez de una cama” (p.132-133). Y lo hacían así porque sabían que “la felicidad era un patrimonio muy frágil”(p.93).
Están en La otra isla también los modos fraternos de ser del margariteño, las preocupaciones por la alta cultura (dos amigos buscan, Benitez el protagonista uno de ellos, donde está registrado un texto de Joseph Conrad (1875-1924) que este supone está en su nouvelle El corazón de las tinieblas (1902) pero que resulta ser de Juan Rulfo (1918-1986), unas líneas de su cuento “Luvina” (p.250), de su único libro de cuentos El llano en llamas: ”Yo diría que es lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla le revuelve, pero no se la lleva nunca. Está como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón” (El llano…, ed.1999, p.121-122). Y esto está aquí porque la lectura forma parte sustancial de este volumen. Y es por ello que está también el universo onírico(donde el protagonista sueña con un párrafo en inglés que luego debe buscar afanosamente, p.27).
El episodio de la pelea de gallos, que está en La otra isla, es también sensacional.
Ese párrafo que le parece de Joseph Conrad, a Benítez por evocar para él “la pesadez, la inmovilidad, la falta de alegría, la tristeza” (p.248) es: ”Subir por ese río era como viajar de regreso a los primeros comienzos del mundo, cuando la vegetación arrollaba la tierra y los árboles enormes eran reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire caliente, denso, pesado, inerte. No había alegría en el brillo del sol. La vastedad del río se perdía, desierta, en la tristeza de las distancias ensombrecidas” (p.248). Y Benítez confía a su amigo que creyó el fragmento de Conrad, que es de Rulfo, por encontrar en ambos “ciertas imágenes parecidas” (p.248). Allí su alter ego logra descubrir el enigma que tanto les apasionó a lo largo de muchos días: ”Lo que escuchaste en tu sueño ni lo leíste en inglés ni lo escuchaste en una película inglesa, fue una traducción al inglés de un párrafo de Rulfo” (p.251).
Pero hay más: hay algo que hermana La otra isla y El corazón de las tinieblas, obra mayor si las hay entre las del siglo XX: “el vinculo del mar”, como se lee en la traducción de Sergio Pitol (El corazón…, ed. 1986, p.13). Hecho que nos lleva a comprender la vasta influencia que tuvo Conrad sobre Suniaga al componer La otra isla de la cual el gran escritor inglés, nacido en Polonia, es uno de sus ascendentes.
Cuando el amigo hace el hallazgo Benítez le dice que eso puede suceder porque “el subconsciente es como los caminos de Dios” (p.252).
El hecho de que el protagonista sea un intelectual le da un cierto calor erudito a esta invención. Sobre él se dice “Poseía el cuestionable vicio de leer y releer por segmentos las obras de sus autores favoritos y saltar de uno a otro de acuerdo con su estado de ánimo o según se tropezara los libros en la quincallería sin anaqueles que era su estudio” (p.32-33), ”Era un lector furioso, indiscriminado, leía las cosas comunes y las más extravagantes, y su curiosidad no tenía límites” (p.51), se consideraba así mismo “disperso y anárquico en mis lecturas” (p.54). Además hay que añadir que estas divagaciones eruditas y hondamente intelectuales no son muy comunes, están más bien ausentes, de la ficción venezolana, sus únicas excepciones son las novelas El lugar del escritor (1993) de Victoria de Stefano y la de Christiane Dimitraides: Sabath (1997) y el cuento de José Balza: “Prólogo en curazao” (Ejercicios narrativos, ed.1995, p.63-74). Esto le añade otra característica destacada a la novela de Suniaga.
Todo lo antes señalado preside esta obra sobre la cual se podrían hacer muchas otras consideraciones fijándose en su paisaje, en el amor apasionado que registra, sólo en el posible crimen que allí aparece (¿o sólo fue un ahogamiento?), en la pelea de gallos o en la presencia del piélago visto por la imaginación desde una orilla caribeña.
(Leído en el “Círculo de Lectura” de la “Fundación Francisco Herrera Luque” en su sesión de la tarde del martes 4 de diciembre de 2007).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.













ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
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