Categoría: Relatos
Un verano en Estocolmo o Los sueños de Taube (cuento)
por Eduardo CASANOVASå länge skutan kan gå
så länge hjärtat kan slå
så länge solen den glittrar på böljorna blå
om blott endag eller två…
La orquesta arranca a tocar el vals de Evert Taube como si fuera una obra luminosa de Mozart. Luminosa lo es -mas no de Mozart- en el verano de Estocolmo. Como la voz de Sven-Bertil, el hijo de Taube, elegante, deportivo, obviamente actor, casado cuatro veces, que suele admirarse aún en el espejo a sus setenta y tantos años, y tiene razón, dice el espejo. En la primera fila de la banda, directamente atrás del cantante, hijo y actor, una jovencita muy linda toca el oboe y sigue con la cabeza el ritmo del vals, también con elegancia. Por un brevísimo instante mira, de lado, al director de la banda (¿la orquesta?) que se siente como si estuviera al frente de la Filarmónica de Berlín en un concierto dedicado a Beethoven, Beethoven en su mejor momento. La niña sonríe muy brevemente y escucha apenas la letra de la canción sin siquiera ver la espalda del cantante. Humedece sus labios cada vez que le toca hacer su entrada con el instrumento, que se pierde entre el sonido de los clarinetes, los varios y severos clarinetes que están en la segunda fila, tal como se pierden los acordes del arpa ahogados por los rítmicos trombones. La niña no comprende ni le interesa en realidad lo que canta Taube sobre un bote y La Habana y el Caribe y las olas azules. No le interesa. Sueña con llegar a ser solista bastante más al Sur. O, mejor aún, con encontrarse con su novio para aprovechar sobre la grama lo que queda del verano, que no es mucho. O con viajar por esos mares en el tiempo sin fin que el viejo Taube tanto soñó mientras recorría con su extraña guitarra sueca y su voz gruñona aquellos mares lejanos, poblados por campanas y por alegres canciones. Allá adelante está el público convertido en niebla. Sonrisas y sueños que también habitan el espacio del Skansen, el enorme museo al aire libre con zoológico y aldeas y ciudades y pueblos que en la isla de Djurgården fundó en 1891 Artur Hazelius, que es algo que la niña del oboe ignora mientras con la cabeza y el torso sigue el ritmo del vals de Taube. Vuelve a soñar los sueños de Taube.
Klara jobbet med glans,
gå iland någonstans,
ta en kyss eller två i en yrande dans!
Så länge skutan kan gå,
så länge hjärtat kan slå,
så länge solen den glittrar på böljorna blå.
Taube, el hijo, termina. Termina el vals y el cantante se retira. La orquesta toca una especie de fanfarria que anuncia el próximo número. Es como un circo. Un circo de verano. Taube hijo está contento. Otra vez lo aplaudieron. Y la niña vuelve a soñar los sueños de Taube.
El héroe local
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
II
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
El héroe local
José Antonio Páez podría ser la contraparte de José Tomás Boves, pero no lo es. Tuvo muchas de las características de Boves, la audacia, la inescrupulosidad, la condición de vivo criollo y, sobre todo, la de caudillo tropical, pero no tuvo, en absoluto, la crueldad, la maldad de Boves. Al principio de su carrera de soldado estuvo a punto de morir cuando fue objeto de la ferocidad de aquellos días, y se salvó mediante la astucia. Y al final de su carrera fue agredido por otro caudillo, Ezequiel Zamora, pero sin que corriera peligro alguno su vida. Simplemente, Zamora y los suyos se divirtieron vejando al viejo general, en forma muy poco civilizada y que puede ser tachada de cobarde, pero sin mayores consecuencias, salvo la de manchar sus propias imágenes.
El general José Antonio Páez nació el 13 de junio de 1790, entre Acarigua y Araure, en una zona rural que hoy es urbana y se conocía por el nombre de un riachuelo que la atravesaba: Curpa. Su padre era Juan Victorio Páez, un canario, blanco de orilla, es decir, de raza blanca pero sin fortuna ni títulos nobiliarios, que era funcionario del estanco del Tabaco, y su madre fue María Violante Herrera, también blanca de orilla. En sus memorias, su Autobiografía, apenas hay referencias a su infancia, que no debe haber sido muy feliz. La despacha en párrafo y medio, al inicio, de esta manera:
El 13 de junio nací en una modesta casita, a orillas del riachuelo Curpa, cerca del pueblo de Acarigua, cantón de Araure, provincia de Barinas. En la iglesia parroquial de aquel pueblo recibí las aguas del bautismo. Juan Victorio Páez y María Volante (Sic) Herrera fueron mis padres, habiéndome tocado ser el penúltimo de sus hijos y el solo que sobrevive de los ocho hermanos que éramos. Nuestra fortuna era escasísima. Mi padre servía de empleado al gobierno colonial, en el ramo del estanco del tabaco, y establecido entonces en la ciudad de Guanare, de la misma provincia, residía allí para el desempeño de sus deberes, lejos con frecuencia de mi excelente madre, que por diversos motivos jamás tuvo con sus hijos residencia fija.
Tenía ya ocho años de edad cuando ella me mandó a la escuela de la señora Gregoria Díaz, en el pueblo de Guama, y allí aprendí los primeros rudimentos de una enseñanza demasiado circunscrita. (…) Una maestra, como la señora Gregoria, abría escuela como industria para ganar la vida, y enseñaba a leer mal, la doctrina cristiana, que a fuerza de azotes se les hacía aprender de memoria a los muchachos, y cuando más a formar palotes según el método del profesor Palomares. Mi cuñado Bernardo Fernández me sacó de la escuela para llevarme a su tienda de mercería o bodega, etcétera, etcétera. (Autobiografía del general José Antonio Páez, Edición de Petróleos de Venezuela, C. A., Caracas, Venezuela, 1990)
Por cierto, esa Autobiografía fue publicada en Nueva York en 1869, dos años después de haber sido “presentada” a la autoridad local; en su tiempo se dijo, aparentemente sin base alguna, que el trabajo había sido escrito, o reescrito, por Felipe Larrazábal, liberal activo, nacido en 1816 y muerto en 1873; en realidad, Larrazábal, que siempre estuvo muy lejano al caudillo llanero, pasó por New York poco tiempo antes de morir, y cuando Páez terminó su Autobiografía en el exilio, Larrazábal vivía en Caracas.
La distancia entre Acarigua, Guanare o Curpa y Guama, es considerable, y lo era mucho más en aquellos tiempos, cuando no existían carreteras propiamente dichas, y Páez no explica cómo fue a tener su madre a Guama, tan lejos de donde debe haber estado su marido, si es que su marido vivía aún. Sí cuenta, y esa anécdota ha sido repetida una y otra vez a lo largo del tiempo, el incidente que tuvo con unos ladrones que trataron de apropiarse de un dinero que irresponsablemente exhibió en una bodega, en junio de 1807, cuando era un mozalbete de 17 años, en el pueblo de Yaritagua, mientras regresaba de Cabudare, pueblo cercano a Barquisimeto, a donde fue a hacer unas gestiones, enviado por la madre. Ya era de noche cuando cuatro asaltantes le cayeron encima, mató a uno y puso en fuga a los otros tres, y poco después, aunque se había convertido en héroe para muchos vecinos, temeroso de la venganza de los bandidos se vio forzado a irse de San Felipe, en donde vivía y trabajaba con su pariente Domingo Páez, y fue así como empezó su verdadera aventura llanera, en Barinas, en tierras del mantuano terrateniente Manuel Antonio Pulido, hombre que tendría alguna figuración en aquellos primeros días de la Independencia, en 1810. De simple peón maltratado pasó a ser negociante de ganado para su patrón, y hasta hombre de confianza de éste. Inicialmente, Páez fue víctima de los abusos de un capataz, el negro Manuelote, a quien años después Páez tomó prisionero y, según cuenta, lo trató con la mayor bondad, y que, ante las burlas de los otros llaneros afirmó: Ya sé que ustedes dicen eso por mí; pero a mí me deben el tener a la cabeza un hombre tan fuerte, y la patria una de las mejores lanzas, porque fui yo quien lo hice hombre. A los 19 años se casó con Dominga Ortiz, joven de posición acomodada y dueña de tierras en Canaguá, en las cercanías de Pedraza o Ciudad Bolivia, en pleno Llano barinés. No hay duda de que ya entonces se destacaba como un mozo muy inteligente y activo, que aprendía día a día y que con el tiempo llegó a ser hasta culto.
En aquellos días de la Patria Niña se inició su carrera militar, que lo llevaría hasta el tope, hasta la montaña más alta que alguien pudiera imaginar en su tiempo. Inicialmente sirvió bajo las órdenes de Pulido, luego, caída la primera república, se refugió en Canaguá, de donde debió salir obligado por el gobernador realista Tíscar, a llevar unas bestias a Barinas. Poco después se incorporó a una partida republicana, en el tiempo en que Bolívar llevaba adelante su Campaña Admirable. Luego venció en Canaguá a un jefe realista y fue ascendido a capitán. Pero la reacción del enemigo lo llevó a ser prisionero y a enfrentar en capilla su propia muerte, de la que escapó mediante varias estratagemas, entre ellas la de inventar un “ejército de ánimas” que puso en fuga a los pusilánimes enemigos. Poco después, a comienzos de 1814, se incorporó a las fuerzas de Ramón García de Sena, en Barinas. Luego de un tiempo en Mérida, se incorporó en septiembre a la columna de Rafael Urdaneta que, perdida la segunda república, iba hacia la Nueva Granada. Pronto estuvo en los Llanos de Casanare, y luego de un notable triunfo en Mata de la Miel, fue ascendido a teniente coronel de las fuerzas neogranadinas. Ya su fama se había extendido por todos los Llanos occidentales, y empezaba a hablarse de él como el Taita, que bien podía sustituir al Taita Boves en la admiración de los llaneros. Fue en esos días, en 1816, cuando dio sus primeros pasos en el campo de la política propiamente dicha, cuando Manuel Valdés le ordenó que asistiera a una reunión en la villa de Arauca, en la que se designaría un gobierno provisorio, que quedó integrado por Fernando Serrano, neogranadino, como presidente, Francisco Javier Yanes como Ministro Secretario y Rafael Urdaneta y Manuel Serviez como consejeros de Estado, en tanto que Francisco de Paula Santander quedó designado Comandante General del Ejército. Pero poco después, en septiembre, una Junta compuesta por Juan Antonio Paredes, Fernando Figueredo, José María Carreño, Manuel Antonio Vásquez, Domingo Meza, Francisco Conde y el propio Páez, resolvió deponer a los electos y sustituir a Serrano y a Santander por Páez, ascendido a general de brigada. Obviamente ignoraban, aun sabiéndolo, que Simón Bolívar, en una asamblea celebrada en la Villa del Norte, en la isla de Margarita, el 7 de mayo de ese mismo año de 1816, había sido confirmado como jefe de los independentistas, de todos, incluidos los que habían formado aquel gobierno de Guasdualito. Él lo narra con la mayor candidez en su Autobiografía: El día 16 de septiembre de 1816 llegué al cuartel general de Santander, y después de lo que he referido anteriormente, los jefes y oficiales que habían quedado en el campamento, y una gran parte de los paisanos salieron a recibirme proclamándome su jefe supremo. Sorprendido por aquel suceso les reconvine diciéndoles que cómo desconocían a Santander y demás autoridades que los mandaban. Contestaron que no descubriendo en Santander la capacidad y buen tino para salvarlos en aquellas circunstancias tan peligrosas, habían acordado dar aquel paso “a fin de que yo les liberara de la capilla en que ya se consideraban”, y que no debía negarme a su proclamación una vez que todos estaban de acuerdo en el cuartel general. Les reconvine de nuevo manifestándoles que no estaba dispuesto a apoyarles, y respondieron que no había otra soberanía que la que ellos representaban con la emigración de Nueva Granada y Venezuela, únicas reliquias de ambas repúblicas, y que por tanto estaban en aptitud de resolver y ejecutar lo que más les conviniese en aquella coyuntura. Luego el propio Santander habría aceptado los hechos, y Páez se convirtió en jefe. Había empezado la enemistad entre esos dos personajes, enemistad que le costó la vida a Bolívar, a Sucre y a Colombia la Grande.
Sin duda, era ya el personaje central de la guerra en los Llanos, y el que había sustituido a Boves como jefe, como caudillo de los llaneros. Luego de librar varias batallas, el 3 de enero de 1818 se entrevistó en el hato Cañafístola con el Libertador Simón Bolívar, y de esa reunión salió la unión de las fuerzas de ambos y el reconocimiento de Páez de la jefatura del caraqueño. Unión que, con algunos lunares, se mantuvo firme hasta la batalla de Carabobo, en junio de 1821, con algunos momentos heroicos como la batalla de las Queseras del Medio, conocida como la de “Vuelvan Caras”, y otros menos heroicos, como la de Calabozo, en la que Páez hizo imposible el triunfo definitivo de las armas venezolanas.
Terminada la Guerra de Independencia, Bolívar se fue hacia el Sur y Páez quedó como jefe de Venezuela. Su rivalidad con Santander lo llevó a conspirar abiertamente para deshacer la unión hecha por Bolívar, cosa que logró del todo en enero de 1830, cuando Venezuela se separó de Colombia. Se convirtió en el primer Presidente de la Venezuela separada, dejó a su mujer y se amancebó con una querida, y fue el caudillo de Venezuela hasta 1848, cuando fue derrotado por un antiguo subalterno en la batalla de Los Araguatos. Exilado, trató de regresar en 1849 pero fue derrotado por José Laurencio Silva, que lo remitió preso a Caracas (fue entonces cuando el joven oficial Ezequiel Zamora y sus hombres lo vejaron y lo irrespetaron). Preso en Cumaná, se reconcilió con su esposa, que movió cielo y tierra hasta lograr que lo sacaran del país, en 1850. En 1858 regresó a la patria a pedido de Julián Castro. Luego de luchar contra los federalistas, se convirtió en dictador, y en 1863, debido al triunfo federalistas, salió ya definitivamente al exilio. Admirado y respetado en el extranjero, murió en febrero de 1873, y desde 1888 ha sido huésped involuntario del Panteón Nacional.
Capítulos Publicados:
La niña mopribunda
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
La quema de los Libros
por Eduardo CASANOVA
Hace poco circuló por Internet la noticia de que durante la administración de Diosdado Cabello se destruyeron miles de libros en el Estado Miranda, entre ellos algunos títulos de Rómulo Gallegos y muchos de autores mirandinos. Ahora circula otra noticia por el estilo: los libros de la biblioteca de Don Chío Zubillaga Perera, que estaban en custodia en la Biblioteca “Riera Aguinagalde”, de Carora, fueron quemados por disposición de la Directora de la Biblioteca Pío Tamayo, que encabeza las bibliotecas regionales de Lara. La señora directora como que buscaba un lugar para algunos libros editados por el gobierno nacional, y la persona encargada de la Biblioteca Riera Aguinagalde le informó que en unos estantes estaba “un montón de libros viejos”, y la funcionaria, cuyo nivel cultural evidentemente no debe ser muy alto, ordenó que los botaran, lo que se hizo con la colaboración de la Policía, que en vez de combatir la delincuencia disfrutó enormemente quemando libros. A la barbarie de quemar libros, se suma el hecho de que el gobierno actual no se cansa de proclamarse izquierdista, y los libros que quemó eran de uno de los más notables maestros de la izquierda de su tiempo, que dejó en ellos notas manuscritas, señalamientos, comentarios que deberían servir de guía a quienes aún creen en las ideas de izquierda. Eso es lo que se gana cuando llegan a posiciones de gobierno personas que no tienen la más mínima preparación, la más mínima cultura, como son, por desgracia, esos que se autotitulan “rojos rojitos”. Son rojos como la candela de las quemas. Como la sangre que puede costarle al país la lucha contra los ignorantes, contra las bestias que queman libros.
El triunfo de Caín y la Traición a la Patria
por Eduardo CASANOVA
Con motivo de la decisión del teniente coronel Chávez Frías de poner la bandera de Cuba en el Panteón Nacional, agravada por la presencia en el Panteón de un conocido asesino cubano, circula por Internet una lista los catorce jóvenes oficiales asesinados por guerrilleros financiados y alentados por el régimen cubano, trece de ellos en la década de 1960 y uno en el coletazo de aquella locura, en la década de 1980. La lista es la siguiente:
1.- Teniente (Ej) Leonel Ramón Tapia (22/04/65)
2.- Teniente (Ej) Abelardo Estrada Vale (26/04/65)
3.- Teniente (Ej) Rafael Medina Hernández (17/06/65)
4.- Teniente (Ej) Lino Iribarren Forzán (19/10/65)
5.- Teniente (Ej) Félix Álvarez (13/03/66)
6.- Teniente de Navío Miguel Ponce Lugo (16/10/66)
7.- Teniente (GN) Juan Bautista León (25/02/67)
8.- Teniente (Ej) Ricardo Sandoval Reverón (08/06/68)
9.- Teniente (GN) Andrés Moreno Uribe (12/11/68)
10.- Teniente (Ej) Abdón Aguilar Valdivieso (16/12/68)
11.- Teniente (Ej) Rogelio Simeón Rodriguez
12.- Teniente (Ej) Luis R. Diaz Ruiz (02/02/69)
13.- Subteniente (Ej) Alberto Verde Graterol (24/09/69)
14.- Teniente (Ej) Jesús Ávila Paolini (04/10/83)
Llama poderosamente la atención el identificado con el N° 13, que murió en una emboscada en la carretera Anaco-Aragua de Barcelona, no por nada especial de aquel momento trágico, sino porque su hermano es el General de División (Ej) Nelson Benito Verde Graterol, Jefe del Estado Mayor Conjunto, tercer hombre en la jerarquía militar y responsable del establecimiento oficial de la Doctrina Militar de la Doctrina de la Guerra Asimétrica en la FAN.
¿La moral, la decencia y el honor de las Fuerzas Armadas venezolanas se han perdido al extremo de permitir lo que han permitido, y de que un hombre haya olvidado quiénes mataron a su hermano? Poderosos caballero es don dinero…
Los 7 Encuentros de Carolina Jaimes Branger
por Eduardo CASANOVA
Andrés es un niño de once años que se aburre en su casa. Su mejor amigo y vecino se fue del país, y Andrés, contrariado, ve cómo llegan los nuevos vecinos. Su hermanita, Sofía, se burla de él. Desea salir de su casa, conocer otros mundos. Y Carolina Jaimes Branger (Caracas 1958), ingeniera de sistemas con post-grado en Harvard, articulista ampliamente conocida no sólo en Caracas sino en diversos puntos de la provincia, se encarga de llevarlo a un paseo lleno de magia y encanto. Ella misma, en la dedicatoria que le hace a Luis Alberto Machado, se encarga de hacernos saber que “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry fue en buena parte su inspiración, el camino que escogió para ofrecer a los lectores su obra, llamada “Los 7 encuentros”, un trabajo dirigido por igual a niños y adultos, que coloca el nombre de su autora en posición de privilegio en la literatura contemporánea de Venezuela. Hay, sin embargo, otra obra con la que se puede relacionar “Los 7 encuentros”, independientemente de que su autora sea o no consciente de esa relación: “El pájaro azul”, una bellísima película de la década de 1940, en la que actuó Shirley Temple, y que cuenta la aventura de dos niños que salen en busca de un mítico pájaro que proporciona la felicidad, y después de viajar por sitios fantásticos, descubren que todo el tiempo han tenido el pájaro azul en su propia casa. Fue, en realidad, la primera adaptación cinematográfica (en la década de 1970 hubo una segunda, mucho menos afortunada) de una obra teatral del belga Maurice Maeterlinck, estrenada en 1906 en París y en Moscú, y que lo apartó del simbolismo y, sobre todo del pesimismo, que habían estado presentes en su obra anterior. En ella hay una clara influencia del modernismo, así como una clara preocupación, o, mejor, ocupación, por lo científico.
La intención de Carolina Jaimes Branger está muy lejos de la de Maeterlinck, sin acercarse demasiado a la de Saint-Exupéry. La escritura de su texto, que no es en realidad un cuento (un cuento narra una situación, independientemente de los personajes) sino un interesante relato, se inició como una carta dirigida a una de sus hijas, Irene, inspirada en la otra, Tuti, que es una niña especial y se convierte en el eje del relato, cuya intención se desvela claramente hacia el final, cuando se le revela a Andrés que tiene la misión de contarle a las madres de niños especiales que esos niños “viven en Noabit mientras duermen, y son felices”. Eso se produce después de que ese niño de once años, Andrés, luego de haberle pedido a una estrella fugaz que le permita conocer el mundo, se despierta de repente en un sitio extraño y debe vencer su propio miedo en presencia de un viejo sabio llamado Noroc. Andrés quiere volver a la seguridad de su casa, junto a su madre y su hermana (Sofía, nombre que significa sabiduría). Y es allí donde conoce a Tina, la niña especial. Inicialmente Andrés siente la necesidad de agredirla, porque se trata de lo desconocido, pero ese impulso pasa pronto, y descubre que es muy linda, con “los ojos color miel, las pestañas largas, el cutis como porcelana y el pelo liso en varios tonos de marrón”. “Aquir” es el nombre del sitio de su primer encuentro. De allí sale hacia “Talbán”, el lugar del segundo encuentro, en donde empieza a sentir afecto por Tina y a considerarla su hermana, lo que lo hace prometerse que cambiará de actitud con su hermanita, Sofía. Y pronto, al visitar un templo, descubre que Tina es un ángel, y recibe “lecciones de vida” de un nuevo personaje llamado Elena (nombre que bien puede referirse a la cuna de la filosofía occidental y origen de buena parte del pensamiento cristiano). Allí, Andrés “aprendió muchas cosas”. El tercer encuentro es en un lugar en donde predomina el azul, color preferido de los modernistas, llamado “Daranmi”. Allí encuentra a un personaje llamado Frei (libre el lengua germánica), y aprende lo que es la libertad, por la cual decide luchar en el porvenir. En el lugar del cuarto encuentro “Noab”, predomina el color amarillo y hay un pintor que canta poemas, que le enseña la importancia del arte y de hacer todo con amor. “Aruc” es el sitio del quinto encuentro, al que no va Tina porque el camino es muy largo, y es allí en donde Andrés es agredido por un niño color naranja, que lo acusa de feo y desteñido. Así conoce la discriminación, en especial cuando son varios los niños que lo atacan, razón por la cual hasta se desmaya y es asistido por un hombre color naranja, llamado Artin, que luego de auxiliarlo le dice que “todos somos iguales independientemente del color que tengamos exteriormente”. En “Juma”, el lugar del sexto encuentro, conoce a un personaje vestido de morado (Luc), cuya especialidad es ponerse en el lugar de los demás para poder comprenderlos, y también conoce a Tac, hermano de Luc vestido de verde, que promueve la generosidad, y a Hoc, el tercer hermano, vestido de azul, que le enseña la importancia de perdonar. Las palabras adquieren allí importancia de símbolos: “Luc” puede estar relacionada con el inglés “Luck”, “Tac” con el germánico “tak” (gracias) y “Hoc” con el término latino que define “Esto”. Por último, “Noabit” es el sitio del último encuentro, en donde está Irene (la destinataria inicial de la carta), encargada de cuidar a los niños que “de alguna forma, no van a crecer”. Allí la autora se hace plenamente presente, al afirmar que “Una de las metas que debe perseguir la humanidad es que se trate a los niños con necesidades especiales como se les trata en Noabit”, o “El dolor más grande que hay en el mundo es el que sufre una madre por un hijo”, frases que no requieren explicación alguna, salvo que cada uno decida lo que para sí significa “Noabit”, que puede tener alguna relación con “Utopía”, el lugar que no existe, que no es habitado por nadie. Allí debe despedirse Andrés (nombre relacionado con todo el ser humano), de Tina, porque él no puede entrar a Noabit por no ser un niño especial. Pero es allí en donde se entera de que su misión es “crecer bien” y contarle al mundo lo que vio y aprendió en su viaje de siete días. “Cuéntales a las mamás –le piden– que sus niños especiales viven en Noabit mientras duermen, y son felices. Ayuda a esas familias a entender que tienen un regalo, que tienen un ángel en sus casas”. Es la autora asumiendo el papel trascendental del protagonista. Andrés, que siete días antes quería regresar a su casa, ahora se resiste a despedirse de Noroc y, sobre todo, de Tina. Cuando despierta, en el epílogo del relato, descubre que no pasaron los siete días que creía haber vivido. Que todo, tal como en “El pájaro azul”, fue en una noche. Una noche que cambió toda su vida. Ahora comprende mejor a su hermanita, Sofía, y a todo cuanto lo rodea. Y poco después encuentra en su propia casa, junto a su madre, a sus nuevos vecinos: Irene, y junto a ella, Tina.
Un relato muy bello que, tal como “El Principito”, debe ser apreciado grandemente por niños y por adultos. Por toda la humanidad.
Petróleo y Revolución
por Eduardo CASANOVADesde hace mucho tiempo he venido sosteniendo que en la Venezuela petrolera era muy fácil hacer una auténtica Revolución, y que su profundidad dependía de la voluntad de quienes la hicieran. El ingreso generado por el petróleo desde fines del siglo XX era tan grande que permitía crear un sistema estable y permanente de seguridad social para todos los venezolanos, y paralelamente desarrollar el país en forma tal que hubiese empleo seguro y grandes oportunidades también para todos los venezolanos, para desarrollar a tal grado la economía que, sin traumas, podría hasta transformarse Venezuela en un país del Primer Mundo con sistemas de seguridad social equivalentes a los escandinavos, y hasta mejores. Pero, además del petróleo y su riqueza, se requerían dos elementos: honestidad y eficiencia. Con esa combinación de petróleo, riqueza, honestidad y eficiencia era sencillísimo hacer una verdadera Revolución como nunca se había logrado en la historia de la humanidad. Pero desde que el teniente coronel Chávez Frías asumió el poder, me di cuenta de que no tenía la más mínima intención de hacer una verdadera Revolución ni nada parecido. Le interesaban más el poder y la buena vida que el pueblo venezolano. Por eso emprendí en 1999 una campaña, a través del semanario La Razón, dirigida a mis amigos de izquierda y orientada a hacerles ver que el teniente coronel Chávez no es ningún revolucionario, sino un oportunista y demagogo enamorado de sí mismo y con el simple deseo de vengarse de la humanidad, es decir, un personaje negativo, tan negativo como José Tomás Boves, del que nada realmente bueno podría esperarse. Muchísimos de mis amigos izquierdistas recibieron el mensaje y actuaron en consecuencia. Muchos de ellos, que al principio estaban entusiasmados con la revolución posible, abrieron los ojos y se alejaron de los aventureros y logreros, más fascistas que otra cosa, en los que el teniente coronel Chávez Frías apoyó su tinglado de falsedades. Otros prefirieron seguir gozando de las ventajas de poder. Alguien hasta dijo que sabía muy bien que yo tenía razón, pero que por primera vez en su vida tenía un gobierno amigo y no iba a desperdiciar la oportunidad de una vida mejor. Lástima. Lástima por esa persona. Lástima por el país. Si el teniente coronel Chávez en vez de hacer mal uso del poder para practicar la corrupción, o para promoverse como gran “líder” mundial al que una serie de aprovechadores le exprimen dólares y hasta se ríen de él, hubiera aprovechado la inmensa riqueza petrolera que le entró al país para solucionar los problemas del país, habría hecho una verdadera Revolución, y no habría pasado a la historia como el peor gobernante que la pobre Venezuela ha soportado desde que existe la luna. Y para desgracia de los pobres venezolanos, como dijeron García Márquez y Simón Díaz en sendos arranques de originalidad: no hay otra oportunidad.
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
por Eduardo CASANOVAEl Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
Mucha gente, en especial en los países del llamado “Primer Mundo”, opina que el teatro sólo puede existir en civilizaciones desarrolladas. El teatro y la música, es decir, las artes escénicas. Sin embargo, la música en la Caracas colonial alcanzó un grado importante de desarrollo. Y el teatro en Venezuela también ha logrado impresionantes avances, que dejan muy mal parada esa teoría.
Ya habíamos visto que según Enrique Bernardo Núñez la primera actividad teatral de la ciudad junto a la montaña cinética se produjo en 1595, el mismo año en que nació en Caracas Don Quijote de la Mancha, cuando en el día de Corpus, Melchor Machado montó en la puerta de la iglesia un espectáculo de “danza y comedia” (Núñez, Enrique Bernardo, Op. Cit., p. 52). También vimos que don Arístides Rojas atrasa ese hecho un lustro, y esa es la fecha que admite Carlos Salas, historiador del teatro caraqueño, aun cuando reconoce como probable que esas representaciones teatrales se celebraran desde mucho tiempo atrás (que no podría ser desde más de veintisiete años, pues antes no había ciudad, ni aldea, ni caserío en donde pudiese haber teatro europeo), “pues en las Actas del mismo Cabildo ya se anunciaban comedias, toros y cañas y diablitos danzantes, en los días de Corpus, Santiago, San Mauricio y San Sebastián” (Salas, Carlos, Historia del Teatro en Caracas, Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, Venezuela, Segunda edición Corregida, 1974, p. 9).
Cuenta el mismo cronista que en tiempos del gobernador Felipe Ricardos, el que asoló la casa de Juan Francisco de León, saló el terreno y le puso el poste de ignominia, hizo representar obras de teatro en un escenario montado en el Norte de la Plaza Mayor. Hay que suponer que las obras allí escenificadas debían ser de carácter ejemplarizante, moralizante y amedrentante para quienes tuvieran ideas desestabilizadoras. Se sabe también que a fines del siglo XVII Caracas tenía nada menos que una buena orquesta filarmónica y “algunos grupos de aficionados al arte de hacer comedias que se atrevían a montar obras de Encina, Lope de Vega, Lope de Rueda, Calderón de la Barca y Ramón de la Cruz” (Ibídem).
Quizá uno de los hechos más impresionantes (y que, de paso puede hacer que los sostenedores de la idea de que la cultura genera revoluciones) es el que en 1784 el gobernador Manuel González Torres de Navarra haya construido un teatro para la ciudad. Dice al respecto Luis Alberto Sucre: El Gobernador Don Manuel González, que era de carácter alegre y sociable, muy amante de las diversiones cultas, instruido, inteligente y apasionado por el teatro, quiso dotar a Caracas de un Coliseo que correspondiera al grado de cultura que ella había alcanzado, y no pudiendo disponer de fondos públicos suficientes para llenar lo que él creía una necesidad, lo construyó a sus expensas; y como homenaje de simpatía lo ofreció de regalo a la ciudad (Sucre, Luis Alberto, Op. Cit., p. 294).
Cae en un error de identidad don Carlos Salas, cronista del teatro venezolano, al suponer que los actores que cita como elenco de obras en el teatro de González de Navarra puedan haber sido “los mismos que vieran trabajar Depons y Humboldt a comienzos de 1800, cuando vinieron a Venezuela en misión científica”(Salas, Carlos, Op. Cit., p. 11). Quien acompañó a Humboldt en su viaje no fue Depons, sino Bonpland. Pero lo realmente significativo es que Humboldt aprovechó la oportunidad para estudiar el cielo, puesto que el teatro era descubierto, pero no se puede saber si se fastidió por la función o si, simplemente, su interés como científico lo movió a olvidarse de las estrellas del escenario y buscar las del firmamento, que eran, son y serán bastante más importantes que la farándula, por aquello de la eternidad.
En todo caso, Humboldt quedó muy impresionado con la población caraqueña que vio y oyó en su visita de dos meses a la ciudad al pie de la montaña cinética. Sus comentarios nos permiten ver que ya en aquellos tiempos los habitantes de Caracas tenían características culturales importantes, así como el mismo interés por la política que han demostrado en la transición del siglo XX al XXI, cuando han hecho cosas que dejan sin aliento al mundo, en defensa de las libertades por las que tanto lucharon poco después de la visita de Humboldt, a quien le llamó poderosamente la atención, mientras atravesaba la montaña para ver por primera vez la ciudad fundada por Diego de Losada, escuchar a varios viajeros que discutían abiertamente, en la Posada de La Venta, acerca del intento revolucionario de Gual y España, lo cual consideró una gran imprudencia, pues no se le escapaba que el gobierno español había impuesto en el sitio un sistema represivo y era obvio que debía haber espías por doquier (Humboldt, Alejandro de, Op. Cit., p. 230). Pero una vez llegado al sitio e instalado en él, le llamó aún más la atención el vivo interés de los caraqueños por la política, que no implicaba dejar de participar también en todo lo que implica la cultura. Me ha parecido –afirma– que hay una marcada tendencia al estudio de las ciencias en México y en Santa Fe de Bogotá; mayor gusto por las letras y cuanto pueda lisonjear una imaginación ardiente y móvil en Quito y en Lima: Más luces sobre las relaciones políticas de las naciones y de las metrópolis, en La Habana y en Caracas. Las múltiples comunicaciones con la Europa comercial y el Mar de las Antillas que arriba hemos descrito como un Mediterráneo de muchas bocas, han influido poderosamente en el progreso de la sociedad en la isla de Cuba y en las hermosas provincias de Venezuela. Además, en ninguna parte de la América española ha tomado la civilización una fisonomía más europea. El gran número de indios labradores que habitan en México y en el interior de la Nueva Granada dan a esos vastos países un carácter particular, casi diría más exótico. A pesar del acrecentamiento de la población negra, cree uno estar en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en otra parte alguna del Nuevo Mundo (Humboldt, Alejandro de, Op. Cit., Tomo II, p. 261).
Y un poco más adelante dice: Noté en varias familias de Caracas gusto por la instrucción, conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana, una decidida predilección de la música que se cultiva con éxito y sirve –como siempre hace el cultivo de las bellas artes– para aproximar a las diferentes clases de la sociedad. (Ibídem, p. 264)
En ese terreno es impresionante lo que afirma Salas: Que en 1808, año de la Conspiración de los Mantuanos, mientras se preparaba en toda su intensidad el drama que estaba por venir, el público de Caracas pudo ver representadas en su ciudad, con una orquesta en la que tocaban, entre otros, Cayetano Carreño, Lino Gallardo, Bernabé Montero, Juan José Landaeta, Juan Meserón, Narciso Lauro, Juan José Caro de Boesi y José Ángel Lamas, “algunos fragmentos de Pizarre, ou la conquette de Perou, del compositor francés Joseph Candeille, estrenada en París en 1751, y algo de La flauta encantada y del Don Juan de Mozart, entre otros” (Salas, Carlos, Op. Cit., p. 13).
De donde se infiere que, aun cuando ninguno de sus biógrafos lo haya registrado ni sospechado, Mozart estuvo en Caracas en los últimos momentos de calma antes de la tormenta.
Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
Aníbal reencarnado
por Alberto HERNÁNDEZ
Dícese -y está probado-, que cuando un humorista toma la firme decisión de marcharse a otro lugar (vulgo mundo), deja escrito el deseo de probar suerte con los ángeles, arcángeles, demonios y demás habitantes de las alturas u honduras de la imaginación de la muerte. Este deseo seguramente fue expresado por Aníbal Nazoa con la condición de que allá arriba (o abajo), donde lo esperaba Aquiles, le permitieran armar un célula clandestina con Leoncio Martínez, Job Pim, Miguel Otero Silva y León Levy, y de esa manera organizar la sucursal de los grandes jodedores venezolanos de la eternidad, sin complejo alguno. Cosa fácil de lograr puesto que los nacidos en esta tierra son reconocidos en la otra dimensión como los únicos, más que los budistas, en reencarnar felices, anónimos e indocumentados. De Aníbal se podía esperar cualquier cosa en vida, imaginemos entonces cuán cruda podrá ser su calidad de reencarnado. Y más si lo acompañan estos sujetos de mala índole, los mencionados en primeras líneas, toda vez que hicieron de la existencia un espacio para acabarle la paz a aquellos que hicieron de la vida de los demás una verdadero infierno.
Veo a Aníbal con un cigarrillo en la boca, mientras Aquiles pasea con las muñecas de Angelina Utrera. Leo y Job Pim se pelean una novia. Miguel Otero revisa su agenda de entrevistas con el santoral, preso a escribir otras Celestiales y la segunda parte de La piedra que era Cristo. Por su lado, León vaticina desde su sinagoga bolchevique el fin de la seriedad y el consumismo en las esferas del silencio.
¿Qué podrá decirnos Aquiles sobre Los animales de Caracas en el cielo, o de la juglaría del Catuche en plena eternidad? ¡Cómo será eso¡ Igual podría pensarse de Aníbal, novato en asuntos de la muerte, quien además acaba de rebelarse contra la cursilería de algunos políticos que al morirse visten sotana y se la pasan con un rosario en las manos.
Por esa razón, Aníbal Nazoa ha decidido reencarnar.
Lo vemos repasar sus Obras incompletas para refrescar la memoria y no caer en la trampa aquella de repetirse. Sopesa su talento a ver si escribe una crónica acerca del vacío que significa el mundo sin ellos, sin la joda académica y guaratera. Pero considera vanidoso el tema y se dedica –no tanto por lo académico, sino por aquello de sacar de su originalidad y contexto la reserva moral de los muertos de El Guarataro. Se dedica entonces a pensar en qué cosa reencarnará. Sabemos de su disgusto por el vodevilesco rastacuerismo de muchos, sobre todo de cierta gente de la cultura. Aspira el humo del cigarrillo bajo una palmera enana y piensa en la inmortalidad del cangrejo, más allá de Spinosa, Kant o San Cono.
“¡Qué difícil es escoger en que reencarnar¡”, se dice mientras prepara un discurso ante Chaplin y Mario Moreno para presentarlos en sociedad. En ese instante se le prende el bombillito que le regaló Quino y empezó a preparar su retorno transformado, Kafka cualquiera, lo que será una verdadera sorpresa para todos los animales caraqueños.
Escoge el saco, los zapatos, un sombrero muy pastoreño , los libros de su gusto para emprender el viaje hacia las regiones equinocciales donde entrará en el cuerpo de alguien y así declararse reencarnado. “¿Le hago caso a Aquiles y reencarno en marrano? No, me pueden comer en diciembre”. Repasa El ruiseñor de Catuche, los dibujos de Leo y los relatos del Jobo, hasta pidió prestada la biografía de Régulo Pérez, que es demasiado decir. Allí no encontró nada. Llamó por teléfono a Piolín de Macramé, pero éste siempre estaba ocupado. Intentó comunicarse con Zapata, pero estaba ensayando “El pantaletazo”, lo que le produjo un ataque de tristeza por todos estos sufrimientos inoportunos.
Entonces, bajo la sombra de una mata de mango celestial, Aníbal dejó de preocuparse y bajó a la tierra como él mismo. Mientras descendía a toda velocidad, se encontró en el camino a muchos que subían lentamente, sorprendidos y hasta asustados por la lozanía de quien bajaba rodeado de nubes y relámpagos, aunque a él no lo consultaron para ponerle esa escenografía.
Tocó tierra, pero se dio cuenta de que había caído en Guardatinajas. Volvió a tomar altura y llegó airoso a Sabana Grande. Alegre por ver su ciudad de nuevo, aunque el humo de la capital le provocó tos, Aníbal se sentó en un café y pidió un guayoyo. Allá a lo lejos vio a alguien parecido a Denzil Romero. Y un poco más acá a un tipo muy ruidoso. Afinó la mirada y lo identificó: Rafael Cadenas.
Finalmente, el el mesero, casi amable para estos tiempos, le trajo el cafecito. Este, dubitativamente, lo miró extrañado y le preguntó con esa timidez que suelen ensayar los mesoneros: -¿Usted por casualidad no será Aníbal Nazoa? El recién llegado le respondió: -Por casualidad no, yo soy exactamente Aníbal Nazoa.
Todos los comensales y los que no lo eran voltearon hacia la mesa de Aníbal y se levantaron de un tirón. Se dirigieron a él y le pidieron autógrafos, la dirección de Aquiles en el cielo y hasta la bendición un carajito que andaba limpiando zapatos, y que para las malas lenguas era Panchito Mandefuá. -“Pero Aníbal, ¿tú no te acabas de morir?-, le espetó uno que se la daba de avispado. -“No, chico, yo no me acabo, eso fue hace ya algunos años, pero estoy bien, gracias”. Y como quien no quiere la cosa, ya a punto de levantarse y largarse, completó: -Y bueno, chico, ¿es que yo no tengo derecho a visitar a mis amigos, a reencarnar en mí mismo?”.
Cuando Aníbal recobró el aliento por tanta amabilidad, se dijo: “Lo mejor que puedo hacer es quedarme definitivamente como yo mismo; no ves tú, Aquiles, que no me cobraron el café”.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
La Acidez de Bibliófilo
por Gonzalo PALACIOS G.Quien lea “El viejo librero” (LITERANOVA, 15/08/08) se dará un banquete literario; lamentablemente, en Venezuela todo “banquete” ofrece el peligro de un ataque de acidez. “El viejo librero”, un fino cuento por Alejo Urdaneta, introduce al lector en el maravilloso mundo de los libros y corotos usados. Urdaneta hace honor a la memoria de los filósofos estoicos quienes proponían que la economía de palabras es señal de precisión en el arte de expresarse. A su vez, la precisión conduce a la Belleza, el eidos o ideal platónico que debe guiar toda acción humana. Basten las siguientes líneas para comprobar que la parquedad de palabras demuestra el dominio que Urdaneta tiene sobre ellas:
El viejo robaba de sus libros y objetos de antaño vidas vividas, palpaba en el lomo de las ediciones in-octavo la fragancia que el tiempo depositó, su mirada quedaba detenida en pinturas de siglos pasados.
No es la vida vivida que le robamos a nuestros viejos amigos de papel la que nos puede causar un malestar físico y metafísico, ni tampoco la elegante y silenciosa compañía con la que nos distinguen desde los estantes de nuestras “bibliotecas”. La “indigestión” o acidez a la que me refiero se refleja en las últimas líneas de “El viejo librero:
Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos. Pero en cualquier lugar donde estén, nunca tendrán la magia que rodeó el recoleto lugar debajo de un puente en la ruidosa avenida.
En Venezuela sufrí el mal al que me refiero arriba, la “acidez del bibliófilo,” en dos ocasiones, ambas relacionadas con mis labores editoriales en la serie “Los Escritos del Libertador” (Ediciones de la Presidencia de la República). Además de literario, mi “banquete” era también histórico ya que los “Asesores Técnicos” de la Comisión Editora eran Don Pedro Grases y Don Manuel Pérez Vila. Desde entonces me ha sido imposible calcular las posibilidades de que dos educadores de la talla de estos dos señores coincidieran en mi formación intelectual. Y aunque denomino como “banquete” las actividades que nosotros tres llevamos a cabo durante un período de tres años escasos, conviene aclarar que utilizo el vocablo menos como metáfora de los placeres del buen comer y beber y más como recuerdo de lo acontecido en el Simposio de Agatón hace unos 25 siglos. Lo que nos describió Platón en ese diálogo fue un proceso de aprendizaje dialéctico en el que participaron unos 10 invitados. Cada uno recostado sobre un sofá, conversaban sobre el Amor mientras jóvenes esclavos traían alimentos y bebidas a los comensales. Don Pedro, Don Manuel y yo conversábamos sobre Simón Bolívar, sus virtudes cívicas, Simón Rodríguez, Andrés Bello, los filósofos que influyeron en el pensamiento del Libertador y muchos otros temas que facilitaban y hacían posible la labor de editar los escritos del gran venezolano. Nuestro “banquete” consistía de un “negrito” en el restaurante La Atarraya en la Plaza del Mercado, que nos abría sus puertas a las 7, cuando los rayos del sol alumbraban el Ávila diagonalmente desde Petare. Una vez consumido el café matutino volvíamos a nuestras labores. La gran mesa de caoba de la Biblioteca de la Sociedad Bolivariana era nuestra sala de “banquetes”, alrededor de la cual elucidábamos los auténticos escritos bolivarianos. Todo esto comenzaba diariamente a las 4:30 de la madrugada y terminaba al mediodía. Me acuerdo la primera vez que llegué a trabajar, aun de noche, con frío (finalmente entendí lo del “mantuanaje”), y sin llave para el portón de la Sociedad Bolivariana. El ruido del aldabón – casi un trueno en medio de un silencio sepulcral – no sólo llegó a oídos de Don Pedro que se encontraba en el interior de aquella mansión seudo-colonial sino que despertó a una vieja que solía dormir en el zócalo de la venta de billetes de lotería al lado opuesto de estrecha calle. El bulto de bolsas plásticas, periódicos y por lo menos una manta comenzó a deshacerse y a maldecirme por haberla despertado. La vieja primero describió a mi madre y luego procedió a identificarme como “hijo de…” En ese momento Don Pedro abrió el portón y salvó a la vieja de pasar juicio sobre mi persona sin fundamento alguno. “Cállese ya, doña Marta! Respete!” La vieja, de espaldas a nosotros y en cuclillas, orinó por primera vez ese día y comenzó a recoger sus pertenencias, al mismo tiempo que rezongaba para sí misma. “Y no se preocupe, el Dr. Palacios no la volverá a molestar mañana,” y me entregó la llave para el portón. Al poco tiempo llegaba Don Manuel y era entonces que le entrábamos al “banquete.”
El primer caso de “acidez del bibliófilo” lo sufrí en la casa vecina a la Sociedad Bolivariana, la Casa Natal del Libertador. Frecuentemente tenía que consultar el “Archivo” de Bolívar, o sea, los originales de la mayor parte de sus cartas, proclamas y otros documentos que el Dr. Vicente Lecuna había declarado como fidedignos del Padre de la Patria. Por razones inexplicables, había sido el deseo del Dr. Lecuna que aquellos papeles no saliesen de la caja fuerte en las que se guardaban desde principios del siglo XX. Sin control alguno de temperatura ni de humedad, cada vez que la funcionaria encargada de aquel tesoro histórico abría la pesada puerta de acero, yo pensaba que estábamos extendiendo la vida de millones de microbios, alimañas y quién sabe qué otros parásitos para quienes aquellos documentos constituían otro aspecto del “banquete.”
“Francisco,” llamé al portero. Un hombre delgado, de traje marrón claro y corbata negra (la corbata era obligatoria), Francisco llevaba ocho años trabajado como portero de la Casa Natal. “¿Aquí hay un baño para los empleados?” Le pregunté, sabiendo que no lo había para los visitantes.
“Allá atrás, en el corral. Detrás del jardín de los granados,” me dijo. “Usted sí puede pasar, usted es de la casa.” Y, por primera vez en mi vida, entré a un sitio que hasta entonces consideraba secreto, algo así como los sótanos de la Iglesia de San Francisco, donde, decían las malas lenguas, estaban enterrados los hijos de los monjes franciscanos de la Colonia. El corral de la Casa Natal ocupaba prácticamente la octava parte de esa manzana. Hasta el siglo XIX era la caballeriza de la casa, y más tarde, antes de la renovación que se le hizo en tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez, depósito de una casa comercial. Apenas pasé a aquella zona prohibida al público, a mi izquierda, bajo un techo de zinc a una altura no menor de seis metros y a lo largo del patio aquel, unos 20 metros en total, libros. No unas cuantas cajas de libros, tampoco unos dos o tres cientos libros sueltos: piense el lector entre 15 y 30 mil volúmenes arrumbados, a la intemperie buena parte de ellos, alimento no para bibliófilos sino para las ratas y los ratones que se paseaban y escondían detrás de un castillo formado por unos cuantos ejemplares de El Correo del Orinoco, o las obras de Francisco de Miranda, Andrés Bello, Alvarado, y hasta las del doctor Vicente Lecuna, cruel ironía de aquel triste espectáculo. Esa misma tarde pedí autorización del Presidente de la Sociedad Bolivariana, Don Cristóbal Mendoza, para recuperar el mayor número de libros posible, empaquetarlos y donarlos a los diferentes planteles educacionales de la nación. Don Cristóbal me dio el permiso de inmediato y al día siguiente comencé aquella tarea cuya magnitud y suciedad me recordaba la de Hércules y los establos del Rey Augeas. Lamentablemente, no logré concluir mi trabajo pues tuve que ausentarme del país y “Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos.”
El segundo caso de “acidez de bibliófilo” me dio en Ciudad Bolívar, hace unos treinta y cinco años. Estaba de vacaciones con mi familia y quise enseñarle a mi esposa, oriunda de Pennsylvania, la casa donde tuvo lugar el Congreso de Angostura. Allí se conservaban los libros y documentos bolivarianos desde la fecha misma del Congreso. Llegamos a la casa sin dificultad alguna. Estacioné en frente del famoso edificio y me dirigí a quien aparentaba ser jefe de una cuadrilla de pintores. Era la hora de almuerzo y hacía un calor sofocante. Las ventanas de la casa del Congreso, abiertas de par en par, el interior perfectamente blanco y vacío.
“Maestro,” le dije, “buen provecho. ¿Y los libros? ¿Están al fondo?” Le pregunté.
“¿Libros? Mi contrato es para pintar la casa. ¿Tú sabes algo de libros?” el jefe de la cuadrilla se dirigió a los otros dos hombres que almorzaban con él.
“Aquí no se venden libros. Lo único que encontramos nosotros aquí eran unos cajones con libros y papeles que se los estaban comiendo las cucarachas y los ratones. Nosotros botamos esos cajones en el río. Eran como 20 o 25 cajones. Grandes, casi del tamaño de…” Pero ya yo no podía oír al hombre. ¡Al río! Los archivos del Congreso de Angostura, al río! Las palabras de “El viejo librero” de Alejo Urdaneta resultaron ser historia en lugar de ficción:
Del destino de los libros y de tantos objetos valiosos nadie supo. Estarán, quizás, dispersos y hasta perdidos o destruidos. Pero en cualquier lugar donde estén, nunca tendrán la magia que rodeó el recoleto lugar debajo de un puente en la ruidosa avenida.
Cada vez que pienso en estos episodios, me repite la “acidez del bibliófilo.
Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.
El Dominó
por Gonzalo PALACIOS G.Semana Santa, 1959
Uno que otro bedel durmiendo o fumando cerca de la puerta principal del Rectorado, pero de resto, silencio y soledad… Los que estudiaban arquitectura ni siquiera tenían obligación de leer o de preparar un “proyecto” para después de aquellos días de asueto. Esa facultad estaba dividida parejamente entre mujeres y hombres y de estos últimos muchos tenían fama de ser o eran homosexuales. Esos datos demográficos producían un número desproporcionado de mujeres por cada hombre, mayor que en cualquier otra facultad. Los estudiantes más cercanos a la Escuela del maestro Villanueva, los de Ingeniería, almorzaban en el cafetín de Arquitectura para luego ayudar a los “pichones de arquitectos” con problemas en materias como Resistencia de Materiales y Geometría Sólida. Cosa curiosa: únicamente las mujeres tenían tales dificultades. Si uno se pasaba un rato en Ingeniería se percataba de la verdadera razón de aquel generoso tutelaje: una escasez casi total de colegas del sexo opuesto.
Serían las 7:30 PM cuando terminó de vestirse. “Lavanda Yardley” en el pañuelo, “Brylcream” (sin grasa) en el pelo, y después de la loción de afeitar, talco en la cara. Esa noche el ritual era especial: delante de un espejo de cuerpo completo, como cuando un matador se viste con su traje de luces antes de la corrida. Un mismo objetivo: dar una estocada final perfecta. La muerte de un inocente, cierto, pero la muerte también de todo sufrimiento posterior. Un auténtico sacrificio –sacrum facere– hacer sagrado lo que se ofrece al dios del público o del amor, según sea el caso. Se despidió de su hermano con quien vivía en esos tiempos y partió hacia el centro de la capital en su Fiat. Al acercarse a la residencia de su mamá en La Florida, y porque era demasiado temprano para llegar a su rendezvous en La Pastora, decidió visitarla un rato; tenía tiempo sin verla.










ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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