Categorías: Cuentos, Tradicionales
Simón en huesos
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-
Me costó llegar a la hermosa casa, elevada por alguna mano en un sitio privilegiado. No me costó ver caballos y mulas en un corral desprovisto de gracia. Desde lejos, vi salir a un muchacho si camisa con un jarrón, cuyo contenido lanzó contra una de las paredes invictas de una ruina vecina.
Ya cerca del final del viaje, luego de sortear todos los obstáculos, climas y a gente de mala índole, desde Maracay, pasando por Barquisimeto, Coro, Maracaibo, darle cara a una frontera invisible, hasta llegar a Santa Marta, sentí la desolación del paisaje. El silencio de la tarde me empujaba a cobijarme del sol. Una sombra benigna me hizo detener un rato, a unos pocos pasos de San Pedro Alejandrino. Algo me decía que en el interior del inmueble el mundo se agitaba tristemente.
Tuve la suerte de ser atendido en el momento en que mi mano se alzó para tocar la rugosa madera de la puerta. Un hombre de estatura mediana, de complexión fuerte pero cansada, canoso y perfilado, me miró con ojos alejados. Le dije que quería hablar con el enfermo. El hombre me contestó que el Libertador estaba un poco sofocado, pero si podía esperar, quizás más tarde podría atenderme. Asentí con la cabeza. Me hizo pasar a la antesala y allí dormité un poco.
2.-
Oí la voz que emergía de una pequeña habitación. Entonces salió el mismo hombre que me atendió y me hizo pasar al sitio donde aún agoniza Simón Bolívar.
-No te conozco, ¿quién eres? -me preguntó con voz cansada.
-No es necesario que sepa de mí, General, soy alguien que anda por allí recogiendo historias, dolores, alegrías. No sé, los huesos de los hombres grandes-, le respondí algo asustado.
El enfermo, pálido, extremadamente delgado pero con la mirada encendida por una pasión que aún su interior defiende, levantó levemente la mano e hizo que me aproximara.
-¿Acaso eres uno de esos sujetos extraviados y vulgares que tratan de salvarse a través de la eternidad de los que vamos a morir pronto?-preguntó agotado.
-Vulgar no, General, extraviado sí. Vengo de donde usted viene, de donde usted es una estatua, un muñeco de bronce, hierro o barro. Vengo de revolcones más que de revoluciones, de escaramuzas callejeras, banderitas y piedras de lado y lado. Vengo de un lugar que no quiere ser lugar. Vengo, General Bolívar, de un sitio donde usted ha sido convertido en instrumento de odio -sostuve.
-¿Qué lugar tan deprimente, alejado y tenebroso es ese? -inquirió hondamente.
-Su Caracas, señor. Su esquina de San Francisco, su ciudad natal -le soplé quedamente.
-¿Acaso Boves vive aún, está ese carajo revolucionando Venezuela para opacar una vez mi nombre? –casi gritó.
-No, General. Boves está muerto. Páez, con quien usted tuvo escozores, también. ¿Sabe usted que Venezuela es paecista, que la Gran Colombia nunca fue por inviable? –le dije.
-¿Inviable, qué palabreja es esa? -esta vez logró alcanzar el grito, chillón.
-Sí, General Bolívar. El mundo finalmente es redondo como nuestros olvidos. El país es el que usted pronosticó, de no contar con líderes preclaros. Venezuela anda en la anarquía callejera, en las ambiciones y pasiones más alejadas de la realidad que usted soñó -justifiqué con temor.
-¿Entonces mi tiempo se perdió? -pronunció con la boca pegada de la almohada.
Lo sacudió la tos y un ronquido cavernoso lo aquejó un buen rato. Entonces me atreví a decirle:
-Aún no, General. Es preciso que usted hable desde su lugar como hombre de carne y hueso. Como hombre que sabemos algún día morirá tísico, venéreo y enloquecido, alucinado y perseguido por sus fantasmas -precisé.
3.-
-¿Quién dijo que yo era un dios, de dónde carajo sacaron eso? -casi en susurro.
-Todos los que han pasado por el poder en Venezuela. Desde su comienzo de viaje usted fue una maldición en boca de la gente de patriotas y realistas. Después, cada jefe del poder hizo de usted una apostasía, una moneda, estado sin fundamento, una estatua de harina en cada pueblo, y hasta una ideología -afirmé.
-Pero, ¿de dónde han sacado que yo dejé una ideología? Sólo dije y escribí para dejar las bases de unos países miserables para que comenzaran a verse en ellos mismos y fundar una nacionalidad. Nada más. Carajo, yo no soy Carlos Marx, ese engreído que llenó el mundo de pústulas y dioses de barro. ¿Dónde está Manuela? ¿Qué se hizo el loco de Simón Rodríguez? Yo sé quienes mataron a Sucre. ¿Dónde está Totoño el cumanés? En una gusanera, como estaré yo dentro de poco. Como estoy desde hace siglos -habló con mucho esfuerzo.
-General, no todo está perdido. Desnúdese, muera con las costillas al sol. Quítese esa camisa prestada. Enséñele el sexo al mundo, búrlese de su muerte, échese un trago de este aguardiente que traigo. Quítele al poder esas imágenes suyas de santo que no es. Derribe sus propias estatuas. Reclame sus espadas repartidas en medio mundo entre malandrines, dictadores y sinvergüenzas, para que América, pero sobre todo Venezuela, salga del marasmo -alargué.
-¿Marasmo, anarquía, indolencia, disfraces, vulgaridad, analfabetismo, locura política? Oh, divina Providencia, ¿qué hice, en qué me convertí, en qué me convirtieron? ¿Dónde están mis pantuflas, Manuela? Coño, ¿hacia dónde va mi muerte? -pregunta tras pregunta.
El enfermo cayó en un sopor pesado, lento. Su respiración asaltó la habitación. Abrió un poco los ojos, me miró desde su opacidad y me extendió los huesos de su mano derecha. “Váyase tranquilo, que no hay remedio en este cuerpo para aliviar los males de ese país que ya no es mío. Váyase, no quiero estar más aquí. Esta agonía ya se ha prolongado demasiado. No termino de morirme. ¿Dónde están mis huesos, Antonio José? Montilla, no me des más agua. ¿Dónde estoy que no me veo? ¿Dónde estás don Quijote? ¡Santander¡, ¿qué hemos hecho? ¿Qué han hecho?”.
Me hicieron salir de la habitación y de la casa. Caminé hacia el corral. El día caía pesadamente cerca del mar de Santa Marta. Un olor a despojo marino entró con violencia en mi nariz. “El mundo se está acabando”, me dije y comencé a andar el mismo camino hacia la desolación.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
LA VISITA
Cuento de Medardo Fraile
por Colaboraciones
Cuando vino Visitación a visitarnos, nuestra casa se fue iluminando poco a poco, aunque nosotros, de momento, no nos dimos cuenta.
-Mira hijo, aquí está Rafaela, que viene en plan de guasa-, dijo mi madre.
La conocíamos, la habíamos visto en alguna parte, era o parecía amiga nuestra, pero no llegó disfrazada de Rafaela ni de nada.
-Los años no pasan por ti, Rafaela… Tú, con tu humor de siempre…
Y yo miré a mi madre, porque para mí estaba claro que no era Rafaela.
Mi madre había abierto la puerta y ella, con los brazos abiertos, le dijo:
-¿No te acuerdas de Visitación?
Y mi madre se quedó un punto perpleja y se echó a reír:
-¡Visitación…! Qué cosas tienes, Rafaela… ¡Tú siempre con tus bromas!
Y, pasado un rato, dos o tres minutos, yo no había visto el piso con tanta luz desde que en la Nochebuena vinieron mis tíos y mis primos para pasarla juntos.
Mi madre no paraba de mirar y remirar a Visitación y dijo:
-¿Quién te ha maquillado tan bien?
-¡Huy! –respondió la señora-, ¡Si vieras el tiempo que hace que eso no me preocupa…!
La mujer entonces me miró sonriendo:
-¡Hay que ver lo crecido que está Teodorito! ¿te acuerdas de aquel tren de madera que te regalé cuando te pusiste tan enfermo con cuarenta de fiebre?
Yo lo recordaba muy bien, pero me callé.
-¿Fuiste tú la del tren?- dijo mi madre-. Yo creo que no, que fue Librada, la mujer de mi hermano, que estaba entonces embarazada con el primero… Luego, tuvieron tres más…
-Fui yo, mujer… Mira, aún me acuerdo… Era una locomotora verde con chimenea roja y cuatro vagones verdes y amarillos…
Mi madre se quedó pensándolo:
-Quizá tengas razón, hija… Como no hacía todavía un año que había muerto Paco, no andaba mi cabeza para pensar en juguetes.., No sé…
Estuvo bastante tiempo allí, o eso me pareció, la mujer que no era Rafaela, a la que mi madre y yo no paramos de mirar y ella, tranquilamente, venga a sonreírnos y a charlar, tan feliz de vernos.
-En fin, Rafaela…
-Visitación- rectificó ella.
-En fin, Rafaela –insistió mi madre-, el tiempo nos cambia tanto que no nos conocemos…¡Hay que ver lo que has cambiado! Hasta tu nombre es otro, según parece… Lo que es vivir en el extranjero…
-¡Y tú también, Jacinta, y tú también!
Al fin se levantó, muy satisfecha, me dio un beso, abrazó a mi madre y, al despedirse, nos dijo:
-¡Y a ver si ahora no pasa tanto tiempo sin vernos! Tan amigas como éramos, ¿te acuerdas?
-¡Llevas razón, hija! ¡Llevas razón, es verdad!
La oímos bajar por la escalera y nuestro piso, mientras se alejaba, se fue quedando a oscuras y entonces nos dimos cuenta de la mucha luz que había cuando estaba allí y mi madre, algo precipitada y temerosa, se fue a encender la luz de la cocina.
-¡Qué pronto se ha hecho de noche!- exclamó.
Y enseguida dejamos la puerta entornada y nos fuimos al piso de doña Matilde, que tenía teléfono, para llamar a mis tíos, por si habían visto ellos a Rafaela. Mi tío le dijo:
-Rafaela se marchó a Alemania con su hijo, el que se fue a trabajar allí y se casó con una de aquel país. Que yo sepa, no ha vuelto por aquí desde hace más de siete años… A lo mejor ha muerto, porque tenía unos cuantos años más que tú…
-¡Dios no lo quiera…! Pero si que me lleva bastantes años… Acuérdate de que era amiga de madre…
El le preguntó por qué le interesaba tanto saberlo y ella le estuvo contando lo de Visitación. Cuando acabó oí que el tío le decía alzando mucho la voz:
-Y si no estabas segura, ¿por qué no le has dicho que se fuera?
-Pues no lo sé… Porque me parecía que la había visto alguna vez… No me atrevía a hacerlo…
-¡Tú estás loca! Mira a ver si te falta algo en la casa…
Volvimos y estuvimos viendo si nos faltaba algo pero no echamos nada en falta.
Las pocas veces que hablamos ahora de eso soy yo el que lo saca a relucir, y mi madre sigue nombrando a Rafaela y no a Visitación, como si no quisiera hablar de fantasmas, o sintiera algo de miedo… Rafaela una y otra vez: no hay quien se lo quite de la cabeza…
Medardo Fraile nació en Madrid en 1925 y está residenciado en Escocia. Es Miembro Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela. Es un escritor a menudo adscrito a la llamada “generación del medio siglo” y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Ha publicado también novela, teatro, ensayo, crítica literaria y crónicas. Sus relatos se caracterizan por su estilo sobrio y por su mímimo desarrollo argumental. Aunque predomina un enfoque realista, centrado en la recreación de ambientes y costumbres, está bastante alejado del estilo característico de la generación de los años 50, en la que suele incluírsele. Está dotado de una aguda capacidad de observación, un lirismo contenido y una ternura triste. Sus cuentos son a menudo cuadros magistrales de la vida diaria (véanse por ejemplo los recogidos en Con los días contados), en los que la reducción de la anécdota -que a veces se limita a recoger una escena o tipo- y la preferencia otorgada al lenguaje coloquial, son rasgos definitorios. En el prólogo al volumen que recoge sus cuentos completos, Ángel Zapata menciona su “estratégica, intensísima y pionera deconstrucción del relato tradicional".
LA PASIÓN LITERARIA DE ALEJO URDANETA
por Eduardo CASANOVA
Alejo Urdaneta (Caracas 1944) irrumpió con mucha discreción en el mundo literario venezolano en 1979 con “Ezequiel y Otras Visiones” (Cuadernos de la Asociación de Escritores de Venezuela, Nº 147. Caracas). Allí se hizo evidente que es uno de los más finos cultores del cuento en nuestro país, que se caracteriza por tener excelentes cuentistas. Esa impresión se ratificaría con “Juegos, Sombras y Transparencias” (Vinicio Romero Editor, Caracas, 1982), y se acentuaría con “La Falsa Ciudadela del Recuerdo” (Editorial Actum, Caracas, 1993) y “Frutos del Mismo Tiempo” (libro editado con el patrocinio de la Sociedad de Amigos del Círculo de Escritores de Venezuela y la sociedad Datos Information Resources, con el sello GILAVIL, Caracas), obras todas que aseguraron el nombre de Alejo Urdaneta entre los primeros de la cuentística de esta parte del mundo. En otros campos publicó obras de carácter jurídico (“Estudios sobre el Derecho de Autor”, Ediciones GILUZ, 1.998, “Estudios acerca de derecho de Familia: Divorcio y separación de cuerpos”, publicado por “Venezuela Positiva”, 2000, “La valoración jurídica como elemento fundamental de la creación del Derecho. Ensayo filosófico-jurídico”, Universidad Católica Andrés Bello, 2004), y más recientemente empezó a incursionar en el ensayo propiamente dicho, en donde se ha revelado como uno de los más finos y notables ensayistas de la actualidad. En ese campo se inició como con alguna timidez (“THOMAS MANN: Los Recuerdos primordiales, (Anotaciones a la situación ética del artista). En: “Conciencia Activa”, junio de 2005; “¿Es poesía el cuento?”, publicado en la Revista Banco Central de Venezuela, CULTURAL, número 18, 2006), para desembocar en dos obras fundamentales, que colocan su nombre también entre los mejores ensayistas del país: “El arte: Una apreciación personal” (Editorial Actum. Caracas, 2006) y, sobre todo, “FORMA E INTENCIONES DEL LENGUAJE” (Ediciones Giluz. Julio de 2009), una obra que, a pesar de su relativa brevedad (89 páginas) se sitúa, por su densidad y profundidad, entre los ensayos más importantes que se han publicado en Venezuela. Y aunque no ha publicado hasta ahora ningún tomo de poesía, a través de su obra dispersa ha marcado su presencia también notable entre los poetas venezolanos. Pocos venezolanos se han dedicado con tanta pasión al cultivo de las letras, y a pocos se les debe aún un verdadero reconocimiento público como a Alejo Urdaneta. Es ese uno de los muchos pasivos de la crítica literaria venezolana actual, que ojalá sea honrado pronto por quienes pueden y deben hacerlo.
Mi amada Youtube
por Eduardo CASANOVA¡Imbécil! Amor a primera vista, sí, amor perfecto, incontaminado. Amor puro como nunca imaginé que pudiera existir. Empezó aquel día en que quise buscar la canción que estaba de moda cuando regresé a Europa, a vivir en Europa, en 1975. Tenía que estar en Youtube y estaba. Retrocedí treinta y seis años en mi vida y por vez primera la vi. La cantaba un señor barbudo con mirada pícara, y lo que siempre había creído un coro femenino resultó ser una cantante rubia de mirada dulce, delgada, bella, que me hizo suspirar con sólo verla. Repetí quién sabe cuántas veces la canción hasta estar totalmente consciente de que me había enamorado. Sentí que ella correspondía por la manera en que me miraba desde la pequeña pantalla. Me veía, de eso estaba seguro, y lo estuve aún más cuando decidí ver y oír otra versión de la misma canción, en la que la descubrí más joven aún, más inocente. Y me miró fijamente hasta hacer que mi corazón latiera más rápido. Y en una segunda canción aquel amor se hizo más noble, más grande, más destinado a la eternidad. Y sin embargo creció cuando vi y escuché otra versión de la segunda canción en la que ella aparecía más y más cerca. Qué rostro hermoso, qué labios, que párpados soñadores. Y al pasar a una tercera canción vi que bailaba para mí. Casi sin moverse, apenas doblando levemente las rodillas y llevando la cabeza, rítmicamente, de un lado a otro como un bote en las aguas perfumadas de un río en primavera. Y sentí en las puntas de mis dedos y en la palma de mi mano derecha su espalda, su cintura, que apenas se movía como un lento corazón enamorado. La oí musitándome palabras bellas. Poesía. Y sentí que mi vida, por fin, tenía sentido. Luego, por error, miré y oí otra canción del mismo grupo, pero sin ella. Y noté que al barbudo le faltaba un colmillo. Volví a la tercera canción, y cuando terminé busqué una cuarta. Parecía una canción rusa, y mientras el barbudo cantaba entre la nieve falsa de un falso Moscú, ella se acercó, delicada, etérea, como un coro de ángeles, y se quedó mirándome junto a un caballo blanco. Musitaba y me miraba desde aquellos ojos preciosos, ojos claros y serenos, ojos de espera, levemente oblicuos, que hacían juego con sus voces que eran muchas y eran de ángeles. Y entonces sucedió lo inesperado: el barbudo que cantaba la ayudó a sentarse en el quitrín, y se sentó junto a ella. Y la abrazó. Y ella lo aceptó y lo miró arrebolada, entregada, quieta, como enamorada. Me había dejado por aquel barbudo desdentado que le cantaba en inglés. ¡Puta!…
SEDUCCIÓN (Cuento basado en la obra pictórica NARANJAS Y LIMONES, de Julio Romero de Torre. España)
por Alejo URDANETA
Cada tarde la ven llegar a la casa señorial, vestida con la sencillez del dependiente pero mostrando en sus oscuros ojos la pasión y el dominio. Trae las macetas de flores con las que adornará la sala recogida en el claroscuro del crepúsculo. Parece que las flores supieran del cansancio de la mujer cuando sube los escalones de la casa. Deja la maceta y pasa luego al desván para cambiarse de ropa y dar inicio a un ritual que cumple a diario, desde que llegó a la casa como asistente en labores domésticas. En el descanso del último peldaño ha visto encendido el fanal que ilumina la entrada principal de la casa y es el anuncio de que el amo y señor la espera.
Se quita el traje raído y cubre su desnudez solamente con una blusa ligera y falda lisa, blanca, que dibuja las caderas firmes y la estrecha cintura. Lleva recogido el cabello en un moño y su rostro se ve apenas entre las sombras. Sólo los ojos brillan en ámbar negro y brillante y se destacan en la tenue penumbra. Ya está preparada y se dirige al jardín del fondo de la casa donde los árboles frutales propagan su aroma por el verde cuadro. Cada día permanece absorta entre la vegetación, aspirando el aroma y tocando con suavidad las frutas que cuelgan de las ramas: naranjas, limones, mangos. Los colores, a esta hora, han disminuido, pero aun así llenan su mirada y los ojos se hacen más brillantes. Su rostro no es dulce, y en la boca se muestra un rictus de poderío.
Recoge algunas naranjas, las más hermosas, y las coloca en un cesto.
En la mujer titila sin cesar una luz interior. Tiene un caleidoscopio de perfume y música en el que estallan los colores de todos los jardines, peces tornasol de ríos exóticos, las estrellas que sólo se ven desde el fondo de un pozo. No se siente ofendida por aparecer subyugada ante los caprichos del señor de la casa. ¿Será que quienes se presentan ásperos y expresan dominio, lo hacen porque no pueden tolerar la idea de pedir, rogar por algo que les puede ser negado? Quizás el amo quiera provocar en la mujer el acto de despojarse de la servidumbre, y si así fuese la recibiría con otro talante que pudiera ser de amor. Ella lo sabe, ya otras mujeres han padecido el falso poderío. Todos los que se inclinaban ante los caprichos del señor sentían que él estaba pidiéndoles una afirmación de su propio dominio. ¿Quién era la víctima?
Sube los tres peldaños que la conducirán a la habitación del dueño de la casa. Lleva la cesta con las naranjas, apretada a su cuerpo, y el rostro se dulcifica un poco cuando se acerca a la puerta. Arregla el moño y la falda. Se detiene y ve a su alrededor: sólo ella está en la estancia. Hace un movimiento del cuerpo y se despoja de la blusa. Senos firmes, redondos como las frutas del jardín. Saca del cesto las naranjas y se expande un suave perfume maduro. Con el hombro empuja la puerta y entra a la habitación dominada por la oscuridad. En el fondo del cuarto está la cama, y hacia allá se dirige con las frutas sostenidas con las dos manos. Se escucha el ronroneo del señor en su profundo sueño, y ella se queda de pie ante la cama, en silencio. En ese estado pasan algunos minutos: ella escucha el gruñido del señor, esperando que despierte.
Repentinamente, la mujer arroja las naranjas sobre la cama, al lado de su señor, y lo toca suavemente en el brazo. El hombre se mueve tratando de incorporarse. Cuando se sienta al borde de la cama, ve entre sombras a la mujer semidesnuda. Tiende las manos para atraerla hacia el lecho, pero la mujer rehúye el gesto. Si el hombre pudiera ver su rostro en este momento, advertiría el mismo rictus de dominio que ha visto en ella otras veces.
Como si la mujer pronunciara alguna palabra, el hombre echado en la cama siente el rechazo. Se levanta tras ella hasta la puerta, pero ya ha salido y baja las escaleras y llega al umbral de la casa. Abre el portón con violencia y sale a la noche.
Desde la ventana, el hombre la ve salir de la casa de piedra gris, la observa cuando desciende los escalones y llega a la calle.
El fanal de la entrada está ahora apagado.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
El Frío
por Alberto HERNÁNDEZEl vaho añejo del río penetra por la ventana del pequeño apartamento. Un desliz de quien narra destaca un par de ojos frente a una puerta cerrada. Quien gira la llave para entrar no es otro que Díaz Grey envuelto por el olor a tabaco, la pesadez de las cervezas y el ronco alarido de la sirena de un barco que no termina de dejar el puerto.
Una vez en el interior del pequeño reino del desorden, el eterno funcionario de cualquier ministerio, a punto de ser jubilado y con la muerte en los bolsillos, se desliza en silencio y coloca una bolsa sobre una destartalada mesa donde reposan papeles y lápices casi gastados.
El clima no favorece la escritura. Desde el puerto, el olor podrido a pescado y la mano de obra barata, los gritos destemplados de una mujer que pide auxilio para la salvación de su alma.
El personaje se asoma a la ventana y la ve. “¿Será la misma del sueño de anoche?”. Regresa al centro del cuchitril y abre la bolsa. Un pedazo de pan hace el diagnóstico: comenzar una novela no es fácil. No obstante, los papeles hablan con el viento, recorren la superficie de la mesa y, finalmente, caen al piso.
El escritor revisa su miseria: con los ojos semi cerrados traza las primeras palabras. Oye de nuevo el grito de la mujer. Oraciones cortas, cortantes. Un relato sin tiempo, sin espacio. Se inclina sobre los papeles y siente el frío contra las costillas. “El miedo le atenazó la boca… no, eso no está bien”, se dice. Se remanga la camisa. Estornuda. Respira hondo. Estira el brazo para tomar el resto de agua que queda en un descuidado vaso de vidrio. Desde el pasillo del edificio proviene un mundo disipado. El frío le rompe los huesos de las manos. Escribe: “Quien crea que la muerte es el mismo instante del nacimiento, no tiene idea de…”. Arruga el papel, enciende un cigarrillo. Se levanta y se abraza para calmar las agujas de la temperatura. Tiembla. Saca el pañuelo y se limpia la nariz. “Otra vez resfriado”.
“Let the wind speak”, aún oye el viejo verso. “Dejemos hablar al viento”. Las arrugas de la frente, la línea inequívoca de la boca: “El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que sólo yo le sintiera el agridulce, tenue olor; que ni la hija ni el yerno lo comentaran. Estaban obligados a ventear y fruncir la nariz porque ellos eran sus parientes y yo no pasaba de enfermero, casi falso, ex médico”. Ya no era Díaz Grey. Medina lo había poseído, lo llevaba de la mano hacia el grito espeso de la mujer en la acera de enfrente.
-Creo que tengo la idea.
Desde las primeras señas de un encargo, aquella Avenida Brasil 1.597, Medina ya sabía lo que le convenía. El hombre se levantó de nuevo de la silla y caminó hacia el baño, pero se regresó abruptamente: “Los cuidados y los castigos. Cuidar la agonía del viejo que era el primero de la serie de sus venganzas sin motivo proporcional”.
-Esa imagen me gusta.
Aturdido por el frío, el personaje se defiende de los fantasmas. Revisa una carpeta. Calienta un poco de café. Levanta la tapa de la tina. Se descubre en el espejo. Una mueca lo hace retornar a la mesa. Ve el cuerpo casi descompuesto del anciano en las palabras que aún revientan en las orillas de la memoria. Un viejo recuerdo, astillado, lo hace entrar de nuevo en la primera página de la novela. “Ella y yo preferíamos acostarnos con mujeres y alguna noche sin recuerdo chocamos en Santa María y yo no gané por merecerlo sino porque la mujercita en juego tuvo más miedo de mi carnet de comisario que avidez por lo que ella, Frieda…” -De nuevo los gritos de la mujer en la calle- “le estaba ofreciendo en el restaurante de la costa, sin intención de cumplir”. Sonrió. “La atrapé. Tengo la historia arrinconada”.
El novelista se acostó en la cama y se arropó hasta el cuello. La noche era un pedazo de sombra sobre sus ojos. Los cerró, se miró por dentro. Miles de puntos blancos nadaban en los párpados. Se acomodó de lado y comenzó a invadirlo un sueño liviano. En la calle aún se oía la insistencia de la mujer. Poco a poco, la realidad se fue disipando.
El frío lo hundió para siempre durante toda la noche. Sólo el olvido de Santa María podría salvarlo del silencio, pero esa es otra historia que algún día descubriremos en el archivo de un viejo escritor fallecido hace algunos años, que trata de soñar con una mujer.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Un verano en Estocolmo o Los sueños de Taube (cuento)
por Eduardo CASANOVASå länge skutan kan gå
så länge hjärtat kan slå
så länge solen den glittrar på böljorna blå
om blott endag eller två…
La orquesta arranca a tocar el vals de Evert Taube como si fuera una obra luminosa de Mozart. Luminosa lo es -mas no de Mozart- en el verano de Estocolmo. Como la voz de Sven-Bertil, el hijo de Taube, elegante, deportivo, obviamente actor, casado cuatro veces, que suele admirarse aún en el espejo a sus setenta y tantos años, y tiene razón, dice el espejo. En la primera fila de la banda, directamente atrás del cantante, hijo y actor, una jovencita muy linda toca el oboe y sigue con la cabeza el ritmo del vals, también con elegancia. Por un brevísimo instante mira, de lado, al director de la banda (¿la orquesta?) que se siente como si estuviera al frente de la Filarmónica de Berlín en un concierto dedicado a Beethoven, Beethoven en su mejor momento. La niña sonríe muy brevemente y escucha apenas la letra de la canción sin siquiera ver la espalda del cantante. Humedece sus labios cada vez que le toca hacer su entrada con el instrumento, que se pierde entre el sonido de los clarinetes, los varios y severos clarinetes que están en la segunda fila, tal como se pierden los acordes del arpa ahogados por los rítmicos trombones. La niña no comprende ni le interesa en realidad lo que canta Taube sobre un bote y La Habana y el Caribe y las olas azules. No le interesa. Sueña con llegar a ser solista bastante más al Sur. O, mejor aún, con encontrarse con su novio para aprovechar sobre la grama lo que queda del verano, que no es mucho. O con viajar por esos mares en el tiempo sin fin que el viejo Taube tanto soñó mientras recorría con su extraña guitarra sueca y su voz gruñona aquellos mares lejanos, poblados por campanas y por alegres canciones. Allá adelante está el público convertido en niebla. Sonrisas y sueños que también habitan el espacio del Skansen, el enorme museo al aire libre con zoológico y aldeas y ciudades y pueblos que en la isla de Djurgården fundó en 1891 Artur Hazelius, que es algo que la niña del oboe ignora mientras con la cabeza y el torso sigue el ritmo del vals de Taube. Vuelve a soñar los sueños de Taube.
Klara jobbet med glans,
gå iland någonstans,
ta en kyss eller två i en yrande dans!
Så länge skutan kan gå,
så länge hjärtat kan slå,
så länge solen den glittrar på böljorna blå.
Taube, el hijo, termina. Termina el vals y el cantante se retira. La orquesta toca una especie de fanfarria que anuncia el próximo número. Es como un circo. Un circo de verano. Taube hijo está contento. Otra vez lo aplaudieron. Y la niña vuelve a soñar los sueños de Taube.
25 cuentos de Salvador Garmendia
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Es casi un lugar común señalar que Salvador Garmendia(1928-2001) es uno de los maestros del cuento venezolano. Su producción en este género fue más amplia que sus novelas ya que publicó catorce volúmenes con ellos. Esta proliferación se espigó desde un momento en que sintió que la novela contemporánea se había comercializado tanto que él se entregó al cultivo de la narración corta. Fue entonces cuando prometió escribir 1000 cuentos. Sólo llegó a escribir cerca de 411 casi todos memorables, ocho infantiles, entre los cuales está el bellísimo Galileo en su reino (Caracas: Monte Avila Editores,1993. 50 p.).
Tras su deceso el universo de sus relatos han seguido vigentes porque además de su libro póstumo No es el espejo. (Caracas: Alfaguara, 2002. 158 p.) han circulado tres muestras de ellos: El regreso. (Caracas: Fundación Bigott, 2004. 315 p.), El inquieto Anacobero y otros relatos. (Caracas: Monte Avila Editores, 2004. 293 p.) y ahora Entre tías y putas. (Caracas: Bruguera, 2008. 211 p.), estos tres tomos, ordenados por su viuda Elisa Maggi, en compañía de su hija Altagracia Garmendia Maggi la amplia antología El regreso, clave para conocer los ámbitos de este cuentista. Las tres salectas nos permiten repasar otra vez los senderos de esta parte singular del escribir de Garmendia y gozar con su lectura.
Por ello encontramos aquí ante Entre tías y putas una serie que recoge dos temáticas constantes en Garmendia, las que nos señala su título.
Como sabemos Garmendia fue el creador de la ficción urbana en nuestra narrativa a partir de su novela Los pequeños seres (1959), que es un hito en nuestras letras. Y siempre sus fabulaciones suceden en urbes.
Aquí en Entre tías y putas sus ensoñaciones aparecen recuerdos de los días de su infancia barquisimetana que para él fue siempre una alta gracia, allí evoca y recuerda las inolvidables tías, todo ello convocado en su memoria por medio a su fino arte del recuerdo.
En cambio a la urbe trepidante pertenecen los relativos a las damas de la noche, cuya presencia en la vida de los hombres es tan importante, forman parte de su educación sentimental. La educación del burdel deja siempre su impronta, deja experiencias, por ello este escritor nuestro lo exploró no sólo con belleza sino incluso con ternura, a veces con piedad. Entre estos son paradigmáticos “El inquieto Anacobero”, “La diablesa de Armiño” o “Lo más parecido a un gato pintado”. Y, claro, el mayor de todos los suyos: “Tan desnuda como una piedra”.
Todo el contenido de Entre tías y putas sentimos que se cobija bajo unas líneas de “Personaje II” en el cual leemos: ”palabras con sabor, con tanto, con emanaciones y asperezas”(p.193).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Despertar
por Alejo URDANETAHa estado en coma por varios días. La trajeron a este lugar aséptico del Hospital Universitario, porque aquí cuenta con la atención médica apropiada, sin riesgos. Una complicación pulmonar que le impide respirar, y por eso la conectaron al tubo respirador. Ella no se opuso y, por el contrario, dio a los médicos esta solución que hemos consultado.
Nadie dice una palabra de la enfermedad de Cora ni de la sanación pedida a santos y doctores. Hay que esperar, es la única frase que se escucha en la puerta de la gran sala blanca. Y es tan joven para cargar con esto. Todos aguardan el momento de su despertar, sorprendida en la ruptura del sueño, y mientras tanto salen a ver las noticias de la televisión con la violencia cada vez más creciente: Cora en la Universidad en una toma del camarógrafo, delante de un grupo de sus compañeros de la facultad de Medicina, a los que arenga con decisión y claridad, en defensa de la autonomía universitaria y la libertad del pensamiento que el gobierno pretende cercenar. Allá detrás del parapeto improvisado para Cora se ve el humo de los gases y puede percibirse el miedo. Fue allí la caída de Cora a causa de un golpe de perdigón en el pecho. La protesta es justificada, dicen los parientes y amigos de Cora que pueden verla con autorización del responsable de la sala. Cora en la cama clínica, llena de tubos y pausas en la respiración, todo equilibrado para que el corazón funcione bien.
El sueño es controlado con sedantes, pero aun así hay momentos en los que Cora parece despertar, se mueve inquieta y ha abierto los ojos. Buen síntoma de mejoría, dice la madre a su lado en este momento de visitas, y aprovecha este despertar para hablarle a Cora al oído, quedamente, y le dice que la ama y que Dios la sacará de este dolor que es el dolor de todos, dalo por seguro hija mía. Y el tiempo pasa y Cora flaca y pálida, inconsciente y con un tubo en la boca y la respiración en ritmo calmado, repetido sin saltos. La respuesta de los médicos es siempre la misma: “todo sigue estable”.
Afuera continúa el ruido de los disparos, lo ven en las noticias de la sala de visitantes, separados de Cora por una puerta que impide el paso a quienes no sean médicos o auxiliares. Gente corriendo por las avenidas sombreadas de árboles de la universidad. Pueden verse los murales de Vasarely en la plaza central, y un vitral de Léger en la limpia construcción de la Biblioteca. Las cámaras de cine van presurosas detrás de las imágenes del polvo y la violencia, hasta el colorido fresco de Alejandro Otero en las paredes del patio cubierto, antesala del Aula Magna. El documento fílmico muestra a la Universidad – Alma Mater – en su serena luz de conocimiento y humanismo, y denuncia también la violencia que nace del odio y del dominio del poder por encima del cosmos: orden y armonía del espíritu.
Nadie sabe si esa bruma que aprecian en el movimiento es la nube tardía del verano seco, o es la explosión de las armas sobre estudiantes y todo aquel que pase cerca. Los policías están armados de odio cuando apuntan al joven que se oculta detrás de un árbol, y gritan y maldicen y avanzan sin pausa hacia un lugar cualquiera. No tienen plan de ataque, sólo la orden de atacar.
La hora de visitas ha terminado y la madre cuenta que ha visto reaccionar a Cora de su inmovilidad e inconsciencia. Sube el tono de la voz porque los disparos de la televisión llegan a la puerta de la sala, o así lo percibe ella.
Se pondrá bien.
También algunos médicos confirman que Cora parece haber tenido un despertar de la consciencia, ya en varias ocasiones. Pero no dura mucho y vuelve al sueño y a la respiración pautada y sin alteraciones. Entre ellos tratan del estado de salud de la paciente y se dicen que son reacciones físicas involuntarias y que en ningún momento ha recuperado la consciencia. Lo dicen a los parientes cercanos de Cora, no a la madre.
Habían disminuido los ataques policiales a la hora del mediodía. Los cuerpos caídos aumentaban la tragedia y continuaba la arremetida a pedradas de los estudiantes y muchas personas que acudían en su apoyo. Todo parecía apaciguarse salvo la angustia de Cora moviendo el brazo, abriendo los ojos como queriendo decir algo.
En el atardecer de ese día de convulsión y dolor, está la joven estudiante en la sala de cuidados intensivos, despegada del caos en la ciudad universitaria. Se ha movido y sus ojos han buscado la luz de la lámpara como única orientación. No escucha las noticias que transmiten los medios audiovisuales, y no sabe qué le ocurrió ni lo que sucede en la universidad, cerca de ella, de su Hospital Universitario donde ha aprendido mucho del ser humano.
Y es ya noche cuando Cora se sienta en el borde la cama y se quita las sábanas. Hace el intento de levantarse pero está débil y no sabe cuál es el lugar de su blanca prisión, durante días en los que no tuvo conocimiento de nada ni a nadie reconocía. Los enfermeros guardianes la ven con sorpresa y alarma y siguen sus movimientos: el rostro ha tomado color, los ojos ahora pueden ver y miran hacia el techo iluminado, como bajo el efecto de una alucinación, ya limpios del velo que los cubrió por tanto tiempo. Se acercan más los enfermeros, atentos a la joven mujer que no debe hacer ningún esfuerzo; pero ella se quita bruscamente el aparato que la auxilia para respirar, y en su boca de juvenil belleza aparece una sonrisa de triunfo y alegría. Casi no puede hablar, ella lo sabe ahora, pero se escucha su voz grave y profunda, como una oración pronunciada con recogimiento en el templo, y dice que la violencia cesó y que el rector de la universidad ha declarado la terminación del conflicto. Esas pocas palabras, pausadas y claras. Los enfermeros callan pero no comprenden.
El orden se ha impuesto y todos regresan y abandonan el campo de batalla, donde algunos han muerto y quedan otros heridos, todo regado de pólvora y balas y piedras y ruina; de sangre y de llanto.
Cora está sola.
Una sensación de sosiego llega a Cora en su espíritu confuso. La invade una exigua y serena paz que no le basta, y por eso la seguirá conquistando cuando salga del Hospital Universitario.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
La Plaza Bolívar
por Alberto LOSSADA SARDIPasando por la Plaza Bolívar me llamó la atención un anciano, que, acompañado por su perro, miraba, absorto, los alrededores. No aguanté la curiosidad y me acerqué a él preguntando qué era lo que tanto le llamaba la atención, y, educadamente, me dijo, con el sonido de un levísimo acento español de clase alta:
-“Yo nací aquí, en esta ciudad, pero los avatares de la vida me llevaron a pasar la mayor parte de mi vida fuera de ella, y es, ahora, una ciudad totalmente distinta para mí. Y, sinceramente, no me acostumbro. Aunque aquí, donde me ve, aparento muchos más años de los que realmente debería tener, el peso de una vida llena de complicaciones y luchas me ha envejecido de tal modo, caballero. ¿Y usted, también es de aquí?….”
-“Si, de los pocos caraqueños que quedamos. Esta es, hoy por hoy, una ciudad en la cual abundan los del interior y las más variopintas nacionalidades…”
-“Perdón, caballero, ¿qué quiere decir con ‘del interior’?”
Tomándolo por un español “asimilado” (ya que lo sabía nacido aquí) le dije:
-“Lo que en España llamarían provincianos…”
-“¡Ah, entiendo!”. “Y esta estatua es de ¿Bolívar? ¿no es así?”
-“Así es, mi buen señor. Nuestro Padre de la Patria. Lástima que cayó como símbolo de una ideología política que, para más, es extraña a nuestros principios”
-“Perdón, pero no comprendo. ¿Tendría la gentileza de explicármelo?”
-“La verdad es que nos llevaría demasiado tiempo hacerlo, pero déjeme abreviarle diciendo que el actual régimen es seudo-marxista y ‘bolivariano’. ¿Cómo justificar la mezcla de nuestro Libertador con el hombre que más denostó de él? No lo sé, no lo entiendo, como no entiendo la mayor parte de las locuras que pasan en el país por estos días”
-“Mire, ese señor que entra en aquella casa de color amarillo rodeado de tanta gente, ¿es alguien muy importante?”
Alcancé a ver a Nicolás Maduro y su nube de guardaespaldas entrando en la Cancillería…
-“Bueno, él cree que sí, pero la tomadura de pelo con él es general. Hasta sus copartidarios lo hacen objeto de sus chanzas, y la gente que viene con él son sus guardaespaldas”
-“Pero, si es el Canciller, ¿no es un político muy importante? ¿Y con tantos guardaespaldas?”
-“No sé si ahora lo sea, pero de chofer de Metrobus, esos autobuses que seguramente habrá visto, verdes o grises, pasó a diputado, de allí a Presidente de la Asamblea y ahora es Canciller…”
-“¿Un chofer de autobús? Pero, ¿qué preparación tiene, en qué se ha destacado?”
-“Hasta ahora, en hacer lo que le ordene el jefe sin hacer preguntas y sin objeciones morales”
-“¿El jefe?, ¿qué quiere decir?”
-“El presidente, buen hombre. Hugo Chávez…”
-“¿Por acaso, será uno que lleva un blusón rojo por fuera, que habla mucho y no dice nada y que, aparte del mal talante, ofrece el fuego del infierno a quien no esté con él?”
-“Eeese messmo..”
-“Pero, ¿Bolívar no les alertó de la anarquía que sería un gobierno de la pardocracia?”
-“Sí, pero resulta que, según Chávez, aparte de que nunca ha hablado de eso, Bolívar era negro, o, al menos, mulato o pardo, de Birongo…”
-“¡Pardiez, me cachis en la mar salada! ¿Y de dónde sacó eso?”
-“Demagogia, buen hombre, pura demagogia. Pan y circo para el pueblo. Y eso no es nada, anunció hace unos días que Bolívar fue asesinado y que le habían obsequiado un mechón de su cabello que iba a mandar a analizar para saber con cuál veneno había sido”
-“Pero si es bien sabido de qué murió….”
-“Bueno, vaya usted y, si consigue acercársele, trate de decírselo”
-“¿Y el Congreso no tiene nada que decir?”
-“Congreso, no, Asamblea Legislativa, y la Presidente es la mujer de Maduro, que, trabajando de administrativa en la policía científica logró graduarse de abogada y ése es el “premio” que le dieron”
-“Pero”, dijo el anciano y noté que temblaba, a mi parecer, de ira, “entonces este país se fue a las puertas de Hades o a umbríos sitios del Tenaro o Caronte, del Aqueronte, lo visita para asegurarse de que paguen el viaje… Le agradezco, caballero, la gentileza que ha tenido para con este pobre anciano, ahora más anciano que antes, pues si esto es un brevísimo recuento de lo que vivimos, no deseo oír el resto. Con su debida venia me retiro, pues debo hacer algunas cosillas…”
-“Pero no me ha dicho su nombre, buen hombre, ¿con quién he tenido el gusto?”
-“No es importante, caballero, aún cuando alguna vez”, me dijo guiñándome el ojo, ”en algunas correrías amorosas me llamaban Pepito, por mi segundo nombre”
-“¿Y el primero?”
-“Ya le dije, no es importante. Sólo le digo que Neruda dijo que despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo….”
Quedé estupefacto. ¿Sería posible que el anciano fuera…? y me volví a verlo, pero ya se alejaba y oí, claramente, cuando, con una voz melancólica, decía al perro:
“Vámonos, Cenizo, he arado en el mar….”
Alberto Lossada Sardi, diplomático y escritor, nació en Caracas en 1950, en el seno de una familia de diplomáticos e intelectuales. Como diplomático ha servido en Estados Unidos, la Unión Soviética, Portugal, Ecuador, Nicaragua, Libia y Francia. Su más reciente cargo fue el de Ministro-Consejero Encargado de Negocios en Portugal. También ha ejercido varias funciones en el Servicio Interno del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Tamar
por Alejo URDANETANo tenía un nombre usual: Tamar, y se hurtaba de la relación con otras personas. Sólo vivía para atender a su hermano, Juan Pablo, inválido después de un accidente que todavía es objeto de investigación policial. Tenía el aire pensativo de quien está ausente, pero repentinamente cambiaba su expresión y se escuchaba una voz inquieta; en mitad del sosiego llegaban a tocarla vivas ideas de arrepentimiento que poco duraban. Era de espíritu victorioso, de enigmas suspendidos. A ella le gusta verse sola, desligada del mundo, y por contraste deseaba hablar del suceso que arruinó su vida. Pero más podía el temor que la obligaba a callar.
Al ocurrir el accidente de su hermano, sintió Tamar que se cumplía una fatalidad, y que era de ella la culpa. Y todo comenzó cuando apareció Julia en la vida del hermano inválido, con el deseo de poseerlo y desplazarla. Y era el mes de abril invadido por el aroma del espliego en el silencio de la casa, cerrada en un mutismo extático.
A veces ella reconstruye lo sucedido pero calla ante Julia. Supone que la novia de su hermano ha tenido intervención en el hecho que trastocó su vida tormentosa para hacerla hueca de pasiones.
Tamar sabía de las verdaderas razones del hecho que arruinó la salud de Juan Pablo, y nada decía: bastaba con la compasión y la espera. Y no había que decirlo porque ella tenía algo en su mente absorta que la conmovía y le causaba confusión. La educación religiosa recibida de la madre había adquirido en Tamar la gravedad y el ánimo sereno de los que han renunciado a la felicidad. Espiaba los menores estremecimientos de su conciencia en el empe?o de no trasgredir las reglas de conducta de la casa. En el tiempo de la adolescencia Juan Pablo fue para ella hermano y héroe, compartían juegos y riesgos y se ocultaban para no develar las emociones descubiertas en libros y estampas. Una vez Juan Pablo leía de la Biblia el pasaje del Libro de los Reyes, en la historia de Amnón que narra la violación que cometió con su hermana Tamar. La coincidencia con su nombre produjo en ella curiosidad cuando encontró a Juan Pablo en la lectura del pasaje bíblico. Insistió muchas veces en ver el libro y nunca logró que su hermano se lo mostrase. Guardaba una duda sobre el sentido del acto de Juan Pablo. Tamar y Amnón no era sólo una coincidencia. Se decía que las Escrituras siempre tienen razón. El amor es un manantial de donde surgen todas las aflicciones: la indiferencia, al principio; el odio, después. Y ambos son el enga?o y el deletreo de la carne. No se posee sino lo que no tenemos, y cuando lo poseemos se escapa. Deseo de posesión destructiva, cuerpo de sacrificio ante la imposibilidad de eludir sus embates.
El acercamiento entre ellos fue tomando rumbos inesperados. Juan Pablo se encerraba en su cuarto e imaginaba la soledad de Tamar al celebrar el rito solitario que lo acercaba a ella. (Se la imaginó más blanca que su propio ropaje de noche y ocupada completamente de Dios). Tamar lloraba de ansiedad, y con algo más que lágrimas humedecía las sábanas con el flujo incontenible de sus fantasías (Aquel corazón suyo se dilataba hasta el punto de llenar todo su ser. Atravesada por bruscos espasmos, con las rodillas juntas, permanecía replegada sobre aquel latido).
Buscaban pretextos para no estar juntos y al mismo tiempo sentían la atracción que finalmente los confundía en rubor y desasosiego. Era para la hermana el tiempo que precede a la adolescencia plena, y alimentaba su fantasía con símiles que podían parecer llenos de cursilería, pero los únicos que le daban alguna comprensión de su padecimiento. En todo colaboraba la obra de lecturas que todavía no decían para ella la áspera verdad de sus emociones, pero las avivaban. En las horas que dedicaba al cultivo de las plantas del jardín, imaginaba el combate de las raíces, el calor latente bajo el suelo, la lucha sin tregua de la pasión aun en la oscura morada de la tierra, y percibía en cada corola la voraz espera de la savia. Rezaba siempre cruzando sus palabras de perdón con arrebatos que la dejaban exhausta, cuando el temblor de su cuerpo desnudaba la culpa y el deseo insatisfecho. Fueron a?os de convivencia con un secreto que era deleite y vergüenza, y graves fueron los motivos de Tamar para ocultar lo sucedido a Juan Pablo. Se imponía a ambos el deber de guardar la pasión que era sólo de ellos. En la intimidad sentían tener toda la noche en las venas, adivinarse en las tinieblas para envolverse luego en la sensación de lo prohibido; sólo deseándose para sacudir el deseo de vivir. Todavía no salía de su silencio el ansia de una entrega sin contención. Y cuando el impulso de la atracción mutua salió del recinto de la obsesión, ya no se contuvo más; se sentían a salvo aunque eran conscientes de que podían herir prejuicios y quebrantar reglas. Nadie hubiese perdonado una trasgresión pecaminosa. La sensualidad asumía paso a paso su poder sagrado en el ambiente aislado de la casa, y los hermanos comenzaban a anudar sus lazos y a descubrirse con la mirada y con el tacto, cada día más hasta crear en ellos la ansiedad de la dependencia. Recordarán siempre aquel día en que fue interrumpido el ritual por la asombrada madre, la danza de los cuerpos en el oleaje de un calor lluvioso, sobre una hamaca que se mecía como no se mecen las hamacas… Eran todavía adolescentes cuando eso ocurrió, pero al quedar solos en la casa a la muerte de la madre, continuó por a?os la entrega deseada y delirante con la que parecían invocar dioses que desatan tragedias, demonios de la melancolía y el llamado de la muerte. Sus encuentros estaban cargados de vehemencia, y la voluptuosidad tocaba sus sentidos avivados con objetos que llevaron a la casa para crear sensaciones que estaban más allá de los límites de la continencia, y reproducían en cuadros vivos el amor pasional que dibujaban en el sombrío hogar. Restaba después el cansancio y la búsqueda del sosiego nunca logrado. Los amantes trataban desesperadamente de fusionarse en el éxtasis, pero caían en el infierno de la imposibilidad de amarse. Entre ellos se mantenía un combate áspero y perpetuo, el desafío de la seducción, y creían que buscaban el amor completo que implica el abandono de la individualidad y el dominio. Por momentos sentía Juan Pablo aborrecimiento contra su hermana, y Tamar se hallaba atada a una relación que había comenzado como pasión y reto pero ahora era un castigo a su libertad. Del placer pasaron al antagonismo y a veces los dominaba la ira, al no poder alcanzar paz ni satisfacción en la persecución del amor, cuando la pasión cedía y quedaba la soledad. Los gemidos de la sensualidad eran ahora lágrimas rencorosas y cargadas de celos, y el duelo por la pérdida otra forma de la lujuria.
Ya desde entonces Tamar guardaba cartas y fotografías, confesiones del amor que nadie podría ver. En un cofre de madera iba reuniendo las muestras de la pasión, y lo escondía en un rincón de su cuarto, para llevarlo luego a un lugar más seguro.
Luego llegó Julia con el título de novia para adue?arse de la voluntad y el deseo de Juan Pablo, y con Julia vino el distanciamiento entre los hermanos y la sorda rivalidad de Tamar.
Solitario en sus pensamientos para tratar de comprender la causa de su invalidez, caía Juan Pablo en ensimismamiento con el que evitaba responder a las preguntas de su prometida. Ya sabía por boca de Tamar de la existencia del cofre donde se guardaban fotografías de los hermanos y declaraciones pasionales, y trató de rescatarlo para destruir aquellos secretos. Julia lo supo también, quizás por confesión de Tamar, para quien aquellos objetos no eran culpas que purgar sino apasionada evocación del viejo deseo insatisfecho.
?Fue Tamar la causante de la agresión? Quizás el miedo o los celos la llevaron a disparar sobre Juan Pablo el viejo revolver en el patio de la casa.
El color y aroma del espliego se extendieron en la vieja casona.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.
Héroes Caídos
por Alejo URDANETAAl anhelo de todos por la paz
La inútil guerra entre los pueblos vecinos fue cruenta. Se contaban por miles las víctimas fallecidas por la violencia, sin hablar de los heridos. Ninguno de los bandos podía asegurar si sentía orgullo por la heroicidad de sus soldados sacrificados en la guerra, y sin embargo los gobiernos de cada pueblo erigieron monumentos para honrarlos. Se dijeron discursos altisonantes para exaltar el nacionalismo y la entrega del sacrificio, se les condecoró en forma póstuma. Cada nación se atribuyó la victoria y condenó la crueldad del contrario. Hablaban de muerte heroica y la santificaban con la gloria. Los huesos enterrados con honores, uniformados y cargados de medallas, eran la prueba de la fuerza de los ideales y la capacidad para dar la vida por una causa justa.
Los rumores comenzaron a circular al poco tiempo, uno o dos años después del armisticio que trajo una paz maltrecha. Se decía que los cadáveres salían de sus sepulturas, igual en cada pueblo, y que los habían visto cruzar la frontera. Se reunían luego en el campo de batalla donde se había decidido el enfrentamiento con una exigua paz. Eso decían los rumores.
En poco tiempo se extendió el miedo. Nadie salía de su casa al anochecer. Hablaban las gentes de la inutilidad de la guerra, lamentaban la desgracia por tantas vidas perdidas. Cada hombre había dejado en la muerte a algún ser de su afecto, muchos niños fueron a orfanatos, lloraron las viudas de soledad.
Pero siempre el olvido cae sobre los acontecimientos de la vida, y es posible que hasta la guerra fuera un suceso del pasado. Sólo algunos pocos que la habían padecido en forma directa la recordaban con dolor. El impulso de vivir se imponía, pero los hechos se niegan a ocultarse en el olvido.
Años después vieron los pobladores de cada territorio que muchas sepulturas habían sido violadas. Alarmados todos ante tal sacrilegio, acudieron a las autoridades públicas y denunciaron el hecho. Cada nación gritaba por la ofensa a la gloria, lo que indujo a los gobernantes a designar comisiones que indagaran lo sucedido y buscaran remedio a tan grave afrenta.
La circunstancia obligó a ponerse de acuerdo a quienes habían sido acerbos enemigos. Resolvieron comprobar la veracidad de los hechos y hallar a los responsables. Invocaban el castigo al ultraje, cada uno con mayor apasionamiento que el otro. La profanación merecía castigo.
Médicos legistas, científicos, el clero de cada bando, gente de toda clase fueron a los cementerios en comisión mixta. Parecía que se avenían bien al encuentro. Analizaron el terreno de los camposantos, observaron la tierra removida en las tumbas, rotas lápidas se veían de cada lado. Uno a uno fueron vistos y escrutados los túmulos de la gloria.
El descubrimiento fue todavía más sorprendente que el hecho que investigaban. Comprobaron que los héroes de un bando, a quienes identificaron por sus uniformes de guerra y condecoraciones de oro, estaban ahora en las sepulturas del cementerio enemigo.
Héroes caídos que pudieron abrazarse.
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.










ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Medardo Fraile nació en Madrid en 1925 y está residenciado en Escocia. Es Miembro Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela. Es un escritor a menudo adscrito a la llamada “generación del medio siglo” y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Ha publicado también novela, teatro, ensayo, crítica literaria y crónicas. Sus relatos se caracterizan por su estilo sobrio y por su mímimo desarrollo argumental. Aunque predomina un enfoque realista, centrado en la recreación de ambientes y costumbres, está bastante alejado del estilo característico de la generación de los años 50, en la que suele incluírsele. Está dotado de una aguda capacidad de observación, un lirismo contenido y una ternura triste. Sus cuentos son a menudo cuadros magistrales de la vida diaria (véanse por ejemplo los recogidos en Con los días contados), en los que la reducción de la anécdota -que a veces se limita a recoger una escena o tipo- y la preferencia otorgada al lenguaje coloquial, son rasgos definitorios. En el prólogo al volumen que recoge sus cuentos completos, Ángel Zapata menciona su “estratégica, intensísima y pionera deconstrucción del relato tradicional".

Alberto Lossada Sardi, diplomático y escritor, nació en Caracas en 1950, en el seno de una familia de diplomáticos e intelectuales. Como diplomático ha servido en Estados Unidos, la Unión Soviética, Portugal, Ecuador, Nicaragua, Libia y Francia. Su más reciente cargo fue el de Ministro-Consejero Encargado de Negocios en Portugal. También ha ejercido varias funciones en el Servicio Interno del Ministerio de Relaciones Exteriores.
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