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Categoría: Novela

EDUARDO CASANOVA FINALISTA EN EL PREMIO IBEROAMERICANO DE LITERATURA ARTURO USLAR PIETRI

por Noticias

Informó el profesor Carlos Pacheco, presidente del Jurado del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri que la discusión final entre los integrantes del jurado, integrado además por Jordi Carrión, Francisca Noguerol, Miguel Gomes y María del Pilar Puig, se centró en las novelas “Blue Label”, de Eduardo Sánchez Rugeles, y “La jaula de los tigres”, de Eduardo Casanova, ambos venezolanos. Al final privó el criterio generacional y el premio le fue otorgado a Sánchez Rugeles, autor aún inédito de 31 años que utilizó un lenguaje juvenil en su obra. Sin embargo, destacó que la novela de Casanova impresionó vivamente a todos los integrantes del jurado, pero, desafortunadamente, las bases del premio no permiten que se divida entre dos participantes. El monto del Premio se había anunciado en 25 mil dólares americanos, pero por disposición del gobierno venezolano quedó finalmente reducido a menos de la tercera parte de esa cantidad.

 

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MI BIOGRAFÍA DE RAFAEL VEGAS

por Eduardo CASANOVA

Acaba de salir de la imprenta mi biografía de Rafael Vegas, editada por El Nacional. Es mi vigésimo tercer libro, pero sin duda es el que me más me satisface. El primero, Los caballos de la cólera (1972), tuvo un gran éxito dentro y fuera de Venezuela, fue muy elogiado por crítica nacional e internacional, y hasta ganó tardíamente un premio en España. El segundo, La agonía del Macho Luna (1974), obtuvo, antes de publicarse, el premio más importante de su momento en lengua española (que finalmente no me fue dado porque no pasaba la censura del Caudillo Franco, vaya), el tercero, Hacia la noche (1974) fue también un verdadero éxito internacional y estuvo entre los más vendidos en varios países por varias semanas. Y así, cada uno de los veintidós significó algo importante para mí. Pero éste, esta modesta biografía, es algo muy especial, porque es el pago parcial de una deuda impagable. Es mi homenaje a Rafael Vegas, que se convirtió para mí en un verdadero padre, honor que comparto con mucha gente apreciable, como Pedro José Mora, actual presidente de la Fundación Rafael Vegas (propietaria del Colegio Santiago de León de Caracas), Martín Toro, desgraciadamente desaparecido, Natalia López Arocha, mi esposa (primera ex-alumna que se convirtió en empleada y colaboradora del Dr. Vegas en el Colegio), y un etcétera tan largo que no cabría en este espacio. En mi caso, entré al Colegio Santiago de León de Caracas a los trece años, cuando era un adolescente rebelde y anárquico, firme candidato a delincuente o a inútil, y salí convertido en alguien que ha dedicado sus mayores esfuerzos a ser útil a la sociedad, y, sobre todo, alguien que contó sin duda con la amistad de Rafael Vegas, una amistad que aún aprecio como pocas. Hasta el día de su muerte lo frecuenté, y ese día tristísimo estuve con él, como parte de un grupito de seis que se empeñó en que no estuviera solo ni siquiera un minuto en sus últimos días. Días que mucho le dieron al país, pues Rafael Vegas ha sido el más grande e importante educador de la historia de Venezuela. A mi juicio fue el mejor Ministro de Educación del País, cuya obra, desgraciadamente, se interrumpió violentamente en 1945, que es algo que estamos pagando hoy todos los venezolanos, sometidos a un pésimo gobierno que es en buena parte producto de los errores que en esa materia se cometieron desde entonces hasta nuestros días, errores que quizá hubieran podido enmendarse cuando llegó a la Presidencia otro gran educador, pero que se acentuaron cuando a ese educador lo sacaron violentamente del poder los militares. Desafortunadamente la democracia no supo, cuando renació en 1958, encontrar el camino que se había dejado atrás. Y en ese tiempo el Dr. Vegas se había entregado en cuerpo y alma a su obra maestra en el sector privado: el Colegio Santiago de León de Caracas, el que me ayudó a encontrar el camino de la literatura, y el de la música, y el de las artes plásticas, y el de la vida útil, como a muchos, muchísimos, seres humanos que tanto le debemos a Rafael Vegas Sánchez, cuya biografía ya está en las librerías gracias a El Nacional, periódico fundado y dirigido por personas muy cercanas a Rafael Vegas, el educador.


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El crepúsculo del hebraísta

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Estamos ante un libro bien singular en nuestras letras: la novela El crepúsculo del hebraísta (Caracas: Alfa, 2008. 303 p.) de Atanasio Alegre(1930). Pero antes de entrar en ella debemos reparar en un hecho literario que está sucediendo entre nosotros uno de cuyos protagonistas es él. Dentro del vigoroso panorama creador, en lo que a literatura se refiere, que el país está viviendo, instante luminoso lo hemos llamado más de una vez, también están apareciendo algunos escritores quien han esperado la madurez plena para publicar, han impreso sus libros después de los cincuenta años, Francisco Suniaga, Elisa Arraiz Lucca, Gisela Cappellin y nuestro invitado de esta tarde. Con ello no nos estamos proponiendo formar una teoría relativa a qué edad se debe publicar el primer libro sino constatar un hecho. No es que haya una edad determinada para entregar al editor el primer libro que se decide publicar, que en muchos casos no es el primero que se ha escrito. Quizá sea de la juventud las otras dos cosas que califican al ser humano: sembrar un árbol y tener un hijo, lo cual hacen trilogía con la publicación de un libro. De las tres cosas se dice que deben ser las que todo ser humano haga.
Pero en estos casos el sueño de escribir una novela estaba implantado en ellos. Sólo esperaron en el momento. En el caso de Atanasio Alegre han sido fecundos sus años de creación después de su jubilación de su cátedra universitaria. Le llegó así el “tiempo de soñar” que decía nuestro Carlos Eduardo Frías (1906-1986).
Pero El crepúsculo del hebraísta es una de las pocas novelas venezolanas que tocan asuntos universales. Hay que colocarla en este sentido junto a las del maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001) La visita del tiempo (Bogota: Norma, 1990. 338 p.) que se desarrolla alrededor a la figura de don Juan de Austria(1545-1578), el hijo natural de Carlos V (1500-1558), en la España del siglo XVI; La ilusión del miedo perenne (Caracas: Planeta, 1992. 224 p.) de Antonio García Ponce (1929) sobre la segunda esposa de Stalin dentro del tejido de la Revolución de Octubre (1917); junto a la de David Alizo (1941-2008), que se nos acaba de ir, Nunca más Lilli Marleen (Caracas: Mondadori,2008. 647 p.) sobre un asesino nazi y sobre la tragedia del holocausto, El último fantasma (Caracas: Alfagura,2008. 198 p.) de Eduardo Liendo (1941), escrita alrededor de Lenin (1870-1924) o mucho más atrás la de Simón Barceló (1873-1938) en una novela tan desconocida hoy, guardamos un raro ejemplar de la biblioteca de nuestros bisabuelos en nuestras estanterías, tanto que el acucioso historiador de nuestra novela histórica no la tomó en cuenta, es La última tentación de Ramón Berenguer (Barcelona: Prometeo,1929. 314 p.) ambientada en España en los días del Cid, plena Edad Media. Quizá quiso Barceló rendir con su libro emocionado tributo a uno de los libros más amados de su generación, La gloria de don Ramiro (1908), del argentino Enrique Larreta (1875-1961), el cual sucede en la España de Felipe II(1527-1598), que es la mejor novela del modernismo latinoamericano.

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Rafael Cadenas, del exilio interior al silencio del exilio

por Alberto HERNÁNDEZ

Espacio sin paisaje
Quitarse el ropaje para mostrar la hondura de la desolación, esa mirada perdida que intenta retomar la voz anclada en un puerto de ecos y sensaciones aún no descifrados, ha sido el espíritu del poeta venezolano Rafael Cadenas.
Desde su primera estación, Cantos iniciales, pasaron por el yo más acendrado de la poesía venezolana Los cuadernos del destierro, hasta arribar a Gestiones, merecedor del premio internacional de poesía Pérez Bonalde en 1992, Cadenas ha construido una poética que tiene su motivo más arraigado en la actitud del hombre de hoy, el de esta modernidad y posmodernidad egotista y a la vez descentrada.
Al salirse de su yo, al entregarlo desnudo, Cadenas encontró el vacío. Logró penetrar con la palabra en el otro yo, el del lector, pero sobre todo en el de sus fabulaciones. Cadenas anuló el paisaje, creó con abigarrado despojamiento verbal, con esa forma de adjetivar, sin alusiones precisas, cierta atomización en el hombre que se mira al espejo y se reafirma: “Yo no traía ningún mensaje”, “Yo era el guardián de mi propia desgracia”, “Yo soy uno”, como si con estas declaraciones estuviera despojándose de su propio eco, la voz del yo, el yo mismo. Al ser otro se entregaba, abandonaba el cuerpo/ alma para borrar espacios y entrar con el silencio de la reflexión:

He entrado a región delgada…Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y que estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo, limpiándolo, cuidándolo para que luciera más o menos presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana.

El dónde como pensamiento
La idea es lugar. Fabular o reconstruir la realidad interior con el espacio y el tiempo del otro, del que se consagra a la pérdida del reflejo. El hombre es el problema. El yo negativo rilkeano, el adentro y sus sonoridades, la voluntad del ausente. El conocimiento, el desamparo, la resonación de la Selva Negra de Heidegger, perdido de Dios, apresado, entre las muelas del poder. Llegar a ser el sin yo. El ser como lengua, la negación de una alteridad dudosa. En fin, una religiosidad que más tarde se hace visible en la contemplación de ideas que recorren las páginas más importantes de este poeta contemporáneo.
Suprimir el yo para hacerlo sensación, pensamiento, idea. En ese sustrato, Cadenas crea un lugar en el que se recupera el ser a partir del silencio, de una experiencia mística.

La voz del que se habla
Para Eliot hay una voz poética que tiene destino en el propio poeta. O en nadie. El yo de Cadenas, a pesar de emerger para empapar el silencio y a la vez negarse, se convierte en nadie al anular con reiterativa intención el único lugar donde pudo (verbo hipotético al fin) deshacerse de los fantasmas que él mismo creó. El síndrome del éxodo, el exilio hacia respiraciones fragmentarias, hacen de este poeta una parábola, como lo señala Ludovico Silva en el ensayo Rafael Cadenas, parábola del desterrado. El exiliado adquiere nueva documentación, pero si es un poeta, entonces la identidad se convierte en pesadumbre, cuestión que le sucede a todos los seres humanos, pero en quien vive y se enfrenta a la palabra una sombra clandestina lo abruma, toda vez que es permanente observador de las imágenes que rechaza o asimila. El yo, documentación o pasaporte de la mismidad, reconcentra sus energías hasta ser la primera voz que señala Eliot. Una voz en el destierro. Cadenas místicamente se ha encerrado. Su palabra, con el pasar de los libros, se despoja cada día más hasta solazarse en el yo desolado, existencialmente destinado a crear una religión, una patria donde la sobrevivencia pueda ser su afirmación, tiempo y espacio. Desde aquel viaje a una Isla, hasta el despojo de los textos finales, Cadenas se ha perseguido a él mismo, anulando, orientando todos sus avatares hacia una inmanencia reflexiva que se posesiona, iniciáticamente de la memoria oriental, taoísta: las dimensiones donde el yo no cabe: tierra, cielo, divinidades y el mismo hombre. Este último como la gran pregunta.

La casa del lenguaje
Ese silencio es la casa. Allí habitan todos los designios, los deshabitados. El silencio es la única voz que puede habitarse. Casa, albergue, habitación de sombras. Casa donde el balbuceo es la señal para iniciar el ritual poético. Un texto silencioso es un acto de entonación que suscita una terrible tensión interior. Morada de todas las revelaciones, el silencio sucumbe con la primera pronunciación. De un lenguaje a otro. Imbricados, funda la voz que habrá de traducirse en poesía. Recogemos de nuevo a Heidegger.
Lengua y silencio se funden para establecer una presencia absoluta, los significados: Víctor Bravo en su ensayo El hombre y el lenguaje, recogido en el libro Ensayos desde la pasión, señala: “El lenguaje como revelación: estar persuadidos que es llave maestra para abrir los aposentos; avanzar con él como una lámpara disipadora de oscuridades y terrores”. Así, la casa, el aposento, la pensión de las palabras o del lenguaje, es el estadio donde la revelación irrumpe como asombro. Un acto beatífico, místico, elevado. Más adelante el mismo Bravo reseña: “Danza de signos palpitantes y galerías de espejos. ¿No es el espejo, abominable según testimonio borgiano, que asecha en cada habitación o recodo, un enviado secreto de los señoríos del lenguaje?”.
En Cadenas, y como él mismo dice: “Si el poeta carece entonces de yo y si yo, por mi parte soy un poeta ¿qué tiene de asombroso que diga que no he de escribir más? ¿y si en ese preciso instante yo hubiera estado meditando en los caracteres de saturno y de ops?”, en el libro Realidad y literatura, que la universidad Simón Bolívar le editó al poeta barquisimetano.

Dichos en un amante sin gestiones
El amor es un invento. El cuerpo femenino se mueve para favorecer el invento que nace en el siglo XI o XII, con Platón como cabeza visible en la purificación de los dioses, y en los valores cristianos con la muerte del hijo del Dios occidental que declara que Él es amor. El amor nace con la palabra, con la música, con la poesía y con la muerte. Amante y palabra son un desencuentro que se traduce en dichos: “La otra orilla pertenece a los que aman, y ellos la convierten en esta orilla”. Acercar el misterio, arrastrar alientos a un solo volumen oral. Así, encontrada la orilla, el hombre que piensa, habiendo asumido la poesía como mística y pérdida, dice: “Las sensaciones nos atraen el cuerpo”. ¿A cuál cuerpo, al de la voz única, al que habla a él mismo, como decíamos inicialmente, o al cuerpo otro, a ese otro yo que estaba del otro lado de la orilla? ¿Cuál de esos cuerpos vuelve a resurgir luego de las palabras? ¿Dónde queda el poeta cuando el cuerpo ajeno se convierte en él mismo? ¿Desaparece el yo único para hacerse otredad corporal, semiótico/ semántico/ orgásmico, o resuelve colmar el silencio con la contemplación de quien tiene en Dios el amor y la muerte?
El hombre de Cadenas, el fondo de su poética, signada también por Woodhouse, Keats, San Juan de la Cruz, Eliot, Lawrence, navega hacia Gestiones, un libro que regresa, que atenúa a Amantes para como Memorial marcar su soledumbre, el abandono: “Los que hacen las reglas/ no quieren que hablemos/ sino/ las palabras/ desean hacernos desaparecer/ de la página;/ pero nos persignamos./ Somos viejos actores”.
Cadenas toma el silencio y sigue su camino. Pero no se resigna. No se deja vencer.

David Herbert Lawrence
POEMAS

-Alberto Hernández-

1.-
¿Fue el aire de Eastwood o la pobreza del hogar el código que perduró en los pulmones de David Herbert Lawrence para lanzarlo a un largo y prolongado jadeo? ¿Sostuvo con entereza los golpes en la puerta por su cama con Frida Von Richthofen Weekley en los tiempos de la primera guerra mundial? ¿Qué de la fatiga que cada verso sacude en forma de vacío, o el deseo que luego se hace novelas prohibidas? ¿Sucumbió en el poema como desahogo?
Con El arco iris cerraron las páginas: con esa novela conoció de los rigores puritanos. Por eso la poesía, canto reseco, desapegado de la vehemencia, muy inglés, lo eleva hasta el misterio sagrado. Si en su narrativa la pasión carnal desoye el chismorreo de los conventillos, en la poesía entra en un espacio donde el dolor, la enfermedad, las mujeres deben ser límites sin sentimientos a través del pansy poem que tanto luce en aforismos y esfuerzos reflexivos.

2.-
Rafael Cadenas lo desempolva: esos poemas que son pensamientos –como el inglés gusta llamarlos- rondan la muerte del deseo, la tragedia cada vez que vuelve a la sombra de aquellas imágenes durante su tiempo de Londres.

La tragedia me parece un gran ruido
más fuerte de lo que conviene.
No me importan mucho las aflicciones e infortunios
de Lear y Macbeth y Hamlet y Timón:
les importaban tan excesivamente a ellos mismos.

Y es que la tragedia usa el espejo del poeta y se marcha a la calle, al lugar donde impera el crimen, la gran tragedia de nuestra civilización material mecánica/ aplastando la vida humana natural, y es, entonces, la derrota personal, la pérdida de todas las ideas.

3.-
¿Existe algún parentesco afectivo entre esa derrota, que Lawrence predica desde adentro, con la otra derrota que Rafael Cadenas entregó como arranque de un momento poético especial? ¿Hay algún extraño afecto familiar con estos pensamientos que el mismo autor de Cuadernos del destierro apuesta como fondo de una existencia, de un momento histórico?
La traducción de Cadenas nos acerca a este hombre que tuvo en la novela el rechazo de su tiempo (¿quién mató a Lady Chatterlay?), pero que la historia revisó en un éxito mundial.
La misma derrota de Lawrence va decantando la imagen de un hombre que hunde su yo en un canto lacerante: Sé que soy nada./ La vida se ha ido más debajo de mi límite de baja marea. Texto desnudo de todo ornamento, porque lo que procura entregar David Herbert Lawrence es una verdad que finalmente lo vence, sin dejar de pensar que luego de años su trabajo encontraría la tragedia de ser leído.
Las sombras de la mina donde trabajó su padre, los pasos surgidos de su madre, una maestra que lo condujo a los libros, permanecen hoy en estos textos que, hechos pensamientos, funden las fronteras a través de otro poeta que cargó con su derrota y ahora acarrea aquella marca que no hace perenne.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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A diez años de Denzil Romero

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Nos hemos reunido esta tarde no para llorar a Denzil Romero a los diez años de su deceso, acaecido en Caracas (marzo 7, 1999), sino para celebrar su vida, su escritura y el gran prodigio de su talento que hizo siempre una gran celebración la lectura de sus obras. Nuestra intervención se referirá a dos tópicos: el sentido de uno de sus libro póstumos, el “Diario de Montpellier” (Prólogo: Luis Barrera Linares. Caracas. Fedupel, 2002. 280 p.) y en segundo lugar para hacer algunas observaciones, en la parte final de nuestra peroración, de algunos hechos que hay que tener en cuenta al leerlo, para mejor y más hondamente hacer una lectura de su escribir, sobre cuando estaba tuvo que con el cultivo de la historia que en sus libros de ficción tuvo un sesgo particularísimo.
Su segundo libro de sus últimos tiempos fue su novela “Recurrencia equinoccinal” (Madrid-Berlín: Iberoamericana, 2002), a punto a aparecer en edición venezolana, a través de la editorial Equinoccio. En esta novela trata sobre las personalidad del descubridor científico de la naturaleza venezolana: el barón germano Alejandro de Humboldt (1769-1859), cuya vida dio al novelista materia para realizar una recreación de lo que él gustaba denominar lo épico latinoamericano.

EL INICIO

Denzil Romero inició su obra el 10 de enero de 1977 con la publicación de su relato “El hombre contra el hombre”. (Caracas: El Gusano de Luz, 1977. 29 p.), ficción que ahora encabeza sus “Cuentos completos”. (Mérida: El otro, el mismo, 2002. 560 p.), su “difícil narrativa breve” (p.7) como lo dice Víctor Bravo al prologarla, sin dejar de citar a José Lezama Lima (1910-1977), en la primera línea de “La expresión americana” (1957) “sólo lo difícil es estimulante” (“El reino de la imagen”. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 369). Obra enigmática la que nos legó Romero, en la cual hay novelas de valor perenne como “La tragedia del Generalísimo” (Barcelona: Argos Vergara, 1983. 387 p.) o “La esposa del doctor Thorne” (Barcelona: Tusquets, 1988. 212 p.) o un libro decisivo, un clásico, de nuestro cuento en el siglo XX como lo es “El invencionero” (prólogo: Manuel Bermudez. Caracas: Monte Ávila Editores, 1982. 127 p.). Por eso hizo suya, en su “Diario de Montpellier”, su concepción: “La cultura se aproxima más a la coherencia y armonía de lo que se sabe y se práctica” (p.119).

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La verdadera izquierda

por Eduardo CASANOVA

Hace ya muchísimos años, en tiempos en los que fui periodista, uno de los mejores de ese oficio (en aquel y en todos los tiempos) me dio un consejo extrañísimo que tenía mucho de confidencia. Palabras más, palabras memos, me dijo que si yo aseguraba algo muy poca gente me lo iba a creer o a aceptar, pero si en cambio lo ponía en boca de alguien importante, sobre todo si era extranjero, todo el mundo lo aceptaría sin chistar. No quise preguntarle entonces si me recomendaba que inventara, que mintiera al atribuirle a ese extranjero importante lo que quería que me creyeran, o si de verdad tenía que buscar quién sabe dónde lo que el personaje de verdad había dicho. Pues bien, desde hace tiempo que vengo diciendo que el teniente coronel Chávez Frías no es de izquierda ni nada que se le parezca. Que no es más que un simple oportunista, militarista y embustero, que descubrió que si se decía “revolucionario” se lo iban a creer y podría aprovecharse de la candidez de quienes lo creyeran. Parecería que muy poca gente aceptó lo que yo afirmaba. Pero ahora me encuentro con que lo dice un extranjero, muy importante, que cuadra totalmente con lo que me aconsejó mi superior en mis tiempos de periodista. Bernard-Henri Lévy (1948), filósofo francés nacido en Argelia, formado en la Escuela Normal Superior de París, alumno, entre otros, de Jacques Derrida y Louis Althusser y cabeza de una escuela muy exitosa en los últimos años en Europa, autor de numerosos libros también exitosos, ha dicho que Chávez no es de izquierda: “¿Cómo puede ser de izquierda –declaró– un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas. Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario.” Créanselo, pues, a él, no a mí. Chávez es fascista. Tan fascista como Mussolini, pero con menos formación intelectual. Y los que se dicen izquierdistas y a la vez apoyan a Chávez son, por decir lo menos, tontos inútiles. Y tanto Chávez como sus tontos inútiles están destruyendo a Venezuela. Están acabando con el porvenir de nuestro país. Y con el presente. ¿Y en nombre de qué? De un falso socialismo que disimula los afanes de riqueza sucia de un grupo de militares corrompidos. Eso es todo. La verdadera izquierda debería ser otra cosa. Si es que existe, claro.

 

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Diccionario de la Novelita Vaquera

por Alberto HERNÁNDEZ

** Un escritor, con apellido de signo de puntuación, presentó hace algunos a?os en la condal Barcelona, un libro de registros, donde los protagonistas se caen a plomo en todas las páginas.
** Entre tiros y balas, Javier Coma, el autor del controversial y curioso tomo, nos acerca a aquellas lecturas en las que Marcial La Fuente Estefanía nos hundía en prescindibles historias, puestas en relieve en las películas italianas del spaghetti western, en las que Clint Eastwood no era ni la sombra del actorazo que es hoy.

Bajo la luna del bombillo, Marcial Lafuente Estefanía enhebra una historia de disparos, caballos, reses y búfalos de una tierra convertida en la perfecta ficción del otrora lector de novelitas vaqueras. En el autobús, en la portería de vigilancia de alguna empresa, en las colas de los viejos cines, en las primeras de los bancos y del Seguro Social, o en la cama mientras llegaba el sue?o y la ma?ana.
La historia continúa en el pasado. O viene de lejos. Claro, no fueron lo espa?oles de los tiempos del franquismo los creadores de este género, pero cómo usaron seudónimos o nombres en inglés para salírsele a la persecución, a la censura. Como embarcaron, en una suerte de escenografía literaria a quienes de adolescentes viajamos, no sólo con las novelitas del Oeste sino también con los suplementos o comics donde bandidos y “muchachos” (no debemos dejar fuera al “sheriff”) nos regalaban un imaginario lleno de hipérboles.
El escritor evoca la altura de su último héroe de un metro noventa de estatura, ojos azules y pelo amarillo, bajo la inclemencia del desierto de California.
Cierto, hace a?os dejamos las novelitas vaqueras, abandonadas en la entrada de todos los cines Tropical de nuestro país, cuando nos vimos atrapados por la televisión o por esos malvados de la empresa editorial, quienes nos quitaron la fácil diversión del western de Tucson-Arizona y nos entregaron las páginas de Gallegos, García Márquez, Donoso, Sábato, Borges, Cortázar, Garmendia, Liendo, Volpi, entre otros de esos tantos pistoleros de historias más complicadas y extensas y de obligada lectura universitaria. Cuánta falta nos hace el olor literario a pólvora, a bosta de ganado, a sudor de bandido bajo el inclemente sol del oeste americano. Y que no nos acusen de nada malo, porque todos, hasta los más desmedidos comandantes de nuestra guerrilla de los sesenta pasaron por las armas de ese ya olvidado entretenimiento, que nos llegó gracias a la Gracia del Generalísimo Francisco Franco, Dios tenga entre los tizones de una novelita de terror, de esas que Bruguera también nos hiciera llegar con tanta experticia.

Historia clásica
Pero ahora (escribo esta nota en 1992) me revuelco en la tumba de sus personajes de la mano de Javier Coma, un escritor espa?ol quien no sé si le hace honor a la gula o al buen uso de ese signo de puntuación que nos ayuda a respirar, que separa enumeraciones o disparos, caballos, pistoleros, cananas, doncellas, héroes y bandidos con el rostro atravesado por alguna bala. O cortada por el navajazo de un indio Navajo.
Fue en la condal Barcelona, la de Serrat y Caballé, la de Dalí, la de Vila-Matas y Eduardo Moga donde vio la luz este Diccionario del Western Clásico, publicado por Plaza & Janés en 1992 y luego en 1999 por Planeta, en el que el autor estudia la filmografía de este género que tantos adeptos conservó y dejó en la nostalgia a toda una generación que aún siente el polvo de un caballo tras el polvo de otro caballo que lleva a un bandido enhorquetado hacia una frontera, que puede ser la nuestra, la ya olvidada.
La novela del oeste americano tiene su origen en el siglo XIX en Estados Unidos. El autor, considerado el padre del género, fue James Fenimore Cooper, el creador de El último de los mohicanos (1826). Posteriormente, Washington Irving escribió Western Journal, en 1832. pero se discute que el verdadero iniciador del género fue Owen Wister, autor de El virginiano, 1902.
Otros autores que han dejado huella son Zane Grey, de quien se dice también iniciador clásico de este mundo vaquero. No obstante, se le critica el retratismo, como virtud y defecto, toda vez que era un autor recargado. Se le tilda de ser un escritor de novelas aburridas, cursi y tan descriptivo que se compara con Proust.
En Espa?a, el ya nombrado Marcial Lafuente Estefanía, quien forma parte de la larga lista de escritores ibéricos que se dedicaron a este género. Casi todos usaron seudónimos, entre ellos Francisco González Ledezma, quien firmaba como Silver Kane. Llegó a obtener un premio Planeta con la obra Crónica sentimental en rojo, en 1948. Otro de los famosos, José Mallorquí, llenó un espacio muy importante durante los a?os de auge de las novelas del oeste, entre 1930 y 1970.
Para Rafael de Francisco López, crítico espa?ol, esta género forma parte del “patrimonio emocional” de una época.
El autor del Diccionario del Western Clásico (Plaza & Janés, 1992), Javier Coma, nació en Barcelona en 1939, due?o de una larga lista de títulos sobre los comics, cine, caza de brujas y demás yerbas.

Con o sin disparos
Con o sin disparos…, digo, sin palabras, porque desde el cine mudo hasta la década de los a?os 70, este Coma, Xavier, para más datos catalanes, registró todos los rollos de películas y los armados por sus protagonistas a punta de pistolas, pieles rojas, diligencias asaltadas, mujeres perseguidas y cantinas abarrotadas de matones. Y de esta manera, sin dejar de mirar por encima del hombro para evitar la provocación de Jesse James, Javier Coma plasmó unos 400 términos westerianos, que tiene que ver con películas, actores, actrices, directores, realizadores, fotógrafos, compositores, productores, extras y otros elementos directos o referenciales como la historia y el concepto del género de las balas y los muertos y los heridos y los bandidos y los asaltos a trenes y los “sheriffs” y los Marshall Dillon y los Bat Masterson y los que se olvidan porque Juan Charrasqueao no entra en el “casting”, pero a la fama que los mexicanos impusieron en el decadente cine de nuestra América pistolera. Y que quede asentado, porque Coma lo aclaró, hasta ahora son vaqueros gringos: rubios, grandotes, de pelo amarillo y Colt 45.

La búsqueda del tiro
En el momento del disparo, Marcial Lafuente Estefanía terminó la página 80 y se echó un palo de whisky espa?ol (que no sabemos a qué sabe). Imaginamos que es muy malo.
Y entonces, el se?or Javier Coma abrió la ventana de la diligencia y miró con alegría que cinco anexos, dos de ellos inéditos para su tiempo, se sumaron al Diccionario de Tiros y Caras Pálidas: una cronología, estrenos en la península (por supuesto, con doblaje donde las eses se confunden con majas, jolines y demás baturros del diario devenir callejero en boca de Clint Eastwood, quien por cierto forma parte del llamado “western crepuscular”. Así, Kirk Douglas lanza una maldición en andaluz en el momento de recibir un tiro cerca del hígado de tomar escocés. Se trata de una relación de novelas desde 1929 hasta 1972 (sin incluir las de Marcial) adaptadas y de las versiones cinematográficas.

Ni paella ni spaghetti
Las balas de las películas italianas suenan como balines sobre un latón. O más bien como piedras contra un plato vacío de “spaghetti”, de allí, digo yo, más allá de que los italianos, entre ellos Leone, se hayan encargado de realizar y vender este producto filmado el Almería y, por ende, de sospechosa calidad. La “paella western”, llena de co?os, jolines, joderes, saliva y turrones en boca de Raquel Welch, Barba Streisand, Lee Majors. Si John Ford hablara espa?ol…?madre santa?

Otros diccionarios
El se?or Coma, que no tiene punto y aparte uy menos final hasta ahora, es autor de muchísimas más obras, entre las que caben mencionar Diccionario del cine negro, Diccionario de los comics, la edad de oro, así como el Diccionario de filmes míticos.
Un experto en diccionarios que no deja pasar por debajo del mostrador del saloon mientras en la cantina se desarrolla un tiroteo, expresiones, situaciones y títulos cércanosla género.

Alberto HernándezALBERTO HERN?NDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Los sortilegios de la Historia de Venezuela

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

(Meditaciones a propósito de La historia fabulada de Francisco Herrera Luque).

Puestos a conversar sobre los sortilegios de la historia de Venezuela, en la memoria colectiva venezolana, debemos comenzar por señalar que hemos escogido este título pensado en las varias acepciones que tiene la palabra en la lengua castellana. En verdad que hay hechizos y encantos en el estudio de nuestro pasado, sobre todo cuando se piensa en lo buenos ejemplos dados por singulares hombres y mujeres, ello dimana de su estudio. Pero aquí deseamos usar la expresión en su sentido de adivinación, pronóstico y revelación. Lo primero en cuanto en que para comprender ciertos hechos necesitados utilizar la intuición para entenderlos. Pronóstico porque es de la historia desde la que se planea el futuro, porvenir que no puede ser edificado si antes no nos detenemos en todo lo que de revelación tiene para los hombres y mujeres de hoy el estudio de nuestro pasado.
Toda esta adivinación, todos estos pronósticos y sus revelaciones las vamos a tratar esta tarde por medio de una serie de comentarios a varios capítulos, especialmente escogidos por nosotros para esta exposición de la obra La historia fabulada (Barcelona: Pomaire, 1981-1983. 3 vols) de Francisco Herrera Luque (1927-1991). De sus tres volúmenes provienen las citas de Herrera Luque que hacemos salvo en los casos en que hagamos constar lo contrario. No sobra recordar que los textos que forman los tres tomos de La historia fabulada fueron escritos para ser trasmitidos por radio. Se hizo a través de su celebrado programa que trasmitió Radio Rumbos producido por Napoleón Bravo.

¿QUE ES LA HISTORIA FABULADA?

Para ello comencemos por el principio: ¿que es la historia fabulada para Herrera Luque? La definición de su propósito la hallamos cuando leemos: “Es más fatigoso crear dentro de la verdad que repetir la historia conocida por todos. La historia fabulada exige más esfuerzo que la llamada historia verdadera… La historia fabulada…no es ficción, fábula o fantasía discrecional del autor… La creación literaria es la Historia Fabulada…. una manera de decir lo que es impepinablemente cierto… el objetivo primordial es revelar lo desconocido, que es lo mismo que sorprender… (La historia fabulada) es el entender, el comprender el sentido y significación de una serie de hechos que nos rodean, y que hasta entonces nos eran invisibles” (t. II, p. 269-271). O cuando acota: “La historia fabulada ilumina mediante la ficción escénica hechos verdaderos” (t. III, p. 408). Y todo lo dijo Herrera Luque sin miedo a ser considerado “un réprobo, un hereje o un embustero” (t. II, p. 271), pretendiendo siempre llamar la atención sobre un hecho decisivo: “Escuchemos la voz de los viejos” (t. II, p. 84), idea que él tomó de la novela El mestizo José Vargas (1942) de Guillermo Meneses (1911-1978), en cuya primera línea se lee. ”La palabra de los ancianos tiene peso y valor de semilla” (Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, 1992, t. I, p.399). Tal concepción fue siempre idea-eje en Herrera Luque, varias veces mencionada a lo largo de sus obras.
Y no tenía temor Herrera Luque de decir aquello que había concluido de sus estudios sobre el país porque como lo dice: “No desprecia a su hermano quien le dice sus defectos; no odia a su alumno el maestro que le hace ver sus errores; es amigo insincero aquel que oculta o disimula el mal juicio que le merecen sus yerros, y en especial si son susceptibles de corrección. No es mal patriota el escritor que verbaliza o expresa los rasgos negativos de su pueblo” (t. I, p. 288). E insiste: “Sin autocrítica no hay posibilidad de redención” (t. I, p. 292). Y es el hombre de letras quien deba expresarlo en sus obras, “El escritor es el vengador de una sociedad. Por su intermedio la Patria demanda y condena” (t. II, p. 35), acota el psiquiatra, historiador y novelista. El fue las tres cosas: lo primero en “Las personalidades psicopáticas” (Barcelona: Editorial Científico Médica, 1969. XV, 111 p.), lo segundo en “Los viajeros de Indias” (Caracas: Imprenta Nacional, 1961. 536 p.) y “La huella perenne” (Caracas: Alfar, 1969. XVI, 432 p.), lo tercero en su saga novelística sobre nuestro pasado la cual le permitió volverle a contar su historia a los venezolanos. Esto porque si sus libros de ficción se organizan en el sentido cronológico de nuestra historia se verá que ella narra todo el devenir venezolano desde el siglo XVI hasta el XX.
Y como método insiste que al escribir sobre el pasado: “La fabulación y el mito son tan importantes a la vida de un pueblo como la historias bien sedimentadas” (t. I, p. 166), que “Tras toda conseja hay un trasfondo de verdad” (t. I, p. 240). Pero él, siguiendo la lección de los clásicos, reviviendo la forma como don Simón Rodríguez (1769-1854) educó a su famoso discípulo, hablando, por ello para Herrera Luque enseñar deleitando fue su norma.
Y es desde allí que Herrera Luque se hizo la misma pregunta que siempre se han hecho los venezolanos: ¿es verdad la historia de Venezuela? Sin embargo él insistió una y otra vez que éramos un país de historia corta: un poco más de cinco siglos, cumplidos en 1998; país mestizo, el “pequeño género humano” que dijo el Libertador en la “Carta de Jamaica”.

¿QUE DEBE SER LA HISTORIA?

Y respondiendo a lo que debía ser la historia Herrera Luque advirtió: “La historia de Venezuela, y en particular la tradicional, ha sido escrita en función política… La política es el equilibrio del poder; la historia es la búsqueda de la verdad. La primera es una ilusión o se vale de ella; la otra, es la presentación pura y simple de los hechos. La verdad puede falsificarse por acción y por omisión. Nuestra historia rebosa de omisiones que muchas veces se vuelven contra nosotros” (t. I, p. 106-107).
Así la definición de la historia para Herrera Luque era: “La historia de verdad verdad, es reflexionar sobre el pasado en función del presente. Sólo el tiempo determina la verdadera importancia y calificación de un hombre y de su obra. La historia necesita tiempo, distancia prudencial para cumplir sus objetivos. Cuando uno lee libros de historia escritos al calor de los acontecimientos de da cuenta de lo cierto de esta afirmación” (t. II, p. 228-229).
Esta concepción la reiteró Herrera Luque en su novela “Los amos del valle” (Barcelona: Pomaire, 1979. 2 vols) en la cual se lee: ”La historia es para un pueblo lo que la memoria para el hombre: fuente de experiencia, fundamento de legislar, comprensión del presente, atalaya del futuro. Por ello ha de ser veraz y valiente y justo quien la escriba” (t. I, p. 425).
A partir de esto debemos observar que la historia tiene sus propios fueros, los cuales no sed pueden alterar, menos pueden hacerlo los que están en el poder. Ríanse de esos políticos que dicen estar “haciendo historia”: de ellos lo único que quedará en la historia, la verdadera, la hecha con documentos, será apenas una nota a pie de página. Y es por ello que una lectura verdadera de los sucesos de nuestro pasado debe ser hecha teniendo en cuenta todo su espectro, debemos huir, hoy más que nunca, de “La política en Venezuela conforma la historia” (t. II, p. 32), ir hacia todos sus renglones, mirar el acontecer en todas sus dimensiones: el económico, el social, el cultural y, desde luego el político. Pero no sólo el político que es el que casi siempre se ha utilizado en Venezuela para escribir la historia dejando de lado los demás hechos que son también significativos, a veces más. De allí que el historiador José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005) haya propuesto en su estudio “Despolitizar la historia: una tarea para el desarrollo” (Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1973. 37 p.) la necesidad de fijarnos en todos sus aspectos. No propuso dejar de tener conciencia política sino historiar todos los factores que forman la evolución de un pueblo, mirar los otros hechos, todo aquello que la sola mirada política nos impide mirar, no nos explica todo el contexto del acaecer.

LOS GRANDES TEMAS

Al trazar la historia Herrera Luque nunca dejó de señalar que nosotros hemos sido, por largo tiempo, un país aislado (t. I, p. 170), poco interrelacionado con los que están cerca, una nación siempre sin recursos en donde lo único que fue verdad fue la pobreza pese a tener una tierra rica. Esto hay que tenerlo en cuenta al leer a Herrera Luque.
Para Herrera Luque los grandes temas de nuestra historia están en lo que denominó la “historia silenciada” (t. I, p. 103), también la llamó “historia secreta”. Es esta la que ha sido negada o soslayada, muchos de cuyos documentos han sido destruidos o incinerados, tratando con ello que desaparezcan ciertos hechos. Pero eso es “tapar el sol con un dedo” por algún resquicio aparece un día un papel que nos hace comprender el suceso que se quiso borrar. O aparece el testimonio de un testigo o de un contemporáneo. En este caso hay en los escritos de Herrera Luque al menos dos cosas: uno es la desaparición de la segunda parte de la “Historia” de don José Oviedo y Baños (1671-1738) destruida por los mantuanos que es la base de “Los amos del valle”. La otra es la peripecia del general Manuel Carlos Piar (1774-1817), sus orígenes verdaderos, tan ocultados por la historia. Y esto se rectifica porque siempre existe la historia oral que todo lo recuerda, lo va pasando de generación en generación porque la patria, según el decir del padre Carlos Borges (1867-1932), son lo que nos cuentan los mayores, “es el sillón de la abuelita en la penumbra del rincón amable y medrozo donde ella nos cuenta las historias” (“Obras completas”, Caracas: Cromotip, 1971, p. 512). Y eso también nos lo que recuerda el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005): ”La tradición oral es la única fuente de comunicación que no se puede saquear, robar ni borra” (“Vigilia del Almirante”, Madrid: Alfaguara, 1992, p.78).
Pero hay en Herrera Luque otra concepción más, que el trabajó mucho. Es la denominó “la historia detenida”, que era para él ”esa fijación injustificada a situaciones pretéritas es lo que en mi opinión hace sufrir tanto a Venezuela. Es lo que llamé La historia detenida” (t. III, p. 194).

NUESTRAS ESENCIAS

A través de lo que nos tramite Herrera Luque a través de La historia fabulada podemos penetrar en la esencia de lo que es Venezuela. En verdad siempre se ha dicho, otra vez por la boca del padre Borges, poeta, intelectual destacado, el mayor orador venezolano de su época (“Obras completas”, p. 588-589), que nuestro país se ha movido siempre entre el Tirano Aguirre y Martín Tinajero, es decir entre la violencia inusitada y la bondad, entre el mal del etarra, y de todos los violentos que le han seguido, y la bondad del santo de la conquista o la severa admonición del magistrado equilibrado ante la fuerza bruta, es el momento de “el mundo es del hombre justo” que dijo el doctor José María Vargas (1786-1854), ese arquetipo de la venezolanidad, ante la militarada desatada, durante “la carujada” (julio 8, 1835). Por ello indica Herrera Luque: “Carujo es una triste realidad” (t. II, p. 380) al igual que todos los otros carujos quienes no han dejado desenvolverse naturalmente nuestro régimen político-social.
Pero también ha sido esencia nuestra el continuo “bochinche” que dijo don Francisco de Miranda (1750-1816), el cual ni siquiera hemos logrado como administrar, según la aguda observación del historiador Ramón J. Velásquez.

QUE HAN SIDO LOS GOBIERNOS

Y ese contrapunteo entre la agresividad y los que desean el normal desarrollo de una sociedad el que explica sobre todo que hallamos tenido escasos buenos gobiernos, que los políticos hayan utilizado la presidencia para enriquecerse y no para servir a la nación, más aun desde que apareció el petróleo y mucho más desde que los precios del barril, en 1973, alcanzaron altísimos precios, lo que hizo presente el imperio de la corrupción, que es todas formas viejo mal venezolano, nos viene de la colonia. Acrecentado esto mucho más en la reciente subida en donde el barril llegó a los 100 dólares y su producto nunca fue utilizado, como lo hemos visto, para el desarrollar del país y para dar felicidad a los venezolanos. 800.000.000 millones de dólares han sido dilapidados, regalados, sin que se haya dado cuenta de ellos a los venezolanos, los verdaderos dueños de esa riqueza.
Es por ello que tiene razón Herrera Luque cuando señala que lo que hemos visto siempre en Venezuela es “La legitimación de la ilegitimidad” (t. I, p. 43)

LOS NEGATIVOS QUE HAN PERVIVIDO

Y esto que hemos expresado lo que llevó a Herrera Luque a caracterizar nuestra política como aquella en la que pervivido siempre lo que denominó, en una página de su novela “Los cuatro reyes de la baraja” (Caracas: Grijalbo, 1991, p. 49) el “realismo atroz” presente siempre para él en la política venezolana. La presencia de ese “realismo atroz” es lo que hemos denominado nosotros el “anti-Maquiavelo criollo” con el cual se manda entre nosotros, siempre lejos de la concepciones del florentino, sin la obligatoria prudencia que debe tener quien gobierna, sin comprender que la política es solo el arte de lo posible y que todo mandatario para actuar con sentido común, del que siempre ha carecido la mayoría de ellos, deben hacerlo para servir bien al pueblo, como lo indicó el historiador Tomás Polanco Alcántara (1927-2002), “con claro talento, serenidad de espíritu, voluntad de trabajo, conciencia del interés colectivo, recta intención patriótica, valentía ante los peligros, decisión ante la adversidad” (“Venezuela y sus personajes”, Caracas: Italgráfica, 1997, p. 6). Esto hay que hacerlo, como recalcó el maestro Augusto Mijares (1897-1979) dentro de los parámetros de la tradición civil, de la realidad, buscando el orden y el progreso. Y se requiere siempre, como dice el mismo pensador, “Una altiva seriedad interior, sostenida por grandes esperanzas… (es) la manera peculiar de ver la vida… tan diferente a la ligereza y chabacanería que… parece impregnar cuanto hacen o expresan los que debieran ser conductores políticos, intelectuales o morales de la sociedad” (“Vida romántica y romanticismo literario”, Caracas: Ministerio de Educación, 1971, p. 28). Y terminar siempre lo iniciado, señalada como necesidad nacional según el humanista Blas Bruni Celli (“Biblioteca hipocrática”, Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1984, p.7).

LOS POSITIVOS

Situado el país entre la violencia de los gamonales y sus acciones, la actividad del neo-caudillo, el país, al decir de Herrera Luque, siempre ha poseído personajes positivos, como podría ser entre los que estudia un conquistador, uno de los fundadores de Caracas, Alonso Andrea de Ledesma, cuyas acciones sonaron tanto que llegaron hasta don Miguel Cervantes quien lo utilizó como modelo para la creación de don Quijote. Tiene este rudo conquistador de lanza en ristre aún descendientes aquí.
La otra que examina Herrera Luque fue la primera gobernadora de Margarita (1542), la primera mujer en tener poder político entre nosotros, en el siglo XVI, doña Aldonza de Villalobos Manrique (c1520-1575). Fue ella, según se ha demostrado la segunda mujer en nuestro continente en regir una gobernación.
Estos venezolanos, y muchos otros y otras, quienes han actuando a lo largo de nuestro devenir, algunos en nuestras horas más graves, dejando siempre el testimonio de su acción positiva, forman lo que Augusto Mijares, a quien nos da siempre tanto gusto citar, denominó “la continuidad espiritual de Venezuela”, lo que pusieron las bases para que lo “afirmativo venezolano” actuará una y otra vez.
Pero junto a estos, demasiado abundantes han sido lo que Herrera Luque denomina los “venezolanos efímeros”, los mediocres quienes siempre han entrabado el lógico desarrollo del país.

LO QUE HAY QUE DECIR

Es por ello que insiste Herrera Luque, al hacer el balance entre los positivos y los efímeros la forma en que “Entre nosotros los Quijotes están expuestos al escarnio” (t. I, p. 35). Y por ello indica: “Esa es la razón por la cual el hombre honesto se aleja de la política” (t. I, p. 156)

LA ESENCIA

Para Herrera Luque llegaremos a la realización plena el día en que nos propongamos los venezolanos a “ser más” en vez de “tener más” (“Los amos del valle”, t. II, p. 236 y 343). Los ejemplos allí son, para Herrera Luque, Miranda y Juan Germán Roscio (1763-1821).

COMO SON LOS VENEZOLANOS

Producto de su larga meditación sobre Venezuela nos muestra Herrera Luque como somos los venezolanos. El dice que somos impredecibles, contradictorios (t. II, p. 296), anárquicos pero también generosos, compasivos, valientes.

EPILOGO

Queremos cerrar esta exposición con dos pensamientos de Herrera Luque. El primero es el que ha sido denominado por su viuda “Mensaje”. El segundo fue una frase muchas veces repetida por él.
El “Mensaje” apareció hace poco al hacerse una nueva revisión de los papeles personales de Herrera Luque. Es una hoja manuscrita, testada sobre los originales de “Los amos del valle”, por lo cual podemos presumir que fue redactada en 1979.
En su “Mensaje” escribió Herrera Luque:

1) El pueblo venezolano ha luchado tesoneramente contra la adversidad.
2) El esfuerzo hecho por siglos no ha sido compensado en forma proporcional lo que lo ha hecho zamarro, escéptico sobre el final, salvo que un factor imprevisto dependiente del azar (la suerte) que en nuestra vida abunda, lo saque de abajo (El Dorado al principio, las perlas, el cacao, el contrabando, la mujer botín, el tesoro enterrado, el amigo ministro, la asonada, el negocito, el petróleo, el peculado y el 5 y 6 lo saquen de abajo).
3) Dentro de esta puerta abierta al factor mágico, el venezolano común y corriente es de un realismo atroz. Conoce a ciencia cierta nuestra realidad política. Sabe que la razón es siempre del más fuerte. Se siente incapaz de modificar con su esfuerzo personal la injusticia que nos abruma. Juega siempre a ganador. El éxito injustificado de sus iguales lo hace retaliativo y peligroso. Es el momento en que más se aproxima a la… (ilegible) (¿revuelta?) y en especial si su seguridad se angosta.
4) El régimen de castas prosigue silenciado. El mejor antídoto es el conocimiento: destruir mitos y recrear realidades que sí existieron y devolviendo al mestizo y al negro marginado de su historia la importancia de su papel en la génesis y desarrollo del país. Por realista es receptivo en grado sumo, lo que explica su capacidad educativa y su enorme capacidad de superación. El pueblo venezolano respeta en silencio a sus verdaderos héroes, y si surgiese un caudillo, el mismo que espera, habría una profunda transformación”.
Concluimos con una frase, llena de esperanza, que le gustó pronunciar constantemente, según lo recuerda siempre una persona muy cercana a él, la profesora Yajaira Rauseo. Es esta: “Hay un nexo más grande y más fuerte que el de los hombres indignos y es el nexo de la gente de bien”.

Conferencia pronunciada la tarde del lunes 27 de abril de 2009, dentro de los eventos del “Festival de la Lectura”, organizado, por la Alcaldía de Chacao, en la Plaza Altamira, en la festividad de Sant Jordi, para la divulgación del libro y de la lectura).


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A dos manos

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

La última generación literaria venezolana, la que aquellos que bordean los cuarenta años, lo más común entre muchos de ellos y ellas, entre los mejores, porque es la edad de la sazón: ellos han podido formarse, leer y vivir lo cual es sustancial para escribir. Una de ellas es Helena Arellano Mayz (1963) quien es autora del libro de cuentos “Arandelas de humo” (Caracas: F & L Editores, 2006) y de las nouvelles “¿Murciélago o mariposa?” (Caracas: F & L Editores, 2005. 97 p.) y “A dos manos” (Caracas: F& L Editores, 2008. 136 p.), obras a través de las cuales nos ofrece su mundo imaginario. Ella es también artista plástica cuyos collages “Diario de P” se pueden ver en un video que exhibe Google.com.
Nos ocupamos de “A dos manos”, el primer libro suyo que hemos recorrido, en donde está presente no solo una escritora sino una creadora con palabra propia, dominio del lenguaje, el que trabaja con belleza, con honda entonación poética en ciertos momentos.
En “A dos manos” usa el arte de la noveleta que requiere, para que salga con exactitud, de una especial destreza en su elaboración. No hay que olvidar las grandes obras que se han escrito dentro de este género en las letras universales. Bastaría para ello citar “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, tan perfecto que William Faulkner pensó que la había podido escribir para haberlo visitado Dios. Le dio el Premio Nobél de Literatura. Anotaríamos otros magistrales dentro de este género: “El pabellón número seis” de Antón Chejov, “La Sonata Kreutzer” (1889) y “La muerte de Ivan Ilich” (1884) e incluso su “Hadyi Murad” (1912) de Leon Tolstoi, “Los papeles de Aspern” de Henry James, “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, “Los muertos” de James Joyce (de sus Dublinenses), “La muerte en Venecia” (1912) de Tomás Mann, “El baile de Irene Nemirovsky”, “La balada del café triste” de Carson MacCullers, “La perla” de John Steinbeck, “El día de acción de gracias” y “Un recuerdo de Navidad” de Truman Capote y “Seda” de Alejandro Baricco. Pero las hay destacadísimos en las letras latinoamericanas y en las venezolanas. En las letras hispanoamericanas hay incluso un escritor, el chileno José Donoso, que se dedicó a ella como mucha preferencia. En las nuestras quien más las ha cultivado, con especial suerte, es Eduardo Liendo.
En A dos manos Helena Arellano Mayz al utilizar las estructuras de la literatura autobiográfica le da una carnadura especial a esta especie de comunicación entre dos soledades. Lo decimos porque al Armando comentar, o crear un texto paralelo, sobre la escritura de una mujer, Carlota, se establece un diálogo, ya no están solos sino juntos gracias al poder de la escritura. Así nace “esta historia de cartas postales” (p.95). Es por ello que no sea casual la referencia (p.11) a la película “Perdidos en Tokio” que nos ofrece el encuentro de dos solitarios, pero ellos hablan entre sí. Armando y Carlota lo hacen gracias a los textos escritos por ella.
Todo funciona así en “A dos manos”: a Carlota se le pierde su diario en una calle de París, “un cuaderno pequeño de tapa verde” (p.15), en donde está la confesión de su amor y de sus vivencias y desencuentros de una relación con un hombre. Armando lo encuentra, lo lee y lo va glosando en un texto creado en forma de tarjetas postales dirigidas a ella (p.15). Los dos textos nos permiten comprender lo que es la aventura del amor en pareja vivido por un hombre y una mujer. En ese sentido A dos manos es una larga confesión sobre el amor y sobre su periplo, el más importante sin duda por todo hombre y toda mujer. Es por ello que no se puede escribir sobre el amor sino se escribe sobre los que sienten los hombres y las mujeres enamorados, sobre el vivir de hombres y mujeres. Hacerlo, de la forma bella que nos lo ofrece Helena Arellano Mayz, es uno de los logros de este precioso novelín.
Para que el lector comprenda claramente el sentido de “A dos manos”: lo que escribió Carlota lo encabezan los nombres de los días, mientras que la glosa de Armando, creemos que esta es la palabra precisa, están identificadas por las fechas, quizá por aquello que escribió el colombiano Germán Arciniegas (1900-1999) que la mujer vive cada minuto, cada hora y los hombres los días. De la interrelación entre ambas escrituras surge “A dos manos”.
A dos manos es también novela de textos, en este caso el cuento “La carta robada” de Edgar Allan Poe (1809-1849) o “La carta postal” de Jacques Derrida (1930-2004). Pero es también obra de intertextos como lo son novelas contemporáneas tan actuales como “El paciente inglés” de Michael Ondaatje (1943) o “Las horas” de Michael Cunnigham (1952). Lo son también “El maestro de San Petesburgo” y “Foe” del sudafricano John Maxwell Coetzee (1952), citamos sus fechas de nacimiento para que pueda ver como este modo de trabajar la ficción es prácticamente un propósito generacional. Son estas las novelas de los fragmentos, de la intercalación de textos, como el “Libro negro” que lleva a todas partes el protagonista de la novela de Ondaatje o la presencia de la novela “Señora Dalloway” de Virginia Wolf (1882-1941) en Las horas, en esta misma obra un texto se explaya y reelabora a través de tres historias fascinantes en las cuales nunca es fácil para el lector escoger cuál es la mejor, las más significativa. No es casual que “El paciente inglés” y “Las horas” hayan dado lugar a tan conmovedoras películas.
Hay en “A dos manos” también citas intertextuales como una a García Márquez (p.41), una de Sandor Marai (p.83), otra a aquel escritor ruso que prefería las mariposas (¿Gogol?).
Es por esto también que escribir, el acto de hacerlo, el momento de sentarse ante la página en blanco o ante la ventana vacía del computador, sea el tema de A dos manos.
El hecho de escribir permite al lector encontrar en A dos manos una larga meditación sobre este oficio, este de alguna forma también la crítica, la interpretación del texto desde si mismo.
Hay también observaciones sobre el modo de escribir ficciones. Tal cuando leemos: “Dicen que la ficción es falsedad, pero he sentido que puede tener más verdad que todas las mentiras juntas con las que nos sostenemos para no caer en el fondo de nuestras realidades” (p.25).
Pero también, al unísono, en “A dos manos” se mira y se trata sobre el amor, este es otro de sus asuntos focales. Amor pero en contrapunteo con el acto de crear, de escribir en un momento alto del ser hombre y del ser mujer: escribir sobre el amor. Así las experiencias de un hombre y una mujer se entrelazan aquí, bellamente, turbulentamente, llenas de desasosiego en algunos de sus pasajes.
“A dos manos” es además una meditación sobre lo más hondo de la condición humana que no es otra cosa que “El reconocer y dar a conocer el alma al otro, une. Une fuertemente, sin lazos ni compromisos, sin intercambio de promesas ni juramentos eternos” (p.72). Es por ello que leemos que Armando intenta:”hurgar el humus humedecido de tu humanidad” (p.123). Aquí no es casual que subraye cada una de las “haches”.
Y es por ello que vivir, ese que sale de las entrañas, ya que no puede ser cerebral sino pasional porque “el sueño de la razón produce monstruos” (Goya), este asunto también palpitante en A dos manos. Tanto porque “dibujar es como vivir, no se hacen borradores. Cada acto es como cada trazo” (p.79), “No huyas de aquello que te persigue como una sombra, date la cara, sino las llevarás por donde quiera que vayas. Al intentar contradecir al viento, evadirlo, caminarás al margen de los latidos, relegarás de ti, y ése será su destino, uno alienado… Agárrate de mí. Sujétate, daremos vueltas” (p.80). Y de allí la interrogante como consigna Armando en las dos últimas citas. O ella cuando testa: “¿De qué sirve vivir, solamente, bajo el principio de realidad si este tránsito es tan breve… para algunos tan brevísimo. Gracias por estar ahí, pero tan lejos, no importa, yo me ocupo de halarte cerca, aunque sea sólo en mi imaginación me acompañas cada vez que escribo. Ésta es la mejor novela que leerás en tu vida sentencio, según el principio de ficción” (p.105. Subrayados de la autora). Aquí otra vez se juntan el escribir con el sentir lo que nos junta a quien amamos. Y no podemos hacerlo sino como ella dice:”No puede exudar lo que no palpita estremecido, encrespado, amarrando, estrujando el alma con el cuerpo” (p.50).
Ella vivía la agonía de un amor perdido por ello escribía sus cartas a aquel que la había dejado o se había ido. Estaba desasosegada por ello vendía ropa interior “para sublimar sus deseos” (p.14). Y el escribir es tan significativo para ella, prácticamente un acto terapéutico para sanar, por ello no le pudo suceder nada peor que haber extraviado lo que diariamente consignaba en las hojas de sus Cuaderno verde porque al sucederle esto “Había perdido las cartas, las líneas que le escribía a él como escribiéndose a sí misma” (p.16), porque aquí, como en toda la literatura autobiográfica, la presencia del yo es lo esencial.
Por ello en el Cuaderno verde escribe: “Como ahora a ti. Aquí, al escribirnos. Sabes que lo hago por los dos, para compartir un espacio que no existe. Lo levanto ladrillo a ladrillo con cada palabra. Un castillo de naipes, de cartas, suntuoso y frágil, de papel, inflamable” (p.21-22). Y anota: “Quisiera dirigirme en línea recta, directa, sin correo, a ti, pero no lo logro… ¿Una tragedia de la destinación, del designio, del destino” (p.22), “Quisiera llegarte, llegar hasta ti, y corro, corro y caigo todo el tiempo, de zancada en zancada…” (p.22) y ello porque el amor es con una sola persona por ello leemos: “Sólo estás tú en mi mundo. Te espero” (p.25), “Te lo repito: para ti. Escribo para ti y solo a ti te hablo” (p.27).
Y por ello redactando su testimonio busca un interlocutor: “Doy risa… Dibujo cartas sin destinatario. Arabescos de palabra sin respuesta. Si alguien ha leído hasta aquí es porque en algún lugar del mundo debe haber oto/otra como yo” (p.42). La búsqueda de un interlocutor, como nos enseñó la española Carmen Martín Gaite (1925-2000), en un ensayo así titulo, es lo que se propone todo escritor. Pero, además, no hay amor sin diálogo y sin encuentro. De allí todo lo que la autora del Cuaderno verde nos indica sobre el erotismo, que se produce al dar el encuentro entre el hombre y la mujer. De allí la cita de Marai que Armando hace en unos de sus comentarios:”Allí donde Eros no se manifiesta, la gente se vuelve sorda e inerte” (p.83) porque la sexualidad es el motor de la vida. Y ella busca el erotismo con alma porque lo que desea es practicar un rito, una liturgia, en un templo (p.127). Es la única forma de recuperar el susto del amor, García Márquez acusó al siglo XX de haberlo perdido, consideró que era uno de sus grandes pecados. Y ello en la presencia, así lo registra Carlota, de un hombre viril, gentil, capaz de llorar. La única forma es que sea uno de esos “hombres sensibles”, sensitivos, que pedía Anais Nin (1903-1977) o los hombres afectivos que dice Shere Hite. Y todo ello, como dice Armando, “El amor no se elige; te envuelve desde atrás como una sombra que te alcanza cuando tienes a ese ‘otro’ al frente, encontrándose contigo” (p.128-129).
Y es por lo que sufre, para evitar escuchar los melancólicos Fados lisboetas, como lo hace Armando (p.121), que prefiere escribir. Por ello redacta: “Hay quien novela su vida para aliviarse, yo la saturo con cartas” (p.52), “entonces me quedo ligada a ti escribiéndote… ese recinto sagrado en el que guardaremos plegarias, secretos y amores” (p.64) que es la escritura, la cual permite reconocernos “y dar a conocer el alma al otro, une. Une fuertemente, sin lazos ni compromisos, sin intercambio de promesas ni juramentos eternos” (p.72).
A todo ello Armando responde en sus comentarios: “Quien quiera que seas, a ti no te puedo mentir, te has convertido en mi sombra, en aquella que sostiene mi espejo, mi sosía como llamaban los griegos a su otro yo” (p.36), “Me reconforta leerte. No dejaré de hacerlo. Enlazaremos nuestras líneas, te llevaré de la mano a conocer mi ciudad, la de afuera y la de adentro… ya te quiero como eres, obsesiva, necesitada y sincera” (p.43).
Armando llama Ana a la desconocida destinataria, cuyo nombre no conocemos sino en la línea final de esta narración (p.136). Por ello le dice: “he atravesado el océano para sentarme a contestar cartas sin destinatario, fabulándote Ana, a partir de tus líneas” (p.48-49) porque: “El halo poético de tus líneas envuelve y desespera, me atrapa y me disgusta” (p.73). La vida, apunta en su respuesta a Ana: “La vida está en la emoción o estás vivo porque sientes. ¿O será que el diálogo de nuestros cuadernos permite a dos seres heridos ayudarse mutuamente a cerrar un círculo?” (p.91). Y están tan cerca, casi brotando el amor, que él escribe: “prefiero ceñirme a la cintura poética de tu prosa, meter la nariz en tu ombligo” (p.110-111).

Mayo 25, 2009


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Doña Bárbara con Kalashnikov

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Taller Crítico
DO?A BARBARA CON KALASHNIKOV

En verdad que Do?a Bárbara con Kalashnikov (Caracas: Alfa, 2008. 239 p.) hace de Juan Carlos Zapata (1960) un novelista, pero un narrador en quien se entrecruzan la realidad con la ficción lo cual lo lleva a elaborar por un lado un cierto tipo de novela social pero que especialmente lo empujó a hacer lo que se llama una “novela verdad”. Un tipo de obra que quien llevó a su mayor altura fue Truman Capote (1924-1984) en “A sangre fría” (1966) pero también Gabriel García Márquez en “Noticia de un secuestro” (1996). Pero además al hacerlo logra Zapata como fundir el ejercicio del periodismo con el de escritor que usa la imaginación para escribir narraciones. Las relaciones entre periodismo y literatura en las letras contemporáneas son muy grandes, ineludibles, imposibles de soslayar, prácticamente casi cada uno de los grandes escritores, aquellos que leemos con admiración, o han sido periodistas o reporteros o desde el periódico han hecho parte de su faena como afamados columnistas, han aprendido el uso de su lenguaje particular y el modo de llegar a todo el mundo porque el “periódico es el libro del pueblo”, como dijo nuestro Cecilio Acosta (1818-1881), en 1856, en sus “Cosas sabidas y cosas por saberse” (Obras completas, ed. 1982,t.II,p.680).
En este libro de Juan Carlos Zapata se ha escrito entre nosotros una novela del llano y quizá la primera del Alto Apure. Pero concebida por alguien nacido en esas tierras, que la lleva en el alma, que la quiere y padece. De allí las menciones tan certeras a Rómulo Gallegos (1884-1969), a sus obras como “Do?a Bárbara” (1929) y “Cantaclaro” (1934) así como su presencia por allá, incluso el día que asumió la presidencia, aunque este hecho puede ser muy bien una licencia del autor. Las novelas de Gallegos hoy con Chávez en el poder no pueden ser más actuales, han revivido.
Novela de la violencia en la región del Arauca y la historia de la gran tragedia que estamos viviendo allá hoy en día con la presencia allí de las guerrillas colombianas y el narcotráfico, su a?adido porque los insurgentes de la izquierda han renunciado a todos sus ideales, a toda ética revolucionaria, al apoyarse en el tráfico de drogas, la negación de sus concepciones. Hay momentos de gran valentía en mucho de lo que dice Juan Carlos Zapata aquí. En verdad se puede decir que dado lo relatado con pormenor en este libro se puede decir que la paz lograda por Gómez en la batalla de Ciudad Bolívar en 1903, paz que duró un siglo, ya no existe: esa paz se rompió en el Alto Apure bajo el régimen de Chávez.
Y se podría a?adir dentro del mismo registro que los más de cien mil muertos habidos en nuestro país en los últimos diez a?os también enfatizan lo que describimos. Es muy posible, pensamos al analizar la acuciante cuestión, que muchos de estos asesinatos haya sido políticos, por ello somos el país más homicida de la tierra. Que la alta tasa de homicidios era característica de Venezuela ya lo había advertido Francisco Herrera Luque (1927-1991) desde la primera edición (1961) de “Los viajeros de Indias”. Pero la realidad lo que ha hecho es confirmar su trágico aserto.
El libro de Juan Carlos Zapata es estremecedor en todos los sentidos, el contrapunteo, algo muy llanero, de la historia del pasado con la del presente en el Alto Apure siempre están bien logradas.
Creemos, como estudioso de nuestra historia y lector de sus documentos, que si las tierras de “La Marquese?a” pertenecieron a la familia de Chávez, como se ha propalado ahora por boca del Comandante, no fue ni por compra legal ni por herencia sino por los robos y abigeatos cometidos por Pedro Pérez Delgado, Maisanta (1881-1924) en los a?os en que vivió en Sabaneta en la época de Gómez, pueblo barinés donde nació el biznieto en los a?os cincuenta. No hay que olvidar que Maisanta, pese a la leyenda falsa que se le ha inventado ahora, fue gomecista y que como caudillo fue ser venal a los cuales el poder protegía y podían hacer todas las barbaridades que se le ocurrieran, como los robos de tierras hechos por Maisanta en Sabaneta. Gómez aceptó incluso a Tomás de Funes (1855-1921) en Amazonas. Lo fusiló Emilio Arévalo Cede?o (1882-1965), un guerrillero opositor, hombre de cívicas convicciones. A todos estos hombres, encarnados por Gallegos en ?o Pernalete (en Do?a Bárbara,1929), desde Maracay los apoyaban si eran fieles políticamente al Benemérito y cumplían sus órdenes. Si fueron de Maisanta las tierras de “La Marquese?a” nunca poseyó ningún título de propiedad que presentar y si en cambio el se?or Azpúrua tenía títulos que venían desde los tiempos del rey Carlos III (1759-1788) en el siglo XVIII. Eran tierras bien desarrolladas por los Azpúrua quienes hasta una escuela de “Fe y Alegría” habían fundado en su hacienda para la formación y educación de los hijos de sus trabajadores.
Donde se considera en esta novela a Andrés Eloy Blanco (1897-1955) “líder” de la Generación de 1928 hay que aclarar porque en verdad los dirigentes del movimiento de ese a?o fueron los estudiantes universitarios. Sobre la presencia entre ellos de Andrés Eloy Blanco nada más claro que esta observación de Miguel Otero Silva (1908-1985), uno de esos estudiantes, el autor de “Fiebre” (1939),”De ese movimiento de 1928, tan envidiado como escarnecido, voy a hablar un poco hoy, no a través de sus resonantes cifras políticas, sino a la luz de tres de sus poetas. Tres poetas que, sin ser estudiantes universitarios ni pertenecer cronológicamente a nuestra generación, se sumaron íntegramente a nuestra pelea, más en condición de compa?eros que de maestros, y dieron de sí mismos todo cuanto tenían por dentro, que no era poco. Es imprescindible que los evoque hoy… El primero fue un indio flaco y so?ador llamado Pío Tamayo… El segundo de ellos fue Andrés Eloy Blanco… El tercero fue Antonio Arraiz (“Prosa completa”, ed.1977, p.8-9,12,16). Esto dijo Otero Silva en su Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua (marzo 6, 1972).
Los novelistas actuales del llano hoy son, por la excelencia de sus libros, su prosa y el modo de manejar la fantasía, José León Tapia (1928-2007) y José Napoleón Oropeza (1949), pero ambos lo son más bien de Barinas aunque nuestro admirado doctor Tapia ha hecho sus incursiones en el Alto Apure en “Maisanta, el último hombre a caballo” (1974) e incluso en “Tiempos de Arévalo Cede?o” (2006).
Esta novela de Juan Carlos Zapata agarra al lector y no lo deja soltar la obra hasta acabarla, lo cual siempre es un logro para cualquier narrador. Al contar la tragedia narrada hace al lector quedarse clavado en la butaca de leer con en el libro entre las manos. Para el escritor Herrera Luque, a quien vimos trabajar en sus novelas bien de cerca, era una virtud que debía tener cada una de sus obras y las trabajaba mucho hasta lograr ese gancho: que el que iniciara la lectura de una novela suya no pudiera soltarla hasta acabarla. Aquí, repetimos, también se logra, el drama que se cuenta hace al lector quedarse pegado a las hojas del volumen hasta llegar a su última línea.
Y en fin con este libro su autor ingresa a la nueva y actual generación literaria, la que bordea ahora los cuarenta y por ello han podido formarse bien, leer mucho y vivir: todo ello necesario para poder escribir. Esta generación que hemos denominado de 1998, por diversas razones, hay que considerarla ya, y eso pensamos, “luminosa” por sus primeros buenos resultados.

Enero 27,2009


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La Cruz más lejana del Puerto

por Alberto HERNÁNDEZ

Crónicas del Olvido

LA CRUZ MÁS LEJANA DEL PUERTO

I
La mareante realidad de un país entra como una tromba en la ficción. Se hace estructura en la dinámica de un escritor que se sabe parte de un territorio invadido por el mito. Así, La cruz más lejana el puerto (Monte Ávila Editores Latinoamericana/ Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico de la Universidad de Los Andes, 2003), de Edilio Peña, revela el tejido de una familia cuya fatalidad transita con el cadáver calcinado de una mujer. Los cuatro personajes “responsables” de ese evento criminal, hermanos para las señas particulares que el lector sabrá descubrir, se imbrican en tensiones tan cercanas que quien entre en la historia será testigo de excepción de la telenovela en que se ha convertido el escenario donde la tragedia se desarrolla.
Esta novela de Edilio Peña bebe de la mitología, de los héroes que han formado parte de la vieja cotidianidad de un país hoy convertido en un miedo agobiante. Aquí nos detenemos, en las imágenes teatralizadas de los héroes de la independencia y de los abortados por la guerrilla venezolana en la década de los sesenta. El mito del héroe es la imagen en carne y hueso de un Guardia Nacional que se cree el padre de la patria. Y si Bolívar y Fidel son ejes del drama, el presente es el diagnóstico de todos los fracasos. Esta novela es la revelación de ese fracaso, el del romanticismo devenido en retrato del montonero heroico, en estatua ecuestre de libertador agredido por las heces de la modernidad y sus sobras, decomisadas por una milicia callejera, pero más por la interpretación que los nuevos legitimados por la historia hacen de ese pasado cada día más desconocido. El discurso del mito se construye entre la dentadura del poder -a través de las consignas y la amenaza cuartelaria-, el cual favorece el tumulto, la algarabía de una revolución cuya existencia tiene sede en la herencia escrita y en las leyendas rurales alrededor de un campo de batalla aún hediondo a pólvora y a cadáveres insepultos.
La cruz más lejana del puerto es la telenovela de esa familia convertida en la metáfora de un país. Es la ruina y el esplendor y de nuevo la ruina de un tejido social ahíto de largos discursos, de la permanente escolaridad representada en la estultez de la Sociedad Bolivariana.
II
Realidad y ficción nadan en las mismas aguas. El imaginario de este universo narrativo contiene tres puntos de vista: el del propio escritor, quien conduce al lector a la certidumbre de saberse escrito por un testigo; la historia de Manuel, quien como personaje sucumbe ante su propia tragedia, y la telenovela de un guionista de TV que crea una meta realidad, un más allá de los síntomas que se mueven en la ficción.
Todos los personajes caben en estas tres miradas. Todos pasan por el filtro de sus puestas en escena. Y todos, sin excepción, resultan derrotados. El mismo espíritu del novelista se ve cuestionado por el discurso, lleno de remanentes verbales e imágenes que lo hacen también personaje bajo el peso del relato. Es decir, Edilio Peña también es Manuel, pero también es la voz de la culminación, de un final que inicia la muerte. Ambos, escritor y personaje, se intercambian de traje, de muertes. Ambos forman parte de la misma ficción, toda vez que el autor de la obra da a conocer sus intenciones cuando corta la historia, la deja para otra historia que será también otra historia, eje de otro narrador para la historia que no ha terminado en la realidad, susceptible de abundar en ficción.
III
Coda: La cruz más lejana del puerto es muchas preguntas. Un espacio en el que se asientan las dudas, pese a las afirmaciones que contiene el recado narrativo. El Raro, cadete que se cree el padre de la patria e intenta dar un golpe de Estado, es la imagen más próxima al lenguaje personal de quien nos representa como país, escudado en su turbio pasado. El mito está vivo, habla a diario, encadena por horas a los habitantes a través de un discurso que contiene la unicidad de un sueño a la espera de una última página para convertirse en pesadilla: “Entonces, sin que nadie lo pueda evitar, la imponente y bestial presencia de las hordas se instala también en el espacio de la ficción”. El mito se revuelca en el miedo.


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La quema de los Libros

por Eduardo CASANOVA

Hace poco circuló por Internet la noticia de que durante la administración de Diosdado Cabello se destruyeron miles de libros en el Estado Miranda, entre ellos algunos títulos de Rómulo Gallegos y muchos de autores mirandinos. Ahora circula otra noticia por el estilo: los libros de la biblioteca de Don Chío Zubillaga Perera, que estaban en custodia en la Biblioteca “Riera Aguinagalde”, de Carora, fueron quemados por disposición de la Directora de la Biblioteca Pío Tamayo, que encabeza las bibliotecas regionales de Lara. La señora directora como que buscaba un lugar para algunos libros editados por el gobierno nacional, y la persona encargada de la Biblioteca Riera Aguinagalde le informó que en unos estantes estaba “un montón de libros viejos”, y la funcionaria, cuyo nivel cultural evidentemente no debe ser muy alto, ordenó que los botaran, lo que se hizo con la colaboración de la Policía, que en vez de combatir la delincuencia disfrutó enormemente quemando libros. A la barbarie de quemar libros, se suma el hecho de que el gobierno actual no se cansa de proclamarse izquierdista, y los libros que quemó eran de uno de los más notables maestros de la izquierda de su tiempo, que dejó en ellos notas manuscritas, señalamientos, comentarios que deberían servir de guía a quienes aún creen en las ideas de izquierda. Eso es lo que se gana cuando llegan a posiciones de gobierno personas que no tienen la más mínima preparación, la más mínima cultura, como son, por desgracia, esos que se autotitulan “rojos rojitos”. Son rojos como la candela de las quemas. Como la sangre que puede costarle al país la lucha contra los ignorantes, contra las bestias que queman libros.

 
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