de Eduardo Casanova

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Categoría: Imágenes

Qué triste

por Eduardo CASANOVA

Orlando Zapata.
Asesinado por el régimen cubano

Circula por Internet un video en el que un empleado del Consulado General de Cuba en Barcelona, España, luego de tratar de quitar “a la macha” un cartel en el que se protestaba por la muerte del albañil Orlando Zapata, disidente demócrata que falleció prácticamente asesinado por el régimen fidelista, golpea con un tubo a los que lo colocaron y les rompe la cámara con la que filmaban el hecho. Los agredidos por el portero varias veces le gritan “¡fascista!”, y a uno no le queda más remedio que recordar que esa misma ciudad hace algo más de setenta años sufrió los efectos de una terrible Guerra Civil en la que se enfrentaron los que se decían progresistas (socialistas, comunistas, republicanos, etcétera) y los fascistas (fascistas, nazis y nacionalistas), y que para todo demócrata esa fue una realidad terrible. Qué triste ver que los que entonces se decían progresistas hoy se han convertido en simples fascistas, peores aún que los de la década de 1930. Qué lamentable que los cubanos, que para un alto porcentaje de los de mi generación, quizás por su enfrentamiento con los gringos, eran los que entusiasmaban a los progresistas, hayan terminado como un gobierno retrógrado, fascista y fracasado, que en realidad no hacen otra cosa que oprimir al pueblo cubano e impedir su felicidad. Pero aun lo peor tiene su lado bueno: el servilismo del teniente coronel Chávez Frías y los suyos, su entrega a esos cubanos fascistas, va a ser una de las principales razones de su caída, porque el pueblo venezolano en su inmensa mayoría no va a permitir que se instaure en Venezuela una tiranía dinosáurica como la de los hermanos Castro, capaz de tener empleados como el del Consulado General de Cuba en Barcelona, España, fascista que agrede con un tubo de metal a los que simplemente protestan por el asesinado de un pobre albañil que defendía su derecho a ser libre, y cuyo asesinato se produjo, entre otras razones, porque era de origen africano.

 
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De cómo escribí el libro "Rafael Vegas"

por Eduardo CASANOVA

Este jueves 18 de febrero de 2010 se presenta en El Nacional mi libro “Rafael Vegas”. Es mi vigésimo tercer libro, pero quizás sea el que me da mayor satisfacción por lo que representa: porque es el pago parcial de una deuda impagable que adquirí con Rafael Vegas cuando, en 1953, entré al Colegio Santiago de León de Caracas. Era yo entonces un adolescente rebelde e indisciplinado, firme candidato a delincuente juvenil o a simple inútil. Pero el joven que salió años después del Colegio ya era alguien orientado a ser útil a su sociedad, a su país, que a la larga ha sido capaz de publicar veintitrés libros, y que hoy está jubilado después de haber servido en numerosos cargos, no sólo en el Servicio Exterior, sino en la administración cultural de Venezuela, y no solamente en el sector público, sino también en el sector privado. Y esa transformación se debe exclusivamente a la mano fuerte y amable a la vez de Rafael Vegas. Lo que sí nunca imaginé es que me iba a convertir en su biógrafo. Esa aventura empezó el 6 de junio de 2008, cuando faltaban unos meses para que se cumpliera el Centenario del nacimiento del más ilustre de los educadores que ha tenido el país (4/12/2008). Recibí ese día de junio un e-mail de Diana Zuloaga, educadora y una de las personas que más cerca estuvo del Doctor Vegas, que decía: “Eduardo: esta tarde estuve revisando tu sitio y me encontré con la breve biografía del Dr. Vegas. Desde hace tiempo he pensado que eres la persona adecuada para escribir esa biografía en la Colección Biblioteca Biográfica Venezolana. Me consta lo cerca que estuviste del Dr. Vegas y lo mucho que conversaste con él. Más de una vez comentábamos tus charlas. Ojalá pudieses escribir todo lo que tú bien sientes y conoces. Harías una justa historia del Dr. Vegas y a la vez de esa Venezuela que ahora estamos perdiendo. Mil cariños para Natalia. Un abrazo Diana”. El mensaje me llegó al alma, porque era cierto lo de mis diálogos de horas, todos los sábados, entre principios de 1971 y fines de 1973, es decir, desde que Natalia y yo regresamos de Dinamarca (en donde fui Primer Secretario de nuestra Embajada, y la muerte del Doctor Vegas, que fue el 30 de diciembre de 1973). Natalia, que se graduó de Bachiller en el Colegio en 1961, trabajaba en el Santiago como Cajera-Administradora, y los sábados llegábamos ambos muy temprano, ella se instalaba en su oficina a trabajar y yo en cualquier parte a conversar con mi antiguo maestro y segundo padre. Y a medio día nos reuníamos, Natalia, Diana Zuloaga (que se había convertido en Directora cuando el Doctor Vegas tuvo que dejar el puesto por su salud comprometida), el Doctor Vegas y yo, y los cuatro almorzábamos en la oficina que el Doctor tenía en la Planta Baja. Antes de que Natalia y yo en 1964, nos fuéramos a Buenos Aires, en donde yo fui Segundo Secretario de la Embajada inicialmente y luego Cónsul de Primera en el Consulado General, también solía visitar al Doctor Vegas los sábados por la mañana, de modo que era una costumbre vieja para ambos. Y en esos encuentros, ciertamente, me contó en detalles toda su vida, que quedó registrada en mi memoria, que él más de una vez calificó de asombrosa. Esa costumbre pervivió hasta que el Doctor Vegas ya no pudo volver al Colegio y debió quedarse en su apartamento en Caurimare a esperar una muerte que le llegó pronto. Pero entonces estuve, con Natalia, Diana, la Doctora Abigaíl Salgado, Antonio Silva Sucre y Friedrich Fanhert en el grupo de apoyo que se formó para que no estuviera solo ni un segundo y que se organizó en turnos de cuatro horas. En una de esas tenidas de cuatro horas, ya cuando era evidente que el final estaba muy cerca, me dijo que la única persona que de verdad estaba enterada de todo lo que él había vivido era yo, lo que bien podría interpretarse como que yo era el único que en verdad podía escribir su biografía, tal como me lo sugirió Diana en su amable e-mail del 6 de junio de 2008, que me hizo decidirme a emprender aquello de escribir una biografía, género que jamás me había tentado. Para hacer el cuento corto, sin dudar un instante me senté a escribir el libro, y el 24 de julio, es decir, poco más de mes y medio después, le escribí a Simón Alberto Consalvi proponiéndole la idea de que El Nacional lo incluyera en su estupenda Biblioteca Biográfica. Previamente Diana me había hecho una corrección importante de enfoque y Pedro José Mora, uno de los más importantes antiguos alumnos y hoy día Presidente de la Fundación Rafael Vegas, que es la propietaria del Colegio, me había dado todo su apoyo. Pocos días después recibí un e-mail de Diego Arroyo Gil, Coordinador de la Biblioteca Bibliográfica, en el que me anunciaba su anuencia y la de Simón Alberto y me informaba las condiciones por ellos impuestas para las biografías. Luego intercambiamos varios correos que sirvieron para que mi libro se adaptara perfectamente a esas condiciones, que son, por lo demás, muy sensatas. El 7 de enero de 2009, luego de algunas consultas con Francisco Kerdel Vegas, médico, científico y sobrino de Rafael Vegas, que me aportó muchos detalles a su vez ofrecidos por otros parientes, y de algunas correcciones aportadas por Diana Zuloaga y Pedro José Mora, pude enviarle a Diego Arroyo Gil el texto definitivo y final del nuevo libro, que fue publicado como el número 104 de la Biblioteca Biográfica de El Nacional y se presenta este jueves 18 de febrero de 2010 en la sede del periódico, a las 7 y media de la noche, con la intervención de Miguel Henrique Otero (que fue alumno del Colegio Santiago de León de Caracas), de Carlos Hernández Delfino (Presidente de la Fundación Bancaribe, que financia esa notable iniciativa del diario), mía y de otro antiguo alumno de destacada vida pública y privada: Eduardo Mayobre. Esa es la pequeña historia detrás de mi vigésimo tercer libro, única biografía que escribiré en mi vida, porque los libros que he escrito sobre Bolívar, Sucre y Miranda, no son biografías propiamente dichas, sino ensayos con más énfasis en la época de los personaje que en los personajes propiamente dichos. Y en ellos no hay ni la milésima parte de la carga emocional que hay en mi libro “Rafael Vegas”.

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Esteban, Pavoso

por Eduardo CASANOVA

Está a la vista: Esteban de Jesús Pelopintado, públicamente, le deseó “suerte” al Magallanes inmediatamente antes del último juego del campeonato, y el Magallanes perdió. Luego, también en cadena, declaró que él no tenía complejos y apoyaba al Caracas en la Serie del Caribe, y el Caracas se hundió estrepitosamente. De modo que las estadísticas demuestran que Esteban de Jesús Pelopintado es pavoso, mabitoso, o, como dicen el Argentina, jettatore. No es nada que tenga que ver con superstición, puesto que la pava, la mabita, la jetta, son exactamente lo mismo que el “mal de ojo”, y el “mal de ojo” es la influencia maligna, voluntaria o involuntaria, que se produce por parte de un individuo determinado, originalmente a través de la mirada, pero que puede ser por simple presencia o por cualquier forma. Y, según la creencia popular, proviene siempre de la envidia del individuo pavoso, mabitoso o jettatore. Pero los que han estudiado el fenómeno en forma científica han llegado a una conclusión: un individuo es pavoso, mabitoso o jettatore por su actitud, porque emite mensajes negativos, porque sus vibraciones son negativas y, desde luego, su negatividad suele provenir, como lo intuyó la creencia popular, de la envidia, del resentimiento. Y si en alguien están a la vista, a flor de piel, la envidia y el resentimiento, es en Estaban de Jesús Pelopintado, que odia a los ricos, odia a los exitosos, odia a los que pueden ser felices, y quiere que todo el mundo, todo el pueblo, sea paupérrimo, sea infeliz, se mantenga en la peor de las oscuridades. De modo que no es en absoluto un disparate suponer que la envidia que lo carcome, lo convierte en pavoso, en mabitoso, en jettatore, y su mala influencia se ha agregado a su incapacidad y a su ignorancia para perjudicar a todos los venezolanos. Una razón más para desear, de todo corazón, que se termine esta pesadilla, que deje de malgobernar Esteban de Jesús Pelopintado, conocido civilmente como el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, y vuelva la democracia a Venezuela.

 
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Este 25 de diciembre se cumplen 10 meses del secuestro de Germán García-Velutini

por LITERANOVA

10 meses del secuestro de Germán García-Velutini


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LA CURVA DEL RÍO LO IMAGINA,
LA PALABRA LO NOMBRA

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Tatiana Hernández Cobo

Manuel Bermúdez

La lisura del río Portuguesa lo empuja hacia nosotros. Un espejo de agua quieta, de un color que revela su hondura, nos aproxima a la mirada de Manuel Bermúdez. Fue el 13 de septiembre de 1997. Éramos tres en medio del paisanaje llanero en Camaguán: Manuel, Sael Ibáñez y quien esto escribe.
-¡Anda, acompáñame a Camaguán a hablar de un libro de Sael. Así decimos cosas, vente¡-, me invitó por teléfono con aquella manera muy particular de hablar, de pronunciarse, de decirse Llano.
Y nos fuimos. Entonces Manuel, mi profesor de posgrado de la Universidad Simón Bolívar, abrió los ojos para grabarse la planicie guariqueña y habló largo rato sobre una novela de Sael Ibáñez, también de Camaguán, como Manuel. Allá quedó el río, el que lo imagina. Y las palabras que hilvanó siempre lo nombran, porque quedaron en la corteza de los árboles, en la inquieta e irreverente orilla de la lenta serpiente líquida.
Casi dos años después, el 20 de mayo de 1999, hicimos una fiesta para celebrar el advenimiento de un libro, Valles de Aragua, la comarca visible. Y se hizo en el Teatro de la Ópera de Maracay, donde se concentraron la familia de Manuel y la mía, los amigos, alumnos y lectores.
Hace pocos meses nos reunimos aquí en esta ciudad calurosa y cálida para acompañar a un viejo llanero casi centenario, amigo de la familia, afecto de esa apureñidad que en Maracay se concentra para vivir y celebrarse. Esa noche, Manuel habló de la vida y de la muerte, de la inmortalidad, “también la del cangrejo porque ese animalito, es una vaina: camina de lado”.
Fue la última vez que lo vi, aunque lo oí por teléfono porque lo llamé para sabernos el uno del otro.
Un día, de esto hace ya varios años, con Edgar Colmenares del Valle, bautizamos una biblioteca en esta ciudad, en la casa del también académico apureño, cuya madre fue una insigne maestra de muchos montes llaneros. Manuel estaba pleno, porque cuando hablaba de su barrio Perro Seco y de sus habitantes se le inflaban el pecho y las emociones.
Manuel acaba de marcharse. Y duele decirlo. Escuece reconocerlo.
Fue nuestro profesor de semiología en la USB a comienzos de la década de los 80. Con esa experiencia de un año, la amistad se estrechó y nos hicimos familia por la vía del afecto y “porque tú no eres un poeta sifrino”.
Ese hombre llano, abierto e informal, era, no sólo miembro de la Academia de la Lengua de nuestro país, sino su magistral secretario. Fue alumno de Umberto Eco en Roma, profesor del Pedagógico de Caracas y de varias universidades, insigne conferencista, sabio del monte, aprendiz de malandrín a lo Lazarillo de Tormes, entre otros oficios donde el temple y la sabiduría mostraban sus dones.
Con el narrador Denzil Romero, su carnal, en ocasión del bautizo de una de sus novelas en la Ciudad Jardín, amanecimos borrachos y alucinados -de tanto Apure y Aragua de Barcelona juntos- en las puertas de una tasca de Las Delicias. Entonces, Manuel comenzó a hablar del sol, de tanto “astro prendido”. Horas antes, en el interior del bar, trataron de ubicarnos pegados de la bisectriz de una pared. El apureño, apuradito, dijo:
-¡No señor, a nosotros no nos arrincona nadie¡ Yo no sé tú, compadre Denzil.
-A mí tampoco-, pronunció el oriental.
Entre las carcajadas de los presentes, nos colocaron en una mesa sin rincón.
Sí, Manuel acaba de marcharse con sus libros, sus inteligentes salidas, su buen humor, su paciencia de buen maestro, su amistad infinita.
Vuelvo a la curva del río, al río material y filosófico. El tiempo retrocede: allá lejos vi su perfil de indio y negro –mezclados- frente a don Julio Garmendia, en la librería “El gusano de luz”, donde también pude acercarme, con timidez, a Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Domingo Miliani, Néstor Tablante y Garrido, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, entre otros. Era otro país, otros los sueños.
Manuel Bermúdez dejó muchos artículos de prensa, ensayos que acaban de ser recogidos en libro por el Pedagógico de Caracas, su pedagógico. Entre sus publicaciones orgánicas están Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007).
Manuel acaba de tomar la canoa. Cruza los ríos de Heráclito: el Apure, el Portuguesa, el Tiznados, el Guárico. Todos los ríos que surcan la vida y la eternidad.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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Chávez miente y Chávez te miente

por Eduardo CASANOVA

Una de las bases del gobierno del teniente coronel Chávez Frías es la mentira. Y una de las bases de su nada ejemplar vida es la capacidad de mentir. Mintió para entrar a la Escuela Militar, mintió desde que juró tumbar al gobierno al que estaba obligado a servir. Mintió descaradamente durante su campaña electoral. Y como gobernante no ha hecho otra cosa que mentir y engañar al pueblo. Se le oye afirmar que los hospitales están perfectamente dotados y se sabe que apenas tendrán un 10 o un 15% de lo que necesitan. Atribuye las fallas eléctricas y de todo tipo a los gobiernos anteriores o a causas naturales, pero no a su incapacidad, que es evidente. En sus interminables “shows” de televisión no hace otra cosa que mentir a diestra y siniestra. Promete villas y castillos y no cumple. Culpa a los demás por sus propias fallas. Miente, miente, miente. Y engaña. Con la crisis de los bancos boliburgueses lo hemos oído decir mentira detrás de mentira. Pretende que él no sabía nada, cuando todos los venezolanos medianamente informados sabíamos muy bien lo que estaba (y está) pasando. Lo grave es que con sus mentiras haya logrado engañar durante tanto tiempo a tanta gente. Eso es algo que hay que cortar por lo sano. Y como quiera que ponerse a dar explicaciones bien documentadas, dado que la mayoría de los venezolanos no suele entenderlas, es perder el tiempo. Por eso propongo algo muy sencillo y muy directo: regar por todas partes un mensaje que no necesita explicaciones y que, bien dicho, muy repetido, machacado hasta el cansancio, puede abrir muchos ojos y muchos entendimientos. Hay que decir miles, millones de veces, en paredes y en muros, a lo largo y ancho de todo el país, dos frases contundentes: “Chávez miente” y “Chávez te miente”. En las mentes muy simples, que todavía le creen, esas dos frases pueden empezar a sembrar dudas, y cuando las dudas prendan, es posible que muchos se den cuenta de que es cierto: Chávez miente y Chávez les miente. Y una vez abierta esa primera grieta, por allí entrará el resto de la verdad. De modo que pido a los estudiantes y a los militantes de los partidos democráticos que escriban en todos los muros y en todas las paredes, en todas las calles, en todas las avenidas, en todos los pasajes, en todos los barrios, en todos los pueblos, en todas las ciudades, en todos los campos, en donde quiera que se pueda, esas dos frases: “Chávez miente” y “Chávez te miente”. Dios y la patria os lo agradecerán.

 

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William Alvarado:
“CANTO DESDE CHIQUITO PARA NO DEJARLE ESPACIO AL OLVIDO”

por Alberto HERNÁNDEZ

Fotos: Luis “Pito” Peralta

** Maracay lo recibió en los brazos de “Los Madrigalistas de Aragua”, de esa experiencia se llevó la alegría y el permanente orgullo de haber cantado con un coro de extraordinarias voces.

Después de varias vueltas, de una espera que nublaba la vista, logramos dar con una mesa. “Aquí hay una”, dijo una muchacha uniformada. Y nos sentamos. En el cuerpo de cada uno se agitaba un silencio lento, apacible. “Yo quiero un café”.
William Alvarado sacó de un maletín un rollo de papeles. La conversación se había iniciado ya. Sorbe el café y mira hacia la calle a través de la ventana de cristal, en una suerte de presente simple que no deja de actualizarse: afuera llueve en silencio.

-Yo nací en Barquisimeto en 1954. Pero tengo referencias e imágenes de Trujillo, de un pueblecito llamado Linares y de El Tocuyo, más que todo de Cabudare donde nos asentamos en una casona, una hacienda de café. La historia es muy parecida a esas historias comunes de este país. El doctor Julio Alvarado Silva estuvo preso cuatro años en el Castillo de Puerto Cabello, cuando Gómez. Pertenecía a la guerrilla del general Gabaldón. Luego que sale de la cárcel se va a Linares y allí conoció mamá. Se casan, se vienen a Lara, donde nacemos todos. Y todo, para ellos, comenzó en 1934”.

Aquella fotografía
Una mosca se precipita sobre el tercer montón de gente que mira a través de la araña de una lámpara. Hay una luz amarilla que se pega de las paredes de la Opera de Filadelfia. La revista está sobre la mesa. La mosca –aturdida- baja y se posa sobre la palabra “voice”, muy cerca del nombre de Luciano Pavarotti. Luego, como si no le importara el Concurso Internacional de Canto, le imprime velocidad a las alas y se deja caer sobre la nariz rosada de una niñita. La espanta y desaparece. La memoria vuelve al sitio: uno se imagina la casa donde el doctor Alvarado construyó una familia. Su hijo William ingresa al Colegio la Salle de Barquisimeto, y allí comienza la escena: el 25 de mayo de 1962, a los ocho años, actúa en público.

-Sí, por allí hay una foto que mi familia conserva con rigor. Aparezco muchachito con otros dos amigos, frente a aquellos micrófonos raros, parecidos a la cabeza de una extraterrestre. Bueno, ahí comenzó la vaina. Después me vine a Valencia. Tendría doce años cuando ingresé como tamborero a un grupo de gaitas. No teníamos instrumentos, sólo voz y tambor. Te podrás imaginar. Ya estudiando en el Liceo “Pedro Gual” ingreso, luego de cumplir los catorce, por aquello del cambio de voz, al coro del liceo.

Otra mosca: ésta tiene los ojos encendidos. Se parece a las de Monterroso. Es posible que esté borracha porque revolotea irregularmente sobre el café de William. Se despide. La perdemos de vista. La voz metálica del barítono asoma inflexiones distintas. Alude a la revista de Pavarotti. La gente que está en la portada guarda silencio, mientras la lámpara se balancea, como si fuese a caer sobre la orquesta.

-En el liceo me oyó el profesor Federico Núñez Corona, quien me invitó a cantar en el Orfeón del Ateneo de Valencia. El profesor Núñez dirigía en el liceo y también el orfeón. Luego, en una presentación en Maracay, invitado por el Coro de Ceproaragua, dirigido también por Núñez, comienzo a vincularme con esa ciudad. Ese coro primero lo dirigió Rafael Suárez. Ya yo conocía a Roberto Marín, porque Roberto cantaba en Valencia. En el año 1971 asisto al Concierto del III Aniversario de Los Madrigalistas y me quedé asombrado por su calidad, la belleza de esa agrupación. Recuerdo que ese concierto se realizó en el Teatro de la Ópera cuando éste era una ruina, totalmente abandonado. Parecía un edificio del ghetto de Varsovia. Me di cuenta de que ese coro tenía las voces más acomodadas, colocadas en el exacto lugar. Y en 1963, por insistencias de amigos, ingresé a Los Madrigalistas. Allí conocí a Isidro Moreno, Sergio García, Abner Silva, Norma Herrera, Sara Peralta y toda esa gente que eternamente ha estado en el mundo de la música.

Maracay y los viajes
En 1973, William Alvarado, siendo alumno del Liceo “Martín J. Sanabria” de Valencia, asiste al IV Concurso Voz Liceísta, que se celebró en Acarigua. Ganó y su compañera de liceo, Gisela Rojas, obtuvo otro galardón. La voz femenina ganadora ese año fue Miriam Williams. “Ese fue el año de los Williams”.

-Pero la primera cosa realmente peligrosa que hice fue mi participación en La Misa de Schubert con la Filarmónica Carabobo en 1973. Allí comienza un gusanito a decirme, a picarme, y mis estudios de bachillerato se resienten, aunque los continúo. En 1974, con la Coral Filarmónica de Aragua hacemos el Réquien de Mozart, bajo la batuta de Roberto Marín. Estuvo en el piano José Antonio Abreu. Las voces las hicimos Norma Herrera, Manuel Marín, Elvira Yajure y yo. Hicimos una gira por Maracaibo, Caracas y, finalmente, lo montamos en Maracay. Con Isabel Palacios, Norma y Manuel hicimos El Mesías de Häendel, con la Orquesta Juvenil en 1975. Después, con la Filarmónica fuimos a México y llevamos La Pasión según San Mateo, de Bach. Estuvo Juan Carlos Núñez, Federico Núñez y Roberto Marín. Fue un trabajo excitante. Un trabajo que nos llenó de experiencias, porque la música es eso, una experiencia cada vez que se trabaja.

William Alvarado toma aliento:
-En enero de 1976 llega al país, para dar unas clases el profesor Samuel Jones. Trabaja Carmina Burana. Me hace una audición. Le digo a Jones mis aspiraciones, y me pongo a buscar fondos para viajar a los Estados Unidos. Ese mismo año ya he reunido los churupos, 4 ó 5 mil bolívares, y me voy a ese país donde logro la audición. Regreso con una carta de aceptación y varias recomendaciones. Pero no tengo dinero para volver al Norte. Mis amigos de Valencia, Caracas y Maracay comienzan a realizar actividades para mi viaje y hacen una cena a beneficio en Valencia. Logran reunir diez mil bolívares. En el 77, entonces, viajo a la Universidad de Lousiana para estudiar inglés con la intención de irme a Wisconsin donde estaba Jones. En la primera recibo clases del profesor Víctor Klimash, con él aprendo mucho. Luego, el maestro Antonio Estévez, a través de los rumores de mis amigos, me llama para que trabaje en la Cantata Criolla y haga el Diablo. En Venezuela, en ese tiempo, participo con Juan Carlos Núñez en la película “Se solicita muchacha de buena presencia…”, y al fin, en agosto del 77 obtengo una beca de la universidad, pero sólo para la matrícula, de modo que lo demás debo costearlo yo. En diciembre de ese mismo año hacemos la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
En nota marginal William Alvarado confiesa que cuando tenía 15 años un amigo le prestó unos discos: “Me metí en el cuarto y puse uno en el pick up. Cerré la puerta, las ventanas y apagué la luz. La habitación se llenó de imágenes: caballos, jardines, confluencias de la sangre. Y no me di cuenta, sino un rato después, de que estaba llorando. Era la Sexta de Beethoven. Es extraño darse cuenta de que un hombre que tiene tanto tiempo fuera del mundo te haga llorar. Me sentí con él, sentado a mi lado. Y creo que los dos lloramos porque era una oscuridad donde no había el color y el olor de siempre. Allí había un color distinto. Desde ese día marqué mi destino: la música”.

De nuevo a viajar: parte del repertorio
-Luego, en el extranjero vivo en una cooperativa internacional de estudiantes, donde aprendo muchas cosas. En 1981 terminé la licenciatura en música, y ya para el 82 me vinculé con la Ópera de Caracas. También con la Escuela Federico Villena, aquí en Maracay. A través de la Fundación Neumann y del señor Valentine pude viajar a Francia en el 85, a realizar trabajos con el profesor Schuyler Hamilton.

Distintos escenarios nacionales e internacionales han tenido como protagonista a este artista venezolano, donde Mozart, Donizetti, Häendel, Haydn, Stravinsky, Bach, Menotti, Rossini, Milhaud, Bellini, Estévez, Beethoven, Ricci, Orff, Brahms y Puccini, entre otros, han sido algunos de los autores interpretados por William Alvarado. Y lo ha hecho con los distintos grupos que se han mencionado, también como solista.
Y la historia continúa.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Reencuentro con Adriano González León
LA EDAD ES UN LENGUAJE QUE RETIENE EL OLVIDO

por Alberto HERNÁNDEZ

Solo, encerrado en un cuarto, el Viejo se muere. Adriano lo escribe para anclar la memoria en recuerdos ya idos, en el parpadeo de ciertas voces que ya no están. Una novela que aún busca lectores. Una novela que se olvida en los estantes, como el anciano que escribió desde su cercana muerte.

El tiempo enmudece cuando oye:
-Un juicio es siempre defectuoso porque lo que uno juzga es el pasado-, dice entre el follaje verbal de Gran Sertón: Veredas la savia de Guimaraes Rosa. Tono de edad oculta, la imagen que consigue corporizar la desolación en una suerte de espiral que reclama otra voz, la que crece en las páginas de Viejo (Alfaguara/ Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, Colombia, 1995), novela que Adriano González León trazó casi para despedirse.
Viejo es el espejo de la muerte, la imagen que despierta la aversión, el enlace entre la conciencia y el cuerpo vencido, listo para la danse macabre.

En febrero de 1995, mes de salida al público del libro, Adriano reveló parte de la motivación de esa historia mientras repasaba las páginas de algunas publicaciones de La liebre libre:
-¿Saberse viejo no es fácil?
-No, y te respondo con el mismo comienzo de la novela: Sobre todo, porque nunca quiere saberse.
Después de esa afirmación, el autor de País portátil, entre bromas y momentos de una extraña seriedad, comentó sentir reticencia –en ese momento- para hablar del tema, pese a que “la vejez forma parte de la mirada pública y llega un momento en que no puedes ocultarla, deshacerte de ella”.
-¿Estamos condenados al olvido?
-Afortunadamente. Sí, estamos, porque la memoria se agota, se desvanece, se pierde en el silencio. Y eso es el olvido-, deja en el aire.
-Es decir, ¿nos olvidamos desde nosotros mismos?
-Hace rato citabas a Huizinga. Creo que el tiempo gotea demasiado sobre nosotros. En estos tiempos es más fácil perder la memoria, que es perder la vida, llegar al sitio donde es imposible avanzar. ¿Cómo decía Huizinga?
-En El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga escribió: “Tres temas suministran la melodía de las lamentaciones que no se dejaban de entonar sobre el término de todas las glorias terrenales. Primero, este motivo, ¿dónde han venido a parar todos aquellos que antes llenaban el mundo con su gloria? Luego, el motivo de la pavorosa consideración de la corrupción de cuanto había sido un día la belleza humana. Finalmente, el motivo de la danza de la muerte, la muerte arrebatando a los hombres de toda edad y condición”.
-¡Uff…Me siento viejo…-, eco del libro. Adriano parpadea y sonríe.

La edad es un lenguaje
La estación de Adriano es el lenguaje y con él vigoriza la memoria. La presencia de un personaje que teje una trama hacia el pasado, indica la elaboración de un espacio en el que un lenguaje muy particular también es personaje.
-Claro, afirma el escritor, si recorremos nuestras lecturas, si las revisamos, nos daremos cuenta de que hemos vivido con él, con la voz de los otros, con el lenguaje ajeno, el eco de alguien que nos habla.
-¿Tiene edad la palabra, el lenguaje?
-Tenemos edad con él. Si somos lenguaje, palabra o silencio, morimos con él. Morimos con la edad de la palabra que hemos usado.

“El héroe, hombre activo por excelencia, sólo le debe su ser al lenguaje”, confiesa Blanchot, y desde esa perspectiva, sumada al hecho de que el viejo se desdobla en el tiempo a través del “flujo de la conciencia digresiva”, nuestro autor ha construido –con la pasión característica del novelista- un canto simbólico en el que prevalece el uso de un tiempo que se detiene a veces y que se precipita no tanto hacia delante, sino hacia los lados referenciales de una evocación fragmentada, en una instantánea fractura de una historia diseminada por la imaginación, de naturaleza trágica, “elegíaca”, para decirlo con Julio Ortega.
-¿De cuánto olvido estamos hechos?
-Si hablamos así, llegaremos a pensar que la acumulación de datos, la cultura, es un vacío, el olvido que esperamos, la muerte. Somos la suma de todas esas muertes.
La edad habla, la vejez es un habla cuya particularidad radica en un tono más espiritual que físico, atado a una conciencia recurrente, a veces designada por los tropiezos de un extenso paseo por los recuerdos.
-Como lector, creo entender ese largo “olvido” del viejo al regresar a los lugares e imágenes borrosas, inseguras de unas anotaciones cuyos límites están en la tensión lograda, precisamente, por el tono de despedida que rezuma la coherencia de ese cuaderno nuclear. El viejo escribe, mejor, se escribe para sobrevivir a su propia historia-, afirmo.
-No, escribe para morirse -, dice Adriano.

Los dos espacios
“Siempre de regreso en los caminos del tiempo, no adelantaremos ni atrasaremos: tarde es temprano, cerca lejos”, repite Blanchot, y en este intento del narrador venezolano por deshacerse de la coherencia rítmica del tiempo, está el paisaje de la insuficiencia, del fracaso, de la indolencia, de la desolación.
-Para crear el mundo debo dividirlo. Para fundar las imágenes del tiempo debo confrontarlas, recurrir al espejo donde la palabra se corporiza, se mueve-, musita Adriano.

La ficción repite la imagen. Dentro de ella, en ese vientre ajeno, un relato engendra otro relato. Memoria migratoria que revela el momento en que la palabra se detiene. Hay un lugar, costura que conjuga las vueltas del tiempo, donde el narrador reconoce la eternidad: la muerte, esa cotidianidad del vacío, del silencio total, de la descarnadura, de la palabra ausente.
¿Quién traduce el viaje hacia el pasado? ¿Es la nostalgia la última apreciación, el intento por alejarse del cuerpo y hacer de la conciencia el remedio para el olvido? ¿O acaso el miedo atávico es la meta del desaliento?
Entre el olvido y los dolores físicos se debate esta historia que Adriano González León construyó con el tiempo, con su tiempo, y con los deslizamientos de la evocación.
Un allá, un acá. El acá es la decadencia, la advertencia que “De pronto se me vinieron los pasos…”, en el vuelo de las aves, en los espíritus emplumados que conquistaron el cielo para alejarse de la tierra, para dejar de ser cuerpo físico y acercarse a Dios.
Dos miradas en el tiempo: una finita, otra eterna, la más precaria es la entonación de un texto inconcluso, prefigurado por un discurso que es el testimonio de un hombre acabado, paideia del desencanto, de la transmigración: el texto fragmentado de esta novela de Adriano da la idea de un espacio donde todo puede ser posible, hasta la muerte.
-Me quedo con lo que dijo Huizinga-, remata el novelista.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 
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Infantilismo

por Eduardo CASANOVA

Magnus Hirschfeld (1868-1935) fue un médico sexólogo alemán de origen judío que estudió a fondo, entre otros temas, la homosexualidad y el infantilismo. Definió el infantilismo psíquico como la conservación en un adulto del modo de ser mental de un niño, que puede manifestarse en ciertas ocurrencias que revelarían un cierto grado de debilidad mental. Una de sus características es la afición desmedida por los juegos militares y por los uniformes. Y también se notaría en ciertas conductas que llegan a ser crueles, y que en los niños suelen pasar por maldades inocentes. Leyendo sobre esas opiniones de Hirschfeld no pude menos que recordar que a los doce o trece años yo hasta escribí en un cuaderno algunos sueños e ideas, netamente infantiles. En el velorio de mi tía Santos Emilia Sucre, en diciembre de 1954, aún conservaba el cuaderno, y mi primo hermano Emilio Pittier Sucre, que me lleva unos once años, lo vio y no pudo menos que reírse de mis tonterías. Por eso lo tiré a la basura de inmediato. Lo había conservado por nostalgia, pero me dio vergüenza que alguien se enterara de aquellas tonterías que, gracias al tiempo y a la influencia de mi maestro, Rafael Vegas, se habían ido por completo de mi mente. Entre ellas estaba la creación de un gran partido bolivariano, que lograría la reunión de la Gran Colombia y, ¿por qué no? la unión de toda la antigua América española en una sola gran nación. Y también la eliminación del dinero, porque el capitalismo era deleznable, y la eliminación de las diferencias de clases (Augusto Márquez Cañizales, esposo de mi prima Julia Brandt y padre de mi mejor amigo, Federico Márquez Brandt, me sorprendió un día al decirme que lo que yo planteaba era nada menos que comunismo, versión kindergarterina), y otras necedades dignas de un niño de doce o trece años, pero que cualquier persona con algo más de madurez tenía que dejar atrás, como yo las dejé al crecer. Pero hoy me doy cuenta de que hay quienes no las han dejado, y siguen siendo niños, pero niños perversos, capaces de mentir sin la más mínima vergüenza, y de matar pájaros por el solo placer de matar pájaros. Por desgracia para Venezuela, a uno de esos sujetos lo elegimos nada menos que Presidente de la República, y con su infantilismo y su ignorancia, combinados con la inmoralidad de sus colaboradores, las famosas focas que aplauden y cobran, ha destruido prácticamente al país. ¿Cuánto más tardará la sociedad en entenderlo y expulsarlo del sitio en el que nunca debió estar? Rafael Vegas, a su debido tiempo, podría haberlo ubicado en el Instituto de Pre-Orientación de Menores y le habría aplicado los uno de los puntos de su famoso Plan Vegas: “Si se trata de un deficitario ineducable, de un psicópata, o de psicótico: será trasladado a un Sanatorio Psiquiátrico Infantil”. Pero ya es tarde. Ya le ha hecho un daño irreparable a Venezuela.

 

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“RAFAEL VEGAS”

por Eduardo CASANOVA

Rafael, Vegas, un nombre y un apellido. Un nombre y un apellido que fueron importantísimos para Venezuela. Y para mí. Y que forman el título de mi libro más reciente, publicado por la Biblioteca Biográfica Venezolana, de El Nacional (N° 104), que ya está en la mayoría de las buenas librerías de todo el país. La escribí por sugerencia de una excelente amiga: Diana Zuloaga, que estuvo muy cerca del Doctor Vegas y llegó a ser Directora del Colegio Santiago de León de Caracas. Me escribió el 29 de junio de 2008. Me planteaba que yo era “la persona adecuada” para escribir la biografía del gran hombre que en diciembre de ese año cumpliría cien años. “Me consta lo cerca que estuviste del Dr. Vegas y lo mucho que conversaste con él”, escribió, y agregó que más de una vez comentó con el Doctor Vegas nuestras largas conversaciones, en las que prácticamente me contó su vida. Y es verdad. A Rafael Vegas prácticamente lo adopté como padre a partir de 1954, cuando mi padre se fue de nuestra familia, y lo importante es que el Doctor Vegas me respondió adoptándome casi como su hijo varón, y en muchas oportunidades lo demostró. Salvo el tiempo que estuve en el extranjero (entre 1964 y fines de 1970) me reuní con él muchísimas veces. Aunque ya no estudiaba en el Colegio, lo visitaba con toda la frecuencia que me era posible, como se visita a un padre. Y entre enero de 1971 y diciembre de 1973 (cuando murió) nos vimos casi un par de veces por semana, salvo en las vacaciones. Y en muchas ocasiones conversábamos por tres o cuatro horas. Un día, poco antes de su muerte, entre chistes y veras me dijo que yo era el único ser humano que podría escribir su biografía, porque con nadie había hablado tanto como conmigo. Por eso acepté casi de inmediato la invitación de Diana. Pensé en investigar y, sobre todo, en buscar varios apoyos, como el “reportaje biográfico” que sobre Vegas escribió Arístides Bastidas, o el libro “Rafael Vegas y la Infancia Abandonada en Venezuela. 1938-1950” (recopilación de textos escritos o inspirados por el Doctor Vegas, hecha en 1985 por la Psiquiatra María Abigaíl Salgado, que también trabajó con él y fue su amiga), así como dos o tres tomos en los que se trate de la educación y la infancia en Venezuela y, quizás, algún libro que me permitiera averiguar lo más posible sobre las familias Vegas y Sánchez. Pero Diana, mujer excepcionalmente inteligente, me asomó la idea de que no leyera ni un solo libro para escribir el mío. Y acepté el reto de hacerlo prácticamente de memoria. En realidad tuve que buscar algún apoyo escrito, pero la gran mayoría del texto la escribí sin otro sustento que el recuerdo muy claro que conservo de esas conversaciones. Como bien dice Simón Alberto Consalvi en la nota de contratapa del libro: “Eduardo Casanova estuvo muy cerca del personaje cuya vida relata, y de ahí el tono de intimidad con el cual dibuja el perfil del gran venezolano que fue Rafael Vegas”. Le agradezco sinceramente esas palabras. Al fin y al cabo lo que he hecho no es otra cosa que seguir al pie de la letra lo que me enseñó siempre mi verdadero maestro, mi padre adoptado. En estos tiempos de absurda confusión, en los que el bien parece haber sido derrotado por el mal, le ofrezco a la sociedad un retrato de uno de los hombres cuyo ejemplo, cuya memoria, puede lograr que el bien termine imponiéndose y que por fin se acabe la pesadilla que vive Venezuela. Una pesadilla que en buena parte se debe a que el país dejó de recorrer los caminos que trazó Rafael Vegas.


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EL HONOR DE PUNTO FIJO

por Eduardo CASANOVA

Terminaba el mes de octubre de 1958 cuando en la casa de Rafael Caldera, en La Campiña, se firmó el llamado Pacto de Punto Fijo, llamado así por el nombre de la casa en donde se firmó. Fue la culminación de una serie de conversaciones alentadas en especial por Rómulo Betancourt en busca de la gobernabilidad para Venezuela después de las elecciones que serían en diciembre de ese mismo año. Antes, un grupo de venezolanos ilustrísimos, entre quienes destacaban Isaac J. Pardo, Elías Toro, Martín Vegas y Manuel Rafael Rivero, agrupados en una especie de Club político que llamaron Integración Republicana trató por todos los caminos de la sensatez de lograr que AD, URD y Copei se unieran en una sola candidatura para evitar que el país democrático se dividiera y permitiera el establecimiento de una nueva dictadura. No fue posible porque Copei se empeñó en lanzar a Rafael Caldera, en vista de lo cual URD optó por proponer, con su buena dosis de demagogia, la candidatura del Presidente de la Junta, Wolfgang Larrazábal, que se había hecho muy popular por su estilo algo chabacano y por el “Plan de Emergencia” que permitió que miles de desempleados recibieran apoyo, casi limosnas. En vista de esa realidad, AD lanzó como candidato a Rómulo Betancourt, que había regresado del exilio curado de espantos y con una visión mucho más realista y prudente del país, y que fue el que ganó las elecciones del 58. El Pacto de Punto Fijo le permitió gobernar con apoyo y eficiencia, a pesar de que desde la extrema derecha y la extrema izquierda se le lanzaron ataques despiadados, y hasta un terrible atentado que causó la muerte de su edecán y al propio Presidente Betancourt lo dejó herido. En ese lapso en el que gracias al Pacto de Punto Fijo Venezuela fue gobernable, una de las cosas que hay que reconocer es que Betancourt entendió que las hegemonías son muy peligrosas, y, por eso, alentó el crecimiento de Caldera, en una sabia búsqueda de competencia que permitiese a los venezolanos manifestarse políticamente según sus tendencias. Para hablar en propiedad de los cuarenta años de democracia, debemos empezar por aceptar que tanto Rómulo Betancourt como Rafael Caldera y todos los que dirigieron el país entre 1958 y 1999, con sus aciertos y sus errores, deben quedar en nuestra historia como hombres políticos, quizá apasionados, sí, pero, sobre todo, seres humanos que tienen quienes los quieren en lo personal, hijos, nietos, sobrinos, amigos, y eso, por encima de todo, hay que respetarlo. Ninguno de ellos es héroe ni padre de la patria, sino un ser humano con virtudes y defectos. Se dedicaron a la política y tuvieron éxitos, pero también fracasos, y tratar de endiosarlos, de convertirlos en superhéroes no es más que un solemne disparate. Venezuela, con alzas y bajos, funcionó, fue una verdadera democracia, no perfecta, pero sí razonable. A mitad de camino empezaron los ataques irracionales contra el “puntofijismo”, y esa fue, en buena parte, la causa de que la mayoría del pueblo, también irracionalmente, atacara a los partidos y alentara el crecimiento de ese cáncer espantoso que es el actual gobierno, el peor de la historia de Venezuela. Y, si queremos que el país sobreviva, hay que entender que necesitamos, con urgencia, algo parecido al Pacto de Punto Fijo. Lo demás es suicidio.

 

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EL DOCTOR CORNELIO VEGAS CONTRERAS

por Alberto HERNÁNDEZ

Sobre el mesón, de su puño y letra, fue encontrado el siguiente mensaje:
“Después de nuestra muerte corporal, queda nuestra memoria y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos”.
El doctor Cornelio Vegas Contreras subrayó las palabras para revelarse cercano al fin. Un polvillo asolado por la penumbra sube lentamente hasta el techo del consultorio donde aún se puede sentir la presencia del viejo médico maracayero. Un fantasma dulce, inteligente y bromista registra los libros que duermen el silencio de su dueño. El doctor Cornelio sabe que no está, que aún el sentido de permanencia angustia en la muerte. Todavía en el vetusto salón –donde atendiera- suenan las palabras pronunciadas con un ligero alejamiento.
-¡Sé indulgente con los bebedores¡-, nos confiesa muy quedo cerca del retrato invisible de Hölderlin. El laberinto de voces del poeta lo atrapó en Alemania, donde la memoria acentuó mucho más su afecto por el trópico y los buenos tragos.
Excelente conversador, libador de los vinos consagrados por su buen gusto, el viejo médico repetía esta oración: “No olvides que tú tienes otros “defectos”. Si quieres lograr la paz y la serenidad, piensa en los desheredados de la vida y en los humildes que gimen en el infortunio, así te hallarás feliz”.
Un viernes –ya de tarde-, 29 de julio de 1960, lo vemos en el Bar del Hotel Bermúdez en compañía de Jorge Clavier y Antonio Requena, quien fuera presidente de la Junta Patriótica en 1958. Por detrás de la amarillenta fotografía leemos: “Carlitos, te envío esta foto sacada el viernes 29 del pasado mes en el Hotel Bermúdez, en unión de los dos integrantes del Trío Fantástico. Clavier tiene una cara de hiena embarcada y Requena está perplejo como un esquizofrénico. Esa noche estaba fuerte y los enterré a ambos”.
-Esa noche- revisa el galeno-, comí Tournedo Rossini, Brandy Armagnac, vino blanco Chablis, champaña y el incomparable escocés. Estábamos celebrando el pase del Cony en los exámenes; el tuyo lo celebraremos oportunamente. Abur…”.
Cercano a Hölderlin, traductor del poeta alemán, andaba siempre acompañado de sus textos: “Gocé lo agradable de este mundo,/ ha tiempo, mucho tiempo, pasaron las alegrías de la juventud,/ abril, mayo y julio están lejos,/ ya nada soy, ya no vivo a gusto”.
Enero fue lugar para la muerte de Cornelio Vegas Contreras, como queriéndole dar la vuelta al año y comenzar la muerte en pleno y alejado silencio. Sin embargo, camina por esta desconchada habitación donde sus manos tocaron la mirada escondida de una ciudad que acudía, más que a buscar sanidad, aliento de quien sabía hablarle a sus pacientes.
Larga estadía sobre la tierra, el doctor Cornelio rezaba: “Poco he vivido, pero ya respiro el aire gélido de mi atardecer”.
-Por allí lo veo venir, cabizbajo, de corbatita y mirada extraviada, enfermo de él mismo, alejado del mundo, tibio sin tocarlo, amagado por la propia voz de sus fantasmas. El poeta José Antonio ramos Sucre hablaba hacia adentro en los idiomas de su vagancia por los jardines de la universidad.
El doctor Cornelio Vegas Contreras fue alumno del poema insomne. Y recordaba a Schiller, quien decía que el que se había enfrentado alguna vez a la muerte era un hombre liberado. Para regresar a la cara pálida del poeta cumanés: “Recibía clases de latín y griego. Era un hombre que hablaba en silencio, de un profundo que yo sentía peligroso, porque laceraba su forma de decir, pero más su sabiduría. Me atrevo a decir que ese hombre nunca había llorado, porque siempre estaba como demasiado adentro, en un pasado lleno de voces”.
Los que conocimos al doctor Cornelio tuvimos la satisfacción de hablar y entender a un hombre culto, amable, caballero. De un amoroso que nos hacía reclamar la mucha felicidad de sus encuentros.
Su placer consistía en arropar con sutileza y palabras bien construidas a la gente que tenía cerca. Una bondad poética lo hacía respirar la permanencia de la vida que llevaba.
Volver a verlo en el espacio donde hizo su existencia e intimó con las imágenes de la muerte, es tomarlo desprevenido: de bata blanca, acodado en el estante donde el rostro de su dama revisa el tiempo que nunca se agotó. Cornelio, el médico, el doctor de la calle, el del consultorio, el de la Maracay sepia y en colores. Ese señor, al que todos aprendimos a saludar sin distancia alguna.
A la luz del polvo que nos cubre, Cornelio Vegas Contreras sigue siendo un crecimiento. Se construyó en la medida de sus pacientes. El profesor Runge, director de la Universidad Fraunklinik de Heidelberg dice de él en carta enviada el 24 de julio de 1954, y que tiene rango de certificación, lo siguiente: “El doctor Cornelio Vegas de Venezuela ha trabajado como médico asistente en la UFH desde fines de abril hasta el día de hoy. Ha aprovechado en este tiempo con su incansable aplicación cada posibilidad para apropiarse de los métodos de las operaciones y de laboratorio en la Clínica. Fue también para nosotros de gran valor tenerlo como huésped a un médico tan instruido, tan interesado y con tan grande amplitud de criterio y poder, así como su actitud en los cambios de opiniones. Si nosotros, como yo espero, hemos podido mostrar al Dr. Vegas algunos hechos del más nuevo desarrollo de la ginecología, fue también para nosotros un gran placer tener como huésped en nuestra casa a tan simpático representante del pueblo de Venezuela”.
No era exagerado que la gente, sus pacientes, los que alguna vez lo vieron ejercer su apostolado, dijera que el doctor Cornelio Vegas Contreras era un santo.
Precisamente, en ocasión de ser impuesto de un auto de detención a su hijo, el abogado Cornelio Vegas Pérez, del doctor Vegas Contreras dijo el novelista Eduardo Casanova: “…al fin y al cabo Vegas Contreras, un médico que, de haber vivido en otras épocas, sería considerado sin duda alguna un santo, y es que es un santo, en el sentido etimológico de la palabra, persona que debe ser imitada por quienes hacen algo útil y bueno en su paso por la tierra…”, y Eduardo no se equivocó.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

 

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