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Palabra(s): Miranda

Taller Crítico - LA ÉPICA DEL DESENCANTO

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Para entrar en “La épica del desencanto”. (Caracas: Alfa, 2009. 254 p.) de Tomás Straka (1972), una obra en la cual él desea desentrañar de nuevo los rasgos del culto venezolano a Simón Bolívar (1783-1830) y tratar de explorar las interacciones y entrelazamientos entre bolivarianismo, historiografía y política entre nosotros, se requieren a nuestro entender unos presupuestos básicos porque siempre se nos presenta a los venezolanos que a la hora de estudiar al Libertador que nos encontramos con este hecho básico: es, como escribió Germán Carrera Damas (1930): “Imposible dar un paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bolívar” (“El Culto a Bolívar”. 2ª.ed. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1973,p.21) o el maestro Pedro Grases (1909-2004): “Es difícil, si no imposible, dedicarse en Venezuela a temas de índole histórico cultural, sin tropezarse con la personalidad de Simón Bolívar, el Libertador” (“Obras”. Barcelona: Seix Barral, 1981, t. IV, p. XVII).
Y hay un solo camino para interpretarlo bien. Así lo señaló Grases al anotar “Hay que leer directamente los textos. A Bolívar no hay que defenderlo; Bolívar se defiende solo, lo que hay que hacer es estudiarlo, asimilarlo, comprenderlo, como hombre. Entenderlo en su grandeza, sin bajarlo a nuestra mediocridad. No hay que apearlo de su caballo. Está muy bien en su caballo en tanto que la devoción sea un magisterio y no simple admiración. A Bolívar hay que interpretarlo en el drama de la acción que quiso realizar, entonces es una de las piezas esenciales de la civilización universal” (“Reflexiones personales” en Obras. Barcelona: Seix Barral, 1989, t. XVIII, p.365). Y ello sin olvidar la insinuación de don Augusto Mijares (1897-1979), en la primera línea de su biografía del Caraqueño: “Exigir a un autor que sea objetivo al narrar una vida apasionante, es un contrasentido” (“El Libertador”. Caracas: Editorial Arte, 1964, p.1).

LA SOMBRA DE BOLIVAR

Y ello porque Bolívar siempre será para nosotros el héroe, la figura tutelar bajo cuya sombra ha vivido la nación, el siempre presente, el gran intuitivo de Venezuela, el primer caraqueño, el alero al cual se acogió Venezuela en sus horas más graves. Bolívar el constantemente interrogado, sobre todo en las instantes más difíciles, el siempre invocado. Héroe no solo por las grandes estrategias de sus campañas sino porque forma parte de esa familia seres humanos, de todas partes del mundo, que nos cautivan porque “causan asombro, admiración o respeto, y en algunos casos compasión” como indica el historiador británico Paul Johnson en su caracterización de estos seres (Héroes. Barcelona: Ediciones B,2009,p.14), personas, hombres o mujeres, que se caracterizaron por su virtud, generosidad y valentía.
Nos hemos referido a aquellas oscuras horas de la disolución nacional en el siglo XIX: tal durante la Guerra Federal (1859-1863), en esos caóticos siete años que van de 1863 a 1870, aun apenas mirados como se debiera, o desde la ruptura de la paz en 1892 hasta la llegada de los andinos a Caracas en 1899, e incluso hasta 1903. En esas horas el Libertador estuvo presente en las conciencias de las gentes, tanto que pudo escribir Guillermo Morón que entonces: “Tal vez porque las profundas raíces de la unidad de la cultura popular, la igualación social del viejo mestizaje y los nexos del idioma español, fueron suficientemente sólidos; tal también por el culto a la heroicidad, la sombra de Bolívar, el recuerdo de los héroes epónimos, un patriotismo a la antigua, convocó en las plazas públicas, en las pocas escuelas, en la voz de algunos hombres ejemplares y en la tradición popular, las escasas fuerzas de la soberanía histórica” (“Breve historia de Venezuela”. Madrid: Espasa Calpe, 1979, p. 181-182), notables frases estas que deberían esculpirse en las paredes de nuestra ciudades para que las gentes las lean cada día. Allí la presencia del Libertador fue acicate para esperar días mejores.

PARA ESTUDIARLO

Pero para comprenderlo hay que estudiarlo, directamente, en sus papeles, leídos como el indicó deseaba ser comprendido, tal como él pidió ser leído en su carta a su amigo Guillermo White (c1764-1834), “Tenga Ud. la bondad de leer con atención mi discurso, sin atender a sus partes, sino al todo de él” (“Escritos del Libertador”. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983, t. XVII, p.416). Pero a la vez que hay que partir de este principio, considerado por J.L. Salcedo Bastardo (1926-2005) el método preciso para leerlo, hay que añadir los siguientes materiales que nosotros sugerimos: 1) atención en todo momento a los sucesos de su biografía y no sólo a sus ideas. 2) debemos acotar que sus concepciones tienen gran importancia, diríamos que esencial, porque el fue un intelectual y serlo es darle más importancia a las ideas que a las personas, como sugiere el historiador británico Paúl Jonhson. Pero si seguimos sólo sus ideas, que es lo que hacen los historiadores de las ideas, equivocándose muchas veces porque estudian línea a línea sus renglones pero dejan de lado la acción que en un político como el Libertador es fundamental, él era un activista. Y fue el primer político nuestro, esto tampoco hay que perderlo de vista, en que hubo un flujo constante entre ideas y acción. Pero él no se explica sin mirar cada uno de sus pasos. Es en este punto donde El contrato social (1762) de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) es básico, allí está el tipo de sociedad que él quiso crear: democrática y liberal; 3) pero el análisis del Libertador además de lo ya indicado debe detenerse en sus grandes momentos psicológicos, en todo lo que le enseñaron los avatares de su acción; 4) por ello siempre que se estudie a Bolívar hay que tener a la mano, al lado, sobre nuestra mesa de trabajo, un ejemplar de “El príncipe” (1513) de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) para entender al político. Y si bien Bolívar criticó a su edecán Daniel Florencio O’Leary (1801-1854) por leer “El Príncipe” él lo había hecho desde muy atrás, con atención, tanto que su frase “si la naturaleza de opone” la ha encontrado, no textual, Manuel Caballero en el penúltimo capítulo de “El Príncipe”; 5) hay verlo como una criatura de la historia; 6) buscando siempre lo sustantivo en él, dejando de lado la red de adjetivos que nada explican. Sin el realismo político que no enseña Maquiavelo y que él utilizó no se le puede comprender, esa la tarea que hay que hacer ante él.

EL CULTO A BOLIVAR

El libro de Tomás Straka es relativo al culto al Libertador, pero él ha encontrado tal ángulo de expectación, de análisis, que nos ha logrado ofrecer un libro sustancial y sustancioso, el cual se aleja completamente de aquellas obras que utilizan a Bolívar como un arma política, la cual siempre nos impide el análisis porque ante el Libertador, insistimos, estamos ante una criatura de la historia. Un personaje, también es verdad, que ha logrado atravesar la barrera de los siglos, por ser su vivir y sus experiencias esenciales para un pueblo. ¡Y hay de la nación que no tenga a su Héroe¡ Los que a esos sucede no tienen identidad.
Y hay que insistir en el punto, como lo hace Straka, que si bien las manifestaciones falsas del culto a Bolívar deben siempre se criticadas y abandonadas, tal como aquella que él cita: “Todo está sintetizado en el Libertador. Sencillamente todo” (p.196) como se leyó un día en las columnas de “El Heraldo” caraqueño.
Pero la devoción venezolana a nuestro hombre tiene otra cara: fue, y creemos que es su mensaje lo que dio unidad a Venezuela, por ello vivimos bajo esa ala, bajo el cual todos los pueblos viven porque todos tienen su figura egregia. Y pobre el país, repetimos porque ese esencial, que no tenga su héroe, porque no tendrá ni dirección hacia donde dirigirse, ni entidad.
Y todos los pueblos han rendido culto a sus héroes, a sus figuras egregias, a sus hombres representativos. Si bien el Panteón Nacional puede ser visto como la máxima representación del culto oficial a Bolívar en verdad es más, es el lugar donde está la huesa que hay que recordar. La iglesia laica de la plaza del Panteón vale tanto para nosotros como la abadía de Westminster en Londres, El Escorial, en las afueras de Madrid, el Cementerio de Arlington en Washington o la Valhalla alemana, cuyas filas de tumbas miran al río Rin.
Es por esto mismo que observa Straka “a veces estas críticas a la ‘religión bolivariana’ van al otro extremo y descuidan lo que, también, de positivamente inspirador pueda tener el Libertador para los venezolanos” (p.164).Y reitera “el culto a Bolívar… (es) rasgo esencial de nuestra memoria nacional” (p.208-209). Y añade: “siguiendo a Luis Castro Leiva (1943-1998)… la base de nuestro ethos republicano es una combinación original, ingeniosa del catolicismo y ese conjunto de ideas cívicas que nosotros encerramos, descubrimos y no pocas veces atribuimos al bolivarianismo” (p.209).

EL LIBRO

Casi al abrir “La épica del desencanto” nos indica Tomás Straka insiste en la importancia que los venezolanos hemos dado al historicismo. Historicismo es la “Tendencia intelectual a reducir la realidad humana a su historicidad o a su condición histórica” como leemos en el Diccionario esencial de la lengua española (Madrid: Espasa, 2006, p. 782). Fue esto lo que llevó a decir a Carrera Damas: “La historia es quizá el ramo del conocimiento que más ha pesado hasta el presente en el complejo cultural venezolano. Las diversas expresiones de nuestra cultura histórica exhiben huellas de una fuerte carga histórica, manifiesta no solamente en la que sería normal integración de sus componentes, sino también en la presencia de la Historia como disciplina básica en la elaboración de los múltiples productos culturales” (Historia de la historiografía venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1961, p. X). Todo lo observamos los venezolanos a través del tamiz de la historia, por ello ante todo suceso siempre nos preguntamos de dónde viene, por qué sucede esto, cuál fue su génesis, de allí lo amplio de nuestra bibliografía histórica. Y de allí también la abundancia de obras con registros históricos en nuestra literatura, en nuestro teatro, en nuestras artes plásticas, en nuestro cine. En verdad la historia es el centro de Venezuela. No se puede entender a Venezuela sin ella y sin interrogar los libros de nuestra literatura en muchos de los cuales nuestra historia está imaginada, vista más allá del documento, logrando muchos veces más penetración que la que logran los libros de historia porque los creadores logran llegar al meollo del suceder humano, a lo que no pueden atrapar los papeles de la historia y sí la intuición del escritor de ficción.
Tomás Straka ha vuelto a mirar el culto a Bolívar porque, como él lo escribe, “cada generación escribe su historia” (p.223). Esto es tan importante que el maestro dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) indicaba “Cada generación debe justificarse críticamente rehaciendo las antologías, escribiendo de nuevo la historia literaria y traduciendo nuevamente a Homero” (Obra crítica. México: Fondo de Cultura Económica, 1960, p. 232). Por eso cada promoción venezolana vuelve a redactar la vida de Bolívar desde que Felipe Larrazábal (1816-1873), un hombre de la generación de 1830, escribió la suya que fue el libro más popular en Venezuela a todo lo largo del siglo XIX, aparecido el mismo año de la primera edición, en la Revista Literaria, de la “Biografía de José Félix Rivas” de Juan Vicente González (1810-1866), el segundo más famoso libro de esa centuria, a lo que se unió más tarde Eduardo Blanco (1838-1912) con “Venezuela heroica”. ¿Y no nos debe llamar la atención que los tres libros más leídos por los venezolanos en el siglo XIX hayan sido tres libros de historia y no una novela como sucede en tantas naciones? Y de allí, desde “La vida de Bolívar” de don Felipe Larrazábal, desde 1865, podemos seguir el caminar de las generaciones escribiendo la historia de Bolívar: Luis López Méndez (1863-1891) redactó la de los positivistas; Augusto Mijares (1897-1979) la de los hombres de 1918 y 1928, que son una misma generación en dos etapas, como acotó Fernando Paz Castillo (1893-1981); José Luis Salcedo Bastardo, Tomás Polanco Alcántara (1927-2002) y José Luis Silva Luongo (1930-2007) la de aquellos que actuaron en nuestra vida pública desde mediados del siglo XX hasta que se presentó la militarada en 1992. Y estos últimos no ha podido volverlo a hacer: no se han logrado escribir ningún libro de valor porque el de J.R. Nuñez Tenorio, que examina Straka con buen ojo, fue impreso en Caracas en 1975 y no en Chile, en donde apareció su segunda edición, y no es para nada una contribución a algo porque para nada su autor conocía y manejaba la documentación bolivariana. Y Nuñez Tenorio no pasó de ser una medianía como profesor de filosofía, no le conocemos ninguna contribución ni siquiera al marxismo. Murió en paz y nos dejó en paz, como Federico Brito Figueroa (1922-2000), para utilizar la frase del general Gómez al enterarse de la muerte de un antagonista. XXX
Y esto sin contar la inmensa bibliografía sobre el Libertador: en 1942 don Pedro Grases registró 1546 impresos de y sobre Bolívar en un repertorio (Catálogo de la exposición de libros bolivarianos. Caracas: Biblioteca Nacional, 1943. 239 p.) y en 1986 solo la entraba “Bolívar, Simón” de otra obra, compilada por el maestro Manuel Pérez Vila (1922-1991) y Horacio Jorge Becco (1946-2005), registraba 681 títulos (Bibliografía directa de Simón Bolívar. Caracas: Universidad Simón Bolívar,1986. XXIII, 405 p.). Y en el epígrafe del mismo volumen don Manuel citaba este pasaje de Guillermo Morón (p.XV):”Seguramente habría que dedicar toda la vida de trabajo de una docena de especialistas para poner en orden de la lectura la inmensa Bibliografía Bolivariana” (“Reflexión heterodoxa a propósito de Simón Bolívar”, Revista Nacional de Cultura, Caracas, n/ 250,1983,p.121-133).

SU ESENCIA

La esencia de “La épica del desencanto” la hallamos cuando al leerla, es un libro apasionante, tanto que por momentos los hemos leído como si siguiéramos las pista de los personajes de una novela, nos damos cuenta que Straka nos ofrece sus análisis sin ningún tipo de prejuicios, que son siempre juicios previos, sin rencores sociales de ningún tipo, que desgraciadamente aparecen tantas veces en las obras sobre Bolívar. En cambio él lo hace diáfanamente, aceptado al triunfador que fue Bolívar, lo fue porque fue fiel al proyecto vital y por haber sido uno de los pocos que logró realizar sus sueños. Y todo lo hace aquí Straka también lejos del “bolivarianismo escuálido”, tan nefasto como el chavista: porque ambos usan al Libertador como arma política en su combate por el poder. Y eso, desde el punto de vista de la investigación histórica es erróneo. Hay obras actuales en las cuales se intenta examinar a Bolívar pero quien aparece, así no lo mencionen, es el presidente Chávez, aunque a veces sólo sea visible su espectro, como sucede también en el Cesarismo democrático (Caracas: Empresa El Cojo, 1919. VIII,307 p.;2ª.ed.aum.Caracas: Tipografía Universal, 1929. VIII,349 p.) de Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) quien nunca cita Gómez pero Don Juan Bisonte está presente siempre tras sus renglones.
Y esto es importante porque las obras sobre el Libertador están llenas de los recovecos psicológicos de sus autores, a veces parecen memorias personales.
Hay quien ha negado toda la posibilidad de que los venezolanos sintamos afecto por Bolívar, pasión por sus acciones, que él pueda ser para los venezolanos, y lo ha sido, y lo es hoy en medio de la anarquía que vivimos, consuelo, refugio y acicate, cosa que explicitó Carrera Damas en el controvertido capítulo IV de El culto a Bolívar, tanto que el tutor de su tesis, el doctor Joaquín Gabaldón Márquez (1906-1984), debió hacerle una acotación aclaratoria, la conocemos por haber copiado Carrera al inicio de su obra en señal de comprensión. Y esta observación del querido don Juaco las que nos hace comprender cual es el significado del afecto que sentimos los venezolanos por Bolívar. En otras es la aflicción por el país, tan válida psicológicamente como el desencanto del que nos habla Straka.
Hay otros casos en que los autores usan a Bolívar en sus combates políticos con otros. Y entonces visten a Bolívar con las ideas, que no tienen que ver con el Caraqueño, de aquellos a quienes adversan, aplicándole al Libertador concepciones que él no tuvo. Sabemos que estas observaciones nos darían materia para todo un ensayo.
En tal trabajo habría también que dedicar espacio a un hecho: la mayor parte de los autores de libros sobre Bolívar, salvo las excepciones lógicas, se han copiado unos de otros, fíjese que no decimos plagiado, porque ese es otro asunto. Y las copias son tantas que el verdadero estudioso de Bolívar debe leer con atención para darse cuenta de quien ha sido tomada tal o cual idea, tal o cual desarrollo, muchas veces hechos sin consultar la documentación bolivariana, que es de donde hay que partir. Esto es tan grave que prácticamente en aquella inmensa masa de papel solo se salvan hasta hoy 303 títulos, según nuestra propia observación, que son en verdad los que hay que leer para estudiar a nuestro hombre. Desde ellos es que hay comenzar la interpretación, previa la lectura, sino es imposible, de los papeles del propio Libertador que el la edición actual de los Escritos del Liberador, que llega en este momento hasta el 28 de agosto de 1824 se encuentran 9749 documentos, los cuales hay que leer para poder conocerlo, sin hacerlo toda interpretación que se intente sería inválida.
Y unos autores se han copiado a otros porque los venezolanos, esta es una gran falacia nacional, creen que por haber estudiado a Bolívar en la escuela primaria y en la educación media conocen al grande hombre. Grave error: para ser certeros en el análisis de Bolívar hay que dedicar o toda la vida o una muy buena parte de la faena intelectual para poder llegar al meollo de las razones que lo hicieron actuar.
Y esto es importante porque muchas veces las obras sobre el Libertador parecen más bien autobiografías de sus autores y no discretas obras históricas. Sucede muchas veces, demasiadas, aquello que observó la agudeza de Germán Arciniegas (1900-1999), “El caso ha venido repitiéndose como una constante desoladora sencillamente porque cada cual hace su propia historia cuando escribe la de otros” (“Bolívar:¿un misterio?”, El Nacional, Caracas: Octubre 19,1983, Cuerpo A,p.6). Y esto hay que evitarlo.

EN SU ENTRAÑA

Por qué llegamos a donde estamos es la pregunta central de “La épica del desencanto”, esta es la base del desencanto latinoamericano. No nos gusta la sociedad que tenemos pero tampoco no hemos puesto a crear la que deseamos. De allí el abismo en que estamos, habitamos en “los días de caos” que alguna vez advirtió José Ignacio Cabrujas (1937-1995).
Tomás Straka en “La épica del desencanto” nos muestra como ha leído la documentación y las obras en la cual se basa su análisis leyéndola “con calma y el sentido crítico que merece” (p.204), mira así con extremo cuidado “el culto a Bolívar, esa épica fundacional de nuestra República” (p.139) porque “Venezuela ha hecho del historicismo la base ideológica de su proyecto como nación. Sin importar cuán raídas estén, en ellas, como recuerdo de tiempos mejores, encontramos inspiración y consuelo” (p.9).
Anota Straka sobre la entraña de los que nos desea mostrar es: “El problema de la relación entre historia y política, de la relación entre las lecturas políticas de la historia y las justificaciones historiográficas de lo político, es el que ocupará estas páginas” (p.9), “La necesidad de entender cómo fue que llegamos a donde estamos, qué es un concreto lo que encierra el Libertador, cuyo nombre al parecer es un ensalmo que sirve para todo; cómo es posible que con base en su gesta de hace dos siglos se pretenda construir un futuro, ha hecho que más de uno repase lecciones olvidadas en sus días escolares o se ponga, cosa impensable hace años, a leer libros de historia” (p.10).
Por ello la necesidad de “estudiar el historicismo bolivariano, adentrarnos en algunos de los caminos y fases que se nos insinúan, es estudiar algo que en Venezuela va bastante más allá de los ideológico, lo político e incluso lo historiográfico. El país que busca lustre con el uniforme apolillado del abuelo, tiene una relación mucho más honda, sociocultural, psíquica, vivencial con él, que cualquier otro que simplemente evoca a un héroe o a un pasado primordial para un fin político determinado” (p.10).
Así “el problema no es si Bolívar está o no de acuerdo con algo, el problema es: ¿por qué debe estarlo?¿Por qué hacerle tanto caso a lo pensado por un hombre, cuyas virtudes que por demás no negamos, de dos siglos atrás? ¿Por qué un venezolano no puede simplemente disentir de Bolívar, como en efecto lo hemos hecho tantas veces, como lo hicimos en 1826 y 1830, y por eso no convertirse es una especie de traidor a al patria?¿Por qué toda propuesta debe buscar coincidencias con el Libertador para que sea legítima?” (p.11).
De allí este libro: “son dos…los objetivos de los trabajos que acá se presentan: primero, demostrar cómo el debate en torno a la memoria de Bolívar ha sido, pero sobre todo sigue siendo, fundamental en el diseño de la república venezolana…Segundo…el de la historia como forma de ‘representación social’ y la historiografía como parte de la historia cultural, es decir, no solo como ‘historia de la historia’ sino como la de toda la cultura que la produjo” (p.13-14). Así intenta su libro “ser una especie de anverso y reverso del Bolivarianismo viéndolo en ambas caras de su curva: cuando empezó a cuestionársele…y cuando se erigió como gran lenitivo para nuestros males en el siglo XIX” (p.14). Y continúa: “La hipótesis que esperamos delinear…es que se trata de un problema de envergadura: el de la redefinición de nuestro proyecto como país, el del modelo de democracia que en cuanto tal queremos y del rol que la memoria del Libertador puede tener en la misma” (p.24), “Del bolivarianismo como fundamento ideológico del proyecto nacional venezolano desde el siglo XIX, y sus encuentros y desencuentros con el proyecto democrático del siglo XX” (p.62), “Se trata de una bipolaridad nacional…de la ‘oposición entre el optimismo lírico y el pesimismo sistemático’, que nos caracteriza” (p.113)

LOS GRANDES LOGROS

JUAN VICENTE GONZALEZ

Entre los grandes logros analíticos que encontramos en “La épica del desencanto” deseamos destacar algunos. Tal su estudio sobre Juan Vicente González (1810-1866), el verdadero fundador del culto a Bolívar, cosa que no se le ha reconocido. Nos explicamos: el culto a Bolívar no se inicia en 1842 con el traslado de los restos del Libertador a Caracas ni a los pocos meses, ya en 1843, con la Descripción de aquellos actos redactada por Fermín Toro (1806-1865). El culto a Bolívar lo comenzó el licenciado González, hombre tan sabio que en Caracas lo llamaban “tragalibros”, también “el literato monstruo”. Gonzalez fundó el culto a Bolívar cuando, desde 1831, inició la publicación de los textos con los que formó en 1842 su libro Mis exequias a Bolívar (Caracas: Imprenta de El Venezolano, 1842. 104 p.). Y había que ser valiente para haber hecho aquello desde 1831 años en que imperaban al más cerril anti-boliviarianismo en nuestra elite política, la que se negó por años en reconocer aquella figura esencial de la venezolanidad, e incluso a cumplir el voto del propio Libertador en su testamento en ser enterrado en Caracas. Pero mientras aquello acaecía González publicaba cada año una de aquellas espléndidas prosas, fundamento de nuestro romanticismo literario. Por ello fue él quien fundó el culto a Bolívar, “la naturaleza me ha hecho boliviano” dijo una vez, boliviano, como se decía entonces, no por Bolivia sino por Bolívar. Así en 1842 fue González quien fundó y aclimató la devoción bolivariana entre nosotros. En 1827, joven estudiante universitario, había visto al Liberador en Caracas y quedó fascinado, fue gracias a las reformas de la universidad hechas por el Libertador que González se pudo graduar porque era hijo natural y no podía probar su limpieza de sangre, asunto eliminado por Bolívar en la reforma republicana de nuestra alma mater. El 17 de diciembre 1842 cuando Gonzalez, en la esquina de la Trinidad, recitó unos versos alusivos aquel día, ante el féretro de Bolívar, debió sentirse feliz porque aquel era un acto de justicia.
Pero era Juan Vicente González, y esto nos lo hace ver Straka muy bien, un gran desencantado de Venezuela, había visto aquella “edad de oro” caer, como llamó al gobierno deliberativo, vio la tiranía de los Monagas, que lo sacó de su cátedra universitaria, el horror de la Guerra Federal (1859-1863), durante la cual él fue el corifeo de los centrales y la gran disolución ética. Estaba tan desencantado al final de sus días que al morir su amigo Fermín Toro dijo que había muerto el último venezolano olvidándose de si mismo quien también lo era, lo sería once meses más tarde, como indica el ojo zahorí de Straka.

AQUELLA TRILOGIA

Un segundo hecho que deseamos destacar es la forma como Straka explora la trilogía de grandes hombres formada por Eduardo Blanco, Vicente Lecuna (1870-1954) y Tito Salas (1887-1974): el primero escribió con emoción nuestra epopeya, el segundo la documentó con los papeles en la mano, el tercero pintó esa historia. A Blanco y a Tito los denomina Straka “los rapsodas” (p.99) quizá por la razón que primero hay que relatar lo que pasa de boca en boca, como entre los griegos lo hizo Homero, y mas tarde interpretar, que fue lo que hizo el doctor Lecuna en esta caso, después que aquellos dos o se habían fascinando por la epopeya, caso Blanco o la habían imaginado con el pincel, caso Tito Salas. Ellos trataron a poner al desencanto latinoamericano la luz de aquellos logros, reaccionaron contra el canto del “fines patriae”, dicho incluso por el Libertador en su grave y depresiva carta a Juan José Flores (1800-1864), treinta y siete días antes de morir (Noviembre 9,1830), y luego por Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) en la última línea de Ídolos rotos y por el maestro Rómulo Gallegos (1884-1969) en un pasaje de El último Solar, su primera novela. Y ellos no fueron los únicos. Todo ello rematado en nuestros días por un pensador venezolano, quien como Cabrujas, Juan Nuño (1927-1995) y Francisco Herera Luque (1927-1991) tanta faltan nos hacen en estos días trágicos. Carlos Rangel (1929-1988), a quien nos referimos, escribió en las primeras tres líneas de su libro más difundido: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser” (Del buen salvaje al buen revolucionario. 15.ed. Caracas: Criteria,2005,p.29).
Hay que decir hoy que Eduardo Blanco fue con Venezuela heroica (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XII,266 p.), y con su novela Zárate (Caracas:Imprenta Bolívar, 1882.2 vols), publicada meses más tarde, el fundador también del tratamiento de la violencia en nuestra literatura. Y hay que recordar que Venezuela heroica fue de tal forma acogido que en 1881, el año de su publicación tuvo dos ediciones, lo cual fue un grandísimo logro en aquella Venezuela donde poca gente sabía leer. Pero la segunda edición tiene el significado de ser la definitiva por en ella don Eduardo le añadió varios capítulos que no estaban en la primera, que solo recogía los “cuadros históricos”, así los llamó, de La Victoria, San Mateo, Las Queseras, Boyacá y Carabobo. En la segunda (Caracas: Imprenta Sanz,1881. XXII,599 p.) colocó además de las mencionadas los “cuadros históricos” de El sitio de Valencia, Maturín, La invasión de los seiscientos, La Casa Fuerte, San Felix y Matasiete, por ello si la primera edición tenía 266 páginas la segunda tenía casi el doble: 599 páginas. Y hay que añadir también que ambas ediciones fueron editadas en la Imprenta Sanz, propiedad de don Felipe Tejera (1846-1924), quien mucho ayudó a Blanco a corregir y pulir aquel libro impar. En la imprenta de don Felipe estaba la Independencia entera presente: el era nieto del licenciado Miguel José Sanz (1756-1814). Y apenas habían pasado en aquel año sesenta años de la batalla de Carabobo. Por lo tanto la edición de Venezuela heroica aparecida en 1883 no fue la segunda sino la tercera edición. Y desde allí no ha dejado de editarse.
También don Eduardo, que fue lo que los anglosajones llaman un “good looking man”, posó para Arturo Michelena (1863-1898) cuando este pintó su legendario “Miranda en La Carraca”, cuadro tan perfecto que siempre que lo volvemos a mirar sentimos que el Precursor está a punto de pararse del camastro y venir a darnos la mano.

¿HISTORIOGRAFIA MARXISTA O VALLENILLISTA?

Un tercer hecho que deseamos recalcar ante “La épica del desencanto” es el estudio que realiza Straka de la génesis de la historiografía marxista venezolana, tendencia de escasos logros, solo deberíamos apuntar a Carlos Irazabal (1907-1991) y a Miguel Acosta Saignes (1908-1989) porque Federico Brito Figueroa casi no se le puede considerar historiador porque lo que hizo fue desfigurar nuestra historia, como lo hizo en el caso de Ezequiel Zamora (1817-1860), su libro sobre aquel caudillo es sólo un arma política, todo lo cambió y alteró para probar una tesis preconcebida e inexistente, como ha sido bien probado por Adolfo Rodríguez (La llamada del fuego. Caracas: Academia Nacional de la Historia,2005. 377 p.) y además se han encontrado documentos zamoristas por él citados a los que le agregó renglones que no estaban en sus originales, como lo ha demostrado Asdrúbal González (Noticias de la Guerra Larga. Caracas: Feduez,2005,p.64-65).
Y en el caso de la historiografía marxista lo que Straka ha logrado ver no puede ser más agudo: más influyó en su formación la presencia de las obras de don Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936) grande historiador que el barbudo gruñón de Traveris, observación zahorí de Straka y muy bien probada.
Pero, claro, que si hubo, y era imposible que ello no haya sucedido, influencia del pensamiento de Carlos Marx (1818-1883), y el uso de sus metodología en algunos historiadores venezolanos, entre los cuales hay muy diestros conocedores del marxismo como Manuel Caballero o el italo-venezolano Alberto Filippi e incluso el propio Carrera Damas. Pero a varios de ellos les sucede, como pasó a Carlos Irazabal con el mejor de sus libros, Venezuela: esclava y feudal (Caracas: Pensamiento Vivo, 1964. 233 p.), que cuando se separaban de las anteojeras del marxismo veían mejor nuestra experiencia colectiva y podían interpretar mejor nuestra realidad.

EL GENERAL LOPEZ

Subrayaríamos el capítulo sobre Eleazar López Conteras (1883-1973), uno de los pocos intelectuales que han ocupado la presidencia del país, verdadero estudioso de Bolívar por lo cual el general López vio en las ideas de Bolívar un elemento de cohesión para la nación, que en los días de su gobierno recuperaba las libertades democráticas. Y además aplicó, como nos lo hace ver muy bien Straka las ideas militares del Libertador a la institucionalización del Ejército Nacional que para el momento en que él gobernó tenía apenas treinta y cinco años de haberse formado como un verdadero Ejército Nacional profesional, había comenzado a actuar en 1910. Hay que pensar bien este hecho: en 1901, por ejemplo, nuestras Fuerzas Armadas sólo estaban compuestas por trescientos hombres, casi todos provenientes de las “tropas colecticias” (Santiago Gerardo Suarez) de las guerras civiles. Por ello que la Academia Militar de Venezuela se haya fundado en 1810 no puede ser citado como señal de un ejército con doscientos años de existir porque las tropas existentes fueron escasas, la formación de muchos oficiales casi nula hasta el siglo XX. Lo que hubo desde el momento en que se iniciaron las treinta y nueve revoluciones que hubo en el país, guerras civiles desde que Julián Infante, el año 1830, se alzó en los llanos hasta, setenta y cuatro años más tarde, con la batalla de Ciudad Bolívar (Julio 21,1903) hubo en el país guerras civiles que muchas veces fueron motines y sublevaciones, los contingentes que pelearon en ellas fueron armados por los propios caudillos, véase lo que fueron en el pasaje de Vicente Cochocho de Las memorias de mamá Blanca (París: Le libre libre,1929. 285 p.) de Teresa de la Parra (1889-1936) y antes en El sargento Felipe (Caracas: Tipografía Herrera Irigoye, 1899. 187 p.) de Gonzalo Picón Febres (1860-1918) o en El recluta (Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Falconianos, 1978. 191 p.) de Virginia Gil de Hermoso (1857-1913), obra que estaba escrita al morir su autora aunque fue publicada sesenta años más tarde. Es por ello que terminadas estas contiendas con la batalla de Ciudad Bolívar se impuso la necesidad de organizar un ejército nacional disciplinado y bien formado. Y como la doctrina castrense del Libertador era coherente el general López la usó y divulgó. El era, hay que reconocerlo siempre, además de la inmensa deuda que Venezuela tiene con él, un bolivariano auténtico. Bolivariano en el sentido que da a este término el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua,”perteneciente o relativo a Simón Bolívar… a su historia, a su política” (Diccionario de la Lengua española,ed.2001,t.II,226). Ser bolivariano no es pertenecer a una facción política, es ser venezolano, por ello Venezuela siempre ha sido una república bolivariana sin que ello hubiera que decirlo explícitamente porque tácitamente es así. El Libertador es el padre, el gestor, el fundador. Y lo hizo con la espada en una mano y con la Constitución en la otra, por él formulada, en la otra.

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO

El capítulo del libro de Straka sobre la Iglesia y Bolívar, más bien sobre los historiadores de la Iglesia venezolana, hecho a partir de lo esculcado por el jesuita vasco Pedro Leturia (1891-1955) en el Archivo Vaticano. Nos hace ver como no son menores las contribuciones de monseñor Nicolás Eugenio Navarro (1867-1960) y del propio arzobispo José Humberto Quintero (1902-1984) a quien nada le gustaba mas que ser llamado “cardenal bolivariano”. Quintero logró también rematar en 1964 con la firma del “modus vivendi” con la sede apostólica lo que su gran antecesor Ramón Ignacio Méndez (1773-1839) había iniciado y no logrado. Fue Méndez prócer y hombre de Iglesia, en la diestra llevaba la espada y en la otra el breviario, de hecho peleó sobre su caballo en la batalla de El Yagual (Octubre 11,1816). Esta parte de “La épica del desencanto” no podía haber sido concebida sino por un católico, quien como Straka es también historiador eclesiástico y creyente, de hecho este libro suyo ha sido puesto bajo la advocación de San Fidel y Santa Caliopa. Straka sabe entender lo que significan las ideas religiosas en la vida de los pueblos, en este caso con relación a nuestra vida pública, la política incluso. Y a todo lo largo de esta parte Straka, con gran ingenio, analiza, comprende y precisa, llegando incluso entender, con las pruebas en la mano, que no fue un acto conservador, derechista dirían hoy, del Libertador cuando se dirigió al Papa en plena guerra, en 1820, a través de Fernando Peñalver (1765-1837) y José María Vergara (1792-1857), previo paso por Londres de ambos para que don Andrés Bello (1781-1865) redactara en latín el documento de acercamiento a la sede romana (Marzo 27,1820) que se pueden leer en los escritos del sabio (Obras completas. Caracas: La Casa de Bello, 1981,t.VIII,p.457-469). Y el Libertador se acercó a la jerarquía y pidió al Pontífice el nombramiento de los nuevos Obispos, entre los cuales hubo dos patriotas, Méndez y Mariano de Talavera y Garcés (1777-1861), sino que fue una acción política muy bien pensada porque sabía claramente el significado que el cristianismo tenía para el pueblo grancolombiano. Se insinúa aquí por Straka otra forma de mirar los días de la “dictadura” de Bolívar en 1828, gobierno de emergencia que sigue pidiendo otros análisis, menos prejuiciados.
Y además, el Libertador terminó romanista, e incluso teólogo como indica Straka, cuando hizo pública, en su proyecto de Constitución para Bolivia (1826), su concepción de que “En una constitución política no debe prescribirse una profesión religiosa… La religión es la ley de la conciencia” (p.226-227) por lo cual, según el cardenal Quintero, se acercó a las concepciones del Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando esta asamblea consagró en una de sus declaraciones el derecho a la libertad religiosa (ver su Bolívar. Caracas: Editorial Arte,1980,p.14), asunto impulsado por el obispo polaco Karol Wotjyla, mas tarde Juan Pablo II (1920-2005). Todo este tan interesante fragmento de su libro es una contribución, y no pequeña, de Straka, a “la historia del pensamiento teológico venezolano, capítulo esencial en la historia de nuestras ideas, insólitamente descuidado hasta el momento” (p.238). Porque además, su correlato, la historia eclesiástica, como apunta, “no es un capítulo aislado y sin interés para el resto del colectivo, sino que es el reflejo de ese colectivo en las reflexiones de sus pastores” (p.242).

(Leído en la sesión inaugural de “Los tertulieros se reúnen”, celebrado en la Fundación Francisco Herrera Luque, en Caracas, la tarde del Jueves 22 de Octubre de 2009).

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El cáncer urbano de los barrios

por Eduardo CASANOVA

En la página “Aceras y Brocales”, dirigida por los arquitectos Alejandro López y Alfredo Rothe, en Últimas Noticias del 8 de octubre de 2009, se publica un texto interesantísimo acerca de los barrios marginales que tanto daño le hacen a Caracas y a la mayoría de las ciudades venezolanas. Hablo de daño por la violencia, la delincuencia y la insalubridad que en ellos impera. El texto se inicia con una opinión bien fundada: “Las opiniones, consejas, delirios, buenas intenciones, y hasta diseños urbanos para los barrios se amontonan a granel. Simultáneamente, se hace más vieja la parálisis gubernamental en este sector”, y luego refleja opiniones sobre el tema publicadas por el diario El Universal en su edición del 25 de septiembre, en las que se va del pintoresquismo al disparate con admirable facilidad. Lo grave es que los declarantes tienen poder o aspiran a tenerlo. Son de derecha y de izquierda, y caen en algo que ha perjudicado inmensamente a Venezuela desde que Venezuela se convirtió en país petrolero: la superficialidad, el no hacer el más mínimo esfuerzo por pasar de una superficie fácil y sencilla. Los arquitectos responsables de la página desmontan con un par de pinceladas cada uno de los disparates dichos por el alcalde de Baruta, Gerardo Blyde, el arquitecto Federico Villanueva y Adriana D’ Elia, Secretaria de Gobierno de Miranda, pero no se quedan en esa superficie: también critican las políticas de todos los gobiernos que, entre otras cosas, dejan de lado los intereses legítimos de los habitantes de esos barrios. Ése ha sido uno de los terrenos en donde el fracaso del teniente coronel Chávez Frías ha sido mayor: en diez años, ha construido menos viviendas que Lusinchi, que fue el peor de los cuarenta años de democracia, fabricó en cinco. Y ese fracaso se refleja en casi todos los aspectos de la vida ciudadana: en la inseguridad, en la insalubridad, en la falta de educación, en la falta de porvenir. Es un problema dificilísimo, que en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez estuvo, a pesar de la corrupción, cerca de una solución, discutible, pero solución, cuando se construyeron los enormes superbloques diseñados por grandes arquitectos de su momento. Apartando muchos factores negativos, lo que estuvo cerca de ser solución fue la forma en que se enfocó el tema: primero se construían los superbloques y después se llenaban con habitantes de ranchos que e encontraban convertidos en propietarios de apartamentos, y finalmente se tumbaban los ranchos ahora desocupados. Era algo parecido a un canje. El responsable de ese plan fue mi padre, Marco Antonio Casanova, que pronto salió como corcho de limonada de su cargo de jefe máximo del Banco Obrero, porque no llenó las expectativas de varios personajes importantes que aspiraban, tal como ocurre ahora (y no ha dejado de ocurrir a lo largo y ancho de los últimos cincuenta años petroleros) a un buen pedazo de la torta que debía repartirse. No sé si los superbloques son una solución sensata. Es más, no sé nada de eso. Pero sé que, si no hubiese corrupción y se aplicara aquel método de construir primero y ocupar después mediante el canje, y si se evitaran a todo trance el paternalismo y el ventajismo, la solución estaría mucho más cerca de lo que está.


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El Mantuano secundón

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Mantuano secundón

José Tadeo Monagas, caudillo y prócer de segunda que nació Judas Tadeo y se cambió el nombre por José Tadeo en cuanto tuvo uso de razón, hubiera podido ser un mantuano con pleno derecho, pero no nació en Caracas ni tuvo parientes importantes en la capital al pie de la montaña cinética, por lo cual resultó ser un mantuano de segunda.
El 28 de octubre de 1785 nacía en Maturín, hijo de Francisco José Monagas y Perfecta Burgos Villasana, que se empeñaron en criarlo apegado a la tierra y a la agricultura, pero la realidad de su tiempo lo llevó por otros caminos. Cuando Cumaná y todo el Oriente siguieron con decisión y valentía el ejemplo que Caracas dio, el joven Monagas, que para entonces era un terrateniente de veinticinco o veintiséis años se preparó a defender la patria, algo que se cumplió con propiedad cuando los orientales de Santiago Mariño decidieron reconquistar a sangre y fuego la libertad y la Independencia. Monagas, en 1813, aparece como alférez de caballería bajo las órdenes del coronel Manuel Villapol, sevillano nacido en torno a 1770 y muerto en San Mateo el 28 de febrero de 1814, luego de ser uno de los más connotados defensores de la causa republicana en Venezuela. Después de la primera batalla de Carabobo, en 1814, Monagas recibió el grado de coronel, y tras participar en muchas batallas sin realmente distinguirse en ninguna, fue ascendido a general de división por Simón Bolívar, en 1821, y fue designado gobernador civil y militar de Barcelona en 1822. En 1823 se casó con Luisa Oriach y Ladrón de Guevara, su parienta y parienta de varios de sus parientes al más puro estilo de los mantuanos de todas partes, y pareció escuchar la voluntad de sus padres, pues muy cumplidamente se retiró de la vida castrense para dedicarse a las labores del campo.
Con la Cosiata, al separar Páez a Venezuela de Colombia, Monagas dejó su retiro y entró de lleno en la vida pública, ora de un lado, ora del otro, hasta que consiguió convertirse en uno de los protagonistas del país. Pero el país estaba inmerso en grandes contradicciones. Una de ellas, y no la menos importante, es la del papel que desempeñan Páez y Monagas en él. Lisandro Alvarado, en las primeras páginas de su Historia de la Revolución Federal en Venezuela, dice: “El pequeño período que en Venezuela se extendió de 1848 a 1958 fue para el elemento liberal una suerte de nueva gestación. En los principios todo parecía limitarse a una lucha encarnizada entre Páez y Monagas, hijos ambos del Llano y conducidos por la suerte de representar, cada uno por su parte, una aspiración política nada cónsona con sus respectivos caracteres. Level de Goda observa con este motivo que el partido conservador escogió como jefe a Páez, hombre del pueblo, nacido y criado oscuramente, amigo de las masas populares, dado a ellas, que profesaba alguna de las ideas del liberalismo, partidario en ocasiones del poder civil y su iniciador en Venezuela, y en lo privado muy expansivo, decidido por las fiestas y diversiones, y alardeando en fin de una vida un tanto escandalosa en el hogar; mientras que el partido liberal se fijó en Monagas, nacido de una familia notable y el más rico propietario del país, un tanto aristócrata, ‘instintivamente autoritario, conservador y poco liberal’, hombre recto y severo, de una circunspección extraordinaria, jefe de una familia honorable y distinguida, ejemplar en la vida privada; y concluye que según esto, esos partidos ‘sobre no poder corresponder a sus calificativos, tenían que adolecer de grandes defectos’.” Ciertamente, Monagas puede ser calificado tal como lo hizo Level de Goda, especialmente en lo que a familia se refiere, y buena parte de su política se basó en el apoyo de y a su parentela, y más en la búsqueda de solidaridades personales que en otra cosa. Quiso formar una verdadera red de apoyos mutuos con su hermano José Gregorio, su hijo José Ruperto, sus sobrinos Domingo y Julio César, su primo segundo doble y yerno Francisco José Oriach Matute, etcétera. Una especie de dinastía elegante y tropical que trató de imponerse y dominar una época caudillesca de la historia de Venezuela.
A los sesenta y un años asumió José Tadeo Monagas la presidencia de la república con pleno apoyo de José Antonio Páez, Carlos Soublette y los conservadores. Su primer gabinete bien podría haber sido del general Páez. Monagas parecía aislado, y no sólo en el ejecutivo, sino también en el poder legislativo, que era eminentemente conservador. Los primeros problemas que se presentaron fueron las acciones que el presidente tomó para conmutar varias penas de muerte dispuestas por el gobierno anterior, entre las cuales la más notable era la de Antonio Leocadio Guzmán, por supuesto. Ello, como pronto se vio, deslindó claramente a Monagas de los conservadores, y ese deslinde se haría total, definitivo y trágico en enero de 1848.
El congreso nacional, después de haber sido tan portátil como la ciudad de Trujillo, en los Andes venezolanos, se estableció en el antiguo convento de San Francisco en 1842. Allí estaba cuando se produjo el llamado “atentado” al Congreso, que hizo salir al general Soublette de su merecido retiro en tierras de Chaguaramas.
Monagas, en la medida en que alejaba de los conservadores, que a su vez se alejaban de él, había ido creando, como diríamos ahora, una “maquinaria” propia, en tanto que Páez, con la “cobertura” de ir a comprar caballos, visitaba los Llanos remozando viejas relaciones. La política de Monagas empezaba a darle frutos, especialmente a través del apoyo que empezó a darle Antonio Leocadio Guzmán. Los paecistas, sin disimulo, anunciaron que condenarían a Monagas por violación de la Constitución y que el Congreso aprobaría varias leyes: una que entregaría el poder real al jefe del ejército, que sería inamovible por el Poder Ejecutivo (y que todos sabemos quién era), otra que llevaría a juicio marcial a cualquier civil que alzara (como Antonio Leocadio Guzmán, por ejemplo), y una tercera que excluiría de la vida política a aquellos que no fueran considerados “ciudadanos honorables". Liberales y conservadores se declaraban la guerra y se insultaban entre sí a más y mejor y cavaban sus propias tumbas. No hay mucha diferencia con lo que ocurriría a fines del siglo XX y comienzos del XXI, salvo que entonces no había radio ni televisión.
El 23 de enero de 1848, ciento diez años exactos antes de la caída de Pérez Jiménez, el Congreso logró el quórum después de varios intentos. Treinta de los sesenta y tres se habían reunido en secreto cuatro días antes y habían acordado que trasladarían las sesiones a Puerto Cabello, para ponerlo a salvo de interferencias del poder ejecutivo, y que declararían con lugar la solicitud de enjuiciar al Presidente Monagas con miras a su destitución. Como es natural, la noticia corrió de boca en boca por toda la ciudad. Al confirmarse el quórum reglamentario, treinta y dos de los cuarenta y cuatro diputados presentes en la sesión aprobaron el traslado a Puerto Cabello, lo que, desde luego, significaba que se cumpliría la segunda parte del proyecto y se condenaría a Monagas en cuanto el parlamento se sintiera a cubierto de cualquier represalia por parte del gobierno. Faltaba la aprobación del Senado. Y velocidad, porque el senador liberal Estanislao Rendón, uno de los civiles comprometidos en la Revolución de las Reformas, y que luego de un exilio fundó en Cumaná un periódico llamado El Torrente, consecuente con ese nombre descargó un torrente de palabras en la Cámara del Senado y no dejó el uso de su derecho en toda la sesión, para forzar a los diputados a actuar, a discutir en Caracas lo de las sanciones al Presidente, que contaba en la ciudad con un firme apoyo popular. Fue entonces cuando se declaró la guerra. Los diputados resolvieron crear una Guardia del Congreso, con armas y facultades para defender la corporación y garantizarle la seguridad, y comisionaron para ello al general Guillermo Smith, nacido en Edimburgo en 1794 y en verdad llamado William, que vino a Venezuela con Jorge (George) Elsom, en 1819 y peleó junto a Páez en Apure y en Carabobo, en pocas palabras, paecista connotado. Esa misma noche (23 al 24 de enero de 1848) más de doscientos jóvenes, todos hijos de conservadores, formaron un pequeño ejército en el viejo convento de San Francisco y tomaron posiciones defensivas, como preparándose a una guerra larga. Casi de inmediato empezaron a formarse milicias gubernamentales en Caracas y en los pueblos vecinos, y se fueron ubicando en las calles cercanas a San Francisco y en las afueras de la ciudad. En la noche, el gobierno protestó ante el Presidente de la Cámara de Diputados, recordándole que la Constitución hablaba de una fuerza de policía, pero no de un ejército privado del parlamento. Posiblemente a causa de la protesta, la Guardia recién creada fue reducida a una veintena de jóvenes, escogidos de acuerdo a su experiencia militar y a su habilidad con las armas. En la mañana del 24 de febrero una multitud tensa, que según los testigos sería de unas mil personas, se había reunido en la plazoleta de San Francisco, y los Diputados se reunieron en el segundo piso, en donde una barra, casi íntegramente formada por conservadores, especialmente los que habían sido retirados de la Guardia (que en su casi totalidad seguían armados), animaba a los diputados y manifestaba su rechazo al gobierno de Monagas. A las dos y media de la tarde se presentó el Ministro de Interior y Justicia, Tomás José Sanavria, acompañado por sus hijos Francisco y Martín José (el futuro redactor del Decreto de Instrucción Pública y Obligatoria, promulgado el 27 de junio de 1870 por el gobierno de Guzmán Blanco) y un hijo del Presidente Monagas, a presentar el Mensaje Anual, correspondiente a 1823, del Ejecutivo Nacional. Cuando se disponía a retirarse para entregar el documento en el Senado, el Vicepresidente de la Cámara, diputado José María de Rojas Ramos, pidió que no se le diera permiso a Sanavria para retirarse, sino que se citara a otros dos ministros. Se discute si lo hizo para buscar mayor seguridad o como parte una maniobra, y hasta se dijo entonces que se había acercado al Ministro con un puñal; en todo caso, algunos de los ocupantes de la barra gritaron que el Ministro había sido arrestado y esa fue la noticia que llegó a la Casa Amarilla, que entonces era sede del Gobierno. Los conservadores estaban convencidos de que el Gobierno disolvería en Congreso y los liberales de que el Congreso haría cualquier cosa contra el Presidente. Se dice que una simple discusión inició todo, la Guardia del Congreso atacó a la multitud y la multitud apedreó al Congreso, cuyos integrantes se dispersaron y muchos de ellos huyeron por los tejados. La acción fue afuera, no dentro del Congreso, y hubo relativamente pocos disparos. Siete u ocho personas murieron, cinco o seis de ellas en la calle y dos en los patios del convento. Los diputados José Antonio Salas, Francisco Argote y Juan García cayeron en el acto, dos de ellos apuñalados y el otro de un balazo. También murieron allí el sastre Juan Maldonado, Pedro Pablo Azpúrua, que era uno de los jóvenes conservadores Guardias del Congreso y Miguel Riverol, miliciano. Santos Michelena, que había nacido en Maracay cincuenta años antes y es sin duda uno de los grandes valores de nuestra patria, quedó herido de muerte por arma blanca y fue llevado a la Legación Británica, en donde expiró el 12 de marzo. Las milicias gubernamentales lograron imponer el orden y protegieron al propio general Smith, así como a Juan Vicente González y a José María de Rojas Ramos, dominicano de nación y uno de los diputados que optó por refugiarse en legaciones extranjeras por temor a las posibles represalias del gobierno, represalias que no se produjeron. El propio Presidente Monagas visitó a algunos de ellos para convencerlos de que volvieran a reunirse para mantener el hilo constitucional, entre ellos a Rojas Ramos, a quien acompañó a salir de la Legación Británica. Dos dichos han quedado para la Historia, a partir de esos sucesos: uno, que hace pensar que Monagas debe haber apelado a todo tipo de recursos para lograr que los diputados regresaran a sus puestos, y es el mensaje que le mandó Fermín Toro y que parece inventado para que se escribiera en textos patrios y no para que se le repitiera a otro ser humano; me refiero al dramático Decidle al General Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye; y el otro es el del propio Presidente Monagas, cuando, pasada la tormenta, dejó escapar aquello de La Constitución sirve para todo, que puede ser interpretado de mil maneras.
El general Páez se alzó abiertamente contra Monagas. El 4 de febrero, en Calabozo, lanzó una proclama en la que se declaraba Jefe de los Ejércitos en Operaciones para restablecer la Constitución. Adelantándose a los errores del Mocho Hernández, en vez de avanzar hacia Caracas, se alejó hacia San Fernando de Apure, a donde llegó el 20. Con él iba, entre otros, el general Soublette. Monagas designó a otro prócer, Santiago Mariño, para que enfrentara al héroe de Carabobo. Al fin y al cabo la Guerra de Independencia se había terminado apenas un cuarto de siglo antes. Pero un cuarto de siglo como que es bastante. Quien enfrenta a Páez en Los Araguatos es su antiguo subalterno José Cornelio Muñoz, apureño y buen baquiano que lo derrota el 10 de marzo. Páez huyó a Nueva Granada, vía Ocaña y Santa Marta (en donde se quedó Soublette), de allí a Curazao y el 2 de julio de 1849 entró por La Vela de Coro. Como Miranda. Hasta que en Macapo Abajo, en el estado Cojedes, lo capturó otro prócer, el general José Laurencio Silva, cojedeño y pariente cercano de Simón Bolívar. Junto con el llanero cayeron varios próceres de segunda fila, como León de Febres Cordero, que había tenido una notable actuación en Guayaquil, y José Escolástico Andrade, que acompañó a Sucre en Bolivia (y fue el padre de Ignacio Andrade).
El viejo caudillo fue remitido a Caracas y Monagas lo hizo aislar en el Castillo de San Antonio de la Eminencia, en Cumaná, en donde fue encerrado en una mazmorra “de piso húmedo y donde el aire era tan sofocante que me veía obligado á tenderme en el suelo y aplicar la boca á la rendija de la puerta para poder respirar,” como cuenta en su Autobiografía. No hay duda de que la intención del gobierno era humillarlo y doblegarlo. Su salud se resintió y las autoridades debieron ceder y ubicarlo en un espacio menos malsano. Allí recibió la visita de su legítima esposa, Dominga Ortiz, que a pesar de los devaneos del llanero con su salerosa querida en Valencia, había movido cielo y tierra para que se mejorara su condición y que fue quien finalmente consiguió que se autorizase su salida del país. Con su actitud, la esposa dio una demostración de dignidad y de decoro a pesar de lo que le había hecho su marido. Junto con ella iba su hija. Y el 23 de mayo de 1850 salió al exilio aquel hombre de sesenta años que había conocido el poder y la adulación y ahora se enfrentaría a su dura realidad, que se morigeró porque en diversos lugares se organizaron homenajes que en más de un caso no eran para honrarlo, sino para molestar a los que mandaban.
Un Orinoco de intrigas iba rodando hacia el mar, que era la guerra.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón

 

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El Medio-mantuano

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Medio-mantuano

Don Carlos Soublette y Jerez de Aristeguieta (Carlos Soublette a secas después de la Revolución de Caracas) fue sólo un medio-mantuano. Su padre era canario, que en el sistema rígido de castas que existía hacia el final del período colonial venezolano era como estar en tercera categoría, y su madre fue Teresa Jerez de Aristeguieta, una de las Nueve Musas, hijas de Miguel Jerez de Aristeguieta y Lovera (pariente por varios lados de Simón Bolívar) y Josefa Blanco y Herrera, tía abuela de Simón Bolívar, que era como estar en primera. Teresa de Jesús o Teresa, nació el 15 de octubre de 1763 y con el tiempo fue, además, suegra de Daniel Florencio O’Leary y de Julián Santamaría, edecanes de Simón Bolívar.
Antonio Soublette Piar, su padre, canario de origen francés y español, era primo hermano de Fernando Piar Lottyn, padre de Manuel Carlos Piar, lo cual le complicó la vida al hijo, tal como debe habérsela complicado en su momento aquello de no ser mantuano del todo, sino medio-mantuano.
El medio-mantuano, que también podría ser apenas un medio-caudillo, nació en La Guaira, el puerto de Caracas, en donde su padre tenía el centro de sus intereses mercantiles, el 15 de diciembre de 1789. A no ser por los hechos del 19 de abril de 1810, le habría ocurrido lo mismo que a Francisco de Miranda y no habría podido dedicarse a la carrera militar en su tierra natal. Pero aquella primera rebelión venezolana, seguidora de las corrientes liberales que ya se habían asentado en España y que brotaban con el encubrimiento de cuidar los derechos de un rey que en realidad no se quería, sirvió también para descoyuntar el rígido sistema de castas que había impuesto el régimen de aquel rey y sus antecesores, y gracia a esa liberalización, a los veinte años se alistó como portaestandarte en la caballería de Caracas, y año y medio después, en enero de 1811, fue ascendido a teniente. El otro hijo de canario, Francisco de Miranda, lo llevó consigo en julio del 11 a combatir a los que en Valencia defienden la causa del rey de España y lo ascendió a capitán. A los veintiún años se casó con Olalla Buroz, pariente por varios lados de los condes de Tovar y de otros mantuanos de pleno ejercicio, y se convirtió, a una velocidad pasmosa, en teniente-coronel. Pero su carrera militar se vio violentamente interrumpida al caer la primera república. Quedó preso en el Castillo de Puerto Cabello hasta que Bolívar, tras la Campaña Admirable, recuperó el territorio para la causa independentista. Se enroló Soublette en las fuerzas del Libertador y peleó en Bárbula (30 de septiembre) y Las Trincheras (3 de octubre de 1813). Después, como secretario de José Félix Ribas, actuó en la batalla de La Victoria, y participó en la emigración a Oriente, tras la cual llegó a Cartagena con su pariente Simón Bolívar. Después de varias peripecias, lo encontramos en Angostura como fiscal en el proceso de su pariente Piar. Poco después se iniciaría su relación con Páez, que en 1829 lo lleva a preferirlo a Bolívar.
En 1829 había sido elegido diputado al Congreso Admirable convocado por Simón Bolívar, pero prefirió quedarse en Venezuela, en donde era jefe de estado mayor del departamento del Norte (Venezuela). En 1830, cuando Venezuela se separó definitivamente de Colombia, Soublette fue designado secretario de Guerra y Marina. Luego fue vicepresidente y hasta presidente encargado por los vaivenes de la política y, finalmente, se convirtió el presidente con todas las de la ley, de entonces. En la elección participaron Santos Michelena, apoyado por los liberales (que lo eran por oponerse a Páez, que por su origen debería haber sido liberal), Soublette, apoyado por los comerciantes y por Páez, y Diego Bautista Urbaneja, más bien candidato de mentirillas y quizás lo hizo para que apareciera en su currículum o en sus tarjetas de presentación. Como era de esperarse, el poder se impuso, y Soublette obtuvo las dos terceras partes de los electores, amén de la furia de los derrotados.
El gobierno de Soublette fue medio bueno, o medio malo. La paz interior le permitió reducir el ejército. Obtuvo el reconocimiento formal de España. Pero la economía le jugó una mala pasada: los ingresos por las exportaciones cayeron, lo que, combinado con la muy liberal política del régimen conservador, que dejaba en manos de los contratantes las cláusulas relativas a los intereses, arruinó a los agricultores, es decir, a los que apoyaban con más fuerza a la oposición liberal, que de liberal tenía el nombre, y cuyo conductor más conspicuo era nada menos que Antonio Leocadio Guzmán, un estupendo aventurero que pronto encontraremos en nuestro camino, casado con una Blanco y Jerez de Aristeguieta, prima de Soublette.
En resumen, el gobierno del medio-mantuano Carlos Soublette no fue lo suficientemente bueno como para convertirlo en paradigma ni lo suficientemente malo como para pasar verdaderamente a la historia. Quizá lo más importante que pueda verse en él es el embrión de lo que después se llamará Guerra Federal, cuando los seguidores de Antonio Leocadio Guzmán, que era candidato a la presidencia (1846) se alzaron en armas en Barlovento, el Tuy y Villa de Cura (Francisco Rangel y Ezequiel Zamora) y un ejército comandado por Páez y José Tadeo Monagas, conservador y liberal, los dominó, y como consecuencia de eso, Antonio Leocadio Guzmán no sólo dejó de ser candidato, sino que fue condenado a muerte, condena que se conmutó por la de exilio perpetuo, que, por supuesto, no se cumpliría tampoco.
Eliminado el candidato Guzmán, civil que obviamente quería convertirse en caudillo tropical a cualquier costo, las elecciones se decidieron en favor de un auténtico caudillo: José Tadeo Monagas, que por su acción de liberal contra los liberales alzados logró el apoyo del poder, es decir, de Páez y de Soublette. Los otros candidatos, José Félix Blanco (hijo fuera de matrimonio de una Jerez de Aristeguieta y, por lo tanto primo de Bolívar, de Soublette y de Guzmán) y Bartolomé Salom, estaban allí, como lo estuvo antes Diego Bautista Urbaneja en su momento, de adorno.
Entregada la presidencia, Soublette se retiró a su hato en los Llanos, de donde lo sacó Páez a raíz de los sucesos de Congreso de 1848. Fracaso total, exilio a Santa Marta. Regreso diez años después, sin pena ni gloria. Secretario de Estado del breve gobierno de Pedro Gual. Nuevo retiro después del triunfo de la Federación, con un breve centelleo inútil cuando el gobierno de los “azules” en 1870, año en el que, el 11 de mayo, terminó de morir.
Dejaba tras de sí el halo de la indefinición.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano

 

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Astrea se pasea cantandito por Venezuela

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Astrea se pasea cantandito por Venezuela

El cuadro que pinta Páez en sus memorias, cuando habla de 1839, es idílico. Todo estaba bien, “La alegría y bienestar reinaban en todos los ángulos de la República; los extraños nos admiraban, y Venezuela fué considerada como la excepción de los pueblos de la América del Sur. Las garantías de los ciudadanos, su seguridad y derechos, se vieron escrupulosamente respetados. En una palabra, Astrea había bajado á establecer su reino en Venezuela.” Sólo le falta la musiquita.
Y uno se pregunta: ¿Qué se hizo Astrea? (Diosa de la Justicia, hija de Zeus y de Temis, es decir, del dios mayor y de la diosa de las leyes, las costumbres y el orden divino). La verdad era otra: la república no levantaba cabeza. Había quedado destrozada y agotada después de la terrible Guerra de Independencia, y se había entregado, lánguida, a aquel caudillo que tenía la fuerza. Pocos fueron los focos de resistencia en su contra, pero existían, estaban allí, preparándose para echársele encima. Es cierto que todo parecía marchar muy bien. El país salía del trauma espantoso de la guerra y quería paz a todo trance. Y quien quiere paz, quiere prosperidad. Fue en esos días cuando el escocés William Ackers, que actuaba como cónsul de Dinamarca en Caracas, asociado con Leandro Miranda, el hijo mayor de Francisco de Miranda, fundó el Banco Colonial Británico, que apenas duró un suspiro de monja. Desapareció del todo cuando los Monagas acabaron con la economía venezolana con decisiones desastrosas, que revelaban a las claras que el país en realidad iba muy mal. Es posible que, como lo dice en su floripondiada prosa Páez, Astrea se haya asomado a ver Venezuela, pero si lo hizo, lo hizo a toda velocidad y huyó espantada. Pero antes de retirarse la diosa, Páez, que aparentemente fue quien la invitó a establecerse aquí, la puso a prueba varias veces. En su primer gobierno expulsó del país al arzobispo de Caracas y los obispos de Guayana y de Mérida porque no quisieron jurar la nueva Constitución. No quiso aplicar las disposiciones del Libertador Simón Bolívar en cuanto a la eliminación definitiva de la esclavitud. ¿Podría, en plena justicia, hablarse de Astrea, es decir, de la misma justicia, en un país en el que se practica el esclavismo como la cosa más normal del mundo?
Páez, durante su segundo gobierno, acentuó la práctica de dejar la administración en manos de segundos, Andrés Narvarte y Santos Michelena, mientras él se pasaba el tiempo en sus latifundios de los Llanos o sus tierras de los Valles de Aragua o su casa de Maracay. Al encargar del poder al Vicepresidente imitaba a Bolívar en sus mejores tiempos, sólo que el Libertador lo practicaba para ir a hacer la guerra en contra de los realistas o a organizar otros territorios mientras que Páez se dedicaba a cantar dúos y disfrutar el tiempo junto a su barragana y su grupo de adulantes.
El país quería y necesitaba prosperar. Era el que más había sufrido la terrible guerra y estaba literalmente traumatizado por todo lo que había sufrido. Rechazaba los brotes de brutalidad que como incendios espontáneos aparecían por todos lados. La república, agotada por tantos años de guerra, que aunque justa cobró demasiado por su presencia, rechazaba la violencia.
La conducción económica del país, en manos de Diego Bautista Urbaneja, Guillermo Smith y Santos Michelena fue acertada. Eran honestos, lo cual ya era en sí una proeza. No sólo solucionaron con inteligencia el problema de la distribución de la deuda externa y pública de la Gran Colombia, sino alentaron el comercio exterior y las buenas relaciones con Estados Unidos y algunos países de Europa. En general, a pesar de que el grupo era considerado conservador, su política económica tenía mucho de liberal.
La promulgación de códigos modernos, la amnistía total en materia política, la abolición de la pena de muerte, la inversión en vías de comunicación, los incentivos a la inmigración y la reducción y control del gasto público, aun cuando no puedan atribuirse directamente a Páez, demuestran que sus gobiernos tuvieron una conducción correcta. En lo personal, también es cierto que se ganó el derecho a ser llamado “el más rico propietario del país, el de más pingües y seguras rentas”, aun cuando todo el mundo sabía, y él mismo lo proclamaba en sus Memorias, que nació paupérrimo y dedicó su vida a la milicia.
Quizás por lavarse la conciencia, inició la deificación de Bolívar al disponer el traslado de sus restos a Caracas. El Catire Páez ordenó que se le rindieran honores como a nadie se le habían rendido nunca. El 17 de diciembre de 1842, doce años después de su muerte, su cuerpo regresó al mismo templo en donde se le confirmó el título de Libertador. Las campanas doblaron mientras la gente lloraba en la calle. Allí estaban, de luto, las hermanas del héroe y casi todos los notables de Caracas. Muchos de ellos, como el propio Páez, se habían portado muy mal con él en el peor de los momentos, cuando las campanas celebraron su defenestración. Las mismas campanas de San Francisco que habían repicado en el año trece, y que después quedaron silentes, para siempre.
El silencio doloroso y el real arrepentimiento de todos ellos era el mejor homenaje a la grandeza del difunto.

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Los viajeros forzados
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La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
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Los hombres de ruana y de frío
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Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
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La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
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La otra villa rival
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La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
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Las dificultades del hombre
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“De la Gloria los orbes están llenos”
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por Eduardo CASANOVA

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III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

El Primer Ataque de la Bestia

A mediados de 1834 estaba claramente definido el panorama electoral: el general Carlos Soublette era el candidato de Páez y de buena parte de los antiguos godos; el general Santiago Mariño lo era de los antiguos combatientes de la Independencia y de los liberales, que eran liberales pero tenían pensamiento conservador, y más bien había que buscar su definición por el lado de la tenencia de la tierra, pues en su gran mayoría eran terratenientes (como Páez, que, sin embargo, apoyaba a Soublette); o habría que pensar en el origen geográfico, pues contaba con el apoyo de los Monagas y de buena parte de los caudillos orientales que en mayor o menor grado habían adversado a Bolívar; y el doctor José María Vargas, albacea de Bolívar, civil y civilizador, uno de los más eminentes hombres de los tiempos heroicos de Venezuela, apoyado sobre todo por los comerciantes, que no querían que el país siguiera en manos de los militares y buscaron a un civil con mucho prestigio y que no hubiese tomado parte en la contienda por la Independencia, de modo que pudiera ser más o menos imparcial. En cierta forma, en la candidatura de Vargas, un personaje absolutamente distinto a los caudillos militares de su tiempo, se conjugaba el absoluto deseo por la paz y un cierto apoyo a lo que significó el Bolívar de la última hora, que ya no era ni un caudillo tropical ni un liberal puro y se había enfrentado, por ejemplo, a la masonería. El caso es que la candidatura del doctor Vargas consiguió el apoyo de los civilistas, de buen parte de los liberales, de los conservadores, de los bolivaristas y hasta de parte de los antiguos godos. El resultado de las elecciones dio al doctor Vargas 103 electores (algo más de un 50%), al general Carlos Soublette 45, al general Santiago Mariño 27, al licenciado Diego Bautista Urbaneja 10, al general Bartolomé Salom 10, al general Francisco Esteban Gómez 5, a Andrés Narvarte 1 y al general Tomás de Heres 1. Un hecho grave fue la anulación de los votos (en favor de Mariño) de Carúpano, que fue considerada como un atentado contra los orientales, aun cuando no modificó sustancialmente el resultado de la elección. Se había dado el milagro de nombrar Presidente a uno de los hombres más ilustres y verdaderamente sabios que ha producido nuestra tierra.
El 6 de febrero de 1834 el Congreso perfeccionó la elección del doctor Vargas, que el 9 (de febrero) recibió el mando de Andrés Narvarte, sustituto constitucional de Páez. Narvarte seguiría, además, como Vicepresidente por un par de años.
Desde el comienzo de su gestión, Vargas tuvo serios problemas. En abril, es decir, apenas dos meses después de haber asumido, tuvo en fuerte enfrentamiento con el Congreso por un impuesto adicional decidido por los parlamentarios, que aunque eran en su mayoría liberales asumieron una posición conservadora, y que fue vetado por el ejecutivo, que aunque era conservador, asumió una posición liberal. Como resultado del enfrentamiento entre los poderes legislativo y ejecutivo, el presidente Vargas presentó su renuncia el 29 de abril, renuncia que no le fue aceptada.
Se dio entonces un curioso contubernio, en el que se mezclaron bolivaristas y antibolivaristas, pero militares todos, para organizar una revuelta armada contra el poder civil. El 8 de julio de 1834, cinco meses después de haber asumido la presidencia de la república, el doctor José María Vargas fue derrocado por aquellos antiguos combatientes de la Independencia que no podían adaptarse a la paz, entre ellos el tal Pedro Carujo, que al arrestarlo le dijo: Doctor Vargas, el mundo es de los valientes y Vargas, como si estuviera ante las cámaras de Cecil B. De Mille, respondió aquello de El mundo es del hombre justo, que tantas veces nos repitieron en la escuela para tratar de convencernos de que es así. Ciento trece años, cuatro meses y unos días después, cuando un militar hizo lo mismo con Rómulo Gallegos (24-11-1948) no hubo un diálogo tan reseñable. Hubo uno más de tono menor, que está escrito porque con don Rómulo estaba en ese preciso instante uno de los venezolanos más eminentes de nuestro tiempo: el doctor Isaac J. Pardo, médico también, como José María Vargas. En su reseña no vemos nada digno de Hollywood, pero sí de ser tenido por cierto.
Vargas y Narvarte partieron hacia la isla de Saint Thomas en la tarde de ese mismo día en que había estallado aquella extraña “Revolución de las Reformas”. Santiago Mariño asumió el poder como Jefe de Estado de facto, pero duró lo que brisa en mosquitero. Mandó a buscar a Páez, que estaba en uno de sus hatos del Llano, y le ofreció la jefatura del ejército, pero el llanero, lejos de aceptar, armó a sus peones y arremetió contra la capital, de la cual huyeron Mariño y los suyos a Puerto Cabello. Menos de tres semanas después el general Páez entró a Caracas. El 20 de agosto reasumió el doctor Vargas la presidencia, protegido por Páez como jefe de las Fuerzas Armadas. Pero la actitud conciliadora de Páez ante los alzados, en especial su indulto a José Tadeo Monagas en Pirital y a varios alzados en Puerto Cabello al derrotarlos definitivamente el 1º de marzo de 1836, fueron una nueva causa de conflicto entre los poderes públicos. Muchos congresantes pedían la pena de muerte para los alzados, en tanto que el doctor Vargas era partidario de castigos mucho menos severos. Un enfrentamiento entre Páez y Vargas llevó a éste a presentar su renuncia irrevocable “por razones de salud”. Narvarte, primero, y Carlos Soublette, elegido por el Congreso para concluir el período, sustituyeron en el mando que prácticamente no ejerció el civil, civilizado y civilista doctor Vargas, un hombre sin ambiciones malsanas, deseoso de servir a su país, por lo cual pagó un precio absurdo.
El Médico Cirujano, científico, catedrático y Rector de la Universidad, José María Vargas, nació en La Guaira el 10 de marzo de 1786. Por parte de padre era de la familia de los Vargas Machuca. El 11 de julio de 1803, a los diez y siete años, se graduó de Bachiller en Filosofía en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que cinco años más tarde le confirió los títulos de Bachiller, Licenciado y Doctor en Medicina, con Bonete y Libro, flautas y clarines, trompetas y tambores, zarandas y chirimíes, como mandaba la costumbre. Al término de la distancia se estableció como Médico Cirujano en Cumaná, en donde se relacionó con los Sucre y el resto de los patriotas que aceptaron el llamado que Caracas dio y formaron gobierno. Vargas integró entonces el Supremo Poder Legislativo de Cumaná. Viajó a Caracas en 1812 y allí lo sorprendió el terremoto del 26 de marzo. Se dedicó en cuerpo y alma a salvar heridos y a ayudar a la gente de La Guaira por varios días, hasta que volvió a Cumaná, de donde el bárbaro Francisco Javier Cervériz, llegado a Venezuela al frente de una Compañía formada por presidiarios de Cádiz y asaltante él mismo, además de asesino, ordenó su prisión y su envío a las bóvedas de La Guaira, de donde fue rescatado por los patriotas en 1813, después de la Campaña Admirable. Dejó entonces Venezuela y se fue a Edimburgo, en Escocia, a perfeccionar sus estudios. Luego de incorporarse al Real Colegio de Cirujanos de Londres, regresó a América a establecerse en Puerto Rico. A fines de 1825 volvió a Venezuela, ya terminada la Guerra de Independencia, y se incorporó a la Universidad como profesor de Anatomía, además de ejercer la profesión. Por decisión del Libertador fue el primer verdadero Rector de la Universidad Central de Venezuela. Fundó la Sociedad Médica de Caracas, participó en el Congreso Constituyente y se negó sistemáticamente a votar cualquier resolución en la que se condenara de alguna manera a Bolívar, de quien se convirtió en albacea testamentario. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Económica de Amigos del País y su primer Director. Su fama creció de tal manera que cuando se iba a proceder a la elección del Presidente de la República para el segundo período después de la separación de Venezuela de la Gran Colombia (1835 a 1839), los civiles, y muy especialmente los intelectuales, pensaron en él. Venezuela, terminada la guerra, había quedado en manos de los caudillos militares, que sólo sabían usar la fuerza. Todos, o casi todos los que sobrevivieron, estaban en 1834 activos, pero no eran precisamente los más preparados para desarrollar una nación como la nuestra, arruinada y destrozada por el esfuerzo bélico que tuvo que soportar. Muchos de los civiles, en cambio, no participaron en el proceso bélico, bien porque no fueron partidarios de separar América del poder español (los llamados godos) o porque su carácter no les permitía dedicarse a una actividad violenta, como fue el caso de Vargas, quien, sin embargo, era un hombre de personalidad recia y fuerte voluntad. Tanto, que muchísimo les costó convencerlo de que aceptara, para lo cual el argumento usado fue muy simple: Era el único civil con suficiente prestigio y personalidad como para frenar las ambiciones de los militares que se sentían con derechos, y rechazaban a aquel civil que no participó en la guerra. Mucho insistió en que no estaba capacitado para manejar la república que querían que manejara y en que prefería trabajar por el país en el terreno de la educación. Cedió, y sabemos lo que pasó. Los hechos habían demostrado que tenía razón al no querer aceptar la postulación, las botas militares, insensibles, acostumbradas a pisar cabezas, eran demasiado fuertes y demasiado bárbaras, y los pies que las llenaban también eran demasiado bestiales. Y, por desgracia, Colombia la de Bolívar, Miranda, Bolívar y Sucre, habían muerto.
Ya libre, se dedicó a la enseñanza, al estudio. Una de sus mayores satisfacciones fue el presidir la comisión que fue a Santa Marta a buscar los restos del Libertador para traerlos a Caracas, en 1842. Diez años y medio después se sintió enfermo y fue a buscar curación en Nueva York. Regresó muerto. Le había dado a la humanidad los sesenta y ocho años de servicios y entrega, ese trece de junio de 1854 en que se encontró con su verdadera rival, la célebre e implacable parca.
Fue un año de luto para la Venezuela independiente: Murieron O’Leary, Simón Rodríguez, Vargas y Santiago Mariño. Dos civiles y dos militares. Un civil aventurero y soñador y otro sedentario y científico. Un militar capaz de conservar el archivo de Bolívar sin venderlo. Y un militar que encabezó el alzamiento contra Vargas y hubiera encabezado cualquier otro, como el que en 1948 tumbó a Gallegos, para descabezar civiles, que era lo único que sabía hacer bien. Además de hablar inglés.

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(Venezuela después de la Independencia)

Los Primeros Días de la Noche

¿Qué pasó en Venezuela después de muertos Miranda, Bolívar y Sucre? Casi habría que decir que también murió y sólo quedan sus restos. Pero no es verdad. Muertos sus grandes, el país quedó en poder de los –quizás– menos grandes, cuyas pequeñas ambiciones eran enormes, pero también habitado por gentes buenas con pésimos gobiernos, que han sido, por desgracia, la regla y no la excepción. A un hombre de importancia mundial se le ha atribuido una opinión atroz sobre Venezuela: cuenta Eduardo Carreño en su libro Vida anecdótica de venezolanos (Segunda Edición Aumentada y Corregida. Prólogo de S. Key-Ayala, Caracas, 1947) que Otto von Bismarck habría dicho que Venezuela es el país más sólido del mundo, puesto que con los peores gobiernos imaginables ha resistido todo lo que ha resistido y existe aún.
Antonio Arráiz, en varios textos recopilados por Néstor Tablante y Garrido en el libro Los días de la ira, las Guerras Civiles en Venezuela, 1830-190 (Vadell Hermanos Editores, Valencia, Venezuela, 1991), presenta un cuadro espeluznante: entre el 1º de enero de 1830 y el 31 de diciembre de 1903 Venezuela padeció 39 revoluciones, a las que hay que sumar las cinco que se produjeron después de 1903; lo que implica que hasta la fecha hemos sufrido por lo menos cuarenta y cuatro sacudones, cuando uno solo basta para descoyuntar cualquier país. Hubo, en ese mismo período (1830-1903), siete años en los que se combatió todos y cada uno de los días de Sol, de lluvia, de viento y de calma atmosférica. A ello debe sumarse que durante la Guerra de Independencia, también según Arráiz, las bajas venezolanas (200.000 personas) representaron nada menos que un veinticinco por ciento (25%) de toda la población, lo cual se hace más dramático si se piensa que la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas sólo tuvieron un costo, para Francia, del uno por ciento (1%) de sus habitantes. Son absolutamente incalculables los costos en vidas y en recursos de esos noventa y un años de violencia casi continua (1812-1903), en los que apenas se vivieron unos pocos días de sueño, seguidos por los interminables años, no días, de ira, de pesadilla, de agonía, de tormenta que no cesa. Arráiz asoma unas cifras, pero reconoce que es imposible llegar a saber lo que pasó. Porque ocurrió demasiado. Hubo demasiadas muertes, demasiadas pérdidas, demasiados daños. Y los hay aún. Porque a ese tiempo de violencia abierta siguió otro de violencia larvada, en la que los caudillos se quedaron quietos porque el poder los obligó a no moverse so pena de perder la cabeza. Y luego de ése, las cosas parecían bien encaminadas, pero un golpe de estado (1945), aunque llevó al país por vez primera a la verdadera democracia, indirectamente las desvió de nuevo hacia una dictadura (1948-1958), tras la cual hubo un paréntesis de sensatez, que fue interrumpido en 1998 cuando un grupo de aventureros metió al país en un torbellino de violencia mezclada con ineptitud, que recuerda los tiempos de Boves, antes del triunfo de la Independencia.
José Antonio Páez, un caudillo necesario para la Independencia, se convirtió en el verdadero creador de la Venezuela actual. El primero de los “cuatro ases” que señaló en sus últimos tiempos Francisco Herrera Luque. Nació el 13 de julio de 1790 en un lugar que no aparece en los mapas, Curpa. Hoy es zona urbana entre las ciudades unidas de Acarigua y Araure, en el estado Portuguesa, al pie de los Andes o en el comienzo, desde Occidente, de los Llanos. Su vida fue azarosa e interesantísima, y terminó convertido en el sustituto del Taita Boves, el más sanguinario de los realistas, con la ventaja para Venezuela de que Páez siempre fue republicano. Fue uno de los destructores de la Colombia de Miranda y de Bolívar, y hasta que fue repudiado, cuando empezaba la Guerra Federal, fue el hombre más influyente del país. Lamentablemente, le tocó destruir el sueño de Miranda, ese sueño que, Bolívar trató de hacer suyo. Y su propio porvenir. Ese último proceso se materializó con la reunión del Congreso por él convocado en la ciudad de Valencia, en donde se había radicado luego de abandonar a su legítima esposa, Dominga Ortiz, para amancebarse con la joven apureña Barbarita Nieves, la barragana que lo puso a cantar dúos y, junto con Miguel Peña, lo llevó por esos caminos que imponía, por desgracia para todos, la realidad.
En mayo de 1830, mediante un “Congreso Constituyente”, Páez hizo nacer lo que hoy conocemos como Venezuela. No se trataba, como puede pensarse, de un cambio de régimen. Páez venía controlando el aparato político-militar venezolano desde Carabobo. La asamblea de San Francisco (noviembre del 29) lo proclamó Jefe Superior Civil y Militar de Venezuela, y el 13 de enero constituyó su gobierno con Miguel Peña como Secretario de Interior, Justicia y Policía, Diego Bautista Urbaneja de Hacienda y Relaciones Exteriores y Carlos Soublette en Guerra y Marina. Al instalarse el Congreso los tres renunciaron para ser diputados. Corrían rumores de que Colombia y Venezuela entrarían en guerra. Páez, por supuesto, fue nombrado por aquel dócil Congreso, en el que había apenas dos o tres emboscados, presidente provisional de la república, contra lo cual se alzaron Julián Infante y José María Bustillos en Orituco y Río Chico en un intento por restaurar la integridad de la Colombia de Bolívar. Empezaba la violencia. Páez y los suyos recibieron a fines del 30 la noticia de que Bolívar, a quien ellos quisieron expulsar del continente, se había ido del planeta desilusionado de todos ellos, y hasta asqueado. En enero de 1831 ya la violencia era un hecho. Muchos caudillos de Oriente se alzaron, unos con la idea de volverse a unir a Colombia, otros con la de dividir aún más el país, creando otra república en lo que hasta 1777 fue la provincia de Cumaná. José Gregorio Monagas atrajo a su hermano José Tadeo a una mezcla de las dos tendencias y empezó así la rivalidad de los Monagas con Páez, que el 24 de marzo de ese año fue nombrado presidente constitucional de Venezuela. Recurrió Páez a Santiago Mariño, lo nombró ministro de Guerra y lo envió a dominar a los Monagas. También apeló a la enemistad de Mariño con José Francisco Bermúdez, a quien dio mando, y ocurrió lo inevitable: Mariño, que ya tenía un viejo prontuario de alzamientos, buscó a los alzados hasta y se hizo nombrar gobernador en jefe del Estado de Oriente (creado por José Tadeo Monagas) por una “Junta de Vecinos” en Barcelona, por lo cual el Congreso paecista lo destituyó de su cargo de ministro de Guerra. Páez fue en persona a Oriente y José Tadeo Monagas, que prudentemente se había puesto como segundo de Mariño, aceptó la propuesta de Páez de evitar un baño de sangre y se acogió, a la amnistía, decretada el 23 de junio de 1831 desde Valle de la Pascua, junto con los principales cabecillas de aquel incomprensible intento que buscaba a la vez lo pequeño y lo grande. Páez había ganado una primera escaramuza. Pero los alzamientos y los disturbios seguían. Bermúdez, a pesar de que la hoguera parecía apagada, volvió en julio del 31 a promover la idea de separar Oriente de Venezuela. En diciembre murió asesinado, en lo que el propio Páez reconoce que “produjo gran indignación entre los militares, que lo atribuyeron á una manifestación de odio hacia ellos.”
Mucho será lo que le quite la tranquilidad a Páez a lo largo de su vida política, pero muchas también serán sus victorias. El alzamiento de Cayetano Gavante, dominado y preso pero liberado por su hermano Guillén, las nuevas amenazas que llegan de Oriente. Etcétera. Que se compensan con varios logros, entre los que está la simpatía que le profesan los antiguos realistas, como Feliciano Montenegro y Colón, que se convierte en educador de sus hijos. De hecho, Páez gozó del apoyo de la inmensa mayoría de los venezolanos.
La paz que sigue a las tormentas tuvo un claro efecto benéfico sobre este primer gobierno de José Antonio Páez. Es evidente que la sociedad quería con toda su fuerza esa paz e hizo todo cuanto pudo por rechazar la violencia. La prueba está en que, conscientemente, fue un civil el escogido para suceder a Páez. Y a Páez lo honra el que, aun cuando quería que lo sucediera Carlos Soublette, militar de pocas habilidades castrenses, pero militar al fin, entregó muy civilizadamente el poder a José María Vargas. Aunque hay quien afirma que lo hizo apostando a su fracaso, y seguro de que lo llamarían otra vez como salvador de la patria. Y entonces eso de “patriota” podía tener sus connotaciones de oportunista. Como siempre.
Pero, sea lo que sea, a Páez hay que reconocerle muchos méritos. Su primer gobierno, dadas las circunstancias, fue definitivamente bueno. Hubo seriedad hubo respeto y, sobre todo, una demostrable vocación por hacer las cosas en la mejor forma posible, lo cual no se vería con demasiada frecuencia en tiempos posteriores.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda

El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

Obertura
Los Primeros Días de la Noche

 

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El Paraíso Desperdiciado - Obertura

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

III

El Paraíso Desperdiciado

(Venezuela después de la Independencia)

Obertura

Desde que en 1813 apareció en los Llanos venezolanos la espantosa figura de José Tomás Boves, caudillo tropical, astuto, cruel, amoral, deshonesto y capaz de todas las maldades imaginables, en mayor o menor grado casi todos los hombres que han dominado el país han seguido, quizás sin darse cuenta, su modelo. La honestidad no ha sido una conducta a seguir, ni la caballerosidad ni la búsqueda del bien. Esa es una de las causas de que nunca se haya podido alcanzar la felicidad después de la Independencia. Es una de las causas, pero no es la única. No hay que olvidar que se trata de una república inventada por las armas, y no por el pensamiento.
El Paraíso Desperdiciado se propone recorrer el lapso de algo menos de dos siglos, desde que nació la actual Venezuela, en 1830, hasta el presente, en busca de claves que demuestren cómo la ambición personal de los protagonistas de la historia, casi todos armados, ha dañado en forma casi irreparable al país. Así se verá que, salvo unos pocos hombres de bien, Venezuela ha estado siempre en poder de los ambiciosos, los caudillos tropicales, que no tienen interés sino en ellos mismos, sus placeres y su poder. Más que ensayo histórico es un intento por responder una pregunta que todo venezolano –todo americano– tiene derecho a hacerse: ¿Qué pasó? ¿Por qué, lejos de conseguir la felicidad, los pueblos de la antigua América española, y en especial el venezolano, parecen haber caído en la peor de las desgracias luego de hacerse independientes y conquistar, al menos en apariencia, la libertad?
Ciertamente, lo que soñó el padre de la Independencia, Francisco de Miranda no es lo que existe hoy. Miranda creyó que la antigua América española se convertiría en un territorio de gentes felices. La Independencia de Venezuela la logró Bolívar con las armas y a partir de las ideas de Miranda, pero, lejos de conseguir la gratitud de su pueblo, fue apartado del camino por Páez y allí se estableció el patrón que desde entonces se ha seguido. Caudillo mata caudillo: Páez quita a Bolívar, Zamora, aunque muere en el intento, quita a Páez y pone a Falcón. Los Monagas quitan a Falcón. Guzmán a los Monagas, Crespo a Guzmán, Castro a Crespo, Gómez a Castro; es un juego de juegos. Y ello no ocurrió solamente en Venezuela, que fue la tierra más sufrida de la Independencia: casi toda nuestra América ha estado casi todo el tiempo en poder de los caudillos astutos, deshonestos, ambiciosos, desalmados, crueles e inescrupulosos. Algunos de esos caudillos han sido descaradamente tiranos, como Rosas, como Francia, Trujillo, Somoza, Pinochet, otros han sido dictadores “ilustrados” o “profesionales de carrera” como Guzmán Blanco, como Pérez Jiménez, Odría, Rojas Pinilla, y otros simples demagogos con tendencias autoritarias y la misma astucia y la misma deshonestidad de todos, como Perón, Velasco Alvarado, Fujimori, Fidel Castro y Hugo Chávez. En Venezuela, sólo en la democracia que nació en 1958 ese patrón ha variado, pues la sustitución se hace mediante votos, y el intento de volver al pasado que se inició en 1999 debería fracasar. Dictadura o democracia, nuestra América en general no ha sido tierra de políticos o estadistas, sino de “héroes” o villanos armados y siempre personalistas, ávidos de ser el número uno y siempre dispuestos a aplastar a los que se les aproximan con brillo propio. Y esa ha sido la mayor desgracia de nuestros pueblos: Caudillos dictatoriales o democráticos han actuado por ambición, por sed de gloria, de poder y de riqueza, y no por vocación de servicio ni por alentar el progreso y la felicidad de los pueblos. Y el resultado está a la vista. De José Antonio Páez a Hugo Chávez, en Venezuela la realidad ha sido terrible. Salvo tres o cuatro presidentes que han demostrado vocación de servicio y han contribuido al progreso del país, sólo ha habido ambiciosos, caudillos hasta crueles que han dañado a sus pueblos y a sus propios seguidores. Con la excepción de la transición de la dictadura gomecista a la democracia (1936-1948) y del período democrático (1958-1998), el país ha estado casi siempre en tinieblas. En 1998 hubo un terrible retroceso cuando subió al poder un caudillo demagógico, que aprovechó la decadencia de los principales partidos de la democracia para engañar a las masas y subirse al carro de las riquezas fáciles, el poder por el poder y la corrupción. No es difícil darse cuenta de que muchos de los elementos de aquel terrible José Tomás Boves de 1813 están presentes en Hugo Chávez entre 1998 y 2008.
Es importante no perder de vista lo planteado por Carlos Irazábal (Venezuela esclava y feudal, Reedición de El Ateneo de Caracas, Caracas, 1980, p. 21) en cuanto a que la Independencia sólo cambió la estructura política del país, pero no la económica, que permaneció casi idéntica hasta el advenimiento del petróleo en las décadas de 1920 y 1930. Posteriormente, con la democracia (1958-1999) se hizo un gran esfuerzo por avanzar en ese terreno, esfuerzo que se perdería con la falsa revolución impulsada por el gobierno militarista que se ha impuesto en el siglo XXI, que representa en realidad un grave retroceso en todos los terrenos de la vida venezolana.
Durante el período democrático Venezuela descuidó su memoria, pero desde que llegó al poder ese émulo de Boves que dice actuar en nombre de Bolívar, se ha querido deformarla y anularla aún más. Con este recorrido por casi dos siglos, trato de aportar mi mejor esfuerzo para contrarrestar todos esos años de descuido, o peor aún, de mala intención, que ha sufrido la educación en nuestro país. Aspiro a que muchos jóvenes, al leer lo que hoy presento, entiendan que el país, en manos de caudillos y de “líderes” carismáticos y ambiciosos, no tiene porvenir. Venezuela, y toda nuestra América, necesitan alejarse de esos personajes que engañan, y entregar la administración de su política a personas serias, honestas y decididas a servir a los pueblos, no a servirse de los pueblos. Sólo así podrán convertirse en realidad los sueños de Francisco de Miranda, esos que Bolívar hizo suyos y trató de que Sucre los realizara. Sólo así podremos tener en nuestras tierras pueblos felices.
Esa es mi intención al escribir El Paraíso Desperdiciado, que no es la obra de un historiador, sino de un simple escritor que quiere ser útil y contribuir con el porvenir de su gente.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
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El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
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La Pequeña Torre Amable
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De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
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Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
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También llegaron los Sucre
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El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

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La Alborada de los Trágicos
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La primera Sociedad
La Niña enferma
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La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
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El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)

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El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Coda

Durante su dolorosa agonía, que más que agonía fue una entrega final, Simón Bolívar se dejó dominar por una tristeza mayor que toda la Cordillera de los Andes. Una tristeza que lo mató el 17 de diciembre de 1830, poco después del nacimiento de lo que hoy conocemos como Venezuela. Se dio cuenta de que había fracasado. Había obtenido, a sangre y fuego literalmente, la libertad política de los habitantes de buena parte del Continente y había influido grandemente en que la consiguieran también habitantes de otras partes de la antigua América española. Pero sabía que todo se había quedado a medio camino, y que la inmensa mayoría de los habitantes de esas regiones estaba condenada a vivir mal, a vivir en medio de una horrible pobreza, que los haría tristes. En Angostura había dicho “Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, y con su fracaso seguirían siendo las primeras necesidades de todos los habitantes de esta parte del mundo y de sus descendientes. La libertad política que para ellos obtuvo de muy poco vale sin la libertad económica, sin la libertad total, y a medio camino, como supo que dejaba a los pueblos, ni la una ni la otra era posible. Sólo serían posibles, ambas, si todos los pueblos de la antigua América española se convirtieran en un solo país, grande y fuerte, bien gobernado, capaz de enfrentar y vencer al gran país que en la América inglesa si supo nacer como una sola gran nación, y que, inevitablemente, trataría de aplastar a los pueblos desunidos del Sur.
Lo que no sabía, porque no contaba con las armas intelectuales para entenderlo, es que su trabajo se había quedado a medio camino en otro campo esencial: la Venezuela que emergió de las llamas, la que se separó de Colombia después de que por el esfuerzo de Bolívar y de la inmensa mayoría de los integrantes de la clase dominante, la de los mantuanos, se logró la Independencia, no era diferente de la Venezuela perteneciente a la corona española. No era una república proveniente de la voluntad de un pueblo, sino de las armas de un ejército, y eso la condenaba a ser lo que desde entonces ha sido. Como lo observó Carlos Irazábal, el más importante de los analistas marxistas que se han ocupado del tema, “(el proceso colonial) desembocó en la guerra de emancipación cuya victoria entrañó para España la pérdida del poder político pero sin que la dilatada contienda transformase las relaciones de producción social vigentes durante la época de la sujeción hispánica” (Venezuela esclava y feudal, Reedición de El Ateneo de Caracas, Caracas, 1980, p. 21). Es decir, lo que se hizo fue cambiar la estructura política de manos y ponerla, posiblemente, en manos menos expertas aunque más cercanas al medio, pero sin cambiar la otra gran causa de los problemas del país: la estructura económica.
En buena parte, por eso dijo que había arado en el mar. Por eso se comparó a Cristo y a Don Quijote como majadero. Supo desde el primer instante que el Paraíso que ayudó a quemar no podría convertirse en un verdadero Paraíso, y terminaría, como hasta ahora ha sido, convertido en un Paraíso desperdiciado.

BIBLIOGRAFÍA:

ÁLVAREZ GARCÍA, Marcos, y Antonio J. A. MARTINS, Simón Bolívar en Europa, una crónica comentada, Centro de Estudios de América Latina, Instituto de Sociología, Universidad Libre de Bruselas, Bélgica, 1983.
BENCOMO BARRIOS, Héctor, Campaña de Carabobo, 1821, Edición del Ministerio de Defensa, Caracas, Venezuela, 1971.
BLANCO, José Félix y Ramón AZPÚRUA, Documentos para la Historia de la vida pública del Libertador, 2ª. Edición ampliada, Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, Venezuela, 1979.
BOLÍVAR, Simón, Obras Completas, Ministerio de Educación de los Estados Unidos de Venezuela, Editorial Lex, La Habana, Cuba, 1947.
DE ARMAS CHITTY, J. A., Caracas, Origen y Trayectoria de una Ciudad, Fundación Creole, Caracas, Venezuela, 1957.
DÍAZ, José Domingo, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, Academia Nacional de la Historia, Sesquicentenario de la Independencia, Caracas, Venezuela, 1960.
DUARTE LEVEL, Lino, Cuadros de la Historia Militar y Civil de Venezuela, Biblioteca Ayacucho, Editorial América, Madrid, España, 1917.
GÁLVEZ, Manuel. Don Francisco de Miranda. El más universal de los americanos. Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1946.
GASPARINI, Graziano, en: Gasparini, Graziano y Juan Pedro Posani, Caracas a través de su Arquitectura, Fundación Fina Gómez, Caracas, Venezuela, 1969.
GRISANTI, Ángel, Vida ejemplar del Gran Mariscal de Ayacucho, Ediciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Caracas, Venezuela, 1952.
HEREDIA, José Francisco (el Regente), Memorias sobre las revoluciones de Venezuela, Librería de Garnier Hermanos, París, Francia, 1895.
IRAZÁBAL, Carlos, Venezuela esclava y feudal, Reedición de El Ateneo de Caracas, Caracas, 1980.
LECUNA, Vicente, Crónica Razonada de las guerras de Bolívar, The Colonial Press Inc., New York, USA, 1950.
MIJARES, Augusto, El Libertador, Segunda Edición, Editorial Arte, Caracas, Venezuela, 1965.
MÓLLER, Carlos M., Crónica de Caracas, Nº 32, Enero-Marzo de 1957, Caracas, Venezuela.
O’LEARY, Daniel Florencio, Cartas de Sucre al Libertador (1820-1830), Biblioteca Ayacucho, Editorial América, Madrid, 1919.
_______Memorias, Narración, Imprenta Nacional, Caracas, 1952.
PÁEZ, José Antonio, Autobiografía del general José Antonio Páez, Edición de Petróleos de Venezuela, C. A., Caracas, Venezuela, 1990.
POLANCO ALCÁNTARA, Tomás, Francisco de Miranda ¿Ulises, don Juan o don Quijote?, Edición Patrocinada por Vencemos, Caracas, Venezuela, 1997.
QUINTERO, Inés, El último marqués, Francisco Rodríguez del oro 1761-1851, Fundación Bigott, Bigotteca, Serie Historia, Caracas, Venezuela, 2005.
RODRÍGUEZ, Manuel Alfredo, Bolívar en Guayana, 3ª. Edición aumentada, Editorial Cejota, Caracas, Venezuela.
SUCRE, Luis Alberto, Gobernadores y Capitanes Generales de Venezuela, Segunda Edición (reimpresión), Cuatricentenario de Caracas, Caracas, Venezuela, 1964.

Aquí termina el segundo libro, “El Paraíso en llamas". La semana próxima empieza el tercer y último tomo, “El Paraíso Desperdiciado", que narra la vida de Venezuela desde 1830 hasta nuestros días, un verdadero mosaico de situaciones que va de lo grotesco a lo sublime.

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II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

El alegre triunfo de la muerte

1829 fue el último año de la existencia de Colombia, el país inventado por Miranda y convertido en realidad por Bolívar en 1819. Apenas diez años pudo vivir aquella otra niña que, por su belleza, por su riqueza potencial, podría haberse convertido en una mujer maravillosa.
1829 fue un año funesto para los pueblos de Colombia, y en especial para el venezolano. Los laureles que recogían algunos militares en el guerra con el Perú y el lujo con que volvían de aquel país, excitaba los celos y la animosidad de los veteranos que se habían quedado en Colombia y a quienes aún no se habían pagado sus servicios, pero que eran sobrado pretenciosos en sus exigencias. Así describe Páez en su Autobiografía un aspecto muy importante de la situación que atravesaba Venezuela, que al fin y al cabo era el país que más se había sacrificado por la Independencia de los pueblos de la antigua América española.
Y el 7 de febrero de 1829, Páez dio a conocer un manifiesto dirigido a los venezolanos en los siguientes términos: Antes que la Convención, reunida en Ocaña se declarase a sí misma incapaz de hacer el bien y la felicidad de la república, ya el voto general y uniforme de todos los pueblos había llamado al Libertador Presidente para organizar la nación y conducirla al goce de las esperanzas que hasta entonces habían sido ficticias. El decreto orgánico de 27 de agosto del año próximo pasado, fue el primer paso que dio el Libertador para asegurar las garantías públicas, poniéndolas a cubierto del omnímodo poder que se depositaba en sus manos. Acogieron los pueblos este acto constitutivo con júbilo y admiración, mucho más al ver que el propio decreto anunciaba la convocación de la representación nacional para el año de 1830. Meditando el Libertador otras medidas de no menor importancia para arreglar todos los ramos de la administración pública, los buenos colombianos y los elementos del bien parecerían reunirse para llevar a cabo la grande obra de nuestra regeneración política.
En momentos tan críticos, el más horrible y escandaloso atentado de cuantos puede hacer mención la historia de los siglos, puso la república al borde de su ruina: un puñado de alevosos iba a anular para siempre los sacrificios sin límites que el heroico pueblo de Colombia ha hecho para obtener su Independencia, manchando su nombre con el crimen más horrendo y su memoria con la execración de la libertad. La Providencia salvó los preciosos días del Libertador, arrancándole de las impías manos que intentaron dar muerte a la patria la noche del 25 de septiembre del año anterior. Desde luego que se conoció que esta insurrección, fraguada en Ocaña, había extendido su mortífero veneno a otros puntos del territorio, y que la vigilancia de los jefes sofocaría sus estragos y disiparía el contagio.
(…)
Desde que en 1826 nueve departamentos de la república levantaron a ejemplo de Venezuela el grito de las reformas contra el abusivo poder del vicepresidente de ella: desde que todos los afectos a la administración de Santander vieron que los pueblos no querían ser por más tiempo la víctima de su insaciable avaricia, se levantó alrededor del dosel del vicepresidente el ronco susurro de la desaprobación y de la venganza, que reventó por fin con gran estrépito, declarando rebeldes y fuera de la ley a los que pedían las reformas. Se intentó ganar a los pueblos y al ejército bajo la brillante y seductora apariencia de defender las leyes y la constitución de Cúcuta: Santander se tituló atleta de los principios y el amigo del pueblo: se pusieron en juego todos los resortes de la seducción y de la perfidia para provocar la guerra civil: se olvidaron las heroicas hazañas de los ilustres libertadores de Venezuela, y se les proscribió como una horda de bandidos: se levantaron tropas para emprender una lid antisocial y fratricida: se premió con descaro a los más calificados traidores; pero sobre todo cuando los nueve departamentos disidentes de la administración de Bogotá clamaban por el Libertador como el árbitro supremo de sus diferencias políticas, se quiso hacer creer por diferentes medios que ellos detestaban al general Bolívar y que la revolución se dirigía a desconocer su suprema libertad.
Afortunadamente desde la capital del Perú voló el Padre de la patria a salvar a la república, su primogénita, de la completa anarquía a que se intentaba precipitarla. El apareció en Colombia como el sol radiante que disipa las nubes tormentosas: fue el iris de paz que se dejó ver en nuestro horizonte, y que inspiraba a los colombianos seguridad y consuelo. Su decreto de 1º de enero de 1827 en Puerto Cabello hizo conocer al mundo que una sola expresión del Héroe de la América era más poderosa que los ejércitos de Jerjes y Napoleón. Este acto sublime del genio privilegiado del Libertador ha ratificado el augusto dogma político, que a la filosofía y al saber rendirán perenne homenaje aun las pasiones más furiosas, por exaltadas que aparezcan.
Etcétera, etcétera, etcétera. No hay duda: la suerte estaba echada. Y la muerte de Colombia, decretada.
Páez, en su Autobiografía, llega a enredarse en explicaciones que no explican nada. Habla de su candidez, de su creencia en la buena fe frente a lo que califica de maquiavelismo. De lo que tendría que enfrentar si Bolívar dejaba Colombia y otras cosas que no parecen nada claras.
Hasta que narra, en la página 503, que el 26 de noviembre se reunió en Caracas “una junta de lo más granado en el convento de San Francisco,” otra vez los famosos y perniciosos “notables,” que decidieron separarse de Bogotá y desconocer la autoridad de Bolívar, que en agosto había pedido a los pueblos que se manifestaran acerca de qué forma de gobierno preferían. ¿Era esa en realidad la respuesta de los pueblos? En verdad nadie los consultó. La asamblea de “notables” de San Francisco no representaba sino la opinión de un grupo que obedecía a Páez. Se había planteado de nuevo la dicotomía centralismo versus federalismo. Curiosamente, vemos que en Venezuela se impondría la idea del federalismo, apoyado, por ejemplo, por Martín Tovar. Y que unos años después esos que se habían dicho federalistas serían los acérrimos defensores del centralismo, contra el federalismo. Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche.
Augusto Mijares, en su biografía del Libertador, cita una carta de “instrucciones” que repartieron Páez y los suyos para lograr que “los pueblos” se decidieran a desconocer a Bolívar y a desguazar a Colombia, la Colombia de Miranda y de Bolívar: no hay tiempo –decían las “instrucciones”– ni para rascarnos la cabeza, trabajando en esta Secretaría día y noche y hasta la madrugada para despachar la correspondencia y los comi¬sionados que van a Oriente, a Apure, al Occidente, Maracaibo y al quinto infierno; y todos, quiere el general (Páez) y quiere don Carlos (Soublette) que lleven instrucciones detalladas para obrar cortando todo nudo que encuentren; y han de llevar escritos de aquí los pronunciamientos que deben hacer las Municipalidades, las juntas de caserío y todo Dios; porque conviene que vengan todas, todas, todas las actas, sin quedar un rincón que no pida tres cosas, a saber: nada de unión con los reinosos; Jefe de Venezuela, el general; y abajo don Simón. Todo el mundo debe pedir esto, o es un enemigo; y entonces… Esa amenaza del “y entonces” con puntos suspensivos no necesita explicación. Poco han cambiado las cosas (y las Cosiatas) desde aquellos negros días.
En la reunión de “notables” de San Francisco se había actuado abiertamente contra Bolívar, a quien se acusaba de todo lo que se podía acusársele. Aparentemente, Venezuela había dado un giro de ciento ochenta grados y detestaba al Libertador que apenas año y medio antes había recibido los más cálidos homenajes. Páez, desde Valencia, incitaba a todos contra Bolívar, pero prohibía que se insultara a Bolívar. Si de alguien podía decirse que era maquiavélico, pues, era del jefe llanero, del heredero de Boves, del que siempre había soñado con lograr lo que logró en enero de 1830, cuando finalmente se repudió a Bolívar y se le entregó a Páez el poder absoluto en una nueva república que se llamaba Venezuela.
Bolívar aún se hacía ilusiones cuando se reunió el Congreso Admirable en Cúcuta en enero de 1830. Antonio José de Sucre, a quien consideraba su sucesor, su heredero, fue designado Presidente del Congreso, que apenas actuó, pues cuando empezaba sus sesiones se supo que Páez había convocado otro Congreso, estrictamente venezolano, y que la secesión de Venezuela era un hecho.
Los congresantes de Cúcuta decidieron enviar a Venezuela una comisión formada por Sucre, el Obispo de Santa Marta, llamado José María Esteves, y Francisco Aranda, para que “en misión de paz” informaran a Venezuela que Colombia tendría una nueva Constitución republicana y democrática, e implicaba una amnistía plena, para lograr que no se disolviera Colombia. Pero no pudieron pasar de Táriba, en donde fueron detenidos por orden de Páez. Desde allí, el 14 de marzo de 1830, Sucre le hizo saber a Bolívar que Páez temía la presencia de los comisionados en Valencia, especialmente la de Sucre, porque temía que le darían votos. Poco después (22/3/1830) informaba al Libertador que Páez había enviado a tres comisionados, Santiago Mariño, Martín Tovar y Ponte, y Andrés Narvarte. Un enemigo jurado de Bolívar, un enemigo del centralismo que propugnaba Bolívar y un incondicional de Páez que entre 1833 y 1837 será Vicepresidente de Ve¬nezuela, y en 1835 y 1842 Presidente interino, en sustitución de Páez. Como era inevitable, las conversaciones no llegaron a nada. Sucre le informó a Bolívar que Bermúdez había hecho pública una proclama muy dura contra él, aunque no hablaba de separación. Y en realidad Bermúdez se había manifestado en favor de una Federación.
Una Federación que, en aquellas circunstancias, era imposible. Por todos lados brotaban los celos y la antipatía mutua entre venezolanos y granadinos. Todos rechazaban a Bolívar, y en Venezuela se llegó a pedir que, si pisaba tierra venezolana, se le pasara por las armas sin juicio previo. Había demasiadas pasiones, demasiado bochinche.
En Berruecos, en junio, asesinaron a Sucre. En San Pedro Alejandrino, en diciembre, murió, moralmente asesinado, Bolívar. Mientras Páez se solazaba en el poder, bailando con su querida y dejándose adular por un mundo de cortesanos en Valencia, Nueva Valencia del Rey.
Se apagaban las llamas que habían consumido al Paraíso. Se abría, aparentemente, un camino de esperanzas, que a la larga resultó desperdiciado.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte

 

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El verdadero fin de la fiesta

por Eduardo CASANOVA

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

El verdadero fin de la fiesta

La visita de Bolívar apenas había logrado coser con hilo grueso los pedazos de una tela que se había rasgado y tendía, simplemente, a su irremediable destrucción. Venezuela estaba arruinada. Se había convertido en algo parecido a lo que fue Europa en el peor momento de la Edad Media, con sus caminos llenos de mendigos y asaltantes. Páez, en su Autobiografía, trata de convencer a sus lectores de que se trataba sólo de antiguos realistas que conspiraban y formaban guerrillas, alentados desde Puerto Rico por José Domingo Díaz. Pero en realidad había mucho más. Antiguos soldados independentistas también se formaban al estilo de las antiguas “rochelas” de esclavos fugados, y asaltaban pueblos o viajantes para quitarles todo lo que fuera posible. No conocían otro medio de vida que la violencia y el país no podía ofrecerles otro camino que el de la violencia. Esa era una de las razones que tenía Bolívar para soñar con aquella expedición a Cuba, y hasta a España, para dar empleo a los miles de soldados realengos que amenazaban la seguridad de los ciudadanos a lo largo y ancho de Venezuela.
Es cierto que muchos realistas aún creían posible alzarse contra la república y lograr que el tiempo retrocediera en el espacio, y muchos de ellos, por intentarlo, terminaron encerrados y hasta muertos. Pero eran mayoría los realistas verdaderamente realistas, que se daban cuenta de que la república se había instalado para siempre, y preferían tratar de tener influencia en el nuevo estado de cosas. Eran los nuevos godos, que apoyaban a Páez. Y también es cierto que hubo otro tipo de alzamientos y de rebeliones, que fueron sofocados no sin esfuerzo por Páez y los suyos, que a veces tenían que hacer malabarismos y actos de magia para preservar la paz. Pero la corriente más importante de aquellos días era como la lava de un volcán, que se iba acercando a una ciudad al pie del cerro. Y esa corriente implicaba, lamentablemente, el final de la Colombia inventada por Miranda y convertida en realidad por Bolívar.
El volcán, aunque pareciera en aquellos días inactivo como tal, era Páez.
Dedicado a combatir los alzamientos de una u otra tendencia, no se notaba aún, en 1828 y 1829, hacia dónde se dirigía. Era el ejecutor de los mandatos de Simón Bolívar, que enfrentaba a la vez a los que con cualquier pretexto se alzaban en armas, en favor de España o en favor de sus propios bolsillos. Un vasco criado en Venezuela, José Arizábalo, o un simple bandido, José Dionisio Cisneros, un tal Juan Celestino Centeno y otros aventureros, terminaron vencidos por Páez, que cada día se acercaba más a convertirse en el dueño indiscutido de Venezuela, pues cada día llenaba más el vacío dejado por Simón Bolívar, que prefería estar en Bogotá y ocuparse de los problemas del Sur. Y, sin embargo, la verdad es que Bolívar estaba atrapado, metido en una trampa sin salida. Si se quedaba en el Norte, perdía el Sur, y si iba al Sur, perdía el Norte. Fue al Sur. Y perdió el Norte. Fue al Sur en la creencia de que dejaba el Norte bien respaldado en las manos fuertes de Páez, a quien creía un aliado absolutamente confiable.
Y en los primeros días de agosto de 1827 el Congreso convocó a una Convención Nacional en la ciudad de Ocaña, que se consideraba equidistante en relación a los dos grandes centros de poder, el de Bogotá y el de Caracas. Cuando Bolívar llegó finalmente a Bogotá lo esperaba una situación nada prometedora, los “liberales” de Santander llamaban a los amigos de Bolívar “serviles” o “godos”, palabras que hasta entonces habían servido para identificar a los partidarios de la monarquía española. Curiosamente, en Venezuela se les dirá “godos” a los enemigos de Bolívar y “liberales” a sus amigos.
En Venezuela persistía el apoyo a Bolívar, pero, en cierta forma, sólo si permanecía ligado a Páez, que se había convertido en el verdadero dueño de la situación. Una situación que en verdad cada día era más confusa. Los militares lo único que querían era privilegios y fueros, y que se les pagaran con creces, hasta con usura, como dice el propio Páez en su Autobiografía, sus servicios a la patria. Y Bolívar ya no era el joven fogoso de 1812 ó 1813. Envejecía a ojos vistas y estaba cansado y ya empezaba a cargar bajo sus hombros el peso de la enfermedad que lo llevaría a la tumba.
Aun así, llegó a creer que la Convención de Ocaña solucionaría sus problemas, y en cierta forma la convirtió en la obsesión que lo mantenía activo y despierto. A sus amigos les pedía y les exigía que no se descuidaran. La ley establecía que los diez primeros en llegar al sitio calificarían a los demás, y Santander le ganó de mano a Bolívar. Sus hombres se dedicaron a descalificar a los de Bolívar, y casi siempre lo consiguieron. La Convención se instaló el 9 de abril de 1928 y era obvio que la gran mayoría de los primeros 64 diputados de un total de 108 que debían asistir, estaba en contra del Libertador.
El 1º de marzo de 1828, justo cuando se iba a instalar la Convención, se alzó en Cartagena el general José Padilla, granadino, mestizo, fornido y de carácter explosivo. Era el vencedor de la batalla de Maracaibo, y el Libertador lo comparó con Páez, con quien ciertamente compartía algunas características. Bolívar había manifestado claramente su preocupación por los disgustos que se suscitaron entre Mariano Montilla y Padilla en octubre de 1827, cuando se hablaba de una invasión a Venezuela encabezada por Morales. Al saber Bolívar del alzamiento, no tuvo dudas en cuanto a que había sido instigado por Santander y los suyos. El propio Padilla le había contado al Libertador en Cartagena, que algunos exaltados lo habían incitado a actuar en su contra. Bolívar ordenó de inmediato que se le juzgara por la intentona y Padilla corrió a buscar refugio en Ocaña, cerca de Santander.
La Convención de Ocaña fue un gran fracaso. El 12 de junio, Pedro Briceño Méndez, Del Castillo, Francisco Aranda, Juan De Francisco Martín, José Ucrós, Gori, P. Vicente Grimón, José Félix Valdivieso, José Fermín Villavicencio, Fermín Orejuela, Martín Santiago de Icaza, Pablo Merino, José Moreno de Salas, Miguel María Pumar, Anastasio García de Frías, Rafael Hermoso, Bruzual de Beaumont, Manuel Avilés, José María Orellana y Francisco Montúfar, los veinte integrantes de la fracción bolivarista, publicaron un comunicado en el que explicaban las razones de su decisión de retirarse de la Convención, con lo cual la deslegitimaron, pero la atención de Bolívar ya se concentraba en otros problemas. Ya sabía de un intento de sublevación de las fuerzas colombianas que permanecían en Bolivia, con la excusa de que les debían unos sueldos. El conato fue dominado rápidamente por los generales Felipe Braun y Guillermo Miller, pero el Libertador supo que en el incidente había metido la mano el gobierno del Perú. Mucho más grave fue lo ocurrido el 8 de abril de 1828, cuando, ya retiradas casi todas las tropas colombianas, hubo un auténtico golpe de estado, que no tumbó a Sucre de la Presidencia en la que lo había dejado Bolívar, pero lo dejó herido. Física y moralmente herido. Sucre, poco después y ante una invasión peruana, renunció y se fue del país a buscar el reposo que con tanto sufrimientos se había ganado. Tiempo después, Bolívar descubrirá que la invasión de Bolivia por fuerzas peruanas se afirmó cuando Santander dio seguridades a Lima de que el gobierno de Colombia no haría nada por defender a Sucre. Había demasiado humo tóxico en el ambiente.
En Venezuela hubo también un intento de rebelión, en Guayana, y empezaron a aflorar opiniones francamente antibolivaristas, a pesar de que Páez y los suyos insistían en plantear que Bolívar debía centralizar el poder y ejercerlo con mano dura, lo cual daba pie a los santanderistas a afirmar que Bolívar quería hacerse rey, como se dijo de César poco antes de asesinarlo. Pero hasta allí puede llegar cualquier comparación. Bolívar no era cesarista en lo absoluto. El 21 de septiembre Páez prestó juramento solemne de reconocer a Bolívar como jefe supremo de Colombia. Apenas cuatro días después los santanderistas trataron de asesinar a Bolívar, que se salvó en buena parte gracias a la habilidad de Manuelita Sáenz. Padilla fue condenado a muerte junto con otros conspiradores, entre ellos el propio Santander, a quien se le conmutó la pena por el exilio.
Colombia también estaba herida de muerte. Y Venezuela, conducida por Páez, se preparaba a darle la estocada final.

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El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

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El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
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El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
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El limbo y el laberinto
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A diez años de Denzil Romero

por Roberto J. LOVERA DE SOLA

Nos hemos reunido esta tarde no para llorar a Denzil Romero a los diez años de su deceso, acaecido en Caracas (marzo 7, 1999), sino para celebrar su vida, su escritura y el gran prodigio de su talento que hizo siempre una gran celebración la lectura de sus obras. Nuestra intervención se referirá a dos tópicos: el sentido de uno de sus libro póstumos, el “Diario de Montpellier” (Prólogo: Luis Barrera Linares. Caracas. Fedupel, 2002. 280 p.) y en segundo lugar para hacer algunas observaciones, en la parte final de nuestra peroración, de algunos hechos que hay que tener en cuenta al leerlo, para mejor y más hondamente hacer una lectura de su escribir, sobre cuando estaba tuvo que con el cultivo de la historia que en sus libros de ficción tuvo un sesgo particularísimo.
Su segundo libro de sus últimos tiempos fue su novela “Recurrencia equinoccinal” (Madrid-Berlín: Iberoamericana, 2002), a punto a aparecer en edición venezolana, a través de la editorial Equinoccio. En esta novela trata sobre las personalidad del descubridor científico de la naturaleza venezolana: el barón germano Alejandro de Humboldt (1769-1859), cuya vida dio al novelista materia para realizar una recreación de lo que él gustaba denominar lo épico latinoamericano.

EL INICIO

Denzil Romero inició su obra el 10 de enero de 1977 con la publicación de su relato “El hombre contra el hombre”. (Caracas: El Gusano de Luz, 1977. 29 p.), ficción que ahora encabeza sus “Cuentos completos”. (Mérida: El otro, el mismo, 2002. 560 p.), su “difícil narrativa breve” (p.7) como lo dice Víctor Bravo al prologarla, sin dejar de citar a José Lezama Lima (1910-1977), en la primera línea de “La expresión americana” (1957) “sólo lo difícil es estimulante” (“El reino de la imagen”. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 369). Obra enigmática la que nos legó Romero, en la cual hay novelas de valor perenne como “La tragedia del Generalísimo” (Barcelona: Argos Vergara, 1983. 387 p.) o “La esposa del doctor Thorne” (Barcelona: Tusquets, 1988. 212 p.) o un libro decisivo, un clásico, de nuestro cuento en el siglo XX como lo es “El invencionero” (prólogo: Manuel Bermudez. Caracas: Monte Ávila Editores, 1982. 127 p.). Por eso hizo suya, en su “Diario de Montpellier”, su concepción: “La cultura se aproxima más a la coherencia y armonía de lo que se sabe y se práctica” (p.119).

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