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Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

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Categoría: Filosofía

Thomas Mann

por Eduardo CASANOVA

Cuando tenía quince años, y a pesar de que varias personas me advirtieron que “La montaña mágica” de Thomas Mann era de muy difícil lectura, decidí entrar de lleno en sus páginas, y lo logré con sorprendente facilidad. Me sentí encantado con los personajes, el ambiente, los diálogos, las discusiones filosóficas y, allá como un telón de fondo que se acerca y se aleja, la Guerra Europea. Muchos años después, en agosto de 1967, cuando por una auténtica gripe viral el médico me ordenó quince días de reposo, justo cuando acababa de llegar a Buenos Aires Frank Iturbe, que podía hacerse cargo del Consulado de Venezuela durante mi ausencia, aproveché para hacer una segunda lectura que me gustó aún más que la primera. Y la leí por tercera vez en Beijing, en China, en el invierno de 1991, para llenar las larguísimas noches en una ciudad en la que no podía leer televisión ni ir al cine o al teatro ni hacer otra cosa de noche que leer o dormir. La trama de la novela es sencilla: narra la visita de Hans Castorp a su primo, recluido en un sanatorio antituberculoso en las montañas suizas, que debía ser de tres semanas pero se convirtió casi en una vida, pues Castorp, a causa de unas fiebres, termina internado. Y allí emprende magníficas discusiones en las que trata temas como la política de su tiempo, la medicina, el pensamiento, etcétera. Hacia el final se queda solo porque el primo, a pesar de su enfermedad, decide abandonar el lugar para incorporarse a la Gran Guerra, en donde seguramente, o por una bala o por la acción de los bacilos de Koch, encontrará la muerte. En realidad se trata de un inmenso paseo por la civilización europea de su tiempo, realizado con la auténtica maestría de uno de los más grandes novelistas de la historia. Otras de sus obras, como “Los Buddenbrook”, “Muerte en Venecia” y “Doctor Faustus”, las leí en distintos sitios. En 1968, en el otoño, fui especialmente a conocer Lübeck, la pequeña y bellísima ciudad en donde nació Mann en junio de 1875, y me encontré con la sorpresa de que nadie sabía nada sobre el gran novelista. Descubrí la auténtica casa de los Buddenbrook, que era la sede de un banco y sobre la puerta principal tenía una gran placa en donde se decía que era una casa del renacimiento y que allí vivieron a lo largo de muchos años varias familias, entre las que citaban a los Buddenbrook y muy de paso a los Mann. Siete años después, también en otoño, vi que habían puesto una placa especial en la misma casa en homenaje a Mann, y que frente a donde estuvo su casa natal (destruida por los bombardeos americanos) también había un monumento de mármol indicando que allí había nacido el escritor. Eso fue por su centenario, y muy afortunado. Mann, que pertenecía a una familia importante, se fue de Lübeck todavía niño, a München en donde estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Muy joven publicó varios trabajos en “Simplissimus”. Su primera novela fue “Los Buddenbrook”, que trata sobre la decadencia de la familia burguesa en cuya casa vivió parte de su infancia. Luego vendrían “Tristán”, “Muerte en Venecia”. Durante la Primera Guerra Mundial, inicialmente defendió las ideas de los nacionalistas, pero pronto se hizo ferviente defensor de la democracia, por lo que escribió y publicó “La montaña mágica”. En 1933, a raíz de la llegada de los nazis al poder, se exiló en Suiza, hasta 1938, cuando se trasladó a los Estados Unidos, en donde vivió hasta su muerte, que fue en agosto de 1955, justo en los días en los que yo leía su obra monumental por vez primera. Su “Doctor Faustus”, que trata de un músico que le vende su alma al diablo, explica los porqués de que Alemania cayera en manos de los bárbaros nazis. En 1929 recibió el Premio Nobél de Literatura.

 
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Enlace permanente 29/04/2008 08:59:57 am Email , Categorías Opinión, Semblanzas, Libros, Novela, Filosofía, Crónica, • 1 comentario »

Biopolítica

por Eduardo CASANOVA

Para los minerales no existe nada parecido a la libertad. No pueden moverse ni tienen nada parecido a la consciencia. Los vegetales en general tampoco se mueven ni pueden tener consciencia, pero ya están un poco más cerca de la libertad. Los animales más primitivos están muy cerca de lo vegetal, y un punto más cercanos a la libertad. Y en el mundo animal, a medida que se sube en la escala, se llega más cerca de la libertad y se está más cerca de la posibilidad de consciencia. Los mamíferos ya están bastante cerca de la libertad y de la consciencia, aunque están condicionados por muchísimos elementos que no les permiten ser libres del todo. Quizás los peces en el agua y los pájaros en el aire tengan más libertad, pero no más consciencia, que los mamíferos en la tierra. Aunque algunos puedan pensar lo contrario, en el tope de el mundo biológico está el hombre, el Homo sapiens sapiens, que además de tener plena consciencia es el ser vivo que más ha logrado acercarse a la libertad plena, de la que sólo está separado por las costumbres y las leyes, y sobre todo por la existencia de gobiernos. El ideal sería la no existencia de leyes ni de gobiernos, que el ser humano pudiera vivir en plena libertad, amparado en la bondad, en la capacidad de no hacerle daño a nadie. De modo que los ácratas y los anarquistas son los seres que más cerca están de lo justo en la medida en que ansían más la libertad, aunque hay que reconocer que es suficiente con que un ser humano, un solo ser humano, actúe mal y dañe a alguien para que se entienda que el ideal buscado por los ácratas y los anarquistas es un imposible, quizás por ser absolutamente contrario a la naturaleza. En todo caso, la consciencia, o el alma, y por encima de todo el lenguaje, son los grandes instrumentos de la libertad. Y mientras más consciente sea un ser humano, más libertad puede tener. En ese sentido, el fascismo y el comunismo, con sus reglamentaciones e imposiciones y su rechazo a la libertad, son lo más cercano a lo animal y hasta a lo vegetal y lo mineral que puede padecer un ser humano, en tanto que el sistema democrático, a pesar de que también debe tener leyes y reglamentaciones, es hoy en día lo más cercano a la libertad, a la perfección, al desiderátum. Eso es algo que, día a día, podemos verificarlo en la Venezuela del siglo XXI. El “Socialismo del siglo XXI” es una realidad simplemente primitiva, cercana a lo prehistórico, fascista y comunista, y se contrapone, dentro de la Biopolítica, al sistema democrático, que alienta y permite la libertad. Ojalá que el sistema democrático, cuando vuelva, además de libertad nos genere progreso. Y justicia social.


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Cuánto temen los dictadores la palabra Libertad

por Carmen Cristina WOLF

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.”

Cap. LVIII, parte II, El Quijote

“Por cada ser humano que vive sin libertad, la culpa debe recaer sobre todos nosotros”

Lillian Hellman, Watch on the Rhine [1941] act II*


Cuánto temen los dictadores la palabra LibertadSiempre tengo presente al poeta alemán Hölderlin por su afirmación de que el hombre recibió “el más peligroso de todos los bienes, el Lenguaje, para que atestigüe lo que es”. Siendo uno de mis poetas favoritos, le hablo desde mi tiempo y me atrevo a decirle de alma a alma que la Libertad es, unida al Lenguaje, el mayor bien que posee la humanidad, y que libertad y lenguaje son consustancialmente uno: el uno sin la otra no pueden existir.
“Yo entiendo por libertad de espíritu algo definitivo: la voluntad incondicional de decir no cuando es peligroso decir no” escribió Nietzsche. Es por eso que hay una lucha permanente por arrebatarnos la libertad, y sin ella el lenguaje agoniza hasta morir.

“El Ser del hombre se funda en la Palabra, mas la palabra viene al ser como diálogo (…)”, escribió Heidegger. ¿Cómo puede ser entonces el Mundo un lugar digno de la persona, si se niega a esta, a un grupo de ellas o a un pueblo, la posibilidad de pensar, expresarse y actuar con libertad, y el derecho a ser oído con respeto, que es el principio del diálogo? Recordemos que la libertad siempre conlleva el riesgo de tener que elegir el camino a seguir. Mas preferible es asumir la responsabilidad de ser libres a permitir que sea un hombre o un grupo de ellos los que nos conduzcan como rebaños.

Escribe Octavio Paz que la libertad “es un estado de ánimo que no sólo admite la contradicción sino que busca en ella su alimento ” (…) ¿Puede ser libre un ser humano que tiene que asentir a todo lo que se le propone por miedo a las represalias? Escuchar de veras, abandonando los prejuicios, sin resistencias y sin temor de lo que vamos a oír, es lo que nunca se hace. Los regímenes dictatoriales tienen pavor de escuchar cualquier cosa que no sea idéntica a la propaganda que ellos hace de ellos mismos. Si algo que nos dicen es contrario a lo que pensamos, ¿podremos discutirlo y llegar juntos a descubrir dónde está la verdad, siempre relativa, pues nadie es dueño de verdades absolutas? Para moverse de la roca en que está apostada la mente con respecto a la mayoría de las cosas, es necesario “una mente activa y un corazón flexible, cosa imposible cuando la mente es estática, cuando ella está fija en una creencia, en un prejuicio, en una identificación”, escribe Krishnamurti en su libro “La libertad primera y última”, cuya primera edición fue publicada en 1958.

Leer a Krishnamurti hoy, después de medio siglo, resulta impresionante:
“Creo que uno se da cuenta sin demasiada discusión, sin excesiva expresión verbal, de que hay caos, confusión y miseria … no sólo en la India, sino en el mundo entero. En China, en América, en Inglaterra, en Alemania, en todo el mundo, va creciendo la confusión, el infortunio… Hay sufrimiento político, social, religioso”. Pareciera que lo hubiese escrito hoy en la madrugada después de escuchar el noticiero. Él nos ayuda a “ver” cuál es la causa de la confusión, del temor en que vivimos prisioneros, con amenazas de conflictos sociales, guerras, terrorismo y toda clase de miserias. Él nos dice que la causa principal es la sordera, el no escucharnos, el no hacer el esfuerzo por comprendernos.

Los valores tradicionales tales como actuar de acuerdo con los dictados de la conciencia, la ética, el amor por la verdad, la nobleza y la honestidad van siendo sustituidas por la conveniencia y el interés. La ambición de poder (en mayor o menor escala), la riqueza particular o de grupos, que para unos son los automóviles, los bonos, las casas; para otros es el poder sobre las mayorías, el gozo enfermizo de poder dictarle a los otros lo que deben o no deben de hacer, sin importarl en absoluto el bienestar psíquico o espiritual de los pueblos. Todo ello con grandilocuentes discursos sobre los “beneficios” que obtendrá la sociedad si se deja engatusar y manipular por sus ideologías, sean del polo capitalista o del marxista.

María Zambrano, en su discurso con motivo de la entrega del Premio Cervantes, en 1988, dice: “Don Quijote se pone en camino a la hora del alba. No podía ser de otra manera en ese personaje que padece, de manera ejemplar, el sueño de la libertad, ese sueño que, en cierta hora, tan incierta, se desata en el hombre.” La esencia del hombre es ser libre, no podemos sentirnos íntegros sin la libertad, aunque nos ofrezcan alimentos, seguridad física, lo que sea. Y si nos es arrebatada a la fuerza, la integridad de nuestro ser no nos deja doblegarnos y seguimos pensando y luchando y añorándola hasta el último latido.

Hay muchas maneras de atentar contra la libertad, mediante amenazas, humillaciones, sometiendo a las personas al escarnio con ofensas y descalificaciones, vigilándolas en sus actos más inocentes y penalizándolas si no cumplen con las instrucciones del aparato estatal. Otra forma sería uniformando la educación de los niños y jóvenes en alineación con una ideología política.

Los gobiernos cumplen el papel de coordinadores del intercambio entre los miembros de una comunidad. El centro del asunto es el límite de su actuación. No permitir que el gobierno disminuya la libertad creativa de los individuos es fundamental. Un ejemplo de las consecuencias perniciosas de los regímenes dictatoriales, es que emprenden una “ideologización” feroz en los jóvenes, limitan la movilidad de las personas y las obligan a trabajar en determinadas labores, como fabricar automóviles, criar pollos, sembrar o limpiar las calles. Se obliga a los seres humanos a pensar de acuerdo a “valores” que convienen a los grupos de poder, y a emplear su energía creativa en un sentido que supuestamente genera un bien a ese ente abstracto llamado Estado, pero que no es sino el yugo impuesto por un grupo de la sociedad que, atribuyéndose la verdad absoluta, se cree con derecho a arrebatarle lo más preciado que tiene el ser humano.

Las sociedades cerradas como la cubana mantienen a la gente en cautiverio mediante amenaza de atentar en contra de su integridad física o psíquica. ¿Qué diferencia hay entre las sociedades en las que existía la esclavitud y los regímenes que obligan a realizar determinadas actividades en contra de su voluntad, o le impiden elegir cómo cada persona va a emplear su energía creativa?

El gobierno, que se presume actúa por delegación de una comunidad, no puede abrogarse más derechos que los que el mismo pueblo posee. No hay persona alguna en este mundo que tenga derecho moral alguno a ejercer un control sobre sus preferencias. Lo que caracteriza el vivir en un sistema democrático, es la pluralidad del pensamiento y el poder expresar las ideas con absoluta libertad, así sean críticas a los que detentan transitoriamente posiciones de poder. El gobernante debe tener límites muy definidos en sus atribuciones.

El mejor sistema de gobierno es aquél que parte de la premisa de que los gobernantes no son mejores ni más sabios que sus gobernados. Ellos también se equivocan, cometen errores, injusticias, etc. La decadencia de los pueblos se inicia cuando una persona o un grupo de personas promulgan leyes que imponen castigos a quienes les señalan sus errores, y se engañan a ellos mismos asumiendo que ellos son infalibles. Se habla del poder hegemónico de los grandes países capitalistas y su intervencionismo en los asuntos de otros Estados. Se han cometido brutales abusos y crímenes contra algunos pueblos, generando guerras internas y empeorando los conflictos de comunidades enteras. Igual ha sucedido con la prisión impuesta por el Estado comunista a los países más pequeños. Acabaron con sus costumbres y sus tradiciones, desmembraron sus familias y sembraron el terror, como sucedió con la desaparecida Unión Soviética. El discurso de unos y otros es una mentira perversa.

Cuando un pueblo permite que un hombre o un grupo de hombres lo subyugue mediante la fuerza y no lucha por impedirlo, es porque no se atreve a asumir el riesgo de ser libre, pues la libertad es una gran responsabilidad, por eso, “la mayor parte de los hombres le teme” (Bernard Shaw). Resulta más fácil ser arreados como animales que tomar las riendas de la propia vida. Ser conscientes de ello y no caer en la trampa del clima de terror que pretende infundir el poder a los ciudadanos es la primera enseñanza para lograr la liberación del yugo de la tiranía.

Así como de la noche sale el claro día, de la opresión nace la libertad.

Benito Pérez Galdó

Carmen Cristina WolfCarmen Cristina Wolf, caraqueña, poeta, narradora, ensayista y abogado (Universidad Católica Andrés Bello). Ha publicado una vasta obra literaria además de mantener una presencia constante y prolífica en su blog http://literaturayvida.blogsome.com

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El lenguaje frente a la amenaza de la disolución

por Alejo URDANETA

(Extracto del libro inédito: FORMA E INTENCIONES DEL LENGUAJE)

EL LENGUAJE FRENTE A LA AMENAZA DE DISOLUCIÓN

* La chata realidad y el ancho mundo
El espacio de un lenguaje vivo y moderno, eje de la libertad humana, se ha visto asediado por tendencias diversas, algunas pacíficas pero en todo caso disolventes, otras directamente destinadas a producir su disolución.
Desde hace aproximadamente cincuenta años, con la insurgencia de técnicas y facilidades de comunicación al alcance de grandes mayorías, se ha hablado de la muerte de la literatura ante el surgimiento de otros modos expresivos de fácil expansión: la televisión, las comunicaciones electrónicas, el folletín de larga divulgación. En casi todas esas expresiones está la palabra, pero ya se ha cosificado y con ello perdido su flexibilidad para abarcar un continente humano que urge de la mediación del lenguaje de la vida.
Pareciera que estuviésemos de nuevo reviviendo el arte de describir lo cotidiano, como lo fue en Grecia antigua. Pero con la diferencia de que en la época de Pericles hasta los dioses tenían pasiones humanas y los artistas pretendían exponer lo que aparecía como verdadero. La realidad rutinaria que vive una sociedad despierta ante un gran suceso. Es conocida la anécdota: el filósofo Kant demoró su paseo matinal sólo una vez, cuando fue informado de la caída de La Bastille.
Importante era la épica y con ella la representación de hombres dotados de magnificencia ante hechos también extraordinarios que conducían a la gloria o a la muerte trágica. El lenguaje de entonces era el retrato de hombres-dioses y su mundo de excepción que paradójicamente era el cotidiano.
Los hechos que se dan en la historia modifican la vida cotidiana, y cuando sobrepasan la resistencia humana adormecida en la molicie de la rutina, confieren a la existencia aureola de mito. La Revolución Francesa y el esplendor de la época napoleónica fueron en su tiempo exaltados en las artes: la pintura y la escultura, igual que la arquitectura y las letras, sufrieron cambios notables. Creció el ritmo de la experiencia y la palabra ya no hablaría de lo cotidiano porque tenía que decir de la gloria de Austerlitz. Todavía en 1827, Victor Hugo escribió la Oda a la columna de la plaza Vendome, para exaltar el valor histórico de la Francia vencida por la Restauración después de Waterloo. “¡Francia, en la que está creciendo una nueva edad, no está todavía tan muerta para soportar un ultraje! (…) Los dos gigantes de Francia han pisoteado su corona. La historia, que abre el Panteón de los tiempos, nos muestra en las sienes de buitre de Alemania, la sandalia de Carlomagno, la espuela de Napoleón…” Se resistía el pueblo en la voz del poeta a doblegarse ante la derrota que acabó con una época gloriosa. Sin embargo, la luz del pensamiento había pasado a Inglaterra y Alemania, y asumían la bandera de la épica literaria Goethe, Byron y Schiller. Siempre renace el ímpetu creador de los pueblos, y cambia el testigo en un mundo siempre en conflicto.
No hay más lugar para la épica cuando el surgimiento de la clase media impone la realidad de la industria colectiva, la rutina burocrática que abolía el individualismo. La novelística de Charles Dickens es el cuadro de la sociedad inglesa industrial del siglo XIX, atosigada por el ejercicio opaco de la burocracia en la persecución de la riqueza y por la indiferencia ante la pobreza y la miseria espiritual. En su gran novela, La Casa Desolada, describe Dickens el mundo neblinoso de Londres y los conflictos humanos y sociales derivados de la lucha por el poder económico. Tal parece como si esa bruma significara la hipocresía de la sociedad, con jueces venales y despachos oficiales inútiles, en un medio que alarga la agonía por la sobrevivencia de los desasistidos. El tedio gris de un mundo en descomposición.
Algo semejante ha querido expresar Gustave Flaubert en su novela Bouvard y Pécuchet, abrumadora descripción del vacío y la autodestrucción. El azar reúne a los personajes, solitarios y ya no tan jóvenes, modestos empleados de oficina. Son dos seres perplejos en el caos de la vida moderna. Una herencia y un vago deseo de retiro filosófico y del cultivo de la sabiduría harán que se abismen en el estudio de las ciencias, el arte y la filosofía. Y de esta manera se empeñan en abarcar todo el conocimiento: la agricultura, la química, la medicina, la pedagogía, la historia, la literatura, la alquimia. Pero sólo obtienen el vacío como recompensa, y lejos de lo que esperaban se llenan de escepticismo y el desánimo no tardará en aparecer. “La enciclopedia del asco”, llamó Steiner a esta farsa filosófica.
La realidad contemporánea se ha achatado y se expresa en un naturalismo mediocre sólo explicativo. Con ello pierde también el arte literaria: ya no tiene sino un triste programa que toman para sí los medios de información. Walter Benjamín hizo la crítica de los medios de comunicación al alcance de las masas y denunció su carácter meramente informativo, explicativo y no-artístico; y citó a Federico Fellini: “La televisión informa y se resiste a la presentación del arte libre y creador”. Presenciamos entonces la disociación del artista con la sociedad. Y sin embargo, la resistencia del creador sobrepasa el mundo informe de la cotidianidad.
Si el escritor se propone respetar la verosimilitud de la realidad, no tiene por qué limitarse al uso de un lenguaje pobre y sin significación para el arte literaria. Aunque la vida nos enfrenta a la trivialidad con mayor frecuencia de lo que parece, para decir lo trivial el lenguaje literario exige una expresión depurada pero nunca servil. Lo contrario sería atentar contra las bases de la cultura en el lenguaje.

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Hermann Broch o el Exilio

por Alberto HERNÁNDEZ

1.-
Hermann Broch“Cuando un hombre audaz emigra a América, sus parientes y amigos le despiden en el puerto agitando los pañuelos. La orquesta del barco interpreta la canción “He de abandonar, he de abandonar mi pequeña ciudad”, y aunque, dada la regularidad con que parten buques, esto puede parecer un alarde de hipocresía por parte del director de la orquesta…”.
Nos topamos con esta idea en Esch o la anarquía, como fuente para avanzar en lo que significa o podría significar el exilio. Hermann Broch entonces se hace August Esch.
Pero, ¿quién era Broch? Nacido en Viena en 1886, en medio de las costumbres de una familia judía acomodada, hizo estudios de ingeniería textil. Años más tarde abandonó la empresa de su padre, con quien trabajaba, y se dedicó de lleno a la literatura. Se sumergió en indagaciones filosóficas, matemáticas y psicológicas.
La nota biográfica lo muestra como perseguido por la Gestapo, razón por la cual se ve obligado a emigrar a Estados Unidos, donde murió en 1951.
Desde esta perspectiva, desde esta realidad, Broch escribe Esch o la anarquía y una lista considerable de ensayos donde el dolor siempre está presente. La trilogía Los sonámbulos (1931-1932). Este trabajo incluye Pasenow o el romanticismo, así como Huguenau o el realismo, y las novelas La muerte de Virgilio (1945) y Los inocentes (1954).

2.-
La idea del exilio, del emigrado, se sostiene en los movimientos humanos provocados por razones políticas, económicas, ideológicas, etc. El rescate de la inocencia, en el sentido de que un sujeto huye de las injusticias de su historia, para reconstruir la vida de quien se extraña y configurar la de los que aún no han nacido.
Sobran los ejemplos de emigrados que se forjaron un tiempo distinto. Vidas paralelas: los que se quedan terminan –en el caso alemán, soviético, chino o cubano- ahogados por la miseria y la injusticia. Los que se alejan, sin ánimo de propiciar el balserismo, se encuentran con otros problemas, con otras “felicidades” que no logran entender, toda vez que la nueva realidad se convierte en un problema psicológico.

3.-
A los treinta años, Esch fue echado del trabajo.
-“¿Despedido?
O sea que éste ya lo sabía.
-Despedido –replicó Esch con acritud.
-¿Te queda algún dinero?
Esch se encogió de hombros; le alcanzaría para un par de días…”.
Hecho un ovillo, se dedica a visitar tabernas y burdeles. El mundo le gira al revés. La realidad política se inserta en su piel y comienza la agonía.
Pese a todo, a los deseos y sueños por realizar, Esch se encuentra en otra tierra. Se aleja de la muerte, de la persecución y se interna en la selva urbana de América del Norte.
Los judíos –en la mira de los nazis- se agitaban contra ellos mismos. Intentaban recoger los vidrios rotos, esconderse de su origen.
La historia ya es harto conocida.
“-En el Reichstag y en los periódicos gritan mucho esos judíos –explotó Geyring-, pero cuando se trata de servir al sindicato desaparecen del foro.
Est sí lo comprendió la señora Hentjen, y en tono ofendido añadió:
–Están en todas partes, se hacen con todo el dinero y se arrojan sobre las mujeres como machos cabríos.
En su rostro se reflejaba de nuevo el asco. Martín levantó la vista del periódico y no pudo evitar una sonrisa:
-No hay para tanto, mamá Hentjen…”

4.-
Ese hombre audaz, el emigrante, se hace un absoluto. El sueño por la libertad no queda en la huida: sabe que el sacrificio será parte de su historia y jamás será olvidada.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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La creación de la obra de arte (Extracto del libro El Arte: una apreciación personal)

por Alejo URDANETA
Capítulo III

LA CREACIÓN DE LA OBRA DE ARTE

El interés teórico acerca del arte no está ahora en la obra en sí misma, sino el hombre que la ha creado. El ideal helénico de armonía y belleza (“lo bello y lo bueno”) que debía tener la obra de arte, quedó relegado por la indagación del quehacer humano, la búsqueda del hombre dentro de lo que ha creado. Ahora nos preguntamos cuál es el impulso o causa y efecto de la obra de arte, y con ello penetramos en la agonía (la palabra agön significa lucha, de origen griego) del artista al enfrentarse a la materia que constituirá su obra. Porque se trata justamente del obstáculo en el que se ejercita la actividad creadora. La materia no es, en el sentido que desarrollamos, el volumen y la consistencia física de alguna cosa. Comprende todas las realidades que chocan con el mundo de la producción de la obra de arte. En la tesis del filósofo italiano Luigi Pareyson de su teoría de la formatividad, la materia es el conjunto de los medios expresivos, los preceptos codificados, las técnicas, los lenguajes, los instrumentos del arte. Materia es la realidad exterior sobre la que trabaja el artista. La obra de arte surge de la lucha contra el obstáculo que se le opone, que son todos los elementos que están allí: la métrica, el lenguaje tradicional. Hasta la misma finalidad que dirige inconscientemente al creador es materia y objeto de su agonía. Dice Umberto Eco, cuando se refiere a la teoría de Pareyson: “De acuerdo con la estética de la formatividad, el artista, formando, inventa efectivamente leyes y ritmos nuevos, pero esta originalidad no nace de la nada, sino como libre resolución de un conjunto de sugestiones que la tradición cultural y el mundo físico han propuesto al artista bajo la forma inicial de resistencia y pasividad codificada”.
Hay un diálogo entre el artista y la materia, y de él proceden los avances y regresos en la producción de la obra de arte, porque el drama de la evolución está en esta lucha del impulso vital y la materia como totalidad que se le opone. Para Henri Bergson, “el impulso de vida consiste en una exigencia de creación”. Todo lo que en el hombre se revela como libertad, creación imprevisible de algo nuevo, está en la prolongación del movimiento de la vida; en cambio, la rutina y el automatismo expresan la caída del impulso espiritual hacia lo puramente material. En ello va la intuición al lado de la inteligencia. Bergson analizó los mecanismos de la memoria, los datos inmediatos de la conciencia, y afirmó que la inteligencia, instrumento útil sin duda, no basta al hombre, porque al lado de la inteligencia está la intuición como aprehensión, no ya analítica sino inmediata de la realidad. Bergson pide al artista que arranque las etiquetas que ocultan la realidad y llegue a la verdadera realidad subyacente al mundo.
La lucha está determinada en el tema que se le presenta al creador, y mientras está inmerso en el campo restringido de la obra, el autor realiza la especificidad del objeto de su conocimiento y no observa otro interés: hace una reducción fenomenológica del objeto de su conciencia activa. Todo en la vida es invención de formas, creaciones orgánicas ejecutadas y dotadas de sentido y de autonomía: las leyes, las teorías, las formas políticas; todo es invención y producción de formas, y tal vez por ello quedaría afirmado el carácter artístico (formativo) de toda realización humana. Es el replanteo teórico que se formula a partir del concepto aristotélico del arte, según el cual toda actividad humana, distinta de la naturaleza, es arte. Habría, entonces, que hallar el valor específicamente artístico y diferenciar la producción formativa de la obra de arte respecto de las otras formas de producción formativa, es decir revalorizar la dimensión artística. El hombre está colocado ante esta diversidad y debe elegir. Siendo uno e indivisible, la persona toma una decisión: crear una obra de arte, y con su iniciativa concentra en una actividad única todos los esfuerzos que como ser humano puede desplegar en muchas otras direcciones. En el arte, toda la actividad de este hombre artista en trance de crear está dirigida a formar una determinada obra artística; esa es la misión única que lo posee. Pensar, actuar, hacer formas dotadas de autonomía y con sentido artístico. Mueve y justifica al artista un compromiso que pudiéramos llamar moral, que hace de la tarea de forjar la obra una misión o deber, que le impide seguir otro impulso que no sea el de formar y transformar la materia hasta producir la obra de arte. Si no se impone el acto creador como un deber moral que mueve al artista hacia su proyecto creativo; si es posible soslayar el impulso que debe apremiar al artista a formar su obra, todo acto que se cumpla sin la fuerza moral que motiva la creación pertenecerá a la actividad de los diletantes. Y el artista disciplinado vuelca su fuerza dionisíaca en la producción de la obra, muchas veces regido por el dictado apolíneo de gozar de aquello que está allí pero no le pertenece, a condición de darle forma artística. Está en la acción creadora, por supuesto, un doble ejercicio: especulativo, que implica el compromiso ético, la investigación en pos del carácter propio del arte, por una parte; y por otro lado, la actividad artística: sensibilidad o sentimiento motorizados por la intuición. El otro ejercicio que se impone es el de la inteligencia para organizar la acción de los componentes de la obra. Benedetto Croce iluminó el carácter intuitivo del arte cuando dijo: “Apenas empieza a manifestarse la reflexión y el juicio, el arte se disipa y muere”. En Croce, el arte es expresión de belleza, y lo bello se halla en el hecho de comunicar el creador las percepciones fundamentales de su mente, mediante formas accesibles al perceptor. La creatividad del arte revela al hombre puntos esenciales que la ciencia no puede lograr.
Goethe llamó “orden movible” a la coexistencia en la personalidad de los conceptos de conjunción y disyunción. En toda persona viven contrapuestos el límite y el impulso de poder, la arbitrariedad y la ley, la libertad y la medida; todo es un “orden movible”. En el artista se manifiesta esa contradicción cuando se enfrenta a la materia que debe formar como obra artística. Esta oposición es problemática y es la base para llegar a establecer el criterio estético que define una obra de arte, y así elevarla y distinguirla dentro de la inmensa producción formativa que pretende ese calificativo. Alcanzar la pauta interna que hace de la obra de arte un mundo con características propias, es un medio para llegar a definir el arte desde el primer aliento de su creación individualizada. Y esto es necesario porque la obra de arte acrecienta el conocimiento del mundo, ensancha la aprehensión de su sentido.
Contrapuestas y existiendo juntas estas fuerzas de integración y desintegración en el ánimo del artista, tiene ya planteada la obra. En la realización han de quedar expuestas ambas potencias y manifestarse la lucha del creador. Se expone entonces en su forma sensible la obra, al quedar así manifiesto el combate del poder conjuntivo y articulado frente al disyuntivo o disgregado, el modo de organización de las partes que la componen, el mensaje que propone, casi siempre de modo inconsciente, los signos que entran en juego. El conflicto propio de la obra en sí misma es el espectáculo que se comunica al receptor. El combate manifiesto de una forma en potencia contra otra forma imitada o recibida por tradición es lo que constituye el acto creador. Tajantemente lo dijo Sartre: “El arte no está del lado de los puristas”.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

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"El Arte, una apreciación Personal", de Alejo Urdaneta

por Eduardo CASANOVA

Alejo UrdanetaAlejo Urdaneta, cuentista, poeta, ensayista, es un verdadero hombre de letras y de pensamiento. Lo acerca a Jorge Luis Borges ese ejercicio literario de tres géneros, sin haber manifestado mucho interés por escribir una novela o una obra de teatro, así como esa búsqueda continua, casi detectivesca, que practican en el mundo de la cultura, las letras, las artes, la belleza. Lo aleja de Borges la pretensión aristocratizante del gran argentino, así como el notable interés de Urdaneta por la música, ausente en Borges, y su condición de abogado en ejercicio realmente interesado por lo jurídico.
El ensayista Urdaneta dio a conocer en 2007 (aunque fue impreso a fines de 2006) un excelente libro dedicado a uno de los temas más sublimes que puede tratar el ser humano: el Arte. “EL ARTE, UNA APRECIACIÓN PERSONAL”, es uno de los ensayos más notables que se han publicado en nuestro país, desde que nuestro país existe. A pesar del título, se trata de una apreciación mucho más que personal, de una visión segura de todo aquello que el filósofo Benedetto Croce no se atrevió a definir del todo, pues luego de estudiar la estética como parte fundamental de lo que atañe a lo humano, llegó a conclusiones muy serias, pero no respondió una pregunta que requería una respuesta definitiva, y así como Jean Cocteau “llegó a decir que el arte es necesario pero que no sabía para qué” (p. 116), Croce remató su visión diciendo que “arte es lo que todo el mundo sabe que es arte”.
El libro se inicia con una breve disquisición (en su segunda acepción: examen riguroso que se hace de una cosa) del filósofo y escritor Atanasio Alegre, que define el ensayo como “una voz de alerta – custos quid de nocte, centinela, ¿cómo anda la noche? – ante la huida del hombre moderno enfrentado al pensar”. Inteligente reflexión que abre el camino a una introducción igualmente inteligente del propio Urdaneta, que luego de pasar por Huxley y Borges nos ubica en el tema de la obra, para disfrutar de su excelente prosa y de un recorrido que ilumina y enriquece a quienes se regocijan en su lectura. Porque no es un libro lleno de citas de pie de página o de términos que exigen consulta a un enorme diccionario. Es más bien, reitero, un agradable paseo por regiones que a todos nos interesan. Por ideas, por la creación, por el sentido de lo humano, para llegar finalmente a unas conclusiones muy sensatas y muy bien dichas.
Es gratificante y alentador que en medio de todo lo que sufre el habitante de la Venezuela del Siglo XXI, alguien tenga tiempo y talento para reflexionar sobre un tema tan elevado, tan espiritual, como el arte, y que lo vierta en un libro que, a pesar de profundidad de sus planteamientos, es de fácil y hasta grata lectura.
Una obra fundamental para los venezolanos de nuestro tiempo.
(“EL ARTE, UNA APRECIACIÓN PERSONAL”, Alejo Urdaneta, Editorial Actum, Caracas, Venezuela, 2006. 131 pp.)

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Enlace permanente 15/02/2008 08:37:34 am Email , Categorías Opinión, Crítica, Alejo Urdaneta, Arte, Venezuela, Libros, Filosofía, • 3 comentarios »

La teoría de la clase ociosa

por Alberto HERNÁNDEZ
I

Jorge Luis BorgesSoñar sinceramente para que la ficción deje de ser una impostura. El siempre imprescindible Borges, el ciego luminoso de Buenos Aires, nos ayuda a entrar en el peligro. Nos sacude de la desnudez. Su afirmación, recogida de su Biblioteca personal, de los tantos prólogos que dejó sembrados, el dedicado a Los tres impostores de Arthur Machen configura el lugar de esta escritura de hoy. Todo lo que Machen escribió fue invento, un sueño dentro de otro, un juego de reflejos. De nada nos vale creer que la realidad es la soñada. La realidad es el sueño, he allí la creencia de Machen, secundada por Borges.
Soñar sinceramente significa creer lo que se sueña, abastecer el sueño de una fuerza creíble, hacerlo posible, es decir, ficción. Que no es otra cosa que la realidad sacudida, burlada. No hay situación más estúpida que la realidad. La ficción la salva de tanta cosa ociosa, inútil, en el mal sentido del término.
De allí que vivamos esta ficción, este juego de espejos donde todos tienen el mismo discurso, el mismo color, la misma mirada, la misma decadencia. El país, forjado a maravilla por la ficción, es una novela por entregas. Nadie se salva de la realidad. Se impone soñar para derrotarla. Pero soñar sinceramente.

II

Un poco más adelante, el autor de Ficciones, en su misma caja de resonancia verbal, nos entrega La teoría de la clase ociosa, de Veblen.
Borges se pasea por el Thorstein Veblen de 1899, el autor de la negación de la Utopía: revelación de la sátira, del descueramiento de un mal sueño, ese que alguien inventa para imponérselo a la falsa ficción, a la realidad. Una sociedad utópica, alfabéticamente ideológica, se somete a la incultura, a la obediencia casi ciega.
Borges hace de Argentina el mejor de los ejemplos: “Entre nosotros, el fenómeno de la clase ociosa es más grave. Salvo los pobres de solemnidad, todo argentino finge pertenecer a esa clase. De chico, he conocido familias que durante meses calurosos vivían escondidas en su casa, para que la gente creyera que veraneaban en una hipotética estancia o en la ciudad de Montevideo. Una señora me confió su intención de adornar el hall con un cuadro firmado, ciertamente no por virtud de la caligrafía”. Incorregibles, los argentinos se pasean por una tragedia que han sabido sortear gracias a los cambios climáticos de una utopía psicológica: se creen el ombligo del mundo, de allí que en medio de los piqueteros se paseen por la Plaza de Mayo como si el resto del universo fuese parte de la pampa.

III

No deja de tener razón el viejo Borges. La guerra de Las Malvinas, por ejemplo, sirvió de telón de fondo para ocultar una derrota que convirtieron el triunfo con la renuncia de los militares. Los vicios terrenales de Maradona forman parte de una reliquia: agoniza con una camisa con la cara del Che Guevara, con la franca ilusión de que podrá crear el hombre nuevo con su nostalgia futbolística, cuando le decían el “pelusa”, sólo que la hepatitis, la cirrosis que lo adorna, no es producto de algún designio celestial: la cocaína, el exceso de licor y toda la comida del mundo se le han acumulado en el hígado. Pero para los argentinos se trata de un ejercicio de divinidad. Hasta una iglesia tiene el regordete. Y sus seguidores, que según dicen pasan de cien mil, los que cotizan lágrimas y sacramentos, más allá de la limosna y las consignas pegadas en las paredes de una clínica. En teoría, pero más en la práctica, se trata del ejercicio de la clase ociosa argentina. Desde décadas se creía que los argentinos eran italianos. Después de Las Malvinas, de una democracia gelatinosa, y ahora la ayuda venezolana, ese país se desvela por una patria menesterosa. Lo que antes era para ellos mirada por encima del hombro, es hoy parte de su tragedia.
Menem, Kirshner, ambos peronistas, representan lo mismo. Sólo que el primero es libidinosamente ocioso. El segundo es un ocioso oportunista. Sabe ocultar la miseria. La receta: Perón, Evita e Isabelita. Ahora, la señora Kirshner, experta en viajes, saborea el triunfo de esa utopía tan decadente como el tango de puñales.