de Eduardo Casanova

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Categoría: Teatro

CALAMBURES PARA LA ACTUALIDAD

por Eduardo CASANOVA

Se llama “calambur” al juego de palabras que se basa en la polisemia, la paronimia o la homonimia y consiste en reagrupar en forma distinta las sílabas de una palabra o frase para modificar, generalmente en forma graciosa, su significado. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Quevedo, de quien se cuenta que apostó a que era capaz de decirle coja la reina (que en realidad lo era), y se valió de dos flores para decirle: “Entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja”. Varios autores se han especializado, sobre todo en el teatro, en el uso del calambur como recurso expresivo, que por lo general logra con facilidad el objeto de hacer reír a la audiencia. En momentos de tensión, de “stress”, como suele decirse en nuestro tiempo, una buena sonrisa puede ser muy útil para conservar la salud mental. Por eso he pensado que el país entero, ante la amenaza de guerra que viene haciendo el famosos “Héroe del Museo Militar”, el mismo que bañó de lágrimas lastimeras la sotana de Monseñor Porras, debía disponer de la persona del dicho Héroe y ordenarle que se ubicara en la frontera colombo venezolana para que desde allí, en primera fila y a la vista del enemigo, dirija las acciones bélicas. Y debe hacerlo con una orden que demuestre que es el soberano, el verdadero soberano el que habla, el que dice, refiriéndose al teniente coronel: lo coloco en la frontera (loco loco en la frontera) ¿Pero hasta dónde y hasta cuándo se va a seguir tolerando esa locura. O habrá que decir: si sigue haciendo disparates, lo coloco en el manicomio. Porque en verdad hay que reconocer que en la frontera, en Miraflores, donde sea, es muy peligroso y le hace demasiado daño al país. En definitiva: no lo coloco en la frontera ni en Miraflores, mejor lo coloco en el manicomio. Y lo dejo allí encerrado de por vida. Hasta que la muerte lo rescate.

 
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EL ATENEO NO ES UN LUGAR, ES UNA IDEA

por Carmen Cristina WOLF

Las ideologías excluyentes, sean de corte fascista o comunista, edifican sus regímenes sobre los escombros. Hacen loas sobre la destrucción de los valores, tradiciones y cultura anterior a sus “gestas”. Por eso, ¿cómo podría extrañarnos la decisión del gobierno actual de intentar desaparecer el Ateneo de Caracas? No sólo éste,
Sino todos los Ateneos de Venezuela.
Recordemos cómo se creó el Ateneo de Caracas. Fue fundado en 1931 por iniciativa de la pianista y compositora valenciana María Luisa Escobar, quien también creó la Asociación Venezolana de Autores y Compositores y luchó incansablemente por el reconocimiento a los Derechos de Autor. María Luisa González Gragirena, quien adoptó el apellido Escobar después de su segundo matrimonio con el violinista José Antonio Escobar Saluzzo, reunió en su casa a un grupo de mujeres con la intención de constituir una Junta que habría de fundar un Centro dedicado a la Cultura, el Arte y la Ciencia. El nombre de Ateneo de Caracas fue propuesto por Eva Mondolfi. La primera directiva la integraron Luisa del Valle Silva, Cachi de Corao, Enma Silveira y Ana Cristina Medina Jiménez. Los padrinos del acto de fundación fueron el maestro Pedro Antonio Ríos Reina y Eva Mondolfi.
La historia del movimiento cultural venezolano giraba en torno al Ateneo de Caracas. Congregó a pintores, escultores, novelistas, poetas, historiadores, músicos, el mundo del teatro y el ballet. Impulsó la cultura con proyección internacional. Desde sus inicios, el Ateneo fue un lugar de convergencia de destacados hombres y mujeres y era frecuentado por los escritores, en especial el Grupo Viernes, combatido, incomprendido en sus novísimas creaciones poéticas. Con los viernistas, escribe Lucila Palacios en su libro Espejo Rodante, se reunían los integrantes del Ateneo en la casa de habitación de María Luisa Escobar, para dar lectura a sus obras. Algunos de ellos, Pedro Grases, Pablo Rojas Guardia, Pascual Venegas Filardo, Manuel Felipe Rugeles, Aquiles Certad, Luis Fernando Álvarez y Ramón Díaz Sánchez
De las nuevas generaciones también frecuentaron el Ateneo Aquiles Nazoa, Rafael Clemente Arráiz, Juan Beroes, Ida Gramcko, Ramón González Paredes, Lucila Palacios, Luz Machado, Alirio Ugarte Pelayo, Ana Enriqueta Terán, Jean Aristiguieta, Pedro Antonio Vásquez, René D´Sola, Manuel Alfredo Rugeles y otros.
La historia, aunque algunos deseen sepultarla en el olvido, tiene la terquedad de los grandes ríos. Ellos siempre vuelven a su cauce natural aunque la voluntad humana trate de desviarlos. Este recuerdo documentado con notas de prensa, escritos de puño y letra y fotografías, viene a cuento a raíz de la intervención, por parte del Ministerio de la Cultura, en la administración de los Ateneos de Venezuela.
A propósito de estas declaraciones Carmen Ramia, Presidenta del Ateneo de Caracas, señala: “…El Ateneo de Caracas es una institución privada como lo son todos los ateneos del país y tenemos capacidad de decisión. La intervención es una aberración … La ley indica que somos un ente privado y no nos pueden intervenir, pero como aquí no se respeta la ley, todo es posible. A nosotros pueden quitarnos el edificio y el subsidio –que es sólo del 18 % del presupuesto-, esto lo que significaría es que entregamos el edificio y nos vamos a otra sede y seguimos trabajando como hasta ahora porque el Ateneo no es un edificio” … Por otra parte, Javier Martínez, al frente de la Federación de Ateneos de Ateneos, considera ilegal esta intervención, por ser estos instituciones de carácter privado, que sólo reciben una fracción de recursos del Estado para su financiamiento. Para Martínez, “el que los ateneos sean reductos privados para la cultura es positivo, puesto que los aleja de la politización” (El Nacional 8/08/07).
Desde su fundación hasta ahora, el Ateneo de Caracas es y ha sido un tributo a la excelencia, al amor por el país, donde han tenido cabida todas las tendencias políticas y las manifestaciones de la cultura venezolana, sus tradiciones, sus valores. Las señoras María Teresa Castillo, Carmen Ramia y sus colaboradores han realizado una valiosa labor que ha permitido a niños, jóvenes y adultos recrearse con los conciertos, el teatro, el cine, las exposiciones de artes plásticas, presentaciones de libros, foros, conferencias, recitales, en fin, no podría en una nota dar cuenta de lo que nos ha ofrecido siempre el Ateneo de Caracas, con unos precios casi irrisorios que han permitido a los ciudadanos de pocos recursos económicos conocer y disfrutar las manifestaciones culturales mas diversas.
Y regresando a los primeros años de funcionamiento del Ateneo de Caracas, de cuya iniciativa surgió la creación de Ateneos en todo el país, me entrego a la lectura de los diarios de la época, y leo que a partir de 1932 se dictan conferencias sobre la historia, se celebran festivales de poesía y música, con la participación de escritores venezolanos y extranjeros, entre ellos Andrés Eloy Blanco, Fernando Paz Castillo, Luisa del Valle Silva, Jacinto Bombona Pachano, Alberto Arvelo Torrealba y otros. El Ateneo creó la Exposición Anual de Artes Plásticas, a la que concurrió todo el país. Se expuso la obra de Armando Reverón, Federico Brandt y Francisco Narváez, entre otros. Mi biblioteca abunda en datos sobre la espléndida labor del Ateneo en sus primeros años de existencia, pero debo concluir con una reflexión: El Ateneo de Caracas siempre fue una institución de carácter privado, abierto a todos sin distinciones y sirvió de reducto a las luchas contra la dictadura. El 14 de febrero de 1936 se instala en su sede la Junta Patriótica Femenina y el día siguiente se instala en su sede la Guardia Cívica Venezolana. En el Ateneo se celebraron las Conferencias Venezolanistas. El país vivía momentos agitados a raíz de la muerte de Juan Vicente Gómez y en la clandestinidad se trabajaba por la libertad. Al finalizar la etapa gomecista se celebraron numerosos eventos literarios, uno de ellos en homenaje a Rómulo Gallegos a su regreso del exilio, con el concurso de escritores de la talla de Antonio Arráiz, Lucila Palacios y Julián Padrón.
Vivimos días de destrucción sistemática de la memoria histórica de Venezuela por parte de un régimen que se ha propuesto borrar todo lo que pertenezca al pasado, aunque sean las mejores manifestaciones de un pueblo inteligente, laborioso y creativo como el nuestro. Es importante tener presente lo que han significado y significan los Ateneos en Venezuela. No olvidemos tampoco a María Luisa Escobar y a todos aquellos hombres y mujeres que trabajaron con dedicación y honradez. Es necesario recordar sus luchas y su compromiso con el movimiento artístico, literario y musical del país.
La ciudadanía venezolana tiene mucho que decir con respecto al apoyo que merece el Ateneo de Caracas. Es y será siempre de todos los venezolanos, aunque sea acogido de nuevo en una casa humilde, en cualquier parte, porque el Ateneo no es un lugar, es la idea de la cultura en libertad de pensamiento, sin exclusiones de credo, nacionalidad, religión o color político.


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Franco

por Alberto HERNÁNDEZ

Los que veníamos desorbitados, perdidos en medio de la bruma de tantas fiebres, encontramos en el Pedagógico de Maracay un pedazo de tierra para afinar el mundo que nos hacía falta. La mayoría del vientre de pequeños pueblos de la periferia industrial de nuestro mapa geográfico. Otros traíamos aún los malos olores de un exilio obligado, tenido por aprendizaje en los andurriales árabes de la otrora España, no ésta tan de nariz elevada, con el perdón de mi querido Quevedo.
En esas pequeñas contracturas emocionales, en esos tropiezos, nos encontramos con Franco. Era un joven profesor egresado del Pedagógico de Barquisimeto, con acento marabino y amabilidad guara. Fue entonces nuestro profesor de Crítica Literaria y Literatura Venezolana en aquel IUPEMAR que no entraba aún por la horma universitaria, toda vez que quedaban viejos resabios que fueron superados, precisamente, por ese grupo de docentes empinados –gracias viejo Prieto- en procura de construir una verdadera escuela de pedagogos. Y creo que lo lograron.
En esos días de gloria juvenil estuvimos al lado de Francisco Rojas Pozo, Edito Campos, Díaz Pozo, Frank Ortiz, Morela Contramaestre, los más bisoños, los más entregados a nuevas teorías, a la creación literaria, al teatro, a la lectura de los siempre olvidados autores de nuestro país, tan mancillado. Fue Franco, como siempre se le llamó a Francisco Rojas Pozo, quien nos inyectó el afán de acercarnos más a Garmendia, a los dos Garmendia, a la cosmogonía de nuestro extravío terrenal, a Enrique Bernardo Núñez, a Guillermo Meneses, a Gerbasi, Cadenas, Montejo, todos ellos al lado de aquella explosión que aún causa estragos en nuestro imaginario: la narrativa latinoamericana de los 60 y 70, con su carga de magia, realismo, locura, olvido y mucha bohemia.
Franco, además de docente, era un creador permanente. Un crítico agudo, inteligente y pana. En lo que a mi concierne, fue mi profesor de Literatura, mi compañero de aula en el Pedagógico en mis tiempos de profesor en el IUPEMAR y mi condiscípulo en la Universidad Simón Bolívar, donde se nos hizo entero el universo al lado de Antonieta Madrid, Morella, Isaac Chocrón, Manuel Bermúdez, Almaclara Áñez, Margara Russotto, Carmen Elena Storey, entre otros tantísimos que flotamos y naufragamos en las palabras de José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud, Ana Pizarro, Carlos Pacheco, sólo para mencionar a algunos. Digamos que de allí salimos cosmopolitas y con bigotes.
Franco deja un libro, Cabrujerías. Un estudio sobre la obra de José Ignacio. Un libro hecho con las manos del espíritu, muy bien escrito, sabrosamente elaborado. Un libro donde el teatro, el amor más acendrado de mi amigo se patentizó con la hidalguía de sus estudios. Muchos textos sueltos hacen penitencia por allí. Franco era una suerte de aristócrata de la palabra: nunca lo vi fuera de sus cabales. Como todo crítico y analista de la realidad y la ficción, su agonía era su país, este país.
Hoy, mi profesor, colega y amigo se ha marchado. Bueno es decir que la tristeza que siento también establece la noción de que Franco tiene alas, unas alas muy grandes para seguir conociendo el universo. Bon voyage, amigo, hermano.


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¡Formidable!

por Eduardo CASANOVA

Formidable: adj. 1. Magnífico, estupendo. 2. Enorme. 3. Admirable. Así define la Academia la palabra “formidable”. Pero como es costumbre, se queda corta. O por lo menos se quedó corta con respecto al estreno de mi comedia “Chirimoya Flat”, que fue anoche (15 de abril de 2009) en el auditorio del Colegio Emil Friedman, en Los Campitos. Los actores (Laureano Márquez, Cayito Aponte, Crisol Carabal, Levy Rossel, José Manuel Vieira, Liliana Meléndez, Luis Carreño, José Roberto Díaz, Ramón Góliz, El Mago Sandro) estuvieron formidables, el cuarteto de cuerdas clásico BECUADRO, el flautista Miguel Pineda y el cuatrista Luis Pino, estuvieron formidables. El vestuario de Marcos Prieto, la Escenografía de Freddy Belisario, el Diseño Gráfico y de Video de Gabi Valladares O., la Dirección Técnica y Producción de Video de Luis Sisinno, la Producción Ejecutiva de José Luis Morenza y Luis Carreño, y la Producción Artística de Carlos Silva estuvieron formidables. Y, sobre todo, la Dirección General y puesta en escena de José Tomás Angola Heredia estuvo formidable, más que formidable. La economía de recursos y el aporte de talento fueron notables, magníficos, estupendos, enormes, admirables, por decir lo menos. Y hasta el público, que disfrutó de aquello como pocas veces se ha visto, estuvo formidable. Es una clara demostración de que los gobiernos pueden hacer horrores, pueden destruirlo casi todo, pueden tener las peores intenciones, pero hay algo formidable que no pueden destruir y ni siquiera dañar: el talento.


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ENTREVISTA A EDILIO PEÑA

por Alberto HERNÁNDEZ

Edilio Peña: autor de dos novelas envueltas en un torbellino: La cruz más lejana del puerto y El acecho de Dios

“LA PATRIA SIGUE EXTRAVIADA”

** La pobreza es el capital político que usan los mesías de nuestro territorio material y espiritual
** El teatro nacional está en estado crítico, como el país. Un país que prefiere excluir a sus artistas, hoy presentes en los escenarios fuera de Venezuela, “donde son apreciados”

Los últimos años de la vida de Edilio Peña han estado concentrados en múltiples actividades, pero la que más lo ha sacudido en su interior es la novela La cruz más lejana del puerto, publicada con el sello de Monte Ávila Editores. El mismo título fue entregado al público a través de la editorial Alfa, en 2008.
-Pero también tengo en imprenta una pieza teatral titulada La noche de la bestia, trabajo inédito que está en manos de Juan Martins y que me ha dicho saldrá publicada en México por la editorial Presagios.
-¿Qué está pasando con Edilio Peña, dónde se le localiza?
-Estoy refugiado en Mérida, construyendo mi obra. Allá escribo cómodo, allá estoy aposentado. Mérida es una ciudad cálida, humana, por eso vivo en su paisaje. Y así como te dije de la novela y de la pieza teatral, también vivo entre viajes, porque mi obra es más trabajada fuera del país que en él. “La noche de la bestia” fue estrenada en Miami. Miguel Ferro y la actriz María Fernanda Ferro fueron los responsables de la puesta. Y así mismo, tengo un libro de ensayos dramatúrgicos, La sombra del personaje.
-¿Y esos viajes están relacionados sólo con el teatro, con funciones?
-Sí. Se trata de varios montajes fuera del país. En Málaga, España; Argentina, República Dominicana, Nueva York.
-El desarrollo teatral está estrechamente relacionado con lo que le acontece a un país. En estos momentos tan críticos, ¿cómo siente Edilio Peña el teatro venezolano?
-Crítico. Crítico por la imposibilidad de producción. La producción está ocurriendo, porque los dramaturgos siguen escribiendo, pero….He leído trabajos notables, pero no hay manera de montarlos, ni siquiera a través de la gestión privada. Existen varias conjugantes políticas que escapan a la propia dirección del autor frente a la realidad. Por ejemplo, Néstor Caballero y yo somos montados fuera de Venezuela. Otros compañeros se preocupan por esta situación terrible del país, quienes no tienen la fortuna de contar con espacios fuera de nuestro mapa. Es realmente desolador.
-¿Y el estado no lo ha convocado…?
-Hace años el Estado venezolano no me llama. Pero fíjate, sí me llama la Alcaldía de Nueva York. Me llaman de Argentina, de otros países. Es realmente desolador. No existe una concepción entre el Gobierno y la cultura. No me refiero a mi caso en particular porque tengo resonancia en otra parte. Pero la gente que se está iniciando padece los espectros de ese desierto. Pareciera ser una constante de nuestra cultura política, que no comienza ni termina en este Gobierno. Padecemos de una falta de cultura política. El político no termina de entender la cultura como cultura política, sino como expresión contingente inmediata. El político, una vez que se convierte en estadista, tiene que entender que el discurso político del artista tiene permanencia. Lo que sucede es que esto no se tiene claro por analfabetismo político. Esas son taras de la historia política venezolana.
-Sabemos que el cine también vive estos mismos problemas, ¿cómo lo encara la gente que labora en ese sector?
-En el cine la situación es más delicada. En mi caso, tengo tres trabajos terminados. Dos ya filmados y otro en proceso. Se trata de Florentino y el diablo y Los pájaros se van con la muerte, que ya están listos, y Los amantes de Sara, aún en proceso. No ha habido manera de que el Estado venezolano nos llame para que estas películas sean proyectadas en escuelas, universidades, salas de cine. Nada. Cada película tiene un costo de un millón de dólares, aproximadamente.
-Venezuela, a decir del Conac, vive un proceso de cambio. ¿Cómo ve ese proceso Edilio Peña desde su perspectiva de cineasta, de hombre de cine?
-Cuando se quiere realmente cambiar un país en todos los órdenes debes apoyarte en la potenciación de la cultura. Por ejemplo, en la fase feliz de la revolución cubana eso se hizo. No quiero hablar de la otra fase, de la infeliz. Hicieron buen cine para darle un rostro distinto a Cuba. Todo eso se perdió. Todos queremos un cambio, sobre todo en el mundo cultural, pero hay que invertir en cultura. Aquí la gente está escribiendo, pintando, dibujando, danzando, haciendo cine, teatro, pero al parecer la intención del gobierno no va más allá de hablar. El Ministerio de Cultura no ha convocado a nadie para desarrollar un trabajo que implique un verdadero cambio en el sector cultura. Existe una pobreza crítica en cultura, un rancho cultural. Por supuesto, cuando hablo lo hago desde la sugerencia y la crítica saludable, sin el ánimo de inmiscuirme en el mundo de la política militante.
-¿Qué propuestas asomaría para que el teatro venezolano confirme su vigencia?
-A través de la Ruta Nacional de la Dramaturgia. La formación de nuevos talentos mediante talleres, clínicas, foros, conferencias. Mira, Nueva York invita a Edilio Peña porque Venezuela no me utiliza para formar gente. Así como yo, todos los dramaturgos del país. De la Sorbona me llaman, ¿por qué no lo hacen de San Fernando de Apure? Yo no me niego, no se pasean por considerar como ente protagónico para los cambios a la cultura. Desestiman el discurso sustancial de la cultura, porque nuestros dirigentes son analfabetas. El problema está, entonces, en la sustancialidad política de un país, en su cultura.
-¿Cómo definiría el país?
-Un país no sólo es discurso contingente. Un país también es un discurso espiritual, en todos los órdenes. Un país debe ser una expresión holística, así comprendo yo el concepto de patria. En ese sentido, fraguar la educación sentimental.
-¿Y por dónde va la patria?
-Aparece y sigue extraviada. Patria es pluralidad de visiones, de perspectivas, de opciones. Nosotros hemos vivido con la pluralidad, ahora nos toca aprender de nuevo a hacerlo. Volver a la patria, porque –en mi caso- no estoy ganado para el odio ni el resentimiento.
-¿A qué apuesta?
-Apuesto al hombre, esa es mi patria. La expresión emblemática concentrada en esa figura de la naturaleza que es el hombre. No puedo estrechar mi concepto de patria.
-Al parecer la patria se ha convertido en una consigna.
-Bueno, sí. La exclusión es un crimen, nos aleja del concepto de patria. Hay que explicarse por qué se ha generado el odio. Eso tiene motivaciones profundas. Eso es viejo, ha venido creciendo. Es como una relación de pareja. Ambos se culpan. No se trata de buscar culpas o culpables. Hay que buscar las motivaciones para democráticamente solucionar lo humano. Somos un país que no tiene traumas en el orden colectivo. No somos guerreros.
-¿Somos una obra de teatro?
-Sí, pero no estamos cerca de la tragedia. Estamos cerca del drama. En la tragedia está la fatalidad. En los dramas son los propios hombres los que determinan esas causas. No hemos llegado a la tragedia. Estamos en un drama en el que paradójicamente tenemos los elementos para solucionarlo. Contamos con recursos económicos, y en nuestra naturaleza, el humano. Nos falta la riqueza educativa: la humanística, la holística que entiende que ser ciudadano de una nación es ser la expresión múltiple de una singularidad, con la que vivir acordando. No podemos movernos en la diatriba de la exclusión.
-¿No nos repetimos en el tiempo, no somos parte de un ciclo?
-Estamos repitiendo leit motiv que conducen a la inamovilidad. La tolerancia no anula la crítica, fortalece la enseñanza. Los paradigmas que le dieron cuerpo a la modernidad siguen vigentes, lo que nos obliga a cambiarlos. En ciencia, cultura, historia, política. Cabe la pregunta, ¿es el político o el paradigma político moderno el que está en crisis? Mira, la ciencia nos garantizó la certidumbre y lo cientifizó todo: las letras, la historia, pero los hallazgos de la física cuántica han puesto al desnudo la soberbia del cientificismo. La línea de continuidad. El tiempo no es continuo, ni el espacio. Eso, por supuesto, tiene un reflejo en todas las artes y en la misma ciencia, en los procesos sociales.
-Pero seguimos viendo el mundo a través de los reflejos del pasado. ¿Estamos en el siglo XIX?
-No podemos seguir anclados en el siglo XIX. Ese hombre está agotado. Eso exige crear nuevas estructuras. Es decir, todos los gobiernos llegan sin guión. Él prefigura lo que será la película, el gobierno. Apostamos como lactantes políticos a la insurrección y no al ejercicio del guión para el ejercicio del poder. Padecemos de un error cognitivo. Es decir, en la relación que debe existir entre el afuera y el adentro. Una especie de disfunción.
-Pero siempre hemos sido así, alocados, tropicales, desordenados.
-Somos gente de arrebatos. Compulsivos. Allí está el germen de nuestra muy mala educación sentimental. Ghandi decía que tus palabras se conviertan en imágenes, para que tus hechos, si son buenos, se conviertan en hábitos. Por eso, con la mirada en lo dicho anteriormente sobre la ciencia, fue un horror darle carácter científico a la historia. Marx y Lenin fueron culpables de esto. Se trató de una perversión que hoy aún sufrimos.
-¿Cuál es el reto actual de los artistas?
-Ser desafiados siempre por la creación para la comprensión de nuevas exigencias de la cultura.
-¿Y del venezolano en la actual coyuntura?
-Salir de la ofuscación de los dos lados, pero primero debemos tener en mente que el capital político de los mesías es la pobreza. Por eso debemos fundar una democracia, no de élites, sino donde prevalezca la justicia social y oportunidades para todos, donde la ley y la cultura satisfagan el cuerpo y eleven el espíritu.

Coda: Al filo de estos días, cuando el país continúa anclado en el mismo puerto de la incertidumbre, Edilio Peña entrega otro título: El acecho de Dios, novela con la que concursaba en el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, la que ha retirado de la justa porque “El miembro del jurado cubano representa un país donde anida una dictadura que no permite el desarrollo de la propia novela como género literario”. Peña critica las políticas culturales de ese país, hoy muy cercano a las nuestras: “Las novelas más felices que se produjeron en estos años de la Revolución Cubana las capitaneó Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, en su imagen más emblemática”.
Acerca del país, Peña ha dicho que durante estos meses se ha producido “un recrudecimiento impúdico, arbitrario y censor de la creación en Venezuela…ya eso asoma la punta de un iceberg que nos da mucho qué pensar sobre este proceso de recrudecimiento y que pone también en la picota a la cultura”.
Para terminar, el autor de Los pájaros se van con la muerte, precisó que el perfil político de cada uno del jurado del “Rómulo Gallegos” le revela una postura ideológicamente intencionada. “Sacrificaron este premio que catapultó a Vargas Llosa, García Márquez y Roberto Bolaño”.


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¿Qué es es eso de "Chirimoya Flat"?

por Eduardo CASANOVA

“Chirimoya Flat” es una comedia, una farsa basada en una historia real que ocurrió en Caracas, cuando en 1703 el gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela, Don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, se volvió loco. Los alcaldes, Felipe Rodríguez de la Madrid y Francisco Alonso Gil, trataron de sustituirlo, pero el Maestre de Campo Juan Félix de Villegas (que era como decir el comandante del ejército) se opuso en forma violenta, por lo cual los alcaldes apelaron a la Real Audiencia de Santo Domingo. El proceso fue muy complicado y en él intervinieron el obispo, Diego de Baños y Sotomayor y numerosos funcionarios, médicos y abogados. A pesar de que Don Eugenio hasta salió desnudo a la calle, solamente lo declararon loco ¡porque no iba a misa ni guardaba las fiestas religiosas! Pero la Real Audiencia decidió que el predecesor de Don Eugenio, Don Francisco de Berrotarán, Marqués del Valle de Santiago, se encargara de la gobernación y capitanía general. Finalmente debió intervenir el Rey en persona, que les dio la razón a los alcaldes. Poco después, Don Nicolás murió. En Caracas se dijo que la razón de la enfermedad y muerte del gobernador fue una pócima que le preparó una bruja llamada Yocama, a pedido de un marido burlado, porque Don Nicolás, a quien le decían nada menos que “El Hermoso”, era un verdadero Don Juan. Esa es la historia verdadera.
En la comedia, la historia es otra: Don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyos, el señor Gobernador (Laureano Márquez) ha seducido a Doña Ana de Campos y Rojas de la Cueva (Crisol Carabal), que se arrepiente de su pecado cuando su marido, Don Próculo de la Cueva (Levy Rossel) la sorprende en aquello. Ambos, marido burlado y esposa arrepentida, acuerdan vengar la afrenta, y contratan a la bruja Yocama (José Manuel Vieira) que quiere comprar para ella y para su hija María (Liliana Menéndez) la condición de blancas. Yocama prepara una poción para que el gobernador (Laureano Márquez) se vuelva loco, y Doña Ana (Crisol Carabal), con la excusa de que quiere despedirse antes de internarse en un convento, se la hace tomar. El gobernador (Laureano Márquez) enloquece y empieza a hacer y decir disparates, casi siempre en verso, lo que es hábilmente aprovechado por el alcalde Chupicio de Filón (Luis Carreño) y el regidor Mamón de la Veta (El Mago Sandro Nerilli), obviamente corruptos, para hacer grandes negocios con el dinero del fisco. Próculo de la Cueva, el marido agraviado, (Levy Rossel), hace grandes esfuerzos para que declaren loco y destituyan al gobernador (Laureano Márquez), y recibe el apoyo del otro alcalde, Vergamón de la Plaza (José Roberto Díaz), a quien acusan los corruptos de querer el poder para hacer lo mismo que ellos, es decir, grandes negocios. Interviene en el enredo Fray Tiburcio de Landa, (Ramón Góliz), representante de la Audiencia de Santo Domingo, que al final trae la decisión de destituir al gobernador y sustituirlo arbitrariamente por su predecesor, Don Francisco de Berrotarán, Marqués del Valle de Santiago. Como decía Pérez Jiménez cuando anunciaba sus gabinetes, “me reservo”, pero no el ministerio de defensa, sino el derecho de no contar públicamente el final de la comedia. En todo caso, así sería una sinopsis elemental de la trama.
¿Y el nombre? El nombre salió de un merenguito caraqueño que canta el gobernador (Laureano Márquez) cuando se vuelve loco, y que dice: “Cebolla jurel centolla / la chirimoya / preocupación.”, a lo que un Coro responde: “Chirimoya / Flatulencia”, que es algo que tiene alguna relación con lo que el mismo gobernador (Laureano Márquez) dice poco antes de convertirse en demente.
Además de ese grupo formidable de actores, en la escena toca y actúa un cuarteto de cuerdas académico (el Cuarteto Becuadro), que se complementa con un flautista y un cuatrista. Y a todos los dirige José Tomás Angola Heredia, uno de los más sólidos valores del teatro venezolano e hispanoamericano de la actualidad.
¿Y qué hace Cayito Aponte en todo ese enredo? Además de poner su potente voz para cantar sin que la gente lo sepa, es un interesante presentador o anfitrión, que actúa a la manera del teatro clásico español, con algunas variaciones bastante interesantes.
Todo eso podréis gozarlo en el Auditorio del Colegio Emil Friedman, en Los Campitos, no lejos de la Autopista de Prados del Este, en cinco funciones: miércoles, 15 de abril (8 pm), jueves 16 de abril (8 pm), viernes 17 de abril (8 pm), sábado 18 de abril (8 pm) y domingo, 19 de abril (6 pm).
Ojalá mis parientes, amigos, corresponsales y lectores que sobreviven en Caracas puedan ver “Chirimoya Flat”, para reír y reflexionar, y hasta para olvidar por un par de horas, sin olvidar en absoluto, lo que estamos viviendo los venezolanos, que bien puede provenir de aquellos días y aquellas noches.


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La quema de los Libros

por Eduardo CASANOVA

Hace poco circuló por Internet la noticia de que durante la administración de Diosdado Cabello se destruyeron miles de libros en el Estado Miranda, entre ellos algunos títulos de Rómulo Gallegos y muchos de autores mirandinos. Ahora circula otra noticia por el estilo: los libros de la biblioteca de Don Chío Zubillaga Perera, que estaban en custodia en la Biblioteca “Riera Aguinagalde”, de Carora, fueron quemados por disposición de la Directora de la Biblioteca Pío Tamayo, que encabeza las bibliotecas regionales de Lara. La señora directora como que buscaba un lugar para algunos libros editados por el gobierno nacional, y la persona encargada de la Biblioteca Riera Aguinagalde le informó que en unos estantes estaba “un montón de libros viejos”, y la funcionaria, cuyo nivel cultural evidentemente no debe ser muy alto, ordenó que los botaran, lo que se hizo con la colaboración de la Policía, que en vez de combatir la delincuencia disfrutó enormemente quemando libros. A la barbarie de quemar libros, se suma el hecho de que el gobierno actual no se cansa de proclamarse izquierdista, y los libros que quemó eran de uno de los más notables maestros de la izquierda de su tiempo, que dejó en ellos notas manuscritas, señalamientos, comentarios que deberían servir de guía a quienes aún creen en las ideas de izquierda. Eso es lo que se gana cuando llegan a posiciones de gobierno personas que no tienen la más mínima preparación, la más mínima cultura, como son, por desgracia, esos que se autotitulan “rojos rojitos”. Son rojos como la candela de las quemas. Como la sangre que puede costarle al país la lucha contra los ignorantes, contra las bestias que queman libros.

 
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CHRIRIMOYA FLAT

por Eduardo CASANOVA

El miércoles 15 de abril, en el auditorio del Colegio Emil Friedman, va a estrenarse mi comedia Chirimoya Flat, con un elenco formidable que incluye a Laureano Márquez, Cayito Aponte, Levy Rosell, Crisol Carabal, José Manuel Vieira, Liliana Meléndez, Ramón Góliz, José Roberto Díaz, el Mago Sandro y Luis Carreño, entre otros. Un grupo capaz de hacer reír a todas las estatuas de un mismo cementerio, y que estará acompañado por el Cuarteto Becuadro, el flautista Miguel Pineda y un intérprete del cuatro. Todos dirigidos por José Tomás Angola Heredia, uno de los más talentosos hombres de teatro de la actualidad, además de poeta, dramaturgo, narrador y ensayista, fundador y cabeza de La Máquina Teatro, que es la organización que engloba todo el esfuerzo. La comedia, que nació con un curioso merengue caraqueño que se me ocurrió, o mejor dicho, se metió en la cabeza mientras viajaba en Metro, en Santiago de Chile, la escribí en varias sesiones de trabajo en Santiago y en Viña del Mar, entre noviembre de 2003 y febrero de 2004, mientras visitábamos a nuestro amigo y compadre Alejandro Leighton y su adorable familia, inmediatamente después del final de mi largo tratamiento de quimioterapia y radioterapia, que estuvo precedido por cirugía mayor (vainas del Zodíaco, del signo de Cáncer). Luego, ya en Venezuela, la revisé más de treinta veces, como es mi costumbre con todo lo que escribo. Es el final de la historia de Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela entre 1700 y 1704, de bragueta alegre y trágica llegada al sueño eterno, generada, según cuentan, por la pócima de una bruja que primero lo volvió loco. La había manejado desde que emprendí la tarea de escribir tres tomos que abarcan la historia de Venezuela desde 1498 hasta nuestros días (El Paraíso Burlado). La encontré en el libro Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, de mi tío abuelo Luis Alberto Sucre, y me fascinó desde el primer instante. Desde luego, en mi pieza casi todo está cambiado, salvo el hecho de que Don Nicolás fue el primero gobernante que se volvió loco en Venezuela en ejercicio del poder (aunque, evidentemente, no fue el único ni el último). No es precisamente teatro histórico, sino una comedia hecha con fines sanitarios: para hacer reír, porque la risa es lo más sano de que dispone el arsenal de posibilidades de la humanidad, especialmente en tiempos de crisis. No es mi primera incursión en teatro. A los quince y dieciséis años escribí varias piezas para teatro guiñol, influenciado por La viveza de Pedro Rimales, de Arturo Uslar Pietri, en cuyo estreno (1954) actué como Pedro Rimales. Y antes de los veinte escribí varios “pasos” que nunca se estrenaron. Cuando estaba por cumplir veintitrés vi estrenarse Barrabasalia, que escribí en colaboración (al alimón o a cuatro manos) con Arturo Uslar Braun, y en 1975, gracias a la amabilidad de Levy Rosell, se estrenó El solo de saxofón, llevado a escena por Arte de Venezuela. En el 2000, El Quijote cuerdo, un drama con elementos de comedia, recibió un premio por los 250 años del natalicio de Francisco de Miranda. En cuanto a Chirimoya Flat, dos o tres años después de mi regreso a Venezuela, en Caraballeda, cerca del mar, se la di a leer a Levy Rosell, y se entusiasmó con la idea de estrenarla. Pronto se combinó con José Tomás Angola, para que La Máquina Teatro la llevara a escena, y entre el miércoles 15 y el domingo 19 de abril (de 2009) será vista y oída por el público caraqueño. Ojalá mis parientes, amigos y corresponsales que viven en Caracas puedan verla y oírla. Para que comprueben que, aun en la situación en que nos tiene a los venezolanos, un rato de buena risa es mucho más eficiente y más barato que muchas sesiones de psicoterapia, y los que hacemos teatro, bien sea escribiéndolo, dirigiéndolo o actuándolo, a veces somos hasta más útiles que los psiquiatras, con el perdón de mis admirados amigos psiquiatras. Locos somos todos, pero quizá no lo estemos tanto.

Noticias Relacionadas (otros medios):
“Chirimoya flat” muestra a un país que se ríe de sí mismo - El Universal
Laureano Márquez protagoniza Chirimoya Flat - El Nacional
Chirimoya Flat condensará el humor en el Emil Friedman - El Nacional
Cuando el poder enloquece - Tal Cual Digital
Revocado gobernador loco - El Espectador Venezolano


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Proclama desordenada para el Cadáver que es el Teatro venezolano

por José Tomás ANGOLA

El arte teatral en Venezuela es un continuo, una serpiente que se muerde la cola (Guillermo Meneses dixit). El que no lo crea o es un soberbio o un ignorante. En este principio de siglo los dramaturgos que cargamos el ataúd del teatro (no vayan a dudar que el teatro en Venezuela parece más un cadáver que un saludable hombre) somos los herederos de lo que escribieron Otazo, Ayala Michelena, Rafael Guinand, Leo, Luis Peraza, Rengifo, Aquiles Nazoa, Ida Gramcko, Pedro Berroeta, Uslar, Ricardo Acosta o José Ignacio Cabrujas. Negar eso sería como negar la influencia que hoy tienen, directa o indirectamente, Isaac Chocrón, José Antonio Rial, Gilberto Pinto, José Simón Escalona, Alejandro Lasser o Levy Rossell. En los últimos años se puede sentir ese nudo gentil que ata a los nuevos escritores con los que ya se han consagrado: De otra manera cómo se entendería el acompañamiento de Rodolfo Santana a la obra de Gustavo Ott o a Gerardo Blanco lanzando al ruedo a Mónica Montañés o incluso la estimulante presencia de Xiomara Moreno al lado de León Febres Cordero. Somos una silenciosa cofradía, sin escuelas formales para los dramaturgos, sin grandilocuentes gestos de filiación, pero con la certeza de que nada habría escrito Marcos Purroy, Gennys Pérez o Ana Teresa Sosa sin la lejana dramaturgia de Eduardo Calcaño o Aquiles Certad.
Pero si los dramaturgos reconocemos nuestra herencia, los directores son otra cosa. Existe un divorcio generacional y egomaníaco entre ellos. Al hablar con cualquier puestista nativo destacarán siempre las influencias de Peter Brook, Giorgio Strehler o Ronconi. Pueden analizar con admirado conocimiento la obra de Clurman o Kazan e incluso de Tomaz Pandur pero ¿y no son estos directores los mismos compatriotas de Ibrahim Guerra o de Carlos Giménez? Si bien el ascendiente internacional es saludable, el no valorar el origen, el olvidar tanto sendero recorrido por creadores que no tienen nada que envidiarle a los extranjeros es un acto de miopía. ¿Cómo un joven director con ánimos experimentales podrá obviar el trabajo de Orlando Arocha, Javier Vidal o Antonio Constante? ¿Cómo un director que le interese desarrollar el trabajo con los actores podría desconocer la labor de Horacio Peterson o Enrique Porte? No hace falta mirar a tantos kilómetros de distancia, todavía tenemos la posibilidad de hablar con verdaderos maestros, leyendas nuestras que son gratuitas linternas para los más jóvenes. Fernando Yvorsky es una de esas figuras o Kiddio España o Miguel Torrence. Nada más gratificante que una charla modesta e iluminadora con el Maestro Romeo Costea para entender la maravillosa experiencia que lo une a la evolución del teatro mundial. Pero el orgullo es una novia cruel y antojadiza. Mientras nuestros regidores sigan mirándose el ombligo, jamás entenderán que en cada nuevo montaje están repitiendo lo que alguien hizo dos o tres décadas atrás, que cada recurso que supongan nuevo no es más que la reedición de uno que usó alguien antes. Avanzar no significa partir de cero. Arrancar donde Alberto de Paz y Mateos, Juana Sujo o Juan Carlos Gené nos dejaron, es caminar con pies ajenos muchas horas de desvelo, de pasión creadora, de ensayo y error, de triunfo y fracaso.
Pero si pareciera que la soberbia se apropia de los responsables de montar en los escenarios lo escrito en un papel, también hay que mencionar el desprecio que estos tienen por la dramaturgia nacional. A Rodolfo Santana le oí decir que el problema era que nuestros directores no entendían lo que hacíamos los escritores venezolanos. Si nuestros coterráneos, con quienes compartimos imaginería, lengua y afectos, no nos entienden como sí lo han hecho españoles, alemanes, franceses, estadounidenses o gentes de otras latitudes donde se reponen las obras de Ott, Chocrón, Uslar y Santana, entonces estamos perdidos. A lo mejor es que nuestra dramaturgia no posee el reconocimiento necesario, sin embargo allí están Edilio Peña y Gustavo Ott ganando el Premio Tirso de Molina, quizá el galardón teatral más relevante para los hispanoparlantes, o las universidades norteamericanas estudiando a Chocrón y Rengifo o el cine filmando las obras de Mariela Romero o Chalbaud. Algún complejo nos embarga, el mismo que hace que al ir a una librería compremos una novela de Vargas Llosa o Sandor Marai antes que un libro de Garmendia o Adriano González León. ¿Qué misterio habrá para que nos deslumbremos por otras literaturas y desechemos lo que en realidad somos? Quizá en la propia pregunta está la respuesta. Quizá no queremos vernos como somos. Quizá nos da vergüenza reconocernos en esos espejos desgarradores que son “Lo que dejó la tempestad”, “El General Piar”, “La Revolución”, “El Juego”, “La Empresa perdona un momento de locura”, “Fotomatón”, “Acto Cultural” o “El día que me quieras”.
El teatro no puede ser un acto únicamente estético, de serlo sería vacío y fatuo. Algo hay que decir, algo hay que revelarle a los auditorios, algo hay que reflexionar en un tiempo de irreflexión.
Permítanme ahora una digresión, que me interne en el espacio de la dignidad de los artistas. Los creadores somos menos que viento sin los mecenas. Nadie habría oído jamás de Miguelángel sino hubiese tenido un Médicis apoyándolo. El trabajo del creador no es para producir riqueza material, al menos no como objetivo principal. Lo que él genera no tiene ninguna forma de ser tasado o cuantificado económicamente. ¿Alguien se atrevería a ponerle precio al “Ricardo III” de Shakespeare, alguien responsablemente me podría decir cuánto vale “Fuenteovejuna”? Lo confieso, este grito de rabia es para los burócratas gubernamentales que día a día atienden un horario rutinario de trabajo, que día a día se tropiezan con las solicitudes de grupos y artistas y que día a día sonríen con burla ante esas peticiones. En Venezuela, los creadores somos menos que recogelatas culturales. Gentes miserables que nos arrastramos por cuanto pasillo existe para pedir la limosna con la cual poder crear en un país cada vez más insensible y hueco. Culpa tenemos, culpa de permitir el irrespeto. Dejar que del gobierno, ese ineficiente y podrido organismo, que de esa masa amorfa de esquinas inmundas provengan todos los dineros para hacer arte, es volvernos cómplices de la indolencia, la parsimonia y el estancamiento que se come a la revolución por dentro. Hay que matar al gobierno subsidiador, hay que asesinar con el puñal de Otelo los miles de escritorios frente a los que ahora se paran muchos a mendigar la sobrevevivencia. La consigna es buscar nuevas fuentes, buscar otros mecenas que nos respeten, para los que no seamos unos “sin oficio que viven a costa del gobierno”. Nosotros somos los que hacemos el país. Y no lo digo demagógicamente. La invención del país nos pertenece. En cada sala de teatro, en cada texto teatral nace la patria, la visión universal, el retrato perenne. Abjurar de esa responsabilidad es aceptar el desprecio de esa ignorante clase gobernante que nada sabe del parto artístico. La historia se invierte: ellos son nada sin nosotros. ¿De qué vale un Ministerio de Cultura en un país sin autores?, ¿de qué valdría ser nación sin hombres y mujeres que la crearan todos los días? Por años, ni en la cuarta ni en la quinta república (división por demás maniquea y estúpida) los artistas hemos obtenido el respeto que nos merecemos. Ya es tiempo de que nos levantemos. Escribir de rodillas es muy penoso. Hacer teatro cuidando lo que decimos es vergonzoso. Con estas líneas quisiera decretar la muerte del gobierno narciso y paternal. Rompo esa prisión ignominiosa en la que nos humillan y proclamo abiertamente mi desprecio por la burocracia ruinosa. El que se respete que le escupa la cara a la revolución y me siga.

JOSÉ TOMÁS ANGOLA HEREDIA (Caracas, 1967) Dramaturgo, poeta y narrador. Ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2005. Premio Municipal de Teatro de Caracas 2001. Mención en el VII Certamen Internacional de Teatro Breve de la Ciudad de Requena, Valencia, España, 2004. Medalla Vicente Gerbasi a su obra poética otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela, 2008. Autor de “Una vaca en Nueva York”, “De teatro y héroes”, “Bombarderos sobre Londres”, “Sin freno concebido”, etcétera. Su obra dramatúrgica ha sido estrenada en Venezuela, México y Estados Unidos.

 
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Los Derechos sobre la Propiedad Intelectual y su necesidad

por Alejo URDANETA

En la época turbulenta que nos ha tocado vivir a los venezolanos desde 1999, hasta hoy, nadie había puesto su atención o algún interés no confesado acerca de los llamados derechos de autor, o derechos sobre la propiedad intelectual, como los llaman en España y en otros países. Se tenía como algo necesario y que no afectaba, aparentemente, la estabilidad del gobierno; o, dicho de otro modo, era algo ajeno al quehacer político del país, pues quedaba reducido a un sector de la sociedad que se ocupa de la creación artística y pareciera no participar en los movimientos ambiciosos del ejercicio del poder del Estado.
Hace algunos meses hemos escuchado por boca de la Presidente de la Asamblea Nacional, que dentro del plan de la llamada reforma de la Constitución de 1999, debía incluirse un artículo o capítulo que proclamase la abolición de los derechos de los autores a ser reconocidos como tales, derechos subjetivos que incluyen el goce y disposición de los beneficios patrimoniales de la creación intelectual o artística, consagrados en las leyes de todo el mundo. Fue una proposición vaga, imprecisa e injustificada, pues no tiene el apoyo de razones jurídicas o de índole social, y se presentó como algo que vino sin aviso a la mente de alguien, para decir que también el derecho de propiedad intelectual debía regularse y limitarse. ¿Por qué? ¿Tiene algún beneficio o perjudica al receptor de las obras del ingenio el que se pague o no se pague al autor un derecho reconocido en todo el mundo? Los que adquieren un libro pagan su precio libremente, sin saber si el autor ha recibido algún estipendio por su labor intelectual, ya que muchas veces no reciben ninguna contraprestación económica. A la fijación del precio de un libro se llega sumando los costos de su producción y distribución, así como también el trabajo del autor. Lo mismo puede decirse de cualquier obra del espíritu: musical o de las artes plásticas.

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Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

I

El Paraíso Partido

(Venezuela antes de la Independencia)

Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas

Mucha gente, en especial en los países del llamado “Primer Mundo”, opina que el teatro sólo puede existir en civilizaciones desarrolladas. El teatro y la música, es decir, las artes escénicas. Sin embargo, la música en la Caracas colonial alcanzó un grado importante de desarrollo. Y el teatro en Venezuela también ha logrado impresionantes avances, que dejan muy mal parada esa teoría.
Ya habíamos visto que según Enrique Bernardo Núñez la primera actividad teatral de la ciudad junto a la montaña cinética se produjo en 1595, el mismo año en que nació en Caracas Don Quijote de la Mancha, cuando en el día de Corpus, Melchor Machado montó en la puerta de la iglesia un espectáculo de “danza y comedia” (Núñez, Enrique Bernardo, Op. Cit., p. 52). También vimos que don Arístides Rojas atrasa ese hecho un lustro, y esa es la fecha que admite Carlos Salas, historiador del teatro caraqueño, aun cuando reconoce como probable que esas representaciones teatrales se celebraran desde mucho tiempo atrás (que no podría ser desde más de veintisiete años, pues antes no había ciudad, ni aldea, ni caserío en donde pudiese haber teatro europeo), “pues en las Actas del mismo Cabildo ya se anunciaban comedias, toros y cañas y diablitos danzantes, en los días de Corpus, Santiago, San Mauricio y San Sebastián” (Salas, Carlos, Historia del Teatro en Caracas, Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, Venezuela, Segunda edición Corregida, 1974, p. 9).
Cuenta el mismo cronista que en tiempos del gobernador Felipe Ricardos, el que asoló la casa de Juan Francisco de León, saló el terreno y le puso el poste de ignominia, hizo representar obras de teatro en un escenario montado en el Norte de la Plaza Mayor. Hay que suponer que las obras allí escenificadas debían ser de carácter ejemplarizante, moralizante y amedrentante para quienes tuvieran ideas desestabilizadoras. Se sabe también que a fines del siglo XVII Caracas tenía nada menos que una buena orquesta filarmónica y “algunos grupos de aficionados al arte de hacer comedias que se atrevían a montar obras de Encina, Lope de Vega, Lope de Rueda, Calderón de la Barca y Ramón de la Cruz” (Ibídem).
Quizá uno de los hechos más impresionantes (y que, de paso puede hacer que los sostenedores de la idea de que la cultura genera revoluciones) es el que en 1784 el gobernador Manuel González Torres de Navarra haya construido un teatro para la ciudad. Dice al respecto Luis Alberto Sucre: El Gobernador Don Manuel González, que era de carácter alegre y sociable, muy amante de las diversiones cultas, instruido, inteligente y apasionado por el teatro, quiso dotar a Caracas de un Coliseo que correspondiera al grado de cultura que ella había alcanzado, y no pudiendo disponer de fondos públicos suficientes para llenar lo que él creía una necesidad, lo construyó a sus expensas; y como homenaje de simpatía lo ofreció de regalo a la ciudad (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 294).
Cae en un error de identidad don Carlos Salas, cronista del teatro venezolano, al suponer que los actores que cita como elenco de obras en el teatro de González de Navarra puedan haber sido “los mismos que vieran trabajar Depons y Humboldt a comienzos de 1800, cuando vinieron a Venezuela en misión científica”(Salas, Carlos, Op. Cit., p. 11). Quien acompañó a Humboldt en su viaje no fue Depons, sino Bonpland. Pero lo realmente significativo es que Humboldt aprovechó la oportunidad para estudiar el cielo, puesto que el teatro era descubierto, pero no se puede saber si se fastidió por la función o si, simplemente, su interés como científico lo movió a olvidarse de las estrellas del escenario y buscar las del firmamento, que eran, son y serán bastante más importantes que la farándula, por aquello de la eternidad.
En todo caso, Humboldt quedó muy impresionado con la población caraqueña que vio y oyó en su visita de dos meses a la ciudad al pie de la montaña cinética. Sus comentarios nos permiten ver que ya en aquellos tiempos los habitantes de Caracas tenían características culturales importantes, así como el mismo interés por la política que han demostrado en la transición del siglo XX al XXI, cuando han hecho cosas que dejan sin aliento al mundo, en defensa de las libertades por las que tanto lucharon poco después de la visita de Humboldt, a quien le llamó poderosamente la atención, mientras atravesaba la montaña para ver por primera vez la ciudad fundada por Diego de Losada, escuchar a varios viajeros que discutían abiertamente, en la Posada de La Venta, acerca del intento revolucionario de Gual y España, lo cual consideró una gran imprudencia, pues no se le escapaba que el gobierno español había impuesto en el sitio un sistema represivo y era obvio que debía haber espías por doquier (Humboldt, Alejandro de, Op. Cit., p. 230). Pero una vez llegado al sitio e instalado en él, le llamó aún más la atención el vivo interés de los caraqueños por la política, que no implicaba dejar de participar también en todo lo que implica la cultura. Me ha parecido –afirma– que hay una marcada tendencia al estudio de las ciencias en México y en Santa Fe de Bogotá; mayor gusto por las letras y cuanto pueda lisonjear una imaginación ardiente y móvil en Quito y en Lima: Más luces sobre las relaciones políticas de las naciones y de las metrópolis, en La Habana y en Caracas. Las múltiples comunicaciones con la Europa comercial y el Mar de las Antillas que arriba hemos descrito como un Mediterráneo de muchas bocas, han influido poderosamente en el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las hermosas provincias de Venezuela. Además, en ninguna parte de la América española ha tomado la civilización una fisonomía más europea. El gran número de indios labradores que habitan en México y en el interior de la Nueva Granada dan a esos vastos países un carácter particular, casi diría más exótico. A pesar del acrecentamiento de la población negra, cree uno estar en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en otra parte alguna del Nuevo Mundo (Humboldt, Alejandro de, Op. Cit., Tomo II, p. 261).
Y un poco más adelante dice: Noté en varias familias de Caracas gusto por la instrucción, conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana, una decidida predilección de la música que se cultiva con éxito y sirve –como siempre hace el cultivo de las bellas artes– para aproximar a las diferentes clases de la sociedad. (Ibídem, p. 264)
En ese terreno es impresionante lo que afirma Salas: Que en 1808, año de la Conspiración de los Mantuanos, mientras se preparaba en toda su intensidad el drama que estaba por venir, el público de Caracas pudo ver representadas en su ciudad, con una orquesta en la que tocaban, entre otros, Cayetano Carreño, Lino Gallardo, Bernabé Montero, Juan José Landaeta, Juan Meserón, Narciso Lauro, Juan José Caro de Boesi y José Ángel Lamas, “algunos fragmentos de Pizarre, ou la conquette de Perou, del compositor francés Joseph Candeille, estrenada en París en 1751, y algo de La flauta encantada y del Don Juan de Mozart, entre otros” (Salas, Carlos, Op. Cit., p. 13).
De donde se infiere que, aun cuando ninguno de sus biógrafos lo haya registrado ni sospechado, Mozart estuvo en Caracas en los últimos momentos de calma antes de la tormenta.

Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas

 

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El Vergel

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Poco se ha reparado en la parte no teatral de la obra de nuestros dramaturgos, así un espacio de nuestra literatura ha quedado a oscuras, sin análisis, de lado, incomprendida. Tal es el caso de las novelas de Isaac Chocrón, a quien se considerado también, con toda razón, como nuestro primer autor dramático, seguramente por la trilogía Animales feroces (1963), Clipper (1987), Tap dance (1999) o por la reflexión sobre el amor y la pareja que está en La máxima libertad (1974) en la cual se nos insinúa que sin libertad es imposible todo el vivir amoroso.
Pero Chocrón ha dado su contribución a nuestra novela, no hay que olvidar que su obra literaria fue iniciada por una novela, Pasaje. (Caracas: Edime, 1956. 187 p.), porque su primera pieza Mónica y el Florentino fue montada tres años más tarde (1959), así reafirmó Chocrón la confidencia que nos hizo un día:”Mi pasión fundamental no ha sido el teatro: ha sido escribir” (El Universal, Caracas: febrero 18,1973). Y tiene libros de narraciones que no pueden ser soslayados, y ello desde Se ruega no tocar la carne por razones de higiene (Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1970. 274 p.), la cual, como creyeron algunos erróneamente, no era una extensa acotación teatral sino una novela basada en el diálogo, lo cual es distinto. Igual dramatismo tiene la historia que encontramos en Rómpase en caso de incendio (Caracas: Monte Ávila Editores, 1975. 352 p.). El país asomándose a la gran crisis que aun vivimos está en la celebrada 50 vacas gordas (Caracas: Monte Ávila Editores, 1982. 256 p.). Un momento de perturbación cataclísmica aparece en la sobrecogedora Pronombres personales (Caracas: Los libros de El Nacional, 2002. 141 p.).
Pero creemos que la búsqueda de la identidad personal y sexual ha dominado su mundo narrativo desde Pájaro de mar por tierra (Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1972. 185 p.), la primera novela homosexual de nuestras letras, eso mismo está otra vez en Todo un dama (Caracas: Alfadil, 1988. 271 p.) y se desarrolla dentro de un intenso clima de saudade en El vergel. (Caracas: Mondadori, 2005. 149 p.) una nouvelle escrita con frescura inigualable, la cual posee capítulos perfectos como “Minián”, una ceremonia judía, “Anything goes” o “Titonga”. Hay en ella, además de muchas otras gracias como la bella rememoración de nuestros amados años cuarenta (p. 91-92) y un sabroso elogio de la comodidad (p. 121-122), el personaje que vive así parece ser otra vez el Miguel Angel Casas Planas de Pájaro de mar tierra.
Novela sin duda autobiográfica es El vergel, a la cual han venido a parar las memorias de otros días, de los felices de la niñez en el cual el protagonista fue protegido por el amoroso padre, los hermanos, el tío, los queridos primos, que lo salvan del dolor del abandono materno. Y siempre por la amada Titonga (¿Esther Bustamante?).
En El vergel está el recuerdo pero todo mirado a través de la reconstrucción que hace el narrador en la cual incluso se reinventan pasajes para poder contar una historia que seduzca el lector, tal como Chocrón lo logra aquí convocando en sus páginas los recuerdos del protagonista o las voces de otras presencias de su vivir, allí que leamos: “Que no se crea este señor sin nombre que funge como narrador de esa ensalada de frutas que va mezclando… que no se pavonee pensando que por su influencia he decidido contribuir a su pretensión de averiguar la identidad de una persona según sus preferencias musicales… aquí aparezco por mi propia voluntad, porque a su protagonista lo quise mucho y le agradecí todo lo que trató de hacer para ayudarme a organizar, o mejorar, mi vida. No lo logramos ni él ni yo. Mi vida fue un desastre. Aquí le va un resumen para que pase el rato” (p. 95) dice el personaje que si sabe leer con atención verá el lector que no es el protagonista, es quizá también una especie de alter ego, o aquella parte frustrada, lo no logrado, lo no realizado, que todos los humanos, hombres y mujeres, tenemos en nuestra historia, dentro de nosotros mismos. Ese personaje es el que sólo quiere tener placer siempre, gozar, vivir cómodamente.
El vergel es una rememoración, así el libro se une a ese grupo, muy soslayado, de novelas venezolanos hechas sobre el arte del recuerdo como Las memorias de mamá Blanca (Teresa de la Parra, 1929), Viaje al amanecer (Mariano Picón Salas, 1943), Ana Isabel, una niña decente (Antonia Palacios, 1949), Cumboto (Ramón Díaz Sánchez, 1950), También los hombres son ciudades (Oswaldo Trejo, 1962), La casa del viento (Gloria Stolk, 1965), Compañero de viaje (Orlando Araujo, 1970) porque en El vergel se hace verdad “Quedaste de último para que, siendo escritor, contaras nuestras vidas” (p. 141). De allí que subraya todo lo que le quedó “en la memoria, en la nostalgia, para el resto de nuestras vidas” (p. 11).
Y quien mira el vivir que recuenta lo hace con una “actitud serena y esos ojos viéndolo todo” (p. 133).
Recuerdos, el vivir en casa con los amados, la familia elegida, el judaísmo, el amor (p. 82), la honda rebeldía (p. 121) y la búsqueda de identidad sexual situada en la diferencia (pp. 40 y 41), presiden esta bella novela.
El amor como esencia del vivir, sin el cual no se puede existir, es el fundamento de El vergel. Y de toda la obra de Chocrón para las páginas de sus libros o para el escenario.
Es dulcísima la evocación de Maracay con la cual se inicia El vergel, son esenciales aquí las últimas diez líneas de la p. 11 porque como se lee allí: “Estar yo en Maracay es como ver eso que en pintura se llama ‘pentimento’: a medida que el óleo en una tela envejece, se vuelve transparente. Cuando eso pasa, es posible ver, en algunos cuadros, las líneas primerizas que el pintor trazó y de las que luego se arrepintió, ‘pentimento’, para dibujar otras encimas. Así, se puede ver lo que quedó del inicio por debajo de lo actual: ¡Maracay, mi pentimento!” (p. 11), pasaje en donde es imposible no evocar el segundo tomo de las memorias de la gran escritora norteamericana Liliam Helmman (1905-1984).
Vergel quiere decir huerta, cigarral con muchos frutos, en buen estado, a veces podridos, por ello leemos en la penúltima página:”El Vergel fue la imagen que me vino a la mente. Ni siquiera yo había ido a visitarlo, pero si para él era como un pentimento, las sucesivas capas de pintura que lo escondieron no lo pudieron desaparecer. Esas capas convirtieron aquel cuadro idílico en una selva tupida y peligrosa, regida por exigencias y requisitos de gente que siguió, después de muerta, eternamente viva en su memoria” (p. 145).
Y por ello medita en la familia elegida, el gran término inventado por Chocrón, que es consigna y vivencia siempre acariciada, está en grandes momentos de su teatro, en especial en La máxima felicidad y en Mesopotamia (1980). Por ello en El Vergel leemos: “Mis elucubraciones no tenían base si recordaba que una de las características fundamentales de su familia elegida, la mayoría de los cuales seguían vivos a su lado. Ellos saben quiénes son o, al revés, él sabe quiénes son o, al revés, él sabe quiénes son. Son su sostén. Por eso no los quiere nombrar. Desea que sigan viviendo junto a él mientras le quede vida. Una vez me comentó que en el mundo sefardí, cuando alguien cumple años, se le saluda felicitándole y añadiendo: ‘Que cumplas cien’, a lo que quien recibe este deseo contesta: ‘Y tú que los veas, mi bueno’” (p. 145). Es otra vez la llamada al amor, aquella que los judíos, y todos los hombres porque el libro es universal, encuentran en la Biblia, en el Cantar de los cantares, donde hallamos: “Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón”. O como se lee en la nueva traducción de la Biblia de Jerusalén, “Ponme cual sello sobre tu corazón, / como un sello en tu brazo. / Porque es fuerte el amor como la muerte, / implacable como el sol la pasión. / Saetas de fuego, sus saetas, / una llama de Yahveh. / Grandes aguas no pueden apagar el amor, / ni los ríos anegarlo. / Si alguien ofreciera/todos los haberes de su casa por el amor, / se granjearía desprecio” (VIII, 6-7).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 
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