Categoría: Crónica
¿POR QUÉ ESCRIBO?
por Eduardo CASANOVAHoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.
Del turismo rural y vivencial de Hatun Kolla (Pueblo Grande) en la región Puno - Perú
por Régulo VILLARREAL DOLORES
Los días 16, 17 y 18 de Julio 2009, estuve en Puno en compañía de mi pequeño grupo familiar danés, que había viajado conmigo al Perú. Del Cuzco partimos en bus. Durante el viaje los ojos a dialogaron con el imponente paisaje andino; y, luego de unas horas agradables de viaje, arribamos de noche, a la ciudad de Puno. En el terminal de buses de la ciudad fuimos recibidos por el Coordinador General de la Unidad Operativa de la Red Peruana Europa en Puno y Director de IDRA, profesor Eliseo Fernández.
No conocía personalmente a Eliseo sino a través de los múltiples correos electrónicos cursados recíprocamente relacionados con nuestra Institución. Eliseo es un hombre andino de mediana edad, estatura, 1.62, estándar en los peruanos, de piel cobriza, de mirada amigable, de movimientos pausados y de hablar parsimonioso. Como sabía que iba delicado de salud (en estado de convalecencia luego de una operación en el colon) el buen compañero Eliseo y su esposa, me habían esperado con la idílica ofrenda fraternal traducida en medias, guantes, bufandas y gorros de lana (para 8 visitantes que conformaba mi comitiva) para enfrentar mejor el inclemente frío de 3.860 msnm de su región. Durante el tiempo que estuvimos en Puno, recibimos en todas partes, ese mismo trato cordial de amigos que nos deparó Eliseo y su familia en el terminal de buses de Puno.
Para el siguiente día de nuestra llegada a Puno, Eliseo nos tenía organizado un tour a la isla Taquile. En el trayecto que dura aproximadamente dos horas Lago Titicaca adentro, pasamos compartiendo vivencias con los Uros, en sus islas flotantes. Degustamos la parte tierna, blanca, la que está en contacto con el agua, de la infalible totora, que sabe casi, a espárragos frescos; compramos artesanías e hicimos paseos en los famosos caballitos de totora (pequeñas balsas a remo). En mi visita de julio 2009 al mítico Lago y sus misteriosos habitantes, noté un cambio reconfortante en relación a mi pasada visita del año 2004. Los pequeños poblados por donde pasamos, no eran los mismos de antes estando en el mismo lugar (El Lago). El botón de muestra del cambio que saltaba a la vista era la presencia de unos paneles solares para capturar calor, y, antenas satelitales, que conectan ahora, vía internet, a los Uros con el resto del mundo.
A mi regreso a Puno, comentando con Eliseo sobre mi observación, éste me informó que debido a los abusos de las agencias de turismo, los enroscamientos de los guías turísticos con algunos restaurantes y hospedajes que privilegiaban con los ingresos generados por el turismo, dejando al margen de la participación, a la mayoría de los habitantes del lugar, las autoridades, por presión de los pobladores organizados, habían determinado beneficiar a todos los pueblos al interior del Lago, canalizando por turnos, los pasos de las pequeñas embarcaciones que transporta a turistas con destino a Amantan o Tequila, las islas más grandes dentro del Lago Titi Caca. Así pues, ahora no son las agencias, ni los guías que deciden a qué restaurante conducir a sus grupos, sino, un comité de administración que fija los turnos de una manera democrática, comunitaria, compartimentada, de los beneficios generados por el Lago Titi Caca, patrimonio de todos los puneños.
En ese aspecto, Puno ha superado a otros destinos turísticos del sur del Perú, como Cuzco y Arequipa, en donde los ingentes ingresos de divisas dejadas por el turismo, solo beneficia a los empresarios del sector y condena a la inmensa mayoría de su población, a la humillante condición de pedigüeños implorando “one dollar” a los turistas, para subsistir.
La experiencia democrática en la administración colectiva de los recursos y legados culturales emprendida por Puno, debería cohesionar más en todo el País, en donde la población organizada, exija, a las empresas de turismo, a separar, por lo menos el 25% de las utilidades netas a favor de la población de las regiones. El dinero que ingresaría por ese rubro, serviría para generar trabajo para la población; mejorar las infraestructuras, proteger los santuarios, mejorar las escuelas, crear y subvencionar guarderías infantiles y casas de ancianos/as desprotegidos/as, entre otras cosas. Esa falencia de organización y conciencia de respeto por usufructuar recursos del país sin invertir y sin aportar, se ha visto claramente, en la reciente tragedia sufrida por los habitantes de Aguas Calientes de Cuzco. Es inconcebible que las empresas turísticas del lugar, no tengan un fondo de socorro inmediato para su región, separando aunque que sea el 1% de los millones de dólares que ingresa (más que a ninguna parte del Perú) al Cuzco, por concepto de turismo.
Durante el Estado Confederado de los Incas, Atún Kolla (Pueblo Grande) fue la capital del Collasuyu, los vestigios arqueológicos (en Sillastani, Patas, Cacsi) sembrados en forma de chullpas cilíndricas o los Intiwatanas (Lugares en donde se amarraba el sol para aprehender su luz y calor) en las vastas estepas del Departamento altiplánico del Perú, son las evidencias del garbo como sello grandioso del pasado cultural e histórico del lugar. Por alguna razón que nunca se sabrá; del enigmático Lago Titi Caca surgieron las expresiones culturales más grandes de nuestro país y continente, las mismas que han quedado graficadas en la arquitectura, cerámica, agricultura planificada, domesticación de auquénidos, de tubérculos, etc.
Así mismo quedará flotando en la imaginación como una bola de cristal de acertijos, porqué la zona Atún Kolla, especialmente Sillustani, fue escogido como el lugar del eterno descanso de Tiawanacos, Qollas y Quechuas. Se considera a Sillustani - ¿Reposo de las garras o Asiento delicado cogido con la yema de los dedos? (Sillu = Uña + Tani = Asiento o Reposo) uno de los necrópolis más grandes del mundo, que guarda celosamente signos de historia y se hace inolvidable para cualquier visitante, por sus enormes torres funerarias. Los españoles al ocupar militarmente la capital del Tawantinsuyu, no encontraron cementerios que justiciasen la Capital de un Estado poderoso como el de los Incas; y la creencia apunta a que Sillustani, como el Campo Santo real de los creadores del Estado Confederado de los Incas .
Partimos de Puno con dirección a Atún Kolla, en dos camionetas. La ruta que tomamos fue hacia Juliaca, hasta un lugar de desvío a Sillustani; y, de ahí, continuamos hacia el lugar de nuestro destino, por un camino asfaltado. Atún Kolla queda a unos 30 Km al norte de la ciudad de Puno.
Sillustani, luego de invitar a una caminata entre piedras y silenciosos insulares, empuja de repente al sorprendente impacto de las cristalinas aguas la laguna Umayo (a lo mejor ¿Lago con Cabeza? Uma = Cabeza, sufijo Yo, como genitivo = De o Con). Y, como todo en los Andes se explica mediante mitos y leyendas, los lugareños aseguran que la laguna es el resultado de las lágrimas de una desconsolada princesa que había llorado hasta exprimirse totalmente y quedar convertida en una piedra. Nadie dice porqué, ni por quien lloraba la pobre princesa, a lo mejor por su príncipe, porque este se decidiera estudiar para sapo, para despertar luego con besos pegajosos, a las bellas durmientes. La Laguna Umayo misma, parece una bella durmiente, retozando de vez en cuando con los románticos vuelos de las garzas. El caso es que el color azul del lago, en medio en una planicie con protuberancia de cerros como rostros quemados por el frío y el sol, penetra al espíritu con la fuerza seductora de una mirada nórdica, encandilando cielos y soledades.
El paquete turístico que ofrece el tour a Atun Kolla comprende: Visita a museos de sitio; Caminata con Llamas, Participación en la elaboración de artesanía, Preparación de comida con productos del lugar; competencia a remo en la laguna Umayo, participación en labores agrícolas y, socialización con los pobladores del lugar participando de sus fiestas. Mis compañeros daneses quedaron fascinados por el lugar, la experiencia de comer pan de quinua, papas con queso fresco y carne de alpaca; y, sobre todo, el buen trato de los compañeros del Turismo Rural Vivencial de Atun Kolla. Nuestra anfitriona en Sillustani fue la casa Alli Wasi (Buena Casa) de la señora María Valdivia Chávez y esposo. El joven Abelyan Roque Valdivia, hijo del matrimonio, estudiante de turismo, nos acompañó todo el tiempo juntamente con Eliseo; informándonos e indicándonos lugares y hechos interesantes de su comunidad.
En Sillustani nos cupo la suerte de participar en la multitudinaria y colorida fiesta de la Virgen de la Candelaria, con varios grupos de danzantes de diabladas, llameradas, cullahuadas etc., enmarcados dentro de un ambiente competitivo comunal que exalta el trabajo en equipo, el prestigio de su colectivo en los vestuarios de sus danzantes, el profesionalismo de sus músicos, e incluso, en el mejor trato a sus visitantes. Las competencias comunitarias que inciden mucho en la emulación, son totalmente diferentes a la “competitividad” rapaz y salvaje del capitalismo que desencadena envidias, odiosidades y venganzas por ser el endiosamiento del individualismo ramplón, cuya máxima aspiración es la ganancia monetaria a como de lugar, sin importar ni métodos ni medios para lograrlo.
Las competencias comunitarias manifestadas en sus fiestas populares, empiezan a aplicarse en el control colectivo de los bienes y recursos naturales e históricos de las comunidades y en la generación de Turismos rurales y vivenciales. No cabe duda que sólo los pueblos organizados y en movimiento, detendrán la corrupción que genera pobreza e injusticias en nuestro país. De los pobres saldrá la respuesta contra la pobreza y no de los políticos rastreros, ni de los gerentes del hambre, los economistas neoliberales. Y es obligación moral de los peruanos de adentro y de afuera, alentar, estimular y ayudar a crecer experiencias como la de Puno, cuya iniciativa tiende a generar fuentes de trabajo por los propios peruanos. Y la forma de apoyar esas iniciativas colectivas, es solidarizándonos, recomendando a amigos y conocidos de Europa, Asia, Norte América, etc., para que vayan visitar a nuestros pueblos, que conozcan nuestra cultura, que paguen a nuestros hermanos por sus servicios, en lugar de enviar representantes con sueldos en dólares, sólo para sacar fotos de la pobreza material de nuestros pueblos y exhibirlos luego, en lugares de lujos, con ínfulas de “redentores”.
Lo destacable y aleccionador del Turismo Rural Vivencial de Atun Kolla para todo el Perú, es la participación colectiva y comunitaria en el cuidado de su fauna y flora locales, y, la explotación racional de sus recursos y herencias arqueológicas.
Si bien es cierto que los lugares arqueológicos del país, en su vigilancia y guardianía legal está a cargo del Estado peruano a través del INC, el cuidado y mejoramiento de caminos de acceso, seguridad y mantención de limpieza de los santuarios y buen trato a los visitantes, etc. es cosa de los habitantes de cada lugar, región o zona, por ser permanentes y directos responsables de sus legados, y no de los yermos burócratas temporales sin otro interés que calentar sus asientos y refrescarse con la esperanza mensual de sus sueldos.
En ese contexto, la Asociación Asturis e IDRA Perú, hacen un trabajo loable para su región. La comunidad organizada ha construido hospedajes vivenciales consistentes en 15 casas (por ahora) de aspectos rústicos, de piedras y barro, pero, muy cómodos y funcionales interiormente. Los hospedajes, pequeños, con techos bajos, concebidos para amortiguar el frío kollawino, son muy agradables, con dormitorios con baños privados. Y lo mejor de esa experiencia de turismo rural y vivencial, es que los anfitriones, a pesar de su excelente amabilidad, cuidan la intimidad de sus familias. Los turistas se llevan la imagen y el recuerdo del buen trato y la mejor acogida, y no el morbo de haber convividos con gente muy pobre. En muchos lugares observé con indignación y dolor, cómo, los arrogantes guías turísticos, por comunicarse en inglés con los visitantes, se creían diferentes y con derechos a mostrar, sin ningún pudor y sin el consentimiento de los anfitriones, las intimidades de las familias, metiéndose hasta la cocina en donde se refugian los cuyes por no entender idiomas extraños, para decir “así viven estos indios”.
Es un honor para la Red Peruana Europea, tener al compañero Eliseo Fernández y su organización Idra Perú, como Coordinador de su Unidad Operativa en Puno. Idra Perú, juntamente con la Asociación Asturis y las diferentes comunidades campesinas del lugar, están impulsando el dignificador Turismo Rural Vivencial en Atun Kolla y ojalá se extendiera por todo el altiplano, primero, por todo el país, después. Las organizaciones de peruanos en el exterior están invitadas a participar en estas cruzadas concretas de lucha contra la pobreza y la corrupción, en lugar de fabricar órdagos triunfalistas u oraciones de consuelos anuales en forma de chocolatadas de la caridad, que no conducen a ninguna parte, ni a los caritativos, ni a los destinatarios de la lástima.
Régulo Villarreal Dolores
Coordinador Colegiado de la Red Peruana Europea y Red Peruana Mundial, Dinamarca.
Contacto con Turismo Rural Vivencial en Atun Kolla- Puno.
Contactos:
Idra Perú idraperu@hotmail.com
Julio Vilca qollawasi@hotmail.com
Serafín Colca Ayrampuwasi@hotmail.com
Román Paredes rumiwasi@hotmail.com
Santiago Monteagudo santiwasi@hotmail.com
María Valdivia Chávez Alywasi@hotmail.com
Hugo Colca Cel. 051-951502640
Martín Montiel martinwasi@hotmail.com
Nicolás Colca arcowasi@hotmail.com
RÉGULO VILLARREAL DOLORES nació el 30 de marzo 1949, en el Departamento Ancash, Perú. Muy joven, luego de seguir estudios en el Instituto Superior de Periodismo JAIME BAUSATE Y MESA, en Lima, emigró a Dinamarca, en donde se estableció definitivamente. Es Co-fundador del Grupo Cultural NUCLEO DE POETAS Y ESCRITORES RADICALES - NEPER- Lima, y ha obtenido, entre otros, el 1er Premio de poesía en los JUEGOS FLORALES del Colegio Nacional Nocturno San Marcos, Lima 1972, el 1er Premio de poesía XXXIII Aniversario del Ministerio de Salud Pública, Lima. Es Miembro de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas - ANEA – Lima, Perú y de la Asociación de Escritores Daneses.
García Márquez: verdades y mentiras, periodismo y ficción
DE NOTICIA DE UN SECUESTRO A GERALD MARTIN Y ENRIQUE KRAUZE
(Entrevista/ Juego)
por Alberto HERNÁNDEZ
La vida no es la que uno vivió, sino la
que uno recuerda y cómo la recuerda
para contarla.
(Declaración de García Márquez al comienzo
de Vivir para contarla)
Cuando me llegó el mensaje electrónico, entendí que las palabras que emergían de la lectura podrían servir de justificación para seguir cultivando la idea de que las paredes de la antigüedad prescribían mensajes místicos a quienes se aferraban a creencias y misterios. Una especie de Muro de los Lamentos, pero sin los lamentos, suerte de graffiti que deslumbra por lo que contiene de sonidos del pasado. Y por lo que tiene de tanto estropicio en los tiempos que vivimos. Por esa vía, hicimos contacto para hablar de ese pasado y de estos días de páginas biográficas y reacciones inencontradas.
La nota, proveniente de algún solapado internauta, me envolvió con el eco de un acento que me hace recordar la conversación de Gabriel García Márquez con Roberto Pombo.
Como entrevista, bien. Me revolví en la inquietud por hacer de ella una propuesta personal bajo la luna de las calles y veredas de la otrora violentísima Cali. Y entonces, la mirada de GGM perforó el silencio y comenzó a hablar acerca de su –en aquel borroso tiempo- más reciente libro, un reportaje sin adornos literarios, sin fraseos de la ficción que siempre nos entrega en sus novelas y cuentos. Esta vez, el Nobel colombiano se metió en una historia real, extraída de la tragedia interminable de su país: Noticia de un secuestro.
Por una de esas calles caminamos en franca conversación. La noche caleña silbaba una ambulancia, una patrulla policial. El rostro sombrío de algún delincuente que quiere mi cartera o la del “Gabo” (a esta altura ya puedo hacer uso de la confianza), quien se burlaba del miedo que siempre cargo en cualquier calle del mundo, por muy segura que ésta sea.
Llegamos a una casa donde una lámpara miraba con pesadez el número que nos guiaría a la tranquilidad. Nadie paseaba por Cali de noche, excepto García Márquez y yo, asustado hasta la inmortalidad. Pero la esperanza de sacarle algo a este hombre que ya hizo historia, era mi mayor ambición.
El periodismo, un regreso
Esta vez el autor de El coronel no tiene quien le escriba se dejó de ficciones y entró en una de contar la historia verdadera de nueve secuestros:
-Mira, no escogí el tema. El tema me escogió a mí, cosa que sucede tanto en el periodismo como en la literatura. Lo importante es que hace muchos años que vengo con la nostalgia del periodismo, que es un oficio original, y que ha sido muy útil para mí en la literatura. Gracias a él puedo fantasear, hacer todo lo que quiero en literatura, y también mantener los pies sobre la tierra.
Sobre la tierra andábamos, pero inseguros, hace un rato. Parecíamos dos personajes extraviados, salidos de una novela cuyo mejor argumento tenía en Jack London una especie de selva citadina, nocturna jungla para posibilitar una teoría en formación sobre la muerte y el periodismo; la libertad y la censura en este país. Durante la caminata recordé un antiquísimo poema árabe: “El siglo nos ha disparado sus nefastos dardos, / cual flechas de fuego rasgando la noche oscura”, y me entró otro miedo, el no volver vivo a Maracay. Sin embargo, García Márquez , a quien no me atrevía a llamar “Gabo” en su presencia, aunque si lo hubiese hecho habría sonreído pensando en el abuso de muchos que así lo nombran sin haber jugado metras con él, me reconfortó.
Retomó el hilo y me dijo -mientras oteaba hacia lo alto de un edificio a oscuras- cuando lo abordé acerca de ficción y periodismo: “Es decir, no separo los dos géneros. Creo que el reportaje es un género literario como lo son la novela, el cuento, el teatro, la poesía. Digo que me encontró el tema porque andaba, durante años, buscando uno para hacer un reportaje y no lo encontraba. Un día, de pronto, Maruja Pachón y Alberto Villamizar me dijeron que ellos andaban en lo mismo, pero no tenían suficiente entrenamiento literario. Les pedí un año para resolver la historia, pero no quería terminar en el tema del narcotráfico. Durante ese año lo pensé y fue precisamente el año en que se fugó Escobar y que lo mataron… lo que más importaba no era el narcotráfico sino el secuestro”.
Un vallenato sonó detrás de la altísima verja. El novelista sacudió las manos e hizo ritmo con los pies. Me miró y sonrió plácidamente, como lo habría hecho en alguna plaza de Caracas en sus primeros tiempos de periodista extranjero en un país donde era venezolano. La música lo impulsó a palmearme el hombro izquierdo. La calle tenía su boca de lobo dispuesta a tragarnos. “Afuera se sabe a qué hora lo secuestraron –volvió con el tema-, cómo, qué están pidiendo, qué están haciendo, qué están negociando, pero no se sabe cómo están sufriendo los secuestrados, los familiares, cómo –seguramente- están sufriendo los secuestradores, cómo sufren las autoridades de las cuales depende de alguna manera la resolución de los secuestrados, cómo sufre el país. La cantidad de sufrimiento que genera un secuestro era lo que me interesaba, el secuestro por dentro”.
Periodismo y ficción
Gabriel García Márquez, quien tuvo que pelear con Aureliano Buendía para poder entender que la ficción es autónoma y, aún más, que la autonomía de la realidad está supeditada a la ficción, siguió moviendo el cuerpo en la medida en que el vallenato se iba hundiendo en la lejanía de la madrugada:
-Siempre he creído que un escritor, novelista o periodista, puede decir lo que quiera siempre que logre hacerlo creer. Si no se lo creen, ahí no vale ni la verdad. Por eso, la mejor estructura para esta historia es cómo sucedió en la vida: que no se sepa afuera lo que sucede adentro y que no se sepa adentro lo que sucedía afuera (…) Hay una frase que ya no se dice porque está amelcochada de tanto repetirse: la realidad se pasa a la ficción. Pero en todo este trabajo me propuse utilizar un solo dato que no era real y comprobado, y una prosa en la que no me permití ni una sola metáfora para conservar el lenguaje austero de una crónica de periódico”.
Los personajes
Llegado el momento de salir a la luz del día, García Márquez comenzó a parecerse a su abuelo, el personaje que lo dobla como Aureliano Buendía, con el mismo coronel que tenía en el gallo la empresa de la esperanza. El gallo de ese militar llevaba en el buche todas las noticias que nunca llegaron hasta que pronunció la famosa palabra al final de la novela.
Me miró con una sonrisa torcida.
-Si tú partes de la base de que el sacrificio de cada uno de esos personajes contribuyó a la entrega de Escobar y a la solución del drama de Escobar y al desmantelamiento de gran parte del narcotráfico, que es una desgracia del país, te das cuenta de que en cierto modo cada caso, cada persona, estaba sometida a un holocausto, era una inmolación de la estaba siendo objeto cada uno de esos personajes”.
Me estrechó la mano nuevamente y me despidió. Lo dejé aún con la convicción de que pasarían otras cosas antes de llegar al último vagón de la existencia.
Después de ayer
Las canas de “Gabo” lo hacen ver anciano. Ya han pasado la imagen del ojo morado, los abrazos con Fidel Castro, la entrevista aérea a Hugo Chávez, que tanto amargó al venezolano de Sabaneta de Barinas. Han pasado muchas cosas, la celebración de la caída del Muro de Berlín, parecido al de los Lamentos, sólo que era demasiado terrenal.
Hoy, cuando el mundo es casi cuadrado, “Gabo” sigue siendo noticia. Su Memoria de mis putas tristes pasó casi inadvertido. Su Vivir para contarla se quedó en un capítulo de Cien años de soledad. García Márquez es noticia por su muy ficcionada existencia diaria. Pero lo que más ha sonado en las vísceras del autor de La hojarasca ha sido la biografía “tolerada” por él mismo y diseñada por el británico Gerald Martín. Ella ha generado reacciones contra el biógrafo y contra el biografiado. Así, Gabriel García Márquez. Una vida ha abierto una herida que no termina de cerrarse: la relación del Nobel con el poder, su fascinación por un hombre que lleva 50 años al frente de un desprestigio: Fidel Castro.
Para llegar a esta amargura personal, nos topamos con Enrique Krauze, el ensayista mexicano que ha sacudido también las entrañas del presidente Chávez con el libro El poder y el delirio.
“Una vida”, varias vidas: la fascinación por el poder
“Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel también”, escribe Enrique Krauze en reciente artículo que revisa las páginas de Martin, donde García Márquez coloca a su abuelo como figura principal, emblema del poder que impulsaría al novelista a no despegarse de Castro. Más adelante Krauze escribe:
“En el coronel Márquez “está la semilla de sus fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor”.
Cuando nombra la palabra diccionario, el mexicano se refiere a un fragmento aparecido en Vivir para contarla, las memorias que han pasado por debajo de un puente de aguas mansas:
“Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dijo el abuelo. El niño preguntó:
“¿Cuántas palabras tiene?”.
“Todas, respondió el abuelo”.
Enrique Krauze afincado en el libro de Martín precisó:
“Si García Márquez se acerca al déspota no es para expresar o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir comprensión por un pobre diablo, viejo y solitario”. Sobran imágenes.
Y para cerrar esta “vida”, describe una costumbre que ya es tragedia:
“El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad”. Sobran imágenes, palabras y hechos.
Prevalido de esa realidad, el ensayista mexicano clava la puntilla:
“De macondo a La Habana, un milagro del realismo mágico”.
De este modo, llegamos a la conclusión de que ese tal realismo de la magia no es más que un acto de reverencia ante el poder. Verdades y mentiras de una cultura que se deshace en las manos de quien detenta la gloria de haber sido puesto en ese lugar por los abusos de una ficción que es absolutamente real.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
Como para burlarse de la historia, especialmente de la Guerra de Independencia, la batalla decisiva de la Revolución Reivindicadora fue nada menos que en La Victoria, y el 13 de febrero (de 1879), un día después del aniversario de la verdadera Batalla de La Victoria, los “reivindicadores” entraron triunfantes a Caracas, en tanto que el proclamado “Director Supremo” llegó a Puerto Cabello apenas ocho días después (21/02/1879) y el 25 arribó a La Guaira a recibir los homenajes y aclamaciones que le habían organizado en el camino, mientras sus más connotados enemigos, Nicanor Bolet Peraza y León Colina entre ellos, salían a la velocidad del rayo del país, por si las moscas. A Caracas entró en la tarde del mismo 25 y se encargó del mando. El 26 lanzó a los cinco vientos una pomposa proclama en la que anunciaba la llamada Constitución Suiza, que de suiza no tenía sino el apodo, y el hecho de contar con un “Consejo Federal". Cacareaba que sustituiría “el derecho político de la Confederación Helvética al Derecho Público de los Estados Unidos de la América del Norte que hasta ahora nos ha servido de norma sin el buen éxito alcanzado por nuestro modelo”. Apenas dos días después convocó un congreso de plenipotenciarios de los estados, otra vez “notables”, escogidos, por supuesto, a dedo y entre sus partidarios, para “legalizar” su gabinete y emprender las reformas que trajo en su portafolio.
El tal congreso se reunió un mes después, el 27 de abril de 1879, y lo único que hizo fue restaurar la Constitución de 1864, designar “oficialmente” a Guzmán Blanco como presidente provisional, anular las medidas antiguzmancistas del gobierno anterior y escuchar servilmente una perorata del jefe sobre las reformas que proponía.
Entonces, el Ilustre Americano, golpeados sus enemigos y demostrado que era él quien mandaba, tomó de nuevo su barco y se regresó a Europa, dejando en la silla a don Diego Bautista Urbaneja Alayón de quien sabía que, por aquello del tejado de vidrio y el rabo de paja, no se iba a atrever a volar por su cuenta.
El frágil encargado cumplió a la perfección las instrucciones del sólido jefe, convocó a dóciles elecciones y le entregó de nuevo el dúctil timón al invicto caudillo el 1º de diciembre, como para que pasara feliz Navidad y próspero, muy próspero año nuevo. Y en mayo, el día 5 (1880), los diputados votaron unánimemente por el general y doctor Antonio Guzmán Blanco, que se convirtió de nuevo en presidente constitucional de la república de Venezuela, y ¡guay de quien se quejara! Ahora sí que el Déspota Ilustrado no iba a tolerar que alguien tuviera ideas propias, que eran peligrosas por naturaleza.
Creo que estaría de más contar que la “Constitución Suiza” fue aprobada sin chistar por los mansos parlamentarios en abril de 1881. Según ella, el presidente duraría dos años en funciones y sería elegido por el Consejo Federal, cuyos miembros, tal como los congresantes, durarían en funciones cuatro años. El voto no sería secreto, sino público y firmado, como para que los jefes supieran a quién había que apretarle las clavijas por donde más le doliera por haber votado en contra. Se iniciaba ya en forma clara y evidente el reflujo en materia de federalismo, pues se le quitaban atribuciones a los estados y se creaba, aparte de la Corte Suprema, una Corte de Casación.
Como era y seguiría siendo el estilo de esas extrañas y hasta mágicas dictaduras latinoamericanas, el segundo gobierno de Guzmán Blanco se disfrazó siempre de legalista, trató de hacer creer fuera de las fronteras que todo provenía de la sagrada voluntad popular y dedicó lo mejor de su esfuerzo a las obras públicas. Inició la construcción del ferrocarril Caracas-La Guaira y continuó la del que unía a Puerto Cabello con Valencia, en ambos casos con contratos leoninos de nada menos que noventa y nueve años. También desarrolló el telégrafo, lo cual no sólo beneficiaría el comercio, sino las operaciones militares contra los enemigos del gobierno. Y para demostrar que era un hijo agradecido, el presidente Guzmán dispuso que se erigiera una estatua de su padre, en 1883, en lo que se llamaría, en honor al periódico de Antonio Leocadio, plaza El Venezolano, en San Jacinto. También repuso sus famosas estatuas, el Saludante y el Manganzón y se hizo colmar de honores, de nuevo, acentuando lo que hoy se llama el “culto a la personalidad”.
Asimismo estaría de más contar que Guzmán Blanco aceptó “a regañadientes” su postulación y elección como presidente de la república para el período 1882-1884.
Es el tiempo de la llegada del teléfono a Venezuela y del Centenario de Simón Bolívar. Lo más sensacional es la iluminación eléctrica, proveniente de una pequeña planta a vapor que es propiedad de Carlos Palacios, pariente de Bolívar. Es igualmente el tiempo en que se instala la Academia de la Lengua y Guzmán dice unos cuantos disparates, que motivan la Refutación y mentís. Algunas reflexiones sobre el discurso inaugural de la Academia correspondiente, de Víctor Antonio Zerpa, que debió publicar en Curazao en 1884, exilado por atreverse a decir que Guzmán Blanco no era infalible.
Y no lo era, especialmente en aquello de sus herederos y sucesores, aunque inicialmente parecería que no se equivocó entonces al elegir, como su nuevo sucesor, al general Joaquín Crespo, caudillo tropical de segunda categoría, pero también uno de los personajes más interesantes de la pequeña historia de Venezuela.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
Heredarás los vientos
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Heredarás los vientos
Guzmán Blanco no quiso correr riesgo alguno. En 1874 había hecho cambiar la Constitución para que el período presidencial durara sólo dos años, tras los cuales él pensaba retornar a la silla. Su plan era muy sencillo. Ido él, dejaría en la silla presidencial a alguien que no le hiciese sombra y estuviera dispuesto a devolvérsela cuando él se hiciera nombrar presidente de nuevo. Él llegó al poder en 27 de abril de 1870 por la vía de las armas, se hizo elegir por una “asamblea de plenipotenciarios” el 22 de julio de ese mismo año, y el 27 de abril del 73, cuando ya llevaba tres en la silla, se hizo elegir mediante sufragio “universal” de varones, en donde, tal como en los tiempos de Páez y de Soublette y de los Monagas, los varones que votaban eran amigos del gobierno o se llevaban un buen planazo, cuando no un tiro. Entre abril del 73 y febrero del 77 (que fue cuando se completó el llamado Septenio), Guzmán colocó en posición de ensayo, es decir, sentó en la silla como encargados, a Francisco Linares Alcántara, Jacinto Gutiérrez, Diego Bautista Urbaneja, hijo, Manuel Gil y Joaquín Crespo. Entre ellos estaba el sucesor. Es muy posible que el favorito fuese Urbaneja, primo de Ana Teresa Ibarra, la esposa de Guzmán Blanco. Pero el tercer matrimonio de ese posible favorito se interpuso en el camino. Manuel Alfredo Rodríguez, en El Capitolio de Caracas, un Siglo de Historia de Venezuela (Ediciones del Congreso de la República, Caracas, Venezuela, 1974) nos cuenta que “Hubo un momento en que la guerra estuvo a punto de tomar un matiz religioso de tipo carlista a consecuencia del conflicto inicialmente planteado entre el ‘Premier’ Diego Bautista Urbaneja h. –’el doctor’ por antonomasia del guzmancismo– y el Arzobispo de Caracas y de Venezuela Monseñor Guevara y Lira. La crisis estalló cuando el Arzobispo condicionó la celebración de un Te Deum conmemorativo de la batalla de Guama a la concesión de ‘una franca y perfecta amnistía’. Asuntos personales y de conciencia se movían, sin embargo, tras la querella de los jerarcas. El prelado se había negado a casar al Ministro con su hijastra y obligándoles a celebrar un matrimonio civil en el extranjero. En tal virtud Monseñor Guevara consideraba que Urbaneja vivía en concubinato en la ocasión del Jueves Santo de 1868 había preferido echarse al cuello la llave del Monumento antes de colocársela al entonces gobernador del Distrito Federal y representante del gobierno del Presidente Falcón en la ceremonia de la Catedral de Caracas. El pleito culminó con la deportación del prelado (28-IX-1870), la conversión de la disputa entre el Estado y la Iglesia y la iniciación de un proceso de sometimiento de la Iglesia Católica al Poder Civil, sumamente parecido al ‘Kulturkampf’ o lucha por la cultura suscitado simultáneamente por Bismarck en el novísimo Imperio Alemán.” La catedral de Caracas se convierte en epicentro de un terremoto político, por el cual llegó a temerse un cisma religioso en el país, algo nada imposible, puesto que en le intriga intervenían Guzmán, que se sentía emperador, Urbaneja Alayón, que se sentía premier y en pleno lío se casó en terceras nupcias con Margarita Sanderson Rubio, hija de Juana Margarita Rubio, que fue su segunda esposa, y de Jaime Roberto Sanderson, difunto prócer, el Obispo Guevara y Lira, de recia personalidad, etcétera. Los temores (reforzados por hechos como el de que Guzmán Blanco, a pesar de ya estar casado desde 1867, se casó civilmente con su misma esposa el 14 de febrero de 1874) tenían una base cierta, tan cierta, que, en 1876, el Congreso, bajo la presidencia de Antonio Leocadio Guzmán, aprobó la propuesta del ejecutivo de crear una Iglesia Católica Venezolana, separada de Roma, en la que los feligreses “elegirían” los obispos y tendrían otros derechos. El Vaticano optó, a la larga, por no apoyar con demasiado énfasis al Arzobispo que defendía sus intereses. Guevara y Lira, refugiado aún en la isla de Trinidad y convencido de que la razón lo asistía, debe haber sufrido una fuerte desilusión cuando fue forzado a renunciar por orden del Sumo Pontífice. De inmediato, entre Guzmán y el Delegado Apostólico, Roque Cocchia, eligieron nuevo Arzobispo, que fue el doctor José Antonio Ponte. Esa fue una de las causas fundamentales de que el barcelonés-caraqueño Urbaneja tuviese que ceder el delfinato al turmereño y orillero Francisco Linares Alcántara. No es difícil ver que la soberbia y la megalomanía de los caudillos operaba de la misma forma en la década de 1870 y en la del año 2000 de la era Cristiana. Cristiana a pesar de los “brillantes” caudillos venezolanos.
Francisco Linares Alcántara, en cuanto a su nombre, es un caso único. Nosotros, a diferencia de la mayoría de los europeos, usamos como primer apellido el del padre y como segundo el de la madre. Linares Alcántara hizo lo contrario. Él era Francisco Linares, hijo de Francisco de Paula Alcántara y de Trinidad Linares, que no estaban casados cuando él nació en Turmero el 13 de abril de 1835. Y cuando su padre lo reconoció y le exigió que usara su apellido, el mozo se lo puso de segundo. El reconocimiento había llegado tarde. A los veintiún años se hizo soldado en el bando contrario a Zamora que estaba alzado. Luego se haría liberal monaguero, para después ser federalista y finalmente guzmancista, aunque siempre alcantarista. En 1854 fue diputado al congreso por Aragua y durante el Septenio fue uno de los posibles delfines del hombre fuerte. En realidad, su suerte se decidió por causas nimias. Guzmán pensó seriamente en él como su sucesor, pero tuvo serias dudas cuando se dio cuenta de que sus enemigos se acercaban a Alcántara y Alcántara no los rechazaba. La intervención de Ana Teresa Ibarra Urbaneja de Guzmán Blanco inclinó la balanza en favor de Alcántara. Aunque también intervino el hecho de que el posible rival de Alcántara en las elecciones, Hermenegildo G. Zavarce, gobernador de Coro, tuvo que ser llevado a Macuto gravemente enfermo. La campaña fue muy agresiva y partidarios de uno y otro se mataron entre sí a granel. Al final ganó Linares Alcántara, y a Zavarce le dieron una fortuna “por sus servicios a la patria”, como para que ciertos rumores pudiesen crecer y multiplicarse.
El 2 de marzo de 1877 se juramentó Alcántara, y casi desde el comienzo de su gobierno empezó a hacerse sospechoso ante Guzmán Blanco. Alcántara manifestó en un discurso su disposición de apertura, que fue considerada por los áulicos del guzmancismo como una declaración de su voluntad de actuar por su cuenta y sin atender a los deseos del amo.
Ello se acentuó con el Decreto de la Paz, del 24 de mayo del 77, que permitía el retorno a Venezuela de todos los exiliados políticos, entre ellos monseñor Guevara y Lira, la decisión de tumbar las estatuas que de Guzmán que el propio Guzmán se hizo poner frente al antiguo convento de San Francisco y en el Calvario, y una propuesta del presidente para que se dictara una amnistía y se soltara a los presos de Guzmán. Más grave aún fue la propuesta de revisar las leyes guzmancistas contra la iglesia. No hay duda de que el corto gobierno de Linares Alcántara fue una reacción contra Guzmán y un claro intento de Linares de desplazar a Guzmán del poder y ponerse él. Linares, como para dejar claro lo que quería, se hizo llamar el “Gran Demócrata”, título que se opondría al de “Ilustre Americano”, y sus partidarios llamaban a Guzmán sacrílego, ladrón, malhechor y otras lindezas, sin que el gobierno moviera una paja para impedir tamaños desaguisados. El 9 de mayo del 77 Guzmán se fue del país como ministro plenipotenciario ante varios países europeos, cargo al que renunciaría poco después de llegar a París, desde donde, por correspondencia, empezó a organizar su retorno. Pero la reacción antiguzmancista crecía, alentada por los partidarios de Linares Alcántara, dispuestos a convertir a su jefe en nuevo amo absoluto del país, para lo cual pidieron que se regresara a la Constitución de 1864, que permitiría al presidente estar cuatro años en la silla. Cada día parecía más evidente la intención continuista de Alcántara, pero un viaje decidió otra cosa: Linares, camino de La Guaira, se sintió mal. Una fuerte infección bronquial lo obligó a guardar cama y, lejos de mejorar, murió el 30 de noviembre de 1878, a los cincuenta y tres años. En un intento por lograr el equilibrio, la Asamblea Nacional Constituyente eligió como Primer Designado, que de hecho sería Presidente, a José Gregorio Valera, medio hermano del difunto, y Segundo Designado al general Gregorio Cedeño, antiguo carpintero y comerciante, guzmancista de uña en el rabo. Pero no lo consiguieron. Cedeño, a instancias de su facción, se negó a viajar a Caracas a juramentarse y el 29 de diciembre de 1878 lanzó un manifiesto en el que proclamaba la autonomía de Carabobo y desconocía en gobierno de Caracas. Era la Revolución Reivindicadora, que buscaba poner las cosas en su lugar. No querían los reivindicadores el desorden que los alcantaristas habían propiciado, y una vez triunfantes, llamaron al general Antonio Guzmán Blanco para que viniera a poner orden. Guzmán regresó a Venezuela y fue proclamado Director Supremo. Poco después se encargó de nuevo de la Presidencia para iniciar el Quinquenio. Nombró a Cedeño Ministro de Guerra y Marina, pero Cedeño sufría de visiones y sufría delirios, por lo que renunció. Trece años después murió en Valencia, enajenado mental, mientras su jefe seguía pidiendo y consiguiendo los aplausos de la patria.
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III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El Gran Arquitecto del Universo
Antonio Guzmán Blanco es uno de los dos o tres personajes más interesantes de la pequeña historia que empezó a funcionar a partir de la Independencia. Un auténtico caudillo tropical, con manía de constructor, muy parecido a otros caudillos y jefecitos de Hispanoamérica. Pero también un excelente administrador y hombre de visión como pocos. Con él desaparece definitivamente de la escena el mundo de los próceres de la Independencia, que se convierte en un inmenso fresco, lejano y alto, al que se apela no por méritos propios, sino para tratar de hacerlos.
Era un hombre excepcionalmente inteligente, y fue el primer caudillo civil de Venezuela, aunque usara el título de general. Debió afrontar, en una época en la que todavía las cuestiones de abolengo se tomaban muy en cuenta, un pasado lleno de lunares. Su abuelo, Antonio de Mata Guzmán, oficial español, liberal, nacido en Jaén (España) en 1769, llegó al país en 1799 con el gobernador y capitán general Manuel Guevara y Vasconcelos cuando empezaba ya a descomponerse definitivamente el poder español en Venezuela. En 1810, con el grado de capitán, sirvió a las órdenes de la Junta establecida el 19 de abril, pero en octubre participó en la conspiración de los españoles acaudillada por Francisco, Manuel y José González de Linares, con quienes compartió la prisión. Tras las rejas legitimó a sus dos hijos, Antonio Leocadio y Juana, al casarse con la madre de ellos, Agueda García, a quien apodaban, según contaban mucho tiempo después los disminuidos mantuanos, la Tiñosa. En 1812, encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, el capitán estuvo entre los que encabezaron una nueva sublevación contra la República, y específicamente contra el entonces coronel Simón Bolívar. Quedó como segundo comandante de la plaza y de allí en adelante se dedicó a combatir a los republicanos con las armas. En 1815 fue ascendido a teniente-coronel. En 1816 fue el encargado de trasladar a Caracas a la heroína Luisa Cáceres de Arismendi cuando la internaron en el convento que el nieto haría demoler años más tarde. En 1821 fue designado Teniente de Rey en la gobernación y capitanía general de Venezuela, es decir, segundo en autoridad de los españoles, y como tal debió defender a Caracas contra las fuerzas de Bermúdez. Luego de Carabobo, se fue a vivir a Puerto Rico con su segunda esposa y los tres hijos que con ella tuvo. En Santa Cruz de Bayamón, en la isla que todavía conservaban los españoles, murió en 1828. En noviembre de 1801, en un tiempo que se complicaba cada vez más, había nacido su hijo Antonio Leocadio, el niño, destinado a figurar en la mínima y complicada historia de Venezuela como un hombre que no pudo llegar a las alturas. A los 11 años fue enviado a España para que no padeciera los rigores de la guerra que ya se apoderaban de Venezuela. Recibió educación de preceptores abiertamente liberales y regresó a Caracas un par de años después de la batalla de Carabobo (y de la partida de su padre). Tenía apenas veintidós años cuando se dedicó a la política. Llevaba en el alma una fuerte carga de natural resentimiento. No podía exhibir algo parecido a abolengo ni nada parecido a gloria militar, pero sí una inteligencia excepcional acompañada por una clara falta de escrúpulos. Peligrosa combinación, sin duda. Enfrentó el militarismo que dominaba al país después de tantos años de guerra y fue encarcelado por Páez en 1824. Sus críticas al neogranadino Santander, Vicepresidente de la Gran Colombia, lo hicieron muy popular en Venezuela y le ganaron el aprecio de Páez, quien lo envió en misión ante Bolívar, que estaba en Perú. Allí se ganó también la confianza y la amistad de Bolívar, lo cual no obstó para que se contara entre los conspiradores de La Cosiata. Ocupó altos cargos en los gobiernos venezolanos hasta que estalló, en 1835, la Revolución de las Reformas, ante la cual su actitud fue tan ambigua que el Presidente Vargas lo alejó del poder. Volvería a un cargo público llamado por Páez en 1839, pero no por mucho tiempo: a los nueve meses fue destituido. Fundó entonces la Sociedad Liberal de Caracas y dirigió el periódico El Venezolano, órgano de los liberales. Desde allí, con las armas de la demagogia y una gran habilidad para crear apodos, lemas y formas variadas de agresión por la palabra, arremetió contra Páez y los conservadores, y en buena parte sus escritos constituyeron la base del Partido Liberal, la primera agrupación de masas que conoció el país fuera del Ejército Libertador. Fue uno de los primeros en usar el término “oligarca”, que después reivindicaría Gil Fortoul, para referirse a los gobiernos de su tiempo. A causa de unos versos de Rafael Arvelo, protagonizó un juicio incoado en su contra, por difamación, por el Director del Banco Nacional de Venezuela, Juan Pérez, que le valió a Guzmán un triunfo público al ser sacado del tribunal por una multitud que lo paseó en hombros por las calles de Caracas. En 1846 promovió su candidatura presidencial, y por su participación en un intento revolucionario, casi socialista, fue condenado a muerte, en marzo del 47. La pena de muerte fue conmutada por el nuevo Presidente, José Tadeo Monagas, por el exilio vitalicio, hasta que en enero de 1848, por la ruptura entre Monagas y Páez, fue indultado. En 1849 fue Ministro del Interior y Justicia y luego Vicepresidente de la República. En 1851 aspiró a la Presidencia, pero los Monagas lo derrotaron fácilmente y José Gregorio Monagas obtuvo el cargo por 203 votos frente a 65 de Guzmán. De 1853 a 1858 actuó como diplomático en Sudamérica y en Estados Unidos. Después apoyó el derrocamiento de los Monagas, pero volvió a sus trincheras de periodista y la emprendió contra Julián Castro, que lo expulsó a Trinidad. Desde el exterior vio la Guerra Federal (1859-63), así como el ascenso de su hijo, Antonio Guzmán Blanco, cuya carrera política ya se asomaba con fuerza en los horizontes venezolanos. En Colombia fundó otro periódico, El Colombiano, dedicado a difundir las tesis liberales y la idea de la reconstrucción de la Gran Colombia. Fue diputado por el Departamento del Cauca a la Convención de Río Negro. En 1863 volvió a Caracas; luego a Lima de nuevo como Ministro Plenipotenciario; en el 64 estaba en Caracas, incorporado al Congreso Constituyente de la Federación, que presidió. Después volverá a Perú y pasará a Inglaterra en misión oficial relacionada con la deuda pública venezolana. En 1868, luego de haberse reincorporado a Congreso y hacer otro viaje a Europa, es exilado a Curazao por el gobierno de la Revolución Azul, pero el 70 vuelve, cuando su hijo Antonio se pone en la presidencia con la Revolución de Abril. Ha llegado el turno a su heredero, que opaca la estrella de su padre aunque lo colma de honores. En 1884 Antonio Leocadio Guzmán se convirtió en uno de los primeros huéspedes del Panteón Nacional que creó su hijo en donde estuvo la Iglesia de la Trinidad. En la tierra quedaba su fruto: Antonio Guzmán Blanco, otro medio-mantuano o mantuano a medias, destinado a ocupar un lugar protagónico en nuestra historia.
El Ilustre Americano debe haber pasado una infancia agitada y desconcertante. Los saltos de su padre, el saberse nieto de un oficial que combatió contra Bolívar, sin imaginarse (el oficial realista) que con el tiempo iba a ser pariente cercano de sus descendientes, el oír los cuentos que corrían acerca de las hermanas de su abuela, las Nueve Musas, cuentos que alentaban los enemigos de Bolívar y del liberalismo y que se repetían en las iglesias y en los salones por igual; ser el hijo de una mantuana de ilustre linaje que, un tanto preñada, se casó con un político apasionado que más de una vez había cambiado de bando, y a quien sin piedad y con la fuerza de su pluma atacaban hombres como Juan Vicente González, sin escatimarle epítetos, debe haber sido una escuela nada fácil, pero que a la vez puede haberle sido más útil para lo que fue después su carrera, que la de don Feliciano Montenegro y Colón, en la que inició sus estudios. En 1848, cuando no había cumplido todavía los veinte años (nació el 20 de febrero de 1829), ingresó al servicio exterior venezolano, como Jefe de Sección. Paralelamente estudiaba derecho (en 1856 recibió el título de Licenciado y al año siguiente el de Abogado). Era a la vez masón y miembro de la Sociedad de María. Relacionado con todo el mundo político de su tiempo. Quiso casarse con Luisa Teresa Giuseppi, nieta del general José Tadeo Monagas, pero no pudo vencer la barrera de la oposición de todos los Monagas, que no querían en la familia a un nieto de La Tiñosa. Salió de Venezuela, no precisamente al exilio sino como Cónsul de Venezuela en Filadelfia, de donde pasó a Nueva York. Luego será Secretario de la Legación de Venezuela en los Estados Unidos de América. En 1858, al caer los Monagas, regresa a Venezuela. Su padre es exilado junto con otros liberales por el nuevo gobernante, el general Julián Castro, y él mismo es acusado de participar en La Galipanada, el movimiento liberal que debía producirse el 16 de agosto de 1858 para traer al país al general Juan Crisóstomo Falcón y que fue vencido en el Cerro del Ávila, cerca de Galipán, por su pariente, Carlos Soublette. A pesar de que fue absuelto en el juicio, el gobierno decidió expulsarlo del país, y de poco valieron sus protestas y que se escondiera: fue capturado y expatriado, con lo cual se inició su carrera hacia la Presidencia de la República. Se unió a los revolucionarios de Zamora y Falcón, en las Antillas. No participó en la primera invasión, pero fue enviado a Caracas a mantener conversaciones sobre la amnistía propuesta por Julián Castro. El 24 de julio de 1859 Guzmán Blanco acompañaba a Falcón en su desembarco por Palma Sola, cerca de Morón y Puerto Cabello. El Licenciado Antonio Guzmán Blanco actuaba como Auditor General del Ejército. Poco después era teniente-coronel y hasta participaba en acciones bélicas. Como coronel actuó en la Batalla de Santa Inés, la única victoria importante de los federalistas en una guerra sin batallas, y el 10 de enero de 1860 se encontraba a pocos pasos del general Ezequiel Zamora en el momento de su muerte, cerca de la torre de la iglesia de San Carlos, en Cojedes. Luego de la derrota de Coplé (segunda y última batalla de la Guerra Larga, el 17 de febrero del 60), huyó junto con Falcón hacia Bogotá. De allí se dirigieron a Cartagena y desde ahí se embarcaron a la isla de Saint Thomas. En julio de 1861 el coronel Antonio Guzmán Blanco, Secretario General de la Expedición Militar, desembarcó cerca de Coro. Empezaban tiempos mejores. Ya convertido en general, acompañó a Falcón al Campo de Carabobo a la conferencia de paz propuesta por el general Páez, que había asumido la dictadura en Caracas. Allí conferenció activamente con Pedro José Rojas, Secretario General del Gobierno de Caracas, sin que se obtuviera ningún resultado. En 1862 ya el general Guzmán Blanco era definitivamente caudillo federalista y uno de los principales consejeros políticos de Falcón. El 20 de septiembre de 1862, desde Guatire, anunció que asumía la dirección general de la guerra en los estados Carabobo, Guárico, Aragua y Caracas, y a la acción militar sumó la de persuasión, cuando escribió a numerosas personalidades de Caracas, como Fermín Toro, sugiriéndoles que contribuyeran con su prestigio para derrocar al dictador José Antonio Páez. Después de varias acciones en las que se acercaba a la capital, y cuando dispuso sus tropas para tomarla por asalto, recibió un mensaje que lo llevó a la Hacienda Coche, entre El Valle y San Antonio de los Altos, a sostener conversaciones de paz con Pedro José Rojas. El 24 de abril de 1863 firmó el “Tratado de Coche", que entraría en vigencia el 22 de mayo. Ya la cumbre estaba ante sus ojos y Caracas lo vio desfilar al frente de las tropas triunfantes. Era un hombre orgulloso, de apenas treinta y cuatro años de edad, consciente de su relación con Bolívar y con los más encumbrados mantuanos criollos, pero también de que su padre fue hijo natural de un oficial enemigo de la Independencia y de una mujer que las mantuanas no habrían recibido a gusto en sus salones. Poco después fue proclamado por la Asamblea, reunida en La Victoria, Vicepresidente de Venezuela, casi que con derecho a sucesión, como los prelados que pronto enfrentaría. El 25 de julio del 63 fue designado Ministro de Relaciones Exteriores y viajó a Europa a contratar un empréstito, por el cual, por cierto, cobró una comisión en efectivo nada desdeñable, que declaró abiertamente como lícita. En noviembre, de nuevo en Caracas, presidió la Asamblea Nacional Constituyente, ante la cual renunció a su cargo de Vicepresidente. En febrero del 64 fue designado por el Presidente Falcón Ministro Plenipotenciario ante las cortes de Madrid, París y Londres, pero no era un exilio dorado, sino parte de su camino a la cumbre. Conoció entonces al Emperador Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia, y un mundo que le fascinó y lo hizo imaginarse el Gran Arquitecto del Universo. El 3 de noviembre estaba de regreso en Caracas, con sus sueños y sus contradicciones. Bonaparte, al fin y al cabo, era un corso de no muy noble origen y llegó a ser Emperador de Francia y a emparentarse con los reyes de antiquísimas casas, cuyos ascendientes alguna vez fueron también guerreros de ignotos antepasados. Y el sobrino de Napoleón era también Emperador. Caracas podía convertirse en la Nueva París. La luz de nuestra América. Y de repente, Falcón lo encargó de la Presidencia. Era la voz del destino que resonaba de nuevo en sus oídos. Conoció entonces a Ana Teresa Ibarra Urbaneja, hija del general Andrés Ibarra Toro, edecán del Libertador, y de Anastasia Urbaneja Barbas, hija del prócer Diego Bautista Urbaneja. Al casarse con ella será pariente cercano de los Toro y de los Sucre y muchísimas de las familias mantuanas de Venezuela. En marzo del 65, cuando Juan Crisóstomo Falcón fue nombrado Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela, Antonio Guzmán Blanco se convirtió en Primer Designado, cargo equivalente al de los antiguos Vicepresidentes, y que sustituía al Presidente durante sus ausencias, que en el caso de Falcón serían notables. A partir de 1866 es también Comandante en Jefe del Ejército. La mesa está lista. Viajará de nuevo, polemizará, se hará notar, y el 13 de junio de 1867, en la Catedral, se celebraría su matrimonio con Ana Teresa Ibarra, boda que bendijo el Arzobispo de Caracas, Monseñor Silvestre Guevara y Lira, a quien el novio de ese día se enfrentará violentamente poco después. A fines del 67 Guzmán se empieza a distanciar abiertamente de Falcón, al oponerse a que sea reelecto. Sin embargo, Falcón lo nombra de nuevo Ministro Plenipotenciario en Europa. Recorre entonces, casi como Miranda, media Europa, y aprovecha para depositar parte de su inmensa fortuna en bancos del viejo mundo. En Venezuela triunfa la Revolución Azul y Falcón pasa al exilio. José Tadeo Monagas ejerce la Presidencia. Guzmán Blanco regresa al país en septiembre del 68, y junto con su padre organiza una Unión Liberal y funda un periódico con el mismo nombre para preparar su retorno al poder. El 14 de agosto del 69 los Azules atacan con piedras y palos, y otros proyectiles bastante más fétidos, la casa de Guzmán, que ha organizado una fiesta. La violencia domina la noche y Guzmán Blanco, indignado, se asila en la Legación de Estados Unidos (su padre en la de Brasil). De allí, a Curazao, como a empezar de nuevo. El 14 de febrero desembarca en Curamichate (estado Falcón) e inicia una campaña que termina con su triunfo en Caracas el 27 de abril de 1870. Desde entonces hasta 1888 dominará, con uno que otro altibajo, la escena política del país. Primero será el Septenio (1870-1877), después el Quinquenio (1879-1884) y por último el Bienio (1886-1888), que en realidad duró poco menos de un año. Caracas no será, a partir de entonces, la misma. Murió en París el 28 de julio de 1899. Tenía setenta años, y la muerte le economizó el saber que su ciudad, lejos de convertirse en el París de América y la capital de la inmensa república soñada por Bolívar, caería en manos de un personaje a quien él, como buen político, conocedor (y manipulador) de hombres que era, jamás habría dejado ascender del cargo de gobernador de la Sección Táchira del Gran Estado de los Andes: Cipriano Castro.
Guzmán Blanco presidió uno de los períodos de bonanza del país, y gracias a eso y a su capacidad pudo transformar la capital. Fue, como casi todos los dictadores latinoamericanos un gran constructor. Hizo ferrocarriles, avenidas, paseos, caminos y hasta dos famosos monumentos que se dedicó a sí mismo: El Saludante y el Manganzón, erigidos en dos de los más divertidos actos de inmodestia y arrogancia que haya conocido Venezuela. Según don Bartolomé López de Ceballos, el “bautizo” de las dos estatuas se debió al ingenio de una dama caraqueña, doña Dolores Soublette, viuda de Hernáiz (Ana Mercedes Pérez, Entre el cuento y la historia – 50 años de Periodismo. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, ¿1984?). Un decreto del Congreso, del 3 de abril de 1873, ordenó que se erigiera la estatua en lo que se llamaría, naturalmente, la Plaza Guzmán Blanco, frente al antiguo Convento de San Francisco. Fue entonces, también, cuando el mal gusto acabó con la fachada colonial del Convento, logro perpetrado por el arquitecto del régimen, Juan Hurtado Manrique (Ver: Gasparini, Graziano, en: Gasparini, Graziano y Juan Pedro Posani, Caracas a través de su Arquitectura, Fundación Fina Gómez, Caracas, Venezuela, 1969). Para Uslar Pietri “Hasta los Monagas, la pobreza del país lo salva de las tentaciones del mal gusto. Con Guzmán Blanco las cosas empiezan a cambiar. Guzmán conoce una de las Europas de peor gusto. La de la Inglaterra victoriana y de la Francia del Segundo Imperio. De allí trae la inclinación a las imitaciones pomposas. Del falso gótico, el falso pompeyano y el falso corintio. En un país de ladrillo y tapia, quiere disfrazar el ladrillo con yeso. De allí la fachada de la Universidad con su fraudulento gótico de confitería y la no menos objetable del Capitolio con su cariátides de yeso y sus capiteles de hojalata” (“El mal gusto en Caracas”, en: Crónica de Caracas, Nº 11, Julio-Septiembre de 1952, Caracas, Venezuela). La cursilería militar de Pérez Jiménez sería la guinda de esa torta.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Tiempo de bostezos
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Tiempo de bostezos
Juan Crisóstomo Falcón nació en un hato de su padre, en el estado que hoy se llama Falcón, el 27 de enero de 1820. Tal como Zamora, no fue combatiente de la Independencia ni nada que se le parezca. Simplemente, no podía serlo. Hijo de José Ildefonso Falcón y de Josefa Zavarce, era, como Monagas, perteneciente a la clase de los blancos de provincia, casi mantuanos, y no como Páez y Zamora, que eran blancos de orilla. Recibió esmerada educación en el Colegio Nacional de Coro y, como muchos jóvenes de su tiempo, luego de pasar algún tiempo dedicado a la administración de sus tierras, entró a la carrera militar. Su primera acción bélica fue en la Sierra que está al Sur de Coro, en Taratara, el 6 de abril de 1848, en defensa del gobierno de José Tadeo Monagas. Participó en muchas acciones bélicas, entre ellas algunas en contra de las fuerzas de Páez, y luego de ser comandante de armas de Maracaibo, en 1853, a los treinta y tres años, fue ascendido a general de brigada después de haber sido trasladado a Coro como comandante de armas. En esa condición se batió contra los enemigos de José Gregorio Monagas que se alzaron en armas en su región. En 1855 estuvo entre los que apoyaron los motines contra los judíos en Coro. A los treinta y siete años ascendió a general de división y se casó con Luisa Isabel Pachano Muñoz, hija de grandes terratenientes establecidos en el puerto de La Vela, cerca de Coro. Poco después, cuando el 5 de marzo del 38 se alzó Julián Castro contra José Tadeo Monagas, Falcón no fue parte de la conspiración, pero tampoco defendió al gobierno depuesto. No obstante, el nuevo régimen no lo veía con buenos ojos, y pronto tanto él como su cuñado Ezequiel Zamora fueron agredidos por el sector oficial, por lo que ambos salieron al exilio. Falcón, luego de pasar por las Antillas holandesas, se estableció en Saint Thomas, desde donde armó una red de enemigos del gobierno venezolano que terminó considerándolo cabeza de la futura insurrección. Y cuando la insurrección se materializó con el Grito de Federación y la acción armada de Zamora, Falcón esperó prudentemente, fue a Curazao a gestionar compras de armas y el 24 de julio de 1859 desembarcó en Palma Sola, entre Morón y Puerto Cabello. Al tocar tierra venezolana hizo público un manifiesto y designó a Wenceslao Casado jefe del estado mayor. De allí partió en campaña, tomó Barquisimeto y luego se encontró con Zamora y estuvo en Santa Inés y en San Carlos, en donde murió su cuñado. Allí asumió el mando, tanto civil como militar, de las fuerzas federalistas. El 17 de febrero de 1860 se produjo la segunda y última verdadera batalla de esa extraña Guerra Larga o Guerra Federal, en el Rincón de Coplé, al Norte de San Fernando de Apure. Falcón había llegado allí luego de tomar San Carlos con muchas dificultades y dirigirse a Valencia. El 20 de enero se detuvo en Tinaquillo y mandó un emisario a pedir la rendición al general León de Febres Cordero, jefe centralista en Valencia. El enviado federalista se pasó de bando e informó a Febres Cordero que Falcón tenía muy pocas municiones, por lo que el centralista salió de Valencia a enfrentar a su oponente, que el 24 optó por replegarse para hacer contacto con las fuerzas del general Juan Antonio Sotillo, con quien se encontró en Tinaco. Pero Sotillo tampoco tenía parque. Falcón ordenó una serie de movimientos poco acertados para trasladar las operaciones a los llanos de Guárico. Contaba con 5.400 hombres, que bien han podido derrotar a los de Febres Cordero, pero optó por rehuir el combate. Luego de un fallido intento de tomar Calabozo, Falcón siguió rumbo a Apure, en donde pensaba recolectar ganado para pasarlo a Nueva Granada y venderlo, y con el dinero obtenido comprar pertrechos. Las fuerzas gubernamentales de San Fernando impidieron el paso de los federalistas, que tuvieron que enfrentar a los de Febres Cordero en el Rincón de Coplé, en donde se produjo la victoria de los centralistas. Sin embargo, Febres Cordero no persiguió al enemigo derrotado, cuyas fuerzas quedaron prácticamente intactas. Falcón, luego de la derrota, dividió su ejército en cuatro cuerpos, que pronto fueron neutralizados por su enemigo. Falcón, acompañado por Antonio Guzmán Blanco, hijo de Antonio Leocadio Guzmán, salió de Venezuela rumbo a Nueva Granada (Bogotá y Cartagena) y a las islas del Caribe. A partir de entonces los federalistas se organizaron en guerrillas que a la larga, luego de que Falcón y Guzmán reingresaron al país por Coro, obligaron al gobierno a pactar y, virtualmente, capitular mediante el Tratado de Coche negociado por Pedro José Rojas, el hombre de confianza de Páez, y Antonio Guzmán Blanco, el hombre de confianza de Falcón, y firmado el 23 de abril de 1863.
El tratado, que fue discutido a puerta cerrada, venía a acabar con aquella guerra amorfa e indefinida en la que, en definitiva, sólo había perdedores. Disponía la convocatoria de una asamblea nacional de ochenta miembros, elegidos la mitad por Páez y la otra mitad por Falcón. Páez renunciaría ante la asamblea y la asamblea nombraría un ejecutivo transitorio. Disponía también el cese de hostilidades, la prohibición de reclutamientos y la formación de brigadas para conservar el orden público. Rojas y Guzmán Blanco cobraron buen dinero como honorarios profesionales, lo cual ha dado pie a muchos comentaristas para hablar de corrupción, pero, en rigor, no había entonces ningún impedimento, ni legal ni moral, para que lo hicieran.
Páez se fue definitivamente de Venezuela, rumbo a los Estados Unidos, después de resignar el mando ante la asamblea, como estaba previsto, el 17 de junio de 1863. Nunca más retornaría a su país, salvo en su ataúd. Vivirá en Estados Unidos, recorrerá buena parte de América del Sur, recibirá honores y homenajes, pero ya no tendrá mando. Una sola vez parecerá que puede regresar al país, cuando recibe una carta de Guzmán Blanco a mediados de 1872, pero el 6 de mayo de 1873 perdió, definitivamente, su última batalla en Nueva York. Su cuerpo sí volvería a Venezuela en 1888, a quedarse en el Panteón Nacional. Doña Dominga murió en Caracas el 12 de diciembre de 1875 en medio de la mayor pobreza. Los bienes suyos y de su marido se habían esfumado en intentos revolucionarios o se habían malgastado en Valencia, en tiempos muy malos para ella.
El mismo día en que Páez entregó el mando (17 de junio de 1863) asumió la presidencia Juan Crisóstomo Falcón, que no mostró muchas ganas de gobernar, y mucho menos de vivir en la capital, por lo que delegó continuamente el poder. En definitiva, el tiempo de gobierno del mariscal Falcón no se diferencia en casi nada de los de los anteriores, salvo por su ausencia casi permanente de la capital. Hay esfuerzos por aplicar aquello de la federación que se estrellan contra la realidad. Entre tanto, la figura de su hombre de confianza, Antonio Guzmán Blanco, va creciendo. Tal como el descontento. Se alzan Luciano Mendoza, Martín Sanabria, Guillermo Tell Villegas, José Elías Rodríguez, Pedro Ezequiel Rojas, Luis Level de Goda, conservadores y liberales por igual. También en el congreso crece la oposición. Hasta que Falcón renuncia y entrega el mando el 30 de abril de 1868 al general Manuel Ezequiel Bruzual, ministro de Guerra y Marina. Inútil gesto, porque en julio se alzaron los Monagas y todo volvió a lo de siempre. El 26 de julio de 1868 el viejo general José Tadeo Monagas creyó que había hecho retroceder el reloj de la historia, pero no pudo hacer que el suyo marchara en reversa. Luego de seis años de exilio (entre 1858 y 1864) había retornado al país y pronto vio reunirse en torno a él a muchos de los descontentos con el gobierno de Falcón. Se levantó en armas en la llamada “Revolución Azul” y tras una dura batalla desplazó al sucesor legal de Falcón y se convirtió en presidente de facto. Como era de esperarse, convocó a unas “elecciones” con la idea de ser salvador de la patria y candidato, pero una pulmonía se encargó de recordarle que ya no estaba para esas maromas, y murió el 18 de noviembre de 1868, tres meses y unos días después de su último golpe. Gobiernan o tratan de gobernar varios personajes, entre quienes destacan Domingo Monagas, hijo de José Gregorio, y José Ruperto Monagas, hijo de José Tadeo. Se plantea casi un pleito dinástico y sucesoral que se resuelve en favor de José Ruperto, por lo cual Domingo se retira ofendido a Oriente, de donde regresará alzado contra los azules en la fuerza de Guzmán Blanco. Luego de muchas peripecias, que incluyen su participación en la “Revolución Libertadora”, muere a los sesenta y dos años, en septiembre de 1902. Por su parte, José Ruperto, el hijo de José Tadeo, es elegido el 20 de febrero de 1869, como “primer designado” para ocupar la presidencia hasta las “elecciones”. En realidad ni siquiera alcanza a gobernar. Parte en campaña para tratar de dominar el alzamiento de Venancio Pulgar, presidente del estado Zulia, y deja encargado a Guillermo Tell Villegas.
Ese proceso me hace recordar cuando, en una época en la que me dio por estudiar la historia de Roma, traté de entender aquello de que Maximiano combatió a Máximo y a Babino pero fue asesinado y sustituido por Gordiano, quien a su vez también fue asesinado y sustituido por Filipo el Árabe que fue eliminado por Decio, quien gobernó por dos años hasta que fue derrocado y sustituido por Galo, eliminado al poco tiempo para que fuera emperador Valerio, que cayó prisionero y fue sustituido por su hijo Galieno, muerto durante una peste y sucedido por Domicio Aureliano, el “Restitutor”, asesinado también y sustituido por Tácito, descendiente de un historiador y a que los seis meses creyó entrar en la historia por haber muerto en su cama, tranquilamente y fue seguido por Probo, quien a su vez también murió asesinado pero fue sucedido por Diocleciano, el último verdadero emperador de Roma, aunque el que figura como último, por una broma deliciosa de la historia (que aprovechó muy bien el suizo Friedrich Dürrenmatt) fue Rómulo Augústulo. Ruego que se me disculpe esta digresión que nos aleja tanto de nuestra historia, pero nadie puede negarme que el tiempo que precedió a Guzmán, además de ser fastidiosísimo, se presta a la caricatura. Y al bostezo.
Y es que a los hipopótamos y los elefantes se sumaron los rinocerontes, que estaban todos gotosos.
Sólo las mentes lógicas de Eugenio Ionesco y Franz Kafka podrían narrar con alguna sensatez ese período de la historia de Venezuela. En el que las serpientes se picaban entre sí y se iban quedando muertas por los caminos. Para muestra, un botón: en las pretendidas elecciones del 70 el último Monagas, José Ruperto, parece favorecido por los escrutinios, pero el congreso no lo ratifica en medio de una anarquía total de la que resulta vencedor, y no precisamente por elecciones sino por otro alzamiento militar de liberales contra liberales, el hombre que desde entonces y casi hasta el final del siglo va a dominar, por comisión u omisión, la política venezolana: Antonio Guzmán Blanco.
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(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
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El camino del infierno
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Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
Alejo Urdaneta, el escritor
por Eduardo CASANOVAEn un texto previo hablé de la pasión literaria de Alejo Urdaneta (Caracas, 1944), que sorprende en pleno siglo XXI, cuando Venezuela parece haber perdido el rumbo y los venezolanos, ante el mundo, no son otra cosa que o nuevos ricos petroleros o pobres resentidos, incapaces de nada profundo. La realidad es otra: el petróleo, la falsa riqueza del petróleo, le ha hecho un daño inmenso a Venezuela y a los venezolanos, y la imagen del país y de sus habitantes está deformada y es ajena a lo real. Lo real es que en Venezuela hay nuevos ricos que no sirven para nada, y también hay pobres que no tienen, no han tenido, la más mínima oportunidad de crecer, pero hay también, como en todo país, gentes de bien, que se desarrollan, que aportan mucho a su sociedad.
Uno de ellos es Alejo Urdaneta, el escritor, que habiendo podido conformarse con ser un abogado que gana y pierde causas y que puede hacer buen dinero ganando y perdiendo causas, se ha dedicado a enriquecer el patrimonio de todos los venezolanos con sus trabajos literarios, y para ello se ha dedicado no sólo a escribir, sino a leer, a estudiar, a cultivarse, hasta ser uno de los venezolanos más cultos de nuestro tiempo. Eso lo apreció, por ejemplo, Arturo Uslar Pietri (que quedó gratamente sorprendido al leer el cuento “La Tebaida”, de Urdaneta, que no sólo combina teatro y narrativa sino que tiene un manejo exquisito del ambiente), y lo apreciamos especialmente todos los que solemos conversar con Alejo, compartir su buen gusto musical y literario, que es grande como una cordillera, o simplemente compartir ratos de buen humor y buenas copas, en los que se recorre el universo de punta a punta y algo más. Y buena parte de esa cultura ha aflorado en su obra literaria. Inicialmente en sus cuentos, y luego en sus ensayos.
Entre sus cuentos uno de los que más me llama la atención es “El despojo”, premiado en su momento en un importante concurso del país y publicado inicialmente en el Papel Literario del diario El Nacional, un cuento que puede confundir a un lector no avezado y ubicarlo en la corriente superada del criollismo literario, pero que en realidad es un muy elaborado relato que se apoya, como los ensayos de Urdaneta, en una cultura sólida y vastísima, no sólo humanística, sino jurídica (en este caso). “Despaciosa y certera la mano de Pedro Burguillo. Afilado el machete, vuela entre la maraña de mosquitos para trozar la maleza, o para desbrozar el matorral y permitir que la cosecha sea buena. Así se lo ha dicho Andrés Díaz: que la limpieza sea completa y pueda justificar el salario que le paga generosamente (Hazlo así, Pedro Burguillo. Con precisión y firmeza. Al término de cada semana tendrás la paga. Limpia bien, Pedro Burguillo; que no quede matorral ni zarza). El brote es rebelde y hace sudar a Pedro Burguillo…” Así empieza “El despojo”, como si se tratara de una trama ruralista, que es lo que podría inducir a la confusión inicial del lector desprevenido. Pero en realidad es una trama compleja en la que se enfrentan y compiten tres astucias, la del dueño del terreno, la del funcionario judicial y la de Pedro Burguillo, el campesino, que bien podría vencer a los tres y quedarse con la propiedad. Sin embargo, en narrativa más importante que el tema es el lenguaje, y en este caso, Urdaneta maneja el lenguaje literario como pocos: “Suena un silbido que alerta la hojarasca y pronuncia perfiles de extraña tensión en el ánimo del rustico atador de brozas. Lo escucha y advierte el sentido que exhala el llamado…” Hay allí poesía, estructura, un excelente manejo de la palabra que nada tiene que ver con corrientes ya superadas. “Se hace pájaro Pedro Burguillo con otro silbido, el suyo más agudo, más de tierra. (No te distraigas en la labor, Pedro Burguillo. Este terreno debe estar listo para el banqueo y debes terminar de segar y limpiar. Recoge la gavilla y quémala, Pedro Burguillo, pero no te entretengas. Pronto tendremos lluvia, largo invierno). El murmullo de la tarde ya avanzada no permite saber si el silbido de los gruesos labios es de hombre o animal”. Bien podría decirse que en este cuento se conjugan dos de las corrientes que el autor maneja con toda propiedad: la literatura y el derecho: “No se pudo constatar el despojo. No procede la aplicación del interdicto". Es posible que el Juez esté desilusionado y la tierra que Pedro Burguillo cultiva con tanto esfuerzo siga en la posesión de Andrés Díaz. Podría también ser posible que él mismo, en la labor de banqueo y en la quema de la gavilla de brozas, atraiga más cada vez hacia si mismo el amor de la tierra; que a la tierra él la fecunde para que sea suya. (Yo no tengo tiempo para ocuparme de mi heredad; por eso te la he encomendado, Pedro Burguillo. Cuídamela bien). Podría morir Andrés Díaz y no existir más esa persona a quien el Juez llama “el poseedor legitimo". Debe estar él, sólo él, arropado con la maleza, con la fibra de su mano tendida sobre el machete certero”. Y, sin embargo, no es un cuento-ensayo, sino un cuento puro. Es la narración de esa situación en la que tres fuerzas se encuentran y sólo una vencerá. Y lo más importante: es un tema urbano que se desarrolla en un medio rural. Por encima de todo, es un cuento con un peso específico nada común, que nos revela la gran calidad de Alejo Urdaneta como cuentista.
Otro texto que da luces sobre la cuentística de Urdaneta es “Florencia Niña” (Cuento alegórico en dos tiempos, dos espacios), en donde el autor, también con un lenguaje poético, lleva al lector, en efecto, por dos espacio y dos tiempos abiertamente contrastantes, pero lo mantiene dentro de una sola situación. El texto se inicia con la ubicación del personaje dual, con las siguientes pinceladas: “Escuchabas en la cocina de la pobre vivienda la salmodia del agua en el fregadero. Con delantal y cofia percudida, la mujer, madre y patrona, repite el consejo y la orden que advierten del escarmiento y la estrechez, el inútil arrepentimiento por la pobreza no aceptada. Junto a los panes que ayudas a moldear, extendidos en el fogón, se confunden la ternura y la amenaza”. Es un ambiente de pobreza, pero pintado con tal maestría que no hay nada sórdido en él. Lo que hay es poesía, atmósfera, buena literatura y, de nuevo, una gran capacidad para plasmar varias realidades superpuestas que pueden engañar al lector. Pero de repente, con un recurso cinematográfico, el lector ya no está en el ambiente sórdido de un barrio pobre, sino en una de las ciudades más bellas del mundo, que durante siglos ha sido el centro del humanismo: “Al salir y cerrar la puerta de la cocina, estás en Florencia, en un cuartucho desde donde ves el Baptisterio y la Galería, los enigmas de Medusa desmembrada por Perseo, la fuente limpia tan diferente de la que adorna el patio de la casa. Y entras en la plaza del color del pan que llevarás ahora al mercader para venderlo como tus recuerdos perdidos en el polvillo con que dibujaste a Florencia niña, Florencia puente. Después, las monedas echadas con indiferencia, recibidas para llevarlas a la madre y patrona que reprende y prepara de nuevo el manjar desabrido que habrá de servirte en el refectorio de oración y recogimiento”. El elemento pobreza subsiste, pero ahora se mezcla con la más importante de las riquezas: la espiritual. Allí está el Arno, el Baptisterio, los puentes y, sobre todo, Beatriz, la amada del Dante, que es la poesía, todo en un espacio en el que el nombre Florencia lo determina todo. Todo es onírico, el lector, llevado de la mano con suavidad por el poeta, por la reencarnación de Virgilio, vuelve a recorrer los espacios de la “Comedia” dantina, sólo que no se despega de la cocina humilde, de las paredes manchadas, de la plancha, del espacio en donde manipula la harina para dibujar a Florencia niña, “para que te acompañe con destino al mercader de los panes. Presientes que no serán rezos ni admoniciones lo que escucharás, sino voces dichas por labios que expresan deseo, apremio, y finalmente aceptación. Y todos los murmullos y campanas quedan lejos y sólo es Florencia niña que tiende un puente sobre el Arno”. Es la imaginación, la poesía, la que en realidad entra por los ojos del lector, que de repente vuelve a la realidad: “…y así el fogón y el refectorio se alejaron del ambiente para llevarte con Florencia al cuartucho desde cuya ventana no verán, el Baptisterio sino un fondo de techos de zinc oscurecidos de tempestad, trepidantes de viento y atardecer. El rugido de las aguas llega a oídos de Florencia niña, y ella se deja llevar por torrentes que arrastran perseos de lodo, reyes de cal, medallas desgastadas. La inundación del río llegó hasta Florencia puente, hasta el lecho que han destendido, y los anega de furiosas emociones”. Es la realidad la que se impone: la bella ciudad, el centro del mundo, sufrió la calamidad de las aguas, y la niña sufre la calamidad de su vida: “…del peso de la miseria con el aroma de mies y levadura”. Es la palabra lo que cuenta: Florencia es un nombre propio, nombre de la ciudad más bella del mundo, nombre de la joven que padece su realidad y escapa de ella en sueños. Nombre que lleva al lector, al mismo que alguna vez pudo ser llevado por Virgilio y por Dante a los espacios más sublimes, a los espacios de un cuento que también es poesía pura.
La poesía de Alejo Urdaneta, aún dispersa, es también digna de estudio. Refleja no sólo su lirismo, sino su capacidad de síntesis que es, al fin y al cabo, uno de los elementos realmente fundamentales de la poesía actual. Pero hoy no voy a tocar ese aspecto de la obra de Urdaneta. Como tampoco puedo referirme en propiedad a su ensayística, que requeriría un libro y no unas pocas páginas. Porque en ese campo Alejo Urdaneta ha logrado en plenitud lo que debe ser la meta de todo ensayista: brevedad, profundidad y poiesis. “El Arte: una apreciación personal”, publicada por Editorial Actum en el 2006, es un libro de apenas 130 páginas cuyo contenido bien podría llenar uno de 1.000 páginas. Pero el poder de síntesis, el ir al grano sin adornos innecesarios, el llamar las cosas por su nombre y evitar regodeos innecesarios, de esos que suelen alimentar la autoestima del autor pero no en ansia de conocer del lector, son algunos de los factores que hacen de ese ensayo un libro magnífico, en el que los ojos y entendimiento del lector se pasean por la historia, por la estética y por la esencia del Arte, que es una de las realidades que convierten al ser humano en ser humano, diferente al resto de las criaturas del Universo, tal como el lenguaje, que es el tema del otro libro fundamental de Urdaneta, “Forma e intenciones del lenguaje” (Ediciones Giluz, 2009, con prólogo del Académico Francisco Javier Pérez), un tomo de apenas 92 páginas de apretada e intensa prosa cargada de poiesis y de una erudición que en ningún momento se hace pesada. Por el contrario, recorrer su espacio es recorrer una geografía maravillosa y enriquecedora. Acierta sin duda el prologuista al afirmar que “…por la gracia divina del poeta y por los muchos aciertos del ensayista glorificador, que los dioses buenos inventaron el lenguaje para crear un mundo mejor; aquél en donde reine el arte de amar, en donde la palabra benéfica actúe y en donde esplendorosamente brille la luz de la vida”.
Esa “gracia divina del poeta”, ese “arte de amar”, y ese brillo de la luz de la vida, son los verdaderos alientos vitales de Alejo Urdaneta, el escritor.
Peor que el Infierno
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
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El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Peor que el Infierno
La Guerra Federal o Guerra Larga de Venezuela es una de las contiendas más estrambóticas de la historia. Significó un retroceso terrible para un país que ya había llegado tarde al mundo, que apenas había empezado a superar ese atraso, hijo del atraso y de la guerra independentista con el trabajo de José María Vargas y sus pocos seguidores, y que de repente se encontró en un infierno que no se merecía. En ella sólo hubo dos batallas propiamente dichas: la primera, la de Santa Inés, la ganaron los federalistas, que ganarían la guerra, y la segunda, la de Coplé, la ganaron los centralistas, que la perderían. Hacia el final, los centralistas dominaban casi todo el territorio y parecían destinados al triunfo, mientras que los federalistas apenas se sostenían, sus principales hombres estaban exilados y, sin embargo, triunfaron. Quizá lo más notable de ella fue su música, sus canciones, que circularon por todo el continente. Fue “federal” porque los enemigos de los que la ganaron se dijeron centralistas, y a pesar del nombre de larga o de Guerra de los Cinco Años, como guerra propiamente dicha duró apenas un año, tras el cual los que tres años después la ganaron, apenas actuaban en guerrillas, estaban perdidos y hasta en el exilio. Casi no fue, pues, ni guerra, ni federal, ni larga, aunque sí absurda y terrible. En fin, eso no lo entiende nadie.
Empezó formalmente el domingo 20 de febrero de 1859, cuando el comandante Tirso Salaverría, al frente de cuarenta hombres, asaltó y tomó el cuartel de Coro y lanzó el Grito de la Federación. El martes 22 desembarcaría en La vela Ezequiel Zamora, y ya el país estaba en guerra otra vez.
Los dos hombres más importantes de ese terrible capítulo de la vida venezolana fueron Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón, cuñados, aliados y enemigos, cercanos y distantes, casi contrastantes, pero decisivos para el rumbo del país en su momento. Ambos caudillos menores y de poca monta, sin formación intelectual notable. Ezequiel Zamora, tal como Páez, era un blanco de orilla. Hijo de Alejandro Zamora y Paula Correa, propietarios rurales radicados en Cúa, no lejos de Caracas, nació el 1º de febrero de 1817, en plena Guerra de Independencia. Entre sus antepasados inmediatos hubo por igual realistas e independentistas. Apenas pudo estudiar lo elemental en su pueblo natal, pero al terminar la contienda sus padres lo enviaron a Caracas, a la casa de su hermana Carlota, que se había casado con el alsaciano Johann Caspers, llegado a Venezuela luego de la caída de Napoleón I. En Caracas, Zamora fue alumno de la escuela lancasteriana establecida por el Libertador, pero también recibió información de primera mano de su cuñado europeo acerca de los movimientos revolucionarios que se habían ido armando en el viejo continente, con lo cual, desde muy joven, se interesó en las causas populares. Recibió también la influencia del abogado Juan Manuel García, hombre de ideas adelantadas para su tiempo. Con ese equipaje viajó al interior y se estableció en Villa de Cura, en donde montó una bodega que prosperó rápidamente y le dio fama de serio y trabajador. Ramificó sus negocios hacia lugares distantes, como Cúa, Calabozo y hasta Apure, y por donde quiera iba haciendo fama de comerciante eficiente y honesto, lo cual lo ayudó mucho cuando decidió iniciarse en política como uno de los fundadores del partido liberal en la Villa. En su pulpería se leía y se comentaba la prensa liberal que, a imitación de El Venezolano se publicaba en el interior, y también, aunque con el natural atraso, el propio periódico de Antonio Leocadio Guzmán que era el portavoz del partido. En 1846 se lanzó como candidato a “elector” por el cantón de Villa de Cura y fue arbitrariamente vetado. Ante el abuso de poder que se manifestaba en su caso y en muchos otros, el liberalismo se movió con fuerza, y cuando se organizó una entrevista entre Antonio Leocadio Guzmán y José Antonio Páez, Zamora estaría entre los acompañantes del jefe liberal. La entrevista no se llevó a cabo y Zamora se hizo notar por su exaltado llamamiento a guerrear contra los godos. Llamamiento que se materializó cuando se levantó en armas el 7 de septiembre de ese mismo año en Guambra, con las consignas “desaparición de los godos”, “tierra y hombres libres” y “respeto al campesino”. A los treinta años ya se había ganado el título de “General del pueblo soberano”. Pronto fue reconocido como jefe por varios caudillos populares, como Francisco José Rangel, Zoilo Medrado y José de Jesús González, a quien llamaban “el Agachado”. Cayó preso en 1847 y fue condenado a muerte, pero logró fugarse, y el presidente Monagas le conmutó la pena por servicio militar en las fuerzas armadas, que lo llevó a combatir a los paecistas alzados. Demostró entonces capacidad de mando y habilidad innata para la milicia. Luego de varias acciones exitosas, le correspondió llevar preso al general José Antonio Páez y a su hijo Ramón de Valencia a Caracas el 2 de septiembre de 1849. El derrotado califica en su Autobiografía a Zamora y sus hombres de “mal intencionados”, y cuenta que la gente lo insultaba en el camino: “y si el político de alguna población enviaba á la cárcel al ébrio (sic) que vociferaba aquellas amenazas, Zamora lo hacía soltar á nombre del pueblo soberano y mandaba á sus soldados que repitiesen aquel grito”, cuenta lleno de amargura Páez. Después Zamora será jefe de varias plazas militares y en 1854, a los treinta y siete años, fue ascendido a general de brigada. Y a los treinta y nueve (1856) se casó con Estefanía Falcón, viuda con quien había convivido algún tiempo en Guayana, hermana de Juan Crisóstomo Falcón, el otro personaje importante de la Guerra Federal. Fue una boda por todo lo alto, oficiada en Macuto por el obispo de Caracas, Silvestre Guevara y Lira, y auspiciada por doña Luisa Oriach de Monagas, esposa del presidente de la república, que actuó como testigo. Parecería que el mozo de Villa de Cura estaba amansado, y por influencia de su esposa se retiraba de la vida pública y se mudaba a Coro, a administrar las tierras que ella había aportado al matrimonio, que no eran nada deleznables.
Pero ese cuadro idílico no podía durar mucho. Cuando el 5 de marzo de 1858 se alzó en Valencia Julián Castro y tumbó a José Tadeo Monagas, los godos no creyeron que el revoltoso Zamora pudiese quedarse quieto, y sin consideración alguna lo arrestaron y lo enviaron al exilio en la cercana isla de Curazao, en donde el hombre, ofendido y molesto, decidió que era hora de volver al mundanal ruïdo y se dedicó a tomar contacto con todo aquel que pudiera favorecer un movimiento liberal en contra de los godos que se habían apoderado del gobierno. Su cuñado Falcón hacía lo mismo desde Saint Thomas, y consiguió que los corianos, al proclamar la federación, lo reconocieran como jefe. Zamora estaba más cerca y fue por eso por lo que desembarcó en La Vela, tierra de la familia Falcón, el martes 22 de febrero de 1859, dos días después de que Tirso Salaverría lanzara a los cuatro vientos su grito de guerra, su Grito de la Federación.
Empieza entonces, sin que nadie lo sepa, una pequeña guerra dentro de la gran guerra. Zamora no es sólo un hombre que sabe ganarse a las masas, es, además de caudillo tropical, un militar disciplinado y serio, tal como fue serio y honrado como comerciante, y luego de constituir a Coro como estado federal y organizar el gobierno provisional de Venezuela (25 de febrero de 1859), emprende una campaña victoriosa rumbo al centro del país. En marzo ganó un combate importante en El Palito, cerca de Puerto Cabello, y sólo tres días después tomó San Felipe y creó el estado Yaracuy, luego pasó a Yaritagua y Cabudare en una especie de marcha triunfal. Los próceres José Asunción Silva, José Escolástico Andrade y León de Febres Cordero fracasaron ante el avance indetenible de la nueva generación. Era la Venezuela que no peleó contra España, frente a la Venezuela que se desangró en la Guerra de Independencia, y la nueva derrota con facilidad a la vieja. Zamora, indetenible, dobló hacia el Sur y tomó Araure el 5 de abril de 1859. No pudo conquistar Guanare y siguió rumbo a Barinas, en donde el 14 de junio recibió el título de “Valiente Ciudadano” y constituyó otro estado federal. Se detuvo entonces a reorganizar sus fuerzas para enfrentar en forma contundente al ejército centralista y emprender de nuevo la marcha, ahora hacia Caracas. Ese enfrentamiento tuvo lugar en Santa Inés el 10 de diciembre de 1859. La batalla fue en la margen derecha del río Santo Domingo, en el actual Estado Barinas. Zamora enfrentó al general Pedro Etanislao Ramos. El plan de Zamora fue el de replegarse e ir entregando posiciones al enemigo hasta que, mediante un fuerte contraataque a cargo de sus reservas, los federalistas pusieran en fuga a los centralistas. Zamora dispuso tres líneas sucesivas, una en el caserío La Palma, a cargo de los coroneles Jesús María Hernández y León Colina, la segunda, menos de un kilómetro más atrás, a cargo del general Ignacio Ortiz, y la tercera, al mando del general Pedro Aranguren, en tanto que en poblado de Santa Inés se estableció la reserva. El plan de Zamora se cumplió a cabalidad y poco antes de la medianoche del 10 al 11 de diciembre el general Ramos ordenó la retirada de sus fuerzas, que en la madrugada fueron perseguidas y dispersadas por las de Zamora.
Ahora el camino parecía libre. Como en una película de Hollywood, el valiente y gallardo vencedor iría al frente de sus tropas, que entonarían canciones marciales, hasta conquistar el poder. Pero no fue así. Camino a Caracas decide tomar la plaza de San Carlos, capital del estado Cojedes, y esa decisión le costó la vida. El Valiente Ciudadano murió sin darse cuenta el 10 de enero de 1860, prácticamente en brazos de Antonio Guzmán Blanco y muy cerca de su cuñado Falcón, los dos que más ganaban con su muerte. Y con él murió la revolución que iba a hacer, si es que la iba a hacer. Aun cuando en esa brillante campaña que lo llevó a la muerte, ni antes, en realidad no dijo nada que hiciera pensar en una verdadera revolución. La posible revolución zamorana es más bien una invención muy posterior e interesada de la historiografía marxista venezolana. Como sin duda era un hombre honrado y fiel a sí mismo, es posible que, llegado al poder, quisiera en verdad repartir las tierras, combatir la explotación del hombre por el hombre, y, como Bolívar, adelantar el tiempo. Como también es muy posible que se hubiera limitado a disfrutar de los placeres del poder como lo hicieron los que actuaron antes que él y después de él. Pero en realidad, ese 10 de enero la política volvió a ser la misma de siempre, y el gran beneficiario de aquel disparo no fue otro que el cuñado de Zamora, Juan Crisóstomo Falcón.
Todo terminaría en algo peor que el infierno: en el aburrimiento.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
En la alegría del Infierno
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
En la alegría del Infierno
Ido Julián Castro hay momentos de indecisión, surge un gobierno provisorio por unas horas, asume el poder Pedro Gual como Primer Designado y, finalmente, se hace cargo del gobierno Manuel Felipe Tovar, que era Vicepresidente de la República y que luego será elegido presidente constitucional para el período 1860-1864.
Se da de nuevo la paradoja de que los principales enemigos del gobernantes son los que debían ser sus partidarios. Páez, a través de su testaferro Pedro José Rojas, se convierte en el más encarnizado enemigo de Tovar, mientras la guerra civil invade como una terrible enfermedad todo el país. Los militares, por su parte, conspiran abiertamente contra el poder civil y hablan de una “dictadura ilustrada”. Tovar, que hace un esfuerzo sobrehumano por mantenerse apegado a las leyes y buscar el oxígeno civilizador, nombra a Páez comandante del ejército, cargo que ocupa hasta que renuncia el 19 de mayo del 61. Al día siguiente el presidente Tovar decide renunciar para que su nombre “no sirva de pretexto a la prolongación de la guerra” y se va definitivamente del país. Morirá en París a los sesenta y tres años, pues nació en Caracas el 1º de enero de 1803 y murió el 21 de febrero de 1866. En otro ambiente habría sido un excelente gobernante, civilizado y civilizador, pero en aquella selva que le tocó vivir, difícilmente podría haber pasado de domador de hipopótamos, látigo en mano, y nunca quiso asumir ese papel.
El 20 de mayo de 1861 Pedro Gual sustituyó en la presidencia a Manuel Felipe de Tovar y, en un esfuerzo más o menos inútil por complacer a Páez, nombró a Ángel Quintero ministro de Relaciones Interiores y a Carlos Soublette de Guerra, tras lo cual Páez aceptó de nuevo la comandancia del ejército para combatir a sus fieros enemigos, los federalistas. Y para conspirar.
A don Pedro Gual, sobrino de Manuel Gual, caraqueño, nacido el 17 de enero de 1783, parecería que el destino lo condenó a formar parte de la historia, pero no de la gloria. Cuando su tío Manuel y José María España intentaron derrocar al gobierno colonial y crear una república independiente, en 1797, el adolescente Pedro Gual conoció el horror de la persecución política inhumana. Sin embargo, logró seguir estudios en la Universidad de Caracas y convertirse en abogado en 1808, el año de la Conspiración de los Mantuanos. Trabajó entonces en el bufete de Felipe Fermín Paúl, el hermano prudente y camaleón de Coto Paúl y aprendió a hablar y escribir el francés y el inglés. En 1809, como era sospechoso por su apellido, el joven abogado temió por su seguridad personal y consiguió que se le autorizara a ir a la isla de Trinidad a practicar su profesión. A raíz del 19 de abril regresó a Caracas y cuando Francisco de Miranda (que se había carteado con José Ignacio y Manuel Gual, el padre y el tío) volvió a Caracas, convirtió a Pedro en su secretario personal en Venezuela. A la caída de la primera república consiguió guarecerse en un buque inglés el mismo día en que Miranda era arrestado. Se refugió en Nueva York y en Washington y viajó a Cartagena de Indias en 1813. Allí se inició su relación política y personal con Bolívar. En 1815 era agente diplomático de Cartagena en Estados Unidos, en donde permaneció hasta 1820. En 1821 fue gobernador de la provincia de Cartagena. Luego sería ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y después factor principal del Congreso de Panamá. Al separarse Venezuela y Ecuador de la nación formada por Bolívar, Gual se quedó en Bogotá, en donde colaboró con Daniel Florencio O’Leary como recopilador de los documentos que aparecen en las “Memorias”. Entre 1837 y 1842 vivió en Europa en misiones diplomáticas de Ecuador, y en 1847 resolvió regresar a Caracas, en donde, once años después, se vio involucrado en política activa, lo cual se hace aún más extraño cuando se piensa que ya tenía setenta y cinco años de edad. A los setenta y siete fue elegido Vicepresidente de la república, que ya estaba sumida en plena Guerra Federal. Y cuando se convirtió en Presidente tenía ya setenta y ocho años y debió enfrentar a los que, por su pasado, debería haber apoyado. Tantas contradicciones y situaciones extrañas no podían llevar a un final feliz: Gual fue tumbado por un golpe de estado el 29 de agosto de 1861, y cuando fue arrestado por un tal Pedro Echezuría, indignado le dijo: “¡Tan joven y ya traidor! ¡Con hijos y tener que legarles un crimen… Lástima me da usted, señor!…” Fue exilado a Guayaquil, en donde murió, el 6 de mayo de 1862, a los setenta y nueve años.
Páez se quitó la careta y mandó la institucionalidad a donde algún tiempo después se iría el padre Padilla (párroco de Petare que luego de un sermón acusatorio reconoció que no podía hacer nada por su feligresía y remató diciendo que “se iba a la mierda”, y se fue en mula con rumbo desconocido) y tras un brevísimo y confuso interinato en el que su “hombre de paja”, Ángel Quintero, pensó que podía asumir el poder pero se dio cuenta de que el jefe lo buscaba y optó por asilarse (y alejarse de Páez de por vida), el veterano caudillo se convirtió en dictador sin disimulo y empezó por desatar una auténtica persecución contra Juan Vicente González y otros conservadores de nota que se declararon antidictatoriales. El viejo macho ya no hacía el más mínimo esfuerzo por encubrir su ambición personal y su pasión desmedida por el poder, que había tenido que esconder mientras vivió Bolívar y porque se portó con Bolívar como se portó.
En realidad, bien puede decirse que la paz aparente de Páez y de Soublette no fue otra cosa que el período que necesitaba la guerra para recuperar su energía. Páez y Soublette gobernaron un país que estaba realmente traumatizado por la violencia, que quería la paz a toda costa, que aceptaba cualquier cosa para no volver a escuchar los cañones y las cabalgatas de los soldados. Pero es también un país que había perdido a sus mejores hombres, bien muertos, como Bolívar, Sucre y Miranda, o exilados voluntariamente como Andrés Bello y Simón Rodríguez, y que había quedado en manos de los peores: los caudillos militares ávidos de poder y los civiles que pudieron enriquecerse durante la guerra. Y en cierta forma, los militares que recibieron tierras en premio por sus actuaciones, se convirtieron en la gran clase terrateniente, en tanto que los comerciantes que usaron la guerra para hacer fortuna, se establecieron en las ciudades. Así empezaron a definirse los dos campos: terratenientes que eran liberales, y comerciantes que eran conservadores. En un ambiente de oportunismo y confusión, no era ilógico que los enemigos de ese importante núcleo centralista buscaran el federalismo, la descentralización, como bandera. Y la debilidad de lo que podría llamarse ideología de uno y otro bando quedó más que demostrada cuando Antonio Leocadio Guzmán, sin asomo de vergüenza, dijo en el congreso en 1867: “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho FEDERACIÓN, nosotros hubiéramos dicho CENTRALISMO!”…
En medio de ese mundo de confusión e inmadurez, el país estaba otra vez en guerra a pesar de que una guerra había destruido dos o tres generaciones anteriores. Quizá porque estaba condenado a seguir de generación en generación, hundiéndose en su propio cieno.
A los hipopótamos reumáticos se sumaban, exultantes, los elefantes resfriados.
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III
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
El camino del infierno
Monagas trató de asegurarse la permanencia eterna en el poder sin siquiera apelar a testaferros que pudieran pensar en volar solos. Nombró a su yerno y primo segundo doble, el coronel Francisco José Oriach Matute, Vicepresidente de la república, como para que nadie le velara la silla. Aumentó a diez mil efectivos las fuerzas armadas. Elevó a veintiuna las provincias y eliminó las atribuciones de las diputaciones provinciales, con lo cual se aseguró la facultad de nombrar gobernadores afectos. Pero el 5 de marzo de 1858 se alzó en Valencia el general Julián Castro, gobernador de Carabobo, y en cosa de diez días estaba el hermano mayor asilado en la legación de Francia y el gobernador alzado asumía el poder, el 18 de marzo, como “Comandante del Ejército Libertador”. Bolívar debe haberse revuelto en su tumba, si es que no se había escapado horrorizado.
El golpe llevaba tiempo gestándose. Cuenta Lisandro Alvarado que los conservadores Manuel Felipe de Tovar, Miguel Herrera, Mauricio Berrizbeitia y Ramón Yépez formaron en 1856 un “comité” para “el futuro movimiento.” Hablaron con Juan José Flores, el porteño (de Puerto Cabello) que fue el hombre fuerte en Ecuador cuando se disolvió Colombia, pero Flores estaba “preocupado (…) antes que todo por sus propios negocios.” Páez también prefirió reservarse para otra ocasión, y los conjurados, luego de asegurarse el concurso de varios liberales antimonagueros, le ofrecieron la jefatura de la revolución a Juan Crisóstomo Falcón (que no la aceptó pero, convenientemente, tampoco los denunció) y a Julián Castro, que terminó siendo el jefe a pesar de sus muchas limitaciones de todo tipo, especialmente las de intelecto.
Monagas, por complacer a la opinión pública, había hecho algunos cambios en su equipo, y ante la evidencia de que había una conspiración ordenó algunos arrestos que resultaron inútiles. La noche del 4 al 5 de marzo se alzaron en Las Adjuntas varios oficiales que estaban al frente de un batallón de zapadores (construían la carretera de Occidente), y el 5 se alzó el general Julián Castro en Valencia, en tanto que el coronel Pedro Etanislao Ramos, hombre fuerte de Turmero, alzaba Puerto Cabello, el “corazón de la patria”, según Francisco de Miranda. Monagas envió al general Carlos Luis Castelli a combatir a Castro, pero Castelli no quiso derramar sangre y pronto se dio cuenta Monagas de que civiles y militares lo habían abandonado, por lo que el 15 envió una carta a Castro anunciándole su renuncia y la de su yerno y doble primo.
Todo aquello era un ballet de hipopótamos reumáticos.
Un incidente internacional se generó entonces, cuando los representantes de países extranjeros, todos a una, izaron sus banderas en la legación de Francia para obligar al nuevo gobierno a garantizar la seguridad del presidente depuesto y los suyos, y el nuevo gobierno se sometió a la voluntad de unos pocos diplomáticos extranjeros, casi ninguno de alto nivel, y mediante el llamado Protocolo Urrutia (por el liberal Wenceslao Urrutia) se humilló y ofreció las “garantías” que los extranjeros querían para que no se molestara a Monagas. En abierta contradicción, el nuevo gobierno, que había proclamado la “unión de los partidos y olvido de lo pasado”, decretaba que se juzgaría por peculado al presidente depuesto y sus colaboradores, y que al presidente depuesto y sus colaboradores, gracias a la protección de los diplomáticos, no se les tocaría ni con el pétalo de un clavel, con lo cual se molestaron abiertamente muchos de los que habían apoyado el movimiento insurreccional. Seguía el ballet, ahora con música de contrabajos, contrafagotes y un timbal que no llevaba ritmo alguno.
Julián Castro, caudillete de cuarta categoría, era petareño y nació, posiblemente, en 1810. Era de origen muy humilde y sólo recibió una educación muy rudimentaria. Fue el primer gobernante venezolano que no tuvo ninguna forma de participación en la Independencia, ni a favor ni en contra ni como neutral. Fue, en cambio, uno de los secuaces de Carujo en el arresto del doctor José María Vargas. En 1836 asesinó en Cumaná a Francisco Sucre y fue hecho preso, pero apenas un año después consiguió que lo dejaran en libertad. En 1843 legalizó su concubinato con una hija natural de José Laurencio Silva y se reincorporó al ejército, como paecista. Participó en la campaña de Páez contra Ezequiel Zamora en 1846 y fue enviado a Curazao en 1848 para espiar a Antonio Leocadio Guzmán. Luego le dio la espalda a Páez y peleó en su contra en agosto del 49. En 1857 fue designado por Monagas gobernador de Carabobo, y terminó traicionando también a Monagas para convertirse, como vimos, en cabeza visible de aquella insurrección que, sobre una base endeble, se apoderó del gobierno en marzo de 1858. Bien se le puede definir con dos palabras: mediocridad total.
No vale la pena llenarse de bostezos con el (des)gobierno de Julián Castro, uno de los menos felices de la historia del país. Basta con entender que, en el fondo, fue el detonante de la llamada Guerra Federal o Guerra Larga, pero no por sus acciones, sino por su torpeza.
La pretendida fusión entre conservadores y liberales no llegó a durar tres meses, y el 7 de julio de 1858 fueron expulsados del país los caudillos liberales Antonio Leocadio Guzmán, Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón, que se fueron a Saint Thomas a preparar las acciones militares que llevarían al pobre país de Bolívar al mismísimo infierno.
Hubo unos pretendidos “juicios de responsabilidad civil” con ánimos de condenar a los hombres del régimen depuesto (tal como se haría en 1892 contra los “continuistas”, y en 1945, los de la “revolución de octubre”, contra los “tachiristas” y la gente de Medina y López Contreras), que no terminaron en nada (tal como los otros). Hubo también, en julio del 58, unas “elecciones” con pretendido sufragio universal para una “Convención Constituyente”, en donde fueron elegidos quién sabe cómo, representantes mayoritariamente “oligarcas” o “godos”. Como afirma Arturo Uslar Pietri en su ensayo “Godos, insurgentes y visionarios” (Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, España, 1986), la palabra “godo”, que inicialmente calificaba a los partidarios del régimen español y, por lo tanto, contrarios a la Independencia, pasó a ser “una designación del ‘establishment’ de cada momento.” Y casi todos los que entonces creyeron tomar el timón de aquel barco que, casi literalmente, se estaba yendo a pique, eran, sin duda, godos en el sentido que ya se le daba a la palabra.
De nuevo Valencia fue el escenario de una Convención nada favorable al porvenir de los pueblos. La contienda se planteaba en términos de federalismo contra centralismo, aun cuando nadie sabía con propiedad de qué se trataba.
Mientras en el Occidente se armaba la guerra, en el centro se armaba el desorden. Julián Castro renunció a la presidencia alegando estar enfermo (julio del 59) y asumió el poder Manuel Felipe Tovar, un auténtico mantuano de la vieja escuela, civilista, honestísimo y muy bien intencionado, pero que en el fondo de su alma no logró pasar nunca de las ideas de la primera generación independentista, la anterior a Bolívar y Ribas, que veía con malos ojos toda revolución social, aún la más tímida, y hubiese preferido quedarse en la simple seguridad de que podían comerciar con quien quisieran y no recibirían Reales Cédulas ni mandatos obligantes de una lejana capital europea. El mantuanísimo Tovar llamó al gobierno nada menos que a José Antonio Páez, a Carlos Soublette, a Pedro José Rojas (el hombre de confianza de Páez) y a tres liberales connotados, pero entonces, sorpresa, Julián Castro se sintió curado y reasumió el mando, aunque no el poder. Organizó un gabinete exclusivamente liberal, en donde la figura principal era el licenciado Francisco Aranda, abogado y hacendista nacido en Caracas en 1798 y que conoció la acción hacia el final de la Guerra de Independencia, cuando bajo el mando de Bermúdez participó en la toma de Caracas en los días de la batalla de Carabobo. En 1830 acompañó a Antonio José de Sucre en el último intento de convencer a los venezolanos de no separarse de Colombia. Desde entonces hasta 1834 se alejó de la cosa pública. Luego fue diputado y redactor del llamado “Código Aranda”. En los gobiernos de Páez y Soublette (entre 1842 y 1844) fue secretario de Relaciones Exteriores, y con José Tadeo Monagas fue secretario de Interior y Justicia en dos oportunidades. Julián Castro, con Aranda como personaje central de gobierno, trató de llevar adelante una política conciliadora, liberó a los federalistas presos y, en una alocución, declaró que el gobierno se haría federalista, por lo cual fue depuesto y arrestado, enjuiciado por traición (abril a julio de 1860) y declarado culpable. Sin embargo, no cumplió pena alguna, sino que se fue al exilio por once años. Mantuvo el triste “record” de ser el peor presidente de Venezuela hasta 1999, cuando por fin apareció uno peor.
Nadie sabía qué estaba ocurriendo en realidad en el país. Sólo era seguro que el 20 de febrero de 1859 el comandante Tirso Salaverría había proclamado la guerra en nombre de la Federación, en Coro, y que dos días después el general Ezequiel Zamora desembarcó en La Vela. La misma ciudad que inició la guerra contra la primera república y el mismo puerto por donde entró y fracasó Francisco de Miranda. Era como si la historia se mirara en un espejo deformante, que la hacía más pequeña. Casi inexistente.
El público, desconcertado, empezaba a temer que los hipopótamos cayeran aparatosamente sobre la platea.
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Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
EL DOCTOR CORNELIO VEGAS CONTRERAS
por Alberto HERNÁNDEZ
Sobre el mesón, de su puño y letra, fue encontrado el siguiente mensaje:
“Después de nuestra muerte corporal, queda nuestra memoria y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos”.
El doctor Cornelio Vegas Contreras subrayó las palabras para revelarse cercano al fin. Un polvillo asolado por la penumbra sube lentamente hasta el techo del consultorio donde aún se puede sentir la presencia del viejo médico maracayero. Un fantasma dulce, inteligente y bromista registra los libros que duermen el silencio de su dueño. El doctor Cornelio sabe que no está, que aún el sentido de permanencia angustia en la muerte. Todavía en el vetusto salón –donde atendiera- suenan las palabras pronunciadas con un ligero alejamiento.
-¡Sé indulgente con los bebedores¡-, nos confiesa muy quedo cerca del retrato invisible de Hölderlin. El laberinto de voces del poeta lo atrapó en Alemania, donde la memoria acentuó mucho más su afecto por el trópico y los buenos tragos.
Excelente conversador, libador de los vinos consagrados por su buen gusto, el viejo médico repetía esta oración: “No olvides que tú tienes otros “defectos”. Si quieres lograr la paz y la serenidad, piensa en los desheredados de la vida y en los humildes que gimen en el infortunio, así te hallarás feliz”.
Un viernes –ya de tarde-, 29 de julio de 1960, lo vemos en el Bar del Hotel Bermúdez en compañía de Jorge Clavier y Antonio Requena, quien fuera presidente de la Junta Patriótica en 1958. Por detrás de la amarillenta fotografía leemos: “Carlitos, te envío esta foto sacada el viernes 29 del pasado mes en el Hotel Bermúdez, en unión de los dos integrantes del Trío Fantástico. Clavier tiene una cara de hiena embarcada y Requena está perplejo como un esquizofrénico. Esa noche estaba fuerte y los enterré a ambos”.
-Esa noche- revisa el galeno-, comí Tournedo Rossini, Brandy Armagnac, vino blanco Chablis, champaña y el incomparable escocés. Estábamos celebrando el pase del Cony en los exámenes; el tuyo lo celebraremos oportunamente. Abur…”.
Cercano a Hölderlin, traductor del poeta alemán, andaba siempre acompañado de sus textos: “Gocé lo agradable de este mundo,/ ha tiempo, mucho tiempo, pasaron las alegrías de la juventud,/ abril, mayo y julio están lejos,/ ya nada soy, ya no vivo a gusto”.
Enero fue lugar para la muerte de Cornelio Vegas Contreras, como queriéndole dar la vuelta al año y comenzar la muerte en pleno y alejado silencio. Sin embargo, camina por esta desconchada habitación donde sus manos tocaron la mirada escondida de una ciudad que acudía, más que a buscar sanidad, aliento de quien sabía hablarle a sus pacientes.
Larga estadía sobre la tierra, el doctor Cornelio rezaba: “Poco he vivido, pero ya respiro el aire gélido de mi atardecer”.
-Por allí lo veo venir, cabizbajo, de corbatita y mirada extraviada, enfermo de él mismo, alejado del mundo, tibio sin tocarlo, amagado por la propia voz de sus fantasmas. El poeta José Antonio ramos Sucre hablaba hacia adentro en los idiomas de su vagancia por los jardines de la universidad.
El doctor Cornelio Vegas Contreras fue alumno del poema insomne. Y recordaba a Schiller, quien decía que el que se había enfrentado alguna vez a la muerte era un hombre liberado. Para regresar a la cara pálida del poeta cumanés: “Recibía clases de latín y griego. Era un hombre que hablaba en silencio, de un profundo que yo sentía peligroso, porque laceraba su forma de decir, pero más su sabiduría. Me atrevo a decir que ese hombre nunca había llorado, porque siempre estaba como demasiado adentro, en un pasado lleno de voces”.
Los que conocimos al doctor Cornelio tuvimos la satisfacción de hablar y entender a un hombre culto, amable, caballero. De un amoroso que nos hacía reclamar la mucha felicidad de sus encuentros.
Su placer consistía en arropar con sutileza y palabras bien construidas a la gente que tenía cerca. Una bondad poética lo hacía respirar la permanencia de la vida que llevaba.
Volver a verlo en el espacio donde hizo su existencia e intimó con las imágenes de la muerte, es tomarlo desprevenido: de bata blanca, acodado en el estante donde el rostro de su dama revisa el tiempo que nunca se agotó. Cornelio, el médico, el doctor de la calle, el del consultorio, el de la Maracay sepia y en colores. Ese señor, al que todos aprendimos a saludar sin distancia alguna.
A la luz del polvo que nos cubre, Cornelio Vegas Contreras sigue siendo un crecimiento. Se construyó en la medida de sus pacientes. El profesor Runge, director de la Universidad Fraunklinik de Heidelberg dice de él en carta enviada el 24 de julio de 1954, y que tiene rango de certificación, lo siguiente: “El doctor Cornelio Vegas de Venezuela ha trabajado como médico asistente en la UFH desde fines de abril hasta el día de hoy. Ha aprovechado en este tiempo con su incansable aplicación cada posibilidad para apropiarse de los métodos de las operaciones y de laboratorio en la Clínica. Fue también para nosotros de gran valor tenerlo como huésped a un médico tan instruido, tan interesado y con tan grande amplitud de criterio y poder, así como su actitud en los cambios de opiniones. Si nosotros, como yo espero, hemos podido mostrar al Dr. Vegas algunos hechos del más nuevo desarrollo de la ginecología, fue también para nosotros un gran placer tener como huésped en nuestra casa a tan simpático representante del pueblo de Venezuela”.
No era exagerado que la gente, sus pacientes, los que alguna vez lo vieron ejercer su apostolado, dijera que el doctor Cornelio Vegas Contreras era un santo.
Precisamente, en ocasión de ser impuesto de un auto de detención a su hijo, el abogado Cornelio Vegas Pérez, del doctor Vegas Contreras dijo el novelista Eduardo Casanova: “…al fin y al cabo Vegas Contreras, un médico que, de haber vivido en otras épocas, sería considerado sin duda alguna un santo, y es que es un santo, en el sentido etimológico de la palabra, persona que debe ser imitada por quienes hacen algo útil y bueno en su paso por la tierra…”, y Eduardo no se equivocó.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.












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