Categoría: Escritores
¿POR QUÉ ESCRIBO?
por Eduardo CASANOVAHoy, a mis setenta años, cuando ya nadie duda de mi condición (y mi vida) de escritor, sigo preguntándome: ¿por qué escribo, para quién escribo? Y todavía no he podido dar con la respuesta apropiada, o las respuestas apropiadas. Empecé a hacerlo muy joven, a los seis o siete años, que es una edad en la que no se tienen intenciones. Entonces escribí lo que podría ser una novela, llamada “Vida de gatos”, y como mi letra era pésima, acepté la oferta de mi hermana Carlota Emilia, que se convirtió en mi amanuense. El resultado terminó en una pequeña caja fuerte que le quitamos a nuestra tía Santos Emilia Sucre y junto con una afeitadora eléctrica de mi padre (ninguno de los dos quedó muy satisfecho con su respectiva pérdida, pero no había a quién culpar, como no fuera a algún ratero nocturno) y mi colección de metras (canicas), terminó enterrado en el pequeño jardín trasero de nuestra casa en la Avenida Arismendi de El Paraíso, en donde hoy está una de las patas de “La Araña”, en gran distribuidor de tráfico del Oeste de Caracas, construido en tiempos de uno de los mejores gobiernos que ha conocido Venezuela: el de Raúl Leoni. Después de eso escribí numerosos cuentos, poemas y obras de teatro que hoy pueden estar en manos de la Biblioteca Nacional, si no se los llevó por delante el afán destructor del peor gobierno que ha conocido el país, el que todo lo ha arruinado desde 1999. A los quince años escribí una novela fantástica, llamada “Nilo, el homocán” cuyo fin se basaba en el terrible accidente que ocurrió en Le Mans el 11 de junio de 1855, cuando el corredor Pierre Levegh, por evitar un encontronazo con Fangio hizo una maniobra extraña, perdió el control y estrelló su máquina contra el público, con un resultado de 82 espectadores y el propio Levegh muertos. Ese original también debería estar en la Biblioteca Nacional. Y a los veintiuno escribí otra novela mucho más razonable, llamada “Los cinco moldes del diablo”, que narraba el retorno a su pueblo natal de un personaje que fue importante, pero regresaba convertido en un alcohólico, viudo y con cinco hijas muy feas, pero dueño de una gran fortuna porque nunca había vendido las tierras que heredó de su padre. El jefe civil del pueblo, un tarambana, se enteró de esto último y decidió seducir a las cinco jóvenes, pero el abogado del personaje lo traicionó y lo arruinó, razón por la cual las cinco terminaron de putas en el burdel que el jefe civil montó en la casa familiar de ellas, mientras el padre se quedó varado en la bodega (taberna) del pueblo. Una trama parecida, aunque con una variación mayor: las cinco se convirtieron en tres y en vez de ser feas eran muy bellas, fue la que usé, ocho años después, en Copenhague y luego de haber vivido cuatro años en Buenos Aires, para reescribir la novela que creía perdida (apareció tiempo después entre los papeles de mi madre, que murió en 1983 y la había conservado con ese afecto que sólo una madre puede dar). Y esa fue la primera novela que publiqué, “Los Caballos de la cólera” (Monte Ávila editores, Caracas, Venezuela, 1972). Con ella, según la crítica venezolana, irrumpí en el escenario de la literatura venezolana. Fue muy bien aceptada, no sólo en Venezuela sino en casi toda América Latina, en Estados Unidos y, tiempo después, en España. Después llegaron otras doce, y la decimocuarta acaba de ser la finalista de un gran premio y promete darme grandes satisfacciones. Y en todo ese tiempo, no menos de sesenta y cuatro años, he seguido preguntándome el por qué de que, tan joven, haya decidido que mi destino fuese el de ser escritor. Hoy tiendo a creer que no es otra cosa que la necesidad de expresarme. Para mí escribir es como hablar. Y eso explicaría también la necesidad de publicar. Porque al hablar me comunico, comparto, y al publicar lo que escribo también me comunico, también comparto. Escribir, para mí, es una forma amplísima de conversar, de no quedarme con lo que digo, sino entregarlo al diálogo enriquecedor. No importa que no conozca, que no vea, a mis contertulios. O que no reciba las opiniones de la inmensa mayoría de ellos. Están allí y es lo que importa. Escribo, pues, por necesidad vital. O, quizá habría que decir, como alguna vez dijo ese maravilloso y burlón genio llamado Jorge Luis Borges, con quien un par de veces conversé en Buenos Aires sin dejar registro: porque no pudo evitarse.
LA VISITA
Cuento de Medardo Fraile
por Colaboraciones
Cuando vino Visitación a visitarnos, nuestra casa se fue iluminando poco a poco, aunque nosotros, de momento, no nos dimos cuenta.
-Mira hijo, aquí está Rafaela, que viene en plan de guasa-, dijo mi madre.
La conocíamos, la habíamos visto en alguna parte, era o parecía amiga nuestra, pero no llegó disfrazada de Rafaela ni de nada.
-Los años no pasan por ti, Rafaela… Tú, con tu humor de siempre…
Y yo miré a mi madre, porque para mí estaba claro que no era Rafaela.
Mi madre había abierto la puerta y ella, con los brazos abiertos, le dijo:
-¿No te acuerdas de Visitación?
Y mi madre se quedó un punto perpleja y se echó a reír:
-¡Visitación…! Qué cosas tienes, Rafaela… ¡Tú siempre con tus bromas!
Y, pasado un rato, dos o tres minutos, yo no había visto el piso con tanta luz desde que en la Nochebuena vinieron mis tíos y mis primos para pasarla juntos.
Mi madre no paraba de mirar y remirar a Visitación y dijo:
-¿Quién te ha maquillado tan bien?
-¡Huy! –respondió la señora-, ¡Si vieras el tiempo que hace que eso no me preocupa…!
La mujer entonces me miró sonriendo:
-¡Hay que ver lo crecido que está Teodorito! ¿te acuerdas de aquel tren de madera que te regalé cuando te pusiste tan enfermo con cuarenta de fiebre?
Yo lo recordaba muy bien, pero me callé.
-¿Fuiste tú la del tren?- dijo mi madre-. Yo creo que no, que fue Librada, la mujer de mi hermano, que estaba entonces embarazada con el primero… Luego, tuvieron tres más…
-Fui yo, mujer… Mira, aún me acuerdo… Era una locomotora verde con chimenea roja y cuatro vagones verdes y amarillos…
Mi madre se quedó pensándolo:
-Quizá tengas razón, hija… Como no hacía todavía un año que había muerto Paco, no andaba mi cabeza para pensar en juguetes.., No sé…
Estuvo bastante tiempo allí, o eso me pareció, la mujer que no era Rafaela, a la que mi madre y yo no paramos de mirar y ella, tranquilamente, venga a sonreírnos y a charlar, tan feliz de vernos.
-En fin, Rafaela…
-Visitación- rectificó ella.
-En fin, Rafaela –insistió mi madre-, el tiempo nos cambia tanto que no nos conocemos…¡Hay que ver lo que has cambiado! Hasta tu nombre es otro, según parece… Lo que es vivir en el extranjero…
-¡Y tú también, Jacinta, y tú también!
Al fin se levantó, muy satisfecha, me dio un beso, abrazó a mi madre y, al despedirse, nos dijo:
-¡Y a ver si ahora no pasa tanto tiempo sin vernos! Tan amigas como éramos, ¿te acuerdas?
-¡Llevas razón, hija! ¡Llevas razón, es verdad!
La oímos bajar por la escalera y nuestro piso, mientras se alejaba, se fue quedando a oscuras y entonces nos dimos cuenta de la mucha luz que había cuando estaba allí y mi madre, algo precipitada y temerosa, se fue a encender la luz de la cocina.
-¡Qué pronto se ha hecho de noche!- exclamó.
Y enseguida dejamos la puerta entornada y nos fuimos al piso de doña Matilde, que tenía teléfono, para llamar a mis tíos, por si habían visto ellos a Rafaela. Mi tío le dijo:
-Rafaela se marchó a Alemania con su hijo, el que se fue a trabajar allí y se casó con una de aquel país. Que yo sepa, no ha vuelto por aquí desde hace más de siete años… A lo mejor ha muerto, porque tenía unos cuantos años más que tú…
-¡Dios no lo quiera…! Pero si que me lleva bastantes años… Acuérdate de que era amiga de madre…
El le preguntó por qué le interesaba tanto saberlo y ella le estuvo contando lo de Visitación. Cuando acabó oí que el tío le decía alzando mucho la voz:
-Y si no estabas segura, ¿por qué no le has dicho que se fuera?
-Pues no lo sé… Porque me parecía que la había visto alguna vez… No me atrevía a hacerlo…
-¡Tú estás loca! Mira a ver si te falta algo en la casa…
Volvimos y estuvimos viendo si nos faltaba algo pero no echamos nada en falta.
Las pocas veces que hablamos ahora de eso soy yo el que lo saca a relucir, y mi madre sigue nombrando a Rafaela y no a Visitación, como si no quisiera hablar de fantasmas, o sintiera algo de miedo… Rafaela una y otra vez: no hay quien se lo quite de la cabeza…
Medardo Fraile nació en Madrid en 1925 y está residenciado en Escocia. Es Miembro Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela. Es un escritor a menudo adscrito a la llamada “generación del medio siglo” y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Ha publicado también novela, teatro, ensayo, crítica literaria y crónicas. Sus relatos se caracterizan por su estilo sobrio y por su mímimo desarrollo argumental. Aunque predomina un enfoque realista, centrado en la recreación de ambientes y costumbres, está bastante alejado del estilo característico de la generación de los años 50, en la que suele incluírsele. Está dotado de una aguda capacidad de observación, un lirismo contenido y una ternura triste. Sus cuentos son a menudo cuadros magistrales de la vida diaria (véanse por ejemplo los recogidos en Con los días contados), en los que la reducción de la anécdota -que a veces se limita a recoger una escena o tipo- y la preferencia otorgada al lenguaje coloquial, son rasgos definitorios. En el prólogo al volumen que recoge sus cuentos completos, Ángel Zapata menciona su “estratégica, intensísima y pionera deconstrucción del relato tradicional".
EDUARDO CASANOVA FINALISTA EN EL PREMIO IBEROAMERICANO DE LITERATURA ARTURO USLAR PIETRI
por NoticiasInformó el profesor Carlos Pacheco, presidente del Jurado del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri que la discusión final entre los integrantes del jurado, integrado además por Jordi Carrión, Francisca Noguerol, Miguel Gomes y María del Pilar Puig, se centró en las novelas “Blue Label”, de Eduardo Sánchez Rugeles, y “La jaula de los tigres”, de Eduardo Casanova, ambos venezolanos. Al final privó el criterio generacional y el premio le fue otorgado a Sánchez Rugeles, autor aún inédito de 31 años que utilizó un lenguaje juvenil en su obra. Sin embargo, destacó que la novela de Casanova impresionó vivamente a todos los integrantes del jurado, pero, desafortunadamente, las bases del premio no permiten que se divida entre dos participantes. El monto del Premio se había anunciado en 25 mil dólares americanos, pero por disposición del gobierno venezolano quedó finalmente reducido a menos de la tercera parte de esa cantidad.
Huayra: La transparencia
(Viaje de Freddy Hernández Álvarez en una novela con Armando Reverón)
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-

Un mar verbal dilata la mirada de quien narra a través de una máscara de carnaval, de héroe de lucha libre, mientras en el Castillete la luz se difumina en el silencio de Armando Reverón.
Juanita aguarda –detenida en el tiempo, suspendida en el aire- el último relámpago de las manos del loco de Macuto. Por ese tejido frecuenta Freddy Hernández Álvarez, quien con Huayra: la transparencia regresa al pintor, constante en sus afanes como narrador de largo aliento y de porfiado navegar por las aguas de su costa natal.
Publicada por la editorial En Ancas, esta novela de Hernández Álvarez obtuvo el Primer Premio de Narrativa de la VIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre” y fue finalista del Premio Planeta “Miguel Otero Silva”.
Lamentablemente, la difusión y la crítica en nuestro país son demasiado mezquinas y displicentes. Sin embargo, el silencio en que la han mantenido enriquece su vigencia, la coloca en el sitio de las buenas y extrañas novelas dedicadas al país.
El narrador, que se desdobla en muchos personajes y multiplica en el tiempo, recorre el territorio de una nación desleída, un imaginario en el que la costa se funda desde un nombre de profunda sangre indígena, y en el que mora la luz de quien fragua la transparencia plástica.
2.-
“Juanita me dice: “Una rosa tan roja, tan roja como la sangre, tan rojo como el amor de Armando Reverón”, y se acercan desde El Playón Armando y César y yo le digo a Juanita que los dejemos solos, tienen mucha luz que decirse, que eso de hablar de la luz es muy serio. Ese sueño del globo azul fue vespertino, hay otros sueños tan azules, quizás más brillantes, los de la ciudad nocturna, los azules infinitos del neón. Es otra ciudad y también aprendemos a soñarla”.
En este segmento podría estar el centro de la novela de Freddy Hernández Álvarez. El sueño, una realidad que cuestiona el olvido, fecunda las acciones que el narrador usa como justificación para mostrarnos la pequeña arcadia a la orilla del Caribe: En el sueño, invadido por una intensa luz, los actantes de la historia de un territorio visible: Armando Reverón, César Rengifo, Juanita y las múltiples voces o personajes que estructuran este trabajo del escritor guaireño radicado en Puerto la Cruz.
El discurso de un país por donde vemos pasar el poder en la figura de Presidentes que discurren por las páginas como manchas, como simples susurros, como un eco ininteligible, y dejan un momento estático, rodeado por la efervescencia lúdica del niño que frecuenta las acciones. Relata el narrador sus andanzas por Macuto, el niño que aprende de un loco, que entra y sale de la mirada extraviada del barbudo. El niño -¿será el mismo Freddy?- que sube al techo del Castillete, juega con el mono y con las muñecas y se imagina el mar en los colores de Reverón. Prevalido de una rica historia, el autor juega con el tiempo, con su tiempo, lo traspone, carnavaliza eventos, los desubica: en esta pertinencia metaficcional Freddy Hernández Álvarez revisa la magia doméstica de una voz ajena que se inserta en los acontecimientos colaterales de un espacio histórico que lo atrapa, lo obsesiona, lo remueve y lo extrema.
3.-
A esta novela se entra y se sale por el mar. El personaje crece en la medida en que el tiempo hace su labor. La Caracas de los años 50, la de los techos rojos dibujados por la prosa de Enrique Bernardo Núñez, relata sus avatares, sumerge a los personajes en el fárrago de una ciudad festiva, aturdida por los primeros brotes de la violencia urbana.
Las referencias a la realidad de la época fortalecen el contenido de esta obra: Enrique Bernardo Núñez se revela en la transparencia de Reverón, y Guillermo Meneses es circundado por los hallazgos de su propio imaginario: la Balandra Isabel se libra del silencio, vacía la tripulación en los burdeles de aquella vieja Guaira donde una mano toca los muros de la sombra, el azul escondido en los placeres de la nocturnidad inundada por el salitre y el olor a pescado. Muchas son las historias que navegan en esta excelente novela de Freddy Hernández Álvarez, cuya armazón es una sola voz multiplicada.
Coda: Hace poco se marchó el pariente, como él mismo me saludaba, por aquello de venir del mismo apellido, como hacíamos con Montejo. El hígado de Freddy, su templo de la bohemia, sucumbió, como el de Orlando, como el cerebro de Pepe Barroeta, como las entrañas de Eugenio. Una muerte que se nos anota en el alma, porque en este país de olvidos y desdenes el amor por los amigos, sobre todo por los poetas, se ha convertido en una navaja silenciosamente amolada.
La muerte de mi pariente Freddy es también una forma de silenciar las horas. De cavilar frente al mar de su eternidad.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Lugar común la muerte
por Alberto HERNÁNDEZnumerosa que al principio pareció intolerable y que luego fue
aceptada con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos.
Tomás Eloy Martínez.
1.-
El momento antes de la muerte. El ahogo o los días de agonía, los de saberse en la puerta de las sombras o a la entrada del dolor más terrible. Este es un libro de muchas muertes que, como afirma su autor, fue escrito “para vivir un día o una semana, y perecer por olvido”. Pero no fue así, Tomás Eloy Martínez acaba de morir bien lejos del olvido, vengado por su talento, por los lectores y por los miles de difuntos que aún doblan campanas por quienes los llevaron a la fosa común de la intolerancia. O aquellos que sucumbieron en sus camas en medio de reflexiones y punzadas en la carne.
Y aunque no se trataba de su olvido, los muertos que escribió, los que sacó de la fiebre para hablarles, gozan de buena salud. O de señalamientos por haber sido parte de infamias terrenales. En el libro que recogemos del polvo están vivos, atenuados por los días, pero vivos, a pesar de algunos haber sido fabricantes de muertos.
Lugar común la muerte, Monte Ávila Editores, Caracas, 1979, respira a un costado del silencio de Tomás Eloy. Trazado metódicamente, su autor recorrió ciudades, pueblos, habitaciones, patios, estancias llenas de susurros…Tomás Eloy Martínez entrevistó, consultó páginas, lápidas, ecos y voces petrificadas. Se trata de un compendio de muertes donde entraron José Antonio Ramos Sucre, un Vicente Gerbasi biografiado desde la memoria; un Guillermo Meneses ubicado en otro lugar; Saint- John Perse, Martin Buber, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Martínez Estrada, Juan Manuel Rosas, Juan Domingo Perón, así como eventos que promueven la destrucción humana como la bomba atómica y los testimonios de la gente de La Pastora sobre vivos y muertos. Y La Rubiera, aquel espanto en los ojos de los cuivas asesinados en el hato que aún se nombra en Guárico y Apure. Eso es este libro, que con el pasar de los años ha crecido en historias y páginas. La edición de Monte Ávila nos trajo hasta estos que hoy releemos para recordar a un hombre que legó talento y profesionalismo a un pueblo que aún se debate entre tantos lugares comunes, entre ellos el de la muerte cotidiana, la que se para en una esquina y silba el momento de su llegada.
2.-
Estos “humores de la escritura” llegaron a nuestras manos el mismo mes de su publicación en Monte Ávila. Estaba aún Tomás Eloy en El Diario de Caracas, y aquí en Maracay la vida casi apacible se transformaba en crisis. Luego hubo otra lectura, menos creciente, más de sencillez por las líneas que ciegan: ya en los ochenta la muerte despegaba para instalarse como reina de bastos en el corazón de una nación que no sabía qué destino le esperaba a la vuelta de esa esquina vigilada. Y así fue.
Tomás Eloy Martínez entró en la vida y la muerte de Ramos Sucre. Buceó en sus secretos, en la angustia de un insomne que “Desde hacía seis meses vagaba de sanatorio en sanatorio…”. Era una enfermedad “de una tenacidad inverosímil”, como le escribiera a un amigo. Fueron días, semanas de viajes y clínicas, de paisajes y un cuadro permanente a través de la ventana del Consulado en Ginebra. Hasta que el frasco de veneno fue vertido en su garganta. La muerte andaba de puntillas. El poeta de Cumaná venció el insomnio para entrar definitivamente en el sueño definitivo.
3.-
“…hace quince días yo iba en busca de un hombre que estaba por morir”, escribe Tomás Eloy Martínez para iniciar el texto “Saint-John Perse desaparece”, que fue enriquecido años después a través de una entrevista con el poeta de Anábasis y Pájaros, que se llevó a cabo a instancias de Gloria Alcorta. Antes, para alcanzarlo antes de la muerte, Martínez tuvo que viajar al pueblo de Hyéres en la península de Giens. En un salto de la memoria el autor recordó la presencia de Perse en Buenos Aires, al lado de Silvina Ocampo, en el Festival de Cine de 1960. Lo describe silencioso, aún joven, de bigote negro y calva avanzada. Tomás Eloy lo oye: “Perse hablaba obsesivamente del mar aquella tarde: de la furia y de la fiebre con que el Atlántico castigaba la costa, y de las horas que había pasado contemplándolo…”. El viaje a la casa de Perse fue accidentado, pero dio con ella. La puerta de la casa la abrió la esposa, ama de llaves y mujer pendiente del más mínimo detalle y de los llamados de un hombre enfermo. Martínez se sentó frente a él: “El cuerpo se le batía en retirada”. Era, como afirma, un hombre que se apagaba. Crónica que despeja los últimos días de un hombre, como los de muchos que viajaron por este libro y se hicieron mito y realidad.
4.-
Lugar común la muerte es el destino más humano que recuerde, luego de lecturas y muertes cercanas. Cada página de este libro se tropieza con una agonía distinta. La agonía de esperar el viaje definitivo. Como el de Juan Domingo Perón vigilado por López Rega, el brujo del dictador argentino y de la tragedia de ese país. El eclipse más oscuro de Macedonio Fernández. Los pataleos de Rosas. Cada muerte o agonía es un relevo, un cambio de clima interior. Tomás Eloy Martínez supo tocar la herida abierta del moribundo, desde lejos y desde cerca. Desde la mirada atenuada y desde la tentación de recoger las palabras que los personajes se llevaron a la tumba.
Un largo poema que desviste el instante en que las pupilas se contraen. Y así el corazón del lector, las manos tiemblan porque la muerte es tan individual que perfila el rostro y avisa en los dedos renegridos por la ausencia de circulación. Pero –sobre todo- porque quien la ve está en ella.
Nota bene: Tomás Eloy Martínez vivió la muerte tan cerca cuando fue atropellada Susana Rotker. Él le vio los ojos, se vio los ojos, se vio en la eternidad, como ahora, donde se encuentre.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
De cómo escribí el libro "Rafael Vegas"
por Eduardo CASANOVAEste jueves 18 de febrero de 2010 se presenta en El Nacional mi libro “Rafael Vegas”. Es mi vigésimo tercer libro, pero quizás sea el que me da mayor satisfacción por lo que representa: porque es el pago parcial de una deuda impagable que adquirí con Rafael Vegas cuando, en 1953, entré al Colegio Santiago de León de Caracas. Era yo entonces un adolescente rebelde e indisciplinado, firme candidato a delincuente juvenil o a simple inútil. Pero el joven que salió años después del Colegio ya era alguien orientado a ser útil a su sociedad, a su país, que a la larga ha sido capaz de publicar veintitrés libros, y que hoy está jubilado después de haber servido en numerosos cargos, no sólo en el Servicio Exterior, sino en la administración cultural de Venezuela, y no solamente en el sector público, sino también en el sector privado. Y esa transformación se debe exclusivamente a la mano fuerte y amable a la vez de Rafael Vegas. Lo que sí nunca imaginé es que me iba a convertir en su biógrafo. Esa aventura empezó el 6 de junio de 2008, cuando faltaban unos meses para que se cumpliera el Centenario del nacimiento del más ilustre de los educadores que ha tenido el país (4/12/2008). Recibí ese día de junio un e-mail de Diana Zuloaga, educadora y una de las personas que más cerca estuvo del Doctor Vegas, que decía: “Eduardo: esta tarde estuve revisando tu sitio y me encontré con la breve biografía del Dr. Vegas. Desde hace tiempo he pensado que eres la persona adecuada para escribir esa biografía en la Colección Biblioteca Biográfica Venezolana. Me consta lo cerca que estuviste del Dr. Vegas y lo mucho que conversaste con él. Más de una vez comentábamos tus charlas. Ojalá pudieses escribir todo lo que tú bien sientes y conoces. Harías una justa historia del Dr. Vegas y a la vez de esa Venezuela que ahora estamos perdiendo. Mil cariños para Natalia. Un abrazo Diana”. El mensaje me llegó al alma, porque era cierto lo de mis diálogos de horas, todos los sábados, entre principios de 1971 y fines de 1973, es decir, desde que Natalia y yo regresamos de Dinamarca (en donde fui Primer Secretario de nuestra Embajada, y la muerte del Doctor Vegas, que fue el 30 de diciembre de 1973). Natalia, que se graduó de Bachiller en el Colegio en 1961, trabajaba en el Santiago como Cajera-Administradora, y los sábados llegábamos ambos muy temprano, ella se instalaba en su oficina a trabajar y yo en cualquier parte a conversar con mi antiguo maestro y segundo padre. Y a medio día nos reuníamos, Natalia, Diana Zuloaga (que se había convertido en Directora cuando el Doctor Vegas tuvo que dejar el puesto por su salud comprometida), el Doctor Vegas y yo, y los cuatro almorzábamos en la oficina que el Doctor tenía en la Planta Baja. Antes de que Natalia y yo en 1964, nos fuéramos a Buenos Aires, en donde yo fui Segundo Secretario de la Embajada inicialmente y luego Cónsul de Primera en el Consulado General, también solía visitar al Doctor Vegas los sábados por la mañana, de modo que era una costumbre vieja para ambos. Y en esos encuentros, ciertamente, me contó en detalles toda su vida, que quedó registrada en mi memoria, que él más de una vez calificó de asombrosa. Esa costumbre pervivió hasta que el Doctor Vegas ya no pudo volver al Colegio y debió quedarse en su apartamento en Caurimare a esperar una muerte que le llegó pronto. Pero entonces estuve, con Natalia, Diana, la Doctora Abigaíl Salgado, Antonio Silva Sucre y Friedrich Fanhert en el grupo de apoyo que se formó para que no estuviera solo ni un segundo y que se organizó en turnos de cuatro horas. En una de esas tenidas de cuatro horas, ya cuando era evidente que el final estaba muy cerca, me dijo que la única persona que de verdad estaba enterada de todo lo que él había vivido era yo, lo que bien podría interpretarse como que yo era el único que en verdad podía escribir su biografía, tal como me lo sugirió Diana en su amable e-mail del 6 de junio de 2008, que me hizo decidirme a emprender aquello de escribir una biografía, género que jamás me había tentado. Para hacer el cuento corto, sin dudar un instante me senté a escribir el libro, y el 24 de julio, es decir, poco más de mes y medio después, le escribí a Simón Alberto Consalvi proponiéndole la idea de que El Nacional lo incluyera en su estupenda Biblioteca Biográfica. Previamente Diana me había hecho una corrección importante de enfoque y Pedro José Mora, uno de los más importantes antiguos alumnos y hoy día Presidente de la Fundación Rafael Vegas, que es la propietaria del Colegio, me había dado todo su apoyo. Pocos días después recibí un e-mail de Diego Arroyo Gil, Coordinador de la Biblioteca Bibliográfica, en el que me anunciaba su anuencia y la de Simón Alberto y me informaba las condiciones por ellos impuestas para las biografías. Luego intercambiamos varios correos que sirvieron para que mi libro se adaptara perfectamente a esas condiciones, que son, por lo demás, muy sensatas. El 7 de enero de 2009, luego de algunas consultas con Francisco Kerdel Vegas, médico, científico y sobrino de Rafael Vegas, que me aportó muchos detalles a su vez ofrecidos por otros parientes, y de algunas correcciones aportadas por Diana Zuloaga y Pedro José Mora, pude enviarle a Diego Arroyo Gil el texto definitivo y final del nuevo libro, que fue publicado como el número 104 de la Biblioteca Biográfica de El Nacional y se presenta este jueves 18 de febrero de 2010 en la sede del periódico, a las 7 y media de la noche, con la intervención de Miguel Henrique Otero (que fue alumno del Colegio Santiago de León de Caracas), de Carlos Hernández Delfino (Presidente de la Fundación Bancaribe, que financia esa notable iniciativa del diario), mía y de otro antiguo alumno de destacada vida pública y privada: Eduardo Mayobre. Esa es la pequeña historia detrás de mi vigésimo tercer libro, única biografía que escribiré en mi vida, porque los libros que he escrito sobre Bolívar, Sucre y Miranda, no son biografías propiamente dichas, sino ensayos con más énfasis en la época de los personaje que en los personajes propiamente dichos. Y en ellos no hay ni la milésima parte de la carga emocional que hay en mi libro “Rafael Vegas”.

Y El Libertador: ¿Qué?
por Roberto J. LOVERA DE SOLA
Los libros que publica el notable historiador británico Paul Jonhson (1928) son siempre dignos de toda atención. Ahora ha publicado, en el espacio de pocos meses, dos sugerentes libros, dos obras que son hermanas siamesas. Nos referimos a “Creadores” (Barcelona: Ediciones B, 2008. 345 p.) y a “Héroes” (Barcelona: Ediciones B, 2009. 328 p.). “Creadores” es a la vez complementario de otro anterior, lleno de interés y de sugerencias, que es “Intelectuales” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1990. 381 p.).
Pese a que Jonhson es conocedor de la época a la cual nos vamos a referir, más o menos situada entre 1815 y 1830, aunque en verdad se inició hacia 1780, de hecho es autor de un libro insoslayable y fundamental sobre ese período “El nacimiento del mundo moderno” (Buenos Aires: Javier Vergara, 1992. 969 p.).
Pese a ello al menos en un pasaje de “Héroes” la incomprensión de la historia de América Latina le hace caer en un grave error, tan alto que deseamos corregirlo hoy a la luz de nuestra historia. Con su afirmación Jonhson nos demuestra una vez más, punto al cual nos hemos referido en otros de nuestros apuntes de lector, a la forma como nuestra América Latina no es bien comprendida por parte de los europeos, estamos nosotros siempre excluidos, lo somos. Tanto que de tenerla en cuenta se ampliaría su comprensión de esa época decisiva para la humanidad que es la de la revoluciones de independencia hispanoamericanas, que significó el fin del absolutismo monárquico español, con la presencia de sus grandes figuras: Francisco de Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1769-1854), Andrés Bello (1781-1865), Simón Bolívar (1783-1830) y Antonio José de Sucre (1795-1830). Y lo decimos, y nuestros lectores lo van a comprobar ahora, porque si bien Jonhson en “El nacimiento del mundo moderno” se refiere a Miranda y Bolívar y menciona a Sucre como el general victorioso en Ayacucho (Diciembre 9,1824) en ningún momento alude a Miranda como un intelectual, como un diarista, como un pensador; nunca cita a Bello, quien logró la Independencia cultural latinoamericana, de hecho fue sustancial su acción en la literatura, la educación, el derecho y las relaciones internacionales muchas de cuyas pautas fijó. Y menos parece Jonhson haber advertido la existencia del gran filósofo de aquella época, Simón Rodríguez, el de las máximas para la autonomía. Y mientras no se entienda el carácter de la cultura hispanoamericana no se podrá estimar el significado de la gran transmutación que vivió nuestro continente a partir del 19 de Abril de 1810 cuando la emancipación fue proclamada en Caracas, antes esto no se había logrado en ninguna parte. Miranda al “inventar” nuestra libertad política había puesto sus bases, antes que el ningún otro. Y los intentos anteriores, como la sublevación de Picornell, Gual y España en Caracas (1797) o la de Quito (1809) habían fracasado, habían sido vencidos: sólo el de Caracas triunfó y se ha mantenido, sin solución de continuidad, pese a las alternativas del período 1814-1821, días del régimen realista en Caracas, sin solución de continuidad. Y además las vidas de Miranda, Bolívar y Bello estuvieron presentes en nuestra experiencia política y cultural a lo largo de más de medio siglo: el paso de una generación a otra, la entrega del fuego sagrado de la libertad lo puso Miranda en las manos de Bolívar, el libertador político, y de Bello, el emancipador cultural, en Londres, cuando se encontraron en 1810 allá. Y cuando Miranda murió en 1816 el Libertador estará en plena acción, logrando realizar lo que aquel planeó y dejó escrito. Y cuando Bolívar fallezca será Bello quien actué, desde Chile, irradiando su magisterio a todo el continente, hasta 1865 cuando dejó de vivir. Y desde ese momento actuaron sus discípulos y más tarde los alumnos de sus alumnos. Así tendremos más de una centuria de proyección. Todo esto hay que conocerlo para poder entender a nuestra América Latina.
En el punto al cual nos vamos a referir Jonhson hierra por no conocer a fondo, y por no haber logrado “sentir” la historia de los países hispanoamericanos a los cuales siempre hay que añadir al Brasil y a la multitud de islas que forman el multicolor mar Caribe, países tan latinoamericanos como los que hablan castellano. De hecho fue una nación caribeña, Haití, el primer país del continente en obtener su Independencia, en este caso de Francia, en 1804, seis años antes que la declaración caraqueña del año diez.
En el caso de “Héroes” al cual nos vamos a referir cita Jonhson a las figuras militares del norteamericano Jorge Washington (1732-1799) y las de los ingleses almirante Horacio Nelson (1758-1805) y Arthur Wellington (1769-1852). No le parece que sea correcto tratar en su capítulo sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821) ni se refiere a Bolívar. No se da cuenta que además de Goethe (1749-1832) las grandes figuras de aquellos días fueron Napoleón, el almirante Nelson, el duque de Wellington, Bolívar, el pintor español don Francisco de Goya (1746-1828) y dos mujeres: Mary Woltonecraft (1759-1797), la fundadora del feminismo (1792) y la novelista Jane Austen (1775-1817). No se refiere a Francisco de Miranda, lo cual es otro error, pese a que el gran proyectista de la emancipación participó, en puestos protagónicos, en las tres revoluciones de su tiempo: la de los Estados Unidos, la Francesa y la latinoamericana. Y el Libertador y Goya fueron, en los años de su más lograda acción, las grandes figuras hispanas de su tiempo, no había nadie que pudiera acercárseles. Incluso como hombre de letras, que también lo era, el Libertador escribía mucho mejor que los creadores españoles e hispanoamericanos de sus días. En el campo de la lengua fue un innovador, esa fue otra de sus revoluciones.
Ahora bien Jonhson refiriéndose a Wellington anota: “del mismo modo que condenaba el ejemplo de Simón Bolívar en Sudamérica, pues llevó al desgraciado continente a su trágico camino de golpes de Estado periódicos y a los gobiernos militares” (p.304), es lo que denomina el “camino bonapartista” (p.304) que no es otro para él que cuando “el militar se somete al jefe de Estado electo, con la completa aprobación de la nación” (p.304). Esto, como lo veremos nada tiene que con Bolívar, todo lo contrario, pese a lo que a veces se propala, incluso en alguna obra en la cual el público cae incautamente en sus conclusiones al creer que por haber sido escrita por un historiador profesional es certera, pero se equivocan por no darse cuenta que aquellas son las obras de lo que hemos denominado el “bolivarianismo escuálido” tan pernicioso como el chavista porque ambos utilizan al Libertador como arma de combate en vez de verlo, como debe ser, como una criatura de la historia.
Para aclarar el entuerto de Jonhson, un lunar en tan sabia obra, debemos ir un poco más atrás, para seguir la cronología de los acontecimientos.
Ante Napoleón, y esto no se ha visto como se debía, el punto de vista de Bolívar coincide con el de Jonhson, cosa que el británico ignora. El mismo expresó, el mismo año de la derrota del corso, por Wellington, en Waterloo lo que sigue. Lo hizo al divulgarse en nuestra América la noticia de que Napoleón pasaría a vivir en Nueva Orleáns, en donde incluso se le había preparado una casa. Expresó el Libertador (agosto 22,1815): “Si es la América del Sur herida del rayo, por la llegada de Bonaparte, ¡desgraciados de nosotros, para siempre, si nuestra patria lo acoge con amistad!. Su espíritu de conquista es insaciable: él ha segado la flor de la juventud europea en los campos de batalla para llenar sus ambiciosos proyectos; iguales designios lo conducirán al Nuevo Mundo” (“Escritos del Libertador” Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1972, t. VIII, p.69).
Para entender esto, que no se cita como se debiera, deben examinarse las visiones que tuvo el Liberador del general galo. Al principio, cuando era un destacado oficial republicano, Bolívar lo admiró. Pero cuando se hizo Emperador, en 1804, Bolívar estaba en París el día de la coronación, lo adversó porque no lo podía considerar un republicano cuando tenía una corona sobre las sienes. Sobre él, en los siguientes, veinte y cuatro años guardó silencio, pese a conocer bien su máxima creación el “Código napoleónico” y haber leído con atención el “Memorial de Santa Elena” del conde de Las Cases (1766-1842). Pero se abstuvo de mencionarlo. Tal era su antagonismo con Napoleón que cuando el grupo paecista de Caracas le propuso coronarse en 1825 el Libertador, que rechazó tal proyecto enfáticamente, lo denominó proyectos napoleónicos. Solo fue en 1828 cuando conversó sobre el Corso con su edecán Louis Perú de Lacroix (1780-1837), quien consignó sus opiniones en su “Diario de Bucaramanga”. El Libertador ignoró siempre que aquel oficial escribía cada día el recuento de las conversaciones que tenía con Bolívar. Allí, en el “Diario de Bucaramanga”, vemos la idea que Bolívar tenía de él y por qué no lo mencionaba: para él, que era un republicano pleno, como siempre lo fue, el haber abandonado la república para hacerse Emperador lo separaba plenamente del oficial galo. Así fue.
Y por ello, y en esto también se equivoca Jonhson, jamás pensó actuar en forma bonapartista. Por bonapartismo se entiende, como lo indica el político-historiador venezolano Domingo Alberto Rangel: ”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho la revolución. En cierto modo sigue siendo jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartista” (“Los andinos en el poder”. 2ª. ed. Caracas: Vadell, 1974, p.131).
Ahora bien, y este es el centro del asunto que deseamos exponer, pese a lo que Jonhson expresa, no fue nunca el Libertador un caudillo de montoneras, ni propició golpes del Estado, ni sometió el gobierno civil al mando de los militares. La dictadura de 1828 fue un gobierno de emergencia, hecho para salvar la Independencia.
Tampoco es cierto lo que expresa Jonhson que los latinoamericanos, como consecuencia de la presencia de la acción de Bolívar, nos convertimos un “desgraciado continente” (p. 304): con hombre como el Caraqueño, pese a no haber sido escuchado, lo que hay por delante es progreso, lento arribo hacia normas civilizadas de vida. Todo lo contrario de lo que dice el escritor inglés a quien corregimos.
Primero no fue el Libertador un caudillo sino un político civilizador por haber sido él el primero que avizoró el caudillismo, sus sesgos y las desgracias que traería a nuestros pueblos. Y no podía dejar de verlo quien siempre estuvo, ojo avizor, analizando los sucesos de cada día.
Por ello cuando en su célebre carta a Pedro Gual (1783-1862), a treinta días exactos de la batalla de Carabobo (Mayo 24,1821), le dijo a Gual: “Estos no son los que Uds. conocen: son los que Uds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988, t. XX, p.62. El subrayado es del propio Libertador). Allí comprendió lo que será el caudillismo. Y por ello también expresó, reglones más abajo, “estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más a la paz que la guerra” (“Escritos del Libertador”, t. XX, p.62).
Allí ya está dicho todo. Y fue expresado por un político que tras los difíciles años de 1813-1819 siempre fue presidente por elección en comicios (1819, 1821, 1825), por quien escuchó siempre la voz de los más capacitados, quien redactó Constituciones, para quien la ley era la norma de vida de los pueblos, para quien si bien la guerra fue ocupación de la mayor parte de su vida también lo fueron, y grande supremo, la educación del pueblo y la atención a la vida internacional a través de la civilizada diplomacia que creó.
Por ello no se puede considerar un caudillo, menos de montoneras, como las que aparecieron en nuestra América Latina después de su muerte, ni puede pensarse que fue cabeza del militarismo cuando él mismo pensaba (mayo 25,1826): “El destino del Ejército es guarecer la frontera. ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos” y en su última proclama (Diciembre 10,1830): “y los militares empleando su espada en defender de las garantías sociales” (“Proclamas y discursos del Libertador”, Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983, p.407).
No fue ni caudillo militarista, pese a haber estado a cabeza del suyo, porque siempre propuso, e impuso a través de las leyes, el gobierno de los civiles, la presencia constante de la sociedad civil que él fue el primer venezolano en invocar en significativo pasaje de su Carta de Jamaica (“Escritos del Libertador”, t. VIII, p.232).
Y para terminar: es lastimoso que Jonhson no se haya tomado el trabajo de explorar más lo relativo al asunto Wellington-Bolívar porque fue el alto oficial inglés uno de los pocos que en vida del Libertador reconoció su grandeza. También lo hicieron en sus días Goethe, Byron (1788-1824) y Humbodlt (1769-1859). Esto lo pudo leer en inglés el autor de “Héroes” en la magnífica biografía del alemán Gerhard Masur impresa en 1948 (“Simón Bolívar”, Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p.579). Y es una lástima que para hacer la exploración del Libertador no haya leído también la biografía de éste, escrita y publicada en inglés el año 2006, por el notable historiador británico John Lynch. Sin duda ambas estupendas obras se encuentran en la biblioteca del Museo Británico en Londres donde pudo haberlas leído. Hubiera sido una forma de entender lo que la gente del Viejo Mundo no ha querido comprender: la peculiaridad de la América Latina.
Octubre 15,2009
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Órbita
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
Dejé el libro. Lo dejé agónico una mañana y al día siguiente ya era cadáver. Lo dejé morir mientras imaginaba la cara de Miguel Serrano Larraz en Valencia, Venezuela, una noche de confesiones y lecturas nerviosas. Imaginé la radiografía -o tomografía- de la portada y me deshice bajo el calor de estas horas de octubre.
Convertida la imagen en polvo cósmico, regresé a Órbita (Editorial Candaya, Barcelona, España, marzo 2009) y vacilé. Ya me había consumido 174 páginas. Volví a dejarlo, materia insepulta, sobre la mesa que orbita alrededor de varios tomos que esperan la visita de quien esto rasguña.
Y me até a unas declaraciones del autor: “Cada individuo es como un cuerpo celeste. Cada amigo, cada miembro de mi familia, es como un satélite que gira a nuestro alrededor…”.
Ciertamente, se trata de nueve relatos que dan vueltas alrededor de un tema. Se trata de nueve relatos que se recogen y vuelven a expandirse, como unos asteroides que buscan estrellarse en algún lugar, pero no lo logran. Entonces, se mueven sin descanso frente a la boca de un hueco negro, hasta que se esfuman.
El libro, sucio de realidad, me advierte a través de un muy realista Miguel Serrano Larraz:
-El tema central es la pérdida de la inocencia, el momento en que nos damos cuenta de que vamos a morir. Es el retrato de mis heridas y de mis alegrías.
Mientras repaso el eco de estas palabras, imagino a Serrano Larraz en Zaragoza -bajo el alero de un edificio- en búsqueda de algún contemporáneo de los años 90 o de alguien de décadas anteriores para convertirlo en sus heridas y alegrías.
2.-
Esta lectura de Órbita se me hace el relato de un “vacío insalvable”. Aquí respiro y abro los ojos mientras Samuel Soriano (“Órbita”) declara tener 14 años y no querer morirse nunca. ¿Pérdida de la inocencia o la revelación de que la eternidad no está en una carta ni en los números finales de un problema de álgebra? Las motivaciones intelectuales de Soriano son el apresto de un Bernardo R., quien ha sido sometido a la gravedad de la insistencia de un joven que –al fin- ha dado con la cara de un personaje con quien ha tenido una relación lejana, epistolar, científica.
Se me ocurre, sin ningún ánimo literatoso, acudir a La cantante calva o a Buscando a Godot. No recuerdo si Serrano tiene entre sus preferencia a Ionesco y a Beckett. Lo cierto es que Soriano sí halló a su Godot y se pudo comunicar con su vecino de autobús o de edificio. “No hablaron más”. ¿Es que acaso lograron hacerlo como soñaba el muchacho? “…Bernardo R. estaba viejo o enfermo, o tal vez viejo y enfermo, y supo también que en algún momento de la noche, en algún momento de las tres o cuatro horas siguientes, tendrían que despedirse, y que esa despedida sería tal vez para siempre, y que jamás ya iba a poder hacerle ninguna de las preguntas que llevaba años preparando”. Pese a todo eso, sentía que podía morirse tranquilo, porque “es la única persona que podría entender mi vida, y no hemos hablado porque no era necesario, porque no es necesario decir nada más”. ¿”El vacío insalvable”? No sé, habría que preguntarle a Bernardo R. O a Godot.
La única razón para sellar el relato está en que “el final era lo único que siempre había tenido claro, que el final era siempre lo primero que consideraba al enfrentarse a cualquier proyecto”. Cerrado el círculo.
3.-
Hay juegos, saltos u obviedades. En todo caso, Órbita es una aventura donde confluyen elementos tradicionales y contemporáneos, más allá de Cortázar, Bolaño, “nocillas” o reglamentos viales. Se trata, pues, de un libro de cuentos donde la inteligencia de su autor se vale de un humor volátil, agónico, sugerente, quien busca “la revelación, la respiración” de historias que emergen sin necesidad de empujarlas, de añadirles adjetivos innecesarios. Órbita es un tratado de emergencias en el que el lector termina fascinado.
El relato “Y sólo del amor queda el veneno” abre con Ionesco. Entonces, la rubia del tercero, una muchachota llamada María Luisa, desencadena toda una aventura que no asoma el olor de hormona alguna. ¿O sí? Sólo el ojo agrimensor del narrador. Un voyeur dedicado a “enamorar” o a fabricar una historia dentro de otra, una historia que se desanda en los anónimos que recibe la mujer. La soledad –tema que hace de la muerte un aviso- es el momento para descifrar que el oficinista, quien le escribe y la invita a salir, no es más que un oficioso de las letras, un engañador. Después de tantos papeles, de haberla sonsacado para llevarla a cenar, deslizó un sobre azul bajo la puerta:
“No se engañe, señora, yo a usted no la quiero. Yo sólo estoy haciendo literatura”. Sólo el gato de la joven, Bartolo, fue testigo de la reacción de la rubia. Perverso el chaval, ¿no?
4.-
Pasaron unas semanas. El libro de Serrano permanecía en silencio, como un muerto. Me engrané con una hora. Tomé el tomo y me senté a digerir “Últimas señales”, para mí el relato cuya argumentación se sometió a la vida “bastante monótona” del autor, tanto que “he tenido que hacer literatura”. Se trata de una historia donde se unen la ironía con una ternura extraña. O digamos, cierta alevosía que conduce a confirmar la existencia de unos sujetos, dos hijos, que le regalan a sus jubilados padres un contestador automático, el cual se convierte en su razón de vida, toda vez que descubren el mundo y hasta la tragedia.
“Antes de marcharse, aquella tarde, los hijos obligan a los padres a grabar un mensaje con su voz, a dúo, para el contestador automático. Estamos de viaje (han dicho los padres, muy serios, como si fuera una declaración oficial, con algo del respeto atávico hacia todo lo que nos va a sobrevivir, recitando, como escolares de posguerra que fueron), quién sabe cuándo volveremos. Déjanos un mensaje después de la señal y concertaremos una cita a nuestro regreso”.
Así, “Los padres se han acostumbrado tanto y tan rápido al aparato que lo han convertido en el centro de sus vidas (…) La idea del contestador automático fue del hijo pequeño. Ahora, cada vez que van a visitar a los padres, vuelven (los hijos) un tanto confusos, pero al mismo tiempo divertidos, expectantes, emocionados. Nunca habían visto a los padres comportarse así, tan vivos, tan adolescentes, tan locos”.
Para ellos, el mejor regalo de cumpleaños para uno de los hijos fue grabar todos los mensajes en un cassette, donde hay noventa minutos con su voz. El final conmueve, más allá de la escena irreal, aquella que convierte la voz de un muerto en la consagración de la eternidad. El hijo mayor se ha matado en una carretera, pero ha quedado la voz grabada en el aparato, un poco antes del accidente. El lector queda pasmado con la voz de la madre, golpeada por la tragedia. El teléfono no fue levantado. Un poco antes del choque, la madre se quedó con el eco del hijo. La paradoja: “El que conducía era el otro, el amigo. Iban a ver un museo, creo. El amigo está vivo. Tu tío se está ocupando de todo (ha dicho la madre) lo traerán mañana, o pasado mañana, y lo enterraremos el miércoles. ¿Te das cuenta? Me ha dicho que no me preocupe, y que no ha sufrido”. La cita no se logró concertar.
Estas “últimas señales” nos conducen a una actualidad desconcertante, que orbita alrededor de símbolos que tuercen la realidad. O la reinventan.
Un poco más allá de la lectura, descalabrado yo, coloco el libro y me echo a recoger las imágenes flotantes en esta órbita sin fin.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Para leer a Manuel Caballero
por Roberto J. LOVERA DE SOLAManuel Caballero: “No más de una cuartilla”.
Caracas: Alfa, 2009, p.17
Gracias, amigos y amigas, para acudir a esta sesión de los “Tertulieros se reúnen” para conversar con Manuel Caballero sobre sus libros. Gracias también a la historiadora María Elena González Delucca y a la antropóloga Michelle Ascensio para ayudarnos hoy en el proceso mayeútico de alumbrar los por qué de la escritura de este vasto escritor venezolano, quien al hacer su autorretrato señaló: “Sólo he amado con pasión dos cosas en mi vida: los libros y las mujeres… Nunca he logrado expresarme de otra forma que no sea emborronando cuartillas. Por eso, creo tener autoridad suficiente para decir que la de escritor no es una profesión ni un oficio, sino un destino. Y nadie huye a su destino” (“Defensa e ilustración de la pereza”, Caracas: Alfadil, 1998,p.21). A lo cual añadió una observación fundamental: “Hay una idea corriente de que ‘escritor’ solo puede llamarse quien produce obras de ficción. Pero una prolongada relación con la mesita y la máquina de escribir me ha llevado a concluir que no existe escritura que no lo sea” (p.22). A lo cual habría que añadir que no es sólo escritor el que escribe poemas, narraciones u obras de teatro. También escritores son los críticos literarios porque sin la imaginación andando es imposible comprender y analizar las obras literarias. Así todo crítico también es un creador.
Pero caminado hacia nuestro invitado de esta tarde debemos confesar, después de mucho leerlo, siempre con aquella fruición que aconsejaba Jorge Luis Borges (1899-1986), que no deja de ser tarea dificilísima definir los contornos de su obra porque como humanista todo lo humano le interesa y sus intereses, por ello, son múltiples.
Ante Manuel Caballero cabe una constatación que nos hemos hecho ante el espectáculo del escribir venezolano: a fines del siglo pasado o al principios de este se extinguieron, por razones biológicas, los pensadores y ensayistas del siglo XX. El maestro Arturo Uslar Pietri (1906-2001), el hombre siglo, el hombre país, los presidió. Dejaron también de vivir cinco figuras que ahora tanta falta nos hacen, para hacer luz en todo lo que nos sucede, Juan Nuño (1927-1995), Carlos Rangel (1929-1988), José Ignacio Cabrujas (1937-1995), Tomás Polanco Alcántara (1927-2003) y el patrón de esta casa Francisco Herrera Luque (1927-1991). Pero fallecidos todos han venido los que debían tomar sus banderas en las manos y seguir iluminándonos. Para nosotros, y no es un elogio vacío, ni una expresión de afecto, sino una constatación crítica, quien los encabeza hoy es Manuel Caballero. Después vienen los demás.
Y está frente a todos porque igual que aquellos que se nos fueron es Manuel Caballero por sobre todo un humanista. Lo es, entre las muchas definiciones que esta posición ante el mundo ha sido bautizada, porque, como dijo el francés Pierre Henri Simón (1903-1972), es el que ejerce esa “actitud del pensamiento que comporta dos afirmaciones esenciales: existe una naturaleza humana; y lo humano se caracteriza por la vida del espíritu” (“Proceso al hombre”, Caracas: Universidad Central de Venezuela,1962,p.9). Y es desde esa atalaya que Caballero mira al mundo y expresa con su palabra su comprensión de ese universo.
Pero Caballero, con ser siempre un humanista, se expresa vaciando sus textos en diversos modos, sólo que sin bajarse nunca, ni siquiera en sus llamados libros orgánicos, de la actitud del ensayista, de la mirada del ensayista. Siempre cuando redacta los suyos, cuando ejerce como columnista político, como crítico literario, que lo es aunque pocas personas se hayan dado cuenta de ello, como historiador, como biógrafo, es siempre un ensayista. Por ello no es casual que una de las mejores exploraciones del género entre nosotros haya sido concebida por él, tal “El desorden de los refugiados”, que dio título a un libro suyo. Esto de ser siempre ensayista lo hermana con el mayor de todos los que hemos tenido: Mariano Picón Salas (1901-1965).
Y, desde luego, es el coralario, Caballero escribe bien, muy bien, inmejorablemente, porque es un estilista, la mas alta escala del ser escritor. Uno de esa gran familia que hay en nuestra literatura y entre nuestros historiadores: Rafael María Baralt (1810-1860), a quien José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) aconsejaba como modelo para aprender a escribir, José Gil Fortoul (1861-1943), Caracciolo Parra Pérez (1888-1964), Eduardo Arcila Farías (1912-1996), Guillermo Morón (1926), José Luis Salcedo Bastardo (1926-2005). Y, ahora, Manuel Caballero, cuyo lenguaje siempre acaricia la mente y el corazón de quien lo lee.
Y en cuanto a su método de trabajo debemos señalar que él, todo escritor sabe que debe hacerlo, ha señalado, que el arte de tachar forma parte del trabajo de todo escritor (“Defensa e ilustración de la pereza”, p. 6-8) tiene este modo de trabajar, que hay que subrayarlo para mejor comprenderlo: siempre así se trate de una reedición reescribe sus libros, los pule, de punta a punta, por lo cual los resultados son óptimos. A veces algunas de las nuevas ediciones de sus libros no son tales, como sería el caso de la segunda aparición de “El orgullo de leer” o de “La pasión de comprender”, en los cuales eliminó algunos textos, introdujo otros y a todos los volvió a revisar desde la primera la última línea. Hizo aquello que Octavio Paz (1914-1998) llamaba “Edición corregida y disminuida”. Y, claro al final, sólo podemos decir de sus libros: por sus frutos los conoceréis. Los suyos vienen del grano de mostaza bien cultivada, aquella de la parábola del Evangelio.
Y dicho esto, porque lo que nos proponemos esta tarde es dar una mirada al conjunto de su escribir, debemos señalar que no es nada fácil trazar segmentos al examinar la obra de Manuel Caballero. Si lo hacemos es por mero afán de precisar y describir porque toda ella se nos presenta como una unidad, como un conjunto pese a su diversidad.
Hay en su escribir libros que podríamos denominar orgánicos. Tal “El desarrollo desigual del socialismo y otros ensayos polémicos” (Caracas: Editorial Fuentes, 1970. 235 p.) que tiene un gran valor, y resiste una lectura actual, lo hemos comprobado hace poco. Y su sentido es, aunque no sabemos si todos saben que el gran debate sobre el socialismo, tras los sucesos de Praga en 1968, fueron hechos desde Venezuela y por tres pensadores venezolanos: Caballero en el libro que hemos citado, Teodoro Petkoff en “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” (Caracas: Editorial Fuentes,1969) y Ludovico Silva en “Sobre el socialismo y los intelectuales” (Caracas: Ediciones Bárbara, 1970. 85 p.). Esto sólo nos daría materia para toda una aproximación. Y está vivo, más allá del hecho de que Leonid Brezhnev (1906-1982) haya apostrofado públicamente el de Petkoff, lo que le dio relevancia mundial a aquel planteamiento. Tiene presencia viva el libro de Caballero hoy por el debate sobre el socialismo que se realiza entre nosotros desde que el Hegemón actual inventó algo que no existe en la teoría política: el Socialismo del siglo XXI y ello nos llevó a volver a los estantes en donde teníamos guardados nuestros libros sobre socialismo y marxismo, los cuales hemos releído para replicar a tanta descarada, e inculta, proposición. Por ello ya que el libro de Teodoro Petkoff haya sido reeditado, como “El socialismo irreal” (Caracas: Alfa, 2007. 307 p.), debe hacerse tanto con el Manuel Caballero, plenamente vivo y con el breve del inolvidable Ludovico Silva (1937-1988). Y por cierto pronto deberá corregir Teodoro Petkoff la injusta referencia que hace en ese libro (p.125) del poeta Joseph Brodsky (1940-1996): torcida y falsa en todo sentido. Brodsky era en aquel momento un disidente y un perseguido. Y el inmenso Brodsky es ahora Premio Nobél de Literatura (1987). Y cerremos: los sucesos checos del sesenta y ocho significaron el inicio del fin del socialismo autoritario, así lo creemos.
Creemos que podemos decir hoy que Manuel Caballero es un postcomunista pero una persona que estudió hondamente el marxismo, en el que militó, y se preocupó de su influencia en nuestro continente. De allí dos libros suyos tan destacados como “La internacional Comunista y la revolución latinoamericana” (Caracas: Ediciones Nueva Sociedad, 1987. 271 p.), originalmente escrito y publicado en inglés, fue su tesis de doctorado. Tal exploración había sido anticipada, a nuestro entender, por “La Internacional Comunista y América Latina: La sección venezolana” (México: Siglo XXI Editores, 1978. 175 p.) después, muy corregido, llamado ahora “Entre Gómez y Stalin” (Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1989. 286 p.). Estos asuntos aparecen incluso, desde otros ángulos, en muy largos pasajes de “El discurso del desorden” (Caracas: Alfadil, 1987. 189 p.).
Y ya que hemos hablado sobre su versación en el marxismo debemos añadir otra, para nosotros, un humanista cristiano, notable, es esta: es Manuel Caballero uno de los mejores conocedores entre nosotros, sobre todo entre los de su generación y entre los de la de izquierda, del hecho religioso, de las diversas religiones, de los asuntos teológicos y bíblicos. Es casi imposible encontrarle un gazapo, más bien lo que nos hace es alimentarnos con su saber en ese campo.
Entre los que hemos denominado sus libros orgánicos se encuentra “Las crisis en la Venezuela contemporánea” (Caracas: Monte Ávila Editores, 1998. X,177 p.), el cual nos permite mirar casi toda la historia de nuestro siglo XX atravesándolo con el estudio de sus crisis, fenómeno previamente tan bien precisado en la teoría por él. Al leerlo a veces uno está tentado a pensar que su génesis de esta obra está en “Las Venezuelas del siglo XX” (Caracas: Grimaldo, 1989. 306 p.) aunque en este hay mas que las solas crisis.
“Por qué no soy bolivariano” (Caracas: Alfadil, 2006. 219 p.), es libro unitario, aunque concebido a lo largo de mucho tiempo, meditando largamente en su tema central: el culto venezolano al Libertador. Y consideramos orgánico también los ocho ensayos de “Contra la abolición de la historia” (Caracas: Alfa, 2008. 195 p.) por tocar temas y asuntos focales para el entendimiento de nuestro tiempo venezolano. Allí, en el palique final, deja establecido el esquema para un libro que podría titularse “Venezuela en el siglo XX” y que nadie mejor que él está destinado a escribirlo.
Hemos dejado para el final la mención a un libro suyo magnífico, pero mal titulado, no por su culpa sino por los intereses comerciales de su editor madrileño. Es “La gestación de Hugo Chávez”, (Madrid: Catarata, 2000. 167 p.) en el cual el Poseso, como lo llama el gran Zapata, sólo aparece en las páginas del golpe del noventa y dos y en las últimas diez y nueve hojas. En verdad el nombre de este libro es el que aparece como subtítulo “40 años de luces y sombras en la democracia venezolana” y ello porque es el más comprensivo examen que se haya publicado sobre la democracia nacida el cincuenta y ocho. Por ello debemos pedir a su autor que lo reedite con ese cognomento para que así sea apreciado, leído y discutido por los venezolanos. Es obra singular en el tratamiento de su tema.
Caballero se llama así mismo “historiador de lo político”. Esto puede verse en las dos apariciones, no son exactamente dos ediciones, de “La pasión de comprender” (Caracas: Ariel,1983. 175 p.; Caracas: Alfadil, 2005. 243 p.), en el inmensamente incitante “Ni Dios y Ni Federación” (Caracas: Planeta, 1995. 307 p.) e incluso en su “Revolución, reacción y falsificación” (Caracas: Alfadil, 2002. 223 p.).
El columnista de opinión, siempre culto y zahorí, aparece en obras como “El mundo no se acaba en diciembre” (Caracas: Ediciones Centauro, 1973. 278 p.), “Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil” (Caracas: Edciones Centauro, 1998. 176 p.), cuya reedición urge porque todo lo sucedido desde 1992 acá esta allí apuntado con verdadera anticipación, como lo está también, en su cara militarista, en “La peste militar” (Caracas: Alfa, 2007. 219 p.).
Al imprimir en volúmenes sus trabajos políticos deseamos hacerle una sugerencia: que como se trata de escritos políticos, hijos de sus horas, al editarlos les ponga las fechas en que fueron impresos por vez primera. Con ello adquirirían mayor sentido y porque todo el que escribe sobre el suceder de cada jornada lo hace en día y hora fija, puesta a andar la pluma por sus acontecimientos.
El biógrafo lo encontramos en “Gómez, el tirano liberal” (Caracas: Monte Avila Editores, 1993. 383 p.), el quinto gran libro sobre aquel personaje que tenemos. Los otros son los de Domingo Alberto Rangel (“Gómez, el amor del poder”, 1975), Ramón J. Velásquez (“Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez”, 1979), Tomás Polanco Alcántara (“Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía”, 1992) y Jorge Olavarría (“Gómez, un enigma histórico”, 2007).
Igual singularidad tiene “Rómulo Betancourt, político de nación” (Caracas: Alfadil, 2004. 477 p.). Allí se ha vuelto a cumplir un hecho: los mayores estudiosos del hombre de Guatire han sido sus adversarios, marxistas o socialcristianos, entre los últimos cabe muy bien el padre Arturo Sosa Abascal.
Creemos que el amplio estudio sobre este líder se originó en su “Rómulo Betancourt: política y populismo en Venezuela” (Buenos Aires: Centro Editor de América Latina,1971), aquí leído en su reedición como “Rómulo Betancourt” (Caracas: Ediciones Centauro, 1977.302 p.) ya que el folleto original circuló muy poco en nuestro país, tenemos en nuestras estanterías una de esas raras copias.
El renglón del biógrafo lo cierran, en este momento, los perfiles insertos en su Dramatis personae.
Caballero, y lo hemos dicho es un crítico literario, tiene la cultura y buril para hacerlo. Quien desee comprobarlo deberá repasar sus escrituras. El primer conjunto de ensayos, diríamos que más literarios, están en su “Ve y toma el libro que está en la mano de Ángel” (Caracas: Editorial Ateneo de Caracas, 1979. 248 p.), otros están en su “Defensa e ilustración de la pereza”, (Caracas: Alfadil, 1998.160 p.), “El orgullo de leer” (Caracas: Alfadil, 2003. 238 p.), cuya reedición no puede considerarse segunda edición, según su método de trabajo, excluyó algunos textos e incluyo otros que no estaban en la primera (1988), en “El desorden de los refugiados” (Caracas: Alfadil, 2004. 255 p.), en la primera parte de sus “Polémicas y otras formas de escritura” (Caracas: Alfa,2008. 191 p.) y en el sabroso “No más de una cuartilla” (Caracas: Alfa, 2009. 316 p.), la que nos ha dado motivo para nuestra reunión de esta tarde.
Creemos que aquí está Manuel Caballero. Es mucho lo que de su escribir se ha ordenado en libros, aunque sin duda en su archivo aun quedan muchos papeles. No lo dudamos.
Y para cerrar apenas una idea de los porqués de esa preciosa y deliciosa obra que es “No más de una cuartilla”. Dice Caballero “Nos proponemos reducir el ensayo a su mínima expresión, sin convertirlo en aforismo, así llegue a veces a contenerse en apenas una línea” (p.17). A la vez él, lo dice en la página final, no desea se vea este libro “como una simple libreta de anotaciones, un fichero o una red para no dejar las ideas de cada día” (p.316). Si es cierto que son ensayos contiene también aquellas ideas que todo escritor redacta, a la vez que trabaja sobre otros asuntos, dejando consignado un pensamiento que le viene y no desea perder, a veces se levanta de la cama para anotarlo y así no pederlo. Son ideas para más adelante, pero bien atrapadas siempre. Todos los escritores tienen, ahora en el disco duro de sus computadoras, ese especial memorial de todo aquello que viene a su mente cuando leen o escriben, y a veces cuando sueñan. Este libro a la vez, que es distinto a los “mini-ensayos” de nuestro querido maestro Luis Beltrán Guerrero (1914-1997) y tiene un hondo sentido y grande valor dentro de la meditación ensayística venezolana.
En el libro de Caballero “El discurso del desorden” está la famosa frase que le dirigió (junio 16,1983) Gonzalo Barrios (1902-1993): “Los adversarios suelen ser amigos que no se conocen” (p.7): lo cual fue una grande confesión de tolerancia, la cual poseyó en grado sumo el político adeco, hombre de excepción, lo supimos bien quienes los tratamos con afecto y gozamos de su conversar, de su sabia intuición política, de sus mucho saberes surgidos de sazonadas lecturas y de sus consejos gastronómicos. Pero además esta frase también empapa las reflexiones, exploraciones y análisis de Manuel Caballero: él piensa por sí mismo y siempre está lejano a pretender imponer sus conclusiones a nadie. No en vano ha sido buen lector de Voltaire (1694-1778).
(Leído en la sesión de “Los tertulieros se reúnen” en la Fundación Francisco Herrera Luque la tarde del Jueves 19 de Noviembre de 2009 en la cual también participaron la historiadora María Elena González Delucca y la antropóloga Michelle Ascensio).
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Aquel 28 de agosto de 1968
DE “LA PRIMAVERA DE PRAGA”, DEL SOCIALISMO COMO PROBLEMA, A LA PERSONA NON GRATA DE JORGE EDWARDS
por Alberto HERNÁNDEZ
1.-
Muchos fueron los eventos que se desprendieron de aquel ya lejano 21 de agosto de 1968. Muchos fueron los acontecimientos que cimbraron el mundo y lo colocaron en una suerte de balanza, en una especie de cálculo vital en procura de un equilibrio que tardaría unos años más para despejar el camino hacia las libertades públicas e individuales, secuestradas por el “socialismo real” impuesto por Stalin y sus perros rabiosos instalados en el Pacto de Varsovia.
Todos estos hechos del 68 incidieron en nuestros golpeados pueblos de América Latina, hundidos en dictaduras, unos, y otros en la línea de flotación de frágiles procesos democráticos, los cuales se fundieron con la molestia provocada por las tropas rusas cuando penetraron en la hermosa ciudad de Praga, envuelta en la “Primavera” creada por el primer ministro Dubček y celebrada por todo el mundo civilizado.
Venezuela no fue la excepción. Ese año -y el que le siguió- destacaron en una efemérides que recuerda el nacimiento del libro Checoslovaquia. El socialismo como problema, editado por el sello “Domingo Fuentes” en una Caracas aún respirable, con aires campechanos y muchos de los techos rojos que la hacían la Sultana del Ávila.
En efecto, el libro de Teodoro Petkoff iluminó el campo minado de la política venezolana, toda vez que se encargó de vitalizar la discusión en el campo de la izquierda nacional. Petkoff, militante del Partido Comunista de Venezuela, abrió las espitas para que se hablara de un “socialismo con rostro humano”. De esa experiencia, de ese ensayo nació posteriormente la organización bautizada con el nombre de Movimiento al Socialismo. Pero antes sucedieron muchas cosas que aún resuenan en nuestros oídos.
2.-
200 mil soldados y 5 mil tanques del Pacto de Varsovia invaden el país. La emoción provocada por los cambios que Alexander Dubček había impulsado desde el 5 de enero de 1968 quedó grabada en las mentes de los jóvenes que voceaban las consignas contra la represión. En ese marco nace Checoslovaquia. El socialismo como problema, del economista y militante comunista para la época, Teodoro Petkoff, quien abrió una discusión cuyo punto de origen estuvo en esa remota ciudad europea, agredida por los partidos comunistas, con la excepción del de Rumania. La buscada independencia de los checos y eslovacos fue duramente golpeada por los líderes soviéticos, quienes –sin querer- anunciaron que la Guerra Fría también podía ser arrasada por las fuerzas antes apagadas por la propaganda oficial. Se anunciaba, entonces, un “Socialismo con rostro humano”, fondo también del libro de Petkoff, quien dividió las opiniones de la izquierda venezolana y partió por la mitad la poca argumentación de un PCV desleído. Así, nace el MAS y una nueva manera de ver el mundo.
En el prólogo para la edición de Monte Ávila Editores de 1991, Petkoff afirmó: “Personas de distintas franjas del espectro político nacional, buena parte contemporáneos del autor, pero también muchos jóvenes curiosos, aprovechan cada episodio de los que vertiginosamente se producen en el mundo comunista, para recordar la que alguno de ellos denominara “esa notable anticipación”, y para inquirir por la posibilidad de una reedición”.
Esa notable anticipación es lo que hace relevante el libro del político y pensador venezolano. Precisamente porque rompe el claustro de aquella izquierda anquilosada, vieja, anacrónica, repetitiva, aduladora y convencida de que en Moscú estaba el paraíso, como actualmente otros creen que se halla en Cuba.
Venezuela fue un verdadero revuelo de ideas. Petkoff se llevó parte de la juventud mejor dotada. Crea una organización y favorece la discusión para la invención de una izquierda democrática, sí, “con rostro humano”. Es decir, “la idea de un proyecto socialista alternativo al burocrático policial y totalitario que desde la URSS se había extendido a todo el llamado “campo socialista” –que luego comenzó a ser denominado “socialismo real” y que para el ciudadano común era, simple y llanamente, “el comunismo”.
No en vano el autor de Checoslovaquia. El socialismo como problema (*) llegó a decir que “la tragedia checoslovaca constituye un hito miliar en la larga historia de la teoría y la práctica del socialismo y del cambio revolucionario”.
3.-
Mientras tanto, Cuba insistía en la locura soviética. Pocos años antes, la crisis de los misiles la había convertido en protagonista de la misma estupidez llevada adelante por el Comité Central del PCUS. Nada, la isla de Fidel Castro estaba sometida a los designios de los dinosaurios de Moscú, razón por la cual –atendiendo a los rigores de la Guerra Fría- intentaba extender por Sur América y parte de África una experiencia a todas luces fracasada, una dictadura que se ha quedado sola en el concierto de las naciones. Mientras tanto, volvemos, en Venezuela la mayoría de la militancia comunista tomaba otros rumbos. En ese interregno, dos años después, se dieron los hechos de los intelectuales cubanos, la llegada al poder de Salvador Allende y el arribo del escritor y diplomático Jorge Edwards a la isla como embajador de Chile en esa desportillada nación caribeña. Comenzaría otra experiencia con claro origen “checo”, toda vez que los protagonistas no podían despegarse de las esperanzas creadas por Dubčeks y por aquellos jóvenes cuya primavera aún resuena, pasados cuarenta años, en los oídos del mundo.
Persona non grata es un claro ejemplo de aquellos movimientos que despertaron la política latinoamericana. Jorge Edwards, a raíz de los acontecimientos internos con los escritores de la Isla, encarcelados, unos, silenciados otros por el aparato policial del régimen. En este marco, donde Fidel, Allende, Neruda, Lezama Lima, entre otros, resaltan en la acción no ficticia, conforman este libro que –sin la menor duda- es hijo de aquellos acontecimientos de Praga que se sembraron en América Latina y el resto del mundo.
El libro fue iniciado en los primeros días de abril de 1971, cuando Heberto Padilla continuaba preso, en lo que parecía el comienzo de una represión en mayor escala contra los medios intelectuales cubanos, y yo, sin que hubiera existido una declaración formal de persona non grata, pero considerado, sí, por primera vez en mi carrera, como persona poco grata e incómoda, acababa de salir de Cuba e iniciaba mi trabajo de ministro consejero en París…
Estas líneas, tomadas de Persona non grata (Barral editores, Barcelona, España, 1973), revelan eventos que estaban concatenados: los intelectuales cubanos estaban conectados con los sucesos de Praga y con los de París. El llamado Mayo francés también había provocado en este lado del mundo un pequeño incendio que se convertiría con los años en un gran incendio ideológico.
A 40 años de aquellos hechos, en Venezuela se sienten las palabras escritas por Teodoro Petkoff en su ensayo:
Desde ese momento mismo se abrió un debate que aún no cesa. Las aguas se dividieron entre quienes rescataron, para sí y para el movimiento mundial que contribuyeron a crear, el antiguo nombre de “comunistas”, que alguna vez Marx mismo había utilizado durante un breve período y con el cual había apellidado a su famoso Manifiesto, y quienes permanecieron fieles a la tradición evolutiva y electoral de la social-democracia occidental…
La Doctrina Brezhnev dio pie, con la invasión a Checoslovaquia y el atentado criminal contra la Primavera de Praga, a la Doctrina Sinatra, liderada por Mijail Gorbachov en los años 80, que cerraría –con la ayuda también de muchos dirigentes políticos y el Vaticano- las puertas del Pacto de Varsovia y el régimen comunista entronizado en parte de Europa. No en vano, el polvo levantado por la caída del Muro de Berlín también tuvo su impulso en aquellos sucesos de agosto de 1968, hace cuarenta años.
(Texto traducido al checo)
(*) Este ensayo fue publicado posteriormente en el tomo El socialismo irreal, Editorial Alfa, Caracas 2007).
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Dos notas de Manuel Bermúdez
por ColaboracionesSobre Valles de Aragua, la Comarca Visible
ASI NACE LA JERGA
-Manuel Bermúdez-
Uno sabe cómo hablan los andinos y los llaneros, los orientales y los maracuchos. Pero resulta difícil cogerle el tono y la pasá al habla de los aragueños; no obstante ser los Valles de Aragua, la comarca visible. Así se titula el libro de Alberto Hernández, poeta y periodista nacido en Calabozo y residenciado en Maracay, donde ha realizado toda su obra intelectual, de creación y divulgación de lo culto y lo popular. Este libro, que apadrinamos en el teatro de la Opera de la capital aragueña, junto con los poetas Antonio Trujillo y Luis Alberto Crespo, es una edición de Impresos Urbina. Y recoge una serie de reportajes publicados en El Periodiquito, del cual Alberto es director del suplemento cultural Contenido. Los reportajes son una muestra de lo geográfico, lo histórico, lo popular y lo lingüístico de las ciudades, poblaciones y aldeas del estado Aragua, las cuales tienen una misma identidad político-territorial. Pero son completamente diferentes unas de otras.
Como dice Alberto, “la cruz bautiza con su verbo añejo. Pero cobrizos y blancos quemados por el sol comenzaron a sentirse a través de raros vocablos difíciles de decir”.
Por ejemplo, los garabatos que usaban en San Francisco de Asís, para colgar la carne, según Esteban León, no son los mismos del maracayero asimilado Hugo Chávez, cuando llama así, en lenguaje beisbolero, a una curva prolongada. Maracay es, junto con Valencia, la metrópoli de la región Centro-Sur venezolana. San Francisco de Asís es “un pueblito de potreros y tunales”, “dos vainas de casas regadas por allí”, como dice Esteban León.
A través de la conversa con la gente vieja de los pueblos, Alberto va construyendo la historia de los mismos. Pero para sacarle lo que saben o recuerdan los pures, hay que manejar términos antiguos y propios de cada lugar. Cuando entrevistaba al señor León, de 98 años, dice que había un rapio de sol que “derrumbaba el polvo que se levanta frente a la casa de su hija”. Rapio es un sol arrecho, que no registran los diccionarios de venezolanismos. Pero eso le da pie para que el entrevistado le diga metafóricamente: “Aquí lo que quedan son ramitos de las primeras gentes”, con lo cual la visión de pobreza y desolación del lugar queda expresada con una carga significativa, más elocuente que el cuadro estadístico de los sociólogos o los demógrafos.
(Tomado de Así Es La Noticia, Caracas, 1999)
CUATRO POETAS CALABOCEÑOS
(Lecturas de memoria)
-Manuel Bermúdez-
Pienso que una lectura de memoria es el acto de recordar algo que se ha leído hace tiempo o hace poco, sin la presencia del texto escrito.
De los poetas calaboceños el que más recuerdo y memorizo es Francisco Lazo Martí, autor de la Silva criolla y las Crepusculares. Claro. Está ligado al liceo de Apure, donde yo estudié, y el cual lleva su nombre. De la Silva recuerdo de memoria la introducción, muy formal y neoclásica, con “mirto y rosa y pálidos jazmines”. También versos sueltos, referentes al verano, la sequía y la trashumancia del ganado. Así como la llegada de las lluvias, época en la que el llano reverdece.
Florecer es amar, dice el poeta. Y por allí va desarrollando la esencia de la vida llanera, y la va mezclando a la intimidad de su existencia. De las Crepusculares siempre me acuerdo textualmente de aquella que comienza: “A través del discreto claroscuro/ mirándolo abultar bajo el corpiño/ con la turgencia del anón maduro”. Me gusta el juego sintáctico de ocultar el seno de la mujer, objeto amoroso, en el lo enclítico, del verbo miraba. Así mismo el juego semántico y al forma como reaparece freudianamente en sus sueños, “cada vez que maduran los anones”.
De Luis Barrios Cruz no he logrado aprenderme ningún verso completo. Pero sí tengo flashes verbales y metafóricos. Imágenes de la realidad nativa entrelazadas con giros estilísticos de poetas españoles contemporáneos, como García Lorca, Alberti o Aleixandre. En sus romances, Federico García, refiriéndose a una corrida de toros, dice: “La plaza como la tarde/ giraba como un zodíaco”, y encontraba en el pensamiento de los guardias civiles: “una vaga astronomía/ de pistolas inconcretas”. Barrios Cruz viaja en “la sombra de un avión”; da “respuesta a las piedras”, mientras un humo azul sale a buscar un lucero. Barrios mezcla su existencia y su paisaje con reminiscencias poéticas.
A Efraín Hurtado lo conocí cuando dio un curso de posgrado en el Pedagógico. Estaba recién llegado de París. Y andaba inmerso en Althusser y Foucault. “¡Dios ha muerto¡”, dijo en un curso de sociología de la Universidad Central. Y los estudiantes creyeron que era el Anticristo. Después Luis Alberto Crespo le publicó unos poemas en el Papel Literario y apareció el llano de su infancia. Nada de Francisco Lazo. No de barrios Cruz. El paisaje volaba en palabras. Era viento que golpeaba unas puertas maltrechas. Atravesaba un espacio y seguía hasta perderse en el infinito. Así mismo se fue Efraín. Lo leí. Y no sé cómo memorizarlo.
En cambio con el poeta Alberto Hernández empecé a leerlo conversando con él. Habla poco, pero silabea silencios. El paisaje es él. Y lo que escribe es el mundo que ha visto y ha leído. Presentando su última obra en la librería del Ateneo de Caracas, su amigo, el poeta Crespo, habló de un discurso que está afuera y adentro de una ventana. No es el Jesucristo que se le presenta a William Blake en una de sus visiones metafísicas. Pero sí una fotografía del propio Alberto, que aparece en una pestaña de su libro Nortes. Leyendo Nortes, Bestias de superficie y Fragmentos de la misma memoria de Alberto Hernández, he logrado memorizar que la existencia del poeta se convierte en esencia vital. Y el paisaje se transforma en escritura. Mientras que la vida no es más que un discurso, donde Dante, Shakespeare, Eliot y Ligia andan de la mano con el lector. Y si a usted, como lector, se le ocurre preguntarme: Bueno, ¿y qué tiene que ver Alberto Hernández con los poetas Lazo Martí, Barrios Cruz y Efraín Hurtado? Me limitaré a responderle que son Fragmentos de la misma memoria.
Ginsberg: Una voz en la tierra
por Alberto HERNÁNDEZ1.-
En Barnes and Noble la cara de Allen Ginsberg conserva el color lejano del óleo, marchito por tantas miradas y manos que tocan la ya encanecida barba del irreverente poeta de Newark. Los ojos detrás de unos anteojos psicodélicos nos relatan el fondo de una tensión desmedida.
Anaqueles, olores a libros nuevos, la tinta impregnada de sangre, la sucursal de una librería neoyorkina dice mucho en la frívola y poco literaria Miami, donde vivir es un salto al vacío, una permanente transgresión al encanto de un paisaje desmembrado por el tiempo. Mientras tanto, Ginsberg, adobado por los afeites de la funeraria, respira bajo tierra el silencio de un país que sólo lo tiene presente en algunas páginas del Times de Nueva York o en el obituario de Los Angeles Times.
Es domingo en San Francisco. Los diarios revientan con la cara de quien escribió:
When I died, love, when I died
my heart was broken in your care;
I never suffered love so fair
as now I suffer and abide
when I died, love, when I died.
Para despedirlo, el también poeta Lawrence Ferlinghetti escribió: A great poet is dying but his voice/ won´t die/ His voice is on the land, texto simplón que alude el carácter terrenal de quien jamás sucumbió a las tentaciones de la ciudad que albergó hasta la muerte.
2.-
El The New York Times del domingo 6 de abril recogió en toda una página los distintos rostros y viajes de Ginsberg, quien había muerto el día anterior en la ciudad de los rascacielos víctima de un cáncer de hígado. Por muchos años había sido la voz más rebelde y engreída de la Generación Beat.
Una nota que promueve una de las tantas historias del poeta de New Jersey, tiene que ver con la madre internada en el Pilgrim State Hospital, donde murió en 1956. la paranoia y el laberíntico estupor frente a la represión colocaron a la progenitora del poeta en un estado de de permanente alucinación: The key is in the Windows, the key is in the sunlight in the Windows. I have the key-get married Allen, dont´t take drugs…Love your mother.
Tres más tarde, Allen Ginsberg escribió un poema dedicado a Naomi Ginsberg, una elegía considerada como un texto de fino y delicado dolor. Mientras tanto, en el instante de la la lectura, Ray Charles entona un blues.
El viaje de Ginsberg a la otra eternidad representa una larga travesía por el nublado y espeso cielo de Nueva York, donde reside el paraíso del desencuentro.
3.-
En 1994, Ginsberg leyó –sacerdote penitente- su poema “Alarido” (Howl) en las afueras del Distrito de Courthouse de Washington. Un poco antes, la persecución, aldabonazos de cárceles y bofetadas que lo convirtieron en la “voz sobre la tierra”, esa que Ferlinghetti ahora plasmó en la portada del diario de Los Angeles.
En juicio al tiempo que le tocó vivir, Ginsberg escribió sin piedad acerca de todo lo que veía y sentía a su lado. No se permitió ausentarse de Dios, a quien tenía como eslabón entre la temporalidad terrenal y el espacio del eterno instante: “Espero que algún monje salvaje deje sus panfletos sobre mi tumba para que Dios me los lea en las noches frías de invierno en el paraíso…”
4.-
La política de McCarthy lo llevó a decir: America I´m nothing/ America two dollars and twentyseven cents January 17, 1956, y a pesar de haberse entregado por completo a la invisible tierra, Ginsberg era un proscrito cuyo valor se materializaba e el duende de una moneda que carcomía la sombra de su espera.
Para dotarse de presencia colectiva, abortaba el silencio al lado de William Burroughs, Peter Orlovsky y Gregory Corso, quienes formaban parte de la Beat Generation Writers.
Arrestado en 1967 en Nueva York, Ginsberg participó en innumerables actividades como parte de la contracultura que le dio vida a una década convulsa. Una vieja foto lo describe en Hyde Park, en Londres, haciendo gárgaras con los ojos de los asistentes, mientras la primavera cabalgaba sobre sus hombros.
Decidido a permanecer en el regazo de Dios, Allen Ginsberg nos dejó el texto inicial de Howl, y digo nos dejó porque forma parte de aquellos gritos que en nuestra pasantía por la adolescencia dijimos afanosos con otros textos emergidos de crucigramas y carreras precipitadas.
I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked.
Traído a nuestra memoria, traduce el tiempo en que perdimos la inocencia y nos entregamos a los fantasmas de la muerte.
San Francisco, California, abril de 1997.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.










Medardo Fraile nació en Madrid en 1925 y está residenciado en Escocia. Es Miembro Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela. Es un escritor a menudo adscrito a la llamada “generación del medio siglo” y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Ha publicado también novela, teatro, ensayo, crítica literaria y crónicas. Sus relatos se caracterizan por su estilo sobrio y por su mímimo desarrollo argumental. Aunque predomina un enfoque realista, centrado en la recreación de ambientes y costumbres, está bastante alejado del estilo característico de la generación de los años 50, en la que suele incluírsele. Está dotado de una aguda capacidad de observación, un lirismo contenido y una ternura triste. Sus cuentos son a menudo cuadros magistrales de la vida diaria (véanse por ejemplo los recogidos en Con los días contados), en los que la reducción de la anécdota -que a veces se limita a recoger una escena o tipo- y la preferencia otorgada al lenguaje coloquial, son rasgos definitorios. En el prólogo al volumen que recoge sus cuentos completos, Ángel Zapata menciona su “estratégica, intensísima y pionera deconstrucción del relato tradicional".
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
ROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.
Ultimos Comentarios